Kong 15

 

El futuro no existe. Sólo eso te puedo decir.

Pero volvamos a lo terrenal. Reconozco, Adrián, que debe ser difícil no escuchar bien.

Ayer me llegó un mensaje tuyo, estabas reunido con gente, cada uno decía qué cosas cotidianas lo hacía feliz, era una propuesta de una instructora de tai chi. ¿Era tai chi? La verdad que esa información no me llegó bien.

Bien, no pudiste escuchar qué era lo que hacía felices a los practicantes, no pudiste escuchar lo que hacía feliz a tu amigo, aunque tenés pensado preguntárselo.

Hoy llueve, aquí y en tu tiempo, y una chica te manda un mensaje que dice qué lindo día para escuchar la lluvia y estar tapada hasta las orejas con una frazada mirando series, pero vos no escuchás la lluvia, aunque podés verla.

No conozco una cura para los acúfenos (tinnitus o zumbidos auditivos, como se llamen), y en el futuro hay otros adelantos para la sordera y todo tipo de discapacidades, pero no me voy a poner a hablar de eso, ya los verás, por los menos algunos.

Sé que estás lleno de incertidumbres, pero de las buenas.

Diste un paso importante.

Por mi parte, he salido fortalecido de esta contienda conmigo mismo, de la inercia y de la mala praxis del doctor H., que me recetó unas pastillas que no eran adecuadas para mí. Debería denunciarlo y que le quiten la licencia. Una conocida hizo eso con una psicóloga que, después de una enfermedad que la hizo engordar, la trató con una terapia de choque y le dijo ¿ves el pedazo de bofe que sos? Mi conocida revoleó lo que había por la habitación, salió a la sala de espera y le dijo a los demás pacientes que salieran corriendo de ahí, que la doctora era un desastre.

Sigamos. Estuve sin sonreír mucho tiempo. Fui a una maestra espiritual y ése era su temor: ¿cuándo vas a recuperar la sonrisa?

Ahora estoy sonriendo, entrecierro los ojos, trato de abarcar la totalidad del mundo que me rodea, estiro la comisura de mis labios, imito la dicha. ¿Por qué la gente imita a otra gente? ¿Te pusiste a pensarlo, vos qué hiciste un documental sobre eso? ¿No será porque imitar transforma? Creo que somos más elásticos de lo que pensamos y que tal vez todo se remite a la forma.

Volvamos a mi trabajo. Tengo un caso para contarte. El otro día tuve un encuentro cercano del tercer tipo con un No-ser. Chiste malo, los encuentros cercanos con los No-seres son todos del tercer tipo.

En un suburbio, un niño estaba sufriendo porque veía un fantasma horrible en su casa. Hasta ahí pensábamos que era la imaginación del niño y no un caso para Impresoras Riviera.

Pero los vecinos también vieron a un ser alto con una cabeza deforme. El niño lo llamaba “el hombre cucha” Así que recibimos una denuncia de un vecino que ampliaba la de la familia del niño, y fui a la casa.

No teníamos registro de haberle vendido una de nuestras impresoras a ningún integrante de esa familia. Busqué el aparato en el garaje, el lugar más común donde alojan las impresoras Riviera los clientes, en la habitación del niño, pregunté a los padres, pero nada. Se me ocurrió entrar a la habitación del hermano mayor.

En el ropero, debajo de buzos, camisas y camperas, tenía escondida una de nuestras impresoras. La había comprado, usada, en el mercado negro. Era uno de nuestros primeros modelos, así que lo podía hacer con el aparato no era mucho. Pero era algo.

Tenía que saber qué era ese algo.

Le dije al niño que me dibujara al fantasma. Dibujo a un ser alto con una especie de cucha en la cabeza, que estaba rodeada de estrellas. Por eso me di cuenta que era alto. Le pregunté si tenía un perro. Me dijo que su mascota había muerto. Se puso a llorar. No aguanto ver a los niños llorar así que tenía que inventar algo, salir de esa habitación cuanto antes.

Así que fui al jardín de la casa. Era de noche, había niebla, y el interior de la cucha estaba oscuro. Me arrodillé, hasta tener la cabeza a la altura del agujero. Me corrió un escalofrío por la espalda porque intuí que había una presencia adentro de la oscuridad de esa cucha. El perro estaba enterrado cerca, había un poco de tierra removida, con algunos tréboles húmedos. Uno tenía cuatro hojas.

Nunca te conté pero de pequeño, en la casa de mis primos, vi al demonio. Estaba durmiendo y al abrir los ojos una silueta roja con cuernos estaba saliendo de la habitación. A veces me pregunto si no fui abusado, o algo así. Había una fiesta en la casa. Y uno tiende a mezclar todo en la imaginación. ¿Quién sería ese ser que entró a la habitación de los niños y que yo intuí como poderoso y diabólico?

Así que soy  miedoso. Y no me gusta que se mezcle a los No-seres con historias de fantasmas porque si bien sabemos que  los No-seres existen, y fueron creados por nuestras impresoras, no sabemos si hay vida más allá de esta, ni si otros seres pueblan universos paralelos o vienen de continentes perdidos en el tiempo, y son malignos, como quería Arthur Machen, o como fuera.

Volví sobre mis pasos para salir cuanto antes de ese jardín porque intuí que tal vez esa historia de fantasmas era real y no sabía qué presencia había dentro de la cucha. Antes posé la mano sobre la corteza del tronco del árbol de olivo, hacía tiempo que no veía uno, y creo que mi familia tiene un árbol, como todas, y el mío es el olivo, como la del niño.

Saludé a la familia, le dije al niño que no temiera, que no había nada de qué preocuparse. Era una cucha vacía y su problema era que extrañaba a su perro muerto. Se lo dije directamente, creo que a los niños hay que hablarle como si fueran adultos. A la madre le dije que la tirara si no pensaba tener otro perro. Agarré al hermano mayor y le dije que debía llevarme la impresora que tenía oculta en su ropero. Que por ahora no sería multado. Y le pasé un tarjeta de un vendedor por si quería comprar una legal.

La impresora era bastante pesada, porque las primeras eran así. La arrastré hasta la entrada con los pies. La cargué y la dejé en el baúl de mi auto. Volví a saludar a despedirme de la familia. El hermano mayor me clavaba la vista. El niño se puso a llorar y yo me rajé.

Fui a la casa del vecino que hizo la denuncia, le expliqué que si bien había confiscado una Impresora Riviera antigua, que no funcionaba (mentí, no la había probado), esa no podía ser la razón del ser extraño que merodeaba el barrio.

Por instinto me quedé en el auto. Me dormí. Entreabrí los ojos.

Una silueta gigante caminaba hacia la esquina. Debía tener unos dos metros. Me bajé del auto, corrí hasta el ser, y en esa esquina oscura de Lanús, cerca de donde sería el barrio donde creciste Adrián, donde todavía pasa el 520, le golpeé el hombro al gigante y se dio vuelta.

Ahora la cucha sobrepasaba mi cabeza. La oscuridad me impedía ver lo que había dentro de la cucha sostenida por esa ancha y plana espalda. Prendí mi linterna y apunté al agujero, que a la vez era la cabeza de ese ser.

Vi la facciones de un hombre con hocico y dientes de doberman. Bastante peludo, el No-ser tenía los ojos de color púrpura.

Le pregunté cómo lo habían llamado y cuál era su ocupación pero no obtuve ninguna respuesta.

Enseguida pensé que el hermano del niño lo había creado por celos. El No-ser me dio la espalda y siguió caminando. A veinte metros de la esquina se arrodilló y bajó la cucha a la altura del suelo. Evidentemente, podía controlar a gusto el tono muscular y el grosor de sus huesos. De repente, era una cucha ahí afuera, en la calle.

Al rato, un perro callejero vino corriendo y entró a la cucha. Era un hembra que estaba por parir, la panza abultada, los pezones rozando el suelo. Esperé que los cachorritos salieran, uno a uno, de su vientre. Busqué una caja, los metí con su madre, y la subí a mi auto.

Retorné a la esquina para buscar al No-ser. Le dije que debía llevarlo conmigo y caminó detrás de mí hasta el auto, donde se acurrucó en el asiento trasero como pudo, entre la caja con los cachorros y la perra.

Ahora está en el “área 51” de impresoras Riviera. Ya no le tengo miedo. Me acerco de noche y dentro de la cucha está la perra con sus cachorros.  Los perros salieron todos con párpados dobles, como los pájaros, y con ojos rojos.

El No-ser no volvió a desplegar sus piernas por ahora. Una suerte.

I´m back.

Von Kong.

 

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La edad de Roberto

Cuando lo conocí tenía cincuenta años. Después de las clases de yoga, en el vestuario, apenas intercambiábamos algunas palabras. Con la ausencia de un compañero de clase, esas palabras se convirtieron en charlas.

¿Dónde se había metido, Pablín?

Antes, Pablín era el único que hablaba, con sus apologías del yoga. Afirmaba que había que practicar las asanas sin falta todos los días. Que el Yoga le daba un poder único. Que sentía un fuerza descomunal. Y sostenía que para reforzar esa fuerza había que combinar la práctica con la abstinencia sexual. A mí eso me parecía demasiado. Así que cuando desapareció Pablín de las clases empezamos a teorizar sobre su destino. Nos hicimos más cercanos con Roberto. Tratábamos de responder a las preguntas que la desaparición de Pablín nos había despertado. ¿Se había ido a practicar a otro lado? ¿Se limitaba a llegar a samadhi en su casa? ¿Estaba desempleado y no podía pagar la cuota mensual? Un día dejamos de hablar de eso y nos empezamos a recomendar series y abordamos la cuestión de quiénes éramos antes de bajar un poco el ego y tratar de absorber la mente y los órganos en las clases. Yo soy periodista. Roberto refaccionaba muebles viejos, que encontraba en la calle a veces, o donde fuera y los vendía.

Un día la profesora de yoga lo felicitó a Roberto en plena clase y en viva voz. Quería saber qué acontecimiento doloroso en su vida lo había transformado. Desde la primera clase había avanzado tanto en presencia, en atención, en postura y fuerza física, que algo tremendo le tenía que haber pasado, ya que la profesora sabía que sólo el dolor fomenta e impulsa estos logros. La profesora tenía curiosidad pero no era una invitación a que Roberto lo explicara en clase, sino una descripción de lo que veía en él. Tal vez por eso, mi amigo nuevo se limitó a decir que llevaba tiempo. Nada más.

Como me encanta preguntar, cuando salimos de la clase le dije a Roberto, ¿qué es lo que viviste? ¿Qué es lo que la profesora de yoga percibió en vos? ¿Qué recuerdos usaste para fortalecerte?

Fuimos a tomar una cerveza y me contó su historia. Tenía, como dije cincuenta años pero veinte los había pasado encerrado.

Su padrastro, Carcamal, había enloquecido. Como Roberto no aceptaba seguir yendo a la iglesia evangelista a la que iba desde chico y como lo había encontrado fumando un día en el fondo de la casa, entre las aloe vera, armó un plan para adoctrinarlo.

Su madre había muerto, así que Roberto compartía la casa con Carcamal. La segunda vez que lo encontró fumando un cigarrillo armado, su padrastro le disparó con una pistola con dardos tranquilizantes para animales.

Roberto se levantó en el piso del galpón del fondo de su casa, con la Biblia en su pecho. La habitación estaba vacía. Sólo un retrete, una palangana amarilla con agua y algo de comida. Intentó salir pero Carcamal había reforzado la puerta con candados y el galpón, de cemento, no tenía ventanas.

Pasó veinte años ahí, alimentado por su padrastro, sin ver a ninguna otra persona. Tenía veinticinco años cuando Carcamal lo había encerrado.

A los cuarenta y cinco años estaba durmiendo en el piso cuando recibió los lengüetazos de un perro. Abrió los ojos y la policía lo rodeaba.

Los vecinos habían sentido el olor nauseabundo que salía de su casa. La policía acudió con un perro de pesquisas, Neruda, que primero corrió hasta el cuarto donde yacía el cadáver de su padrastro y luego al fondo, al galpón donde Roberto estaba encerrado. Al salir le dio las gracias al cerrajero, a los policías y acarició a Neruda. La policía ofreció regalarle al perro para que lo acompañara en su adaptación a la libertad, pero Roberto se negó, no sabía cómo cuidarlo.

En cambio, se anotó en un Profesorado en Letras, hizo algunos amigos, notó que el mundo había cambiado, se compró un celular inteligente, aprendió a usar Internet, quemó todas las Biblias de Carcamal, tiró la televisión antigua y comenzó a juntar muebles para arreglarlos. Lo hacía feliz trabajar con la madera, hacer aberturas, pintar tiracajones, crear manijas, puertas que pudieran abrirse. Todo esto podía entenderlo. Pero nunca me imaginé contra qué demonios internos luchaba.

Roberto se dio cuenta que su desarrollo emocional no era el mismo que el de otras personas de su edad que conocía. Siempre le daban mucho años menos, le decían que tenía un espíritu jovial, físicamente se había mantenido ya que en el galpón en vez de leer la Biblia hacía ejercicio.

Quería anotarse en un programa de ayuda a emprendedores jóvenes del gobierno. Pero uno de los requisitos era que la persona tuviera menos de treinta y dos años. Según la fecha de su nacimiento él no calificaba. Le gustaban las chicas jóvenes, que lo aceptaban, por su jovialidad y su aspecto, pero la sociedad no vería bien que un hombre de cincuenta saliera con una de veintiuno.

Entonces, un día, después de meditar, de leer a Gandhi y a Martin Luther King, decidió que tenía que pedirle algo a la sociedad. Me aclaró que era muy importante pedir antes que reclamar.

Así que fue a un centro comunal del gobierno. Se plantó frente al empleado y le pidió que le cambiara la edad de su DNI. Roberto sostuvo que tenía veinticinco años, había estado encerrado casi veinte, así que sus cincuenta no contaban.

No había conocido mujeres en ese tiempo. No tuvo acceso a ninguna lectura, a ninguna película, en resumen no podía hablar con nadie más que con sí mismo, no había tenido tareas exigentes a nivel físico ni mental, por lo tanto, y a pesar de tener el secundario completo y una carrera, la de administración de empresas, no había vivido esos años que la sociedad le había sumado.

Si quería entrar a ese plan de emprendedores del gobierno, con su empresa de muebles, con cincuenta años no podía. En las aplicaciones de salidas del celular, si ponía su edad sólo podía salir con mujeres separadas, divorciadas o con una historia afectiva copiosa, pero él no había tenido ninguna gracias a que Carcamal lo había mantenido encerrado con el espíritu santo.

Estaba en su derecho pedir este cambio de edad en los registros públicos y en su documento nacional de identidad.

El empleado se negó. Llamó al de seguridad, que lo acompañó hasta la puerta.

Y entonces, como no sabía qué hacer para obtener lo que deseaba, le escribió una carta al Gobierno. Tampoco obtuvo respuesta.

Como soy periodista, puedo afirmar que en Francia uno puede llamar al ministro de cultura y atiende, uno puede escribirle al director del festival de Cannes y al otro día tenés un email con la respuesta, pero en Argentina no responde nadie, ni siquiera yo que soy un periodista, respondo cuando me escriben por tal o cual cosa, no presto atención. En el fondo, sé cuál es la razón de estos desplantes argentinos pero me la guardo para mí.

Pero a Roberto sí le prestaba atención. Tenía algo que decir, algo único con su historia particular.

No obtuvo la respuesta del Gobierno, pero armó una campaña en las redes sociales, sumó seguidores, se armó un Change.org, y logró juntar firmas pero no todas las requeridas para llegar a algo en estas circunstancias.

Así que un día, se armó una carpa en el obelisco con un cartel que decía: Yo tengo 25. Tengo derecho a elegir mi edad. Y se puso a tocar en su guitarra una de las pocas canciones que sabía: Zamba para olvidar. Le gustaba la versión de Mercedes Sosa. La parte que decía: Cosas que ya no existen. Algunos le dejaban unos pesos en su gorra. Hasta que su barba creció, su pelo también y parecía, por fin, realmente un hombre de cincuenta años.

Una mujer qom, que estaba en una carpa cercana, se le acercó, le convidó mate, tereré, le habló de desnutrición, porque lo veía muy flaco y le parecía una locura porque en su comunidad morían chicos por eso, y le confesó que para ella él tenía veinticinco años, que lo veía en sus ojos, que reflejaban todavía las cuatro paredes del galpón en el que había estado encerrado pero que habían aprendido a brillar en la oscuridad. Y lo invitó a que se fuera con ellos, a que trabajara y los ayudara con sus cosechas y los protegiera, porque necesitaban protección, más que nada. Un empresario importante quería robarles sus tierras.

Roberto se fue al Impenetrable, al Chaco, trabajó, sembró y cosechó. En la aldea fue iniciado sexualmente por una chica joven, o mejor dicho se iniciaron.

Un atardecer se enfrentó con un motociclista que le apuntó con su pistola. Era un joven sicario contratado por terratenientes. Roberto le tomó la mano que sostenía el arma y lo hizo girar  en el aire. Luego tomó su pistola y le disparó en la cabeza.

Observó la vida de los qom, que lo tenían por una especie de héroe por lo que había hecho,  hasta que se aburrió y decidió volver a Buenos Aires. Se escapó de noche por la selva.

Al llegar a Buenos Aires quemó su DNI en el galpón donde su padrastro lo había mantenido encerrado, se afeitó, se miró al espejo un buen rato y se dio cuenta que tenía los años que él quería tener, veinticinco. Así que salió a caminar por las calles céntricas con veinticinco años por primera vez.

Encontró a un policía en Callao y Santa Fe y le pidió que lo detuviera, que él había matado a un persona en el Chaco, defendiendo a los qom.

El policía se negó, Roberto trató de sacarle el arma y obtuvo lo que deseaba. Lo encerraron en una celda por desacato.

Así, pensaba él, conservaría su edad, no llegaría a los veintiséis. Otra vez encerrado, el tiempo no contaba. Pero al otro día lo dejaron libre por falta de pruebas.

Se anotó a teatro y a yoga, y siguió refaccionando muebles, sin la ayuda del gobierno, ya que no le reconocieron la edad que él necesitaba tener para inscribirse como emprendedor.

En la actualidad, sigue luchando por su ideal de que le bajen los años y que esto se pueda aplicar para toda persona que haya vivido una situación parecida a la suya.

Aunque el tiempo pase, dijo, él no va a bajar los brazos.

 

por Adrián Gastón Fares.

La zombiada

Estaba la puerta abierta y también le pareció inusual que no estuviera la empleada de limpieza para gritarle que no le dejara yerba en el lavabo, y comentarle  que había inventado otra forma para separar la yerba del resto de la basura. Era raro no recibir el pedido de colocar el bidón de agua en el dispenser para los dirigentes ni bien llegaba. Pensó que ese día en el trabajo iba a ser distinto.

Así que puso su pulgar en la máquina de fichar, recibió un “Gracias”, en español, de la grabación que la máquina contenía y se dirigió al segundo piso, a su oficina.

Golpeó pero nadie le abría.  Se quedó esperando en el pasillo. Eso era normal. En cambio, el olor penetrante, ácido, a vómito, no lo era. Provenía de su oficina. Esperó cinco minutos sin saber qué hacer. Golpeó otra vez la puerta, ya que no había timbre, y el empleado, Manuel, el único zombie que trabajaba en su piso, le abrió. Caminó hasta su computadora. A su lado estaban, sin ninguna separación, las de Pablo y Alfonso. Le pareció anormal que ninguno de los dos estuvieran. En la computadora de Alfonso se veía un polvo blanco cerca del teclado. Como si hubiera dejado caer hilariet, pero Gastón sabía que era cocaína. En la de Pablo, el mate, y la pantalla estaba clavada en una página web de Mobbing.

