Artículo en la Revista de Cine L’ Ecran Fantastique sobre mis dos próximas películas.

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https://ecranfantastique.fr/view_post.php?id=34640

Ilustración para Gualicho de Diego Simone. Al final, el afiche creado con el ilustrador Sebastián Cabrol.

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Le Ecran Fantastique Nota Gualicho y Mr. Time.jpg

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Dice la nota en la revista de cine francesa L´ Ecran Fantastique:

Dos películas de un director Argentino, autor de la inmortalidad y del tiempo.

Dos películas de terror argentinas en preparación: Gualicho y Mr. Time.

El cineasta argentino Adrián Gastón Fares prepara dos películas de género, Gualicho y Mr. Time. La primera presenta al Gualicho, un espíritu malvado temido por los grupos indígenas, Mapuches y Tehuelches, del sur de la Argentina y de Chile…

English:

Two films by an Argentine director, autour about immortality and time.

“Two Argentine horror films in preparation: Gualicho and Mr. Time.

Argentine filmmaker Adrián Gastón Fares prepares two genre films, Gualicho and Mr. Time. The first one presents the Gualicho, an evil spirit feared by the indigenous groups, Mapuches and Tehuelches, from the south of Argentina and Chile …” And then delves into Mr. Time.

Aquí el texto completo en francés:

Deux films d’un réalisateur argentin autour de l’immortalité et du temps.

Deux films d’horreur argentins en préparation : WALICHU et Mr. TIME….

Le cinéaste argentin Gaston Adrián Fares prépare deux films de genre, “Walichu “et “Mr. Time”. Le premier met en scène le Gualicho, esprit mauvais redouté des groupes indigènes, les Mapuches et Tehuelches, dans le sud de l’Argentine et du Chili. Nico Onetti, réalisateur, scénariste et producteur de “What the Watters Left Behind”, en est le producteur exécutif. Dans une maison de campagne, une famille découvre que soudainement, la mort n’existe pas. Les poules ne meurent pas, ni les gens. Lorsque de l’un des frères décède, les autres commencent donc à se tuer mutuellement. Pour eux, c’est un jeu qu’ils pratiquent en cachette de leurs parents. Quand le dénommé Edward se perd sur la route, il trouve dadite ferme habitée par Maria et ses trois jeunes frères et sœurs. Ensemble, ils vont lui montrer qu’il n’y a pas de frontière entre la vie et la mort, et que cette dernière peut être un jeu vicieux. Dans le second opus, situé dans les années 90, le héros et ses amis vont découvrir ce qui se passe dans leur école hantée en suivant Ismael, le fantôme d’un petit garçon dont le corps est entièrement formé par une armée de papillons. Ismael les guidera à travers le labyrinthe du temps que cette école est devenue. Ils trouveront bientôt qu’il n’y a pas d’échappatoire des mains d’une entité connue sous le nom de Mr. Temps. Cette entité à l’apparence monstrueuse peut contrôler le temps selon sa propre volonté. Mais il faut se méfier : l’on peut y perdre un doigt car, dans cette histoire, les mains du temps sont réelles.

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Entre nosotros

Este es un cortometraje que hicimos a fines del 2015 con compañeros de un curso del Centro Cultural Rojas: Los Cerdos Suicidas. Con algunas consignas difíciles, como que no hubiera diálogos, dos personajes y una locación. Diego García fue el profesor. Nos mandó a ver una obra de Kartun, Terrenal, García.

El corto trata de una pareja que decide romper la monotonía con un juego peligroso.

Entre nosotros Still:

EntreNosotrosCortometrajeStill.jpg

La pasamos muy bien con el equipo técnico Florencia, Manuel, Valeria, Guillermo, Gabriel y excelentes actores como Valeria Perez-Fuchs. De eso se trata el cine, de rodar…

Y uno va aprendiendo así, en vez de hacer trámites: uno aprende a filmar. Aprenden los directores de fotografía, aprenden los actores, aprenden los directores de arte, los productores independientes, los directores, los guionistas, los camarógrafos, los editores, todos. Aprendemos. Hacemos.

Tal vez Entre nosotros no deje de ser un ejercicio, pero para mí tiene valor. Además fue grabado en un momento muy difícil de mi vida.

Lo estreno aquí en El Sabañón para que puedan verlo.

PD: Kong se está encargando de la nominación de este blog a los Liebster Awards. Agradezco la nominación a https://braindumblogic.wordpress.com/

 

Adrián

Las hermanas

Les dejo este cuento corto que fue el primero que publiqué en este blog. Quería elegir el que más me gustaba de la lista de Índice del blog que tengo actualizada en orden cronológico, porque muchos de ustedes no habrán leído esas entradas. Pero dejo esa tarea de selección para más adelante.

Les deseo un feliz 2018! Adrián.

Las Hermanas

Mientras cortaba el pasto en el fondo de una casita, cuando vivía y trabajaba en Adrogué, me empecé a acordar de Luciana, la chica que creía en cosas raras. En el fondo de ese chalet casi muerto, un esqueleto de casa con un esqueleto de habitante, que era esa viejita encorvada y con olor a arroz con leche, también me acordé de Cecilia, una chica que más de una vez me había desnudado en su dormitorio. Esas cosas me pasaban un poco porque yo hacía changas de jardinería en ese tiempo, era un tipo que sabía mantener los fondos y jardines bien, cortaba y podaba, y después, si tenía suerte, agasajaba de alguna manera a la dueña de casa.

Ese verano todos mis clientes se habían ido a la costa, a vaya saber qué costas, y peor todavía, se me habían llevado a las esposas y a las hijas. Me quedaron dos o tres, entre ellos la viejita con olor a arroz con leche. Ahí estaba cuando me acordé de esas dos chicas y conocí a las Hermanas.

La transpiración me nublaba la vista. El verde oscuro a mis pies me dio unas ganas inaguantables de tener cerca a una chica, de bajarla despacito hasta el pasto. Creo que me vi entre las piernas de una que se me hacía la difícil por esos tiempos; la poseía con la pollerita de tenis puesta y eso me calentó tanto que tuve que parar de cortar el pasto. Ahí pude sentir cómo tres miradas arañaban mi cuerpo desde una cercanía que yo no podía descifrar. Sentía sobre mi piel una caricia suave, que me impedía pasar la bordeadora como se debía.

Me saqué la remera y la tiré al piso, seguro que con lo sudada que estaba no me la volvería a poner, y mientras me pasaba la mano por la frente, mientras me enjugaba la mano en la frente mejor dicho, vi la mano de una de las Hermanas sobre la parecita de atrás que daba a otro terreno. En realidad, me pareció ver una mano fina y huesuda; sí escuché unos gemidos, como el de las crías de ratas.

Mi remera quedó al lado del montoncito de pasto, y cuando la quise agarrar se voló, como soplada por un viento fuerte, repentino, hacia la pared. Cuando la fui a buscar, los gemiditos recrudecieron y la remera se me escapó otra vez de las manos, ahora el viento la elevó en el aire hasta las macetas sobre la parecita y entonces fue sustraída por un aliento que parecía venir del otro lado. Enseguida vi dos manos color dulce de leche, apergaminadas, que se aferraban a los ladrillos para subir el resto, lo que hubiera abajo, y me di cuenta que esa cosa no tenía sangre o que la sangre no circulaba, sino que estaba como enterrada, encapsulada bajo la piel. Admito que la curiosidad sexual me impidió correr. La primera Hermana, la que usaba su mano para violarme, la que alguna vez creí que terminaría castrándome con sus tirones fuertes, apareció de un salto (después me di cuenta que no fue un salto sino que la otra, la que usaba la lengua, la había ayudado con sus manos) y quedó agazapada, como una gárgola, sobre la pared. Esa mezcla de gato enfermo y mujer (“¿hijas mogólicas de quién?”, me preguntaba) olía mi remera. Vestía un camisón rosa, al igual que las otras dos, que aparecieron al instante.

Pronto se me abalanzó, después la otra, y al rato la tercera, que al principio miraba con cierta timidez (era más alta que las demás, la última en saltar y en irse; sabía usar bien las manos y la lengua), y quedé tirado en un costado de ese fondo, sintiendo manos, lenguas, pies, labios (extrañamente suaves), sobre mí, hasta que, debo admitirlo, terminé desmayado, fresco y cansado como nunca. Esos demonios me violaron reiteradas veces. Sin embargo, no tuve contacto carnal con ellas; me guardaban para una mujer, una chica, una presencia que descubrí espiando por el paredón.

Seguido volví al fondo de la vieja, que hacía que no se daba cuenta que yo hacía que cortaba el pasto o podaba alguna planta, y no tardaba en verme rodeado por los tres demonios que formaban un innecesario triángulo de cacería.

Un día, al doblar la esquina, vi una ambulancia estacionada en la casa y debí aplazar el encuentro con las Hermanas. Al otro día llegué temprano con la máquina, la reja estaba entreabierta y avancé hasta la puerta. Un cartelito invitaba al velorio de la vieja. Como yo, previsor, me había hecho una copia de la llave de la casa, porque no podía perder mi infierno así porque sí, no podía perder mi paraíso así porque sí, me fijé que nadie espiara enfrente, abrí y me metí. Vi el paragüero lleno de revistas, las mariposas en la heladera, las tacitas colgadas –parecieron temblar cuando pasó el tren–, llegué a la puerta que da al fondo, la abrí, empujé el mosquitero, estuve un rato parado. Nada. Me tiré en el pasto. Miraba el cielo nublado, mejor dicho miraba la nube, porque era grande y con matices de oscuridad, lo único que se veía en el cielo de ese fondo. De vez en cuando ojeaba la pared o giraba la cabeza. Pero nada.

Volví a la casa, se me dio por revisar, buscar si había algo valioso que a la vieja le hubiera gustado darme, entré en el baño, pasé por los dormitorios; uno casi vacío, con algunos juguetes estropeados (un león con bigotes larguísimos, un monigote rojo con orejas largas), el otro con una cama con un crucifijo grande encima; me tiré en la cama, después abrí la mesita de luz, encontré dibujos. Yo aparecía en el medio de una confusión de cuerpos flacos, de tres cuerpos.

Me levanté, abrí una puerta que daba a un pasillo oscuro y lo seguí hasta otra puerta que resultó estar entreabierta. Entré en una habitación, había una cocina con una ventana que daba a un fondo chiquito y cuadrado. El fondo del otro terreno, el lugar por donde aparecían las Hermanas. Me imaginé a la vieja espiándome por arriba o por algún agujero de la pared. Dibujando con dedos temblorosos. Soñando.

Otras veces volví a la casa; desde que murió la vieja jamás encontré a las Hermanas.

Adrián Gastón Fares

Mr. Time

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Bueno, aquí presento Mr. Time. Es otra de las películas que se vienen y que voy a dirigir. Digo que se viene porque ya hay interesados en producirla.

Una vez terminado el guión cinematográfico que escribí, como el de Gualicho, por decisión propia (¿existirá algún productor argentino que encargue una historia?) luego trabajé con Santiago Caruso con el boceto de caracterización de personajes que desarrollé en mis anotadores.

También Sebastián Asato hizo otras ilustraciones (diseño de personajes) que son geniales y que ya se verán.

Para este diseño, diariamente intercambiamos mensajes de audio con Santiago Caruso para llegar a reflejar el universo del largometraje. Mr. Time es otra aventura en el género fantástico como Gualicho (no me quedó otra que traducirla al inglés como Walichu). Pero distinta.

¿Qué puedo decir de una historia que me mueve tanto? Que hable el afiche, que hablen los personajes, que empiece a hablar la historia, que los personajes golpeen las puertas, como hicieron conmigo, para expresar lo que quieren contar.

Más información:

El tagline se le ocurrió a mi hermana (You can´t get away from the hand of), Romina Fares. El diseño gráfico corrió por cuenta de Geiko Paol.

El ilustrador de Gualicho, Sebastián Cabrol, me comentó que no se dedicó al diseño gráfico porque podía estar una vida eligiendo una tipografía. Yo lo mismo.

Primera nota accesoria:

También quería contarles que hay posibilidades de que tanto Mr. Time como Gualicho se conviertan en novelas gráficas además de ser películas. Tal vez esté haciendo ciencia ficción adelantando esta noticia, lo que le va a más a  Kong que a mí. Pero no tanto, digo lo que oí. Aunque no soy bueno oyendo.

Segunda nota accesoria:

Para llegar a hacer cine y a escribir, primero tuve que tener en claro lo que era el cine y lo que era la literatura para mí, y cuando escribo, digamos, trato de que el lenguaje sea lo que demanda ese soporte, ese arte, por más que mi narrativa siempre va a tener una impronta fuerte en lo visual y en los incidentes (Aristóteles lo recomienda en su Poética, qué le vamos a hacer).

El cine lo pienso como cine, es otra cosa, no podría escribir por ejemplo la novela de Gualicho, está pensada para cine. El ritmo, la estructura, las líneas visuales (como las que vio en el guión el único director de arte que lo leyó hasta el momento, el talentoso Sebastián Sabas)

Otra cosa es la novela gráfica.

Mr. Time, en cambio, tal vez sí pueda reescribirla como novela. Me pregunto. ¿Por qué? ¿Me dejé enviciar o algo así?

Y me doy cuenta que tal vez sea porque uno de los temas es el tiempo, pero también es una historia de terror dura, sin dejar de lado el humor, que lo hay y mucho. Y también tiene un universo (en inglés le dicen furnished world, es una frase buena para vender, parece) y un universo da para todo, como habrán notado en el transcurso de sus vidas en este que estamos compartiendo.

Pero bueno, Mr. Time y Gualicho (Walichu) coinciden solamente en el género. Que no tengo prejuicios en declarar: terror, drama, suspenso (thriller)

Nos vemos en el 2018. O antes!

Saludos!

Adrián Gastón Fares

 

El aguante

Fin de año. El calor era agobiante. ¿Dónde estaba la que le gustaba?

 ¿Y la otra?

Mejor sostener la mirada en el horizonte de cemento del patio. La bandera le pesaba demasiado. ¿Cuánto más podía aguantar?

Si se le caía quedaría como un payaso ante todos. Con la que le gustaba. Y con la otra también. Con todos.

El gel con el que había domesticado sus rulos le ardía en la cabeza. El dolor en las vértebras de la espalda se aguzaba. Cerca, una compañera sostenía la bandera papal sin señales de agitación. ¿Quién era?

¿Qué pensarían sus compañeros de él? No se había propuesto estar ahí. Hubiera preferido estar abajo con todos los demás, esas cabezas de alfiler que lo miraban o no lo miraban y que estaban tan perdidos en un mundo alterno como él. Un mundo alterno que era un reflejo de ése donde estaba con la bandera y que no lograba comprender, el mundo alterno, decimos, no lo lograba comprender, porque era más oscuro que ese mundo donde todos eran compañeros y estaban en un acto en un colegio siguiendo un protocolo.

La bandera ¿Qué significaba? Algo importante. Alguien hablaba cerca de él en el escenario, una compañera que leía una carta, con una monja al lado.

Debía ser cumplir órdenes, lo que significaba para él era cumplirlas estar con la bandera ahí para que su mamá y su papá estuvieran contentos. Pero eso no alcanzaba porque tenía que dar inglés en el verano. Tenía que terminar la novela de Maugham.

Las monjas estarían fijándose que las polleritas de las chicas acariciaran las rodillas, que los chicos no tuvieran el pelo rozando la espalda, que no hubiera tatuajes ni aros ni nada que atentara contra los símbolos que ellas habían impuesto. Y él era otro símbolo, eso podía entenderlo.

Los guerreros se identificaban y unían sus fuerzas con símbolos, con estandartes, con banderas como la que él llevaba, había leído en un libro de estrategia asiático. Y había otra cosa.

La directora del colegio era una hermana exorcista. No sabía de qué orden, ni nada. Solo el atuendo negro que arrastraba. Pero sí sabía, y lo sabían todos, que la monja era, y esto no era una película de los sábados ni un cuento barato de esos libros ilustrados de la Obelisco, una monja exorcista. De ahí que hacía poco los hubiera llevado a una escuela en las afueras de Buenos Aires donde un cura les había hablado de los casos de posesión que él había estudiado, de ahí que increíblemente pusieran el casete de Xuxa en reversa para convencer a los alumnos que la animadora infantil rubia lo que hacía en sus canciones no era cantarle a los niños sino invocar al demonio. Los padres se habían quejado de esta excursión al mundo de los exorcistas porque los chicos volvieron un poco asustados.

Pero así era el mundo, tenía la bandera, en un colegio presidido por una monja exorcista, se había equivocado porque estaba estudiando para perito mercantil y él odiaba la contabilidad, pero en el fondo no había opción; no había elegido nada, lo único que quería era seguir con sus amigos de primaria. Que las cosas siguieran igual. Pero, ¿dónde estaban sus amigos? No los veía entre el tumulto de alumnos de todas las divisiones. Las filas eran perfectas pero se confundían de tan pegadas que estaban.

