No te demores

septiembre 28, 2016

 

“Es ella. Es ella”, no dejaban de repetir en el restaurante. Una nena dejó el asiento junto a su madre y se acercó a la figura con el rodete de trenzas que le coronaba la cabeza. “¿Me podés hacer un dibujito?”, le preguntó. Y la mujer asintió, tomó una servilleta y con un lápiz que sacó de un bolsillo de su vestido azul dibujó a la nena con el cuerpo infestado de tornillos y una aureola de estrellas en la cabeza. Lo firmó y se lo entregó. Los clientes la miraban con la boca abierta. La mujer no hablaba ni tomaba el café. La pelusa negra arriba de sus labios llamaba la atención, su atuendo azul estampado con flores rojas llamaba la atención.

Escribió en una servilleta, la lamió y se la estampó en la frente. Decía “Nos vamos”. Se paró y salió del lugar, los que estaban adentro la siguieron.  Caminó hasta un hombre de mediana estatura, entrecano, con un mostacho de morsa y el hombre la miró y dijo “el ego es una falacia, reconozcan la falacia: experimenten el cosmos”. Desafió con su mirada al grupo que había seguido a la mujer. “Es él, es él”, repitieron los jóvenes después de consultar el celular. Le sacaban fotos. La mujer del rodete, el vestido floreado y la pelusa arriba de los labios miraba con reverencia al hombre que tenía al lado, luego tomó su mano y la besó. El hombre dijo: “dejen de luchar contra los monstruos porque el abismo también los mira, el abismo los convertirá en monstruos” La madre con su hija se escapó del grupo que rodeaba al hombre con mostacho. Caminó rápidamente hacia su coche. Abrió la puerta, entró, y con respiración jadeante, intentó arrancar. El sistema automático del coche no andaba. La madre miró a la nena, que estaba embobada con el dibujo. Desde los asientos traseros una figura interpuso la cabeza entre las dos. A la mujer se le saltó un grito. La misma mujer, con el rodete y la sombra en los labios, era como una película de terror. “A la nave”, dijo.

La madre abrió la puerta del coche, agarró a la nena del brazo y salió corriendo por el estacionamiento. La gente seguía rodeando a la mujer con rodete y el hombre con mostacho que decían al unísono: “A la nave”. La otra mujer, idéntica a la que seguía con el hombre, salía del coche y avanzaba hacia la multitud.

La madre llegó a la parada de colectivo en esa avenida amplia. Ahora la mujer enfilaba hacia ellas, las había visto y venía directo, a paso lento pero seguro. También venía el colectivo. La madre alargó el brazo, desesperada y el colectivo se detuvo. Se abrieron las puertas, hizo subir primero a la nena y cuando iba a subir ella, vio que el colectivero era el hombre con mostacho de morsa.  “Los que bailan son tomados por locos por los que no pueden escuchar la música”

–No es Nietszche–le gritó la madre. – Es una frase falsa. Usted no e…

–Vamos a la nave– interrumpió el chófer.

–¿A qué nave?– preguntó la madre.

En el fondo del colectivo había otra mujer con rodete, vestido floreado y pelusa arriba de los labios, rodeada de varias personas, sentadas a sus pies.

–¡A LA NAVE!– repitió la mujer –. Donde no puedan amar, no se demoren.

–Es ella, mamá. Es ella, es la mujer del Face– dijo la nena.

–No, no es ella.

Caminó con su hija de la mano hasta la mujer que estaba sentada en el medio de los asientos traseros. Una chica que estaba sentada en el piso del colectivo la miró y le dijo “En honor a ella le puse el nombre a mi gatita” Otro chico agregó “Vamos a la nave, nada malo”

La madre no podía creer lo que escuchaba. Un joven lampiño que estaba sentado detrás del chofer miró por encima de sus hombros y dijo:

–El paraíso está cerca, a la vuelta de la esquina.

La madre negaba con la cabeza.

–Esta no es Frida, gente. No se dan cuenta, los están llevando al matadero.

El chofer soltó el volante, se atuzó el bigote y dijo:

–No me molesta que me haya mentido, pero ya no puedo confiar en usted.

La madre lo miró con asco.

–Y usted no es ÉL. ¿Qué son? ¿Qué quieren de nosotros?

La mujer con rodete soltó la mano de la joven y dijo:

–Nos vamos.

Miró a la joven y agregó:

–Aquellos que critican a los demás revelan sus propias carencias.

La madre se ofuscó, apretó la mano de su hija, que en la mano libre tenía el dibujito hecho por otra de esas mujeres con rodete y vestido floreado, y se plantó en seco:

–¡Esa frase no es de ella!

El hombre con mostacho de morsa abrió la puerta trasera del colectivo, la mujer con rodete se levantó y le clavó una mirada acerada, enmarcada por sus cejas espesas, a la madre y preguntó.

–¿Se bajan? ¿O vienen con nosotros a la nave?

La madre repasó todo el colectivo. Observó a la chica con mirada enternecida, al muchacho lampiño entusiasta, a los otros jóvenes exultantes que rodeaban a la mujer, chicos con barba tupida, bien delineada, y chicas con trenzas sueltas o enramadas en la cabeza, todos con destellos alegres en los ojos, y finalmente a su hija.

–Es ella, mamá. Tenemos que ir.

–Sí, es ella, hermosa–le contestó, mientras le acariciaba la frente.

Las puertas del colectivo se cerraron.

 

 

A. F.

 

La más buena.

septiembre 19, 2016

Son muchas las conversaciones que oigo. La mayoría no las escucho porque el ruido de la música está alto y significa un esfuerzo para mí concentrarme en una en particular. En general estoy cruzado de brazos y miro el culo lindo de María al darse vuelta para buscar los vasos y servir la cerveza tirada. Por lo general, no tengo que arrastrar a nadie hasta la puerta. Por lo general: a veces dos imbéciles se empujan sin querer y empiezan una pelea de borrachos y ahí me tengo que despegar de mi lugar. También lo dejo para ayudar a levantar las sillas a las doce, es el horario en que dejan de servir comida los de la cocina y el bar se convierte en una pista de baile. Era un poco después de las doce cuando el grupo de tres chicas se detuvo cerca de mí para tomar sus tragos. Dos chicos estaban pidiendo pintas en la barra. Pude apreciar otra vez el culo de María. Los dos chicos se pararon cerca de las chicas, como centinelas, aunque había más lugar atrás. Uno de los pibes era alto, atlético, el otro bajo y atlético también. En cuanto a las chicas, dos eran morochas de la misma altura y la tercera era castaña, de ojos claros, cara afilada. Parecía no tener tetas. Las morochas, más que nada una, tenía un escote bien relleno. Estaba tranquilo, relajado, me suelo tomar dos miligramos de clonazepam para aguantar más tiempo sin fumar.  Mientras un cliente esperaba, yo miraba el culo de María, en general miro el culo de María muchas veces por noche. El pibe alto se acercó a las chicas.

—Son todas muy lindas —dijo—. Pero: ¿cuál será la más buena?

Todas sonrieron menos la castaña, que miraba el piso. Las morochas señalaron a su amiga y dijeron al unísono “Ella”. El pibe se acercó a la chica que estaba apoyada en la pared.

—¿En serio?

—No soy buena.

—¿Qué estudias?

—¿Qué te importa?

—Dale, ¿contame que estudias?

—Veterinaria.

—¡Qué bueno! Yo tengo una gata.

—¿Y cómo se llama?

—Berta.

—¿Cómo? —. La chica levantó la voz.

—Berta—. El chico habló más alto. Tosió. Tomó un trago de la cerveza.

—Qué nombre.

—Sí, es una siamesa.

—Son lindas las siamesas. Hay siamesas siamesas con poco pelo y siamesas thai.

—Son todas de Tailandia.

—Sí, son todas.

Las amigas hablaban, entre sonrisas y miradas rápidas dirigidas al pibe.

—¿Cómo te llamás?

—Guadalupe.

—Lindo nombre.

—¿Y vos?

—Guillermo… ¿Y, es verdad?

—¿Qué cosa es verdad?

—¿Qué sos buena persona?

—No soy buena te dije —dijo Guadalupe mirando el piso.

—Pareces buena —dijo Guillermo.

—No tengo ganas de seguir.

—¿No tenés ganas de seguir…?

—Hablando.

—¿Por qué, qué te pasa? —preguntó Guillermo.

—Me separé hace poco. Estoy triste.

—Yo también me separé hace poco.

Guadalupe levantó la mirada.

—Y también estoy triste —agregó Guillermo.

—No se nota.

—¿Querés un poco? —. Guillermo le ofreció su vaso a Guadalupe. Ella asintió y tomó dos sorbos de cerveza. Miré el culo de María, mi trabajo estaba lleno ya a esas horas.

–Qué te parece si salimos de acá —dijo Guadalupe—. No aguanto más el reggaetón.

–Yo tampoco —. Guillermo miró a su amigo—. Dale, vamos.

Guillermo se acercó a su amigo. Intercambiaron algunas palabras. El amigo se acercó a las otras dos chicas. Se puso a hablar con ellas mientras los tres miraban a Guillermo y a la supuesta chica buena que enfilaban para la salida.

—Buena onda tu amigo —dijo una de las morochas.

—Sí, es muy simpático.

—Y eligió a Guada, que es muy particular.

—¿Por qué es particular?

—¿Guada? Es particular. Es… distinta.

—Tu amigo se habrá dado cuenta—dijo la otra chica.

—¿Cuenta de qué? ¿Distinta cómo?

Las chicas se rieron.

—Entonces si no te dijo nada no se dio cuenta —dijo una.

—¿De qué se tenía que dar cuenta? —preguntó el pibe.

Las chicas intercambiaron miradas cómplices.

—… De nada…

—¿Quieren un poco de cerveza? —dijo el pibe y le pasó el vaso a la que estaba más cerca.

El pibe se rió fuerte.

—¿No es una chica?

—No —dijo la chica que recibía el vaso de la otra.

–Yo no me di cuenta, tampoco. Parece una chica.

–Pero no es —dijo la otra.

—Es… ¿un traba?

Las dos chicas se miraron y sonrieron. Las dos estaban vestidas de negro y tenían tatuajes en las muñecas. No sé qué dibujo tenían, porque los vi de refilón mientras tomaban sus sorbos de cerveza.

—No —dijo una, la más tetona.

—¿Y qué es entonces? —preguntó el pibe.

–No es un traba, sólo eso.

El pibe miró hacia la puerta de salida.

—Y si no es un traba y tampoco es una chica… ¡¿qué es?!

—No te podemos decir.

—Como no me van a poder decir. No jodan… ¿QUÉ ES?

—No te podemos decir, pensamos que tu amigo se dio cuenta —repitió la otra.

