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Intransparente. Capítulo 2 y PDF.

En aquellos días, Elortis se dedicaba a esconderse de los periodistas que lo esperaban afuera de su edificio. Los despistaba con un bigote que su padre había comprado en una tienda de bromas (extrañado, recuerda que en una época Baldomero aparecía con ese tipo de cosas; narices falsas, antifaces o colmillos). Sin embargo, una vez lo reconocieron. Elortis no paró de caminar mientras respondía con evasivas las preguntas y apartaba las cámaras, y logró meterse en el supermercado chino de la vuelta. La china creyó que los periodistas querían hacer alguna nota inconveniente para el ramo y los sacó volando con la ayuda del verdulero centroamericano. Elortis aprovechó para comprar comida y vino tinto, y retornó a su departamento donde se escondió varios días. Lo extraño, decía, era que seguía escuchando los ruiditos de Motor. El rasguño en la alfombra. Los maullidos tenues en busca de comida y agua. Las corridas repentinas. Pero sabía que el gato no estaba; así era la imaginación. Hasta pensó que sería el mono araña, que había vuelto. ¿De qué hablaba?

Pero me dijo que alguna vez me contaría la historia de ese mono. La pérdida de Motor lo tenía confundido. Primero porque no debería haber ido al rescate imposible del pasado de su padre (¡¿Qué era lo que podía hacer él con una carta favorable?!: siempre estarían los rumores), segundo porque no debería haberse llevado al gato por dos días de viaje, a quién se le ocurriría, hubiera estado a salvo en su departamento. ¿Qué iba a hacer ahora solo como un perro?

Elortis era de esos que te hacen reír sin querer. Su intención escondía una seriedad no tan difícil de entender, era la seriedad de la persona que llegaba al momento de su vida en que tenía que volver a jugarse todo. Ya había acariciado el éxito. Pero ahora tenía que dar otro paso, uno nuevo que consistía aparentemente en vivir como él quería y volver a escribir –o simplemente a hacer, como él decía– otra cosa de peso.

Además, estaba claro que no había encontrado el amor. Más bien se le había escapado. Se había enamorado algunas veces, pero lo arruinaba todo cuando las cosas iban en serio. Elortis idealizaba a las mujeres que le gustaban y a las que no las trataba con la desidia necesaria para enamorarlas. Así pasó con Miranda.

Ahora, después de la muerte de su padre, del éxito repentino que había alcanzado con el libro y de la enemistad con Sabatini, reconocía en sí mismo la madurez necesaria para mirar de frente a las personas. Supongo que la acusación contra su padre debió renovar su fuerza, como si tuviera una tarea importante que atender.

Nunca me contó el fin de Baldomero, pero me aclaró que el asombro de no poder hablar con él desapareció un año después de su muerte. En cambio, al tocar el tema, sacó a luz una de las historias de la enanita, cuya abuela materna había fijado la hora en que moriría.

La vieja le avisó a sus familiares que a las doce en punto de esa noche se iba y que su deseo era que rodearan su cama para acompañarla en sus últimos momentos. Se acostó y cerca de la medianoche escuchó con los ojos entrecerrados, sin chistar —palabra de la enanita— la extremaunción del cura. Al rato, como no pasaba nada, le preguntó a su hermana, la tía de la enanita, la hora. Cuando le confirmó que habían pasado unos minutos de las doce, corrió su manta con desdén, se calzó las pantuflas y avisó que, por lo visto, aquella noche no se moría. Después se fue a la cocina a hacerse algo de comer. A Elortis parecían gustarle estos personajes despampanantes. Necesitaba nombrarlos cada tanto y, peor todavía, tenerlos cerca en su vida.

Sin embargo, se había pegado a Romualdo, su ex compañero de facultad, porque era la persona más callada de la cursada. Su silencio era poco discreto, molesto para los demás. Había días en que sólo abría la boca para elegir la comida en el comedor de la universidad. Elortis, que era mucho más introvertido entonces, enseguida logró llevarse bien con Romulado e iniciaron una amistad sostenida a lo largo de los años. Después que terminó la carrera, el chico tímido se convirtió en un hábil empresario, dejando de lado la psicología para invertir su dinero en una peluquería chiquita en Caballito. El negoció prosperó, y Romualdo instaló una sucursal en Barrio Norte. Se ocupaba diariamente de administrar los dos negocios y el resto del tiempo lo dedicaba al cuidado de su físico y a la diversión con mujeres. Se convirtió en un fiestero insobornable —en cuanto Elortis hablaba de proyectos conjuntos sin visión comercial, como los que llevó a cabo con Sabatini, enseguida le cambiaba de conversación— y en un vividor preciso, con pocas, o en apariencia ninguna, dudas existenciales. Él arreglaba las salidas, poniéndose al tanto de los nuevos bares y boliches, y se ocupaba de equilibrar el entusiasmo de su melancólico amigo. Aunque Elortis lo detestaba a veces, apreciaba la alegría imperturbable de Romualdo como un don invaluable.

En ese momento, me pareció que enaltecía el carácter de su amigo para que yo no pensara mal de sus salidas. Decía que no buscaban chicas; solamente pasarla bien entre amigos.

Elortis evitaba referirse a su vida sexual en las conversaciones, no sabría encuadrar los desenfrenos a los que se entregaba con nuestra diferencia de edad. Aunque alguna que otra vez quiso saber cómo estaba yo vestida y cada tanto me pedía que le mostrara una foto nueva. ¿Para cuándo en la playa? Pero enseguida aclaraba que era una broma. Recuerdo, sin mirar el registro de las conversaciones, que cuando volví a afirmarle que nadie me había tocado, por lo menos a fondo, no creas que nunca hice nada, eh, Elortis al rato me salió con que el sexo en nuestra época era la más grande de las ficciones y la única que seguíamos consumiendo con ingenuidad. Más que seguro, una carita de desconcierto, y él cambiaría de tema.

Sospechaba que su padre había sido mujeriego. Pero no se lo imaginaba arriesgando en las comidas su cátedra de Análisis Experimental de la Conducta. Los  alumnos, a pesar de sus locuras, o tal vez por eso mismo, lo querían y, cuando decidió dejar de dar clases, iban en grupo a visitarlo a su departamento. Baldomero los escuchaba en silencio, como si fuera otra persona, opuesta al profesor gritón de antaño, y después los despachaba, criticándolos apenas se cerraba la puerta. Para él estaban perdidos, había algo que se les había escapado en sus clases.

El conflicto con la verdadera identidad de su padre se agudizó cuando una ex amante, la señora Susana P., como la llamaba Elortis, apareció en un programa de televisión de la tarde diciendo que a Baldomero en el terreno sexual le gustaba dominar, debido a que sufría de complejo de inferioridad. Para ella el profesor era un agente civil de la dictadura, pero lo hacía para no perder su cátedra en la facultad. Para colmo, Susana P. había sido una conductora de televisión bastante famosa en una época.

Otra vez acampaban los periodistas afuera del edificio de Elortis. Unos días después supe que, mientras yo arreglaba una reunión con mi ex novio para terminar de aclarar las cosas, Elortis se la había pasado buscando, sin suerte, a una persona que hablara a favor de Baldomero en uno de los programas de televisión. Según decía, necesitaba encontrar a alguien que estuviera dispuesto a revertir el proceso de desmeritación iniciado contra su padre.

La visita a Ramiro, un ex gobernador tucumano, con el que Baldomero jugaba al tenis, no dio frutos. Fue, más bien, denigrante. El viejo estaba en el hospital, conectado a muchos cables y, mientras la esposa, mucho más joven, leía una revista de modas, Elortis susurró el nombre de su padre. Como resultado, Ramiro intentó sacarse la intravenosa de la mano derecha para, según le había parecido a Elortis, pegarle un cachetazo. La mujer dejó la revista y lo acompañó al pasillo de la clínica para explicarle la razón de la bronca.

Baldomero y su esposo siempre habían discutido y levantaban banderas opuestas sobre cualquier tema. Se hacía sentir la falta de los dos en la mesa del club. Que disculpara a su marido, estaba en las diez de última, como bien podía ver, y odiaba a Baldomero porque, además de haberle hecho perder una copa en un torneo de dobles, se le había tirado a su ex esposa.

Otra. Baldomero reconocía a un tal Walter como uno de sus alumnos más inteligentes. Para él, este chico era el único que entendía sus clases, en las que saltaba de un tema a otro, dejando que sus alumnos los asociaran libremente. Walter, también, estaba dispuesto a acompañarlo en la expedición a Madagascar en busca de los signos ocultos de la naturaleza que le revelarían la lengua adámica. Para esta tarea, Baldomero hasta había llegado a estudiar el arameo imperial, que usaría como lingua franca para comunicarse con los posibles habitantes en el caso de que encontraran alguna civilización escondida, aislada de la evolución sólo para conservar la pureza original del mundo primigenio. No era la única teoría excéntrica con la que el profesor amenizaba los desayunos y los almuerzos.

Elortis temía que las acusaciones contra su padre fueran reales. Después de todo, ¿no era un charlatán de primera? ¿cuándo hablaba de psicología fuera de sus clases? Y algunos alumnos, los de menos luces, es cierto, directamente no lo aguantaban, decían que se iba demasiado por las ramas. También, como para que no fuera así: había llegado a la conclusión, en la época en que era un profesor alegre y picaflor, de que en Madagascar existía una caverna, o un resquicio en la roca de la isla, que llevaba a una ciudad subterránea poblada. La fauna no podía ser lo único particular en ese lugar, sino que así como habían permanecido intactas esas especies que conservaron sus características esenciales, también los humanos lo habrían hecho, salvo que bien escondidos de la mirada del mundo. Baldomero estaba casi seguro de que sería imposible dar con el agujero en la roca que lo llevaría a esos hombres pero se conformaba con el logro que significaba convencer a alguien para que le financiara el viaje. Para intentar dar con la caverna rastrearía ciertos indicios en la fauna y la flora del lugar. De todas maneras, creía que ya ver a esas especies de cerca y en su hábitat le haría comprender la naturaleza de los demás habitantes. Yo leía absorta las palabras de Elortis. ¡Qué padre tan interesante había tenido después de todo! El mío se pasaba el tiempo alquilando departamentos y casas que mandaba a construir.

Pero sigamos, Walter no era el exitoso psicólogo que Elortis esperaba. Vivía en un departamento chico sobre la calle Paraná, pegado al barrio de Montserrat, donde atendía a sus pacientes. Elortis estuvo esperando en la puerta del edificio unos quince minutos al lado de una chica, y cuando Walter bajó para despedir a otra paciente y hacerlo pasar, le pidió a la chica si podía esperar un rato más.

Subir en el ascensor con ese otro producto de su padre lo había hecho sentir como si fuera un paciente más. Debo admitir que me causaban gracia los pensamientos de Elortis, eran los culpables de que me acordara de él cuando no hablábamos, cuando me tiraba en la cama a mirar alguna serie o cuando escuchaba música y liberaba mi imaginación.