Y la bandera de alguna manera le hablaba, le susurraba promesas del país, quizás también de personas que ya habían sacrificado su vida a ella, no podía escuchar lo que leía la chica en la carta pero sí ese murmullo de los muertos que habían poseído la bandera y que a través de la tela transmitían sus historias. ¿Cuántos había matado el país? ¿Cuántos habían sufrido esos matices que copiaban los del cielo? ¿No estaba pesando más la tela? ¿No era ese brillo entre la línea celeste y blanca sangre?

Era sangre, pero sería que se le había reventado un grano de la cara o el cuello. Y ahora era peor. Estaba delante de todos con el grano sangrante ¿No era mejor lanzarle la bandera a la monja y clavársela en el pecho? ¿No estaría ella misma poseída? Tal vez fuera un vampiro y el asta que él sostenía era la mejor salida en estos casos. Aunque, ¿no se estaba haciendo la señal de la cruz la monja exorcista?

Espiaba de costado a la que sostenía la otra bandera. A sus escoltas no las veía.

¿La chica no lo estaba mirando? ¿Qué le estaría pasando a su cara? Los pelos de la nariz le habían crecido de repente. Otra cosa no podía ser porque le picaban. Tenía ganas de arrancarse uno pero no podía moverse. Estaba prohibido.

No tenía fuerzas, apenas podía sostener esta sábana gigante, y no podía quedar mal. ¿Qué sería de él si no aprovechaba esta oportunidad de sostener la bandera como se debía? ¿Qué pensarían los demás? ¿No se estaban riendo? Una profesora lo señalaba, creyó que se había dado cuenta de que no toleraba más el peso de esta tela sangrante. Las reglas eran claras. El abanderado no podía desplazarse.

El asta sólo podía apoyarse en el hombro cuando el abanderado se desplazara.

La tela sobre los hombros, como si tuviera la cabellera larga temida por las monjas, le daba calor. Esa tela celeste y blanca que reflejaba las luces que venían del techo de zinc agujereado, con nidos de palomas y de sueños suyos y de sus amigos.

Cuando el peso y el dolor era más insoportable y no había manera de seguir sosteniendo la bandera sintió que se iba a desmayar. Pero eso no pasó.

En cambio, sintió cómo el calor retrocedía para él, pero a la vez avanzaba como una ola contra los que estaban abajo. Las caras y los cuerpos ardían.

Enseguida el fuego peló todo. Sólo quedaron las calaveras y los esqueletos de las chicas y los chicos que lo estaban mirando. Las calaveras se cayeron de los troncos, y luego los esqueletos enteros se desmoronaron. El fuego seguía ardiendo y consumía a las monjas, a las maestras, al techo, al Cristo colgado más atrás, a la cabina de música de dónde provenía el himno. Todo se desmoronaba y él seguía ahí soportando a la bandera.

Entonces tuvo una revelación.

El asta de la bandera podía apoyarse en el suelo, es más, debía apoyarse en el suelo, nadie se lo había advertido, pero al ver cómo la sostenía la abanderada papal lo notó. Él simplemente había aguantado todo el peso, con la punta inferior del asta apuntando hacia el patio. Era un idiota.

Y había algo más. Algo clave. Se dio cuenta que estaba haciendo un esfuerzo extra. No tenía que ver con el peso de la bandera, no tenía que ver con su equivocación de no apoyar el asta en el suelo, no tenía que ver con estar expuesto ahí arriba, no tenía que ver con el crecimiento, con el paso de la pubertad a la adolescencia. Había algo, enteramente suyo que tenía que comprender.

 

Adrián Gastón Fares.

Nuevo afiche de Gualicho (Walichu)

Abajo verán el nuevo afiche de producción de la película Gualicho (Walichu en inglés). Escribí y voy a dirigir próximamente este largometraje de género fantástico, subgénero terror, thriller, drama. 

Copio del muro de mi Facebook lo siguiente así entienden cómo viene el asunto. Poster-Walichu-by-Adrian-Gaston-Fares-New-1-720x1024

Nuevo afiche de Gualicho (Walichu) presentado en Ventana Sur (Argentina). Gualicho es ganadora del concurso Blood Window Largometraje de Ficción Fantástico 2017. Estuve trabajando arduamente con el genial ilustrador Sebastián Cabrol que captó el concepto a la perfección. El diseño gráfico corrió por cuenta de Geiko Paol y mi hermana Romina Fares! En paralelo, me puse en contacto con el amable Marc Spicer (el Director de Fotografía de Lights Out, producida por James Wan, y Rápido y Furioso, entre otras) a quien le pareció muy interesante nuestro proyecto. ¿Será nuestro Director de Fotografía? Veremos… Estamos armando con el productor ejecutivo Leo Rosales el mejor equipo posible. Es nuestra intención (la de Corso Films) rodarla en Febrero / Marzo de 2018.

English:

New poster of Walichu (Gualicho in Spanish) featured at Ventana Sur (Argentina). Walichu is a winner of the First Blood Window Fantastic Feature Film Contest 2017. I worked hard with the great illustrator Sebastián Cabrol who captured the concept of the movie perfectly. Graphic Design: Geiko Paol and my sister, Romina Fares! Also, I got in touch with the kind Marc Spicer (DP of Lights Out, produced by James Wan, and Fast and Furious, among others) who found our project very interesting. We’re putting together the best team for Walichu with the executive director Leo Rosales. For now, the shooting is set in February / March 2018. Production: Corso Films.

In the next post of this blog maybe I will add some notes on the fantastic genre that I thought for the talk I had to give about Walichu at Blood Window Ventana Sur. But Kong may also appear or I will leave one of those short stories that rest uneasy in my little notebooks.

En el próximo posteo de este blog tal vez agregue algunas notas sobre el género fantástico que pensé para la charla que tuve que dar sobre Gualicho en el marco de Blood Window / Ventana Sur. Pero puede ser que aparezca Kong o también uno de esos cuentos que duermen intranquilos en mis pequeños anotadores.

Saludos!

Adrián

Os Varais

Los tendederos traducido al portugués por Evelyn Postali, que también le hizo un buen diseño de portada.

Tudo que se prende no olhar

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OS VARAIS

NOVEMBRO 07, 2017

Traduzido por: Evelyn E. Postali

As luzes da casa apagaram. As cortinas se fecharam apressadas. A senhora vestiu luto. Maca, a senhorita, também. Os raios de sol, às vezes nos lembravam de que havia vida lá fora, trazendo a poeira que eu não conseguia fazer sair da casa. Aquela poeira que entrava mesmo se varresse mil vezes, como se fossem os ossos esmagados de nossos soldados ou da terra removida pelas bombas. A poeira se instalava insistente no mobiliário e antecipava a repreensão da patroa. Maca, atrás de mim, chamava-me pelo apelido, Maria, porque, meu nome verdadeiro, Alejandrina, nunca me agradou. Eu fechei as cortinas, bloqueando toda a luz, de modo que a casa, que o senhor nunca mais veria, permaneceu na penumbra.

Cobri meu cabelo com um lenço escuro de pano barato. A patroa, com um chapéu decorado com uma pena preta. Ela tinha lindos cabelos, mas desde que a…

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Kong 21

Querido Adrián,

Estuve repasando la cinta que nombraste. La proyecté en mi oficina durante una tarde lluviosa. El futuro no es así. Acá hay mucho verde, ya te lo dije, parece más una selva. Lo que sobran son animales, No-seres y plantas. Los androides son tercermundistas. La inteligencia artificial es todavía demasiado artificial. La siesta de los androides no pasó de las letras impresas y de los números proyectados.

Aquí casi no se puede caminar de tantas aves que hay. Cuando la gata de la vecina las atrapa, desparraman sangre y maíz por todos lados. Sangre mezclada con granos de maíz. Puaj. Las redime de un zarpazo.

Por otro lado, te informo que la carne de No-ser no se puede comer, presenta algunas alteraciones en su ADN que pueden ser peligrosas. Así que, más allá de que yo estaría en desacuerdo con que los No-seres, en sus manifestaciones más asimilables, como animales, sirvieran de alimento, los humanos se siguen alimentando de lo mismo. Por suerte, no proliferó el proyecto de ley que quería fomentar el consumo de animales carnívoros. La hipocresía sigue siendo moneda corriente. Hasta hubo criaderos de leones, tigres, y zorros. Pero los defensores de los animales lograron liberarlos y desalentar a sus impulsores.

Vos que decís de llorar. Y bueno, nuestros tiempos se entrelazan. Tal vez te imagines cómo son las cosas. Hay muchos libros. Hay libros que cuentan leyendas. Hay seres que sólo aparecen en esos libros. O mejor dicho, que solo aparecían en esos libros hasta que Riviera lanzó sus impresoras biogenéticas.

Pensá un poco.

Mirá.

Un ruta en la noche. Quices, liebres, mulitas que se cruzan. Búhos blancos en los alambrados. Un conductor, un joven, cabeceando. Su novia tratando de mantenerlo despierto. Vuelven de una fiesta de la costa bonaerense. Los autos tienen piloto automático, sí.  Pero algunos prefieren los cambios manuales. Son más las actitudes vintage que lo remanente.

En la mitad de la ruta aparece una mujer con un bebé. El conductor no llega a frenar. La embiste. Descarrilan. Bajan del auto, desesperados y magullados. Un niño acostado sobre una rama como si su lánguida mano fuera un arborescencia más lo observa todo. Los jóvenes no entienden nada, creen que están en un videojuego realista, pero no, ellos no juegan.

La mujer sigue de pie en el medio de la ruta. Se acercan. El volátil cabello largo, negro, cuerpo pulposo apenas acariciado por un vestido camisón. Del que se desprende para quedar desnuda. El bebé está pegado a su cuerpo. La mano de la mujer está hundida en el estómago del crío, desde donde maneja sus manos, su boca, sus ojos, su cabeza completa.

La novia del conductor congelada, porque ya se dio cuenta que es un No-ser inusual. Pero el conductor queda petrificado por la belleza de esa mujer virginal. La perfección de los pechos, la piel casi iridiscente, los ojos dulces. Hipnotizado, alarga la mano como para tocarla.

Ahí es donde la sonrisa benévola de la mujer se transmuta en una mueca violenta desencajada. El brazo con el bebé se extiende y el niño, provisto de afilados dientes, muerde al conductor en el antebrazo.

El muñeco del que dio testimonio la joven no era tan muñeco sino que era la vía de alimentación del No-ser.

Me llaman a la noche, mientras tomaba un Campari con pomelo con las espuelas de mis botas clavadas en mi escritorio. Sí, estaba pensando en el pasado, ese vicio que me pedís que no tenga, pero es difícil no tenerlo, difícil no someterse a estos trucos de la mente cuando uno está solo y espera…

Espera otro caso. Algo en que ocuparse para olvidar.

Así que me llaman. Y viajo hacia la zona. La mujer estaba con los policías, desconsolada. El cuerpo del hombre en la morgue. Atraparon al chico del árbol. Le pedí que me guiara hasta su casa.

Los padres son unos terratenientes que viven al costado de la ruta, en una casa que antes era conocida como Villa Catalina, cruzando unas moreras. Se desesperan al saber lo que hizo su hijo con un libro viejo, carcomido por las ratas, enpulguecido en un galpón. Divisó el dibujo de una leyenda, el de la Llorona, leyó la letra chica, entró al cuarto en que el padre tiene la Impresora Riviera y, bueno, ya sabés los resultados.

El No-ser anda suelto por ahí. Por ahora no pude encontrarlo. Pero el padre del niño se quebró en la indagatoria.

Confesó que tuvo relaciones con la cosa impresa. Que el vástago había creado al No-ser más hermoso y mortífero que podía existir.

Bastante inimaginable, lo de las relaciones, porque los No-seres a veces no tienen todos los órganos que deberían tener. Pero en el galpón también encontré unas cuantas revistas pornográficas viejas.

Ese maldito niño.

Vos decís, el que no llora no mama, pero supongo que ese bebé pegado a su madre que creó el niño no necesita llorar ni mamar.

Así es como se transforman las frases hechas en mi tiempo.

Confisqué a la Impresora. El padre y el niño quedaron detenidos.

Mientras manejaba besé repetidas veces mi petaca. Por lo menos es una petaca antigua, gastada, que no muerde.

Llegué a mi apartamento en la costa. Tuve que hacer el trabajo solo porque Juan Carlos, el inspector de Riviera de la zona, estaba de vacaciones, si no hubiera salido una partida de póker en su chalet.

Me senté y miré el lugar donde Taka dormía. Una especie de cubículo redondo con un agujero de entrada, como el que algunos usan para los perros. Pero más grande. Le gustaba dormir ahí, por los colores. Refleja los tres colores primarios, como sus rosas preferidas.

Escribí lo siguiente en un anotador. Tengamos en cuenta que como su nombre indica, Taka era, y supongo que lo seguirá siendo, un No-ser de rasgos orientales, de costumbres japonesas bien impuestas por sus criadores.

Tracé una letra en japonés, lo primero que se me ocurrió, y sentí esa relajación de escribir a mano en hiragana.

こんにちは, Taka-chan.

 

Seguí en castellano:

 

Un día, cuando te alejaste de mí, fui a la Embajada de Japón, a conocerla, pero más que nada para ver si te encontraba ahí. De hecho fui dos veces. Y no te encontré, pero encontré un libro antiguo: La escopeta de caza,  de un tal Inoue. En esta novela, la profesora reparte papeles con casilleros a las alumnas para que marquen con una X qué va a ser lo más importante en sus vidas. Si amar o ser amadas. Todas ponen ser amadas y una sola amar. Y eso me hizo pensar en bruto lo que el texto sugiere con sutileza, que bueno, lo más importante y lo más difícil, es amar no tanto ser amado o querido, sino saber querer, como dicen, sin pedir nada a cambio.

Al darme cuenta de lo que estaba haciendo, la frase del final del párrafo que parece extraída de las viejas redes sociales, hice un bollo con el papel y lo quemé hasta que el calor me hizo soltarlo.

Todas las cosas pueden volar si uno tiene con qué.

Así que en la playa también hice saltar por los aires a la Impresora Riviera del niño.

Todo brilla. Es mejor usar lentes de contactos oscuras para proteger la vista.

Vos habrás perdido gran parte de tu audición, pero yo estoy obnubilado de tanto ver y las imágenes se me difuminan un poco. Pronto le pediré a la obra social de Riviera unos implantes oculares. Hay unos argentinos, muy buenos.

Este país ya no es lo que era antes.

O sí, ha vuelto al derroche de principios del siglo XX. Pero sin tantos riesgos como los que implicó la adicción a la demanda del mercado europeo en las décadas de 1980 a 1930. Ahora exportamos lo que soñamos. Y al mundo le gusta. Y piden más, pero no de lo mismo y no hay problema. Podemos reciclar todas las metáforas gracias a un par de científicos. E inventar nuevas, que reptan, se arrastran, vuelan o caminan.

Por algo teníamos tantos psicólogos en tu época. No fue en vano.

Nuestra aguja hilvanada de identidad estratégica acarició el exotismo alternativo atrayente pero farolero para hundirse en el refinamiento conocedor y la conciencia responsable de los mercados globales.

Y cuando son irresponsables, aquí estamos en Riviera. Aprendimos de nuestros propios errores, pero antes del de los demás.

La llanura y los valles abundan. Es un lugar ideal para la inspiración que nos permite crear No-seres útiles y no tanto. Tenemos de todo. Por algo somos la primer potencia. También es la razón de que seres de otros universos nos hayan contactado. En tu tiempo, creían que Norteamérica, creían que China, que Rusia o Alemania. Pero no.

Aquí golpearon la puerta primero.

Y preguntaron por la mano de Dios.

Hasta la próxima,

Von Kong

Kong 20

Querido Von Kong,

No sonó ningún teléfono. Mejor, porque me hubiera asustado.

La que siempre llamaba es mi tía abuela, que ya no está, se fue. Lo sentiste y me viste en ese lugar donde nadie quiere estar.

Al principio me resultó fácil de asimilar pero a la vez es raro, uno debería considerar su edad avanzada, pero es una voz menos en la familia, quizás la más potente que teníamos, nosotros que somos tan pocos, y voy a extrañar para siempre ese dialecto italiano ¿calabrés?

Ya no lo volveré a escuchar.

El timbre de mi teléfono, al que ella llamaba casi todos los días, se cambió solo. Ahora son unas campanadas de una iglesia. O mejor dicho, un teléfono antiguo. No me queda claro.

Fui al cementerio de Avellaneda a despedir sus restos. Esas cosas que parecen medio ilusorias y que son ficciones viejas de madera y cemento.

Ayer, se puede decir que otra vez estuve en el mismo lugar. 

Leo me invitó a un screening en un cine de la película en la que trabajó como supervisor de edición. No era otra que El origen de la tristeza, basada en la novela homónima de Pablo Ramos. Había leído la novela así que más o menos sabía lo que me esperaba. El narrador solía merodear el cementerio de Avellaneda con sus amigos.

La película me sorprendió. Pude ver el cementerio desde arriba. Era mi paseo de fin de semana de chico. Mis padres me llevaban de Lanús a la cripta familiar. Después íbamos a una plaza cercana a jugar con mi hermana. 

