El viaje de nAn V.

El prólogo de la relatora era ese poema de nAn. Aunque algunos transcriptores trabajan de manera aleatoria, yo soy ordenado. Hay que empezar desde el principio, en cualquier disciplina y suceso de la vida el comienzo es lo más importante. Los iniciados trabajamos con el tiempo, otra forma de abordar la transcripción sería una falta de respeto. Nótese que la palabra iniciado sugiere un proceso puesto en marcha… Y aquí estaba yo frente a Bob, la mano robótica en mi mesa de trabajo que ya había levantado el reloj y lo sostenía frente a mi nariz. El relato iba a tener una connotación que me gustaba. El reloj había sido cargado con una relatora de gustos literarios anticuados: Tao Te King, Voltaire, Maquiavelo, Machen, Russell, Emerson. En las etiquetas también decía: vieja chusma, peluquera, maestra. Prendí mi pipa electrónica, exhalé el humo con sabor a mango, y dije: Prólogo, por favor.

A esa hora donde la desesperación y el cansancio del día transcurrido y la esperanza del día siguiente comienzan a llegar en oleajes programados y sucesivos que sumergen al cerebro humano en la indiferencia que le permite descansar, nAn, nuestro querido amigo, sale de su edificio y se dirige al restaurante de la esquina. La cita es con un periodista cordobés. nAn escribió un artículo que publicó en su blog en Internet sobre Baigorri Velar, el confederacionista que decía tener el poder de hacer llover. Con esto atrajo la atención de los fanáticos de los inventores de maravillas, la new age, la masonería, las fiestas agrarias, los hacedores de lluvia, entre otras entidades. En la entrevista con el periodista Chiquichuan dejó en claro que lo único que sabía del tema lo había volcado en el cuento. El periodista, desalentando por la falta de información sobre el hacedor de lluvia en sus búsquedas, preguntó si sabía dónde estaba la máquina. Sorprendido, nAn respondió, siguiéndole el apunte, que era imposible saberlo. Quería desentenderse del tema. Sólo era un cuento basado en una historia real que había ocurrido en el marco de un trabajo práctico mientras estudiaba cine. nAn era idealista, como su maestra de Reiki le había señalado, vivía en las copas de los árboles, y que cada tanto bajara a buscar algún alimento a la tierra, no lo independizaba de la angustiosa tarea de verlo todo desde arriba. Por lo tanto, a ese idealismo cocotero le convenía las historias donde un grupo formado por integrantes de los dos sexos emprende una aventura en que cada uno termina descubriendo su verdadero yo como si se tratara de clavar un dardo en el centro de un tablero suspendido en otro centro: el del universo. ¿Y si no hay centro? ¿Y si nuestra tarea es construir los tableros? Preguntas que lanzó al aire en Gerona el excelentísimo Olen.

Que nAn negara envolverse más con la historia de Baigorri era un extremismo: su idealismo cruzaba la línea del escepticismo y ahí, por instinto de conservación,  se quedaba. Con la cabeza mirando hacia atrás, como quien mira un coche que pasó rápido ocupado por alguien que le pareció conocido. Y de la mano de un difuminado fantasma que le tiraba hacia delante…

No es por criticar, pero nAn nos contó que a veces se paraba frente a sus soldaditos de plomo, confiriendo facciones imaginarias a esas caras romas y lustrosas, y les encomendaba diversas aventuras a realizar durante la noche. A la mañana siguiente comprobaba que estuvieran todos los muñecos en su lugar. Un día había faltado uno. Observó con recelo al camaleón inmóvil en su jaula. Así terminaba su idealismo.

La semana siguiente de la entrevista en el restaurante nuestro querido nAn recibe una llamada de un personaje de voz aletargada, como si estuviera bajo los efectos de alguna droga potente pero esquiva. El personaje se hace llamar Rey de Rocanrol. El rey de roncanrol guarda un secreto importante.

La máquina de hacer llover estaba abandonada en un galpón en Gerona. Este lugar queda en España, doce o trece horas al oeste de Confederación de las Islas. El Rey del Rocanrol lo invitaba con pasaje pago a Gerona con el objeto de salvar a la fabulosa máquina de la destrucción definitiva, programada por uno de sus compañeros del colegio Marista, Olen Huelen. No indicó las razones por las que nAn era requerido para el salvataje. Pensando que es una estafa, nAn cuelga el teléfono.

