Elortis completo en PDF para bajar o leer online

noviembre 15, 2011


 

Dirección para bajar o leer online (para bajarlo ir a Archivo en el navegador >> Guardar como)


http://www.corsofilms.com/elortis.pdf

Sobre Elortis

Una veinteañera pasa en limpio sus conversaciones en el mensajero con un hombre maduro; Elortis, el hijo del psicólogo Baldomero Ortiz. El hombre destapa la crisis que atraviesa, alimentada por la ruptura con su ex pareja y las dudas sobre la verdadera ocupación de su padre, pero también iluminada por revelaciones importantes sobre su vida y el mundo que lo rodea.

La novela comienza cuando Elortis y su ex socio Sabatini vuelven de Mar del Plata, donde participaron en el programa televisivo de Mirtha Legrand, y conocieron al productor discográfico estadounidense Alexander Ponen.

Elortis disponible en Amazon para ser leído en libros electrónicos

octubre 14, 2011

Después de corregir, estructurar y maquetar (verbo simpático y nuevo para mí) un poco a Elortis, decidí colgarlo directamente en Amazon para que pueda ser descargado y leído como libro electrónico. Así el bodoque inicial, escrito durante el transcurso de un año sin pausa y revisionado durante más de otro pausadamente, se ofrece a la lectura.

Sé que Elortis es un libro sobre la crisis de una persona y su despertar de conciencia, aunque tal vez no sea lo que me propuse. Sí divertir y ¡molestar! con una historia romántica en la época de las relaciones virtuales. También quise tocar temas que no son tratados en nuestras ficciones.

Dejo entonces a mi libro, como si de un barquito de papel se tratara, en estas aguas artificiales pero no menos reales que otras.

Link para comprar Elortis:

http://www.amazon.com/dp/B005UU5KWS


Sobre Elortis

Una veinteañera pasa en limpio sus conversaciones en el mensajero con un hombre maduro; Elortis, el hijo del psicólogo Baldomero Ortiz. El hombre destapa la crisis que atraviesa, alimentada por la ruptura con su ex pareja y las dudas sobre la verdadera ocupación de su padre, pero también iluminada por revelaciones importantes sobre su vida y el mundo que lo rodea.

El libro puede leerse en estos dispositivos.

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Versión

septiembre 23, 2011

La doncella vive en la torre. Cada tanto recibe a sus amigas y amigos. Sólo a algunos de estos últimos deja peinar su larga cabellera.

El príncipe cabalga hacia la torre. A través de la ventana, ve cómo uno de los amigos de la doncella, un musculoso mancebo, comienza por peinar sus cabellos y termina aplicándole unos masajes relajantes, a los que la doncella se entrega, aparentemente, sin culpa.

Su madrastra, una mujer que lee muchos tratados vacíos, de las más diversas índoles, se lo habría recomendado.

El príncipe, que no sabe bien qué fuerza oscura lo arrastró hacia la torre, tal vez la misma que mantiene prisionera a la doncella, baja la colina espoleando con fuerza a su caballo.

Así empezaron las guerras.

A. F.

 

Las palabras

julio 22, 2011

Estas son las palabras que nunca te enseñaron

las que nunca se ponen ni jamás se hablan

Estas son las palabras que dicen los ancestros

las que ahora no se escuchan y todo lo transforman

Una civilización antigua las gritaba

y una viejita las repetía, en susurros, mientras encendía la hornalla

Estas son las palabras con las que levantan el peso pesado los albañiles

Estas son las palabras con las que escriben los escritores

cuando empiezan

Las usaban los soldados al arremeter

y las guardaban para las noches difíciles

Estas son las palabras que desprecian los músicos

las que producen las abejas

y el alto árbol en la oscuridad

cuando la ciudad está silenciosa

y en la cama te escondés

a saber lo que sabés

No se prestan para un cuento

las novelas las ignoran

en las epopeyas son nombres propios

la risa en las comedias

la corrida, el beso y la muerte en la pantalla

y en la vida el brazo del bebé que se extiende

sin ver lo que su mano pretende

Adrián Fares

El fantasma acomodado

junio 27, 2011

El hueco de la escalera (lleno de herramientas y revistas viejas) está habitado. Cuando todos se van, cuando las cerraduras crujen, salgo y recorro la casa.

El problema es que hay otro fantasma en el chalet de al lado. Es el de un hombre que supo ser viejo y rechoncho (todos saben que en nosotros la apariencia es lo único que importa) Ignora la ley; deja el chalet y deambula por el pueblo raptando chicos. Ahora lo veo en el jardín, jugando con el perro y riendo hasta que el perro se enoja y lo quiere morder. Para los mortales sería un perro ladrando al aire.

Como no puedo ver mi reflejo en el espejo, lo primero que hago cuando se van es correr hacia el armario y abrir la caja de fotografías; al fin mi recuerdo, la foto en la que sonrío con el vestido azul hasta las rodillas y el regalo de navidad en el regazo. Cuando mis padres miran las fotos, Rodrigo pregunta en vano, una y otra vez, quién es la chica que ahí aparece. Entonces, tiendo a creer que lloro en el hueco de la escalera y siento bronca por esas personas que no quieren reconocer que alguna vez tuvieron una hija. Ya ni me siento un fantasma decente, desde que ellos pretenden que no existí.

Escucho un grito agudo. Sé que es la desesperación de la chica que tiene encerrada Mario el fantasma de al lado. Los padres también la olvidaron; en este pueblo (que ni siquiera es un pueblo común ahora; todas las personas que quieren visitar a la que fue mi familia deben tener una autorización de un vigilante que está parado en la entrada del pueblo y que llama por teléfono a la casa para anunciar las visitas) las personas no quieren recordar.

Golpean la puerta. Debe ser Mario, que huele a los demás fantasmas como los gatos a las ratas. Corro por el pasillo, bajo la escalera (el armario con las fotos está en el primer piso) y llego al hueco; cierro la puertita y me hago un ovillo contra las revistas.

“¡Mariaaaaaa!”

Se piensa que todos somos como él, que lo único que queremos es molestar a la gente. Sé que ya entró, que se acerca lentamente a la puerta que me esconde y la abrirá en cualquier momento.

Aguanto el grito (nunca un fantasma debe gritar, estos gritos son los que hacen que los perros aúllen en la noche y que las personas se lleven la mano al pecho y caigan de repente al piso -le dio un ataque, dicen-). No debo gritar. No debo gritar (La puerta se abre un poco y) No debo gritar (y veo una mano grande, demasiado grande y arrugada, tan arrugada que parece sin huesos, que parece sin huesos más todavía porque le falta las uñas; y sé que Mario se come las uñas, por la ventana siempre lo veo comérselas en la calle mientras mira con avidez a algún chico; es lo único que hace, comerse las uñas todo el tiempo porque odia que le crezcan una y otra vez; y así la mano que avanza en el hueco de la escalera hacia mí está baboseada y) ¡No debo gritar! Pero la mano avanza y grito.

El eco de una risa. La mano desaparece. Era lo que quería, que gritase para que a mí me cobren las muertes. Voy a tener que ser más tiempo fantasma; él se divierte con los sufrimientos de los chicos que secuestra (para que no mueran del susto esconde la cabeza en una bolsa de arpillera) pero solamente está mal para Alberto que matemos a las personas con gritos o apariciones (Alberto ocupa el mismo puesto que el vigilante del country -como todos llaman al pueblo- pero en el cielo; el problema es que Mario, cuando vivía, le hizo un favor y ahora Alberto es incapaz de juzgar a Mario por sus salidas). Cada muerte son cien años más en la casa.

Ahora espero la visita. Todo fantasma que hace un daño físico a una persona “espera la visita”. Ya no estaré sola en este barrio; otra persona ocupará algún otro hueco en alguna otra casa.

Esa persona ahora, como siempre que pasa esto, estará saliendo por última vez de la casa para visitar a quien lo dejó fantasma. Yo salgo del hueco y miro la puerta de la calle una y otra vez. Espero que golpeen antes de que llegue la familia, de otra forma no sé cómo voy a hacer para darle las indicaciones y despedirlo al pobre que le haya tocado.

Me acerco a la ventana. Pasa una ambulancia. Otras personas. Un chico viene caminando, debe tener ocho años, tiene la mirada perdida y mira varias veces hacia atrás.

Golpean (¿cómo es que saben dónde tienen que golpear?) ¿Qué hago? Si abro la puerta y es una persona, el susto la mata. Doy dos pasos hacia la cocina para buscar una bolsa y esconder la cara pero desisto. Avanzo y abro la puerta.

Es el chico. Pobre. Mira para un lado y otro. Le digo que sé lo que le pasó, que me disculpe pero que el grito me salió de adentro y era la primera vez que me pasaba. Lo hago pasar, le sirvo un té (hace que lo toma y parece más tranquilo). Me cuenta que le dicen Edu, que ya le explicó Alberto lo que le pasó. Tiene lástima por mí; cien años en esta casa va a ser aburrido. Le empiezo a explicar algunas cosas, pero dice que Alberto ya le dijo todo. Que el vigilante le contó que era amigo de su padre y que para él corrían otras reglas.

Le cuento de Mario y dice que hay que hacer algo, que él puede salir como Mario a la calle y que tratará de hacerlo gritar diez veces en una semana (mucho le explicó Alberto a Edu; sabe que el fantasma que grita diez veces en siete días va directo al infierno, por más que tuviera conocidos en el cielo).

Pregunto por las consecuencias de su plan; en el pueblo habrá diez fantasmas más. Se preocupa. Mi solución lo tranquiliza; de noche, cuando la gente duerme profundamente, el grito no dañará a nadie (menos los perros, todos creen que es una pesadilla). El plan nos alegra. Pensamos en la forma de ponerlo en práctica.

¡El bip-bip de la alarma del coche!

Corremos hasta el hueco de la escalera y cerramos la puertita. La familia entra. Edu me susurra que cuando se acuesten va a visitar al fantasma de al lado para tratar de sacarle el primer grito de los diez.

