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Nadie te quiere y eres un monstruo. Sobre Más que humano, de Theodore Sturgeon. Y enlace a una más que reseña de Pablo Cappana en El Diletante.

http://eldiletante.net/trabajos/mas-que-humano

Más que humano es esa novela de ciencia ficción de Theodore Sturgeon que es más que tres cuentos largos que una novela. Y Cappana reseña lo irreseñable en esta reseña publicada en El Diletante. (Revisar el link anterior)

La novela de Sturgeon es menos que una novela. Y los signos de los tiempos la marcan demasiado (Gestalt?) Pero lo mismo podríamos decir de ese cuento de Bolaño dónde rememora a un tal Gui Rosey, un poeta surrealista que tal vez nunca existió, y ese cuento de Putas asesinas, llamado, Últimos atardeceres en la tierra, no por esa repetición absurda y adolescente, se abstiene de ser leído y querido.

Recomiendo más el comienzo de Más que humano (el capítulo llamado El idiota fabuloso) y este especie de poema / monólogo / transferencia mental de su desenlace, que aquí transcribo:

Más que humano, de Theodore Sturgeon (traducción al español de José Valdivieso)

Escúchame, pequeño huérfano. También a mí me odiaron. Te persiguieron. También a mí. Escúchame, niño de la cueva. Encontraste un lugar donde vivir, aprendiste a ser feliz en él. Yo también. Escúchame, niño de Alicia. Te extraviaste durante años. Y luego regresaste y aprendiste de nuevo. Yo también.

Escúchame, muchacho Gestalt. Descubriste en ti un poder que no habías soñado, lo utilizaste y te gustó. Yo también. Escúchame, Gerry. Descubriste que aunque tu poder era inmenso, nadie lo quería. Yo también. Quieres que te quieran. Quieres que te necesiten. Yo también. Janie dice que necesitas una moral. ¿Sabes qué es una moral? Obedecer las reglas establecidas por ciertos hombres para ayudarte a vivir entre ellos. No necesitas una moral. No puedes seguir una moral. No puedes obedecer las leyes de tu especie, pues no hay otros de tu especie. Y no eres un hombre común, y la moral de los hombres comunes te serviría de tan poco como a mí la moral de las hormigas. Nadie te quiere y eres un monstruo. Nadie me quería cuando yo era un monstruo.

Sin embargo, Gerry, existe para ti otro tipo de código. Un código basado en la sabiduría antes que en la obediencia. Se llama etos.

Con el etos podrás también sobrevivir. Pero será una supervivencia superior a cualquier supervivencia individual, o a la de cualquier especie: la tuya o la mía. Será como reconocer tu origen y tu posteridad. Será como remontar esa corriente madre en la que fuiste creado y en la que crearás algo todavía mejor cuando llegue el momento. Ayuda a la humanidad, Gerry. La humanidad es ahora, y a la vez, tu padre y tu madre. Y la humanidad te ayudará produciendo más seres como tú. Y ya nunca estarás solo. Ayuda a esos seres mientras crecen; ayúdalos a ayudar a la humanidad y a unirte a otros seres como tú. Pues eres inmortal, Gerry. Eres inmortal ahora. Y cuando haya muchos seres como tú, tu ética será una moral. Y cuando esa moral no convenga a la especie, tú, u otro ser ético crearéis una nueva moral que ascendiendo todavía más, por esa antigua corriente, honrará a tus padres, y a quienes engendraron a tus padres, y así hasta llegar a aquella criatura que se distinguió de sus antecesores porque una vez lo emocionó la luz de una estrella.

Yo fui un monstruo y encontré esta ética. Tú eres un monstruo. Decide.

Chusmeen, como decimos, a Más que humano, de Sturgeon, que bien se lo merece.

Adrián G. Fares.

La pasión vestida de situación.

En su ensayo A Gossip on Romance (Memories and portraits), el gran escritor Robert Louis Stevenson nos comparte su reto: la parte plástica de la literatura, lo más difícil de lograr, es encarnar en un acto del personaje una emoción. Fácil, y necesario creo, es tomar el concepto desde un punto de vista cinematográfico y tratar de analizar cuáles son los films que cumplen esta indispensable propuesta. Digo indispensable, ya que uno comprueba que las películas que más valen la pena (las que, luego de llevarlo de la mano, dejan al espectador frente al precipicio de la catarsis, dirían los griegos, pero yo mejor diría que producen un, perdón el inglés, rush of blood to the headuna oleada de sangre a la cabeza) son aquellas que en algún momento condensan la historia en una imagen o acto. Stevenson dice en su ensayo:

“This, then, is the plastic part of literature: to embody caracter, thought, or emotion in some act or attitude that shall be striking to the mind’s eye. This is the highest and hardest thing to do in words (…)”

El creador de El extraño caso del Doctor Jekyll y el señor Hyde da el ejemplo de Robinson Crusoe y el hallazgo de las huellas en la isla.