Las imágenes de Avellaneda son únicas, muy bellas. Nunca vi algo así  en cine del conurbano. No sabía que había un viñedo escondido por ahí, en la parte más salvaje del partido. La voz en off (Voice Over) de Ramos gana potencia hacia el final de la película.

Antes de que la pasaran, Ramos tomó un mantel del lugar, se lo puso encima y empezó a dar bendiciones a todos, como si fuera un acólito de la cinematografía que viniera a bendecir a los técnicos.

Así que ver el cementerio en pantalla grande, grabado desde un drone, me gustó. Quién diría.

Estoy más viejo, Kong, es un poco desconcertante. Hasta hace unos años yo nunca lloraba pero me he vuelto una persona más sensible, supongo que serán los años.

Me decís que no volviste a ver a Taka. Pero que un ejército de gastrópodos atacó Riviera con gases alucinógenos. Mencionás a tu ex compañera así que supongo que seguís pensando en ella.

Todo cuesta mucho en este presente, y vivimos muchas tensiones con Leo por el tema de la película.

Nunca entendí a mi país, que será el tuyo en el futuro. Y tengo la terrorífica sensación de que el país se lleva puesto a varios. De que, más allá de partidos políticos y otras yerbas, es Argentina, y los argentinos, los que de alguna manera somos peligrosos para nosotros mismos y el prójimo. Hay, y hubo, gente muy buena con un corazón enorme. Pero este país, que insufla aires de grandeza que luego no pueden ser satisfechos, donde más bien soplan vientos que te pueden apagar el fuego para el asado, también hace que a las personas les salgan garras.

De cualquier modo, culpar al país tal vez sea fácil, y no ver nuestros descuidos y nuestras ambiciones, no tanto. Y después de todo, estoy seguro que hay otros países que matan más rápido y sin tantas vueltas. La Argentina es medio perversa, tiene otras maneras de hacerlo, por algo es un país triste, y quizás la tristeza es lo que nos define.

Creo que Argentina vende, y trató de vender todo este tiempo desde que yo vine al mundo, algo que no es. Nos ilusiona como un padre que cuenta historias de unas batallas inexistentes que nunca luchó.

Por algo siempre empiezan a contar las historias con el padre en las biografías. El padre es el modelo al que después copian las instituciones.

Leyendo una de Balzac, la cronista dice que su padre era capaz de tronchar a una perdiz, al plato y a la mesa a la vez, y que tal vez esa brutalidad influyó sobre el joven escritor. Un ejemplo, nomás.

Pero sigamos derrapando sobre Argentina. Ahí está el problema. No tanto de que seamos un país triste, esas cosas se pueden cambiar, sino que somos un país de cuenteros. Anotarse en esas ficciones, como anotarse en la vida, conlleva unos cuantos desastres.

Hay cosas que me resuenan.

Está bastante mal que yo tenga que seguir con los mismos audífonos de hace siete años. Mi fonoaudióloga, Magalí, pidió la renovación hace casi cuatro años porque mi pérdida de audición demandaba la máxima potencia de los mismos. La tecnología avanzó. Mi obra social no aceptó pagarme las prótesis, anduve dando miles de vueltas y todavía no los pude conseguir. Los nuevos se conectan por Bluetooth al celular y por Wifi entre ellos, así que se regulan según el ambiente de manera automática. Los dolores de estómago que me agarraban al principio, cuando los médicos se dieron cuenta de que las puntas de mis audífonos no eran las adecuadas, y las cambiaron por unas nuevas, que tapan mejor mis canales auditivos, eran terribles. Con el tiempo me adapté, pero el otro día que vi Blade Runner 2049 estuve un rato largo más sordo de un oído. La música es demasiado potente en esa película. Creo que cada vez que estoy en entornos ruidosos, como debe pasarle a cualquiera, sufro pequeños traumas acústicos.

Tal vez el futuro cercano que pinta esa película no sea una predicción acertada. Lo vintage, digo, vos sabrás. Como pude comprobar en las filas para pagar los servicios, muchos leen a una tal Marie Kondo, así que es muy probable que la gente termine tirando todas sus pertenencias, con eso los teclados antiguos, que aparecen bastante en la película, y abandonen la idea de reciclar.

Sigo con lo mío. Lo más espectacular de tener audífonos no fue escuchar mejor a los demás. No. Lo mejor fue empezar a escuchar bien mi voz por primera vez en mi vida. Todo cambia con eso, uno se vuelve más seguro, porque si no hablaba demasiado bajo para los demás y para mí. Además siempre noté que los demás no se dirigían a mí en situaciones grupales antes, y ahora sí. Los signos más notables del paso del tiempo que tengo son unas arrugas en mi frente. Sé que es por apretar el entrecejo para tratar de escuchar.

No sé dónde terminará esta historia de mi pérdida de audición.

Chabrol dice que Buñuel exageraba la suya para acentuar su originalidad. No es mi caso, Kong (y tampoco creo que haya sido el de Buñuel, la verdad)

Tuve que ponerme muy firme con el mundo para explicar mi hipoacusia, lo que significa para mí y las cosas que me pasan. Pero primero tuve que ponerme firme conmigo mismo, enfrentarme.

Más allá de estas cavilaciones más o menos desafortunadas, estoy todos los días trabajando en la película por la que ganamos el premio, nos toca hacer un nuevo afiche, entre otras cosas, para presentar en un mercado. Y también estoy escribiendo otro guion.

Dicen que el que no llora no mamá. Así que lloremos un poco, Kong.

Te saluda desde este vertiginoso presente,

Adrián

 

11 años

Cuando me preguntan suelo no recordar bien cuándo empecé a escribir en este sitio (o a publicar mejor dicho) Siempre me pareció que hacía más de 10 años.

WordPress ayer zanjó el asunto cuando recibí este anuncio, junto con otro de la semana pasada que decía que este blog, El sabañon digamos, tiene más de 1000 me gusta (1000 likes) La última noticia será para el ego, porque no sé para otra cosa será. La primera para la nostalgia:

Blog Escritor Logro Adrián Gastón Fares

Hace mucho que nació Kong, El joven pálido, los relatos de  mi alter ego (¿será?) Robert o Roberto, los cuentos. Hice una especie de círculo entiendo, y el último cuento publicado, Los tendederos, se parece mucho al primero Las hermanas, que en su momento, esto sí hace más de diez años, fue rescatado por Pablo de Santis como uno de los mejores míos que le hice leer (en el transcurso de una Clínica de Obra en el Rojas)

Yo no me tenía fe como escritor. Y recuerdo que De Santis, en su carta de devolución de mi trabajo en la clínica (una carta muy personal a cada escritor, estábamos Selva Almada, Marcelo Guerrieri, y otros escritoras y escritores cuyo talento era tan visible) decía que dependía de mí tener fe en mi trabajo. Con el tiempo, como con la cámara, esa fe fue apareciendo.

Tenía que ver con escribir mucho más, aprender y experimentar, como todo en la vida.

El tiempo pasó, a veces me pregunto para qué sigo escribiendo acá, no lo voy a negar; qué sentido tiene, como me pregunto tantas otras cosas. Pero bueno aquí estoy.

No creo que pueda publicar tan frecuentemente como antes porque tengo mucho trabajo. Me ocupo de muchas cosas a la vez, soy una especie de productor, guionista director, distribuidor, diseñador de producción, como es por ahora el asunto en el cine argentino independiente.

Lo que escribo como literatura va quedando en papel por ahora, en anotadores. Aunque pronto debería salir una nueva entrega de Kong.

Además de pasarme los días trabajando, sin ver un peso todavía, en Gualicho, la película por la que gané (como director y guionista de la misma) un premio este año de estímulo al cine fantástico, estoy tras otro guión de terror, fantástico.

Tengo una road movie por escribir, cuya sinopsis y tratamiento ya está hecho, y además, Las órdenes, el guión de suspenso y drama por el que viajé a Colombia el año pasado, seleccionado por el LabGuión, al que seguramente le haré algunos cambios ni bien pueda. Y le sumo una serie de TV (podría pasar por una historia de nohéroes, cercana a las de superhéroes pero también al terror de no saber quiénes son), que escribí hace años y cuya biblia, así le dicen, debería completar.

Para el blog está el proyecto Las cartas negras, por ahora no lo he publicado, sería una novela epistolar, pero todavía estamos con Von Kong y los cuentos. Alguna vez reescribiré el poemario El joven pálido y espero poder llegar a completarlo.

Un saludo para todo el mundo (como dije alguna vez a mis dieciocho años entre la nieve argentina cuando nos grabaron para el VHS del viaje de egresados)

Adrián Gastón Fares

PD: Si no lo hicieron los invito a ver Mundo tributo, la película documental independiente, sobre la vida de algunos que imitan en mi país (aunque hay también chilenos y brasileños en el film) a grandes bandas de rock, que hicimos en Corso Films y que recorrió buena parte del mundo. Actualmente está disponible en Filmin.

Link: https://www.filmin.es/pelicula/mundo-tributo

Una Tarde Con Adrian Gaston Fares

Aquí una entrevista que me realizó Alvarez Galloso a propósito el premio para Gualicho y de mi escritura. Agradezco al gentil Roberto. Saludos!

El Noticiero de Alvarez Galloso

Estamos aquí en la sección de la cultura con Adrian Gaston Fares, uno de los decanos del cine argentino en el Siglo XXI. Extendemos una invitación para nuestros lectores en esta tertulia bella acerca de la cultura y el cine del país sudamericano.

1.Quien es Adrian Gaston Fares y como fue sus comienzos en el mundo cinematográfico?

1) Adrián Gastón Fares era un niño que en Lanús, una especie de suburbio de Buenos Aires, improvisaba obras de títeres para su hermana y su vecina. También les leía cuentos. Luego iba al cuartucho donde vivía en otra casa su tía María y escuchaba historias viejas del barrio de Avellaneda, cuando estaba el frigorífico La Negra y ella trabajaba un fábrica de fósforos. Las historias que más lo fascinaban eran las de fantasmas, mediums y curanderos, las que tenían una conexión con otro mundo inasible pero palpable a esa edad. El padre…

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Los tendederos

Las luces de la casa se apagaron. Los cortinados se corrieron. La señora se vistió de negro. Maca, la señorita, también. Los rayos de sol a veces nos recordaban que había vida afuera y delataban el polvo que yo no podía sacar de la casa, ese polvo que entraba por más que lo barriera una y mil veces, como si proviniera de los huesos triturados de nuestros soldados o de la tierra removida por las bombas. El polvo que se posaba con insistencia en los muebles y que anticipaba el regaño de la señora. Con Maca a mis espaldas, llamándome por un nombre inventado, María, porque el mío Alejandrina nunca me agradó, yo movía las cortinas, tapaba toda la luz, para que la casa quedara en la penumbra que el señor ya nunca vería.

Cubrí mi cabello con un pañuelo oscuro de tela barata. La señora con un sombrero adornado con una pluma negra.  Ella tenía el cabello hermoso, pero desde que había comenzado la guerra no pudo mantener su estilo de vida. Tal vez ése sea el verdadero motivo de la ropa negra, la razón del duelo. Las cosas que se pierden pero que se podrían volver a conseguir, no como la muerte que es irreversible sino como la buena vida, son las que más duelen. Lo sé porque yo conocía a un muchacho que podría hacerme madre, pero desapareció mucho antes que el señor.

La señora no podía comprar la indumentaria que vio en el catálogo de la tienda de Luto. Lo arrojó a un costado para que yo lo desechara. Para el velatorio le teñí las manos con cera negra para zapatos. Todavía no se le fueron las manchas.

Estuve un día limpiando el armario del señor. Trajes, camisas con mangas y cuellos amarillentos. La señora ordenó lavar algunos para donarlos. El señor tenía su armario cerrado bajo llave y no permitía que lo abriera. Dejaba las ropas que necesitaban lavarse sobre su cama. Pero yo sabía dónde escondía la llave así que le pedí permiso a la señora para abrirlo.

Encontré la indumentaria habitual del señor, pero también vestidos. Sabía que el señor había tenido otra hija de un matrimonio anterior, pero no me imaginaba lo hermosa que había sido. En el fondo del armario, tras la ropa, encontré un dibujo a mano alzada de la señorita. Tal vez sea injusto decirlo pero era más hermosa que Maca. O como una Maca adolescente, embellecida, en la flor de la edad. En el dibujo no hay signos de la pulmonía que se la llevaría.

La señora no se sorprendió cuando le dije que había ropa de una mujer. Ordenó que la donara a la dueña del orfanato de niñas de enfrente.  Así lo hice. Quería deshacerme primero de los vestidos del armario, así que dejé el lavado de la ropa del señor para después. La patrona del orfanato la recibió con un susurro de agradecimiento.

Al otro día, colgué la ropa lavada del señor. Maca me miraba con esas avellanas negras que tiene de ojos. No entiende qué le pasó a su padre. Quería saber si el viaje duraría más que los otros. Le contesté que sería el más largo de todos. Después encontró un pájaro muerto y me lo trajo como si fuera un perro. Me clavó la mirada. Fue a enterrarlo. Anocheció y bajé por la ropa, con los truenos en los oídos y ese olor a tierra mojada que traía el viento. El aire corría rápido. Las copas de los árboles se bamboleaban. Las ropas se mecían. El saco del señor mucho. Demasiado.

Entreví que en el orfanato la empleada había lavado los vestidos donados. Estaban colgados en el tendedero y me llamaba la atención el rosado, tal vez porque todo lo demás era gris. Además era el más lindo. Resonó un trueno.

Me metí en la triple fila de cuerdas del tendedero de la casa de la señora. Entonces noté un cambio llamativo.

El saco del señor se había movido dos metros del lugar donde lo había colgado. Como si se hubiera deslizado por la cuerda. Me pareció raro pero no imposible. Tenía que acomodarme el pañuelo a cada rato porque el viento se lo quería llevar. En la vereda de enfrente los vestidos, algunos pertenecientes a las niñas del orfanato, se balanceaban, ladeaban y contorneaban, como si recordaran las fiestas de antes.

Di vuelta la cabeza y algo oscuro, como un abejorro grande, me sobrepasó.

El saco del señor ya no estaba dónde lo había colgado, ni en la misma cuerda. Se había pasado de la primera a la tercera cuerda del tendedero.

Me acerqué para ponerle otro broche pensando que había sido el viento. El saco voló otra vez, me tuve que correr, y volvió donde lo había colgado. La segunda cuerda está un poco más alta así que tampoco era imposible… Pero los vestidos del tendedero de enfrente se bamboleaban con un frenesí que no parecía ser consecuencia del viento que soplaba cada vez más fuerte.

Entonces el saco del señor volvió a volar. Se poso en la segunda cuerda, luego pasó a la tercera y desde ahí, como impulsado por el estallido de otro trueno, cruzó la calle. Quedó colgando en la primera cuerda del tendedero del orfanato, cerca de los vestidos de las niñas.

El tendedero de enfrente tiene dos cuerdas. Vi como el vestido rosado se desprendía y volaba de una cuerda a la otra, como el del señor, aproximándose a la cercana a la calle. Luego volvió a su lugar en la hilera primera y el saco del señor voló hasta ubicarse a su lado.

El vestido ahí flotó, como empujado, otra vez hacia la cuerda primera, como tratando de escaparse del saco del señor. Una ráfaga de viento llevó el saco del señor hasta que se posicionó al lado del vestido. Los otros vestidos donados volaron de cuerda en cuerda, como si el tendedero fuera un gallinero alborotado por un gallo en celo. Confundidos, volvieron a alinearse al lado del saco del señor. Pero se deslizaban hacia los palos donde estaban atadas las cuerdas, como si el terreno se hubiera inclinado para un lado y luego para el otro. El vestido rosado seguía al lado del saco del señor. Creo que imaginé que las mangas del saco se estiraban para tocarlo.

Algo me acarició el brazo. Me di vuelta. A mi lado, la mejor corbata del señor era tirada de la punta por la mano del viento, por lo menos eso supuse. Tensa, como forrada en alambre que la convertía en una flecha pronta a lanzarse.

La corbata salió disparada justo que una motocicleta pasaba por la calle. Habrá quedado prendida de la cara del motociclista porque el vehículo derrapó y quedó tirado en el suelo. Por instinto me di vuelta.

Vi a Maca observando todo desde la ventana de su dormitorio en el primer piso de la casa. La cortina de su habitación también se movía, como si el viento se hubiera metido. Ella la sujetaba fuerte, me pareció que si no la cortina estaría volando por la habitación o se hubiera cerrado sola para impedir que la niña mirara.

El motociclista llevaba a una mujer detrás que había salido despedida por el impacto contra el suelo. Me acerqué a los cuerpos tendidos. Tenía que avisar a la señora para que llamara a la ambulancia. Observé los ojos clavados en el cielo de las víctimas. Comenzó a llover. Algo, un pensamiento intruso, me llevó hasta el orfanato, hasta las cuerdas del tendedero.