El pibe las miró a las dos. Asintió y tomó otro sorbo de cerveza. Las dos chicas hablaban entre ellas. El pibe abrió la boca para decir algo.

—Perdón—dijo la tetona.

Las chicas se fueron para el fondo del boliche. El pibe me clavó la mirada. Yo hice como que no lo veía. Me fue fácil porque María otra vez se volteaba para ir a buscar un vaso.

 

A. F.

 

Kong 9

agosto 24, 2016

Estimado Adrián,

Los pingüinos siguen existiendo en mi época, pocos, pero hay. No me preocupan. La ciudad está repleta de aves de todo tipo, muchos reptiles y ardillas.

Te escribo desde mi sillón volátil en Impresiones Rivera. Son muchas las novedades y pocas las ganas de transmitirlas que tengo. Lo sentiste, es inevitable. Entré en un estado de anhedonia. El cenicero vuela a mi lado. Volví a fumar desde que Taka decidió renunciar a la empresa. De repente, perdí a mi compañera.

Tuve que presenciar cómo se pasó al bando de los No-seres. El grupo con el que se fue es comandado por un hombre con cabeza de tigre. Yo desistí de seguir su camino, tal vez sea su lugar de pertenencia. En Rivera, ya sabíamos lo que era. Otro agente, cuyo nombre hace honor a un clásico de una banda olvidada, Karma Police, está detrás de ella y su pandilla. Muchas metáforas o creencias de tu tiempo se han convertido en reales en nuestra época. Confundido, sembré pistas falsas para que Taka pudiera huir. El mismo agente, perseverante, brutal, me persiguió a mí hace muchos años cuando intenté desertar de Impresiones. Mi escape y persecución sería más para una serie televisiva que para una carta.

Me enteré que en tu presente fuiste a Neuquén y a Mendoza. Hiciste tirolesa (hoy en día es una de las formas de cruzar de edificio a edificio) y rafting, donde te empapaste hasta el alma. Cualquier actividad que permita que disfrutes de la naturaleza es buena para vos. En nuestro tiempo los espacios verdes son escasos pero selváticos. Hasta los jardines suelen ser densos, plantados con diversas, multicolores, especies. Los No-seres han influido mucho en lo cultural.

A pesar de la anhedonia dominante, estoy siguiendo las huellas de un No-ser. Es un personaje de lo peor que ha cometido varios crímenes. Un vampiro. Alguien decidió crearlo para una película de género nacional, de terror claro, pero escapó del set y comenzó a hacer desmanes en el barrio de Villa Bunge. Primero atacó a personas en un bar. Después en el quiosco de una estación de servicio (asesinó a los cajeros) Tiene la capacidad de reptar por las paredes y de replegar sus alas. Por la calle parece un transeúnte más. La búsqueda del vampiro me aleja de las cavilaciones sobre el futuro sin Taka. En Rivera están buscando a un reemplazante: rechacé a todos los sugeridos hasta el momento.

Como el No-ser-Vampiro atacó a varios empleados del diario Nueva Buenos Aires comencé a trabajar de cadete ahí. Camino mucho, lo que me mantiene en forma.

Lo molesto en esta época son las aplicaciones virtuales. Tengo colocada en mi reloj la aplicación ¿Existes?. En cuanto la aplicación detecta una mirada a tu reloj, estira tu mano hacia la persona que miró. Otra manera de funcionar que tiene es detectando una aceleración del pulso al mirar a otra persona. Si tu pulso se acelera y el de la otra persona también, las dos manos que tienen la aplicación se estiran.

Es una de las formas de aplacar la merma en las relaciones amorosas de la actualidad. Si uno no quiere, retira la mano y la vuelve a su posición. A veces la mano sale impulsada con tal fuerza que uno se choca con la persona lo que provoca las reacciones más patéticas, especialmente cuando las miradas fueron casuales y sin intención amorosa. La aplicación no es capaz de distinguir entre los No-seres y los humanos. Es su punto débil.

Se le ocurrió a un científico argentino después de que se empezará a usar la siguiente modalidad de levante. La gente dejaba caer cualquier objeto en la calle para que otra persona la levantara y así entablar una charla que podía terminar en un café. El vampiro la usa para hacerse de más víctimas, así que tuve que hacer lo mismo.

Me llegan noticias de tu presente, atrasadas, mi concentración es menor: el trabajo diario en un ambiente gremial, las duchas frías desde que te cortaron el gas hasta que pusiste la ducha eléctrica, vos llevando a operar a tu gata, la grabación de una mujer que te habla desde tus prótesis auditivas y te dice pila agotada al unísono cada tanto, un pequeño milagro, los proyectos audiovisuales a los que seguís apostando con tanta fuerza. Tu compañera de trabajo que te contó que tiene un pariente en el Vaticano con acceso a las áreas restringidas que guardan videos de gente poseída por demonios…

Siento tu fuerza, es… estimulante. Morís y renacés todos los días. Sé que te dejé abandonado en el período más oscuro de tu vida. Era tan fuerte lo que me llegaba que no pude escribirte. Ahora parece como que estuvieras rodeado de gente brillante, sensible. Eso es fuerte también y me llega, a pesar de todo.

¿Sabés qué?  Tal vez, yo también esté recuperando las fuerzas.

Me dijeron que me parecía a un actor famoso, Douglas Wali Knight (una estrella de Bollywood) Durante mi vida, me han comparado con varias personas. Incluso me reconocen fácilmente, aún sin conocerme, como si me conocieran de otra vida. Sé que a vos te pasa lo mismo. Te comparan con actores distintos. No voy a decirte de dónde viene esa facultad de parecerse a las personas. No quiero encarar en esta carta mi teoría sobre los actores, la simbología y la mitología.

Tengo que rajar. A una reunión.

Tu época es difícil porque están ocurriendo muchos cambios vertiginosos de los que no se dan cuenta. Las personas están empezando a convertirse. El alma se duplica para adaptarse a lo tecnológico. No es algo tangible.

Un abrazo,

Kong.

PD: en una persecución, estuve en un momento frente a frente en el  borde de la azotea de un edificio con el vampiro pero la belleza del despliegue de sus alas tornasoladas me impidió disparar. Lo observé volar, mientras encendía un cigarrillo común (odio los electrónicos)

Ya que hablás de yoga. En la práctica del mismo es importante observar sin juzgar. Es lo que hice. Si se enteran acá, me echan.

 

 

Kong 8

agosto 19, 2016

 

Querido Kong,

El otro día estaba el cielo estrellado y pensé en el tiempo y en que las estrellas que vemos ya no están ahí, me acordé de vos y decidí escribirte. ¿Cómo van las cosas con Taka? ¿Siguen persiguiendo No-seres en el futuro? Por acá la gente juega a algo parecido, buscan con el celular a un dibujito virtual. Según mi cuñado, mientras paseaba a su perra, un hombre se detuvo celular en mano frente a las rejas que protegen una estatua. Berreaba porque no podía cazar al ente virtual en el recinto.

Bueno, te digo algo contundente. Con la práctica logré sentir yo también tus pensamientos. Me llega malestar y confusión.

Va para vos una metáfora aprendida en yoga, no es una metáfora pero yo le voy a llamar metáfora. Hay que tener el plexo solar fuerte para contener el ego y a la vez estar bien plantados frente a los demás. Tener ego no significa ser egoísta. Es otra cosa. El plexo solar está entre el corazón y el ombligo, más o menos, y manejándolo, creo que se pueden lograr cambios en la realidad.

En tu tiempo, y por tu trabajo, espero que no dejes que te hagan la gran “Naranja Mecánica”, que es lo que la sociedad nos hace a todos para civilizarnos, por eso el poder de esa película. Y digo por su escena final.

En mis épocas de universidad, una ayudante me regaló una claqueta de cine con una papelito que decía “Ama el arte en ti mismo, más que a ti en el arte”. Una frase de Stanilavski.  Prefiero lo de Kant: nunca usar a una persona como medio. El arte no está en nosotros mismos. Ni nos buscamos a nosotros en el arte. Simplemente, como diría Saul Bellow, perseguimos una verdad…

Tal vez no seamos nada. Ni exista nada parecido a un destino. Pero somos lo que construimos y lo que sentimos en este momento. ¿Cabe alguna duda?

Hay que aprender de los animales, también. Un animal no confía rápidamente. Uno entra en algunos lugares y siente algo en el corazón que está más allá de cualquier explicación racional. Agobio, pesar, rendición. Me pasa en un local de copias comerciales que suelo visitar por mi trabajo (te adjunto una fotografía). El otro día el tipo tenía la radio encendida y pasaban Rocket man. Seguro que siguen escuchando a Elton John en tu tiempo. También otra canción, de una película, de un grupo desconocido, que me puso bastante triste.

¿Vos estás seguro que te gusta tu trabajo? Suena mucho más interesante que el mío. Estos No-seres serían un peligro contra la humanidad si proliferaran. ¿No será una metáfora lo de No-seres y lo que me escribís desde el futuro es simplemente la manera en que la humanidad se alienó?

Hoy soñé con peceras grandes, con peces que competían y se destrozaban entre ellos, en especial a los más débiles, una especie de cruza entre delfín y discus, y yo tenía que recorrerlas y salvar a los que pudiera. En una de las peceras había una araña marina, animal inexistente creo, y yo tenía mucho miedo de meter la mano ahí. Los peces eran devorados por otros peces o estos pequeños monstruos. Creo que también por eso te escribo. Tal vez soñé con tu trabajo.

Y ya que estamos con los animales. En un documental de Werner Herzog, cineasta de nuestros tiempos, un pingüino se aleja de la parvada. En vez de adentrarse en el mar, enfila hacia el continente. Lo espera la muerte. Pero tal vez, pienso, más pingüinos hagan lo mismo y terminen evolucionando de esa manera. No lo sabemos.

¿Cómo son los pingüinos en tu época, amigo Kong? ¿Siguen existiendo?

Bueno, me espera una fotocopiadora. Trámites y diligencias. Cientos de hojas, en las que leo palabras como: inoficioso, escalonada, expendiente, frases como dar lugar. Inoficioso, ¡qué palabra! Tal vez estas cartas sean inoficiosas, ¿no lo pensaste?

Pero yo no estoy ahí. Parafraseando a una canción de Sting, cayendo en un sentimentalismo irremediable, ésa no es la forma de mi corazón.

Abrazo grande,

Adrián

 

Neurocine: ¿cómo asegurarse un éxito?

agosto 16, 2016

 

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Las empresas de neuromarketing  testean los trailers de las películas con espectadores. Usan estudios como imágenes por resonancia magnética, electroencefalogramas, respuestas galvánicas de la piel, rastreadores oculares y otros indicadores biométricos. Con esta ayuda de la ciencia, encuentran el “target” del producto.

