El guardaespaldas de Yrigoyen

Octubre 8, 2009 por adriangas

Se sabe que en el terreno de la casa donde creció Glande, había vivido un tal Barrachetti, antes policía y guardaespaldas de Yrigoyen. El ex guardaespaldas tenía joyas y armas enterradas en algún lugar del lote. El abuelo italiano de Glande, que había trabajado como un bestia toda su vida de albañil (recién ahora Glande se da cuenta que sus abuelos compartían algo, el gusto por la construcción, aunque uno era albañil y el otro maestro de obra), terminó comprándole al hombre una parte del terreno para levantar una casa donde viviría su hija y su yerno. El viejo Barrachetti enfermó y murió. Nunca se supo qué fue de sus joyas.

Un día que los padres de Glande se fueron a la costa y lo dejaron cuidando la casa, sonó el timbre dos veces. Bajó a abrir la puerta y se encontró a un hombre de larga barba blanca y bigote amarillento. Edad muy difícil de precisar. El tipo le dijo si podía darle un poco de agua, con eso se conformaba. Glande le trajo un vaso y una vez saciada la sed del extraño, cerró la puerta y volvió a la computadora. Metió un casete y después de las líneas de colores apareció un juego de matar zombis.

A la noche se hizo revuelto de arvejas, tratando de incorporar los consejos que le había dado su abuela Delfina sin ningún éxito, no la pegaba con la mezcla, pero igual quedaba comestible. Sus primeros pasos en la cocina. De noche tenía miedo en la casa grande. De chico jugaba a las escondidas con sus amigas, su hermana y su madre. Cuando la descubría con el haz de la linterna, su madre ponía los ojos blancos. Glande se pegaba cada susto. La infancia de Glande parece no haber transcurrido en Lanús, sino en algún lugar cálido y mágico. Eso habrá sido hasta los ocho años, más o menos cuando Maradona metió el famoso gol y su abuelo se murió, Glande se sintió expulsado del habitual paraíso. De a poco sus amigos y amigas se mudaron del barrio. Todo cambió, aunque tal vez la felicidad siguió mucho tiempo más y Glande no se acuerda. Esa manía de anclar algunos momentos de la vida no tiene mucho sentido.

Resulta que el hombre volvió a aparecer al día siguiente y le preguntó si tenía alguna maquinita de afeitar para prestarle. Glande decidió que no servía hacer lo que hacía siempre ahora que no estaban sus padres para controlarlo. Dejó al hombre en la puerta, entró, dobló la punta de la página del libro que estaba leyendo y volvió a buscar al hombre. Lo hizo pasar y lo acompañó al baño, donde le dio su propia máquina de afeitar y una tijera. El hombre no le agradeció, usó la tijera para cortar la punta de la barba y después dirigió la hoja reluciente a su mejilla, como si todo ya estuviera pactado de antemano y lo que Glande hacía en ese momento fuera algo que debía haber hecho hace mucho tiempo. Luego fueron a sentarse en el sillón frente al ventanal del primer piso que da al jardín de la casa. Los dos se quedaron en silencio, disfrutando del sol de la tarde.

La madre de Glande le contó que el ex guardaespaldas vivía en una casa prefabricada, en la punta del terreno, al que ninguno de los chicos del barrio se acercaba demasiado porque en seguida salía a través de la ligustrina su escopeta. Varias veces el abuelo de Glande lo había denunciado a la policía sin que lograran cambiarle la costumbre.

Al atardecer, el hombre se levantó, se dirigió a la puerta de la casa, la abrió y fue dejando pasar a otros seis que llevaban cada uno una bolsa de plástico negro y una pala. Él se quedó mirando desde arriba, de pie frente a la ventana. Los hombres se distribuyeron por el terreno, cerca del olivo, y empezaron a cavar. Glande se concentró tanto en distinguir las siluetas oscurecidas, que cavaban y cavaban, que se quedó dormido de pie. Soñó que él también era una de las siluetas que cavaba. Se despertó en el sillón y era todavía de noche aunque cantaba un gallo. La casa estaba vacía.

Bajó la escalera hasta el jardín y vio que en un solo lugar la tierra estaba removida en vez de los seis que esperaba. Un círculo sin césped pero nivelado. Salió a la calle a buscar al hombre. Encontró a una perra abandonada. La hizo pasar, ya tenía la coartada para la tierra removida.

Se levantó al otro día y salió al jardín. La perra estaba sobre dos patas, guardiana, cerca del círculo donde habían escavado la noche anterior. Glande no le dio importancia, entró a su casa, se puso a hacer ejercicio con pesas, después se acordó de almorzar, después intentó tocar la guitarra, después retomó su lectura, desdoblando la punta de la hoja que había doblado el día anterior, después bajó al jardín. Se estaba haciendo de noche. La perra estaba esparciendo la tierra removida. Glande se acercó lentamente, dispuesto a apartarla con el pie, cuando vio que de la tierra removida surgía la cara afeitada del hombre que lo había visitado el día anterior. Estaba con los ojos abiertos, sin pupilas, solamente lo blanco. Glande estaba pensando si alguno de sus compañeros había traicionado al hombre y lo había asesinado para repartirse lo que hubieran encontrado, cuando el hombre abrió la boca para respirar y le dijo ¿Qué pasa? Ah, Roberto, gracias por ayudarme. Te voy a explicar. De ahora en más, cada vez que quiera decirte algo, la perra ésta, no sé qué nombre le habrás puesto, se va a acercar, me va a destapar, y te voy a hablar.  Glande: Justo la agarré de la calle para que mis viejos no protestaran por el agujero. El hombre pestañeó. No le prestó atención a lo que Glande decía. Lo habían enterrado parado y miraba hacia la copa del árbol.

-Sabés que a través de la tierra puedo ver las estrellas… Igual lo que te diga cada vez que esta perra se acerque y me destape, no te lo vas a acordar. A veces vas a sentir que tenés la certeza de algo y eso va a ser porque el hombre enterrado al lado del árbol te lo dijo, a través de la tierra negra, a través del pastito que pueda crecer.

El hombre alejó con la lengua una hormiga que le molestaba en la mejilla y empezó a hablarle de uno de los soldados de Napoleón. Glande no se acuerda más. Solamente a la perra echando otra vez la tierra sobre la cara del hombre. Con el tiempo, no hizo falta que la perra se acercara a destapar al hombre enterrado para que pudiera hablarle.

A. F.

El joven pálido 10

Agosto 26, 2009 por adriangas

el_joven_palido_9

¡Que la piel se vuele!
¡Se desarme en pedacitos!
Las uñas.
Pueden ayudar,
pero las uñas son
piel endurecida,
y nada,
solamente el tiempo
y otra mano
completan el trabajo.

El joven pálido piensa,
sendereándose,
emboca un pensamiento pasado,
cuando llevaba la cabecita enroscada que había sido su hijo en la mochila
y enseñaba máximas
al costado de un laguito.

Eso había sido
antes que se lo sacaran
y lo encerraran,
mucho antes de que un tiro se pegara.

Entonces había dicho:
pequeñuelo,
nene nenito,
no dudes dos veces de tus pensamientos:
ése es el camino del desconcierto.

Sé rápido.

Suele ganar, el que primero pierde la dignidad.

La mochila con el casiniño muerto
estaba apoyada en el piso, entre los yuyos,
él sentado en un árbol caído,
la corriente del laguito se llevaba su reflejo,
lo amuecaba,
lo endurecía,
nunca había sido tan feliz
como no siéndolo nunca.

- cooonde

Retiro espiritual

Julio 13, 2009 por adriangas

Como en todos los colegios, a veces se organizaban excursiones. Algunas eran los afamados retiros espirituales. Aburridísimos la mayoría. Pero no todos. Ese día los bajaron del micro que había salido de Lanús y los metieron en un lugar bastante particular en San Vicente. Al final de un jardín sin límites precisos, más parecido a un bosque, donde estaban enterradas las hermanas que habían vivido en esa congregación, se veía la iglesia. Glande estaba fascinado con la tranquilidad de los árboles y de las lápidas cubiertas de hojas. Intuía posibles presencias por todos lados y trataba que su grupo se mantuviera cerca. Pero jugaron al futbol, chicas y chicos. Partido mixto.

Después tenían una especie de clase. Los llevaron a un saloncito. Se esparcieron entre los asientos y un seminarista los saludó. La catequista les pidió que se callaran y escucharan con atención. En un ángulo de la sala, la estatua de un santo pedía respeto.

El tipo era elocuente como pocos en su materia (Glande ya conocía a unos cuantos). Decía haber visitado muchos países. Enseguida orientó la charla a lo que quería. Les contó que la presencia del maligno era inminente en el mundo actual. No cabía duda. En una iglesia, allá en Milán, había visto cómo un poseso se sacó de encima a veinte tipos que lo maniataban. Glande tenía como mucho quince años. Escuchaba con los ojos muy abiertos y trataba de concentrarse. Afuera de la habitación donde el seminarista hablaba, cruzando un patio de baldosas, estaba la hermosa iglesia, oscura. Era invierno y a las cinco de la tarde la noche empezó a caer. Mientras, en la habitación con las persianas bajas, el seminarista hablaba del maligno, con la tácita aprobación de los preceptores y catequistas del colegio privado al que iba Glande. Después de explicar cómo habían caído los ángeles del cielo y nombrar a los que habían tenido esa terrible suerte, se acercó a un grabador ubicado en el centro de las dos filas de asientos que separaban a los alumnos.

La cinta empezó a rodar hacia atrás. En un momento de la grabación la voz gutural repetía varias veces el nombre del maligno.  Glande apenas podía escucharlo, pero por la cara de sus compañeros, y la emoción de todos, se había invocado al mismísimo Satanás.  Pensó que el santo, que medía más o menos dos metros, iba a bajar del pedestal y romper el grabador. La idea lo asustaba más que esa voz de gárgara. Hacía frío y el miedo era palpable, aunque estaba también la maravillosa sensación de estar viviendo algo nuevo. Cerca de Glande se sentaba la compañera que le gustaba. Todavía no se sabía dónde podía terminar una tarde en la que se descubre al Demonio en el medio de una congregación de monjas. Encima la mayoría estaban muertas.  En el bosquecito, al lado de algunas de las lápidas, había urnas con cenizas. Un compañero había abierto una de las tapas. Las cenizas volaron. Estaban en condiciones de dar la lucha definitiva. La conciencia de Robert despertaba y flotaba. El seminarista los midió a todos con su mirada. Tocó una perilla del grabador y les preguntó si reconocían la canción.

Es la hora.

Es la hora.