Como práctica vamos a agregar algunos ejemplos más:

Aquiles llevando el cuerpo de Héctor a Príamo, Pilatos lavándose las manos, la institutriz que encuentra a Miles mirando la torre a mitad de la noche en Otra vuelta de Tuerca (James es un genio con las imágenes, basta recordar lo bien que lo siguió la cineasta Jane Campion en A portrait of a woman), el pescador que arrastra a tierra los restos del animal gigante que mató en El viejo y el mar, el príncipe Mychkin, en el piso, otra vez idiota (El Idiota), el “preferiría no hacerlo” de Bartleby (Bartleby, el escribiente) y todo el barco en Benito Cereno. Un libro que resplandece en un sótano de San Telmo (El Aleph, de Jorge Luis Borges)

Sabrán qué molesto puede llegar a ser explicar la razón de estas imágenes o la parte que juegan en el todo; esperando que identifiquen las demás me ahorro el sufrimiento y clarifico uno de los ejemplos; en general, lo que causa catarsis en la “escena” mencionada de El Idiota (la novela de Dostoyevski) es la súbita comprensión de que su trato con la sociedad lo perjudicó. Lo hizo volver a su estado inicial. Si desapareciera todo el cine y toda la literatura, uno podría tomar El Idiota (si el mundo sigue siendo el mismo, claro, y se ve que desde que nuestro gran amigo ruso la escribió nada cambió) y tener una respuesta de por qué es necesaria la narrativa.

Pasemos a las películas. La más obvia: en El ciudadano, el trineo con la inscripción Rosebud quemándose en la hoguera es la imagen a la que se refiere Stevenson en su ensayo; “la pasión vestida de situación”. La pasión significa el elemento de contenido de una obra, el tema llevado a la perfección y a su clímax en una imagen.

La madre enternecida frente al bebé (que nunca vemos) en El bebé de Rosemary es otro ejemplo. En Psicosis, la casa gótica es el elemento alrededor del cual ronda todo el misterio y desesperación de la cinta. La computadora muriendo en 2001, Odisea del Espacio y el astronauta anciano frente al objeto del espacio que une las secuencias, son temas interesantes llevados a imágenes-síntesis, como el encuentro de una oreja entre los yuyos en Terciopelo azul.

Estropearemos esta última imagen, explicándola; como sugiere Stevenson, Lynch encarna en la situación de la oreja un carácter; de ahí en más, sabemos que el protagonista es curioso y ama los misterios, que es suficientemente valeroso como para enredarse en uno (no se limita a mirar a la oreja, sino que la levanta). Por otro lado, un pueblo donde se encuentra una oreja es mucho más macabro que uno donde tropezamos con un cuerpo; ni hablar de la persona que anda cortando orejas por ahí. De esta forma, una imagen nos describe el carácter del protagonista y su entorno.

En El Exorcista, la imagen del cura frente al ídolo africano que concluye la introducción es quizá demasiado simple como para tener en cuenta, pero anticipa y completa el tema del film; la dilatada lucha entre un cura y un demonio (la posesión de Megan es la estrategia del demonio para volver a encontrarse con el padre Merrin).

En El Banquete de Boda, Ang Lee termina esta comedia dramática con la imagen de un padre levantando las manos, en cámara lenta, para que lo revisen al pasar la aduana; ¿cómo trasladar en palabras la manera simple y a la vez maravillosa con que la imagen completa el film? Antes, vimos que el padre descubre que su hijo es homosexual y sabemos que, junto con la madre, que también levanta las manos, estuvo esperando toda la vida la estampita de casamiento con la chica de sus sueños (de ellos para su hijo).

Por último, permítanme señalar el final de Dioses y Monstruos (gran película del siempre fiable Bill Condon); si bien la película utiliza de manera exagerada el flash-back, la idea de unidad que enlaza la trama desequilibra cualquier crítica; cómo no sentirse gratificado ante la imagen final del protagonista bajo la lluvia imitando a Frankestein (recordamos que en el film nos sugirieron la inquietante relación padre-criatura entre James Whale y su jardinero). No es raro que Condon sea uno de los creadores de The Greatest Showman, donde hay una escena en la que una persona con “discapacidad” entrega una manzana a un niño hambriento. Un niño hambriento que se convertirá en un empresario circense (está basada en la vida del artista P. T Barnum) y le dará lugar en su espectáculo a personas con capacidades diferentes.

No hay duda de que las películas más interesantes, como los mejores libros (Stevenson creía que ninguna floritura de estilo podía reemplazar una buena historia, una idea bien desarrollada), tienen una o varias de estas imágenes poseídas (de la trama, del personaje, etc.), “significativas para el ojo de la mente”, como dice el escritor que unió a los piratas y a los loros.

Comprobamos, en esta enumeración, que la ubicación de las mismas en la trama suele ser el desenlace, aunque no siempre es así, y en algunos casos cierran la introducción.

Luca Guadagnino es una especie de genio tutelar en esto último y yo diría que lo lleva a cabo a la perfección en el final de las películas de él que más me gustan: Io sonno il amore (I´m love), Call me by your name y la remake de Darío Argento (Suspiria).

En ninguno de esos tres títulos falla la transmisión de emoción, ese a rush of blood to the head. Se van a la cabeza.

Lo mismo ocurre con muchas de las películas de Martin Scorsese (el catolicismo está lleno de imágenes), de Sergio Leone (puede hacer que el simple acto de cerrar una puerta de un rancho en Once upon a time in the West, C´era una volta il West, sea algo increíble) y, cuándo no, su gran alumno Quentin Tarantino (escena del tendido de la mesa en Django: Unchained)

Para finalizar, diré que me parece bastante maravilloso que un conjunto de frases (una novela de ficción, un libro) o una sucesión de imágenes (un largometraje de ficción) puedan generar esa oleada de sangre a la cabeza, algo tan físico, y a la vez tan mágico, que especialmente en estos tiempos convulsos (hablo de los tapabocas y el 2021) nos puede hacer recordar que todavía somos seres humanos. Es un motivo enorme para seguir leyendo libros y mirando cine.

