Kong 17

Querido Adrián (¿o debo llamarte Gastón como te dicen algunos extranjeros?)

Jamás he vendido una Impresora Riviera. Sí tuve un romance ocasional con una vendedora cuando recién había sido incorporado a la empresa.

Nos suelen sacar las impresoras de la mano, como diría un vendedor, así que la publicidad que hacemos es mínima. Los No-seres son tan útiles para los humanos que la gente sólo piensa en traerlos al mundo.

Toman agua, ya que son organismos como cualquier otro, y toleran mejor el cloro que nosotros. Claro que depende del No-ser.

He llegado a ver un No-ser creado por un panadero que era un brioche. Al panadero le encantaba que el pancito respirara, su parte superior se elevaba y bajaba. Lo usaba para decorar la vidriera de su panadería francesa. Como supondrás este organismo ni tomaba agua ni comía, sólo se cargaba o alimentaba con los rayos solares.

Así que a algunos les gusta crear estos organismos simples que a mí me tienen sin cuidado.

Más allá de eso, un pan que respira es algo hermoso.

Por lo demás, el gorila que lleva mi apellido me estuvo espiando. Conoce todos los lugares que frecuento gracias a Taka. La intención de este grupo está clara: quieren liberar a los No-seres que tenemos presos en la zona de seguridad de la empresa. Aclaro que los No-seres no estaban organizados antes y hace pocos años que algunos se unieron para defender unos derechos que nunca tuvieron y declararnos la guerra.

El otro día apareció en la reserva ecológica una almeja gigante. Me encomendaron el caso junto al inspector Paulo. Es más robusto que yo, tiene mi edad pero parece mayor. Es confortable tener un compañero. Desde que Taka se pasó al otro bando, al que en realidad siempre había pertenecido, hacía mi trabajo más bien solo.

Sobre el río, detrás de la almeja gigante, flotaba una lancha. En el vehículo el gorila hacía retumbar su pecho con los golpes secos de sus puños peludos. A su lado estaba Taka. La encontré más bella aún. Parece haber mejorado su postura y su vestimenta. Pude ver que llevaba un vestido con el cuello redondo, de color azul.

Detrás del gorila y Taka estaba un hombre de traje negro con la cara muy larga, desproporcionada con el resto del cuerpo. No se trataba de un enano, si no de un No-ser de un metro setenta, pero repito, su cara angulosa y puntiaguda llegaba hasta la mitad de su torso. La melena larga y negra. Me habían hablado de este No-ser que era probable que fuera el cerebro de los insurgentes y la actual pareja de Taka. Así que me entristecí. Pero enseguida dominé la tristeza y recordé las cosas que tenía que recordar sobre Taka.

Ella apareció por primera vez entre los senderos de una plantación de flores un día en que los rayos solares fueron tan potentes que arruinaron toda la cosecha de ese año. La encontraron riendo sin ningún motivo en el campo.

Pero no quiero desviarme de mi narración. La lancha se alejó a toda marcha. Pensé que tal vez era la última vez que vería a Taka, aunque a ciencia cierta no lo podía saber. Antes de perderla de vista, Taka se desabrochó su abrigo y en la remera que tenía debajo figuraba una inscripción en hiragana. Pude leer Itsumade. El significado de esto no me quedó claro, ya que no sé bien japonés. Sí entendí que el gorila que la acompañaba era un guardaespaldas. El semi animal contrastaba con la pequeñez de Taka. ¿Qué me estaría queriendo decir Taka? No era un buen momento para pensarlo.

La denuncia de la almeja gigante en la reserva la hizo un cuidador. El hombre no paraba de reír. El No-ser emitía un gas de tonalidad azulada que se estaba extendiendo por la costa. Las valvas de la almeja estaban casi cerradas, pero de su separación sobresalían dos tentáculos. Uno de ellos, el sifón exhalante (las almejas tienen uno inhalante también) expelía el colorido gas.

Convenimos con Paulo en que no podíamos llevarnos en la camioneta a semejante monstruosidad. De hecho, el No-ser que había dejado el hombre de cara larga y sus secuaces tenía un tamaño de tres camionetas apiladas una encima de otra.

Bajamos de la camioneta con guantes y máscaras antigás.

Lo primero que pensé fue ¿cuántas paellas podrían hacerse con semejante bicho? Me dieron ganas de reírme, pero me di cuenta que el gas de alguna manera se me estaba colando en la máscara y era la razón de la alegría estúpida que me dominaba. El cuidador no paraba de largar carcajadas señalando la almeja y se había orinado en sus pantalones.

Entonces, mientras veía la línea oscura que dejaba la lancha en el río y la espalda peluda y enorme del gorila que se alejaba en ella con Taka y el otro No-ser, me di vuelta para mirar hacia donde se dirigía el gas. Se iba expandiendo por la costa pero también flotaba sobre las malezas a mis espaldas.

Había varios árboles. Alrededor de uno de estos, una higuera, el gas se había instalado. Caminé con Paulo hasta el árbol. Los frutos eran nada menos que caras. Las caras, de facciones orientales, parecían pequeños dioses budistas y no paraban de reír.

Taka me había contado una historia parecida. A Taka le gustaba contar historias, es una de las cosas que extraño de ella. Ese árbol tenía que ser su creación.

Si estábamos en la historia que yo pensaba entonces había una manera de recoger esos frutos.  Les pregunté, con voz gangosa a través de la máscara, qué pensaban hacer el fin de semana. Sin parar de reír, las caras-frutos se miraron unas a otras.

Una debía estar más madura que las otras ya que se envalentonó y respondió lo siguiente: Reírnos.

Ni bien la cara-fruto terminó de decir esto cayó al suelo. Paula la recogió y la metió en una bolsa de arpillera grande con la R de Riviera tejida en color rojo que tenemos para estos casos. No debíamos dejar rastros de ese árbol del demonio que podría contagiar la risa insoportable a los humanos.

¿Eran sólo unas caras risueñas o tenían un mísero nombre?, les espeté para molestarlas un poco. Contestaron todas juntas nombres inteligibles y se desprendieron y cayeron al suelo como paltas maduras.

Recogimos todas las caras-frutos del suelo, que ya no reían y las dejamos en la camioneta.

La almeja, con sus estrías azuladas, sus valvas entrecerradas y sus tentáculos casi hundidos en la arenilla era intransportable para nosotros. Seguía despidiendo ese gas que lo nublaba todo y que había convertido al cuidador en una especie de bebé incapaz de controlar sus esfínteres. Nos volvimos a acercar, pero a la mitad del camino el No-ser separó sus valvas y expulsó a un segundo ser de cara larga.

Bañado en una especie de plasma rosado el nuevo No-ser se incorporó, se deshizo de la baba que lo recubría, cortó un asqueroso cordón umbilical que lo unía al molusco, y empuñó una ametralladora que sacó de su traje en un santiamén, con la que nos apuntó y disparó.

La niebla le jugó una mala pasada porque la ráfaga de disparos fue a parar al árbol de las caras, ya sin esos molestos frutos por suerte, que se derrumbó a nuestras espaldas y que para colmo se prendió fuego.

El custodio de la reserva fue alcanzado por la ráfaga de disparos y dejó de reír y de orinarse en los pantalones. Cayó muerto.

Nos dio tiempo para sacar nuestros pistolas con dardos tranquilizantes para No-seres y disparamos. El No-ser de cara larga, que era una especie de gemelo del de la lancha, quedó tendido en el suelo frente al molusco gigante.

Nos comunicamos con nuestros jefes para que enviaran un vehículo que pudiera remolcar a la almeja hasta el hangar donde guardamos los especímenes más grandes. Mientras tanto, el No-ser de cara larga despertó, se llevó algo a la boca y luego de succionarlo comenzó a convulsionar. Tratamos de interrogarlo pero murió en nuestros brazos.

