Kong 15

 

El futuro no existe. Sólo eso te puedo decir.

Pero volvamos a lo terrenal. Reconozco, Adrián, que debe ser difícil no escuchar bien.

Ayer me llegó un mensaje tuyo, estabas reunido con gente, cada uno decía qué cosas cotidianas lo hacía feliz, era una propuesta de una instructora de tai chi. ¿Era tai chi? La verdad que esa información no me llegó bien.

Bien, no pudiste escuchar qué era lo que hacía felices a los practicantes, no pudiste escuchar lo que hacía feliz a tu amigo, aunque tenés pensado preguntárselo.

Hoy llueve, aquí y en tu tiempo, y una chica te manda un mensaje que dice qué lindo día para escuchar la lluvia y estar tapada hasta las orejas con una frazada mirando series, pero vos no escuchás la lluvia, aunque podés verla.

No conozco una cura para los acúfenos (tinnitus o zumbidos auditivos, como se llamen), y en el futuro hay otros adelantos para la sordera y todo tipo de discapacidades, pero no me voy a poner a hablar de eso, ya los verás, por los menos algunos.

Sé que estás lleno de incertidumbres, pero de las buenas.

Diste un paso importante.

Por mi parte, he salido fortalecido de esta contienda conmigo mismo, de la inercia y de la mala praxis del doctor H., que me recetó unas pastillas que no eran adecuadas para mí. Debería denunciarlo y que le quiten la licencia. Una conocida hizo eso con una psicóloga que, después de una enfermedad que la hizo engordar, la trató con una terapia de choque y le dijo ¿ves el pedazo de bofe que sos? Mi conocida revoleó lo que había por la habitación, salió a la sala de espera y le dijo a los demás pacientes que salieran corriendo de ahí, que la doctora era un desastre.

Sigamos. Estuve sin sonreír mucho tiempo. Fui a una maestra espiritual y ése era su temor: ¿cuándo vas a recuperar la sonrisa?

Ahora estoy sonriendo, entrecierro los ojos, trato de abarcar la totalidad del mundo que me rodea, estiro la comisura de mis labios, imito la dicha. ¿Por qué la gente imita a otra gente? ¿Te pusiste a pensarlo, vos qué hiciste un documental sobre eso? ¿No será porque imitar transforma? Creo que somos más elásticos de lo que pensamos y que tal vez todo se remite a la forma.

Volvamos a mi trabajo. Tengo un caso para contarte. El otro día tuve un encuentro cercano del tercer tipo con un No-ser. Chiste malo, los encuentros cercanos con los No-seres son todos del tercer tipo.

En un suburbio, un niño estaba sufriendo porque veía un fantasma horrible en su casa. Hasta ahí pensábamos que era la imaginación del niño y no un caso para Impresoras Riviera.

Pero los vecinos también vieron a un ser alto con una cabeza deforme. El niño lo llamaba “el hombre cucha” Así que recibimos una denuncia de un vecino que ampliaba la de la familia del niño, y fui a la casa.

No teníamos registro de haberle vendido una de nuestras impresoras a ningún integrante de esa familia. Busqué el aparato en el garaje, el lugar más común donde alojan las impresoras Riviera los clientes, en la habitación del niño, pregunté a los padres, pero nada. Se me ocurrió entrar a la habitación del hermano mayor.

En el ropero, debajo de buzos, camisas y camperas, tenía escondida una de nuestras impresoras. La había comprado, usada, en el mercado negro. Era uno de nuestros primeros modelos, así que lo podía hacer con el aparato no era mucho. Pero era algo.

Tenía que saber qué era ese algo.

Le dije al niño que me dibujara al fantasma. Dibujo a un ser alto con una especie de cucha en la cabeza, que estaba rodeada de estrellas. Por eso me di cuenta que era alto. Le pregunté si tenía un perro. Me dijo que su mascota había muerto. Se puso a llorar. No aguanto ver a los niños llorar así que tenía que inventar algo, salir de esa habitación cuanto antes.

Así que fui al jardín de la casa. Era de noche, había niebla, y el interior de la cucha estaba oscuro. Me arrodillé, hasta tener la cabeza a la altura del agujero. Me corrió un escalofrío por la espalda porque intuí que había una presencia adentro de la oscuridad de esa cucha. El perro estaba enterrado cerca, había un poco de tierra removida, con algunos tréboles húmedos. Uno tenía cuatro hojas.

Nunca te conté pero de pequeño, en la casa de mis primos, vi al demonio. Estaba durmiendo y al abrir los ojos una silueta roja con cuernos estaba saliendo de la habitación. A veces me pregunto si no fui abusado, o algo así. Había una fiesta en la casa. Y uno tiende a mezclar todo en la imaginación. ¿Quién sería ese ser que entró a la habitación de los niños y que yo intuí como poderoso y diabólico?

Así que soy  miedoso. Y no me gusta que se mezcle a los No-seres con historias de fantasmas porque si bien sabemos que  los No-seres existen, y fueron creados por nuestras impresoras, no sabemos si hay vida más allá de esta, ni si otros seres pueblan universos paralelos o vienen de continentes perdidos en el tiempo, y son malignos, como quería Arthur Machen, o como fuera.

Volví sobre mis pasos para salir cuanto antes de ese jardín porque intuí que tal vez esa historia de fantasmas era real y no sabía qué presencia había dentro de la cucha. Antes posé la mano sobre la corteza del tronco del árbol de olivo, hacía tiempo que no veía uno, y creo que mi familia tiene un árbol, como todas, y el mío es el olivo, como la del niño.

Saludé a la familia, le dije al niño que no temiera, que no había nada de qué preocuparse. Era una cucha vacía y su problema era que extrañaba a su perro muerto. Se lo dije directamente, creo que a los niños hay que hablarle como si fueran adultos. A la madre le dije que la tirara si no pensaba tener otro perro. Agarré al hermano mayor y le dije que debía llevarme la impresora que tenía oculta en su ropero. Que por ahora no sería multado. Y le pasé un tarjeta de un vendedor por si quería comprar una legal.

La impresora era bastante pesada, porque las primeras eran así. La arrastré hasta la entrada con los pies. La cargué y la dejé en el baúl de mi auto. Volví a saludar a despedirme de la familia. El hermano mayor me clavaba la vista. El niño se puso a llorar y yo me rajé.

Fui a la casa del vecino que hizo la denuncia, le expliqué que si bien había confiscado una Impresora Riviera antigua, que no funcionaba (mentí, no la había probado), esa no podía ser la razón del ser extraño que merodeaba el barrio.

Por instinto me quedé en el auto. Me dormí. Entreabrí los ojos.

Una silueta gigante caminaba hacia la esquina. Debía tener unos dos metros. Me bajé del auto, corrí hasta el ser, y en esa esquina oscura de Lanús, cerca de donde sería el barrio donde creciste Adrián, donde todavía pasa el 520, le golpeé el hombro al gigante y se dio vuelta.

Ahora la cucha sobrepasaba mi cabeza. La oscuridad me impedía ver lo que había dentro de la cucha sostenida por esa ancha y plana espalda. Prendí mi linterna y apunté al agujero, que a la vez era la cabeza de ese ser.

Vi la facciones de un hombre con hocico y dientes de doberman. Bastante peludo, el No-ser tenía los ojos de color púrpura.

Le pregunté cómo lo habían llamado y cuál era su ocupación pero no obtuve ninguna respuesta.

Enseguida pensé que el hermano del niño lo había creado por celos. El No-ser me dio la espalda y siguió caminando. A veinte metros de la esquina se arrodilló y bajó la cucha a la altura del suelo. Evidentemente, podía controlar a gusto el tono muscular y el grosor de sus huesos. De repente, era una cucha ahí afuera, en la calle.