El día siguiente nAn es interceptado por una camioneta negra, cuya ventanilla expulsa una cabeza masculina de melena rubia y enrulada, con un tatuaje en el cuello, que pregunta por una dirección. A nAn le suena como la calle de otra isla. La puerta trasera del vehículo se abre y nAn es obligado, por un humano delgado y sin cabellera alguna, a subir al vehículo, donde queda atrapado entre este humano y otro de mayor edad y vestimenta y peinado símil Elvis. El Rey del roncarol le explica la situación: viajará urgente con él a Gerona para investigar a la máquina del ingeniero Baigorri y prestarse a un experimento. Intenta negarse pero recibe un culatazo en la cabeza.

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Kong 3

Estimado Von Kong,

Gracias por escribirme. Recién te respondo ahora porque últimamente me cuesta pensar en algo, ando por las nubes.

Vos te preguntabas si era un escritor o cineasta, creo que soy las dos cosas; bah es todo lo mismo, si el cine no existiera, no me quedaría otra que escribir y si no se pudiera escribir, haría garabatos como cuando estaba en el colegio. Claro que no me considero director de cine por haber hecho el documental sobre las bandas tributo, al que quiero mucho, eh, y siempre le encuentro cosas interesantes, pero más que nada lo soy por el tipo de ideas que me salen y cómo veo las cosas. Igual, el que piense que las artes son autónomas es un tremendo gil.  Estaría bueno ser una mezcla de payaso y mago de juego de magia, que es a lo que más me parezco. En realidad, cuando era chico armaba una especie de teatrito de títeres en mi pieza y le hacía unas obritas a las amigas de mi hermana. Me gustaría tener un negocio de marionetas. Con eso sería feliz. Armar marionetas propias, diseño único ponele, y tener la casa llena de estantes con marionetas y que la gente te las venga a comprar. Mirá lo que digo, y después protesto contra la bizarreada. Pero lindas marionetas eh, no de esas truchas que ves en las ferias hippies. Las ferias hippies me hacen acordar a cuando en la costa paseaba con mis viejos. Una sensación de tristeza y soledad infinita. Igual, estaría bueno que las marionetas les hablaran a las personas y les solucionaran la vida.

Recién venía caminando por Paraguay y, al cruzar 9 de julio, en la placita que hay en el medio había un hombre araña haciendo equilibrio en una soga que había atado a los árboles. Después se bajó para reafirmar los nudos en los troncos. ¿Qué quiere decir que una persona se ponga a hacer eso en el medio de la ciudad? ¿el día de mañana cruzará con un palo de escoba el vacío entre dos edificios? Situación rara: el pibe parecía estar a salvo de caer, pero la sensación de peligro para todos no venía del equilibrista, sino de la velocidad de los autos que cruzaban la avenida. El futuro equilibrista es una cargada al lado de los locos que andan en los autos. Pero se quiere salvar…

Mi estado de dispersión actual se incrementó, más allá de algunos asuntos irresueltos que no me dejan dormir bien, por haberme puesto a escribir una segunda novela, que llamé Elortis (en realidad es la tercera que escribo, la primera era larga también, a los diecisiete años la empecé, se llamaba ¡Suerte al zombi! y es una cosa lamentable, salvo por los personajes, que me siguen gustando…)

Pero un cúmulo de circunstacias me hicieron escribir y la nueva novela se desarrolló sola. Me terminó llevando por caminos insospechados. Escribirla fue fantástico, literalmente. Elortis es un libro de corte realista, digamos, pero te puedo decir que durante su escritura viví un tiempo en otro mundo… O, mejor dicho, en este mundo como nunca. Ahora lo puedo decir.  De última me excuso:  algunas  mujeres después de dar a luz enloquecen o agarran mañas; puede ser que pase lo mismo al abandonar de a poco el acto de posesión que te lleva a pensar un libro.

Habría que escribir un ensayo sobre Otra vuelta de tuerca, para decir que es un libro netamente fantástico. Vos fijate que el hermano de Henry, el filósofo William, era espiritista. No creo en las interpretaciones estructuralistas y psicológicas de las historias. Eso ya fue. Basta de leer entre líneas. Tampoco creo en los fantasmas de cuerpo presente, aclaremos, por lo menos por ahora, pero está claro que Henry James sí creía. ¿Creía? No voy a ponerme a buscar en Google eso.

Para terminar Elortis estuve escribiendo casi sin dormir. Pensaba enviarla a un concurso, pero después no la mandé. ¿La publicará alguien? ¿Qué hago con este libro? Ya que sos del futuro, me podrías tirar alguna punta; lo peor es que se me está ocurriendo otro.

