XIV. El diario de Cutersi

 

 

Fragmento del diario de Damián Cutersi, telemarketer (conocido entre los mensajeros como El diario de Cutersi) El cuaderno fue encomendado al mensajero Juan Carlos, quien tiempo después explicaría con detalle en un programa de chimentos (Cutersi salió con una actriz muy conocida; la chica era muy parecida a una extra de televisión) cómo, mientras cumplía con su ronda de vigilador nocturno, encontró muerto al telemarketer en su casilla de trabajo con un teléfono enrollado en la garganta.
Lo de anoche fue terrible. Me hizo pensar en muchas cosas. Pobre tipo, ahí en la calle tirado. Si hubiera sabido que ese era el último día de su vida, ¿qué habría hecho? Qué mal me pongo cuando pienso que hasta a mí me puede pasar y todo va a quedar a medio terminar. Daniela nunca va a saber que no la quiero de verdad y nadie sabrá nada de las cosas buenas que me pasaron.
El tipo decía cosas muy raras. Algo de un detective, por eso creí que era una cargada o algo así, que no se estaba muriendo. Pensé que estaba borracho. Después vi la sangre, manchaba el asfalto y parecía algo negro en vez de rojo.
Se entendía poco. No sé qué del cine. Creo que había salido con una chica. Habrá ido al cine con una chica y a la vuelta lo atropelló el auto. Debía ser algo en serio, de años, en una de esas se estaría por casar o algo así.
Repetía el nombre escrito en el papelito que tengo en la mesita de luz (¿la chica del cine?) Tenía los dedos hinchados (me acordé de Daniela porque cuando hace frío se le ponen así los del pie) No me gustó nada agarrar el papelito. Cuando leí el remitente me acordé cómo se llamaba eso que tiene en los dedos. Después le miré los pantalones. Hasta me da vergüenza ponerlo acá pero de chico vi a un gato recién atropellado, se había cagado y meado y fue como un impulso el que me llevó a comprobar que el tipo no estaba como el gato.
El papelito que me dio está escrito a las apuradas y adentro hay otros dos más. ¿Y si son esos mensajes que hay que pasar de cábala? Una vez encontré uno en la facultad, me parece que había más de uno y los dejé en el asiento, la puta madre no creo en esas cosas pero qué sensación fea ese papelito en la mesita de luz.
Me acuerdo que dijo algo del cine porque me hizo pensar en ese vértigo de haberse equivocado de sala, estar sentado en el cine y por un momento creer que me equivoqué de película. Yo no sé, hay veces que siento algo parecido cuando estoy con Daniela. Y después aguantar dos horas mirando una película romántica, dos horas mirando una para chicos, y hay que tener coraje para levantarse y aceptar que uno fue un boludo y se equivocó de sala.
Mejor que saque ese papelito de la mesita de luz, mañana lo ve Daniela y el quilombo que arma. Si fuera una mina en serio valdría la pena, pero debe ser un invento, encima actriz y todo. ¿O era extra? ¡Cómo se pone Daniela si encuentra el papel! Me gustaría que pensara un ratito que salgo con una actriz. Explotaría de celos y después toda la tarde en la cama.
¿Qué había dicho del detective? Dijo que estaba buscando la verdad. Hablaba como si me conociera de toda la vida.

(en el cuaderno la tinta cambia de negra a azul; se cree que Cutersi fue a agarrar otra birome)

Cutersi Damián Cutersi Damián Gustavo Cutersi che la puta madre quiosquero de mierda escribí estoy aburrido hasta el prepucio tengo un prepucio aburrido

Sí. Decía que no me preocupase, que el martes el detective iba a encontrar la verdad. Yo tenía un cagaso, me parecía que me iban a pisar en cualquier momento y quedaba tieso (y cagado) arriba del tipo. El policía ayudó bastante, estaba muerto de frío en esa esquina donde lo encontré. Después me dijo que si la ambulancia tardaba menos el tipo se salvaba.
El moribundo alucinaba, daba a entender que pudo pisarlo cualquiera o que tal vez era alguien que le tenía bronca. Enseguida salía con lo del detective que va a buscar la verdad. Habló incoherencias hasta que expiró. El policía me dijo que seguro era chorro, trató de robar y lo pisaron. Yo no sé si dijo eso porque le van a inventar antecedentes para tapar otra cosa. No sé.
Lo del martes no lo entendí muy bien, no sé por qué repetía siempre que su muerte tenía que ver con ese día.

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XIII. El Chiquito

XIII. El Chiquito

El colectivero frena, habla por la ventanilla con otro colectivero, hace pasar a unos tipos que tocan el charango y que a esa hora están muy borrachos. Los tipos suben, dicen unas palabras, se olvidan de tocar, pasan el sombrero a los pocos pasajeros y abandonan el colectivo.

Me tocan el hombro. Descubro al Chiquito, que se disculpa por haberme asustado y se me sienta al lado. Dice que me vio subir con cara de culo, no sabe qué me pasa. Mientras habla el Chiquito, pienso en Oscar Wilde, en ciertas cosas que daba a entender en sus obras; cuando decía que en la vida, en una situación trascendente, lo importante no era la sinceridad, sino el estilo. El término, así contrapuesto, por más que no sea antónimo, nos deja claro de qué está hablando, cuánto hay de mentir en el estilo y cuánto hay de triunfo en el mentir; es comprensible que en momentos difíciles sólo alejados de nosotros mismos podamos triunfar.

Una mentira, necesaria y fácil de construir para empezar un amor terrenal, es raramente urdida con éxito por el sujeto que vive el amor con mayúsculas; el pobre infeliz, ignorante de estrategia alguna, enfrenta un problema descomunal y termina olvidándose de pedir el teléfono. Sabrá que debe mentir, que no puede declarar ese tipo de amor a una desconocida (sabrá, gracias a cierto párrafo leído en alguna entrevista a Bioy Casares, que es peligroso declarar ese tipo de amor), es así que decide callarse y posponer, terriblemente, el verdadero encuentro. Como conclusión, prometo la próxima vez que me cruce a Ema proferir una palabra: Hola.

El Chiquito sabe que estuve cerca de Ema, dice que nos vio salir del cine y decidió seguirme, que le pareció muy raro que Marte y el Doble no estuvieran en la salida. Lo miro fijo al Chiquito, entiendo lo que habla, pero la laxitud de mis pensamientos impide ligar bien los hechos, ya las casualidades son demasiadas y, para que no me dañen, intento olvidarlas.

Le digo que está bien, que no significa nada que Marte no estuviera. El Chiquito me deja claro que no debo creer eso, que cada vez que Marte desaparece después desaparece alguno de los mensajeros. Que Marte sólo desaparece cuando está muy enojado, cuando la situación lo ofusca tanto que necesita salirse del juego, abrirse para mirar las cosas desde lejos. Mirar las cosas desde lejos, para el Chiquito es confabular. Y Marte sólo puede confabular lejos de Ema.

Está bien. Acepto lo que sugiere el Chiquito, que algún accidente y otro muerto, que un mensajero menos, Marte enojado, celoso. Sonrío, abstraído por el recuerdo de la salida del cine junto a Ema, de la mirada compartida. Pienso en la sinceridad nerviosa de su mirada, en la mía.

Intenté y busqué varias veces la sinceridad, es una perversión que me doblega; tal vez la confundí más de una vez con la pureza y no es lo mismo; quiero decir que no hay relación necesaria entre los términos (alguien puede ser sincero al contarnos lo ladino que es; otro puede inventar barbaridades, construir un carácter refiriendo acciones que nunca haría) La pureza es un determinado tipo de acción; exactamente lo contrario a lo requerido una y otra vez por las consultoras laborales: a saber no ser flexible, no dejarse convencer fácilmente, no adaptarse a cualquier cosa, o al hacerlo ser siempre uno mismo (aunque uno no sepa quién es; ser nadie entonces). Cuando hablo con una persona, cuando estoy con una persona, cuando me miro al espejo, busco pureza y la busco hasta en los dientes. Cuando no la encuentro, cuando la mirada del otro tiembla, cuando el espejo duda, entonces sufro, caigo. Y ahora que se me ocurre todo esto, me acuerdo que alguna vez, hace muchísimo tiempo, caí, y creo que tal vez todo el trayecto hasta este colectivo no fue más que arrastrarse, seguir porque sí, avanzar hacia una certeza que creo ver al final; qué lindo encontrarla y saber que la busqué con los ojos bien abiertos.

Miro la cara del Chiquito, y sus ojos tiemblan, sé que está conmigo porque tiene miedo de Marte y no sabe qué hacer. Dice que Marte no es normal, que todos nosotros somos normales, pero Marte es un tipo raro que sabe demasiadas cosas, que parece haber vivido trescientos años, que no se sabe por qué pero busca a Ema desde hace mucho tiempo. El Doble, que sí es mortal, que es una copia trucha de Marte, es el mejor iniciado en los secretos de su maestro. El Doble es el que le contó al Chiquito algunas cosas.