En fin, mi amigo subió callado el ascensor con Walter y ya en el sillón de los pacientes le preguntó si podría interceder por su padre ante la opinión pública. Eso significaba escribir a los diarios una carta en la que debía contar cómo era la personalidad de su padre para despejar las dudas sobre sus actividades en la universidad. Walter sonrió y comentó que, a pesar de que apreciaba la visita y que no pasaba un día sin que se acordara de Baldomero, no era el indicado para esa tarea. Le explicó que su padre le había hecho perder tiempo y dinero con el proyecto de encontrar financiación para su viaje a Madagascar y todo por su afán de no pasar por un simple psicólogo ante los ojos de los alumnos. Quería emular a su héroe predilecto, Nansen; pero, ¿cuántas zonas inexploradas quedaban?, se preguntaba Walter ¿Hace falta que nos inventemos una para aparentar lo que no somos y, más que nada, lo que no se puede ser, ni hace falta que sea? Tenía esas mañas, contestó Elortis, medio confundido por las palabras de Walter, que siguió atacando a su padre.

Había notado al entrar que el ex alumno era bastante amanerado. Parece ser que, cuando Walter era ayudante, Baldomero no sólo le pegaba en la espalda para que adoptara una postura más erguida cuando estaba en frente de la clase, sino que frecuentemente le sugería que hiciera ejercicios vocales para engrosar su voz. Según Baldomero, si quería ser psicólogo tenía que parecer una persona normal ante sus pacientes y no como un personaje digno a ser tratado.

Elortis recordó que su padre odiaba que Walter tuviera inclinaciones. Le aseguraba a su esposa en la cena que con el tiempo su ayudante se convertiría en un puto a secas. ¿Cómo se le había ocurrido que ese psicólogo humillado en su juventud por Baldomero diariamente hablaría a su favor? Así que se levantó del sillón, y Walter le pidió si podía hacer pasar a la chica.

Confesó que se enamoraría de aquella chica si la volvía a ver. Cuando abrió la puerta para dejarla pasar, ella tenía la mirada baja, clavada en el piso, como si le diera vergüenza que la encontrara visitando al psicólogo. La nariz era perfecta. El pelo, ondulado. Alta como yo. No me dijo si era rubia o qué… Sentí celos, lo admito.

Se encontró con una tercera persona, un vicepresidente de una cámara de comercio, en un café. De paso, llevó a su hijo porque quería ayudarlo a encontrar algún trabajo con el que pudiera empezar a desenvolverse en el mundo cuando terminara su año sabático.

Fernando, un viejito que se caía a pedazos y que parecía una cabeza atada a un hilo que se perdía adentro del traje, según su hijo Martín, se dedicó por un rato a darle vueltas a la cuchara de su cortado y a contarles las cosas que le había tocado vivir en su puesto durante uno de los gobiernos militares. Apenas soltó la cuchara, afirmó que escribiría una carta a favor de su primo lejano, aunque dudaba de la importancia real que pudiera tener su palabra en la actualidad. Le preguntó a Martín qué estudiaba, si tenía novia y solo, sin que Elortis abriera la boca, le prometió buscarle una buena ocupación para que creciera aprendiendo y tuviera su propio dinero. Estrecharon la mano de Fernando y lo vieron alejarse a paso rápido hacia un edificio.

Esa misma noche, la voz de la esposa de Fernando lo despertó, para contarle que su marido tenía las facultades mentales alteradas, había una vena que no irrigaba bien y por lo tanto seguía creyendo que trabajaba en ese lugar, al que concurría todos los días que lograba escaparse de su cuidado. La señora pensó en llamarlo para avisarle apenas encontró su tarjeta en la ropa de su marido.

Elortis ya no sabía dónde buscar, y no le quedó otra que ponerse a trabajar en un prólogo para la nueva edición de su libro. Se le ocurrió llamar para eso a Sabatini.

Yo me daba cuenta de lo importante que era Sabatini para él porque las pocas veces  que lo nombraba extendía las conversaciones, dándole vueltas al asunto, aunque mi intención fuera cambiar de tema. Una noche se aferró a la figura de su amigo, o ex amigo para ser más precisa. Me confesó que extrañaba pasar las tardes con él, inmersos en proyectos irresponsables y sin futuro como el de la empresa de libros audibles.

Sabatini llegaba por las mañanas en bicicleta a la oficina que habían alquilado y, por lo general, Elortis ya estaba preparando el mate. Después, la charla variaba, según el día, sobre sus frustradas relaciones de pareja (Sabatini casado, aunque no dejaba de ser un eterno novio como Elortis —estas conversaciones terminaban siempre con una apreciación positiva de sus parejas, como para volver a poner todo en orden) o sobre las posibilidades de adquirir nuevos títulos para ofertar a sus casi inexistentes clientes. Lo que no variaba era la manía de Sabatini de contar sus sueños de la noche anterior.

A diferencia de Elortis, Sabatini soñaba todas las noches, y le gustaba expresar los cambios en la amistad y los vaivenes de la fe en la sociedad que conformaban a través del relato de sus sueños. Por ejemplo, una mañana le contó uno en el que estaban los dos en un cine, esperando que empezara la proyección de la película elegida, casualmente la proyección restaurada de Sed de Mal, una de las favoritas de Elortis, cuando notaron que la proyección había empezado debajo de sus pies en vez de en la pantalla. Discuten.

Para Ortiz era una estupidez ver una película así, pero Sabatini pensaba que era un experimento que podía enriquecer la visión de esa obra maestra. Apenas terminado el relato del sueño, Sabatini concluye que necesita más tiempo para practicar yoga y tomar clases de spinning con más regularidad para disminuir el desgaste de su organismo. Elortis no puede evitar enojarse, aunque no dice nada. Él dejaba su rutina de pesas para el fin de semana y abandonó la refacción de su departamento para apostar por la empresa. Pero Sabatini le llevaba algunos años y necesitaba equilibrar la tensión que el trabajo diario producía en su mente.

Elortis disentía porque, a pesar de que también reverenciaba el cuidado del cuerpo y de la mente, la comida macrobiótica, los tés inspiradores y los masajes relajantes, sentía que la obligación de ellos era seguir el plan que se habían propuesto desde el principio. A saber: seleccionar y editar cuatro libros audibles por mes. Obras con derecho de autor de dominio público, para evitar los problemas legales. Los clientes ciegos que tenían los necesitaban.

Habían contratado a un chico para que los distribuyera por los colegios para no videntes. Se llamaba Tony y también era ciego. Elortis le tenía bronca porque era mucho más desenvuelto que su hijo. Lo admiraba. ¿Cómo hacía para parecer uno más de la sociedad? Se suponía que su condición de discapacitado debería haberle garantizado la salida: ¿era tan necesario que sirviera a la gente de esa forma? ¿para qué tendría que adaptarse a una sociedad de la que podría prescindir con más facilidad que los demás? ¿sería feliz Tony ofreciendo sus ilustres obras en los colegios?

Elortis me parecía cada vez sospechoso cuanto más criticaba al chico que usaba para vender.

Decía que Sabatini se llevaba mejor que él con Tony. Hasta llegó a enseñarle algunas posiciones de relajación. Tony entraba, mascando chicle, revolviendo las monedas que llevaba en los bolsillos y les contaba a sus jefes sus levantes diarios. El ciego había logrado seducir a dos maestras y, por supuesto, a unas cuantas alumnas.

Aquí, Elortis se pone bastante serio y da algunas vueltas antes de soltarlo: Tony prefería a las maestras porque podían ver y él necesitaba que durante el acto sexual apreciaran con la vista su miembro. Parece ser que Sabatini y Tony se trenzaban en largas discusiones sobre variados temas sexuales. Elortis se mantenía callado o festejaba los chistes. Conmigo tampoco tocaba estos temas. Si lo hacía era tan frontal que parecía ingenuo.

Cuando tuve que contarle que me operarían de un quiste en el ovario y por lo tanto no hablaríamos durante una semana, por lo menos, me confesó que uno de sus testículos se le había subido cuando era chico. Tenía uno más grande y uno más chico; por eso debía descargar sus seminales diariamente. Tengo que admitir que este tipo de charla me divertía más que cuando me contaba los sueños de Sabatini o me llevaba al sur con la enanita.

por Adrián Gastón Fares.

INTRANSPARENTE. NOVELA COMPLETA. PDF:

SOBRE EL AUTOR.
ADRIÁN GASTÓN FARES CRECIÓ EN LANÚS, BUENOS AIRES. EGRESADO DE DISEÑO DE IMAGEN Y SONIDO DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES. AUTOR DE LAS NOVELAS INTRANSPARENTEEL NOMBRE DEL PUEBLOSUERTE AL ZOMBI Y EL LIBRO DE CUENTOS DE TERROR LOS TENDEDEROSSERÉ NADA (2021) ES SU CUARTA NOVELA. EN LITERATURA FUE SELECCIONADO EN EL CENTRO CULTURAL ROJAS POR SU RELATO EL SABAÑÓN QUE, HACE 14 AÑOS, INAUGURÓ ESTE BLOG. MR. TIMEGUALICHOLAS ÓRDENES SON ALGUNOS DE SUS PROYECTOS CINEMATOGRÁFICOS PREMIADOS Y SELECCIONADOS, ASÍ COMO EL DOCUMENTAL MUSICAL MUNDO TRIBUTO, TAMBIÉN ESTRENADO EN TELEVISIÓN Y EN FESTIVALES DE CINE. POR OTRO LADO, ADRIÁN TIENE PÉRDIDA DE AUDICIÓNEL DIAGNÓSTICO TARDÍO EN SU VIDA (SIN LA HABITUAL DETECCIÓN TEMPRANA) DE SU HIPOACUSIA-SORDERA Y EL DESCUBRIMIENTO DE LAS PRÓTESIS AUDITIVAS QUE LA ALIVIARON FUE UN PROCESO DIFÍCIL PERO EXITOSO.

Novela completa: Intransparente. Índice por partes.

Aquí les dejo el índice online de mi novela Intransparente. Escribirla fue una aventura muy particular, espero que algo de ese viaje se transmita en su lectura.

Para todos los índices pueden visitar el Menú superior de la página. También pueden consultar la sección Acerca de mí. De esta manera comienza Intransparente:

El día que lo conocí hacía casi dos meses que me había peleado con mi novio y no estaba de buen humor. Una vez que nos presentamos, de dónde sos, qué estudias, y después de avisar que me triplicaba en edad, y también en mal humor ese día, me confesó que, a pesar de todo, su vida había sido radiante hasta los cuarenta y que me encontró de casualidad, mezclando las letras del hotel de Mar del Plata en que lo habían metido durante la gira de presentación de su libro. Por un momento pensé en eliminarlo al instante, chau Ortiz, yo no hablo con gente que no conozco, menos con los que, cuando están aburridos y tristes, se entregan a inocentes juegos de azar, como vos dijiste, y no estoy segura qué hubiera ganado con eso. Era más pendeja que ahora y la vida para mí era un aburrimiento constante, todavía no había entrado en la época de las revelaciones diarias, ésa donde te lleva el peso del aburrimiento que te atan en las piernas o que te atás en las piernas hasta que vas cayendo y te das cuenta que, sumergida, hay una ciudad que es reflejo de la superior…

Primera Parte

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

 

Segunda Parte

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

 

Tercera Parte

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

 

Autor: Adrián Gastón Fares.

