Asado y asesinos

Ese año detuvimos nuestro recorrido en Miramar, donde compartimos un asado nocturno con unos amigos. El departamento era en un edificio lejos del centro, recortado contra la nada. Nosotros llevamos tapa parrillera y asado americano, era lo único que encontramos en el supermercado y esperábamos que hubiera pan y ensalada, pero no había nada que no fuera vino Pecarí. El visitante encontraba en una de las paredes, clavado como una mariposa de cartón, un envase.

Uno tocaba la guitarra, muy bien porque era de conservatorio, primero nos mostró que había aprendido mucho, o mejor dicho los amigos le pidieron que nos muestre, y después tocó algo de Sumo, entre otras cosas.

Pronto, no sé cómo, salió el tema de la cantidad de policía que había en la noche de Miramar y uno de mis amigos lo relacionó con la violación y asesinato de una chica el año anterior. Entonces el Pocha, rapado, uno de nuestros anfitriones, un chico que se levantaba a la mañana y se hacía mates con vino, y una de las personas más agradables y simpáticas que se pueden encontrar a los veinte años, antes que dejara embarazada a una chica que conoció en ese u otro viaje y se retiró de una vez del rito de esas vacaciones compartidas con su amigo Esteban (de hecho, no mucho después, Esteban dejaba embarazada a la hermana del Pocha, así que se habrán retirado de común acuerdo o seguirán yendo juntos, con sus familias), El Pocha apuraba el tinto cerca de la ventana, comentó que habían conocido a esa chica, que eran bastante amigos porque hacía tiempo que venían a Miramar y la encontraban siempre.

Dejó claro que ver la foto en televisión lo había asombrado. Nosotros, tontos, quisimos saber cómo era la chica, si era fácil o no como para dejarse seducir por desconocidos. Esteban, que tenía bastante pinta y la dosis de gracia que a las mujeres les gusta, preguntó a sus amigos, como si nos estuviera perdonando la vida, si sabían cómo era él con las mujeres. Los amigos asintieron riéndose y Estaban afirmó que la chica era muy tranquila, nunca había aceptado ni siquiera un beso.

Afuera brillaban las estrellas y dilemas y cuestiones que nada tenían que ver con nosotros se nos cruzaron, es fácil encontrar la ensoñación y el miedo en la noche, más en el medio del campo y con una ventana abierta a la oscuridad, donde mucho más allá, se ven las luces de los autos como perdidas pero que avanzan con curiosa intermitencia.

Se comentaba que los asesinos de la chica eran policías. No sé si ya fueron enjuiciados o si el caso quedó impune. Ahí sentado, de repente, creí escuchar el murmullo lejano de los pensamientos del asesino o asesinos, un murmullo evasivo, distante, tal vez intemporal, pero tan real como los yuyos que crecen en el mismo lugar del vivero donde encontraron el cuerpo de la chica.

Más tarde nos olvidamos del tema, se contaron otras anécdotas (en una Esteban y el Pocha iban al amanecer con cuchillos y palos a vengarse de unos pájaros que los habían atacado en la ruta cuando volvían de un bar) y después salimos a dar una vuelta.

A.F

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