Al rato, un perro callejero vino corriendo y entró a la cucha. Era un hembra que estaba por parir, la panza abultada, los pezones rozando el suelo. Esperé que los cachorritos salieran, uno a uno, de su vientre. Busqué una caja, los metí con su madre, y la subí a mi auto.

Retorné a la esquina para buscar al No-ser. Le dije que debía llevarlo conmigo y caminó detrás de mí hasta el auto, donde se acurrucó en el asiento trasero como pudo, entre la caja con los cachorros y la perra.

Ahora está en el “área 51” de impresoras Riviera. Ya no le tengo miedo. Me acerco de noche y dentro de la cucha está la perra con sus cachorros.  Los perros salieron todos con párpados dobles, como los pájaros, y con ojos rojos.

El No-ser no volvió a desplegar sus piernas por ahora. Una suerte.

I´m back.

Von Kong.

 

La edad de Roberto

Cuando lo conocí tenía cincuenta años. Después de las clases de yoga, en el vestuario, apenas intercambiábamos algunas palabras. Con la ausencia de un compañero de clase, esas palabras se convirtieron en charlas.

¿Dónde se había metido, Pablín?

Antes, Pablín era el único que hablaba, con sus apologías del yoga. Afirmaba que había que practicar las asanas sin falta todos los días. Que el Yoga le daba un poder único. Que sentía un fuerza descomunal. Y sostenía que para reforzar esa fuerza había que combinar la práctica con la abstinencia sexual. A mí eso me parecía demasiado. Así que cuando desapareció Pablín de las clases empezamos a teorizar sobre su destino. Nos hicimos más cercanos con Roberto. Tratábamos de responder a las preguntas que la desaparición de Pablín nos había despertado. ¿Se había ido a practicar a otro lado? ¿Se limitaba a llegar a samadhi en su casa? ¿Estaba desempleado y no podía pagar la cuota mensual? Un día dejamos de hablar de eso y nos empezamos a recomendar series y abordamos la cuestión de quiénes éramos antes de bajar un poco el ego y tratar de absorber la mente y los órganos en las clases. Yo soy periodista. Roberto refaccionaba muebles viejos, que encontraba en la calle a veces, o donde fuera y los vendía.

Un día la profesora de yoga lo felicitó a Roberto en plena clase y en viva voz. Quería saber qué acontecimiento doloroso en su vida lo había transformado. Desde la primera clase había avanzado tanto en presencia, en atención, en postura y fuerza física, que algo tremendo le tenía que haber pasado, ya que la profesora sabía que sólo el dolor fomenta e impulsa estos logros. La profesora tenía curiosidad pero no era una invitación a que Roberto lo explicara en clase, sino una descripción de lo que veía en él. Tal vez por eso, mi amigo nuevo se limitó a decir que llevaba tiempo. Nada más.

Como me encanta preguntar, cuando salimos de la clase le dije a Roberto, ¿qué es lo que viviste? ¿Qué es lo que la profesora de yoga percibió en vos? ¿Qué recuerdos usaste para fortalecerte?

Fuimos a tomar una cerveza y me contó su historia. Tenía, como dije cincuenta años pero veinte los había pasado encerrado.

Su padrastro, Carcamal, había enloquecido. Como Roberto no aceptaba seguir yendo a la iglesia evangelista a la que iba desde chico y como lo había encontrado fumando un día en el fondo de la casa, entre las aloe vera, armó un plan para adoctrinarlo.

Su madre había muerto, así que Roberto compartía la casa con Carcamal. La segunda vez que lo encontró fumando un cigarrillo armado, su padrastro le disparó con una pistola con dardos tranquilizantes para animales.

Roberto se levantó en el piso del galpón del fondo de su casa, con la Biblia en su pecho. La habitación estaba vacía. Sólo un retrete, una palangana amarilla con agua y algo de comida. Intentó salir pero Carcamal había reforzado la puerta con candados y el galpón, de cemento, no tenía ventanas.

Pasó veinte años ahí, alimentado por su padrastro, sin ver a ninguna otra persona. Tenía veinticinco años cuando Carcamal lo había encerrado.

A los cuarenta y cinco años estaba durmiendo en el piso cuando recibió los lengüetazos de un perro. Abrió los ojos y la policía lo rodeaba.

Los vecinos habían sentido el olor nauseabundo que salía de su casa. La policía acudió con un perro de pesquisas, Neruda, que primero corrió hasta el cuarto donde yacía el cadáver de su padrastro y luego al fondo, al galpón donde Roberto estaba encerrado. Al salir le dio las gracias al cerrajero, a los policías y acarició a Neruda. La policía ofreció regalarle al perro para que lo acompañara en su adaptación a la libertad, pero Roberto se negó, no sabía cómo cuidarlo.

En cambio, se anotó en un Profesorado en Letras, hizo algunos amigos, notó que el mundo había cambiado, se compró un celular inteligente, aprendió a usar Internet, quemó todas las Biblias de Carcamal, tiró la televisión antigua y comenzó a juntar muebles para arreglarlos. Lo hacía feliz trabajar con la madera, hacer aberturas, pintar tiracajones, crear manijas, puertas que pudieran abrirse. Todo esto podía entenderlo. Pero nunca me imaginé contra qué demonios internos luchaba.

Roberto se dio cuenta que su desarrollo emocional no era el mismo que el de otras personas de su edad que conocía. Siempre le daban mucho años menos, le decían que tenía un espíritu jovial, físicamente se había mantenido ya que en el galpón en vez de leer la Biblia hacía ejercicio.

Quería anotarse en un programa de ayuda a emprendedores jóvenes del gobierno. Pero uno de los requisitos era que la persona tuviera menos de treinta y dos años. Según la fecha de su nacimiento él no calificaba. Le gustaban las chicas jóvenes, que lo aceptaban, por su jovialidad y su aspecto, pero la sociedad no vería bien que un hombre de cincuenta saliera con una de veintiuno.

Entonces, un día, después de meditar, de leer a Gandhi y a Martin Luther King, decidió que tenía que pedirle algo a la sociedad. Me aclaró que era muy importante pedir antes que reclamar.

Así que fue a un centro comunal del gobierno. Se plantó frente al empleado y le pidió que le cambiara la edad de su DNI. Roberto sostuvo que tenía veinticinco años, había estado encerrado casi veinte, así que sus cincuenta no contaban.

No había conocido mujeres en ese tiempo. No tuvo acceso a ninguna lectura, a ninguna película, en resumen no podía hablar con nadie más que con sí mismo, no había tenido tareas exigentes a nivel físico ni mental, por lo tanto, y a pesar de tener el secundario completo y una carrera, la de administración de empresas, no había vivido esos años que la sociedad le había sumado.

Si quería entrar a ese plan de emprendedores del gobierno, con su empresa de muebles, con cincuenta años no podía. En las aplicaciones de salidas del celular, si ponía su edad sólo podía salir con mujeres separadas, divorciadas o con una historia afectiva copiosa, pero él no había tenido ninguna gracias a que Carcamal lo había mantenido encerrado con el espíritu santo.

Estaba en su derecho pedir este cambio de edad en los registros públicos y en su documento nacional de identidad.

El empleado se negó. Llamó al de seguridad, que lo acompañó hasta la puerta.

Y entonces, como no sabía qué hacer para obtener lo que deseaba, le escribió una carta al Gobierno. Tampoco obtuvo respuesta.

Como soy periodista, puedo afirmar que en Francia uno puede llamar al ministro de cultura y atiende, uno puede escribirle al director del festival de Cannes y al otro día tenés un email con la respuesta, pero en Argentina no responde nadie, ni siquiera yo que soy un periodista, respondo cuando me escriben por tal o cual cosa, no presto atención. En el fondo, sé cuál es la razón de estos desplantes argentinos pero me la guardo para mí.