Todos los derechos reservados. Copyright: Intransparente, Autor: Adrián Gastón Fares. Ilustración de Portada: Gabriel Quiroga.

Intrasparente. Novela. Índice.

Tardé un poco, pero armé el índice de Intransparente o Intrasparente (parece que las dos grafías dan lo mismo… ) Pueden encontrar mi novela sin problemas, rápido y simple, en este blog y más fácil siguiendo este índice:

Intransparente Adrián Gastón Fares Novela BLUE

Primera Parte

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Segunda Parte

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Tercera Parte

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Autor: Adrián Gastón Fares.

Intransparente. Tercera Parte. Capítulo 4.

4.

En ese tiempo rondaba por mi barrio, que era el mismo que el de Elortis, un abusador serial que había violado a varias chicas. Augustiniano me dijo que anduviera con cuidado. Un día mi papá apareció en mi casa con un regalo: un spray con gas paralizante. Igual, cuando dijimos lo de encontrarnos al mediodía, ya habían apresado al violador. Y nunca se me pasó por la cabeza que pudiera ser Elortis…  Decían que venía de otro barrio y que, después de seguirte por varias cuadras, lograba su objetivo en el hall del edificio o al compartir el ascensor con la víctima.

Por lo que me decía Elortis, él últimamente permanecía encerrado en su departamento, y además era demasiado paranoico para convertirse en un victimario con móviles sexuales. Espero que nunca sepa que relacioné con él este asunto policial.

En una de las últimas conversaciones me comentó que a su amigo Romualdo se le había ocurrido un plan para sacarlo del departamento. Quería implementar un servicio de medición de radiaciones de microondas para los consorcios de los edificios, a través de un conocido suyo que trabajaba en la seguridad del Ministerio de Educación, en el palacio Pizzurno, donde guardaban, sin usar, la instrumentación necesaria para este tipo de emprendimiento. Como Romualdo trabajaba full-time administrando sus peluquerías, lo que Elortis tenía que hacer era salir por las inmediaciones de su departamento con una libretita para anotar la dirección de los edificios que tenían esa antena gigante con forma de araña patona muerta en la terraza. Con esos datos, Romualdo redactaría las cartas que después entregarían a los consorcios de la zona. Así podrían armar un emprendimiento conjunto, como Elortis siempre había querido, ganar unos pesos, y de paso Elortis pasearía y disfrutaría del sol que tanto le gustaba. Romualdo pensó en encomendarle el trabajo a su hermana, una solterona depresiva, que su familia internaba en un loquero cada tanto, pero le parecía mejor empezar con él. Elortis fingió que tomaba en serio la propuesta de su amigo. Pero para su asombro llegaría a cumplir con uno de los recorridos.

El día anterior a la charla registrada venía de caminar, con libretita anillada en mano, la calle Vicente López hasta la Recoleta para hacer un relevamiento de los edificios que tenían esas antenas, que según algunos estudios eran peligrosas para la salud. Mientras observaba uno de esas arañas metálicas, se acordó de su padre; si cumplía con el trabajo del que lo habían acusado, debía dar una imagen parecida a la de él ese día por las calles, apretando el paso para camuflarse entre la multitud cuando visitaba el edificio donde entregaba sus relevamientos, por lo que dio medio vuelta y desanduvo el trayecto hasta su edificio. Y ahí se quedó, sentado en su sillón, con una taza de té en la mano, mirando los árboles a través de la persiana americana.

Su padre le decía a los demás psicólogos que se fueran a trabajar con los arqueólogos si querían entender algo del mundo en que vivimos. Y también estaba interesado en las excavaciones del Golfo de México. De algún modo, el encuentro con Ponen parecía encajar en los planes de Baldomero, tal vez el viejo en el fondo quería que su hijo continuara la osada labor que había comenzado. Si Baldomero había sido uno de los batidores, un soplón de la dictadura, como había dicho un profesor en la nota de un diario, no era su culpa. Estaba contento porque mientras tomaba el té se había acordado de aquel día de verano con el sol radiante en el que salió, como era costumbre después de merendar con la enanita, a ver el fondo largo y se lo encontró lleno de unas plantitas con flores violetas. Apenas se metió entre las radichetas y los tomates para cortar una de esas flores que lo atraían tanto apareció su tía abuela gritando ¡tinta mía!, esa alerta siciliana o calabresa irreproducible que escuchó tantas veces de las bocas de esa mujer y su abuela, y le ordenó que se alejara de esos yuyos peliquerosos que crecían en su fondo. Eran amapolas y después de un tiempo, de tanto que sus familiares las arrancaban para exterminarlas, desaparecieron.

por Adrián Gastón Fares (2011)

 

Intransparente. Segunda Parte. Capítulo 2.

 2.

Se venía el invierno y empecé a notar que Elortis pasaba más tiempo conectado. Aunque la mayoría de las veces ni siquiera me saludaba, por sus palabras de reproche cuando después de ese intervalo volvimos a hablar me di cuenta que le hubiera gustado que yo iniciara la conversación. Tan grande y todavía no entendía a las mujeres. Aunque no lo hiciera notar, a mí me intrigaba lo que pudiera estar haciendo solo en su casa.

Según me constaba, veía poco y nada a Miranda, que había vuelto a rehacer la vida que llevaba antes con sus amigos de zona sur, con Sabatini se mantenía en contacto sólo por e-mail para saber si había novedades de la producción de la película de Los árboles transparentes; ahora tenía a la misionera en el mensajero, ella había aceptado su invitación para tenerla entre sus contactos, y había visto que andaba con un tipo alto que usaba una camisa rosada, por lo menos era el que la abrazaba en la fotito y hermano ella no tenía; éste debía ser el estudiante de medicina que con el tiempo había aflojado, tal vez se habían casado como correspondía según su edad —aunque Elortis le llevaba algunos años. A todo esto, había perdido el rastro de Diego, que se había encerrado a trabajar en la novela sobre Soult. Su único alumno decía que otra cosa no podía hacer; no salía con mujeres, apenas veía a sus amigos y asistía solamente a las clases indispensables de la universidad. A la bailarina Sofía la había dejado de ver por el tema del acto en el vacío. ¿Me lo había contado? Sí, sí, Elortis.

Yo empecé a distanciarme porque me había dado cuenta que hablar con él no era un juego inofensivo para mí. Aunque me mostraba fría, impasible, y esquiva con Elortis, era la persona que más me conocía en aquel tiempo; sabía, según cómo le contestaba, si estaba preocupada por alguna amiga que no me trataba como me hubiera gustado o pensando en algún chico, aunque hacía rato que pensaba en un hombre más que nada… Sabía que verlo sería mi perdición e intentaba, sin éxito, no imaginarme el encuentro. Además, había empezado a pensar otra vez en mi ex novio, un amigo en común me contó que parecía que se estaba separando de su actual novia. Sabía que lo había perdido, no por ser inflexible por el tema de la virginidad como le dije a Elortis, tampoco era una santa y con mi ex de alguna manera nos arreglábamos, sino porque me había encontrado en una actitud sospechosa con un amigo en el comedor de mi casa.

Este chico, que formaba parte del grupo de amigos que tenía en Rosario cuando iba con mi papá a visitar a unos amigos, se había aparecido súbitamente en mi casa cuando no estaba mi mamá. Dijo que había viajado para ver a sus abuelos, y aprovechaba para pasar a saludarme. Lo hice pasar, le di algo de tomar, y de repente me empezó a mirar raro y me encajó un beso en la boca. Al otro día, aunque no pasó más que eso, se lo conté a Santi, que pateó la pared de mi edificio, y corrió a tomarse el 152 para su casa. Aunque aquel día no pasó más que eso, yo había tenido algo con mi amigo rosarino cuando era más chica. Hacía tiempo que Santi estaba enfermo de celos por este chico. Empezaba a extrañar a mi ex, aunque mientras estaba conmigo ya debía andar con otra chica, porque enseguida volvió a ponerse de novio. Por eso preferí dejar de hablar tanto con Elortis; cuando me preguntaba le decía que estaba embarullada.

Pero mi amigo virtual una noche me invitó descaradamente a su casa. Veo que logró captar otra vez mi atención. Primero, me preguntó si era de las que desarmaba la cama al dormir, y yo le contesté que peor, que mis amigas decían que yo tiraba patadas por las noches, pero hacía eso nada más cuando estaba nerviosa, sino dormía como un angelito. En un arranque de sinceridad me confesó que le gustaría dormir conmigo, que esas palabras tenían una carga sexual que me asustaba y lo condenaba, pero que solamente quería tenerme a su lado un rato. Hasta me preguntó si solía tener los pies fríos. Su imaginación volaba y, de alguna manera, lo volví a a sentir cerca. Y en el estudio de abogacía, como había muy pocos llamados, yo me la pasaba escuchando canciones que me hacían pensar en él.

Uno de los fines de semana, otro de aquellos sábados que hablábamos hasta muy tarde, me puse a hacerle escuchar algunas de estas canciones, que tenía en mi computadora. Como sólo le pasaba los trozos de canciones a través de un plug-in del mensajero, se quejaba de que yo no hablaba. Reaccionaba con deferencia ante algunas, como si él tuviera una cultura musical mucho más amplia, se notaba que no significaban nada para él o que no las pasaban en los boliches que frecuentaba en sus salidas con Romualdo, pero con otras reaccionaba de otra forma; enseguida enviaba una serie de respuestas exaltadas. Se ve que esas canciones despertaban en él recuerdos todavía frescos. Más que nada reaccionaba así con las retro —como Gloria o la de Flashdance. Repetí la experiencia otra noche, y obtuve los mismos resultados. Elortis protestaba porque yo estaba monosílabica, apenas contestaba, nada más le pasaba los trocitos de canciones para que opinara. A veces me devolvía comentarios lindos sobre las canciones, como respondiendo al título que tenían las que podía adivinar cuáles eran —¡nada nos va a detener!, por ejemplo, con la canción de Mannequin o con Don´t Dream it´s Over; ¡sabemos que no van a ganar!—, ya que el plug-in no revelaba el nombre de las canciones enviadas. Yo le contestaba con el iconito que pestañaba, que tanto le gustaba.

Sabía que algunas chicas de mi edad, como una amiga de Agos, salían con tipos grandes, pero el miedo que tenía de conocer a Elortis y desilusionarme, y a la vez la seguridad de que más adelante, cuando estuviera algo más madura, podía intentar algo con él si quería, eran más fuertes. Mientras tanto, me estancaba en sus palabras, en sus largas contestaciones, revisando el registro de cada conversación, como ahora, y después me animaba a poner esos subnicks alusivos a lo nuestro pero totalmente refractarios a la idea de consumación de lo que podíamos llegar a tener en el momento, cosas como que el tiempo dirá o que el futuro es nuestro.

