Every once in awhile, it goes the other way too.

Sube la escalera del hotel en que se hospeda. El Resplandor. Barton Fink. Pero no estamos en una película, es la vida de Gastón. En ese hotel los empapelados no se despegan de las paredes. Ni si quiera hay empapelado. Sí otras cosas que llaman su atención. Una vitrina de cristal repleta de muñecos de cerámica. Bailarinas de ballet, una pareja de ancianos con cestos repletos de verduras y un fauno con flauta adornan el camino que recorre el huésped hacia su aposento. También cuadros de mujeres desnudas y en un rincón una representación de Cupido y Psique. En buen lugar vine a caer, pensaba Gastón.

Antes de las películas nombradas, Spielberg y Robert Zemeckis evidentemente fueron una influencia a su imaginario. También esas comedias románticas como Quisiera ser grande o Tootsie. Goonies. E. T. Kathleen Kennedy debería aparecerse en sus sueños y decirle: vengo a producirte una película. Ajustaría las cuentas con sus ilusiones.

En sus inicios había intentado imitar a Tom Cruise. Le hicieron notar un parecido físico, para algunos lejano, para otros cercano. Sentado en su pupitre rotaba una lapicera entre sus dedos como Maverick. Pero el padre de Gastón no había luchado en Vietnam. Ni en ninguna otra guerra.

Copiar, el animal que él era necesitaba copiar.

Hasta a las jirafas, copiaba. Su cuello se había estirado. Ahora tenía una hipótesis: el cuello largo de estos animales se debía a que así ubicaban más fácilmente las ramas. Tenían más cerca de sus orejas el susurro de las hojas.

Después de Hollywood también lo había influenciado el loco de Herzog (tanto el de Bellow como el real: el director de cine) y sabía que la naturaleza era salvaje y que los humanos eran parte de la naturaleza. No éramos diferentes a los monos. La bananidad del mal.

Pero, cuando el día terminaba todavía creía, como cuando era chico, que una fuerza sobrenatural iba a rescatarlo de algo. Antes no sabía de qué era. Ahora se había dado cuenta que la fuerza que había estado esperando toda su vida era él mismo.

Si las fonoaudiólogas que se rieron a los diecinueve años cuando en una logoaudiometría confundió coser con coger le hubieran recetado audífonos como los que ahora tenía él no hubiera sufrido tanto. Tal vez en esa época, él necesitaba coger, pero también necesitaba audífonos. O una cosa hubiera llevado a la otra. Nunca se sabe.

En un ambiente silencioso podía entender lo que hablaban dos personas, en uno con ruidos mínimos –como un aula, un colectivo, un bar, la calle, un departamento ruidoso– la gente eran mosquitos que zumbaban. Trató de aprender la lengua de los mosquitos. No era tan fácil.

Cuando iba a la facultad no tomaba notas, anotaba la bibliografía recomendada y luego la leía. No se la había ocurrido que podía tener que ver con un problema auditivo. Tampoco cuando en los exámenes estaba demasiado atento a los ruidos que su estómago generaba. Un problema de oído sin tratar genera vértigo, irritabilidad, inseguridad y una timidez enorme porque la persona es demasiado consciente de sí misma, de los ruidos que genera su cuerpo, de sus pensamientos.

Rellenaba lo que no lograba escuchar con sus propias ideas: un mundo donde las miradas dicen más que las palabras, donde los objetos señalan posibles caminos, donde la frase de cualquier cartel callejero es un descanso visual para el aislamiento mental que la hipoacusia genera. De chico mientras viajaba en colectivo devoraba los carteles publicitarios

En uno de sus primeros videos había creado a un hombre encasquetado en una lámpara. No existe mejor metáfora de él sin audífonos que ese video bizarro: el hombre lámpara. Diabolei es antónimo de simbolei.  Por un tiempo había encontrado su símbolo. Lo único que equilibra nuestras intenciones con la fuerza de la naturaleza son los símbolos. Eso es hermoso, pensaba Gastón.

Ya cuando se le ocurrió insistir ante su familia que había crecido con un problema auditivo significativo era demasiado tarde, los demás no podían creerle, por lo tanto él tampoco terminaba de creérselo. Pero si siempre fuiste un excelente alumno, etc.. Hasta su adultez se había sobreadaptado para que nadie se diera cuenta de nada. ¿Cómo transmitr a los demás lo que había sufrido? ¿Y de qué servía?

Hasta hace poco sabía cuál era su objetivo en la vida, sus recursos y sus posibilidades, y que no debía doblegarse ante la opinión de la gente para lograr lo que quería. Había visto claramente lo que determinada vida le hacía a las personas.

Si volvemos a Quisiera ser grande en cuanto el hechizo de la adaptación de Gastón terminó en una encrucijada cuando ya había pasado hacía rato los treinta años, el se acercó a un espejo y descubrió a un niño con un buzo cuyas mangas le colgaban hasta el piso. Un mes después los pantalones que antes usaba eran una carpa en los que podía agacharse, prender una vela y ponerse a leer. Pero en vez de eso se ponía a llorar. No había llorado al nacer, ahora podía sacarse las ganas.

Ya acostado en su cama de ese hotel de pocas estrellas, sus prótesis le permiten escuchar claramente como unos nenes corren por el pasillo golpeando las puertas. Cuando los ocupantes preguntan quién es, ellos emiten una risa desaforada.

Gastón piensa en los fantasmas de sus seres queridos. Quiere hablar con ellos. Logra hacerlo, eso lo alivia un momento porque al verlos, no necesita explicar nada. En la estratósfera ya lo saben todo.

Golpean su puerta.

–¿Quién sos?– le preguntan.

Silencio.

–Tom.

–Se llama Tom– le dice la nena al nene.

–¿Y de qué trabajas?

–Fui espía internacional, samurái, piloto de guerra, ex veterano de guerra, policía, rockero ochentoso, representante de deportistas, agente secreto.

–¿Qué es un samurái?

–Un guerrero japonés.

–¿Sos japonés?

–No.

–¿Y entonces?

–En esa película en una emboscada terminé en el bando de los rebeldes, en la aldea a la que me llevaron como prisionero conocí su cultura, me enamoré de una campesina y fui entrenado a  palazos por un subalterno: terminé uniéndome a su causa.

–¿Y ahora de qué trabajás?

–Soy un actor.

–Es un actor–susurra con énfasis el nene a la nena.

–¿Y en qué película estás?

–Una comedia… dramática.

–¿De qué trata?

–Mi personaje, que se llama Gastón, es un músico  que consigue un empleo corriente para recuperar el amor de una chica. En la oficina se hacen bromas macabras unos a otros. En la mitad de la película descubre que la chica no se había alejado por su profesión, si no por otra razón, mucho más dolorosa y difícil de procesar para él. Había cometido demasiados errores. Es demasiado tarde, y continúa con ese empleo.

–¿Y cómo termina?

–El director no me quiso entregar el guión completo.

Risas. Los chicos se van corriendo por el pasillo y golpean otra puerta.

Adrián Gastón Fares

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