Por ejemplo que Marte es una especie de holandés errante, que necesita redimirse; cuando entregue el mensaje a una mujer pura, que lo ame de verdad y le sea fiel para siempre, Marte quedará libre. En esta versión de los hechos, Marte está muerto, no es nadie, ya no debe ser, y busca el amor de todas las mujeres, el amor de Ema, la única mujer.

A mí no me preocupan las relaciones metafísicas de este conflicto, algún día tal vez las piense, me quedo tranquilo con la certeza de que Ema sí es como el Chiquito y yo, que Marte es el complicado, el muerto, el raro, el engañoso. No puedo pensar que Ema es también inmortal, que estuvo con ese director yanqui la noche que lo asesinaron, no me hubiera enamorado de una persona así.

El Chiquito me cuenta otra cosa; Marte no se cansa de decir que si miramos bien alrededor todos son mensajeros. Rápidamente el petiso levanta el índice hacia el espejo arriba del colectivo, donde veo cómo el chofer acaricia un papelito que sobresale del bolsillo de su camisa. Entonces el Chiquito me señala a un costado, y ahí hay un adolescente que simula leer un libro, pero en realidad lee un papelito atrapado entre las páginas. El Chiquito dice que todo es azar o destino, según desde donde se lo mire, que solamente una averiguación exhaustiva, por ejemplo preguntarle al colectivero por qué está acariciando un papelito en el bolsillo, puede dar como resultado una confirmación. Dudosa: porque también el tipo puede mentirnos, y decir que es una estampita de la Virgen que lleva ahí siempre y que por religioso acaricia, o que le picaba una tetilla y era la única manera de rascarse. Dice que la decisión de alguien de mentir o no, eso es azar o destino. Lo que me lleva otra vez a Oscar Wilde.

El Chiquito susurra que, si todo sale bien, es probable que Ema empiece a salir conmigo, que voy a ser el que entregue el mensaje.

Me bajo del colectivo y el Chiquito también. Me sigue hasta el edificio y en la puerta, cuando estoy por meter la llave, hace que su cabeza vuele en pedazos (sacó el arma del sobretodo)

Subo en el ascensor, un poco manchado de sangre, decidido a lavarme y pensar si es verdad que el Chiquito acaba de volarse la cabeza en la calle.

Después de media hora se escuchan las sirenas.

XII. Hola o chau

El Sabañon XII. Hola o chau

En el castillo de madera

Nos perdemos en cadena:

Avanzamos de la mano

Por un camino trillado

Y ante las terribles bellezas

Que destrenzan sus cabellos

Destrenzamos nuestras manos;

“Si te he visto no me acuerdo”,

Nos saludamos…

Dos nenes cantan al lado del cartel de una película infantil, pero me doy vuelta otra vez y es una vieja imitando la voz estridente de un dibujo animado para divertir a una nena rubia. Los dos chicos, lampiños, no eran otra cosa que mi imaginación (si no fuera así, los chicos cantarían la cumbia villera; por otro lado, esa canción no existe, nunca la escuché antes…)

Entro a la sala (ni siquiera me piden autorización) con el mensaje un poco mojado en la mano, y un paquete grande de pochoclos (promoción al entrar) Todavía no bajaron las luces, pero la presentación terminó; los periodistas guardan libretas y grabadores. La busco; las rodillas me tiemblan y tengo el estómago frío.

Hay adelante una chica de pelo negro con bucles que podía ser Ema pero no, es alguna que le gustaría parecerse. Y ahora la veo bien, sentada al lado de su amiga y un par de tipos de traje. Avanzo hacia ella. Las luces se apagan.

Mis pochoclos ruedan por el piso. Casi me caigo pero sigo avanzando hasta que la luz blanca llena la pantalla, pero ya no distingo dónde está ella, tendría que empezar a buscarla otra vez. Empieza la película y estoy tan bien en lo oscuro, tan mal. Noto que ella no me busca como yo la busco, que sería capaz de alejarse de mí sin chistar. Y cuando respiro es como si el aire fuera metal rayado.

No puedo concentrarme en la película, es imposible, hay movimiento en la pantalla, gente que dispara y putea, actores argentinos que putean y disparan, pero yo me estoy acordando del jueves, cuando caminé hasta la oficina de un detective (un paso gigante en creerme toda esta historia: buscar en los clasificados del diario más rasca y seleccionar al azar, mejor dicho por conveniencia de ubicación, el teléfono de ese chanta que me prometió una localización rápida, nombre y apellido, dirección y, entre otros datos, breve reseña de actividades cotidianas del hombre que es Marte) A pesar de que creo que no hay explicación creíble para estos hechos, guardé mi opinión; si existe algún traspié en el orden de este mundo lo descubrirá y patentará el detective en sus investigaciones y más tarde me dará sus opiniones, el tipo filtrará toda la irrealidad y yo quedaré mentalmente ileso. Si el comentario de los demás es lo único que me mantiene lúcido. Hasta las palabras peyorativas del Polaco respecto al asunto me confortan, alejan dudas.

Porque lo único que sé con certeza es que el Estornudo, o algún otro mensajero anterior, apodó así a ese hombre pelado de barba por su belicoso desempeño en la tarea de entregar el mensaje. Ahora, cuánto hace que Marte lleva el mensaje en el bolsillo, no sé. Menos qué papel juega Ema en todo esto; la inmortalidad del mensajero, en todo caso inverosímil longevidad, presupone la del destinatario. El mensaje es otro tema, el mensaje tal vez sea eterno, duración indefinida; nuestros nombres pueden ser casilleros vacíos a llenar.

Bueno, basta. Creo que de verdad estoy mal; demasiada idealización, hasta me asusta llamar a Ema mujer: mujer son las madres, las tías y abuelas, para mí sólo existen los nombres, las manos, el pelo, los labios, los ojos.

Termina la película. El elenco se saluda e intercambia sonrisas, la mayoría nerviosas teniendo en cuenta la respuesta de los demás invitados. Decido irme sin entregar el mensaje, hoy no podría.

Pasa la viejita que me prestó el hilo dental y, mientras le da un codazo a una amiga, me sonríe. Enfrento las escaleras y cuando me doy vuelta para mirar hacia el lugar donde Ema debería estar nuestras miradas se encuentran. Yo otra vez, vuelto a nacer, Sabañón redivivo, decido avanzar de todas formas hacia la puerta y simular alejarme, para ver su reacción.

Aunque no tenga ganas de fumar, me detengo para sacar un cigarrillo. Miro hacia atrás, y veo que Ema habla con uno de los hombres trajeados; sin embargo, noto que por el rabillo del ojo me mira.

Sigo caminando y al rascarme la cabeza y darme vuelta veo que ella avanza más rápido, está ahora a dos metros. Ya en la boletería del cine pretendo mirar los carteles de la película infantil, mientras ella se detiene para comparar el vestido con el de su amiga, como son promotoras están vestidas las dos iguales pero alguna diferencia hay en la ropa y Ema parece buscarla (ojalá simule, ojalá haya otras razones en esa búsqueda de detalles)

Alcanzamos juntos la salida y ella da vuelta su cara y me mira, como para que la salude, para que diga algo, hola, o chau o no sé qué, pero yo no puedo, es demasiado, la situación es como para estar llorando tres horas sentado en la calle (¿y no será todo ensueño?, ¿no habrá mirado de casualidad?, ¿sus retardos no habrán sido inventados por mi complaciente imaginación?)

Vuelvo a casa en un colectivo viejo, ni siquiera fui rechazado y eso es lo peor, estoy mudo y lleno de cosquillas de bronca hacia mí mismo; ante Ema me comporto de manera absurda, inexplicable…

XI. Papelito

El Sabañon XI. Papelito

Camino mientras me doy cuenta que el que se asomó por las escaleras pudo ser el Doble, pero ¿qué importa? Menos ahora que tengo que pasar a máquina los garabatos que llevo en el bolsillo y que debo entregar a las dos y media sin falta a Amadeo –en el entierro sonó el celular y me gritó dos o tres veces que necesitaba urgente las historias.

Por las calles veo a muchas mujeres, hay tantas y a veces se parecen todas a ella. La creo ver en una esquina, esperando que cambie el semáforo, cruzar en otra, mirar una vidriera en Callao y Corrientes, detenerse porque rompió el taco en el San Salvador, ir de la mano de un hombre por Tucumán.

Más tarde le explico la historia a Amadeo, le cuento los trucos del argumento, le pregunto si le gusta o no. Más tarde todavía, cerca de las ocho, me encuentro con el Polaco en un bar.

Dice que Ema va a una premiere, que sabe porque la encontró en el laburo, que si estoy interesado la encuentro en Puerto Madero.

El Polaco siempre tiene algún problema; siempre hace lo mismo, de alguna manera se las arregla para ofender a los demás y en vez de criticarse a sí mismo larga frases como a mí sólo me pasan estas cosas. Me habla de una amiga que lo odia porque les fue a decir a los padres de la chica que la cuidaran, que frecuentaba malas compañías –eso es lo que para el Polaco son las demás personas que no son él. Ya me lo imagino contándole a todo el mundo lo loco que estoy con toda esta historia de Ema y los mensajes.