Justo por aquella época la profesora de Derecho Internacional de la facultad se asoció a un prestigioso estudio de abogacía y nos ofreció a mí, y a otras dos compañeras,  trabajar en ese lugar como pasantes. No lo pensé dos veces, y dejé el pequeño estudio donde más que nada pasaba la tarde mientras mi jefa salía a atender a los clientes, ver a su ex marido, y tal vez, quién sabe, a mi padre también. La psicóloga me dijo que puedo escribir todas estas cosas, que ya no es mi responsabilidad los mantener secretos de nadie. En este estudio sigo trabajando actualmente, hay días que salgo a las once de la noche.

Entre el gimnasio, yoga, los cursos de capacitación de los fines de semana, natación y reiki no me queda tiempo para nada. Mis amigas del colegio también están muy ocupadas con sus ocupaciones y sus novios. A veces salimos todos juntos a algún after hours con los chicos del estudio, o nos juntamos a ver series o a jugar a la Wii, después de las capacitaciones. A Augustiniano le va muy bien, lo veo muy cada tanto porque trabaja en una productora de publicidad, y por las noches enseña Historia del cine en una universidad.

Veo que cuando empecé con el nuevo trabajo, Elortis trataba de mejorar el video del bautismo del hijo de su amigo. Mientras lo editaban, Diego le había transmitido algunas nociones del programa de computación que dominaba. Igual no podía concentrarse, estaba muy triste porque el padre de Richard había muerto de un ataque al corazón días atrás. Era un viejo que no hablaba mucho pero que siempre estaba alegre, de buen ánimo, hasta que cayó en una depresión que empezó muchos años atrás cuando lo habían echado de la empresa de electrodomésticos en la que trabajó toda su vida. Por lo menos, lo tenía sonriendo en ese video que había grabado con tanta antelación al bautismo. Pero a Elortis le dolió la desaparición de ese viejo porque le gustaba la manera en que pronunciaba su nombre para preguntarle cómo iban sus cosas, era el único que le hacía recordar quién era con esa pronunciación marcada de su nombre para llamarle la atención y enseguida hacerle la misma pregunta de siempre, un cómo va todo, qué tal  Miranda, o cómo anda Motor. Por lo demás, era otro de los que pensaban que había cometido un error al separarse de Miranda y últimamente también le preguntaba por ella con aire socarrón en la mirada. Richard estaba devastado, pero al otro día del entierro tuvo que trabajar igual porque había mucha demanda de gaseosas. Elortis intentó escribir un digno texto elegíaco, que incluiría en el souvenir-librito del bautismo, pero no se le ocurría qué poner, las palabras no llegaban. Finalmente, le puso a Jorguito que ya entendería quién había sido su abuelo por las palabras de sus familiares, y que por lo menos podía escuchar a su abuelo diciendo su nombre en el video, eso le serviría para entender muchas cosas.

Un fin de semana cuando había ido a buscar otro cuaderno para escribir algunas notas que quería agregar sobre Baldomero (ahora usaba estos cuadernos también para recopilar frases que se le ocurrían para el librito del bautismo de Jorguito) encontró una de las cartas de Miranda. Era de la época que él vivía sólo, y ella iba a Económicas. Me la copió textualmente. Estaba haciendo tiempo, después de que le suspendieran una clase, para encontrarse con Elortis. Decía así:

Te voy a relatar lo que pienso ahora. No me estoy volviendo loca, solamente es para pasar el tiempo. Tiempo de mi vida que pierdo acá. Me aburro, ya no sé qué hacer. No tengo nada para estudiar. Se me acabó la batería del Iphone. Antes de venir a este Mac para tomarme este café horrible, estuve como una hora dando vueltas en Coto y después media hora en Farmacity. Encima compré cosas que no necesitaba (acá dice Elortis que hay unos mamarrachitos dibujados hasta terminar la línea de la hoja arrancada de un cuaderno anillado de los chiquitos).

Al lado mío se sentaron dos personas que en vez de sentarse lejos para hablar de lo que querían sin ser escuchados, hablan despacio para que no los escuche. No puedo estar acá sin hacer absolutamente nada. Por eso escribo. Igual ya conté todo lo que hice y no puedo escribir más.

 ¡Me aburro!! ¿Cuándo venís, bebé? Ya no aguanto más, estoy al límite del mal humor. No aguanto a estos tarados de al lado. Me dijiste cinco minutos y ya pasó como media hora.

Odio las personas que trabajan juntas y se toman un café para criticar a otros. Seguramente mañana en el trabajo saludan a esas personas re bien. ¡¡Qué falsos!! 

No sé qué más escribir para disimular que soy una tarada perdiendo el tiempo acá. No me animo a salir a la calle porque hay un montón de gente pidiendo y me da miedo que me quieran robar. Aparte de eso, hace mucho frío y me parece que me estoy por resfríar.

¡¡Me quiero ir!! Me gustaría que estos dos se callen y que todo el mundo se vaya. Me gustaría tirarme en un sillón, estar cómoda. No soporto este lugar lleno de gente que está con amigos y que me miran como si fuera un bicho. Me quiero ir, mi amor. Cuanta veces lo puedo escribir? Por favor, vení antes porque no sé qué más hacer. Por favor, bebé. Te imagino caminando hacia acá. Solamente quiero que falte poco porque no aguanto más la espera. Y Martincito ya debe estar llorando en lo de tu mamá.

Por favor, vení. (Y más abajo hay otro mamarrachito, según Elortis, que representa a él caminando, con la leyenda: negrito —como también lo llamaba— viniendo hacia acá. También había flores dibujadas, estrellas, arbolitos, unas especies de clave de sol con las puntas espiraladas hasta el infinito, ramas florecidas y una casa echando humo por la chimenea frente a una vía de tren)

Encontrar esta carta ablandó un poco la memoria de Elortis, que al principio temió seguir revolviendo los cajones de su casa, porque guardaban muchos más recuerdos de Miranda. Pero en su encierro voluntario, o no tanto porque decía que igual nadie lo llamaba, se le ocurrió ordenar todo. Miranda había aprovechado un fin de semana largo para irse cuatro días a la costa con sus amigos, era lo último que sabía de ella y se había llevado también a Martín y a su nueva amiga. Se alegraba que su hijo hubiera encontrado a esa chica después de la desilusión de la mochilera. Pero empezó a pensar que si era el grupo de amigos de tenis seguro que había ido con el tío Oscar y su esposa. Esta mujer debía ser muy distraída o poco celosa. A Martín le caía bien el tío Oscar porque lo llevaba a andar cada tanto en cuatriciclo cuando era chico. En su soledad, Elortis se imaginaba a una Miranda adolescente corriendo por las mañanas por la costa con el tío Oscar —que en su imaginación aparecía cada vez más viejo y todavía lampiño.

En esos días se acordaba mucho del mono Albarracín. ¿Por dónde andaría?, se preguntaba; ¿lo habrían atrapado los de las veterinaria de la vuelta? ¿y si el portero se lo había llevado a su Tucumán natal? Se sentía culpable del destino del mono. Cuando el estado de salud de su padre empeoró, discutió con Miranda, que no quería saber nada con tenerlo en su departamento, sobre el destino de Albarracín. El portero del edificio donde vivía su padre no aceptó quedárselo cuando los había llamado para pedirles que hicieran algo con el mono por los chillidos que daba desde que su padre estaba hospitalizado. Cuando finalmente Baldomero murió, y Miranda fue a buscar los papeles que requería la empresa funeraria al departamento, encontró al mono en silencio, con la mirada serena.

No les había quedado otra que llevárselo con ellos, y ubicaron la jaula en un hueco del living. Una vez que volvieron de cenar afuera, lo encontraron en el piso de la jaula con las manitos unidas y la mirada oscurecida. Recién cuando golpearon por tercera vez la jaula el mono salió del trance para abalanzarse ferozmente contra las rejas. La próxima vez que dejaron la casa sola en ese verano caluroso, encontraron la puertita abierta y la jaula vacía. La ventana estaba, como siempre, entreabierta. Las ramas de los árboles se movían por el viento, pero no había rastros de Albarracín, ni afuera, ni adentro, contaba Elortis. Su padre lo hubiera estrangulado con sus propias manos. El mono se le había escapado a él.

Ahora creía que era un sueño la duda de si Baldomero era o no un agente encubierto. La vida más allá de su departamento era algo nebuloso, donde pasaban sucesos inesperados que no podía controlar por culpa de las fuerzas corruptoras del mundo. Mejor era abrir los cajones, separar las cosas que había juntado durante todos estos años, guardar algunas y tirar las demás. Y ahí encontró más cartas de Miranda y varias fotos. Entre ellas, algunas de un viaje a Colonia con los futuros padres de Jorguito.

La típica; abrazados en la Calle de los Suspiros, una con el faro en el fondo, otra en la puerta de la muralla, una más frente a la Plaza de los Toros mostrando el mate que le compraron a un viejito, y otra más a orillas del río Uruguay. Parte de la playa había sido inundada y dividida por el río, y Miranda se había empecinado en seguir caminando hasta cruzar el vado. Llevaban mochilas y avanzaban con el agua hasta las rodillas. Elortis notó que podían quedar atrapados si el resto del trayecto era más profundo y crecía el río a sus espaldas. En el medio del vado discutió con Miranda frente a sus amigos y la convenció de volver sobre sus pasos hacia la playa seca y sucia. Ahí se sacaron otra foto sentados en la herrumbrada escalera que bajaba a la playa. Otra de las fotos, que nada tenía que ver con este viaje a Colonia, enterneció la memoria de Elortis. Le hizo pensar que podía reanudar la relación con su ex novia sin que fuera un error volver atrás. También había sido feliz con ella.

En otra que me pasó estaban en Temaiken, el bioparque, una tarde de invierno, mucho frío, con camperas y bufandas, habían peleado antes pero se habían amigado y cuando empezó a irse la luz le pidieron a un grupo de chicos que tomaran esa foto. Se veía el fogonazo del flash, que había rebotado contra el vidrio del habitáculo, y detrás de ellos, a la derecha, como ubicado idealmente en la composición, apenas se adivinaba la silueta difusa de un tigre de Bengala. Esa foto anochecida en el zoológico, lo atraía fuertemente por una razón desconocida. ¿La habrían tomado el día más corto del año?, se preguntaba Elortis.

Me di cuenta que había pensado seriamente en volver con Miranda, aunque sin que lo abandonara esa repulsión persistente hacia ella, esa manera de tratarla como a una extraña, ante la que sólo retrocedía para defenderla cuando los demás la criticaban. Elortis nunca hablaba mal de ella, solamente daba a entender que no podía amarla. Sin embargo, su mente se negaba a cortar el lazo que los unía. Había más fotos de viajes y paseos, y él las guardó todas entre las hojas de un cuaderno de tapa dura azul; el que usaba para las notas sobre Baldomero, los recuerdos y los mensajes para Jorguito era igual pero rojo.

Poco tiempo después aparece en el mensajero algo más temprano que de costumbre. La fotito de la ventanita había sido reemplazada por la de un árbol con una enredadera en el tronco. Le pregunté dónde era y no me dio precisiones, solamente dijo: la costa. Insistí: quería que me contara qué le había pasado. El día después de encontrar las fotos se había levantado con la firme convicción de que debía seguir buscando algo por su casa.