Estaban serios, ni siquiera los compañeros más jodones de Glande abrían la boca.  Glande sabía, por su vecina evangélica, que los duendes azules que veía en los dibujitos cuando era algo más chico eran peligrosos. Una boludes. Los evangelistas estaban tan locos como para andar de puerta en puerta molestando a la gente a las ocho de la mañana los fines de semana. Quién les iba a creer. Esto era otra cosa. En el colegio te enseñaban matemáticas, te instruían cívicamente,  te hacían comprar la tabla de elementos y aprendértela de memoria. Conocías a Descartes. A Rousseau. El profesor de literatura les daba partes enteras de la Odisea y la Ilíada para memorizar. Si no sacabas, antes de la hora y media que duraba el examen, quién había matado a Menestio y en qué canto sucedía, no aprobabas.  Simple. Era tarde y la charla se había extendido más de la cuenta. Algunos padres estaban llamando al colegio para ver por qué no habían vuelto los alumnos.

Brinca, Brinca.

Palma, Palma.

En esos dos versos estaba escondida la invocación, señaló, furioso, el futuro cura.

Y  saltando sin parar.

Escucharon toda la canción, ya aflojando un poco los dientes apretados, algunos hasta moviendo los pies, y después rezaron unas oraciones purificadoras. Antes de terminar la charla, el seminarista habló del bien. Les pidió a los chicos que escribieran en un papel un mensaje para la Virgen que estaba en la iglesia cruzando el patio. Un deseo. Repartieron papelitos y Robert hizo un dibujo que para él significaba que, a pesar de que pasara el tiempo, no perdería a la chica que le gustaba. Inusual. Ni la tenía. Ya era medio paranoico, así que decidió hacer un dibujo en vez de escribir simplemente lo que quería, una especie de símbolo de la paz, pero más hermético, no fuera cosa que al seminarista se le ocurriera leer los mensajes y le contara a medio mundo. El suyo estaba cifrado. Tomá. Ya lo habían engañado una vez cuando era más chico. Con eso bastaba.

Cruzaron el patio en la oscuridad. Cada uno con su mensaje a la Virgen y un cagaso sin adiestrar.

A. F.

Michael Jackson

Junio 26, 2009 por adriangas

Nuestra generación, que de alguna forma todavía creía en el poder de la tecnología y la ciencia para cambiar el mundo, ha recibido un duro golpe con la noticia de ayer a la noche. Como bien dicen algunos cuentos, la desaparición física de una persona genera apariciones. Dudas, desengaños, pero también nuevas certezas. Ya sabíamos que el capitalismo había fallado al realizarse en su totalidad, pero recién ahora nos estamos dando cuenta que la industria del entretenimiento como la conocimos no iba a durar para siempre tampoco. Ahora que nos divertimos solos, gratis, y que la insatisfacción asoma de negocio en negocio, en un mundo que parece mucho más caótico, pero también mucho más gracioso del que jamás nos hubieramos imaginado en los ochenta, aunque éramos demasiado chicos para imaginar cualquier cosa válida.  Más adelante, cuando nos dedicamos a pensar y negar algunas influencias que nos habían hecho sentir gaseosos, volátiles, pero que no nos representaban a pleno, descubrimos que hay destrezas universales como el talento y el genio que no pueden condenarse. Y que, como pasa a veces con las personas, un imperio tiene que estar casi muerto para que podamos acercarnos sin riesgos y descubrirlo mejor.  En su asombrosa  medida justa.

Pero Michael Jackson.

Un tipo que bailaba como volando y que parecía que podría ser resucitado como Walt Disney, esta vez sí, de verdad.

A.  F.

Lentes de contacto, 1999

Junio 16, 2009 por adriangas

No sabía por qué se le había dado por usar lentes de contacto. Antes en el colectivo enfocaba la vista en el borde de los anteojos. Después se los bajaba un poco y el mundo se borroneaba. Así se iba…

Desde ese día en adelante, y si pasaba la prueba (increíblemente estaba nervioso aunque el asunto era una pavada), usaría lentes de contacto. Buscaba desentenderse un poco del aire de intelectual afectado y del peso constante en su mal proporcionada nariz.

Sí sabía que esa era una mala decisión, Glande digo, un objeto extraño en el cuerpo, él que apenas se aguantaba a sí mismo, y sin embargo, apretaba el paso al bajar del colectivo que lo dejó en una calle por Banfield. Estaba llena de árboles sombríos con ramas largas cuyas hojas barrían el adoquinado. Pero, dejemos que nuestro querido Glande nos cuente lo que le pasa al avanzar entre los árboles y pararse frente a la lustrosa óptica:

“Me atiende un tipo moreno, bajito y con anteojos sobre ojos achinados (¿por qué no usa él esas prótesis que me va a vender?). Parece simpático. Al costado del mostrador hay unos asientos adelante de un espejo que cubre toda la pared. “Receta”, dice mientras me señala uno de los asientos. Revisa la receta, revuelve unas cajas sobre una repisa y saca unos estuches de plástico. Mete un dedo y lo alza con una fina baba pegada. Auténticos lentes de contacto descartables. “Ni se notan”, dice y agrega que debo tener paciencia con el asunto. Paso número uno; abrir grande los ojos; dos, mirar fijo adelante; tres, nunca pestañar. El último era el más importante. Se acerca y me dice que abra grande. Traté de hacerlo, pero el tipo clava sus dedos en mis ojos. Listo. “Pestañea ahora…, así…, muy bien”. Me echa unas gotitas. “Seguí pestañando”. “Ahora el otro”. Se acerca y hunde su dedo en mi ojo izquierdo. Se me caen los mocos y el tipo me alcanza un pañuelo. Me deja un rato solo y vuelve. Se sienta y me dice cabeceando complaciente: “Acordate que es un objeto extraño en tu ojo”. Mientras tanto mis lagrimales no dejan de chorrear y siento como si tuviera espinitas clavadas en los ojos; miro con cariño a mis anteojos sobre la mesita.

Me pregunta cómo los siento. Le digo la verdad. Dice que tenga paciencia. Empezamos con el tablero de letras luminoso. Veía todo borroso, el ojo debía haber quedado estropeado. “Por ahí el lente se llevó una pestaña”. Yo no contesto, sonrío un poco por mi idea de remplazar mis anteojos por esta degeneración técnica. El tipo se me queda mirando fijo y sonríe. Veo toda borroneada su sonrisa y también cómo deja la habitación. Escucho una risa histérica, rara, algo así como la de una mujer en un hombre. Tirito. Vuelve sonriendo, pasándose su mano por la boca, parece que evita que se le caiga la baba. Cierro los ojos y me los froto. El ardor se va, sí, así está mejor. Vuelvo a abrirlos. Otra vez ese sufrimiento, acompañado de otro mayor; tener que ver esa sonrisa desmesurada. El hombre se acerca, me agarra del brazo. Yo avanzo, casi ciego. El hombre se para al lado de la puerta.

“Ahora vamos a hacer una prueba; tomate diez minutos, conocé el barrio, fijáte si te adaptas; eso sí, no des muchas vueltas, no sea cosa que te pierdas.”

Voy a contestarle, pero el ojo arde tanto y tengo la boca tan llena de saliva que prefiero callarme; iba a salir un gangoseo lastimoso.

Camino, camino y camino, siempre a paso rápido por calles arboladas. Así pasan dos minutos. Me doy cuenta que debo volver; como en todo, tiendo a los extremos, si camino lo hago mucho y si no estoy parado.

Decido dejar de dar vueltas y me detengo en una esquina. Descubro la puerta de una casa de velatorios. Hay poca gente ahí, algunas mujeres y una nena que me mira fijo. Los lentes de contacto hacen que la nena parezca sacada de una pintura impresionista; se acerca y la miro. Se pone a llorar, tan destrozados debían estar mis ojos. Me desentiendo de la nena y miro hacia la puerta. Quedan cinco minutos. ¿Por qué no?

En el fondo una cortina púrpura casi logra ocultar la pared comida por la humedad. El cajón está solo, perpendicular a la cortina. Nunca vi un cajón tan hermoso, de madera negra y fino trabajo de orfebrería en las manijas. Mis lentes sí que están sirviendo, ya los ojos no arden tanto.

Es tan lindo el ataúd que no puedo evitar avanzar, deleitarme con esa flor de madera. Ya puedo ver las facciones que me esperan; son las de una hermosa mujer, de pelo negro rizado y largo y cachetes afilados

Lentamente una mano se posa en mi espalda. Ahí hay un pibe como yo, no tan pibe, ojos totalmente rojos, perdidos; una mirada triste y vidriosa. Sonríe. Mira el ataúd. Dice:

-Pobre Nora, no aguantó más.

Se acerca a la muerta y me señala el cuello. Una línea recta rosada indicaba lo que había pasado.

-¡Qué valiente!- Es lo único que se me ocurre al descubrir el brillo en la mirada del pibe no tan pibe.

Dejo a Nora y al pibe y salgo para volver a la óptica; los lentes habían vuelto a arder y quería que me los sacaran cuanto antes.

Estoy en la puerta; el negocio está cerrado y mi amigo el contactólogo no sale. Cinco minutos más en la puerta son suficientes. Golpeo en proporción a mi ardor. Nada.

El del velorio pasa (huele mal, muy mal, era él en el velorio y no la muerta) y me sonríe. Me quedo mirando cómo se aleja, su silueta fina y el traje negro, su andar rápido, atolondrado;  todo eso captados por mis lentes muy bien. ¡Las babosas funcionan re bien! ¡Qué suerte! ¡Una cosa menos para hacer!

Veo cómo el pibe se aleja. Sus ropas están deshilachadas, estropeadas y de un color ocre lavado, como si las hubiera usado por mucho tiempo y el sol las hubiera quemado. Toco el timbre otra vez… Nada. Alguien me está tirando de la camisa. ¡A ver!

La nena del velorio es la que tira de la camisa, y al cansarse me pellizca el culo. Ahora me mira seria ahí parada.

-¿Qué querés?

-Nadie va a salir.

-¿Y vos cómo sabes?

Y yo siguiéndole el juego a una pibita. Sabe porque el tipo siempre hace lo mismo. Voy a preguntarle si es familiar del contactólogo pero veo que mira hacia la esquina y sus ojos están turbios, sus párpados temblando ante su posible llanto.

Le sigo la mirada y descubro a un tipo parado en una esquina, apoyado contra un paredón blanco. Debe mediar los treinta y viste tan mal como el pibe. Miro a la nena y veo que su vestido azul está tan lavado que parece el cielo. Descubro uñas sucias y dientes amarillos.

Ahora veo. Ahora me doy cuenta.

Vuelvo a tocar el timbre. Miro el interior silencioso y espero que aparezca la figura bajita. Nada. El lente empieza a volver a arder, aunque veo perfecto, tal vez demasiado, pero arde mucho. Siento como si tuviera un avión atrás de cada párpado o una ballena nadando en mis lagrimales. Es desesperante. Vuelvo a tocar. Desespero. ¡Por Dios! ¡Cómo no había visto el cartelito que dice cerrado! Veo mis ojos en el reflejo del vidrio de la puerta, los nervios rojos, chillando por respirar libres de esa basura pegajosa. Trato de sacarme los lentes; imposible, están adosados a mis globos oculares, tanto que si no fuera por el ardor diría que no tengo nada.