Lo empaquetamos para trasladarlo a la morgue de Impresoras Riviera. La autopsia de los No-seres es un proceso delicado que sólo tres científicos argentinos especializados en estos organismos pueden realizar. Suele ocurrir que un No-ser muerto se levanta como un zombi y debe ser neutralizado.

A veces proyectan su verdadero ser, podemos decir, que no era otro que el que estaba oculto en el No-ser que lo contenía, así que un nuevo cuerpo se despega del No-ser muerto y ensaya un sucedáneo de viaje astral para escabullirse de la camilla.

Por lo general, en estos casos quedan flotando en un vértice de la habitación y hay que capturarlos.

Bueno, la almeja gigante, que cesó de expeler ese gas inmundo, está en nuestra área 51, como me gusta llamar al lugar donde sólo los inspectores de alto rango como yo pueden acceder.

Tengo otro caso ya mismo. Sólo te adelanto que una otaku (o amante de la cultura japonesa, como sabrás), creó un No-ser que es un fantasma nipón, de cuello largo, varios metros, que termina en una cabeza humana horripilante, pelada y con los dientes ennegrecidos.  Y que la cabeza, siguiendo estos cuentos, se mete en la casa de cualquier vecino para robarles el oxígeno y comerse a sus mascotas.

Allí iremos con Paulo, porque el deber nos llama.

Estaremos en contacto, Adrián.

Von Kong.

Kong 16

¿Qué tal, Kong?

¿Cuando empezaste fuiste vendedor de las impresoras biogenéticas Riviera?¿Vendías las impresoras que ahora confiscas a los que las usan para crear No-seres ilegales?

¿Te parece bien, Kong? Digo, perseguir No-seres. ¿Son tan mortíferas y peligrosas las creaciones de la mente humana?

Otra pregunta: Los No-seres. ¿Suelen crear No-seres? ¿O sea usar las Impresoras Riviera para crear otros entes como ellos?

Bueno, el otro día, siguiendo un plan mecánico que vaya saber qué significa para mi inconsciente, atendí el llamado de un desconocido. Si bien ahora formalmente no necesito trabajo porque tengo bastante, la curiosidad fue más fuerte.

Juan –voy a conservar su identidad intacta– me dijo que no podía revelarme de qué se trataba el trabajo ni la remuneración. Me preguntó si me interesaba el dinero o el crecimiento entre otras preguntas existenciales como si prefería trabajar freelance, en relación de dependencia y si part-time o full-time.

Ante mis respuestas, me citó en un conocido hotel internacional.

Después, pensé que es peligroso ir a una entrevista de ese tipo. Ni siquiera conocía el nombre de la empresa empleadora. No me había pedido el CV ni había sabido decirme bien de dónde me había sacado. Me podrían quitar los órganos o algo así y nadie se enteraría. O me sacarían en una caja de cartón para venderme como esclavo.

A las once de la mañana me estaba tomando un café en el restaurante del hotel, buena presencia me dijo Juan, así que me puse la campera nueva, que en realidad es un buzo pero cumple las funciones que yo requiero de estos abrigos, que es que sirva a la vez para tapar el cuello, porque odio usar bufanda. Abrí un libro de Ramón Menéndez Pidal, un estudio literario sobre El condenado por desconfiado.

Hago un aparte. En esta obra, se pondera la intención de un ladrón por sobre la virtud de un sabio ambicioso y egoísta. Pidal explica que la historia tiene las raíces hundidas en la literatura oriental.

Ahora que te mandó este mensaje mis cavilaciones giran alrededor de este tema. Ya lo había pensado. Te cuento que no practico tai chi sino yoga. Se ve que hay ligeras desviaciones entre la información que te mando y la que te llega. Yoga.

La otra vez en la practica pensé. ¿Cuál es la diferencia entre un ser humano que toma sol en una reposera y otro que medita?

Te diré, Kong, que pienso que no hay ninguna diferencia. La única es la intención. La mujer o el hombre que toma sol sólo piensa en cómo su piel se verá beneficiada por el tinte anaranjado que la teñirá para hacerla más bella y saludable –no sé en la tuya, pero en mi época la palidez no es recomendable, más bien se relaciona con los zombis, las poseídos, vampiras y vampiros, y otros seres aún inexistentes en esta dimensión, o por lo menos eso creo–. El que medita tiene por fin terminar con el apego a lo terrenal que genera su ego y así unir su espíritu a la totalidad. Por lo menos eso es lo que voy entendiendo de la meditación.

La intención. El savasana tiene que ver más con la relajación, pero es lo mismo. Intención. Me gusta esta palabra que empieza con i y termina con n.

Sigamos con el tema central de esta misiva. Tuve que cerrar el libro de Pidal.

Juan me vino a buscar a la recepción del hotel y me guió a su oficina. Me ofreció un chocolate caliente que rechacé y nos sentamos a escrutarnos con los ojos y los oídos.

Preguntó cuál era mi trabajo preferido. Hablamos de cine, de escribir, de los extras, porque él había sido extra de cine, y se había desempeñado en otras tareas relacionadas con el espectáculo como la seguridad.

Sí, Juan había sido guardaespaldas de un empresario de la música que traía estrellas de rock internacionales para que tocaran frente a las masas argentinas enardecidas. Me aseguró que su trabajo, que tenía que ver con la seguridad de las estrellas, era, valga la redundancia, seguro. El aspirante a delincuente debía pasar varios puestos en un estadio hasta donde estaba Juan despreocupado para detenerlo. En las calles era más fácil porque nadie sabía que, por ejemplo, Axl Rose, iba en tal coche y así los posibles atentados se atenuaban.

Estos trabajos, si bien placenteros, como el de extra, y redituables, como el de seguridad, que incluso contaba con la ventaja de ver los shows gratis y de cerca, no servían para el objetivo económico y la realización personal de Juan.

¿Por qué?

Existía otra manera para él de llegar al éxito, de disponer de mucho dinero y que el dinero generara tiempo libre para ocuparse, en sus propias palabras, de tu abuela moribunda, por ejemplo, porque en un trabajo en relación de dependencia, eso era imposible: a tu jefe le importaba tres pepinos tu abuela (aclaro que en mi presente los tres pepinos salen bastante caros, con lo que un jefe podría encontrar esta comparación poco favorable; en el tuyo, Kong, tal vez no existan o hayan evolucionado y tengan otro nombre)

Hago otra digresión para acotar que me pareció un golpe bajo de manipulador lo de la abuela moribunda. En la parte estaba el todo, ese pequeño desliz, podía anticiparme lo que me esperaba y si hubiera usado mi instinto como un animal me hubiera levantado en ese mismo momento.

Ok. Juan manoteó su bolso y extrajo dos libros. Los dos eran del mismo autor hawaiano de origen japonés, cuyo nombre no recuerdo, pero cuyas obras exhibidas por mi anfitrión sí, especialmente una, que ya había visto en algunas residencias: Padre rico, padre pobre (o al revés, lo mismo da)

En una hoja, Juan trazó una línea recta vertical y puso de un lado la letra E y la A, y del otro la D y la I. La E.

La E, explicó, era de Empleado. El empleado tiene una ganancia fija, honorarios pactados, no tiene libertad y en suma representa a la evolución de la esclavitud. La A es de Autónomo, freelancer digamos, en ese caso para Juan no tenía seguridad económica, estabas atado por una demanda de trabajo oscilatoria y así serían tus ingresos.

A este primer grupo corresponden  el 95 por ciento de la población mundial. Al siguiente, el 5 por ciento restante.