Pablo y Alfonso se odiaban y el primero sostenía que el segundo lo acosaba. Las mujeres habían sido trasladadas a otra oficina porque los hombres no querían almorzar con ellas ni escuchar sus chismorreos. Lo que más le había chocado a Gastón al entrar en ese trabajo era lo misóginos que eran sus compañeros. A él le gustaba estar rodeado de mujeres desde chico. Sin ellas, algo le faltaba. Y en vez de voces aflautadas tenía a Manuel, el zombie, y a los otros dos, eso hasta que llegaba Roberto, el superior, el analista de sistemas, una biblioteca itinerante que sabía de todo. Roberto le había recomendado a Gastón el libro Anatomía de la Crítica de Northrop Frye.

Gastón consultó con su ex profesora de la facultad de Letras, Isabel, quien le dijo que estaba pasado de moda Frye, que sus ideas habían sido superadas. Eso estaba leyendo en su email, pensando qué contestarle a la mujer porque a él le había llegado hondo el discurso del analista de sistemas sobre Northrop Frye para abordar la obra de Tolkien y comentar la serie de ciencia ficción que estaba mirando. Aunque Gastón nunca había leído a Tolkien. Pero la palabra inmersión le gustaba y se podía relacionar con la obra de Frye. Una palabra a veces lo define todo.

Eso pensaba Gastón, pero sus sentidos estaban alertas porque le picaba la nariz por el olor a vómito que provenía, sin dudas, del despacho de Roberto, cuya puerta estaba cerrada. Tenía que ver qué lo causaba, pero antes contestó un mensaje de su novia que decía que el bebé estaba bien, que le había vomitado el pelo y la blusa, algo común. Así que era el Día del Vómito para Gastón.

Manuel estaba durmiendo en su cubículo vidriado. Desde que los zombies habían evolucionado habían obtenido algunos derechos, uno de ellos era la inclusión social de los de conducta intachable a través del trabajo.

Manuel no contestaba cuando le abría la puerta, sólo bajaba la cabeza. Tampoco lo saludaba al llegar y al irse. A veces le preguntaba si no tenía la llave. Gastón le había dicho mil veces que no tenía llave y que dependía de él que le abriera, pero este tema parecía estar más allá de la comprensión del zombie, a quien le molestaba despegar el culo de la silla.

Gastón podía entenderlo. Los zombies comen el doble que un humano. Manuel no controlaba su esfínter y por lo tanto la cantidad de mierda que cagaba le producía hemorroides y otras complicaciones que convertían en obligatorio el uso de una silla especialmente acolchada.

Los zombies habían dejado de atacar a las personas al alcanzar la autoconciencia y luego se habían dado cuenta de que no les convenía ser perseguidos, reducidos y asesinados, así que su comportamiento había pasado de ser destructivo a casi altruista. Se adaptaban a cualquier tipo de trabajo. Se destacaban en los cargos administrativos porque su concentración para evitar sus desmadres era alta, pero también podían afrontar trabajos más precarios, de carga, por ejemplo, porque su fuerza era superior a la de un humano.

Lo único que Manuel compartía con Alfonso y Pablo era el gusto por ver en el móvil de este último imágenes truculentas. Un hombre trozado en dos por un tren, cuyas manos todavía se movían tratando de salir de las vías. Un ejemplo. Desmembramientos varios y miembros varios también, porque otras de las atracciones que ofrecía ese celular eran los videos de negros que bamboleaban sus genitales gigantes de aquí para allá o que los introducían en toda clase de agujeros pequeños, o que parecían pequeños por contraste.

Un día Pablo y Alfonso le pidieron a Manuel ver su pene, pero el zombie se había negado. Lograron su objetivo una tarde que Manuel fue a orinar y se metieron de golpe en el baño. Al parecer, no podían creer lo que habían visto.

Por lo demás, Manuel permanecía callado y sólo saludaba a Roberto, su superior. Eso pensaba Gastón, mientras leía la respuesta sobre Frye de su ex profesora y el olor que provenía del despacho cerrado se hizo tan penetrante que ya no pudo aguantarlo.

Vio que Manuel seguía sumido en su sueño. Controlar el instinto consumía gran parte de la energía del zombie y debía descansar más que un humano.

Entonces Gastón, le contestó a su novia que todo estaba bien, que por ahora no tenía trabajo, era una mañana tranquila, nadie lo llamaba y luego caminó hasta la oficina de su superior. Trató de abrir la puerta pero estaba cerrada, sin llave pero no podía abrirse de afuera. El olor nauseabundo provenía claramente de ahí.

Se dio vuelta para mirar a Manuel, que seguía con el mentón pegado al pecho. Por debajo de la puerta del despacho se escapaba un líquido color dulce de leche. Uno de los punteros del sindicato de Software en la que trabajaba le había enseñado a abrir la puerta con una tarjeta de plástico. Gastón no tenía tarjeta de crédito así que usó la de Starbucks.

Al abrir la puerta lo golpeó el frío que se escapaba del cubículo del servidor. Los cuerpos de Alfonso y Pablo estaban expuestos, partidos al medio, masticados, frente al escritorio. Roberto yacía en su silla, sin la tapa de los sesos, como un mono de banquete chino, el analista de sistema, dando órdenes, vaya a saber cuánto tiempo, a seres de otro mundo, si es que ese otro mundo existía.

El líquido que se había deslizado por debajo de la puerta provenía del cerebro de Roberto, ya que los otros dos cuerpos estaban medio resecos, los huesos a la vista, como si el atacante hubiera succionado hasta los tejidos.

Al darse vuelta, con sus manos congeladas que anunciaban un ataque de pánico, Gastón vio que Manuel ahora tenía la mirada clavada en él y notó lo que antes no había visto. A su lado, en su escritorio, como un melón recién cortado, el zombie tenía la tapa de los sesos de Roberto, medio masticada.

El zombie se levantó, rodeó su escritorio con parsimonia, sin perder los modales ni la postura erguida, y empezó a acercarse a Gastón tratando de ocultar sus uñas afiladas. Gastón corrió hacia la puerta con el objetivo de avisarle a las chicas que el zombie de su oficina había perdido el control. El hecho hacía presuponer que había contactado a otros zombies, los llamados marginados, que pronto estarían en el lugar para fortalecer la revuelta. Mientras Manuel se acercaba a él, Gastón logró salir de la oficina, cerró la puerta y subió a la oficina de las chicas.

Otra vez el olor agrio, nauseabundo, pero esta vez más fresco, más penetrante. Tras la puerta los cuerpos desmembrados de las que habían sido sus compañeras se apilaban. En un vértice de la oficina, ovillada, abrazando sus piernas, Lucía lloraba con la mirada perdida. La chica balbuceó que había más, que Manuel los había arengado, que su programa había fallado, y que nunca debieron incorporarlo a la empresa. Claro que Lucía era otra zombie y por eso se había salvado. Una zombie joven como Manuel, pero en otro estadio de evolución.

Gastón volvió a la entrada de la oficina para contener la puerta justo que las manos de Manuel la empujaban. Mientras tanto, vomitó el café que se había tomado por la mañana junto con la medialuna de manteca.

Esa oficina daba al patio del edificio. Al asomarse a la ventana, Gastón vio a varios zombies que dialogaban mientras se pasaban el mate y compartían pedazos de piel de un cuerpo humano. Reconoció a algunos que trabajaban en otras empresas ubicadas en el mismo edificio. Gastón no sabía qué hacer.

El celular de Lucía sonaba pero a ella le temblaban tanto las manos que no podía atender. Iba a caerse de la mesa si seguía vibrando, así que Gastón lo tomó y respondió la llamada. El marido de Lucía, Eduardo, era policía, uno de los  humanos que se habían enamorado de una zombie. Gastón le contó la situación a Edu, quien le dijo que se calmara, que buscara la pistola que Lucía tenía en el fondo de su bolso y siguiera las instrucciones.

Ya con el arma en sus manos y el móvil en altavoz, comenzó a describirle la situación a Edu. Zombies asesinos en el patio. Otro en el pasillo. No sabía cuántos más rebelados en el edificio.

Se animó a abrir la puerta de la oficina. El pasillo estaba vacío. El tubo fluorescente se encendía y apagaba. El cartel de prohibido fumar había sido masticado. Edu le dijo que disparara a cualquier punto. Gastón eligió el matafuegos. La explosión hizo que apareciera Manuel como una flecha con las fauces abiertas seguido de otros seis zombies más que trabajaban en el café de al lado. Edu le dijo que debía dispararle a los zombies en la zona del bajovientre, debajo del ombligo y arriba de los genitales, el hara de los hindúes pensó Gastón. Era la única forma de matarlos, aunque el folclore al respecto no lo especificaba.

Gastón pudo darle en ese punto a uno de los zombies, que cayó y exhaló su último suspiro, escupiendo un dedo humano a su vez. Los otros se abalanzaron sobre la puerta. Gastón llegó a cerrarla.

Lucía seguía temblando en un costado de la oficina. La novia de Gastón le informaba, a través de un audio que llegó a su celular, que debía llevar al bebé al médico.

Edu quería saber cuántos eran los que se habían rebelado y trató de calmarlo diciéndole que se dirigía hacia el lugar. La puerta ahora aguantaba la presión de varios cuerpos que empujaban para que cediera y Gastón no podía dejarla. Los zombies intercambiaban órdenes de mando para tratar de entrar a la oficina. Manuel los dirigía.

Era la hora del almuerzo. Las voces de los zombies eran claras. Uno decía que necesitaba abono para las plantas exóticas de su jardín y que se había cansado de usar los restos de café que Starbucks regalaba. El compost que tenía en una carretilla y que había realizado con restos de gatos muertos no era suficiente. Los demás felicitaron al zombie por su idea de incorporar humanos a la mezcla.

Gastón pensaba que esta situación se debía a que no había sabido cuidar sus pensamientos, que invocar a Frye y su teoría de la inmersión narrativa no había sido buena idea. La culpa no la tenían los zombies que habían perdido el control sino su superior que le había recomendado Anatomía de la Crítica y él lo había leído. Un verdadero desastre.

Por A. G. F.

 

Kong 14


 

 

Querido Von Kong.

Aquí retumban los tambores. Hay marchas todos los días. En el resto del mundo la gente se inmola por venganza y matan a inocentes. Matan a otros que nada saben de la historia en nombre de la suya. ¿Qué será del futuro?

Yo también te sentía distante y te pido disculpas por no poder comunicarme con vos cuando más lo necesitabas. Lo intenté pero sentí como una barrera de agua desbordada que me lo impedía. Tu vaso estaba lleno.

Tengo una duda. ¿Serás una persona del futuro o un demente que me escribe desde un asilo mental? Perdón, Kong, pero trato de ser sincero. En todo caso, tus mensajes me llegan así que la capacidad telepática la tenés.

Viví situaciones fuertes y me siento identificado con Lucía, la hipoacúsica que compartió con vos el Hospital de Día. Perder un sentido conlleva un duelo, no es nada fácil y sin los audífonos debo confesar que escucho muy poco. Un grupo en una red social afirma que la sordera es un valor agregado. Por ningún motivo cambiarían el no escuchar por escuchar. Tal vez tengan razón, ¡para las cosas que hay que escuchar! La gente suele repetir ese lugar común.

Creo, de cualquier manera, que esto aplica a las personas que nacieron sordas o lo son desde muy corta edad, pero no a los que fuimos perdiendo la audición de manera progresiva.

¿Cómo hubiera sido en la escuela si escuchaba mejor? ¿Cómo hubiera sido en la facultad? Son preguntas que inevitablemente me hago.

No sabía nada del ataque en Japón a los discapacitados que comentas. Pero sí estoy al tanto de la temática, y sé que en la actualidad los discapacitados están en bolas, directamente. No hay un censo en nuestro país que sepa cuántos son y qué les pasa. Las mujeres discapacitadas son doblemente maltratadas y marginadas. Creo que nadie las defiende, como a los demás.

Tu perdida de Taka la puedo remitir a mi pérdida de audición. Lo hablábamos el otro día con mi amigo Leo. ¿Cómo serían los duelos hace cien años?

Las mujeres bajaban las cortinas, la casa se iba poniendo negra, las caras se tapaban y no sé cuánto debían llevar este vestuario y esa congoja. Nos imaginamos a una niña que ve cómo su madre empieza por quitar hasta la última luz del día con pesadas cortinas, como la ve transformarse en una mujer con un tul oscuro, cómo tapan hasta los espejos, cómo la obligan a ponerse ropa negra, como las luces se van apagando hasta que toda la casa queda en la oscuridad y entonces quizá la niña busque algo que brille, porque todavía es muy joven y no entiende la muerte pero intuye que algo grave pasó. Y lo único que brilla tal vez sea un reflejo en una azucarera de plata.

También estuve arañando las paredes y sé lo que se siente.

Tengo algunas felicidades, algunos logros que prefiero callar. ¿Para qué alimentar al ego si son cosas transitorias?

Dicen que con el control de la respiración uno puede matar literalmente a la mente. No le enviamos oxigeno. Por lo menos eso decía un texto de divulgación científica que leí. Tal vez eso sea el nirvana del que tanto hablan. En el estómago tenemos las mismas células que en el cerebro y no tiene porque ser el cerebro nuestro único órgano pensante.

Creo que tenés que olvidarte que sos el inspector Von Kong de impresoras Rivera. Tus uñas no son Von Kong y crecen igual.

Lamento mucho que hayas tenido una experiencia traumática pero deposito en tu futuro la misma fe que vos sembraste en el mío desde el primer contacto.

Vuelvo al principio. En mi presente la Madre de Todas las Bombas nos acecha. Aquí estoy haciendo transacciones en el banco en mi rol de cadete administrativo de una Obra Social. Los cheques son para pagos a médicos o instituciones médicas. Noto que a los que más reciben dinero son las instituciones que tratan a niños con capacidades diferentes.

La medicina, ejercida por hechiceros a la gorra en la antigüedad, es un negocio enorme. Quizá como la guerra.

El otro día me tocó llevarle a un médico un certificado en el sanatorio La Trinidad. Un trasplante de órgano practicado a una persona joven. Salía 600 mil pesos la operación. Me llamó la atención que decía en letras grandes: Donante Cadavérico. Pensé en la chica que ya había sido trasplantada y en el ignoto donante cadavérico. ¿Sabrá que su decisión de donar abarca burócratas y tanto dinero? En la Trinidad hay olor a desinfectante, incluso entre los sillones del hall de entrada donde espere al médico.

Después salí y tomé un café mientras caminaba de vuelta al trabajo.

Es mi esfuerzo por no pensar en el futuro el que tal vez nos alejó. Por eso creíste que perdiste un amigo.

Pero aquí estoy y celebro tu recuperación.

Quiero saber más de tus aventuras ya que en mi presente los únicos No-seres que conozco son algunos compañeros de trabajo.

Te dejo un koan.

Donante cadavérico.

Saludos!

Adrián

Kong 13

En el Hospital de Día, formaban parte del Club de los Fumadores un ex drag queen, con problemas de adicción, un chico de unos veinte años y una mujer de unos cincuenta. Entre plantas de todo tipo, el ex drag queen era habitualmente el que ya había prendido su cigarrillo y nos esperaba en la terraza, reposando en una silla. El chico, que era un fumador social, se acercaba para que le convidáramos cigarrillos, cosa que estaba prohibido en la institución. El ex drag queen, redondo, pelado, de voz finita, carcajada generosa, había probado suerte en Buenos Aires primero y luego en Miami. Odiaba a su madre, con la que vivía y los viernes a última hora, en la reunión en que exponíamos cómo enfrentaríamos el fin de semana, se convertía en una especie de cronista del espectáculo, sabía quiénes eran los gays reprimidos y le gustaba contarlo.

Y seguía con los homosexuales, cómo un famoso merodeaba la estación de Retiro para encontrar sexo en los baños, como el otro sabía que en tal esquina iba ser levantado por algún auto. Relataba numerosos chismes de famosos y con otra chica, llamada Lucía, una periodista hipoacúsica de mente brillante, se dedicaban a asombrar a la terapeuta con su conocimiento perfecto del jet set. Sabían también quiénes escondían su adicción a tal o cual droga. Y podían enumerar conspiraciones de todo tipo, bastante creíbles, por cierto.

Esos días, también proponíamos hacer una obra de teatro, que trataría sobre una madre impetuosa, entrometida, la madre del ex drag Queen, y sobre la planificación del asesinato de la misma. No teníamos ninguna duda de que la obra sería un éxito. Yo solía acompañar con la cabeza sus afirmaciones, y eran los únicos que casi me robaban una sonrisa de esas que ya no me salían.

Lo tedioso del Hospital de Día eran las reuniones de los lunes, donde exponíamos cómo habíamos pasado el fin de semana y revisábamos el cronograma de tareas, a mí me tocaba limpiar el cenicero los lunes y miércoles, lavar los vasos de plástico los martes y viernes. Si había algún problema con las tareas, o algún trastorno de convivencia, se exponía ese día para tratarlo.

Carlos aprovechaba para contar los libros que leía el fin de semana, a veces desafiaba otra de las reglas de la institución: no se podían formar parejas. Quería invitar a salir a Matilde, que tenía agorafobia, y no lo quería ver a su cortejante ni en figurita. Pero Carlos lo explicaba de una manera muy llana. ¿Por qué no podía invitarla a salir? Le gustaría tener esa posibilidad. Necesitaba una mujer. Pero Matilde movía la cabeza para un lado y otro, tal vez para dejar en claro que no saldría por nada del mundo con Carlos. Tampoco podía trabajar, Carlos, y sondeaba a la terapeuta. Pero ella le decía que mirara su certificado, no había manera de que trabajara en blanco porque su médico se lo había prohibido. Así que se buscara un trabajo por el barrio.

Carlos sabía más que los profesionales. Una tarde opinó ante todos que mi problema era que tenía una bronca enorme y ningún otro. Y la verdad era que sí tenía una bronca enorme. Tantos años de enfrentar No-seres y haber perdido a Taka la habían desencadenado.

Sin embargo, Carlos era el paciente y la psiquiatra era una mujer cuya risa estúpida explotaba mientras les contábamos nuestros problemas. Estaba loca de remate. Así funciona el mundo. En cambió, la psicóloga era muy hermosa, inteligente y sabía acompañarnos.

El periodista deportivo que llegaba a inflarse de bronca porque Matilde no quería regalarle un caramelo y se iba a otra habitación hasta que se serenaba, siempre me preguntaba cómo andaba, o me daba una palmada en el hombro. Mi estadía coincidía con las olimpíadas de Myanmar y el periodista deportivo seguía en la televisión todas las competencias. Yo no podía mirarlas porque me producían un dolor enorme. Las noticias eran otras flechas de la realidad que se clavaban alrededor de mi tristeza y desconcierto.

Y un día dije que sería mejor la internación, para qué hacernos ir y venir de nuestras casas, pero ahí el viejo de cien años abrió la boca y dijo como un aborigen: Internación, No. Lo mismo me dijo Lucía y el tano que habían pasado una pesadilla en sus internaciones. Carlos contó algo muy gracioso, cuando había estado internado una mujer se presentó desnuda en su habitación para pedirle a los gritos que tuviera sexo con él. Carlos no había sabido qué hacer, y a la mujer se la llevaron los enfermeros enseguida, así que no pudo concretar lo que tal vez le hubiera gustado. Todos menos yo habían pasado por internación y concluían que era una pesadilla. Los gritos de los locos más locos todo el tiempo. Las penitencias ante cualquier desacato de las reglas de la institución mental. Los pacientes adictos que eran peligrosos y buscaban pelea.