Lo dejo al Pola. Meriendo en algún lugar, camino un poco y a la hora señalada estoy cerca de los cines de Puerto Madero. Es de noche y las luces están tristes y frías, se estiran en el reflejo del agua y yo con ellas, como queriéndome alejar del lugar, desgastado por el destino que me lleva y trae de la mano. Pero al mirar a un costado, mientras estoy acodado en una baranda como en esas películas románticas, noto que Ema está acodada cerca. Nos miramos. Me reconoce tal vez por primera vez y en su mirada hay algo de interés, de vigilia trastocada por la intimidad de la noche que parece susurrarle al oído que se acerque, que yo la quiero. Y extasiado por la situación lanzo mi mano al bolsillo; ya tengo el mensaje y voy a avanzar…

Pero una chica de lentes gruesos llama su nombre y Ema, mirándome una vez más, se va tras el llamado. El mensaje se me vuela de las manos y lo persigo hasta que otra mano lo baraja en el aire. Levanto la cabeza para encontrarme con las miradas seguras de Marte y el Doble.

Marte, que también puede ser el Doble, a veces no se sabe, me pregunta si leí sobre Emma o. Le contesto que sí, que algo sé, pero que igual se explique.

En la religión budista Emma o es el rey de los infiernos. Marte levanta las manos y dobla dos dedos; dice que hay ocho infiernos mayores, y señalando con el dedo índice derecho el dedo medio de la izquierda asegura que si sigo molestando ese va a ser mi infierno, y que iban a tener que rezar mucho por mi alma para que fuera liberada.

Ahora dice que no escuche pavadas, que solamente está acá para decirme que tenga cuidado porque el papel se suele echar a perder con el agua. Y tras esto hace un bollito con mi mensaje y antes que yo pueda impedirlo lo arroja al río.

Me doy vuelta; Marte y el Doble ya no están. El mensaje flota en el agua, junto a un forro. Veo que Ema espera en la puerta, dubitativa de entrar, casi esperándome. Y yo sin el mensaje. La amiga de Ema, la extra que estaba en la filmación en Pompeya, la llama –seguro que la conferencia de prensa con que presentarán la película está por empezar.

Cuando la amiga me ve, noto que sonríe para adentro, pero el trabajo es trabajo y se la lleva a Ema. Yo corro hasta un coche del que baja una vieja con tapado de piel y, desesperado, le pregunto si por una de esas no tiene un hilo. La mujer me mira como cualquiera me miraría y dice que sólo dental.

Le doy las gracias –de todas formas la dejo contenta, con algo interesante para contar–, rompo un encendedor y, envidia McGyver, armo un anzuelo diez puntos que ya está bajando rumbo al mensaje, que todavía hundiéndose parece querer aferrarse del feliz profiláctico (¡¿qué raza de gigantes saldrán de los espermatozoides que navegan en las indignas aguas del Río de la Plata?!)

Rompiendo el ecosistema, rescato el mensaje junto con el profiláctico y le doy cinco pesos a un pibe de los que limpian parabrisas para que haga la tarea de pasar por agua limpia el mensaje y separarlo de su pegajoso compañero. El pibe, quince años como mucho, dice que sabe dónde yo la pasaría bien, guiñándome un ojo como si pervertidos faltarán, y me habla de un puterío que va como a trompadas

Le doy las gracias y avanzo, secando al papelito a soplidos, por el camino de los cines.

X. Dos Viejitas

El Sabañon X. Dos viejitas

El coreógrafo y director de cine Busby Berkeley liberó a la coreografía cinematográfica del punto de vista del espectador teatral, aportando cenitales de efectos surrealistas, generosas a la imaginación del espectador. Desde arriba nos parece descubrir formas en el baile; lo que hay que tener en cuenta es que estas formas no las descubrimos casualmente sino que hay un director ahí que las diseño, que las pensó, porque sabía que nosotros íbamos a estar arriba, sabía que iba a pedir al camarógrafo una cenital.

Lo de Berkeley me hace acordar que también hay cenitales así en la vida real; creemos en lo que vemos, nos parece intuir algo interesante en alguna situación, pero todo puede ser un quesito, listo para que le hinquemos el diente.

Ahora, creo que el problema del ratón, y por lo tanto de todo explorador, no empieza en la muerte, en la caída del frío metal sobre el cuello, sino que el ratón no se da cuenta nunca que el metal cayó y sigue creyendo que está vivo; en el segundo eterno que dura el acto de su muerte vuelve una y otra vez a recorrer los mismos desagües y aparadores, vuelve a reproducirse, hasta que llega siempre inevitablemente el momento de comer de vuelta ese quesito y cuando lo hace muere otra vez para siempre.

Hay un único pensamiento que me consuela del miedo a morir, de que me pase lo mismo que al Estornudo, y es que fue tanto el tiempo que no estuvimos en este mundo, pasaron tantas cosas sin que ni siquiera nos diéramos cuenta, que volver de vuelta a la nada no debe ser algo por lo que debamos preocuparnos demasiado.

Voy al velatorio del Estornudo, vi la foto en unas necrológicas –me dieron un diario en la calle, un diario medio trucho, nuevo, y leyendo en un bar encontré de casualidad lo que tal vez buscaba–, y tengo que ir; pensé que si los tipos soldaban el ataúd sin una última mirada a lo que fue ese hombre era como sellar para siempre demasiados secretos –¿cuántas respuestas se lleva el Estornudo?

Entro a la cochería, recorro varias salas, me enfrento con unos cuantos fiambres y con personas desconocidas que tratan en vano de recordarme, hasta que me siento mal. Me siento mal porque estoy mirando ahora al Estornudo, labios pegados, párpados que dejan adivinar la esclerótica o la pupila, que es lo mismo porque ya está todo blanco o todo negro o amarillo, y porque las narices del Estornudo también están tapadas con el mismo pegamento y ya no quiero mirar. Me siento mal por otra cosa también: el Estornudo casi no tiene familia.

En la sala contigua a la que está el ataúd, dos viejitas lo velan con expresión ausente, se nota que hace tiempo que están, o que son muy cercanas, porque casi no hablan. Entra una chica con un cochecito ofreciendo cafés y las viejas responden que no, gracié.

–¿Amico di Roberto?

–Compañero de trabajo–me oigo responder.

La señora más bajita se levanta del sillón con un suspiro, se acerca, me besa nuevamente –ya lo había hecho al entrar– cada mejilla y sostiene mis manos.

–¿Lo viste en el cacon?…, poberelo…

–Bonísimo…, estuvo propiamente bono con nui toda la vita–murmura la otra vieja, que ya se levanta para saludarme.

Descubro que son la abuela y la tía abuela del Estornudo, descubro que son hermanas. Hablamos un rato, hasta que la conversación desencadena un compasivo silencio. Las mujeres se quedarán toda la noche. Les digo que las acompaño. Con una sonrisa me lo agradecen.

Saco un papel anotador y me pongo a trabajar para el guión que me pidió el jefe, ahora la productora independiente está mejor; me piden películas que se parezcan a las iraníes pero con marginados argentinos.

Tomo café y siempre acepto las macitas que trae la chica, que me sonríe tímidamente, como si estuviera de más sonreír en un lugar así, como si estuviera de más existir en un velatorio, como si ella conociera el secreto del universo o como si lo intuyera. Trato de garabatear alguna línea en la hoja cuando me detiene la abuela del Estornudo.

–¿Estiabuco?

–¿Cómo?

–¿Repasadore?…, así no ensuquia la hoca.

Me limpio. La vieja se sienta a mi lado y cuando deja el repasador en una bolsa, saca de ahí un monedero, y de éste un papelito. Me lo pone en la mano, casi separándome los dedos que sostienen la lapicera.

–¿Sabañone…?

Desde mi lugar puedo ver la sala contigua, la cabecera del cajón del Estornudo, veo la única corona, y por un momento el mundo brilla y aunque estoy sentado siento como si mis pies resbalaran por las frías baldosas; hasta que me doy cuenta que la vieja me mira las manos y se refiere a que las tengo coloradas e hinchadas por el frío.

Le respondo que sí, que se me hinchan los dedos con el frío. Veo que la tía abuela del Estornudo duerme. Siento que la abuela rodea mis manos con las suyas y las aprieta fuerte sobre el mensaje. Escucho que Tito, Roberto, el Estornudo, le había pedido que si le pasaba algo debía entregar el papel al primer hombre que lo iría a despedir.

Ya no escribo. Salgo de la sala y me quedo en el pasillo. Predomina el bordó en la decoración Las demás salas están cerradas, los familiares encerraron a los muertos y volverán para enterrarlos mañana. Me siento en un sillón. Hay un ascensor grande, demasiado grande, que pasa de vez en cuando desparramando una luz demasiado blanca.

Apoyo mi cabeza en la pared. Enfrente veo el pasillo y la escalera que me dejaría en la fresca, inocente noche, lejos del olor a crisantemos que se pudren. Cierro los ojos. Los abro. A mi derecha, pegado al sillón, está la puerta de otra de las salas del velatorio. Escucho cómo rechina la madera. Parece el viento, pero tal vez no. Entre tanta soledad y silencio es como si me soplaran la nuca.

Y ahora, a mi izquierda, de repente se cierra la puerta de la sala donde están las viejitas.

