Kong 17

Querido Adrián (¿o debo llamarte Gastón como te dicen algunos extranjeros?)

Jamás he vendido una Impresora Riviera. Sí tuve un romance ocasional con una vendedora cuando recién había sido incorporado a la empresa.

Nos suelen sacar las impresoras de la mano, como diría un vendedor, así que la publicidad que hacemos es mínima. Los No-seres son tan útiles para los humanos que la gente sólo piensa en traerlos al mundo.

Toman agua, ya que son organismos como cualquier otro, y toleran mejor el cloro que nosotros. Claro que depende del No-ser.

He llegado a ver un No-ser creado por un panadero que era un brioche. Al panadero le encantaba que el pancito respirara, su parte superior se elevaba y bajaba. Lo usaba para decorar la vidriera de su panadería francesa. Como supondrás este organismo ni tomaba agua ni comía, sólo se cargaba o alimentaba con los rayos solares.

Así que a algunos les gusta crear estos organismos simples que a mí me tienen sin cuidado.

Más allá de eso, un pan que respira es algo hermoso.

Por lo demás, el gorila que lleva mi apellido me estuvo espiando. Conoce todos los lugares que frecuento gracias a Taka. La intención de este grupo está clara: quieren liberar a los No-seres que tenemos presos en la zona de seguridad de la empresa. Aclaro que los No-seres no estaban organizados antes y hace pocos años que algunos se unieron para defender unos derechos que nunca tuvieron y declararnos la guerra.

El otro día apareció en la reserva ecológica una almeja gigante. Me encomendaron el caso junto al inspector Paulo. Es más robusto que yo, tiene mi edad pero parece mayor. Es confortable tener un compañero. Desde que Taka se pasó al otro bando, al que en realidad siempre había pertenecido, hacía mi trabajo más bien solo.

Sobre el río, detrás de la almeja gigante, flotaba una lancha. En el vehículo el gorila hacía retumbar su pecho con los golpes secos de sus puños peludos. A su lado estaba Taka. La encontré más bella aún. Parece haber mejorado su postura y su vestimenta. Pude ver que llevaba un vestido con el cuello redondo, de color azul.

Detrás del gorila y Taka estaba un hombre de traje negro con la cara muy larga, desproporcionada con el resto del cuerpo. No se trataba de un enano, si no de un No-ser de un metro setenta, pero repito, su cara angulosa y puntiaguda llegaba hasta la mitad de su torso. La melena larga y negra. Me habían hablado de este No-ser que era probable que fuera el cerebro de los insurgentes y la actual pareja de Taka. Así que me entristecí. Pero enseguida dominé la tristeza y recordé las cosas que tenía que recordar sobre Taka.

Ella apareció por primera vez entre los senderos de una plantación de flores un día en que los rayos solares fueron tan potentes que arruinaron toda la cosecha de ese año. La encontraron riendo sin ningún motivo en el campo.

Pero no quiero desviarme de mi narración. La lancha se alejó a toda marcha. Pensé que tal vez era la última vez que vería a Taka, aunque a ciencia cierta no lo podía saber. Antes de perderla de vista, Taka se desabrochó su abrigo y en la remera que tenía debajo figuraba una inscripción en hiragana. Pude leer Itsumade. El significado de esto no me quedó claro, ya que no sé bien japonés. Sí entendí que el gorila que la acompañaba era un guardaespaldas. El semi animal contrastaba con la pequeñez de Taka. ¿Qué me estaría queriendo decir Taka? No era un buen momento para pensarlo.

La denuncia de la almeja gigante en la reserva la hizo un cuidador. El hombre no paraba de reír. El No-ser emitía un gas de tonalidad azulada que se estaba extendiendo por la costa. Las valvas de la almeja estaban casi cerradas, pero de su separación sobresalían dos tentáculos. Uno de ellos, el sifón exhalante (las almejas tienen uno inhalante también) expelía el colorido gas.

Convenimos con Paulo en que no podíamos llevarnos en la camioneta a semejante monstruosidad. De hecho, el No-ser que había dejado el hombre de cara larga y sus secuaces tenía un tamaño de tres camionetas apiladas una encima de otra.

Bajamos de la camioneta con guantes y máscaras antigás.

Lo primero que pensé fue ¿cuántas paellas podrían hacerse con semejante bicho? Me dieron ganas de reírme, pero me di cuenta que el gas de alguna manera se me estaba colando en la máscara y era la razón de la alegría estúpida que me dominaba. El cuidador no paraba de largar carcajadas señalando la almeja y se había orinado en sus pantalones.