A. F

Elortis (extracto)

mayo 30, 2011

Para mí, que tengo una amiga vegana, que hasta logró arrastrarme un año a una manifestación, a la que fui más que nada, tengo que reconocerlo, porque iban algunos famosos que seguía en ese momento en una serie de televisión, me parecía irreal un futuro repleto de animales. Pero Elortis estaba de acuerdo con la opinión de su padre en este tema y era capaz de ver un futuro lejano con la tierra húmeda y palpitante, y los seres humanos revolcándose en el barro de sus pequeños jardines. Baldomero llegaba a estas conclusiones porque se perdía cuando empezaba a pensar en el tema de la lengua adámica y derivaba en otros insospechados. Su pensamiento no era orgánico ni mucho menos. Gritaba si estaba rodeado de personas, y no se detenía hasta acaparar la atención de todos. Casi siempre decía que él odiaba la psicología, y dejaba en claro que su interés no se terminaba en los temas académicos. Pudo enterarse de más detalles de los parlamentos de su padre gracias a Diego que, vaya paradoja, Elortis mandaba de infiltrado en la universidad para saciar su curiosidad. Según Elortis, con estos discursos exaltados su padre reclamaba del mundo el afecto y la atención que no había tenido de chico; su reacción era un fenómeno psicológico de transferencia. En cambio, cuando cenaba con él y su madre no hablaba mucho, y si le preguntaban por qué estaba tan callado, citaba a Kierkegaard de memoria, advirtiéndoles que estaba concentrado en su problema epistemológico: El que sabe callar descubre a un alfabeto no menos rico que el de la lengua al uso.

Con Augustiniano, a quien le contaba algunos detalles de mis charlas con Elortis, nos preguntábamos si todo el afán de Baldomero por hacer callar a la humanidad, la búsqueda de formas más eficaces de comunicación, no tenía que ver con esa costumbre que tienen los culpables de hacer mirar sutilmente a las personas hacia otros lados. El humor, pero también las invenciones alocadas como las de Baldomero, podían ser las herramientas que usaban para distraer nuestra atención y, lo que es más importante todavía, la suya. Se vuelven invisibles a su propia culpa, y sólo cada tanto muestran la hilacha con algunas prepotencias o caprichos fuera de lugar. Veo, en uno de los registros de las conversaciones, que un día le comenté el tema de la afabilidad de los culpables a Elortis, refiriéndome a lo manipulador que había sido mi padre, cómo me hizo creer que lo mejor era ocultar una verdad que, revelada a mi madre —hasta el día de hoy—, la haría tambalear porque le cambiaría la interpretación de su pasado. Decía, parafraseando a un escritor, Svevo, que para una mujer eso no sería tanto problema porque estábamos acostumbradas a reinventar diariamente nuestro pasado como forma de supervivencia espiritual. Gracias, explicaba Elortis, a miles de años de opresión masculina. Para mí este tipo de secretos que podían obligar a una persona a redefinir de un día para el otro su pasado eran malos y muy peligrosos. Elortis estaba totalmente de acuerdo, en una especie de acto precognitivo ahora me doy cuenta, o nada más era que sabía la verdad sobre la relación de Miranda con el tío Oscar y se hacía el tonto, dijo que estos secretos podían convertir a una persona en un zombi que pisaba en tierra recién removida. Contesté, para cambiar de tema un poco y molestarlo, que pisar en cemento a un viejo como él, cercano a la tumba, le haría mal a las rodillas, como era habitual perdiéndome en la superficie de las palabras, cuando no era monosilábica como él odiaba. Elortis me siguió el apunte, y dijo que prefería la arena, las rocas digeridas. Por eso le gustaba la costa, pero no tanto como para que intentara radicarse ahí como su gato.

A. F.

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El joven pálido 15

abril 20, 2011


Y el Joven Pálido persigue
al Canoso por las calles

No es tu padre
le dijo a Diana,
pero ella no lo entiende.
En su mundo salvaje
los hombres se afilan las uñas

Adiós a las mujeres que salvan hombres
en los atardeceres oscuros que se reflejan en teteras

La pava vaporosa

A la gente le gustan las historias de sectas,
de cofradias oscuras,
y de personas que se persiguen por la calle
de la locura
como el Canoso
y el Joven pálido

Él,
que siempre estuvo seguro de sus primeras impresiones
que sabe que no hace falta abrir la boca
para mover la ficha
ni sacar la mano del bolsillo
para hablar

Con una mirada
te diré quien eres

Besotecuentounahistoria

Un apretón de manos
y te digo a que hora
te la revolcaste

Al final
(en el sentido de darle la razón)
no había secreto que al Joven Pálido se le escapara

Y las calles del Joven Pálido
fueron hechas para rondar

Está el palacio blanco donde acarició
la hoja muerta,
la noche anterior a que Argentina perdiera
en ese partido olvidable
gracias a la borrachera

Funcionarios
y funcionarias
funcionando todo el tiempo

Y escapan por las calles
y se arrellanan en sillones
hasta en sillas de plástico
donde olvidan sus sueños
si es que alguna vez tuvieron
alguno

Mientras en los diarios aparecen marcianos todos los días,
cuando en realidad hace rato que los marcianos somos nosotros

Y está la plaza donde se juntan,
los pibes
disfrazados de dibujitos;
el Joven Pálido puede pasar con media sonrisa.

Como si él fuera el rey
y buscaran hacerle jaque
Ellas se acercaron para verlo caer

Como si él fuera el rey
y buscaran hacerle jaque

Pero el Joven pálido es humo.

Noche insidiosa.

por Cooonde

 

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Kong 6

abril 12, 2011

Estimado Adrián,

Estoy en pleno feriado, sin laburar, bastante aburrido.

Taka descubrió hace poco que uno de los animales del zoológico, un leopardo de las nieves, era un Noser. Por las noches el leopardo saltaba las rejas y se transformaba en un guardia que rondaba el predio con una linterna.  Registramos el zoo, y encontramos que uno de los guardias nocturnos tenía una de nuestras máquinas en uno de los cuartitos. Aparentemente, había vendido al leopardo real a un zoológico brasileño y, además de la plata embolsada, gracias a la transacción zafaba de laburar por las noches. Lo encontramos durmiendo con una de las empleadas.

Taka: La realidad es complicada.

Qué trabajo ingrato el nuestro.

Por otro lado, como tengo tiempo libre estuve averiguando algunas cosas sobre vos. Seguramente sabrás por tu viejo que tu tío abuelo  escribió algunos tangos con Discepolo, Troilo, Mores y otros tangueros más, y era amigo de Miguel de Molina. Si buscás en el cuartito de la terraza de tu casa de Lanús, vas a encontrar fotos autografiadas y un gorro lentejuelado que perteneció a Miguel. También por algún lado andarán las fichas de poker con las que jugaban en un departamento del centro estos malandras. No es todo inventado como vos pensás.

Pasemos a otro tema. Entiendo que no te gusten tanto Cheever, Carver y esos cuentistas norteamericanos que parecen guardarse lo que tienen que decir. Vos me decís en tu mensaje que estos cuentos influenciaron demasiado a tu generación. Que no estás tan seguro que haya que entregar lo mismo que da la naturaleza, o sea, caos y descrifamiento. Que los cuentos antiguos, en esencia, no eran cuentos. Eso me gusta.

Un reflexión: Ponele onda. Aunque a veces eso quiere decir no hacer nada.

Otra: Vemos en los demás lo que queremos ver.

Saludos,

Von Kong.

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El joven pálido 14

marzo 20, 2011



Era tan fácil escaparse
seguir el camino del prejuicio
o escuchar que Diana era una especie de botinera
pero el Joven pálido entendió
que el viento sopla y te lleva
el viento sopla, te trae y te lleva

Oh, Diana, quimera
especie de botinera

El Joven pálido ni sabía que pensaba en vos,
con lo que cuesta armar una voz:

Querido padre y querida madre
dar lo mejor de uno es cosa de cobardes.

No tiene nombre lo que cuesta aprender a hablar
cuando uno no sabe o no puede escuchar.

Y si te encuentran el hilito,
colgando de algún lado
date cuenta que es el hado

Y si quieren que te transformes en Pegasus,
pase señorita
Men are not horses
o mejor ponerse a pensar porqué eran todos putos los griegos

También explicale casi niño,
que la musa no es una sola,
o que no sabemos cuál es hasta que es
uno escribe con inocencia
De repente ata los cabos,
y todo aparece muy clarito.

Los pinos que copian otros bosques
susurran mejor que el pastito.
Bardeá con más envión en las alturas.

Si ella le lavó la cara,
lo besó en la frente,
y apareció atrás de la parecita
imposible ser indiferente.

Y si después cuando la puerta se abre
una chica grita,
entonces agradecele a Dios por haber vivido,
nunca escuché tan lindo sonido.

por Cooonde

 

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Elortis (extracto)

marzo 6, 2011

Cuando volvimos a hablarnos, Elortis me salió con otra de las historias de la enanita. Al sur otra vez, entonces, a la casucha en esa especie de conventillo donde él tomaba mates con la viejita encorvada. Todo porque me aclaró que estaba dispuesto a convertirse en monje, quería alejarse de la sociedad para desintoxicarse de su influencia negativa. Pensaba, como el escritor Maugham dijo, que las malas experiencias empeoran, envilecen a las personas al contrario de lo que se dice. Listo, Elortis, si vos lo decís por algo será. Dijo que iba a hacer la gran Pancho Sierra, que después de un traspié sentimental se retiró al campo a reflexionar sobre la vida y terminó siendo un sanador, un santo informal entre tantos otros santos informales. A Pancho Sierra se lo había presentado la enanita y el personaje le caía particularmente simpático.