Pero a Roberto sí le prestaba atención. Tenía algo que decir, algo único con su historia particular.

No obtuvo la respuesta del Gobierno, pero armó una campaña en las redes sociales, sumó seguidores, se armó un Change.org, y logró juntar firmas pero no todas las requeridas para llegar a algo en estas circunstancias.

Así que un día, se armó una carpa en el obelisco con un cartel que decía: Yo tengo 25. Tengo derecho a elegir mi edad. Y se puso a tocar en su guitarra una de las pocas canciones que sabía: Zamba para olvidar. Le gustaba la versión de Mercedes Sosa. La parte que decía: Cosas que ya no existen. Algunos le dejaban unos pesos en su gorra. Hasta que su barba creció, su pelo también y parecía, por fin, realmente un hombre de cincuenta años.

Una mujer qom, que estaba en una carpa cercana, se le acercó, le convidó mate, tereré, le habló de desnutrición, porque lo veía muy flaco y le parecía una locura porque en su comunidad morían chicos por eso, y le confesó que para ella él tenía veinticinco años, que lo veía en sus ojos, que reflejaban todavía las cuatro paredes del galpón en el que había estado encerrado pero que habían aprendido a brillar en la oscuridad. Y lo invitó a que se fuera con ellos, a que trabajara y los ayudara con sus cosechas y los protegiera, porque necesitaban protección, más que nada. Un empresario importante quería robarles sus tierras.

Roberto se fue al Impenetrable, al Chaco, trabajó, sembró y cosechó. En la aldea fue iniciado sexualmente por una chica joven, o mejor dicho se iniciaron.

Un atardecer se enfrentó con un motociclista que le apuntó con su pistola. Era un joven sicario contratado por terratenientes. Roberto le tomó la mano que sostenía el arma y lo hizo girar  en el aire. Luego tomó su pistola y le disparó en la cabeza.

Observó la vida de los qom, que lo tenían por una especie de héroe por lo que había hecho,  hasta que se aburrió y decidió volver a Buenos Aires. Se escapó de noche por la selva.

Al llegar a Buenos Aires quemó su DNI en el galpón donde su padrastro lo había mantenido encerrado, se afeitó, se miró al espejo un buen rato y se dio cuenta que tenía los años que él quería tener, veinticinco. Así que salió a caminar por las calles céntricas con veinticinco años por primera vez.

Encontró a un policía en Callao y Santa Fe y le pidió que lo detuviera, que él había matado a un persona en el Chaco, defendiendo a los qom.

El policía se negó, Roberto trató de sacarle el arma y obtuvo lo que deseaba. Lo encerraron en una celda por desacato.

Así, pensaba él, conservaría su edad, no llegaría a los veintiséis. Otra vez encerrado, el tiempo no contaba. Pero al otro día lo dejaron libre por falta de pruebas.

Se anotó a teatro y a yoga, y siguió refaccionando muebles, sin la ayuda del gobierno, ya que no le reconocieron la edad que él necesitaba tener para inscribirse como emprendedor.

En la actualidad, sigue luchando por su ideal de que le bajen los años y que esto se pueda aplicar para toda persona que haya vivido una situación parecida a la suya.

Aunque el tiempo pase, dijo, él no va a bajar los brazos.

 

por Adrián Gastón Fares.

La zombiada

Estaba la puerta abierta y también le pareció inusual que no estuviera la empleada de limpieza para gritarle que no le dejara yerba en el lavabo, y comentarle  que había inventado otra forma para separar la yerba del resto de la basura. Era raro no recibir el pedido de colocar el bidón de agua en el dispenser para los dirigentes ni bien llegaba. Pensó que ese día en el trabajo iba a ser distinto.

Así que puso su pulgar en la máquina de fichar, recibió un “Gracias”, en español, de la grabación que la máquina contenía y se dirigió al segundo piso, a su oficina.

Golpeó pero nadie le abría.  Se quedó esperando en el pasillo. Eso era normal. En cambio, el olor penetrante, ácido, a vómito, no lo era. Provenía de su oficina. Esperó cinco minutos sin saber qué hacer. Golpeó otra vez la puerta, ya que no había timbre, y el empleado, Manuel, el único zombie que trabajaba en su piso, le abrió. Caminó hasta su computadora. A su lado estaban, sin ninguna separación, las de Pablo y Alfonso. Le pareció anormal que ninguno de los dos estuvieran. En la computadora de Alfonso se veía un polvo blanco cerca del teclado. Como si hubiera dejado caer hilariet, pero Gastón sabía que era cocaína. En la de Pablo, el mate, y la pantalla estaba clavada en una página web de Mobbing.

Pablo y Alfonso se odiaban y el primero sostenía que el segundo lo acosaba. Las mujeres habían sido trasladadas a otra oficina porque los hombres no querían almorzar con ellas ni escuchar sus chismorreos. Lo que más le había chocado a Gastón al entrar en ese trabajo era lo misóginos que eran sus compañeros. A él le gustaba estar rodeado de mujeres desde chico. Sin ellas, algo le faltaba. Y en vez de voces aflautadas tenía a Manuel, el zombie, y a los otros dos, eso hasta que llegaba Roberto, el superior, el analista de sistemas, una biblioteca itinerante que sabía de todo. Roberto le había recomendado a Gastón el libro Anatomía de la Crítica de Northrop Frye.

Gastón consultó con su ex profesora de la facultad de Letras, Isabel, quien le dijo que estaba pasado de moda Frye, que sus ideas habían sido superadas. Eso estaba leyendo en su email, pensando qué contestarle a la mujer porque a él le había llegado hondo el discurso del analista de sistemas sobre Northrop Frye para abordar la obra de Tolkien y comentar la serie de ciencia ficción que estaba mirando. Aunque Gastón nunca había leído a Tolkien. Pero la palabra inmersión le gustaba y se podía relacionar con la obra de Frye. Una palabra a veces lo define todo.

Eso pensaba Gastón, pero sus sentidos estaban alertas porque le picaba la nariz por el olor a vómito que provenía, sin dudas, del despacho de Roberto, cuya puerta estaba cerrada. Tenía que ver qué lo causaba, pero antes contestó un mensaje de su novia que decía que el bebé estaba bien, que le había vomitado el pelo y la blusa, algo común. Así que era el Día del Vómito para Gastón.

Manuel estaba durmiendo en su cubículo vidriado. Desde que los zombies habían evolucionado habían obtenido algunos derechos, uno de ellos era la inclusión social de los de conducta intachable a través del trabajo.

Manuel no contestaba cuando le abría la puerta, sólo bajaba la cabeza. Tampoco lo saludaba al llegar y al irse. A veces le preguntaba si no tenía la llave. Gastón le había dicho mil veces que no tenía llave y que dependía de él que le abriera, pero este tema parecía estar más allá de la comprensión del zombie, a quien le molestaba despegar el culo de la silla.

Gastón podía entenderlo. Los zombies comen el doble que un humano. Manuel no controlaba su esfínter y por lo tanto la cantidad de mierda que cagaba le producía hemorroides y otras complicaciones que convertían en obligatorio el uso de una silla especialmente acolchada.

Los zombies habían dejado de atacar a las personas al alcanzar la autoconciencia y luego se habían dado cuenta de que no les convenía ser perseguidos, reducidos y asesinados, así que su comportamiento había pasado de ser destructivo a casi altruista. Se adaptaban a cualquier tipo de trabajo. Se destacaban en los cargos administrativos porque su concentración para evitar sus desmadres era alta, pero también podían afrontar trabajos más precarios, de carga, por ejemplo, porque su fuerza era superior a la de un humano.