Entonces, mientras veía la línea oscura que dejaba la lancha en el río y la espalda peluda y enorme del gorila que se alejaba en ella con Taka y el otro No-ser, me di vuelta para mirar hacia donde se dirigía el gas. Se iba expandiendo por la costa pero también flotaba sobre las malezas a mis espaldas.

Había varios árboles. Alrededor de uno de estos, una higuera, el gas se había instalado. Caminé con Paulo hasta el árbol. Los frutos eran nada menos que caras. Las caras, de facciones orientales, parecían pequeños dioses budistas y no paraban de reír.

Taka me había contado una historia parecida. A Taka le gustaba contar historias, es una de las cosas que extraño de ella. Ese árbol tenía que ser su creación.

Si estábamos en la historia que yo pensaba entonces había una manera de recoger esos frutos.  Les pregunté, con voz gangosa a través de la máscara, qué pensaban hacer el fin de semana. Sin parar de reír, las caras-frutos se miraron unas a otras.

Una debía estar más madura que las otras ya que se envalentonó y respondió lo siguiente: Reírnos.

Ni bien la cara-fruto terminó de decir esto cayó al suelo. Paula la recogió y la metió en una bolsa de arpillera grande con la R de Riviera tejida en color rojo que tenemos para estos casos. No debíamos dejar rastros de ese árbol del demonio que podría contagiar la risa insoportable a los humanos.

¿Eran sólo unas caras risueñas o tenían un mísero nombre?, les espeté para molestarlas un poco. Contestaron todas juntas nombres inteligibles y se desprendieron y cayeron al suelo como paltas maduras.

Recogimos todas las caras-frutos del suelo, que ya no reían y las dejamos en la camioneta.

La almeja, con sus estrías azuladas, sus valvas entrecerradas y sus tentáculos casi hundidos en la arenilla era intransportable para nosotros. Seguía despidiendo ese gas que lo nublaba todo y que había convertido al cuidador en una especie de bebé incapaz de controlar sus esfínteres. Nos volvimos a acercar, pero a la mitad del camino el No-ser separó sus valvas y expulsó a un segundo ser de cara larga.

Bañado en una especie de plasma rosado el nuevo No-ser se incorporó, se deshizo de la baba que lo recubría, cortó un asqueroso cordón umbilical que lo unía al molusco, y empuñó una ametralladora que sacó de su traje en un santiamén, con la que nos apuntó y disparó.

La niebla le jugó una mala pasada porque la ráfaga de disparos fue a parar al árbol de las caras, ya sin esos molestos frutos por suerte, que se derrumbó a nuestras espaldas y que para colmo se prendió fuego.

El custodio de la reserva fue alcanzado por la ráfaga de disparos y dejó de reír y de orinarse en los pantalones. Cayó muerto.

Nos dio tiempo para sacar nuestros pistolas con dardos tranquilizantes para No-seres y disparamos. El No-ser de cara larga, que era una especie de gemelo del de la lancha, quedó tendido en el suelo frente al molusco gigante.

Nos comunicamos con nuestros jefes para que enviaran un vehículo que pudiera remolcar a la almeja hasta el hangar donde guardamos los especímenes más grandes. Mientras tanto, el No-ser de cara larga despertó, se llevó algo a la boca y luego de succionarlo comenzó a convulsionar. Tratamos de interrogarlo pero murió en nuestros brazos.

Lo empaquetamos para trasladarlo a la morgue de Impresoras Riviera. La autopsia de los No-seres es un proceso delicado que sólo tres científicos argentinos especializados en estos organismos pueden realizar. Suele ocurrir que un No-ser muerto se levanta como un zombi y debe ser neutralizado.

A veces proyectan su verdadero ser, podemos decir, que no era otro que el que estaba oculto en el No-ser que lo contenía, así que un nuevo cuerpo se despega del No-ser muerto y ensaya un sucedáneo de viaje astral para escabullirse de la camilla.

Por lo general, en estos casos quedan flotando en un vértice de la habitación y hay que capturarlos.

Bueno, la almeja gigante, que cesó de expeler ese gas inmundo, está en nuestra área 51, como me gusta llamar al lugar donde sólo los inspectores de alto rango como yo pueden acceder.