Del otro lado de la línea, que era, calculo que no casualmente, finita, la D significaba Dueño y la I, Inversor. Si sos Dueño, tenés más tiempo libre y tal vez te acerques a la otra categoría, la de Inversor. Acá se crea un círculo virtuoso donde el dueño invierte, en otra franquicias por ejemplo, ve crecer su patrimonio, por ende su tiempo libre y su libertad. Chau, esclavitud. No serás más un simple asalariado.

Lo más preciado para Juan eran las vacaciones, mientras los empleados trabajan los dueños están en Playa del Carmen tomanado una caipi porque tienen más dinero y más tiempo.

Bien, la D y la I, generan ganancias residuales, acá estaba el punto clave, que permiten que puedas, por ejemplo, transferirle dinero y la empresa a tu hijo, que se beneficiará de tu esfuerzo mientras vos estás en el limbo. Como verás, Juan había sacado mucho provecho del libro.

Ahora bien, como hay que tener mucho dinero para llegar a ser dueño de una empresa y más para invertir, con la variable incertidumbre (por ejemplo, si ponés una pizzería puede quebrar) la solución perfecta para Juan era la Interdependencia.

Era lo que él me ofrecía.

Hay tres cosas que son imprescindibles para la gente en mi presente. Juan las enumeró de taquito: el agua, el aire y la basura (espero que entiendas, porque me salió escribirlo así, me refiero al acto de juntar basura o poder tirar los desechos que uno genera sin muchas vueltas para que uno no perezca bajo una montaña de mugre o le agarre la peste)

En ese preciso instante, Juan le pidió a su secretaria que le trajera dos vasos de agua. Me invitó gentilmente a olerlos y probarlos. Uno de los vasos tenía olor a cloro, el otro a nada. El primero tenía gusto a cloro, el otro a agua mineral.

Juan tenía preparado un frasquito con una solución química. Le echó una gota a los dos vasos transparentes.

El que tenía olor a cloro se convirtió en una especie de cloaca pequeña, agua amarronada, y el contenido del otro siguió límpido como si nada.

La diferencia estaba clara.

No me llevaría más de dos horas por familia ofrecerles la preciada compra a cada una de sus purificadores de agua, con eso sería interdependiente, me quedaría con un porcentaje de la venta, no debería preocuparme más por el financiamiento de mis películas y proyectos de cine y hasta podía seguir ganando dinero sin hacer nada, con su plan de ganancias residuales (que las aguas sucias también se llamen aguas residuales es algo que esta empresa jamás advirtió), siempre y cuando convirtiera a otras personas en vendedores lo maravilloso era que yo me quedaría con un porcentaje de sus ventas.

Y yo que había pensado que en el hotel me esperaría el productor más conocido de cine de la argentina, para hacerme una oferta que no podría rechazar. O aunque fuera, otro productor que buscara un script-doctor para su proyecto.

Pero no, se trataba de los más simple del mundo. El agua y cómo podías venderla aunque por ahora sigue fluyendo libre por todos lados –o casi todos, dicen que su desaparición es inminente y con ella la de nuestra especie, Kong. Aunque si me llegan tus mensajes por algo será.

Esa red de beneficios acuíferos crecería tanto como mis ingresos y esfuerzos por mantenerla y acrecentarla. Cuando yo ya fuera polvo o un montón de huesos sería transferible a mis descendientes, que gozarían el beneficio hasta que fueran polvo o un montón de huesos y lo cedieran a los siguientes. Era un círculo de ganancia infinita.

Le contesté a Juan que se parecía un poco al tema de los derechos de autor, pero aclaré que ciertamente el agua era más consumida que los libros, la escritura y otras derivaciones del acto creativo a los que me dedico.

Hacía dos horas que estaba escuchando a Juan, a la hora y media comencé a demostrar mis primeros síntomas de hastío y cansancio, así que le dije que por favor se apurara porque tenía otra reunión inminente.

A las dos horas, ante repetidos esfuerzos ineficaces para que mi cara conservara la forma inicial, le comuniqué que no tenía tiempo para ese tipo de trabajo.

De todo se aprende.

Juan había derrochado dos horas de su vida en una entrevista por no ir directo al grano. Si yo hubiera sabido de entrada de qué se trataba directamente, Kong, no hubiera ido. El muchacho inescrupuloso se la había jugado.

Su oratoria era bastante buena, sabía sostener el suspenso, dosificar la información, pero cometía un error que tenía que ver con la intención, el tema central, Juan bien podía haber estado hablando dos horas de vender ladrillos y era lo mismo.

Otro defecto de su discurso era la extensión. En los tiempos que transcurren, nadie puede estar dos horas escuchando una propuesta. Ese tiempo parecía funcionar alquímicamente, en otras personas se ve, para transmutar la conciencia del oyente y hacerlo permisible a la oferta de Juan.

Cambiar lleva tiempo y esas dos horas podían cambiar a una persona, hacerlo arrojarse a los prometedores brazos, tal vez nada hostiles y realmente redituables, como prometía Juan, de la interdependencia.

Otro traspié es la política de la empresa. Juan me aseguró que se ahorraban millones en publicidad y esos millones iban directamente a los empleados. Pero yo no conocía el nombre de la empresa, ni su logo, ni mucho menos que con sus aparatos te ayudaban a purificar el agua que tomabas día a día y en la que invertías buena parte de tu dinero.

Hace tres años, yo tomaba agua de la canilla a borbotones mientras fumaba cigarrillos armados y cada tanto terminaba vomitando. Al parecer, el cloro y la nicotina se llevan bien y atentan contra el organismo humano, Kong.

Algo de razón tenía Juan y su servicio sería útil para muchos.

Quería saber, inefable Kong, cómo ofrecen ustedes sus impresoras biogenéticas, cómo entrenan a sus vendedores y cuáles son sus ganancias, si hacen o no publicidad, qué mantenimiento requieren y cuánto sale, y si, quién sabe, no es justo uno de los inversores de tu empresa algún descendiente de la promisoria empresa del agua. Tal vez la ganancia residual produjo tanto tiempo libre que uno de sus vendedores aprovechó el ocio para construir un aparato capaz de generar No-seres, creaciones maleables y casi instantáneas por la imaginación de un humano y el intermedio de su impresora en su garaje, entiendo que la mayoría de las veces inofensivas pero otras letales. Depende, creo yo, otra vez de esta palabrita: intención. ¿Es así?

Más preguntas: ¿los no seres toleran el cloro?

Entiendo que tu trabajo de INSPECTOR, está relacionado con el control de las creaciones, como el caso del hombre-cucha que me contás en la última telemisiva, o como queramos llamarle a esta comunicación espontánea que se da entre nosotros.

Tal vez no sepas nada de ventas.

Por ahora me abstendré de leer esos libros del hawaiano, como el otro del queso y del ratón, y seguiré con Don Ramón (me refiero a Menéndez Pidal).

Me despido por el momento porque tengo bastante trabajo, querido amigo.

Hasta pronto,

Adrián

Kong 15

 

El futuro no existe. Sólo eso te puedo decir.

Pero volvamos a lo terrenal. Reconozco, Adrián, que debe ser difícil no escuchar bien.

Ayer me llegó un mensaje tuyo, estabas reunido con gente, cada uno decía qué cosas cotidianas lo hacía feliz, era una propuesta de una instructora de tai chi. ¿Era tai chi? La verdad que esa información no me llegó bien.

Bien, no pudiste escuchar qué era lo que hacía felices a los practicantes, no pudiste escuchar lo que hacía feliz a tu amigo, aunque tenés pensado preguntárselo.

Hoy llueve, aquí y en tu tiempo, y una chica te manda un mensaje que dice qué lindo día para escuchar la lluvia y estar tapada hasta las orejas con una frazada mirando series, pero vos no escuchás la lluvia, aunque podés verla.