Es el viento. Un viento que sopla porque alguien abrió la puerta de la calle en la planta baja. Miro hacia el principio de la escalera. Ahí hay una cara. Una sombra con cara. Iba a dar un paso, pero al verme desapareció.

Era Marte.

Ya en la calle lo busco en vano. Compro cigarrillos. Regreso a la otra noche, la que comparten las viejitas.

IX. ¿Quién alcanzará a Ema?

El Sabañon IX. ¿Quién alcanzará a Ema?

William Desmond Taylor había dirigido varios seriales, también actuado en algunos, y fue uno de los más reconocidos personajes del naciente Hollywood. Sus numerosos romances hicieron que le inventaran unos cuantos jamás comprobados. Uno de estos romances, de estos misterios, encadena su muerte, trágicamente real.

Hollywood brillaba, estaba encerrado en una bola de cristal que cuando alguien daba vuelta caían brillitos que parecían nieve, o lluvia mágica, pero eran brillitos y hubo un día en que alguien dio vuelta la bola de cristal que era Hollywood y un líquido oscuro, escarlata, reemplazó a los brillitos.

Entonces fue el escándalo del gordo Arbuckle y, poco después, sería el turno de Taylor. Se dice que los dos sucesos fueron los que desencadenaron la apertura de la oficina Hays, que intentó –entre otras cosas censurando los filmes– mejorar la imagen de Hollywood dentro y fuera de la pantalla.

Taylor estaba en su mansión cuando fue asesinado a balazos en la noche del 2 de febrero de 1922. Las circunstancias que desencadenaron su asesinato son desconocidas en la actualidad. Sí se sabe quiénes fueron las que lo visitaron aquella noche: la actriz cómica Mabel Normand y la romántica Mary Miles Minter, dos de los amores que fueron revelados a partir de la investigación que siguió al descubrimiento del asesinato. Las dos fueron declaradas inocentes.

Ayer ayudé a Oscar a elegir fotos para la enciclopedia sobre el cine que está escribiendo; los hechos me llevaron a un increíble descubrimiento: en una de las fotos, la del fin de filmación de The diamond from the sky, se lo ve a Taylor parado cerca de un hombre de barba; es terrible la semejanza entre este técnico y Marte.

Intenté comenzar un diario; imposible, no tengo tranquilidad para escribir, estoy demasiado ansioso y confundido. Me detengo para volver a pensar; el Estornudo está muerto. Sigo.

Después de cenar, pasando canales terminé en uno sensacionalista, que mostraba cómo un hombre había sido atropellado por un coche en medio de la avenida Rivadavia. Cuando tomaban el lugar del hecho, vi desparramados por el piso dos pañuelos de seda y varios de papel tissue; luego, la cara del Estornudo, con ojos que ya no verán.

Basta. El Estornudo está muerto y, puedo estar equivocado, todo puede ser mala suerte, pero debe haber gato encerrado, creo que Marte tiene que ver con todo esto. Porque si el Estornudo hubiera caído de algún piso, entonces creería sin dudas que fue Marte, pero otro atropellado como Luis, el que me entregó el mensaje que tanto temo y protejo; quién sabe, tal vez hay alguien más en esta historia, un hombre que todavía el azar no me reveló y que tiene un mensaje mucho más apremiante que el nuestro. Alguien que está dispuesto a matar para evitar que los demás cumplan con su recado.

Pero, por otro lado, es verdad que el tipo que aparece en la foto de la filmación es igual a Marte. Y tengo el dato del asesinato de Taylor; y todo esto ya es fantástico, es algo que tal vez ocurre en mi imaginación o no, tal vez mi mente dibuje estas relaciones, llene los lugares vacíos con lo que mejor convenga a la historia en la que estoy metido.

Y si no es así, Marte que ya debería estar muerto, o ser muy viejo, ¿qué hace todavía con esa piel de bebé? ¿Quién es este Marte? Esta pregunta, me lleva a otra, clara, que parece formularse sola: ¿quién es Ema?, ¿por qué la perseguimos tantos? (Marte, el Doble –ahora entiendo que debe parecerse a Marte a propósito; cuando vio que al único que Ema le daba bola era el barbudo, el Doble se dejó la barba y también se habrá cortado el pelo–, el Chiquito, y debe haber unos cuantos que ni conozco), ¿de dónde salieron esos papelitos que llenan tantos bolsillos?, ¿qué cosa cifran nuestros mensajes, que parecen no decir nada?

Taylor que era un mujeriego. Taylor que fue asesinado. Taylor que era amado por las más bellas mujeres. Antes de alimentar mi diario con alguna otra pavada, antes de empuñar esa lapicera para callar mi mente, para preocuparla en armar palabras inteligibles, antes de seguir escribiendo, voy a susurrar una posibilidad; tal vez esa noche en su mansión Taylor no sólo se reunió con esas dos actrices, quizá lo visitó otra, una extra. Quizá Taylor iba a entregarle algo a esta mujer. Sigo.

¿Quién alcanzará a Ema?

VIII. Destinos Crueles

El Sabañon VIII. Destinos crueles

De los destinos crueles, debo confesar que no me gusta lo que le pasó a muchos escritores, estos tipos que tuvieron que escribir sobre una mujer que jamás alcanzaron. Las mujeres están y nacen para amarlas y no para construirlas a gusto y llorarlas a lo Petrarca –¡qué Sabañón hipócrita que soy–; toda nuestra extraviada suerte, todos los hechos desgraciados o venturosos que nos ocurrieron en nuestra vida, ¿a quién le importa todo eso?.

Solveig Amudsen, Magda, Beatriz Viterbo, la Maga, son algunos de los falsos nombres de las mujeres perdidas, yo no quiero que Ema se convierta en otro de estos símbolos, no quiero escribir un guión o cualquier cosa donde la figura de la mujer se esconda y aparezca para purgar circunstancias adversas.

Por otro lado, cualquier escritura tiene un fin práctico, y es que nos deja aprender; un texto es siempre de alguna manera una experiencia. Lo que nos susurra el escritor detrás del símbolo, alguno más que otro, es una advertencia.

En determinados textos está más claro este afán pedagógico; en los de Darwin, por ejemplo, entendemos que al tipo no le caían muy bien las mujeres, decía que a ellas todo le daba lo mismo, que las actitudes de la infancia en los dos sexos son análogas a la que desarrolla el femenino en toda su vida, que el masculino luego supera. Creía que en el momento de elegir pareja, una mujer no elige el que más le gusta, sino el que menos le disgusta. Lo último me parece que –no por culpa de las mujeres, sino de las convenciones– muchas veces ocurre; que el hombre sea más evolucionado que la mujer no me convence: el hombre tarda más en darse cuenta que tiene pies (Henry Miller, entre otros, decía que el sexo femenino es de la tierra mientras que el masculino está perdido definitivamente en las alturas etéreas; demasiado simple, ¿no?, y hay que tener cuidado con los aviones: a mí ya me despanzurraron varias veces)

Yo no sé…, es obvio que Ema me ignora y nunca dará un paso hacia mí, pero alcanzarla no debe ser imposible. Y en todo caso, la ley del embudo, tan difundida entre los despechados y envidiosos, es real. Si no hago nada, algún gil ocupará mi lugar.

Hace un rato, en una de las calles del barrio Pompeya, donde reconstruyen el siglo diecinueve para una película, me crucé otra vez con ella. Esta vez no vi ni al Estornudo, ni a Marte ni al Doble (el azar los habrá dejado fuera) Sí estaba el Chiquito, otro no puede ser ese tipo que llevaba una banqueta para mirar por encima de los técnicos. Lo echaron dos veces porque enrollaba con la banqueta el cable del micrófono y las dos veces volvió a entrar. El Chiquito es un desahuciado, se nota que no busca ningún amor sino entregar el mensaje. Acomoda la baqueta en línea recta a Ema, que hace de vendedora ambulante, y se queda ahí parado.

Ahora aparece otra vez; otra calle, otra escena con Ema, pero esta vez mientras ella vende pastelitos tiene que pasar la pareja protagonista de la película –es la historia de amor de un prócer– y el tipo del micrófono los va a seguir. Veo que el Chiquito está muy excitado, acomoda la banqueta, se sube y se mantiene en dudoso equilibrio apoyando sus manos en los hombros de uno de los técnicos. ¡Acción!

Los protagonistas avanzan, el que tiene el micrófono le hace una seña desesperada a uno que aguanta un cable. Éste mira igual al camarógrafo. La cámara llega a Ema. Veo que del micrófono cuelga un papelito amarillento, peor que el que llevo en el bolsillo. Ema lo mira, sin entender nada. El del micrófono sacude la caña y el papelito se desprende. El Chiquito agarra la banqueta, desbarata a media docena de técnicos y ataja el papelito en su ondulante pero segura caída. Dos tipos lo corren hasta que sale por el vallado; tropieza y pierde papelito y banqueta, los recupera, y sigue corriendo y maldiciendo hasta doblar en una esquina.