Tengo otro caso ya mismo. Sólo te adelanto que una otaku (o amante de la cultura japonesa, como sabrás), creó un No-ser que es un fantasma nipón, de cuello largo, varios metros, que termina en una cabeza humana horripilante, pelada y con los dientes ennegrecidos.  Y que la cabeza, siguiendo estos cuentos, se mete en la casa de cualquier vecino para robarles el oxígeno y comerse a sus mascotas.

Allí iremos con Paulo, porque el deber nos llama.

Estaremos en contacto, Adrián.

Von Kong.

Kong 16

¿Qué tal, Kong?

¿Cuando empezaste fuiste vendedor de las impresoras biogenéticas Riviera?¿Vendías las impresoras que ahora confiscas a los que las usan para crear No-seres ilegales?

¿Te parece bien, Kong? Digo, perseguir No-seres. ¿Son tan mortíferas y peligrosas las creaciones de la mente humana?

Otra pregunta: Los No-seres. ¿Suelen crear No-seres? ¿O sea usar las Impresoras Riviera para crear otros entes como ellos?

Bueno, el otro día, siguiendo un plan mecánico que vaya saber qué significa para mi inconsciente, atendí el llamado de un desconocido. Si bien ahora formalmente no necesito trabajo porque tengo bastante, la curiosidad fue más fuerte.

Juan –voy a conservar su identidad intacta– me dijo que no podía revelarme de qué se trataba el trabajo ni la remuneración. Me preguntó si me interesaba el dinero o el crecimiento entre otras preguntas existenciales como si prefería trabajar freelance, en relación de dependencia y si part-time o full-time.

Ante mis respuestas, me citó en un conocido hotel internacional.

Después, pensé que es peligroso ir a una entrevista de ese tipo. Ni siquiera conocía el nombre de la empresa empleadora. No me había pedido el CV ni había sabido decirme bien de dónde me había sacado. Me podrían quitar los órganos o algo así y nadie se enteraría. O me sacarían en una caja de cartón para venderme como esclavo.

A las once de la mañana me estaba tomando un café en el restaurante del hotel, buena presencia me dijo Juan, así que me puse la campera nueva, que en realidad es un buzo pero cumple las funciones que yo requiero de estos abrigos, que es que sirva a la vez para tapar el cuello, porque odio usar bufanda. Abrí un libro de Ramón Menéndez Pidal, un estudio literario sobre El condenado por desconfiado.

Hago un aparte. En esta obra, se pondera la intención de un ladrón por sobre la virtud de un sabio ambicioso y egoísta. Pidal explica que la historia tiene las raíces hundidas en la literatura oriental.

Ahora que te mandó este mensaje mis cavilaciones giran alrededor de este tema. Ya lo había pensado. Te cuento que no practico tai chi sino yoga. Se ve que hay ligeras desviaciones entre la información que te mando y la que te llega. Yoga.

La otra vez en la practica pensé. ¿Cuál es la diferencia entre un ser humano que toma sol en una reposera y otro que medita?

Te diré, Kong, que pienso que no hay ninguna diferencia. La única es la intención. La mujer o el hombre que toma sol sólo piensa en cómo su piel se verá beneficiada por el tinte anaranjado que la teñirá para hacerla más bella y saludable –no sé en la tuya, pero en mi época la palidez no es recomendable, más bien se relaciona con los zombis, las poseídos, vampiras y vampiros, y otros seres aún inexistentes en esta dimensión, o por lo menos eso creo–. El que medita tiene por fin terminar con el apego a lo terrenal que genera su ego y así unir su espíritu a la totalidad. Por lo menos eso es lo que voy entendiendo de la meditación.

La intención. El savasana tiene que ver más con la relajación, pero es lo mismo. Intención. Me gusta esta palabra que empieza con i y termina con n.

Sigamos con el tema central de esta misiva. Tuve que cerrar el libro de Pidal.

Juan me vino a buscar a la recepción del hotel y me guió a su oficina. Me ofreció un chocolate caliente que rechacé y nos sentamos a escrutarnos con los ojos y los oídos.

Preguntó cuál era mi trabajo preferido. Hablamos de cine, de escribir, de los extras, porque él había sido extra de cine, y se había desempeñado en otras tareas relacionadas con el espectáculo como la seguridad.

Sí, Juan había sido guardaespaldas de un empresario de la música que traía estrellas de rock internacionales para que tocaran frente a las masas argentinas enardecidas. Me aseguró que su trabajo, que tenía que ver con la seguridad de las estrellas, era, valga la redundancia, seguro. El aspirante a delincuente debía pasar varios puestos en un estadio hasta donde estaba Juan despreocupado para detenerlo. En las calles era más fácil porque nadie sabía que, por ejemplo, Axl Rose, iba en tal coche y así los posibles atentados se atenuaban.

