Seré nada. Capítulo 41. Nueva novela.

Leyendo Seré nada. Capítulo 41. ¿De qué trata Seré nada? Un grupo de amigos con hipoacusia viajan al Sur del conurbano bonaerense en busca de una mítica colonia sorda, pero dan con unas personas extrañas que parecen tener un peculiar trastorno alimenticio. Y parece que los acechan otras personas con otros tipos de trastornos, incluso más peligrosos…

41.

El barbudo tenía un pie sobre la espalda de Ersatz, como si hubiera sido fácil reducirlo. Tenía un brazo alzado para descargar el puño cerrado en caso de que fuera necesario.

Lungo gruñía y separaba más los brazos mientras avanzaba con más velocidad hacia el encuentro de Fanny, que tenía la boca apretada y la nariz manchada con la sangre de Ersatz.

—No saben con quién se están metiendo —dijo Ersatz, fue lo único que se le ocurrió para la situación en que estaba. El barbudo le pegó una trompada en la mandíbula.

No sintió dolor, pero se preocupó porque era una zona cercana al oído. Lo que faltaba era que lo dejaran más sordo.

Lungo se detuvo. Fanny tenía su celular en alto. Le estaba mostrando algo en la pantalla que el gigante parecía no querer ver. Se tapaba la cara, retrocedía, y daba vueltas sobre sí mismo, moviendo las manos hacia arriba como si estuviera espantando a unos murciélagos.

—Quería… Como ellos… Ser… —gritó Lungo con su voz cavernosa.

Fanny asentía con la cabeza.

—Así… No —agregó Lungo.

La cara de Fanny se desarmó otra vez. Parecía querer llevar el colmillo hacia la nariz por momentos, por otras apretaba los labios contrarrestando ese movimiento. Los ojos empequeñecidos, las lágrimas otra vez sobre sus alisadas mejillas. En ningún momento dejó de tener el celular en alto, hasta que Lungo dejó de dar vueltas.

Se acercó a ella y se arrodilló.

Fanny se inclinó para abrazarlo. Lungo aceptó el abrazo y la rodeó con sus largos brazos.

Giró la cabeza y miró hacia donde estaba el barbudo y el chico asiático con una mirada que estos dos nunca le habían visto.

Tenía apretada la boca, no babeaba, y el odio que reflejaban sus ojos era más alarmante que su colmillo deforme y su altura.

Lungo se incorporó, se quitó la mitad del pelo largo de la cara y empezó a caminar hacia donde estaba Ersatz y Silvina.

El barbudo dejó de pisarle la espalda a Ersatz y se inclinó.

—No soy como los que mataron a tu amigo —murmuró.

Ersatz ubicó las palmas debajo de su cuerpo y tiró las piernas hacia atrás. El barbudo cayó al piso.

El chico asiático, que ya había soltado a Silvina y retrocedía, se asustó más al ver a su amigo derribado.

Inclinó la cabeza, haciendo una reverencia de despedida, y empezó a escapar, corriendo hacia la avenida.

El barbudo se levantó, hizo una reverencia con la cabeza y también se lanzó a correr.

Lungo corría dando enormes zancadas y aunque parecía imposible que alcanzara a sus nuevas presas, verlo no daban ganas de especular con la posibilidad de que lo hiciera.

Los perseguidos miraban hacia atrás cada tanto y se seguían alejando más rápido.

Ersatz miró hacia Fanny que de perfil en la mitad de la calle tenía los hombros bajos. Parecía agotada y desconsolada.

Silvina miraba hacia Lungo, que gemía mientras corría al barbudo y al chico.

Ersatz le preguntó a Silvina si se encontraba bien.

—Yo sí… Pero los otros… Pobres… Son locos, los deforman en el colegio.

—Vamos. No hay tiempo que perder —dijo Ersatz mecánicamente como si necesitara decir algo obvio para asimilar lo que acababa de escuchar.

No quería que nada lo distrajera de la idea que se le había ocurrido, un plan que quería ejecutar de la mejor manera posible. Y eso significaba disfrutar el proceso.

