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Seré nada / Serenade. 27. Nueva novela.

Leyendo Seré nada. Capítulo 27. Un grupo de sordos busca en el Gran Buenos Aires una comunidad soñada de sordos, pero en vez de eso encuentran otro tipo de enjambre. 
Seré nada tiene 200 páginas y es mi cuarta novela. Se suma a Intransparente, El nombre del pueblo, ¡Suerte al zombi! y el libro de cuentos de terror Los tendederos.

27.

Por los agujeros de la lona negra que cubría la ventana de la habitación se colaba la luz del amanecer, generando sombras redondas y puntiagudas.

El interior estaba repleto de raídos peluches.

Osos panda, muñecas, jirafas, leones, con las colas hacia arriba, ladeados, con las cabezas sobresalientes, todos formaban un montículo que llenaba el cuarto y que crecía hacia las paredes. Era imposible que Gema estuviera ahí y, sin embargo, Silvina la invocó.

—Gema, te necesitamos —dijo mientras se pasaba la mano por la frente y suspiraba.

—¡Gema! —Al instante, Ersatz, tuvo ganas de salir corriendo al baño. Suspiró y contuvo el dolor de estómago.

Los peluches comenzaron a moverse como si hubiera un animal de verdad debajo de ellos, tres o cuatro rodaron sobre otros y pudieron ver la cabeza de Gema sobresalir del montículo de felpa. Vieron que algunos de los muñecos todavía tenían la etiqueta.

Gema fruncía y desfruncía el ceño como si estuviera perdida y tampoco fuera inmune a lo que habían vivido ese día.

Silvina se arrodilló sobre el suelo blando conformado por los muñecos.

Gema estiró una mano. Medio ida, parecía rozar con los dedos un recuerdo que flotaba en el aire y que temía alcanzar.

Lo miró a Ersatz y luego a Silvina mientras con la otra mano tiraba del hilo sucio de la etiqueta de un oso que alguna vez había sido blanco.

Ersatz se agachó a su vez y leyó con Silvina las palabras escritas en el anverso de la etiqueta:

Pronto vas a volver con nosotros. Abuela Mery. PD: Hacele caso a los médicos.

Gema sacó su celular y escribió sobre sus rodillas.

Ospital. Abandonaron. Fueron Se.

Gema achinó los ojos mientras intentaba mover la boca para llamar la atención a ese lugar de su anatomía. Escribió.

Esto.

Silvina, consternada, asintió con la cabeza.

—¿Viven cerca los que mataron a nuestro amigo? —Ersatz sintió que el estómago le ardía.

Gema asintió con la cabeza y se puso a escribir.

—Mejor que la ayudemos a mantener cargado esto —dijo Ersatz fijándose si había algún enchufe en ese tugurio. Se tranquilizó, había por lo menos cuatro zapatillas eléctricas cuyos cables estaban enrollados peligrosamente entre los peluches

Avenidas Muchos.

Leyó Ersatz en la pantalla de Gema.

—¿La de delantal también?

Gema dobló la mano para mostrar lo que había escrito en la pantalla de su celular. Decía:

Evelyn. Medicina Es. Colejio Todos.

Ersatz volvió a sentir una punzada en el estómago, seguida de ganas de evacuar todo lo que había comido. El olor agrio, debía ser algodón húmedo, no ayudaba. Respiró hondo. Se dobló y apoyó sus manos en las rodillas.

Silvina estiró su melena hacia atrás ofreciéndole a Gema el cuello.

El gruñido que salía del pecho de Gema fue creciendo en intensidad.

Prefirieron no mirar mientras la cara se alargaba y desfiguraba en el esfuerzo que estaba haciendo.

Sabían que la mujer esta vez lo hacía por ellos.

Esperaron, arrodillados entre los peluches, a que Gema se deslizara hacia ellos.

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada. Serenada. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.