Estos medios también se usan para el proceso de desarrollo del largometraje. Con el objetivo de ayudar al realizador a refinar el guión, los personajes, la trama, las escenas y los efectos. El profesor de la Universidad de Princeton Uri Hasson usa el término “neurocinematics” para referirse a los estudios del cerebro con los que se descubrieron que las películas de terror, acción o ciencia ficción activan las áreas de la amígdala que controlan las emociones extremas. Hasson afirma que a través de la dosificación de la edición y los demás recursos audiovisuales se puede estimular la respuesta emocional de los usuarios y por lo tanto definir el impacto que tendrá en taquilla la película.

Lo opuesto a lo anterior, sería la figura de un pionero de Hollywood, como el productor Darryl F. Zanuck, que se infiltraba en los cines para medir la respuesta de sus producciones. ¿Cómo?  Mirando la cara de los espectadores. El hijo de Zanuck, Richard, que murió en 2012, fue otro gran productor (cuya filmografía pasa de Tiburón a El gran pez).  Despedido por su propio padre de la empresa, supo armarse una carrera única (y el aprecio de directores reacios con los grandes estudios de Hollywood, como Tim Burton) Richard era un productor con olfato, experiencia e instinto, que tal vez se reiría de los nuevos métodos.

Los productores y directores actuales son más permeables a la ciencia. James Cameron dijo que las imágenes de resonancia magnética pudieron detectar en los estudios realizados para su película Avatar que se necesitan más neuronas para procesar el visionado en 3d que en 2d. La compañía de servicios de neuromarketing MindSign brindó servicios gratuitos al director de Terminator, para escanear la respuesta de algunos espectadores al tráiler de Avatar. Otra compañía en el rubro es EmSense.

Algunos van más allá y auguran una convergencia entre las películas y los videojuegos. Netflix y Facebook jugarían un rol importante en la personalización de los contenidos, creando a través de las respuestas de los usuarios, modificaciones en directo del producto para cada tipo de persona. Una especie de “Elige tu propia aventura” con muchas versiones de una película, finales y vueltas de tuercas de la trama para elegir a gusto.

Por ahora, y más con la noticia que relativiza la utilidad de las resonancias magnéticas (http://www.elespectador.com/ponen-duda-40000-estudios-sobre-el-cerebro-articulo-642276), me parece que lo que le gusta o no a un espectador y lo que hace que una película funcione en taquilla sigue siendo un misterio que tiene más que ver con la creación y el inconsciente del artista. Y con la capacidad del realizador de transmitir sus imágenes y emociones al espectador.

Adrián Gastón Fares

Referencia Imagen: http://cdnb.20m.es/sites/127/2015/08/Avatar-escena-beso.jpg

Fuente: http://www.fastcompany.com/1731055/rise-neurocinema-how-hollywood-studios-harness-your-brainwaves-win-oscars

http://www.corsofilms.com

 

En torno a mi tío abuelo, Alberto Laureano Martínez.

agosto 12, 2016

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En esta fotografía posa Homero Manzi con mi tío abuelo, Alberto Laureano Martínez (a la derecha)

Mi Internet de chico, mi biblioteca de chico, estaba llena hasta el techo de libros que habían pertenecido a él. Autor de tangos como Andrajos, Yo tengo un pecado nuevo, Coplas, Adiós, Luto blanco y varios más. Murió en 1980 en España así que no lo pude llegar a conocer. Descubrí, subido a una escalera, que leía a Dostoievski, que tenía la colección completa de las obras de Bernard Shaw, un libro dedicado de Felisberto Hernández, Carson McCullers, y otros libros más que no agarré.

Conoció a los grandes de la música de esa época, se juntaba a jugar al póker con Troilo, Discépolo, Mores, Manzi, etc. Por lo menos, eso tengo entendido. Escribió una obra de teatro que no leí y está en algún lugar de la casa de mis viejos.  Mi tío abuelo era un dandy. Por razones que no escribiré, no pude llegar a conocer tampoco al resto de mi familia paterna.

Más allá del descubrimiento de Dostoievski, yo prefería al inspector Poirot, a Miss Marple, a Poe, y relegaba a Shaw. También a Stephen King, a Clive Barker, Lovecraft, las compilaciones de cuentos de terror, y la enciclopedia Salvat. Prefería la Billboard, que traía mi viejo del laburo, y la Conozca más . Todo eso hasta que llegó Borges (ay, Cortázar te leí, te considero un amigo, pero no te pude disfrutar, sólo algunos cuentos), Rilke, Hemingway y  Bukowski. Y luego Philip Roth y Cormac McCarthy y otros más…

Con las películas, todo empezó, tal vez, con Bernardo y Bianca, las adaptaciones de Poe con Vicent Price (creo que dirigidas por Roger Corman), El planeta de los simios con Heston en una playa frente a los restos de la Estatua de la Libertad, el mundo del VHS de fines de los ochenta y los noventa, y un día llegó Cinecanal con El sabor de la cereza

En fin, me hubiera gustado conocer a mi tío abuelo, y que me contara sus historias. También me hubiera gustado conocer a otros familiares que no pude conocer.

Referencia fotografía y algo más sobre la historia de mi tío abuelo:

http://tangosalbardo.blogspot.com.ar/2013/06/andrajos_14.html

 

Adrián Gastón Fares

 

El olivo

agosto 10, 2016

(A Edgar Lee Masters)

 

El olivo es el árbol que me vio nacer

El que me vio sonreír

El que me vio sufrir

Al olivo me subí

Me dio de comer

Y me hizo reflexionar

En un cementerio

Sobre esta vida corta

El olivo me enseñó piedad

Al olivo me abracé

Cuando no tenía fuerzas

Lo descascaré con ansiedad

Y lo regué para que creciera más alto y más fuerte.

Pertenezco a la familia del olivo

No me caben dudas.

Del olivo me colgué.

A. F.

 

La ficción del Asperger

agosto 10, 2016

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Hans Asperger era un psiquiatra y pediatra austríaco que en 1943 describió el síndrome que ahora lleva su apellido para describir a individuos con personalidad asocial. De ahí en adelante, muchas personas con patologías similares al Asperger se han autocalificado a sí mismas con el síndrome o fueron diagnosticadas a mansalva con el mismo por psiquiatras. La falta de empatía es uno de los síntomas del Asperger, así como la ritualización de tareas que no tienen sentido.

El Asperger es un peligro para los sugestivos. Internet está lleno de sitios con personas que se auto diagnostican como asperger. Hasta se consigue el test para que cualquiera pueda ponerse a prueba. En Buenos Aires hay especialistas en el síndrome como el doctor Víctor Ruggieri o Nora Grañana, cuyos pacientes son niños con diversos niveles de autismo.

La memoria eidética (o memoria absoluta, tal vez como la de Funes el memorioso), la sensibilidad a la luz, al tacto, a la visión, suelen relacionarse con el Asperger. No voy a entrar en la descripción de los síntomas porque hay mucho material en Internet, incluso un libro muy interesante (PERCEPCION SENSORIAL EN EL AUTISMO Y SINDROME DE ASPERGER, de Olga Bogdashina) que raya el ocultismo. En este libro, se describe al Asperger, como una persona que no se asombra con ilusiones visuales (no las percibe), nota rápidamente cambios de temperatura en los ambientes, no reconoce un entorno familiar si lo mira desde otra perspectiva, se molesta fácilmente en lugares ruidosos, si habla más de una persona no entiende porque no logra filtrar los sonidos, no distingue los estímulos táctiles de diferente intensidad, hipersensibilidad a los ruidos y a los olores, alergias, cierta torpeza y rigidez de movimientos,  fascinación con ciertas luces y sonidos.

En fin, según Bogdashina, la persona con Asperger tiene una percepción sensorial hiperdesarrolada y para eso crea mecanismos defensivos contra la misma, que pueden llegar a la sordera o ceguera. En este caso sería estimulante compararlo con el documental de Werner Herzog “Land of Silence and Darkness”. Tampoco se trata de desprestigiar el trabajo de la lingüista (Bogdashina), cuyos hijos con diferentes niveles de autismo la llevaron, entre otras cosas, a investigar mucho sobre el tema.

También un asperger ignora el doble sentido de frases y chistes. Algunos tienen sinestesia, asocian colores a los sonidos, o huelen olores que no existen. O prosopagnosia, tardan en reconocer las caras de sus allegados.

Vamos a seguir la corriente y formular una teoría descabellada.

Podríamos decir que Stan Lee, uno de los fundadores de Marvel, posee el síndrome porque no se ha sacado en su vida los anteojos oscuros para filtrar la luz, por lo que parece ser hipersensible. De ahí, podemos pensar que la creación de superhéroes, personas con diferentes capacidades a las normales, son una consecuencia de la existencia del síndrome en el creador de Hulk y X-men.

En la literatura, la descripción que hace Bertrand Russell en su autobiografía de su amigo Joseph Conrad podría ser la de un Asperger.

Hay películas que abordan directamente el tema como Crazy in love, bastante mala, otras más memorables como Rain Man o la animada Mary and Max. Y para volver a los superhéroes y a Marvel, está Guardianes de la Galaxia, donde los personajes no entienden los chistes con doble sentido y, si la miramos con el filtro del Asperger, toda la película parece tener referencias al síndrome. Ni hablar de la tan mencionada afiliación al Asperger del personaje Sheldon, de The big bang theory, cita fácil de algunos psiquiatras. Y hasta podríamos decir que también el protagonista autodestructivo y visionario de la primera temporada de True detective es otro ejemplo.

Por lo tanto, me parece importante, antes que nada, definir mi postura, a través de algunas preguntas a psiquiatras y psicólogos de Buenos Aires que hice para un posible documental.

El Asperger está sobre diagnosticado. “Es una bolsa de gatos”, me dijo un psicólogo. Un individuo que lo tenga, en general niños, no reacciona al entorno, no tiene empatía, no pueden angustiarse, no son genios si no que repiten tareas inservibles, y esto último es muy importante: no se ponen a investigar sobre si son o no Asperger. En Facebook circulan notas nocivas como la del supuesto Asperger de Messi, escrita por un español, que pueden hacer que cualquier persona piense que tiene el síndrome. Y existe también la relación falsa entre savants, niños índigo y el asperger.

Como conclusión, volvamos a nuestro lugar de partida, Internet es el gran libro de la mitología (palabras) y simbología (imágenes) de nuestra época. Una gran ficción descontrolada, donde hay de todo para todos. En este caso, pido a mis lectores que borren esta descabellada nota de sus mentes.