Cerca del barrio de la enanita había una casa de dos plantas. Ahí vivía un médico y su familia. El médico había heredado de su padre alemán un Stradivarius auténtico, que guardaba en una vitrina del salón de esa casa, a la que sólo había entrado una amiga de la enanita porque salía con el hijo, un descarriado que jugaba en Independiente —en ese tiempo los futbolistas jugaban por amor al arte, así que este tipo era un mantenido. Uno de los hermanos era médico como el padre y el otro se había metido en la política, lo que en esa época, como en ésta —eso sí que no cambió— quería decir que tenía conexiones mafiosas, así que siempre estaba bien ubicado por una serie de devolución de lealtades. Pero el futbolista embarazó a la amiga de la enanita, su percanta, a la que sólo hacía entrar a su casa cuando se iban todos, y no le quedaba otra que juntar plata para pagar un aborto. Tiempo atrás el abuelo del futbolista había muerto y en el testamento decía que el violín le correspondería al nieto que demostrara ser el mejor en lo suyo. Al médico todavía no lo convencía ninguno de sus hijos, como para cumplir el deseo de su padre. El que había seguido sus pasos en la medicina parecía ser el adecuado, era el mejor de la clase, aunque el político había hecho conocer el nombre de la familia y traía masitas, bombones, vinos y otras exquisiteces en la cenas familiares que lo hacían merecedor del violín; el futbolista quedaba último en la lista, se la pasaba en las esquinas con los amigos, le silbaba a las chicas cuando pasaban, y varias noches volvía borracho de las farras que tenía con los muchachos del club. Pero era el que más lo necesitaba para venderlo y pagar la operación, así que empezó a buscar el medio de hacerse con el violín. La amiga de la enanita conocía a un tipo que vivía en una piecita arriba de una tintorería que decía ser espiritista. Lo fueron a ver y el hombre, un tipo de una copiosa barba blanca que parecía más de utilería que real, decía la enanita porque ella también lo había visto varias veces caminar con la mirada ausente por las calles, le preguntó a la chica —porque el hijo del futbolista no quería saber nada con que lo vieran entrar ahí— cuál era el problema, y la chica le mostró la panza en crecimiento. El manosanta, que se llamaba Ponchilo Barracas, le preguntó a la amiga de la enanita si no permitía realizar el procedimiento habitual. Le pidió que se pusiera de pie, y él se arrodilló e inclinó la cabeza hasta la altura del ombligo de la chica. Se quedó mirando fijo un rato sin parpadear. Le dijo que había visto cuatro ojos, lo que significaba que iba a tener mellizos. La amiga de la enanita casi se desmaya, y pasó a contarle el plan para el que lo necesitaban. El hijo del futbolista le diría a su padre que se había hecho amigo de un espiritista que podía comunicarse con los muertos y arreglaría una reunión en la que Ponchilo Barracas entraría en contacto con el alma de su abuelo para que dirimiera la cuestión del violín. Ponchilo cerró el trato al escuchar que le darían un porcentaje de la venta del preciado instrumento. El futbolista se las arregló para que toda la familia estuviera presente el día de la sesión de espiritismo, y ubicó un velador en el medio de la mesa grande del salón. Una vela iluminaba la cara de Ponchilo Barracas, que les contó a las demás siluetas oscuras cómo había empezado su camino espiritual. Mientras caminaba por la avenida Mitre una tarde, se cruzó con un hombre de larga barba blanca y pelo largo del mismo color que iba con la cabeza gacha. En aquel momento, no le dio mucha importancia al encuentro, aunque quedó impresionado por altura y la palidez del hombre. Lo vio varias veces, siempre con la cabeza baja, concentrado en el piso. Volvió a cruzarlo, esta vez él iba acompañado de una dama, a la que se lo señaló para que conociera al extraño personaje que encontraba habitualmente en sus caminatas. Resultó que la chica no veía a ninguna persona en el lugar señalado, y en ese mismo momento el hombre de barba blanca levantó la mirada del piso y la clavó en Ponchilo. En cuanto lo perdieron de vista, la chica le pidió que le describiera al personaje que había visto. Cuando Ponchilo, que en ese momento se llamaba Ernesto, terminó la descripción, la chica ahogó un gritito con las manos, y le dijo que ese no era otro que el mismísimo Pancho Sierra. La chica le aseguró que si lo veía era porque le quería transferir su misión. A partir de ese día, Ernesto dejó de ver a la chica, se recluyó en su piecita de arriba de la tintorería, donde mantuvo un fluido diálogo con diversos personajes y alimañas que se le presentaron, y, poco a poco, empezó a ejercer su tarea de interpretar almas en tránsito, ya sean terrenales o etéreas. Al rato los tenía a todos agarrados de la manos, y cuando lo poseyó el abuelo del futbolista, fue para dejar en claro que el violín era propiedad del nieto que había aportado a que el club de sus amores creciera, el que hacía posible que les descargaran cada tanto carretillas de bosta en la cancha del club contrario. El violín fue entregado al futbolista esa misma noche y la enanita nunca supo con certeza si serían o no mellizos los que iba a tener su amiga en aquel momento, aunque dio la casualidad que muchos años después la chica cumplió la profecía de Ponchilo.

El espiritista intervenía en otra historia relacionada con la familia del alemán. Tiempo después del episodio del violín varias empleadas de la fábrica de fósforos donde trabajaba la enanita fueron atacadas con el mismo patrón de conducta (mi amigo se preguntaba si ese trabajo insalubre no sería la causa de la parálisis de medio cuerpo de la enanita; ya Marx comparaba los horrores de la industria fosforera con la descripción de Dante del infierno). Además de aguantar el trabajo arduo controlado por un capataz español severo y el frío que calaba en los huesos en las instalaciones, empezó a correr el rumor entre las fosforeras de que a la salida del trabajo algunas chicas habían sido violentadas por una silueta negra, un homínido oscuro, que descendía de los árboles. El hombre, que llevaba la cabeza encapuchada, al principio se aprovechaba de ellas, pero después empezó a quitarles sus pertenencias y a robarles el insignificante pero valioso sueldo. Ahí fue que la historia empezó a difundirse. Como los policías no lograban dar con el delincuente, y en la fábrica se decía que era una presencia sobrenatural, un sátiro que vivía en los árboles, algunas empleadas, entre las que estaban la enanita, juntaron unos pesos y se presentaron en la habitación de arriba de la tintorería para que Ponchilo Barracas pusiera fin al asunto de una vez por todas. El espiritista esta vez pidió observar unos minutos a una de las chicas que había sido atacada por la fuerza de los árboles, como se refirió al maleante, aunque les aseguró a todas que era una persona común y corriente. Repitió la operación de mirar fijamente el ombligo de su cliente, pero esta vez subido a una mesa. Las chicas se reían de Ponchilo, agazapado como un animal sobre la mesita que usaba para atender a las personas y tomar mate. Después se paró en el medio de la habitación, cerró los ojos, y esta vez le pidió a la fosforera, que todavía tenía desabotonada la camisa y el ombligo al aire, que se acercara para soplarle en la cara. Luego garabateó unas palabras en un papel y les pidió a las chicas que lo entregaran en la comisaría cuanto antes. Al anochecer dos policías veían salir de la casa de dos plantas a uno de los hijos del médico, el estudiante de medicina, y lo seguían de lejos. En cuanto lo vieron encarar una calle arbolada se detuvieron; mientras el estudiante aceleraba el paso, venía una chica alta y muy abrigada. En ese momento los policías se quedaron boquiabiertos, porque en un segundo de descuido perdieron al estudiante de vista y la calle apareció desierta, solamente la chica abrigada de paso torpe la atravesaba lentamente. A mitad de cuadra la fuerza de los árboles cayó sobre la chica e intentó maniatarla en el suelo. Cosa imposible porque en realidad la chica era un macizo policía disfrazado de fosforera que hizo volar al estudiante contra el tronco del árbol, donde le sacó la capucha frente a los dos policías de refuerzo. Luego corrió el rumor de que robaba los sueldos, que guardaba en una caja de cobre que no tocaba en la casa, para desviar las sospechas; quién podría pensar que el hijo del acaudalado médico necesitaba el dinero. El policía tenía experiencia en disfrazarse de mujer porque antes de ser policía lo hacía para los carnavales, hasta algunos decían que lo siguió haciendo, que era una especie de infiltrado en el corso. Era amigo de Carlitos, un travesti de la comparsa de Avellaneda, un tipo flaco y sin dientes que aparecería muerto tiempo después. En cuanto al hijo del médico, a la semana quedó libre; el hermano que se dedicaba a la política apretó con la ayuda de sus amigos mafiosos al comisario.

Ponchilo no había tenido en cuenta las consecuencias de su intervención y tuvo que irse a vivir a Córdoba por un tiempo. Cuando volvió a su habitación de arriba de la tintorería tenía una barba que no parecía falsa para nada. A mi amigo le hubiera gustado saber más de Ponchilo Barracas, pero la enanita sólo le había revelado esas dos historias. Menos mal, Elortis: ya me voy a dormir.

Augustiniano todavía no quería saber nada con Elortis, aunque yo notaba que en el fondo lo apreciaba; decía que Los árboles transparentes era un libro inclasificable. En la agencia de publicidad donde trabajaba no lo había comprado nadie y eso aumentaba su
valor, no era un best-seller de esos que leía en los tiempos libres la diseñadora gráfica.

A. F.

 

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Kong 5

febrero 15, 2011

Cómo va ese futuro?

Por acá te cuento que todo bien.  Este fin de semana vi King Kong, la de Peter Jackson. A mí no me gusta Peter Jackson, pero bueno, el guión de King Kong está bastante bien.

Me hizo acordar  de tus cartas, más que nada de tu nombre, o mejor dicho tu seudónimo. Se me ocurrió que el mono era la reencarnación de algún tipo que le había gustado en otra vida a la rubia y que por eso estaba tan prendido de él (esas miradas tan significativas entre la malogradaestrelladecine y el gorilagigante…) Si no es imposible explicarse por qué lo sigue hasta la cúpula del Empire State Building, si fuera un perro todavía, pero siendo un mono, bastante agresivo, asesino, me quedan muchas dudas. Las mujeres simpatizan con los perros. Los monos son bastante desagrables, mucho más parecidos a los hombres y a los humanos en general. Pero viendo King Kong, entendí que esta historia hubiera sido aprobada por Pitágoras. Es una buena historia, también, para el día de San Valentín.

No sé qué significa San Valentín, pero noté que todo el mundo está enamorado de este día. Hoy estuve haciendo la cola en Pago Fácil y se notaba que, más que nada las chicas, estaban pensando que era San Valentín, y que no podían estar haciendo una cola en Pago Facil el día de San Valentín, aunque tampoco debían saber bien qué era. La cajera estaba contenta, con un ramo de flores a un costado: sin dudas estaba pensando en San Valentín. Una amiga, me recordó que era San Valentín hace una semana, por ejemplo;  me aclaró que no le daba ninguna importancia a estas cosas, que era un invento de marketing para vender más chocolates y regalos de todo tipo, pero después me preguntó si ya había planeado lo que iba a hacer ese día. Yo ni sabía que hoy era San Valentín.

En fin, te dejo esta sutil reflexión, se me acabaron las ganas de escribir.

