Michael Jackson

Nuestra generación, que de alguna forma todavía creía en el poder de la tecnología y la ciencia para cambiar el mundo, ha recibido un duro golpe con la noticia de ayer a la noche. Como bien dicen algunos cuentos, la desaparición física de una persona genera apariciones. Dudas, desengaños, pero también nuevas certezas. Ya sabíamos que el capitalismo había fallado al realizarse en su totalidad, pero recién ahora nos estamos dando cuenta que la industria del entretenimiento como la conocimos no iba a durar para siempre tampoco. Ahora que nos divertimos solos, gratis, y que la insatisfacción asoma de negocio en negocio, en un mundo que parece mucho más caótico, pero también mucho más gracioso del que jamás nos hubieramos imaginado en los ochenta, aunque éramos demasiado chicos para imaginar cualquier cosa válida.  Más adelante, cuando nos dedicamos a pensar y negar algunas influencias que nos habían hecho sentir gaseosos, volátiles, pero que no nos representaban a pleno, descubrimos que hay destrezas universales como el talento y el genio que no pueden condenarse. Y que, como pasa a veces con las personas, un imperio tiene que estar casi muerto para que podamos acercarnos sin riesgos y descubrirlo mejor.  En su asombrosa  medida justa.

Pero Michael Jackson.

Un tipo que bailaba como volando y que parecía que podría ser resucitado como Walt Disney, esta vez sí, de verdad.

A.  F.

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