Por Adrián Gastón Fares

PD: El destello en la cabeza (a rush of blood to the head) y cómo obtenerlo bien podría ser la trama de un relato, un gran relato que tal vez ya fue escrito millones de veces, en torno a un secreto. Ese secreto no se compara con el amor, ni con el enamoramiento, ni con el acto sexual, ni con el ágape, ni con ninguna otra sensación. Es obra del ser humano. El resultado final, esa flor, pariente del vértigo, tiene un pétalo de miedo, uno de cariño o amor, otro de sorpresa, otro de bronca, otro de calma. Y ahí se levanta en pura rebelión. Tiene todos los colores y a la vez ninguno. Todos los sonidos, pero no suena. Pero transforma. Parece un producto puramente humano (el miedo de un animal no sabemos cómo es; tal vez los animales tengan rushes of blood to their heads todo el tiempo) Bien podría ser un resultado de la meditación, sobre un tema, tanto para el artista como para la audiencia, bien podría ser esa transmutación de algo en otra cosa tan glosada, bien podría ser un modo de trascender por un momento, o un mero sucedáneo de un acto primitivo olvidado. Puede ser una transmisión de pensamiento entre los creadores y su público. Es lo contrario al entumecimiento (por ejemplo, cuando se duerme algún miembro del cuerpo) Es algo que es innombrable porque si pudiera describirse se anularía.

Nota: En nuestras librerías no será fácil encontrar los ensayos de R. L. Stevenson; los interesados pueden dirigirse al sitio www.gutenberg.net, la mejor librería virtual gratuita (en inglés; en realidad hay libros en español también y en otros idiomas) de la web. Estos libros son un poco incómodos; por lo menos no tienen pulgas.

Hay otros escritores que son muy buenos en esto de la subida a la cabeza como Salinger, Saul Bellow, Shirley Jackson, Clarice Lispector, Margaret Atwood, Thomas Bernhard y la lista sigue y sigue.

La pasión vestida de situación es un artículo revisitado que escribí en 2001, llamado Stevenson y las imágenes. En esa época yo escribía críticas de cine en un portal llamado Cineismo (era muy bravo como crítico de cine) y también escribía en dos portales de la recién nacida (por lo menos para mí) Internet, uno se llamaba Desenchufate y el otro era un sitio que se llamaba Fotogramas. Hoy estuve buscando entre mis papeles el artículo sobre Brian De Palma pero por ahora no apareció.

La pandemia que nos parió.

Nadie quiere leer nada sobre el COVID-19 o eso parece. Nadie quiere leer nada sobre las pandemias.

Pero la historia suele repetirse cuando no se investiga qué pasó antes.

Es necesario indagar en otros libros.

Uno de ellos es El Jinete pálido: 1918 la epidemia que cambió el mundo. La periodista Laura Spinney cuenta muchas cosas. Y lo hace bien. Leí el libro el año pasado y lo que más me quedó en la memoria es que la mal llamada gripe española fue seguida por una época de relajación moral y de debilidad mental (una generación perdida). Esperemos que eso no se repita. Pero para que no pase la cultura debe levantarse. El espíritu humano renovarse.

El jinete pálido: 1918, la epidemia que cambió al mundo.

Por otro lado, rastreé en YouTube el funeral de la actriz ucraniana Vera Kholodnaya que murió a consecuencia del virus en 1919. Una multitud la despidió (al final del artículo copio el link al video y otro a un cortometraje llamado The Last Tango en el que ella actúa) Es un poco elegíaco ver todo eso.

Vera Kholodnaya contrajo la gripe en Odesa, cuenta Spinney, donde también se celebraban las famosas bodas negras. La burguesía casaba a dos “discapacitados” o indigentes para lograr que la gripe retrocediera. La boda se realizaba en un cementerio. Luego el cortejo partía rumbo a la ciudad para organizar una gran comilona (donde todos se contagiaban, claro, aunque no lo sabían)

Otro libro interesante sobre pandemia, esta vez por un dato científico, es Pandemia de Sonia Shah.

Libro Pandemia de Sonia Shah

Tiene un capítulo dedicado a explicar cómo las pandemias han creado al ser humano. O por lo menos predestinado a elegir la reproducción como modo de supervivencia. La ciencia explica que los organismos más simples que antecedieron a la vida humana elegían la clonación como modo de reproducción. El problema era que al tener el 100 por cien de los genes, lo clonado sobrevivía lo suficiente hasta que un virus se acostumbraba a atacar ese 100 por ciento de genes. Al no haber variación, era más fácil que una pandemia como la que vivímos ahora acabara con toda una especie. En cambio, en la reproducción hay un 50 por ciento de genes de cada progenitor por lo que hace más difícil a la bacterias y los virus amoldarse para romper las defensas. Esa metáfora de que el ser humano ha inventado la muerte al crear el lenguaje y por lo tanto crear el tiempo puede no ser sólo una metáfora (Él conoce la muerte a fondo; el hombre creó la muerte, leemos en un poema de Yeats) Tal vez el ser humano eligió la muerte al elegir la reproducción (porque los organismos simples clonados vivían mucho más)

Como si fuera una película de terror de David Cronenberg nos explican en el libro que el cuerpo humano o el ser humano es una especie de colmena de bacterias y que sin los microbios no seríamos lo que somos. Aparentemente, desde que nos arrastramos de afuera del agua nos hemos cubierto de bichos que conviven más o menos pacíficamente con nosotros hasta que ocurre algo como lo que ocurrió el año pasado en Wuhan.

El tercer libro.