Te decía, con lo del libro quedé por un tiempo en una especie de estado alterado, del que me está costando salir. El año pasado fue una porquería, me pasaron muchas cosas jodidas y perdí a gente querida. Éste empezó con un golpe anímico fuerte. Se juntaron muchas cosas.

Dejame llorar un poco; vivimos rodeados de gente que han llorado toda la vida. Te ahogan en un mar de lágrimas y te convierten en una islita perdida. Hay que quejarse más. Tratar de hablarle con precisión alarmante a las personas. Precisión alarmante. Acordate de esas dos palabras, porque eso es lo que necesitamos para el pasado. Este pasado se está hundiendo gracias a la más sutil corrupción de las personas. A los que creen que los contactos, las posiciones y el dinero son lo más importante, y a los que usaron, durante décadas, esas herramientas para amedrentar y marginar a los demás. Es hora de que demos vuelta el pasado.

Suena medio ampuloso esto, pero bue, si le hablás a un tipo del futuro algo ampuloso y pretencioso tenés que decir… Sigamos: tenemos que ayudar a que los impulsos naturales de las personas lleguen a buen termino, separando la paja del trigo, incluso por arriba de nuestros intereses. Vi muy pocas acciones de este tipo. En cambio escuché las más atroces recomendaciones para tratar a las personas y seguir adelante con el sin sentido de la vida.

Los hechos desafortunados a los que me refiero me hicieron ver algunas cosas que antes me pasaban desapercibidas. A mí los misterios no me joden tanto, aunque coincido con vos que los prefiero en la ficción.

Me abstengo de opinar sobre tus historias. A veces soy muy desconfiado, y para mí me estás jodiendo y escribís desde el presente. Ya me intentaron engañar con cosas parecidas. Una vez un tipo me agregó al mensajero para contarme que en un galpón de Barcelona tenía la máquina de hacer llover de Baigorri Velar. Quería saber si yo estaba interesado en comprarla y me invitaba a viajar a su país para llevarme a su galpón. Cuando notó que no tenía plata, me sugirió que el futuro de la máquina dependía de los trámites que yo pudiera hacer para salvarla de su destrucción. Se enojó porque no le creí. ¿Qué iba a hacer yo con una máquina de hacer llover?

Un saludo cordial (y otro para tu fiel ayudante Taka)

Adrián

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Hacer llover

Hacer llover

“Cómo respuesta a la censura a mi procedimiento, regalo, por intermedio de Crítica, una lluvia a Buenos Aires para el 3 de enero de 1939”. Juan Baigorri Velar.

Hace un tiempo se me viene antojando escribir algo sobre el trabajo documental que hicimos a mediados del 98, dos años antes de que terminara la facultad, sobre Baigorri, el hombre que inventó una máquina de llover, de hacer llover.

En la facultad yo tenía un compañero que le gustaba mucho Tim Burton y tal vez así entendamos cómo se le ocurrió la idea de hacer un documental sobre este inventor fracasado. A mí me interesó tanto, que abandoné el sueño de dirigir algo ese año (manía que tiene la gente insoportable que estudia cine)

Empezamos a investigar. Había muy poca información sobre él. En la Biblioteca Nacional, la bibliotecaria nos contó que los textos se habían perdido por la censura general durante el gobierno de Perón (yo me acordé de los manuales de mis padres) Encontramos la descripción de la máquina en un tomo sobre inventos increíbles. El número 13 de Todo es Historia tenía una extensa nota. Y para archivo visual molesté varias veces a Fernando Bravo, quien me preguntó para qué nos preocupábamos por ese chanta, y gentilmente nos facilitó el número de Cambalache en que salía el supuesto inventor.

Ahí supimos que Juan Baigorri Velar nació en Concepción del Uruguay, estudió en el Nacional Buenos Aires y se graduó en geofísica en la Universidad de Milán. Después de viajar por Europa, Africa, Asia y los Estados Unidos trabajando como técnico en petróleo para compañías volvió a Buenos Aires. Enseguida, descubrió el Mesón de Hierro, un famoso aerolito caído en la región del Chaco. Sus máquinas para localizar petróleo trabajaban con ondas electromagnéticas; un día se da cuenta que cada vez que las usa el cielo oscurece (sabemos que algo parecido, la casualidad, pasó con la penicilina, los trucos cinematográficos y el dulce de leche, inventos aceptables y aceptados) Promete sacar de la sequía a Santiago del Estero y el 25 de diciembre de 1938 cae con su aparato. Sesenta milímetros de agua son recibidos con alegría y tristeza por los pobladores (muchos festejaban al aire libre) Hay algunas anécdotas del hombre: la humedad de su casa en Caballito era insoportable; un día sale a caminar con un altímetro y una libreta de apuntes; anota el punto más alto de la ciudad y decide mudarse a la casa de Ramón L. Falcón y Araujo (la casa que nosotros terminamos encontrando y visitando); otra anécdota es la de la broma que le hizo a su antagonista, el director de Meteorología que lo acusaba de chantaje, al que le envió un paraguas de regalo para que lo usara el 3 de enero, día que Baigorri prometió a todo Buenos Aires, mediante el diario Crítica, un chaparrón. Lo importante es que, no sabemos si por pura suerte o no, el ingeniero Baigorri siempre se ingeniaba para que sus promesas se cumplieran; parece ser que llovía.