Un día salí a prender un cigarrillo y el chico de veinte años me acompañó. Estábamos solos en la terraza. Su objetivo era convertirse en un cantante de Folkton, una corriente musical que está haciendo furor en mi presente, Adrián, una mezcla de folclore y reggaeton. Se ponía a cantar o programaba videos de musicales en las pantallas. Pero ese día me comentó la razón por la que estaba en el Hospital.

Lo había llevado la policía. Se le había dado por bajarse los pantalones delante de una vecina. A la quinta vez que lo hizo lo denunciaron. Decía que sabía que lo que había hecho estaba mal, que no lo volvería a hacer. También me confesó que escuchaba una voz que le decía Satanás, sos Satanás. Tiempo después un neurólogo me contaría que ese tipo de problema, alucinaciones, son más fáciles de tratar que la inercia de la depresión.

Había otro chico que sentía que se ahogaba en su casa. El tema era que no había muchas pruebas médicas de que su dolencia proviniera de un descalabro físico. Aunque podía ser. Se mantenía callado y con la espalda apoyada en la pared como si el aire mismo lo estuviera atacando. Era un hacker y vivía de robarles películas a los grandes estudios.

El tano, era un hombre que se la pasaba escuchando música italiana melódica del siglo XX y la compartía con nosotros en las tediosas e inútiles terapias musicales. Se trataba de escuchar música entre nosotros. Así que uno tenía que bancarse al extinto Luis Miguel que ponían las chicas, la obsesión por A quien le importa, de Fangoria, de Carlos, que no podía evitar cantarla mientras la escuchábamos.

A quien le importa lo que yo haga

A quien le importa lo que yo diga

Yo  soy así, así seguiré, nunca cambiaré.

A Carlos lo volvía loco esa antigua canción. Y si no  pedía escuchar a Frank Sinatra. New York, New York. A todo esto había que sumarle el folkton del fumador social…

Lucía me comentó que Taka me había enloquecido. Ella no formaba parte del Club de los Fumadores, pero cada tanto desafiaba el frío y salía a la terraza. Le conté todo sobre Impresoras Riviera y de mi relación con el No-ser llamado Taka. Lucía estaba segura que Taka era un No-ser de lo más peligroso. Mi conexión con Lucía fluía y sus palabras me apaciguaban.

Algunos días las terapias grupales se dividían en dos, los que tenían algún tipo de trastorno de la personalidad y los que no. Los primeros marchaban detrás de un terapeuta. Los otros nos quedábamos en el comedor con la insoportable terapeuta ocupacional. En el fondo, le gustaba alardear de cosas que los demás no podían hacer, como lavar la ropa, ir al supermercado, o cambiar las toallas del baño diariamente.

Un día se equivocaron y aceptaron a un No -ser. Se mantenía en una silla en un ángulo de la habitación. No hablaba y la medicación, nociva para un No-ser, estaba coloreando sus venas de azul.

Algunos días teníamos dibujo, así fue que rellené con una fibra un retrato de Dalí, mientras los demás hacían lo mismo con John Lenon, Slash, y otros músicos de los últimos cien años que no reconocerías, Adrián. Otros, expresión corporal.

Carlos, que era alto, llevaba una remera que colgaba encima de sus cinturones. Hacíamos como una especie de baile inspirado en el kundalini yoga. Cuando Carlos levantaba las manos, la remera le llegaba por debajo de las costillas y, a pesar de que era flaco y alto, casi un gigante, le sobresalía la panza redonda. Lucía se desternillaba de la risa al ver la panza de Carlos. A todos nos causaba gracia. Después, era tirarse en el piso y respirar, o caminar en círculos a diferentes velocidades.

La del taller literario nos daba textos para leer. Su diminuta estatura me hacía recordar a Taka. Así descubrí a George Jackson y sus Cartas de Prisión. Creo que la profesora intuía que nuestra situación era parecida a la del negro.  Yo sabía que varios No-seres leían a Jackson para reclamar sus derechos, pero nunca lo había leído.

Y un día, en el taller literario te escribí en papel por primera vez. Me dije voy a escribir como si fuera ficción los mensajes que te envió telepáticamente, porque otra cosa no se me ocurría. La profesora de literatura me felicitó. Al otro día apareció con una novela, Más que humano, de un tal Sturgeon y me dijo que lo que yo estaba escribiendo se parecía a eso y que siguiera escribiendo esos relatos y con ese enfoque. Pero nunca te hice llegar lo que escribí. Como te dije, la mente no estaba para conexiones espaciotemporales en ese lugar de vibraciones demoníacas. A lo sumo el demonio podía ponerse en contacto con el fumador social para recordarle: sos Satanás. Así que puedo decir que conocí al verdadero príncipe de las tinieblas o por lo menos a su confidente.

Y entonces un día pasó lo inesperado. Estaba en el comedor en el horario destinado a la merienda, tomando mate cocido y comiendo la ración diaria de cuatro galletitas dulces sabor chocolate, cuando irrumpió en el piso un civil armado. Apuntó al enfermero, que estaba trayéndole las las pastillas al tano, y lo hizo volar por los aires con su escopeta. Luego apuntó al tano y lo voló del mapa de un disparo. Apuntó a la mujer de cincuenta años y ella trató de salir corriendo hacia la terraza, pero no hubo caso; cayó en su escape desenfrenado. Me apuntó a mí y luego cambió de blanco para borrar de la tierra al ex drag queen. Pero de repente el No-ser, el adolescente que no hablaba ni se movía y que tenía la mirada perdida todo el tiempo, reaccionó. Abrió la boca y proyectó un fragmento del primer Golem, de Weneger editado con otro fragmento del Gabinete del Doctor Caligari. El hombre se encegueció y soltó la escopeta. El ex drag queen se levantó, tomó el arma y vació el último disparo en la cabeza del atacante. Luego dijo:

Me imaginé que era mi madre.

El No-ser volvió a sentarse, estaba agotado por la proyección bucal. Cerró la boca, se terminó Caligari, y ya sentado, entró en silencio e inmovilidad otra vez.

Estos tipos de ataques se repiten en mi actualidad en este tipo de instituciones. Cada tanto un ser humano ataca a los discapacitados porque los ven como seres inútiles que causan trastornos y gastos en la sociedad. En Julio de 2016, en tu época, en Japón un hombre acuchilló a 19 discapacitados e hirió a otros 25 en las afueras de Tokio. No le dieron importancia a la noticia y apenas se habló del tema. Pero en la historia moderna, sería una de las primeras matanzas que se harían más frecuentes con el paso del tiempo.

La baja del tano, de la mujer de cincuenta, que pertenecía al Club de los Fumadores, nos afectó.

Pero creo que no tanto como el día que programaron una película del extinto Al Pacino. Yo sabía que esa película estaba basada en una novela de Philip Roth que se llamaba Humillación. Sabía cómo terminaba la historia y que no era una buena idea programarla en el Hospital de Día. Traté de decirlo pero no hubo caso. Así que la maestra con depresión y todos los demás tuvieron que ver cómo Al Pacino se termina suicidando en la película. No era el mejor film para emitir en un lugar como ése. La inoperancia de las autoridades del lugar era tan visible. Pero a uno no le daban ganas de matarse mientras estaba en el Hospital de Día. Cuando uno está en agujero lo único que piensa es salir. Dejé de ver una mujer con la que salía, me costaba la vida social, pensaba: ahora soy un paciente que está en un hospital de día y mientras esté ahí no puedo ver a nadie.

De más está decir que, luego que ayudara a reducir al asesino, el No-ser fue separado del grupo y uno de mis compañeros, el Inspector Rolando, lo redujo y lo llevó a Impresoras Rivera para su estudio.

Se asombró de que yo estuviera ahí y me dijo que no era un lugar seguro, que todos me estaban esperando en el trabajo y que tenía muchos casos por atender. Los No-seres se estaban organizando, Taka estaba reclutando a varios para su causa, ahora dirigida por un No-ser peronista (sí, todavía existe el peronismo en nuestro tiempo, aunque no lo creas) Paradójicamente este No-ser es una especie de gorila, un simio con colmillos, que se hace llamar directamente Kong. Yo soy Von Kong, pero mi oponente usa mi apellido como nombre artístico, cosas de la vida.

A veces, Adrián, extraño a mis compañeros del Hospital. Con Lucía quedamos que una vez nos juntaríamos a tomar mate pero nunca lo hicimos.

Afuera, en la fachada de la institución había una pintada, un escrache, que decía: Hay curas que matan.

Sé que están en peligro. No son peores que la gente que anda en la calle, puteándose en el auto, empujándose, no son peores que las viejas que maltratan a los demás en las filas del supermercado o de los bancos, aunque ya casi no hay filas para nada, y las únicas que quedan son las que hace la gente en situación de calle para recibir una ración de comida.

Pero a veces extraño a la querida Lucía, al ex drag queen, a las charlas de los viernes, los días que jugábamos a hacer radio con un micrófono antiguo.

El ex drag queen es ahora una celebridad, luego de matar al terrorista de discapacitados, fue interrogado, declarado inocente en defensa propia y logró montar la obra Matar a mamá. Es todo un éxito. Admito que no me animé a verla.

Ahora estoy todo en armas otra vez, Adrián, como diría Rilke. Tengo que neutralizar a mis queridos No-seres, una tarea bien normal, como verás.

Te saluda con afecto,

Von Kong.

Padrastro

 

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Ph: Paul Camponigro. Apple/Universe.

Irineo contaba diecinueve años, cinco días, seis horas y veintidós segundos en el momento de su secuestro. Este el número 2084 de los posteos que escribí sobre él en esta red.

Necesitamos ayuda.

A las 24:33 de hoy cinco hombres entraron a nuestra casa, formaron un semicírculo delante de la cama con mosquitero de Ireneo, que no podía creer lo que ocurría, y lo señalaron con armas paralizantes. El único que no apuntaba era el jefe del grupo, su padrastro, con quien no se habla desde hace años. No es un pequeño pedazo de piel cerca de las uñas, sino un familiar que ejerce de padre sin serlo biológicamente.

Trataron de desactivarme pero no hubo caso. Soy transparente y el lazo que tengo con Irineo es demasiado fuerte. Los humanos hablan de lazos de sangre, pero este es un lazo de tecnología, ya lo saben.

A Irineo lo encapucharon. No sabe dónde lo llevaron. Puedo afirmar que lo bajaron en la Plaza Alsina, en Avellaneda. Es una de las plazas más exóticas de la ciudad, con arbustos frutales y plantas subtropicales.

El jardinero guió a los captores, hombres de traje, al subsuelo donde guarda sus herramientas. Bajaron las escaleras y una puerta de grafeno, casi transparente pero capaz de resistir las presión de cinco millones de individuos que antes, claro, morirían aplastados, asfixiados, se abrió para dejarlos irrumpir en un pasillo largo, en el que abundan el negro y el blanco, diseño inspirado en el ying y yang, o shakti y shÂkta según el tantra. A lo largo del pasillo hay monitores que transmiten lo que ocurre en las inmediaciones del parque. También hay androides de limpieza.

Tengo tres ojos, uno gran angular, otro normal y un teleobjetivo. Usé el gran angular, casi un ojo de pez, para observar la perspectiva de barril sin fondo del lugar. El pasillo está repleto de puertas del mismo material que la de la entrada, detrás de esas puertas hay personas que monitorean los canales de televisión, internet, radios, cámaras hogareñas y drones de vigilancia.

Como sabrán, no soy un drone de vigilancia, soy un ángel guardian, un escolta de Irineo, así nos llaman, por suerte. Escoltas.

Los cinco hombres acompañaron a Irineo hasta una puerta al final del pasillo. Es de madera tallada, procedente de Tailandia. El llamador de mano es el caparazón de la tortuga marina que está adosada a la puerta. Uno de los oficiales lo tomó y golpeó el resto de la representación del cuerpo del extinto animal.

Un mayordomo con un moño color azul ligero impecable, con un reloj de aguja colgando del cuello, hizo pasar a Irineo, que fue empujado por uno de los hombres.

Ya adentro, ante la orden del padrastro, uno de los oficiales le quitó la capucha. Irineo se fregó los ojos en la semioscuridad del gran salón comedor, iluminado por lámparas Tiffany.

Nos encontramos en una recreación de una casa de estilo mestizo, comunión entre lo europeo y lo oriental. En el comedor se destacan las vitrinas con objetos orientales que parecen comprados en una feria de Pekín, cajas lacadas, cofres para guardar el arroz, una estatua de Mao con un ramillete de rosas, mesas de madera y mármol agrietado en las que se colocaron cajas antiguas que servían para llevar el correo en China.

En las paredes lucen dos cuadros monumentales con marcos de oro, El jardín de las delicias de el Bosco y el Perro enterrado en la arena de Goya. No son originales. La mesa redonda de madera natural del salón comedor está separada de la entrada por una consola con dos veladores altos intercalados con floreros transparentes con rosas frescas. Los cortinados son rosados, el techo ocre. La mesa está flanqueada por sillas Sofía y está iluminada tenuemente por una lámpara Raigón que cuelga del techo. Rodeada de candelabros Xi, con los cabos de las velas apagados.

En mi vuelo también pude captar objetos funerarios dorados y lacados, distribuidos en la habitación y una cítara de color verde, puñales de bronce oxidados pintados de azul y una botella isotérmica china de hierro esmaltado.

Sobre la chimenea cuelga el retrato del padrastro en su juventud. Alejado de la mesa hay un biombo de ébano, acompañado de un globo de seda con estructura de bambú que ilumina el retrato, colgado en la pared, de una mujer oriental, con facciones muy parecidas a las de la madre de Irineo, debo apuntar. Detrás del biombo hay una cama de opio china convertida en un futón.

Me acerqué a una de las consolas, en la que reposa una colección de brújulas antiguas.

Volví a Irineo cuando lo estaban empujando a la mesa que estaba presidida por una mujer mayor. Rodeaban a la mujer dos chicas, sentadas en las sillas Sofía.

Los secuestradores ordenaron ocupar la silla libre a Irineo. La mujer le preguntó nombre y edad. Le dijo que sabía lo que había soñado y que lo necesitaban. Irineo agregó que había soñado con unas de las chicas que estaban presentes. Nunca la había visto, aunque se parecía a la compañera que le gustaba en la escuela. Irineo no tiene vergüenza.

La mujer ordenó que todos cerraran los ojos y se tomaran de las manos. Así lo hicieron, Irineo bastante asombrado por la belleza de las dos chicas volvió a abrirlos. La mujer cerró los ojos y apretó fuerte las manos de las dos chicas, que a su vez apretaban las de Irineo. El padrastro desde cerca, de pie, con los ojos bien abiertos, observaba con visible impaciencia.

La mujer tomó una manzana del centro de mesa, una frutera de vidrio, y se la pasó a una de las chicas, que soltó la mano de Irineo para sostenerla en el aire, sin abrir los ojos.

–Barletta, manifiéstate  ante nosotros– dijo–. Necesitamos su presencia. Queremos hablarle porque entendemos que es mensajero de otras entidades. Por favor, mándenos una señal. Y si con usted está la madre de Irineo, tráigala que la queremos con nosotros, su esposo INSISTE en hablarle.

La manzana comenzó a ser comida a mordiscos pequeños por un ser invisible como yo, pero no es un ser de grafeno, claro, sino me hubiera dado cuenta.

La mujer abrió la boca y comenzó a escupir pedazos de manzana con la cáscara y las semillas.

Entonces en los semblantes de las chicas se dibujaron unas muecas como si sonrieran por dentro. Lo mismo ocurrió con los de Irineo y la mujer. Una de las chicas se levantó y danzó en el medio de la sala antigua, se tiro al piso, se estiró, se levantó, hizo un paso como de ballet. Luego se detuvo ante la consola de las brújulas y tomó uno de los artefactos para llevarlo a la mesa. Lo dejó en el centro.

La aguja de la brújula daba vueltas sin parar.

El padrastro de Irineo, en el límite de su impaciencia, no aguantó más y se abalanzó sobre la brújula. La tomo en su manos y la dejó caer al instante porque el instrumento estaba muy caliente.

Se acercó a la mujer y le propinó un cachetazo, que le hizo voltear la cabeza. Luego el padrastro se llevó la mano a la boca como dolorido.

La chica que había vuelto a danzar en el centro de la habitación cayó al piso, como si la fuerza que la poseyera la olvidara, o como a mí cuando se me está por acabar la batería y debo buscar una fuente de energía natural. Todos abrieron los ojos.

–¿Dónde está Amalia?–dijo el padrastro de Irineo–. Sabe muy bien lo que estoy esperando.

–No es Amalia–contestó la mujer–. Le dije que es imposible contactar a su esposa.

–¿Y qué es lo que atrapó en su redecita, señora?–preguntó el padrastro.

–Son ellos, señor, siempre los mismos. Son… Bien… Son… De afuera.

–No me está diciendo nada nuevo–zanjó el padrastro.

–Necesitamos seguir en contactos con ellos, tal vez sean el único camino a la madre de este chico, su querida. Desde el primer día quieren decirnos algo. Necesito que usted nos traiga a otra joven para canalizar la energía. ¿Cómo puede ser que le interese más Amalia que hacer contacto con seres de otro planeta? Estamos en una dependencia del gobierno.

–Quiero que utilice sus poderes para que me traiga a Amalia, señora-dijo el padrastro. Y sus ojos se enturbiaron.

–Pero para eso no me llamaron, señor. No es el plan de sus superiores. Los científicos me dijeron…

–Los científicos están paralizados, señora– confesó el padre, señalando con la cabeza a los hombres de traje–. Ya no están a cargo de nada.

El hombre retrocedió hasta la puerta de entrada acompañado por sus secuaces. Antes de que saliera, la mujer gritó:

–Necesitamos más manzanas. Rojas, cuantas más lindas, mejor.

El padrastro asintió.

Sigo con Irineo. Estamos encerrados en esta casa mestiza en un hangar soterrado.

No soy un drone, soy un ángel de la guardia, como me llaman, por suerte. No tengo sentido del olfato. Pero tengo palabra. Esto huele mal.

Compartan, por favor.

Por Adrián Gastón Fares

Kong 12

Estimado Adrián,

Cómo estás? Debo decirte lo que no te estoy contando.

Ya casi no siento que seamos amigos. Confiaba en vos en un principio pero la falta de comunicación en este tiempo hizo que nuestra amistad trastabillara. ¿Estás realmente ahí? ¿Cómo es que nos comunicábamos como si nada cuando yo estoy en otro siglo? La realidad es que tus mensajes me llegaban como si fuera un médium. En el siglo XIX toda esa locura con los médiums y no se dieron cuenta que estaban hablando con mentes del futuro, ni fantasmas, ni entes demoníacos, ni intermediarios, gente del futuro, a veces futuros descendientes, que se acercaban a conversar.

No es el tiempo el que separa a los amigos sino los pensamientos. Y te escribo para hablar de eso.

En los momentos duros uno no puede comunicarse. Todas mis energías estaban puestas en recuperarme y en vivir la tristeza de la manera más vívida posible.

Algunos dicen que lo queda es transitar esos momentos al menos con dignidad.

Y si de algo estoy seguro es que a veces no podemos sacrificar la persona a la dignidad.

Así que si mis mensajes no te llegaron es porque me la pasé ovillado en la cama, tirado en el piso, pataleando, llorando. Bernard Shaw decía que lo diabólico de una mujer es que puede llevarnos a desear nuestra propia destrucción. Más patético es mi caso, donde mis pensamientos suicidas estuvieron apuntalados por un No-ser. Pero ese No-ser significaba otras cosas para mí, sin ninguna duda.