Estos trabajos, si bien placenteros, como el de extra, y redituables, como el de seguridad, que incluso contaba con la ventaja de ver los shows gratis y de cerca, no servían para el objetivo económico y la realización personal de Juan.

¿Por qué?

Existía otra manera para él de llegar al éxito, de disponer de mucho dinero y que el dinero generara tiempo libre para ocuparse, en sus propias palabras, de tu abuela moribunda, por ejemplo, porque en un trabajo en relación de dependencia, eso era imposible: a tu jefe le importaba tres pepinos tu abuela (aclaro que en mi presente los tres pepinos salen bastante caros, con lo que un jefe podría encontrar esta comparación poco favorable; en el tuyo, Kong, tal vez no existan o hayan evolucionado y tengan otro nombre)

Hago otra digresión para acotar que me pareció un golpe bajo de manipulador lo de la abuela moribunda. En la parte estaba el todo, ese pequeño desliz, podía anticiparme lo que me esperaba y si hubiera usado mi instinto como un animal me hubiera levantado en ese mismo momento.

Ok. Juan manoteó su bolso y extrajo dos libros. Los dos eran del mismo autor hawaiano de origen japonés, cuyo nombre no recuerdo, pero cuyas obras exhibidas por mi anfitrión sí, especialmente una, que ya había visto en algunas residencias: Padre rico, padre pobre (o al revés, lo mismo da)

En una hoja, Juan trazó una línea recta vertical y puso de un lado la letra E y la A, y del otro la D y la I. La E.

La E, explicó, era de Empleado. El empleado tiene una ganancia fija, honorarios pactados, no tiene libertad y en suma representa a la evolución de la esclavitud. La A es de Autónomo, freelancer digamos, en ese caso para Juan no tenía seguridad económica, estabas atado por una demanda de trabajo oscilatoria y así serían tus ingresos.

A este primer grupo corresponden  el 95 por ciento de la población mundial. Al siguiente, el 5 por ciento restante.

Del otro lado de la línea, que era, calculo que no casualmente, finita, la D significaba Dueño y la I, Inversor. Si sos Dueño, tenés más tiempo libre y tal vez te acerques a la otra categoría, la de Inversor. Acá se crea un círculo virtuoso donde el dueño invierte, en otra franquicias por ejemplo, ve crecer su patrimonio, por ende su tiempo libre y su libertad. Chau, esclavitud. No serás más un simple asalariado.

Lo más preciado para Juan eran las vacaciones, mientras los empleados trabajan los dueños están en Playa del Carmen tomanado una caipi porque tienen más dinero y más tiempo.

Bien, la D y la I, generan ganancias residuales, acá estaba el punto clave, que permiten que puedas, por ejemplo, transferirle dinero y la empresa a tu hijo, que se beneficiará de tu esfuerzo mientras vos estás en el limbo. Como verás, Juan había sacado mucho provecho del libro.

Ahora bien, como hay que tener mucho dinero para llegar a ser dueño de una empresa y más para invertir, con la variable incertidumbre (por ejemplo, si ponés una pizzería puede quebrar) la solución perfecta para Juan era la Interdependencia.

Era lo que él me ofrecía.

Hay tres cosas que son imprescindibles para la gente en mi presente. Juan las enumeró de taquito: el agua, el aire y la basura (espero que entiendas, porque me salió escribirlo así, me refiero al acto de juntar basura o poder tirar los desechos que uno genera sin muchas vueltas para que uno no perezca bajo una montaña de mugre o le agarre la peste)

En ese preciso instante, Juan le pidió a su secretaria que le trajera dos vasos de agua. Me invitó gentilmente a olerlos y probarlos. Uno de los vasos tenía olor a cloro, el otro a nada. El primero tenía gusto a cloro, el otro a agua mineral.

Juan tenía preparado un frasquito con una solución química. Le echó una gota a los dos vasos transparentes.

El que tenía olor a cloro se convirtió en una especie de cloaca pequeña, agua amarronada, y el contenido del otro siguió límpido como si nada.

La diferencia estaba clara.

