Julio 6, 2008

Onibi, de Rokuro Mochizuki

Onibi, The Fire Within

DVD http://www.artsmagicdvd.com/ 101 min. Dirigida por Rokuro Mochizuki. Historia Original: Yukio Yamanouchi Características del Dvd: Special Interview with the Director, Commentary with Tom Mes (writer on japonese cinema).

Catalogada en su momento como uno de las mejores películas japonesas de los noventa, Rokuro Mochizuki filmó Onibi después de Another Lonely Hitman.

Merodeador de argumentos donde la temática yakuza es la forma, mientras que el contenido fluye entre los placeres de la vida y el crudo dolor humano, Mochizuki es un director desigual. En la entrevista que acompaña el DVD, dice que prefiere las películas románticas a las criminales; por eso en sus obras la historia principal es casi siempre una historia de amor. En Onibi, son más los aciertos que los errores.

La historia (de Yamanouchi, escritor de libros de temática yakuza, quien alguna vez perteneció a un clan) nos presenta a Kuni (Yoshio Harada), un yakuza que luego de veintisiete años en prisión vuelve a su clan, convocado por su antiguo jefe Tanigawa (Sho Aikawa). El personaje nos recuerda a los que interpreta Kitano en sus películas, pero Harada es un gran actor que no depende de tics para verse canchero (aunque bueno, Kitano nos gusta también)

Kuni comparte vivienda con su amigo homosexual y en una fiesta del clan conocerá a una joven pianista (al director se le ocurrió incluir una pianista en su película después de ver la de Jane Campion) que le cambiará la vida. La trama no tiene muchas sorpresas, es la consabida historia del marginado que intenta poner en orden su vida.

Mochizuki usa de pretexto el género yakuza para develar los placeres y dolores de un hombre peligroso. Maneja los planos con maestría; sumados a la música clásica de la banda sonora generan una cadencia que se parece mucho a la imaginada caída de una hoja de un árbol en otoño. Ejemplos: Kuni junto a Tanigawa caminando por las calles en un travelling a plano medio de los dos ligeramente contrapicado. Una secuencia en que Kuni obliga a su joven enamorada a probar su valentía matando a un perro callejero. La posición de los cuerpos en un plano abierto, trabados en el centro de la pantalla, y mirando en direcciones opuestas, produce una dulce tensión. Otro de los planos es la subjetiva de Kuni haciéndole el amor a su chica.

Por momentos, el filme peca de soberbia, de querer abarcar más de lo que sus personajes proyectan. Hay que notar que es costumbre del cine oriental tomar tópicos, exprimirlos y armar algo más interesante. Habría que analizar (como en el caso de Angel Guts) cómo se genera cine de autor a partir de las propuestas de la industria, más que nada a partir de los géneros: el roman porno, el cine de yakuzas y el cine de terror japonés actual (Retribution, de Kiyoshi Kurosawa es el mejor ejemplo, seguido de la maravillosa Memories of murders, de Bong Joon-ho -la película  siguiente de este director sería la inferior, pero más conocida, The Host) equilibran lo popular con lo personal. En el cine de Mochizuki, como en muchas películas orientales, de la extrema sujeción a los cánones a la extrema perversión hay un paso. Paso que, particularmente en Onibi, vale la pena ver dar.

A. F.

Junio 20, 2008

Recreando el cuento de terror

Los padres de Glande se fueron unos días a la costa y en la casa quedó su abuela materna, quien le estaba contando que los golpes a la puerta, por los que antes habían tenido que cortar la conversación, eran de Jorge, el vecino de enfrente. Glande se había mudado a vivir al Centro. Jorge, unos veinte años mayor que Glande, fue durante mucho tiempo él único interlocutor que Glande tuvo para hablar de música y de películas. Compartieron un recital de Ritchie Blackmore y a veces se encontraban en Lavalle y se metían en algún cine, cuando Jorge terminaba su recorrido con el taxi y Glande no tenía que ir al conservatorio. De vuelta a Lanús, no hablaban mucho más que de música y de la película que habían visto, ya que Glande no sabía qué más hablar con un taxista, y Jorge no sabía qué contarle a un chico que se la pasaba casi todo el día encerrado tocando la guitarra. Ahora el vecino, cuya esposa estaba con las hijas en la costa mientras él cumplía con su trabajo, aparentó estar interesado en la salud de la abuela de Glande pero en realidad lo que quería era preguntarle si lo dejaba quedarse a dormir en el sillón. Finalmente, recapacitó y volvió a cruzarse a su casa.1

Está habitada por un fantasma desde hace años. La historia, que no ventilaremos completamente, tiene como protagonista a una joven que murió, luego de una enfermedad, en pleno embarazo. Cuentan que la casa fue maldecida por la madre de la chica muerta, que era la hermana del suegro de Jorge, luego de una pelea familiar por esa propiedad. La sobrina de la mujer se casó con Jorge y se mudaron a la casa. Tuvieron dos hijas. Al poco tiempo, empezaron a pasar cosas raras. Glande se enteró por terceros, ya que nunca habló del tema con su amigo, que había objetos que se cambiaban solos de lugar. Los gemidos que se escuchaban cuando la casa estaba en silencio hicieron más ruidosos a sus habitantes. En un asado nocturno, el padre de Glande le preguntó a Jorge, alzando la voz en un intento de superar el volumen del televisor, si había presenciado alguna aparición. El vecino respondió que había visto algo impresionante, que no se atrevía a contar. Otra vez, la hija mayor de Jorge estaba sentada en su cama y sintió una fuerza que le arrancó la almohada y la arrojó por los aires. En la actualidad, el ente sumó otra modalidad de manifestación: en las noches, tira de la cadena del inodoro.

Glande no sabe cómo reaccionar ante estas historias. Él no cree en los fantasmas, pero mientras trata de dormirse se tapa la cara con las manos. Ésto se debe a que repetidas veces el tema había rondado su infancia. Por ejemplo, uno de sus familiares había visto el fantasma de su abuelo en la casa de Mar de Ajó, merodeando el fondo. El día anterior al de la muerte de su abuela paterna, Glande tenía dos años y estaba en la cuna, cuando sus padres escucharon un grito salvaje, indescriptible. Por como su madre cuenta el suceso, el grito venía de la pieza de Glande, que siempre se sintió un poco culpable y suele preguntarse qué habrá visto para gritar así.

