El viaje de nAn. II y III.

II

A los veinticinco se mudó a vivir solo. Cruzaron en colectivo la Villa, como otras veces, pero ésta sería para no volver. Su madre le compró algunos víveres y luego desapareció. Duraron unos cuantos días. Flaco y alto, mucho no comía. Lo que ganaría como administrativo en un sindicato le permitiría pagar las expensas e invertir en su colección de soldados de plomo. Si permitía, como querían, que sus padres le pagaran sus gastos, terminaría como su hermano mayor: en la vereda de un edificio, después de intentar volar por los aires.

El día después de la mudanza era sábado y no tenía nada que hacer. Encontró en el alféizar de la ventana a una lagartija que después resultó ser un camaleón. A algún vecino se le habría escapado. Compró una jaula para el animal.

En esa época dominaban la Confederación los Altamiranos. Al principio defendían a los animales y una noche lograron liberar a una jirafa, a los elefantes y a dos monos del zoológico. Su perfil en la red social explotó. Se organizaron como partido. Dos años después controlaban con dinero a las fuerzas armadas y degollaban al presidente en una plaza. Marquita, que luego sería vocera en la Primera Junta, observaba el asesinato con el mono en brazos. Llovía.

Pronto las calles fueron controladas por perros mecánicos. Podían volar. Eran como murciélagos. Los hacían de diferentes razas.

Uno de estos perros, un desertor, modificado en su software original, fue el que me visitó la mañana del viernes 29 de agosto.

III

Soltó la puerta, que se fue cerrando a sus espaldas mientras me buscaba con su mirada.  Luego caminó con las alas caídas entre las filas de relojes antiguos. Se detuvo y levantó lentamente la cabeza hasta clavarme la mirada. Extendió el brazo metálico y abrió la palma de la mano. Un reloj de muñeca circular y negro. Partido. Una nube verde de olor pútrido ascendió en el aire y desapareció.

Cómo te llamás?

Héctor.

Le señale el camino con la mano.

Sentate en esa silla, Héctor.

Apesadumbrado, arrastró sus alas negras y se sentó.

Cómo se llamaba el dueño del reloj?

nAn

Es un relator.

Así es, señor.

¿Hay que descifrarlo o sólo ponerlo en marcha?

Descifrarlo. ¿En cuánto tiempo puedo venir a buscar la transcripción?

En una semana tenés el presupuesto. El trabajo puede llevarme dos meses.

nAn le va a pagar.

¿Dónde está nAn?

Perdido, señor. Con su transcripción, espero encontrarlo, y entonces él en persona va a venir a pagarle. Tiene mucha plata, nAn. Gracias al experimento. Debería saberlo.

Yo no sé nada.

Debería, señor. -Me dirigió una mirada de reproche.

Agarró el recibo que le extendí por el reloj, me dio la espalda y apuntó hacia la puerta.

Ni bien salió me puse a trabajar. Para reparar estos relojes de grafeno, sólo se necesita una contraseña que nosotros sabemos. Son irrompibles pero simulan romperse en situaciones justificadas. Dicha la contraseña, el reloj se recompuso y tosió. Estos bichos pueden reconocer la temperatura y la humedad. La última grabación era el 11 de diciembre de 3012b. La b minúscula indicaba que fue grabada en un mundo paralelo y es un signo que sólo reconocemos los iniciados.

No sé porqué, me limpié la garganta antes de decir:

Quiero escucharlo.

La voz de mujer del programa relator, contralto, comenzó:

Atardecer. nAn camina por un sendero entre cardos y arbustos. Primero se saca el yelmo, luego dejar caer la capa con la cruz roja y por último la túnica blanca. Clava la lanza en el piso. Una liebre corre entre los árboles.  No tolera más Mingus. Pide a los Inventores, a través del comunicador, que lo devuelvan a la Confederación de las Islas. Nadie responde. Sus pulsaciones suben. Llega al tronco y se sienta. Escribe un nombre con un cuchillo en la corteza. No puedo descifrarlo.  Llora. Recomiendo que tome las pastillas que los inventores sumaron al kit de primeros auxilios. Deficiencia de serotonina. Come tres dátiles que tiene en su bolso. En el final del camino brilla el agua de un río. Ya en él, se agacha y bebe. Las pulsaciones suben más. Está mirando su reflejo en el agua. Cae. Pronto cesará mi relato. En el fondo del agua hay una puerta. Carcaza partida. Adiós mundo cruel, como dirían. El agua está envenenada.

Dije con vos firme:

Quiero escucharlo otra vez. Esta vez lento por favor.

Comencé a transcribir a la relatora.

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