Adrián Gastón Fares

Referencia Imagen:

http://ocio.lne.es/img_contenido/noticias/2014/08/333407

Nonthue: el pueblo bajo el agua.

agosto 1, 2016

En las últimas vacaciones de verano no sabía qué hacer, así que dos o tres días antes de la fecha que me había pedido en el trabajo, decidí anotarme en un viaje en grupo, organizado por la UBA, que ofrecía una estadía en unas cabañas en las orillas del Lago Nonthue, creo que a unos cincuenta kilómetros de San Martín de los Andes. El Nonthue es una continuación del lago Lácar.

De entrada, en el viaje en el bus, me hice un par de amigos. Después de un largo viaje, con parada en Junín de los Andes, llegamos, y al otro día descansaba con una chica al lado acostados sobre una piedra.

Las salidas eran largas y cansadoras. La más cansadora de todas fue el trekking en el Cerro Mallo, de pendiente pronunciada, seis horas de subida y seis de bajada. Los coordinadores hacían juegos, uno de ellos consistía en hacerte amigo de un árbol y abrazarlo. Para eso un compañero te guiaba con los ojos vendados hacia uno de los árboles. La cuestión era retornar algún día para saludar al árbol amigo.

Me gustan los árboles. Creo que toda familia tiene su árbol, y el de la mía es el olivo. Igual, no sé qué tipo de árbol abracé en el viaje.

Uno de los días, después de retornar de una excursión mañanera y almorzar, me acosté a dormir la siesta. Con el viento fresco que venía del lago y se colaba por la puerta de la cabaña en esa habitación mixta, se dormía con ganas bajo la bolsa de dormir.

Al despertarme, me pareció que el refugio estaba silencioso. Por mi pérdida de audición a veces no me doy cuenta de dónde proceden los sonidos. Me quedé dormido con los audífonos puestos pero el sueño fue tan profundo que no noté que en algún momento el bullicio de la gente jugando al vóley afuera amainaba. Después me dirían que me despertaron y que yo dije algo así como “ahí voy”, pero seguí durmiendo. De esto, ni enterado.

Al salir de la cabaña encontré el lugar vacío. Miré al cerro Mallo y todo era de una tranquilidad de lo más protectora. Pero, angustiado y medio nervioso, caminé unos pasos y me crucé a la señora de limpieza del albergue. El grupo había partido en el bus a una excursión al lago Hum Hum hacía diez minutos. Me quería matar. ¿Qué haría esas cuatro o seis horas?

No era la mejor época para quedarme solo con mis pensamientos. Traté de dormir un poco más en la cabaña pero no pude.  Salté de la cama y caminé hasta la orilla del lago con “Levantad carpinteros, la viga del tejado” en la mano. Leí un poco y encendí un cigarrillo. Detrás de mí, separada del albergue, había una cabaña. Las gallinas andaban sueltas, dando vueltas de acá para allá. Ese día, el dueño de la casa, un hombre de unos setenta años, tenía compañía, y en la orilla del lago había unos chicos arriba de una canoa atada con una soga larga en el tronco que yo estaba sentado. Un perro también daba vueltas como las gallinas y se acercó a olfatearme. Un hombre con cara aindiada apareció y me pidió un cigarrillo. Le convidé y le conté que estaba solo porque perdí la excursión. Le comenté que debía ser lindo andar en bote en ese  lago. Me dijo que sus hijos estaban por salir, que fuera con ellos. No lo dudé y me subí al bote con una nena de unos seis años, un niño de unos once y una adolescente. El niño era el que remaba. La tenía muy clara. Cruzamos el lago Nonthue hasta una isla boscosa. Decían que por ahí había mapuches. De noche se veían luces del otro lado del lago, pero los turistas no sabíamos si eran luciérnagas o qué. Caminé un poco por la isla. La excursión en canoa me alegró el día y volví lleno de energía. Estaba seguro de haberla pasado mejor que mis compañeros del viaje.

Al retornar, a la distancia, el albergue se veía desierto todavía. Le agradecí al padre de los chicos el viaje en canoa. Estaba sentado, con su mujer, alrededor del dueño de la cabaña, que tenía un vaso de sidra en una mano y la otra sobre su rodilla. Me preguntaron si quería un poco. Les dije que no y me sumé a los mates que servía la mujer. Ya el sol había bajado y hacía frío.

El hombre estaba contando historias de rescates. Varios habían desaparecido en las excursiones de trekking, incluso un grupo de holandeses había perdido gente, y él era convocado por gendarmería para encontrarlos. Conocía esos lugares mejor que nadie.

Un nene había desaparecido y los perros de gendarmería buscaron en vano por el lugar, reclutando al tomador de sidra para la búsqueda, cuyos perros llegaron a un lugar donde se detuvieron. En ese momento, no encontraron nada.  Meses después lo encontrarían muerto  al niño cerca de ese lugar.

Cada vez que alguien salía de excursión de pesca y desaparecía era a él al que llamaban para que rastreara el lago y encontrara lo que había que encontrar. Así pasó con un pescador. Él lo encontró y lo tuvo que enganchar con sogas para sacar el cuerpo hinchado del fondo del lago. Gendarmería no sabía cómo sacarlo. Quise saber si había visto alguna vez algo raro. Dijo que sí, pero que no quería hablar de esas cosas porque lo iban a tomar por loco. La mujer, creo que la nieta del hombre, lo animó a soltar la lengua.

Contó que una vez iba en su canoa, y vio que una forma gigante lo perseguía bajo el agua. Trató de no mirar hacia atrás, pero la forma, con el color de la piel humana, rodeó su embarcación. Siguió remando para alejarse y la forma lo siguió hasta que, de repente, desapareció. Después de ese día, empezaron las pesadillas, mucho peores que la persecución real.  No podía dormir de noche. La forma que había visto se repetía en sus sueños. Dijo que a él le pareció que había un pueblo bajo el agua. Sus pesadillas tenían que ver con eso. Una suerte de inversión del bosque.

Su obsesión con la forma que lo persiguió duró años, y parece que el hombre jamás se recobró del todo de ese viaje, nunca más pudo dormir en paz. Había gente viva bajo el agua. Además de los muertos que solía desenganchar del fondo del lago.

Un forma con piel humana. La descripción es vaga, pero es lo que el hombre dijo. Contaron historias del camino de Neruda, de la construcción de un museo del Che Guevara en San Martín de los Andes, que había construido el esposo de la nieta del hombre, el que me invitó al viaje en canoa. También el hombre había domesticado a un jabalí, que termino matando, para hacer no sé cuántos kilos de chorizo.

Ya casi de noche, una chica vino corriendo desde el albergue a buscarme. Agradecí la compañía a los presentes y volví con el alegre grupo de turistas.

Adrián Fares

Las mil grullas

julio 12, 2016

Los esperaba la guía turística, una nikkei, para escoltarlos a un coche que los llevaría a un hotel, ubicado en Recoleta. El doctor Nagao y el doctor Tanaka rayaban los cincuenta años. Era la primera vez que venían a Buenos Aires, de parte de la organización Nihon Hidankyo, para censar a una hibakusha. Hibakusha significa sobreviviente de las bombas de Hiroshima y Nagasaki.

Ni bien se subió al coche, Nagao, de anteojos y entrecano, le preguntó a la guía turística dónde podrían comer carne argentina. Tanaka, de pelo bien negro y aspecto mucho más juvenil que su compañero, miraba por la ventanilla del coche y callaba. Pensaba en su hermana que vivía en Buenos Aires. Debía visitarla y tenía miedo de verla después de tantos años. Apenas hablaban por teléfono. La esposa de Tanaka decía que su hermana, una mujer acerada, le iba a pedir la parte de la venta de la casa familiar que le correspondía.

Le dieron una propina a la guía y subieron a sus habitaciones. En el pasillo se saludaron con una inclinación de cabeza y se separaron. Al otro día se dirigieron, con la guía turística, al barrio de Olivos. La guía tocó el timbre. La mujer, Sadako, de 86 años, abrió la puerta y los dejó pasar. Caminó lentamente, encorvada, hasta un sillón al lado de una radio antigua, y se sentó. Tanaka rellenó unos formularios mientras le hacía preguntas a Sadako. Nagao, a su vez, le tomaba la presión. Era la única sobreviviente, reconocida oficialmente, que quedaba en la Argentina. La mitad de su cuerpo era una telaraña, surcado de cicatrices menos llamativas que las arrugas que tenía el resto. Su marido había muerto. Sadako les repitió varias veces eso a los médicos y les señaló la repisa, donde estaba el altar con la foto de un japonés sonriente, acompañada de una fruta, un mango, y una tacita de té. Ella también quería morir le dijo a Nagao. Ya había vivido demasiado. Sus amigos también habían muerto. Sadako bromeó sobre su nombre y el de su tocaya, otra sobreviviente de Hiroshima más famosa, la niña que había plegado mil grullas. Según una leyenda japonesa, plegar mil grullas concede a una persona cualquier deseo. Ella, a diferencia de la niña, había construido tres. Tanaka le extrajo sangre. Antes de dejarla hundida en el sillón, recibieron dos de las grullas, que según el deseo de Sadako, debían llevar a Japón y exhibirlas en sus casas. No quiso recordar el día de la explosión, porque decía que cada vez que pensaba en eso se volvía más ciega.

Trabajo hecho, le dijeron a la guía y le preguntaron otra vez dónde podrían comer carne argentina y ver algo de tango. Fueron a un restaurante los tres, comieron un poco de un bife duro. Nagao pidió un whisky para acompañarlo. Luego fueron a una milonga por San Telmo y Nagao dio unos pasos confusos de baile con una argentina de la que se enamoró al instante. Tanaka no quiso participar y escuchó y observó, sin dejar de tomar cerveza. La guía los dejó en el hotel y les advirtió que si salían al otro día tuvieran cuidado con sus pertenencias, que las dejaran en la caja fuerte del hotel.

No esperarían al otro día. Apenas la guía se fue, Tanaka y Nagao se unieron en el pasillo del hotel y bajaron la escalera para escabullirse en la ciudad. Guiados por un taxista, fueron al Bajo, a un pub irlandés donde siguieron bebiendo whisky y cerveza, y observando a las mujeres argentinas. Apenas intercambiaron un par de palabras. Una escort que estaba en la barra se les acercó y les dijo en inglés lo que les ofrecía. Thank you, contestaron y nada más. Siguieron prendidos a sus copas, hasta que empezaron a sonreír solos, cada uno pensando en lo suyo, en recuerdos, en otros viajes.