Yo ya decidí no entregarle por ahora el mensaje a Ema; hay ciertas cosas del día que no me gustaron, tienen que ver con la situación patética del Chiquito; no me convence darle el mensaje y hablarle de algo más importante todavía en un día que pasó algo así. Tampoco me gusta el sol, la manera en que los rayos caen y parece nublado aunque no lo esté. Ni la pinta de figurita de libro escolar de mi vieja que tiene la calle así retocada; todo me sugiere hastío.

Hoy no es un buen día para entregar nada. Lo único sospechoso es cómo me mira la compañera de Ema, la otra extra que hace de vendedora ambulante. Creo que sabe algo, que intuye mis intenciones o se da cuenta de lo que me pasa. Su mirada no es atrevida, ni hay enigma alguno, sólo comprensión.

No es raro que la única mirada cómplice que tuve en todo esto, que el único guiñar de ojos amigo, provenga de una mujer. Su cara reflejó mi indecisión; la hizo suya y supongo que va a contársela a Ema.

VII. Marte

El Sabañón VII. Marte

Leo Rosten, escritor norteamericano, dijo una vez sobre el actor W. C. Fields: Todos los hombres que odian a los perros y a los nenes no pueden ser malos. Fields expresaba su retorcida personalidad a través de sus gruñones personajes. Fue Micawber en la adaptación de David Copperfield. A mí me hubiera gustado que fuera otro personaje de Dickens; el contradictorio Grimwig, el tipo que resaltaba su escepticismo ante las personas con una graciosa amenaza: ¡Si vuelve a esta casa me comeré la cabeza! Grimwig siempre amenaza con comerse la cabeza; sin embargo, todo lo que no quiere creer, su razón ajustada a la realidad, nos demuestra poco a poco que es el más sensible de todos, el que entorna los párpados ante los tirones de manga de este mundo. Y lo más importante: Grimwig es escéptico, pero cuando la realidad supera su escepticismo, entonces se pone muy contento. Lo que me lleva a don Miguel de Unamuno, que expresa en su libro más conocido su incomprensión ante el ateísmo. Unamuno piensa que es común que las personas no crean en Dios, pero aberrante que no les gustara que Dios existiese.
Yo hoy no sé qué pensar. Sigo mirando al Estornudo y algo me tiembla, algo que no debería temblar, pero tenemos una confirmación clara; no somos lo únicos. El Estornudo quiere que mire otra vez por la vidriera del bar; me muestra su reloj de pulsera. La ola adolescente se dispersa y une, hay algo caótico que asegura la inminencia de un suceso. El que el Estornudo llamó Marte se abalanza sobre la salida. El que llamó Doble no deja de mirar hacia el bar, creo que no nos ve detrás del cristal, pero deber estar ahí para vigilar. Los adolescentes se agitan, vemos que hay gente que sale de la productora; Marte trata de rodear a los adolescentes, que impiden que los que van saliendo puedan llegar a la calle. El Estornudo me señala un taxi que está estacionado en la vereda de la productora. Marte se da vuelta, lo ve y se acerca como puede, dando codazos a los adolescentes, hasta el coche, que arranca y lo deja ahí mirando, no tan abatido porque lo intuyo acostumbrado.

Para todos Ema desapareció otra vez. El Doble deja de mirar hacia donde estamos, hacia donde cree que estamos (¿y si supiera que tiene razón?) Siento la mano del Estornudo en mi espalda, deja plata sobre la mesa y avanzamos hasta la puerta. Veo que Marte y el Doble también se van, miran con mala cara a los adolescentes, como si ese grupo estuviera interesado en su insulto.
El Estornudo me cuenta, mientras tratamos de no resbalar en las húmedas baldosas, mientras sorteamos deshechos soretes, que Marte fue el único hombre que alguna vez pudo hablarle a Ema. Que ese día que lo tiró de un segundo piso en una conferencia de prensa, Ema era la que acomodaba el micrófono y que cuando el Chiquito lo fue a visitar al hospital (no quiero preguntar quién es el Chiquito; algún otro mensajero, me lo imagino; no todos habrán visto el programa esta noche), le dijo que lo vio junto a ella y que Ema le sonreía a Marte. El Estornudo lloró toda la noche.
No hay explicaciones de la victoria de Marte para el Estornudo; el barbudo debe ser algún elegido o es un enviado del que nos metió en esto. Chiquito, según el Estornudo, cree, como él, que es un simple mensajero que un día tuvo suerte.
Entonces me acuerdo del mensajero atropellado frente a la Piedad. De sus manos crispadas, que querían alcanzar algo pero no podían. Le cuento al Estornudo lo que debería haberle contado antes; el hombre saca un pañuelo, asiente; es posible, dice, que Marte rondara aquella noche la Piedad. Pero también que no, sabe de muchos mensajeros que murieron en extrañas circunstancias.
Antes de separarnos, el Estornudo dice que si todavía puedo, trate de abandonar cualquier búsqueda, que tal vez es mejor estar en casa tranquilo, mirando la tele a medianoche, en vez de fatigar las calles buscando a una persona tan difícil de encontrar. Le digo que está bien, que estoy entendiendo que la vida es mucho más difícil cuando tenemos algo que perder, pero también mucho más linda.

VI. El Estornudo

El Sabañon VI. El Estornudo

Lo que molesta es la soledad, y si la juntamos con cualquier resabio de esperanza entonces molesta más, es como saber dónde vamos a terminar, y haberlo presentido más de una vez y confirmado tantas, pero igual ilusionarse con un final feliz. Es como otras cosas, pero ni ganas tengo de enumerarlas y en todo caso, ¿para qué?
Andá a saber por qué sonríe así el tachero, quizá conozca mi secreto, intuya que hoy no soy cualquiera sino un aprendiz de héroe que se anima con un extraño amor.
Y las baldosas húmedas y calles lamidas, y todo el frío y el entumecimiento me dan la bienvenida cuando bajo del taxi y doy un paso hacia la vereda de la productora de televisión (qué raro, pensé que todo iba a dilatarse, que no llegaría así nomás a ella)
Veo un grupo de adolescentes que sacude carteles y entona variaciones de cantos de hinchada cerca de la entrada del estudio; esperan a la cantante pop. Y yo que no tengo ningún conocido en esta productora, voy a tener que esperar veinte minutos a que Ema salga.
Los adolescentes saltan y bailan, se mueven como una ola que no sabe bien para donde agarrar, alejándose y acercándose a mí, que retrocedo unos cuantos pasos. Mejor sería cruzar a la vereda de enfrente y esperar la salida de la sirena desde ahí, pero temo que el club de fans, o lo que sea que fuere esos gilastros unidos, me impida ver cuando Ema salga y entonces voy a estar esperándola ahí enfrente hasta el día del juicio final.
¡Uy, lo que acabo de ver!; la ola adolescente se desplazó en uno de sus saltos, y ocupando el aire antes agitado por la ola, sonándose los mocos –y cómo no–, apareció el Estornudo, con su cara de abúlica contrición. Sorprendo una sonrisa de reconocimiento que destartala más sus facciones.

El tipo guarda su pañuelo, avanza unos pasos hacia mí, despega los labios y cuando va a soltar algo se para en seco; sigo su mirada; al desplazarse otra vez, la ola de adolescentes deja ver a dos hombres de profusa barba negra y lustrosa pelada, que miran al Estornudo con marcada antipatía.
Para hacerme el desentendido ahora que el Estornudo está parado con una postura de comprensible –los tipos le clavan la mirada– indecisión, saco el primer mensaje y me lo pongo a mirar sin interés –lo sé de memoria–, cuando veo de reojo que los hombres de barba expresan la misma antipatía hacia mí. Se los nota con intención de abordarme para dilucidar cierta cuestión que creo entrever. Avanzan.
El Estornudo me arrastra, sujetándome del brazo, calle abajo. En la esquina empuja las puertas batientes de un bar y ya me encuentro frente a él en una mesa redondita. Mientras mira hacia la vereda de la productora dice que nos olvidemos de Ema, que ya la volveremos a encontrar.
–¿Nos?–pregunto para molestar, mientras me saco los guantes.
Contesta que pensó que yo había entendido todo. Que no soy el único, no somos lo únicos, que buscamos a Ema. El Estornudo termina asegurándome que yo lo iría asimilando todo con el tiempo. Y se presenta como un hombre cualquiera, dice que no importa su nombre y que lo llame “Gil n°1” si así me gusta; agrega que él no quiere saber cómo me llamo y que ya se le ocurrió un apodo (esto tras ojear mis manos)
Pregunta si puede seguir develándome algunas cosas del asunto en el que estamos envueltos. No contesto pero igual ya me está diciendo que sabe que llevo uno o más mensajes en el bolsillo, que conoce el contenido esencial que se repite con mínimas variaciones en los mensajes (sustituyendo con X el lugar del remitente se pone a recitar el párrafo) y, después de hurgar en su campera, sacude un papelito amarillento en el aire. Silencio de un cuarto de hora. Tomamos café y fumamos sin mirarnos.
Ahora alarga su dedo índice, cuya línea imaginaria traspasa el empañado cristal del bar, evade al grupo de saltarines adolescentes y termina en los dos barbudos que miran hacia un lado y otro.
Asegura el Estornudo que el de la derecha es Marte, persona que intentó arrojarlo de un segundo piso en una conferencia de prensa el año pasado. Ante mi inminente pregunta responde que Marte, como el tipo que está a la izquierda, el Doble, también tiene un mensaje que entregar.

