Turnos

Fui hasta la casa de Alfonso, tenía una tarea bastante simple que realizar. Arrojé el pedazo de carne envenenada y Matilde, la ovejera alemana que era su guía porque Alfonso es ciego, lo engulló. Me quede mirando cómo la perra tenía convulsiones, se retorcía para terminar tiesa en el pasto cubierto de rocío de la mañana.

Tuve que esperar una semana hasta que su mensaje me llegó. Estaba destruido por la muerte de su perra, necesitaba verme cuanto antes. Pero unos días después la novia le había conseguido otro perro entrenado y la tristeza de Alfonso se disolvió tan rápido que decidió suspender su turno.

Así que tuve que preparar otra estrategia. No podía volver al hospital, el sueldo era malo, los pacientes demasiado agresivos, y los demás empleados desagradables. Estuve revisando mis anotadores, aunque están llenos de dibujos y prescripciones de medicamentos más que perfiles de personas. Por suerte, mi memoria es bastante buena. De paso, me tragué un par de ansiolíticos que me había dejado el visitador médico en su última visita. Eso y el vodka me mantienen en forma.

El caso de Marina era más complicado de abordar que el de Alfonso. Para recuperarla tenía que golpear su talón de Aquiles. ¿Cuál era? Su ex novio. Así que busqué en las redes sociales al muchacho, lo encontré en una relativa al trabajo, copié su información completa y tuve que pagarle unos pesos a un diseñador gráfico para que montara una fotografía de Diego, así se llama, con una rubia hermosa en la playa. Luego agregué a Marina al perfil falso y le mandé un mensaje haciéndome pasar por Diego y dejándole en claro que haberla dejado fue la mejor decisión que tomé en la vida.

En esta ocasión, la suerte me ayudó. A las pocas horas recibí el llamado de Marina. Estaba desesperada porque venía sospechando que su actual pareja la engañaba y además ¡había aparecido su ex para recordarle lo terrible que ella era! Me apresuré a darle un turno, advirtiéndole que había ajustado mis honorarios a la inflación. Le bajé el fármaco que toma para que volviera a recurrir a mí en corto plazo. Pero con una paciente no puedo costear los tratamientos para la enfermedad progresiva de mi esposa, así que tuve que pensar otra vez. Pastillas. Vodka.

Tomás es un chico con trastorno bipolar, mi tratamiento lo contuvo, pudo independizarse de su familia y hasta lo que yo sabía llevaba una existencia feliz, completa, que había hecho que dejara de visitarme. En este caso, simplemente tuve que escribir una carta a su actual trabajo. Afirmé que Tomás era peligroso para la institución, que no había querido ser tratado por enfermedad, y que si no tomaban medidas urgentes, el impredecible Tomás sería una amenaza para ellos. Llamaron a su madre, que me contactó a mí, y Tomás volvió a atenderse conmigo.

Como verán, poco a poco, voy recuperando pacientes.

A. G. F.

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