Carreras políticas

No se lo esperaba.  Martín se restregaba los ojos rojos frente al monitor. Era casi mediodía. La tarde del día anterior había terminado un trabajo para Canadá, hackeó una tienda de ropa virtual y después había estado jugando hasta las cinco de la mañana.  Warcraft, Gods and Devils, un shooter en primera persona que simulaba que eras un agente anti terrorista, el viejo Swat que amaba, otro juego en el que dirigías una panadería de proyección internacional. Los resultados habían sido buenos, sabía que había superado a sus oponentes sin hacer trampas, pero no había reparado por cuánto los había vencido.

Y ahora estaba frente a la pantalla azul que decía Buenos días, Presidente No tenía ganas de cambiarse, no tenía fuerzas para enfrentar lo que sabía que tenía que enfrentar, pero se alegró de haber ganado algo. Bajó el volumen porque estaba sonando el himno nacional y sus oídos eran sensibles.

Nunca había ganado nada. Lo único que había obtenido había sido un paquete que alguien se olvidó al bajar de un colectivo. Era la última vez que había salido de su casa, hacía más de un mes. La chica se había olvidado el regalo de su sobrina y Martín, que pensó que sería algo de valor, un gadget o alguna prenda que le serviría, tomó la bolsa de cartón, luego de mirar dubitativo al chófer. Al bajar se dio cuenta que era un regalo para un niño y en su casa vio que dentro de la bolsa había una caja, y adentro de la caja unos zapatos para una niña. Eran blancos, de cuero sintético, con detalles dorados que brillaban, y Martín los miró sin saber qué hacer. Al otro día contactaría a la dueña a través de su cuenta bancaria y se los devolvería. No quería que ninguna niña se quedara sin su regalo de cumpleaños, ya que la caja tenía un moño. ¿Qué iba a hacer él con unos zapatos de niña?

Pero ahora tenía que volver a salir. Global Voices Entertainment lo había decidido. Era imposible seguir jugando. Su computadora estaba bloqueada. No había manera de encontrar ningún tutorial que le explicara cómo hacer desistir a la máquina de su saludo. En el celular lo mismo. Ni siquiera llamada de emergencia. Se repetía el escudo nacional y la frase tenía una única variación: decía Bienvenido. Bienvenido, señor Presidente. Todos los dispositivos estaban inutilizados por el mismo saludo.

El software que medía la capacidad de una persona había decidido que Martín era el hombre más inteligente de su país, de ahí que ese mensaje titilara, increíblemente, frente a su pantalla. De ahí que su sistema estuviera en suspensión hasta que no ocupara la computadora que realmente le pertenecía de ahora en más, la que estaba ubicada en el Congreso. Miró a su perro. No se permitían mascotas en el Gobierno así que tenía que hacer algo con el animal. Grateful, así se llamaba el perro, ya se había dado cuenta que no vería a su dueño por mucho tiempo, quizá nunca más. Lloriqueaba.

Fue a su habitación se caló la mejor ropa que tenía, camisa blanca, un saco, pantalones de vestir, zapatos negros. En la mochila, ya que no tenía portafolio ni valija, tiró unos libros, la pasta dental, el cepillo de dientes, un gel para el cabello, un repelente, un protector solar, un peine, una brocha y la máquina de afeitar. Su barba estaba bien crecida y eso no sería bien visto, pero lo único que podía hacer era lavarse la cara.

No sabía cuánto tiempo le llevaría llegar al Congreso, si es que llegaba. Podía estar días atrincherado si lo emboscaban. Como presidente, podía portar un arma así que adentro de la mochila ubicó una pistola, que era lo único que tenía para defensa personal.  Había pertenecido a su padre, que ahora estaba en una residencia para mayores. Se la había olvidado como tantas otras cosas.

Aupó al perro y golpeó en la casa de su vecina. La mujer no le hizo preguntas, hasta que no llegara al Congreso, no podía saber qué jerarquía tenía él ahora. Le explicó que tenía que visitar a su padre por unos días. Aceptó a Grateful y una suma de dinero para su cuidado. El perro lo observó mientras se metía en su coche y arrancaba. Adiós, Grateful, le dijo. Y la mujer de repente miró al perro como si entendiera que algo trascendente había ocurrido.

Hizo dos cuadras sin problemas. En la tercera, al doblar en la avenida, la camioneta negra empezó a pasar a otros coches para tratar de alcanzarlo. Martín pasó un semáforo en rojo. Miró por el retrovisor. La camioneta había desaparecido. Estaba cruzando una calle, a unas ocho cuadras del Congreso, cuando la camioneta le dio de lleno. Los airbags se inflaron. Su coche rodó por la calle hasta una panadería. Quedo atrapado en el coche y le costó salir, pero pudo hacerlo y se escondió dentro de la panadería que estaba cerrada. Debía ser domingo, claro.