Acaricié una de las mangas del saco del señor, ahora quieto, como si la lluvia hubiese amainado el viento o el ímpetu que hacía volar a ese pedazo de tela vieja.

Maca seguía mirando con su mano aferrando la cortina. Parecía más alta, casi una joven. Era como si sus facciones se hubieran vuelto más angulosas. Me recordaban a las de la señorita del cuadro.

Algunas de las niñas del orfanato también lo habían visto todo desde sus ventanas. Como si el ejército estuviera pasando por la puerta.

Volví a acercarme a los cuerpos sin vida. Entonces, el saco del señor me rozó la espalda y cruzó la calle para volver a la primera cuerda, la cercana a la casa de la señora, donde yo lo había colgado. Enfrente, los vestidos donados al orfanato también se apaciguaron y retornaron a sus lugares.

Todo quedó listo, alineado, sólo me quedaba avisar a la señora para que llamara a la ambulancia y vinieran a recoger los cuerpos. La lluvia lavaba la sangre, como si los muertos estuvieran preparándose para despertar del sueño eterno.  Los párpados de la mujer pestañearon. Me clavó la mirada por un segundo.

Me recordó a otras, a la de Maca, a la del cuadro, a la del señor, pero entonces las chicas del orfanato gritaron al unísono, ya estaban trastornadas, ver todo ese vuelo de ropa y el accidente las habría alterado, y el ojo de la mujer volvió a quedar fijo en el cielo, duro y opaco como las rocas que suelo encontrar en la playa.

Son las que puse en los bolsillos del saco del señor para mantenerlo quieto.

Jamás encontré la corbata del señor.

El saco cuelga ahora, junto a su sombrero, en el armario cerrado con llave y con un candado que yo agregué.

De vez en cuando, veo a una de las niñas del orfanato, tal vez la mayor, pasearse con el vestido rosado. Mira hacia nuestra casa. Debe pensar que nos debe algo.

por Adrián Gastón Fares

 

Reunión

Nada que no se haya contado, que no se haya visto ni escuchado. Después de todo, a ella la había conocido por la evolución de la técnica a través de la cual en el siglo pasado un mago precoz había anunciado un falso fin del mundo.

Entonces, ahora que tal vez me quede poco tiempo, me cuento esto a mí mismo, ni mago ni precoz.

Primero quedamos pocos. Luego menos. Y por último todos se esfumaron.

Creí que era el único sobreviviente. Las máquinas y yo. Hasta que vi conectada a mi ex novia. Aunque antes me había bloqueado. Y yo a ella.

Entre los dos nos menospreciamos y criticamos todo lo que pudimos. Llegué a empujarla y ella a escupirme en la cara. Sin embargo, el día que partió con sus cosas nos dimos un beso que es el único que recuerdo de esa larga, interrumpida e intensa relación.

El último beso, la última caricia en la espalda en la cama antes de la separación, con el tiempo siempre parece el principio ¿Qué decir de estos inicios que son finales?

Este ser que me había criticado tanto, limando mis virtudes, atizando mis defectos hasta hacerme arder en el fuego de mi propia locura, este ser que me había empujado al vacío, al que había maltratado, claro que sí, sin darme cuenta hasta que era muy tarde, y que me había abandonado mucho tiempo antes de que se fuera, silente y firme, este ser que se había pegado a mí como una garrapata, sofocándome como un hada que nada sabía de la vida pero sí del final de su propio cuento, que era tan capaz de ponerte el pie sonriendo, este ser peligroso, inteligente, este ser era el último resorte de la humanidad para mí, la única manera de escuchar una voz humana después de tantos meses de soledad. Y de ver a una mujer, de olerla y sentirla.

Cuando tuve eso claro, el instinto me empezó a jugar una mala pasada. Quería acercarme. Pero ni bien arrancaba el auto, mis pies no querían pisar el acelerador. Volvía y me daba la cabeza contra la pared de mi casa.

Pronto manejaba a las velocidades más altas por la ruta sin destino buscando un precipicio al que ofrendar mi auto caro y mis músculos trabajados.

Sopesaba las ramas de los árboles que yo mismo había plantado para colgarme. Me acercaba el cuchillo a la garganta como quien no lo va a retirar y piensa hundirlo. Mezclaba todo lo que encontraba en el botiquín con vodka y me lo tomaba para terminar vomitando. Merodeaba a los animales salvajes y hambrientos del zoológico abandonado para que me devoraran. Pero los pobres leones no tenían ni fuerzas y apenas se arrastraban. No había nadie para bajarme el pulgar en esa palestra. Nadie que pudiera apretar el gatillo más que mi mano renuente, nadie que pudiera empujarme más que el viento. Pero lejos, bastante lejos, estaba ella.

El día que recorrí el camino hasta su casa, me bajé en el puente. Intenté lanzarme al río. Volví a mi casa.

¿Y a ella qué le pasaría? ¿Querría verme?

Tiré el teléfono, rompí la computadora. Ya nada me unía con el mundo y menos con ella. Pero al otro día de despojarme de mis dispositivos lloraba como un nene. ¿Qué fantasma había creado? ¿Había dejado otra vez que ese demonio me poseyera?

De las posesiones hijas de la ficción el amor es la peor. No hay sacerdote que la ahuyente, no hay médium que lo materialice, no hay espíritus guías que lo acompañen para que deje este mundo, no hay ángeles que puedan salvarlo, ni enviado que se haya sacrificado por él, no hay crucifijos que lo ahuyenten, ni balas de plata que lo maten, no hay manera de taparse los oídos, tenemos ojos en la nuca para mirarlo siempre a la cara, no hay espaldas, el amor te juega y te demanda, en el límite está la ficción más grande creada por el hombre, porque la muerte, tal vez la segunda, pudre, pero el amor persiste. Es impalpable como el tiempo. Y se escapa para siempre. Uno lo busca con parsimonia y lo encuentra con locura.

Ese virus que no destruyó a la humanidad, pero que casi me destruye a mí. Y con eso me basta.

O me bastaba, porque empecé a pensar otra vez, esta con razón, que era la única mujer en el mundo, que el destino de la humanidad, o por lo menos de mi raza, estaba en encontrarla, en reproducirme, y había eliminado la única señal de humo que me mantenía atado a ella. La humanidad dependía de que nos uniéramos pero a mí me había importado un pepino.

Hoy caminé hasta el borde de la terraza, pensando en ella, con más ganas que nunca de tirarme de cabeza. Pero me detuve. En ese momento un auto se subió a la vereda.

Como un rayo salió y me clavó la mirada.

Acabamos de tomar un té. Ella está maquillada, tiene varios cortes en las muñecas y una marca en el cuello, como si algún trastorno de la personalidad la hubiera llevado a lacerarse y colgarse, pero intuí que era el mismo instinto que a mí había querido ahogarme, y que casi había logrado esparcir mis sesos por el suelo, todos mis recuerdos una mermelada grisácea frente a mi casa, y después las moscas y los gusanos, que por suerte eran sordos, como los leones, a estos opuestos que nos habían vuelto a juntar.

Ella unta el pan con mermelada.

Hace un rato hicimos temblar la casa con una pasión comprensible.

Su sonrisa es tan brillante como el cuchillo que empuña.

 

Por Adrián Gastón Fares

 

También pueden leer: Lo que algunos no quieren contar https://elsabanon.wordpress.com/2017/09/02/lo-que-algunos-no-quieren-contar/

Kong 19

Querido Adrián,

Estoy persiguiendo a un piscicultor. El tema es que no cría goldfish, carpas ni nada de eso si no que se dedica a los peces abisales. Creó unos cuantos monstruos ciegos que lanzó a una piscina de un barrio cerrado. Los animales redujeron a los bañeros a unos jirones de carne.

Es un joven cuya novia se enamoró de un profesor de física. Cuando lo abandonó, el chico enloqueció y comenzó a usar su Impresora Riviera para crear No-seres ilegales. Su intención era largarlos en el momento en que el profesor se zambullera en la piscina. Pero no fue el caso. Como suele suceder, sufrieron otras personas que nada tenían que ver con el asunto.

Por ahora esto me mantiene ocupado. No he vuelto a enfrentarme con Taka y al hombre de cara larga.

No sé qué estarán tramando porque el otro día en el hangar de Riviera se llenó de caracoles que secretaban una baba de color púrpura. Como leí bastante a Patricia Highsmith, sé que ella criaba caracoles, eran sus mascotas, y que hasta se desplazaba con ellos en sus viajes.

Pusimos una cuantas hojas de lechuga hidropónica para lograr que los caracoles se arracimaran. No pudimos evitar pisar algunos y el gas de color violeta que expulsaban nos hizo entrar en una especie de letargo plagado de visiones.

Te vi sentado en un café con tu socio, muy tensionados, y trabajando en la película (¡felicitaciones!)

Te vi también en el cementerio de Avellaneda, entrando en la cripta donde están los restos de tus familiares y despidiendo a tu tía abuela.

Antes, en el velatorio, tomaste de una bolsa unos caramelos ácidos, uno de naranja y otro de limón. Sé que previste todo lo que ibas a ver ahí pero un detalle se te pasó por alto…

Acompaño tu desconcierto. Todavía no podés creer que esa persona con la que creciste entre bastidores, bordados, máquinas de coser, en esa casa chorizo de Lanús que visitabas, ya no forme parte de este mundo. Vas a extrañar escuchar ese dialecto italiano, tal vez llamado genovés o calabrés, de Villapiana, Calabria, porque ya no quedan italianos que lo hablen en tu familia.

Por más que pueda escribir desde el futuro te aseguro que no entiendo nada sobre la muerte.

Sé que pensás que el tiempo no existe, pero que tiene que ser algo palpable. Yo me preguntó, ¿para qué trabajar? ¿Qué sentido tiene perseguir estos seres si en un futuro no muy lejano yo y los que los crearon seremos roca?

Vos te debés preguntar ¿Para qué escribir? Y encima cosas fantásticas en tu caso.

Sé que estás cavilando mucho.

¿Cómo creamos en nuestra imaginación un zombi si tras la muerte el cuerpo está duro como una roca y frío?

En mi caso, ese último contacto con los seres queridos, cuando sé que ya son una roca, me da paz. Pero hay tanto misterio en la vida que la muerte no puede abarcar. Y después de todo, son palabras, pensamientos, a los que hemos llegado tras observar, con el método inductivo, ciertos ciclos. ¿Pero dónde está lo real? ¿Dónde el factor que lleva al cambio? El que persiguen tanto los científicos.

La lagartija grande que viste en el vértice del cielo raso de la habitación de tu tía  abuela cuando ella ya había decidido que no quería vivir más, que los noventa y un años eran suficientes, y se lanzó a una huelga de hambre que la llevó a la anorexia, como una adolescente, te hizo pensar que siempre hay algo más que la muerte, por lo menos para la imaginación. ¿Por qué ese bicho, sin temer a nadie, decidió apostarse en ese lugar?

En dos horas voy a hacer sonar tu teléfono.

No vas a escuchar ninguna palabra mía, me gustaría pero es imposible, ni como una vez que llamé, sólo la canción Sultans of Swing de Dire Straits.

Vas a escuchar una estática, el ruido de fondo del universo.

Te saluda con fervor, desde un futuro donde todo es casi posible, y donde los caracoles exudan secreción púrpura, para el deleite de Patricia Highsmith, tu amigo.

Von Kong.

PD: Te dejo un koan. ¿Estás seguro que las estrellas no fuman?

Los artistas

Nos quedamos con la sala de exposiciones. No la íbamos a cerrar. Nos arreglamos con los chicos para armar una cooperativa.

Se debe aguzar la vista para ver la muestra. Cuando no funciona el generador todo queda en penumbras. La guerra civil se llevó muchas cosas. Entre ellas la luz.

Lo último que se presentó en el museo es la exposición coreana. El cristo rojo, enorme, cuelga de unos alambres en la entrada, las paredes están llenas de cuadros con dibujos tipo manga y en el centro hay un toro blanco con un cuerno rosado de unicornio.

Una mujer entra con su hijo y lo corre hasta el toro, donde el nene se pone a tocarle las bolas. Me acerco.

–Eso no se hace.

Y miro a la madre con reprobación. Los salvajes son capaces de cualquier cosa. Habla mucho de ellos que se animen a entrar al salón de exposiciones. No pudimos conservar la fachada. Omar, el albañil, hizo lo que pudo, lo que no es mucho ni poco, pero sigue repleta de pintadas, y quemada. Algunos piensan que el centro de exposiciones está cerrado, que nunca volvió a  abrir. Pero aquí estamos.

Estefanía está en la otra punta, con el pelo teñido de azul. Mira su celular, no le gusta que vengan chicos. Levanto el comunicador.

–Hermosa, este pendejo es un peligro.

Roberto, asomado desde la abertura del primer piso, me mira y gira la cabeza, así que María ya le habrá avisado. El niño no está abajo, se habrá ido corriendo por las escaleras arriba. Que no se detenga ante la puerta cerrada con doble cerrojo. Tampoco me agrada que ande toqueteando las esculturas de papel y las de tela. Hay unas cuantas arriba.

–Que no se acerque a la puerta– le digo a Roberto.

Pero todo bien, el nene ya se aburrió, está bajando las escaleras para reencontrarse con su madre y salir afuera donde un hombre la espera. Parece un pordiosero, pero debe ser su pareja. Nosotros que ponemos tanto empeño en que nuestra ropa de trabajo esté limpia. Mi camisa del día anterior y los pantalones negros están colgando en el patiecito. Estefanía a veces me ayuda a lavar la ropa. Pero sabe que me gusta lavar en soledad sus bombachas caladas.

Es la hora de cierre así que nos vamos al bar. Lleno de camioneros dormidos en los bancos. En la barra, unas adolescentes se embadurnan la cara con una crema que el dueño del local le exprime desde un pene de plástico enorme repleto de vodka. Luego el dueño toma la cabeza de un gordito que está sentado a la barra y la agita como si fuera una coctelera. Listo, ya las fotos fueron tomadas. El gordito se da vuelta y le mete la lengua hasta la garganta a una de las chicas con la cara llena de crema. Con Estefanía y Roberto nos pedimos whisky y lo tomamos a la antigua, sin mucha floritura. Es mejor estar borracho en el bar porque si entran los encapuchados y sus ametralladoras es el fin.

No entiendo como estas viejas terminaron juntando armas en su casa y salieron a matar a la gente. Hace dos semanas vi como un encapuchado mataba a un chico que tocaba la guitarra en la calle. Al sacarse la capucha era un de estas viejas pintarrajeadas. Debía tener unos setenta años.

Borrachos, volvemos al centro de exposiciones. Entramos por la puerta trasera, como siempre a esta hora, y subimos por las escaleras hasta el primer piso. Abrimos el doble cerrojo, subimos por la escalerita hasta la puerta antigua de madera. Estefanía manotea el picaporte y la abre.

La mujer palpa un maniquí con pies de rana, que los curadores habían desechado en una de las últimas muestras. El que decía Segunda Mención Escultura. Como Estefi ayer le arrancó los ojos, la mujer ni sabe lo que hace. Nos sentamos en las tres sillas para ver el espectáculo.

La mujer se cae, se levanta, mete la cabeza en una de las axilas del maniquí, se orina, no puede gritar porque Roberto le hizo tragar un pañuelo de tela lleno de mocos y le precintó la boca con cinta de embalaje.

Los ojos de Estefanía brillan porque la mujer trata de tomar la mano del maniquí. Como si fuera un hombre que pudiera dar un paso hacia la puerta para sacarla de ese lugar. Pero es demasiado tarde. Pronto va a estar en la bañera.

La bañera formaba parte de una instalación de Nuevo Arte Ecuatoriano. Encantaba a los visitantes porque cuando se acercaban, en vez de encontrar un patito de juguete flotando, descubrían unos peces abisales horripilantes. La artista no se la pudo llevar, la desecharon. Cuando todo estalló, me la quise llevar a mi casa pero Omar, Roberto y Estefanía no me dejaron. La subimos al cuartito.

Estefanía está atenta porque la mujer va a meter las manos en cualquier momento en la bañera. Lo hace y empieza a salir humo. La soda cáustica que Roberto usa para hacer desaparecer los cuerpos le está quemando la mano. Trata de gritar pero no puede. Estefanía saca una pistola y la remata. Roberto la tira en la bañera. Va a calcinarse lentamente y Estefanía va a usar sus dientes, sus cartílagos, lo que reste, para las creaciones que va acumulando en el cuarto.

Ella casi siempre atrapa chicas, se acerca mientras miran al toro con el cuerno y las duerme con un pañuelo embebido en no sé qué sustancia. Yo soy más directo y cuando una chica me hace acordar a una compañera de colegio, las que me gustaban y me cargaban, directamente uso la pistola con dardo tranquilizante. Después se la entrego a Estefanía para que la intervenga a gusto. Nuestra forma de arte es colaborativa, pero Estefanía no lo quiere aceptar. Roberto por ejemplo se encarga de conseguir a chicos barbudos, y de pelo largo, de esos que seguro matarían los encapuchados, las viejas.

