XII. Hola o chau

El Sabañon XII. Hola o chau

En el castillo de madera

Nos perdemos en cadena:

Avanzamos de la mano

Por un camino trillado

Y ante las terribles bellezas

Que destrenzan sus cabellos

Destrenzamos nuestras manos;

“Si te he visto no me acuerdo”,

Nos saludamos…

Dos nenes cantan al lado del cartel de una película infantil, pero me doy vuelta otra vez y es una vieja imitando la voz estridente de un dibujo animado para divertir a una nena rubia. Los dos chicos, lampiños, no eran otra cosa que mi imaginación (si no fuera así, los chicos cantarían la cumbia villera; por otro lado, esa canción no existe, nunca la escuché antes…)

Entro a la sala (ni siquiera me piden autorización) con el mensaje un poco mojado en la mano, y un paquete grande de pochoclos (promoción al entrar) Todavía no bajaron las luces, pero la presentación terminó; los periodistas guardan libretas y grabadores. La busco; las rodillas me tiemblan y tengo el estómago frío.

Hay adelante una chica de pelo negro con bucles que podía ser Ema pero no, es alguna que le gustaría parecerse. Y ahora la veo bien, sentada al lado de su amiga y un par de tipos de traje. Avanzo hacia ella. Las luces se apagan.

Mis pochoclos ruedan por el piso. Casi me caigo pero sigo avanzando hasta que la luz blanca llena la pantalla, pero ya no distingo dónde está ella, tendría que empezar a buscarla otra vez. Empieza la película y estoy tan bien en lo oscuro, tan mal. Noto que ella no me busca como yo la busco, que sería capaz de alejarse de mí sin chistar. Y cuando respiro es como si el aire fuera metal rayado.

No puedo concentrarme en la película, es imposible, hay movimiento en la pantalla, gente que dispara y putea, actores argentinos que putean y disparan, pero yo me estoy acordando del jueves, cuando caminé hasta la oficina de un detective (un paso gigante en creerme toda esta historia: buscar en los clasificados del diario más rasca y seleccionar al azar, mejor dicho por conveniencia de ubicación, el teléfono de ese chanta que me prometió una localización rápida, nombre y apellido, dirección y, entre otros datos, breve reseña de actividades cotidianas del hombre que es Marte) A pesar de que creo que no hay explicación creíble para estos hechos, guardé mi opinión; si existe algún traspié en el orden de este mundo lo descubrirá y patentará el detective en sus investigaciones y más tarde me dará sus opiniones, el tipo filtrará toda la irrealidad y yo quedaré mentalmente ileso. Si el comentario de los demás es lo único que me mantiene lúcido. Hasta las palabras peyorativas del Polaco respecto al asunto me confortan, alejan dudas.

Porque lo único que sé con certeza es que el Estornudo, o algún otro mensajero anterior, apodó así a ese hombre pelado de barba por su belicoso desempeño en la tarea de entregar el mensaje. Ahora, cuánto hace que Marte lleva el mensaje en el bolsillo, no sé. Menos qué papel juega Ema en todo esto; la inmortalidad del mensajero, en todo caso inverosímil longevidad, presupone la del destinatario. El mensaje es otro tema, el mensaje tal vez sea eterno, duración indefinida; nuestros nombres pueden ser casilleros vacíos a llenar.

Bueno, basta. Creo que de verdad estoy mal; demasiada idealización, hasta me asusta llamar a Ema mujer: mujer son las madres, las tías y abuelas, para mí sólo existen los nombres, las manos, el pelo, los labios, los ojos.

Termina la película. El elenco se saluda e intercambia sonrisas, la mayoría nerviosas teniendo en cuenta la respuesta de los demás invitados. Decido irme sin entregar el mensaje, hoy no podría.

Pasa la viejita que me prestó el hilo dental y, mientras le da un codazo a una amiga, me sonríe. Enfrento las escaleras y cuando me doy vuelta para mirar hacia el lugar donde Ema debería estar nuestras miradas se encuentran. Yo otra vez, vuelto a nacer, Sabañón redivivo, decido avanzar de todas formas hacia la puerta y simular alejarme, para ver su reacción.

Aunque no tenga ganas de fumar, me detengo para sacar un cigarrillo. Miro hacia atrás, y veo que Ema habla con uno de los hombres trajeados; sin embargo, noto que por el rabillo del ojo me mira.

Sigo caminando y al rascarme la cabeza y darme vuelta veo que ella avanza más rápido, está ahora a dos metros. Ya en la boletería del cine pretendo mirar los carteles de la película infantil, mientras ella se detiene para comparar el vestido con el de su amiga, como son promotoras están vestidas las dos iguales pero alguna diferencia hay en la ropa y Ema parece buscarla (ojalá simule, ojalá haya otras razones en esa búsqueda de detalles)

Alcanzamos juntos la salida y ella da vuelta su cara y me mira, como para que la salude, para que diga algo, hola, o chau o no sé qué, pero yo no puedo, es demasiado, la situación es como para estar llorando tres horas sentado en la calle (¿y no será todo ensueño?, ¿no habrá mirado de casualidad?, ¿sus retardos no habrán sido inventados por mi complaciente imaginación?)

Vuelvo a casa en un colectivo viejo, ni siquiera fui rechazado y eso es lo peor, estoy mudo y lleno de cosquillas de bronca hacia mí mismo; ante Ema me comporto de manera absurda, inexplicable…

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