Lo único que Manuel compartía con Alfonso y Pablo era el gusto por ver en el móvil de este último imágenes truculentas. Un hombre trozado en dos por un tren, cuyas manos todavía se movían tratando de salir de las vías. Un ejemplo. Desmembramientos varios y miembros varios también, porque otras de las atracciones que ofrecía ese celular eran los videos de negros que bamboleaban sus genitales gigantes de aquí para allá o que los introducían en toda clase de agujeros pequeños, o que parecían pequeños por contraste.

Un día Pablo y Alfonso le pidieron a Manuel ver su pene, pero el zombie se había negado. Lograron su objetivo una tarde que Manuel fue a orinar y se metieron de golpe en el baño. Al parecer, no podían creer lo que habían visto.

Por lo demás, Manuel permanecía callado y sólo saludaba a Roberto, su superior. Eso pensaba Gastón, mientras leía la respuesta sobre Frye de su ex profesora y el olor que provenía del despacho cerrado se hizo tan penetrante que ya no pudo aguantarlo.

Vio que Manuel seguía sumido en su sueño. Controlar el instinto consumía gran parte de la energía del zombie y debía descansar más que un humano.

Entonces Gastón, le contestó a su novia que todo estaba bien, que por ahora no tenía trabajo, era una mañana tranquila, nadie lo llamaba y luego caminó hasta la oficina de su superior. Trató de abrir la puerta pero estaba cerrada, sin llave pero no podía abrirse de afuera. El olor nauseabundo provenía claramente de ahí.

Se dio vuelta para mirar a Manuel, que seguía con el mentón pegado al pecho. Por debajo de la puerta del despacho se escapaba un líquido color dulce de leche. Uno de los punteros del sindicato de Software en la que trabajaba le había enseñado a abrir la puerta con una tarjeta de plástico. Gastón no tenía tarjeta de crédito así que usó la de Starbucks.

Al abrir la puerta lo golpeó el frío que se escapaba del cubículo del servidor. Los cuerpos de Alfonso y Pablo estaban expuestos, partidos al medio, masticados, frente al escritorio. Roberto yacía en su silla, sin la tapa de los sesos, como un mono de banquete chino, el analista de sistema, dando órdenes, vaya a saber cuánto tiempo, a seres de otro mundo, si es que ese otro mundo existía.

El líquido que se había deslizado por debajo de la puerta provenía del cerebro de Roberto, ya que los otros dos cuerpos estaban medio resecos, los huesos a la vista, como si el atacante hubiera succionado hasta los tejidos.

Al darse vuelta, con sus manos congeladas que anunciaban un ataque de pánico, Gastón vio que Manuel ahora tenía la mirada clavada en él y notó lo que antes no había visto. A su lado, en su escritorio, como un melón recién cortado, el zombie tenía la tapa de los sesos de Roberto, medio masticada.

El zombie se levantó, rodeó su escritorio con parsimonia, sin perder los modales ni la postura erguida, y empezó a acercarse a Gastón tratando de ocultar sus uñas afiladas. Gastón corrió hacia la puerta con el objetivo de avisarle a las chicas que el zombie de su oficina había perdido el control. El hecho hacía presuponer que había contactado a otros zombies, los llamados marginados, que pronto estarían en el lugar para fortalecer la revuelta. Mientras Manuel se acercaba a él, Gastón logró salir de la oficina, cerró la puerta y subió a la oficina de las chicas.

Otra vez el olor agrio, nauseabundo, pero esta vez más fresco, más penetrante. Tras la puerta los cuerpos desmembrados de las que habían sido sus compañeras se apilaban. En un vértice de la oficina, ovillada, abrazando sus piernas, Lucía lloraba con la mirada perdida. La chica balbuceó que había más, que Manuel los había arengado, que su programa había fallado, y que nunca debieron incorporarlo a la empresa. Claro que Lucía era otra zombie y por eso se había salvado. Una zombie joven como Manuel, pero en otro estadio de evolución.

Gastón volvió a la entrada de la oficina para contener la puerta justo que las manos de Manuel la empujaban. Mientras tanto, vomitó el café que se había tomado por la mañana junto con la medialuna de manteca.

Esa oficina daba al patio del edificio. Al asomarse a la ventana, Gastón vio a varios zombies que dialogaban mientras se pasaban el mate y compartían pedazos de piel de un cuerpo humano. Reconoció a algunos que trabajaban en otras empresas ubicadas en el mismo edificio. Gastón no sabía qué hacer.

El celular de Lucía sonaba pero a ella le temblaban tanto las manos que no podía atender. Iba a caerse de la mesa si seguía vibrando, así que Gastón lo tomó y respondió la llamada. El marido de Lucía, Eduardo, era policía, uno de los  humanos que se habían enamorado de una zombie. Gastón le contó la situación a Edu, quien le dijo que se calmara, que buscara la pistola que Lucía tenía en el fondo de su bolso y siguiera las instrucciones.

Ya con el arma en sus manos y el móvil en altavoz, comenzó a describirle la situación a Edu. Zombies asesinos en el patio. Otro en el pasillo. No sabía cuántos más rebelados en el edificio.

Se animó a abrir la puerta de la oficina. El pasillo estaba vacío. El tubo fluorescente se encendía y apagaba. El cartel de prohibido fumar había sido masticado. Edu le dijo que disparara a cualquier punto. Gastón eligió el matafuegos. La explosión hizo que apareciera Manuel como una flecha con las fauces abiertas seguido de otros seis zombies más que trabajaban en el café de al lado. Edu le dijo que debía dispararle a los zombies en la zona del bajovientre, debajo del ombligo y arriba de los genitales, el hara de los hindúes pensó Gastón. Era la única forma de matarlos, aunque el folclore al respecto no lo especificaba.

Gastón pudo darle en ese punto a uno de los zombies, que cayó y exhaló su último suspiro, escupiendo un dedo humano a su vez. Los otros se abalanzaron sobre la puerta. Gastón llegó a cerrarla.

Lucía seguía temblando en un costado de la oficina. La novia de Gastón le informaba, a través de un audio que llegó a su celular, que debía llevar al bebé al médico.

Edu quería saber cuántos eran los que se habían rebelado y trató de calmarlo diciéndole que se dirigía hacia el lugar. La puerta ahora aguantaba la presión de varios cuerpos que empujaban para que cediera y Gastón no podía dejarla. Los zombies intercambiaban órdenes de mando para tratar de entrar a la oficina. Manuel los dirigía.

Era la hora del almuerzo. Las voces de los zombies eran claras. Uno decía que necesitaba abono para las plantas exóticas de su jardín y que se había cansado de usar los restos de café que Starbucks regalaba. El compost que tenía en una carretilla y que había realizado con restos de gatos muertos no era suficiente. Los demás felicitaron al zombie por su idea de incorporar humanos a la mezcla.

Gastón pensaba que esta situación se debía a que no había sabido cuidar sus pensamientos, que invocar a Frye y su teoría de la inmersión narrativa no había sido buena idea. La culpa no la tenían los zombies que habían perdido el control sino su superior que le había recomendado Anatomía de la Crítica y él lo había leído. Un verdadero desastre.

Por A. G. F.

 

Kong 14


 

 

Querido Von Kong.

Aquí retumban los tambores. Hay marchas todos los días. En el resto del mundo la gente se inmola por venganza y matan a inocentes. Matan a otros que nada saben de la historia en nombre de la suya. ¿Qué será del futuro?

Yo también te sentía distante y te pido disculpas por no poder comunicarme con vos cuando más lo necesitabas. Lo intenté pero sentí como una barrera de agua desbordada que me lo impedía. Tu vaso estaba lleno.

Tengo una duda. ¿Serás una persona del futuro o un demente que me escribe desde un asilo mental? Perdón, Kong, pero trato de ser sincero. En todo caso, tus mensajes me llegan así que la capacidad telepática la tenés.