Un recuerdo elemental, está enlazado con otro, pero Glande no puede discernir qué hecho sucedió primero. Sus padres estaban mirando una película. Era de una mujer que se convertía en algo, que su madre identifica como una araña. Glande tuvo un ataque de pánico y estuvo gritando hasta que lo sacaron de la habitación donde estaba el televisor. Hasta el día de hoy, cuando pasan películas clásicas de terror en el cable, Glande teme dar con la escena de la transformación de la mujer araña. No sabe qué le puede pasar si ve eso. El otro recuerdo, mucho más nítido, es el de estar durmiendo en brazos de su madre, cerca del pasillo oscuro que da a los dormitorios de la casa, en la época en que sus padres vivían arriba y alquilaban la planta baja (ocupada por evangelistas que celebraban reuniones hasta tarde), y sentir una presencia inclasificable que se acerca a observarlo desde la oscuridad. Glade puede reconstruir en su mente el miedo que esa presencia le provocó, que de alguna forma relaciona con el concepto de la mujer araña. Con el paso del tiempo, en la imaginación de Glande, esta mujer empezó a convertirse en la personificación del miedo, pero también de la añoranza y el amor, no sólo hacia su madre y el hogar en que se sentía protegido en su infancia, sino hacia las mujeres en general. De algún modo, esa forma femenina parda e indescriptible que lo perseguía en su niñez, reaparece en los momentos que Glande cree cruciales en su vida, pero ahora personificando a un cálido temor indescifrable, que tiene significados esquivos tal vez porque están aferrados a los procesos de cambio en su vida. Sin embargo, él no quiere tocar a fondo el tema. Dice, citando el pasaje de una entrevista a Robert Graves2, que no está dispuesto a tentar su suerte.

Pero ahora, después de cortar con su abuela, a Glande se le ocurre que el fantasma de la chica que vivió enfrente de su casa pudo ser la presencia que se le había acercado cuando estaba en los brazos de su madre, quizás para saludarlo y darle la bienvenida al barrio. Aunque también podían ser otros, teniendo en cuenta el trágico fin la familia en que había nacido su padre.

A. F.

1 Al visitar este barrio, no se asusten si se cruzan con el tatuado Hombre Lagarto, que vuelve de su trabajo en la peatonal Lavalle y se baja del colectivo 9 todas las noches para caminar las cuatro cuadras hasta su casa, a la vuelta de la de Glande y en la misma manzana que la embrujada.

Junio 11, 2008

Carta de un mono a otro

De repente, se puso a llorar. Había discutido con su novia. Ella estaba dando un paso fuera del zoológico. Un paso. No saldría del todo, daría una vuelta. Y lo esperaría del lado de adentro, con la cara bien larga. En parte, por eso lloraba. También porque sabía que después, todas sus razones, que en ese momento se le presentaban tan claras, se esfumaban y su bronca pasaba a ser un capricho irresponsable que no bastaba para patear el tablero y cambiar su vida.

Glande se acerca a Roberto, el chimpancé más viejo de la colección, como dice la placa, que está apartado de todos los demás, simio con jaula propia, por razones de seguridad (los chimpancés jóvenes discriminan y hasta llegan a matar a los viejos; más o menos como en nuestra sociedad, pensó Glande, que desconfiaba de sus pensamientos más solemnes) Por suerte, el zoológico estaba casi vacío y pudo llorar tranquilo sin que nadie lo descubra.

No le hubiera gustado que lo vieran llorando. ¿Y si pensaban que estaba loco? Qué tal, lo único que le faltaba; ya lo habían tildado de neo-hippie y lo miraban con una ternura especial cuando decía que lo suyo era trabajar.

Venía arrastrando un viejo romance, de esos furibundos y secretos que nos hacen pensar que el amor no es un invento humano. Esta clase de amor vital, al contrario del lugar común que ve al enamorado como un inútil, le daba la voluntad y la concentración que su oficio requería, tal vez porque diluía la lujuria irrefrenable que lo poseía en su ausencia. Sin embargo, Juan Roberto Glande, que antes confiaba en el poder revelador de la imaginación y la introspección, había descubierto algo elemental: la experiencia era el factor de cambio. Por lo tanto, la mejor interlocutora con la que sus pensamientos podrían discutir en adelante.

Glande:

Querido Roberto, Príncipe de los Monos (Rey de los Monos no, porque ése es Tarzán),

Me encuentro aquí moqueando de forma deplorable porque a pesar de que intenté mejorar mi vida, no logré más que éxitos parciales. Mis amigos empiezan a tenerme envidia, aunque no creo que sepan la razón. Todavía soy un guitarrista del montón, pero últimamente hay personas que van descubriendo algo en mí. Mi intención era ser más bien serio y no popular, pero resulta que se me ocurrió cantar en el último disco y enseguida me armé un pequeño círculo de admiradores. Sin embargo, mi billetera sigue tan vacía como siempre. Las personas más inteligentes, y menos estructuradas, por decir algo, que me acompañaban desde la época del conservatorio, dejaron cualquier vestigio de genialidad en el camino para dedicarse a ganar algo de dinero. Imposible que después no se dediquen a desear los éxitos parciales de los demás. En mis recitales, ahora, me ayuda un chico que lleva una computadora y ejecuta bases rítmicas. La banda ya no está. Seba por ejemplo, un excelente saxofonista, hijo del dueño de una estación de servicio, querido mono, nada menos, colgó el instrumento en el ropero y se dedica a diseñar cajas para sushi. Una de las ventajas que Seba ve en eso, es que a veces puede comer sushi gratis, incluso llevarle a la novia. El otro día, querido Roberto, a ver si te molesta que te diga mono, ya que te nombraron gentilmente los evolucionados simios que regentean este lugar como Roberto el simio más longevo del zoológico, el otro día monito, aunque ya estás viejo, perdón, mi amigo Seba me contó con lujos de detalle el revolcón que se dio con su novia después de que le ofreciera el preciado sushi. Incluso, sin ofender, me contó cómo la excitaba a su novia sentir el sushi frío sobre su rayita.

Vio a un chimpancé bebé que lo miraba desde otra jaula y se ruborizó por lo que le había dicho, telepáticamente, al simio mayor. Estuvo a punto de desistir.