El filósofo francés Bernard Henri-Lévy está horrorizado porque la pandemia ha parado el mundo, o su mundo, y lo explica en Este virus que nos vuelve locos. Parece que no hubiera leído el libro de Laura Spinney sobre lo que ocurrió en 1918 por relajar todas las medidas de cautela. Lévy, por lo menos, hace hincapié en que la cultura va con el bienestar del ser humano (algo de lo que sí estoy bastante convencido)

Este virus que nos vuelve locos, Bernard-Henri Lévy

No sabemos qué nos deparará el futuro que ya viene.

Ayer mirando la película Downhill en la que los protagonistas saludan con besos a una pareja que acaban de conocer me asombré. Me di cuenta que es probable que eso no vuelva a ocurrir por mucho tiempo. Es más, toda la película me pareció llena de cosas que ya no volverán a ocurrir. Menos mal que estaba Will Ferrell. Siempre es mejor cualquier Will Ferrell que ningún Will Ferrell.

En mi novela recién editada Seré nada (2021), imaginé un futuro distópico donde se da otra pandemia, la de un parásito que provoca una fiebre que hace que la personas regalen sus propiedades (una epidemia que es atacada por la sociedad con más convicción que la anterior) Funciona como una metáfora de la epidemia que creo que todos vamos a transitar: la de los límites de la cordura un poco desdibujados, una locura que ya se puede palpar en algunas conversaciones entre las personas (esa debilidad de la que hablaba Laura Spinney post gripe española)

¿Cómo hacerle frente a esto? Con voluntad, creando sentido donde no lo hay, tratando de encontrar una nueva épica, una nueva historia con una trama que nos guste tanto que no se pueda dejar (la cultura otra vez, tan necesaria)

Para finalizar con el tema pandémico, lo mejor es que tratemos de entender que ser humano no se nace, se hace, y que tratemos de mejorar lo que es ser un Ser humano.

Porque tal vez las cosas no vengan porque sí.

Y si vienen porque sí, es mejor, y más sano, encontrar un motivo que nos permita seguir adelante. Tal vez debamos visitar a Yeats cuando dice (creo que sobre la madurez):

Nunca tuve imaginación
más viva, fabulosa y pasional
que ahora, ni sentidos
que más esperan lo imposible,
no, ni aun en la infancia, cuando con caña y mosca
o el humilde gusano trepaba la ladera del Ben Bulben
con todo un día eterno de verano a mis pies.

(La Torre y otros poemas, Yeats)

El lenguaje, compañero de la magia, es inmune al virus. Seamos amigos del lenguaje, que después de todo, es el inventor del tiempo y de la muerte.

Convirtámonos en ese ser que decían (o decíamos) que íbamos a ser.

Porque el mundo lo necesita.

Por Adrián Gastón Fares.

PD: El filósofo Gabriel Markus en su libro Por qué el mundo no existe dice que el mundo no existe pero sí todo lo demás… (por ejemplo, los duendes de los que habla Yeats en el libro de relatos Mitologías, traducido al español por Javier Marías) Entonces, hay que ir por todo lo demás.

Extras:

Si rebuscan en YouTube pueden encontrar el cortometraje de los funerales multitudinarios de Vera Kholodnaya, la actriz ucraniana de la que habla Laura Spinney en su libro. Menos morboso es verla con vida, actuando en este curioso cortometraje mudo, musicalizado con un tango, llamado The Last Tango.

Si escribes terror, pide perdón.

Hace tiempo que quiero escribir un poco sobre un tema. Y es la conflictiva relación entre el psicoanálisis y el género de terror.

Si, oh querido lector eres psicóloga, psicóloga, o psiquiatra, no te sientas mal por lo que vas a leer a continuación. Hay profesionales de la salud que son buenos. No quiero armar lío con esto ni hacer sentir mal a nadie como Freud hizo sentir mal a Richard Matheson.

Y de eso se tratan estas escuetas líneas. ¿Por qué un escritor como Matheson tenía que pedir perdón como escritor de terror? Incluso pasarse a escribir cosas más espirituales. La pregunta anterior léanla con el tono de George en Seinfeld al preguntar algo en la cafetería.

Mi hipótesis es que el psicoanálisis casi destruye al terror en la mitad del siglo XX.

Admito que es una hipótesis floja y que no voy a comprobar para nada en la exposición que hago ahora. Pero es un pensamiento, una idea, que cada tanto vuelve a mí (las veces que a Tarantino le preguntan ¿por qué tanta sangre? y tiene que detener la entrevista…)

En la introducción de 1989 de Nacido de hombre y mujer y otros relatos espeluznantes, un libro de cuentos de su autoría, Matheson dice:

No pretendo que esta introducción a mis cuentos escogidos sea una especie de confesión que deje mi alma al desnudo ni un sesudo análisis psicológico de mi personalidad.

Y entonces Matheson suspende el inicio de sus cuentos por unas cuantas hojas con una serie de explicaciones de por qué se le ocurrieron unos relatos de terror. Sigue y dice:

Con la imprescindible ayuda de un psiquiatra competente podría repasar los cuentos de esta colección y entresacar de cada uno el motivo subyacente que me impulsó a escribirlo y lo que revela de mi personalidad de aquel momento.

Y luego:

Desde el punto de vista de la psiquiatría, la paranoia es un trastorno mental que se caracteriza por delirios sistemáticos y por la proyección de conflictos internos en una supuesta hostilidad por parte de los demás. Es una descripción esquemática y precisa del grueso de mi trabajo en estos cuentos.