Revolvió los armarios, alacenas y cajones sin encontrar nada que le llamara la atención y después se dio cuenta que se estaba olvidando de un lugar con más posibilidades de búsqueda: la computadora. En los discos rígidos donde todavía estaban guardados los últimos trabajos prácticos de Miranda no encontró nada interesante. No había nada que lo ayudara a sacar conclusiones sobre lo que debía hacer con ella en el futuro. Entonces se acordó que su ex le había dicho una vez, para certificarle que no le ocultaba nada y podía estar tranquilo con respecto a su fidelidad, que con su amiga Paula intercambiaban contraseñas de e-mails con el nombre completo de sus parejas. O sea que la contraseña del correo de Paula sería el nombre completo de Elortis. La de Miranda debía ser el nombre completo de ese policía que echaba cada tanto a la insoportable y descerebrada Paula a la calle. Cuando pasaba eso, Paula llamaba al celular de Miranda, pero gordi esto, pero gordi lo otro; hasta una vez Miranda había tenido que irse a las corridas del centro al sur para tomarse un café con su amiga en un bar porque el novio la había dejado afuera de la casa. Al otro día se arreglaba con el tipo y poco tiempo después volvía a sonar el teléfono.

Bueno, pero como Elortis no sabía cuál era el nombre del policía, o no se acordaba, decidió probar suerte con la contraseña del e-mail de Paula; lo sabía porque estaba en su lista de correo y cada tanto esta mujer le mandaba documentos con proyecciones de fotos de la India, Egipto, hoteles en Dubai, flores exóticas, secretos del mar, y otros para juntar firmas contra un tipo que se dedicaba a colgar perros de un gancho en su tiempo libre. El hombre más odiado del mundo virtual, decía Elortis.  Ciertamente, la contraseña del e-mail de esta amiga de Miranda era el nombre y apellido de Elortis. Leyendo los mensajes, un nudo de bronca se le empezó a formar en el estómago y le subió por la garganta. Uno era el más esclarecedor. Cervantes se había tomado el trabajo de intercalar la antigua historia del curioso impertinente en el Quijote para algo. Sin embargo, él no había mandado a ningún amigo a encontrarse con la verdad, siempre la entrevistó inconscientemente y ahora la arrastraba al aire libre como si fuera una bolsa llena de cacharros viejos, entre los que había, sin dudas,  algo polvoso de valor. Miranda le comentaba a su amiga que, aunque seguía amando mucho a Elortis, al que no podía dejar, no se había encontrado a tomar algo con otro hombre que había conocido, porque no le gustaba el tono con el que se lo había propuesto. Eso estaba bien, claro que no le molestaba que conociera a otros hombres, hacía bastante que estaban separados y cada uno podía hacer su vida. Pero en la otra línea, Miranda respondía a la otra pregunta que le había hecho su amiga, tras recomendarle que dejara de ver a Elortis porque no le convenía como hombre. Ya sabía lo que ella pensaba de su ex novio, decía Paula. Le daba mucha bronca a mi amigo; por qué tenía que dar lástima, haciéndose la abandonada, la pobrecita, Miranda, y denigrarlo a él ante los demás como una persona fría y desagradable que se había negado a casarse con ella, como hubiera hecho cualquier buen hijo de vecino, después de tantos años de noviazgo y un hijo. Seguramente les contaba a sus amigos que su novio no era cariñoso, que no la agarraba de la mano cuando iban por la calle, que se reía de lo que ella miraba por televisión o se quedaba en la computadora cuando ella se metía en la cama. Cuando él era, en realidad dulce y atento. Nada más que tenía sus mañas…Y una de ellas era el tío Oscar. Después de decirle lo que pensaba de Elortis, Paula le recomendaba también, palabras textuales, que cortara las cosas con Oscarcito, y dejara de acostarse con su tío.

Elortis se acordó de la cantidad de veces que este hombre había llamado para interrumpirlo cuando él estaba con Miranda, durante la separación y antes también, incluso mientras hacían el amor; para hacerle alguna pregunta insignificante, ella explicaba, sobre trámites. No hacía mucho, un sábado que Miranda se quedó a dormir en lo de Elortis, el tío Oscar, que ya tenía cincuenta años largos, la llamó tres veces seguidas una misma mañana, su novia le respondía con risas, y entre llamada y llamada, le contó a él que la controlaba porque Oscar y el grupo de amigos de tenis no estaban de acuerdo en que se vieran si no tenían una relación formal; quería cuidarla nada más, que no perdiera el tiempo con una relación pasada.

Ahora Elortis se daba cuenta que Oscar la llamaba a su sobrina los sábados a la mañana para ver si estaba sola y así pasar sin contratiempos por su departamento para acostarse con ella. Era muy simple; y él que había comprado la historia de los celos y del tío cuida. Las veces que lo había visto a Oscar, no le sacaba los ojos del culo de cuanta mujer pasara. Era de esos tipos que le compran un skate a sus hijos y después lo usan más ellos para sacarse fotos que después suben a las redes sociales. Oscar le decía a su esposa que salía a entregar muebles los sábados por la mañana, el ancestral recorrido de los hombres para arreglar sus asuntos con los clientes que los esperaban, pero antes chequeaba si su sobrina estaba disponible.

Y ahora: ¿cuántas situaciones tenía que correr de lugar, volver a acomodar, darle vueltas y observarlas para sacarle lustre a la humillación de la que, con el consentimiento de todos, incluso los padres de Miranda y el grupo de amigos, y también Richard y su esposa —que algo tenían que sospechar—, lo habían hecho objeto? No quería caer en eso. Él siempre había sospechado la verdad. El instinto le había dicho que no podía amar a esa jovencita que era en su momento Miranda, por más que le gustara. Había algo falso en ella, fuera de lugar. Él podía notar fácilmente la trampa; que ella no pensaba bien; por ejemplo, una vez lo había amenazado con suicidarse si la dejaba tomando varias cajas de aspirinas… Desde el principio Elortis quiso desprenderse de Miranda, pero no lo había  hecho porque caía una y otra vez en el error de apiadarse de ella por considerar que no merecía el amor que —ella se lo demostraba diariamente— sentía por él. Otra vez Kierkegaard: no se podía juzgar a las mujeres porque primero se engañaban a sí mismas; qué bien decía Elortis; qué pensador. Primero vivía, para después escribir, y te hacía experimentar, sin revelarlo antes, lo que él había entrevisto en el paso por el mundo. Elortis sabía que también la comodidad había impedido que dejara a Miranda y la comodidad, como cualquier vicio, siempre tiene consecuencias imprevisibles.

El e-mail seguía, y Miranda lamentaba la decisión del tío Oscar de encargar a su esposa el manejo administrativo de la empresa de construcción de muebles, con la que su tío dejaría de pasar, para llevarle los papeles, por el estudio contable donde ella trabajaba. Se ve que Oscar había decidido frenar la relación con su sobrina, o por lo menos atenuarla, ahora que ella estaba soltera y le estaba más encima, para evitar que su familia y la de ella no tuvieran otra posibilidad más que descubrir esta relación sórdida.

¿Qué sacaba en limpio de todo esto?, le pregunté; ya le había recomendado que dejara definitivamente a su ex novia. La respuesta no llegó. En cambio, me respondió que él sabía, por lo que a Miranda le gustaba o no en la cama cuando empezaron a salir, las cosas que Oscar le había hecho cuando ella era todavía una nena…  —normales, pero algo molestas, especialmente para el pensamiento de un novio celoso.

En su adultez,  intentó desarticular este tipo de pensamiento retrógrado, pero terminó descubriendo que una vez que ciertas ilusiones inundan a un hombre en la primera juventud, no hay manera de arrancárselas. La cultura no hacía más que ahondar los caminos de la intuición inicial, con las mentes ilustres elegidas para acompañarnos y las frases subrayadas. Oscar se había interpuesto, sin quererlo tal vez, pero disfrutándolo seguro, en su camino, y también lo había modificado a él físicamente; si prefería algunas cosas a otras en la cama, era por culpa de este tipo.

Escuchar estas cosas eran demasiado para mí. No quise averiguar mucho más, aunque me pareció entender de lo que hablaba. No lo habían privado nada más de las rubias salvajes, también de tener una primera novia sin una historia tan densa y sórdida.

En el mismo instante del descubrimiento, Miranda, agraciada con los dones de la telepatía y la adivinación (cuando dormían juntos se levantaba y le decía que había soñado con los ojos de una mujer que lo miraban, y al día siguiente era fijo que él se cruzaba con esos ojos que lo hacían reconsiderar todo como los de la misionera), lo llamó para preguntarle por dónde andaba y si quería ir al cine, pero en realidad sabía que acababa de descubrir el secreto que ella le había ocultado tanto tiempo: nunca había dejado al tío Oscar.

Elortis le dijo que no podía perdonarla porque el problema era que le había mentido desde un principio; el tío Oscar era indispensable para ella. Y después de algunas explicaciones, le cortó. Me aclaró que no le perdonaría nunca que lo hubiera arrastrado al grupo de tenis de Oscar, al principio de la relación, sabiendo que había algo entre ellos. Y que lo hiciera ir a cenar tantas veces con él y su familia. Ella siempre hizo el papel de estar loca por Elortis, pero a él ahora le parecía que lo había usado para darle celos a Oscar, a ver si reaccionaba, y dejaba a su esposa. Elortis se acordaba de la vez que lo conoció en la cancha de tenis de Temperley, cuando Oscar le estrechó fuerte las manos. Ella quería, a toda costa, que lo conociera. Y él había sospechado que Miranda había quedado enganchada con su tío, pero le tomó más de treinta años descubrirlo. Entendió que nunca la quiso, siempre había sido para él una chica ingenua arrebatada por un tipo descerebrado. Aunque también pensaba que podía ser el entusiasmo de ella por la relación oscura con Oscar lo que había mantenido la suya, como si hubiera algo que, de manera morbosa, a él le gustara observar en su ex novia.

Es que cuando discutían, Miranda llegaba a llamar al tío Oscar para que opinara. Le pedía a su esposa que le pasara con él. Claro que discutían porque Elortis no quería entender que su novia había estado con su tío, un hombre mayor. Sabía que la revolución que quería llevar adelante él ya no tenía adeptos, nadie se asombraba por nada, pero cuando uno no estaba tranquilo por algo era, me decía Elortis (me acuerdo que durante esa conversación no me mandaba los mensajes enseguida, el mensajero contaba y descontaba los caracteres mientras reescribía sus frases, borrando y añadiendo). Ella lo llamaba a Oscar como una manera de hacerlo responsable de las peleas, de que se siguieran viendo. No era una sobrina llamando a su tío para que la fuera a rescatar de las garras del novio intolerante que tenía.

Entonces, ¿lo amaba su ex novia?, le pregunté. Claramente, me respondió imitando mi manera de hablar; pero eso no tenía nada que ver. Insistí: ¿por qué no la había dejado para irse con la misionera? ¿o antes, mejor, para recuperar algún amor primigenio como el de la secundaria que una vez me había contado? Para él su ex novia estaba loca y lo había arrastrado a su locura. Aunque es una locura bastante común, Elortis, agregué yo, las mujeres escondemos cosas; ya deberías saberlo. Y el me dijo que mejor era esconderlas bien o decirlas sin ningún problema. Ser transparente.