No me llevaría más de dos horas por familia ofrecerles la preciada compra a cada una de sus purificadores de agua, con eso sería interdependiente, me quedaría con un porcentaje de la venta, no debería preocuparme más por el financiamiento de mis películas y proyectos de cine y hasta podía seguir ganando dinero sin hacer nada, con su plan de ganancias residuales (que las aguas sucias también se llamen aguas residuales es algo que esta empresa jamás advirtió), siempre y cuando convirtiera a otras personas en vendedores lo maravilloso era que yo me quedaría con un porcentaje de sus ventas.

Y yo que había pensado que en el hotel me esperaría el productor más conocido de cine de la argentina, para hacerme una oferta que no podría rechazar. O aunque fuera, otro productor que buscara un script-doctor para su proyecto.

Pero no, se trataba de los más simple del mundo. El agua y cómo podías venderla aunque por ahora sigue fluyendo libre por todos lados –o casi todos, dicen que su desaparición es inminente y con ella la de nuestra especie, Kong. Aunque si me llegan tus mensajes por algo será.

Esa red de beneficios acuíferos crecería tanto como mis ingresos y esfuerzos por mantenerla y acrecentarla. Cuando yo ya fuera polvo o un montón de huesos sería transferible a mis descendientes, que gozarían el beneficio hasta que fueran polvo o un montón de huesos y lo cedieran a los siguientes. Era un círculo de ganancia infinita.

Le contesté a Juan que se parecía un poco al tema de los derechos de autor, pero aclaré que ciertamente el agua era más consumida que los libros, la escritura y otras derivaciones del acto creativo a los que me dedico.

Hacía dos horas que estaba escuchando a Juan, a la hora y media comencé a demostrar mis primeros síntomas de hastío y cansancio, así que le dije que por favor se apurara porque tenía otra reunión inminente.

A las dos horas, ante repetidos esfuerzos ineficaces para que mi cara conservara la forma inicial, le comuniqué que no tenía tiempo para ese tipo de trabajo.

De todo se aprende.

Juan había derrochado dos horas de su vida en una entrevista por no ir directo al grano. Si yo hubiera sabido de entrada de qué se trataba directamente, Kong, no hubiera ido. El muchacho inescrupuloso se la había jugado.

Su oratoria era bastante buena, sabía sostener el suspenso, dosificar la información, pero cometía un error que tenía que ver con la intención, el tema central, Juan bien podía haber estado hablando dos horas de vender ladrillos y era lo mismo.

Otro defecto de su discurso era la extensión. En los tiempos que transcurren, nadie puede estar dos horas escuchando una propuesta. Ese tiempo parecía funcionar alquímicamente, en otras personas se ve, para transmutar la conciencia del oyente y hacerlo permisible a la oferta de Juan.

Cambiar lleva tiempo y esas dos horas podían cambiar a una persona, hacerlo arrojarse a los prometedores brazos, tal vez nada hostiles y realmente redituables, como prometía Juan, de la interdependencia.

Otro traspié es la política de la empresa. Juan me aseguró que se ahorraban millones en publicidad y esos millones iban directamente a los empleados. Pero yo no conocía el nombre de la empresa, ni su logo, ni mucho menos que con sus aparatos te ayudaban a purificar el agua que tomabas día a día y en la que invertías buena parte de tu dinero.

Hace tres años, yo tomaba agua de la canilla a borbotones mientras fumaba cigarrillos armados y cada tanto terminaba vomitando. Al parecer, el cloro y la nicotina se llevan bien y atentan contra el organismo humano, Kong.

Algo de razón tenía Juan y su servicio sería útil para muchos.

Quería saber, inefable Kong, cómo ofrecen ustedes sus impresoras biogenéticas, cómo entrenan a sus vendedores y cuáles son sus ganancias, si hacen o no publicidad, qué mantenimiento requieren y cuánto sale, y si, quién sabe, no es justo uno de los inversores de tu empresa algún descendiente de la promisoria empresa del agua. Tal vez la ganancia residual produjo tanto tiempo libre que uno de sus vendedores aprovechó el ocio para construir un aparato capaz de generar No-seres, creaciones maleables y casi instantáneas por la imaginación de un humano y el intermedio de su impresora en su garaje, entiendo que la mayoría de las veces inofensivas pero otras letales. Depende, creo yo, otra vez de esta palabrita: intención. ¿Es así?

Más preguntas: ¿los no seres toleran el cloro?

Entiendo que tu trabajo de INSPECTOR, está relacionado con el control de las creaciones, como el caso del hombre-cucha que me contás en la última telemisiva, o como queramos llamarle a esta comunicación espontánea que se da entre nosotros.

Tal vez no sepas nada de ventas.