Y explica luego en un tono más o menos amedrentado cómo fue escribiendo cuentos de terror para expresar la hostilidad que el “mundo real” generaba en el hijo de una familia de inmigrantes. Analiza hasta su matrimonio, y ve todos sus cuentos a través del prisma del psicoanálisis o peor aún del Manual de Trastornos de los psiquiatras. El DSM, que en realidad fue construido, según tengo entendido, copiando el aporte de un psicólogo de la conducta, Robert Hare, que investigó la psicopatía (personas con un trastorno de la personalidad que antes eran llamados simplemente “malas personas”; está claro que todos no son Hannibal Lecter)

Matheson termina diciendo que él es Don Paranoias (un escritor donde la paranoia es muy escasa, comparada con otros autores de ciencia ficción que parecían verdaderamente locos, en el sentido más superficial de la palabra)

Parece como que Matheson antes de dar el paso a escribir algo más espiritual, o constructivo si quieren, según debía ser su punto de vista en esa época, como es Más alla de los sueños (1978), que luego fue llevada al cine, como la mayor parte de lo que escribió, se critica a sí mismo por escribir cuentos de terror y expresa que no deben creer mucho en él, ni esperar mucho de su última novela, porque después de todo, sigue siendo un paranoico, Don Paranoias. Así termina su Introducción de 1989 al libro de cuentos citado.

Leí las novelas de Richard Matheson, y algunos de sus cuentos, y me parecen más o menos construcciones de la imaginación, más o menos las mismas que dieron nacimiento a la psicología y al psicoanálisis y no a la inversa. Me parece que El hombre menguante, una novela de terror y ciencia ficción, ilumina a la “discapacidad”, por ejemplo (especialmente en la escena con la mujer pequeña del circo) de una manera que ningún psicólogo ha podido hacerlo. Por otro lado, el aporte de Matheson como guionista es notorio, no hay más que mirar su versión de La caída de la casa Usher (guionada por él para Roger Corman) para apreciar cómo le da resonancia a una historia difícil de adaptar al cine.

El prurito de Matheson con el terror no parece compartido por uno de sus acólitos más famosos, Stephen King, que supera tranquilamente las preguntas de por qué escribe terror y hace chistes con el tema y dice, por ejemplo, a la prensa (creando un microcuento excelente, de paso):

Yo tengo el corazón de un niño pequeño. Está en un frasco de vidrio sobre mi escritorio.

Pero es un chiste y un psicólogo levantará la mano para opinar alguna cosa, supongo.

Sigamos, mejor con:

El ente (1982), esa película basada en un libro de Frank de Felitta. La vi de chico y no recuerdo lo censurada que estaría (tiene desnudos y escenas eróticas) pero la película no da ningún miedo (creo que a Scorsese le gusta mucho porque conceptualmente está más que bien). Lo que da miedo, y no parece ser un chiste, es como tratan los médicos (creo que son psicólogos o psiquiatras) a la protagonista. Hacen algo que es echarle la culpa a ella del problema. Y explican que no puede ser que un fantasma violento la esté atacando, según ellos, claro, ella está inventando todo, incluso los abusos que sufrió de chica por un ex novio y por su padre.

Esta actitud es la que critica Alice Miller (una psicóloga especializada en el maltrato) en su libro El cuerpo nunca miente. Allí Miller acusa a Freud de haber predestinado a Virginia Woolf. Dice que su suicidio fue una consecuencia de que el arribo del psicoanálisis la hizo sentir culpable por los abusos que sufrió de chica en vez de hacer que pudiera enfrentarlos (según Miller los abusos que sufrió Woolf no fueron aceptados por su psicoanalista que los hizo pasar por deseos inconscientes de ella) Más o menos como lo que ocurre en El ente, con los seres que realmente dan más miedo que el fantasma violento al que no aceptan: los profesionales que intentan ayudarla.

Ahora bien, se hace tan insoportable el tema del psicoanálisis leyéndolo todo, interpretándolo todo, como si no hubiera otro marco de referencia, especialmente para el arte, que un crítico termina en 2021 una crítica a una serie con las siguientes palabras (Crítica publicada en La nación de La maldición de Bly Manor).

Los primeros episodios se mueven a un ritmo letárgico y abusan del recurso de la aparición del espectro en el espejo, tras la protagonista, junto con un golpe en la banda sonora. Importa menos el horror que la escenificación del deseo de los protagonistas, eso que el psicoanálisis también llama el fantasma.

Estudié Cine en la Universidad de Buenos Aires así que valoro a veces un poco la lectura psicoanalítica (de hecho escribí un corto sobre el tema del “fantasma” en Lacan, que se llama La venta; un trabajo para la facultad y ¡me saqué un diez y todo!) pero no deja de sorprenderme como un proceso tan misterioso como la producción de arte puede ser reducida tan miserablemente a una fórmula interpretativa.

En lo demás hay que decir que la crítica es bastante justa con la serie.

Cansa tanta lectura psicoanalítica, poco creativa, de todo, y es hora de que los que hicieron mal con un discurso dominante que parece haber subyugado a medio mundo durante tantos años reflexionen un poco.

Me parece que es hora que los que pidan perdón son algunos psicólogos y psicólogas.

O que por lo menos sean sinceros cuando no pueden comprender algo, y que no usen el cajón de herramientas oxidadas, sino el corazón.

PD: Y la inteligencia creativa.

PD 2: Y lean los cuentos del gran Richard Matheson y más que nada sus novelas. Don Paranoias era un genio.

por Adrián Gastón Fares.