El trabajo era tan aburrido antes de la guerra, estábamos toda la tarde ahí, resguardando las obras de los visitantes.

Estefanía, que dice que ahí me empecé a volver loco, ni tenía el pelo azul entonces, porque estaba prohibido. Pero después del quilombo las cosas cambiaron. Mantuvimos el lugar, se nos ocurrió cobrar una entrada, para eso está Omar, el albañil; hay muchos que todavía quieren ver la última exposición de Buenos Aires. Creo que la mayoría son fanáticos del manga y esas cosas.

Nos quedamos dormidos en la alfombra con la cabeza de tigre. Nos gusta dormir ahí. Estefanía está cerca, su pecho se infla y desinfla como un fuelle nuevo, Roberto ronca como siempre y a mí me viene el sueño.

Al otro día me levanto y hablo con Estefanía. Le digo que pronto su colección de arte va a superar a la coreana que está abierta al público. Que elijamos bien a la última víctima.

Pero ella dice que no son víctimas. Que son maniquíes. Que perdí la cabeza cuando las viejas mataron a mi familia. Para ella tengo paranoia y me invento esas historias de crímenes. Me deja claro que ella no es una asesina, es una artista. Me agradece por cuidar de sus creaciones.

Le digo que no nos olvidemos de poner el candado, que no quiero que cualquiera que entre a la sala se meta a ver el cuarto donde ella está creando maravillas. Pero para ella la puerta no tiene candado, en la bañera sólo derrite plástico para reciclarlo y mezcla pintura. Me dice que yo nunca maté nadie. Que no siga diciendo pavadas.

Roberto me trae un vaso con la medicación. Me la hacen tomar. Les digo que esas pastillas también formaban parte de una muestra, que son un placebo, unas pastillas de mentira que no tienen nada. Pero ellos dicen que si no fuera por los medicamentos tal vez ya hubiera cometido una locura, como los encapuchados.

–¿Querés convertirte en un encapuchado?–corean.

Ya saben la respuesta. Tomo la medicación. Y de premio Estefanía me deja lavar su bombacha calada.

Mientras lavo, sé que Omar está en la boletería, con esos folletos raídos, para cobrar la entrada que nos permite seguir yendo a ese bar de mala muerte y recargar cada tanto el generador.

 

por Adrián Gastón Fares

Entrevista para Revista Pazcana.

Agradezco a Carolina de Revista Pazcana, Mujer Pazcana, que me hizo algunas preguntas sobre mi trabajo. Aquí pueden leer las respuestas.

“Mi creatividad viene de haber afrontado situaciones más o menos difíciles en la vida y también viene de una dicha que llevo dentro, que se nota cuando creo. Esos opuestos se sacan chispas”. Adrián Gastón Fares

Pueden leerla completa en el link siguiente:

https://revistapazcana.com/2017/09/22/adrian-gaston-fares-dirige-gualicho-ganador-del-festival-blood-window-en-argentina/

Foto Entrevista Adrián Gastón Fares Revista Pazcana.jpg

Refugio

A veces pienso

en todas las cosas que perdí.

En algún momento

me fui por las ramas

y en una de ellas construí

un refugio pequeño y revestido

para vivir en paz.

Pero las ramas se quiebran

y todo se vino abajo.

Y ahora estoy aquí,

en el pastito,

con los restos de las cosas

que tenía en la casa que cayó.

Y el tiempo pasa.

Y es verdad que las vacas vuelan.

Y también que los gatos sueñan.

Pero es imposible volver el tiempo atrás.

Ésa será mi gesta.

La del valiente forjado en un barrio pobre,

lleno de canciones irregulares, que rebusca

en el baldío donde otros también enterraron sus sueños.

Será cuestión de volver a armar mi refugio

entre los árboles

sobre la rama más endeble

porque la fuerte no sirvió.

 

por A. G. F.

 

Entrevista para la revista La Cosa

Ya se puede leer la entrevista que me hicieron por el premio Blood Window a Gualicho, el largometraje de ficción (género fantástico, horror) que escribí y voy a dirigir. La entrevista, que es mucho más larga, acortada por los editores para el bien de todos los lectores, ya está en el flamante nuevo número de la revista argentina La Cosa.

La revista ya se consigue en los puestos de diarios. Si quieren leer la nota aquí se las dejo (portada y nota).

Saludos a todos,

Adrián Gastón Fares.

LA COSA sept 2017 portada (2)

LA COSA SEPTIEMBRE 2017.JPG

Lo que algunos no quieren contar

En la ciudad, todas las noches me sentaba con mi hija y mi mujer a la mesa del comedor. Por eso el bosque. Quise aislarme de todo, como tantos otros. Elegí un lugar de la Patagonia, apacible pero ventoso, entre los árboles. En el tejado de la cabaña había una veleta de metal, con la rosa de los vientos, coronada por un pez.

Había comprado el terreno, que venía con la cabaña y una plantación de arándanos. Todo por poca plata. Según la inmobiliaria, el dueño era un viejo, alcohólico. El dinero iría a los nietos. Me habían ocultado que se había ahorcado en uno de los árboles, el más alto. Pronto me lo contaron en el pueblo. Me daba lo mismo.

Dejé que los arándanos crecieran salvajes. Los juntaba en diciembre, en mi gorra, arrancando al fruto a lo bestia, sin el cuidado que hay que tener al cosecharlos, que en este caso sería hacerlos girar lentamente para desprenderlos del tallo, sin arruinar la capa de protección. Pero yo era como un duende entre los arbustos, los recogía a las corridas, y los comía en mi casa de merienda o a la noche ya congelados.

Enfrentaba el fin del día extasiado ante la contemplación de las aves, de los quises andinos, de las liebres que se cruzaban al atardecer como si el mundo estuviera a un minuto de acabarse y algo ominoso viniera a ocurrir, que nunca era más que la simple noche.

Pero un día fue más que eso. Coincidió con el aniversario de la muerte del viejo. O por lo menos, yo me creo eso.

Me levanté, abrí la puerta de la casa y salí. Caminé automáticamente y sorteé el gran pino sin darme cuenta que ese árbol siempre estuvo en línea recta a la ventana. No a la puerta. Llegué a la cascada pequeña y me senté a fumar, lloré dos o tres lágrimas, porque el lugar era tan bello y yo había sufrido tanto, que estar ahí significaba mucho para mí. Sabía que hay que llorar sí, pero hay que llorar poco porque si no uno no para. Y el agua que fluía entre las piedras me recordó eso.

Volví caminando sin mirar a los costados, como un autómata cansado porque llorar, aunque sea un poco, cansa. Aunque sabía que en ese lugar debía estar una de las ventanas, entré por la puerta y fui directo a tirarme en la cama. Al rato, subí al techo de la cabaña, saqué la veleta y la ubiqué cerca del pino. La punta señalaba el norte.

Tomé bastante vino. A la medianoche salí, miré las estrellas, para mí, acostumbrado a la ciudad, el paraíso estaba en el cielo. Ese cielo, las ramas mecidas por el viento. Me gustaba esa imagen pero el viento nunca me gustó. Me molestaba.

Bajé la cabeza porque tenía una necesidad imperiosa de orinar. Así que me fui hasta el pino y rocié el suelo. Pero al terminar, me di cuenta que el árbol no estaba ahí. Había meado en la maleza. En frente no tenía nada. Me volví y noté que la casa estaba en su posición inicial. Caminé hasta el pino y la veleta. Seguía señalando el norte.

Esa noche dormí profundo, sin pesadillas, y al otro día me propuse ir al pueblo a comprar provisiones. Abrí la puerta, caminé y di con el arroyo. Me di vuelta para mirar la cabaña y la puerta estaba ahí, donde debía haber estado la pared del dormitorio.

Enmendé el trayecto, salí por la entrada de mi terreno hacia el almacén del alemán. Compré pan, fiambre, café y cigarrillos. Retorné, rodeé el terreno y me metí adentro. La que rotaba era la casa y no el terreno, me dije, como si ya no me asombrara.

Salí a orinar esa noche, estaba bastante borracho otra vez, y me di cuenta que estaba salpicando la rueda de mi camioneta. La dejaba en el fondo, detrás del porche, así que la casa había rotado otra vez.

El cielo encandilaba. La luna hipnotizaba. Las ramas de los árboles murmuraban.

Volví a la casa y dormí hasta bien avanzado el día siguiente. Estaba triste porque quería tranquilidad, me había alejado del mundo por sus inconsistencias, sus coincidencias infundadas, y ahora esto, ¿qué quería decir?

A las seis de la tarde del otro día se me dio por dirigirme a lo del alemán. Salí y caminé derecho, di con un cementerio antiguo, el de los galeses. Otra vez la casa me había engañado. Debía estar apuntando al noroeste. No importaba, como un turista más, comí torta con té. Contemplé a una francesa hermosa. Intenté hablarle pero la chica me intimidaba. Me volví a la casa, ya me había olvidado del alemán y lo que quería comprarle.

Entré a la casa. Subí un escalón para sentarme a la mesa del comedor ¿Un escalón? Alrededor de la mesa, el piso se estaba levantando, los bordes del círculo que se estaba formando eran como una rueda dentada.

Pensé que la casa estaba creando una sima, se estaba desenroscando, y que los árboles, mi camioneta, la plantación, serían chupadas por ese agujero que la cabaña estaba creando.

Al otro día salí, me cercioré que la puerta apuntaba donde me dirigía, era así, otra vez la puerta daba a la entrada del terreno, tal como lo compré, así que caminé derecho hasta el almacén del alemán.

Compré querosén, diarios, cerillas y volví lo más rápido que pude.  No tenía nada de valor en la casa. Mis documentos en el bolsillo. Rocié a la cabaña con querosén.

El fuego iluminó la plantación, se disparó una liebre entre los árboles, volaron los murciélagos y rajaron los quises que estaban escondidos entre los troncos cortados. Un resplandor dorado iluminaba la plantación, mi querido pino, el camino de entrada. La casa ardía. En las llamas vi proyectada la imagen de la chica francesa. Me había enamorado como un idiota.

Pero la cabaña giraba. Rápido. Lo hizo hasta desprenderse y dejar el comedor a la vista, la rueda dentada, con la mesa redonda y las sillas.

No me podía sentar en ese lugar. Me recordaba la compañía de mi hija y mi mujer. Pero no tenía otra, me dirigí a la plataforma, la cabeza plana del tornillo, que era lo único que había dejado el fuego, salté, y tuve el valor de correr una silla y apoyar el culo ahí.

Seguía rotando. Vi a la veleta, al árbol, a la plantación de arándanos, a la luna llena, al arroyo, vi la tierra, intuí que la casa me había propuesto todos los días un camino nuevo. Ahora mi musa era una extranjera, la chica francesa que había conocido por seguir el trayecto que la puerta de la casa me sugería. Sentado en el trono hogareño pero descubierto que la cabaña me ofrecía, mientras todo seguía girando, vi raíces, hormigueros, lombrices, bichos bolitas, rocas doradas y finalmente, una multitud de ojos azules brillantes comenzó a rodearme, mientras me sacudía la tierra de la cabeza.

Me agarré de las raíces, comencé a escalar, ya había hecho palestra en la ciudad, era rápido, vi como la plataforma con las sillas y las mesas se hundía, salí del agujero como un muerto viviente, nevaba y yo estaba de pie en la sima que había sido la cabaña, exultante y cansado.

En el escape, en la corrida, un cuerpo blando me golpeó el hombro, justo a la altura del pino. Supe que era el cadáver del viejo, el antiguo dueño. Escuché risas y seguí corriendo, hasta que dejé a las arándanos, la tranquera, el terreno, todo, atrás.

 

por Adrián Gastón Fares

Kong 18

Estimado Kong,

No te puedo creer lo del gorila y el tipo de cara larga. Y Taka con ellos, encima.

Tus aventuras no tienen punto en común con las mías. Aunque mis aventuras creativas son gestas con principio, desarrollo y desenlace no tiene sentido que te las cuente si vos andás con No-seres de aquí para allá.

Recibí mensajes cifrados de una comunidad oculta en el Amazonas. Viví coincidencias de todo tipo. Una vez me crucé con una bruja. Otra tuve una precognición. Bah, un sueño precognitivo. No le hice caso al sueño, porque no sabía que eso iba a ocurrir el mismo día y bueno, no se dio lo que se tenía que haber dado. Algo amoroso. ¿Qué es el amor? Baby, don´t hurt me, don´t hurt me, no more. Perdón por este exabrupto.

En Elortis, una de mis novelas, esbocé una teoría del color, una especie de tesis, donde sostenía que los mantos de color púrpura tenían el poder que simbolizaban, como puede leerse en tantas narraciones antiguas, porque estaban teñidos con la secreción hiperbranquial de un caracol de mar. El gastrópodo marino Murex brandaris. Eso está en la segunda parte de la novela. Me pregunto si alguien la habrá leído. No me preocupé por buscarle editor.

Rastreé en los textos jónicos las huellas de este tinte. Pensé que por ser alucinógeno favorecía la clarividencia. En realidad, no me tomé en serio el tema, si no que se lo endilgué al personaje de la novela, una especie de novela romántica cómica.

Pero me fascinan los colores. Como estoy ansioso por filmar me propuse hacer un ejercicio con tus mensajes. Vamos a hacer una pequeña propuesta estética, como si tu historia fuera una película. Feature, como le dicen los de arriba.

Acá le decimos película o largometraje, pero existen los largometrajes de ficción y los documentales. En cambio los de arriba dicen Feature y con eso se refieren a una película de ficción. Es más simple… A ver, vamos.

Imagino tu futuro como verde, amarillo y violeta. Los exteriores tirando a verde como esa película de Alfonso Cuarón (Children of men o Niños del hombre). Te veo en planos contrapicados, para acentuar tu trabajo de control sobre los No-seres, pero también en picados para aplastarte contra el piso como en el momento de esa caída moral que tuviste en el hospital de día.

Con Taka te imagino con teleobjetivos al principio para que estés pegado a ella, como el dúo que eran. Después, mientras se fueron distanciando, un gran angular sería lo adecuado para que los dos se pierdan un poco en el plano.

La composición sería desbalanceada en tu crisis, en ese período oscuro en el que fumabas en la terraza repleta de plantas exóticas en el hospital de día, para hacerse más balanceada en el presente –como en las primeras aventuras que me contaste, tus primeros mensajes–.

Tu historia es literalmente brillante, así que usaríamos en iluminación un ratio no tan contrastado, tirando a lo luminoso, más que a las sombras que están adentro tuyo y de los No-seres.

¿El nivel de saturación? Medio. Aunque tu futuro lo veo un poco saturado para ser sincero.

La música serían acordes simples en sintetizadores. Aunque varios violines juntos no vendrían mal. Fa menor. Mi menor. La menor. Sol? Tu historia se está desarrollando y no puedo hacer una propuesta estética completa ahora, Kong, mis disculpas anticipadas por este texto dislocado.

Grabaríamos con una Alexa y la resolución sería 5k por lo menos. El formato sería anamórfico y la relación de aspecto 2.35. 1.  Hay muchas cosas para mostrar, Buenos Aires no es la misma, hay más verde, drones y No-seres que vuelan calculo, así que hay que aprovechar al máximo la pantalla.

Calculo que en tu futuro ya los píxeles habrán sido reemplazados por algo más homogéneo. Supongo que en tu época las pantallas son de grafeno, volátiles, transparentes y flexibles, así que no habrá manera de diferenciar una pantalla de lo que no lo es. Ese punto de giro, como les gusta decir a los guionistas, de la princesa Leia apareciendo en un holograma para lanzar a Luke a la acción en tu futuro está en todos lados.

Para mí que en el tiempo en que me escribís andan por ahí tratando de ver qué es real y que no. Calculo que habrá algún control, reglas: por ejemplo ponerle alguna marca para que el peatón pueda diferenciar entre lo que es una publicidad de una ama de casa en la calle limpiando el piso con un producto especial y una vecina real manguereando el piso. Pero las amas de casa y los amos de casa habrán sido reemplazados por No-seres para el bien de las mujeres y los hombres. Así que mis opiniones tal vez sean erróneas. Por lo menos en cuanto se refiere al contenido de las publicidades.

Y aquí una pregunta. ¿Hay niñeras No-seres? ¿Los padres del futuro dejan a sus vástagos en manos de las impresiones de Riviera?

Ahora bien, ¿cuál sería el plano emblemático? Creo que primero falta la toma de establecimiento para mostrar tu barrio, que bien puede ser Constitución, una Constitución de neón y vegetación profusa, como un suburbio, porque en tu futuro, a pesar de las predicciones, me parece que hay menos gente y quizá los edificios que no se usan fueron derribados para construir espacios verdes. Ese entonces sería el plano de establecimiento.

¿Y el emblemático? Prosigamos.

Tal vez, vos, el Inspector Von Kong, tomando un helado fluorescente, con esa ambientación de hotel subtropical, onda Cuba, que es rara en Buenos Aires, pero que sí existe en Colombia. El último es un país con lugares más alegres que el nuestro. Supongo que Buenos Aires en el futuro será más subtropical y con suerte tendremos el clima de Antioquia. Y esos hoteles con piletas templadas no me vendrían nada mal. Recuerdos del año pasado, en fin.