Por ahora me abstendré de leer esos libros del hawaiano, como el otro del queso y del ratón, y seguiré con Don Ramón (me refiero a Menéndez Pidal).

Me despido por el momento porque tengo bastante trabajo, querido amigo.

Hasta pronto,

Adrián

Gualicho ganó el premio Ópera Prima Largometraje de Ficción Blood Window 2017.

No suelo usar este blog para contarles las aventuras de mi trabajo en el cine. Pero esta es para contar.

Gualicho, la película que escribí y que voy a dirigir, mi ópera prima de largometraje de ficción (ya que dirigí el documental Mundo tributo) en la que vengo trabajando hace más de diez años, ganó el premio de Ópera Prima Largometraje de Ficción Blood Window 2017 del INCAA (el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales Argentino).

Fueron sólo dos los proyectos de largometraje argentinos seleccionados para que se produzcan.

Nada menos que con este Jurado Internacional:

El jurado está integrado por prestigiosos referentes internacionales del cine fantástico: José Luis Rebordinos (Festival de San Sebastián), Ángel Sala, (Festival de Sitges), François-Pier Pélinard-Lambert(Séries Mania), John Hopewell (Variety), Luciano Sovena (Roma Lazio Film Commission) y Vicente Canale (Film Factory), quienes seleccionaron a los ganadores.

Así, Gualicho, el proyecto en que vengo trabajando hace tanto, con el aporte en producción, entre otras cosas, de mi camarada Leo Rosales, acaba de dar un paso único.

Felicitaciones a los que se fueron sumando al equipo, Jimena Repetto, Diego Simone, y la productora Pamela Livia Delgado, entre otros.

Más de siete veces reescribí el guión, sondeé en los actores, hice la sinopsis, la propuesta estética, la general, la visión del director, el story-line, entre otros documentos requeridos en estos concursos. Seleccioné directores de arte, músicos, diseñadores de producción y directores de fotografía e intercambiamos miles de audios de WhatsApp, cafés, cervezas y reuniones con el productor Leo Rosales.

Mientras estaba en Colombia en Octubre del año pasado, en Antioquia y Medellín, seleccionado por otro guión que escribí, el de Las órdenes, mandaba fotografías de los colores y el arte al productor para ir armando la carpeta de Gualicho.

Me gustaría que puedan leer la propuesta general para que conozcan más sobre Gualicho, pero ya llegará el momento.

Me metí de lleno en la película para que la confeccioné un guión técnico además de literario, una lista de efectos, de locaciones y un storyboard.

No saben lo que es Gualicho, pero les prometo que van a saltar de la silla y querer un poco más al cine latinoamericano, argentino; al cine fantástico en general.

Por ahora les dejo este link con la noticia del premio que recibimos, que va a ser posible que la película se ruede:

http://www.incaa.gob.ar/noticias/ya-estan-los-ganadores-del-concurso-de-cine-fantastico-blood-window-2017

http://www.bloodwindow.com/novedades/aqui-los-ganadores-del-concurso-de-cine-fantastico-argentino-blood-window-2017/

 

Saludos a los que me leen.

Adrián Gastón Fares

 

La edad de Roberto

Cuando lo conocí tenía cincuenta años. Después de las clases de yoga, en el vestuario, apenas intercambiábamos algunas palabras. Con la ausencia de un compañero de clase, esas palabras se convirtieron en charlas.

¿Dónde se había metido, Pablín?

Antes, Pablín era el único que hablaba, con sus apologías del yoga. Afirmaba que había que practicar las asanas sin falta todos los días. Que el Yoga le daba un poder único. Que sentía un fuerza descomunal. Y sostenía que para reforzar esa fuerza había que combinar la práctica con la abstinencia sexual. A mí eso me parecía demasiado. Así que cuando desapareció Pablín de las clases empezamos a teorizar sobre su destino. Nos hicimos más cercanos con Roberto. Tratábamos de responder a las preguntas que la desaparición de Pablín nos había despertado. ¿Se había ido a practicar a otro lado? ¿Se limitaba a llegar a samadhi en su casa? ¿Estaba desempleado y no podía pagar la cuota mensual? Un día dejamos de hablar de eso y nos empezamos a recomendar series y abordamos la cuestión de quiénes éramos antes de bajar un poco el ego y tratar de absorber la mente y los órganos en las clases. Yo soy periodista. Roberto refaccionaba muebles viejos, que encontraba en la calle a veces, o donde fuera y los vendía.