Me voy a hacer un revuelto de arvejas.

Saludos cordiales,
Adrián


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Kong 4

enero 21, 2011

Adrián,

Volvía a la noche del cine cuando me encontré a una negra sentada en el cordón de la vereda del pasaje Zelarayan. Tenía cara de nena,  y lo era, pero por momentos parecía de cuarenta; las sombras jugaban con sus facciones afiladas.  Había logrado huir de la casa con jardín selvático donde la tenían de esclava adivinadora. Era, sin dudas, humana. Tenía puesto unos auriculares.

She says she loves you
and you know that can’t be bad
Yes, she loves you
and you know you should be glad

se escapó de los auriculares. No puedo reproducir su nombre en este mensaje, es el nombre del futuro. Un astrologó predijo que será nuestra próxima reina. Tiene lindo nombre. América, tal vez, en secreto, ya lo repite.

Ahora estoy de  vacaciones. Taka aceptó acompañarme; aunque siempre prefiero separar lo personal de lo profesional, las demás personas me molestan. Hacía mucho que no veía el mar y ni bien llegamos volamos a la playa.

Pensaba en mi pasado cuando los bañistas salieron del agua a los gritos. Había tres sirenas sentadas en el borde del muelle. Estos Noseres son creados por los tipos soñadores, que se la dan de poetas. De lo más peligroso que hay; una era oscura, de una belleza imprecisa como la nena que encontré en la vereda; le dije a Taka que la esperaba mientras ella hacía su trabajo.

La sirena negra, de cuerpo escultural, perfilaba su sonrisa en el atardecer. Con un paquete de chicles improvisé dos tapones para mis oídos. Ahí, mi ayudante se acercó a la sirena rubia y le hizo algunas cosquillas para que hablara. La mujer hermosa se convirtió en una gata peluda con tres pinches anaranjados en la boca. Taka le dio unos cuantos palazos y la metió en la bolsa. Antes, agarrate, se agazapó sobre ella y la mordió en la yugular. Te dije que en nuestra época, algunos nacieron con alteraciones genéticas. Taka aprovechó para alimentarse de la limpia sangre del Noser. De más está decir que la rubia perdió su caracter de sirena maléfica, y ahora está chapoteando en mi bañera.

Las otras dos sirenas se arrojaron al mar. Las estuvimos buscando, pero no hubo caso. Te recomiendo que si llegas a 2084 con ganas de meterte al mar, no lo hagas a la altura de San Clemente.

Ah, no te preocupes por tu libro, tengo un contacto en el pasado que está interesado en editarlo. Deberías escribir el otro, ponerte a filmar, crear marionetas, o caminar en la cuerda floja como tu amigo de la 9 de Julio.  Sólo quiero que sepas que no puedo rebelarte quién sos en realidad. Y no todas las pistas que doy en estos mensajes son verdaderas.

Espero que hayas empezado bien el año, aprovechalo!

Un abrazo,

Von Kong

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Elortis (extracto)

enero 17, 2011

Para el biólogo Rupert Sheldrake, existía un campo hipotético que vendría a explicar la evolución simultánea de una función adaptativa en poblaciones biológicas distantes. Para corroborarlo, un tal Watson convivió con una colonia de monos que se negaban a comer papas sucias, hasta que a una de las monas se le ocurrió lavarlas en el río. A partir de ahí, Watson descubrió que las comunidades de monos del resto del mundo seguían la conducta revolucionaria de la monita predecesora. Según Ponen, el viaje hacía más patente la conexión con el campo morfogenético, algo que también nos pasaba en los sueños —especialmente los de la mañana, antes de despertarnos, cuando la mente está limpia— y en algunos otros momentos de claridad mental en la vigilia. Reprendió a Elortis por haber puesto cara de desconfianza, aunque a él le parecía bastante creíble su discurso. El productor rubio, que estaba sentado al lado de Ponen, lo miraba embobado. Sabatini sonreía con cara de haber descubierto un mundo nuevo. Alexander les recordó que ellos dos, por ser psicólogos, tenían que entenderlo fácilmente; Jung había hablado del tema muchas veces, aportando las nociones de inconsciente colectivo y sincronismo. Elortis le contestó que Jung nunca fue su especialidad, y Sabatini afirmó con la cabeza para dar a entender que tampoco era la suya. Gran decepción para Ponen, que había hecho una pausa en su discurso para retomar fuerzas. Resulta que los científicos ya habían comprobado lo del campo morfogenético con la ayuda de una oruga a la que le cortaron uno de los segmentos del cuerpo para injertarlo en el de otra para obtener como resultado una mariposa, aunque con la antena en el ala en vez de en la cabeza, por ejemplo. Y también estaba, por otro lado, el señor Bell y su teorema que había venido a proponer que la física cuántica no pegaba con las variables ocultas de los elementos. La paradoja de Einstein, Podolwsky y Rosen (no sé si importa, pero recordé que Augustiniano llevaba en esa época un pin up de fondo amarillo con la cara blanca de Einstein), la influencia que podía tener una partícula sobre otra en el momento de ser observada que le cambiaba instantáneamente la dirección, lo había hecho salir a Bell con el teorema que lleva su nombre, que para Ponen era un hito en la ciencia que abrió las puertas a una nueva interpretación de la relación de los elementos del universo. John Bell, un físico irlándes que según Ponen había estado presente en una conferencia que dictó el Maharishi en 1978 y que tomaba puntualmente su té de verbena a las cuatro de la tarde (vendría a ser té de cedrón, según Elortis, que también se anotó mentalmente al recordar este detalle conseguirlo en la tienda de los chinos), dejó en claro que debíamos elegir entre la mecánica cuántica o el enlace subcuántico oculto que conectaba a partículas distantes y las hacía cambiar de dirección cuando dos personas, que sabían que estaban haciendo lo mismo, las estaban observando en un experimento, por ejemplo, porque una de las bases de la mecánica cuántica es justamente la teoría de la relatividad que postula que nada puede ir más rápido que la luz (Ponen había dicho transferencia supralumínica de información) Por lo tanto para Ponen la teoría de Einstein era una errata a la que había que tenerle respeto, claro, y ese respeto era el teorema de Bell, un hombre respetuoso este Bell, decía riéndose.

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Kong 3

diciembre 15, 2010

Estimado Von Kong,

Gracias por escribirme. Recién te respondo ahora porque últimamente me cuesta pensar en algo, ando por las nubes.

Vos te preguntabas si era un escritor o cineasta, creo que soy las dos cosas; bah es todo lo mismo, si el cine no existiera, no me quedaría otra que escribir y si no se pudiera escribir, haría garabatos como cuando estaba en el colegio. Claro que no me considero director de cine por haber hecho el documental sobre las bandas tributo, al que quiero mucho, eh, y siempre le encuentro cosas interesantes, pero más que nada lo soy por el tipo de ideas que me salen y cómo veo las cosas. Igual, el que piense que las artes son autónomas es un tremendo gil.  Estaría bueno ser una mezcla de payaso y mago de juego de magia, que es a lo que más me parezco. En realidad, cuando era chico armaba una especie de teatrito de títeres en mi pieza y le hacía unas obritas a las amigas de mi hermana. Me gustaría tener un negocio de marionetas. Con eso sería feliz. Armar marionetas propias, diseño único ponele, y tener la casa llena de estantes con marionetas y que la gente te las venga a comprar. Mirá lo que digo, y después protesto contra la bizarreada. Pero lindas marionetas eh, no de esas truchas que ves en las ferias hippies. Las ferias hippies me hacen acordar a cuando en la costa paseaba con mis viejos. Una sensación de tristeza y soledad infinita. Igual, estaría bueno que las marionetas les hablaran a las personas y les solucionaran la vida.

Recién venía caminando por Paraguay y, al cruzar 9 de julio, en la placita que hay en el medio había un hombre araña haciendo equilibrio en una soga que había atado a los árboles. Después se bajó para reafirmar los nudos en los troncos. ¿Qué quiere decir que una persona se ponga a hacer eso en el medio de la ciudad? ¿el día de mañana cruzará con un palo de escoba el vacío entre dos edificios? Situación rara: el pibe parecía estar a salvo de caer, pero la sensación de peligro para todos no venía del equilibrista, sino de la velocidad de los autos que cruzaban la avenida. El futuro equilibrista es una cargada al lado de los locos que andan en los autos. Pero se quiere salvar…

Mi estado de dispersión actual se incrementó, más allá de algunos asuntos irresueltos que no me dejan dormir bien, por haberme puesto a escribir una segunda novela, que llamé Elortis (en realidad es la tercera que escribo, la primera era larga también, a los diecisiete años la empecé, se llamaba ¡Suerte al zombi! y es una cosa lamentable, salvo por los personajes, que me siguen gustando…)

Pero un cúmulo de circunstacias me hicieron escribir y la nueva novela se desarrolló sola. Me terminó llevando por caminos insospechados. Escribirla fue fantástico, literalmente. Elortis es un libro de corte realista, digamos, pero te puedo decir que durante su escritura viví un tiempo en otro mundo… O, mejor dicho, en este mundo como nunca. Ahora lo puedo decir.  De última me excuso:  algunas  mujeres después de dar a luz enloquecen o agarran mañas; puede ser que pase lo mismo al abandonar de a poco el acto de posesión que te lleva a pensar un libro.

Habría que escribir un ensayo sobre Otra vuelta de tuerca, para decir que es un libro netamente fantástico. Vos fijate que el hermano de Henry, el filósofo William, era espiritista. No creo en las interpretaciones estructuralistas y psicológicas de las historias. Eso ya fue. Basta de leer entre líneas. Tampoco creo en los fantasmas de cuerpo presente, aclaremos, por lo menos por ahora, pero está claro que Henry James sí creía. ¿Creía? No voy a ponerme a buscar en Google eso.

Para terminar Elortis estuve escribiendo casi sin dormir. Pensaba enviarla a un concurso, pero después no la mandé. ¿La publicará alguien? ¿Qué hago con este libro? Ya que sos del futuro, me podrías tirar alguna punta; lo peor es que se me está ocurriendo otro.

Te decía, con lo del libro quedé por un tiempo en una especie de estado alterado, del que me está costando salir. El año pasado fue una porquería, me pasaron muchas cosas jodidas y perdí a gente querida. Éste empezó con un golpe anímico fuerte. Se juntaron muchas cosas.