No conozco una cura para los acúfenos (tinnitus o zumbidos auditivos, como se llamen), y en el futuro hay otros adelantos para la sordera y todo tipo de discapacidades, pero no me voy a poner a hablar de eso, ya los verás, por los menos algunos.

Sé que estás lleno de incertidumbres, pero de las buenas.

Diste un paso importante.

Por mi parte, he salido fortalecido de esta contienda conmigo mismo, de la inercia y de la mala praxis del doctor H., que me recetó unas pastillas que no eran adecuadas para mí. Debería denunciarlo y que le quiten la licencia. Una conocida hizo eso con una psicóloga que, después de una enfermedad que la hizo engordar, la trató con una terapia de choque y le dijo ¿ves el pedazo de bofe que sos? Mi conocida revoleó lo que había por la habitación, salió a la sala de espera y le dijo a los demás pacientes que salieran corriendo de ahí, que la doctora era un desastre.

Sigamos. Estuve sin sonreír mucho tiempo. Fui a una maestra espiritual y ése era su temor: ¿cuándo vas a recuperar la sonrisa?

Ahora estoy sonriendo, entrecierro los ojos, trato de abarcar la totalidad del mundo que me rodea, estiro la comisura de mis labios, imito la dicha. ¿Por qué la gente imita a otra gente? ¿Te pusiste a pensarlo, vos qué hiciste un documental sobre eso? ¿No será porque imitar transforma? Creo que somos más elásticos de lo que pensamos y que tal vez todo se remite a la forma.

Volvamos a mi trabajo. Tengo un caso para contarte. El otro día tuve un encuentro cercano del tercer tipo con un No-ser. Chiste malo, los encuentros cercanos con los No-seres son todos del tercer tipo.

En un suburbio, un niño estaba sufriendo porque veía un fantasma horrible en su casa. Hasta ahí pensábamos que era la imaginación del niño y no un caso para Impresoras Riviera.

Pero los vecinos también vieron a un ser alto con una cabeza deforme. El niño lo llamaba “el hombre cucha” Así que recibimos una denuncia de un vecino que ampliaba la de la familia del niño, y fui a la casa.

No teníamos registro de haberle vendido una de nuestras impresoras a ningún integrante de esa familia. Busqué el aparato en el garaje, el lugar más común donde alojan las impresoras Riviera los clientes, en la habitación del niño, pregunté a los padres, pero nada. Se me ocurrió entrar a la habitación del hermano mayor.

En el ropero, debajo de buzos, camisas y camperas, tenía escondida una de nuestras impresoras. La había comprado, usada, en el mercado negro. Era uno de nuestros primeros modelos, así que lo podía hacer con el aparato no era mucho. Pero era algo.

Tenía que saber qué era ese algo.

Le dije al niño que me dibujara al fantasma. Dibujo a un ser alto con una especie de cucha en la cabeza, que estaba rodeada de estrellas. Por eso me di cuenta que era alto. Le pregunté si tenía un perro. Me dijo que su mascota había muerto. Se puso a llorar. No aguanto ver a los niños llorar así que tenía que inventar algo, salir de esa habitación cuanto antes.

Así que fui al jardín de la casa. Era de noche, había niebla, y el interior de la cucha estaba oscuro. Me arrodillé, hasta tener la cabeza a la altura del agujero. Me corrió un escalofrío por la espalda porque intuí que había una presencia adentro de la oscuridad de esa cucha. El perro estaba enterrado cerca, había un poco de tierra removida, con algunos tréboles húmedos. Uno tenía cuatro hojas.

Nunca te conté pero de pequeño, en la casa de mis primos, vi al demonio. Estaba durmiendo y al abrir los ojos una silueta roja con cuernos estaba saliendo de la habitación. A veces me pregunto si no fui abusado, o algo así. Había una fiesta en la casa. Y uno tiende a mezclar todo en la imaginación. ¿Quién sería ese ser que entró a la habitación de los niños y que yo intuí como poderoso y diabólico?

Así que soy  miedoso. Y no me gusta que se mezcle a los No-seres con historias de fantasmas porque si bien sabemos que  los No-seres existen, y fueron creados por nuestras impresoras, no sabemos si hay vida más allá de esta, ni si otros seres pueblan universos paralelos o vienen de continentes perdidos en el tiempo, y son malignos, como quería Arthur Machen, o como fuera.

Volví sobre mis pasos para salir cuanto antes de ese jardín porque intuí que tal vez esa historia de fantasmas era real y no sabía qué presencia había dentro de la cucha. Antes posé la mano sobre la corteza del tronco del árbol de olivo, hacía tiempo que no veía uno, y creo que mi familia tiene un árbol, como todas, y el mío es el olivo, como la del niño.

Saludé a la familia, le dije al niño que no temiera, que no había nada de qué preocuparse. Era una cucha vacía y su problema era que extrañaba a su perro muerto. Se lo dije directamente, creo que a los niños hay que hablarle como si fueran adultos. A la madre le dije que la tirara si no pensaba tener otro perro. Agarré al hermano mayor y le dije que debía llevarme la impresora que tenía oculta en su ropero. Que por ahora no sería multado. Y le pasé un tarjeta de un vendedor por si quería comprar una legal.

La impresora era bastante pesada, porque las primeras eran así. La arrastré hasta la entrada con los pies. La cargué y la dejé en el baúl de mi auto. Volví a saludar a despedirme de la familia. El hermano mayor me clavaba la vista. El niño se puso a llorar y yo me rajé.

Fui a la casa del vecino que hizo la denuncia, le expliqué que si bien había confiscado una Impresora Riviera antigua, que no funcionaba (mentí, no la había probado), esa no podía ser la razón del ser extraño que merodeaba el barrio.

Por instinto me quedé en el auto. Me dormí. Entreabrí los ojos.

Una silueta gigante caminaba hacia la esquina. Debía tener unos dos metros. Me bajé del auto, corrí hasta el ser, y en esa esquina oscura de Lanús, cerca de donde sería el barrio donde creciste Adrián, donde todavía pasa el 520, le golpeé el hombro al gigante y se dio vuelta.

Ahora la cucha sobrepasaba mi cabeza. La oscuridad me impedía ver lo que había dentro de la cucha sostenida por esa ancha y plana espalda. Prendí mi linterna y apunté al agujero, que a la vez era la cabeza de ese ser.

Vi la facciones de un hombre con hocico y dientes de doberman. Bastante peludo, el No-ser tenía los ojos de color púrpura.

Le pregunté cómo lo habían llamado y cuál era su ocupación pero no obtuve ninguna respuesta.

Enseguida pensé que el hermano del niño lo había creado por celos. El No-ser me dio la espalda y siguió caminando. A veinte metros de la esquina se arrodilló y bajó la cucha a la altura del suelo. Evidentemente, podía controlar a gusto el tono muscular y el grosor de sus huesos. De repente, era una cucha ahí afuera, en la calle.

Al rato, un perro callejero vino corriendo y entró a la cucha. Era un hembra que estaba por parir, la panza abultada, los pezones rozando el suelo. Esperé que los cachorritos salieran, uno a uno, de su vientre. Busqué una caja, los metí con su madre, y la subí a mi auto.

Retorné a la esquina para buscar al No-ser. Le dije que debía llevarlo conmigo y caminó detrás de mí hasta el auto, donde se acurrucó en el asiento trasero como pudo, entre la caja con los cachorros y la perra.

Ahora está en el “área 51” de impresoras Riviera. Ya no le tengo miedo. Me acerco de noche y dentro de la cucha está la perra con sus cachorros.  Los perros salieron todos con párpados dobles, como los pájaros, y con ojos rojos.

El No-ser no volvió a desplegar sus piernas por ahora. Una suerte.