Un día la profesora de yoga lo felicitó a Roberto en plena clase y en viva voz. Quería saber qué acontecimiento doloroso en su vida lo había transformado. Desde la primera clase había avanzado tanto en presencia, en atención, en postura y fuerza física, que algo tremendo le tenía que haber pasado, ya que la profesora sabía que sólo el dolor fomenta e impulsa estos logros. La profesora tenía curiosidad pero no era una invitación a que Roberto lo explicara en clase, sino una descripción de lo que veía en él. Tal vez por eso, mi amigo nuevo se limitó a decir que llevaba tiempo. Nada más.

Como me encanta preguntar, cuando salimos de la clase le dije a Roberto, ¿qué es lo que viviste? ¿Qué es lo que la profesora de yoga percibió en vos? ¿Qué recuerdos usaste para fortalecerte?

Fuimos a tomar una cerveza y me contó su historia. Tenía, como dije cincuenta años pero veinte los había pasado encerrado.

Su padrastro, Carcamal, había enloquecido. Como Roberto no aceptaba seguir yendo a la iglesia evangelista a la que iba desde chico y como lo había encontrado fumando un día en el fondo de la casa, entre las aloe vera, armó un plan para adoctrinarlo.

Su madre había muerto, así que Roberto compartía la casa con Carcamal. La segunda vez que lo encontró fumando un cigarrillo armado, su padrastro le disparó con una pistola con dardos tranquilizantes para animales.

Roberto se levantó en el piso del galpón del fondo de su casa, con la Biblia en su pecho. La habitación estaba vacía. Sólo un retrete, una palangana amarilla con agua y algo de comida. Intentó salir pero Carcamal había reforzado la puerta con candados y el galpón, de cemento, no tenía ventanas.

Pasó veinte años ahí, alimentado por su padrastro, sin ver a ninguna otra persona. Tenía veinticinco años cuando Carcamal lo había encerrado.

A los cuarenta y cinco años estaba durmiendo en el piso cuando recibió los lengüetazos de un perro. Abrió los ojos y la policía lo rodeaba.

Los vecinos habían sentido el olor nauseabundo que salía de su casa. La policía acudió con un perro de pesquisas, Neruda, que primero corrió hasta el cuarto donde yacía el cadáver de su padrastro y luego al fondo, al galpón donde Roberto estaba encerrado. Al salir le dio las gracias al cerrajero, a los policías y acarició a Neruda. La policía ofreció regalarle al perro para que lo acompañara en su adaptación a la libertad, pero Roberto se negó, no sabía cómo cuidarlo.

En cambio, se anotó en un Profesorado en Letras, hizo algunos amigos, notó que el mundo había cambiado, se compró un celular inteligente, aprendió a usar Internet, quemó todas las Biblias de Carcamal, tiró la televisión antigua y comenzó a juntar muebles para arreglarlos. Lo hacía feliz trabajar con la madera, hacer aberturas, pintar tiracajones, crear manijas, puertas que pudieran abrirse. Todo esto podía entenderlo. Pero nunca me imaginé contra qué demonios internos luchaba.

Roberto se dio cuenta que su desarrollo emocional no era el mismo que el de otras personas de su edad que conocía. Siempre le daban mucho años menos, le decían que tenía un espíritu jovial, físicamente se había mantenido ya que en el galpón en vez de leer la Biblia hacía ejercicio.

Quería anotarse en un programa de ayuda a emprendedores jóvenes del gobierno. Pero uno de los requisitos era que la persona tuviera menos de treinta y dos años. Según la fecha de su nacimiento él no calificaba. Le gustaban las chicas jóvenes, que lo aceptaban, por su jovialidad y su aspecto, pero la sociedad no vería bien que un hombre de cincuenta saliera con una de veintiuno.

Entonces, un día, después de meditar, de leer a Gandhi y a Martin Luther King, decidió que tenía que pedirle algo a la sociedad. Me aclaró que era muy importante pedir antes que reclamar.

Así que fue a un centro comunal del gobierno. Se plantó frente al empleado y le pidió que le cambiara la edad de su DNI. Roberto sostuvo que tenía veinticinco años, había estado encerrado casi veinte, así que sus cincuenta no contaban.

No había conocido mujeres en ese tiempo. No tuvo acceso a ninguna lectura, a ninguna película, en resumen no podía hablar con nadie más que con sí mismo, no había tenido tareas exigentes a nivel físico ni mental, por lo tanto, y a pesar de tener el secundario completo y una carrera, la de administración de empresas, no había vivido esos años que la sociedad le había sumado.

