IV. Strange things are happening

El Sabañón IV. Strange things are happening

Ho! Ho! He! He! Ha! Ha! Strange things are happening, cantaba el cómico Red Buttons en su show, tal vez sorprendido por la popularidad que súbitamente había ganado.
El Estornudo salta a un taxi y se pierde justo cuando desaparece el tipito rojo del semáforo. ¿Qué irresolución lo arrastraba por las calles? Seguro que los estornudos no eran más que una alergia, efecto del cagazo que debía tener frente al encuentro de Ema. ¿Qué hacemos dos tipos desandando el camino que nos llevó a una mujer en estas calles grises, desconfabulando al universo? ¿Por qué, entre tantos, nos encomendaron el encuentro fatal de Ema? Me tiemblan las rodillas, no sé por qué.
A propósito miro al piso, cierro mi visión a la ciudad, impido que las caras que se cruzan sean o no esa actriz que necesita el mensaje que llevo en el bolsillo. Camino, camino, camino.
–¡Sabañón!
El Polaco me saluda desde un coche y me invita a la fiesta del equipo de filmación (emborracharán, entre otras, la pena de haber quedado sin trabajo). ¿Voy o no voy? Arreglamos un encuentro previo en un bar.
Salgo de la estación y me entretengo en la plaza San Martín, acodado contra una baranda escucho a un mormón, Elder no sé cuánto (me explica que todos son Elder), que me pregunta, vía traductora, cuántas veces peco en un día. No sé. ¿Y los mandamientos?. Ante mi pereza, la traductora (que traduce muy mal) duda ante las últimas palabras de Elder no sé cuánto y sentencia: “Dice que vas a ir al infierno”. Les doy unos centavos por una revista que encubre intereses religiosos y comerciales con entrevistas a presos rehabilitados y consejos para cuidar bonsáis.
Los perros se muerden en el corral, la plaza es un lugar triste de por sí, como una feria hippie (el lugar más triste que existe en la tierra es una feria hippie; ni hablar si está ubicada en cualquiera de los reductos de la costa atlántica, donde más de una vez pensé en salir corriendo y zambullirme en el océano, oh Alfonsina amiga, acabo de entender por dónde habías andado antes de despedirte de todos –algún sucedáneo de feria hippie desató tu huida)

Saludos cordiales mormón, me alegra que un perro te quiera morder mientras tu compañera me devuelve unas miradas enigmáticas. Dejo la plaza, la abandono, y en un bar irlandés me encuentro con el Polaco, que ya está disponiendo cuerpo y mente para la alegría y me invita una cerveza.
Comento que hay un lugar por Once que se llama Chevecha, que desde que el Polaco escucha cumbia todo el día tendría que ir ahí, en vez de hacerse el fino en un bar irlandés. El Pola se hace el desentendido y tararea una de Dylan (la de Wonder Boys). Como no se puede hablar muy bien porque la música está fuerte entro a pensar: extraña película esa de Michael Douglas, que tiene como protagonista a un escritor malísimo que termina escribiendo un libro todavía peor, cuyo tema es lo que el protagonista vivió en la película. Otra de profesores y aplausos finales de felicitación, de rehabilitación desesperanzadora y, menos mal, música agradable.
“¿Y cómo anda tu historia?” El Polaco me sorprende con esa alusión indirecta a Ema. Le digo que no entendí. “¿Le hablaste a Ema?” Le cuento que no pude, que no se dio la situación (sé que es mentira y me siento muy mal cuando miento), que tal vez otro día; no te preocupés Polaco, no hay drama, no pasa nada, ya se va a dar. “¡Sos un nabo!”, deja en claro el Polaco y no hay otra que mirar la madera de la mesa y estudiar algunas manchas.
“Vos sabés que cagaste, nunca tenés que dejar pasar estas cosas, ¿ahora cuándo la vas a volver a ver? No sé, le digo que no estoy interesado; la vi mejor y no me gusta tanto. El Polaco me pregunta cómo me gustaba Ema si nunca la había visto (se acordó del día de filmación en la Boca cuando le pregunté por esa extra de cine y televisión). Le voy a contar lo del mensaje, pero sería revelar también que Ema me gusta demasiado, el Polaco se daría cuenta que no puedo andar atrás de Ema por ese papelito arrugado que bien puede ser un chiste.
El Polaco no cree que Ema vaya a la fiesta (y ahora ya estoy prendido, tengo que ir sí o sí, va a quedar mal que le diga que me voy porque no van los extras). Dejamos el bar irlandés.
Pienso en lo tonto que soy mientras camino calle y calle, cruzo veredas y espero al Polaco, que se entretiene más atrás pidiéndole golosinas a una  nenita que sale de un cumpleaños. Se acercan los padres y el Polaco sale rajando con un chupetín en la boca.

Entramos al bar, mis ojos no dan abasto para abarcar y desechar mujeres, descontar todas las que no son ella. Y terminó de descontar a todas y me quedo ahí parado con una tranquilidad enojosa, decepcionante.
Saludo a mucha gente; vuelto a tierra, ahora que Ema está lejos, es fácil oler la realidad detrás de cada ilusión.

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