V. Mujer entre mujeres

El Sabañón V. Mujer entre mujeres

¿En qué se parecen nuestra vida y el cinematógrafo? En éste creemos que las imágenes se mueven cuando en realidad es un engaño de nuestra retina y en aquélla, nuestra vida, pensamos que nos movemos cuando siempre estamos muy quietos, perdidos en un laberinto de vueltas y más vueltas que hasta ahora, a mí, no me alejaron mucho del comienzo. Me acuerdo de algo; los Lumière estaban convencidos de que le hacían un favor a Méliès cuando le negaron la patente de su invento, no creían que fuera un negocio (el cinematógrafo fue desarrollado a partir del kinetoscopio de Edison, pero los hermanos fueron los que patentaron la máquina) ¿Y qué fue? Entretenimiento, espectáculo. Pero en algo tenían razón esos hermanos, también fue un experimento, una manera de descomponer la realidad, de volver al principio para contarlo todo otra vez, una perversión.
¿Cambio de canal o sigo pensando pavadas? Conviene cambiar, hacer que la cara del futbolista se esfume y aparezca un tipo haciéndole preguntas a un grupo de famosos en vivo, como avisan en letra roja en la esquina superior derecha de la pantalla. Dos de los invitados, una cantante pop bastante linda y un envejecido actor, sonríen cuando el conductor hace un chiste; otro, un funcionario del gobierno, se hace el reticente cuando le preguntan algo con inocente doble sentido; una mujer muy mujer, bailarina de teatro revista, trata de tapar su cara de jirafa con unos pechos que por poco le llegan al mentón. Ahora hay chicas que bailan, la cantante pop que entona su versión en castellano de Love of my life (automáticamente los ojos de los presentes empiezan a brillar), un famoso que se abraza con otro, éste que discute con el conductor, que satisfecho termina adelantando otro bloque-lleno-de-sorpresas.
En los comienzos del cinematógrafo, después de las innovaciones fotográficas de Daguerre y Talbot, hubo un fotógrafo llamado Muybridge que fue contratado por un criador de caballos de carrera para que probase que en algún momento de la corrida estos animales levantaban las cuatro herraduras del suelo a la vez. Así el obsesivo criador de caballos demostraría, con la ayuda del fotógrafo, que los ilustradores del siglo XIX (los experimentos de Muybridge duraron del 1872 al 78) estaban equivocados. El movimiento era demasiado rápido para que el ojo humano lo percibiera; en 1877 Muybridge preparó doce cámaras; los disparadores serían activados cuando los caballos se llevaran por delante los cables que había dispuesto sobre la pista. Los caballos activaron sucesivamente los disparadores (una fotografía por cada cable); aparentemente el criador tenía razón. Pero faltaba algo; verificar que Muybridge había descompuesto bien la corrida del caballo, debía armarla otra vez; acomodó las imágenes en un disco rotativo y las proyectó en una linterna mágica; y abracadabra herradura de caballo, los cuadrúpedos corrían como en la realidad.
Los experimentos de Muybridge dispersaron lo real para volver a construirlo; no es raro que al proyectarla la realidad ya sea otra cosa. El objeto de una cámara es despabilar la mirada de la humanidad y mis ojos están entregados a esta insomne perversión. Es un engaño porque siempre termino creando algo nuevo, yéndome por las ramas en la naciente, perecedera, realidad.
Y si no, ¿cómo es que ahora me parece ver en la tele a Ema, en la tribuna de chicas que está atrás de uno de los invitados?. El actor que da la espalda a la mujer que se parece a Ema no habla por el momento, espero que lo haga pronto así confirmo. Confirmo.
¿Y qué hago? Tiemblan mis rodillas aunque esté sentado, la comida zozobra en mi estómago, mis oídos zumban como nunca; ¡¿qué hago?! Solo en este departamento, nadie me va a atar a esta silla para que no sucumba a esta sirena de pelo negro, a la terrible y dulce cara que me dicta pesadillas y sueños noche tras noche, desde el día triste en que me tuve que tropezar con un moribundo que no me buscaba, tonto yo, que creí que la libertad estaba en las calles cuando en realidad era la desesperación que me esperaba agazapada para meterme en su bolsa.
Todavía sentado, veo que es ella, extra entre los extras, mujer entre mujeres, ella. Mi estómago se resiente, imposible arrancar sin lesiones el aguijón de mi mirada una vez clavado. Si dejo que se vaya no sólo muero –el aguijón arrastrará los demás órganos, todo lo que en este momento soy, ¿no?–, sino que volverla a encontrar va a ser muy difícil.

Las nueve y cuarenta, en el diario compruebo que el programa dura dos horas así que tengo ochenta minutos para llegar a la productora (menos mal que sé dónde queda; una cochera reciclada en Palermo Viejo) Armo mi mochila de improvisado expedicionario de las calles bonaerenses; calzo mi reloj con cronómetro, acomodo unos cigarrillos aplastados en la campera, incorporo un caramelo ácido, palpo el mensaje en mi bolsillo, enfundo mis manos en guantes tapa-sabañones y, decidido a enfrentarla, me dejo arrastrar por la sirena que no espera.

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