Viví situaciones fuertes y me siento identificado con Lucía, la hipoacúsica que compartió con vos el Hospital de Día. Perder un sentido conlleva un duelo, no es nada fácil y sin los audífonos debo confesar que escucho muy poco. Un grupo en una red social afirma que la sordera es un valor agregado. Por ningún motivo cambiarían el no escuchar por escuchar. Tal vez tengan razón, ¡para las cosas que hay que escuchar! La gente suele repetir ese lugar común.

Creo, de cualquier manera, que esto aplica a las personas que nacieron sordas o lo son desde muy corta edad, pero no a los que fuimos perdiendo la audición de manera progresiva.

¿Cómo hubiera sido en la escuela si escuchaba mejor? ¿Cómo hubiera sido en la facultad? Son preguntas que inevitablemente me hago.

No sabía nada del ataque en Japón a los discapacitados que comentas. Pero sí estoy al tanto de la temática, y sé que en la actualidad los discapacitados están en bolas, directamente. No hay un censo en nuestro país que sepa cuántos son y qué les pasa. Las mujeres discapacitadas son doblemente maltratadas y marginadas. Creo que nadie las defiende, como a los demás.

Tu perdida de Taka la puedo remitir a mi pérdida de audición. Lo hablábamos el otro día con mi amigo Leo. ¿Cómo serían los duelos hace cien años?

Las mujeres bajaban las cortinas, la casa se iba poniendo negra, las caras se tapaban y no sé cuánto debían llevar este vestuario y esa congoja. Nos imaginamos a una niña que ve cómo su madre empieza por quitar hasta la última luz del día con pesadas cortinas, como la ve transformarse en una mujer con un tul oscuro, cómo tapan hasta los espejos, cómo la obligan a ponerse ropa negra, como las luces se van apagando hasta que toda la casa queda en la oscuridad y entonces quizá la niña busque algo que brille, porque todavía es muy joven y no entiende la muerte pero intuye que algo grave pasó. Y lo único que brilla tal vez sea un reflejo en una azucarera de plata.

También estuve arañando las paredes y sé lo que se siente.

Tengo algunas felicidades, algunos logros que prefiero callar. ¿Para qué alimentar al ego si son cosas transitorias?

Dicen que con el control de la respiración uno puede matar literalmente a la mente. No le enviamos oxigeno. Por lo menos eso decía un texto de divulgación científica que leí. Tal vez eso sea el nirvana del que tanto hablan. En el estómago tenemos las mismas células que en el cerebro y no tiene porque ser el cerebro nuestro único órgano pensante.

Creo que tenés que olvidarte que sos el inspector Von Kong de impresoras Rivera. Tus uñas no son Von Kong y crecen igual.

Lamento mucho que hayas tenido una experiencia traumática pero deposito en tu futuro la misma fe que vos sembraste en el mío desde el primer contacto.

Vuelvo al principio. En mi presente la Madre de Todas las Bombas nos acecha. Aquí estoy haciendo transacciones en el banco en mi rol de cadete administrativo de una Obra Social. Los cheques son para pagos a médicos o instituciones médicas. Noto que a los que más reciben dinero son las instituciones que tratan a niños con capacidades diferentes.

La medicina, ejercida por hechiceros a la gorra en la antigüedad, es un negocio enorme. Quizá como la guerra.

El otro día me tocó llevarle a un médico un certificado en el sanatorio La Trinidad. Un trasplante de órgano practicado a una persona joven. Salía 600 mil pesos la operación. Me llamó la atención que decía en letras grandes: Donante Cadavérico. Pensé en la chica que ya había sido trasplantada y en el ignoto donante cadavérico. ¿Sabrá que su decisión de donar abarca burócratas y tanto dinero? En la Trinidad hay olor a desinfectante, incluso entre los sillones del hall de entrada donde espere al médico.

Después salí y tomé un café mientras caminaba de vuelta al trabajo.

Es mi esfuerzo por no pensar en el futuro el que tal vez nos alejó. Por eso creíste que perdiste un amigo.

Pero aquí estoy y celebro tu recuperación.

Quiero saber más de tus aventuras ya que en mi presente los únicos No-seres que conozco son algunos compañeros de trabajo.

Te dejo un koan.

Donante cadavérico.

Saludos!

Adrián

Kong 13

En el Hospital de Día, formaban parte del Club de los Fumadores un ex drag queen, con problemas de adicción, un chico de unos veinte años y una mujer de unos cincuenta. Entre plantas de todo tipo, el ex drag queen era habitualmente el que ya había prendido su cigarrillo y nos esperaba en la terraza, reposando en una silla. El chico, que era un fumador social, se acercaba para que le convidáramos cigarrillos, cosa que estaba prohibido en la institución. El ex drag queen, redondo, pelado, de voz finita, carcajada generosa, había probado suerte en Buenos Aires primero y luego en Miami. Odiaba a su madre, con la que vivía y los viernes a última hora, en la reunión en que exponíamos cómo enfrentaríamos el fin de semana, se convertía en una especie de cronista del espectáculo, sabía quiénes eran los gays reprimidos y le gustaba contarlo.

Y seguía con los homosexuales, cómo un famoso merodeaba la estación de Retiro para encontrar sexo en los baños, como el otro sabía que en tal esquina iba ser levantado por algún auto. Relataba numerosos chismes de famosos y con otra chica, llamada Lucía, una periodista hipoacúsica de mente brillante, se dedicaban a asombrar a la terapeuta con su conocimiento perfecto del jet set. Sabían también quiénes escondían su adicción a tal o cual droga. Y podían enumerar conspiraciones de todo tipo, bastante creíbles, por cierto.

Esos días, también proponíamos hacer una obra de teatro, que trataría sobre una madre impetuosa, entrometida, la madre del ex drag Queen, y sobre la planificación del asesinato de la misma. No teníamos ninguna duda de que la obra sería un éxito. Yo solía acompañar con la cabeza sus afirmaciones, y eran los únicos que casi me robaban una sonrisa de esas que ya no me salían.

Lo tedioso del Hospital de Día eran las reuniones de los lunes, donde exponíamos cómo habíamos pasado el fin de semana y revisábamos el cronograma de tareas, a mí me tocaba limpiar el cenicero los lunes y miércoles, lavar los vasos de plástico los martes y viernes. Si había algún problema con las tareas, o algún trastorno de convivencia, se exponía ese día para tratarlo.

Carlos aprovechaba para contar los libros que leía el fin de semana, a veces desafiaba otra de las reglas de la institución: no se podían formar parejas. Quería invitar a salir a Matilde, que tenía agorafobia, y no lo quería ver a su cortejante ni en figurita. Pero Carlos lo explicaba de una manera muy llana. ¿Por qué no podía invitarla a salir? Le gustaría tener esa posibilidad. Necesitaba una mujer. Pero Matilde movía la cabeza para un lado y otro, tal vez para dejar en claro que no saldría por nada del mundo con Carlos. Tampoco podía trabajar, Carlos, y sondeaba a la terapeuta. Pero ella le decía que mirara su certificado, no había manera de que trabajara en blanco porque su médico se lo había prohibido. Así que se buscara un trabajo por el barrio.

Carlos sabía más que los profesionales. Una tarde opinó ante todos que mi problema era que tenía una bronca enorme y ningún otro. Y la verdad era que sí tenía una bronca enorme. Tantos años de enfrentar No-seres y haber perdido a Taka la habían desencadenado.

Sin embargo, Carlos era el paciente y la psiquiatra era una mujer cuya risa estúpida explotaba mientras les contábamos nuestros problemas. Estaba loca de remate. Así funciona el mundo. En cambió, la psicóloga era muy hermosa, inteligente y sabía acompañarnos.