Escena de The entity (El ente) dirigida por Sidney J. Furie.

Los extraños frutos del bosque: Sue Hubbell y el country noir.

Mientras leo sobre cine independiente, cine subsidiado, cine comercial, cine de calidad y preparo un necesario y contundente artículo, se me ocurrió relacionar el country noir (la ficción narrativa audiovisual que habita en la ciudad pero crece en el campo) con cierto libro que cayó en mis manos, a veces digitales.

Sue Hubbell es (ya verán porqué no me apresuro a decir fue) una escritora norteamericana especializada en el género nature writing o escritura de la naturaleza.

Mientras leía el libro de Hubbell (Un año en los bosques, en castellano, A country year, en inglés), una crónica de su vida en el bosque en la región de Ozark (medioeste de los Estados Unidos) me asaltó una duda. No conocía a Hubbell, su libro está emplazado en el bosque de los Ozarks, donde la escritora se dedicaba a la apicultura (y practicaba con su sobrino una técnica para convertirlo en un superhéroe de las picaduras de abejas; dejaba que una lo picara, luego dos, y más, progresivamente, para insensibilizarlo al veneno) y a asombrarse por las ranas pegadas a su gran ventana, las arañas y serpientes de su granero, y otros descubrimientos dignos de mención de la naturaleza tuve una duda, esta mujer ¿seguía viva? (no había visto la fecha de publicación del libro, me adentré en sus páginas conservando mi virginidad de lector, no adrede sino de casualidad)

Constaté que Hubbell había muerto en 2018, el año pasado. Como no figuraba la causa de su muerte en  Wikipedia seguí investigando. Resulta que Sue Hubbell murió de demencia según otro artículo. Una enfermedad que por sí sola no causa la muerte y cuya definición está en continuo cambio desde la época de, por lo menos, los filósofos cínicos en Occidente. Sus consecuencias desencadenan óbitos, ciertamente, como el caso de Hubbell, que apareció un día perdida en el medio del bosque, sin saber cómo se encontraba allí, pero viva y que luego decidió practicar una forma de suicidio bastante común como la de dejar de alimentarse (ya en la casa de su hijo) hasta la desaparición.

En el medio de la naturaleza, sin la necesidad de señales digitales, y rozando el manifiesto a favor de este tipo de vida verde, yo había pensado mientras leía Un año en los bosques, que no había maneras de precisar la época en qué fue escrito. Los índices eran pocos. Y de noche uno es menos exigente con lo leído que con uno mismo.

El descubrimiento de que la mujer que tan encantadora vida había tenido en la naturaleza, libre de emanaciones tóxicas y comiendo alimentos que ella misma cosechaba, decantó en la locura (¿Qué es la locura?; la demencia ciertamente no puede relacionarse con su causa de muerte; por lo mismo, ni loco aquí me pondré a analizar esas etiquetas que lastiman a las personas que las llevan puestas) me hizo recordar que la serie de suspenso que estoy mirando True detective, temporada 3, está ambientada en los Ozark, así como otras muchas series, me indican en Internet, que nunca vi ni veré (no se puede mirar todo; ya lo dijo Godard del cine; imagínense con las series). Estas series son etiquetadas dentro del ya madurado género country noir (supongo que sus orígenes están más claros en la conocida serie de David Lynch)

Pero sigamos con Sue en el bosque. Su brújula mental estropeada, su bello suicidio (no es suicidio dejar de alimentarse; parece ser una protesta al tedio de estar vivo pero lo escribo así porque a su hijo le pareció apropiada esta historia sobre su fin) puede relacionarse con las series negras (noir) emplazadas en el campo, en las inmediaciones del lugar donde ella tenía su cabaña. Después de todo, los árboles siempre han sido testigos mudos de asesinatos, desencuentros, perversiones, amores clandestinos, sueños idealistas, ambiciones, entre otras actividades que definen al ser humano como el animal más turbio que existe.

Los árboles saben, los árboles cuentan, el viento que mueve sus hojas también nos confunde, nos inspira y perturba los sentidos; tal vez por eso, y por esas ganas impúdicas de volver a la naturaleza entre la selva de señales digitales en que estamos viviendo, donde la vida verde ya nunca será lo que fue, proliferan tantas ficciones que tienen un pie en el campo y otro en las formas de la muerte. Los enormes saltos temporales en la narración audiovisual, que antes no se usaban tanto y ahora sí, tal vez indiquen que la humanidad se quiere alejar de los pastos altos para mirarlos con el ojo de la renovada ciencia de la mente (y de las mentes).

Esa tensión entre querer acercarse a lo que alguna vez fue la naturaleza desde los escalones de barro del pensamiento actual está dando frutos de irregulares, y llamativas, formas. Y parece ser que los Ozark, esa región montañosa estadounidense, es uno de los lugares donde suelen recolectarse.

 

por Adrián Gastón Fares, 18 de Febrero de 2019.

Nota: Lean a Sue Hubbell, y no dejen de leer el primer cuento del libro La profundidad del mar amarillo (2006) de Nic Pizzolatto, escritor y creador de la serie True Detective.

Otra nota: Acercarse, aunque sea sin intención, a la erudición en la actualidad está, ciertamente, de más.

El cine y la música.