Dejame llorar un poco; vivimos rodeados de gente que han llorado toda la vida. Te ahogan en un mar de lágrimas y te convierten en una islita perdida. Hay que quejarse más. Tratar de hablarle con precisión alarmante a las personas. Precisión alarmante. Acordate de esas dos palabras, porque eso es lo que necesitamos para el pasado. Este pasado se está hundiendo gracias a la más sutil corrupción de las personas. A los que creen que los contactos, las posiciones y el dinero son lo más importante, y a los que usaron, durante décadas, esas herramientas para amedrentar y marginar a los demás. Es hora de que demos vuelta el pasado.

Suena medio ampuloso esto, pero bue, si le hablás a un tipo del futuro algo ampuloso y pretencioso tenés que decir… Sigamos: tenemos que ayudar a que los impulsos naturales de las personas lleguen a buen termino, separando la paja del trigo, incluso por arriba de nuestros intereses. Vi muy pocas acciones de este tipo. En cambio escuché las más atroces recomendaciones para tratar a las personas y seguir adelante con el sin sentido de la vida.

Los hechos desafortunados a los que me refiero me hicieron ver algunas cosas que antes me pasaban desapercibidas. A mí los misterios no me joden tanto, aunque coincido con vos que los prefiero en la ficción.

Me abstengo de opinar sobre tus historias. A veces soy muy desconfiado, y para mí me estás jodiendo y escribís desde el presente. Ya me intentaron engañar con cosas parecidas. Una vez un tipo me agregó al mensajero para contarme que en un galpón de Barcelona tenía la máquina de hacer llover de Baigorri Velar. Quería saber si yo estaba interesado en comprarla y me invitaba a viajar a su país para llevarme a su galpón. Cuando notó que no tenía plata, me sugirió que el futuro de la máquina dependía de los trámites que yo pudiera hacer para salvarla de su destrucción. Se enojó porque no le creí. ¿Qué iba a hacer yo con una máquina de hacer llover?

Un saludo cordial (y otro para tu fiel ayudante Taka)

Adrián

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Una nueva entrada en el diario

diciembre 15, 2010

Hoy un muchacho me vino a visitar. Se comunicaba suavemente, pero estaba asombrado, tenso y triste. Creía que la vida —el mundo pensó él— le tomaba el pelo.

Parece que pasar por la Biela le recuerda mis aventuras amorosas. En cambio, cuenta que una vez se encontró con una chica linda en la plaza, y se la trajo. Mientras él estaba sentado en uno de los bancos de piedra, la chica fotografiaba a los gatos y a los ángeles. Después fueron hasta el fondo de un pasillo, cerca de la entrada, y le hizo saludar a los curas que ahí descansan.

Noté que no era su intención visitarme; había salido a caminar sin rumbo.

 

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El joven pálido 13 – Cooonde cuenta

diciembre 11, 2010

Un sueño:

hoy soñé con marcianos

y una amiga en el verano

un gordo vivía en el altillo

y se veía el mar a lo lejos

en la casa también estaba la que quería

y descubría que la amiga era mía

y era ella también

qué son esas formas que en los sueños nos vienen a consolar

y las otras que a nuestro lado sentimos en la cama grande

yo les canto porque sé

que perdieron la costumbre de recitar

sólo quieren a su manera avisarnos

que dejemos de soñar

Kong 2

octubre 26, 2010

Adrián, otra vez desde Futurlandia.

Los equinos pacen en el verde como si fuera una pradera interminable. Está bueno verlos resoplar separados en bandos por el rayo de sol tenue que entra por mi ventana. Parece que se viene una, según Taka.

Ahora algunos se echan al galope. Otros se quedan rondando una yegua. De sexo mucho no entienden, el caballo se acerca a la minita sin animarse a montarla. Mucho cortejo al pedo. Tal vez sospecha que hay cosas que no coinciden con lo que debería ser, porque la huele por todos lados y después se pone a respirar fuerte por las narices.

Hay una potranca que es hermosa, blanca, y mueve las crines como si fuera una publicidad de shampoo caballeril. A ésta ni el líder se le acerca. En lo demás, coincidimos con Taka en que la imitación es perfecta. Cuando llegan al borde de la alfombra se detienen, olfatean el parquet, le dan algún golpecito con las patas, pero ahí se quedan, un poco insatisfechos con el resultado de la corrida, calculo. Con la ponja nos sentimos como nenes de antes ubicándolos en hilera y soltándolos a la vez. Entienden nuestras intenciones y corren a más no poder. Estaría bueno armar apuestas con los pibes (mis amigos) Pero no puedo mostrárselos.

Los encontramos en la casa de un viejito que pasó a mejor vida. El cuerpo estaba tirado en la cocina y los caballitos formaban en el borde de esta misma alfombra (también me la traje), una guardia perfecta. Taka los persiguió a cada uno, y los embolsó.

Cerca un enorme sillón de cuero resquebrajado y una pipa de agua en una mesita ratona.

Como nota de color, algo que te puede interesar: te cuento que el viejo era descendiente del dueño del primer cinematógrafo de Buenos Aires. Encontré un viejo proyector en esa especie de palacio rodeado de cactus.

Los caballos le están dando la espalda en la ventana. Corre un viento cálido.  Se larga. Taka siempre la pega. Aunque el tiempo cambia rápido.

¿Por ahí todo bien? ¿En qué andás?

No hace falta que me respondas por escrito,

Un abrazo,

Von Kong.

 

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El joven pálido 12

octubre 15, 2010

En el borde de la vereda
en la arena
en la combi
y en las sillas,
hálito vital,
qué maravilla.

En un bar,
el Joven pálido se miraba las falanges
a la luz de la luna,
el viento soplaba entre los huesitos,
se movían sin querer

La cerveza te hace entender
la falta de tu ayer.

Todas las cosas son por algo;
ahora caigo.

Así y todo,
hay que cacarear dos horas,
para poner un huevo.

El pez macho hace temblar el agua
como el viento las falanges
del Joven Pálido
para que la pececita suelte los óvulos
que se traga,
ahí en seguida busca los ocelos del pez macho
los círculos naranjas en la aleta anal
y el macho le suelta lo suyo en la boca,
y los pececitos se forman ahí
cabecitas del futuro
después a esconderse entre las piedras,
palabras del futuro,
¿son?

También el caballo se coje a la caballa
y nadie dice ni mu
cuando a la vaca el toro se la pone

Es un señuelo.

Para que pique la nada.

Nadie supo nunca
dónde empieza ese fuego
ni se acuerda siempre
cuál fue la primera llama que vio

Hoy en día es
como la muesca que te hacían los ancestros en un hueso
cuando la luna se llenaba;
pero ahora en cuanto se vacía,
borramos la marquita:
con nosotros no hubiera existido
la matemática

Y el frío,
o el calor,
la locura
o el amor
dirían las estaciones.

El Joven Pálido
se sopla el polvo de las falanges.

En un bar tipo irlandés
te digo todo al revés:
el poeta es un príncipe
no es un vampiro.

Chicas,
Bustrofedon potenciado:
oripmav nu se ateop le
no es un príncipe.

por Cooonde

 

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El joven pálido 11

septiembre 29, 2010

Una chica que iba por la vereda del Palacio Alvear,

se acercó al lombriciento Joven Pálido para mirarlo de cerca.

Este personaje le repitió su cháchara.

Cháchara del Joven Pálido:

Me dicen el Joven Pálido,

y vengo desde lejos buscando

El Camino Real

(es un camino que existía en mi mente, o ni eso;

pero cada vez es más capaz que sea otra cosa)

Shhh…

Hace poco me crucé con los sabios de ojos rasgados,

y con esas dulces mujeres que te convierten en uno de esos

que se la creen calladitos.

Como la soledad.

Pero dicen que el camino es largo,

por eso te la canto.

Dejé mi tumba fría para una difusa tarea.

Eso ya se sabe.

Todo por el tema de la Quimera.

Me perdí tantas veces en mis pensamientos… Esperá, que no te miento.

Sola date cuenta que la realidad nunca coincide con mis sueños.

Por eso siento,

como que me traicionan a cada momento.

por Cooonde

 

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Kong

septiembre 10, 2010

Estimado Adrián:

Vuelvo a escribirte desde el año 2084. A ver si esta vez te hacés cargo y me respondés. Tené en cuenta que mandarte un mensaje me sale un cuarto de mi sueldo más o menos, entre el tiempo que tardo en concentrarme y la energía.

Pero bueno, mal no está que te cuente todo otra vez. La gente de tu época es medio lenta, y vos no serás la excepción; más bien lo contrario, según la información que pude recopilar.

Antes que nada, quiero dejarte en claro cuál es mi ocupación. Formo parte del plantel de inspectores de una empresa dedicada a monitorear el uso de las impresoras Rivera. En mis días una persona puede programar codigos genéticos. Para hacerlos realidad necesita nuestras máquinas. Las impresoras Rivera son las líderes en este tipo de impresión a nivel mundial y yo trabajo para la firma que las representa en el país. No te creas que gano mucha plata, Adrián, aunque sé que más que vos seguro; no tengo muy en claro si sos escritor o cineasta, pero sé que hiciste una película con un amigo sobre tipos ridículos que se disfrazan de otros tipos ridículos.  Me encantó.  Muy bizarra. No sé qué estás haciendo ahora, pero espero que tengas tiempo libre para leerme.

Aunque resolví varios casos, en mi época mis méritos pasan desapercibidos (hay muchos inspectores) Así que decidí escribirle al pasado para a) no aburrirme entre caso y caso b) revolucionar un poquito las cosas. Y también debería agregar: c) divertirme un poco. Tendrías que asombrarte con lo que te cuento. Espero que también te diviertas.

Vamos al grano otra vez. Ya te conté en el e-mail anterior todo esto, pero parece que no te das cuenta que no es spam ni una joda ni matufia; no soy una africana en las diez de última necesitada de una cuenta donde depositar su herencia multimillonaria. Aunque tengo ascendecia africana. En serio.