Empezó a correr con las manos estiradas hacia arriba, gimiendo como si fuera Lungo.

Silvina lo miro incrédula y dubitativa primero, luego sus ojos se encendieron y se lanzó a correr como Ersatz.

Corrieron bajo el sol, por detrás del gigante, gritando y moviendo las manos, hasta que se cansaron.

Una vez que el barbudo y el adolescente asiático doblaron en la avenida, Lungo gimió y dejó de perseguirlos. Tenía la mirada nublada.

—Vamos, Lungo… Vení con nosotros —dijo Silvina mientras ladeaba la cabeza hacia el trecho que faltaba hasta el colegio.

Lungo tenía los ojos húmedos ahora. Se tapó la cara con las manos grandes.

—Puedo… No… Fanny… Sola… —dijo y se volvió para retroceder por la avenida.

Silvina se acercó a Ersatz, resoplando.

—Les tajean las bocas… —Silvina miró hacia atrás.

—Lungo… —dijo Ersatz.

—Van a hacerle lo mismo a Gema y a los demás… El gordo ese, Osvaldo se llama, está vestido como para una fiesta…

—Vos sabés manejar, ¿no? —le preguntó Ersatz girando los puños delante de ella.

—¿Qué? No entendí… Ah, ¿me estás cargando? Te hizo mal ponerte ese buzo de hace ochocientos años. ¿No había algo más grande?…

El buzo dejaba ver el ombligo de Ersatz. Y la capucha parecía un pañuelo alrededor del cuello.

—Ah, sí, esos pantalones. —Silvina miraba con desaprobación los holgados jeans de Ersatz. —No sé manejar.

Ersatz la miró con seriedad. Suspiró.

Aspiró el aire fresco.

—Vamos —apuró Ersatz.

—¿Adónde?

—Vamos, volvamos, toda esta corrida fue al pedo, tenemos que volver por Lungo— dijo Ersatz mientras giraba hacia Marco Avellaneda.

Silvina no entendió bien lo que había dicho Ersatz. Tampoco comprendía qué quería hacer su amigo. Pero lo siguió.

En el camino hacia la casa de los padres de Ersatz, pensaba, con tristeza, que ya debía ser tarde para hacer algo por Gema y los demás. Necesitaba abrazar a Fanny y esas ganas la hicieron correr más rápido que Ersatz por las calles.

La adolescente seguía en el lugar donde la habían visto la última vez. Estaba sentada en el suelo. Lungo, de pie, custodiaba, mirando hacia la avenida como si esperara que un malón apareciera de un momento a otro.

Fanny miró a Silvina con timidez y con un poco de miedo. Silvina no la abrazó. Le ofreció la mano. Fanny la tomó.

Caminaron en silencio y doblaron en la esquina de Ersatz.

Lungo bajó la cabeza para mirar a Ersatz que se había interpuesto entre él y la avenida.

Mientras lo escuchaba fue levantando la cabeza hasta que sólo vio el cielo.

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada / Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

Adrián Gastón Fares creció en Lanús, Buenos Aires. Egresado de Diseño de Imagen y Sonido de la Universidad de Buenos Aires. Autor de las novelas IntransparenteEl nombre del puebloSuerte al zombi y el libro de cuentos de terror Los tendederosSeré nada es su cuarta novela. En literatura fue seleccionado en el Centro Cultural Rojas por su relato El sabañón que, hace 14 años, inauguró este blog. Mr. TimeGualichoLas órdenes son algunos de sus proyectos cinematográficos premiados y seleccionados, así como el documental musical Mundo tributo, también estrenado en televisión y en festivales de cine. Por otro lado, Adrián tiene pérdida de audición. El diagnóstico tardío de su hipoacusia y el descubrimiento de las prótesis auditivas que la aliviaron fue un proceso difícil. Afortunadamente, no le quitó las ganas de crear y pensar mundos posibles e imposibles a través de las palabras y las imágenes.

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