Miro a un costado y descubro a la nena; está parada a dos casas de distancia y me mira con una sonrisa triste. Hace seña con la mano para que me acerque. Camino hasta ella y me agarra de la mano. Siento su palma suave y me dejo llevar. Andamos por varias cuadras. Veo pasar a varios adolescentes meditabundos; algunos miran el piso, otros el cielo con fijeza, como si quisieran desentrañar alguna historia en las nubes. Me doy cuenta que veo perfecto. La nena me lleva de la mano y veo tan bien, hasta diría que demasiado. Ahora doy pasos demasiado cortos y no llego al piso. Andar inseguro… Bajo mejor las escaleras de un boliche estando en pedo que así, es raro. ¿Veo bien o veo peor que antes? Miro a la nena y su cara está demasiado cerca, quiero tocarla y no está ahí. De repente la veo como al principio, cerca de mis caderas, en el lugar que su altura la dejaba. Insiste en llevarme con una sonrisa triste no sé adónde.

Ahora pasa una chica, es hermosa, su cara resplandece de tan linda que es. Saluda a la nena. ¡Pero tiene los ojos enrojecidos! Son dos bolitas rojas, surcadas por riachos blanquecinos. ¡Qué lo parió! “La próxima soy yo”, le dice a la nena mientras revuelve una bolsita y saca un veneno para ratas. Después sonríe, la loca.

A ver si encima piensan que me quiero aprovechar de la nena. Lo que me faltaba. La nena me muestra la entrada a la cochería y entra corriendo. La sigo. Qué oscuridad. Ahora hasta veía perfectamente la oscuridad, recortada más adelante por la lámpara que iluminaba el cajón. La nena me hace seña de que me acerque. ¿Estará loca también…? Bien no está… Veo cómo acaricia los entrelazados dedos finos. Camina hasta la cabecera del ataúd y acerca su mano a los párpados de la muerta. Doy un paso mecánico, para tratar de impedir que se acerque más. Ahí están los ojos abiertos de la chica mirándome sin verme.

-Mirá-dice la nena y comienza a tocar la córnea.

Algo comienza a moverse. Veo la babosa adherida contra el ojo. La nena hace dos movimientos y la saca. Después hace lo mismo con el lente de contacto del otro ojo.

Yo miro sin entender, pero fascinado; otra vez estoy viendo demasiado y llego a discernir la humedad de los lentes sobre los dedos de la nena, que está hablando, susurrando algo. Le digo que no entendí:

-Que solamente cuando están acá se los podemos sacar. Oscar no salió porque él pone los lentes pero nunca se pueden sacar. Ni siquiera los míos. Pero yo me la banco.

Vi que los ojos de la nena brillaban.

-¿Quién te dijo eso?

-Dicen que cuando sea más grande no los voy a aguantar.

Alguien avanza en la oscuridad.

-¿Otro, María?

El pibe sonríe. Lleva una bolsa transparente, que tiene algunas cositas brillantes en el fondo. La abre. La nena avanza hasta la bolsa y deja caer los lentes adentro. Los dos se van.

Camino hasta la óptica y golpeo varias veces. Nada. Entonces me canso y busco la parada del colectivo. La vista me fluctúa; veo a un árbol como gigante y a mi lado y después lejos. Miro al piso y voy a dar un paso. Casi me caigo. Me quedé corto con la pisada y no alcancé el pavimento. Suerte que alcanzo la parada.

Ahora estoy desconsolado porque caí al piso. Me levanto, mientras veo que desde la esquina me miran unos cuantos. Ahí está la nena, el pibe no tan pibe con la bolsita, el tipo que estaba apoyado en una esquina y la chica que me había cruzado cuando iba con la nena. Todos me miran seriamente. Las miradas así impacientan a cualquiera.

Todos desvaídos. Olvidados. Dirijo una última mirada a la óptica. Nada. Sólo existen estas personas que se congregan para mirarme, nadie más.

Deje mis pensamientos coherentes al escuchar el ruido de un motor, era el colectivo y desesperé por llegar a la parada. Sin embargo, sigo acá; levanté la mano cuando estuvo cerca pero no fue más que un truco de mis lentes que me devolvieron el aumento real recién cuando el colectivero señalaba que la parada estaba más atrás.

La gente sigue mirándome. ¡Si por lo menos se rieran…!

Espero al próximo colectivo. Las caras no se ven muy agradables. ¡Que se vayan! “

***

Desenlace:

Glande perdió tantos colectivos como pasaron y encontró imposible el regreso a su casa. Diez años después sigue paseando por el barrio al que llegó cierto día. De vez en cuando, visita el velatorio y ayuda a María, la nenita, a juntar los lentes.

A. F.

El joven pálido 9.

Marzo 17, 2009 por adriangas
El joven pálido 9

El joven pálido 9

Ahora que por uso y costumbre
la oscuridad ganó terreno,
algunos días siente
el soplo del paraíso.
La bondad que le gustaría
repartir
incluso a los enemigos,
que no son tales;
les desea el bien a todos
por igual.

En la calle donde pasa por vivo,
trata de recordar su misión:
que alguna vez dejó la tumba caliente
para una difusa tarea,
pero ya su fervor se enfría:
demasiados reveses:
un atentado a la
coherencia.

Y ni siquiera puede expresar
que se siente atravesado por
un amor quieto,
de esos que sólo lleva el viento de pueblo en pueblo
de ciudad en ciudad,
cuando ve a un perro que se acerca
y lo lame.

Él fue hecho para el tránsito pesado
del árbol a la mesa:
para juntar las aceitunas negras caídas del olivo.
Ella para extraer con su garganta dorada el agua de la fuente.

Él fue hecho para los pastos altos y la escondida.
Ella para posar su mirada en él
y despojarlo.
“Oh, dulce ladrona,
tus ancestros te entrenaron para mirar”

La noche anterior bailoteó en un boliche,
hizo el baile del zombi,
del que ya nos ocuparemos.

De cualquier manera.

Get ready for this.

Oh, dulce ladrona.
Tus ancestros te entrenaron para mirar.

Y, mientras piensa, la acción del día es:

Disculpe, Joven pálido.
Por favor, córrase de este cantero y déjeme regar las plantas
esta mañana de sol.

“Disculpe, Joven pálido”,
dice el portero,
“estoy de acuerdo con los cartoneros
que dicen que estás equivocado
que sos un embuste
que te crees muerto pero estás más vivo que
esta mariposa”,
dice mientras agarra una mariposa blanca
que estaba posada en el ficus
y se la engulle sin ningún problema:
“Tiene nutrientes”

Otra vez el vaivén.
¿Él vio mal o el portero se comió una mariposa blanca?
Si se comió una mariposa blanca:
él puede ser el Jovén Pálido y estar realmente muerto.
Si se comió una mariposa blanca:
el Portero puede ser algo más o algo menos que un portero.
Si se comió una mariposa blanca,
lechera,
ella puede estar esperándolo en algún lugar.

La vida es simple.
No es vida.
Es imaginación.

por Cooonde

La próxima

Septiembre 25, 2008 por adriangas

Las sombras de un atardecer opaco, ceniza, se cierran frente a él mientras encara otra vez la fortaleza donde termina el camino amarillento. Está el vendedor de mates, al que se acerca para preguntarle dónde está y porqué. Cuidador de cuidadores, domador de sueños, ingrávido y eterno morocho bordado de arrugas. El viejo le cuenta la historia del lugar, mezclando opiniones políticas y anécdotas sobre turistas borrachos y corridas de toros. En realidad le cuenta mucho más, pero Glande apenas puede escucharlo. Piensa que debería tener una camarita digital o algo por el estilo para grabar lo que cuenta ese viejo, la única persona en el mundo que conoce que está vendiendo algo y no le importa venderlo, le importa algo más que está, o estaba mejor dicho, justo donde empieza el portal con forma de arco de herradura. Pero cuando piensa eso ya está lejos del viejo, enfrascado en un nuevo intento de alcanzar la plaza contradictoria, con puertas enormes que invitan a entrar pero que están cerradas. Y eso que ya llega la noche y no tiene sentido querer entrar ahí. Pero igual se vuelve una y otra vez para encarar al viejo, que una y otra vez, cuando lo tiene enfrente, le cuenta las anécdotas de las jodas que se armaban en y por la plaza. Él apenas presta atención. Esa onda musulmana y española del lugar le da vuelta el marote a Glande, le hace hervir la sangre como la cercanía de una chica con activos rasgos árabes.

Agotado pero contento de estar respirando ese aire de lugar real pero a la vez posible, se acerca a la parada de colectivo a esperar uno que lo lleve cerca del puerto. Se le ocurre preguntarle al viejo otra vez, esta a los gritos, quién lo había hecho cruzar el charco y porqué. El viejo señala el amplio portal, donde Glande llega a discernir una melena parduzca que casi no se deja ver. Ese casi lo hace acercarse muchas veces más al viejo y a la antigua plaza de toros, yendo y viniendo como un borracho o un tipo hablando por celular en una esquina. Finalmente, se compra un mate.

Después Glande va feliz en el colectivo con su mate esférico, tallado y brillante como si fuera un mundo nuevo. Alguien sentado a sus espaldas le dice que mire atrás. Y ve la plaza fulgurante, inicial, repleta de gente, con toro y todo, y al viejo que, dejando su puesto de vendedor de historias, se acerca como en cámara lenta a las puertas que ahora están abiertas. La mujer parduzca abandona su escondite en el portal para ayudar a caminar al viejo, lo agarra del bracete, y juntos entran a la plaza. En ese momento, a Glande le da fiaca levantarse. Está feliz. Prefiere volver otra vez. Otro día.

A. F.

Una comedia romántica

Septiembre 22, 2008 por adriangas

Crítica de cine publicada originalmente en Cineismo.com

ALGUIEN COMO TU
(Someone Like You)

Estados Unidos, 2000

Dirigida por Tony Goldwyn, con Ashley Judd, Greg Kinnear, Hugh Jackman, Marisa Tomei, Ellen Barkin, Laura Regan, Catherine Dent.

La comedia romántica es un género que siempre ofrece al guionista interesantes elementos para desarrollar (pregúntele si no a Woody Allen, que los aprovechó a casi todos en Annie Hall y Brodway Danny Rose, entre tantas otras). Sabemos que habrá dilaciones, desencuentros, y casi seguro una corrida final que terminará en el esperado abrazo-beso. Lo importante es cómo el guionista nos hace llegar a esas escenas, a esos momentos-clisé –seamos sinceros, a veces los mejores momentos-clisé– del cine made in Hollywood.