Esa noche volví a soñar con el bosque. El bosque de árboles translúcidos, brillantes y solitarios.

por Adrián Gastón Fares

Las patriarcales

En esta tragedia no me encuadro

Vuela la imaginación cuando tenemos que salvarnos

De un fantasma que no pide venganza

Nadie es culpable hasta que muerte llegue

Y después todo se pierde

Estampitas de casamiento

Dije

Y las copas que nunca se encuentran

Llenas se piensan

Dice

Tal vez

Aquí,

Las identidades caen y se levantan,

Digo,

Y dejemos entrechocar a las máscaras del destino

Ya no hay dolor

Que no pueda ser vertido

Ni penas

Por las que no podamos pelear

En lo negro no hay luces inútiles

En sus graves palabras

Digo

Hay algo

Arrimante

Encelado

Arrastrante como río

Y oliente como el pantano

Reconozco

Que el árbol no nació para cajón

Y la tierra no es el piso donde restan

Mis antepasados

Nada nos contiene

Digo

Joven saltadora

Corre libre a tu descuido

Rescataré

Tu trama sugerida

Ven

Paseate disfrazada

Entre tantos trajes

A tu ciudad es que te invito

Y tal vez podamos torcer el camino pisado

Donde los rezagados se han convertido

En Psicopáticos

Bufones

Compulsivos

Ya no hay nada que perder

Dice

Los pelos a veces crecen para contener las mentiras que los poros exudan

Los que vertieron el veneno en tu oreja

Tienen manos acuosas y flexibles

Dice

Es un consuelo perdido

El de los viajeros

Del espacio y el tiempo

Digo

Pero es tiempo de recreo

Y ya no hay velos

En este juego de espejos

He encontrado un camino

Las historias brillan en el cielo

Y cuentan el oculto pasado

Arriba miramos

Abajo caemos

Eso no cambiará

Hasta que de tanto caer

Creemos un agujero

Y otro universo

Nos amamante

Y dibujemos flores en papeles lisos

Con esa esperanza

Que nunca convino

El cristal estalla

Las casas caen

Una vieja cuenta cuentos

Hace temblar el húmedo pelo de su nariz

Ninguna tempestad como esa

Sacudió la tierra aún

Ningún hálito tuvo ese encanto

Para arrollar

Escribo bajo las estrellas

En un jardín descuidado

Donde un hada desprendida de un árbol me cuenta

Como la han sepultado.

Por Adrián Gastón Fares, 31 de Julio 2019

Dicha

Tierra hostil y
aparente
Cielo abarcante
Nubes blandas cumbias
Exiliadas pausadas
Hermanas, sí
Mejor adentro
Que salir a buscar
isla oscura
Ladrillo rojo
Colectivo imparable
Hasta el lugar donde perdí
Semilla y nada
Lo aprendido
Intenciones buenas
Furia
Tuya

Furia mía

Inesperable fiera en mi único

Pobre y pequeño paraíso

Es mi culpa creer que tierra

Dice verdad

Fotografía de flores

Que no brillan en tu noche sin luna.

Chau, monitor

Seré el que todo apaga

Levanto puente

Cómo un antiguo

Y terrible

Rey.

Por Adrián Gastón Fares

Los tendederos, reseña de Javier Burdalo.

 

Cuenta Javier Burdalo, sobre mi libro de cuentos Los tendederos. Es la segunda parte de su lectura y reseña sobre Los tendederos.

Pueden bajar y leer mi libro de cuentos Los tendederos en libro electrónico de manera gratuita (PC, Kindle, teléfono -smartphone) desde aquí):

Los tendederos, Adrián Gastón Fares (descargar)

Una amable lectura y reseña como verán:

Según Javier:

Si aún no lo han hecho, intérnense en el universo paraficticio, fantástico y espeluznante de LOS TENDEDEROS, libro de cuentos del argentino Adrián Gastón, que nos ofrece gratuitamente pinchando aquí.

No se arrepentirán, es más, como sangre para vampiro, pedirán otros…

Una breve reseña de los relatos del 10 al 18:

MADRASTRA  (Page 43): repetido como un mantra “Si uno llega, el otro parte“, relata la angustiosa felicidad que trae el nacimiento, junto a la tristeza natural de la muerte, procesos rodeados en este caso por animalidad sanguínea y brutal, y un ambiente de educación y profesorado… Desestabilizador.  

EL ANIMAL SUMERGIDO  (Page 46): cuando se juntan divorcio, custodia compartida, orcas asesinas y sacrificio de animales, nada puede ser dulce, ni etéreo; en todo caso la nada, pero una nada con pesadumbre y dolor.

NO TE DEMORES  (Page 49): una madre intenta salvar a su hija de una horda de seres extraños, que quieren a la niña con intenciones entre místicas y perversas, no del todo claras, pero parece que las prisas añaden la tensión necesaria para que todo sea una huida desesperada. “Donde no puedan amar, no se demoren“. Nervioso frenesí.

LA MUJER QUE CONOCIMOS  (Page 52): brujería y sexualidad pegajosa en una historia donde el tabú y el engaño juegan su papel, y también el incesto, y los deseos ocultos de jornadas de trabajo físico y mental, con toques caribeños y animalidad femenina por doquier.

LA ZOMBIADA  (Page 55): en tono de comedia Gastón describe un mundo donde el zombi es normalizado, y en su crítica, a un mundo cada vez mas zombi, se auto parodia incluyéndose en el relato para “culparse” a uno mismo de lo “muerto-en-vida” que podemos llegar a estar. A la par, se adelanta en el tiempo al último film de Jim Jarmusch, The dead don’t die (2019).

LA NENA DE LOS VELORIOS  (Page 60): unas sencillas lentillas, en apariencia para solucionar problemas de visión y adaptación al medio en que vivimos, pueden convertirse en el terror cotidiano de la No Inclusión, desvirtuar el día a día y hacernos sufrir más de la cuenta, tanto por lo que, en este caso, vemos, como por lo que ya no veremos más.

MUERTOS QUE GRITAN  (Page 65): impregnado del universo de Tim Burton en Bitelchus (1988), la vida ordinaria de unos No Muertos se desarrolla como la de los vivos, con sus apreciaciones y rituales en la rutina diaria: “La verdad es rápida. Transitarla, no. Ni siquiera para un fantasma“, humor negro elevado a varias potencias.

LA MÁS BUENA   (Page 72): en este relato lo que provoca desconcierto es no saber, no saber aún, o saber que no se va a saber nunca, la identidad sexual de alguien. En tiempos de abuso de las llamadas “normalizaciones” el autor opta por el desconcierto, no exento de misterio y encanto.

DE HOTELES BARATOS (Page 76): aquí el autor, no se oculta de sus lectores, desnuda parte de su biografía para mostrar como el imaginario cinematográfico le salva del “silencio”, y del pánico mental que esa ausencia puede llegar a provocarle y provocarnos. Gracias Gastón por incluirte e informarnos de nuestros miedos desde dentro. Pero no todo es negativo, el personaje-autor llega en ese buceo a los símbolos, y reflexiona para nosotros: “Lo único que equilibra nuestras intenciones con la fuerza de la naturaleza son los símbolos. Eso es hermoso, pensaba Gastón” . Una de las muchas reflexiones profundas y de interés que tiene la escritura de Adrián Gastón.

Continuará… ¡Disfruten si pueden!

por Javier Burdalo.

 

Enlace al blog de Javier Burdalo sobre Los tendederos

Por otro lado, estuve haciendo una recopilación, un Índice de mis Poemas publicados en este blog.

Pueden seguir este enlace para leerlos en órden descronológico:

Poemas de Adrián Gastón Fares

Saludos,

Adrián Gastón Fares

adriangastonfares.com

corsofilms.com/press

 

La maldición del Gualicho

Gualicho Nuevo Afiche de Producción

Gualicho Nuevo Afiche de Producción

Algo sobre mi largometraje.

Una película fantástica única. Una nueva experiencia. Un aporte al imaginario Argentino y Latinoamericano que cualquier ciudadano del mundo pueda apreciar.

La maldición del Gualicho (Gualicho) nunca deja atrás al entretenimiento y fue pensada como si cada escena fuera un fin en sí misma.

por Adrián Gastón Fares.

 

Mi historia con la hipoacusia (actualizada)

Mis audífonos nuevos

Aclaración (al final de la entrada pueden ver uno de los documentos que dejan en claro que no fui diagnosticado durante años cuando el diagnóstico de hipoacusia era necesario)

Lo que ocurrió antes de los 32, como lo testifica la fotografía de la  audiometría de 1999 al final de la entrada, y las demás realizadas en esos años y expuestas a los médicos, entra en el terreno de lo inexplicable (mala praxis, faltas de diagnóstico, de conciencia, no lo entiendo) Me pregunto quién debería hacerse cargo de tanta negligencia.

No sólo había nacido yo con un problema que me dejó parcialmente sordo si no que los médicos que me trataron no diagnosticaron el problema aún estando a la vista en los estudios realizados, alejándome de encontrar una solución que me hubiera facilitado la vida además de evitar que mi audición se siguiera deteriorando.

En cualquier manual médico mi curva tonal es una Hipoacusia neurosensorial.

No entiendo dónde estudiaron, y qué, los médicos que me atendieron.

RESULTADO: VIVÍ 33 AÑOS COMO NORMOOYENTE CUANDO NO LO ERA.

 

Mi historia

Nací en una clínica del barrio porteño de Once. Al otro día, mis progenitores me llevaron a Lanús, Villa Caraza, donde viví hasta los veinticuatro años.

Nací mal. Debí nacer el 20 de octubre de 1977, pero por un retraso sin solucionar en el embarazo, salí al mundo con parto asistido por forceps el 28 de octubre (del mismo año, por suerte)

En la ficha de mi nacimiento dice: Depresión Neonatal.

Esto quiere decir que nací con un problema congénito. La hipoacusia (sordera) congénita significa que fueron por causas no hereditarias si no por problemas en el momento de nacer. Eso es lo que tengo ahora y lo que siempre tuve: Hipoacusia (sordera) congénita bilateral. Así, por lo menos la llaman los médicos. Pero el camino a obtener un cuidado y un certificado de discapacidad fue largo: recién a los 36 años pude poner en orden ese aspecto médico. Costó bastante.

En el nacimiento tuve asfixia, condición que se llama hipoxia isquémica perinatal. La neonatóloga le dijo a mi madre que podía ser que su hijo, o sea yo, escribiera por debajo del renglón en el colegio. Eso no pasó, pero sí tuve una de las consecuencias de ese tipo de nacimiento que es: alteraciones auditivas (sordera, se mueren las células ciliadas del oído por lo que se sabe hasta ahora, o por lo que sé y me dijeron)

Nunca escribí por debajo del renglón y, cómo verán, la escritura siempre fue uno de mis fuertes.

Siempre escuché mal y me apoyé en gestos, el pizarrón, otros de al lado, lo que fuera, para estar a la par de los demás.

Nací mal, sin llorar. No sé cuántos segundos fueron.