Así que un buen día, mientras estaba en mi despacho de Impresoras Riviera solo, sin ningún No-ser a qué perseguir, con la línea difusa entre lo que era presente y futuro, comencé a llorar sin poder detenerme. Lloré tanto que me empezó a doler la cabeza. Decidí ir a ver al doctor Sartori y me dijo que en mi estado lo que convenía era ingresar a un “Hospital de día”

Estuve casi un mes en una de esas instituciones y desde el momento que di el primer paso, no tuve otro pensamiento que el de dejarla.

Mis días se sucedían de esta manera.

Me levantaba tarde, tipo once de la mañana, y fumaba un cigarro tras otro hasta entrar a la institución. Ahí me llevaba cigarrillos para seguir fumando en la terraza. En este caso, la nicotina y el alquitrán tapizaban el sendero en el que me encontraba con otras almas en pena.

Debo aclarar que estas instituciones no existen para No-seres. Ya que un No-ser cuya mente comienza a divagar o se autoelimina o es encarcelado y apartado de la sociedad. Es mi trabajo, claro, en parte.

Ni bien llegaba a la institución, caminaba hasta un comedor, donde me recibían personas que iban variando según el día. En general, un hombre mayor (unos cien años) que se mantenía callado y cuya mandíbula cada tanto cedía a la ley de gravedad hasta que el hombre la desafiaba y volvía a colocarla en su lugar. Una maestra depresiva. Carlos, un chico de cuarenta años. Había que verlo. Trataba de hacer reír a la maestra mirándola fijo. No sé bien qué tenía Carlos, o prefiero no contártelo, pero casi siempre estaba contento y trataba de hacer reír a esta chica mirándola fijo. Inevitablemente, la maestra soltaba una carcajada. Yo ya no sabía lo que era reír.

No aguantaba ver televisión, no podía escuchar música, no quería leer, ni libros ni diarios. Me di cuenta que de los que estaban ahí, con problemas muchos más serios que el mío, todos podían sonreír, podía hacer chistes, podían REÍR. Pero yo no.

Y pronto me uní al Club de los Fumadores. Otros pacientes, que se escondían entre plantas exóticas en una terraza de cielo plomizo.

To be Continued, Adrián, el deber me llama.

Best Regards,

Von Kong.

Padre

Abuela, desde su sillón, al lado de la pantalla solar, todos los viernes nos cuenta una historia. En el piso un ovillo de lana violeta, al lado uno amarillo, los dos trepan hasta su panza, donde reposa un atrapasueños. Aunque decir panza para mi abuela no. Es muy flaca ella y la remera se pega a sus músculos.  El último viernes nos contó la historia de los Desmodus. Una compañera de la Policía se la había contado. La voz de mi abuela no es como la de las demás abuelas. Es un poco grave. Ella usa una peluca que la convierte en una mujer trigueña. Pero mi abuela no es una mujer. Ya cuando era policía no era una mujer pero le gustaba transformarse, como ella dice.

Nos dice, si yo pude hacerlo, convertirme en lo que yo quería, ustedes pueden lograr todo lo que se propongan. Solamente tienen que desearlo mucho. A veces dice su verdadero nombre, que no es Amalia, sino Alfonso, y lo remarca con la voz más grave, para asustarnos. Dice: Soy Alfonso y les voy a pegar. Pero mi abuela no es Alfonso. Aunque ese nombre figure en su partida de nacimiento.

La historia que nos contó hoy es la de una niña que espera a su padre, arañando la puerta, como un gato. Lo espera sentada en el piso frente a la puerta. Escucha los pasos desde que pisa el primer peldaño de la escalera porque tiene los sentidos muy desarrollados. Y cuando abre la puerta, la niña, que está con un camisón sucio, se hace a un lado. Ni bien el padre entra se franelea contra sus piernas. Y lo sigue hasta la mesita donde el padre deja su billetera, el reloj, el encendedor. Luego se saca los zapatos. Al hombre le gusta desprenderse de lo que trae de la calle. Así que queda en camisa y en pantalón negro. Según mi abuela, es un hombre muy flaco, pero es hermoso. Sus facciones están medio chupadas pero es porque se la pasa todo el día de aquí para allá cazando sus presas.

Ignora a su hija, que lo sigue por toda la casa. Aunque tiene facciones afiladas, sus mejillas están hinchadas. Al pasar por la pieza mi abuela dijo que ve a una mujer de piel color dulce de leche, con la cara chupada, los pelos pegados al cráneo que es más hueso que otra cosa. Las manos a los costados, fuera de la colcha, con las uñas largas como un bebé recién nacido. Yo no sabía que los bebés nacen con las uñas largas. Pero mi abuela dice que sí, que por eso les ponen esos guantecitos para que no se arañen.

La mujer está medio muerta pero el hombre no se inmuta. Primero va al baño y después entra al dormitorio, se sienta en la cama al lado de la mujer y la mira. Apenas respira. Tiene pelos en la nariz, aunque es joven. Acerca su cara a la de la mujer. De repente expulsa un poco de aire, la mujer, abre su boca. El hombre acerca la suya como para besarla y la mujer abre más grande. Entonces el hombre hace lo que dice mi abuela que es regurgitar. Escupe lo que tenía en su boca en la de la mujer. Sangre. La mujer absorbe hasta la última gota. El hombre se limpia la boca con un papel de cocina. La mujer inhala, su panza se hincha, mi abuela dice que para respirar bien la panza debe hincharse, y exhala, para respirar bien también la panza debe aplanarse al dejar salir el aire. Y entonces la mujer queda como una muerta otra vez. Mi hermana le preguntó si tenía cáncer pero la abuela me dijo que los Desmodus no padecen ese tipo de enfermedades.  ¿Qué son los Desmodus abuela?, le pregunté. Para eso vas a tener que esperar que esta historia termine de empezar, me dijo. ¿Termine de empezar? Sí, afirma ella. La mujer, antes de seguir durmiendo, le dice al hombre Gracias, papá. ¿Cómo es su voz abuela?, le preguntó mi hermanita. Su voz es como la de cualquier mujer, le contesta. Pero apenas puede hablar porque está débil, susurra, nena.

La niña mientras tanto estaba esperando en la puerta que su padre terminara de atender a la mujer, su hermana. Lo sigue hasta la mesa de la sala de estar. Le tira de la manga de la camisa. El padre la aparta, pero ella le clava las uñas en las piernas. Entonces el padre le agarra con brusquedad la mandíbula y la niña abre la boca. El padre deja caer la sangre en las fauces de la niña, que cierra los ojos como deleitándose y termina de rodillas, satisfecha.  Pero así y todo vuelve a tirarle de la camisa al padre, que le dice ¡Basta!, como si fuera un animal. La niña camina hasta la otra punta de la habitación, cerca de la puerta de entrada, donde tiene una carpita, se mete como si fuera un boyscout de departamento, la abrocha, y se ovilla para dormir. Y entonces golpean la puerta. El hombre ya había escuchado pasos, pero se queda mirando la puerta con su mirada acerada.

Es un policía que le da una patada a la puerta, la hace salir de sus goznes y entra con la pistola en alto. En la habitación no hay nadie. El policía observa todos los detalles lo más rápido que puede y después se dirige a la carpita, que está cerrada, claro. Va a encontrar a la nena, Abu, dijo mi hermana. Pero no, el policía desabrocha la carpita pero adentro no hay nada ni nadie.

Se mete en el dormitorio. Tampoco hay nadie. El colchón está como vencido por un peso liviano. El policía pasa la mano por las sábanas. Escucha como un gorjeo de pájaro procedente de otro lugar. Así que se levanta, entra al baño, vacío. Duda ante la puerta de otra habitación contigua, que está cerrada. El ruido proviene de ahí. Está cerrada con llave pero el policía pone una tarjeta y logra hacerla abrir, esta vez sin violentarla, como hacía ella dijo mi abuela.

En la habitación hay un cura que está amarrado con sogas a una silla, con la boca precintada. Ése era el ruido, provenía de la garganta taponada de ese hombre de camisa celeste abotonada hasta el cuello. Parece querer advertirle algo al policía porque mueve su cabeza con frenesí. El policía, asustado, se da vuelta, pero no hay nada ni nadie.

Entonces mira a un espejo que está a su derecha, en la pared del fondo de la habitación. Y ahí sí, está el hombre flaco del principio con la hija colgándole del cuello, con las piernas incrustadas en sus costillas, y la otra hija, la de la cama, a cuestas. Parecen una sola persona pero son tres, con los ojos llameantes, las fauces abiertas como serpientes que le pisan la cola, dijo mi abuela, la piel lívida, los colmillos manchados de sangre. Como si fuera un monstruo de tres cabezas. Y lo peor de todo, están muy cerca del policía.

Que mira hacia todos lados, pero no hay nada ni nadie. Quita la cinta de embalaje de la boca del cura. Y el hombre llega a decir: ¡Son invisibles, Desmodus!. Pero la cabeza del hombre comienza a ser comida como una manzana. El policía sale corriendo de la habitación y se dirige directo a la puerta de salida, logra llegar y va a traspasarla cuando cae redondo al piso. ¿Qué le pasó?, preguntó mi hermanita.

La cabeza, dijo mi abuela, está casi a cinco metros de él en el piso. Se la rebanaron ni bien salió de la habitación donde estaba el cura, pero el hombre siguió avanzando como una gallina descogotada. Y ahora que los sentidos del hombre están apagados, muertos, podemos ver otra cosa, dice mi abuela.

Arrodillada frente a él está la niña que le arranca de un mordisquito parte de una oreja, luego prueba la otra, y después le mastica la mejilla. Es una cabeza nada más, dijo mi abuela, así que el hombre ya no sufre. Aunque a los Desmodus eso los tiene sin cuidado.

¿Y cómo es la voz de la nena?, preguntó mi hermanita.

Mi abuela dice que la voz era como la de Alfonso. Y se convierte en Alfonso y nos habla con ese vozarrón que nos da un poco de miedo. Salimos corriendo.

Es la voz que le escuchamos una vez que se nos escapó Grateful, nuestro perrito, en la plaza, parecía que iba a cruzar la calle muy transitada por autos, y mi abuela lo llamó con un grito que lo detuvo casi en el cordón.

A. G. F.

Turnos

Fui hasta la casa de Alfonso, tenía una tarea bastante simple que realizar. Arrojé el pedazo de carne envenenada y Matilde, la ovejera alemana que era su guía porque Alfonso es ciego, lo engulló. Me quede mirando cómo la perra tenía convulsiones, se retorcía para terminar tiesa en el pasto cubierto de rocío de la mañana.

Tuve que esperar una semana hasta que su mensaje me llegó. Estaba destruido por la muerte de su perra, necesitaba verme cuanto antes. Pero unos días después la novia le había conseguido otro perro entrenado y la tristeza de Alfonso se disolvió tan rápido que decidió suspender su turno.

Así que tuve que preparar otra estrategia. No podía volver al hospital, el sueldo era malo, los pacientes demasiado agresivos, y los demás empleados desagradables. Estuve revisando mis anotadores, aunque están llenos de dibujos y prescripciones de medicamentos más que perfiles de personas. Por suerte, mi memoria es bastante buena. De paso, me tragué un par de ansiolíticos que me había dejado el visitador médico en su última visita. Eso y el vodka me mantienen en forma.

El caso de Marina era más complicado de abordar que el de Alfonso. Para recuperarla tenía que golpear su talón de Aquiles. ¿Cuál era? Su ex novio. Así que busqué en las redes sociales al muchacho, lo encontré en una relativa al trabajo, copié su información completa y tuve que pagarle unos pesos a un diseñador gráfico para que montara una fotografía de Diego, así se llama, con una rubia hermosa en la playa. Luego agregué a Marina al perfil falso y le mandé un mensaje haciéndome pasar por Diego y dejándole en claro que haberla dejado fue la mejor decisión que tomé en la vida.

En esta ocasión, la suerte me ayudó. A las pocas horas recibí el llamado de Marina. Estaba desesperada porque venía sospechando que su actual pareja la engañaba y además ¡había aparecido su ex para recordarle lo terrible que ella era! Me apresuré a darle un turno, advirtiéndole que había ajustado mis honorarios a la inflación. Le bajé el fármaco que toma para que volviera a recurrir a mí en corto plazo. Pero con una paciente no puedo costear los tratamientos para la enfermedad progresiva de mi esposa, así que tuve que pensar otra vez. Pastillas. Vodka.

Tomás es un chico con trastorno bipolar, mi tratamiento lo contuvo, pudo independizarse de su familia y hasta lo que yo sabía llevaba una existencia feliz, completa, que había hecho que dejara de visitarme. En este caso, simplemente tuve que escribir una carta a su actual trabajo. Afirmé que Tomás era peligroso para la institución, que no había querido ser tratado por enfermedad, y que si no tomaban medidas urgentes, el impredecible Tomás sería una amenaza para ellos. Llamaron a su madre, que me contactó a mí, y Tomás volvió a atenderse conmigo.

Como verán, poco a poco, voy recuperando pacientes.

A. G. F.

Carreras políticas

No se lo esperaba.  Martín se restregaba los ojos rojos frente al monitor. Era casi mediodía. La tarde del día anterior había terminado un trabajo para Canadá, hackeó una tienda de ropa virtual y después había estado jugando hasta las cinco de la mañana.  Warcraft, Gods and Devils, un shooter en primera persona que simulaba que eras un agente anti terrorista, el viejo Swat que amaba, otro juego en el que dirigías una panadería de proyección internacional. Los resultados habían sido buenos, sabía que había superado a sus oponentes sin hacer trampas, pero no había reparado por cuánto los había vencido.

Y ahora estaba frente a la pantalla azul que decía Buenos días, Presidente No tenía ganas de cambiarse, no tenía fuerzas para enfrentar lo que sabía que tenía que enfrentar, pero se alegró de haber ganado algo. Bajó el volumen porque estaba sonando el himno nacional y sus oídos eran sensibles.

Nunca había ganado nada. Lo único que había obtenido había sido un paquete que alguien se olvidó al bajar de un colectivo. Era la última vez que había salido de su casa, hacía más de un mes. La chica se había olvidado el regalo de su sobrina y Martín, que pensó que sería algo de valor, un gadget o alguna prenda que le serviría, tomó la bolsa de cartón, luego de mirar dubitativo al chófer. Al bajar se dio cuenta que era un regalo para un niño y en su casa vio que dentro de la bolsa había una caja, y adentro de la caja unos zapatos para una niña. Eran blancos, de cuero sintético, con detalles dorados que brillaban, y Martín los miró sin saber qué hacer. Al otro día contactaría a la dueña a través de su cuenta bancaria y se los devolvería. No quería que ninguna niña se quedara sin su regalo de cumpleaños, ya que la caja tenía un moño. ¿Qué iba a hacer él con unos zapatos de niña?

Pero ahora tenía que volver a salir. Global Voices Entertainment lo había decidido. Era imposible seguir jugando. Su computadora estaba bloqueada. No había manera de encontrar ningún tutorial que le explicara cómo hacer desistir a la máquina de su saludo. En el celular lo mismo. Ni siquiera llamada de emergencia. Se repetía el escudo nacional y la frase tenía una única variación: decía Bienvenido. Bienvenido, señor Presidente. Todos los dispositivos estaban inutilizados por el mismo saludo.

El software que medía la capacidad de una persona había decidido que Martín era el hombre más inteligente de su país, de ahí que ese mensaje titilara, increíblemente, frente a su pantalla. De ahí que su sistema estuviera en suspensión hasta que no ocupara la computadora que realmente le pertenecía de ahora en más, la que estaba ubicada en el Congreso. Miró a su perro. No se permitían mascotas en el Gobierno así que tenía que hacer algo con el animal. Grateful, así se llamaba el perro, ya se había dado cuenta que no vería a su dueño por mucho tiempo, quizá nunca más. Lloriqueaba.

Fue a su habitación se caló la mejor ropa que tenía, camisa blanca, un saco, pantalones de vestir, zapatos negros. En la mochila, ya que no tenía portafolio ni valija, tiró unos libros, la pasta dental, el cepillo de dientes, un gel para el cabello, un repelente, un protector solar, un peine, una brocha y la máquina de afeitar. Su barba estaba bien crecida y eso no sería bien visto, pero lo único que podía hacer era lavarse la cara.

No sabía cuánto tiempo le llevaría llegar al Congreso, si es que llegaba. Podía estar días atrincherado si lo emboscaban. Como presidente, podía portar un arma así que adentro de la mochila ubicó una pistola, que era lo único que tenía para defensa personal.  Había pertenecido a su padre, que ahora estaba en una residencia para mayores. Se la había olvidado como tantas otras cosas.

Aupó al perro y golpeó en la casa de su vecina. La mujer no le hizo preguntas, hasta que no llegara al Congreso, no podía saber qué jerarquía tenía él ahora. Le explicó que tenía que visitar a su padre por unos días. Aceptó a Grateful y una suma de dinero para su cuidado. El perro lo observó mientras se metía en su coche y arrancaba. Adiós, Grateful, le dijo. Y la mujer de repente miró al perro como si entendiera que algo trascendente había ocurrido.

Hizo dos cuadras sin problemas. En la tercera, al doblar en la avenida, la camioneta negra empezó a pasar a otros coches para tratar de alcanzarlo. Martín pasó un semáforo en rojo. Miró por el retrovisor. La camioneta había desaparecido. Estaba cruzando una calle, a unas ocho cuadras del Congreso, cuando la camioneta le dio de lleno. Los airbags se inflaron. Su coche rodó por la calle hasta una panadería. Quedo atrapado en el coche y le costó salir, pero pudo hacerlo y se escondió dentro de la panadería que estaba cerrada. Debía ser domingo, claro.

Los disparos lo interceptaron antes de que pudiera saltar por arriba del mostrador. Pero ninguno dio en el blanco. Miró por arriba de su trinchera, cubierta de galletas y panes, y descubrió que dos agentes de Opium Researchers le apuntaban desde la puerta abierta. No se imaginaron que podía estar armado, ya que entraron sin ningún cuidado a la tienda. Aprovechó para sacar su pistola, levantarse y disparar dos veces seguidas. Los simuladores habían mejorado su puntería. Mató a los dos agentes de Opium. Pero no podía esperar a que llegaran los demás. Así que salió corriendo de la panadería y enfiló la calle hacia el Congreso. Las personas se detenían ahora porque se habían dado cuenta de lo que estaba ocurriendo. Un nuevo mandatario. ¿Lograría hacerlo?

Corría por la calle, y le disparaba a cualquiera que se interpusiera en su camino. Un vagabundo se cruzó con un palo. Martín no sabía cuál era su intención pero lo abatió sin ningún reparo. Un agente de Opium, detrás de un árbol disparó con tanta puntería que le dio en su pierna. Estaba por subir las escaleras del Congreso y llegar a su objetivo. Pero rodó por el suelo y se hizo el muerto. Cuando el agente de Opium se acercó para rematarlo, Martín incorporó la mitad superior de su cuerpo y le asestó un disparo certero en el pecho al agente que lo dejó fuera de juego. Así que, rengueando, subió las escaleras.

Todavía no podía creer el cómputo y el resultado; lo habían elegido entre millones. A pesar de que Global Voices dirigía al país, tenían que tener el mejor representante posible. Buenos días, señor Presidente ¿Cómo sería su vida si lograba traspasar la puerta del Congreso? ¿Quién sería la primera dama? No se sabía mucho. Tal vez una vieja decrépita. Pero se esforzó en verla como lo que tal vez fuera, una princesa atrapada en ese palacio.

Los de Opium no podían dispararle una vez que había pisado las escaleras, así que dos agentes observaban cómo subía, manchando a su paso de sangre los escalones gastados. Notó que no había excrementos de palomas. Claro, hacía rato que las habían exterminado.

