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Seré nada. Una historia suburbana de terror. Capítulo de mi última novela.

33.

La agrietada tapa de la fosa séptica se había partido. Al instante, Ersatz estaba hundido hasta el cuello en un lugar de la casa de sus padres en el que nunca hubiera pensado estar.

Era la mierda de su familia, de los que habían pasado por la casa, su propia mierda, la de Silvina, la de Manuel, y el olor era tan poderoso que Ersatz, aferrándose con las dos manos de algo que parecía ser una raíz, agradeció que su cabeza estuviera por encima del agua parda.

Se sostuvo en esa posición un buen rato tratando de respirar con la menor frecuencia posible.

¿Para qué había aceptado la propuesta de Silvina de correr aventuras estrambóticas buscando una incierta colonia de sordos?

 ¿No le bastaba a Silvina con las reuniones en el café? ¿El grupo la Oreja?

 ¿Y a él no le bastaba con haber crecido sin prótesis auditivas, sin saber que escuchaba la mitad que otros? ¿No bastaba tener un pie en el mundo oyente y otro en el silencio? Ahora tenía los dos en la mierda.

No sabía si reírse, llorar, patalear seguro que no porque haría que los vapores nauseabundos atrapados por tanto tiempo en el pozo se revolvieran, liberando más partículas de mierda que subirían al encuentro de sus fosas nasales apretadas.

Tal vez había aceptado volver porque en ese barrio había crecido. En ese barrio había experimentado por primera vez lo que era ser rechazado y también aceptado en un grupo.

Se habían reído de él, le decían San Martín, por lo serio y callado, le decían Forrest Gump porque reaccionaba tarde, lo despeinaban o le decían narigón, pero a la vez siempre había uno que lo elegía a último momento para jugar. Para otros no había sido así…

Ersatz intentó mover el pie derecho, pero se le había trabado en una raíz.

Miró hacia abajo y vio dos ojos grandes, como pimientos abrasados, que, debajo del agua sucia, resplandecían. Pensó que era una rata gigante que estaba flotando en el fondo. Pero la mirada iba acompañada de un rostro con facciones apergaminadas, grisáceas, que la misma luz de los ojos descubrían. La boca de ese ser estaba contraída. Al abrirse expulsó burbujas.

Ersatz vio que tenía la pistola en una mano y con la otra se sostenía de él para evitar hundirse en el asqueroso légamo que parecía haber más abajo.

¡Ramoncito!

Siempre había estado ahí, escondido, pensó Ersatz.

Con él sí habían sido malos, sí habían sido duros y Ersatz no había podido hacer nada para que lo dejaran de llamar Pantriste.

Ersatz sintió que lo tiraban para abajo con fuerza, pero logró mantenerse aferrado a la raíz.

¿Qué querés?

No supo si lo dijo para afuera o para adentro.

Volvió a mirar hacia abajo. Nada. Agua parda. No había nadie. Pero no podía liberar el pie.

Al levantar la cabeza los ojos, ahora brillantes y de color violáceo, estaban junto a él. La boca se abrió y vomitó agua pútrida. Ersatz quedó enceguecido por el vómito. Estuvo a punto de soltarse. Luego, abrió los ojos, y los labios agrietados de Ramoncito expulsaron una palabra que en vez de salir de ellos resonó como un eco lejano.

SACAME.

Ersatz sintió que se caía y trató de agarrarse más fuerte de la raíz. Escuchó un chapoteo a su lado. Volvió a mirar al costado y el rostro pútrido había desaparecido.

A la altura de su pecho, ahora el agua ennegrecida estaba aquietada.

¿Por qué justo a él se le tenía que aparecer Ramoncito?

¿Por qué?

A él también lo habían apartado, abandonado, traicionado, discriminado, estigmatizado, minimizado, despreciado tantas veces, incluso personas a la que quería, que habían sido impiadosas con él, indiferentes, hasta en los momentos más difíciles de su vida como fue para él enfrentar en soledad el diagnóstico de su sordera, las prótesis que ahora le colgaban de las orejas y que tanto le había costado conseguir, y cuya función era escuchar, y sin que se perdiera ninguna, las descalificaciones, las palabras de desaliento, los y todo es así acá, los la gente no cambiavos tenés que cambiareste país es así.

¿Por qué?

Él jamás había maltratado a nadie. Ni a Ramoncito.

¿No era eso lo que lo había perdido? ¿Aceptar los audífonos? ¿No eran sus respuestas sarcásticas las que enojaron a Silvina?

¿Por qué tenía tanta bronca ahora?

¿Él no había tratado de parecerse a los otros? ¿A las personas que habían vuelto loco a su compañero de colegio? ¿No era eso lo que le reclamaba Ramoncito?

Querer acercarse a una sociedad de la que podría haber escapado si hubiera sabido desde el principio que tenía eso que todos a los que se les cuenta un diagnóstico de sordera dicen: es mejor, uno puede hacerse el tonto y hacer como que no escuchaPor las cosas que hay que escuchar.

¿Qué era ser una persona sorda, luchar y aceptar esa identidad, aceptar el certificado de discapacidad y los audífonos, si no querer parecerse a otros con los que no tenía nada que ver?

A los normoyentes, los que escuchan sin problemas, y a los que nunca escucharon.

Era resistir, era tomar lo que otros le daban para colgárselo de los oídos. ¿Y él dónde estaba?

Si no fuera porque se sostenía con las dos manos de las raíces del árbol que lo había visto crecer, en ese momento hubiera arrojado las prótesis auditivas al fondo de la ciénaga en que estaba para que quedaran allí para siempre, custodiadas por Ramoncito; las baterías intoxicando el agua de un país en el que nunca se había sentido a sus anchas, en el que nunca había sentido pertenecer a nada, y tal vez esa era una de las razones por las que había terminado en esa inhóspita comunidad de personas con las bocas pegadas como los muertos.