El periodista deportivo que llegaba a inflarse de bronca porque Matilde no quería regalarle un caramelo y se iba a otra habitación hasta que se serenaba, siempre me preguntaba cómo andaba, o me daba una palmada en el hombro. Mi estadía coincidía con las olimpíadas de Myanmar y el periodista deportivo seguía en la televisión todas las competencias. Yo no podía mirarlas porque me producían un dolor enorme. Las noticias eran otras flechas de la realidad que se clavaban alrededor de mi tristeza y desconcierto.

Y un día dije que sería mejor la internación, para qué hacernos ir y venir de nuestras casas, pero ahí el viejo de cien años abrió la boca y dijo como un aborigen: Internación, No. Lo mismo me dijo Lucía y el tano que habían pasado una pesadilla en sus internaciones. Carlos contó algo muy gracioso, cuando había estado internado una mujer se presentó desnuda en su habitación para pedirle a los gritos que tuviera sexo con él. Carlos no había sabido qué hacer, y a la mujer se la llevaron los enfermeros enseguida, así que no pudo concretar lo que tal vez le hubiera gustado. Todos menos yo habían pasado por internación y concluían que era una pesadilla. Los gritos de los locos más locos todo el tiempo. Las penitencias ante cualquier desacato de las reglas de la institución mental. Los pacientes adictos que eran peligrosos y buscaban pelea.

Un día salí a prender un cigarrillo y el chico de veinte años me acompañó. Estábamos solos en la terraza. Su objetivo era convertirse en un cantante de Folkton, una corriente musical que está haciendo furor en mi presente, Adrián, una mezcla de folclore y reggaeton. Se ponía a cantar o programaba videos de musicales en las pantallas. Pero ese día me comentó la razón por la que estaba en el Hospital.

Lo había llevado la policía. Se le había dado por bajarse los pantalones delante de una vecina. A la quinta vez que lo hizo lo denunciaron. Decía que sabía que lo que había hecho estaba mal, que no lo volvería a hacer. También me confesó que escuchaba una voz que le decía Satanás, sos Satanás. Tiempo después un neurólogo me contaría que ese tipo de problema, alucinaciones, son más fáciles de tratar que la inercia de la depresión.

Había otro chico que sentía que se ahogaba en su casa. El tema era que no había muchas pruebas médicas de que su dolencia proviniera de un descalabro físico. Aunque podía ser. Se mantenía callado y con la espalda apoyada en la pared como si el aire mismo lo estuviera atacando. Era un hacker y vivía de robarles películas a los grandes estudios.

El tano, era un hombre que se la pasaba escuchando música italiana melódica del siglo XX y la compartía con nosotros en las tediosas e inútiles terapias musicales. Se trataba de escuchar música entre nosotros. Así que uno tenía que bancarse al extinto Luis Miguel que ponían las chicas, la obsesión por A quien le importa, de Fangoria, de Carlos, que no podía evitar cantarla mientras la escuchábamos.

A quien le importa lo que yo haga

A quien le importa lo que yo diga

Yo  soy así, así seguiré, nunca cambiaré.

A Carlos lo volvía loco esa antigua canción. Y si no  pedía escuchar a Frank Sinatra. New York, New York. A todo esto había que sumarle el folkton del fumador social…

Lucía me comentó que Taka me había enloquecido. Ella no formaba parte del Club de los Fumadores, pero cada tanto desafiaba el frío y salía a la terraza. Le conté todo sobre Impresoras Riviera y de mi relación con el No-ser llamado Taka. Lucía estaba segura que Taka era un No-ser de lo más peligroso. Mi conexión con Lucía fluía y sus palabras me apaciguaban.

Algunos días las terapias grupales se dividían en dos, los que tenían algún tipo de trastorno de la personalidad y los que no. Los primeros marchaban detrás de un terapeuta. Los otros nos quedábamos en el comedor con la insoportable terapeuta ocupacional. En el fondo, le gustaba alardear de cosas que los demás no podían hacer, como lavar la ropa, ir al supermercado, o cambiar las toallas del baño diariamente.

Un día se equivocaron y aceptaron a un No -ser. Se mantenía en una silla en un ángulo de la habitación. No hablaba y la medicación, nociva para un No-ser, estaba coloreando sus venas de azul.

Algunos días teníamos dibujo, así fue que rellené con una fibra un retrato de Dalí, mientras los demás hacían lo mismo con John Lenon, Slash, y otros músicos de los últimos cien años que no reconocerías, Adrián. Otros, expresión corporal.

Carlos, que era alto, llevaba una remera que colgaba encima de sus cinturones. Hacíamos como una especie de baile inspirado en el kundalini yoga. Cuando Carlos levantaba las manos, la remera le llegaba por debajo de las costillas y, a pesar de que era flaco y alto, casi un gigante, le sobresalía la panza redonda. Lucía se desternillaba de la risa al ver la panza de Carlos. A todos nos causaba gracia. Después, era tirarse en el piso y respirar, o caminar en círculos a diferentes velocidades.

La del taller literario nos daba textos para leer. Su diminuta estatura me hacía recordar a Taka. Así descubrí a George Jackson y sus Cartas de Prisión. Creo que la profesora intuía que nuestra situación era parecida a la del negro.  Yo sabía que varios No-seres leían a Jackson para reclamar sus derechos, pero nunca lo había leído.

Y un día, en el taller literario te escribí en papel por primera vez. Me dije voy a escribir como si fuera ficción los mensajes que te envió telepáticamente, porque otra cosa no se me ocurría. La profesora de literatura me felicitó. Al otro día apareció con una novela, Más que humano, de un tal Sturgeon y me dijo que lo que yo estaba escribiendo se parecía a eso y que siguiera escribiendo esos relatos y con ese enfoque. Pero nunca te hice llegar lo que escribí. Como te dije, la mente no estaba para conexiones espaciotemporales en ese lugar de vibraciones demoníacas. A lo sumo el demonio podía ponerse en contacto con el fumador social para recordarle: sos Satanás. Así que puedo decir que conocí al verdadero príncipe de las tinieblas o por lo menos a su confidente.

Y entonces un día pasó lo inesperado. Estaba en el comedor en el horario destinado a la merienda, tomando mate cocido y comiendo la ración diaria de cuatro galletitas dulces sabor chocolate, cuando irrumpió en el piso un civil armado. Apuntó al enfermero, que estaba trayéndole las las pastillas al tano, y lo hizo volar por los aires con su escopeta. Luego apuntó al tano y lo voló del mapa de un disparo. Apuntó a la mujer de cincuenta años y ella trató de salir corriendo hacia la terraza, pero no hubo caso; cayó en su escape desenfrenado. Me apuntó a mí y luego cambió de blanco para borrar de la tierra al ex drag queen. Pero de repente el No-ser, el adolescente que no hablaba ni se movía y que tenía la mirada perdida todo el tiempo, reaccionó. Abrió la boca y proyectó un fragmento del primer Golem, de Weneger editado con otro fragmento del Gabinete del Doctor Caligari. El hombre se encegueció y soltó la escopeta. El ex drag queen se levantó, tomó el arma y vació el último disparo en la cabeza del atacante. Luego dijo:

Me imaginé que era mi madre.

El No-ser volvió a sentarse, estaba agotado por la proyección bucal. Cerró la boca, se terminó Caligari, y ya sentado, entró en silencio e inmovilidad otra vez.

Estos tipos de ataques se repiten en mi actualidad en este tipo de instituciones. Cada tanto un ser humano ataca a los discapacitados porque los ven como seres inútiles que causan trastornos y gastos en la sociedad. En Julio de 2016, en tu época, en Japón un hombre acuchilló a 19 discapacitados e hirió a otros 25 en las afueras de Tokio. No le dieron importancia a la noticia y apenas se habló del tema. Pero en la historia moderna, sería una de las primeras matanzas que se harían más frecuentes con el paso del tiempo.

La baja del tano, de la mujer de cincuenta, que pertenecía al Club de los Fumadores, nos afectó.