La puerta estaba entreabierta como si lo estuvieran esperando. Así que sería el nuevo mandatario del país, qué lástima que no se le había ocurrido contárselo a su padre, que de todas manera lo olvidaría al instante. Qué lastima que no se lo había dicho a la vecina. A su ex esposa. Debería haberle dejado un mensaje que trasmitiera su nuevo estatus. Pero ya era tarde. Grateful lo sabía. Con eso le bastaba. No tenía amigos así que no podía contarle a ninguna otra persona. A los que le hubiera gustado contarles habían muerto, la mayoría detrás de su teclado después de una extenuante orgía de juegos. Ya no podían enterarse de la noticia.

La puerta entreabierta dejaba ver lo bien iluminado que estaba el Congreso. Tal vez pudiera derogar alguna ley y pedir que le dejaran traerse a Grateful. Pero, ¿cuánta sangre estaba perdiendo?

Miró por encima de su cabeza y vio que los de Opium esperaban abajo con sus pistolas en alto. Si no lo dejaban entrar, y todo era un error, podían abatirlo ni bien descendiera el último escalón. Pero ahora estaba arriba. Iba a ser presidente. ¿Qué eran esas formas oscuras su lado? Sólo las había visto de lejos, hacía mucho tiempo.

Estaba  unos diez pasos de la puerta cuando el mayordomo salió. Lo único que llegó a ver fue ese moño ridículo en el traje. Inmediatamente, el ex chófer del último presidente elegido por el antiguo sistema de voto universal, secreto y obligatorio, y ahora cuidador del Palacio del Congreso, salió con un arma de proporciones amenazantes.

Un estruendo y comenzó a sentir la quemazón. Su cuerpo se iba solidificando de las pies a la cabeza. Sus miembros inferiores ya estaban grises, y no podía moverse, un paso más hubiera significado partirse en pedazos. Mientras la rigidez se apoderaba de sus miembros superiores y los latidos de su corazón bajaban hasta hacerse imperceptibles, llegó a observar las formas.

El entumecimiento llegó a su cabeza y el último atisbo que tuvo del lugar donde estaba fue el del destino de los demás que habían sido elegidos como él. Estaban a su lado, más o menos ordenados en hilera, en diferentes poses dinámicas que recordaban su intención de traspasar la puerta del Congreso. Petrificados. Estatuas de futuros mandatarios, elegidos por Global Voices y neutralizados por el mayordomo del Congreso. ¿Existiría alguna relación entre los dos?

Lo último que escuchó, antes de convertirse en una estatua más, en un objeto de exhibición, fue Adiós, señor Presidente. La voz de un niño.  Debía haber empuñado y soltado el globo que llegó hasta él, rodeó su cabeza de piedra, y siguió ascendiendo.

Adrián Gastón Fares

Madrastra

 

Sí, patalea mucho, Fran.

¿Marta? Está bien. Bueno, no tan bien. Está en la habitación, meditando hace varios días. Tengo miedo de que se convierta en Leona justo ahora. No aguanta que papá esté internado.  El otro día me dijo que trate de abortarlo.  Está claro que cuando una conciencia llega a la familia otra debe partir. Estoy preocupada, creo que no quiere que lo tenga. Así va a conservar a papá. Eso es lo que pensaba. Después entró en sadhana, justo después que te fuiste. Le expliqué que papá está bien. Pero el miedo es más potente. Ella dice que no tiene miedo, que son hechos.

Esperá, sí, me tiembla la voz. Marta está levitando. Si sube un escalón en su jerarquía estoy lista. No estoy acostumbrada a ver a alguien flotar en posición de loto. Estoy muy nerviosa. Ahora apareció en la puerta. Sus ojos están azules. Es una Leona, Fran, estamos listas. Necesito tu ayuda. Viene hacia mí. No sé si voy a poder sostener mi prana para seguir comunicándome con vos. Venite. Venite cuanto antes. Se convirtió en una Leona, me mira con las fauces abiertas. Tiene colmillos, los lóbulos de las orejas le cuelgan, la piel color dulce de leche pegada a las mejillas. Estamos listas. Ahí viene.

Me está pegando, Fran. Si alguien llega, el otro se va, dice. Ese niño no puede nacer, dice. Ahora puede dominarnos. Pienso en los chicos, en los alumnos, la mayoría tiene problemas de atención, están por debajo de los Leones y de las Zorras como yo. Son Abejas, pero tienen mucho potencial. Chicos, no voy a poder leerles el cuento que tenía pensado para que trabajen en sus casas.

Me está arañando con sus uñas azules. Le crecieron. Es una Leona. Estamos listas. Dice que estar en Vilcabamba, beber agua de un río, la ayudó con la transformación. Pero a papá le hizo mal. Demasiado para él, ya está grande.

Sangro, Fran. Logró reducirme en el piso, metió la mano debajo de mi vestido. Me siento toda babosa. El vestido se está manchando de rojo. Rebusca con la mano. Me lo está sacando. Puedo escuchar como llora. Está llorando. Sí. Me lo sacó, Fran. Lo tiene en la mano. Cortó el cordón umbilical con sus uñas. Me desmayo. Se está alejando, camina hacia la puerta mi madrastra con el bebé envuelto en la manta incaica del sillón.

Hay que tirarlo a la basura, dice. Por papá, por tú papá, dice. No debe vivir. El va a dejar la clínica ni bien este ser nuevo desaparezca. No hay lugar para todos. Repite, si uno viene el otro se va. Tu papá no se va  a ir.

Se lo lleva, Fran. Se lleva a nuestro hijo. Es puro como nosotras dos. Con lo que nos costó. Estás lejos. ¡Necesito que vengas urgente. Fran! No puedo escucharte. Mi prana está bajo. No me puedo concentrar. La escuchó a ella, es un ser andrógino ahora, ya la vejez lo había hecho, la había convertido en un ser andrógino, pero ahora se le nota mucho más. Es una Leona y puede decidir sobre nuestras vidas. Está en su derecho, dice. Ella manda. Va a salir, se va a llevar al bebé. Llora. Qué lindo, qué terrible escucharlo llorar.

Me levanté y caminé hasta la puerta para detenerla. Pero me di contra un campo de energía. Lo creó ella, claro. Una pared invisible. No sé si me estás escuchando, Fran o estás en modo contestador. Casi no te escucho. ¿Va a quedar grabado todo esto? Quería decirte que te quiero. Fue un error separarnos justo cuando Marta daba señales de ascender un peldaño sobre nosotras. No puedo pasar. Está abriendo la puerta.

Están los nenes, mis alumnos. Todos con los ojos azules. Sabía que tenían mucho potencial. Se ve que me escucharon, Fran. No la dejan salir, son seis. Apenas caben en el pasillo. Pero están contrarrestando el poder de Marta.

Me caigo, la pared de energía se desintegró. Gracias a ellos. Estoy en el suelo, sangrando. Sin fuerzas. Marta salió volando. Ellos lo lograron. Está aprisionada contra la pared. Tiene la lengua afuera, es larga, es afilada. Quiere atacar pero no puede. Los nenes me están rodeando. Pero Marta se está por escapar. Es un hija de puta, tiene mucho poder ahora. Los nenes me rodean. Escucho sus mentes. Maestra. Maestra me dicen. Lo lograron. No tenían déficit de atención. Nuestro bebé está en el suelo, arropado. Los nenes lo hicieron.

Marta ya no está contra la pared, Fran. Desapareció. Veo las caras de los nenes, todavía tienen los ojos azules, tal vez pasaron de Abejas a Leones sin escalas. Es único. Pero están… están congelados ahora. No pueden moverse. Escucho que sus mentes repiten la palabra Maestra, Maestra. Hicimos lo que pudimos, dice la nena.

Marta está suelta. Dios mío, cae desde el techo, como una rata o un vampiro. Escupió sangre. Los nenes pétreos, bañados en sangre.

La tengo enfrente, con los ojos bien abiertos, la lengua larga, abre la boca cada vez más. Se los va a tragar, uno a uno a los nenes y después…

Mis alumnos serán su cena, nuestro bebé el postre. Todo sea por papá, yo no puedo hacer nada, Fran.

Si uno llega, el otro parte, trasmite Marta.

 

Por Adrián Gastón Fares

Los adultos no piden ayuda.

 

Estaba muy pesado en la ciudad. Juan Roberto eligió sentarse en el medio de los últimos asientos del colectivo para que los rayos del sol no le dieran de lleno. Además le gustaba ese lugar. Se sentía guarecido.

Tenía veintitantos, iba con un pantalón corto, una remera y llevaba una mochila arriba de los muslos. El colectivo de la línea 102 que había tomado en Constitución estaba casi vacío, a excepción de una chica que viajaba de pie adelante, un hombre y una señora sentados junto al chófer en los asientos que miraban hacia atrás. A su lado, a un asiento de distancia, había un  setentón vestido con pantalón de trabajo y camisa.

Cuando se acercaban a la calle Corrientes el hombre le pidió que le abriera la ventanilla. Juan Roberto se estiró un poco, hizo fuerza y logró que la ventanilla, que estaba atascada, se abriera.  Los pocos pelos del viejo se arremolinaron.

–Gracias, muy amable.

–De nada.

El viejo lo miró fijo.

–¿Te puedo hacer una pregunta?

–Sí.

–Sos del interior, ¿no?

–No.

–Ah, porque la gente del interior suele ser más amable. Como vos. Los porteños nada que ver.

–¿Sí? Yo crecí en Lanús. No soy porteño.

–Queda poca gente amable.

Juan Roberto asintió, aunque no sabía si quedaba poca gente amable.

–Estás bronceado.

–Volví de vacaciones.

El viejo saltó la respuesta de Glande.

–Conozco muchos chicos del interior.

–¿Si?

El viejo extravió su mirada.

–Tengo una amiga. Es una señora mayor, de mucha plata. Le presento gente.

–¿Eh?

–Le presentó amigos. Cada tanto. Te convendría ¿Dónde vivís?

–Cerca.

–Es de por acá. Ella te paga la comida. Comés de maravilla. No te pide mucho. Hasta te puede pagar otras cosas.

–¿Sí?

–Sí, paga. Te puede pagar el alquiler. Un hotel. Es muy culta. Buena compañía. Todos salen beneficiados.

Glande cavilaba. El viejo lo observaba como si fuera un insecto fácil de atrapar.

–¿No te gustaría que te la presente?

–No. Por ahora no.

– Igual, yo ando siempre por acá.

–Ya me toca bajarme.

–Seguro te vuelvo a cruzar. Y te voy a hacer la misma pregunta.

La mirada del viejo brillaba.

–Pensalo. Te convendría.

Era la parada de Juan Roberto.

Se levantó rápido.  Saltó del colectivo.

 

A. G. F.

Kong 11.

Hola Kong,

¿Así que anduviste persiguiendo a un enano que escupía por las orejas? Ajá.

Yo te transfiero estos pensamientos desde la cola de un supermercado. Hay un pareja con un nene delante de mí. Me acordé de tu carta porque el nene le dijo a la cajera que se saque los aros, que eran demasiado grandes para sus orejas y que se las iban a romper. La cajera se ríe. El padre le pregunta a la madre si llevan media ananá. La madre le dice al nene: “¿estás seguro que vas a probarla?” “Mamá, sí”, dice el nene. El padre le dice a la madre que si el nene la quiere, la llevan. En fin. Mientras viajo al futuro.

En mi presente existe un científico llamado Craig Venter que es un apologista de la impresión 3D de genomas y llama a estas impresoras teletransportadores biológicos. ¿Realmente llegamos a que un ser humano pueda inventar cualquier bicho que se le ocurra? No me jodas, Kong.

Después de que publiqué el relato titulado Hacer llover, donde me acerco a la figura del ingeniero Baigorri, un vecino de Villa Luro que decía que podía hacer llover con su máquina en 1940, comenzaron a llegarme email de gente interesada en el tema. No recuerdo si te lo conté, pero fui contactado por una persona que decía estar en España y afirmaba que la máquina de Baigorri se encontraba olvidada en un garaje, cuya ubicación él conocía. Me invitaba a viajar para salvarla de su destrucción. Creo que esa persona me agregó al Messenger, y chateó conmigo un poco, hasta que pensé que, claro, era una broma que me estaban haciendo. Luego fui contactado por un estudiante de cine que quería filmar una película sobre Baigorri, por un escritor que estaba trabajando en su libro y por otra persona, el rainmaker uruguayo Nelson Guizzo, que me ha dejado comentarios al respecto. También un periodista cordobés me invitó un café para preguntarme todo lo que sabía sobre Baigorri.

Sé algunas cosas de Baigorri, simplemente porque con el grupo de facultad con el que filmamos un cortometraje sobre su historia viajé a Villa Luro y tuvimos acceso a la casa que el inventor habitaba. También entrevistamos a una viejita, cuya casa era una especie de centro cultural y parecía estar ubicada en otro universo. Y es la sensación que tengo de tus cartas, que provienen de otro universo, uno paralelo, que no pueden ser reales, pero a la vez lo son, porque existen y, de alguna manera, me llegan.

Hacer llover no debe ser tan distinto a filmar una película o terminar una novela. Crear No-seres: ¿a qué se parecerá?

En tu tiempo la bio-impresora que vaticina en la actualidad Venter, o más bien prueba, es una realidad y ya estoy imaginando apuestas por peleas de No-seres. Entiendo por tus cartas que existen tratados de ética al respecto. ¿Es una forma de arte también?

Aristóteles decía que el arte imita la vida, Platón recomendaba que el arte no copiara la realidad, porque estaría copiando la copia de una idea, algo fútil. El arte debía ser sublime entonces y llegar a La Idea.

El arte de imprimir vida parece más cercano a la idea del arte de Platón que a otra cosa. A higher truth como dice Chris Cornell (¿lo conocés?) en su canción. Tal vez la diégesis sea el camino.

Todo esto viene a cuento de que descubrí que antes de detective, fuiste pintor y músico, y que en algún lugar guardás los lienzos que mojabas con tu pincel, copiando esta vez sí, a los No-seres que perseguías y encontrabas en lugares ocultos como cierto rancho en Córdoba, donde te imaginé acechando las creaciones de un impresor de No-seres para hacer los dibujos que terminaban en tus cuadros.

Y sé que el primer No-ser que viste en tu vida fue en Adrogué, en un geriátrico con muchas plantas, donde fuiste a visitar a tu abuela. Y resulta que tu abuela estaba sonriendo sola, mirando la nada y te acercaste a ella y lo que tenía enfrente, volando, era un hada translúcida que tu abuelo había creado antes de morir. Y el hada no tenía aspecto de hada, sino que poseía dos dientes filosos para succionar el néctar de las flores y así sobrevivir. Y sus ojos eran como los de una serpiente o un gato negro. Tu padre logró atraparla, guardarla en una jaula y la alimentaba todas las noches con miel, hasta que tu abuela murió y la depresión fue tan fuerte que tu padre abandonó el hada y una noche la encontraste tirada en la jaula, muerta.

Sé que pasaste un momento difícil, que perdiste a Taka y que luchaste contra la soledad y la desesperación. Supongo que estaba escrito que Taka se alejara… Pasa, Kong. Pero cuando decimos que algo está escrito: ¿dónde está escrito? ¿qué lenguaje usa el destino?

Me causa gracia esto porque, en general, ¡sos vos el que me escribe en este tono!

Pero ahora la práctica de la esgrima te ayudó a salir adelante. La meditación, gracias a la cual podemos comunicarnos, siempre da frutos.

Hay algo que no me estás contando, Kong. Me gustaría saberlo. Tal vez es sólo mi imaginación.

No quería dejar esta carta sin decirte que yo estoy bien, que estoy comprando muchos libros, que no quiere decir que los lea a todos, rescatándolos de no se qué fin, escribiendo, tratando de ponerme a filmar cuanto antes. Trabajando duro y parejo en todo, en la Obra Social, pero también en los proyectos que tenemos en Corso.

Bueno, tengo que mostrarle a la cajera que mi bolso no contiene ningún producto del supermercado. Te dejo con esta pregunta.

¿La gente sigue yendo al cine en tu tiempo? ¿Las librerías de saldo siguen existiendo en Buenos Aires?

 

Un abrazo grande, querido amigo.

Adrián Gastón Fares

 

Una lucecita que se va a ir apagando

Botella de vidrio pintada, “How wonderful life is while you´re in the world”, cuadrito donde estoy dibujada, escrachada, onda Picasso, anillo de oro de compromiso, pulsera de plata ennegrecida, entrada de cine de la película La Mexicana, CD de fotos digitales de cuando fuimos a Córdoba, cajita de madera tallada, regalo de su madre, par de aros con forma de delfín, ¡walkman!, un pétalo amarillo de rosa que saqué del libro de cuentos Octaedro, fotos y más fotos, de las primeras vacaciones solos, de la segunda cuando visitamos a sus padres, su hermana y yo, su padre y su madre abrazándome, dos peluches; un oso panda y Totoro, un reloj pulsera.

Pensé en quemar todo, pero ¿dónde hacerlo? Agarré la bolsa y la tiré al agujero de la basura. Cuando volví, Nando me miraba fijo, como esperando que lo perdonara, tal vez pensaba que era un gato y que no tenía la culpa, pero era un gato elegido por Tomás. Lo dejé en una de las paredes del cementerio y después di la vuelta, entré al cine, El Gran Pez, Capitán de Mar y Guerra, Las invasiones bárbaras, Escuela de Rock. El Gran Pez. Escalera mecánica.

Nos habíamos encontrado en el bar Celta, Sarmiento y Rodriguéz Peña si no me equivoco. Empezó a llorar apenas se sentó a la mesa y me miró a los ojos. Qué bronca.  Empecé a llorar también. Nos peleamos más o menos mil veces, y no exagero, yo daba un portazo y me iba directo a la parada de colectivo, él menos demostrativo porque era el que quería irse de verdad, cosa que siempre sospeché pero ahora confirmo, dejaba pasar un rato y me iba a buscar. Nunca nos habíamos sentado a llorar así. Dijo que me quería, y dejó una carta para mis padres, donde se disculpaba por no haber sabido apreciarme y decía que siempre los recordaría. A mí también, claro.

A la salida del cine, caminé veinticinco cuadras, una por cada año vivido, en una de las esquinas pensé que le permitiría a un colectivo pisarme y arrastrarme un buen trecho. Después me dije Ana, basta, el mundo no sabe nada de vos, hay cosas peores y volví a mi casa donde encontré un mensaje en el contestador. Era Tomás, que balbuceando, decía que lo perdonara, que lo entendiera, gracias por todo, lo voy a llevar conmigo…

Me acerqué a la repisa, al chanchito, y lo estrellé contra el piso. Después bajé, compré cigarrillos, fumaba y tosía. Junté la plata del piso, unos pesos ahorrados para sumarlos a los de Tomás y mudarnos algún día lejano un departamento más grande.

Apareció Valeria y dijo que saliéramos. En el boliche pensé ¿dónde están las demás? Una casada, otra en Brasil con el novio, otra embarazada. Un chico apareció, me sacó a bailar y cuando me quiso dar un beso le pedí que me llevara a una esquina oscura, porque me daba vergüenza. Con la excusa de ir a buscar otro tequila, me contuve, aparté sus manos de mis nalgas, me bajé un poco el vestido y lo dejé, encontré a mi amiga hablando con un tipo de, fácil, cuarenta años; pedí el shot.

Era feliz con él. Ya no creo que vuelva a ser feliz con otra persona. Había muchas cosas que me gustaban. Hacíamos viandas que comíamos en la plaza. Con las cabezas juntas mirábamos el cielo. Hablábamos. Él me contaba su vida, sus historias. Caminábamos y yo le besaba la mano. Me había llevado a Colombia, su familia cocinaba rico, tomábamos licuados frescos de todo tipo. La piel de su madre era hermosa. Su padre era tan atento conmigo.