I´m back.

Von Kong.

 

Kong 13

En el Hospital de Día, formaban parte del Club de los Fumadores un ex drag queen, con problemas de adicción, un chico de unos veinte años y una mujer de unos cincuenta. Entre plantas de todo tipo, el ex drag queen era habitualmente el que ya había prendido su cigarrillo y nos esperaba en la terraza, reposando en una silla. El chico, que era un fumador social, se acercaba para que le convidáramos cigarrillos, cosa que estaba prohibido en la institución. El ex drag queen, redondo, pelado, de voz finita, carcajada generosa, había probado suerte en Buenos Aires primero y luego en Miami. Odiaba a su madre, con la que vivía y los viernes a última hora, en la reunión en que exponíamos cómo enfrentaríamos el fin de semana, se convertía en una especie de cronista del espectáculo, sabía quiénes eran los gays reprimidos y le gustaba contarlo.

Y seguía con los homosexuales, cómo un famoso merodeaba la estación de Retiro para encontrar sexo en los baños, como el otro sabía que en tal esquina iba ser levantado por algún auto. Relataba numerosos chismes de famosos y con otra chica, llamada Lucía, una periodista hipoacúsica de mente brillante, se dedicaban a asombrar a la terapeuta con su conocimiento perfecto del jet set. Sabían también quiénes escondían su adicción a tal o cual droga. Y podían enumerar conspiraciones de todo tipo, bastante creíbles, por cierto.

Esos días, también proponíamos hacer una obra de teatro, que trataría sobre una madre impetuosa, entrometida, la madre del ex drag Queen, y sobre la planificación del asesinato de la misma. No teníamos ninguna duda de que la obra sería un éxito. Yo solía acompañar con la cabeza sus afirmaciones, y eran los únicos que casi me robaban una sonrisa de esas que ya no me salían.

Lo tedioso del Hospital de Día eran las reuniones de los lunes, donde exponíamos cómo habíamos pasado el fin de semana y revisábamos el cronograma de tareas, a mí me tocaba limpiar el cenicero los lunes y miércoles, lavar los vasos de plástico los martes y viernes. Si había algún problema con las tareas, o algún trastorno de convivencia, se exponía ese día para tratarlo.

Carlos aprovechaba para contar los libros que leía el fin de semana, a veces desafiaba otra de las reglas de la institución: no se podían formar parejas. Quería invitar a salir a Matilde, que tenía agorafobia, y no lo quería ver a su cortejante ni en figurita. Pero Carlos lo explicaba de una manera muy llana. ¿Por qué no podía invitarla a salir? Le gustaría tener esa posibilidad. Necesitaba una mujer. Pero Matilde movía la cabeza para un lado y otro, tal vez para dejar en claro que no saldría por nada del mundo con Carlos. Tampoco podía trabajar, Carlos, y sondeaba a la terapeuta. Pero ella le decía que mirara su certificado, no había manera de que trabajara en blanco porque su médico se lo había prohibido. Así que se buscara un trabajo por el barrio.

Carlos sabía más que los profesionales. Una tarde opinó ante todos que mi problema era que tenía una bronca enorme y ningún otro. Y la verdad era que sí tenía una bronca enorme. Tantos años de enfrentar No-seres y haber perdido a Taka la habían desencadenado.

Sin embargo, Carlos era el paciente y la psiquiatra era una mujer cuya risa estúpida explotaba mientras les contábamos nuestros problemas. Estaba loca de remate. Así funciona el mundo. En cambió, la psicóloga era muy hermosa, inteligente y sabía acompañarnos.

El periodista deportivo que llegaba a inflarse de bronca porque Matilde no quería regalarle un caramelo y se iba a otra habitación hasta que se serenaba, siempre me preguntaba cómo andaba, o me daba una palmada en el hombro. Mi estadía coincidía con las olimpíadas de Myanmar y el periodista deportivo seguía en la televisión todas las competencias. Yo no podía mirarlas porque me producían un dolor enorme. Las noticias eran otras flechas de la realidad que se clavaban alrededor de mi tristeza y desconcierto.

Y un día dije que sería mejor la internación, para qué hacernos ir y venir de nuestras casas, pero ahí el viejo de cien años abrió la boca y dijo como un aborigen: Internación, No. Lo mismo me dijo Lucía y el tano que habían pasado una pesadilla en sus internaciones. Carlos contó algo muy gracioso, cuando había estado internado una mujer se presentó desnuda en su habitación para pedirle a los gritos que tuviera sexo con él. Carlos no había sabido qué hacer, y a la mujer se la llevaron los enfermeros enseguida, así que no pudo concretar lo que tal vez le hubiera gustado. Todos menos yo habían pasado por internación y concluían que era una pesadilla. Los gritos de los locos más locos todo el tiempo. Las penitencias ante cualquier desacato de las reglas de la institución mental. Los pacientes adictos que eran peligrosos y buscaban pelea.

Un día salí a prender un cigarrillo y el chico de veinte años me acompañó. Estábamos solos en la terraza. Su objetivo era convertirse en un cantante de Folkton, una corriente musical que está haciendo furor en mi presente, Adrián, una mezcla de folclore y reggaeton. Se ponía a cantar o programaba videos de musicales en las pantallas. Pero ese día me comentó la razón por la que estaba en el Hospital.

Lo había llevado la policía. Se le había dado por bajarse los pantalones delante de una vecina. A la quinta vez que lo hizo lo denunciaron. Decía que sabía que lo que había hecho estaba mal, que no lo volvería a hacer. También me confesó que escuchaba una voz que le decía Satanás, sos Satanás. Tiempo después un neurólogo me contaría que ese tipo de problema, alucinaciones, son más fáciles de tratar que la inercia de la depresión.

Había otro chico que sentía que se ahogaba en su casa. El tema era que no había muchas pruebas médicas de que su dolencia proviniera de un descalabro físico. Aunque podía ser. Se mantenía callado y con la espalda apoyada en la pared como si el aire mismo lo estuviera atacando. Era un hacker y vivía de robarles películas a los grandes estudios.

El tano, era un hombre que se la pasaba escuchando música italiana melódica del siglo XX y la compartía con nosotros en las tediosas e inútiles terapias musicales. Se trataba de escuchar música entre nosotros. Así que uno tenía que bancarse al extinto Luis Miguel que ponían las chicas, la obsesión por A quien le importa, de Fangoria, de Carlos, que no podía evitar cantarla mientras la escuchábamos.

A quien le importa lo que yo haga

A quien le importa lo que yo diga

Yo  soy así, así seguiré, nunca cambiaré.

A Carlos lo volvía loco esa antigua canción. Y si no  pedía escuchar a Frank Sinatra. New York, New York. A todo esto había que sumarle el folkton del fumador social…

Lucía me comentó que Taka me había enloquecido. Ella no formaba parte del Club de los Fumadores, pero cada tanto desafiaba el frío y salía a la terraza. Le conté todo sobre Impresoras Riviera y de mi relación con el No-ser llamado Taka. Lucía estaba segura que Taka era un No-ser de lo más peligroso. Mi conexión con Lucía fluía y sus palabras me apaciguaban.

Algunos días las terapias grupales se dividían en dos, los que tenían algún tipo de trastorno de la personalidad y los que no. Los primeros marchaban detrás de un terapeuta. Los otros nos quedábamos en el comedor con la insoportable terapeuta ocupacional. En el fondo, le gustaba alardear de cosas que los demás no podían hacer, como lavar la ropa, ir al supermercado, o cambiar las toallas del baño diariamente.

Un día se equivocaron y aceptaron a un No -ser. Se mantenía en una silla en un ángulo de la habitación. No hablaba y la medicación, nociva para un No-ser, estaba coloreando sus venas de azul.