Por supuesto que no es el caso. Más allá de algunos momentos graciosos, la monotonía de recursos y la ironía intrascendente de Alguien como tú terminan cansando al espectador. Si hasta el encanto de Ashley Judd está enterrado bajo las peripecias de la protagonista histérica que le tocó en desgracia aquí.

Jane (Judd) se relaciona sentimentalmente con un compañero de trabajo, hombre sensible y aparentemente correcto. El tipo la deja, pero Jane sigue enamorada; para vengarse –ay, qué guionistas palurdos– la chica acepta la siguiente recomendación de su amiga (Marisa Tomei): adoptar un seudónimo y escribir una columna sobre sexo en una revista. La despechada también se mudará a la habitación de otro compañero de trabajo, en este caso fiestero y machista (Hugh Jackman), y comprobará que el más divertido y descarado de la película (lo que no es mucho, teniendo en cuenta el contexto) es también el mejor candidato.

Por el lado actoral se destaca el australiano Jackman, que demuestra que no sólo sirve para la superacción (él hizo a Wolverine en X-Men), sino que tiene tela y carisma para la comedia. De Ashley Judd, aunque objetivamente le da el cuero para el género, no podemos decir lo mismo; por momentos se pone pesada, reiterativa, con gestos remarcados.

Lo más molesto, ya se ha dicho, es el guión: sale del mismo molde de Papá por siempre, se remonta al de Tootsie y, más lejanamente, a Cyrano de Bergerac. La vieja idea de una identidad encubierta, destinada a revelarse, confesión pública mediante, sobre el clímax sentimental. Nada nuevo en Alguien como tú, adonde ni la jefa de la editorial –hasta el momento justo, claro– sabe quién es la que escribe esas columnas, aunque todos piensan que se trata de una vieja de ochenta.

Lejos de acotarse a la estructura, el bochorno también alcanza la “letra chica” de la historia. Leyendo un texto científico, Jane arriba a la conclusión de que el hombre es como el toro, que por instinto prefiere aparearse siempre con una vaca distinta, nueva. ¿Pueden creer que el film ordeña a esta burrada como leit motiv, repitiéndola una y mil veces? Hay algo más: en un momento puede verse como a la vaca vieja (ya preñada por el toro) la untan con el olor de una vaca nueva. El toro la huele, pero de todas formas la rechaza. Lo mismo habrá de hacer cualquier espectador sensato con este film. Puede que huela a nuevo, pero es la misma historia de siempre.

Adrián Fares

El joven pálido 8.

Septiembre 14, 2008 por adriangas

Un cantero rodeado de piedras,
el sol,
¡qué bien!
Le gustan
pero sabe lo que se esconde atrás de lo
apacible
Desahuciado,
olvidó lo que una vez encontraba.
Mira que te mira.

Es un momento nada más,
las nubes se siguen moviendo
metáfora más difícil de lo que parece
en tiempos de inestabilidad.

Dejar el mundo subterráneo
olvidar el cosquilleo
de las lombrices
¡Qué fácil!
Todo por nada.
Indistinguirse.
Camuflarse.
No le molesta.
Siempre lo hizo.
Y después arremeter,
con esa seguridad en la embestida
de las mujeres más frívolas.
Dibuja,
con sus falanges blancas
que brillan
cuando las nubes se desenganchan
y dejan pasar el sol.

por Cooonde

La verdad parcial

Agosto 15, 2008 por adriangas

Se puede relacionar la útil y necesaria verdad parcial que propuso el filósofo Hans Vaihinger (discípulo de Kant), la katharsis de Aristóteles y las revelaciones que ofrecen algunos momentos de las obras artísticas.

También para los propósitos de la creación, es necesario sacar a luz una verdad parcial o construcción útil, una imagen mental que tiene el germen de la futura obra pero también el de nuestro supuesto genio. Vaihinger llama a estas construcciones parciales ficciones. El psicólogo Alfred Adler se basa en este concepto para crear su particular teoría de la personalidad.

Tal vez a esta verdad parcial, de la que partimos para crear, la podemos encontrar como observadores sólo en algún momento de la obra terminada, alimentada por el proceso de construcción. Tal vez la creación no sea más que el procedimiento que sirve para mostrar en algún punto esta verdad parcial que encontramos en una eufórica visión (sí, visión). En el cine, por ejemplo, una secuencia, como la cámara frente a la ventana de la habitación en que un músico enclaustrado le da duro a la guitarra en Last Days (la película de Gus Van Sant), es un buen ejemplo de expulsión de significados. A la vez es todo, y a la vez, nada. Una secuencia central.

Hans Vaihinger ejemplifica las verdades parciales a través de los conceptos científicos de ondas electromagnéticas, de protones y electrones y otras creaciones útiles jamás demostradas, pero que sirvieron como puentes a los científicos para encontrar mejores verdades.

Me gustan las películas, o los libros o las pinturas, que son grandes o pequeñas verdades parciales. Las demás puedo disfrutarlas, pero no me hacen falta. La verdad parcial nunca deja de lado la belleza.

A. F.

El joven pálido 7.

Agosto 5, 2008 por adriangas

Chau flashback pedorro.
El que no lo entendió,
se embroma.

Jóvenes poetas
Jóvenes amantes
Dejen de escribir en los telos
historias de medio pelo
Ayúdenme a olvidar
que alguna vez te dejé
en manos
ajenas.

Fantasmas de la noche costera
Amigos del pasado urbano
Dadas en adopción: mascotas de futuros condominios,
que remuevo en el basural
donde maúllan los cartoneros
Tres vagabundos de la calle Paraná,
que acabo de cruzar de reojo
¡Ronronen
en mi pecho!
Todavía puedo inflar mis pulmones
Y que salten al aire
los perdones
Todavía puedo enfrentar
mi propio desdén.

El Joven pálido estaba acodado
en la barra de un bar
tomando champán,
tomando champán.

Y el líquido salía
por los putrefactos orificios.
Pero las burbujas subían
igual,
y lo alcanzaban de lleno
como las balas en los
noticieros.

Una noche,
después de ver a su Diana
postrera aquella quimera
bla, bla,
escribió:

A veces me gustaría
vestirme de furia.
Arrastrar el polvo de largos pasillos
con la cola de un largo traje
y asomarme a los majestuosos
ventanales,
a las mujeres
que dejamos pasar.
Que pasan
por la calle en un inexplicable
desfile fortuito
Y si alguna me ve,
saludar.
Y arremangarme las ilusiones.
Debajo
no soy más que eso,
que pensó,
que pensaba.

por Cooonde

Intento de desaparición

Julio 21, 2008 por adriangas

Un día estaba jugando con su amiga Vanesa, antes que al padre de Guadalupe, la chica que le contaba historias de terror al grupo en las noches de verano en las que se juntaban en la puerta del kiosco, se le venciera el contrato de alquiler, y la familia de Vanesa se mudara a una casa mejor en un barrio cercano, y decidieron que se esconderían atrás de un sillón en la casa de la abuela de Glande. En algún momento de la tarde, caminaron sigilosamente el espacio que separa el living con el garaje, y lograron sostener sus desapariciones atrás del Taunus amarillo de su padre. Esa proeza hubiera sido más digna de Martín, que de los amigos de la infancia de Glande es el único que sigue en el barrio. Cada vez que Glande baja del colectivo 520 con su mochila a cuestas, antes que el barrio gris lo vuelva a cansar en las ruidosas y divertidas reuniones familiares, donde su abuela y su tía abuela vociferan en dialecto italiano hasta el ensordecimiento de los presentes, Martín, que todavía parece un chico de diez años, pero más desamparado que a esa edad, lo saluda. Las drogas lo afectaron y ahora las frases son más largas y más lentas de pronunciar, pero igual se seguían entendiendo, incluso Martín, que se había vuelto evangelista y se ganaba la vida ayudando en un taller mecánico, era uno de los pocos que pensaban que Glande era un guitarrista que tenía una obra que llevar adelante y, cuando veía al padre de su amigo, le preguntaba qué era lo que estaba componiendo su hijo. El padre de Glande, que de forma irresponsable a veces contribuía a su fama de compositor en ciernes, en esos momentos trataba de explicarle a Martín que si bien su hijo había editado un disco, no se dedicaba a eso todo el tiempo, y que también hacía otros trabajos relacionados con la carrera de Diseño Audiovisual, que había abandonado en el segundo cuatrimestre para meterse en el conservatorio. Luego Glande decidió cortar con esos trabajos, a los que no podía responder del todo debido al zumbido en los oídos que disminuía su poder de concentración para escuchar las órdenes de sus jefes, y su padre tuvo que inventar otras respuestas.

La tarde en la que se escondieron, sus padres llamaron a la comisaria de la zona para que buscaran a su hijo y a la amiga. Glande recuerda ver pasar a las personas buscándolos (sus abuelos, su tía abuela, su padrino, su padre, su madre), y se imagina a sí mismo mirando con una sonrisa satisfecha a Vanesa. Los padres de ella luego se reunieron con los suyos en la casa de un vecino, donde pusieron en marcha una operación de búsqueda, que no llevarían totalmente a cabo, ya que en cuanto el atardecer empezó a dejar en penumbras el garaje, Vanesa y Glande salieron triunfales y se restituyeron, luego de recibir unos cuantos gritos, a la serie de acontecimientos naturales que los harían crecer y distanciarse.

A. F.

Onibi, de Rokuro Mochizuki

Julio 6, 2008 por adriangas

Onibi, The Fire Within

DVD http://www.artsmagicdvd.com/ 101 min. Dirigida por Rokuro Mochizuki. Historia Original: Yukio Yamanouchi Características del Dvd: Special Interview with the Director, Commentary with Tom Mes (writer on japonese cinema).

Catalogada en su momento como una de las mejores películas japonesas de los noventa, Rokuro Mochizuki filmó Onibi después de Another Lonely Hitman.

Merodeador de argumentos donde la temática yakuza es la forma, mientras que el contenido fluye entre los placeres de la vida y el crudo dolor humano, Mochizuki es un director desigual. En la entrevista que acompaña el DVD, dice que prefiere las películas románticas a las criminales; por eso en sus obras la historia principal es casi siempre una historia de amor. En Onibi, son más los aciertos que los errores.

La historia (de Yamanouchi, escritor de libros de temática yakuza, quien alguna vez perteneció a un clan) nos presenta a Kuni (Yoshio Harada), un yakuza que luego de veintisiete años en prisión vuelve a su clan, convocado por su antiguo jefe Tanigawa (Sho Aikawa). El personaje nos recuerda a los que interpreta Kitano en sus películas, pero Harada es un gran actor que no depende de tics para verse canchero (aunque bueno, Kitano nos gusta también)

Kuni comparte vivienda con su amigo homosexual y en una fiesta del clan conocerá a una joven pianista (al director se le ocurrió incluir una pianista en su película después de ver la de Jane Campion) que le cambiará la vida. La trama no tiene muchas sorpresas, es la consabida historia del marginado que intenta poner en orden su vida.