Los disparos lo interceptaron antes de que pudiera saltar por arriba del mostrador. Pero ninguno dio en el blanco. Miró por arriba de su trinchera, cubierta de galletas y panes, y descubrió que dos agentes de Opium Researchers le apuntaban desde la puerta abierta. No se imaginaron que podía estar armado, ya que entraron sin ningún cuidado a la tienda. Aprovechó para sacar su pistola, levantarse y disparar dos veces seguidas. Los simuladores habían mejorado su puntería. Mató a los dos agentes de Opium. Pero no podía esperar a que llegaran los demás. Así que salió corriendo de la panadería y enfiló la calle hacia el Congreso. Las personas se detenían ahora porque se habían dado cuenta de lo que estaba ocurriendo. Un nuevo mandatario. ¿Lograría hacerlo?

Corría por la calle, y le disparaba a cualquiera que se interpusiera en su camino. Un vagabundo se cruzó con un palo. Martín no sabía cuál era su intención pero lo abatió sin ningún reparo. Un agente de Opium, detrás de un árbol disparó con tanta puntería que le dio en su pierna. Estaba por subir las escaleras del Congreso y llegar a su objetivo. Pero rodó por el suelo y se hizo el muerto. Cuando el agente de Opium se acercó para rematarlo, Martín incorporó la mitad superior de su cuerpo y le asestó un disparo certero en el pecho al agente que lo dejó fuera de juego. Así que, rengueando, subió las escaleras.

Todavía no podía creer el cómputo y el resultado; lo habían elegido entre millones. A pesar de que Global Voices dirigía al país, tenían que tener el mejor representante posible. Buenos días, señor Presidente ¿Cómo sería su vida si lograba traspasar la puerta del Congreso? ¿Quién sería la primera dama? No se sabía mucho. Tal vez una vieja decrépita. Pero se esforzó en verla como lo que tal vez fuera, una princesa atrapada en ese palacio.

Los de Opium no podían dispararle una vez que había pisado las escaleras, así que dos agentes observaban cómo subía, manchando a su paso de sangre los escalones gastados. Notó que no había excrementos de palomas. Claro, hacía rato que las habían exterminado.

La puerta estaba entreabierta como si lo estuvieran esperando. Así que sería el nuevo mandatario del país, qué lástima que no se le había ocurrido contárselo a su padre, que de todas manera lo olvidaría al instante. Qué lastima que no se lo había dicho a la vecina. A su ex esposa. Debería haberle dejado un mensaje que trasmitiera su nuevo estatus. Pero ya era tarde. Grateful lo sabía. Con eso le bastaba. No tenía amigos así que no podía contarle a ninguna otra persona. A los que le hubiera gustado contarles habían muerto, la mayoría detrás de su teclado después de una extenuante orgía de juegos. Ya no podían enterarse de la noticia.

La puerta entreabierta dejaba ver lo bien iluminado que estaba el Congreso. Tal vez pudiera derogar alguna ley y pedir que le dejaran traerse a Grateful. Pero, ¿cuánta sangre estaba perdiendo?

Miró por encima de su cabeza y vio que los de Opium esperaban abajo con sus pistolas en alto. Si no lo dejaban entrar, y todo era un error, podían abatirlo ni bien descendiera el último escalón. Pero ahora estaba arriba. Iba a ser presidente. ¿Qué eran esas formas oscuras su lado? Sólo las había visto de lejos, hacía mucho tiempo.

Estaba  unos diez pasos de la puerta cuando el mayordomo salió. Lo único que llegó a ver fue ese moño ridículo en el traje. Inmediatamente, el ex chófer del último presidente elegido por el antiguo sistema de voto universal, secreto y obligatorio, y ahora cuidador del Palacio del Congreso, salió con un arma de proporciones amenazantes.

Un estruendo y comenzó a sentir la quemazón. Su cuerpo se iba solidificando de las pies a la cabeza. Sus miembros inferiores ya estaban grises, y no podía moverse, un paso más hubiera significado partirse en pedazos. Mientras la rigidez se apoderaba de sus miembros superiores y los latidos de su corazón bajaban hasta hacerse imperceptibles, llegó a observar las formas.

El entumecimiento llegó a su cabeza y el último atisbo que tuvo del lugar donde estaba fue el del destino de los demás que habían sido elegidos como él. Estaban a su lado, más o menos ordenados en hilera, en diferentes poses dinámicas que recordaban su intención de traspasar la puerta del Congreso. Petrificados. Estatuas de futuros mandatarios, elegidos por Global Voices y neutralizados por el mayordomo del Congreso. ¿Existiría alguna relación entre los dos?

Lo último que escuchó, antes de convertirse en una estatua más, en un objeto de exhibición, fue Adiós, señor Presidente. La voz de un niño.  Debía haber empuñado y soltado el globo que llegó hasta él, rodeó su cabeza de piedra, y siguió ascendiendo.

Adrián Gastón Fares

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