Glande:

Rosmaría, que el mes pasado había propuesto la separación, en éste cambió de parecer y ahora se encuentra tan enamorada de mí como el primer día. Yo estaba planeando una existencia nueva, la culpa de dejar de lado una relación duradera y segura no me acecharía, y podría dedicarme a sentir algo real, que me alejaría de las usadas ficciones que me persiguen diariamente, algo real, claro, fuera del acto de componer canciones. Aunque, Robertito, tengo que confesar que uno de mis temores es que un amor nuevo me impida componer cosas buenas, ésa es la fe que tengo en la infelicidad, que vaya a saber de dónde viene, supongo que exactamente del mismo lugar de donde yo vengo. Pero, contrario a lo que se puede suponer sobre una persona con esos humores, también me divierto mirando los cambios mínimos en las personas y en los objetos, sé disfrutar del sol y de los mates, de las caminatas, de leer un poco, y con eso, a veces, me conformo. Cuando yo era chico, mi papá me contaba la historia de Cat Stevens y de cómo se convirtió en una especie de monje musulmán, y no sé por qué, querido mono, a veces tengo miedo de convertirme en Cat Stevens, colgar la guitarra, como colgó el saxo mi amigo Seba, pero irme a esconder a algún monte. Al final es lo mismo.

Aunque Cat Stevens era un misterio para mí, una especie de santo al que imaginaba barbudo y con la seguridad que, supuestamente, se necesita para dejar de lado las tentaciones más oscuras ¿Qué razones lo habían alejado de la fama, empujando su voluntad hasta convertirlo en Yusuf? Sería por Cat Stevens que, tiempo después, cuando ya estaba en el conservatorio, me bajé de internet la Vida de San Antonio, por San Atanasio de Alejandría, gasté muchas hojas y tinta para imprimirla y quedé subyugado con el pasaje en que San Antonio se encierra en un sepulcro, un recinto como el tuyo mono Roberto pero en el desierto, y luego de ser azotado por demonios lo encuentran tirado en el piso, lo llevan a una iglesia y mientras todos rezan el egipcio se levanta y pide otro encierro en el sepulcro y entonces pasa una noche en que los demonios lo acosan con formas de animales que intentan desesperarlo. Y ya que estamos acá Roberto, me acuerdo que cuando era chico y tenía fiebre soñaba con jirafas y multicolores bichos rastreros.

¿Y qué mirás Roberto y por qué te rascas ahora, qué viniste a descubrir en esta piecita? Tal vez, si te ponen con los demás monos a vos no te matan a palos, como sugiere la placa, tal vez a vos justo te aceptan, qué saben de un simio como vos los que escriben cosas en esas placas verdes.

Bueno, voy terminando. Sólo te pido que me digas, por tu simpleza y tu paciente vocación de mirar: ¿Qué es lo que hay que hacer? No me puedo quedar con vos hasta que caiga la noche, aunque ahora hay visitas nocturnas, así que uno de estos días paso a saludarte. Linda forma de encerrarse en el desierto urbano cada tanto. Tal vez, hasta conviden con algún vasito de vino. Pero ahora decime, Roberto, lo que te pido.

El mono Roberto, vetusto y apenas corroído a sus cincuenta años, se rascó la cabeza y pestañeó. Acto seguido, bajó una de sus manitos y empezó a estirarse el miembro, dándose formidables sacudidas.

La novia de Glande había vuelto a buscarlo, lo agarró de la mano y juntos alcanzaron la salida.

Adrián Fares

Mayo 21, 2008

El joven pálido. 6

We are lost in the marvellous prison
and theres is no reason..

El joven pálido pensaba en el poco inglés
que sabía, el de las canciones…
Así que se inventó una.
La arboleda y el camino de tierra
se hacían más reales,
gracias al peso de la mochila.

Peso suficiente,
inesperado
(nunca había pensado que iba a terminar llevando eso por los senderos rústicos de su país),
en la cabeza y en la espalda.
Vayamos de frente lo que el joven pálido iba a hacer,
era buscar a la madre de su hijo.

Hija de un estanciero.
Mientras el joven pálido bajaba de la camioneta que lo acercó al pueblo,
la chica arrancaba zanahorias de una huerta.

Racista y a la vez activista
de la ecología,
había donado a la ciencia
la flor de su descuido
el feto empedernido
que había intentado nacer.

El kilometro 112.
El joven pálido caminaba decidido hacia la casa de su ex
con la mitad de una sonrisa en la cara.
Escuchó una voz a su derecha que le gritó:
-¡Bobo!

Llegó a ver como el chistoso se escondía en el maizal,
los dientes desparejos, los anteojos negros embutidos en la cara;
¿de dónde había salido ése?

El joven pálido, exactamente una hora antes de que el padre de su ex disparara al aire
y lo amenazara de muerte si volvía a esa casa
a sacudir al feto en la cara de su hija,
escupió
y dijo
-Nene, ahora vas a verle la cara a tu mamá.
Las entrañas ya las conocés.
Pero en este mundo, lo que importa es la apariencia.

El feto maloliente no contestó.

Le cayó otra piedra.
Se detuvo en seco.

Nene. Como éste hay unos cuantos. Siguen la luz o la oscuridad, son clase alta
o clase baja, limpios o sucios, inteligentes o estúpidos, pero están corroídos por dentro
y por fuera.
Ellos son lo que hacen nada más.
En un momento una cosa y en otro, otra.
Vos hacé la tuya, sin mirar a los costados.

Miró atrás
y arriba.

La segunda piedra no era una piedra
negros pájaros carroñeros
lo venían siguiendo
y se mandaban clavados en el aire
y sobrevolaban la mochila

El joven pálido se puso los auriculares
del walkman.
Estamos en los noventa,
aunque nadie se dé cuenta
Apretó el paso.
De vez en cuando,
tiraba manotasos
para alejar a los pajarracos.

por Cooonde

Mayo 6, 2008

Los compositores norteamericanos de música de cine

Una relación (muy arbitraria) de los que me parecen más interesantes como autores de scores (las orquestaciones originales escritas para un film):

Hemingway escribió (Death in the afternoon) que para él era moral todo lo que hacía que se sintiese bien e inmoral todo lo que hacía que se sintiese mal; advierto, entonces, que adapté este criterio a la estética y toda expresión cinematográfica que me guste es buen ejemplo de este arte y no así la que no cumpla con este requisito. Baudrillard (en Ilusión y desilusión estética) critica a los Coen alegando que el estilo recargado de éstos impide ilusionarnos; yo creo que es así en muchos casos[i] (déjenme aclarar un ejemplo de una película que nada tiene que ver con los Coen; en The Beach —Danny Boyle—, Leonardo Di Caprio se tira al suelo, escondiéndose tras unos pastizales, ante el peligro de hombres armados; la cámara avanza en un travelling hasta los ojos desesperados del actor; Baudrillard tiene razón en que es innecesaria esta técnica ya que en cierta forma desprecia la imaginación del espectador; debe haber infinitos ejemplos como este en el cine de género mundial actual) Sin embargo, algunas películas de los Coen (con exageraciones como la del personaje de John Torturro jugando al bowling en The Big Lewoski) no dejan de gustarme.