Al otro día, Tanako fue acompañado con la guía hasta la casa de su hermana, en Burzaco. Se saludaron y se sentaron frente a frente en una mesa cuadrada de vidrio. La guía esperaba en el coche con el chofer. Yoko, la hermana del doctor Tanako, era algo más joven que él. Los ojos se le humedecieron al verlo pero pronto sintió que era un extraño. Tanako le entregó las semillas del mizuna que ella había pedido al saber de su visita. Un gato daba vueltas por la casa y se pegó a las piernas de Tanaka, que aguantó esa tortura, estoico. Odiaba a los gatos, les tenía alergia. La hermana de Tanaka no perdió la oportunidad de pedir su parte de la casa de Japón para sus nietos. Tanaka dejó en claro que no la habían vendido todavía porque su madre vivía en un geriátrico y se negaba a cualquier transacción con el inmueble. Era mejor escaparse de ahí cuanto antes.

Ya en el coche, la guía quiso saber cómo había encontrado a su hermana Tanaka. Le contestó que la persona que había visitado ya no era su hermana. A la vuelta, encontró a Nagao con su vaso de whisky, sentado en el restaurante del hotel. Al otro día volarían a Chile, a censar a otra hibakusha. Decidieron salir a caminar por Buenos Aires. Encararon la calle Corrientes. En una esquina una moto pasó rápido y el hombre que iba en el asiento trasero le arrebató el Rolex a Nagao. Apenas pudo reaccionar.

¡Eso debía notificarlo! Tenía que avisarle a la agencia de turismo que la guía no les había advertido sobre el robo de relojes. Pero lo haría cuando estuviera en Chile, o mejor en  Japón.

Encima había una marcha, la gente venía caminando por la calle con banderas. Era marzo, y la guía les había dicho que era el aniversario de un golpe de estado.

Nagao, tenía una antigua amante en Buenos Aires, una estudiante de medicina. Saludó a Tanaka, que se volvió al hotel y se dirigió a un departamento de la calle Callao. Habían mantenido una correspondencia vía email con Yoriko. Él averiguó su dirección, era traductora literaria, fácil de rastrear. Entró al edificio directamente porque la puerta estaba abierta, el portero en la vereda charlando con un vecino, y llegó al tercer piso donde tocó el timbre. Yoriko le abrió la puerta y se le escapó un grito. Con los ojos bien abiertos lo invitó a pasar a Nagao, pero le advirtió en japonés que en la pieza estaba su novio, un argentino. Tomaron el té y el novio no tardó en unírseles. Le preguntó a Nagao sobre su trabajo, cómo había encontrado a la viejita. Pero después de un rato, cuando reconoció el silencio y las miradas cómplices de Yoriko y su ex profesor, el novio apartó su vaso de té verde de un manotazo y lo acompañó hasta la puerta, donde le pegó un empujón que lo dejó en la mitad del pasillo. Nagao estaba furioso con Yoriko, para qué le había escrito todos estos años si tenía un novio.

Tomó un taxi hasta el hotel y se pidió un whisky en la barra. ¿Dónde estaría Tanaka? Se sentía solo y humillado. Volvió a su habitación y acomodó las camisas en el bolso. No sabía dónde guardar la grulla que le dio la viejita para que no se estropeara. Cortó una botella de agua por la mitad, la acomodó adentro del culo de la botella, y encastró la parte superior. Al bolso. A las tres de la tarde se encontró con Tanaka en el hall del hotel. Ahí estaba otra vez la guía, que los acompañó hasta un taxi. ¿Y les gustó la ciudad?

A la mitad del trayecto en taxi, Tanako se dio cuenta de que había olvidado su grulla en la mesa del televisor de la habitación del hotel. Mientras Nagao miraba por la ventanilla, Tanako arrancó una hoja de un cuaderno y comenzó a doblarla con mucha precisión para armar un ave de papel. Al terminarla, se la mostró a Nagao, que la tomó en sus manos, abrió la ventanilla de su lado, y la arrojó.

El doctor Tanako sonrió, arrancó otra hoja, y empezó a doblarla.

 

Adrián Fares

El perchero

julio 5, 2016

Abrió la puerta de su oficina, fue a buscar la llave para fichar en el aparato electrónico del piso inferior, apoyó su pulgar, gracias dijo con acento español la voz de una mujer, subió otra vez y encendió las luces. Se encaminó hacia la esquina de la habitación donde estaba el perchero, al lado de un fichero, pero no estaba. Recorrió la oficina buscándolo, ella que tenía puesto una chaqueta de piel sintética con relleno de plumas. Con la chaqueta doblada en su brazo, examinó todos los rincones sin encontrar al perchero negro. Ofuscada, decidió llamar al capataz, instalado en la oficina de la vuelta. Lo odiaba. La respuesta del hombre fue tajante, no sabía ni le interesaba saber qué había sido del perchero. Que preguntara a las empleadas de limpieza. Volvió a bajar por las escaleras al piso inferior, encontró a la peruana, Carmen, y le preguntó. No tenía idea del destino del objeto. A primera hora, era la única persona en ese piso. Con paso rápido, cada vez más enojada, se dirigió a las escaleras y bajó al subsuelo, lleno de oficinas vacías, cuyo usufructo todavía era incierto. En oscuras, recorrió el largo pasillo hacia el final. La puerta que da la calle, de dos hojas, protegida por la persiana metálica. En ninguna de las oficinas divididas por paneles de madera estaba lo que buscaba. Ya frente a la puerta de salida, con la poca luz que entraba de la calle en ese día lluvioso, se preguntó qué hacía en ese lugar.

Llevaba trabajando ocho años en el área de prestaciones médicas. Respondía emails y declaraciones juradas de gente desesperada porque la obra social no cubría un tratamiento de fertilización, tratamiento dentales complicados o medicación para enfermedades poco frecuentes. No tenía novio, hacía cuatro años se había separado y apenas había conocido a tres hombres. Para ella fue imposible engancharse con dos. El que más le gustaba tenía un hijo y su separación, más las disputas legales con su esposa, lo había llevado a una profunda depresión. El tipo perdió el interés enseguida. Se seguían mandando mensajes pero no se habían encontrado nunca más.

En esa penumbra, observó la puerta y se acordó. Ahí, en la vereda, en ese edificio, había muerto un hombre. Estaba guareciéndose de la lluvia torrencial. La marquesina del edificio se vino abajo, con una losa, el aire acondicionado y todo, y nada. Desapareció bajo veinte toneladas de cemento. El edificio había sido clausurado por un tiempo. Después de las inspecciones y certificaciones, volvió a contener a sus empleados. Se imaginó al tipo ahí, esperando que la lluvia pare. Con la chaqueta en sus brazos, sintió un escalofrío que le recorría la piel y un malestar en el estómago. Detrás de ella, la oscuridad se espesó, arribó una corriente de aire helada que le acarició brazos y hombros a través del vestido. Se dio vuelta y enfrentó el pasillo grisáceo. Esa mañana, había despertado de un sueño en que levitaba. Cada tanto volaba en los sueños, frente a sus padres.

Volvió sobre sus pasos y subió la escalera, un poco acalorada y con la respiración jadeante, hay que dejar de fumar. Entró a su oficina y acomodó su chaqueta a lo largo y ancho de uno de los escritorios vacíos. Se sentó en una silla incómoda y sacudió el mouse. La computadora le pidió su clave. Rellenó el campo.

Adrián Fares

Fantasmas

junio 2, 2016

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Durante años visité en Lanús la casucha de mi tía María, Josefa Alvarez, en la casa de mi tía abuela italiana. Ella, de madre española, me contaba historias de su Avellaneda y yo las escuchaba maravillado. La tengo por escritora y cuentista. Escribía con el mate, con las galletitas con queso duro, con la lluvia que caía afuera, con el sol que entraba por la ventanita. Casi sin dudas, la persona más alegre y bondadosa que conocí en mi vida. No salía a la calle porque estaba lisiada. Era muy petisa, tenía una joroba pronunciada y una mano inutilizada, con los dedos arracimados. Decía que había sido por lavarse un día con agua fría las manos. Pero yo sospecho que la envenenó la fábrica de fósforos en que trabajó desde chica. Desde que nací hasta el final de mi adolescencia iba a visitarla regularmente. A veces le llevaba libros. Sí, desde que nací la iba a visitar.

Mi tía María no era de mi familia de sangre, se casó, ya muy grande, a los cuarenta, con un tío abuelo que murió bastante joven. Mis visitas se esparcieron cuando empecé la carrera de cine en la UBA y tenía que viajar hasta Nuñez.

Poco a poco comenzó a perder la audición y a los ochenta y tantos decayó totalmente. El principio del final de sus días coincidía con mi presencia en las proyecciones en fílmico de westerns que nos pasaba en tediosas y melancólicas tardes Fernando Martín Peña.

Pocas veces hablamos del amor, algo que yo nunca había experimentado, mientras chorreaba el agua de las tejas acanaladas al piso de mosaicos ocres y rojos de afuera. Me dijo que era algo terrible, que te dejaba ciego para ver la realidad. Un muchacho le había prometido algo de joven, y luego la abandonó. No sé si el abandono tuvo algo que ver con su súbita deformación física.

Cuando escribí esa novela llamada Elortis (nombre horrible, supongo) la incorporé como personaje y tuve que decidir si contar o no su final. Finalmente, decidí que era demasiado sórdido para la novela y que no tenía lugar. Pero siempre le doy vueltas a la cabeza una tarde que fuimos a un hospital de Longchamps con mi madre y yo no me animé a entrar a la sala de terapia intensiva. Mi madre salió un poco impresionada.  Eso ya lo decía todo. Tomé una coca-cola en lata con un dolor punzante en el pecho. Me sentía cobarde y triste.

Unos meses antes la habían trasladado a un hospital de Banfield y frente a mí la pusieron en una camilla para hacerle placas, o por lo menos eso recuerdo. Del dolor físico, ella no me reconocía a mí. Y de repente empezó a gritar. Era un grito de dolor que yo nunca volví a escuchar (ni en el padecimiento de mi tío abuelo, ni en la muerte terrible de mi abuela). Aovillada, gritando, mi tía María finalmente había sido vencida por la vida. No sé si en ese momento, o más tarde, empecé a suponer que ese grito no provenía del dolor de una enfermedad, o de los huesos, ya debilitados, de su físico siempre embrionado.

No, me dije, este grito viene de todo lo que se tragó durante su vida, de verse súbitamente expuesta a una tortura más, y supuse, ya sin vuelta atrás en mi mente, que el grito era una respuesta a ese desengaño amoroso inicial que me había contado dos o tres veces.

Ahora, cuando visito a mí tía abuela, soy yo el que pasa como un fantasma por la puerta en que fui feliz tantas tardes de mi vida, y me parece que es ella la que observa, bien viva, desde adentro.