En fin. Otra vez: fuiste elegido entre millones de personas para emprender la tarea de leer estas crónicas del futuro. Tampoco te la creas, porque en realidad cualquier picaflor (libador), como le decimos en nuestra época a los artistas, podría servirme. Bueno, no cualquiera en general, pero sí cualquiera de los de tu clase.  Sin embargo, como vi que sos una persona bastante desinteresada en lo económico, aunque fervorosa y fiel a sus ideales, pensé que te interesaría leer a una persona adelantada (en el tiempo; yo tampoco me la creo)

En nuestros días hay una ley, cuyo nombre no viene al caso, que reglamenta lo que otra persona puede crear. Por ejemplo, si sos un nerd que se la pasa en el garaje de su casa todo el día pensando y creando noseres, antes tenés que sacar un registro para poder hacerlo (recién después de los 13 años) Y te hacen leer un libraco donde explican los límites del jueguito. Digamos que no se puede crear cualquier cosa… No podés inventar animales con dientes ni garras afiladas (ahora te voy a impresionar un poquito; en nuestra época los incisivos de los seres humanos son el doble de afilados que en la tuya y las orejas se fueron haciendo un poco puntiagudas; por ahora no puedo contarte nada más, pero no hay cambios muy significativos, salvo en algunas costumbres…; las formas cambiaron rápidamente, los pensamientos no)

Bien, volvamos a lo nuestro. Resulta que con un programita se puede combinar genes y construir monstruitos a gusto. Más que nada los usan los padres para crear juguetes para sus hijos. Pero cada tanto lo agarra algún loco que te crea cada criatura peligrosa… Por lo general, se escapan y ahí me mandan a mí para rastrearla, por eso te digo que soy una especie de detective. O las hacen pasar por personas, o las esconden en la casa en el tacho de la ropa sucia, en los roperos, no sé… Ustedes, mis antepasados, no se imaginaban hasta donde las historias más increíbles son verdaderas. O sabían pero se hacían los tontos. Pero bueno, de a poco todo retornó a los tiempos primordiales.  Después que el miedo a la violencia sistemática del siglo XX empezará a olvidarse, o por lo menos a mezclarse en la mente de la humanidad con los pensamientos libres abandonados en el camino. Espero que me entiendas. Odio explicar las cosas. Tampoco me gustan los misterios. Si a un detective le gustan los misterios o es un tarado o un inútil.

Te cuento que no es una tarea muy agradable tener que separar a estas criaturas de sus creadores; a veces se encariñan. Las más horribles suelen ser muy tranquilas. Aunque no en todos los casos… Para el secuestro tengo a mi ayudante, la japonesa Taka. El único problema con Taka es que es muy callada. No sabés lo que era cuando empezó. Ahora habla un poco más, pero así y todo, generalmente repite discursos que escucha en la calle o en la red. Igual me gusta porque es tranquila y no te altera los nervios. También es muy inteligente.

La semana pasada, por ejemplo, tuve que ir a lo de un dentista. La secretaria, muy tímida, nos dejó pasar, y nos indicó con la mirada baja los sillones. Se podía escuchar el ruido del torno (ahora el dentista es como un peluquero de tu época, cada tanto las personas se emparejan los dientes para evitar algunos accidentes)  Noté que la recepcionista no cambiaba mucho de expresión. Tuve que soplarle en la cara, para darme de cuenta que era un Noser 0156. Este tipo de creación, cuando uno le sopla en la cara, saca la lengua y vuelve a guardarla rápidamente. Los crean las personas solitarias…

Ahí hice la Prueba Número 2. Consiste en pedirle al ente sospechoso que sonría, para verle los dientes. La secretaria se negó y tuve que recurrir a las cosquillas. La cavidad bucal olía a frutillas y la dentadura estaba perfecta. Pero lo más importante de todo es siempre la forma de las piezas dentales. En este caso correspondían con la dentadura ideal de tu época; dientes más o menos parejos pero sin puntas TAN marcadas.

Veredicto: sin dudas un Noser, creado para fines claramente sexuales. Como te imaginarás, los dientes afilados son molestos para el sexo oral, entre otras cosas, así que su creador decidió suprimirlos. También en el cóctel de genes metió un poco de los de la frutilla para que su juguete sexual olieara siempre bien. Me puse a escribir la multa frente a la secretaria, que todavía no había cerrado la boca. El dentista salió y me dijo de todo. Que el Noser que él había creado cumplía todas las normas y no hacía mal a nadie. Pero no se pueden crear noseres con fines sexuales, le tuve que explicar. Me comí unas cuantas puteadas. Taka se llevo al Noser en una jaula.

Como verás, mi trabajo es más o menos monótomo y a nadie le interesa. Para una persona de tu época sería una aventura diaria. Por eso decidí romper algunas convenciones y escribirte.

Espero que sigas bien,

Von Kong (es un seudónimo; también el de mi asistente japonesa)

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El guardaespaldas de Yrigoyen

octubre 8, 2009

 

 

Se sabe que en el terreno de la casa donde creció Glande, había vivido un tal Barrachetti, antes policía y guardaespaldas de Yrigoyen. El ex guardaespaldas tenía joyas y armas enterradas en algún lugar del lote. El abuelo italiano de Glande, que había trabajado como un bestia toda su vida de albañil (recién ahora Glande se da cuenta que sus abuelos compartían algo, el gusto por la construcción, aunque uno era albañil y el otro maestro de obra), terminó comprándole al hombre una parte del terreno para levantar una casa donde viviría su hija y su yerno. El viejo Barrachetti enfermó y murió. Nunca se supo qué fue de sus joyas.

Un día que los padres de Glande se fueron a la costa y lo dejaron cuidando la casa, sonó el timbre dos veces. Bajó a abrir la puerta y se encontró a un hombre de larga barba blanca y bigote amarillento. Edad muy difícil de precisar. El tipo le dijo si podía darle un poco de agua, con eso se conformaba. Glande le trajo un vaso y una vez saciada la sed del extraño, cerró la puerta y volvió a la computadora. Metió un casete y después de las líneas de colores apareció un juego de matar zombis.

A la noche se hizo revuelto de arvejas, tratando de incorporar los consejos que le había dado su abuela Delfina sin ningún éxito, no la pegaba con la mezcla, pero igual quedaba comestible. Sus primeros pasos en la cocina. De noche tenía miedo en la casa grande. De chico jugaba a las escondidas con sus amigas, su hermana y su madre. Cuando la descubría con el haz de la linterna, su madre ponía los ojos blancos. Glande se pegaba cada susto. La infancia de Glande parece no haber transcurrido en Lanús, sino en algún lugar cálido y mágico. Eso habrá sido hasta los ocho años, más o menos cuando Maradona metió el famoso gol y su abuelo se murió, Glande se sintió expulsado del habitual paraíso. De a poco sus amigos y amigas se mudaron del barrio. Todo cambió, aunque tal vez la felicidad siguió mucho tiempo más y Glande no se acuerda. Esa manía de anclar algunos momentos de la vida no tiene mucho sentido.

Resulta que el hombre volvió a aparecer al día siguiente y le preguntó si tenía alguna maquinita de afeitar para prestarle. Glande decidió que no servía hacer lo que hacía siempre ahora que no estaban sus padres para controlarlo. Dejó al hombre en la puerta, entró, dobló la punta de la página del libro que estaba leyendo y volvió a buscar al hombre. Lo hizo pasar y lo acompañó al baño, donde le dio su propia máquina de afeitar y una tijera. El hombre no le agradeció, usó la tijera para cortar la punta de la barba y después dirigió la hoja reluciente a su mejilla, como si todo ya estuviera pactado de antemano y lo que Glande hacía en ese momento fuera algo que debía haber hecho hace mucho tiempo. Luego fueron a sentarse en el sillón frente al ventanal del primer piso que da al jardín de la casa. Los dos se quedaron en silencio, disfrutando del sol de la tarde.

La madre de Glande le contó que el ex guardaespaldas vivía en una casa prefabricada, en la punta del terreno, al que ninguno de los chicos del barrio se acercaba demasiado porque en seguida salía a través de la ligustrina su escopeta. Varias veces el abuelo de Glande lo había denunciado a la policía sin que lograran cambiarle la costumbre.

Al atardecer, el hombre se levantó, se dirigió a la puerta de la casa, la abrió y fue dejando pasar a otros seis que llevaban cada uno una bolsa de plástico negro y una pala. Él se quedó mirando desde arriba, de pie frente a la ventana. Los hombres se distribuyeron por el terreno, cerca del olivo, y empezaron a cavar. Glande se concentró tanto en distinguir las siluetas oscurecidas, que cavaban y cavaban, que se quedó dormido de pie. Soñó que él también era una de las siluetas que cavaba. Se despertó en el sillón y era todavía de noche aunque cantaba un gallo. La casa estaba vacía.

Bajó la escalera hasta el jardín y vio que en un solo lugar la tierra estaba removida en vez de los seis que esperaba. Un círculo sin césped pero nivelado. Salió a la calle a buscar al hombre. Encontró a una perra abandonada. La hizo pasar, ya tenía la coartada para la tierra removida.

Se levantó al otro día y salió al jardín. La perra estaba sobre dos patas, guardiana, cerca del círculo donde habían escavado la noche anterior. Glande no le dio importancia, entró a su casa, se puso a hacer ejercicio con pesas, después se acordó de almorzar, después intentó tocar la guitarra, después retomó su lectura, desdoblando la punta de la hoja que había doblado el día anterior, después bajó al jardín. Se estaba haciendo de noche. La perra estaba esparciendo la tierra removida. Glande se acercó lentamente, dispuesto a apartarla con el pie, cuando vio que de la tierra removida surgía la cara afeitada del hombre que lo había visitado el día anterior. Estaba con los ojos abiertos, sin pupilas, solamente lo blanco. Glande estaba pensando si alguno de sus compañeros había traicionado al hombre y lo había asesinado para repartirse lo que hubieran encontrado, cuando el hombre abrió la boca para respirar y le dijo ¿Qué pasa? Ah, Roberto, gracias por ayudarme. Te voy a explicar. De ahora en más, cada vez que quiera decirte algo, la perra ésta, no sé qué nombre le habrás puesto, se va a acercar, me va a destapar, y te voy a hablar.  Glande: Justo la agarré de la calle para que mis viejos no protestaran por el agujero. El hombre pestañeó. No le prestó atención a lo que Glande decía. Lo habían enterrado parado y miraba hacia la copa del árbol.