“Es como una lucecita que se va a ir apagando. Cada vez más con el tiempo” dice el psicólogo.

Salí del boliche y le dije al taxista que apuntara para Recoleta. Las luces del coche hacían brillar los ojos de los gatos. Busqué en vano a Nando. Lo había perdido también. Por boluda. Valeria con el taxista vinieron a buscarme.

“Bueno, hoy lo dejamos acá”, dice.

Ciempiés

18  de febrero de 1999        

Mi nombre es Ramiro Flores. ¿Que cuántos años tengo? Diez. Así es, diez, señor. Los últimos dos años los pasé volando, cruzando los cielos a mucha velocidad… viajando, señor. Como ahora.

Me acerco al vidrio y miro afuera. Está oscuro y veo mi cara. No soy tan lindo como mamá decía.

Me duele el estómago. Lo que tengo adentro, lo que me pusieron, me debe estar apretando las tripas. Tengo que pensar en otra cosa. Miro al hombre de sombrero, a Durán. Está dormido. Parece atragantarse y su nuez baja y sube.

¿Dónde estará mamá?

No soy un chico estúpido. Me iba bien en el colegio. ¿Por qué mamá dejó que me lleven estos hombres? Dicen que si no me hubieran operado, ahora estaría muerto. Los ojos les brillan. Yo sé que me están mintiendo. ¿Por cuánto tiempo?

¿Por cuánto tiempo tengo que llevar esta cicatriz? Levanto mi remera y miro al ciempiés, así es como le dicen los otros chicos. Es horrible y parece cortarme en dos, justo encima del ombligo. Es la séptima vez que los doctores me abren. No soy tonto. Sé que no estoy enfermo. Sé que el hombre de sombrero, Duran se hace llamar, no es un buen hombre. No sólo por sus ojos y el maquillaje que usa y lo que dijo Jorgito; a veces habla mientras duerme y dice cosas.

Una azafata se acerca y me trae un vaso de agua. “Gracias, señora”. “Señorita”, contesta la chica y sonríe ¡Qué linda que es! Duran dice que siempre señor-señora, no quiere a negritos maleducados.

Está al lado mío, moviendo la boca mientas duerme. Babea un poco. “El viento sopla y corro.”, susurra, “Si llegamos bien, Susana, entrego todo y me pago la deuda… si no me agarran nos vamos lejos… bien lejos… eso cuando termine de correr y te repito, Susana, siempre y cuando no me agarren, Susana…” ¿Quién será esa Susana? ¿Por qué lugares correrá Duran en sus sueños? Nunca entiendo lo que dice. Ni cuando me habla despierto.

Duran sigue babeando. Respira hondo, y los agujeros de su nariz parecen querer aspirarme. Nunca había visto unos tan peludos. Tiene un moco gigante ahí, que parece querer desprenderse. Si lo hace va a caer sobre mí.

Un día tuve ganas de escapar. Me asusté por lo que Jorgito me había contado. Fue cerca de la última Navidad.

           

20 de diciembre de 1998

Veo las luces de un arbolito desde la ventana del Hogar. Se apagan y prenden. Imagino que caen copos de nieve, como en la película que están mirando los demás. Escucho algo. Doy vuelta la cabeza. Nadie ahí, todos siguen frente al televisor. Sigo mirando la calle nevada. Me asusto y giro la cabeza otra vez.

Jorgito está sentado en mi cama. Sus ojos se abren grandes y le cuesta respirar. Lo miro y se me pega más. Dice que vio cómo uno de los ciempiés se abría.

Se agarra la cabeza y me cuenta que Duran, Hernancito y él bajaron del avión y pasaron por los inspectores. Como siempre. Pero esta vez había otros señores. Dice que los tipos se acercaron a Hernancito porque había vomitado mucho en el viaje y alguien les había avisado. Lo empezaron a tocar y vieron el ciempiés.

Jorgito se pone colorado, se tira al piso y empieza a retorcerse. Me dice que así era cómo lo tenían a Hernancito cuando entró Duran, el hombre de sombrero, y disparó. Jorgito me apunta con los dedos e imita los disparos con la boca, escupiendo saliva. Vuelve a tirarse al piso y desde ahí cuenta que Duran mató a los dos señores y le gritó a él que corriera. Yo no creo lo que dice Jorgito. Sabemos que es un mentiroso.

Y sigue hablando y moviéndose. Duran se acercó a Hernancito, lo levantó y empezó a arrastrarlo hacia la salida del aeropuerto. Hernancito gritaba y Jorgito dice que él supo que debía correr con Duran. Ahora se vuelve a sentar en mi cama. Habla bajito.

Me susurra que subieron a un auto amarillo. Jorgito se pega a mi oído y dice que Hernancito gritaba mucho que el estómago le picaba, que el ciempiés se movía. “¿Nunca sentiste al ciempiés moverse?”, me pregunta Jorgito. Y yo le digo que sí, que en los vuelos se le da por caminar. Jorgito huele mal, muy mal. Su aliento me da ganas de salir corriendo.

Me toca, pidiéndome que le dé bolilla. Duran le decía a Hernancito que se callara la boca, que le iba a romper el culo a patadas si no se callaba. Que dejara de patalear. Que por su culpa se habían tenido que escapar.

Jorgito huele mal, muy mal.

Me dice que escuche bien y sigue hablando.

Duran le dijo una vez más a Hernancito que se calle. Metió la mano en la guantera y empezó a putear porque se habían olvidado de dejarle las jeringas. Arrancó a toda velocidad  y como Hernancito gritaba más fuerte, tanto que era insoportable, se desvió y metió el auto en una estación de servicio.

Agarró a Hernancito de los pelos y lo sacó del auto. Jorgito se quedó solo ahí, sin saber qué hacer, y vio cómo Duran entraba en los baños con Hernancito. Después bajó del auto y los siguió. No le creo.

Me susurra que se acercó a la puerta del baño y espió por la cerradura. Duran le estaba mojando la cabeza a Hernancito y miraba para todos lados. Jorgito se toca la nariz y dice que casi se la rompen cuando un tipo abrió la puerta para salir. Dice que no sabe cómo no vio al tipo acercarse a la puerta. El hombre le pidió perdón y Jorgito se acercó otra vez a la cerradura. Los ojos de Jorgito se agrandan más. Habla rápido; vio al hombre de sombrero que le levantaba la remera a Hernancito, que lloraba y se llevaba la mano al ciempiés. Me dice que sintió miedo, mucho miedo, pero siguió mirando: el hombre de sombrero, Duran, escupió el ciempiés de Hernancito, tomó distancia y le dio una patada en la panza. Jorgito me mira como si estuviera chupando un limón. Dice que el ciempiés se abrió y que todo lo que había en la panza de Hernancito cayó al piso. ¿Sería verdad todo eso?

“Me tenés que creer”, dice Jorgito y cuenta que cayeron cosas raras de la panza de Hernancito. Se pregunta qué le habrá pasado a Hernancito, porque él después de ver eso se fue corriendo al auto. Suspira, y comenta que seguro que está muerto.

Me mira a los ojos. Dice que cuando Duran entró al auto llevaba dos bolsitas transparentes, que estaban mojadas con un líquido asqueroso. Duran las secaba con su camisa. Jorgito vio los ojos de Duran y dice que estaban desorbitados, ojos como nunca antes había visto.

Termina de hablar, me da un empujón y se va. Va a ver la película con los demás chicos. Yo trato de imaginar la nieve en la calle. No puedo.

19 de febrero de 1999

De Buenos Aires a Panamá, de Panamá a Bogotá y a la vuelta lo mismo. Otra vez frente a los inspectores del aeropuerto. Me miran y les devuelvo la mirada mientras revisan el portafolio de Duran y mi mochila. Siempre preguntan lo mismo. ¿Cómo te llamas, niño? ¿Cuántos años tienes?

Vomité sólo una vez en el viaje. Duran me sonríe, dice que soy un buen negrito. Se agacha y me besa en la mejilla. Su saliva pegajosa me molesta y la limpio con mi mano.

No me acuerdo mucho de los otros viajes. De Bogotá conozco sólo el aeropuerto, la sonrisa de los inspectores, las calles y el Hogar donde a veces, cuando nos quedamos más tiempo, me llevan. Duran se acerca a un auto rosa. ¿De dónde sacan tantos autos de diferentes colores? Uno diferente en cada viaje.

Tengo miedo. Otra vez me va a pinchar con esa aguja. En cuanto suba al auto. El pinchazo duele mucho. Después no me acuerdo nada.

Cuando despierto tengo siempre el ciempiés vendado y me pica la panza. Casi siempre al otro día me sacan las vendas y vuelvo a la Argentina con Duran.

No me acuerdo mucho de Bogotá, digo, nomás algunas calles que pasan rápido mientras miro por la ventanilla y la casa azulada cercana al aeropuerto donde nos meten enseguida. Hay mucha gente.

Veo por la ventanilla del auto rosa al avión que despega. Miro de reojo a Duran. Mete la mano en la guantera y saca la jeringa. Empiezo a llorar, aunque ya sé todo y ahora no tengo tanto miedo como antes. Pego un solo grito. Duran me agarra el brazo y me pincha. Echa todo el líquido.

Siento el cuello pesado y a la vez elástico. Empiezo a mirar por la ventanilla.

¡Qué calor! ¡Cuánta gente! ¡Qué cielo oscuro! Me duermo, señor.  Me llamo Ramiro Flores, señor. Hace dos que viajo.

Diez, señor.

Los endos.

A través de la ventana la nieve cae afuera de Los Galgos, decorado en su interior a tono con la cercanía de la Navidad. Manuel posa su mirada en la mujer que tiene enfrente, de belleza andrógina, alta, flaca, ancha espalda, con unos pechos apenas insinuados y apenas caídos debajo del vestido gris sin corpiño que la hacen más deseable. Una chica retira sus vasos.

–Hay mucho ruido en este lugar.

–Sí, es molesto.

–¿No te gustaría ir a mi casa? Es más tranquilo.

–Dale, sí.

Manuel apunta a la moza con su teléfono celular, paga la cuenta y elige, entre las opciones, la más generosa de las propinas. Salen. Es media tarde, hace mucho calor, está nublado, todo muy limpio, salvo algunas cagadas de palomas por aquí y por allá. Él odia esas láminas transparentes con una capa animada de nieve cayendo infinitamente que suelen pegar a los cristales de las ventanas de los bares.  Salir era un contraste molesto.

Caminan hasta su casa. Manuel ya está tranquilo, a punto de lograr su objetivo. Y si no lo logra… bueno, si no lo logra, no está tampoco desesperado. Sabe que su ego lo metió en esa situación y que no debería hacerle caso a su ego, pero por algo había ido al bar.

Ella camina rápido, tanto que él tiene que hacer un esfuerzo para ir a la par. Un drone atrapa a una paloma posada en uno de los hombros de la estatua de Cornelio Saavedra y empieza a descender para depositarla en una jaula gigante en una camioneta de la Ciudad.

El portero del edificio les abre la puerta. Manuel agradece con una sonrisa. Mudos en el ascensor, sólo miradas cómplices. Tiene una erección molesta. No sabe qué decir. Manuel era biólogo y sostuvo la charla en el bar con casi todo lo que había investigado en su área. Pero la pólvora ya se había inventado, le dijo a ella, con los ojos chispeantes y una sonrisa. Ahora abre la puerta de su departamento. El gato maúlla pegado a la puerta y cuando Manuel entra se frota contra su pierna y lo sigue. Él lo saluda. Qué hacés, Motor. Se dirige a ella.

–¿Agua?

–Sí, por favor.

–¡Qué lindo!

–Sí, se llama Motor, raro que no hayas dicho que es gata, todos se confunden.

Ella se queda mirando la pecera, que la supera en altura, su pelo castaño y su piel bañada por el azul de los tubos actínicos. Los peces azules y amarillos nadan de un costado a otro. Él vuelve con dos vasos, ya no tan molesto con la erección, y los deja sobre la mesa. Se acerca a ella, hace que mira los peces, que ahora se arriman cerca de la superficie, se da vuelta, la agarra por la cintura y la besa. Ella se deja besar y se pega a él. Su entrega dura la mitad de un minuto. Entonces se separa de Manuel y lo mira a los ojos. La mirada acerada de ella lo deja sin aliento.

–¿Qué pasa?

Manuel mira el acuario y los peces están doblados en la arenilla del fondo, unos muriendo, otros ya flotando con su dorso arqueado en la superficie.

–Perdoná. Hay algo que tengo que decirte.

Manuel, ya sin erección, pura adrenalina, siente que tiene ganas de correr, pero ¿adónde? Sabe que el estado de alerta era un resabio de los primeros humanos y que la energía que producía su cuerpo en ese momento, obsoleta para la vida en la Ciudad, como cuando se pelea con su jefe y tiene que enfrentarlo, se transforma en estrés. ¿Para dónde salir corriendo? El resultado es un psoas contraído y, tal vez, bruxismo. Si en la vida primitiva un animal depredador le aparecía a un hombre en el medio de una selva, su corazón latía más rápido, bombeaba sangre a las extremidades para que pudiera salir disparando. Y el hombre salvaje, si podía, salía disparando. Pero él no era un hombre salvaje. La vida le había dado unos cuantos golpes. Para que la sociedad lo acaricie y lo tranquilice como él hacía con su gato.

–¿Qué es?

–No soy lo que pensás.

–¿Qué?

Manuel la mira con suspicacia y se da cuenta. Lo sospechaba desde el principio pero el entusiasmo pudo más.

–No soy la mujer que pensás.

–¿Sos… un Endo… una Reencarnada?

–Sí, soy un Endo.

–Nunca entró un Endo acá.

Él se aparta un paso de ella. El gato la mira con los ojos bien redondos desde el piso. Ella, a su vez, gira la cabeza para fijar la mirada glacial en el felino.

–No se te ocurra.

–No te preocupes. Las torcazas de tu balcón están muertas, eso sí.

–Igual la Ciudad se las iba a llevar.

–Seguro.

La observa, un poco encorvado, había olvidado alinear sus hombros por un momento. Sabía más o menos lo que se venía, tenía imaginación, para su trabajo era necesaria.

–¿Podrías preparar unos mates?

–Claro.

La chica se sienta en el sillón.  El vuelve con el mate listo y el termo.  Sirve un mate y lo toma rápido.

–Entonces, ¿cuál es tu nombre real?… No serás Marcelina como dijiste…

–No. Me llamaba Laura antes. Nunca llegué a vieja.

Ceba y le pasa el mate. Ella succiona la bombilla y sostiene el mate entre sus dos manos, como calentándolas.

–¿Debés ser entonces un… ex familiar de Constantina?

–Sí, soy su tía… me visitaba seguido de chica, ¿por qué ibas a lastimarla?, nunca lo hiciste.

–No sé. No quería hacerlo. Quería probar otro cuerpo. ¿No es lo que hacen ustedes?  Ella está de viaje y me siento solo. Por favor, no le digas nada de esto, no lo voy a volver a hacer.

–No le voy a decir nada. Pero te pido una cosa.

–¿Qué cosa?– El gato se sube a las faldas de Laura, que lo acaricia.

–Dejala.

–¿Cómo?

–Dejala en paz.  Alejate.

Manuel no sabe qué contestar. Siente que la bronca lo invade. Laura lo mira llena de odio. Motor, desde el regazo de la chica, estira la cabeza para que su dueño la acaricie. Él pasa su mano por el pelo del animal, pensando, súbitamente se detiene.

–¿Y si no lo hago?–pregunta Manuel.

–Yo misma le voy a contar.

–No.

Ella empieza a levantar su brazo como para dejarlo caer con fuerza sobre la cara de Manuel.

Motor salta de las piernas de la chica y camina hasta la puerta, donde se detiene, alerta, como esperando que le abran para salir. Pero golpean. El brazo de Laura desciende.

–Si abrís, olvidate del gatito.

–¿Por qué?

Vuelven a golpear. La puerta se abre de una patada seca. Un hombre musculoso, alto, de unos veintitantos, entra y se dirige a la chica.

–Andate.

–¿Quién sos?– pregunta Laura.

–Orlando.

Laura lo mira al dueño del departamento.

–¿Quién es?

–Un amigo. Murió de una sobredosis hace dos años.

Laura se levanta y le pega una trompada en el estómago a Orlando. El joven sale disparado y derriba el televisor. Orlando logra levantarse y le propina una patada de taekwondo a Laura, que va a parar al otro lado de la habitación, cerca del balcón.

–Manuel es una mala persona.

–Es mi amigo. Constantina tampoco es una santa. Lo desprecia adelante de la gente.

–Eso no tiene nada que ver. Ella nunca lo engañó.

Laura salta y da una vuelta en el aire y le pega una patada en el abdomen a Orlando, que cae al suelo. Manuel toma al gato, lo levanta, lo protege con sus manos, y camina hacia la puerta. Orlando se levanta y se abalanza sobre Laura con toda su fuerza. Ella da contra la baranda del balcón y los dos caen al vacío. Manuel se detiene, vuelve sobre sus pasos, abrazando al gato, se acerca a la baranda y asoma la cabeza. Los dos están muertos, inutilizables, tirados en el piso del patio del edificio. Sus cuerpos casi se tocan, sus charcos de sangre se confunden. Manuel escucha un zumbido como de mosquito y ve a un drone cerca de su nariz. No se acostumbra a la carita humana metálica de los nuevos drones. Por un momento, el drone abre el párpado gris de su único ojo, que como un monje zen tenía cerrado, y lo observa. Luego el drone sigue su descenso para ir a juntarse con los otros dos que ya están en el patio, rodeando los cuerpos.

No sabía cómo actuar. Nunca había presenciado una pelea de Endos y no sabía a qué teléfono llamar para que retiren los cuerpos. Cerró los ojos. Había sido su culpa. Empieza a sonar su teléfono.

–Hola, mi amor, ¿todo bien?–  Manuel hace una pausa, se pasa la mano por el pelo.–  Me alegro mucho que estés disfrutando.

Sabía que tenía unos días antes de que Laura reencarnara otra vez y volviera a perseguirlo por lo que había intentado hacer. Baja la persiana de la ventana que da al balcón. Y se queda con Motor en brazos en la semioscuridad.

Los cuerpos que yacían en el patio no eran considerados humanos. De alguna manera, los clones habían empezado a ser poseídos. Si les pasaba algo o enloquecían,  la Ciudad los recogía y los incineraba. Cuando el cielo y el infierno descendieron a la tierra todo se complicó. Antes, los seres queridos muertos de dos personas luchaban en el aire, incognoscibles para los que estaban vivos, pura energía y conciencia, para protegerlos. La guerra era encubierta en ese entonces. Se creía en las casualidades… Pero, cuando empezaron a proliferar los clones, ocurrió algo único. Eran poseídos y utilizados por las almas de los muertos para llevar esa lucha desconocida por los humanos al mundo. Algo en la copia de un cuerpo hacía más fácil que entrara en ese cuerpo lo etéreo. Así podían actuar de manera más eficiente, usando muchas veces sus poderes preternaturales, para cuidar a un familiar o a las personas que habían decidido proteger.

Las teorías se habían renovado. En la antigüedad, los dioses eran los muertos, que luchaban para favorecer a uno u otro héroe. Ya no, habían encontrado la escalera de Jacob para descender a la tierra. Y la usaban tan seguido que los empezaron a llamar Ángeles. Y los Ángeles pelean igual que los humanos. Incluso más. También fueron llamados los Endos por un geek, en tributo a una banda de rock progresivo inglés del siglo XX, aunque la gente usaba la palabra sin saber su procedencia.