Mochizuki usa de pretexto el género yakuza para develar los placeres y dolores de un hombre peligroso. Maneja los planos con maestría; sumados a la música clásica de la banda sonora generan una cadencia que se parece mucho a la imaginada caída de una hoja de un árbol en otoño. Ejemplos: Kuni junto a Tanigawa caminando por las calles en un travelling a plano medio de los dos ligeramente contrapicado. Una secuencia en que Kuni obliga a su joven enamorada a probar su valentía matando a un perro callejero. La posición de los cuerpos en un plano abierto, trabados en el centro de la pantalla, y mirando en direcciones opuestas, produce una dulce tensión. Otro de los planos es la subjetiva de Kuni haciéndole el amor a su chica.

Por momentos, el filme peca de soberbia, de querer abarcar más de lo que sus personajes proyectan. Hay que notar que es costumbre del cine oriental tomar tópicos, exprimirlos y armar algo más interesante. Habría que analizar (como en el caso de Angel Guts) cómo se genera cine de autor a partir de las propuestas de la industria, más que nada a partir de los géneros: el roman porno, el cine de yakuzas y el cine de terror japonés actual (Retribution, de Kiyoshi Kurosawa es el mejor ejemplo, seguido de la maravillosa Memories of murders, de Bong Joon-ho -la película  siguiente de este director sería la inferior, pero más conocida, The Host) equilibran lo popular con lo personal. En el cine de Mochizuki, como en muchas películas orientales, de la extrema sujeción a los cánones a la extrema perversión de los mismos hay un paso. Paso que, particularmente en Onibi, vale la pena ver dar.

A. F.

Recreando el cuento de terror

Junio 20, 2008 por adriangas

Los padres de Glande se fueron unos días a la costa y en la casa quedó su abuela materna, quien le estaba contando que los golpes a la puerta, por los que antes habían tenido que cortar la conversación, eran de Jorge, el vecino de enfrente. Glande se había mudado a vivir al Centro. Jorge, unos veinte años mayor que Glande, fue durante mucho tiempo él único interlocutor que Glande tuvo para hablar de música y de películas. Compartieron un recital de Ritchie Blackmore y a veces se encontraban en Lavalle y se metían en algún cine, cuando Jorge terminaba su recorrido con el taxi y Glande no tenía que ir al conservatorio. De vuelta a Lanús, no hablaban mucho más que de música y de la película que habían visto, ya que Glande no sabía qué más hablar con un taxista, y Jorge no sabía qué contarle a un chico que se la pasaba casi todo el día encerrado tocando la guitarra. Ahora el vecino, cuya esposa estaba con las hijas en la costa mientras él cumplía con su trabajo, aparentó estar interesado en la salud de la abuela de Glande pero en realidad lo que quería era preguntarle si lo dejaba quedarse a dormir en el sillón. Finalmente, recapacitó y volvió a cruzarse a su casa.1

Está habitada por un fantasma desde hace años. La historia, que no ventilaremos completamente, tiene como protagonista a una joven que murió, luego de una enfermedad, en pleno embarazo. Cuentan que la casa fue maldecida por la madre de la chica muerta, que era la hermana del suegro de Jorge, luego de una pelea familiar por esa propiedad. La sobrina de la mujer se casó con Jorge y se mudaron a la casa. Tuvieron dos hijas. Al poco tiempo, empezaron a pasar cosas raras. Glande se enteró por terceros, ya que nunca habló del tema con su amigo, que había objetos que se cambiaban solos de lugar. Los gemidos que se escuchaban cuando la casa estaba en silencio hicieron más ruidosos a sus habitantes. En un asado nocturno, el padre de Glande le preguntó a Jorge, alzando la voz en un intento de superar el volumen del televisor, si había presenciado alguna aparición. El vecino respondió que había visto algo impresionante, que no se atrevía a contar. Otra vez, la hija mayor de Jorge estaba sentada en su cama y sintió una fuerza que le arrancó la almohada y la arrojó por los aires. En la actualidad, el ente sumó otra modalidad de manifestación: en las noches, tira de la cadena del inodoro.

Glande no sabe cómo reaccionar ante estas historias. Él no cree en los fantasmas, pero mientras trata de dormirse se tapa la cara con las manos. Ésto se debe a que repetidas veces el tema había rondado su infancia. Por ejemplo, uno de sus familiares había visto el fantasma de su abuelo en la casa de Mar de Ajó, merodeando el fondo. El día anterior al de la muerte de su abuela paterna, Glande tenía dos años y estaba en la cuna, cuando sus padres escucharon un grito salvaje, indescriptible. Por como su madre cuenta el suceso, el grito venía de la pieza de Glande, que siempre se sintió un poco culpable y suele preguntarse qué habrá visto para gritar así.

Un recuerdo elemental, está enlazado con otro, pero Glande no puede discernir qué hecho sucedió primero. Sus padres estaban mirando una película. Era de una mujer que se convertía en algo, que su madre identifica como una araña. Glande tuvo un ataque de pánico y estuvo gritando hasta que lo sacaron de la habitación donde estaba el televisor. Hasta el día de hoy, cuando pasan películas clásicas de terror en el cable, Glande teme dar con la escena de la transformación de la mujer araña. No sabe qué le puede pasar si ve eso. El otro recuerdo, mucho más nítido, es el de estar durmiendo en brazos de su madre, cerca del pasillo oscuro que da a los dormitorios de la casa, en la época en que sus padres vivían arriba y alquilaban la planta baja (ocupada por evangelistas que celebraban reuniones hasta tarde), y sentir una presencia inclasificable que se acerca a observarlo desde la oscuridad. Glade puede reconstruir en su mente el miedo que esa presencia le provocó, que de alguna forma relaciona con el concepto de la mujer araña. Con el paso del tiempo, en la imaginación de Glande, esta mujer empezó a convertirse en la personificación del miedo, pero también de la añoranza y el amor, no sólo hacia su madre y el hogar en que se sentía protegido en su infancia, sino hacia las mujeres en general. De algún modo, esa forma femenina parda e indescriptible que lo perseguía en su niñez, reaparece en los momentos que Glande cree cruciales en su vida, pero ahora personificando a un cálido temor indescifrable, que tiene significados esquivos tal vez porque están aferrados a los procesos de cambio en su vida. Sin embargo, él no quiere tocar a fondo el tema. Dice, citando el pasaje de una entrevista a Robert Graves2, que no está dispuesto a tentar su suerte.

Pero ahora, después de cortar con su abuela, a Glande se le ocurre que el fantasma de la chica que vivió enfrente de su casa pudo ser la presencia que se le había acercado cuando estaba en los brazos de su madre, quizás para saludarlo y darle la bienvenida al barrio. Aunque también podían ser otros, teniendo en cuenta el destino incierto de algunos de los integrantes de la familia en que había nacido su padre.

A. F.

1 Al visitar este barrio, no se asusten si se cruzan con el tatuado Hombre Lagarto, que vuelve de su trabajo en la peatonal Lavalle y se baja del colectivo 9 todas las noches para caminar las cuatro cuadras hasta su casa, a la vuelta de la de Glande y en la misma manzana que la embrujada.

Carta de un mono a otro

Junio 11, 2008 por adriangas

De repente, se puso a llorar. Había discutido con su novia. Ella estaba dando un paso fuera del zoológico. Un paso. No saldría del todo, daría una vuelta. Y lo esperaría del lado de adentro, con la cara bien larga. En parte, por eso lloraba. También porque sabía que después, todas sus razones, que en ese momento se le presentaban tan claras, se esfumaban y su bronca pasaba a ser un capricho irresponsable que no bastaba para patear el tablero y cambiar su vida.

Glande se acerca a Roberto, el chimpancé más viejo de la colección, como dice la placa, que está apartado de todos los demás, simio con jaula propia, por razones de seguridad (los chimpancés jóvenes discriminan y hasta llegan a matar a los viejos; más o menos como en nuestra sociedad, pensó Glande, que desconfiaba de sus pensamientos más solemnes) Por suerte, el zoológico estaba casi vacío y pudo llorar tranquilo sin que nadie lo descubra.

No le hubiera gustado que lo vieran llorando. ¿Y si pensaban que estaba loco? Qué tal, lo único que le faltaba; ya lo habían tildado de neo-hippie y lo miraban con una ternura especial cuando decía que lo suyo era trabajar.

Venía arrastrando un viejo romance, de esos furibundos y secretos que nos hacen pensar que el amor no es un invento humano. Esta clase de amor vital, al contrario del lugar común que ve al enamorado como un inútil, le daba la voluntad y la concentración que su oficio requería, tal vez porque diluía la lujuria irrefrenable que lo poseía en su ausencia. Sin embargo, Juan Roberto Glande, que antes confiaba en el poder revelador de la imaginación y la introspección, había descubierto algo elemental: la experiencia era el factor de cambio. Por lo tanto, la mejor interlocutora con la que sus pensamientos podrían discutir en adelante.

Glande:

Querido Roberto, Príncipe de los Monos (Rey de los Monos no, porque ése es Tarzán),

Me encuentro aquí moqueando de forma deplorable porque a pesar de que intenté mejorar mi vida, no logré más que éxitos parciales. Mis amigos empiezan a tenerme envidia, aunque no creo que sepan la razón. Todavía soy un guitarrista del montón, pero últimamente hay personas que van descubriendo algo en mí. Mi intención era ser más bien serio y no popular, pero resulta que se me ocurrió cantar en el último disco y enseguida me armé un pequeño círculo de admiradores. Sin embargo, mi billetera sigue tan vacía como siempre. Las personas más inteligentes, y menos estructuradas, por decir algo, que me acompañaban desde la época del conservatorio, dejaron cualquier vestigio de genialidad en el camino para dedicarse a ganar algo de dinero. Imposible que después no se dediquen a desear los éxitos parciales de los demás. En mis recitales, ahora, me ayuda un chico que lleva una computadora y ejecuta bases rítmicas. La banda ya no está. Seba por ejemplo, un excelente saxofonista, hijo del dueño de una estación de servicio, querido mono, nada menos, colgó el instrumento en el ropero y se dedica a diseñar cajas para sushi. Una de las ventajas que Seba ve en eso, es que a veces puede comer sushi gratis, incluso llevarle a la novia. El otro día, querido Roberto, a ver si te molesta que te diga mono, ya que te nombraron gentilmente los evolucionados simios que regentean este lugar como Roberto el simio más longevo del zoológico, el otro día monito, aunque ya estás viejo, perdón, mi amigo Seba me contó con lujos de detalle el revolcón que se dio con su novia después de que le ofreciera el preciado sushi. Incluso, sin ofender, me contó cómo la excitaba a su novia sentir el sushi frío sobre su rayita.