Una relación (muy arbitraria) de los que me parecen más interesantes como autores de scores (las orquestaciones originales escritas para un film)

Hemingway escribió (Death in the afternoon) que para él era moral todo lo que hacía que se sintiese bien e inmoral todo lo que hacía que se sintiese mal; advierto, entonces, que adapté este criterio a la estética y toda expresión cinematográfica que me guste es buen ejemplo de este arte y no así la que no cumpla con este requisito. Baudrillard (en Ilusión y desilusión estética) critica a los Coen alegando que el estilo recargado de éstos impide ilusionarnos; yo creo que es así en muchos casos (déjenme aclarar un ejemplo de una película que nada tiene que ver con los Coen; en The Beach —Danny Boyle—, Leonardo Di Caprio se tira al suelo, escondiéndose tras unos pastizales, ante el peligro de hombres armados; la cámara avanza en un travelling hasta los ojos desesperados del actor; Baudrillard tiene razón en que es innecesaria esta técnica ya que en cierta forma desprecia la imaginación del espectador; debe haber infinitos ejemplos como este en el cine de género mundial actual) Sin embargo, algunas películas de los Coen (con exageraciones como la del personaje de John Torturro jugando al bowling en The Big Lewoski) no dejan de gustarme.

Lo mismo con los autores musicales que nombraré a continuación. Algunos remarcan las escenas con una orquestación furiosa, otros sutilmente nos entornan la puerta “para dejarnos ver el prado donde relincha el unicornio” (Cortázar) y esa visión, sabemos, nos dejará satisfecho por un tiempo.

En primer lugar, no podemos dejar de nombrar a Bernard Herrmann (1911-1975) como precursor de todos los demás. Herrmann musicalizaba los radioteatros de Orson Welles; así es como más tarde hace la música de “El Ciudadano”. El arreglo de violines de la famosa escena de Psicosis es de Herrmann; con Hitchcock también hizo el score de Vértigo, entre otros. Luego trabajaría con Truffaut (La Mariee Etait En Noir), De Palma (Hermanas, Obsesión) y Scorsese (Taxi Driver; Cabo de miedo—en esta remake la música de Herrmann está reorquestalizada por Elmer Bernstein). Herrmann es simple y efectivo, usa melodías fácilmente reconocibles, secas, que estallan en fragmentos repetidos con regularidad; no nos aturde románticamente con frases que confunden.

Angelo Badalamenti transita esa senda, sus melodías son sospechosas, incongruentes, deliberadamente extrañadas; nacen muertas o no terminan de nacer. Por algo es el compositor preferido de David Lynch (Blue Velvet, Wild at Heart, Twin Peaks, Lost Highway). Colaboró con Norman Mailer (el escritor dirigió la adaptación homónima de su libro Though Guys Don’t Dance) y Jean Pierre Jeunet (La ciudad de los niños perdidos) entre otros.

Carter Burwell es el compositor de los films de los hermanos Coen. En Barton Fink el score se confunde y se arma con los efectos sonoros; lo que se escucha es poco; hay insinuación, hay ilusión. Menos minimalista pero igual de emocionante es el score de Miller’s Crossing (Un paseo con la muerte). Uno de sus trabajos sin los Coen es el debut cinematográfico del videasta Spike Jonze, Being John Malkovich (¿Quieres ser John Malkovich?) De los que todavía transitan este mundo, Burwell es el más cautivante.

Hay uno que no necesita tanta presentación; es una caja de música maravillosa, alocada, que toca canciones a la vez dulces y terribles, tan alegres como tristonas, tan misteriosas como cínicas. Tim Burton debe estar muy agradecido a Danny Elfman. Sus melodías acompañan al pálido joven con las manos atrofiadas y al esqueleto que intenta ser Papá Noel. Ya que estamos con Burton, digamos que Howard Shore hizo el hermoso score de Ed Wood. Sumado al metálico y frío que compuso para Cronenberg (Crash) nos deja una certeza: talento.

Hans Zimmer es más estridente; trabajó en El Rey León, entre otras. En True Romance (Escape Salvaje) compuso un score inocente que contrasta con la violencia del film; una de las melodías es una canción de navidad, con reminiscencias de Bach (el Jesu, joy of man’s desiring). Hace unos años la composición de Zimmer sonaba, apenas modificada, en un comercial. Alguna vez hablamos de Mike Figgis; como compositor y supervisor musical hace un trabajo excelente en Leaving Las Vegas (Adiós a Las Vegas) y en One Nigth Stand (Pasión De Una Noche).

Tengan en cuenta a Cliff Martinez; compone para el prolífico Steven Soderbergh. Sobrio trabajo en Kafka y música crepuscular en The Limey (Vengar la Sangre).

También sería conveniente que sumemos al reconocido John Williams (en especial, el score de Atrápame si puedes).

Como musicalizadores, especies de disc-jockeys de sus films, no olvidaremos a Woody Allen ni a Tarantino. Y como rareza nombramos a Dario Argento componiendo la música de la secuela de La Noche de los Muertos Vivos, Dawn Of The Dead.

