Kong 7.

Estimado Adrián,

Ayer salvamos con Taka a un Noser del suicidio. Estaba en el borde del edificio de 500 pisos llamado Austen 2. Este Noser, en vez de cabellos, tenía múltiples y diminutas serpientes en la cabeza que lanzaban ávidas dentelladas al aire. Al acercarme noté que comían las moscas que lo rodeaban. La cara del Noser estaba desencajada. Un pavor.

Esto fue lo que nos relató en la sala de interrogaciones, donde se largó a llorar como un crío.

Sus inventores le habían comprado un gorro azul, de lana, que lo obligaban a ponerse para parecer una persona como las demás. En sus primeros años de vida llevó una vida común,  pero en cuanto entró en la adolescencia la diferencia con las demás personas se hizo más evidente. Los inventores se olvidaron que lo habían creado y que no era una persona si no un Noser, impreso con la Impresora Rivera N#5675628. Comenzaron a exigirle más que la poca comprensión que le daban y no pudieron ver en qué radicaba la fuerza de su diferencia. El Noser juntó odio, perdió a una Noser que se dejó influenciar por sus inventores y los de ella, y que por eso no pudo ver el titánico esfuerzo de su compañero para seguir adelante, y ya entrada la madurez, al comprender lo que había ocurrido, no encontró fuerzas ni un lugar donde apoyarse para seguir viviendo. Decidió lanzarse al vacío desde la torre Austen 2. Ahí entró en acción Taka, que se lanzó en caída libre con él. Las serpientes que anidaban en la cabeza del Noser los salvaron al enrollarse del cuello de una gárgola que sobresalía del edificio. Quedaron suspendidos juntos en el vacío.

En la sala de interrogaciones, Taka destruyó la gorra de lana que habían impuesto al Noser sus inventores.

¿Linda historia, no?

Pero no te escribo para contarte de nuestras aventuras en la inspección de Noseres impresos con las impresoras Rivera, empresa líder en su rubro y a la que tengo la suerte de pertenecer hace más de veinte años en carácter de inspector de Noseres, tarea difícil que realizo junto a la diligente Taka y que encuentro cada día más gratificante.

Te vuelvo a escribir porque sé que estás pasando un momento particular… digamos. Por esas vueltas del destino acá tenemos tus periféricos y podemos investigar lo que te ocurre; leo las cartas que escribiste, las que enviaste y las que tenés guardadas y también los tremendos mensajes de WhatsApp que mandaste a familiares desde tu confinamiento en esa torre de babel digna de un Kafka bañado en chocolate. También vi tu versión de La flauta mágica, jaja, un cortometraje llamado Inextinguible, jaja. Todo está clarísimo ahí. Inauguraste un nuevo género, el terror familiar, con ese corto….

Ya deberías ser capaz de prever las cosas.

Acordate de Penteo espiando a las ménades, y de lo difícil que fue hacerle ver a Agavé lo que había hecho.

Mírala fijamente.

Acércate a la verdad.

A la verdad sí pero a ciertos lugares no hay que acercarse, es tu responsabilidad, uno tiene que atajarse en el aire, pero sé que no es fácil. Lo sé, Adrián. Por experiencia propia…

¿Qué te puedo decir?

En el futuro está mucho más claro quién es quién.

Mientras tanto, a la vida hay que encontrarle la vuelta, como dice el cabeza dura de Bertrand Russell, lo importante es dedicarse a algo, invertir el tiempo en algo, en este caso yo me parezco a los científicos, que según Russell, son las personas más felices porque son absorbidos por su tarea. De paso, fijáte lo que escribe Russell sobre Conrad en su autobiografía 😉

Es importante ser metódico y a vos que te gustan las imágenes, te describo una mía para que la atesores:

Siempre que te escribo lo hago desde una de las mesas azules ubicadas en la vereda de un bar de toldo y fachadas rosadas. A un costado, un cantero con flores amarillas, las hierbas de San Juan. Estoy tomando con un sorbete un helado líquido de menta, a veces de kinoto al whisky, que me acompaña mientras me concentro en que te lleguen los mensajes. No es tarea fácil, y la dulzura del helado repone mis fuerzas.

Retomemos.

No te encasilles en tu problema auditivo. Buscá fuerza en tu originalidad, incluso en tu lado oscuro, ya no tengas piedad con los idiotas pero no pierdas compasión, acordate que el If de Kipling en tus tiempos no sirve; en tus tiempos se está construyendo el mundo desde el que te escribo y te puedo asegurar que es muy diferente a lo que tenés enfrente. Llegado un punto las cosas se van a poner vertiginosas.

Afrenta lo que sea con esa dignidad de príncipe que trataron de bajar de un ondazo que ahora tenés.  Recordá que siempre te confunden con otras personas; por algo será.

No bajes los brazos, pichón.

Kong

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