Vio a un chimpancé bebé que lo miraba desde otra jaula y se ruborizó por lo que le había dicho, telepáticamente, al simio mayor. Estuvo a punto de desistir.

Glande:

Rosmaría, que el mes pasado había propuesto la separación, en éste cambió de parecer y ahora se encuentra tan enamorada de mí como el primer día. Yo estaba planeando una existencia nueva, la culpa de dejar de lado una relación duradera y segura no me acecharía, y podría dedicarme a sentir algo real, que me alejaría de las usadas ficciones que me persiguen diariamente, algo real, claro, fuera del acto de componer canciones. Aunque, Robertito, tengo que confesar que uno de mis temores es que un amor nuevo me impida componer cosas buenas, ésa es la fe que tengo en la infelicidad, que vaya a saber de dónde viene, supongo que exactamente del mismo lugar de donde yo vengo. Pero, contrario a lo que se puede suponer sobre una persona con esos humores, también me divierto mirando los cambios mínimos en las personas y en los objetos, sé disfrutar del sol y de los mates, de las caminatas, de leer un poco, y con eso, a veces, me conformo. Cuando yo era chico, mi papá me contaba la historia de Cat Stevens y de cómo se convirtió en una especie de monje musulmán, y no sé por qué, querido mono, a veces tengo miedo de convertirme en Cat Stevens, colgar la guitarra, como colgó el saxo mi amigo Seba, pero irme a esconder a algún monte. Al final es lo mismo.

Aunque Cat Stevens era un misterio para mí, una especie de santo al que imaginaba barbudo y con la seguridad que, supuestamente, se necesita para dejar de lado las tentaciones más oscuras ¿Qué razones lo habían alejado de la fama, empujando su voluntad hasta convertirlo en Yusuf? Sería por Cat Stevens que, tiempo después, cuando ya estaba en el conservatorio, me bajé de internet la Vida de San Antonio, por San Atanasio de Alejandría, gasté muchas hojas y tinta para imprimirla y quedé subyugado con el pasaje en que San Antonio se encierra en un sepulcro, un recinto como el tuyo mono Roberto pero en el desierto, y luego de ser azotado por demonios lo encuentran tirado en el piso, lo llevan a una iglesia y mientras todos rezan el egipcio se levanta y pide otro encierro en el sepulcro y entonces pasa una noche en que los demonios lo acosan con formas de animales que intentan desesperarlo. Y ya que estamos acá Roberto, me acuerdo que cuando era chico y tenía fiebre soñaba con jirafas y multicolores bichos rastreros.

¿Y qué mirás Roberto y por qué te rascas ahora, qué viniste a descubrir en esta piecita? Tal vez, si te ponen con los demás monos a vos no te matan a palos, como sugiere la placa, tal vez a vos justo te aceptan, qué saben de un simio como vos los que escriben cosas en esas placas verdes.

Bueno, voy terminando. Sólo te pido que me digas, por tu simpleza y tu paciente vocación de mirar: ¿Qué es lo que hay que hacer? No me puedo quedar con vos hasta que caiga la noche, aunque ahora hay visitas nocturnas, así que uno de estos días paso a saludarte. Linda forma de encerrarse en el desierto urbano cada tanto. Tal vez, hasta conviden con algún vasito de vino. Pero ahora decime, Roberto, lo que te pido.

El mono Roberto, vetusto y apenas corroído a sus cincuenta años, se rascó la cabeza y pestañeó. Acto seguido, bajó una de sus manitos y empezó a estirarse el miembro, dándose formidables sacudidas.

La novia de Glande había vuelto a buscarlo, lo agarró de la mano y juntos alcanzaron la salida.

Adrián Fares

El joven pálido. 6

Mayo 21, 2008 por adriangas

We are lost in the marvellous prison
and theres is no reason..

El joven pálido pensaba en el poco inglés
que sabía, el de las canciones…
Así que se inventó una.
La arboleda y el camino de tierra
se hacían más reales,
gracias al peso de la mochila.

Peso suficiente,
inesperado
(nunca había pensado que iba a terminar llevando eso por los senderos rústicos de su país),
en la cabeza y en la espalda.
Vayamos de frente lo que el joven pálido iba a hacer,
era buscar a la madre de su hijo.

Hija de un estanciero.
Mientras el joven pálido bajaba de la camioneta que lo acercó al pueblo,
la chica arrancaba zanahorias de una huerta.

Racista y a la vez activista
de la ecología,
había donado a la ciencia
la flor de su descuido
el feto empedernido
que había intentado nacer.

El kilometro 112.
El joven pálido caminaba decidido hacia la casa de su ex
con la mitad de una sonrisa en la cara.
Escuchó una voz a su derecha que le gritó:
-¡Bobo!

Llegó a ver como el chistoso se escondía en el maizal,
los dientes desparejos, los anteojos negros embutidos en la cara;
¿de dónde había salido ése?

El joven pálido, exactamente una hora antes de que el padre de su ex disparara al aire
y lo amenazara de muerte si volvía a esa casa
a sacudir al feto en la cara de su hija,
escupió
y dijo
-Nene, ahora vas a verle la cara a tu mamá.
Las entrañas ya las conocés.
Pero en este mundo, lo que importa es la apariencia.

El feto maloliente no contestó.

Le cayó otra piedra.
Se detuvo en seco.

Nene. Como éste hay unos cuantos. Siguen la luz o la oscuridad, son clase alta
o clase baja, limpios o sucios, inteligentes o estúpidos, pero están corroídos por dentro
y por fuera.
Ellos son lo que hacen nada más.
En un momento una cosa y en otro, otra.
Vos hacé la tuya, sin mirar a los costados.

Miró atrás
y arriba.

La segunda piedra no era una piedra
negros pájaros carroñeros
lo venían siguiendo
y se mandaban clavados en el aire
y sobrevolaban la mochila

El joven pálido se puso los auriculares
del walkman.
Estamos en los noventa,
aunque nadie se dé cuenta
Apretó el paso.
De vez en cuando,
tiraba manotasos
para alejar a los pajarracos.

por Cooonde

Los compositores norteamericanos de música de cine

Mayo 6, 2008 por adriangas

Una relación (muy arbitraria) de los que me parecen más interesantes como autores de scores (las orquestaciones originales escritas para un film):

Hemingway escribió (Death in the afternoon) que para él era moral todo lo que hacía que se sintiese bien e inmoral todo lo que hacía que se sintiese mal; advierto, entonces, que adapté este criterio a la estética y toda expresión cinematográfica que me guste es buen ejemplo de este arte y no así la que no cumpla con este requisito. Baudrillard (en Ilusión y desilusión estética) critica a los Coen alegando que el estilo recargado de éstos impide ilusionarnos; yo creo que es así en muchos casos[i] (déjenme aclarar un ejemplo de una película que nada tiene que ver con los Coen; en The Beach —Danny Boyle—, Leonardo Di Caprio se tira al suelo, escondiéndose tras unos pastizales, ante el peligro de hombres armados; la cámara avanza en un travelling hasta los ojos desesperados del actor; Baudrillard tiene razón en que es innecesaria esta técnica ya que en cierta forma desprecia la imaginación del espectador; debe haber infinitos ejemplos como este en el cine de género mundial actual) Sin embargo, algunas películas de los Coen (con exageraciones como la del personaje de John Torturro jugando al bowling en The Big Lewoski) no dejan de gustarme.

Lo mismo con los autores musicales que nombraré a continuación. Algunos remarcan las escenas con una orquestación furiosa, otros sutilmente nos entornan la puerta “para dejarnos ver el prado donde relincha el unicornio” (Cortázar) y esa visión, sabemos, nos dejará satisfecho por un tiempo.

En primer lugar, no podemos dejar de nombrar a Bernard Herrmann (1911-1975) como precursor de todos los demás. Herrmann musicalizaba los radioteatros de Orson Welles; así es como más tarde hace la música de “El Ciudadano”. El arreglo de violines de la famosa escena de Psicosis es de Herrmann; con Hitchcock también hizo el score de Vértigo, entre otros. Luego trabajaría con Truffaut (La Mariee Etait En Noir), De Palma (Hermanas, Obsesión) y Scorsese (Taxi Driver; Cabo de miedo—en esta remake la música de Herrmann está reorquestalizada por Elmer Bernstein). Herrmann es simple y efectivo, usa melodías fácilmente reconocibles, secas, que estallan en fragmentos repetidos con regularidad; no nos aturde románticamente con frases que confunden.

Angelo Badalamenti transita esa senda, sus melodías son sospechosas, incongruentes, deliberadamente extrañadas; nacen muertas o no terminan de nacer. Por algo es el compositor preferido de David Lynch (Blue Velvet, Wild at Heart, Twin Peaks, Lost Highway). Colaboró con Norman Mailer (el escritor dirigió la adaptación homónima de su libro Though Guys Don’t Dance) y Jean Pierre Jeunet (La ciudad de los niños perdidos) entre otros.

Carter Burwell es el compositor de los films de los hermanos Coen. En Barton Fink el score se confunde y se arma con los efectos sonoros; lo que se escucha es poco; hay insinuación, hay ilusión. Menos minimalista pero igual de emocionante es el score de Miller’s Crossing (Un paseo con la muerte). Uno de sus trabajos sin los Coen es el debut cinematográfico del videasta Spike Jonze, Being John Malkovich (¿Quieres ser John Malkovich?) De los que todavía transitan este mundo, Burwell es el más cautivante.

Hay uno que no necesita tanta presentación; es una caja de música maravillosa, alocada, que toca canciones a la vez dulces y terribles, tan alegres como tristonas, tan misteriosas como cínicas. Tim Burton debe estar muy agradecido a Danny Elfman. Sus melodías acompañan al pálido joven con las manos atrofiadas y al esqueleto que intenta ser Papá Noel. Ya que estamos con Burton, digamos que Howard Shore hizo el hermoso score de Ed Wood. Sumado al metálico y frío que compuso para Cronenberg (Crash) nos deja una certeza: talento.

Hans Zimmer es más estridente; trabajó en El Rey León, entre otras. En True Romance (Escape Salvaje) compuso un score inocente que contrasta con la violencia del film; una de las melodías es una canción de navidad, con reminiscencias de Bach (el Jesu, joy of man’s desiring). Hace unos años la composición de Zimmer sonaba, apenas modificada, en un comercial. Alguna vez hablamos de Mike Figgis; como compositor y supervisor musical hace un trabajo excelente en Leaving Las Vegas (Adiós a Las Vegas) y en One Nigth Stand (Pasión De Una Noche).

Tengan en cuenta a Cliff Martinez; compone para el prolífico Steven Soderbergh. Sobrio trabajo en Kafka y música crepuscular en The Limey (Vengar la Sangre).