Por un momento, me parece no estar sentado sobre el tapizado verde y frío de la silla, sino en la rodilla gigante de un despiadado ventrílocuo.

V. Mujer entre mujeres

El Sabañón V. Mujer entre mujeres

¿En qué se parecen nuestra vida y el cinematógrafo? En éste creemos que las imágenes se mueven cuando en realidad es un engaño de nuestra retina y en aquélla, nuestra vida, pensamos que nos movemos cuando siempre estamos muy quietos, perdidos en un laberinto de vueltas y más vueltas que hasta ahora, a mí, no me alejaron mucho del comienzo. Me acuerdo de algo; los Lumière estaban convencidos de que le hacían un favor a Méliès cuando le negaron la patente de su invento, no creían que fuera un negocio (el cinematógrafo fue desarrollado a partir del kinetoscopio de Edison, pero los hermanos fueron los que patentaron la máquina) ¿Y qué fue? Entretenimiento, espectáculo. Pero en algo tenían razón esos hermanos, también fue un experimento, una manera de descomponer la realidad, de volver al principio para contarlo todo otra vez, una perversión.
¿Cambio de canal o sigo pensando pavadas? Conviene cambiar, hacer que la cara del futbolista se esfume y aparezca un tipo haciéndole preguntas a un grupo de famosos en vivo, como avisan en letra roja en la esquina superior derecha de la pantalla. Dos de los invitados, una cantante pop bastante linda y un envejecido actor, sonríen cuando el conductor hace un chiste; otro, un funcionario del gobierno, se hace el reticente cuando le preguntan algo con inocente doble sentido; una mujer muy mujer, bailarina de teatro revista, trata de tapar su cara de jirafa con unos pechos que por poco le llegan al mentón. Ahora hay chicas que bailan, la cantante pop que entona su versión en castellano de Love of my life (automáticamente los ojos de los presentes empiezan a brillar), un famoso que se abraza con otro, éste que discute con el conductor, que satisfecho termina adelantando otro bloque-lleno-de-sorpresas.
En los comienzos del cinematógrafo, después de las innovaciones fotográficas de Daguerre y Talbot, hubo un fotógrafo llamado Muybridge que fue contratado por un criador de caballos de carrera para que probase que en algún momento de la corrida estos animales levantaban las cuatro herraduras del suelo a la vez. Así el obsesivo criador de caballos demostraría, con la ayuda del fotógrafo, que los ilustradores del siglo XIX (los experimentos de Muybridge duraron del 1872 al 78) estaban equivocados. El movimiento era demasiado rápido para que el ojo humano lo percibiera; en 1877 Muybridge preparó doce cámaras; los disparadores serían activados cuando los caballos se llevaran por delante los cables que había dispuesto sobre la pista. Los caballos activaron sucesivamente los disparadores (una fotografía por cada cable); aparentemente el criador tenía razón. Pero faltaba algo; verificar que Muybridge había descompuesto bien la corrida del caballo, debía armarla otra vez; acomodó las imágenes en un disco rotativo y las proyectó en una linterna mágica; y abracadabra herradura de caballo, los cuadrúpedos corrían como en la realidad.
Los experimentos de Muybridge dispersaron lo real para volver a construirlo; no es raro que al proyectarla la realidad ya sea otra cosa. El objeto de una cámara es despabilar la mirada de la humanidad y mis ojos están entregados a esta insomne perversión. Es un engaño porque siempre termino creando algo nuevo, yéndome por las ramas en la naciente, perecedera, realidad.
Y si no, ¿cómo es que ahora me parece ver en la tele a Ema, en la tribuna de chicas que está atrás de uno de los invitados?. El actor que da la espalda a la mujer que se parece a Ema no habla por el momento, espero que lo haga pronto así confirmo. Confirmo.
¿Y qué hago? Tiemblan mis rodillas aunque esté sentado, la comida zozobra en mi estómago, mis oídos zumban como nunca; ¡¿qué hago?! Solo en este departamento, nadie me va a atar a esta silla para que no sucumba a esta sirena de pelo negro, a la terrible y dulce cara que me dicta pesadillas y sueños noche tras noche, desde el día triste en que me tuve que tropezar con un moribundo que no me buscaba, tonto yo, que creí que la libertad estaba en las calles cuando en realidad era la desesperación que me esperaba agazapada para meterme en su bolsa.
Todavía sentado, veo que es ella, extra entre los extras, mujer entre mujeres, ella. Mi estómago se resiente, imposible arrancar sin lesiones el aguijón de mi mirada una vez clavado. Si dejo que se vaya no sólo muero –el aguijón arrastrará los demás órganos, todo lo que en este momento soy, ¿no?–, sino que volverla a encontrar va a ser muy difícil.

Las nueve y cuarenta, en el diario compruebo que el programa dura dos horas así que tengo ochenta minutos para llegar a la productora (menos mal que sé dónde queda; una cochera reciclada en Palermo Viejo) Armo mi mochila de improvisado expedicionario de las calles bonaerenses; calzo mi reloj con cronómetro, acomodo unos cigarrillos aplastados en la campera, incorporo un caramelo ácido, palpo el mensaje en mi bolsillo, enfundo mis manos en guantes tapa-sabañones y, decidido a enfrentarla, me dejo arrastrar por la sirena que no espera.

IV. Strange things are happening

El Sabañón IV. Strange things are happening

Ho! Ho! He! He! Ha! Ha! Strange things are happening, cantaba el cómico Red Buttons en su show, tal vez sorprendido por la popularidad que súbitamente había ganado.
El Estornudo salta a un taxi y se pierde justo cuando desaparece el tipito rojo del semáforo. ¿Qué irresolución lo arrastraba por las calles? Seguro que los estornudos no eran más que una alergia, efecto del cagazo que debía tener frente al encuentro de Ema. ¿Qué hacemos dos tipos desandando el camino que nos llevó a una mujer en estas calles grises, desconfabulando al universo? ¿Por qué, entre tantos, nos encomendaron el encuentro fatal de Ema? Me tiemblan las rodillas, no sé por qué.
A propósito miro al piso, cierro mi visión a la ciudad, impido que las caras que se cruzan sean o no esa actriz que necesita el mensaje que llevo en el bolsillo. Camino, camino, camino.
–¡Sabañón!
El Polaco me saluda desde un coche y me invita a la fiesta del equipo de filmación (emborracharán, entre otras, la pena de haber quedado sin trabajo). ¿Voy o no voy? Arreglamos un encuentro previo en un bar.
Salgo de la estación y me entretengo en la plaza San Martín, acodado contra una baranda escucho a un mormón, Elder no sé cuánto (me explica que todos son Elder), que me pregunta, vía traductora, cuántas veces peco en un día. No sé. ¿Y los mandamientos?. Ante mi pereza, la traductora (que traduce muy mal) duda ante las últimas palabras de Elder no sé cuánto y sentencia: “Dice que vas a ir al infierno”. Les doy unos centavos por una revista que encubre intereses religiosos y comerciales con entrevistas a presos rehabilitados y consejos para cuidar bonsáis.
Los perros se muerden en el corral, la plaza es un lugar triste de por sí, como una feria hippie (el lugar más triste que existe en la tierra es una feria hippie; ni hablar si está ubicada en cualquiera de los reductos de la costa atlántica, donde más de una vez pensé en salir corriendo y zambullirme en el océano, oh Alfonsina amiga, acabo de entender por dónde habías andado antes de despedirte de todos –algún sucedáneo de feria hippie desató tu huida)

Saludos cordiales mormón, me alegra que un perro te quiera morder mientras tu compañera me devuelve unas miradas enigmáticas. Dejo la plaza, la abandono, y en un bar irlandés me encuentro con el Polaco, que ya está disponiendo cuerpo y mente para la alegría y me invita una cerveza.
Comento que hay un lugar por Once que se llama Chevecha, que desde que el Polaco escucha cumbia todo el día tendría que ir ahí, en vez de hacerse el fino en un bar irlandés. El Pola se hace el desentendido y tararea una de Dylan (la de Wonder Boys). Como no se puede hablar muy bien porque la música está fuerte entro a pensar: extraña película esa de Michael Douglas, que tiene como protagonista a un escritor malísimo que termina escribiendo un libro todavía peor, cuyo tema es lo que el protagonista vivió en la película. Otra de profesores y aplausos finales de felicitación, de rehabilitación desesperanzadora y, menos mal, música agradable.
“¿Y cómo anda tu historia?” El Polaco me sorprende con esa alusión indirecta a Ema. Le digo que no entendí. “¿Le hablaste a Ema?” Le cuento que no pude, que no se dio la situación (sé que es mentira y me siento muy mal cuando miento), que tal vez otro día; no te preocupés Polaco, no hay drama, no pasa nada, ya se va a dar. “¡Sos un nabo!”, deja en claro el Polaco y no hay otra que mirar la madera de la mesa y estudiar algunas manchas.
“Vos sabés que cagaste, nunca tenés que dejar pasar estas cosas, ¿ahora cuándo la vas a volver a ver? No sé, le digo que no estoy interesado; la vi mejor y no me gusta tanto. El Polaco me pregunta cómo me gustaba Ema si nunca la había visto (se acordó del día de filmación en la Boca cuando le pregunté por esa extra de cine y televisión). Le voy a contar lo del mensaje, pero sería revelar también que Ema me gusta demasiado, el Polaco se daría cuenta que no puedo andar atrás de Ema por ese papelito arrugado que bien puede ser un chiste.
El Polaco no cree que Ema vaya a la fiesta (y ahora ya estoy prendido, tengo que ir sí o sí, va a quedar mal que le diga que me voy porque no van los extras). Dejamos el bar irlandés.
Pienso en lo tonto que soy mientras camino calle y calle, cruzo veredas y espero al Polaco, que se entretiene más atrás pidiéndole golosinas a una  nenita que sale de un cumpleaños. Se acercan los padres y el Polaco sale rajando con un chupetín en la boca.