De chico, recuerdo imágenes de los dibujos de la televisión, pero cuando me junto con amigos de mi edad, ellos pueden recordar nombres de los personajes y otros detalles auditivos que yo no recuerdo ni nunca supe. De hecho, mi programa favorito era La Pantera Rosa. Desde chico que me fascinan las imágenes.

Ya en el colegio secundario, bromeaban de que yo era como Forrest Gump (Run Fares, Run; me decían, no los juzgo, me causa gracia) y compañeros de otros cursos me preguntaban por qué me acercaba tanto para hablar y giraba mi cabeza en un ángulo de 45 grados. Solía evitar el recreo, la reverberación de ese techo de chapa hacía que escuchara peor a los demás.

Igual, nunca entendí bien lo que decían los demás. Un cincuenta por ciento llegaba a mis oídos. Y ese cincuenta por ciento o menos, es lo que me permitió ser hipoacúsico poslocutivo. Nunca escuché bien mi voz. Siempre fue como estar en una caja (como pueden ver en los videos de El hombre lámpara que hice en YouTube; soy yo con una lámpara en la cabeza; así era yo)

Y las condiciones de adaptación se complican mientras crecés. Esto es CLAVE (tenganlo en cuentan los que estudian estas cosas; creo que ya lo saben por lo que aprendí)

Así y todo nunca me llevé una materia, fui abanderado, esas cosas que no sirven para nada ni tampoco deberían porqué servir. Estudié inglés. Sé leer muy bien y escribir bastante bien en inglés. Pronunciar se me complica un poco (menos ahora gracias a los audífonos), como saben mis amigos. Ahora, a los 41 años, con audífonos adecuados por primera vez, me las arregló bastante bien. Pero llevó más años y pesares de los que debería haber llevado. Es como nacer de nuevo, o algo así.

Los médicos de Lanús, Caraza, les decían a mis progenitores que a su hijo “le faltaba calle”, por ejemplo. Aunque de chico tenía mi grupo y jugaba en la calle. No sé a qué tipo de calle se referían. Tenía ocho años o menos. La responsabilidad es de los supuestos “profesionales” no de mi familia. Esas cosas son nefastas.

Nunca me hicieron un potencial evocado antes de los 19 años. Ni seguimiento por cómo nací. Si me agarraba un berrinche o algo, mis progenitores pensaban que estaba poseído o que era caprichoso. Aunque siempre me porté muy bien en todos lados y nunca tuve problemas de conducta.

A los dieciocho años (19 según dice en las audiometrías), comencé a hacerme logoaudiometrías y estudios audiológicos porque algo andaba mal. Potencial evocado también. Para los suspicaces (que siempre hay) el potencial evocado no depende de responder a nada; te ponen unos electrodos en la cabeza y el cerebro responde a los estímulos auditivos mientras no hacés nada. La cara de la médica y los resultados dieron por sentado lo que ya estaba claro. En una logoaudiometría, en vez de coser, dije coger (de agarrar para mí; no lo decía como lo decimos los argentinos) La fonoaudióloga salió a entregarme el estudio riéndose. He contado alguna vez riéndome esto.

Me egresé, terminé en cuatro años la carrera de Diseño de Imagen y Sonido, en la Universidad de Buenos Aires, así que en los 21 años ya estaba egresado; quería filmar. Para eso entré ahí. Quería hacer películas. En la facultad seguía viendo que todos entendían a Los Simpson y yo no, que no entendí la mayor parte de las conversaciones grupales. Terminé la facultad extenuado, muy flaco; lo recuerdo.

En ese tiempo trabajé de meritorio en una productora y luego en otra, un trabajo extenuante en el que a veces no dormía (no había horarios, ni paga correcta, nos explotaban) Ahí, a los 25 empecé a escuchar más el tinnitus (zumbidos), así que definitivamente fui a pedir alguna solución a mi problema. Me dieron un audífono por primera vez en mi vida, que no servía para perdida (era un médico de tinnitus, no de sordera, así y todo dejó asentado la hipoxia perinatal) Luego, un compañero de universidad me hizo notar cómo me cambiaba la cara cuando usaba el audífono.

Trabajé en una película como compositor de efectos visuales y luego dejé todo para filmar lo mío, me puse a crear, producir y dirigir Mundo tributo, un documental que siguen emitiendo en televisión (y cuya repercusión va más allá de mí, como debe ser con todo lo que vale).

Como dije, lo dirigí, hice el diseño de producción con Leo Rosales y también me encargué de la cámara en gran parte del largometraje documental.

De ahí en más, mi vida fue una lucha constante para seguir filmando y hacer que los demás, no yo, entendieran lo que me pasaba con la audición.

A los treinta años estaba distribuyendo sólo mi película Mundo tributo, terminé un noviazgo de ocho años, una buena relación. Dejé entrar a otras personas en mi vida.

Una de esas personas una vez vio por su cuenta Mundo tributo. Vio que yo no podía seguir filmando por falta de medios. Se puso a llorar. Me afectó eso. Me dijo que me iba a ayudar. Me puse a trabajar en la ficción que tenía lista desde antes de Mundo tributo, una por la que luego gané un premio (Gualicho), y en el interín, me dieron el certificado de discapacidad (CUD), por hipoacusia bilateral de moderada a severa, dos audífonos, y me empecé a adaptar a eso, mientras era feliz porque estaba con alguien que quería y apreciaba y estaba trabajando en lo único que me hace feliz. Pero esa persona me terminó diciendo que filmara casamientos, algo que para mí (sin tener en cuenta otros detalles de mi condición, digamos) es como decirme que escale el Everest para encontrar el Santo Grial en la cima.

En ese tiempo, fui a pasar la junta para el certificado de discapacidad auditiva a las cinco de la mañana, solo, recuerdo que leyendo un libro de William Burroughs (Ciudades de la noche roja). Volví y tuve ganas de llorar. Luego seguí con esa relación amorosa y aprendiendo sobre cine, filmando como podía, y superé de alguna manera ese momento clave en mi vida.

Agradezco igual que esa persona me haya acompañado en ese momento, tal vez la vida hubiera sido más horrible si no. Tal vez, hubiera sufrido menos también. Esa persona dijo antes de partir que no podía ser que yo no escuchar el timbre (lo que me hizo replantear mi identidad y también la de esa persona) Esas cosas comunes a los sordos (el timbre, la negación)

Ese tránsito a mi vida con audífonos no fue supervisado por nadie. Y cuando es así estás listo. Me dieron la discapacidad, los audífonos y a la calle. El entorno no caía. Y mis esfuerzos porque entendieran si caía: en una bolsa oscura sin fondo. Por eso será que en esa época hice un cortometraje llamado Cine (Cine sordo) Creo que no tengo nada que agregar al respecto. Lo que pasó después entra al terreno de la incomprensión familiar y de cómo una bola de nieve armada entre pareja y familias te puede llevar puesto y arrastrar un largo camino.

Por primera vez, estaba con dos audífonos y certificaban, digamos, mi problema auditivo. El certificado sirve para obtener los audífonos (que salen como 200 mil pesos hoy en día). Para no mucho más.

Pero hubo un problema grave. Los que me dieron certificado de discapacidad y audífonos no citaron a mi familia para hablar de lo que yo iba a vivir. No citaron a mis seres queridos tampoco. Seguí solo, con una novia joven que me ayudaba como podía.

En 2014, perdí todo eso. Novia, Trabajo e Identidad (¿No entendían que era sordo? ¿Era sordo? ¿Recién me habían dado audífonos y discapacidad auditiva como todos sabían pero eso no significaba nada?)

Mis progenitores, no asesorados, negaban mi problema auditivo (duelo, negación, es de manual), mi ex novia de ese entonces no entendió lo que eso me hacía.

Quedé solo. Pero esta vez era estar solo sin mí.

Tuve que salir a descubrir y a luchar todo de nuevo. Mi sordera casi se convierte en un en Meniere (no tenía Meniere, algo que sugirió un homeópata -ocupación peligrosa si las hay- no tenía autismo, a los profesionales les causó muchísima gracia lo que ocurrió; en mi búsqueda un profesional descuidado me mandó a ver The Big One Theory, porque pensaba que yo era como Sheldon; no quiero ridiculizar más a alguien que piensa que ceguera y autismo o sordera y autismo son compatibles; tengos mis pensamientos sobre algo que he investigado hasta el fondo, acompañado con gente que sabe más que yo del tema; es sólo un ejemplo de confundir una identidad con otra, una patología con otra por simplemente no saber bien o por una conveniencia económica)

Sigamos. Me fui a trabajar de cadete a una Obra Social, porque mi familia decía que yo no trabajaba (para ellos el cine no es trabajo, es una ilusión; para ellos todo lo que trabajé en cine y audiovisuales no era trabajo) Fui a trabajar con la esperanza de recuperar a una mujer. Algunos me decían: Los pelos de una concha tiran más que una yunta de bueyes.

Yo digo que lo que tira más que una concha y una yunta de bueyes es la identidad. Y pensar.

Estuve encerrado en una habitación oscura, sin nadie, en un trabajo donde luego llevaba empanadas, levantaba bidones de agua, llevaba cochecitos de bebé al correo, hacía trámites, y era maltratado por no escuchar la chicharra de que te están abriendo la puerta (y tocar timbre otra vez para que te abran; aunque uno lo expliqué cincuenta veces; no entienden: no pueden o no quieren entender)

Casi termino mal.

Terminar mal es relativo, pero cada uno sabe lo que significa terminar mal en algún momento de la vida.

Llegaba llorando a mi casa, caminaba el largo pasillo hasta la puerta de mi casa, mi apartamento, y luego me tiraba al piso a enrollarme como un feto. Nunca lloré tanto en mi vida.

Estaba triste. Pero mientras trabajaba en la Obra Social, me llegó una carta terrible de esa ex novia que obviaba totalmente el momento que yo estaba pasando y me trataba como un desconocido (cuando esa persona se fue riendo de mi vida) Y lo peor es que estigmatizaba mi manera de actuar y ser como un problema ajeno al auditivo. Eso me destruyó totalmente.

Pero es pedir demasiado a gente que no estudió el tema. No es su responsabilidad pero sí del contexto. De los que saben o deberían saber.

Perdido, terminé en un Hospital de Día (entrás a las dos de la tarde salís a las seis), para dejar ese trabajo al que había ido con esperanzas de que el futuro cambiara. Fumaba cigarrillos toda la mañana, luego entraba a ese lugar. No hablaba. Mis compañeros podían reír. Eran muy graciosos. Los recuerdo con mucho cariño. Pero lo negro nunca fue tan negro. Un mes y bastó para que pidiera volver al lugar oscuro y sin baño. Tenía que salir de ahí.

Un psiquiatra dijo depresión. Pero uno a veces tiene que estar triste porque pasan cosas. Tres duelos juntos es demasiado. No creo en la depresión porque hay una dicha que nunca me deja. Y la tristeza siempre existió hasta en los poetas más felices.

Hay que pasar por eso. Y a veces hay que llorar, no importa cuanto tiempo.

Así que por favor, nunca acerquen a un sordo o hipoacúsico que no sepa del tema a un psiquiatra (ni psicólogo que no esté preparado) porque es como darle un mexicano a Trump o llevarle un judío a Hitler para ver qué opina.