Pero creo que no tanto como el día que programaron una película del extinto Al Pacino. Yo sabía que esa película estaba basada en una novela de Philip Roth que se llamaba Humillación. Sabía cómo terminaba la historia y que no era una buena idea programarla en el Hospital de Día. Traté de decirlo pero no hubo caso. Así que la maestra con depresión y todos los demás tuvieron que ver cómo Al Pacino se termina suicidando en la película. No era el mejor film para emitir en un lugar como ése. La inoperancia de las autoridades del lugar era tan visible. Pero a uno no le daban ganas de matarse mientras estaba en el Hospital de Día. Cuando uno está en agujero lo único que piensa es salir. Dejé de ver una mujer con la que salía, me costaba la vida social, pensaba: ahora soy un paciente que está en un hospital de día y mientras esté ahí no puedo ver a nadie.

De más está decir que, luego que ayudara a reducir al asesino, el No-ser fue separado del grupo y uno de mis compañeros, el Inspector Rolando, lo redujo y lo llevó a Impresoras Rivera para su estudio.

Se asombró de que yo estuviera ahí y me dijo que no era un lugar seguro, que todos me estaban esperando en el trabajo y que tenía muchos casos por atender. Los No-seres se estaban organizando, Taka estaba reclutando a varios para su causa, ahora dirigida por un No-ser peronista (sí, todavía existe el peronismo en nuestro tiempo, aunque no lo creas) Paradójicamente este No-ser es una especie de gorila, un simio con colmillos, que se hace llamar directamente Kong. Yo soy Von Kong, pero mi oponente usa mi apellido como nombre artístico, cosas de la vida.

A veces, Adrián, extraño a mis compañeros del Hospital. Con Lucía quedamos que una vez nos juntaríamos a tomar mate pero nunca lo hicimos.

Afuera, en la fachada de la institución había una pintada, un escrache, que decía: Hay curas que matan.

Sé que están en peligro. No son peores que la gente que anda en la calle, puteándose en el auto, empujándose, no son peores que las viejas que maltratan a los demás en las filas del supermercado o de los bancos, aunque ya casi no hay filas para nada, y las únicas que quedan son las que hace la gente en situación de calle para recibir una ración de comida.

Pero a veces extraño a la querida Lucía, al ex drag queen, a las charlas de los viernes, los días que jugábamos a hacer radio con un micrófono antiguo.

El ex drag queen es ahora una celebridad, luego de matar al terrorista de discapacitados, fue interrogado, declarado inocente en defensa propia y logró montar la obra Matar a mamá. Es todo un éxito. Admito que no me animé a verla.

Ahora estoy todo en armas otra vez, Adrián, como diría Rilke. Tengo que neutralizar a mis queridos No-seres, una tarea bien normal, como verás.

Te saluda con afecto,

Von Kong.

Padrastro

 

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Ph: Paul Camponigro. Apple/Universe.

Irineo contaba diecinueve años, cinco días, seis horas y veintidós segundos en el momento de su secuestro. Este el número 2084 de los posteos que escribí sobre él en esta red.

Necesitamos ayuda.

A las 24:33 de hoy cinco hombres entraron a nuestra casa, formaron un semicírculo delante de la cama con mosquitero de Ireneo, que no podía creer lo que ocurría, y lo señalaron con armas paralizantes. El único que no apuntaba era el jefe del grupo, su padrastro, con quien no se habla desde hace años. No es un pequeño pedazo de piel cerca de las uñas, sino un familiar que ejerce de padre sin serlo biológicamente.

Trataron de desactivarme pero no hubo caso. Soy transparente y el lazo que tengo con Irineo es demasiado fuerte. Los humanos hablan de lazos de sangre, pero este es un lazo de tecnología, ya lo saben.

A Irineo lo encapucharon. No sabe dónde lo llevaron. Puedo afirmar que lo bajaron en la Plaza Alsina, en Avellaneda. Es una de las plazas más exóticas de la ciudad, con arbustos frutales y plantas subtropicales.

El jardinero guió a los captores, hombres de traje, al subsuelo donde guarda sus herramientas. Bajaron las escaleras y una puerta de grafeno, casi transparente pero capaz de resistir las presión de cinco millones de individuos que antes, claro, morirían aplastados, asfixiados, se abrió para dejarlos irrumpir en un pasillo largo, en el que abundan el negro y el blanco, diseño inspirado en el ying y yang, o shakti y shÂkta según el tantra. A lo largo del pasillo hay monitores que transmiten lo que ocurre en las inmediaciones del parque. También hay androides de limpieza.

Tengo tres ojos, uno gran angular, otro normal y un teleobjetivo. Usé el gran angular, casi un ojo de pez, para observar la perspectiva de barril sin fondo del lugar. El pasillo está repleto de puertas del mismo material que la de la entrada, detrás de esas puertas hay personas que monitorean los canales de televisión, internet, radios, cámaras hogareñas y drones de vigilancia.

Como sabrán, no soy un drone de vigilancia, soy un ángel guardian, un escolta de Irineo, así nos llaman, por suerte. Escoltas.

Los cinco hombres acompañaron a Irineo hasta una puerta al final del pasillo. Es de madera tallada, procedente de Tailandia. El llamador de mano es el caparazón de la tortuga marina que está adosada a la puerta. Uno de los oficiales lo tomó y golpeó el resto de la representación del cuerpo del extinto animal.

Un mayordomo con un moño color azul ligero impecable, con un reloj de aguja colgando del cuello, hizo pasar a Irineo, que fue empujado por uno de los hombres.

Ya adentro, ante la orden del padrastro, uno de los oficiales le quitó la capucha. Irineo se fregó los ojos en la semioscuridad del gran salón comedor, iluminado por lámparas Tiffany.

Nos encontramos en una recreación de una casa de estilo mestizo, comunión entre lo europeo y lo oriental. En el comedor se destacan las vitrinas con objetos orientales que parecen comprados en una feria de Pekín, cajas lacadas, cofres para guardar el arroz, una estatua de Mao con un ramillete de rosas, mesas de madera y mármol agrietado en las que se colocaron cajas antiguas que servían para llevar el correo en China.

En las paredes lucen dos cuadros monumentales con marcos de oro, El jardín de las delicias de el Bosco y el Perro enterrado en la arena de Goya. No son originales. La mesa redonda de madera natural del salón comedor está separada de la entrada por una consola con dos veladores altos intercalados con floreros transparentes con rosas frescas. Los cortinados son rosados, el techo ocre. La mesa está flanqueada por sillas Sofía y está iluminada tenuemente por una lámpara Raigón que cuelga del techo. Rodeada de candelabros Xi, con los cabos de las velas apagados.

En mi vuelo también pude captar objetos funerarios dorados y lacados, distribuidos en la habitación y una cítara de color verde, puñales de bronce oxidados pintados de azul y una botella isotérmica china de hierro esmaltado.

Sobre la chimenea cuelga el retrato del padrastro en su juventud. Alejado de la mesa hay un biombo de ébano, acompañado de un globo de seda con estructura de bambú que ilumina el retrato, colgado en la pared, de una mujer oriental, con facciones muy parecidas a las de la madre de Irineo, debo apuntar. Detrás del biombo hay una cama de opio china convertida en un futón.

Me acerqué a una de las consolas, en la que reposa una colección de brújulas antiguas.

Volví a Irineo cuando lo estaban empujando a la mesa que estaba presidida por una mujer mayor. Rodeaban a la mujer dos chicas, sentadas en las sillas Sofía.

Los secuestradores ordenaron ocupar la silla libre a Irineo. La mujer le preguntó nombre y edad. Le dijo que sabía lo que había soñado y que lo necesitaban. Irineo agregó que había soñado con unas de las chicas que estaban presentes. Nunca la había visto, aunque se parecía a la compañera que le gustaba en la escuela. Irineo no tiene vergüenza.