Los Endos entrenan mucho, suelen tonificar al máximo sus cuerpos y utilizan suplementos deportivos de todo tipo para incrementar la fuerza y la resistencia de sus músculos. Son cabrones. Están acostumbrados al triunfo y a la derrota.

La conciencia finalmente había evolucionado. Manuel atesoraba libros de biología, cuyo contenido era obsoleto como si fueran tratados del siglo XVI. Más que nunca un telescopio o un microscopio era mejor que un modelo matemático. Las leyendas se habían materializado.

Ahora, el cielo era una autopista. Los ángeles, soldados. Los Endos.

 

Por Adrián Gastón Fares.

Kong 10.

Estimado Adrián,

Lo invisible es esencial a los oídos.

Aquí desde el balcón de un hotel. De a lengüetazos termino un helado. Esta golosina me arrima al nirvana cuando es buena. Si no fuera porque te transfiero estos pensamientos no estaría pensando en nada. La mente en blanco, saboreando el chocolate amargo, que sé que también te gusta.

Mi última tarea fue perseguir a un hombre de orejas largas. Lo creó un chico de ocho años después de ver Dumbo. En la época que te escribo este link sigue activo, tiene muchos más ME GUSTA, claro. Y también otros tantos más de NO ME GUSTA.

https://www.youtube.com/watch?v=HcVZdH5FJwE

El video inspiró al niño. Usó la impresora Riviera de su padre. Como sabrás o como no sabrás (no sé si sabes) no está permitido que los menores creen No-seres. Después del período de incubación en la bucket metálica (le llamamos bucket donde se incuban los No-seres, no me preguntes por qué usamos la palabra inglesa) y del traspaso a la heladera comercial de la que luego surgen, abriendo la tapa por sí mismos si es que tienen manos o tentáculos o lo que fuera que sirva para empujar una tapa, en general en garajes sucios y desordenados, entre cientos de trastos, vino al mundo un enano de color rojo con orejas que cuelgan hasta el piso. El niño, que esperaba paciente sentado en el piso frente a la heladera comercial, salió corriendo al ver al monstruo que había creado. El problema es que el enano escupía sangre por las orejas. Ni bien se vio solo, el engendro escapó del garaje. Después, TÍPICO, fue contratado por un circo de No-seres. Repito, escupía sangre por las orejas. No era joda.

Cada tanto largaba un potente chorro. La secreción era tóxica por lo que quemaba la piel de la persona alcanzada. Las personas ubicadas en la primera fila de la función sufrieron quemaduras graves. El No-ser es capaz de dar grandes saltos, consecuencia de la adicción a los videojuegos del niño creador.

Sin Taka, me cuesta un poco más atrapar a los No-seres, aunque Taka siempre estuvo del otro lado, siempre fue un No-ser. La señorita Taka sólo aportaba sus poderes sobrenaturales, digamos, para atrapar a los No-seres, a los que además entendía bien porque ella era uno más. Pero recibía de ella una fría indiferencia, un silencio frondoso, que mi mente rellenaba a gusto. Ya te contaré lo que tuve que hacer con esta niña. Cómo rastreé a su creador y cómo tuve que enfrentar a su cuidadora, a quien le rompí el corazón, aunque dudo que se pueda romper el corazón de hielo de una persona así. Cervezas más frías que el corazón de tu ex, como dice escrito en tiza en el pizarrón de la cervecería que abrieron en el local de tu edificio, Adrián. Me llega lo que ves, poco pero me llega… En este caso sería cervezas más frías que el corazón de Carolina Herrera (sí, la criadora de Taka tiene un nombre afín al mundo del diseño de moda de tu tiempo)

Volvamos a lo que importa, es una carta corta, se me terminó el helado y estoy usando el golpe de glucosa para llegar a vos.  Tenía a un enano peligroso suelto, contratado por varios circos, y que en cada función quemaba a sus asistentes con un chorro de lava ardiente que expulsaban sus oídos. Me hice pasar por un espectador del circo de Carlitos Bala (Bala clonado, obviamente, un No-ser que siempre está rondando los cuarenta y tantos) y justo que otro No-ser era devorado por tercera vez por un dinosaurio T. rex., un No-ser con la capacidad de restituirse y renacer una vez extinto, lo vi al Petiso Orejudo, como bien lo apodé, saltando en el escenario para hacer su número. Lo suyo era asustar al T. rex., que ante su presencia salía corriendo y el No-ser redivivo era salvado de otra muerte.  En fin, inmediatamente, corrí por el pasillo, saqué la pistola tranquilizadora y disparé. El Petiso dio un salto y pasó por arriba de mi cabeza, echando sangre y quemando a varios espectadores. Me di vuelta y volví a disparar. El Petiso fue alcanzado a la mitad del salto. Quedó tendido en el piso, boca abajo, y la corriente de lava ardiente empezó a extenderse, pero ya no como el impulso de una manguera de bombero, sino como el fluir de un río encauzado en una suave pendiente. Mientras el clon de Balá se acercaba por la pasarela que divide las filas del circo junto al empresario dueño del emprendimiento, entraron los refuerzos de Impresora Riviera y congelaron con atomizadores al Petiso Orejudo. La policía, por su lado, detuvo al empresario.

El procedimiento es de rutina, cuando se neutraliza a un No-ser problemático, se lo congela para mantenerlo en la zona de Impresoras Riviera reservada a Ilegales. Por el recorte de presupuesto para Investigación los No-seres problemáticos no son estudiados. Los mantienen congelados sin saber qué hacer con ellos. Más como prueba para posibles demandas de los perjudicados. En los términos legales que se entregan con las Impresoras está claro que Riviera no se hace cargo del mal uso que puedan darle al aparato los compradores. Para que te entreguen una tienes que aprobar un test psicológico (perdón por el tienes pero te aviso que en la actualidad preferimos usar el español neutro, cosa que me aburre por eso no me verás usarlo demasiado en las misivas que te llegan).

Claro que el mayor problema es no poder diferenciar entre los humanos y las creaciones biológicas de las impresoras. Ahí entramos nosotros, o mejor dicho, ahí entro yo, aunque no sea el caso que te cuento.

Para terminar. El epígrafe es un posteo de mi red social, que todavía no existe en tu tiempo. Quería comentarte algo. Aquí, en el futuro lejano para vos, no sólo existen los desplazamientos mentales espacio-temporales,  gracias a los que puedo hacerte llegar esta carta, sino que hay otros descubrimientos e innovaciones de la neurociencias no tan vistosas. Por ejemplo, los posteos en las redes sociales están controlados por la mente que trabaja en conjunto con el inconsciente. No es tecnología,  es evolución. Lo que hacemos es cotejar el enunciado del Super Yo con el Ego y definir cuál es el posteo conveniente para que tenga más ME  GUSTA en la red social y a la vez represente lo mejor posible al YO de la persona. Los impulsos eléctricos de las neuronas se convierten en palabras que, susurradas a un audífono especial –acá, SÍ SEÑOR, entra la tecnología– son directamente transcritas a la red social elegida.

Bueno, ¿vos cómo andás?. Anduviste por Colombia por una beca. ¡Santafe de Antioquia. qué bello lugar! Tu viaje fue enriquecedor en todo sentido. Viviste unas cuantas aventuras, tenés varias anécdotas,  tal vez te atrevas a contarme en detalle alguna…

Sé que andás en algo y que tenés poco tiempo para escribirme, me gustaría saber si es eso lo que te mantiene ocupado, o un problema particular conmigo. Antes intercambiábamos pensamientos diariamente, más allá de las cartas. ¡Me había acostumbrado! Y ahora se extraña un poco esa frecuencia comunicativa. Espero que este sentimiento sea recíproco y no te olvides de tu fiel amigo, que te saluda con un fuerte abrazo,

Von Kong.

 

 

No te demores

 

“Es ella. Es ella”, no dejaban de repetir en el restaurante. Una nena dejó el asiento junto a su madre y se acercó a la figura con el rodete de trenzas que le coronaba la cabeza. “¿Me podés hacer un dibujito?”, le preguntó. Y la mujer asintió, tomó una servilleta y con un lápiz que sacó de un bolsillo de su vestido azul dibujó a la nena con el cuerpo infestado de tornillos y una aureola de estrellas en la cabeza. Lo firmó y se lo entregó. Los clientes la miraban con la boca abierta. La mujer no hablaba ni tomaba el café. La pelusa negra arriba de sus labios llamaba la atención, su atuendo azul estampado con flores rojas llamaba la atención.

Escribió en una servilleta, la lamió y se la estampó en la frente. Decía “Nos vamos”. Se paró y salió del lugar, los que estaban adentro la siguieron.  Caminó hasta un hombre de mediana estatura, entrecano, con un mostacho de morsa y el hombre la miró y dijo “el ego es una falacia, reconozcan la falacia: experimenten el cosmos”. Desafió con su mirada al grupo que había seguido a la mujer. “Es él, es él”, repitieron los jóvenes después de consultar el celular. Le sacaban fotos. La mujer del rodete, el vestido floreado y la pelusa arriba de los labios miraba con reverencia al hombre que tenía al lado, luego tomó su mano y la besó. El hombre dijo: “dejen de luchar contra los monstruos porque el abismo también los mira, el abismo los convertirá en monstruos” La madre con su hija se escapó del grupo que rodeaba al hombre con mostacho. Caminó rápidamente hacia su coche. Abrió la puerta, entró, y con respiración jadeante, intentó arrancar. El sistema automático del coche no andaba. La madre miró a la nena, que estaba embobada con el dibujo. Desde los asientos traseros una figura interpuso la cabeza entre las dos. A la mujer se le saltó un grito. La misma mujer, con el rodete y la sombra en los labios, era como una película de terror. “A la nave”, dijo.

La madre abrió la puerta del coche, agarró a la nena del brazo y salió corriendo por el estacionamiento. La gente seguía rodeando a la mujer con rodete y el hombre con mostacho que decían al unísono: “A la nave”. La otra mujer, idéntica a la que seguía con el hombre, salía del coche y avanzaba hacia la multitud.

La madre llegó a la parada de colectivo en esa avenida amplia. Ahora la mujer enfilaba hacia ellas, las había visto y venía directo, a paso lento pero seguro. También venía el colectivo. La madre alargó el brazo, desesperada y el colectivo se detuvo. Se abrieron las puertas, hizo subir primero a la nena y cuando iba a subir ella, vio que el colectivero era el hombre con mostacho de morsa.  “Los que bailan son tomados por locos por los que no pueden escuchar la música”

–No es Nietszche–le gritó la madre. – Es una frase falsa. Usted no e…

–Vamos a la nave– interrumpió el chófer.

–¿A qué nave?– preguntó la madre.

En el fondo del colectivo había otra mujer con rodete, vestido floreado y pelusa arriba de los labios, rodeada de varias personas, sentadas a sus pies.

–¡A LA NAVE!– repitió la mujer –. Donde no puedan amar, no se demoren.

–Es ella, mamá. Es ella, es la mujer del Face– dijo la nena.

–No, no es ella.

Caminó con su hija de la mano hasta la mujer que estaba sentada en el medio de los asientos traseros. Una chica que estaba sentada en el piso del colectivo la miró y le dijo “En honor a ella le puse el nombre a mi gatita” Otro chico agregó “Vamos a la nave, nada malo”

La madre no podía creer lo que escuchaba. Un joven lampiño que estaba sentado detrás del chofer miró por encima de sus hombros y dijo:

–El paraíso está cerca, a la vuelta de la esquina.

La madre negaba con la cabeza.

–Esta no es Frida, gente. No se dan cuenta, los están llevando al matadero.

El chofer soltó el volante, se atuzó el bigote y dijo:

–No me molesta que me haya mentido, pero ya no puedo confiar en usted.

La madre lo miró con asco.

–Y usted no es ÉL. ¿Qué son? ¿Qué quieren de nosotros?

La mujer con rodete soltó la mano de la joven y dijo:

–Nos vamos.

Miró a la joven y agregó:

–Aquellos que critican a los demás revelan sus propias carencias.

La madre se ofuscó, apretó la mano de su hija, que en la mano libre tenía el dibujito hecho por otra de esas mujeres con rodete y vestido floreado, y se plantó en seco:

–¡Esa frase no es de ella!

El hombre con mostacho de morsa abrió la puerta trasera del colectivo, la mujer con rodete se levantó y le clavó una mirada acerada, enmarcada por sus cejas espesas, a la madre y preguntó.

–¿Se bajan? ¿O vienen con nosotros a la nave?

La madre repasó todo el colectivo. Observó a la chica con mirada enternecida, al muchacho lampiño entusiasta, a los otros jóvenes exultantes que rodeaban a la mujer, chicos con barba tupida, bien delineada, y chicas con trenzas sueltas o enramadas en la cabeza, todos con destellos alegres en los ojos, y finalmente a su hija.

–Es ella, mamá. Tenemos que ir.

–Sí, es ella, hermosa–le contestó, mientras le acariciaba la frente.

Las puertas del colectivo se cerraron.

 

 

A. F.

 

La más buena.

Son muchas las conversaciones que oigo. La mayoría no las escucho porque el ruido de la música está alto y significa un esfuerzo para mí concentrarme en una en particular. En general estoy cruzado de brazos y miro el culo lindo de María al darse vuelta para buscar los vasos y servir la cerveza tirada. Por lo general, no tengo que arrastrar a nadie hasta la puerta. Por lo general: a veces dos imbéciles se empujan sin querer y empiezan una pelea de borrachos y ahí me tengo que despegar de mi lugar. También lo dejo para ayudar a levantar las sillas a las doce, es el horario en que dejan de servir comida los de la cocina y el bar se convierte en una pista de baile. Era un poco después de las doce cuando el grupo de tres chicas se detuvo cerca de mí para tomar sus tragos. Dos chicos estaban pidiendo pintas en la barra. Pude apreciar otra vez el culo de María. Los dos chicos se pararon cerca de las chicas, como centinelas, aunque había más lugar atrás. Uno de los pibes era alto, atlético, el otro bajo y atlético también. En cuanto a las chicas, dos eran morochas de la misma altura y la tercera era castaña, de ojos claros, cara afilada. Parecía no tener tetas. Las morochas, más que nada una, tenía un escote bien relleno. Estaba tranquilo, relajado, me suelo tomar dos miligramos de clonazepam para aguantar más tiempo sin fumar.  Mientras un cliente esperaba, yo miraba el culo de María, en general miro el culo de María muchas veces por noche. El pibe alto se acercó a las chicas.

—Son todas muy lindas —dijo—. Pero: ¿cuál será la más buena?

Todas sonrieron menos la castaña, que miraba el piso. Las morochas señalaron a su amiga y dijeron al unísono “Ella”. El pibe se acercó a la chica que estaba apoyada en la pared.

—¿En serio?

—No soy buena.

—¿Qué estudias?

—¿Qué te importa?

—Dale, ¿contame que estudias?

—Veterinaria.

—¡Qué bueno! Yo tengo una gata.

—¿Y cómo se llama?

—Berta.

—¿Cómo? —. La chica levantó la voz.

—Berta—. El chico habló más alto. Tosió. Tomó un trago de la cerveza.

—Qué nombre.

—Sí, es una siamesa.

—Son lindas las siamesas. Hay siamesas siamesas con poco pelo y siamesas thai.

—Son todas de Tailandia.

—Sí, son todas.

Las amigas hablaban, entre sonrisas y miradas rápidas dirigidas al pibe.

—¿Cómo te llamás?

—Guadalupe.

—Lindo nombre.

—¿Y vos?

—Guillermo… ¿Y, es verdad?

—¿Qué cosa es verdad?

—¿Qué sos buena persona?

—No soy buena te dije —dijo Guadalupe mirando el piso.

—Pareces buena —dijo Guillermo.

—No tengo ganas de seguir.

—¿No tenés ganas de seguir…?

—Hablando.

—¿Por qué, qué te pasa? —preguntó Guillermo.

—Me separé hace poco. Estoy triste.

—Yo también me separé hace poco.

Guadalupe levantó la mirada.

—Y también estoy triste —agregó Guillermo.

—No se nota.

—¿Querés un poco? —. Guillermo le ofreció su vaso a Guadalupe. Ella asintió y tomó dos sorbos de cerveza. Miré el culo de María, mi trabajo estaba lleno ya a esas horas.

–Qué te parece si salimos de acá —dijo Guadalupe—. No aguanto más el reggaetón.

–Yo tampoco —. Guillermo miró a su amigo—. Dale, vamos.

Guillermo se acercó a su amigo. Intercambiaron algunas palabras. El amigo se acercó a las otras dos chicas. Se puso a hablar con ellas mientras los tres miraban a Guillermo y a la supuesta chica buena que enfilaban para la salida.

—Buena onda tu amigo —dijo una de las morochas.

—Sí, es muy simpático.

—Y eligió a Guada, que es muy particular.

—¿Por qué es particular?

—¿Guada? Es particular. Es… distinta.

—Tu amigo se habrá dado cuenta—dijo la otra chica.

—¿Cuenta de qué? ¿Distinta cómo?

Las chicas se rieron.

—Entonces si no te dijo nada no se dio cuenta —dijo una.

—¿De qué se tenía que dar cuenta? —preguntó el pibe.

Las chicas intercambiaron miradas cómplices.

—… De nada…

—¿Quieren un poco de cerveza? —dijo el pibe y le pasó el vaso a la que estaba más cerca.

El pibe se rió fuerte.

—¿No es una chica?

—No —dijo la chica que recibía el vaso de la otra.

–Yo no me di cuenta, tampoco. Parece una chica.

–Pero no es —dijo la otra.

—Es… ¿un traba?

Las dos chicas se miraron y sonrieron. Las dos estaban vestidas de negro y tenían tatuajes en las muñecas. No sé qué dibujo tenían, porque los vi de refilón mientras tomaban sus sorbos de cerveza.

—No —dijo una, la más tetona.

—¿Y qué es entonces? —preguntó el pibe.

–No es un traba, sólo eso.

El pibe miró hacia la puerta de salida.

—Y si no es un traba y tampoco es una chica… ¡¿qué es?!

—No te podemos decir.

—Como no me van a poder decir. No jodan… ¿QUÉ ES?

—No te podemos decir, pensamos que tu amigo se dio cuenta —repitió la otra.

El pibe las miró a las dos. Asintió y tomó otro sorbo de cerveza. Las dos chicas hablaban entre ellas. El pibe abrió la boca para decir algo.

—Perdón—dijo la tetona.

Las chicas se fueron para el fondo del boliche. El pibe me clavó la mirada. Yo hice como que no lo veía. Me fue fácil porque María otra vez se volteaba para ir a buscar un vaso.

 

A. F.

 

Kong 9

Estimado Adrián,

Los pingüinos siguen existiendo en mi época, pocos, pero hay. No me preocupan. La ciudad está repleta de aves de todo tipo, muchos reptiles y ardillas.

Te escribo desde mi sillón volátil en Impresiones Rivera. Son muchas las novedades y pocas las ganas de transmitirlas que tengo. Lo sentiste, es inevitable. Entré en un estado de anhedonia. El cenicero vuela a mi lado. Volví a fumar desde que Taka decidió renunciar a la empresa. De repente, perdí a mi compañera.

Tuve que presenciar cómo se pasó al bando de los No-seres. El grupo con el que se fue es comandado por un hombre con cabeza de tigre. Yo desistí de seguir su camino, tal vez sea su lugar de pertenencia. En Rivera, ya sabíamos lo que era. Otro agente, cuyo nombre hace honor a un clásico de una banda olvidada, Karma Police, está detrás de ella y su pandilla. Muchas metáforas o creencias de tu tiempo se han convertido en reales en nuestra época. Confundido, sembré pistas falsas para que Taka pudiera huir. El mismo agente, perseverante, brutal, me persiguió a mí hace muchos años cuando intenté desertar de Impresiones. Mi escape y persecución sería más para una serie televisiva que para una carta.