-Sabés que a través de la tierra puedo ver las estrellas… Igual lo que te diga cada vez que esta perra se acerque y me destape, no te lo vas a acordar. A veces vas a sentir que tenés la certeza de algo y eso va a ser porque el hombre enterrado al lado del árbol te lo dijo, a través de la tierra negra, a través del pastito que pueda crecer.

El hombre alejó con la lengua una hormiga que le molestaba en la mejilla y empezó a hablarle de uno de los soldados de Napoleón. Glande no se acuerda más. Solamente a la perra echando otra vez la tierra sobre la cara del hombre. Con el tiempo, no hizo falta que la perra se acercara a destapar al hombre enterrado para que pudiera hablarle.

A. F.

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El joven pálido 10

agosto 26, 2009

el_joven_palido_9

¡Que la piel se vuele!
¡Se desarme en pedacitos!
Las uñas.
Pueden ayudar,
pero las uñas son
piel endurecida,
y nada,
solamente el tiempo
y otra mano
completan el trabajo.

El joven pálido piensa,
sendereándose,
emboca un pensamiento pasado,
cuando llevaba la cabecita enroscada que había sido su hijo en la mochila
y enseñaba máximas
al costado de un laguito.

Eso había sido
antes que se lo sacaran
y lo encerraran,
mucho antes de que un tiro se pegara.

Entonces había dicho:
pequeñuelo,
nene nenito,
no dudes dos veces de tus pensamientos:
ése es el camino del desconcierto.

Sé rápido.

Suele ganar, el que primero pierde la dignidad.

La mochila con el casiniño muerto
estaba apoyada en el piso, entre los yuyos,
él sentado en un árbol caído,
la corriente del laguito se llevaba su reflejo,
lo amuecaba,
lo endurecía,
nunca había sido tan feliz
como no siéndolo nunca.

- cooonde

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Retiro espiritual

julio 13, 2009

Como en todos los colegios, a veces se organizaban excursiones. Algunas eran los afamados retiros espirituales. Aburridísimos la mayoría. Pero no todos. Ese día los bajaron del micro que había salido de Lanús y los metieron en un lugar bastante particular en San Vicente. Al final de un jardín sin límites precisos, más parecido a un bosque, donde estaban enterradas las hermanas que habían vivido en esa congregación, se veía la iglesia. Glande estaba fascinado con la tranquilidad de los árboles y de las lápidas cubiertas de hojas. Intuía posibles presencias por todos lados y trataba que su grupo se mantuviera cerca. Pero jugaron al futbol, chicas y chicos. Partido mixto.

Después tenían una especie de clase. Los llevaron a un saloncito. Se esparcieron entre los asientos y un seminarista los saludó. La catequista les pidió que se callaran y escucharan con atención. En un ángulo de la sala, la estatua de un santo pedía respeto.

El tipo era elocuente como pocos en su materia (Glande ya conocía a unos cuantos). Decía haber visitado muchos países. Enseguida orientó la charla a lo que quería. Les contó que la presencia del maligno era inminente en el mundo actual. No cabía duda. En una iglesia, allá en Milán, había visto cómo un poseso se sacó de encima a veinte tipos que lo maniataban. Glande tenía como mucho quince años. Escuchaba con los ojos muy abiertos y trataba de concentrarse. Afuera de la habitación donde el seminarista hablaba, cruzando un patio de baldosas, estaba la hermosa iglesia, oscura. Era invierno y a las cinco de la tarde la noche empezó a caer. Mientras, en la habitación con las persianas bajas, el seminarista hablaba del maligno, con la tácita aprobación de los preceptores y catequistas del colegio privado al que iba Glande. Después de explicar cómo habían caído los ángeles del cielo y nombrar a los que habían tenido esa terrible suerte, se acercó a un grabador ubicado en el centro de las dos filas de asientos que separaban a los alumnos.

La cinta empezó a rodar hacia atrás. En un momento de la grabación la voz gutural repetía varias veces el nombre del maligno.  Glande apenas podía escucharlo, pero por la cara de sus compañeros, y la emoción de todos, se había invocado al mismísimo Satanás.  Pensó que el santo, que medía más o menos dos metros, iba a bajar del pedestal y romper el grabador. La idea lo asustaba más que esa voz de gárgara. Hacía frío y el miedo era palpable, aunque estaba también la maravillosa sensación de estar viviendo algo nuevo. Todavía no se sabía dónde podía terminar una tarde en la que se descubre al Demonio en el medio de una congregación de monjas. Encima la mayoría estaban muertas.  En el bosquecito, al lado de algunas de las lápidas, había urnas con cenizas. Un compañero había abierto una de las tapas. Las cenizas volaron. Estaban en condiciones de dar la lucha definitiva. La conciencia de Robert despertaba y flotaba. El seminarista los midió a todos con su mirada. Tocó una perilla del grabador y les preguntó si reconocían la canción.

Es la hora.

Es la hora.

Estaban serios, ni siquiera los compañeros más jodones de Glande abrían la boca.  Glande sabía, por su vecina evangélica, que los duendes azules que veía en los dibujitos cuando era algo más chico eran peligrosos. Una boludes. Los evangelistas estaban tan locos como para andar de puerta en puerta molestando a la gente a las ocho de la mañana los fines de semana. Quién les iba a creer. Esto era otra cosa. En el colegio te enseñaban matemáticas, te instruían cívicamente,  te hacían comprar la tabla de elementos y aprendértela de memoria. Conocías a Descartes. A Rousseau. El profesor de literatura les daba partes enteras de la Odisea y la Ilíada para memorizar. Si no sacabas, antes de la hora y media que duraba el examen, quién había matado a Menestio y en qué canto sucedía, no aprobabas.  Simple. Era tarde y la charla se había extendido más de la cuenta. Algunos padres estaban llamando al colegio para ver por qué no habían vuelto los alumnos.

Brinca, Brinca.

Palma, Palma.

En esos dos versos estaba escondida la invocación, señaló, furioso, el futuro cura.

Y  saltando sin parar.

Escucharon toda la canción, ya aflojando un poco los dientes apretados, algunos hasta moviendo los pies, y después rezaron unas oraciones purificadoras. Antes de terminar la charla, el seminarista habló del bien. Les pidió a los chicos que escribieran en un papel un mensaje para la Virgen que estaba en la iglesia cruzando el patio. Un deseo. Repartieron papelitos y Robert hizo un dibujo que para él significaba que, a pesar de que pasara el tiempo, no perdería a la chica que le gustaba. Inusual. Ni la tenía. Ya era medio paranoico, así que decidió hacer un dibujo en vez de escribir simplemente lo que quería, una especie de símbolo de la paz, pero más hermético, no fuera cosa que al seminarista se le ocurriera leer los mensajes y le contara a medio mundo. El suyo estaba cifrado. Tomá. Ya lo habían engañado una vez cuando era más chico. Con eso bastaba.

Cruzaron el patio en la oscuridad. Cada uno con su mensaje a la Virgen y un cagaso sin adiestrar.

A. F.

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Michael Jackson

junio 26, 2009

Nuestra generación, que de alguna forma todavía creía en el poder de la tecnología y la ciencia para cambiar el mundo, ha recibido un duro golpe con la noticia de ayer a la noche. Como bien dicen algunos cuentos, la desaparición física de una persona genera apariciones. Dudas, desengaños, pero también nuevas certezas. Ya sabíamos que el capitalismo había fallado al realizarse en su totalidad, pero recién ahora nos estamos dando cuenta que la industria del entretenimiento como la conocimos no iba a durar para siempre tampoco. Ahora que nos divertimos solos, gratis, y que la insatisfacción asoma de negocio en negocio, en un mundo que parece mucho más caótico, pero también mucho más gracioso del que jamás nos hubieramos imaginado en los ochenta, aunque éramos demasiado chicos para imaginar cualquier cosa válida.  Más adelante, cuando nos dedicamos a pensar y negar algunas influencias que nos habían hecho sentir gaseosos, volátiles, pero que no nos representaban a pleno, descubrimos que hay destrezas universales como el talento y el genio que no pueden condenarse. Y que, como pasa a veces con las personas, un imperio tiene que estar casi muerto para que podamos acercarnos sin riesgos y descubrirlo mejor.  En su asombrosa  medida justa.

Pero Michael Jackson.

Un tipo que bailaba como volando y que parecía que podría ser resucitado como Walt Disney, esta vez sí, de verdad.

A.  F.

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Lentes de contacto, 1999

junio 16, 2009

 

No sabía por qué se le había dado por usar lentes de contacto. Antes en el colectivo enfocaba la vista en el borde de los anteojos. Después se los bajaba un poco y el mundo se borroneaba. Así se iba…

Desde ese día en adelante, y si pasaba la prueba (increíblemente estaba nervioso aunque el asunto era una pavada), usaría lentes de contacto. Buscaba desentenderse un poco del aire de intelectual afectado y del peso constante en su mal proporcionada nariz.

Sí sabía que esa era una mala decisión, Glande digo, un objeto extraño en el cuerpo, él que apenas se aguantaba a sí mismo, y sin embargo, apretaba el paso al bajar del colectivo que lo dejó en una calle por Banfield. Estaba llena de árboles sombríos con ramas largas cuyas hojas barrían el adoquinado. Pero, dejemos que nuestro querido Glande nos cuente lo que le pasa al avanzar entre los árboles y pararse frente a la lustrosa óptica:

“Me atiende un tipo moreno, bajito y con anteojos sobre ojos achinados (¿por qué no usa él esas prótesis que me va a vender?). Parece simpático. Al costado del mostrador hay unos asientos adelante de un espejo que cubre toda la pared. “Receta”, dice mientras me señala uno de los asientos. Revisa la receta, revuelve unas cajas sobre una repisa y saca unos estuches de plástico. Mete un dedo y lo alza con una fina baba pegada. Auténticos lentes de contacto descartables. “Ni se notan”, dice y agrega que debo tener paciencia con el asunto. Paso número uno; abrir grande los ojos; dos, mirar fijo adelante; tres, nunca pestañar. El último era el más importante. Se acerca y me dice que abra grande. Traté de hacerlo, pero el tipo clava sus dedos en mis ojos. Listo. “Pestañea ahora…, así…, muy bien”. Me echa unas gotitas. “Seguí pestañando”. “Ahora el otro”. Se acerca y hunde su dedo en mi ojo izquierdo. Se me caen los mocos y el tipo me alcanza un pañuelo. Me deja un rato solo y vuelve. Se sienta y me dice cabeceando complaciente: “Acordate que es un objeto extraño en tu ojo”. Mientras tanto mis lagrimales no dejan de chorrear y siento como si tuviera espinitas clavadas en los ojos; miro con cariño a mis anteojos sobre la mesita.

