VI. El Estornudo

El Sabañon VI. El Estornudo

Lo que molesta es la soledad, y si la juntamos con cualquier resabio de esperanza entonces molesta más, es como saber dónde vamos a terminar, y haberlo presentido más de una vez y confirmado tantas, pero igual ilusionarse con un final feliz. Es como otras cosas, pero ni ganas tengo de enumerarlas y en todo caso, ¿para qué?
Andá a saber por qué sonríe así el tachero, quizá conozca mi secreto, intuya que hoy no soy cualquiera sino un aprendiz de héroe que se anima con un extraño amor.
Y las baldosas húmedas y calles lamidas, y todo el frío y el entumecimiento me dan la bienvenida cuando bajo del taxi y doy un paso hacia la vereda de la productora de televisión (qué raro, pensé que todo iba a dilatarse, que no llegaría así nomás a ella)
Veo un grupo de adolescentes que sacude carteles y entona variaciones de cantos de hinchada cerca de la entrada del estudio; esperan a la cantante pop. Y yo que no tengo ningún conocido en esta productora, voy a tener que esperar veinte minutos a que Ema salga.
Los adolescentes saltan y bailan, se mueven como una ola que no sabe bien para donde agarrar, alejándose y acercándose a mí, que retrocedo unos cuantos pasos. Mejor sería cruzar a la vereda de enfrente y esperar la salida de la sirena desde ahí, pero temo que el club de fans, o lo que sea que fuere esos gilastros unidos, me impida ver cuando Ema salga y entonces voy a estar esperándola ahí enfrente hasta el día del juicio final.
¡Uy, lo que acabo de ver!; la ola adolescente se desplazó en uno de sus saltos, y ocupando el aire antes agitado por la ola, sonándose los mocos –y cómo no–, apareció el Estornudo, con su cara de abúlica contrición. Sorprendo una sonrisa de reconocimiento que destartala más sus facciones.

El tipo guarda su pañuelo, avanza unos pasos hacia mí, despega los labios y cuando va a soltar algo se para en seco; sigo su mirada; al desplazarse otra vez, la ola de adolescentes deja ver a dos hombres de profusa barba negra y lustrosa pelada, que miran al Estornudo con marcada antipatía.
Para hacerme el desentendido ahora que el Estornudo está parado con una postura de comprensible –los tipos le clavan la mirada– indecisión, saco el primer mensaje y me lo pongo a mirar sin interés –lo sé de memoria–, cuando veo de reojo que los hombres de barba expresan la misma antipatía hacia mí. Se los nota con intención de abordarme para dilucidar cierta cuestión que creo entrever. Avanzan.
El Estornudo me arrastra, sujetándome del brazo, calle abajo. En la esquina empuja las puertas batientes de un bar y ya me encuentro frente a él en una mesa redondita. Mientras mira hacia la vereda de la productora dice que nos olvidemos de Ema, que ya la volveremos a encontrar.
–¿Nos?–pregunto para molestar, mientras me saco los guantes.
Contesta que pensó que yo había entendido todo. Que no soy el único, no somos lo únicos, que buscamos a Ema. El Estornudo termina asegurándome que yo lo iría asimilando todo con el tiempo. Y se presenta como un hombre cualquiera, dice que no importa su nombre y que lo llame “Gil n°1” si así me gusta; agrega que él no quiere saber cómo me llamo y que ya se le ocurrió un apodo (esto tras ojear mis manos)
Pregunta si puede seguir develándome algunas cosas del asunto en el que estamos envueltos. No contesto pero igual ya me está diciendo que sabe que llevo uno o más mensajes en el bolsillo, que conoce el contenido esencial que se repite con mínimas variaciones en los mensajes (sustituyendo con X el lugar del remitente se pone a recitar el párrafo) y, después de hurgar en su campera, sacude un papelito amarillento en el aire. Silencio de un cuarto de hora. Tomamos café y fumamos sin mirarnos.
Ahora alarga su dedo índice, cuya línea imaginaria traspasa el empañado cristal del bar, evade al grupo de saltarines adolescentes y termina en los dos barbudos que miran hacia un lado y otro.
Asegura el Estornudo que el de la derecha es Marte, persona que intentó arrojarlo de un segundo piso en una conferencia de prensa el año pasado. Ante mi inminente pregunta responde que Marte, como el tipo que está a la izquierda, el Doble, también tiene un mensaje que entregar.

Por un momento, me parece no estar sentado sobre el tapizado verde y frío de la silla, sino en la rodilla gigante de un despiadado ventrílocuo.

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