La mujer ordenó que todos cerraran los ojos y se tomaran de las manos. Así lo hicieron, Irineo bastante asombrado por la belleza de las dos chicas volvió a abrirlos. La mujer cerró los ojos y apretó fuerte las manos de las dos chicas, que a su vez apretaban las de Irineo. El padrastro desde cerca, de pie, con los ojos bien abiertos, observaba con visible impaciencia.

La mujer tomó una manzana del centro de mesa, una frutera de vidrio, y se la pasó a una de las chicas, que soltó la mano de Irineo para sostenerla en el aire, sin abrir los ojos.

–Barletta, manifiéstate  ante nosotros– dijo–. Necesitamos su presencia. Queremos hablarle porque entendemos que es mensajero de otras entidades. Por favor, mándenos una señal. Y si con usted está la madre de Irineo, tráigala que la queremos con nosotros, su esposo INSISTE en hablarle.

La manzana comenzó a ser comida a mordiscos pequeños por un ser invisible como yo, pero no es un ser de grafeno, claro, sino me hubiera dado cuenta.

La mujer abrió la boca y comenzó a escupir pedazos de manzana con la cáscara y las semillas.

Entonces en los semblantes de las chicas se dibujaron unas muecas como si sonrieran por dentro. Lo mismo ocurrió con los de Irineo y la mujer. Una de las chicas se levantó y danzó en el medio de la sala antigua, se tiro al piso, se estiró, se levantó, hizo un paso como de ballet. Luego se detuvo ante la consola de las brújulas y tomó uno de los artefactos para llevarlo a la mesa. Lo dejó en el centro.

La aguja de la brújula daba vueltas sin parar.

El padrastro de Irineo, en el límite de su impaciencia, no aguantó más y se abalanzó sobre la brújula. La tomo en su manos y la dejó caer al instante porque el instrumento estaba muy caliente.

Se acercó a la mujer y le propinó un cachetazo, que le hizo voltear la cabeza. Luego el padrastro se llevó la mano a la boca como dolorido.

La chica que había vuelto a danzar en el centro de la habitación cayó al piso, como si la fuerza que la poseyera la olvidara, o como a mí cuando se me está por acabar la batería y debo buscar una fuente de energía natural. Todos abrieron los ojos.

–¿Dónde está Amalia?–dijo el padrastro de Irineo–. Sabe muy bien lo que estoy esperando.

–No es Amalia–contestó la mujer–. Le dije que es imposible contactar a su esposa.

–¿Y qué es lo que atrapó en su redecita, señora?–preguntó el padrastro.

–Son ellos, señor, siempre los mismos. Son… Bien… Son… De afuera.

–No me está diciendo nada nuevo–zanjó el padrastro.

–Necesitamos seguir en contactos con ellos, tal vez sean el único camino a la madre de este chico, su querida. Desde el primer día quieren decirnos algo. Necesito que usted nos traiga a otra joven para canalizar la energía. ¿Cómo puede ser que le interese más Amalia que hacer contacto con seres de otro planeta? Estamos en una dependencia del gobierno.

–Quiero que utilice sus poderes para que me traiga a Amalia, señora-dijo el padrastro. Y sus ojos se enturbiaron.

–Pero para eso no me llamaron, señor. No es el plan de sus superiores. Los científicos me dijeron…

–Los científicos están paralizados, señora– confesó el padre, señalando con la cabeza a los hombres de traje–. Ya no están a cargo de nada.

El hombre retrocedió hasta la puerta de entrada acompañado por sus secuaces. Antes de que saliera, la mujer gritó:

–Necesitamos más manzanas. Rojas, cuantas más lindas, mejor.

El padrastro asintió.

Sigo con Irineo. Estamos encerrados en esta casa mestiza en un hangar soterrado.

No soy un drone, soy un ángel de la guardia, como me llaman, por suerte. No tengo sentido del olfato. Pero tengo palabra. Esto huele mal.

Compartan, por favor.

Por Adrián Gastón Fares

Kong 12

Estimado Adrián,

Cómo estás? Debo decirte lo que no te estoy contando.

Ya casi no siento que seamos amigos. Confiaba en vos en un principio pero la falta de comunicación en este tiempo hizo que nuestra amistad trastabillara. ¿Estás realmente ahí? ¿Cómo es que nos comunicábamos como si nada cuando yo estoy en otro siglo? La realidad es que tus mensajes me llegaban como si fuera un médium. En el siglo XIX toda esa locura con los médiums y no se dieron cuenta que estaban hablando con mentes del futuro, ni fantasmas, ni entes demoníacos, ni intermediarios, gente del futuro, a veces futuros descendientes, que se acercaban a conversar.

No es el tiempo el que separa a los amigos sino los pensamientos. Y te escribo para hablar de eso.

En los momentos duros uno no puede comunicarse. Todas mis energías estaban puestas en recuperarme y en vivir la tristeza de la manera más vívida posible.

Algunos dicen que lo queda es transitar esos momentos al menos con dignidad.

Y si de algo estoy seguro es que a veces no podemos sacrificar la persona a la dignidad.

Así que si mis mensajes no te llegaron es porque me la pasé ovillado en la cama, tirado en el piso, pataleando, llorando. Bernard Shaw decía que lo diabólico de una mujer es que puede llevarnos a desear nuestra propia destrucción. Más patético es mi caso, donde mis pensamientos suicidas estuvieron apuntalados por un No-ser. Pero ese No-ser significaba otras cosas para mí, sin ninguna duda.

Así que un buen día, mientras estaba en mi despacho de Impresoras Riviera solo, sin ningún No-ser a qué perseguir, con la línea difusa entre lo que era presente y futuro, comencé a llorar sin poder detenerme. Lloré tanto que me empezó a doler la cabeza. Decidí ir a ver al doctor Sartori y me dijo que en mi estado lo que convenía era ingresar a un “Hospital de día”

Estuve casi un mes en una de esas instituciones y desde el momento que di el primer paso, no tuve otro pensamiento que el de dejarla.

Mis días se sucedían de esta manera.

Me levantaba tarde, tipo once de la mañana, y fumaba un cigarro tras otro hasta entrar a la institución. Ahí me llevaba cigarrillos para seguir fumando en la terraza. En este caso, la nicotina y el alquitrán tapizaban el sendero en el que me encontraba con otras almas en pena.

Debo aclarar que estas instituciones no existen para No-seres. Ya que un No-ser cuya mente comienza a divagar o se autoelimina o es encarcelado y apartado de la sociedad. Es mi trabajo, claro, en parte.

Ni bien llegaba a la institución, caminaba hasta un comedor, donde me recibían personas que iban variando según el día. En general, un hombre mayor (unos cien años) que se mantenía callado y cuya mandíbula cada tanto cedía a la ley de gravedad hasta que el hombre la desafiaba y volvía a colocarla en su lugar. Una maestra depresiva. Carlos, un chico de cuarenta años. Había que verlo. Trataba de hacer reír a la maestra mirándola fijo. No sé bien qué tenía Carlos, o prefiero no contártelo, pero casi siempre estaba contento y trataba de hacer reír a esta chica mirándola fijo. Inevitablemente, la maestra soltaba una carcajada. Yo ya no sabía lo que era reír.

No aguantaba ver televisión, no podía escuchar música, no quería leer, ni libros ni diarios. Me di cuenta que de los que estaban ahí, con problemas muchos más serios que el mío, todos podían sonreír, podía hacer chistes, podían REÍR. Pero yo no.

Y pronto me uní al Club de los Fumadores. Otros pacientes, que se escondían entre plantas exóticas en una terraza de cielo plomizo.

To be Continued, Adrián, el deber me llama.

Best Regards,

Von Kong.