Nota 2008: A Godard tampoco le gustan los hermanos Coen. Puedo defender Barton Fink, The Man who wasn’t there, The Big Lebowsky y Miller´s Crossing. Los Coen, como Wes Anderson, solamente funcionan bien cuando exageran, cuando hacen con ganas lo que Jean Baudrillard –que también nombraba a Ang Lee, si no me equivoco- detesta. Deberíamos leer todo lo que este sociólogo y filósofo escribió. El resto del cine actual (películas de terror –el género que, por alguna razón, más huérfano quedó de buenos artistas–, suspenso, acción, incluso películas que no pertenecen a ningún género, independientes, etc.) destroza la ilusión (ejemplos: las subjetivas frenéticas de 28 Days Later, de Juan Carlos Fresnadillo, producciones como El orfanato, la insoportable nueva versión de Hairspray, algunas películas de Tony Scott, y en especial, la de su hermano Ridley –como el final de Gladiador). Es importante distinguir cuando estos recursos se usan para crear algo nuevo y cuando se usan mal. ¿Significan lo mismo los travellings en Mean Streets de Scorsese que el travelling de Wes Anderson en Hotel Chevalier y que el de Danny Boyle en The Beach? En la seminal Mean Streets, Harvey Keitel es un joven mafioso en ciernes y el travelling rolinga es un hallazgo visual para acompañar su forma de caminar decidida (antes Orson Welles, Nicholas Ray, David Lean, hacían maravillas con los límites de la ilusión). En la película mala The Beach, el travelling enfatiza un peligro hasta eliminarlo, alimentando una trama sosa. En Mean Streets y en Hotel Chevalier, el travelling es la trama. Las mejores películas actuales no crean una historia mientras cifran una trama secreta; mejor dicho, las dos historias (la principal y la secreta) se condensan en dos o tres secuencias –me viene a la mente lo que recuerdo de Cache, de Michael Haneke, por ejemplo o Last Days, de Gus Van Sant- que tienen la suficiente fuerza para significar algo en la ficciones frágiles en las que vivimos. Así también, el cine refleja más el espíritu del cuento, que el de la novela, tal vez porque sigue alejándose de esos pretextos (si no vean lo sosas que son las dos películas basadas en novelas, favorecidas por el Oscar: There will be blood y No country for old man)

Ahora, agregamos a Wes Anderson como musicalizador, la banda de sonido que el trompetista Terence Blanchard hizo para Mo´ Better Blues, de Spike Lee y la de Neil Young para Dead Man, de Jim Jarmush.

Nota 2019: El no norteamericano, Jóhann Jóhannsson recientemente fallecido, Michael Giacchino (no solo remozó uno de los themes de una de las Misión Imposible sino que también la rompió en la nueva franquicia de El Planeta de los Simios, Terence Blanchard (no recuerdo si nombre a la excelente banda sonora de La hora 25) y Justin Hurwitz, habitual colaborador de Damian Chazelle, merecen estar en esta lista que más que con la nacionalidad tiene que ver con mis preferencias.

Por Adrían Gastón Fares, actualizada 15 de Febrero de 2019

Artículo en la Revista de Cine L’ Ecran Fantastique sobre mis dos próximas películas.

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Link:

https://ecranfantastique.fr/view_post.php?id=34640

Ilustración para Gualicho de Diego Simone. Al final, el afiche creado con el ilustrador Sebastián Cabrol.

GualichoBocetopor Diego Simone_baja(1).jpg

Le Ecran Fantastique Nota Gualicho y Mr. Time.jpg

Link:
https://ecranfantastique.fr/view_post.php?id=34640

Dice la nota en la revista de cine francesa L´ Ecran Fantastique:

Dos películas de un director Argentino, autor de la inmortalidad y del tiempo.

Dos películas de terror argentinas en preparación: Gualicho y Mr. Time.

El cineasta argentino Adrián Gastón Fares prepara dos películas de género, Gualicho y Mr. Time. La primera presenta al Gualicho, un espíritu malvado temido por los grupos indígenas, Mapuches y Tehuelches, del sur de la Argentina y de Chile…

English:

Two films by an Argentine director, autour about immortality and time.

“Two Argentine horror films in preparation: Gualicho and Mr. Time.

Argentine filmmaker Adrián Gastón Fares prepares two genre films, Gualicho and Mr. Time. The first one presents the Gualicho, an evil spirit feared by the indigenous groups, Mapuches and Tehuelches, from the south of Argentina and Chile …” And then delves into Mr. Time.

Aquí el texto completo en francés:

Deux films d’un réalisateur argentin autour de l’immortalité et du temps.

Deux films d’horreur argentins en préparation : WALICHU et Mr. TIME….

Le cinéaste argentin Gaston Adrián Fares prépare deux films de genre, “Walichu “et “Mr. Time”. Le premier met en scène le Gualicho, esprit mauvais redouté des groupes indigènes, les Mapuches et Tehuelches, dans le sud de l’Argentine et du Chili. Nico Onetti, réalisateur, scénariste et producteur de “What the Watters Left Behind”, en est le producteur exécutif. Dans une maison de campagne, une famille découvre que soudainement, la mort n’existe pas. Les poules ne meurent pas, ni les gens. Lorsque de l’un des frères décède, les autres commencent donc à se tuer mutuellement. Pour eux, c’est un jeu qu’ils pratiquent en cachette de leurs parents. Quand le dénommé Edward se perd sur la route, il trouve dadite ferme habitée par Maria et ses trois jeunes frères et sœurs. Ensemble, ils vont lui montrer qu’il n’y a pas de frontière entre la vie et la mort, et que cette dernière peut être un jeu vicieux. Dans le second opus, situé dans les années 90, le héros et ses amis vont découvrir ce qui se passe dans leur école hantée en suivant Ismael, le fantôme d’un petit garçon dont le corps est entièrement formé par une armée de papillons. Ismael les guidera à travers le labyrinthe du temps que cette école est devenue. Ils trouveront bientôt qu’il n’y a pas d’échappatoire des mains d’une entité connue sous le nom de Mr. Temps. Cette entité à l’apparence monstrueuse peut contrôler le temps selon sa propre volonté. Mais il faut se méfier : l’on peut y perdre un doigt car, dans cette histoire, les mains du temps sont réelles.

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