Lo mismo con los autores musicales que nombraré a continuación. Algunos remarcan las escenas con una orquestación furiosa, otros sutilmente nos entornan la puerta “para dejarnos ver el prado donde relincha el unicornio” (Cortázar) y esa visión, sabemos, nos dejará satisfecho por un tiempo.

En primer lugar, no podemos dejar de nombrar a Bernard Herrmann (1911-1975) como precursor de todos los demás. Herrmann musicalizaba los radioteatros de Orson Welles; así es como más tarde hace la música de “El Ciudadano”. El arreglo de violines de la famosa escena de Psicosis es de Herrmann; con Hitchcock también hizo el score de Vértigo, entre otros. Luego trabajaría con Truffaut (La Mariee Etait En Noir), De Palma (Hermanas, Obsesión) y Scorsese (Taxi Driver; Cabo de miedo—en esta remake la música de Herrmann está reorquestalizada por Elmer Bernstein). Herrmann es simple y efectivo, usa melodías fácilmente reconocibles, secas, que estallan en fragmentos repetidos con regularidad; no nos aturde románticamente con frases que confunden.

Angelo Badalamenti transita esa senda, sus melodías son sospechosas, incongruentes, deliberadamente extrañadas; nacen muertas o no terminan de nacer. Por algo es el compositor preferido de David Lynch (Blue Velvet, Wild at Heart, Twin Peaks, Lost Highway). Colaboró con Norman Mailer (el escritor dirigió la adaptación homónima de su libro Though Guys Don’t Dance) y Jean Pierre Jeunet (La ciudad de los niños perdidos) entre otros.

Carter Burwell es el compositor de los films de los hermanos Coen. En Barton Fink el score se confunde y se arma con los efectos sonoros; lo que se escucha es poco; hay insinuación, hay ilusión. Menos minimalista pero igual de emocionante es el score de Miller’s Crossing (Un paseo con la muerte). Uno de sus trabajos sin los Coen es el debut cinematográfico del videasta Spike Jonze, Being John Malkovich (¿Quieres ser John Malkovich?) De los que todavía transitan este mundo, Burwell es el más cautivante.

Hay uno que no necesita tanta presentación; es una caja de música maravillosa, alocada, que toca canciones a la vez dulces y terribles, tan alegres como tristonas, tan misteriosas como cínicas. Tim Burton debe estar muy agradecido a Danny Elfman. Sus melodías acompañan al pálido joven con las manos atrofiadas y al esqueleto que intenta ser Papá Noel. Ya que estamos con Burton, digamos que Howard Shore hizo el hermoso score de Ed Wood. Sumado al metálico y frío que compuso para Cronenberg (Crash) nos deja una certeza: talento.

Hans Zimmer es más estridente; trabajó en El Rey León, entre otras. En True Romance (Escape Salvaje) compuso un score inocente que contrasta con la violencia del film; una de las melodías es una canción de navidad, con reminiscencias de Bach (el Jesu, joy of man’s desiring). Hace unos años la composición de Zimmer sonaba, apenas modificada, en un comercial. Alguna vez hablamos de Mike Figgis; como compositor y supervisor musical hace un trabajo excelente en Leaving Las Vegas (Adiós a Las Vegas) y en One Nigth Stand (Pasión De Una Noche).

Tengan en cuenta a Cliff Martinez; compone para el prolífico Steven Soderbergh. Sobrio trabajo en Kafka y música crepuscular en The Limey (Vengar la Sangre).

También sería conveniente que sumemos al reconocido John Williams (en especial, el score de Atrápame si puedes).

Como musicalizadores, especies de disc-jockeys de sus films, no olvidaremos a Woody Allen ni a Tarantino[ii]. Y como rareza nombramos a Dario Argento componiendo la música de la secuela de La Noche de los Muertos Vivos, Dawn Of The Dead.

Adrián Fares



[i] Nota 2008: A Godard tampoco le gustan los hermanos Coen. Puedo defender Barton Fink, The Man who wasn’t there, The Big Lebowsky y Miller´s Crossing. Los Coen, como Wes Anderson, solamente funcionan bien cuando exageran, cuando hacen con ganas lo que Jean Baudrillard –que también nombraba a Ang Lee, si no me equivoco- detesta. Deberíamos leer todo lo que este sociólogo y filósofo escribió. El resto del cine actual (películas de terror –el género que, por alguna razón, más huérfano quedó de buenos artistas–, suspenso, acción, incluso películas que no pertenecen a ningún género, independientes, etc.) destroza la ilusión (ejemplos: las subjetivas frenéticas de 28 Days Later, de Juan Carlos Fresnadillo, producciones como El orfanato, la insoportable nueva versión de Hairspray, algunas películas de Tony Scott, y en especial, la de su hermano Ridley –como el final de Gladiador). Es importante distinguir cuando estos recursos se usan para crear algo nuevo y cuando se usan mal. ¿Significan lo mismo los travellings en Mean Streets de Scorsese que el travelling de Wes Anderson en Hotel Chevalier y que el de Danny Boyle en The Beach? En la seminal Mean Streets, Harvey Keitel es un joven mafioso en ciernes y el travelling rolinga es un hallazgo visual para acompañar su forma de caminar decidida (antes Orson Welles, Nicholas Ray, David Lean, hacían maravillas con los límites de la ilusión). En la película mala The Beach, el travelling enfatiza un peligro hasta eliminarlo, alimentando una trama sosa. En Mean Streets y en Hotel Chevalier, el travelling es la trama. Las mejores películas actuales no crean una historia mientras cifran una trama secreta; mejor dicho, las dos historias (la principal y la secreta) se condensan en dos o tres secuencias –me viene a la mente lo que recuerdo de Cache, de Michael Haneke, por ejemplo o Last Days, de Gus Van Sant- que tienen la suficiente fuerza para significar algo en la ficciones frágiles en las que vivimos. Así también, el cine refleja más el espíritu del cuento, que el de la novela, tal vez porque sigue alejándose de esos pretextos (si no vean lo sosas que son las dos películas basadas en novelas, favorecidas por el Oscar: There will be blood y No country for old man)

[ii] Ahora, agregamos a Wes Anderson como musicalizador, la banda de sonido que el trompetista Terence Blanchard hizo para Mo´ Better Blues, de Spike Lee y la de Neil Young para Dead Man, de Jim Jarmush.