También sería conveniente que sumemos al reconocido John Williams (en especial, el score de Atrápame si puedes).

Como musicalizadores, especies de disc-jockeys de sus films, no olvidaremos a Woody Allen ni a Tarantino[ii]. Y como rareza nombramos a Dario Argento componiendo la música de la secuela de La Noche de los Muertos Vivos, Dawn Of The Dead.

Adrián Fares



[i] Nota 2008: A Godard tampoco le gustan los hermanos Coen. Puedo defender Barton Fink, The Man who wasn’t there, The Big Lebowsky y Miller´s Crossing. Los Coen, como Wes Anderson, solamente funcionan bien cuando exageran, cuando hacen con ganas lo que Jean Baudrillard –que también nombraba a Ang Lee, si no me equivoco- detesta. Deberíamos leer todo lo que este sociólogo y filósofo escribió. El resto del cine actual (películas de terror –el género que, por alguna razón, más huérfano quedó de buenos artistas–, suspenso, acción, incluso películas que no pertenecen a ningún género, independientes, etc.) destroza la ilusión (ejemplos: las subjetivas frenéticas de 28 Days Later, de Juan Carlos Fresnadillo, producciones como El orfanato, la insoportable nueva versión de Hairspray, algunas películas de Tony Scott, y en especial, la de su hermano Ridley –como el final de Gladiador). Es importante distinguir cuando estos recursos se usan para crear algo nuevo y cuando se usan mal. ¿Significan lo mismo los travellings en Mean Streets de Scorsese que el travelling de Wes Anderson en Hotel Chevalier y que el de Danny Boyle en The Beach? En la seminal Mean Streets, Harvey Keitel es un joven mafioso en ciernes y el travelling rolinga es un hallazgo visual para acompañar su forma de caminar decidida (antes Orson Welles, Nicholas Ray, David Lean, hacían maravillas con los límites de la ilusión). En la película mala The Beach, el travelling enfatiza un peligro hasta eliminarlo, alimentando una trama sosa. En Mean Streets y en Hotel Chevalier, el travelling es la trama. Las mejores películas actuales no crean una historia mientras cifran una trama secreta; mejor dicho, las dos historias (la principal y la secreta) se condensan en dos o tres secuencias –me viene a la mente lo que recuerdo de Cache, de Michael Haneke, por ejemplo o Last Days, de Gus Van Sant- que tienen la suficiente fuerza para significar algo en la ficciones frágiles en las que vivimos. Así también, el cine refleja más el espíritu del cuento, que el de la novela, tal vez porque sigue alejándose de esos pretextos (si no vean lo sosas que son las dos películas basadas en novelas, favorecidas por el Oscar: There will be blood y No country for old man)

[ii] Ahora, agregamos a Wes Anderson como musicalizador, la banda de sonido que el trompetista Terence Blanchard hizo para Mo´ Better Blues, de Spike Lee y la de Neil Young para Dead Man, de Jim Jarmush.

Bullet Ballet, de Shinya Tsukamoto

Mayo 1, 2008 por adriangas

Bullet Ballet, de Shinya Tsukamoto, 1998, 97 min. Starring, Shinya Tsukamoto, Hisashi Igawa, entre otros.

Una joven japonesa de pelo corto camina hasta el borde del subterráneo, levanta sus manos y trata de hacer equilibrio para no caer en la vía. El subte pasa sin detenerse; de los zapatos de la chica salen chispas, su cuerpo se sacude, al borde de ser succionada por la estructura de metal. En otra escena, un hombre sopesa el peso de un arma, saca una bala y la coloca entre sus dientes.

El ansia de violencia en una pandilla de jóvenes es el elemento que teje Bullet Ballet. El filme juega a las variaciones sobre este tema con un imaginario visual potente.

Hay cineastas puramente visuales y otros que no pueden filmar sin una historia sólida atrás. Tsukamoto, el director -y actor- de Bullet Ballet, pertenece a la primera categoría. Por lo tanto, es un director, también, para un espectador que se emocione con un buen plano o una buena fotografia, y que pueda dejar de lado la ambiguedad de la trama. Hecha esta aclaración, Bullet Ballet tiene momentos de tensión creciente y de belleza visual incomparable. Filmada en un blanco y negro frenético, zigzagueante, con una fotografía expresionista y un banda de sonido rockera, la película desarrolla una metáfora entre el choque de generaciones. En la excelente entrevista que viene con los extras en el dvd, el director explica su visión de la juventud actual: amamos la violencia como una referencia a películas y actitudes pero no sabemos realmente lo que es; nacimos después de la Segunda Guerra Mundial.

Goda, el protagonista del film, se va a comprar un arma después de tener que aguantar el suicidio de su esposa, quien alternaba una pandilla de delicuentes clase media. Con el arma comienza el camino de convertirse en uno de ellos, a pesar de la diferencia de edad. Ya es tarde cuando logra entrar al grupo: asesinan a un boxeador y la sombra de un yakuza (mafioso japonés) ronda la pandilla, que tal vez conozca el peso de la verdadera violencia.

Si buscamos referencias, caemos en Godard, y por la obsesión con los objetos (armas, balas) como extensiones de un cuerpo, recordamos también a David Cronenberg. Tsukamoto dirigió antes, entre otras, Tetsuo The Iron Man, de gran repercusión entre los fanáticos del cine asiático y el experimental.

Ambigua e hipnótica por momentos, Bullet Ballet tiene ese no sé qué de película de culto.

A. F.

Luz silenciosa

Abril 20, 2008 por adriangas

Comentario de un lector a una crítica de cine en un sitio web… Habla de Luz silenciosa, película de Carlos Reygadas:

“¿Por qué es un genio? Porque hizo un documental mediante la ficción utilizando un batallón de recursos cinematográficos como decorado de la puesta. Una trama simple (que es totalmente prescindible en el análisis de la película) para conocer a la comunidad menonita, sus costumbres, sus hábitos, su cultura.”

Esta valoración demuestra que una persona puede tener buen gusto cinematográfico y no entender nada de una película. ¿Qué es más importante en este caso, entender o tener buen gusto? Es una pregunta bastante importante… ¿Cuánto del buen gusto está formado por el entendimiento y por la sensibilidad y cuánto por otras influencias que no tienen que ver directamente con el pensamiento sino con prejuicios?

Luz silenciosa no tiene una trama simple para nada (la trama es profunda, intensa y compleja, como algunos momentos de la vida misma) Lo importante de la película es cómo Reygadas se expresa a través de los planos y la belleza única que logra transmitir en sus secuencias (esa camioneta que no termina de dar vueltas, la escena en el lago). La película habla más de un tema común y recurrente, el amor en una sociedad monógama (el mismo tema de Control, de Anton Corbjn) que de los menonitas (yo no sé nada de los menonitas después de ver Luz Silenciosa, ni me interesa saberlo). Luz silenciosa es una experiencia de la vida más (como la gran ficción que es).

Dicho sea de paso, en los comentarios de algunos productores y espectadores –algunos que leí en La Lectora Provisoria y Otroscines–, noto cierto temor a considerar al cine como arte y a los cineastas como artistas. Este temor no proviene tanto de un pensamiento simple, erróneo, del que debería provenir: creer que el oficio del artista está por arriba de otros oficios y, muy especialmente, profesiones. Temen, porque este argumento podría ser una bandera que levanten los artistas en desmedro del cine considerado solamente como tarea de gestión, marketing y administración –llama la atención porque, en realidad, pocos artistas cinematográficos tuvieron la fuerza para que su arte sea reconocido, y por lo tanto, apoyado comercialmente. ¿Qué peligro hay para los productores en considerar al cine como reino de artistas y no como reino de la administración (que es lo que siempre fue desde Zukor a nuestra Stantic –por dar un ejemplo–)?

El cine no es trabajo en grupo. Decir que el cine es trabajo en grupo es menoscabar la importancia vital de un actor y un director de fotografía, por ejemplo. También la del director. El cine de Reygadas: ¿es trabajo en grupo? El cine de Spike Lee: ¿es trabajo en grupo? Mejor sería decir: el cine es el trabajo de un grupo. Y entonces, mejor sería aclarar que en las facultades de cines se enseña el primer error de todos, por el que cualquier persona que en su vida leyó un libro entero o mejor dicho, dedicó dos horas de su vida a pensar cuestiones que tienen que ver con expresase, deja despanzurrado al pobre estudiante que sí tiene una buena idea –o un buen desarrollo– y que tiene preocupaciones que van más allá de su propio orgullo. Pensar que el cine es trabajo en grupo, en nuestro país, da como resultado un concurso como el Raymundo Gleyser, que no sirve para que salgan buenos directores de cine. Me pregunto: ¿Para qué sirve? ¿Qué persona que haya trabajado su obra puede tolerar inscribirse en un concurso así? Si el Estado decide apoyar al cine, primero debe decidir: ¿Qué es el cine para nosotros? ¿Mercado nada más? El cine sirve para hacernos pensar y para crear belleza.

Volviendo a Reygadas. Uno de los planos, en el que descubrimos que el director hizo foco previamente en una flor, me molestó un poco porque explicita una metáfora redundante y casi devela el mecanismo del filme, tan paradójicamente guardado en las miradas directas de los nenes y personajes secundarios a cámara.

Adrián Fares

El joven pálido. 5

Abril 5, 2008 por adriangas

El joven palido 5

Las hojas caen en contra del viento
que las hace caer.
Las personas
vemos esto.

Con las lombrices aéreas
a veces descubría
que no había mucho más de lo que buscaba
Ni había mucho menos.
Algunos días tenés lo justo
-lo justo es lo perfecto, es una caricia mental-
Y entonces -chau paranoia, mucho gusto-,
¿qué hacés?

¿Cómo afrontar la sospecha confirmada?

Coro:

“Como la planta que sabe que el agua no está lejos
después inclinándote un poco al sol
sin deformarte demasiado.”

Pero no es fácil.

Amar es desenrollarse
sin pausa.

Play.

En esta película yo camino
hasta el Museo de la Morgue
donde flota un feto
¡Oh, feto flotador
hijo de mis entrañas!
Un guardia inseguro me sigue
con la mirada,
pero cuando se descuida
rompo la pecera,
atajo el feto que cae con la viscosidad
y me lo meto en la mochila.
El guardia inseguro
un poco viejo
camina hacia mí
y se resbala.
¿Se habrá roto la cabeza?
Ya en la calle,
con mi vástago maloliente en la mochila,
subo a un taxi,
El conductor se tapa la nariz
y me ordena bajarme:

¡Bájese! ¡A lavarse!

por Cooonde

Dylan

Abril 1, 2008 por adriangas

Viajo sentado en el último de los asientos únicos. La chica, de unos veinte años calculo, termina una frase: “Igual es hermoso.” “¿Cómo?”, le pregunta el chico. “Igual Dylan es hermoso.” Sigo mascando chicle y mirando las calles. Bajo del colectivo y camino atrás de un grupo por una avenida. Todos cruzan y me quedo con el doble de Pappo esperando que cambie el semáforo. Le pregunto si la cancha de Vélez será para donde van todos. Él tampoco sabe. Después me cuenta que va a platea alta y que ya sacó para Rod Stewart. Viene a ver a Dylan porque le gusta el blues. “Qué lo disfrutes”, nos separamos, y yo me ubico en mi lugar en la cola.