Entramos al bar, mis ojos no dan abasto para abarcar y desechar mujeres, descontar todas las que no son ella. Y terminó de descontar a todas y me quedo ahí parado con una tranquilidad enojosa, decepcionante.
Saludo a mucha gente; vuelto a tierra, ahora que Ema está lejos, es fácil oler la realidad detrás de cada ilusión.

III. Buenos y malos

El Sabañon III. Buenos y malos.

El William Boyd bueno y el William Boyd malo… ¿Jekyll y Hyde hollywoodense?, ¿y no era William, William Wilson, el protagonista que se enfrentaba con su doble en el cuento de Poe?
Pero William Boyd fue un personaje de la vida, quiero decir que existió, era uno de los actores favoritos de Cecil B. De Mille; trabajó también con D. W. Griffith y sufrió a causa de la aparición de William Boyd, actor de teatro envuelto en un escándalo por asuntos ilegales relacionados con la bebida y el juego. Lo que pasó fue que William Boyd, actor favorito de De Mille, también se vio envuelto en el mismo escándalo que William Boyd, actor de teatro (y sin comerla ni beberla) En hollywood pensaron que existía un solo Boyd, el malo. De ahí en más, William Boyd bueno se bautizó Bill Boyd, desesperado porque el público ya no le pedía autógrafos. Entonces aparece Bill Boyd, apodado The Cowboy Rambler, un vaquero que cantaba, para complicar todavía más el asunto. Supongo que William Boyd, actor favorito de De Mille, tuvo que decidir entre dos reputaciones: la de actor mafioso o la de actor estúpido. Cuando el William Boyd mafioso murió, el de De Mille volvió a llamarse William y vivió feliz.
Estoy averiguando si soy el Sabañón valiente o el cobarde. Ema baja los escalones, fin del último día de filmación; trato de alcanzarla en vano hasta que se pierde en el descanso. Me ato un cordón que no está desatado para dejar que se vaya (y sé que lo voy a lamentar tanto, ya me imagino en el colectivo suplicándole a los árboles olvido), que se pierda otra vez (para siempre; el Polaco se acaba de abrazar con los técnicos).
¿Qué hace ese tipo escondido detrás del ficus? Lo veo mientras prendo un cigarrillo; se asoma, se rasca los pelos, camina hasta el borde del descanso, que también es el borde de la escalera, y cuando va a dar el paso para seguir bajando recula y se da vuelta para mirarme muy de reojo, tanto que sé que no me ve. ¿Y no se está llevando la mano al bolsillo trasero, levantándose un poco el saco para acariciar un papelito amarillento que sobresale unos centímetros? Mi cigarrillo finalmente prendido, como una lamparita en el globo de los dibujitos animados; se me ocurrió que el hombre puede andar atrás de Ema, qué idea increíble la que avivo ahora con el soplo de mi fermentada imaginación: qué tal si no soy el único, si el mensaje fue entregado a otros hombres que también tienen una misión que cumplir en sus aburridos días.
Ahora el tipo parece debatirse entre seguir a Ema, que ya debe estar en la calle esperando el colectivo o parando un taxi, o darse vuelta y enfrentarme. Noto que se decide por bajar. Y empieza a estornudar y no baja nada, saca un pañuelo marrón y se lo pasa por la nariz de izquierda a derecha varias veces, y cuando va a dar otro paso esta vez un estornudo impresionante que suplica otra pasada de pañuelo.
Mientras se pasa el pañuelo avanzo viento en popa, dejó atrás al tipo, y bajo la escalera, tal vez porque estoy seguro que Ema ya está muy lejos. Los pasos detrás me confirman que el tipo también avanza.
Para evitar la tristeza del colectivo (la peor de todas; es un purgatorio con forma de bala que avanza por las calles para dejarnos una y otra vez, indefectiblemente, en el infierno) sigo las calles hasta una plaza, donde tengo pensado comer esos pochoclos rosas que les compran a los pibes y que tanto me gustan. Linda chica la que pasa; me doy vuelta para seguirla con la mirada (solamente cuando es muy linda la sigo; veo a esos tipos que se dan vuelta siempre, de vicio) y ahí está, casi respirándome en la nuca, el que se escondía en el ficus.
¿Se pensará que tengo plata? Me pongo nervioso al acordarme de las caras de sonso de los asesinos que no son de película, los que en esos documentales truchos confiesan sus crímenes como si nada. Apuro el paso, trato de alejarme, pero el Estornudo, así lo voy a llamar porque otra vez anda escupiendo (sé que está tan cerca que mi campera debe estar mojada, no de la lluvia que empieza a caer sino de la baba del Estornudo), pisa fuerte y avanza con garra.
Miro el semáforo de peatones en la esquina, el momento del tipito rojo. Calculo los pasos milimétricamente, un paso más, uno menos, veintidós justos para llegar a la esquina y si el tipito verde no aparece no hay otra que enfrentarme cara a cara con el Estornudo. Diecinueve y el cruce está lleno de coches, repleto; zambullirse sin parar sería un suicidio. Hay algo de todo esto que me hace acordar a una historia de las que contaba la abuela María, esa mujer tullida y siempre alegre, que me revelaba entre mate y mate algo de su Avellaneda, las corridas en la avenida Mitre y las arrancadas de flores en la plaza (el cuidador les tiraba un bastón). Quince pasos. Una día, me contó ella, un tipo la empezó a seguir, un tipo de traje que seguramente estaba loco, y siempre que pasaba por la calle Colón, el tipo la corría hasta que mi abuela doblaba en una avenida (entonces era ligerita, decía y no tenía joroba). Diez pasos y el semáforo sigue rojo. Un día Manolo, el hermano de mi abuela, le contó del tipo, cómo hostigaba a todos los que pasaban por Colón (hombre o mujer, él perseguía de todas formas) y cómo sus amigos habían aprendido a ahuyentar a ese loco. Cinco pasos y rojo. Había que pararse. Uno se paraba y el loco dejaba de correrte, oteaba la vereda de enfrente, cruzaba y perseguía a otro, hasta que ése se detenía.
Me detengo, de todas formas el semáforo sigue en rojo.
De reojo veo que alguien está parado a mi lado, me limpio la lluvia de la cara y lentamente giro la cabeza, cobarde hasta la médula, a punto de dejar caer el cigarrillo en un eructo de miedo. El hombre a mi lado no contesta, tiene un papelito amarillento en su mano que mira con deleite y temor y esconde rápidamente para protegerlo de la lluvia. Parece un mensaje. Entonces me mira, su cara se transforma, se estira y desarma, una contorsión terrible lo posee y cuando nuestras miradas se encuentran de frente, su nariz se arruga y sus labios se separan: ¡aaaAAchííssss!

II. ¡Sabañón!

El Sabañón II. ¡Sabañón!