Me pregunta cómo los siento. Le digo la verdad. Dice que tenga paciencia. Empezamos con el tablero de letras luminoso. Veía todo borroso, el ojo debía haber quedado estropeado. “Por ahí el lente se llevó una pestaña”. Yo no contesto, sonrío un poco por mi idea de remplazar mis anteojos por esta degeneración técnica. El tipo se me queda mirando fijo y sonríe. Veo toda borroneada su sonrisa y también cómo deja la habitación. Escucho una risa histérica, rara, algo así como la de una mujer en un hombre. Tirito. Vuelve sonriendo, pasándose su mano por la boca, parece que evita que se le caiga la baba. Cierro los ojos y me los froto. El ardor se va, sí, así está mejor. Vuelvo a abrirlos. Otra vez ese sufrimiento, acompañado de otro mayor; tener que ver esa sonrisa desmesurada. El hombre se acerca, me agarra del brazo. Yo avanzo, casi ciego. El hombre se para al lado de la puerta.

“Ahora vamos a hacer una prueba; tomate diez minutos, conocé el barrio, fijáte si te adaptas; eso sí, no des muchas vueltas, no sea cosa que te pierdas.”

Voy a contestarle, pero el ojo arde tanto y tengo la boca tan llena de saliva que prefiero callarme; iba a salir un gangoseo lastimoso.

Camino, camino y camino, siempre a paso rápido por calles arboladas. Así pasan dos minutos. Me doy cuenta que debo volver; como en todo, tiendo a los extremos, si camino lo hago mucho y si no estoy parado.

Decido dejar de dar vueltas y me detengo en una esquina. Descubro la puerta de una casa de velatorios. Hay poca gente ahí, algunas mujeres y una nena que me mira fijo. Los lentes de contacto hacen que la nena parezca sacada de una pintura impresionista; se acerca y la miro. Se pone a llorar, tan destrozados debían estar mis ojos. Me desentiendo de la nena y miro hacia la puerta. Quedan cinco minutos. ¿Por qué no?

En el fondo una cortina púrpura casi logra ocultar la pared comida por la humedad. El cajón está solo, perpendicular a la cortina. Nunca vi un cajón tan hermoso, de madera negra y fino trabajo de orfebrería en las manijas. Mis lentes sí que están sirviendo, ya los ojos no arden tanto.

Es tan lindo el ataúd que no puedo evitar avanzar, deleitarme con esa flor de madera. Ya puedo ver las facciones que me esperan; son las de una hermosa mujer, de pelo negro rizado y largo y cachetes afilados

Lentamente una mano se posa en mi espalda. Ahí hay un pibe como yo, no tan pibe, ojos totalmente rojos, perdidos; una mirada triste y vidriosa. Sonríe. Mira el ataúd. Dice:

-Pobre Nora, no aguantó más.

Se acerca a la muerta y me señala el cuello. Una línea recta rosada indicaba lo que había pasado.

-¡Qué valiente!- Es lo único que se me ocurre al descubrir el brillo en la mirada del pibe no tan pibe.

Dejo a Nora y al pibe y salgo para volver a la óptica; los lentes habían vuelto a arder y quería que me los sacaran cuanto antes.

Estoy en la puerta; el negocio está cerrado y mi amigo el contactólogo no sale. Cinco minutos más en la puerta son suficientes. Golpeo en proporción a mi ardor. Nada.

El del velorio pasa (huele mal, muy mal, era él en el velorio y no la muerta) y me sonríe. Me quedo mirando cómo se aleja, su silueta fina y el traje negro, su andar rápido, atolondrado;  todo eso captados por mis lentes muy bien. ¡Las babosas funcionan re bien! ¡Qué suerte! ¡Una cosa menos para hacer!

Veo cómo el pibe se aleja. Sus ropas están deshilachadas, estropeadas y de un color ocre lavado, como si las hubiera usado por mucho tiempo y el sol las hubiera quemado. Toco el timbre otra vez… Nada. Alguien me está tirando de la camisa. ¡A ver!

La nena del velorio es la que tira de la camisa, y al cansarse me pellizca el culo. Ahora me mira seria ahí parada.

-¿Qué querés?

-Nadie va a salir.

-¿Y vos cómo sabes?

Y yo siguiéndole el juego a una pibita. Sabe porque el tipo siempre hace lo mismo. Voy a preguntarle si es familiar del contactólogo pero veo que mira hacia la esquina y sus ojos están turbios, sus párpados temblando ante su posible llanto.

Le sigo la mirada y descubro a un tipo parado en una esquina, apoyado contra un paredón blanco. Debe mediar los treinta y viste tan mal como el pibe. Miro a la nena y veo que su vestido azul está tan lavado que parece el cielo. Descubro uñas sucias y dientes amarillos.

Ahora veo. Ahora me doy cuenta.

Vuelvo a tocar el timbre. Miro el interior silencioso y espero que aparezca la figura bajita. Nada. El lente empieza a volver a arder, aunque veo perfecto, tal vez demasiado, pero arde mucho. Siento como si tuviera un avión atrás de cada párpado o una ballena nadando en mis lagrimales. Es desesperante. Vuelvo a tocar. Desespero. ¡Por Dios! ¡Cómo no había visto el cartelito que dice cerrado! Veo mis ojos en el reflejo del vidrio de la puerta, los nervios rojos, chillando por respirar libres de esa basura pegajosa. Trato de sacarme los lentes; imposible, están adosados a mis globos oculares, tanto que si no fuera por el ardor diría que no tengo nada.

Miro a un costado y descubro a la nena; está parada a dos casas de distancia y me mira con una sonrisa triste. Hace seña con la mano para que me acerque. Camino hasta ella y me agarra de la mano. Siento su palma suave y me dejo llevar. Andamos por varias cuadras. Veo pasar a varios adolescentes meditabundos; algunos miran el piso, otros el cielo con fijeza, como si quisieran desentrañar alguna historia en las nubes. Me doy cuenta que veo perfecto. La nena me lleva de la mano y veo tan bien, hasta diría que demasiado. Ahora doy pasos demasiado cortos y no llego al piso. Andar inseguro… Bajo mejor las escaleras de un boliche estando en pedo que así, es raro. ¿Veo bien o veo peor que antes? Miro a la nena y su cara está demasiado cerca, quiero tocarla y no está ahí. De repente la veo como al principio, cerca de mis caderas, en el lugar que su altura la dejaba. Insiste en llevarme con una sonrisa triste no sé adónde.

Ahora pasa una chica, es hermosa, su cara resplandece de tan linda que es. Saluda a la nena. ¡Pero tiene los ojos enrojecidos! Son dos bolitas rojas, surcadas por riachos blanquecinos. ¡Qué lo parió! “La próxima soy yo”, le dice a la nena mientras revuelve una bolsita y saca un veneno para ratas. Después sonríe, la loca.

A ver si encima piensan que me quiero aprovechar de la nena. Lo que me faltaba. La nena me muestra la entrada a la cochería y entra corriendo. La sigo. Qué oscuridad. Ahora hasta veía perfectamente la oscuridad, recortada más adelante por la lámpara que iluminaba el cajón. La nena me hace seña de que me acerque. ¿Estará loca también…? Bien no está… Veo cómo acaricia los entrelazados dedos finos. Camina hasta la cabecera del ataúd y acerca su mano a los párpados de la muerta. Doy un paso mecánico, para tratar de impedir que se acerque más. Ahí están los ojos abiertos de la chica mirándome sin verme.

-Mirá-dice la nena y comienza a tocar la córnea.

Algo comienza a moverse. Veo la babosa adherida contra el ojo. La nena hace dos movimientos y la saca. Después hace lo mismo con el lente de contacto del otro ojo.

Yo miro sin entender, pero fascinado; otra vez estoy viendo demasiado y llego a discernir la humedad de los lentes sobre los dedos de la nena, que está hablando, susurrando algo. Le digo que no entendí:

-Que solamente cuando están acá se los podemos sacar. Oscar no salió porque él pone los lentes pero nunca se pueden sacar. Ni siquiera los míos. Pero yo me la banco.

Vi que los ojos de la nena brillaban.

-¿Quién te dijo eso?

-Dicen que cuando sea más grande no los voy a aguantar.

Alguien avanza en la oscuridad.

-¿Otro, María?

El pibe sonríe. Lleva una bolsa transparente, que tiene algunas cositas brillantes en el fondo. La abre. La nena avanza hasta la bolsa y deja caer los lentes adentro. Los dos se van.

Camino hasta la óptica y golpeo varias veces. Nada. Entonces me canso y busco la parada del colectivo. La vista me fluctúa; veo a un árbol como gigante y a mi lado y después lejos. Miro al piso y voy a dar un paso. Casi me caigo. Me quedé corto con la pisada y no alcancé el pavimento. Suerte que alcanzo la parada.

Ahora estoy desconsolado porque caí al piso. Me levanto, mientras veo que desde la esquina me miran unos cuantos. Ahí está la nena, el pibe no tan pibe con la bolsita, el tipo que estaba apoyado en una esquina y la chica que me había cruzado cuando iba con la nena. Todos me miran seriamente. Las miradas así impacientan a cualquiera.

Todos desvaídos. Olvidados. Dirijo una última mirada a la óptica. Nada. Sólo existen estas personas que se congregan para mirarme, nadie más.

Deje mis pensamientos coherentes al escuchar el ruido de un motor, era el colectivo y desesperé por llegar a la parada. Sin embargo, sigo acá; levanté la mano cuando estuvo cerca pero no fue más que un truco de mis lentes que me devolvieron el aumento real recién cuando el colectivero señalaba que la parada estaba más atrás.

La gente sigue mirándome. ¡Si por lo menos se rieran…!

Espero al próximo colectivo. Las caras no se ven muy agradables. ¡Que se vayan! “

***

Desenlace:

Glande perdió tantos colectivos como pasaron y encontró imposible el regreso a su casa. Diez años después sigue paseando por el barrio al que llegó cierto día. De vez en cuando, visita el velatorio y ayuda a María, la nenita, a juntar los lentes.

A. F.

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