El campo está dividido en dos por una valla. Busco algún lugar en los costados, pero apenas puedo ver el escenario. Abandono la búsqueda de lugar mejor en las inmediaciones y me ubico justo en el medio del estadio, atrás de la estructura que armaron para las cámaras y las pantallas.

Empieza el recital y me cuesta concentrarme. Es imposible no sentirse enajenado, ahí mirando a Dylan y a su banda en una pantalla cuya imagen se deforma levemente cuando sopla el viento. De cualquier modo, y por momentos, ese vaivén hipnótico refuerza el absurdo y la belleza de estar parado tan lejos del escenario. Tengo ganas de darme vuelta, darles la espalda a los músicos, y ponerme a charlar con alguien, como si estuviera en una feria de barrio en la que justo toca un tipo de sombrero. La pareja de al lado baila rock and roll en una canción. El chico de adelante grita en falsete que quiere rock (o rock and roll, no me acuerdo) cuando termina la hermosa Spirit on the water. Otro se mueve como si estuviera escuchando a Moby. Hay más jóvenes que viejos. Muchos extranjeros.

Dylan te hace perder en las canciones, recién después del segundo o tercer estribillo te das cuenta qué tema está tocando. Así y todo, disfruto mucho Nettie More -¿por qué acompañan con las palmas las pausas de esa canción tan triste?-, Masters of wars, Spirit on the water, Things have change, Honest with me, entre otras. Cuando toca All along the watchtower, cae un telón gigante. De algún modo, eso me hace perder, aunque sea un poco, la noción de tiempo y espacio. El escenario es un barco. Dylan es el holandés errante o, tal vez, el más elemental Cartaphilus. Soy otra vez un espectador primigenio. Acá en argentina no se subió ninguna chica al escenario para abrazarlo. Seguirá su camino.

Me ubico en una cola interminable de colectivo cerca de la puerta del estadio. Un italiano me cuenta que mataron a un hincha de Vélez. Pregunta si me gustó el show. Digo que sí. No me cree.  Él lo vio en Italia (en realidad, no sé si era italiano, pero se notaba por la pronunciación que venía de afuera) y me asegura que hoy tuvimos suerte, porque cuando Dylan quiere ser malo es malo de verdad. Digo, no sé por qué, que Dylan es distinto a León Gieco, como si a alguien se le pudiera ocurrir que fueran iguales o que fueran la misma persona. Pero lo que quería decir es que uno va directo al grano y el otro no. Estuve dos horas en la parada.  Después subí al 99 con el italiano, que dicho sea de paso vive hace tiempo en Buenos Aires.  Cada tanto me hablaba, pero sumado al motor del colectivo, el zumbido subjetivo que tengo no me dejaba prestarle atención. Sabía mucho de música, incluso datos precisos de las producciones de discos de Neil Young.

 A. F.

A merced

Marzo 8, 2008 por adriangas

Escucha canciones medio malas, toma mate, sale poco y nada, se mira en el espejo, come galletitas, le da al café, lee un diario en el baño, el ruido sordo de las paltas que se estrellan contra algún techo, ahuyenta a su perro, contesta mails, suena el teléfono y protesta, baja las persianas, se sienta en su silla rota, lee un blog, entra en el mensajero, sale, visita a su familia, come, vuelve rápido, un minuto en una plaza es suficiente, es que se larga a llover, se encierra otra vez en su casa, pone música, mira el techo, de la tele ni hablar, ahora leer tampoco quiere, ver películas menos. Se acerca y se aleja del estante donde están apiladas las hojas. ¿Y ahora qué? Sus antiguos vicios lo vuelven a conquistar. Muy a su pesar. Sale. Los pinos rastrillan el cielo.

A. F.

aka Memories of Murders

Marzo 7, 2008 por adriangas

Salinui chueok, aka “Memories of Murders” (2003)

Sinopsis

Provincia de Gyunggi, Corea del Sur, 1986, durante la dictadura militar.

Aparece el cuerpo de una joven brutalmente violada y asesinada. Dos meses después, tiene lugar una serie de violaciones y asesinatos en circunstancias similares. En un país que nunca antes ha conocido semejantes atrocidades, comienza a tomar cuerpo la idea de un asesino en serie. Se organiza un destacamento especial para la zona, encabezado por el detective local Park Du-man (Song Kang-ho) y un detective procedente de Seúl, Seo Tae-yun (Kim Sang-kyung), que ha solicitado ser asignado al caso. Sin embargo, la resolución de los asesinatos parece cada vez más lejana, sumiendo a los detectives en un estado de creciente desesperación. La película está basada en una historia real.

Opinión:

Dirigida por Joon Ho Bong (en el 2003), esta película de Corea del Sur es una de las joyas del cine policial y de suspenso. El director lleva la narración con ritmo y naturalidad, presentado los puntos flojos de cuatro detectives que tratan de trabajar en equipo para encontrar al asesino de doncellas vestidas de rojo. Nunca un camino arbolado bajo la lluvia dio tanta tensión en pantalla. La ironía y la comedia se entremezclan con el terror y el puro cine policial y confabulan contra el acorralado espectador, que no tiene otra que dejarse llevar por los oscuros caminos de la película. Los personajes más interesantes:

El policía violento, que termina los interrogatorios con una patada.

El detective protagonista que trata de inculpar a las personas que se cruzan en su camino, y que tragicómicamente nos hace sentir que la búsqueda del asesino es la búsqueda de lo que siempre se nos escapa.

El asesino que se escapa una y otra vez, toma diferentes caras, está siempre más allá.

Un sospechoso: El chico retardado y con una cicatriz en la cara que (no sabemos por qué) con gracia nos recuerda al ambivalente Golum de El Señor de los Anillos. En fin, una película que parece reírse de los géneros y que acecha la memoria del espectador después de verla. El que se la pierde, se pierde un misterio.

A . F

http://www.imdb.com/title/tt0353969/

Best-sellers y cine

Marzo 7, 2008 por adriangas

Leo la nota de Gonzalo Garcés en la Ñ (edición 5/5/2007, Nuevos trapos)

Sobre las máscaras pesadas que usan algunos best-séllers (los históricos, que siguieron la fórmula de El nombre de la rosa, de Umberto Eco) para ocultar su carencia artística y abordar el reconocimiento académico. El caso que le sirve de ejemplo es el del libro Las Benévolas (Las Bienveillantes, de Jonathan Littell), suceso editorial.
Dice:“(…) Ahora bien, el best-séller se distingue por trabajar dentro del estricto sentido común, recombinando valores aceptados y sosteniendo el interés por el suspenso y el interés especializado (…)”Y después agrega que la prueba de fuego está en la lectura:

“(…) En esa agradable ligereza al pasar las páginas, en esa impresión de acceder a ambientes bien recreados, en esa magistral tensión al acercarse al final, en esa miserable certeza de haber perdido el tiempo.”

Hace poco pude ver Los fantasmas de Goya (Ghoya´s Ghosts, 2006) donde se nota la mano de Milos Forman y Jean-Claude Carrière. La película intercala hechos históricos mientras muestra a un Goya observador, perdido en esos hechos, con los que no puede hacer otra cosa que crear. No hay tensión de final sino abuso melodramático. La película entretiene y te lleva de la mano a ver algo que, se nota, pensaron los realizadores (el director y los guionistas) sobre el tema que abordaron. Así y todo, no es una película sobre Goya, ni una película histórica. No perdí el tiempo para nada.

Después veo Fur, Retrato de una Pasión (Fur: An Imaginary Portrait of Diane Arbus (2006), de Steven Shainberg (que hizo La secretaria) No es una biografía histórica, aclaran. Al comienzo la trama me viene como anillo al dedo, con música de Carter Burwell y todo, pero pronto noto los desgarros del telón, empiezo a ver al director, y al final ya me da bronca cuando la Kidman le dice a una tipa desnuda sentada a su lado: Contame tus secretos.

Parece que Shainberg gritara ahí: ¡Mirá cómo se hizo artista esa mina!. Y ¡la cara que pone la Kidman para recalcarlo! Qué desperdicio. Todo está digerido. La magistral tensión de acercarse al final. La miserable certeza de haber perdido la noche.

A. F.

Wes Anderson

Marzo 6, 2008 por adriangas

La acumulación de música, películas, videoclips, novelas, en la mente de un personaje -la influencia de discursos y ficciones- es un travelling de Wes Anderson y una dirección de actores de Wes Anderson (está más claro en Hotel Chevalier y Viaje a Darjeeling que en sus películas anteriores). Algo tan artificial y, a la vez, tan natural. Lo descaradamente burgués en sus personajes: ¿no será una opción hedonista -una imitación- a la que sus personajes se acercan cuando la cultura capitalista los hace perderse entre aspiraciones, ilusiones y alusiones? ¿Cuál es el costo real de las ilusiones que nos injertan de chicos? Mucha falta de comunicación. Por ahí anda Viaje a Darjeeling…

Párrafo extraído de En busca del tiempo perdido. Por el camino de Swann, Segunda parte: Unos amores de Swann, Marcel Proust:

“Pero, de pronto, fue como si Odette entrara, y esa aparición le dolió tanto, que tuvo que llevarse la mano al corazón. Es que el violín había subido a unas notas altas y se quedaba en ellas, esperando, con una espera que se prolongaba sin que él dejara de sostener las notas, exaltado por la esperanza de ver ya acercarse al objeto de su espera, esforzándose desesperadamente para durar hasta que llegara, para acogerlo antes de expirar, para ofrecerle el camino abierto un momento más con sus fuerzas postreras, de modo que pudiera pasar, como se sostiene una puerta que se va a caer. Y antes de que Swann tuviera tiempo de comprender y de decirse que era la frase de la sonata de Vinteuil y que no había que escuchar, todos los recuerdos del tiempo en que Odette estaba enamorada de él, que hasta aquel día lograra mantener invisibles en lo más hondo de su ser, engañados por aquel brusco rayo del tiempo del amor y creyéndose que había tornado, se despertaron, se remontaron de un vuelo, cantándole locamente, sin compasión para su infortunio de entonces, las olvidadas letrillas de la felicidad…” (Traducción de Soledad Salinas de Marichal y Jaime Salinas)

Adrián Fares