Mayo 1, 2008

Bullet Ballet, de Shinya Tsukamoto

Bullet Ballet, de Shinya Tsukamoto, 1998, 97 min. Starring, Shinya Tsukamoto, Hisashi Igawa, entre otros.

Una joven japonesa de pelo corto camina hasta el borde del subterráneo, levanta sus manos y trata de hacer equilibrio para no caer en la vía. El subte pasa sin detenerse; de los zapatos de la chica salen chispas, su cuerpo se sacude, al borde de ser succionada por la estructura de metal. En otra escena, un hombre sopesa el peso de un arma, saca una bala y la coloca entre sus dientes.

El ansia de violencia en una pandilla de jóvenes es el elemento que teje Bullet Ballet. El filme juega a las variaciones sobre este tema con un imaginario visual potente.

Hay cineastas puramente visuales y otros que no pueden filmar sin una historia sólida atrás. Tsukamoto, el director -y actor- de Bullet Ballet, pertenece a la primera categoría. Por lo tanto, es un director, también, para un espectador que se emocione con un buen plano o una buena fotografia, y que pueda dejar de lado la ambiguedad de la trama. Hecha esta aclaración, Bullet Ballet tiene momentos de tensión creciente y de belleza visual incomparable. Filmada en un blanco y negro frenético, zigzagueante, con una fotografía expresionista y un banda de sonido rockera, la película desarrolla una metáfora entre el choque de generaciones. En la excelente entrevista que viene con los extras en el dvd, el director explica su visión de la juventud actual: amamos la violencia como una referencia a películas y actitudes pero no sabemos realmente lo que es; nacimos después de la Segunda Guerra Mundial.

Goda, el protagonista del film, se va a comprar un arma después de tener que aguantar el suicidio de su esposa, quien alternaba una pandilla de delicuentes clase media. Con el arma comienza el camino de convertirse en uno de ellos, a pesar de la diferencia de edad. Ya es tarde cuando logra entrar al grupo: asesinan a un boxeador y la sombra de un yakuza (mafioso japonés) ronda la pandilla, que tal vez conozca el peso de la verdadera violencia.

Si buscamos referencias, caemos en Godard, y por la obsesión con los objetos (armas, balas) como extensiones de un cuerpo, recordamos también a David Cronenberg. Tsukamoto dirigió antes, entre otras, Tetsuo The Iron Man, de gran repercusión entre los fanáticos del cine asiático y el experimental.

Ambigua e hipnótica por momentos, Bullet Ballet tiene ese no sé qué de película de culto.

A. F.

Abril 20, 2008

Luz silenciosa

Comentario de un lector a una crítica de cine en un sitio web… Habla de Luz silenciosa, película de Carlos Reygadas:

“¿Por qué es un genio? Porque hizo un documental mediante la ficción utilizando un batallón de recursos cinematográficos como decorado de la puesta. Una trama simple (que es totalmente prescindible en el análisis de la película) para conocer a la comunidad menonita, sus costumbres, sus hábitos, su cultura.”

Esta valoración demuestra que una persona puede tener buen gusto cinematográfico y no entender nada de una película. ¿Qué es más importante en este caso, entender o tener buen gusto? Es una pregunta bastante importante… ¿Cuánto del buen gusto está formado por el entendimiento y por la sensibilidad y cuánto por otras influencias que no tienen que ver directamente con el pensamiento sino con prejuicios?

Luz silenciosa no tiene una trama simple para nada (la trama es profunda, intensa y compleja, como algunos momentos de la vida misma) Lo importante de la película es cómo Reygadas se expresa a través de los planos y la belleza única que logra transmitir en sus secuencias (esa camioneta que no termina de dar vueltas, la escena en el lago). La película habla más de un tema común y recurrente, el amor en una sociedad monógama (el mismo tema de Control, de Anton Corbjn) que de los menonitas (yo no sé nada de los menonitas después de ver Luz Silenciosa, ni me interesa saberlo). Luz silenciosa es una experiencia de la vida más (como la gran ficción que es).

Dicho sea de paso, en los comentarios de algunos productores y espectadores –algunos que leí en La Lectora Provisoria y Otroscines–, noto cierto temor a considerar al cine como arte y a los cineastas como artistas. Este temor no proviene tanto de un pensamiento simple, erróneo, del que debería provenir: creer que el oficio del artista está por arriba de otros oficios y, muy especialmente, profesiones. Temen, porque este argumento podría ser una bandera que levanten los artistas en desmedro del cine considerado solamente como tarea de gestión, marketing y administración –llama la atención porque, en realidad, pocos artistas cinematográficos tuvieron la fuerza para que su arte sea reconocido, y por lo tanto, apoyado comercialmente. ¿Qué peligro hay para los productores en considerar al cine como reino de artistas y no como reino de la administración (que es lo que siempre fue desde Zukor a nuestra Stantic –por dar un ejemplo–)?

El cine no es trabajo en grupo. Decir que el cine es trabajo en grupo es menoscabar la importancia vital de un actor y un director de fotografía, por ejemplo. También la del director. El cine de Reygadas: ¿es trabajo en grupo? El cine de Spike Lee: ¿es trabajo en grupo? Mejor sería decir: el cine es el trabajo de un grupo. Y entonces, mejor sería aclarar que en las facultades de cines se enseña el primer error de todos, por el que cualquier persona que en su vida leyó un libro entero o mejor dicho, dedicó dos horas de su vida a pensar cuestiones que tienen que ver con expresase, deja despanzurrado al pobre estudiante que sí tiene una buena idea –o un buen desarrollo– y que tiene preocupaciones que van más allá de su propio orgullo. Pensar que el cine es trabajo en grupo, en nuestro país, da como resultado un concurso como el Raymundo Gleyser, que no sirve para que salgan buenos directores de cine. Me pregunto: ¿Para qué sirve? ¿Qué persona que haya trabajado su obra puede tolerar inscribirse en un concurso así? Si el Estado decide apoyar al cine, primero debe decidir: ¿Qué es el cine para nosotros? ¿Mercado nada más? El cine sirve para hacernos pensar y para crear belleza.