El uso del cine y la literatura

abril 8, 2016

 

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Con respecto al cine y la literatura creo que el cine es un arte más completo. Apela a las sensaciones. Cuando uno lee una novela, como me pasó con la última de Houellebecq o leyendo a Amelie Nothomb, hay una voz que nos queda dentro de la cabeza. Esa voz al salir a la calle, por decir algo, relata nuestra propia vida. Con el cine es una sensación, una especie de vivencia lo que nos queda adentro. Eso me pasó con la última película de Terrence Malick, King of cups. Lejos de ser buena, pero uno se enriquece con la vivencia y la potencia de las imágenes produce la sensación de que la vida puede ser de esa manera. Lo mismo se puede decir de El banquete de bodas, de Ang Lee (la fotografía del inicio del post).

La literatura, en cambio, en su uso nos invita a construir un lenguaje más complejo y menos completo, mientras que el cine nos acompaña en un modo de ver y sentir el mundo simple y compacto. Las mejores novelas apelan a imágenes en su devenir, como las de Bernhard y Bellow.

Podríamos decir que el resultado de ver cine propicia un acto postural, físico, y la literatura uno de la impostura.

Adrián Fares

El tigre

junio 4, 2015

Extraído de mi novela, El nombre del pueblo.

La leí una vez, apoyado en el tronco de un sauce, y mis pensamientos fueron sorprendidos por lo que ese relato sugería. Una de las peripecias del personaje de esta novela, escrita por uno de nuestros primeros escritores –que, ¡ay!, no firmaban sus libros– y ambientada en una imaginaria ciudad, era el paso por un terreno baldío del que no había salida. El chico iba allí a juntar ranas con sus amigos y cuando intentaron volver a sus casas para merendar descubrieron que los yuyos se habían convertido en inmensas matas y cuando se acercaron, un tigre salió a enfrentarlos.

En ese momento, ellos advertían que el tigre no era más que un hombre disfrazado. Sin embargo, los yuyos seguían alzándose, infranqueables, y los amigos no encontraban la salida. El protagonista, recuerdo que su nombre era Luisito, entonces se adelantaba y enfrentaba al tigre con esta pregunta. “¿Por qué se escondé, señor, bajo esa manta?” Ya que los chicos se habían dado cuenta que el artificio del tigre no era más que una sábana oscura donde habían pintado las fauces de ese animal. Un ventarrón, entonces, volaba la manta y surgía un tigre de verdad, que rugía como un trueno y tenía garras que arañaban y desplazaban el aire, despeinando el flequillo de los chicos. El felino, antes de devorar a los tres niños y ser luego muerto por Luisito –lo atragantó con un fruto de esa imposible selva–, repuso: “Nunca debieron preguntarlo”

Hoy recordé la historia, y con ella, la que a mí me sugirió. En ésta, el tigre seguía siendo hombre y los chicos vagaban muchos años en el terreno baldío devenido selva, preguntándose cuál era el error de esa magia, en qué se había equivocado ese dios que bien sabía convertir los yuyos en gigantescos árboles pero que les había mandado un tigre tan patético. En mi historia, el hombre que pretendía ser tigre seguía rondando a los chicos y trababa de asustarlos sin efecto alguno hasta que, ya anciano, fallecía. Los chicos –lamento que Luisito jamás pueda convertirse en héroe; en el libro lograba salir del terreno baldío, abandonaba la ciudad y tras innumerables desventuras fundaba un pueblo–, no duraban mucho más; morían de tristeza y soledad porque no sabían qué hacer en la selva, y porque no habían sido comidos por el defectuoso tigre.

Soy el hombre que debió ser tigre, viejo y triste, perdido para siempre; pero si levantan la manta, descubrirán que también soy los chicos. Y que toda mi vida fue el resultado de un error.

Adrián Fares

En epublibre.org: https://www.epublibre.org/libro/detalle/30514

La despedida

abril 27, 2015

Dejar este mundo porque ya nada vale la pena

Extrañar los atardeceres promisorios, las comidas imperiales, el sol fuerte, las copas de los árboles,

pero más que nada el trabajo como un fin y no como un medio

El crepitar de las hojas bajo cuatro pies.

La comprensión, las miradas ardientes, las lenguas entrelazadas que al soltarse charlan de cosas triviales y necesarias.

Lo que parecía natural y ahora es como la carcasa de un robot destruido en una ciudad de lata.

Incomparables las órdenes de las esperanzas y los desórdenes del cuerpo.

Dejar este mundo de una vez por todas cuando falta lo elemental y lo natural se hizo mecánica y palabra.

Yo no soy este monstruo que decidieron soñar una tarde en familia.

Mis pies están desnudos en la playa y mi cuerpo está listo.

Los dejo a todos con la seguridad de que un mañana mejor era posible.

Rescatando a los nuevos seres comprensivos, fulminantes, cariñosos.

marzo 30, 2015

Uno de sus pedazos
cae sobre un remanso del Amazonas
y al hundirse
desfigura la remanente  forma
todavía completa
y un segundo antes cristalina
de donde provino.
Peces en pena.
Indios y pájaros en llamas.

El gigante

febrero 2, 2015

elgigante

¿Dónde está el gigante
que cruzaba en mi camino?

El que está más cerca del cielo
y despeina las nubes.

El hombre montaña
que vivía en un conventillo
cruzando mi calle.

El callejero que paseaba con su hermano
gemelo.

El que al salir de la Lugones
daba ritmo a mis ilusiones.

Cuando una persona encuentra al gigante
debe entender
que es una cristalización de una verdad
que la materia no se apila al pedo
desafiando a la gravedad.

Los gigantes son antenas.

El hombre alto una escalera.

Sólo existen en las ciudades,

como los marineros en los mares.

Every once in awhile, it goes the other way too.

enero 28, 2015

Sube la escalera del hotel en que se hospeda. El Resplandor. Barton Fink. Pero no estamos en una película, es la vida de Gastón. En ese hotel los empapelados no se despegan de las paredes. Ni si quiera hay empapelado. Sí otras cosas que llaman su atención. Una vitrina de cristal repleta de muñecos de cerámica. Bailarinas de ballet, una pareja de ancianos con cestos repletos de verduras y un fauno con flauta adornan el camino que recorre el huésped hacia su aposento. También cuadros de mujeres desnudas y en un rincón una representación de Cupido y Psique. En buen lugar vine a caer, pensaba Gastón.

Antes de las películas nombradas, Spielberg y Robert Zemeckis evidentemente fueron una influencia a su imaginario. También esas comedias románticas como Quisiera ser grande o Tootsie. Goonies. E. T. Kathleen Kennedy debería aparecerse en sus sueños y decirle: vengo a producirte una película. Ajustaría las cuentas con sus ilusiones.

En sus inicios había intentado imitar a Tom Cruise. Le hicieron notar un parecido físico, para algunos lejano, para otros cercano. Sentado en su pupitre rotaba una lapicera entre sus dedos como Maverick. Pero el padre de Gastón no había luchado en Vietnam. Ni en ninguna otra guerra.

Copiar, el animal que él era necesitaba copiar.

Hasta a las jirafas, copiaba. Su cuello se había estirado. Ahora tenía una hipótesis: el cuello largo de estos animales se debía a que así ubicaban más fácilmente las ramas. Tenían más cerca de sus orejas el susurro de las hojas.

Después de Hollywood también lo había influenciado el loco de Herzog (tanto el de Bellow como el real: el director de cine) y sabía que la naturaleza era salvaje y que los humanos eran parte de la naturaleza. No éramos diferentes a los monos. La bananidad del mal.

Pero, cuando el día terminaba todavía creía, como cuando era chico, que una fuerza sobrenatural iba a rescatarlo de algo. Antes no sabía de qué era. Ahora se había dado cuenta que la fuerza que había estado esperando toda su vida era él mismo.

Si las fonoaudiólogas que se rieron a los diecinueve años cuando en una logoaudiometría confundió coser con coger le hubieran recetado audífonos como los que ahora tenía él no hubiera sufrido tanto. Tal vez en esa época, él necesitaba coger, pero también necesitaba audífonos. O una cosa hubiera llevado a la otra. Nunca se sabe.

En un ambiente silencioso podía entender lo que hablaban dos personas, en uno con ruidos mínimos –como un aula, un colectivo, un bar, la calle, un departamento ruidoso– la gente eran mosquitos que zumbaban. Trató de aprender la lengua de los mosquitos. No era tan fácil.

Cuando iba a la facultad no tomaba notas, anotaba la bibliografía recomendada y luego la leía. No se la había ocurrido que podía tener que ver con un problema auditivo. Tampoco cuando en los exámenes estaba demasiado atento a los ruidos que su estómago generaba. Un problema de oído sin tratar genera vértigo, irritabilidad, inseguridad y una timidez enorme porque la persona es demasiado consciente de sí misma, de los ruidos que genera su cuerpo, de sus pensamientos.

Rellenaba lo que no lograba escuchar con sus propias ideas: un mundo donde las miradas dicen más que las palabras, donde los objetos señalan posibles caminos, donde la frase de cualquier cartel callejero es un descanso visual para el aislamiento mental que la hipoacusia genera. De chico mientras viajaba en colectivo devoraba los carteles publicitarios

En uno de sus primeros videos había creado a un hombre encasquetado en una lámpara. No existe mejor metáfora de él sin audífonos que ese video bizarro: el hombre lámpara. Diabolei es antónimo de simbolei.  Por un tiempo había encontrado su símbolo. Lo único que equilibra nuestras intenciones con la fuerza de la naturaleza son los símbolos. Eso es hermoso, pensaba Gastón.

Ya cuando se le ocurrió insistir ante su familia que había crecido con un problema auditivo significativo era demasiado tarde, los demás no podían creerle, por lo tanto él tampoco terminaba de creérselo. Pero si siempre fuiste un excelente alumno, etc.. Hasta su adultez se había sobreadaptado para que nadie se diera cuenta de nada. ¿Cómo transmitr a los demás lo que había sufrido? ¿Y de qué servía?

Hasta hace poco sabía cuál era su objetivo en la vida, sus recursos y sus posibilidades, y que no debía doblegarse ante la opinión de la gente para lograr lo que quería. Había visto claramente lo que determinada vida le hacía a las personas.

Si volvemos a Quisiera ser grande en cuanto el hechizo de la adaptación de Gastón terminó en una encrucijada cuando ya había pasado hacía rato los treinta años, el se acercó a un espejo y descubrió a un niño con un buzo cuyas mangas le colgaban hasta el piso. Un mes después los pantalones que antes usaba eran una carpa en los que podía agacharse, prender una vela y ponerse a leer. Pero en vez de eso se ponía a llorar. No había llorado al nacer, ahora podía sacarse las ganas.

Ya acostado en su cama de ese hotel de pocas estrellas, sus prótesis le permiten escuchar claramente como unos nenes corren por el pasillo golpeando las puertas. Cuando los ocupantes preguntan quién es, ellos emiten una risa desaforada.