Algunos días teníamos dibujo, así fue que rellené con una fibra un retrato de Dalí, mientras los demás hacían lo mismo con John Lenon, Slash, y otros músicos de los últimos cien años que no reconocerías, Adrián. Otros, expresión corporal.

Carlos, que era alto, llevaba una remera que colgaba encima de sus cinturones. Hacíamos como una especie de baile inspirado en el kundalini yoga. Cuando Carlos levantaba las manos, la remera le llegaba por debajo de las costillas y, a pesar de que era flaco y alto, casi un gigante, le sobresalía la panza redonda. Lucía se desternillaba de la risa al ver la panza de Carlos. A todos nos causaba gracia. Después, era tirarse en el piso y respirar, o caminar en círculos a diferentes velocidades.

La del taller literario nos daba textos para leer. Su diminuta estatura me hacía recordar a Taka. Así descubrí a George Jackson y sus Cartas de Prisión. Creo que la profesora intuía que nuestra situación era parecida a la del negro.  Yo sabía que varios No-seres leían a Jackson para reclamar sus derechos, pero nunca lo había leído.

Y un día, en el taller literario te escribí en papel por primera vez. Me dije voy a escribir como si fuera ficción los mensajes que te envió telepáticamente, porque otra cosa no se me ocurría. La profesora de literatura me felicitó. Al otro día apareció con una novela, Más que humano, de un tal Sturgeon y me dijo que lo que yo estaba escribiendo se parecía a eso y que siguiera escribiendo esos relatos y con ese enfoque. Pero nunca te hice llegar lo que escribí. Como te dije, la mente no estaba para conexiones espaciotemporales en ese lugar de vibraciones demoníacas. A lo sumo el demonio podía ponerse en contacto con el fumador social para recordarle: sos Satanás. Así que puedo decir que conocí al verdadero príncipe de las tinieblas o por lo menos a su confidente.

Y entonces un día pasó lo inesperado. Estaba en el comedor en el horario destinado a la merienda, tomando mate cocido y comiendo la ración diaria de cuatro galletitas dulces sabor chocolate, cuando irrumpió en el piso un civil armado. Apuntó al enfermero, que estaba trayéndole las las pastillas al tano, y lo hizo volar por los aires con su escopeta. Luego apuntó al tano y lo voló del mapa de un disparo. Apuntó a la mujer de cincuenta años y ella trató de salir corriendo hacia la terraza, pero no hubo caso; cayó en su escape desenfrenado. Me apuntó a mí y luego cambió de blanco para borrar de la tierra al ex drag queen. Pero de repente el No-ser, el adolescente que no hablaba ni se movía y que tenía la mirada perdida todo el tiempo, reaccionó. Abrió la boca y proyectó un fragmento del primer Golem, de Weneger editado con otro fragmento del Gabinete del Doctor Caligari. El hombre se encegueció y soltó la escopeta. El ex drag queen se levantó, tomó el arma y vació el último disparo en la cabeza del atacante. Luego dijo:

Me imaginé que era mi madre.

El No-ser volvió a sentarse, estaba agotado por la proyección bucal. Cerró la boca, se terminó Caligari, y ya sentado, entró en silencio e inmovilidad otra vez.

Estos tipos de ataques se repiten en mi actualidad en este tipo de instituciones. Cada tanto un ser humano ataca a los discapacitados porque los ven como seres inútiles que causan trastornos y gastos en la sociedad. En Julio de 2016, en tu época, en Japón un hombre acuchilló a 19 discapacitados e hirió a otros 25 en las afueras de Tokio. No le dieron importancia a la noticia y apenas se habló del tema. Pero en la historia moderna, sería una de las primeras matanzas que se harían más frecuentes con el paso del tiempo.

La baja del tano, de la mujer de cincuenta, que pertenecía al Club de los Fumadores, nos afectó.

Pero creo que no tanto como el día que programaron una película del extinto Al Pacino. Yo sabía que esa película estaba basada en una novela de Philip Roth que se llamaba Humillación. Sabía cómo terminaba la historia y que no era una buena idea programarla en el Hospital de Día. Traté de decirlo pero no hubo caso. Así que la maestra con depresión y todos los demás tuvieron que ver cómo Al Pacino se termina suicidando en la película. No era el mejor film para emitir en un lugar como ése. La inoperancia de las autoridades del lugar era tan visible. Pero a uno no le daban ganas de matarse mientras estaba en el Hospital de Día. Cuando uno está en agujero lo único que piensa es salir. Dejé de ver una mujer con la que salía, me costaba la vida social, pensaba: ahora soy un paciente que está en un hospital de día y mientras esté ahí no puedo ver a nadie.

De más está decir que, luego que ayudara a reducir al asesino, el No-ser fue separado del grupo y uno de mis compañeros, el Inspector Rolando, lo redujo y lo llevó a Impresoras Rivera para su estudio.

Se asombró de que yo estuviera ahí y me dijo que no era un lugar seguro, que todos me estaban esperando en el trabajo y que tenía muchos casos por atender. Los No-seres se estaban organizando, Taka estaba reclutando a varios para su causa, ahora dirigida por un No-ser peronista (sí, todavía existe el peronismo en nuestro tiempo, aunque no lo creas) Paradójicamente este No-ser es una especie de gorila, un simio con colmillos, que se hace llamar directamente Kong. Yo soy Von Kong, pero mi oponente usa mi apellido como nombre artístico, cosas de la vida.

A veces, Adrián, extraño a mis compañeros del Hospital. Con Lucía quedamos que una vez nos juntaríamos a tomar mate pero nunca lo hicimos.

Afuera, en la fachada de la institución había una pintada, un escrache, que decía: Hay curas que matan.

Sé que están en peligro. No son peores que la gente que anda en la calle, puteándose en el auto, empujándose, no son peores que las viejas que maltratan a los demás en las filas del supermercado o de los bancos, aunque ya casi no hay filas para nada, y las únicas que quedan son las que hace la gente en situación de calle para recibir una ración de comida.

Pero a veces extraño a la querida Lucía, al ex drag queen, a las charlas de los viernes, los días que jugábamos a hacer radio con un micrófono antiguo.

El ex drag queen es ahora una celebridad, luego de matar al terrorista de discapacitados, fue interrogado, declarado inocente en defensa propia y logró montar la obra Matar a mamá. Es todo un éxito. Admito que no me animé a verla.

Ahora estoy todo en armas otra vez, Adrián, como diría Rilke. Tengo que neutralizar a mis queridos No-seres, una tarea bien normal, como verás.

Te saluda con afecto,

Von Kong.

Kong 12

Estimado Adrián,

Cómo estás? Debo decirte lo que no te estoy contando.

Ya casi no siento que seamos amigos. Confiaba en vos en un principio pero la falta de comunicación en este tiempo hizo que nuestra amistad trastabillara. ¿Estás realmente ahí? ¿Cómo es que nos comunicábamos como si nada cuando yo estoy en otro siglo? La realidad es que tus mensajes me llegaban como si fuera un médium. En el siglo XIX toda esa locura con los médiums y no se dieron cuenta que estaban hablando con mentes del futuro, ni fantasmas, ni entes demoníacos, ni intermediarios, gente del futuro, a veces futuros descendientes, que se acercaban a conversar.

No es el tiempo el que separa a los amigos sino los pensamientos. Y te escribo para hablar de eso.

En los momentos duros uno no puede comunicarse. Todas mis energías estaban puestas en recuperarme y en vivir la tristeza de la manera más vívida posible.

Algunos dicen que lo queda es transitar esos momentos al menos con dignidad.

Y si de algo estoy seguro es que a veces no podemos sacrificar la persona a la dignidad.