Nos enteramos que tenía un hijo William, buscamos en la guía y una compañera se encargaba de los llamados; era un hijo de él que se negó a colaborar. Creo que alegó que estuvo enemistado con el padre hasta la muerte, y dio a entender que el invento no era tal.

Para empezar recorridos por Villa Luro nos juntábamos temprano los sábados o domingos. Buscábamos la casa de Baigorri y gente de edad que diera su testimonio en nuestro documental.

En una plaza encontramos a un viejo, humilde pero bien arreglado; mientras nos contaba lo que sabía de Baigorria (casi nada) y sus experiencias (casi toda su vida), trataba siempre de hacer reír a nuestra compañera pero se mostraba bastante molesto con los demás. Hablaba tanto que apagábamos la cámara y fingíamos grabarlo. Opinó que no creía en la máquina de Baigorri. En una nota leímos que la máquina estaba en el fondo de un taller en Villa Luro; preguntamos pero nunca encontramos este lugar.

Un día llegamos a una casa, una especie de centro cultural de Villa Luro, en busca de testimonios. La casa tenía un jardín adelante, muy descuidado, con unos cactus larguísimos; las persianas estaban bajas, despintadas y casi destruidas. Después de llamar un rato, escuchamos la voz de un hombre que nos comentó que la señora no estaba. La encontramos otro día, una vieja muy pálida y jorobada, que nos contó algunas cosas, muy pocas de Baigorri por cierto, e insistió en mostrarnos la casa. Nos paseó por un fondo grande y más descuidado que el de adelante, con más cactus y planta rara. En el suelo, entre yuyos y macetas, había una bañera, y la vieja nos explicó que hacía años la llenaban de hielo para los pingüinos. Creí escuchar mal, pero la mujer siguió hablando y contó que seguido los pingüinos se le escapaban a la calle y que un día se empezaron a morir. Nos fuimos, me fui, con una fuerte, dulce y descarada, sensación de irrealidad. Mi compañera anotó la dirección de una zapatería que le dictó la vieja; el dueño era un viejo coleccionista de diarios.

Nos apuramos a hacer la entrevista porque el viejito estaba muy enfermo y en cualquier momento se nos iba, tenía noventa y pico y una voz gastada que se le sofocaba mientras terminaba las frases. Por lo demás, un hombre flaco, huesudo mejor dicho, elegantísimo (con un aire de Bioy Casares en sus últimos días); tenía los dedos tan finos, largos, amarillos y temblorosos que mirar su mano daba miedo. Buscó entre las cajas de zapatos y sacó varias carpetas con diarios muy viejos. Grabamos los recortes de diarios de los días de la lluvia en Santiago y Buenos Aires y al viejito comentándolos.

Más allá de estos episodios, fue bastante fastidioso hacer el documental; perdíamos la mañana de los sábados y domingos (sagradas mañanas para los que gustan de salir un poco la noche anterior y no tratar mal a la gente después). Además, creo que empezaba a enamorarme de una chica, y cualquier cosa me parecía una pérdida de tiempo. A mi habitual distracción había que sumarle una necesidad impostergable de compañía femenina.

Tal vez por eso uno de los días que viajé a Liniers desde un lugar en que me había reunido para otro trabajo, me pasé dos o tres veces con el colectivo y no sé cómo terminé en Camino Negro. Cuando finalmente llegué a la plaza, al atardecer, mis compañeros ya se habían ido.

Cuando volvimos a la antigua casa de Baigorri, la de Falcón y Araujo, nos encontramos con una señora que nos contó el trágico y común fin del inventor (de alguna forma lo era); al venderle la casa estaba viejo, solo, con los bolsillos vacíos, y se le escaparon algunas lágrimas (igual que a la señora mientras nos contaba).

Nos sacamos seis o siete. Yo perdí la copia que tenía.

Adrián Fares

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