Me enteré que en tu presente fuiste a Neuquén y a Mendoza. Hiciste tirolesa (hoy en día es una de las formas de cruzar de edificio a edificio) y rafting, donde te empapaste hasta el alma. Cualquier actividad que permita que disfrutes de la naturaleza es buena para vos. En nuestro tiempo los espacios verdes son escasos pero selváticos. Hasta los jardines suelen ser densos, plantados con diversas, multicolores, especies. Los No-seres han influido mucho en lo cultural.

A pesar de la anhedonia dominante, estoy siguiendo las huellas de un No-ser. Es un personaje de lo peor que ha cometido varios crímenes. Un vampiro. Alguien decidió crearlo para una película de género nacional, de terror claro, pero escapó del set y comenzó a hacer desmanes en el barrio de Villa Bunge. Primero atacó a personas en un bar. Después en el quiosco de una estación de servicio (asesinó a los cajeros) Tiene la capacidad de reptar por las paredes y de replegar sus alas. Por la calle parece un transeúnte más. La búsqueda del vampiro me aleja de las cavilaciones sobre el futuro sin Taka. En Rivera están buscando a un reemplazante: rechacé a todos los sugeridos hasta el momento.

Como el No-ser-Vampiro atacó a varios empleados del diario Nueva Buenos Aires comencé a trabajar de cadete ahí. Camino mucho, lo que me mantiene en forma.

Lo molesto en esta época son las aplicaciones virtuales. Tengo colocada en mi reloj la aplicación ¿Existes?. En cuanto la aplicación detecta una mirada a tu reloj, estira tu mano hacia la persona que miró. Otra manera de funcionar que tiene es detectando una aceleración del pulso al mirar a otra persona. Si tu pulso se acelera y el de la otra persona también, las dos manos que tienen la aplicación se estiran.

Es una de las formas de aplacar la merma en las relaciones amorosas de la actualidad. Si uno no quiere, retira la mano y la vuelve a su posición. A veces la mano sale impulsada con tal fuerza que uno se choca con la persona lo que provoca las reacciones más patéticas, especialmente cuando las miradas fueron casuales y sin intención amorosa. La aplicación no es capaz de distinguir entre los No-seres y los humanos. Es su punto débil.

Se le ocurrió a un científico argentino después de que se empezará a usar la siguiente modalidad de levante. La gente dejaba caer cualquier objeto en la calle para que otra persona la levantara y así entablar una charla que podía terminar en un café. El vampiro la usa para hacerse de más víctimas, así que tuve que hacer lo mismo.

Me llegan noticias de tu presente, atrasadas, mi concentración es menor: el trabajo diario en un ambiente gremial, las duchas frías desde que te cortaron el gas hasta que pusiste la ducha eléctrica, vos llevando a operar a tu gata, la grabación de una mujer que te habla desde tus prótesis auditivas y te dice pila agotada al unísono cada tanto, un pequeño milagro, los proyectos audiovisuales a los que seguís apostando con tanta fuerza. Tu compañera de trabajo que te contó que tiene un pariente en el Vaticano con acceso a las áreas restringidas que guardan videos de gente poseída por demonios…

Siento tu fuerza, es… estimulante. Morís y renacés todos los días. Sé que te dejé abandonado en el período más oscuro de tu vida. Era tan fuerte lo que me llegaba que no pude escribirte. Ahora parece como que estuvieras rodeado de gente brillante, sensible. Eso es fuerte también y me llega, a pesar de todo.

¿Sabés qué?  Tal vez, yo también esté recuperando las fuerzas.

Me dijeron que me parecía a un actor famoso, Douglas Wali Knight (una estrella de Bollywood) Durante mi vida, me han comparado con varias personas. Incluso me reconocen fácilmente, aún sin conocerme, como si me conocieran de otra vida. Sé que a vos te pasa lo mismo. Te comparan con actores distintos. No voy a decirte de dónde viene esa facultad de parecerse a las personas. No quiero encarar en esta carta mi teoría sobre los actores, la simbología y la mitología.

Tengo que rajar. A una reunión.

Tu época es difícil porque están ocurriendo muchos cambios vertiginosos de los que no se dan cuenta. Las personas están empezando a convertirse. El alma se duplica para adaptarse a lo tecnológico. No es algo tangible.

Un abrazo,

Kong.

PD: en una persecución, estuve en un momento frente a frente en el  borde de la azotea de un edificio con el vampiro pero la belleza del despliegue de sus alas tornasoladas me impidió disparar. Lo observé volar, mientras encendía un cigarrillo común (odio los electrónicos)

Ya que hablás de yoga. En la práctica del mismo es importante observar sin juzgar. Es lo que hice. Si se enteran acá, me echan.

 

 

Kong 8

 

Querido Kong,

El otro día estaba el cielo estrellado y pensé en el tiempo y en que las estrellas que vemos ya no están ahí, me acordé de vos y decidí escribirte. ¿Cómo van las cosas con Taka? ¿Siguen persiguiendo No-seres en el futuro? Por acá la gente juega a algo parecido, buscan con el celular a un dibujito virtual. Según mi cuñado, mientras paseaba a su perra, un hombre se detuvo celular en mano frente a las rejas que protegen una estatua. Berreaba porque no podía cazar al ente virtual en el recinto.

Bueno, te digo algo contundente. Con la práctica logré sentir yo también tus pensamientos. Me llega malestar y confusión.

Va para vos una metáfora aprendida en yoga, no es una metáfora pero yo le voy a llamar metáfora. Hay que tener el plexo solar fuerte para contener el ego y a la vez estar bien plantados frente a los demás. Tener ego no significa ser egoísta. Es otra cosa. El plexo solar está entre el corazón y el ombligo, más o menos, y manejándolo, creo que se pueden lograr cambios en la realidad.

En tu tiempo, y por tu trabajo, espero que no dejes que te hagan la gran “Naranja Mecánica”, que es lo que la sociedad nos hace a todos para civilizarnos, por eso el poder de esa película. Y digo por su escena final.

En mis épocas de universidad, una ayudante me regaló una claqueta de cine con una papelito que decía “Ama el arte en ti mismo, más que a ti en el arte”. Una frase de Stanilavski.  Prefiero lo de Kant: nunca usar a una persona como medio. El arte no está en nosotros mismos. Ni nos buscamos a nosotros en el arte. Simplemente, como diría Saul Bellow, perseguimos una verdad…

Tal vez no seamos nada. Ni exista nada parecido a un destino. Pero somos lo que construimos y lo que sentimos en este momento. ¿Cabe alguna duda?

Hay que aprender de los animales, también. Un animal no confía rápidamente. Uno entra en algunos lugares y siente algo en el corazón que está más allá de cualquier explicación racional. Agobio, pesar, rendición. Me pasa en un local de copias comerciales que suelo visitar por mi trabajo (te adjunto una fotografía). El otro día el tipo tenía la radio encendida y pasaban Rocket man. Seguro que siguen escuchando a Elton John en tu tiempo. También otra canción, de una película, de un grupo desconocido, que me puso bastante triste.

¿Vos estás seguro que te gusta tu trabajo? Suena mucho más interesante que el mío. Estos No-seres serían un peligro contra la humanidad si proliferaran. ¿No será una metáfora lo de No-seres y lo que me escribís desde el futuro es simplemente la manera en que la humanidad se alienó?

Hoy soñé con peceras grandes, con peces que competían y se destrozaban entre ellos, en especial a los más débiles, una especie de cruza entre delfín y discus, y yo tenía que recorrerlas y salvar a los que pudiera. En una de las peceras había una araña marina, animal inexistente creo, y yo tenía mucho miedo de meter la mano ahí. Los peces eran devorados por otros peces o estos pequeños monstruos. Creo que también por eso te escribo. Tal vez soñé con tu trabajo.

Y ya que estamos con los animales. En un documental de Werner Herzog, cineasta de nuestros tiempos, un pingüino se aleja de la parvada. En vez de adentrarse en el mar, enfila hacia el continente. Lo espera la muerte. Pero tal vez, pienso, más pingüinos hagan lo mismo y terminen evolucionando de esa manera. No lo sabemos.

¿Cómo son los pingüinos en tu época, amigo Kong? ¿Siguen existiendo?

Bueno, me espera una fotocopiadora. Trámites y diligencias. Cientos de hojas, en las que leo palabras como: inoficioso, escalonada, expendiente, frases como dar lugar. Inoficioso, ¡qué palabra! Tal vez estas cartas sean inoficiosas, ¿no lo pensaste?

Pero yo no estoy ahí. Parafraseando a una canción de Sting, cayendo en un sentimentalismo irremediable, ésa no es la forma de mi corazón.

Abrazo grande,

Adrián

 

Neurocine: ¿cómo asegurarse un éxito?

 

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Las empresas de neuromarketing  testean los trailers de las películas con espectadores. Usan estudios como imágenes por resonancia magnética, electroencefalogramas, respuestas galvánicas de la piel, rastreadores oculares y otros indicadores biométricos. Con esta ayuda de la ciencia, encuentran el “target” del producto.

Estos medios también se usan para el proceso de desarrollo del largometraje. Con el objetivo de ayudar al realizador a refinar el guión, los personajes, la trama, las escenas y los efectos. El profesor de la Universidad de Princeton Uri Hasson usa el término “neurocinematics” para referirse a los estudios del cerebro con los que se descubrieron que las películas de terror, acción o ciencia ficción activan las áreas de la amígdala que controlan las emociones extremas. Hasson afirma que a través de la dosificación de la edición y los demás recursos audiovisuales se puede estimular la respuesta emocional de los usuarios y por lo tanto definir el impacto que tendrá en taquilla la película.

Lo opuesto a lo anterior, sería la figura de un pionero de Hollywood, como el productor Darryl F. Zanuck, que se infiltraba en los cines para medir la respuesta de sus producciones. ¿Cómo?  Mirando la cara de los espectadores. El hijo de Zanuck, Richard, que murió en 2012, fue otro gran productor (cuya filmografía pasa de Tiburón a El gran pez).  Despedido por su propio padre de la empresa, supo armarse una carrera única (y el aprecio de directores reacios con los grandes estudios de Hollywood, como Tim Burton) Richard era un productor con olfato, experiencia e instinto, que tal vez se reiría de los nuevos métodos.

Los productores y directores actuales son más permeables a la ciencia. James Cameron dijo que las imágenes de resonancia magnética pudieron detectar en los estudios realizados para su película Avatar que se necesitan más neuronas para procesar el visionado en 3d que en 2d. La compañía de servicios de neuromarketing MindSign brindó servicios gratuitos al director de Terminator, para escanear la respuesta de algunos espectadores al tráiler de Avatar. Otra compañía en el rubro es EmSense.

Algunos van más allá y auguran una convergencia entre las películas y los videojuegos. Netflix y Facebook jugarían un rol importante en la personalización de los contenidos, creando a través de las respuestas de los usuarios, modificaciones en directo del producto para cada tipo de persona. Una especie de “Elige tu propia aventura” con muchas versiones de una película, finales y vueltas de tuercas de la trama para elegir a gusto.

Por ahora, y más con la noticia que relativiza la utilidad de las resonancias magnéticas (http://www.elespectador.com/ponen-duda-40000-estudios-sobre-el-cerebro-articulo-642276), me parece que lo que le gusta o no a un espectador y lo que hace que una película funcione en taquilla sigue siendo un misterio que tiene más que ver con la creación y el inconsciente del artista. Y con la capacidad del realizador de transmitir sus imágenes y emociones al espectador.

Adrián Gastón Fares

Referencia Imagen: http://cdnb.20m.es/sites/127/2015/08/Avatar-escena-beso.jpg

Fuente: http://www.fastcompany.com/1731055/rise-neurocinema-how-hollywood-studios-harness-your-brainwaves-win-oscars

http://www.corsofilms.com

 

En torno a mi tío abuelo, Alberto Laureano Martínez.

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En esta fotografía posa Homero Manzi con mi tío abuelo, Alberto Laureano Martínez (a la derecha)

Mi Internet de chico, mi biblioteca de chico, estaba llena hasta el techo de libros que habían pertenecido a él. Autor de tangos como Andrajos, Yo tengo un pecado nuevo, Coplas, Adiós, Luto blanco y varios más. Murió en 1980 en España así que no lo pude llegar a conocer. Descubrí, subido a una escalera, que leía a Dostoievski, que tenía la colección completa de las obras de Bernard Shaw, un libro dedicado de Felisberto Hernández, Carson McCullers, y otros libros más que no agarré.

Conoció a los grandes de la música de esa época, se juntaba a jugar al póker con Troilo, Discépolo, Mores, Manzi, etc. Por lo menos, eso tengo entendido. Escribió una obra de teatro que no leí y está en algún lugar de la casa de mis viejos.  Mi tío abuelo era un dandy. Por razones que no escribiré, no pude llegar a conocer tampoco al resto de mi familia paterna.

Más allá del descubrimiento de Dostoievski, yo prefería al inspector Poirot, a Miss Marple, a Poe, y relegaba a Shaw. También a Stephen King, a Clive Barker, Lovecraft, las compilaciones de cuentos de terror, y la enciclopedia Salvat. Prefería la Billboard, que traía mi viejo del laburo, y la Conozca más . Todo eso hasta que llegó Borges (ay, Cortázar te leí, te considero un amigo, pero no te pude disfrutar, sólo algunos cuentos), Rilke, Hemingway y  Bukowski. Y luego Philip Roth y Cormac McCarthy y otros más…

Con las películas, todo empezó, tal vez, con Bernardo y Bianca, las adaptaciones de Poe con Vicent Price (creo que dirigidas por Roger Corman), El planeta de los simios con Heston en una playa frente a los restos de la Estatua de la Libertad, el mundo del VHS de fines de los ochenta y los noventa, y un día llegó Cinecanal con El sabor de la cereza

En fin, me hubiera gustado conocer a mi tío abuelo, y que me contara sus historias. También me hubiera gustado conocer a otros familiares que no pude conocer.

Referencia fotografía y algo más sobre la historia de mi tío abuelo:

http://tangosalbardo.blogspot.com.ar/2013/06/andrajos_14.html

 

Adrián Gastón Fares

 

El olivo

(A Edgar Lee Masters)

 

El olivo es el árbol que me vio nacer

El que me vio sonreír

El que me vio sufrir

Al olivo me subí

Me dio de comer

Y me hizo reflexionar

En un cementerio

Sobre esta vida corta

El olivo me enseñó piedad

Al olivo me abracé

Cuando no tenía fuerzas

Lo descascaré con ansiedad

Y lo regué para que creciera más alto y más fuerte.

Pertenezco a la familia del olivo

No me caben dudas.

Del olivo me colgué.

A. F.

 

La ficción del Asperger

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Hans Asperger era un psiquiatra y pediatra austríaco que en 1943 describió el síndrome que ahora lleva su apellido para describir a individuos con personalidad asocial. De ahí en adelante, muchas personas con patologías similares al Asperger se han autocalificado a sí mismas con el síndrome o fueron diagnosticadas a mansalva con el mismo por psiquiatras. La falta de empatía es uno de los síntomas del Asperger, así como la ritualización de tareas que no tienen sentido.

El Asperger es un peligro para los sugestivos. Internet está lleno de sitios con personas que se auto diagnostican como asperger. Hasta se consigue el test para que cualquiera pueda ponerse a prueba. En Buenos Aires hay especialistas en el síndrome como el doctor Víctor Ruggieri o Nora Grañana, cuyos pacientes son niños con diversos niveles de autismo.

La memoria eidética (o memoria absoluta, tal vez como la de Funes el memorioso), la sensibilidad a la luz, al tacto, a la visión, suelen relacionarse con el Asperger. No voy a entrar en la descripción de los síntomas porque hay mucho material en Internet, incluso un libro muy interesante (PERCEPCION SENSORIAL EN EL AUTISMO Y SINDROME DE ASPERGER, de Olga Bogdashina) que raya el ocultismo. En este libro, se describe al Asperger, como una persona que no se asombra con ilusiones visuales (no las percibe), nota rápidamente cambios de temperatura en los ambientes, no reconoce un entorno familiar si lo mira desde otra perspectiva, se molesta fácilmente en lugares ruidosos, si habla más de una persona no entiende porque no logra filtrar los sonidos, no distingue los estímulos táctiles de diferente intensidad, hipersensibilidad a los ruidos y a los olores, alergias, cierta torpeza y rigidez de movimientos,  fascinación con ciertas luces y sonidos.

En fin, según Bogdashina, la persona con Asperger tiene una percepción sensorial hiperdesarrolada y para eso crea mecanismos defensivos contra la misma, que pueden llegar a la sordera o ceguera. En este caso sería estimulante compararlo con el documental de Werner Herzog “Land of Silence and Darkness”. Tampoco se trata de desprestigiar el trabajo de la lingüista (Bogdashina), cuyos hijos con diferentes niveles de autismo la llevaron, entre otras cosas, a investigar mucho sobre el tema.

También un asperger ignora el doble sentido de frases y chistes. Algunos tienen sinestesia, asocian colores a los sonidos, o huelen olores que no existen. O prosopagnosia, tardan en reconocer las caras de sus allegados.

Vamos a seguir la corriente y formular una teoría descabellada.

Podríamos decir que Stan Lee, uno de los fundadores de Marvel, posee el síndrome porque no se ha sacado en su vida los anteojos oscuros para filtrar la luz, por lo que parece ser hipersensible. De ahí, podemos pensar que la creación de superhéroes, personas con diferentes capacidades a las normales, son una consecuencia de la existencia del síndrome en el creador de Hulk y X-men.

En la literatura, la descripción que hace Bertrand Russell en su autobiografía de su amigo Joseph Conrad podría ser la de un Asperger.

Hay películas que abordan directamente el tema como Crazy in love, bastante mala, otras más memorables como Rain Man o la animada Mary and Max. Y para volver a los superhéroes y a Marvel, está Guardianes de la Galaxia, donde los personajes no entienden los chistes con doble sentido y, si la miramos con el filtro del Asperger, toda la película parece tener referencias al síndrome. Ni hablar de la tan mencionada afiliación al Asperger del personaje Sheldon, de The big bang theory, cita fácil de algunos psiquiatras. Y hasta podríamos decir que también el protagonista autodestructivo y visionario de la primera temporada de True detective es otro ejemplo.

Por lo tanto, me parece importante, antes que nada, definir mi postura, a través de algunas preguntas a psiquiatras y psicólogos de Buenos Aires que hice para un posible documental.

El Asperger está sobre diagnosticado. “Es una bolsa de gatos”, me dijo un psicólogo. Un individuo que lo tenga, en general niños, no reacciona al entorno, no tiene empatía, no pueden angustiarse, no son genios si no que repiten tareas inservibles, y esto último es muy importante: no se ponen a investigar sobre si son o no Asperger. En Facebook circulan notas nocivas como la del supuesto Asperger de Messi, escrita por un español, que pueden hacer que cualquier persona piense que tiene el síndrome. Y existe también la relación falsa entre savants, niños índigo y el asperger.

Como conclusión, volvamos a nuestro lugar de partida, Internet es el gran libro de la mitología (palabras) y simbología (imágenes) de nuestra época. Una gran ficción descontrolada, donde hay de todo para todos. En este caso, pido a mis lectores que borren esta descabellada nota de sus mentes.

Adrián Gastón Fares

Referencia Imagen:

http://ocio.lne.es/img_contenido/noticias/2014/08/333407