Así que si mis mensajes no te llegaron es porque me la pasé ovillado en la cama, tirado en el piso, pataleando, llorando. Bernard Shaw decía que lo diabólico de una mujer es que puede llevarnos a desear nuestra propia destrucción. Más patético es mi caso, donde mis pensamientos suicidas estuvieron apuntalados por un No-ser. Pero ese No-ser significaba otras cosas para mí, sin ninguna duda.

Así que un buen día, mientras estaba en mi despacho de Impresoras Riviera solo, sin ningún No-ser a qué perseguir, con la línea difusa entre lo que era presente y futuro, comencé a llorar sin poder detenerme. Lloré tanto que me empezó a doler la cabeza. Decidí ir a ver al doctor Sartori y me dijo que en mi estado lo que convenía era ingresar a un “Hospital de día”

Estuve casi un mes en una de esas instituciones y desde el momento que di el primer paso, no tuve otro pensamiento que el de dejarla.

Mis días se sucedían de esta manera.

Me levantaba tarde, tipo once de la mañana, y fumaba un cigarro tras otro hasta entrar a la institución. Ahí me llevaba cigarrillos para seguir fumando en la terraza. En este caso, la nicotina y el alquitrán tapizaban el sendero en el que me encontraba con otras almas en pena.

Debo aclarar que estas instituciones no existen para No-seres. Ya que un No-ser cuya mente comienza a divagar o se autoelimina o es encarcelado y apartado de la sociedad. Es mi trabajo, claro, en parte.

Ni bien llegaba a la institución, caminaba hasta un comedor, donde me recibían personas que iban variando según el día. En general, un hombre mayor (unos cien años) que se mantenía callado y cuya mandíbula cada tanto cedía a la ley de gravedad hasta que el hombre la desafiaba y volvía a colocarla en su lugar. Una maestra depresiva. Carlos, un chico de cuarenta años. Había que verlo. Trataba de hacer reír a la maestra mirándola fijo. No sé bien qué tenía Carlos, o prefiero no contártelo, pero casi siempre estaba contento y trataba de hacer reír a esta chica mirándola fijo. Inevitablemente, la maestra soltaba una carcajada. Yo ya no sabía lo que era reír.

No aguantaba ver televisión, no podía escuchar música, no quería leer, ni libros ni diarios. Me di cuenta que de los que estaban ahí, con problemas muchos más serios que el mío, todos podían sonreír, podía hacer chistes, podían REÍR. Pero yo no.

Y pronto me uní al Club de los Fumadores. Otros pacientes, que se escondían entre plantas exóticas en una terraza de cielo plomizo.

To be Continued, Adrián, el deber me llama.

Best Regards,

Von Kong.

Kong 11.

Hola Kong,

¿Así que anduviste persiguiendo a un enano que escupía por las orejas? Ajá.

Yo te transfiero estos pensamientos desde la cola de un supermercado. Hay un pareja con un nene delante de mí. Me acordé de tu carta porque el nene le dijo a la cajera que se saque los aros, que eran demasiado grandes para sus orejas y que se las iban a romper. La cajera se ríe. El padre le pregunta a la madre si llevan media ananá. La madre le dice al nene: “¿estás seguro que vas a probarla?” “Mamá, sí”, dice el nene. El padre le dice a la madre que si el nene la quiere, la llevan. En fin. Mientras viajo al futuro.

En mi presente existe un científico llamado Craig Venter que es un apologista de la impresión 3D de genomas y llama a estas impresoras teletransportadores biológicos. ¿Realmente llegamos a que un ser humano pueda inventar cualquier bicho que se le ocurra? No me jodas, Kong.

Después de que publiqué el relato titulado Hacer llover, donde me acerco a la figura del ingeniero Baigorri, un vecino de Villa Luro que decía que podía hacer llover con su máquina en 1940, comenzaron a llegarme email de gente interesada en el tema. No recuerdo si te lo conté, pero fui contactado por una persona que decía estar en España y afirmaba que la máquina de Baigorri se encontraba olvidada en un garaje, cuya ubicación él conocía. Me invitaba a viajar para salvarla de su destrucción. Creo que esa persona me agregó al Messenger, y chateó conmigo un poco, hasta que pensé que, claro, era una broma que me estaban haciendo. Luego fui contactado por un estudiante de cine que quería filmar una película sobre Baigorri, por un escritor que estaba trabajando en su libro y por otra persona, el rainmaker uruguayo Nelson Guizzo, que me ha dejado comentarios al respecto. También un periodista cordobés me invitó un café para preguntarme todo lo que sabía sobre Baigorri.

Sé algunas cosas de Baigorri, simplemente porque con el grupo de facultad con el que filmamos un cortometraje sobre su historia viajé a Villa Luro y tuvimos acceso a la casa que el inventor habitaba. También entrevistamos a una viejita, cuya casa era una especie de centro cultural y parecía estar ubicada en otro universo. Y es la sensación que tengo de tus cartas, que provienen de otro universo, uno paralelo, que no pueden ser reales, pero a la vez lo son, porque existen y, de alguna manera, me llegan.

Hacer llover no debe ser tan distinto a filmar una película o terminar una novela. Crear No-seres: ¿a qué se parecerá?

En tu tiempo la bio-impresora que vaticina en la actualidad Venter, o más bien prueba, es una realidad y ya estoy imaginando apuestas por peleas de No-seres. Entiendo por tus cartas que existen tratados de ética al respecto. ¿Es una forma de arte también?

Aristóteles decía que el arte imita la vida, Platón recomendaba que el arte no copiara la realidad, porque estaría copiando la copia de una idea, algo fútil. El arte debía ser sublime entonces y llegar a La Idea.

El arte de imprimir vida parece más cercano a la idea del arte de Platón que a otra cosa. A higher truth como dice Chris Cornell (¿lo conocés?) en su canción. Tal vez la diégesis sea el camino.

Todo esto viene a cuento de que descubrí que antes de detective, fuiste pintor y músico, y que en algún lugar guardás los lienzos que mojabas con tu pincel, copiando esta vez sí, a los No-seres que perseguías y encontrabas en lugares ocultos como cierto rancho en Córdoba, donde te imaginé acechando las creaciones de un impresor de No-seres para hacer los dibujos que terminaban en tus cuadros.

Y sé que el primer No-ser que viste en tu vida fue en Adrogué, en un geriátrico con muchas plantas, donde fuiste a visitar a tu abuela. Y resulta que tu abuela estaba sonriendo sola, mirando la nada y te acercaste a ella y lo que tenía enfrente, volando, era un hada translúcida que tu abuelo había creado antes de morir. Y el hada no tenía aspecto de hada, sino que poseía dos dientes filosos para succionar el néctar de las flores y así sobrevivir. Y sus ojos eran como los de una serpiente o un gato negro. Tu padre logró atraparla, guardarla en una jaula y la alimentaba todas las noches con miel, hasta que tu abuela murió y la depresión fue tan fuerte que tu padre abandonó el hada y una noche la encontraste tirada en la jaula, muerta.

Sé que pasaste un momento difícil, que perdiste a Taka y que luchaste contra la soledad y la desesperación. Supongo que estaba escrito que Taka se alejara… Pasa, Kong. Pero cuando decimos que algo está escrito: ¿dónde está escrito? ¿qué lenguaje usa el destino?

Me causa gracia esto porque, en general, ¡sos vos el que me escribe en este tono!

Pero ahora la práctica de la esgrima te ayudó a salir adelante. La meditación, gracias a la cual podemos comunicarnos, siempre da frutos.

Hay algo que no me estás contando, Kong. Me gustaría saberlo. Tal vez es sólo mi imaginación.