Gastón piensa en los fantasmas de sus seres queridos. Quiere hablar con ellos. Logra hacerlo, eso lo alivia un momento porque al verlos, no necesita explicar nada. En la estratósfera ya lo saben todo.

Golpean su puerta.

–¿Quién sos?– le preguntan.

Silencio.

–Tom.

–Se llama Tom– le dice la nena al nene.

–¿Y de qué trabajas?

–Fui espía internacional, samurái, piloto de guerra, ex veterano de guerra, policía, rockero ochentoso, representante de deportistas, agente secreto.

–¿Qué es un samurái?

–Un guerrero japonés.

–¿Sos japonés?

–No.

–¿Y entonces?

–En esa película en una emboscada terminé en el bando de los rebeldes, en la aldea a la que me llevaron como prisionero conocí su cultura, me enamoré de una campesina y fui entrenado a  palazos por un subalterno: terminé uniéndome a su causa.

–¿Y ahora de qué trabajás?

–Soy un actor.

–Es un actor–susurra con énfasis el nene a la nena.

–¿Y en qué película estás?

–Una comedia… dramática.

–¿De qué trata?

–Mi personaje, que se llama Gastón, es un músico  que consigue un empleo corriente para recuperar el amor de una chica. En la oficina se hacen bromas macabras unos a otros. En la mitad de la película descubre que la chica no se había alejado por su profesión, si no por otra razón, mucho más dolorosa y difícil de procesar para él. Había cometido demasiados errores. Es demasiado tarde, y continúa con ese empleo.

–¿Y cómo termina?

–El director no me quiso entregar el guión completo.

Risas. Los chicos se van corriendo por el pasillo y golpean otra puerta.

Adrián Gastón Fares

Agua en movimiento

enero 15, 2015

Cuando la sombra gigante llega, Lucía despega el dedo índice del vidrio y retrocede. Gira la cabeza para ofrecerle a él, cruzado de brazos, una sonrisa temerosa. Una empleada la agarra de la mano y se la lleva a recorrer el parque.

Ahora Guillermo está  sólo con Juana, la sombra. Piensa que en unas horas tiene que dejar a Lucía en la casa de su ex esposa. Nunca en la vida se le había ocurrido que una serie de situaciones desafortunadas iban a terminar en la separación. El golpe del sinsentido, de la suma de hechos que deshacen algo, era como recibir una piedra en la cabeza. ¿De dónde había caído? Produce la nada por un tiempo largo. Y la nada pesa.

Era como si la anduviera arrastrando por toda la ciudad. Nada por aquí. Nada por allá. La nada en sus ojos. La nada reflejada en los ojos de los demás. Reconocemos tu nada. Otra cosa era detenerse y ponerse a juntar los pedazos del derrumbe. Se volaban. Algunos se los alcanzaban, pero él sabía que no eran los suyos. Pertenecían a otra destrucción.

Lo único real que Guillermo veía, además de la lucha con su nada, era esa orca, maciza y resbalosa. Siempre había extraído de su trabajo las fuerzas para aguantar este tipo de contienda. Observar a estos animales que en la antigüedad eran, probablemente, los seres fabulosos de otras culturas extintas: sirenas, krakenes, leviatanes.  Conversar con ellos en su idioma oculto. ¡Qué privilegio! Ser invitado, con todo pago, al castillo del rey Ryujin.  Pocos pueden tolerar que otros tengan una profesión tan maravillosa, pensaba Guillermo.

Tenía que descubrir por qué ese animal, cuyo ojo pétreo lo observaba embutido en un cuerpo suspendido como por hilos transparentes desde la superficie, había matado a una entrenadora.

Había ido a la casa de los padres de la joven fallecida. Averiguó que era soltera, sin hijos, egresada de varias carreras, que incluían las artes circenses, los arreglos florales, la cerámica, fotografía, la administración hotelera y el turismo, y finalmente la escuela de entrenamiento de mamíferos marinos. Había nacido ciega de un ojo. Su madre dijo que siempre la trataron como si tuviera los dos sanos. Hacía diez años que la chica no tenía novio, para su hija habían terminado de común acuerdo, pero él se había alejado. Era un buen muchacho, fueron las últimas palabras de la madre, antes de largarse a llorar.

En estos momentos donde los derechos y las necesidades físicas y psicológicas de los animales se defienden en las redes sociales más que las de los seres humanos, a Guillermo le sorprendía que las medidas reglamentarias del tanque que contenía al animal no se hubieran respetado. Era la única explicación posible, mensurable. Eso, y el detalle de que un entrenador anterior la había sobre exigido. No la premiaba por las piruetas simples y demandaba que hiciera saltos imposibles.

El gerente del parque le había asegurado que los tiempos del entrenamiento del animal habían sido respetados. Juana sobresalía en inteligencia. Habían comprobado que su memoria era superior a la de otras orcas encerradas en parques marinos. En los atardeceres era un placer verla jugar con los perros.  En su tanque flotaban varias pelotas pero ella le lanzaba a cada uno la misma. Al dogo, la roja; al mestizo, la azul; a Cande, la ovejera, la naranja. También era sinéstata, si un entrenador le mostraba un número, el animal se sumergía para tocar en el piso del piletón una lámina de un determinado color. Por ejemplo:  7-naranja, 10-azul, 3 verde.

Ahora él, como perito psicológico de animales en cautiverio, debía decidir si la sacrificarían. Siente que le tiran de la manga de la remera, se da vuelta y descubre a su hija.

–¿Dónde está?

–En la otra punta de la pileta… la vez…ahí… al final del pasillo…

Lucía sale corriendo por el pasillo gris para ir a encontrarse con Juana. Aparece una terapeuta holística, una de las precursoras en el uso de esta práctica para la terapia con animales. Lo saluda y camina hasta el fondo del pasillo, hasta situarse al lado de su hija, a la que da un beso. La alza y la deja a la altura de la flotante Juana. Lucía grita, no se sabe si de alegría o de terror.  Con los compases de la La belle Hélène de Offenbach inundando el parque desde los parlantes del subsuelo, la profesora posa las palmas de sus manos sobre el vidrio, como si estuviera empujando un camión, pero sin esfuerzo.

Al minuto, la orca se aleja del vidrio, pega un salto en la mitad del tanque, que deja entrar un rayo de sol al romper el agua, y luego nada velozmente hacia Guillermo, que pensaba en la madre de Lucía, y ahora no puede creer que le hubieran encargado juzgar a ese animal.

Lucía lo llama. Guillermo camina por el pasillo hasta la otra punta del mirador del tanque. La bestia negra vuelve para dejarse imponer las manos de la terapeuta. Su hija sale corriendo, y estirando los brazos, posa las palmas de sus manos contra el vidrio como si fuera una ventosa. Pega una mejilla. Cierra y aprieta los ojos.

Adrián Fares

Oscuridad

diciembre 18, 2014

Ser un chico otra vez

acostado en un coche

cara al techo

luces coloreadas

las cuento

no se esperan

pasan tenues

brillan

y me voy con ellas

vuelo

me convierto en las luces

soy claridad y fulgor en mis ojos entrecerrados

un escáner que descubre un signo

en las facciones de un niño dormido

A. F.

El viaje de nAn V.

diciembre 17, 2014

El prólogo de la relatora era ese poema de nAn. Aunque algunos transcriptores trabajan de manera aleatoria, yo soy ordenado. Hay que empezar desde el principio, en cualquier disciplina y suceso de la vida el comienzo es lo más importante. Los iniciados trabajamos con el tiempo, otra forma de abordar la transcripción sería una falta de respeto. Nótese que la palabra iniciado sugiere un proceso puesto en marcha… Y aquí estaba yo frente a Bob, la mano robótica en mi mesa de trabajo que ya había levantado el reloj y lo sostenía frente a mi nariz. El relato iba a tener una connotación que me gustaba. El reloj había sido cargado con una relatora de gustos literarios anticuados: Tao Te King, Voltaire, Maquiavelo, Machen, Russell, Emerson. En las etiquetas también decía: vieja chusma, peluquera, maestra. Prendí mi pipa electrónica, exhalé el humo con sabor a mango, y dije: Prólogo, por favor.

A esa hora donde la desesperación y el cansancio del día transcurrido y la esperanza del día siguiente comienzan a llegar en oleajes programados y sucesivos que sumergen al cerebro humano en la indiferencia que le permite descansar, nAn, nuestro querido amigo, sale de su edificio y se dirige al restaurante de la esquina. La cita es con un periodista cordobés. nAn escribió un artículo que publicó en su blog en Internet sobre Baigorri Velar, el confederacionista que decía tener el poder de hacer llover. Con esto atrajo la atención de los fanáticos de los inventores de maravillas, la new age, la masonería, las fiestas agrarias, los hacedores de lluvia, entre otras entidades. En la entrevista con el periodista Chiquichuan dejó en claro que lo único que sabía del tema lo había volcado en el cuento. El periodista, desalentando por la falta de información sobre el hacedor de lluvia en sus búsquedas, preguntó si sabía dónde estaba la máquina. Sorprendido, nAn respondió, siguiéndole el apunte, que era imposible saberlo. Quería desentenderse del tema. Sólo era un cuento basado en una historia real que había ocurrido en el marco de un trabajo práctico mientras estudiaba cine. nAn era idealista, como su maestra de Reiki le había señalado, vivía en las copas de los árboles, y que cada tanto bajara a buscar algún alimento a la tierra, no lo independizaba de la angustiosa tarea de verlo todo desde arriba. Por lo tanto, a ese idealismo cocotero le convenía las historias donde un grupo formado por integrantes de los dos sexos emprende una aventura en que cada uno termina descubriendo su verdadero yo como si se tratara de clavar un dardo en el centro de un tablero suspendido en otro centro: el del universo. ¿Y si no hay centro? ¿Y si nuestra tarea es construir los tableros? Preguntas que lanzó al aire en Gerona el excelentísimo Olen.

Que nAn negara envolverse más con la historia de Baigorri era un extremismo: su idealismo cruzaba la línea del escepticismo y ahí, por instinto de conservación,  se quedaba. Con la cabeza mirando hacia atrás, como quien mira un coche que pasó rápido ocupado por alguien que le pareció conocido. Y de la mano de un difuminado fantasma que le tiraba hacia delante…

No es por criticar, pero nAn nos contó que a veces se paraba frente a sus soldaditos de plomo, confiriendo facciones imaginarias a esas caras romas y lustrosas, y les encomendaba diversas aventuras a realizar durante la noche. A la mañana siguiente comprobaba que estuvieran todos los muñecos en su lugar. Un día había faltado uno. Observó con recelo al camaleón inmóvil en su jaula. Así terminaba su idealismo.