Volviendo a Reygadas. Uno de los planos, en el que descubrimos que el director hizo foco previamente en una flor, me molestó un poco porque explicita una metáfora redundante y casi devela el mecanismo del filme, tan paradójicamente guardado en las miradas directas de los nenes y personajes secundarios a cámara.

Adrián Fares

Abril 5, 2008

El joven pálido. 5

El joven palido 5

Las hojas caen en contra del viento
que las hace caer.
Las personas
vemos esto.

Con las lombrices aéreas
a veces descubría
que no había mucho más de lo que buscaba
Ni había mucho menos.
Algunos días tenés lo justo
-lo justo es lo perfecto, es una caricia mental-
Y entonces -chau paranoia, mucho gusto-,
¿qué hacés?

¿Cómo afrontar la sospecha confirmada?

Coro:

“Como la planta que sabe que el agua no está lejos
después inclinándote un poco al sol
sin deformarte demasiado.”

Pero no es fácil.

Amar es desenrollarse
sin pausa.

Play.

En esta película yo camino
hasta el Museo de la Morgue
donde flota un feto
¡Oh, feto flotador
hijo de mis entrañas!
Un guardia inseguro me sigue
con la mirada,
pero cuando se descuida
rompo la pecera,
atajo el feto que cae con la viscosidad
y me lo meto en la mochila.
El guardia inseguro
un poco viejo
camina hacia mí
y se resbala.
¿Se habrá roto la cabeza?
Ya en la calle,
con mi vástago maloliente en la mochila,
subo a un taxi,
El conductor se tapa la nariz
y me ordena bajarme:

¡Bájese! ¡A lavarse!

por Cooonde

Abril 1, 2008

Dylan

Viajo sentado en el último de los asientos únicos. La chica, de unos veinte años calculo, termina una frase: “Igual es hermoso.” “¿Cómo?”, le pregunta el chico. “Igual Dylan es hermoso.” Sigo mascando chicle y mirando las calles. Bajo del colectivo y camino atrás de un grupo por una avenida. Todos cruzan y me quedo con el doble de Pappo esperando que cambie el semáforo. Le pregunto si la cancha de Vélez será para donde van todos. Él tampoco sabe. Después me cuenta que va a platea alta y que ya sacó para Rod Stewart. Viene a ver a Dylan porque le gusta el blues. “Qué lo disfrutes”, nos separamos, y yo me ubico en mi lugar en la cola.

El campo está dividido en dos por una valla. Busco algún lugar en los costados, pero apenas puedo ver el escenario. Abandono la búsqueda de lugar mejor en las inmediaciones y me ubico justo en el medio del estadio, atrás de la estructura que armaron para las cámaras y las pantallas.

Empieza el recital y me cuesta concentrarme. Es imposible no sentirse enajenado, ahí mirando a Dylan y a su banda en una pantalla cuya imagen se deforma levemente cuando sopla el viento. De cualquier modo, y por momentos, ese vaivén hipnótico refuerza el absurdo y la belleza de estar parado tan lejos del escenario. Tengo ganas de darme vuelta, darles la espalda a los músicos, y ponerme a charlar con alguien, como si estuviera en una feria de barrio en la que justo toca un tipo de sombrero. La pareja de al lado baila rock and roll en una canción. El chico de adelante grita en falsete que quiere rock (o rock and roll, no me acuerdo) cuando termina la hermosa Spirit on the water. Otro se mueve como si estuviera escuchando a Moby. Hay más jóvenes que viejos. Muchos extranjeros.

Dylan te hace perder en las canciones, recién después del segundo o tercer estribillo te das cuenta qué tema está tocando. Así y todo, disfruto mucho Nettie More -¿por qué acompañan con las palmas las pausas de esa canción tan triste?-, Masters of wars, Spirit on the water, Things have change, Honest with me, entre otras. Cuando toca All along the watchtower, cae un telón gigante. De algún modo, eso me hace perder, aunque sea un poco, la noción de tiempo y espacio. El escenario es un barco. Dylan es el holandés errante o, tal vez, el más elemental Cartaphilus. Soy otra vez un espectador primigenio. Acá en argentina no se subió ninguna chica al escenario para abrazarlo. Seguirá su camino.

Me ubico en una cola interminable de colectivo cerca de la puerta del estadio. Un italiano me cuenta que mataron a un hincha de Vélez. Pregunta si me gustó el show. Digo que sí. No me cree.  Él lo vio en Italia (en realidad, no sé si era italiano, pero se notaba por la pronunciación que venía de afuera) y me asegura que hoy tuvimos suerte, porque cuando Dylan quiere ser malo es malo de verdad. Digo, no sé por qué, que Dylan es distinto a León Gieco, como si a alguien se le pudiera ocurrir que fueran iguales o que fueran la misma persona. Pero lo que quería decir es que uno va directo al grano y el otro no. Estuve dos horas en la parada.  Después subí al 99 con el italiano, que dicho sea de paso vive hace tiempo en Buenos Aires.  Cada tanto me hablaba, pero sumado al motor del colectivo, el zumbido subjetivo que tengo no me dejaba prestarle atención. Sabía mucho de música, incluso datos precisos de las producciones de discos de Neil Young.

 A. F.

Marzo 8, 2008

A merced

Escucha canciones medio malas, toma mate, sale poco y nada, se mira en el espejo, come galletitas, le da al café, lee un diario en el baño, el ruido sordo de las paltas que se estrellan contra algún techo, ahuyenta a su perro, contesta mails, suena el teléfono y protesta, baja las persianas, se sienta en su silla rota, lee un blog, entra en el mensajero, sale, visita a su familia, come, vuelve rápido, un minuto en una plaza es suficiente, es que se larga a llover, se encierra otra vez en su casa, pone música, mira el techo, de la tele ni hablar, ahora leer tampoco quiere, ver películas menos. Se acerca y se aleja del estante donde están apiladas las hojas. ¿Y ahora qué? Sus antiguos vicios lo vuelven a conquistar. Muy a su pesar. Sale. Los pinos rastrillan el cielo.

A. F.

Marzo 7, 2008

aka Memories of Murders

Salinui chueok, aka “Memories of Murders” (2003)

Sinopsis

Provincia de Gyunggi, Corea del Sur, 1986, durante la dictadura militar.

