Nonthue: el pueblo bajo el agua.

En las últimas vacaciones de verano no sabía qué hacer, así que dos o tres días antes de la fecha que me había pedido en el trabajo, decidí anotarme en un viaje en grupo, organizado por la UBA, que ofrecía una estadía en unas cabañas en las orillas del Lago Nonthue, creo que a unos cincuenta kilómetros de San Martín de los Andes. El Nonthue es una continuación del lago Lácar.

De entrada, en el viaje en el bus, me hice un par de amigos. Después de un largo viaje, con parada en Junín de los Andes, llegamos, y al otro día descansaba con una chica al lado acostados sobre una piedra.

Las salidas eran largas y cansadoras. La más cansadora de todas fue el trekking en el Cerro Mallo, de pendiente pronunciada, seis horas de subida y seis de bajada. Los coordinadores hacían juegos, uno de ellos consistía en hacerte amigo de un árbol y abrazarlo. Para eso un compañero te guiaba con los ojos vendados hacia uno de los árboles. La cuestión era retornar algún día para saludar al árbol amigo.

Me gustan los árboles. Creo que toda familia tiene su árbol, y el de la mía es el olivo. Igual, no sé qué tipo de árbol abracé en el viaje.

Uno de los días, después de retornar de una excursión mañanera y almorzar, me acosté a dormir la siesta. Con el viento fresco que venía del lago y se colaba por la puerta de la cabaña en esa habitación mixta, se dormía con ganas bajo la bolsa de dormir.

Al despertarme, me pareció que el refugio estaba silencioso. Por mi pérdida de audición a veces no me doy cuenta de dónde proceden los sonidos. Me quedé dormido con los audífonos puestos pero el sueño fue tan profundo que no noté que en algún momento el bullicio de la gente jugando al vóley afuera amainaba. Después me dirían que me despertaron y que yo dije algo así como “ahí voy”, pero seguí durmiendo. De esto, ni enterado.

Al salir de la cabaña encontré el lugar vacío. Miré al cerro Mallo y todo era de una tranquilidad de lo más protectora. Pero, angustiado y medio nervioso, caminé unos pasos y me crucé a la señora de limpieza del albergue. El grupo había partido en el bus a una excursión al lago Hum Hum hacía diez minutos. Me quería matar. ¿Qué haría esas cuatro o seis horas?

No era la mejor época para quedarme solo con mis pensamientos. Traté de dormir un poco más en la cabaña pero no pude.  Salté de la cama y caminé hasta la orilla del lago con “Levantad carpinteros, la viga del tejado” en la mano. Leí un poco y encendí un cigarrillo. Detrás de mí, separada del albergue, había una cabaña. Las gallinas andaban sueltas, dando vueltas de acá para allá. Ese día, el dueño de la casa, un hombre de unos setenta años, tenía compañía, y en la orilla del lago había unos chicos arriba de una canoa atada con una soga larga en el tronco que yo estaba sentado. Un perro también daba vueltas como las gallinas y se acercó a olfatearme. Un hombre con cara aindiada apareció y me pidió un cigarrillo. Le convidé y le conté que estaba solo porque perdí la excursión. Le comenté que debía ser lindo andar en bote en ese  lago. Me dijo que sus hijos estaban por salir, que fuera con ellos. No lo dudé y me subí al bote con una nena de unos seis años, un niño de unos once y una adolescente. El niño era el que remaba. La tenía muy clara. Cruzamos el lago Nonthue hasta una isla boscosa. Decían que por ahí había mapuches. De noche se veían luces del otro lado del lago, pero los turistas no sabíamos si eran luciérnagas o qué. Caminé un poco por la isla. La excursión en canoa me alegró el día y volví lleno de energía. Estaba seguro de haberla pasado mejor que mis compañeros del viaje.

Al retornar, a la distancia, el albergue se veía desierto todavía. Le agradecí al padre de los chicos el viaje en canoa. Estaba sentado, con su mujer, alrededor del dueño de la cabaña, que tenía un vaso de sidra en una mano y la otra sobre su rodilla. Me preguntaron si quería un poco. Les dije que no y me sumé a los mates que servía la mujer. Ya el sol había bajado y hacía frío.

El hombre estaba contando historias de rescates. Varios habían desaparecido en las excursiones de trekking, incluso un grupo de holandeses había perdido gente, y él era convocado por gendarmería para encontrarlos. Conocía esos lugares mejor que nadie.

Un nene había desaparecido y los perros de gendarmería buscaron en vano por el lugar, reclutando al tomador de sidra para la búsqueda, cuyos perros llegaron a un lugar donde se detuvieron. En ese momento, no encontraron nada.  Meses después lo encontrarían muerto  al niño cerca de ese lugar.

Cada vez que alguien salía de excursión de pesca y desaparecía era a él al que llamaban para que rastreara el lago y encontrara lo que había que encontrar. Así pasó con un pescador. Él lo encontró y lo tuvo que enganchar con sogas para sacar el cuerpo hinchado del fondo del lago. Gendarmería no sabía cómo sacarlo. Quise saber si había visto alguna vez algo raro. Dijo que sí, pero que no quería hablar de esas cosas porque lo iban a tomar por loco. La mujer, creo que la nieta del hombre, lo animó a soltar la lengua.

Contó que una vez iba en su canoa, y vio que una forma gigante lo perseguía bajo el agua. Trató de no mirar hacia atrás, pero la forma, con el color de la piel humana, rodeó su embarcación. Siguió remando para alejarse y la forma lo siguió hasta que, de repente, desapareció. Después de ese día, empezaron las pesadillas, mucho peores que la persecución real.  No podía dormir de noche. La forma que había visto se repetía en sus sueños. Dijo que a él le pareció que había un pueblo bajo el agua. Sus pesadillas tenían que ver con eso. Una suerte de inversión del bosque.

Su obsesión con la forma que lo persiguió duró años, y parece que el hombre jamás se recobró del todo de ese viaje, nunca más pudo dormir en paz. Había gente viva bajo el agua. Además de los muertos que solía desenganchar del fondo del lago.

Un forma con piel humana. La descripción es vaga, pero es lo que el hombre dijo. Contaron historias del camino de Neruda, de la construcción de un museo del Che Guevara en San Martín de los Andes, que había construido el esposo de la nieta del hombre, el que me invitó al viaje en canoa. También el hombre había domesticado a un jabalí, que termino matando, para hacer no sé cuántos kilos de chorizo.

Ya casi de noche, una chica vino corriendo desde el albergue a buscarme. Agradecí la compañía a los presentes y volví con el alegre grupo de turistas.

Adrián Fares

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