Si quería entrar a ese plan de emprendedores del gobierno, con su empresa de muebles, con cincuenta años no podía. En las aplicaciones de salidas del celular, si ponía su edad sólo podía salir con mujeres separadas, divorciadas o con una historia afectiva copiosa, pero él no había tenido ninguna gracias a que Carcamal lo había mantenido encerrado con el espíritu santo.

Estaba en su derecho pedir este cambio de edad en los registros públicos y en su documento nacional de identidad.

El empleado se negó. Llamó al de seguridad, que lo acompañó hasta la puerta.

Y entonces, como no sabía qué hacer para obtener lo que deseaba, le escribió una carta al Gobierno. Tampoco obtuvo respuesta.

Como soy periodista, puedo afirmar que en Francia uno puede llamar al ministro de cultura y atiende, uno puede escribirle al director del festival de Cannes y al otro día tenés un email con la respuesta, pero en Argentina no responde nadie, ni siquiera yo que soy un periodista, respondo cuando me escriben por tal o cual cosa, no presto atención. En el fondo, sé cuál es la razón de estos desplantes argentinos pero me la guardo para mí.

Pero a Roberto sí le prestaba atención. Tenía algo que decir, algo único con su historia particular.

No obtuvo la respuesta del Gobierno, pero armó una campaña en las redes sociales, sumó seguidores, se armó un Change.org, y logró juntar firmas pero no todas las requeridas para llegar a algo en estas circunstancias.

Así que un día, se armó una carpa en el obelisco con un cartel que decía: Yo tengo 25. Tengo derecho a elegir mi edad. Y se puso a tocar en su guitarra una de las pocas canciones que sabía: Zamba para olvidar. Le gustaba la versión de Mercedes Sosa. La parte que decía: Cosas que ya no existen. Algunos le dejaban unos pesos en su gorra. Hasta que su barba creció, su pelo también y parecía, por fin, realmente un hombre de cincuenta años.

Una mujer qom, que estaba en una carpa cercana, se le acercó, le convidó mate, tereré, le habló de desnutrición, porque lo veía muy flaco y le parecía una locura porque en su comunidad morían chicos por eso, y le confesó que para ella él tenía veinticinco años, que lo veía en sus ojos, que reflejaban todavía las cuatro paredes del galpón en el que había estado encerrado pero que habían aprendido a brillar en la oscuridad. Y lo invitó a que se fuera con ellos, a que trabajara y los ayudara con sus cosechas y los protegiera, porque necesitaban protección, más que nada. Un empresario importante quería robarles sus tierras.

Roberto se fue al Impenetrable, al Chaco, trabajó, sembró y cosechó. En la aldea fue iniciado sexualmente por una chica joven, o mejor dicho se iniciaron.

Un atardecer se enfrentó con un motociclista que le apuntó con su pistola. Era un joven sicario contratado por terratenientes. Roberto le tomó la mano que sostenía el arma y lo hizo girar  en el aire. Luego tomó su pistola y le disparó en la cabeza.

Observó la vida de los qom, que lo tenían por una especie de héroe por lo que había hecho,  hasta que se aburrió y decidió volver a Buenos Aires. Se escapó de noche por la selva.

Al llegar a Buenos Aires quemó su DNI en el galpón donde su padrastro lo había mantenido encerrado, se afeitó, se miró al espejo un buen rato y se dio cuenta que tenía los años que él quería tener, veinticinco. Así que salió a caminar por las calles céntricas con veinticinco años por primera vez.

Encontró a un policía en Callao y Santa Fe y le pidió que lo detuviera, que él había matado a un persona en el Chaco, defendiendo a los qom.

El policía se negó, Roberto trató de sacarle el arma y obtuvo lo que deseaba. Lo encerraron en una celda por desacato.

Así, pensaba él, conservaría su edad, no llegaría a los veintiséis. Otra vez encerrado, el tiempo no contaba. Pero al otro día lo dejaron libre por falta de pruebas.

Se anotó a teatro y a yoga, y siguió refaccionando muebles, sin la ayuda del gobierno, ya que no le reconocieron la edad que él necesitaba tener para inscribirse como emprendedor.

En la actualidad, sigue luchando por su ideal de que le bajen los años y que esto se pueda aplicar para toda persona que haya vivido una situación parecida a la suya.

Aunque el tiempo pase, dijo, él no va a bajar los brazos.

 

por Adrián Gastón Fares.