Aparece el cuerpo de una joven brutalmente violada y asesinada. Dos meses después, tiene lugar una serie de violaciones y asesinatos en circunstancias similares. En un país que nunca antes ha conocido semejantes atrocidades, comienza a tomar cuerpo la idea de un asesino en serie. Se organiza un destacamento especial para la zona, encabezado por el detective local Park Du-man (Song Kang-ho) y un detective procedente de Seúl, Seo Tae-yun (Kim Sang-kyung), que ha solicitado ser asignado al caso. Sin embargo, la resolución de los asesinatos parece cada vez más lejana, sumiendo a los detectives en un estado de creciente desesperación. La película está basada en una historia real.

Opinión:

Dirigida por Joon Ho Bong (en el 2003), esta película de Corea del Sur es una de las joyas del cine policial y de suspenso. El director lleva la narración con ritmo y naturalidad, presentado los puntos flojos de cuatro detectives que tratan de trabajar en equipo para encontrar al asesino de doncellas vestidas de rojo. Nunca un camino arbolado bajo la lluvia dio tanta tensión en pantalla. La ironía y la comedia se entremezclan con el terror y el puro cine policial y confabulan contra el acorralado espectador, que no tiene otra que dejarse llevar por los oscuros caminos de la película. Los personajes más interesantes:

El policía violento, que termina los interrogatorios con una patada.

El detective protagonista que trata de inculpar a las personas que se cruzan en su camino, y que tragicómicamente nos hace sentir que la búsqueda del asesino es la búsqueda de lo que siempre se nos escapa.

El asesino que se escapa una y otra vez, toma diferentes caras, está siempre más allá.

Un sospechoso: El chico retardado y con una cicatriz en la cara que (no sabemos por qué) con gracia nos recuerda al ambivalente Golum de El Señor de los Anillos. En fin, una película que parece reírse de los géneros y que acecha la memoria del espectador después de verla. El que se la pierde, se pierde un misterio.

A . F

http://www.imdb.com/title/tt0353969/

Marzo 7, 2008

Best-sellers y cine

Leo la nota de Gonzalo Garcés en la Ñ (edición 5/5/2007, Nuevos trapos)

Sobre las máscaras pesadas que usan algunos best-séllers (los históricos, que siguieron la fórmula de El nombre de la rosa, de Umberto Eco) para ocultar su carencia artística y abordar el reconocimiento académico. El caso que le sirve de ejemplo es el del libro Las Benévolas (Las Bienveillantes, de Jonathan Littell), suceso editorial.
Dice:“(…) Ahora bien, el best-séller se distingue por trabajar dentro del estricto sentido común, recombinando valores aceptados y sosteniendo el interés por el suspenso y el interés especializado (…)”Y después agrega que la prueba de fuego está en la lectura:

“(…) En esa agradable ligereza al pasar las páginas, en esa impresión de acceder a ambientes bien recreados, en esa magistral tensión al acercarse al final, en esa miserable certeza de haber perdido el tiempo.”

Hace poco pude ver Los fantasmas de Goya (Ghoya´s Ghosts, 2006) donde se nota la mano de Milos Forman y Jean-Claude Carrière. La película intercala hechos históricos mientras muestra a un Goya observador, perdido en esos hechos, con los que no puede hacer otra cosa que crear. No hay tensión de final sino abuso melodramático. La película entretiene y te lleva de la mano a ver algo que, se nota, pensaron los realizadores (el director y los guionistas) sobre el tema que abordaron. Así y todo, no es una película sobre Goya, ni una película histórica. No perdí el tiempo para nada.

Después veo Fur, Retrato de una Pasión (Fur: An Imaginary Portrait of Diane Arbus (2006), de Steven Shainberg (que hizo La secretaria) No es una biografía histórica, aclaran. Al comienzo la trama me viene como anillo al dedo, con música de Carter Burwell y todo, pero pronto noto los desgarros del telón, empiezo a ver al director, y al final ya me da bronca cuando la Kidman le dice a una tipa desnuda sentada a su lado: Contame tus secretos.

Parece que Shainberg gritara ahí: ¡Mirá cómo se hizo artista esa mina!. Y ¡la cara que pone la Kidman para recalcarlo! Qué desperdicio. Todo está digerido. La magistral tensión de acercarse al final. La miserable certeza de haber perdido la noche.

A. F.

Marzo 6, 2008

Wes Anderson

La acumulación de música, películas, videoclips, novelas, en la mente de un personaje -la influencia de discursos y ficciones- es un travelling de Wes Anderson y una dirección de actores de Wes Anderson (está más claro en Hotel Chevalier y Viaje a Darjeeling que en sus películas anteriores). Algo tan artificial y, a la vez, tan natural. Lo descaradamente burgués en sus personajes: ¿no será una opción hedonista -una imitación- a la que sus personajes se acercan cuando la cultura capitalista los hace perderse entre aspiraciones, ilusiones y alusiones? ¿Cuál es el costo real de las ilusiones que nos injertan de chicos? Mucha falta de comunicación. Por ahí anda Viaje a Darjeeling…

Párrafo extraído de En busca del tiempo perdido. Por el camino de Swann, Segunda parte: Unos amores de Swann, Marcel Proust:

“Pero, de pronto, fue como si Odette entrara, y esa aparición le dolió tanto, que tuvo que llevarse la mano al corazón. Es que el violín había subido a unas notas altas y se quedaba en ellas, esperando, con una espera que se prolongaba sin que él dejara de sostener las notas, exaltado por la esperanza de ver ya acercarse al objeto de su espera, esforzándose desesperadamente para durar hasta que llegara, para acogerlo antes de expirar, para ofrecerle el camino abierto un momento más con sus fuerzas postreras, de modo que pudiera pasar, como se sostiene una puerta que se va a caer. Y antes de que Swann tuviera tiempo de comprender y de decirse que era la frase de la sonata de Vinteuil y que no había que escuchar, todos los recuerdos del tiempo en que Odette estaba enamorada de él, que hasta aquel día lograra mantener invisibles en lo más hondo de su ser, engañados por aquel brusco rayo del tiempo del amor y creyéndose que había tornado, se despertaron, se remontaron de un vuelo, cantándole locamente, sin compasión para su infortunio de entonces, las olvidadas letrillas de la felicidad…” (Traducción de Soledad Salinas de Marichal y Jaime Salinas)

Adrián Fares

Marzo 3, 2008

El taller de Perrone (texto de 1999, nota actual agregada)

El taller de Perrone

“No importa el formato en que filmen, lo que importa es que cuenten una historia”, dijo alguna vez Nicholas Ray.