No quería dejar esta carta sin decirte que yo estoy bien, que estoy comprando muchos libros, que no quiere decir que los lea a todos, rescatándolos de no se qué fin, escribiendo, tratando de ponerme a filmar cuanto antes. Trabajando duro y parejo en todo, en la Obra Social, pero también en los proyectos que tenemos en Corso.

Bueno, tengo que mostrarle a la cajera que mi bolso no contiene ningún producto del supermercado. Te dejo con esta pregunta.

¿La gente sigue yendo al cine en tu tiempo? ¿Las librerías de saldo siguen existiendo en Buenos Aires?

 

Un abrazo grande, querido amigo.

Adrián Gastón Fares

 

Kong 10.

Estimado Adrián,

Lo invisible es esencial a los oídos.

Aquí desde el balcón de un hotel. De a lengüetazos termino un helado. Esta golosina me arrima al nirvana cuando es buena. Si no fuera porque te transfiero estos pensamientos no estaría pensando en nada. La mente en blanco, saboreando el chocolate amargo, que sé que también te gusta.

Mi última tarea fue perseguir a un hombre de orejas largas. Lo creó un chico de ocho años después de ver Dumbo. En la época que te escribo este link sigue activo, tiene muchos más ME GUSTA, claro. Y también otros tantos más de NO ME GUSTA.

https://www.youtube.com/watch?v=HcVZdH5FJwE

El video inspiró al niño. Usó la impresora Riviera de su padre. Como sabrás o como no sabrás (no sé si sabes) no está permitido que los menores creen No-seres. Después del período de incubación en la bucket metálica (le llamamos bucket donde se incuban los No-seres, no me preguntes por qué usamos la palabra inglesa) y del traspaso a la heladera comercial de la que luego surgen, abriendo la tapa por sí mismos si es que tienen manos o tentáculos o lo que fuera que sirva para empujar una tapa, en general en garajes sucios y desordenados, entre cientos de trastos, vino al mundo un enano de color rojo con orejas que cuelgan hasta el piso. El niño, que esperaba paciente sentado en el piso frente a la heladera comercial, salió corriendo al ver al monstruo que había creado. El problema es que el enano escupía sangre por las orejas. Ni bien se vio solo, el engendro escapó del garaje. Después, TÍPICO, fue contratado por un circo de No-seres. Repito, escupía sangre por las orejas. No era joda.

Cada tanto largaba un potente chorro. La secreción era tóxica por lo que quemaba la piel de la persona alcanzada. Las personas ubicadas en la primera fila de la función sufrieron quemaduras graves. El No-ser es capaz de dar grandes saltos, consecuencia de la adicción a los videojuegos del niño creador.

Sin Taka, me cuesta un poco más atrapar a los No-seres, aunque Taka siempre estuvo del otro lado, siempre fue un No-ser. La señorita Taka sólo aportaba sus poderes sobrenaturales, digamos, para atrapar a los No-seres, a los que además entendía bien porque ella era uno más. Pero recibía de ella una fría indiferencia, un silencio frondoso, que mi mente rellenaba a gusto. Ya te contaré lo que tuve que hacer con esta niña. Cómo rastreé a su creador y cómo tuve que enfrentar a su cuidadora, a quien le rompí el corazón, aunque dudo que se pueda romper el corazón de hielo de una persona así. Cervezas más frías que el corazón de tu ex, como dice escrito en tiza en el pizarrón de la cervecería que abrieron en el local de tu edificio, Adrián. Me llega lo que ves, poco pero me llega… En este caso sería cervezas más frías que el corazón de Carolina Herrera (sí, la criadora de Taka tiene un nombre afín al mundo del diseño de moda de tu tiempo)

Volvamos a lo que importa, es una carta corta, se me terminó el helado y estoy usando el golpe de glucosa para llegar a vos.  Tenía a un enano peligroso suelto, contratado por varios circos, y que en cada función quemaba a sus asistentes con un chorro de lava ardiente que expulsaban sus oídos. Me hice pasar por un espectador del circo de Carlitos Bala (Bala clonado, obviamente, un No-ser que siempre está rondando los cuarenta y tantos) y justo que otro No-ser era devorado por tercera vez por un dinosaurio T. rex., un No-ser con la capacidad de restituirse y renacer una vez extinto, lo vi al Petiso Orejudo, como bien lo apodé, saltando en el escenario para hacer su número. Lo suyo era asustar al T. rex., que ante su presencia salía corriendo y el No-ser redivivo era salvado de otra muerte.  En fin, inmediatamente, corrí por el pasillo, saqué la pistola tranquilizadora y disparé. El Petiso dio un salto y pasó por arriba de mi cabeza, echando sangre y quemando a varios espectadores. Me di vuelta y volví a disparar. El Petiso fue alcanzado a la mitad del salto. Quedó tendido en el piso, boca abajo, y la corriente de lava ardiente empezó a extenderse, pero ya no como el impulso de una manguera de bombero, sino como el fluir de un río encauzado en una suave pendiente. Mientras el clon de Balá se acercaba por la pasarela que divide las filas del circo junto al empresario dueño del emprendimiento, entraron los refuerzos de Impresora Riviera y congelaron con atomizadores al Petiso Orejudo. La policía, por su lado, detuvo al empresario.

El procedimiento es de rutina, cuando se neutraliza a un No-ser problemático, se lo congela para mantenerlo en la zona de Impresoras Riviera reservada a Ilegales. Por el recorte de presupuesto para Investigación los No-seres problemáticos no son estudiados. Los mantienen congelados sin saber qué hacer con ellos. Más como prueba para posibles demandas de los perjudicados. En los términos legales que se entregan con las Impresoras está claro que Riviera no se hace cargo del mal uso que puedan darle al aparato los compradores. Para que te entreguen una tienes que aprobar un test psicológico (perdón por el tienes pero te aviso que en la actualidad preferimos usar el español neutro, cosa que me aburre por eso no me verás usarlo demasiado en las misivas que te llegan).

Claro que el mayor problema es no poder diferenciar entre los humanos y las creaciones biológicas de las impresoras. Ahí entramos nosotros, o mejor dicho, ahí entro yo, aunque no sea el caso que te cuento.

Para terminar. El epígrafe es un posteo de mi red social, que todavía no existe en tu tiempo. Quería comentarte algo. Aquí, en el futuro lejano para vos, no sólo existen los desplazamientos mentales espacio-temporales,  gracias a los que puedo hacerte llegar esta carta, sino que hay otros descubrimientos e innovaciones de la neurociencias no tan vistosas. Por ejemplo, los posteos en las redes sociales están controlados por la mente que trabaja en conjunto con el inconsciente. No es tecnología,  es evolución. Lo que hacemos es cotejar el enunciado del Super Yo con el Ego y definir cuál es el posteo conveniente para que tenga más ME  GUSTA en la red social y a la vez represente lo mejor posible al YO de la persona. Los impulsos eléctricos de las neuronas se convierten en palabras que, susurradas a un audífono especial –acá, SÍ SEÑOR, entra la tecnología– son directamente transcritas a la red social elegida.

Bueno, ¿vos cómo andás?. Anduviste por Colombia por una beca. ¡Santafe de Antioquia. qué bello lugar! Tu viaje fue enriquecedor en todo sentido. Viviste unas cuantas aventuras, tenés varias anécdotas,  tal vez te atrevas a contarme en detalle alguna…

Sé que andás en algo y que tenés poco tiempo para escribirme, me gustaría saber si es eso lo que te mantiene ocupado, o un problema particular conmigo. Antes intercambiábamos pensamientos diariamente, más allá de las cartas. ¡Me había acostumbrado! Y ahora se extraña un poco esa frecuencia comunicativa. Espero que este sentimiento sea recíproco y no te olvides de tu fiel amigo, que te saluda con un fuerte abrazo,

Von Kong.