Fantasmas

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Durante años visité en Lanús la casucha de mi tía María, Josefa Alvarez, en la casa de mi tía abuela italiana. Ella, de madre española, me contaba historias de su Avellaneda y yo las escuchaba maravillado. La tengo por escritora y cuentista. Escribía con el mate, con las galletitas con queso duro, con la lluvia que caía afuera, con el sol que entraba por la ventanita. Casi sin dudas, la persona más alegre y bondadosa que conocí en mi vida. No salía a la calle porque estaba lisiada. Era muy petisa, tenía una joroba pronunciada y una mano inutilizada, con los dedos arracimados. Decía que había sido por lavarse un día con agua fría las manos. Pero yo sospecho que la envenenó la fábrica de fósforos en que trabajó desde chica. Desde que nací hasta el final de mi adolescencia iba a visitarla regularmente. A veces le llevaba libros. Sí, desde que nací la iba a visitar.

Mi tía María no era de mi familia de sangre, se casó, ya muy grande, a los cuarenta, con un tío abuelo que murió bastante joven. Mis visitas se esparcieron cuando empecé la carrera de cine en la UBA y tenía que viajar hasta Nuñez.

Poco a poco comenzó a perder la audición y a los ochenta y tantos decayó totalmente. El principio del final de sus días coincidía con mi presencia en las proyecciones en fílmico de westerns que nos pasaba en tediosas y melancólicas tardes Fernando Martín Peña.

Pocas veces hablamos del amor, algo que yo nunca había experimentado, mientras chorreaba el agua de las tejas acanaladas al piso de mosaicos ocres y rojos de afuera. Me dijo que era algo terrible, que te dejaba ciego para ver la realidad. Un muchacho le había prometido algo de joven, y luego la abandonó. No sé si el abandono tuvo algo que ver con su súbita deformación física.

Cuando escribí esa novela llamada Elortis (nombre horrible, supongo) la incorporé como personaje y tuve que decidir si contar o no su final. Finalmente, decidí que era demasiado sórdido para la novela y que no tenía lugar. Pero siempre le doy vueltas a la cabeza una tarde que fuimos a un hospital de Longchamps con mi madre y yo no me animé a entrar a la sala de terapia intensiva. Mi madre salió un poco impresionada.  Eso ya lo decía todo. Tomé una coca-cola en lata con un dolor punzante en el pecho. Me sentía cobarde y triste.

Unos meses antes la habían trasladado a un hospital de Banfield y frente a mí la pusieron en una camilla para hacerle placas, o por lo menos eso recuerdo. Del dolor físico, ella no me reconocía a mí. Y de repente empezó a gritar. Era un grito de dolor que yo nunca volví a escuchar (ni en el padecimiento de mi tío abuelo, ni en la muerte terrible de mi abuela). Aovillada, gritando, mi tía María finalmente había sido vencida por la vida. No sé si en ese momento, o más tarde, empecé a suponer que ese grito no provenía del dolor de una enfermedad, o de los huesos, ya debilitados, de su físico siempre embrionado.

No, me dije, este grito viene de todo lo que se tragó durante su vida, de verse súbitamente expuesta a una tortura más, y supuse, ya sin vuelta atrás en mi mente, que el grito era una respuesta a ese desengaño amoroso inicial que me había contado dos o tres veces.

Ahora, cuando visito a mí tía abuela, soy yo el que pasa como un fantasma por la puerta en que fui feliz tantas tardes de mi vida, y me parece que es ella la que observa, bien viva, desde adentro.

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