¿Pero esa sería la toma emblemática? No sé. Tal vez vos frente al hombre-cucha. Taka en la costa frente a los No-seres que eran unas sirenas no me convence. Creo que la mejor sería vos con la impresora vieja, la que incautaste al hermano del niño en la historia del hombre-cucha, una impresora grande, de las primeras de Riviera.

¡Y un No-ser realmente espantoso y amenazante a tus espaldas!

Para esto es clave el vestuario, y te imagino con un saco campera con las solapas del cuello levantadas, alto, imponente, como si a la vez fueras un No-ser y por eso te hayas enganchado tanto con Taka. Perdón, querido Kong, si repito un nombre que tal vez te molesta a estas alturas.

O vos frente al río, con esa almeja gigante, y el inspector Paulo a tu lado. Las fuerzas se han alineado, los enemigos también, tu historia se fue conformando de alguna manera a través de estos mensajes. La plasticidad que inyecta el tiempo al espacio es la misma en el futuro que en mi presente. Las cosas cambian, las personas también. ¿O es el espacio el que cambia y por esa transformación inherente a la cosa en sí existe el tiempo?

No me olvido de uno de los mensajes que me mandaste donde relatás la casa de un empresario de cine, un tipo que creó a unos caballitos diminutos que corren por la alfombra. De las imágenes que me mandaste esa quizá sea la que más me gusta.

Usaríamos OTS, planos Over-the-shoulder dirían en el norte, para enfatizar la relación entre Von Kong y los No-seres. Dependiendo del No-ser que enfrentes y siguiendo la regla de Hitchcock, que dice que el objeto debe ser tan grande en el plano como su importancia en la historia, te daría más o menos espacio en la pantalla en relación a tus contrincantes.

Los planos los diré en inglés porque así los aprendí. Un médium-close-up para mostrar tus reacciones frente a los No-seres.

Close-up sólo, a diferencia del Rey Arturo de Guy Ritchie, donde se usan mal, para mostrar tu sobrecogimiento ante los No-seres que tenés que inspeccionar y catalogar. El típico del asombro. Aunque tal vez esté mal porque a estas alturas ya no te asombren.

Medium-shot para mostrar tu relación con tu entorno, con tu oficina que está repleta de viejas impresoras Riviera obsoletas, de partes de No-seres en frascos de mermelada como esos recuerdos de extraterrestres (dejemos esta frase por qué no) que venden en el Uritorco.

Plano americano para mostrar tu relación con otros. Si bien esto no es un western, y el plano americano surgió de este género, tu enfrentamiento con No-seres amerita alguno de estos planos.

Planos generales (Long-shots, volvamos al inglés) para tomas emblemáticas de la ciudad y de vos como un estandarte, casi un héroe, enfrentándote a las creaciones desquiciadas de ciudadanos poco ilustres pero inspirados. En tu futuro las viejitas ya no hilan amigurumi, o esos muñecos de lana, entrelazan moléculas para parir No-seres, crean monstruos más o menos legales o no, según como se comporten o cómo han sido pensados.

Para el sistema de imágenes usaremos distintos lentes, eso que te decía de la distancia focal, para afianzar esta unión con Taka al principio y resaltar cómo te vas quedando solo, como salís del pozo con tu voluntad, y vas apartándote, sin querer, y agrandándote en el plano Kong.

Ves como una propuesta estética puede ser también una especie de libro de autoayuda. La estructura consabida de un guión, esos libros que te dicen cómo contar una historia, donde poner el punto de giro, cómo las subtramas se relacionan con el tema, y con la historia principal, son más aplicables a la psicología que a la creación de una obra audiovisual.

Me imagino que en tu futuro ya no usarán lentes, filmarán todo con un gran angular y después irán recortando de la imagen lo que más les gusta. O ya las películas serán hechas en una computadora con actores en 3D. O directamente pensadas y trasladas a un soporte que se amolde a los pensamientos del director. Qué glorioso. Pero qué solitario también. Gran parte del trabajo de hacer una película es seleccionar a la gente con la que vas a trabajar. Si en el futuro ese paso no existe, ¿qué seleccionarán? ¿El horario del día en que grabar las ensoñaciones que serán los filmes? Tal vez exista el anti-doping para directores. Y estos elijan la comida adecuada para que sus creaciones sean exitosas (un buen chocolate negro por ejemplo podría afianzar la trama) Pero también usarán drogas de todo tipo para crearlas y bueno, no todas serán legales, ni todo estará permitido. La ficción será alocada o un enigma. Ya no habrá distinción entre el consiente y el subconsciente. Stop. Me fui por las ramas.

Pero Kong no es una película, son estas cartas, estos mensajes, y más que nada me alegra saber que en tu futuro estás persiguiendo criaturas, que saliste del agujero donde vos mismo te habías metido por un apego excesivo.

Y vuelvo al principio, para Elortis busqué en fuentes jónicas, pero cada vez que leía un libro occidental lo contrastaba con otro oriental más antiguo y me daban ganas de llorar. Si mal no recuerdo para muchos académicos la historia de la mente comienza en el siglo XI antes de Cristo. Pero no, ya antes había cosas maravillosas.

Los textos taoístas, lo sin forma, el simple y complejo yin y yang, llevarían toda una vida y algo más para estudiarlos.

Y sin embargo, occidente se la cree un poco, es así.

Me están quedando pocas pilas en los audífonos. La grabación, una chica española, me dice Batería Baja.

La seguimos,

Adrián

Deslizate en el fuego

Parecía un decorado. El receptáculo blanco, con forma de molusco, que contenía a su antepasado, con trazos grises en los contornos, podía ser un dibujo en la pared. Pero no, era macizo y real. Dentro de ese hangar, en ese edificio magnánimo, descansaba un ser que había sido necesario para que él lo estuviera observando en ese instante. Sin ese ser, Oliverio nunca hubiera sido. El pensamiento lo mareó un poco. El lugar daba para ponerse a cavilar porque no había mucho que mirar. Salvo la pantalla, pero no quería que absorbiera su atención.

La habitación donde tenían a su antepasado era única. Estaba separada de la que contenía al resto de los receptáculos porque la familia de Oliverio había acumulado mucho dinero desde que el primer inmigrante italiano pisó el suelo del país, varios siglos atrás, allá por el 1900.

A Oliverio no le gustaban los números ni pensar en ellos. Con cierto desdén, aunque con un interés que no supo disimular ante el empleado de la empresa, confirmó que según el cronómetro del receptáculo faltaban tres días para que volvieran a la vida a su antepasado.

La ley exigía que un descendiente estuviera presente en el momento de la reanimación. El resto de su familia no quería hacerse cargo. Su padre, de vacaciones, tampoco hubiera existido sin la cosa que ahora flotaba en la máquina.

A Bautista lo habían criogenizado a los noventa años. El viejo se había empecinado. Al despertar su condena habría terminado. Pronto estaría libre. Lo había calculado.

Cómo odiaba los números, pensaba Oliverio. Esos números que eran tan vitales para el miembro de su estirpe.

El molusco no permitía ver las facciones de Bautista Segundo. El ser inspiraba y expiraba a través de dos tentáculos. Oliverio tenía grabada en su mente una fotografía del que estaba adentro de la caja. El ex jefe de la policía estaba en un zoológico y alzaba en sus brazos a un niño ¿Quién era ese otro antepasado?

Le daba igual a Oliverio. En la pantalla ubicada en el plexo solar del molusco podía ver las imágenes que proyectaba el ser que estaba adentro. Bautista estaba recordando como una mujer lo afeitaba frente a un espejo. Tenía que reconocer que las facciones de Bautista eran más afiladas que las suyas, su mentón más firme. Gracias a esa succión de recuerdos que demandaba la pantalla, la mente del congelado se mantenía activa. De otra manera, los recuerdos podían perderse y el que resucitara sería un ser sin pasado, con la memoria de un bebé.

La memoria era importante. El pasado. Lo que a Oliverio lo atraía de la situación era su trasfondo maléfico. Una búsqueda rápida de datos había dado como resultado lo que sus padres no quisieron nunca reconocer.

Bautista Segundo no había dudado en torturar a los que lideraban organizaciones religiosas cuando la revolución así lo había pedido. Su antepasado había mandado a asesinar a miembros de todas las religiones.

Oliverio no sabía mucho de historia pero la consigna había sido clara: exterminar las religiones organizadas. Se habían vuelto un peligro para el mundo. Su antepasado tenía un prontuario notable, incluso había practicado los últimos exorcismos, que eran una parodia de los reales, que terminaban en violaciones, estupros y asesinatos. Había sido una de las caras visibles del exterminio. La secularización había terminado con todas las creencias. Sólo algunos esperaban sin esperanza la aparición de vida extraterrestre.

Los gendarmes y la ciencia habían arrasado con todo. Era por la ciencia que Bautista estaba en ese cajón mágico y que no era una piedra, un puñado de polvo, o con suerte un par de huesos en una urna de un cementerio.

Dejó el edificio de la empresa, se subió a su motocicleta y volvió a su casa. Era la segunda vez que veía el receptáculo. En la primera había notado que otra persona lo miraba desde el otro lado de la pared de vidrio. El chico desapareció rápido.

Oliverio aceleraba mientras pensaba que la velocidad hacía que se olvidara de los números mejor. En una pisada podía pasar de 200 a 300 kilómetros por hora. Era imposible contar ese cambio en un período de tiempo tan corto. Eso lo alegraba y despreocupaba.

Pronto otra motocicleta lo alcanzó. Se le pegó y trató de desestabilizarlo para que chocara contra un camión. Oliverio traspaso el camión y aceleró, pero la motocicleta volvió a alcanzarlo con el objetivo claro de hacerlo despistar. Su motocicleta se ladeó hacia la derecha pero logró estabilizarla y esta vez alcanzó al otro motoquero. Le tiró su moto encima. A diferencia de él, su perseguidor tenía un casco, es lo que llego a ver mientras la motocicleta se metía entre las malezas a la vera de la ruta y el conductor salía expelido.

Oliverio detuvo su motocicleta y caminó hasta el tipo de casco. La motocicleta del desconocido se había arruinado pero el traje de grafeno que llevaba el motoquero lo había salvado. Oliverio buscó en su bolsillo el cuchillo y lo esgrimió contra el desconocido.

Él no se hacía problema, no llevaba casco ni nada. No le preocupaba estrellarse. El motoquero caído se quitó el caso. Oliverio reconoció al mismo chico que lo estaba espiado en la empresa.

El chico escupió y le dijo a Oliverio que no iba a permitir que despertara a ese monstruo asesino.

Oliverio, que no estaba seguro de si quería conocer o no a su antepasado, ante este exabrupto que lo ponía entre dos aguas, sintió que su vida tenía una razón y contestó.

–Es el derecho de Bautista volver. Él lo pidió. Pagó por eso.

–Pagó con la plata que le sacó a los que mató, Oliverio. Te conozco. Conozco a tu familia.

–Si seguís hablando así–contestó con seguridad Oliverio–­. Voy a clavarte esto en el ojo. Y te voy a meter ese casco caro en el culo.

El chico se levantó y le sostuvo la mirada mientras se limpiaba el traje que llevaba.

–Dale, hacélo.

–¿Quién sos?–. Le preguntó Oliverio.

–No tenemos la misma sangre. Pero vengo de la familia de la hermana de tu antepasado. Bautista mató a mis precursores, unos pastores evangelistas, y entregó al bebé que tenían a su hermana.

A Oliverio le importaba poco y nada el asunto. Lo que agregó el desconocido que afirmaba ser su familiar lo hizo reaccionar.

–No voy a permitir que levanten a ese viejo.

–Bueno–dijo Oliverio–. Eso se verá en tres días.

Se subió a su motocicleta y abandonó al extraño.

La satisfacción por haber encontrado un oponente apasionado, alguien que tal vez creyera con firmeza en algo, lo hacía pisar el acelerador a fondo.

Volvió a su apartamento, un piso ubicado en la esquina de la Avenida Santa Fe y la calle Talcahuano. Durmió un día entero. Al despertar contactó a su padre. Desde una playa y con la nuca sobre los duros pechos de una joven su padre le encomendó, con la promesa de retribuirle con dinero, el resguardo de la vuelta a la vida de Bautista.

Ya tenía dos incentivos. La estupidez del desconocido y el dinero de su padre.

Entrada la noche volvió a la empresa. Tenía que firmar el contrato donde certificaba que no demandaría a la empresa si la reanimación fallaba. Por otro lado, se sorprendió cuando la empleada del turno noche le explicó que se había puesto en marcha el rejuvenecimiento que había exigido Bautista.

Que no esperase ver salir a un anciano de la máquina. Si todo iba bien Bautista saldría con unos cuarenta años, que era lo que tenía, más o menos, cuando había cumplido con sus nefastas funciones.

Oliverio se sentó en una silla y se pasó la noche mirando los recuerdos de su ascendente.

Bautista levantaba a un niño. Corría por la costa bonaerense, debía ser Mar del Plata, donde ahora estaba la ruina que había sido la casa que el viejo tenía. En otra imágenes, Bautista, con la mirada acerada, enfrenta a una junta de jueces. Margarita O., una joven, declara que Bautista había matado a sus padres a sangre fría. Eran inocentes.  Sólo organizaban reuniones evangelistas. Su objetivo era mejorar el mundo, no destruirlo. No tenían nada que ver con los fanáticos religiosos que habían iniciado esa persecución despiadada. Bautista no contesta pero aclara que seguía órdenes.

Luego, ya viejo, está solo en una habitación, intenta salir, pero hay un policía en la puerta que lo detiene, vuelve sobre sus pasos, y se sienta apesadumbrado pero con la mirada altiva.

Oliverio buscó a la empleada y le preguntó si tenía criogenizado a un descendiente de Margarita O.

–Es una de las primeras junto con Bautista, Oli–. La empleada tenía el deber de llamarlo con su diminutivo, ser cariñosa, como en las tiendas de comida–. Ahora te voy a llevar a ver a la hija de Margarita O, está en la fosa común, si no te molesta entrar ahí claro, te llevo.

Filas de esos moluscos mecánicos se sucedían hasta casi el infinito. Oliverio se puso a ver la pantallita de la hija de Margarita. Sofía, se había llamado y se seguiría llamando.

El receptáculo, como el de su abuelo, había sido reforzado, modernizado y refaccionado a través de los siglos. No parecían simples heladeras como los primeros. Para apreciar el contraste sólo hacía falta mirar hacia el fondo.

Ahí estaban los receptáculos cuyos dueños no habían pagado lo suficiente para el mantenimiento. Eran unas cajas metálicas antiguas, tipo freezer comercial, medio oxidadas. Los ocupantes tal vez seguirían adentro hasta el fin de los tiempos. Oliverio había escuchado que algunos que salían de esas cajas vivían un día y morían. Un día para ver el futuro, qué locura.

Pero no sería el caso de Sofía, que estaba sumergida en un receptáculo actualizado y bien mantenido. Por lo que podía verse, siendo aún joven, y recién enterada de la criogenización de Bautista, la chica había desembolsado lo que había cobrado de indemnización su madre por el crimen de sus progenitores para asegurarse que dos días después de que volviera a la vida Bautista, ella también lo hiciera.

En las imágenes de Sofía se la veía junto a su madre de bebé succionando la teta en un calabozo. Luego con otra mujer, que vagamente le recordaba su padre a Oliverio, Sofía daba sus primeros pasos en la calle. Ya crecida, la hija de Margarita O., patina sobre hielo y es ovacionada por una multitud. No debía haberle costado el cambio, ese exilio en la máquina, pensó Oliverio.

Siguen imágenes de juicios. Sofía llora de alegría ante policías, de mirada preocupada, más jóvenes que Bautista. Esta vez, con esa mirada esperanzadora, estúpidamente triunfal, Oliverio la encontró parecida al motoquero que lo había perseguido.

Terminó teniendo sexo con la empleada en la cocina de la empresa. Sintió que se enamoraba. ¿Era eso? ¿Así nomás? ¿Cómo se atrevía hacerlo sentir de esa manera?

El amor era tan peligroso. Si bien las religiones habían desaparecido ante los avances vertiginosos de la ciencia, el amor seguía pujando y era la próxima cruzada de los humanos. Oliverio estaba de acuerdo en que era mejor la relación que su padre tenía con ese par de tetas de plástico que la que podía generar ese sentimiento pegajoso, irresponsable, que nacía en la panza y terminaba en los labios y que el común de los humanos llamaba amor.