Vilma Banky, actriz húngara importada a Hollywood en 1925 por Samuel Goldwyn, fue una estrella del cine mudo. “La Rapsodia Húngara”, como supieron publicitarla, actuó en dos films con Valentino y formó pareja en cinco con Ronald Colman. Con las primeras producciones sonoras, el público escuchó las voces de sus estrellas favoritas; Vilma hablaba inglés con un acento poco conveniente para encarnar heroínas americanas. La pronunciación clara de Colman hace que su carrera no decaiga al permitirle personificar caracteres británicos; otro cantar para Vilma, que quedó sin trabajo.
En cierto modo, más de una vez me pasó lo de Vilma, arruinarlo todo al hablar digo, especialmente cuando alguna chica me importa de verdad. La frente contra el vidrio del colectivo, una lucha inútil contra el sueño que siempre gana en su palestra; miro hacia arriba, trato de comprobar si alguien me vio y se ríe, pero ¿será que me creo el único? Ahora la mirada en la calle, en los conductores que se maldicen en silencio, no tanto porque suena un bocinazo y una ambulancia desparrama la fila.
¿Miré mal o es ese nombre el de una de las patentes, la de un taxi? Sí que es; EMA 567. Y justo que me acordaba del mensaje del moribundo y empezaba a imaginarme a Ema como más me gustaría que fuese. ¿Hay tantas patentes con la misma sucesión de letras que es fácil encontrar una que forme el nombre, o es un llamado de atención? Y si lo es, ¿para qué y de quién?
En la vereda camino demasiado rápido, con las manos en los bolsillos porque hace mucho frío y ni los guantes me protegen. Empujo la puerta, el guardia me pide el documento y anota mis datos en un libro; alcanzo el ascensor con unos cables, que al acomodarse dejan ver al eléctrico que los lleva con cara de no aguanto más. La productora dice que a las once nos mudamos a Caminito (y recién termina de atardecer) para filmar la escena nocturna con el actor principal y los pibes de la calle.
En Caminito las calles están desiertas y contratan a un policía por dos mangos para que no afanen los equipos. Comento algo que no concuerda con el guión; el director hace que no escucha. La asistente de producción se acerca y señala a los técnicos. Dice que falta el extra, que necesitan mi ayuda. Me tiran cincuenta mangos si acepto. Acepto. Uno de los pibes me mira y cometo el error de sostener su mirada, que no es nada amigable (debe ser porque me negué a darle un cigarrillo; me pareció demasiado chico y era el último que tenía) Ahora habla con los demás mientras me mira de reojo.
Lo que tengo que hacer es reemplazar al actor principal, Juan Rocha, en la subjetiva en que lo revientan a patadas. Me tiro al piso, avanzan los pibes de la calle (que en realidad son ex–pibes de la calle, encontrados por la asistente de producción en una parroquia) y empiezan a tirar patadas. El director debe estar muy contento, mientras trato de retener las zapatillas de los pibes (duelen más los dedos que deben estar sangrando un poco, más morados e hinchados que antes) para que no me den de lleno en las costillas.
De pie, intuyo la sonrisa de todos, camino hasta la asistente de producción y me guardo los cincuenta pesos. Le pregunto si conoce a una tal Ema Gutiérrez, extra de cine y televisión. Se ríe; el Polaco deja la cámara y se acerca. Él sí que la conoce, dice que es linda y simpática, que hace de enfermera en la otra serie que graba y habla con él en los descansos. Que si quiero conocerla debo apurarme; quedan dos grabaciones y parece que todo se suspende por bajo rating.
En el colectivo otra vez, pero ahora con una invitación a ver la filmación de Insuperables. Se resienten un poco las costillas. Las sombras se deslizan de adelante hacia atrás, donde estoy yo sentado porque de vez en cuando me gusta ir atrás de todo, en el asiento del medio, viendo los juegos de sombras que corren de punta a punta.
Una noche de pesadillas. Al levantarme compruebo que no hay mensaje en los papelitos, a no ser que Anatkh sea el mensaje (lo dudo) o el hecho de entregarlo confirme algo, con lo cual la entrega del mensaje sería ya de por sí un mensaje. En fin, con dolor de cabeza a las siete de la mañana y todavía todo el día por delante.
“¡Sabañón!”, grita el Polaco. “Sí que se divirtió barato el director ayer, che” Amago darle un empujón y aprovecha para retenerme “Ahí está la mina” Me doy vuelta y veo a una chica de espaldas, tomando un café (el vaso de plástico a un costado, ahora lo levanta y desaparece; lentamente vuelve a la posición original, junto al bolsillo del delantal blanco, y veo que la mano es agradable, una mano hecha para sostener el vaso de esa manera, evitando que el dedo meñique resulte demasiado evidente y parezca un refinamiento innecesario)
Llevo la mano al bolsillo trasero del jean y siento la textura fría y cortante de los papelitos que el moribundo me dejó como abandonando un bebé en la puerta de una mansión (salvo que yo soy el menos indicado para el asunto; un bebé hambriento dejado frente a una cucha)
El Polaco quiere saber qué me pasa y mientras miro a Ema empiezo a hablar de cualquier tema con él, de las últimas películas que vio y si le gustaron o no, de cómo anda nuestro amigo en común de facultad, cualquier cosa para dilatar la entrega del papel; quizá saboreo un momento que se perfila eterno, ignoro porqué, pero ya sé cómo va a terminar esto hoy.
Ema desaparece con otra mujer y dejo de hablar con el Polaco, de repente la conversación pierde interés y la emoción que revolvía en mi interior tantas preguntas para el Polaco se fue y quedo ahí desilusionado por haber perdido la oportunidad de aligerarme de los papelitos del bolsillo.
“¡Acción!” Ema aparece en escena, avanza con el silencio ceremonial de todo extra, el encanto del cine mudo pero sin la velocidad entrecortada de los movimientos. Al verle la cara entiendo que tengo un problema más. Cortan la escena, nuestras miradas se encuentran (ella desvía rápidamente la suya). Permanezco parado, mirándola de a ratos hasta que ya no la puedo encontrar, la escena terminó y seguramente ya se fue.
Vuelvo a casa apretado en el colectivo, molesto por un sentimiento extraño; puede ser una resaca de siglos, un encontrarse con la vida de frente para perderla otra vez esperando otra oportunidad. Acaricio los papelitos, los mensajes que ya deberían estar en sus manos. Contento, pero no tanto, porque queda un día más de filmación para hablarle.

I. The Wild Party

El Sabañón I. The Wild Party

Dos de la mañana pleno invierno en la puerta del cine. La película fue The Wild Party, en una retrospectiva de James Ivory, basada en el escándalo Arbuckle y camino hacia el departamento recordando la historia. El actor cómico Arbuckle, cara de bebé, había trabajado con Chaplin y formó parte de la compañía de Mack Sennet; como productor contrató a un desconocido llamado Buster Keaton. En una noche, en el Hotel San Francisco, lo perdió todo.
Sometió a una actriz llamada (qué lo parió) Virginia Rappe y la violó con una botella de no me acuerdo qué cosa; la mujer, novia de uno de los directores que laburaban para la productora de Arbuckle, terminó con la vejiga rota, poco después murió y el gordo fue acusado de homicidio casual.
Absuelto, de ahí en más trabajó con seudónimo, William B. Goodrich fue el que usó para filmar varias películas, hasta que quiso volver a actuar y viajó a Europa pero volvió y murió poco después. Dicen que el escándalo dio pié para que se redactara el código Hays, tan confundidos estaban los norteamericanos con Hollywood.
“¡Sabañón!”, llama Oscar desde la puerta del Politeama; presenta a su novia y quiere que los acompañe a tomar algo a un bar, dice que no sea gil, que la noche está en pañales y otras cosas así. Pero mañana tengo que escribir la sinopsis de una historia para una productora independiente que quiere cosas de vampiros o algo erótico (seguro que la novia de Oscar no va a ser una inspiración). Elvira quiere saber por qué me dicen Sabañón, basta que me saque los guantes para dejarla satisfecha y susurrando a Oscar vaya a saber qué cosas mientras me alejo.
Sigo por Paraná, paso por la salida del San Martín, por fin despejada de bailarines y personas que miran, verdaderos actores, como si todo fuera algo interesante. Fumo el último del paquete.
Cruzo hacia la Piedad, ahora enjaulada y solitaria de mendigos. En el medio de la calle hay un hombre tirado en el piso que alarga las manos hacia los santos de las columnas y me llama. Susurran mi nombre (pero es la imaginación a esa hora tan tramposa) y confirmo que no es más que la necesidad de otro cigarrillo.
Ahí estoy frente al moribundo, porque está lastimado seriamente y dice que lo pisó un coche. La calle está vacía, y más que un taxi a lo lejos no hay rastro de tráfico. Me entrega un papel, seguramente una carta, que con el tembleque del tipo parece más arrugada todavía, y ahora qué hago, es extraño estar en el medio de la calle con alguien que muere y no sea una película o una cámara oculta, pero el tipo expira sin últimas palabras y ahí ya no hay nada; camino sin mirar atrás hasta el edificio.
En el sillón desdoblo el papel; en el margen, una palabra: Anatkh. Con escalofrío recuerdo que quiere decir fatalidad y que es la misma que desencadena la escritura de Nuestra Señora de París. Doy vuelta el papel y lo acerco al velador para ver la escritura garbosa.

Mi nombre es Luis Ortiz, escribano, y necesito que esta carta llegue
a la señorita Ema Gutiérrez, que trabaja de extra en algunas series y películas.
Los hechos que me llevaron a la escritura de este manuscrito son indescriptibles. Quien lo reciba debe entregárselo a Ema lo antes posible y sin dudar. Mis deseos de suerte, L. O.

Y cómo es posible que tras esa carta haya otra, casi pegada pero de otro papel un poco más fino y sin renglones, más manoseada y antigua. Mi nombre es Alberto Anthony, director de cine, y necesito que esta carta… Iguales palabras, la misma mujer, lo que cambia es el remitente
Voy hasta el espejo, vuelvo, me siento, trago una sonrisa y dejo la habitación. Frente a la Piedad ya no hay rastros del cuerpo; sí un poco de sangre en el piso. Lejos, en el pasaje, brilla un farolito. ¿Buscaré a Ema algún día?
Escribo, sigo los párrafos que terminan en el sueño, cierro los ojos con la esperanza de que el mundo no sea más que una cosa.