La semana siguiente de la entrevista en el restaurante nuestro querido nAn recibe una llamada de un personaje de voz aletargada, como si estuviera bajo los efectos de alguna droga potente pero esquiva. El personaje se hace llamar Rey de Rocanrol. El rey de roncanrol guarda un secreto importante.

La máquina de hacer llover estaba abandonada en un galpón en Gerona. Este lugar queda en España, doce o trece horas al oeste de Confederación de las Islas. El Rey del Rocanrol lo invitaba con pasaje pago a Gerona con el objeto de salvar a la fabulosa máquina de la destrucción definitiva, programada por uno de sus compañeros del colegio Marista, Olen Huelen. No indicó las razones por las que nAn era requerido para el salvataje. Pensando que es una estafa, nAn cuelga el teléfono.

El día siguiente nAn es interceptado por una camioneta negra, cuya ventanilla expulsa una cabeza masculina de melena rubia y enrulada, con un tatuaje en el cuello, que pregunta por una dirección. A nAn le suena como la calle de otra isla. La puerta trasera del vehículo se abre y nAn es obligado, por un humano delgado y sin cabellera alguna, a subir al vehículo, donde queda atrapado entre este humano y otro de mayor edad y vestimenta y peinado símil Elvis. El Rey del roncarol le explica la situación: viajará urgente con él a Gerona para investigar a la máquina del ingeniero Baigorri y prestarse a un experimento. Intenta negarse pero recibe un culatazo en la cabeza.

El viaje de nAn IV.

diciembre 11, 2014

Ordenada comida en el pasto,
cariño y paciencia
ese te curo las heridas
sangría
transformación de la alfombra de faquires
de su hogar y su abolengo
en razonable felicidad
y el despeñadero ahí nomás,
esperándolo
libros y sueños
mentiras
sobre otras mentiras
para qué lo buscaron?
el camino angosto
el tren con la madre y la amada
el lenguaje de signos
la reiteración
las palomas cagadoras
como si algo se le hubiera caído en el camino
y vaya a encontrarlo, señor

venimos nosotros a buscarte
a guiarte
pero no podemos hacerlo todo
y el mundo está dado vuelta
desde el principio nAn

un error

porque los errores suceden
y las personas son

nuestros planes no pudieron cumplirse,
y te caíste y te lastimaron,
y dejaron que te lastimen

y sólo tu fuerza evita la destrucción
las manos de los muertos
desanudándose
tu mirada libre
como la pantalla del cine que se expande en la oscuridad
y tus ficciones riéndose a carcajadas
charlando entre ellas
pasándose el mate
a qué conclusión llegarán?
te pensarán también como un indeseado?
esas historias jocosas
festín de socorros, imágenes y letras
para qué sirven?

la felicidad no se puede soñar.
es el triunfo inmerecido
y la mañana certera.

A. F.

El viaje de nAn. II y III.

diciembre 5, 2014

II

A los veinticinco se mudó a vivir solo. Cruzaron en colectivo la Villa, como otras veces, pero ésta sería para no volver. Su madre le compró algunos víveres y luego desapareció. Duraron unos cuantos días. Flaco y alto, mucho no comía. Lo que ganaría como administrativo en un sindicato le permitiría pagar las expensas e invertir en su colección de soldados de plomo. Si permitía, como querían, que sus padres le pagaran sus gastos, terminaría como su hermano mayor: en la vereda de un edificio, después de intentar volar por los aires.

El día después de la mudanza era sábado y no tenía nada que hacer. Encontró en el alféizar de la ventana a una lagartija que después resultó ser un camaleón. A algún vecino se le habría escapado. Compró una jaula para el animal.

En esa época dominaban la Confederación los Altamiranos. Al principio defendían a los animales y una noche lograron liberar a una jirafa, a los elefantes y a dos monos del zoológico. Su perfil en la red social explotó. Se organizaron como partido. Dos años después controlaban con dinero a las fuerzas armadas y degollaban al presidente en una plaza. Marquita, que luego sería vocera en la Primera Junta, observaba el asesinato con el mono en brazos. Llovía.

Pronto las calles fueron controladas por perros mecánicos. Podían volar. Eran como murciélagos. Los hacían de diferentes razas.

Uno de estos perros, un desertor, modificado en su software original, fue el que me visitó la mañana del viernes 29 de agosto.

III

Soltó la puerta, que se fue cerrando a sus espaldas mientras me buscaba con su mirada.  Luego caminó con las alas caídas entre las filas de relojes antiguos. Se detuvo y levantó lentamente la cabeza hasta clavarme la mirada. Extendió el brazo metálico y abrió la palma de la mano. Un reloj de muñeca circular y negro. Partido. Una nube verde de olor pútrido ascendió en el aire y desapareció.

Cómo te llamás?

Héctor.

Le señale el camino con la mano.

Sentate en esa silla, Héctor.

Apesadumbrado, arrastró sus alas negras y se sentó.

Cómo se llamaba el dueño del reloj?

nAn

Es un relator.

Así es, señor.

¿Hay que descifrarlo o sólo ponerlo en marcha?

Descifrarlo. ¿En cuánto tiempo puedo venir a buscar la transcripción?

En una semana tenés el presupuesto. El trabajo puede llevarme dos meses.

nAn le va a pagar.

¿Dónde está nAn?

Perdido, señor. Con su transcripción, espero encontrarlo, y entonces él en persona va a venir a pagarle. Tiene mucha plata, nAn. Gracias al experimento. Debería saberlo.

Yo no sé nada.

Debería, señor. -Me dirigió una mirada de reproche.

Agarró el recibo que le extendí por el reloj, me dio la espalda y apuntó hacia la puerta.

Ni bien salió me puse a trabajar. Para reparar estos relojes de grafeno, sólo se necesita una contraseña que nosotros sabemos. Son irrompibles pero simulan romperse en situaciones justificadas. Dicha la contraseña, el reloj se recompuso y tosió. Estos bichos pueden reconocer la temperatura y la humedad. La última grabación era el 11 de diciembre de 3012b. La b minúscula indicaba que fue grabada en un mundo paralelo y es un signo que sólo reconocemos los iniciados.

No sé porqué, me limpié la garganta antes de decir:

Quiero escucharlo.

La voz de mujer del programa relator, contralto, comenzó:

Atardecer. nAn camina por un sendero entre cardos y arbustos. Primero se saca el yelmo, luego dejar caer la capa con la cruz roja y por último la túnica blanca. Clava la lanza en el piso. Una liebre corre entre los árboles.  No tolera más Mingus. Pide a los Inventores, a través del comunicador, que lo devuelvan a la Confederación de las Islas. Nadie responde. Sus pulsaciones suben. Llega al tronco y se sienta. Escribe un nombre con un cuchillo en la corteza. No puedo descifrarlo.  Llora. Recomiendo que tome las pastillas que los inventores sumaron al kit de primeros auxilios. Deficiencia de serotonina. Come tres dátiles que tiene en su bolso. En el final del camino brilla el agua de un río. Ya en él, se agacha y bebe. Las pulsaciones suben más. Está mirando su reflejo en el agua. Cae. Pronto cesará mi relato. En el fondo del agua hay una puerta. Carcaza partida. Adiós mundo cruel, como dirían. El agua está envenenada.

Dije con vos firme:

Quiero escucharlo otra vez. Esta vez lento por favor.

Comencé a transcribir a la relatora.

Hawthorne

diciembre 2, 2014

Citas extraídas de los Cuadernos Norteamericanos, Nathaniel Hawthorne.

“Cuatro preceptos: romper con la rutina; despojarse de toda idea malintencionada; meditar acerca de la juventud; no hacer nada contra nuestra voluntad”. Nathaniel Hawthorne. Cuadernos Norteamericanos.

Los cuadernos del querido Nathaniel. Sus bocetos de historias me parecen un compendio de síntomas. Me dicen algo de él que no pudo saber y, por lo tanto, no nos pudo decir. No me gusta esta lectura sintomática, un resultado de que mi problema auditivo me obligó a repensar qué significaban mis propias creaciones. Pero después me convenzo: siempre hay un margen para lo imprevisible. La ficción precede al análisis y termina ayudando a que algo ocurra.
Me siguen conmoviendo dos hechos inexplicables (una ley de la física cuántica anula al que me callo), uno me lo guardo para mí, el otro lo digo sin vueltas: las palabras. Puestas una detrás de otra, como en un dominó, son capaces de derribar, cuando se las deja correr, cualquier cosa.
La ciencia primero, pero después me permito creer en el poder de las palabras y en un viento antiguo, repleto de significantes, que me despeina mientras duermo.

Arts Magic

diciembre 1, 2014

panoramaartsmagic

Hace quince años pensé en ser crítico de cine. Me anoté en un curso en APTRA donde los alumnos éramos: otro chico y yo. Antes de entrar buscaba CDs de jazz en la Musimundo del Spinetto. Luego, en las críticas de estrenos que hice para Cineismo, no me gustaba que Ravashino, el editor, me corrigiera los textos. De más está decir que sus correcciones eran necesarias.

Cada tanto, por las mañana, iba a una privada. Un día tomé un café con leche y vi a Amanda Peet. El cine a la mañana produce el mismo efecto que los sueños de la madrugada, si la película gusta, te pinta el día. Sin embargo, esas alfombras mullidas de los cines siempre me parecieron sospechosas. Pensaba que, en mi caso, quedarme con esas mañanas en el cine, era como colgar los zapatos en el tendero de Spectra.

De cualquier manera, me las arreglé para que una empresa inglesa me enviara copias de los DVDs de películas japonesas que editaban. Esperaba con ansias la llegada del sobre de papel marrón remitido por Phil.

Arts Magic DVD ya no existe más. ¿Dónde trabajarán Linda y Phil?

En nuestro presente, no me imagino a una editora de un país lejano enviando DVDs de películas a un desconocido crítico argentino. Magia de los inicios de internet. Voy a permitirme la nostalgia tecnológica, porqué no. Internet es ahora, claramente, un lugar presentable. Antes era un lugar impresentable, lleno de personas.

Lleno de personas más lentas. Personas más lentas con periféricos pesados que los ataban a un lugar y los obligaban a usar de otra manera el tiempo y el espacio.

El resultado lo vemos ahora en la película Draft Day. Como en otras, cuando los personajes usan el teléfono para comunicarse la elección del director es dividir la pantalla en dos. Pero a diferencia de esas otras películas, en Draft Day una parte del cuerpo de un personaje invade el rectángulo de la escena que ocupa el otro. Hace veinte años a nadie se le hubiera ocurrido recortar la pantalla así. Esto indica que, por lo menos en el cine, el espacio no es lo que era.

A. F.