Después de todo, por algo había trastocado su nombre. Ersatz en vez de Ernesto. Ersatz, el reemplazo, justo. Ersatz venía del alemán, pero él no tenía nada de alemán. Descendía de italianos y de argentinos.

El resistirse a su destino, el buscar ser como los otros, lo había llevado a estar acorralado por esos eugenistas, o nacionalestes, como les decía Gema, a los que podía reconocer desde lejos porque ya los había cruzado en su vida.

El problema con ese tipo de mierda era que la saliva de la boca hiriente salpicaba, pero no hedía.

Si fuera tan fácil olfatear a los demás para reconocer qué eran como oler los excrementos que flotaban ahí abajo, si existiera ese sexto sentido que podría equipararse a lo que nos hace alejar de un sepulcro abierto porque ese aire es malsano, entonces todo sería más claro y más fácil con las personas, y con las instituciones que forman, como las familias y los países.

Mejor era hermanarse con los excrementos más simples que flotaban entre sus pies, conocerlos.

Inspiró hondo, se mareó por el tufo penetrante y agrio, pero sus pulmones se llenaron de aire, por lo que sintió la fuerza necesaria para arrastrarse afuera de ese agujero pestilente.

La raíz en que tenía el pie atrapado se rompió y logró encaramarse a las baldosas del patio.

Aunque ahora su pensamiento estaba en escapar, en no ser atrapado por los tipos esos y Evelyn, medicina, por un instante sintió que, entre las capas de olor nauseabundo, llegaba un aroma rancio, ácido, herbáceo, frutal…

Sintió que había aprendido a olfatear la baranda del resentimiento original, el único y verdadero.

Y supo que debía actuar, que debía ser duro y firme con los que lo molestaban.

Ya sobre sus rodillas, bajo el viejo olivo, miró al cielo oscuro entre las ramas que se mecían por el viento.

No había nadie que enfrentar. Se habían ido.

Tenía que encontrar a Silvina.

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada / Serenade Todos los derechos reservados Adrián Gastón Fares

Suerte al zombi. 33. Conversación.

33. CONVERSACIÓN.

Las gárgolas parecían atentas a la intensa conversación que tenía lugar dentro de Luis Marte. Había recordado aquel día y ahora intentaba olvidarlo haciéndose otras preguntas. Luego recordó el otro, cuando había sido su turno.

Sus ojos, totalmente blancos, parecieron querer brillar de furia. No parpadeaba, ya no era necesario fingir. Se sentía moralmente exaltado, excitado, hambriento. Necesitaba encontrar una respuesta al hecho de haber cruzado por el mundo para morir tan joven y sano. Y después; ¡Levántate y anda, Lázaro!; ¿qué quería decir todo esto?. Luchó pensando. La lucha que estaba tratando de ganar era con el infierno, con el demonio que vivía dentro de Luis Marte. ¿Por qué debieron disparar sobre su familia?

Pensó nuevamente en vengarse; sin embargo, la idea hizo que por un segundo dejara de pensar. Aunque sabía el nombre y apellido de aquel hijo de puta, se había olvidado de decírselos a Olga y Chula. No importaba, éstos nunca podrían encontrarlo.

Allí sentado, habló consigo mismo y reconoció que su idea de terminar su vida pudriéndose por abandonados caminos de su país no iba a dar resultado… simplemente porque su vida ya había terminado.

Por primera vez comprendió realmente que estaba muerto y dejó de ilusionarse con un final feliz. Supo que no podría aguantar mucho más tiempo el ritmo de marcha que llevaba y sus huesos cederían.

Se veía a sí mismo tirado entre los yuyales que crecían a los costados de la ruta, pudriéndose lentamente hasta que todos sus huesos quedaran desparramados por el suelo. Se estremeció al ver su calavera clavada en la tierra, y su alma tiritó ante la idea de observar por las cuencas de sus ojos y ser testigo del paso del tiempo hasta que el fin del mundo llegara… si es que había algún fin.

No sólo se odiaba y temía a sí mismo; en su largo camino había aprendido a odiar a todos los animales. Las comadrejas y ratas lo asustaban por las noches, cuando se le cruzaban al salir de sus escondites. Ni hablar de esas aves carroñeras que lo habían atacado. Le habían quitado mucho de la poca carne que le quedaba.

Luis intuía su aspecto. Sabía perfectamente que sus labios se habían retraído y que sus dientes ocupaban casi la mitad de su cara. No había mirado sus manos desde que aquellas aves lo habían atacado pero sabía que los pequeños huesos estaban allí, reflejando la poca luz de aquel día. No quiso mirar bajo su ropa, ya que sospechaba el estado que tenían aquellas partes de su cuerpo. La camisa estaba literalmente pegada contra su pecho y abdomen como consecuencia de las secreciones que emanaban de la descomposición.

De repente, Luis dejó de pensar. El sol parecía haber dado un soplo a las nubes que estaban a su alrededor y las había alejado. El cementerio volvió a brillar. Se animó a mirar sus manos; el blanco refulgía soberbiamente. Posó su mirada vacía sobre las viciosas nubes que se alejaban y luego se volvió para mirar el árbol que crecía en un costado del cementerio.

Las amarronadas ramas lo reconfortaron. Recordaba aquellas tardes de domingos cuando era chico y se sentaba bajo el viejo olivo o en la cima de la higuera de su abuela, allí jugaba y recibía el sol en la cara mientras el sueño iba poniendo pesas en sus párpados que se rendían felizmente.

Luis Marte elevó la vista hacia el cielo junto con todos los ángeles y le pareció que algo importante iba a ocurrirle aquella tarde.

por Adrián Gastón Fares.