¿Cómo era que una idea inventada por los humanos producía cambios químicos en el cuerpo? La creencia en la precognición de algunos retrógrados estaba basada en que era un instrumento para el amor. Las pruebas se habían sumado. Las coincidencias y los augurios debían ser atendidos. Lo único que había sido capaz de atentar contra la solidez del grafeno era lo que acababa de sentir cuando introducía parte de su carne en la carne de la empleada. Se olió la mano. Ese hedor…

Volvió a su casa, le temía más volver a encontrase con la empleada que enfrentar a ese chico que quería venganza. Desde el ventanal, observó la calle vacía y los vehículos que pasaban. Un par de zapatillas expuesto en una vidriera brillaba. Con lo que le pagaría su padre podía comprarse uno de esos y pagar las expensas a la vez. Era lo único que le importaba. Con un traje de grafeno y ese par de zapatillas podría esquiar sobre lava volcánica en las vacaciones. Deslizarse en el fuego. Eso era vivir. No quería atarse a nadie, ni siquiera a esa chica y mucho menos a ese ser que irrumpiría en su mundo en poco tiempo, con el que al fin y al cabo no tenía ninguna obligación más que asegurar su venida, porque lo único que le importaba era subir a esa montaña.

Sacaron uno a una las agarraderas que mantenían unidas las tapas del molusco dentro del cual flotaba Bautista.

Oliverio, como los dos técnicos presentes, llevaba barbijo y guardapolvos blancos. La resucitación ya estaba en marcha. La tapa comenzaba a levantarse. Salía humo. El olor era parecido al formol y lo prefería al otro que le había quedado pegado a sus manos.

Escuchó unos tiros y vio que entraba ese chico que lo había perseguido. Le disparó a los dos técnicos. Las paredes blancas se rayaron de grumos de sangre. Oliverio logró sacar su cuchillo y lo clavó en el cuello del chico que cayó redondo al piso. Mucho no le había servido el traje negro de grafeno al muy estúpido, pensó Oliverio. Fue lo último que pensó, porque desde el suelo el chico sacó otra pistola y le disparó un tiro que voló a Oliverio del mundo.

El día estaba nublado. El cielo arrastraba estrías blancuzcas. El edificio de la empresa, una masa gris con una puerta enorme, se recortaba contra el horizonte como si fuera el último refugio de la humanidad.

La puerta se abrió y salió caminando un hombre de unos cuarenta años con un portafolio negro. Con paso firme, marcial, dejó el predio y se adentró en la ciudad.

 

por Adrián Gastón Fares

 

 

Kong 17

Querido Adrián (¿o debo llamarte Gastón como te dicen algunos extranjeros?)

Jamás he vendido una Impresora Riviera. Sí tuve un romance ocasional con una vendedora cuando recién había sido incorporado a la empresa.

Nos suelen sacar las impresoras de la mano, como diría un vendedor, así que la publicidad que hacemos es mínima. Los No-seres son tan útiles para los humanos que la gente sólo piensa en traerlos al mundo.

Toman agua, ya que son organismos como cualquier otro, y toleran mejor el cloro que nosotros. Claro que depende del No-ser.

He llegado a ver un No-ser creado por un panadero que era un brioche. Al panadero le encantaba que el pancito respirara, su parte superior se elevaba y bajaba. Lo usaba para decorar la vidriera de su panadería francesa. Como supondrás este organismo ni tomaba agua ni comía, sólo se cargaba o alimentaba con los rayos solares.

Así que a algunos les gusta crear estos organismos simples que a mí me tienen sin cuidado.

Más allá de eso, un pan que respira es algo hermoso.

Por lo demás, el gorila que lleva mi apellido me estuvo espiando. Conoce todos los lugares que frecuento gracias a Taka. La intención de este grupo está clara: quieren liberar a los No-seres que tenemos presos en la zona de seguridad de la empresa. Aclaro que los No-seres no estaban organizados antes y hace pocos años que algunos se unieron para defender unos derechos que nunca tuvieron y declararnos la guerra.

El otro día apareció en la reserva ecológica una almeja gigante. Me encomendaron el caso junto al inspector Paulo. Es más robusto que yo, tiene mi edad pero parece mayor. Es confortable tener un compañero. Desde que Taka se pasó al otro bando, al que en realidad siempre había pertenecido, hacía mi trabajo más bien solo.

Sobre el río, detrás de la almeja gigante, flotaba una lancha. En el vehículo el gorila hacía retumbar su pecho con los golpes secos de sus puños peludos. A su lado estaba Taka. La encontré más bella aún. Parece haber mejorado su postura y su vestimenta. Pude ver que llevaba un vestido con el cuello redondo, de color azul.

Detrás del gorila y Taka estaba un hombre de traje negro con la cara muy larga, desproporcionada con el resto del cuerpo. No se trataba de un enano, si no de un No-ser de un metro setenta, pero repito, su cara angulosa y puntiaguda llegaba hasta la mitad de su torso. La melena larga y negra. Me habían hablado de este No-ser que era probable que fuera el cerebro de los insurgentes y la actual pareja de Taka. Así que me entristecí. Pero enseguida dominé la tristeza y recordé las cosas que tenía que recordar sobre Taka.

Ella apareció por primera vez entre los senderos de una plantación de flores un día en que los rayos solares fueron tan potentes que arruinaron toda la cosecha de ese año. La encontraron riendo sin ningún motivo en el campo.

Pero no quiero desviarme de mi narración. La lancha se alejó a toda marcha. Pensé que tal vez era la última vez que vería a Taka, aunque a ciencia cierta no lo podía saber. Antes de perderla de vista, Taka se desabrochó su abrigo y en la remera que tenía debajo figuraba una inscripción en hiragana. Pude leer Itsumade. El significado de esto no me quedó claro, ya que no sé bien japonés. Sí entendí que el gorila que la acompañaba era un guardaespaldas. El semi animal contrastaba con la pequeñez de Taka. ¿Qué me estaría queriendo decir Taka? No era un buen momento para pensarlo.

La denuncia de la almeja gigante en la reserva la hizo un cuidador. El hombre no paraba de reír. El No-ser emitía un gas de tonalidad azulada que se estaba extendiendo por la costa. Las valvas de la almeja estaban casi cerradas, pero de su separación sobresalían dos tentáculos. Uno de ellos, el sifón exhalante (las almejas tienen uno inhalante también) expelía el colorido gas.

Convenimos con Paulo en que no podíamos llevarnos en la camioneta a semejante monstruosidad. De hecho, el No-ser que había dejado el hombre de cara larga y sus secuaces tenía un tamaño de tres camionetas apiladas una encima de otra.

Bajamos de la camioneta con guantes y máscaras antigás.

Lo primero que pensé fue ¿cuántas paellas podrían hacerse con semejante bicho? Me dieron ganas de reírme, pero me di cuenta que el gas de alguna manera se me estaba colando en la máscara y era la razón de la alegría estúpida que me dominaba. El cuidador no paraba de largar carcajadas señalando la almeja y se había orinado en sus pantalones.

Entonces, mientras veía la línea oscura que dejaba la lancha en el río y la espalda peluda y enorme del gorila que se alejaba en ella con Taka y el otro No-ser, me di vuelta para mirar hacia donde se dirigía el gas. Se iba expandiendo por la costa pero también flotaba sobre las malezas a mis espaldas.

Había varios árboles. Alrededor de uno de estos, una higuera, el gas se había instalado. Caminé con Paulo hasta el árbol. Los frutos eran nada menos que caras. Las caras, de facciones orientales, parecían pequeños dioses budistas y no paraban de reír.

Taka me había contado una historia parecida. A Taka le gustaba contar historias, es una de las cosas que extraño de ella. Ese árbol tenía que ser su creación.

Si estábamos en la historia que yo pensaba entonces había una manera de recoger esos frutos.  Les pregunté, con voz gangosa a través de la máscara, qué pensaban hacer el fin de semana. Sin parar de reír, las caras-frutos se miraron unas a otras.

Una debía estar más madura que las otras ya que se envalentonó y respondió lo siguiente: Reírnos.

Ni bien la cara-fruto terminó de decir esto cayó al suelo. Paula la recogió y la metió en una bolsa de arpillera grande con la R de Riviera tejida en color rojo que tenemos para estos casos. No debíamos dejar rastros de ese árbol del demonio que podría contagiar la risa insoportable a los humanos.

¿Eran sólo unas caras risueñas o tenían un mísero nombre?, les espeté para molestarlas un poco. Contestaron todas juntas nombres inteligibles y se desprendieron y cayeron al suelo como paltas maduras.

Recogimos todas las caras-frutos del suelo, que ya no reían y las dejamos en la camioneta.

La almeja, con sus estrías azuladas, sus valvas entrecerradas y sus tentáculos casi hundidos en la arenilla era intransportable para nosotros. Seguía despidiendo ese gas que lo nublaba todo y que había convertido al cuidador en una especie de bebé incapaz de controlar sus esfínteres. Nos volvimos a acercar, pero a la mitad del camino el No-ser separó sus valvas y expulsó a un segundo ser de cara larga.

Bañado en una especie de plasma rosado el nuevo No-ser se incorporó, se deshizo de la baba que lo recubría, cortó un asqueroso cordón umbilical que lo unía al molusco, y empuñó una ametralladora que sacó de su traje en un santiamén, con la que nos apuntó y disparó.

La niebla le jugó una mala pasada porque la ráfaga de disparos fue a parar al árbol de las caras, ya sin esos molestos frutos por suerte, que se derrumbó a nuestras espaldas y que para colmo se prendió fuego.

El custodio de la reserva fue alcanzado por la ráfaga de disparos y dejó de reír y de orinarse en los pantalones. Cayó muerto.

Nos dio tiempo para sacar nuestros pistolas con dardos tranquilizantes para No-seres y disparamos. El No-ser de cara larga, que era una especie de gemelo del de la lancha, quedó tendido en el suelo frente al molusco gigante.

Nos comunicamos con nuestros jefes para que enviaran un vehículo que pudiera remolcar a la almeja hasta el hangar donde guardamos los especímenes más grandes. Mientras tanto, el No-ser de cara larga despertó, se llevó algo a la boca y luego de succionarlo comenzó a convulsionar. Tratamos de interrogarlo pero murió en nuestros brazos.

Lo empaquetamos para trasladarlo a la morgue de Impresoras Riviera. La autopsia de los No-seres es un proceso delicado que sólo tres científicos argentinos especializados en estos organismos pueden realizar. Suele ocurrir que un No-ser muerto se levanta como un zombi y debe ser neutralizado.

A veces proyectan su verdadero ser, podemos decir, que no era otro que el que estaba oculto en el No-ser que lo contenía, así que un nuevo cuerpo se despega del No-ser muerto y ensaya un sucedáneo de viaje astral para escabullirse de la camilla.

Por lo general, en estos casos quedan flotando en un vértice de la habitación y hay que capturarlos.

Bueno, la almeja gigante, que cesó de expeler ese gas inmundo, está en nuestra área 51, como me gusta llamar al lugar donde sólo los inspectores de alto rango como yo pueden acceder.

Tengo otro caso ya mismo. Sólo te adelanto que una otaku (o amante de la cultura japonesa, como sabrás), creó un No-ser que es un fantasma nipón, de cuello largo, varios metros, que termina en una cabeza humana horripilante, pelada y con los dientes ennegrecidos.  Y que la cabeza, siguiendo estos cuentos, se mete en la casa de cualquier vecino para robarles el oxígeno y comerse a sus mascotas.

Allí iremos con Paulo, porque el deber nos llama.

Estaremos en contacto, Adrián.

Von Kong.

Kong 16

¿Qué tal, Kong?

¿Cuando empezaste fuiste vendedor de las impresoras biogenéticas Riviera?¿Vendías las impresoras que ahora confiscas a los que las usan para crear No-seres ilegales?

¿Te parece bien, Kong? Digo, perseguir No-seres. ¿Son tan mortíferas y peligrosas las creaciones de la mente humana?

Otra pregunta: Los No-seres. ¿Suelen crear No-seres? ¿O sea usar las Impresoras Riviera para crear otros entes como ellos?

Bueno, el otro día, siguiendo un plan mecánico que vaya saber qué significa para mi inconsciente, atendí el llamado de un desconocido. Si bien ahora formalmente no necesito trabajo porque tengo bastante, la curiosidad fue más fuerte.

Juan –voy a conservar su identidad intacta– me dijo que no podía revelarme de qué se trataba el trabajo ni la remuneración. Me preguntó si me interesaba el dinero o el crecimiento entre otras preguntas existenciales como si prefería trabajar freelance, en relación de dependencia y si part-time o full-time.

Ante mis respuestas, me citó en un conocido hotel internacional.

Después, pensé que es peligroso ir a una entrevista de ese tipo. Ni siquiera conocía el nombre de la empresa empleadora. No me había pedido el CV ni había sabido decirme bien de dónde me había sacado. Me podrían quitar los órganos o algo así y nadie se enteraría. O me sacarían en una caja de cartón para venderme como esclavo.

A las once de la mañana me estaba tomando un café en el restaurante del hotel, buena presencia me dijo Juan, así que me puse la campera nueva, que en realidad es un buzo pero cumple las funciones que yo requiero de estos abrigos, que es que sirva a la vez para tapar el cuello, porque odio usar bufanda. Abrí un libro de Ramón Menéndez Pidal, un estudio literario sobre El condenado por desconfiado.

Hago un aparte. En esta obra, se pondera la intención de un ladrón por sobre la virtud de un sabio ambicioso y egoísta. Pidal explica que la historia tiene las raíces hundidas en la literatura oriental.

Ahora que te mandó este mensaje mis cavilaciones giran alrededor de este tema. Ya lo había pensado. Te cuento que no practico tai chi sino yoga. Se ve que hay ligeras desviaciones entre la información que te mando y la que te llega. Yoga.

La otra vez en la practica pensé. ¿Cuál es la diferencia entre un ser humano que toma sol en una reposera y otro que medita?

Te diré, Kong, que pienso que no hay ninguna diferencia. La única es la intención. La mujer o el hombre que toma sol sólo piensa en cómo su piel se verá beneficiada por el tinte anaranjado que la teñirá para hacerla más bella y saludable –no sé en la tuya, pero en mi época la palidez no es recomendable, más bien se relaciona con los zombis, las poseídos, vampiras y vampiros, y otros seres aún inexistentes en esta dimensión, o por lo menos eso creo–. El que medita tiene por fin terminar con el apego a lo terrenal que genera su ego y así unir su espíritu a la totalidad. Por lo menos eso es lo que voy entendiendo de la meditación.

La intención. El savasana tiene que ver más con la relajación, pero es lo mismo. Intención. Me gusta esta palabra que empieza con i y termina con n.

Sigamos con el tema central de esta misiva. Tuve que cerrar el libro de Pidal.

Juan me vino a buscar a la recepción del hotel y me guió a su oficina. Me ofreció un chocolate caliente que rechacé y nos sentamos a escrutarnos con los ojos y los oídos.

Preguntó cuál era mi trabajo preferido. Hablamos de cine, de escribir, de los extras, porque él había sido extra de cine, y se había desempeñado en otras tareas relacionadas con el espectáculo como la seguridad.

Sí, Juan había sido guardaespaldas de un empresario de la música que traía estrellas de rock internacionales para que tocaran frente a las masas argentinas enardecidas. Me aseguró que su trabajo, que tenía que ver con la seguridad de las estrellas, era, valga la redundancia, seguro. El aspirante a delincuente debía pasar varios puestos en un estadio hasta donde estaba Juan despreocupado para detenerlo. En las calles era más fácil porque nadie sabía que, por ejemplo, Axl Rose, iba en tal coche y así los posibles atentados se atenuaban.

Estos trabajos, si bien placenteros, como el de extra, y redituables, como el de seguridad, que incluso contaba con la ventaja de ver los shows gratis y de cerca, no servían para el objetivo económico y la realización personal de Juan.

¿Por qué?

Existía otra manera para él de llegar al éxito, de disponer de mucho dinero y que el dinero generara tiempo libre para ocuparse, en sus propias palabras, de tu abuela moribunda, por ejemplo, porque en un trabajo en relación de dependencia, eso era imposible: a tu jefe le importaba tres pepinos tu abuela (aclaro que en mi presente los tres pepinos salen bastante caros, con lo que un jefe podría encontrar esta comparación poco favorable; en el tuyo, Kong, tal vez no existan o hayan evolucionado y tengan otro nombre)

Hago otra digresión para acotar que me pareció un golpe bajo de manipulador lo de la abuela moribunda. En la parte estaba el todo, ese pequeño desliz, podía anticiparme lo que me esperaba y si hubiera usado mi instinto como un animal me hubiera levantado en ese mismo momento.

Ok. Juan manoteó su bolso y extrajo dos libros. Los dos eran del mismo autor hawaiano de origen japonés, cuyo nombre no recuerdo, pero cuyas obras exhibidas por mi anfitrión sí, especialmente una, que ya había visto en algunas residencias: Padre rico, padre pobre (o al revés, lo mismo da)

En una hoja, Juan trazó una línea recta vertical y puso de un lado la letra E y la A, y del otro la D y la I. La E.

La E, explicó, era de Empleado. El empleado tiene una ganancia fija, honorarios pactados, no tiene libertad y en suma representa a la evolución de la esclavitud. La A es de Autónomo, freelancer digamos, en ese caso para Juan no tenía seguridad económica, estabas atado por una demanda de trabajo oscilatoria y así serían tus ingresos.

