III. Buenos y malos

El Sabañon III. Buenos y malos.

El William Boyd bueno y el William Boyd malo… ¿Jekyll y Hyde hollywoodense?, ¿y no era William, William Wilson, el protagonista que se enfrentaba con su doble en el cuento de Poe?
Pero William Boyd fue un personaje de la vida, quiero decir que existió, era uno de los actores favoritos de Cecil B. De Mille; trabajó también con D. W. Griffith y sufrió a causa de la aparición de William Boyd, actor de teatro envuelto en un escándalo por asuntos ilegales relacionados con la bebida y el juego. Lo que pasó fue que William Boyd, actor favorito de De Mille, también se vio envuelto en el mismo escándalo que William Boyd, actor de teatro (y sin comerla ni beberla) En hollywood pensaron que existía un solo Boyd, el malo. De ahí en más, William Boyd bueno se bautizó Bill Boyd, desesperado porque el público ya no le pedía autógrafos. Entonces aparece Bill Boyd, apodado The Cowboy Rambler, un vaquero que cantaba, para complicar todavía más el asunto. Supongo que William Boyd, actor favorito de De Mille, tuvo que decidir entre dos reputaciones: la de actor mafioso o la de actor estúpido. Cuando el William Boyd mafioso murió, el de De Mille volvió a llamarse William y vivió feliz.
Estoy averiguando si soy el Sabañón valiente o el cobarde. Ema baja los escalones, fin del último día de filmación; trato de alcanzarla en vano hasta que se pierde en el descanso. Me ato un cordón que no está desatado para dejar que se vaya (y sé que lo voy a lamentar tanto, ya me imagino en el colectivo suplicándole a los árboles olvido), que se pierda otra vez (para siempre; el Polaco se acaba de abrazar con los técnicos).
¿Qué hace ese tipo escondido detrás del ficus? Lo veo mientras prendo un cigarrillo; se asoma, se rasca los pelos, camina hasta el borde del descanso, que también es el borde de la escalera, y cuando va a dar el paso para seguir bajando recula y se da vuelta para mirarme muy de reojo, tanto que sé que no me ve. ¿Y no se está llevando la mano al bolsillo trasero, levantándose un poco el saco para acariciar un papelito amarillento que sobresale unos centímetros? Mi cigarrillo finalmente prendido, como una lamparita en el globo de los dibujitos animados; se me ocurrió que el hombre puede andar atrás de Ema, qué idea increíble la que avivo ahora con el soplo de mi fermentada imaginación: qué tal si no soy el único, si el mensaje fue entregado a otros hombres que también tienen una misión que cumplir en sus aburridos días.
Ahora el tipo parece debatirse entre seguir a Ema, que ya debe estar en la calle esperando el colectivo o parando un taxi, o darse vuelta y enfrentarme. Noto que se decide por bajar. Y empieza a estornudar y no baja nada, saca un pañuelo marrón y se lo pasa por la nariz de izquierda a derecha varias veces, y cuando va a dar otro paso esta vez un estornudo impresionante que suplica otra pasada de pañuelo.
Mientras se pasa el pañuelo avanzo viento en popa, dejó atrás al tipo, y bajo la escalera, tal vez porque estoy seguro que Ema ya está muy lejos. Los pasos detrás me confirman que el tipo también avanza.
Para evitar la tristeza del colectivo (la peor de todas; es un purgatorio con forma de bala que avanza por las calles para dejarnos una y otra vez, indefectiblemente, en el infierno) sigo las calles hasta una plaza, donde tengo pensado comer esos pochoclos rosas que les compran a los pibes y que tanto me gustan. Linda chica la que pasa; me doy vuelta para seguirla con la mirada (solamente cuando es muy linda la sigo; veo a esos tipos que se dan vuelta siempre, de vicio) y ahí está, casi respirándome en la nuca, el que se escondía en el ficus.
¿Se pensará que tengo plata? Me pongo nervioso al acordarme de las caras de sonso de los asesinos que no son de película, los que en esos documentales truchos confiesan sus crímenes como si nada. Apuro el paso, trato de alejarme, pero el Estornudo, así lo voy a llamar porque otra vez anda escupiendo (sé que está tan cerca que mi campera debe estar mojada, no de la lluvia que empieza a caer sino de la baba del Estornudo), pisa fuerte y avanza con garra.
Miro el semáforo de peatones en la esquina, el momento del tipito rojo. Calculo los pasos milimétricamente, un paso más, uno menos, veintidós justos para llegar a la esquina y si el tipito verde no aparece no hay otra que enfrentarme cara a cara con el Estornudo. Diecinueve y el cruce está lleno de coches, repleto; zambullirse sin parar sería un suicidio. Hay algo de todo esto que me hace acordar a una historia de las que contaba la abuela María, esa mujer tullida y siempre alegre, que me revelaba entre mate y mate algo de su Avellaneda, las corridas en la avenida Mitre y las arrancadas de flores en la plaza (el cuidador les tiraba un bastón). Quince pasos. Una día, me contó ella, un tipo la empezó a seguir, un tipo de traje que seguramente estaba loco, y siempre que pasaba por la calle Colón, el tipo la corría hasta que mi abuela doblaba en una avenida (entonces era ligerita, decía y no tenía joroba). Diez pasos y el semáforo sigue rojo. Un día Manolo, el hermano de mi abuela, le contó del tipo, cómo hostigaba a todos los que pasaban por Colón (hombre o mujer, él perseguía de todas formas) y cómo sus amigos habían aprendido a ahuyentar a ese loco. Cinco pasos y rojo. Había que pararse. Uno se paraba y el loco dejaba de correrte, oteaba la vereda de enfrente, cruzaba y perseguía a otro, hasta que ése se detenía.
Me detengo, de todas formas el semáforo sigue en rojo.
De reojo veo que alguien está parado a mi lado, me limpio la lluvia de la cara y lentamente giro la cabeza, cobarde hasta la médula, a punto de dejar caer el cigarrillo en un eructo de miedo. El hombre a mi lado no contesta, tiene un papelito amarillento en su mano que mira con deleite y temor y esconde rápidamente para protegerlo de la lluvia. Parece un mensaje. Entonces me mira, su cara se transforma, se estira y desarma, una contorsión terrible lo posee y cuando nuestras miradas se encuentran de frente, su nariz se arruga y sus labios se separan: ¡aaaAAchííssss!

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