En el estreno de las películas de Perrone uno se siente intruso. Los demás espectadores repasan anécdotas y gritan, cómplices, ¡Cuándo no!, tras el anuncio del retraso del director para la charla preliminar. Entre los presentes no se puede terminar de desconocer a alguno; los que actuaron y actuarán se saben inútiles ahora y esperan reconocerse en el film.

El pasado jueves (8 de junio) se estrenó en la muestra “Los cineastas y el siglo XXI” *, en el Cultural San Martín, su última película: La película del taller. El título nos remite a dos espacios de trabajo: el ficticio de la imprenta en la que trabaja Víctor, el protagonista; el real que el director coordinó este verano en Ituzaingó. Allí está su barrio y también las locaciones de todos sus films. Los alumnos del taller ayudaron a realizar la película y algunos actuaron. Perrone afirma en la charla que no existió guión; la trama se iba creando día a día según ocurrencias, circunstancias e imprevistos. Agrega que le interesa más la idea que la forma.

Cuatro semanas, fijadas ahora en cuarenta minutos, le bastaron para el desarrollo de estos caracteres: un empleado de una imprenta, separado y a cargo de su familia (un hijo menor atorrante y una hija mayor que aprendió a no necesitar ningún padre) y un amigo (dueño de la imprenta) que le anuncia que lo debe despedir porque el negocio está perdido. Según el punto de vista, la película puede no ser mucho más que eso o sí; también puede ser un mediometraje largo y rehuir la solemnidad de la palabra film. Eso importaría si el director afirmara su pertenencia a la industria y fuera menos lacónico e irreverente en todas sus declaraciones sobre las instituciones cinematográficas (pregúntenle qué piensa de las escuelas de cine). En este caso sabemos que estamos en presencia de un autor que encontró una forma de expresarse verdaderamente independiente para bien de un público contado pero leal. Lo descubrieron con Labios de churrasco, su debut, y lo siguieron en Graciadió y 5 p’al peso (ésta en 16mm; el soporte de las demás era video). No seas cruel, fueron unos pilotos televisivos nunca emitidos.

Corresponde notar que encontramos al autor Perrone en sus películas. En un director de películas que rondan 60’ agrada que todos sus filmes parezcan uno. En La película del taller otra vez las calles exhalan sordidez y tristeza; otra vez sigue al protagonista mientras avanza cabizbajo por su barrio. El travelling de acompañamiento a mano, de frente o espalda del personaje avanzando es una repetición frecuente del director. También el travelling atrás que abandona el escenario de la acción sin que haya concluido nada, que simula un final cuando no lo hay o, tal vez, lo propone.

El uso de un leit-motiv musical, una canción en particular, se repite en los travelling señalados y nos recuerda a Wong Kar-Wai. En cuanto a temática, sigue hablando de marginados y afines. Ésta vez agrega las máquinas –los engranajes de las sucesoras de los caracteres móviles–; siempre intrigantes y efectivas en la cinematografía (Los actores suelen quejarse al actuar junto a niños y animales: sería coherente que nombren también bicicletas, pistolas, grúas, autos y trenes) En los primeros planos de máquinas trabajando se palpa cine: una máquina (el cinematógrafo) revelándonos otra máquina desconcierta.[i]

Raúl Perrone es también caricaturista; sus personajes del cine están lejos de esa propuesta del dibujo. Sin embargo, su última película es un ejercicio, quién quiera entenderlo mejor lo hará viendo las otras.

Entretanto, La película del taller no se verá más que en alguna muestra, reunión especial o retrospectiva. Como la que se realizará en una de las sedes de una importante multinacional de cine (¿paradoja?) en la segunda mitad del año y que durará un mes y medio. Por esos meses habrá nueva película y tendremos la oportunidad de ver la obra completa de uno de los autores (e impulsores) de nuestro cine actual.

Adrián Fares


[i] Nota agregada lunes 03 de marzo de 2008: de la maquinaria también se favorece Petróleo Sangriento, película increíblemente sobrevalorada si pensamos el cine como un arte cuya narrativa debería haber evolucionado y no como figurines proyectados a la manera de principios del siglo XX, vistos a través de teorías cinematográficas; en fin, película de una intensidad estéril, redundante, como casi todas las demás, salvo Embriagado de Amor, quizás –aunque ya no estoy tan seguro–, de Paul Thomas Anderson.

Febrero 21, 2008

En este cuento todo sobra

Rosmaría Jacinta Gómez apenas se despertó ese día miró a su novio, que seguía medio dormido a su lado y dijo: Soñé que una chica te miraba fijo. Con los ojos bien grandes. Juan Roberto Glande no supo qué decir, aunque el sueño le pareció promisorio.

Ya sentados a la mesa del casamiento al que concurrieron ese día, Juan Roberto Glande se da cuenta que entre las ocho personas que comparten esa mesa redonda grande se encuentra una chica. No puede dejar de fijarse en ella. Él, que hace poco arrastra una seguridad nueva, que todavía no sabe bien de dónde viene, de repente sabe que ella también lo mira. Compara esa situación con otras en su vida y trata de evitar dejarse llevar por su propia ficción. Se echa la culpa. Renueva sus votos de castidad mental. Piensa en el género humano, en viejas desconocidas que descansan en geriátricos, en donde termina todo, y en donde comienza. Otra vez sumido en su ficción. Y encima tomando vino. La música suena fuerte. Las conversaciones, siempre con Rosmaría Jacinta Gómez o con la pareja que ocupa el espacio inmediato, son entrecortadas, triviales, o no tanto. Siguen la lógica de los intervalos de la fiesta.

El momento de las fotos. El fotógrafo se acerca al primer grupo, amigos o familia que comparten el otro lado de la mesa. Glande aprovecha para mirar de lleno a la chica. Ahora le toca a su grupo, el fotógrafo se coloca enfrente, él trata de dar vida a sus ojos. Su grupo concentra la atención de la mirada de ella.

La música evita que los desconocidos crucen palabras. Juan Roberto Glande se siente culpable de dejarse llevar por sus propios instintos. Cada tanto, la gente baila. Por momentos, él también. Hasta que uno de los desconocidos se levanta y le anuncia que se dispone a partir con su pareja y su auto. Debido a que viven lejos y fueron a pie, Rosmaría Jacinta Gómez y Juan Roberto Glande tienen que aprovechar esa oportunidad.

Ya en el auto, Juan Roberto Glande piensa por qué elegimos el habla como primera forma de comunicarnos. Por eso permanece callado.

Adrián Fares