A este primer grupo corresponden  el 95 por ciento de la población mundial. Al siguiente, el 5 por ciento restante.

Del otro lado de la línea, que era, calculo que no casualmente, finita, la D significaba Dueño y la I, Inversor. Si sos Dueño, tenés más tiempo libre y tal vez te acerques a la otra categoría, la de Inversor. Acá se crea un círculo virtuoso donde el dueño invierte, en otra franquicias por ejemplo, ve crecer su patrimonio, por ende su tiempo libre y su libertad. Chau, esclavitud. No serás más un simple asalariado.

Lo más preciado para Juan eran las vacaciones, mientras los empleados trabajan los dueños están en Playa del Carmen tomanado una caipi porque tienen más dinero y más tiempo.

Bien, la D y la I, generan ganancias residuales, acá estaba el punto clave, que permiten que puedas, por ejemplo, transferirle dinero y la empresa a tu hijo, que se beneficiará de tu esfuerzo mientras vos estás en el limbo. Como verás, Juan había sacado mucho provecho del libro.

Ahora bien, como hay que tener mucho dinero para llegar a ser dueño de una empresa y más para invertir, con la variable incertidumbre (por ejemplo, si ponés una pizzería puede quebrar) la solución perfecta para Juan era la Interdependencia.

Era lo que él me ofrecía.

Hay tres cosas que son imprescindibles para la gente en mi presente. Juan las enumeró de taquito: el agua, el aire y la basura (espero que entiendas, porque me salió escribirlo así, me refiero al acto de juntar basura o poder tirar los desechos que uno genera sin muchas vueltas para que uno no perezca bajo una montaña de mugre o le agarre la peste)

En ese preciso instante, Juan le pidió a su secretaria que le trajera dos vasos de agua. Me invitó gentilmente a olerlos y probarlos. Uno de los vasos tenía olor a cloro, el otro a nada. El primero tenía gusto a cloro, el otro a agua mineral.

Juan tenía preparado un frasquito con una solución química. Le echó una gota a los dos vasos transparentes.

El que tenía olor a cloro se convirtió en una especie de cloaca pequeña, agua amarronada, y el contenido del otro siguió límpido como si nada.

La diferencia estaba clara.

No me llevaría más de dos horas por familia ofrecerles la preciada compra a cada una de sus purificadores de agua, con eso sería interdependiente, me quedaría con un porcentaje de la venta, no debería preocuparme más por el financiamiento de mis películas y proyectos de cine y hasta podía seguir ganando dinero sin hacer nada, con su plan de ganancias residuales (que las aguas sucias también se llamen aguas residuales es algo que esta empresa jamás advirtió), siempre y cuando convirtiera a otras personas en vendedores lo maravilloso era que yo me quedaría con un porcentaje de sus ventas.

Y yo que había pensado que en el hotel me esperaría el productor más conocido de cine de la argentina, para hacerme una oferta que no podría rechazar. O aunque fuera, otro productor que buscara un script-doctor para su proyecto.

Pero no, se trataba de los más simple del mundo. El agua y cómo podías venderla aunque por ahora sigue fluyendo libre por todos lados –o casi todos, dicen que su desaparición es inminente y con ella la de nuestra especie, Kong. Aunque si me llegan tus mensajes por algo será.

Esa red de beneficios acuíferos crecería tanto como mis ingresos y esfuerzos por mantenerla y acrecentarla. Cuando yo ya fuera polvo o un montón de huesos sería transferible a mis descendientes, que gozarían el beneficio hasta que fueran polvo o un montón de huesos y lo cedieran a los siguientes. Era un círculo de ganancia infinita.

Le contesté a Juan que se parecía un poco al tema de los derechos de autor, pero aclaré que ciertamente el agua era más consumida que los libros, la escritura y otras derivaciones del acto creativo a los que me dedico.

Hacía dos horas que estaba escuchando a Juan, a la hora y media comencé a demostrar mis primeros síntomas de hastío y cansancio, así que le dije que por favor se apurara porque tenía otra reunión inminente.

A las dos horas, ante repetidos esfuerzos ineficaces para que mi cara conservara la forma inicial, le comuniqué que no tenía tiempo para ese tipo de trabajo.

De todo se aprende.

Juan había derrochado dos horas de su vida en una entrevista por no ir directo al grano. Si yo hubiera sabido de entrada de qué se trataba directamente, Kong, no hubiera ido. El muchacho inescrupuloso se la había jugado.

Su oratoria era bastante buena, sabía sostener el suspenso, dosificar la información, pero cometía un error que tenía que ver con la intención, el tema central, Juan bien podía haber estado hablando dos horas de vender ladrillos y era lo mismo.

Otro defecto de su discurso era la extensión. En los tiempos que transcurren, nadie puede estar dos horas escuchando una propuesta. Ese tiempo parecía funcionar alquímicamente, en otras personas se ve, para transmutar la conciencia del oyente y hacerlo permisible a la oferta de Juan.

Cambiar lleva tiempo y esas dos horas podían cambiar a una persona, hacerlo arrojarse a los prometedores brazos, tal vez nada hostiles y realmente redituables, como prometía Juan, de la interdependencia.

Otro traspié es la política de la empresa. Juan me aseguró que se ahorraban millones en publicidad y esos millones iban directamente a los empleados. Pero yo no conocía el nombre de la empresa, ni su logo, ni mucho menos que con sus aparatos te ayudaban a purificar el agua que tomabas día a día y en la que invertías buena parte de tu dinero.

Hace tres años, yo tomaba agua de la canilla a borbotones mientras fumaba cigarrillos armados y cada tanto terminaba vomitando. Al parecer, el cloro y la nicotina se llevan bien y atentan contra el organismo humano, Kong.

Algo de razón tenía Juan y su servicio sería útil para muchos.

Quería saber, inefable Kong, cómo ofrecen ustedes sus impresoras biogenéticas, cómo entrenan a sus vendedores y cuáles son sus ganancias, si hacen o no publicidad, qué mantenimiento requieren y cuánto sale, y si, quién sabe, no es justo uno de los inversores de tu empresa algún descendiente de la promisoria empresa del agua. Tal vez la ganancia residual produjo tanto tiempo libre que uno de sus vendedores aprovechó el ocio para construir un aparato capaz de generar No-seres, creaciones maleables y casi instantáneas por la imaginación de un humano y el intermedio de su impresora en su garaje, entiendo que la mayoría de las veces inofensivas pero otras letales. Depende, creo yo, otra vez de esta palabrita: intención. ¿Es así?

Más preguntas: ¿los no seres toleran el cloro?

Entiendo que tu trabajo de INSPECTOR, está relacionado con el control de las creaciones, como el caso del hombre-cucha que me contás en la última telemisiva, o como queramos llamarle a esta comunicación espontánea que se da entre nosotros.

Tal vez no sepas nada de ventas.

Por ahora me abstendré de leer esos libros del hawaiano, como el otro del queso y del ratón, y seguiré con Don Ramón (me refiero a Menéndez Pidal).

Me despido por el momento porque tengo bastante trabajo, querido amigo.

Hasta pronto,

Adrián

Gualicho ganó el premio Ópera Prima Largometraje de Ficción Blood Window 2017.

No suelo usar este blog para contarles las aventuras de mi trabajo en el cine. Pero esta es para contar.

Gualicho, la película que escribí y que voy a dirigir, mi ópera prima de largometraje de ficción (ya que dirigí el documental Mundo tributo) en la que vengo trabajando hace más de diez años, ganó el premio de Ópera Prima Largometraje de Ficción Blood Window 2017 del INCAA (el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales Argentino).

Fueron sólo dos los proyectos de largometraje argentinos seleccionados para que se produzcan.

Nada menos que con este Jurado Internacional:

El jurado está integrado por prestigiosos referentes internacionales del cine fantástico: José Luis Rebordinos (Festival de San Sebastián), Ángel Sala, (Festival de Sitges), François-Pier Pélinard-Lambert(Séries Mania), John Hopewell (Variety), Luciano Sovena (Roma Lazio Film Commission) y Vicente Canale (Film Factory), quienes seleccionaron a los ganadores.

Así, Gualicho, el proyecto en que vengo trabajando hace tanto, con el aporte en producción, entre otras cosas, de mi camarada Leo Rosales, acaba de dar un paso único.

Felicitaciones a los que se fueron sumando al equipo, Jimena Repetto, Diego Simone, y la productora Pamela Livia Delgado, entre otros.

Más de siete veces reescribí el guión, sondeé en los actores, hice la sinopsis, la propuesta estética, la general, la visión del director, el story-line, entre otros documentos requeridos en estos concursos. Seleccioné directores de arte, músicos, diseñadores de producción y directores de fotografía e intercambiamos miles de audios de WhatsApp, cafés, cervezas y reuniones con el productor Leo Rosales.

Mientras estaba en Colombia en Octubre del año pasado, en Antioquia y Medellín, seleccionado por otro guión que escribí, el de Las órdenes, mandaba fotografías de los colores y el arte al productor para ir armando la carpeta de Gualicho.

Me gustaría que puedan leer la propuesta general para que conozcan más sobre Gualicho, pero ya llegará el momento.

Me metí de lleno en la película para que la confeccioné un guión técnico además de literario, una lista de efectos, de locaciones y un storyboard.

No saben lo que es Gualicho, pero les prometo que van a saltar de la silla y querer un poco más al cine latinoamericano, argentino; al cine fantástico en general.

Por ahora les dejo este link con la noticia del premio que recibimos, que va a ser posible que la película se ruede:

http://www.incaa.gob.ar/noticias/ya-estan-los-ganadores-del-concurso-de-cine-fantastico-blood-window-2017

http://www.bloodwindow.com/novedades/aqui-los-ganadores-del-concurso-de-cine-fantastico-argentino-blood-window-2017/

 

Saludos a los que me leen.

Adrián Gastón Fares

 

Las aparecidas

En un día con neblina, que hacía que el edificio de IBM se difuminara de la mitad para abajo, como si flotara la parte superior en la ciudad, la primera de las chicas apareció en la parada del Metrobus: Cecilia O.

Lívida, con la bikini que tenía puesta cuando la mataron, mejor dicho, cuando el portero Romualdo intentó violarla y terminó dándole con un estuche de madera de vino hasta hundirle el cráneo. Así que su frente estaba hundida y el pelo ensangrentado. La parte de abajo de la bikini estaba corrida.

Sostener la mirada en ese espectáculo era difícil y sin embargo los que pasaban con el colectivo 152 por la zona no sólo la miraron, sino que le sacaron fotos y grabaron videos con sus celulares que luego subirían a las redes sociales.

La segunda aparición fue cerca, en una casona antigua que estaban tirando abajo en San Telmo. El obrero estaba en la planta superior y entró al dormitorio. Acostada en la cama estaba Margarita S.

Margarita tenía el vestido de novia puesto, estaba con los ojos blancos, la tez color dulce de leche, y tenía un disparo en el medio del pecho. Habló con voz gutural. Sus cuerdas vocales podridas reclamaron un té de la India. Se ve que pensó, por el color de la piel, que el obrero era su esclavo o su mayordomo, pero en realidad era Ricardito, que había crecido en Caraza, tenía tres hijos y tomaba el 20 todos los días para llegar a la obra en la que trabajaba.

Ricardito, que ya había visto en las redes la aparición de Cecilia O, le convidó un mate, que Margarita rechazó, y le dijo que le esperaba un choripán para el mediodía, que fuera a comer con los muchachos.

Margarita S. estaba encantada con la obra. Comió el choripán con voracidad. A los obreros no parecían molestarle el color pútrido de su piel ni el agujero que la chica llevaba en el pecho. El arquitecto tampoco se sorprendió.

Le mostró fotografías de cómo quedaría la casa en la que ella había vivido hacía más de un siglo y le pidió disculpas por intervenirla. Margarita se sintió triste porque ya no tendría su cama pero dijo que merodearía la franquicia de café que estaban construyendo. El arquitecto le aclaró que tal vez tendrían ahí un té parecido al que ella solía tomar. Agregó que el resultado no sería tan imponente como su casa de estilo francés.

Aquí hubo un problema. Porque Margarita entendió impotente. Sus oídos no funcionaban bien, las células ciliadas muertas, como debía ser. Dijo que su esposo era impotente. O eso le había parecido cuando intentaron tener relaciones en su noche de bodas. Le explicó al arquitecto que le tenía mucho miedo a los hombres de traje, como los que estaban pasando por la vereda de su antigua casa.

En su noche de bodas, tras no poder consumar el acto sexual, el que había sido su novio intentó desvirgarla con un porta velas que había en el dormitorio, y a pesar del tamaño, largo y filo del mismo, Margarita no había sangrado. Ante sus gritos, su esposo la golpeó y le desencajó un tiro en el pecho.

Sonreía, Margarita, mientras contaba su triste final sosteniendo con delicadeza, con el dedo meñique en alto y la falange que se trasparentaba, el choripán, cuya miga de pan era manchada con sus encías sangrantes.

En los alrededores de Nonthue, a unos cincuenta kilómetros de San Martín de los Andes, a la noche duermen a la vera del lago, con sus bolsas, los turistas que elijen la manera más linda de viajar. Antes de que uno de esos grupos pernoctara en la orilla del lago, el coordinador propuso un juego para integrarlos.

En la noche, todos se adentrarían al bosque, con una linterna por equipo de cuatro personas, y tratarían de dar en la oscuridad con el ayudante, escondido, que imitaría el grito de un animal para guiarlos. El grupo que primero lo encontrara sería el ganador, pero no deberían advertir a los otros, que seguirían buscando. El ayudante podría estar debajo del tronco de un árbol derribado o entre la vegetación del lugar.

Gilberto salió con el grupo, se perdió, porque él no llevaba la linterna, trastabilló con una rama y cayó al suelo. La luz de la luna rescataba algunas imágenes. El turista siguió el graznido que parecía llevarlo a encontrar al hombre escondido, pero en vez de dar con el ayudante del coordinador se topó con la tercera aparición.

Una adolescente estaba de espaldas, desnuda, con el cabello hasta la cintura, casi acariciando su trasero o culo, como gusten.

Gilberto, que estaba al tanto de las otras apariciones, controló el instinto animal de salir corriendo a los gritos, se tensó pero se armó de valor y caminó hasta la chica. Le puso la mano en el hombro, y como un rayo de luna parecía caer directamente en ese lugar, leyó lo que había escrito en el tronco.

Lo había escrito la chica con sus uñas largas. Decía: El hijo del gobernador. Alfonso y Eugenio. Soledad los cubrió, mintió a la policía.

La chica se dio vuelta, estaba llorando lágrimas de sangre que cayeron en el dorso de la mano de Gilberto, sus ojos estaban negros. En el suelo había tierra removida y una remera con la inscripción I Walk The Line.

Gilberto logró extraer la botella hundida entre las nalgas de Clara U. Había sido golpeada y enterrada viva. Ella le pidió que le prestara el celular.

Le mostró su Facebook repleto de mensajes de condolencias de sus amigos y de pedidos de justicia de sus familiares. Se la veía linda en las fotos y las últimas eran con un grupo de chicos y Soledad en la orilla de ese lago.

Después se sacó una foto con su celular y la posteó en Facebook e Instagram con la descripción: Soy un fantasma.

Los ojos negros y la piel descascarada, que dejaba ver algunos dientes de su maxilar superior, ayudaron a que la fotografía se viralizara. Gilberto la llevó, así como estaba, al campamento, donde justo estaban contando historias de fantasmas caseros, y esta aparecida del bosque fue bien recibida.

Se sentó junto al fuego, no quiso probar bocado del guiso que preparó el coordinador, y se fue a dormir a la bolsa con Gilberto, que tiritaba de frío y se abrazó a Clara durante la noche, aunque ella estaba más helada que el rocío que caía.

Al otro día, Clara no estaba y había dejado un mensaje. Te espero en mi árbol. Esta relación de Clara con Gilberto dio mucho que hablar.

En otros países hubo aparecidas y cuanto más desapariciones había más eran las mujeres que hacían dedo, sin un dedo, al costado de la ruta, merodeaban las tumbas de algún músico famoso, o eran avistadas en balcones, cárceles, en boliches, fiestas y hasta en los baúles de los autos.

Ahora bien, a los meses la primera que seguía con una bikini en el Metrobus, cerca del edificio de IBM, Cecilia O, fue ahorcada por un hombre de traje. La violó y la tiró en la reserva de Costanera Sur. Ahí volvió a aparecer con una marca en el cuello y la mirada más vacía que antes.

Lo mismo le pasó a las otras, salvo a la que salía con Gilberto, donde hubo una pequeña variación. Ella misma le pidió a Gilberto que la asesinara, porque sentía una enorme culpa por las demás, y necesitaba que él la matara una y otra vez.

Yo, que no soy popular porque aparecí en esta casa en el Tigre, donde un día recibí a un empresario que apenas conocía, también fui asesinada.

Lo presentaron como un suicidio. Pero no fue así.

 

por Adrián Gastón Fares