Un ejemplo es que mi escritura, mi manera de textear, en vez de hablar, pasaba a ser una patología, me medicaron, me hicieron perder tiempo (no todos los terapetuas son malos, algunos ayudaron con su paciencia e inteligencia; aprecio la piedad) Pero no deja de ser peligroso.

Pasó mucho tiempo para que yo torciera todo eso. Y todavía no sé cómo lo hice. Creo que con voluntad. Pero entendí muchas más cosas en el camino.

Siempre creí en la ciencia, me molestan las otras creencias, me molesta lo irracional. En ese interín, gente que quiero, para solucionar con la magia lo triste que yo estaba, me trajeron a una especie de manosanta a mi casa.

Evité una violación. Ese es el peligro de creer en estupideces en las que yo nunca creí (y las que toda la vida me molestaron profundamente y me llevaron a tener diferencias con otras personas)

Mientras tanto, una de las mejores fonoaudiólogas de acá, a la que dí en mi búsqueda, me dijo que los audífonos de 2014 estaban mal calibrados, mal adaptados y que todo era un ruido insoportable para mí; no sólo no podía escuchar bien si no que todo era más ruidoso e inentendible.

Me reguló los audífonos y cambió las puntas (ese día que volví y vi la televisión y entendí por primara vez sin subtítulos lo que decían) y pidió nuevos audífonos porque la potencia de los que tenía ya no alcanzaba.

Con certificado de discapacidad los pedí a la Obra Social y llevó cinco años que me lo otorgaran. Tuve que pedir amparo porque no había manera de obtenerlos. Recién me los dieron cuando una otorrina certificó que si no tenían que pagar implantes cocleares.

Perdí más tiempo yendo de un lado a otro, sin que me dieran audífonos hasta que el amparo surtió efecto.

Desde el año pasado (2018) que tengo audífonos nuevos con moldes personalizados a mis oídos.

No sirve de nada porque más o menos desde que me los dieron la productora de mi película decidió no hacerla (a la que el INCAA le dio todo el poder), me dejó sin trabajo, sin película, sin carrera, sin paga, en la calle prácticamente. No los uso para trabajar porque no me dejan filmar; el INCAA utilizó el dinero de mi premio en otra cosa, parece ser.

Trato de escuchar música con auriculares, algo que nunca hice en mi vida, para tolerar el tinnitus (en mi caso se llama, por la intensidad tinnitus catastrófico o severo) Es durísimo aguantar a esos grillos en mis oídos, el zumbido constante, especialmente cuando estoy solo y me quito los audífonos. Es mucho peor que no escuchar bien y si no existiera la música creería que es mucho peor que no escuchar nada.

Tengo perdida de audicion severa y tinnitus catastrófico. Lo que no tengo ahora es inclusión. Con inclusión me refiero a poder trabajar en lo que tanto esfuerzo puse en mi vida y lo que me sacrifiqué y demostré que sé hacer. Los otros caminos llevan siempre a la brutalidad. Quiero estar con la gente que elegí estar.

Por no tener dinero, tuve que dejar ir otra relación (otra persona que se alejó porque me dijo que yo “no daba resultados”) Es fácil dejar ir a personas así. Pasa, igual, la sociedad es así; la vida social no es simple. Y del aire no se puede vivir. La gente pide cosas, y yo también.

No quiero ocultar estas cosas, porque lo que me pasó a mí, puede pasarle a otros y a otras.

Cada uno sabe lo que se merece y lo que no, y es nuestra responsabilidad luchar por eso.

Tal vez, sin darme cuenta, lo que estoy dejando ir ahora, es a este país. O a una manera de pensar y de actuar que debe, sí o sí, cambiar.

En este siglo XXI, ya no hay verdades parciales. Hay gente que actúa bien y gente que actúa mal. Hemos recorrido un largo camino para que estas injusticias e inconsistencias no vuelvan a repetirse. La invisibilización, la intransparencia de las personas hacia la discapacidad auditiva, incluso las del entorno más cercano, familiar (manipulación patriarcal de la realidad, por decirlo de una manera suave, cosas que uno descubre con el tiempo) a veces duele mucho.

Ha sido un largo camino. Duele el desamparo. Duele la incomprensión. Duele la injusticia.

por Adrián Gastón Fares, 2019

PD: “…como consecuencia, el utilitarismo pasa por alto uno de los requisitos morales indispensables que, según Rawls, debería poseer una teoría de la justicia: la individualidad” Descubrir la filosofía 33. El filósofo de la justicia. John Rawls. Angel Puyot

Cita directa de Rawls: La justicia es la primera virtud de las instituciones sociales, como la verdad lo es de los sistemas de pensamiento.

Adjunto una fotografía fiel de mi audiometría de 1999, a los 21 años recién cumplidos. Con el tiempo bajarían algunos casilleros (no tanto) mi umbral auditivo. O sea, ya tenía hipoacusia y nadie se dio cuenta.

Recién a los 32 años me dieron los otorrinos diagnóstico de hipoacusia neurosensorial y me enviaron a tramitar el certificado de discapacidad (Certificado Unico de Discapacidad, CUD) y usar dos audífonos (pasarían casi 13 años desde la audiometría de la fotografía y 32 años de vida si tenemos en cuenta que nací con depresión neonatal, que causó la hipoacusia)

Portada de una de las audiometrías que deja constancia de mi pérdida de audición ya en 1999 y de la falta de diagnóstico médico consecuente.
Una de las audiometrías que deja constancia de mi pérdida de audición ya en 1999 y de la negligencia en no informarme el diagnóstico de hipoacusia neurosensorial bilateral ya a mis 21 años.

Insistir con que lean Intransparente (y se viene un cuento nuevo)

Les recuerdo que pueden leer mi novela. Por otro lado estoy corrigiendo un cuento que escribí en mi cumpleaños.

Intransparente. Novela. (Ficción, Narrativa Argentina) Escrita y publicada por Adrián Gastón Fares. Géneros: Intriga, psicológico. 180 páginas aprox.

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PREFACIO

Aquí publico en exclusiva en este blog mi última novela ahora llamada Intransparente.

Con los Links que están arriba pueden descargarla  en versión .mobi (Kindle), .epub (FBReader otros dispositivos para leer libros electrónicos), y leerla directamente en el explorador en PDF.  Son links seguros. Además, tuve que aprender maquetación de libros electronicos para llegar a esto, así que descarguen con confianza.

Como estuve abocado al trabajo arduo y tan gratificante de mi nueva creación, Mr. Time, (que a diferencia de esta novela, es guion, por lo menos por ahora, y es de género fantástico y terror) se me ocurrió publicar directamente en este blog la última obra de largo aliento que escribí (después de Gualicho/Walichu, claro, que también es guion) Otro motivo es que el trabajo de Diseño de producción y Dirección que llevo adelante para Gualicho, no me deja mucho tiempo para seguir escribiendo los cuentos que luego transcribo en este blog. (Nota a la fecha: me las arregle para seguir escribiendo todos los días)

Agrego que Intransparente es bastante virgen de lectores, dado que, por lo menos que yo sepa, pocas manos han rozado sus hojas virtuales.

Una de ellas fue la de Marcelo Guerrieri, escritor, antropólogo y profesor argentino al que agradezco el estímulo para que le buscara un editor, algo a lo que nunca me dediqué, y el de Lorena, una amiga de infancia, investigadora y profesora de Historia del Joaquín V. González, que insistió con que esta novela era buena e incluso vio en ella cosas que yo no había visto.

Supongo que Intransparente será un eufemismo para Opaco. Pero a mí no me suena lo mismo. La Intransparencia connota una intención que la opacidad no. Y es esa intención, y los hechos que vengo viviendo, y viendo, en este país, Argentina claro, hace años, que me llevaron a este nombre con el que espero que la novela se sienta más identificada.

Intransparente tiene dos o tres racimos del los que el lector puede -espero- disfrutar.

El primero es la trama principal. El hijo de Baldomero intentará saber la verdad sobre su padre, un psicólogo que los medios vinculan, luego de su muerte, con la última dictadura militar argentina. Como en el guión por el que fui seleccionado para un Laboratorio en Colombia, Intransparente trata el tema de la última dictadura militar argentina. Pero a diferencia de ese guión, en Intransparente, la dictadura militar no es el único tema.

Aclaro, por que me lo han preguntado en Colombia, que no soy hijo de desaparecidos, ni tengo en mi familia ningún pariente militar o relacionado con la última dictadura militar. Lo que pude investigar del tema me dejó una impresión muy dolorosa, donde los descendientes de ex militares procesados llevan una dura mochila. Lo mismo, ya sabemos, con las víctimas directas e indirectas. Es una herida abierta que Argentina no ha cerrado aún. Y que a mí personalmente, sin haberlo vivido directamente, me produce un profundo dolor.

Sigamos.

O sea, la historia es una invención mía a partir de la pregunta que uno se hace muchas veces: ¿de quiénes venimos? Ya que de dónde venimos me parece una pregunta que no tiene respuesta es mejor dilucidar la del párrafo anterior.

Lo mismo ocurre con los personajes, no hay ninguno basado en personas de la vida real (y las historias son todas distorsiones e invenciones mías) salvo la enanita con la que el protagonista pasaba sus tardes de infancia en Lanús. Diré sin rodeos que esa sí es mi Tía María, una mujer, una de las fosforeras de Avellaneda, con secuelas físicas tal vez de su trabajo, o no, que me ahorraré de describir, a la que yo visitaba diariamente de chico en una casa chorizo igual a la de la novela, y que me contaba historias de su Avellaneda de antaño, algunas de las cuales traspuse en esta novela. Así que las historias que cuenta esa mujer en su casucha, incluso las que parecen más fantásticas, son cuentos de sus cuentos, y hasta lo que yo sé, han ocurrido o han pertenecido a este mundo y no son enteramente invención mía, sino de esa mujer alegre a la que perdimos hace mucho tiempo, y a la que extraño cuando llueve y no hay otro lugar para ir a tomar mate ni otra persona que me cuente historias de la manera que ella contaba.

El segundo racimo pertenece a las noches que pasé investigando específicamente para escribir la novela, cuya manifestación más clara está en la Tercera Parte de la misma.

En la Tercera Parte se exponen una teorías que tienen que ver con los colores, la procedencia de las tinturas, y el poder. A modo de parodia de otros libros afines escribí sobre el anterior asunto y me quemé las pestañas leyendo textos sobre el poder de ciertos hongos, caracoles y pociones, releyendo La Odisea, Los Mitos Griegos y La Diosa Blanca de Robert Graves, más vaya uno a recordar qué otros textos más incorpóreos, para que el protagonista exponga una teoría del color púrpura, de los campos unificados, y de la posibilidad de que los grandes relatos fantásticos ancestrales no sean una mera invención sino una realidad sentida y contada.

Los comentarios sobre Intransparente, públicos o privados, serán más que bienvenidos.

Aclaración : La portada es de mi autoría, con la ayuda de Gabriel Quiroga (a quien le encargué la Ilustración) Este ente transparente se llama: Santiago Cooonde.

Por Adrián Gastón Fares