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Seré nada. 44. Nueva novela.

Leyendo Seré nada. Capítulo 44. ¿Una mítica comunidad sorda? Nuevos monstruos. ¿Vampiros? Extrañas identidades… Todo eso y mucho más. Acción, terror, misterio, aventura y drama en Seré nada… 

44.

Ersatz y Silvina sostenían una gruesa manguera anaranjada. Recorrieron el lugar con la vista. Caminaron arrastrándola hacia el escenario y apuntaron hacia arriba.

El público pensó que eran bomberos y que debajo del escenario había ocurrido un incendio, así que los dejaron pasar.

Además, el hedor que acompañaba a esos dos era insoportable.

—Por Manuel —dijo Ersatz.

La manguera estaba rígida, llena.

Ersatz le quitó la tapa.

De repente, un chorro de un líquido grumoso y pardo salió expelido hacia el escenario.

Al instante, Osvaldo vio que un chorro de mierda se dirigía hacia él. Evelyn no pudo escapar.

Los dos cayeron de rodillas. Evelyn vomitó.

Luego Erstaz y Silvina apuntaron hacia el público, dejaron la manguera en el suelo expeliendo mierda y más mierda, que salpicaba en abanico, como si fuera un oscuro fuego de artificio. Corrieron hasta la puerta y salieron.

Gema, que ahora era una mezcla de sangre y mierda en el suelo, pero sangre y mierda con vida, se acercó a Osvaldo, abrió la boca y le arrancó un pedazo de mejilla.

Empezó a masticarla. Pero no tenía paz. El de barba se adelantó y la empujó con la flecha de la punta del mástil de la bandera. Habría pensado que tenía filo. Gema sólo resbaló por la superficie del escenario hasta sobrepasar el bordillo y caer al suelo. Quedó arrodillada enfrente del público, que no sabía si escapar de la mierda o de Gema.

Se levantó y empezó a tirar dentelladas a dos hombres que entre la lluvia oscura intentaban atacarla. Resonaron algunos disparos, pero la serenada gruñía más alto.

En el escenario, Evelyn estaba ahogada en su propio charco de vómito.

Del susto, algunas mujeres le tiraron los platos con los cubos de salamines y quesos a Gema. Pensaban que tenía hambre y que por eso las atacaba.

Entonces, la pared que separaba el colegio del patio exterior se vino abajo e irrumpió la trompa azul del camión de aguas residuales. Varios corrieron despavoridos y tres fueron embestidos por el vehículo.

El que manejaba era Lungo, que esperó a que Gema lo reconociera.

Primero lo miró con desconfianza, pero luego la mirada de Gema se enterneció. Comprendió que algo había cambiado a Lungo, que abrió la puerta para invitarla a entrar. Cuando trató de alcanzarla un fortachón del público que tenía una gorra de Chevrolet, lo mordió en la cara.

El fortachón retrocedió, con el rostro sangrando, y fue tal el susto que le dio a los demás que empezaron a escapar todos para donde podían.

Algunos trataban de entrar a los baños. Las puertas no se abrían porque estaban cerradas por otros que los habían antecedido en ocuparlos.

Otros corrieron hacia las escaleras del primer piso del colegio.

El micrófono había quedado tirado en el escenario y ahora acoplaba, molestando a los oídos de todos, incluso a los de Lungo y Gema.

Desde la cabina del camión, Lungo dio un salto que lo dejó entre los que tenían el puño en alto para abatirlo. Comenzó a dar dentelladas y pudo herir a varios.

Gema no se quedó atrás, y se subió al cuello de varias mujeres que, con la cara enrojecida, le gritaban demonio y otras malas palabras.

Mordieron a los que pudieron, Gema en parte para alimentarse y recobrar las fuerzas, en parte por simple bronca y venganza, y el espectáculo fue tan espeluznante que los hombres y las mujeres salieron corriendo hacia sus motocicletas, sus coches, corrieron para sus casas entre los escombros, la mierda y la sangre, y sólo quedaron los más valientes que fueron reducidos y pinchados por los dos serenados.

Antes de abandonar el lugar, Gema caminó entre los cuerpos de los que retozaban en el suelo, subió al escenario, y enfurecida, giró el cuerpo de Evelyn y le desgarró la bata.

Luego le clavó los colmillos en el cuello.

La cinta larga celeste y blanca se desprendió del telón y cayó en el escenario.

En la calle había personas arrastrando los pies, ya sea por las heridas en los brazos y el cuello, porque estaban cubiertas de mierda o por las dos cosas a la vez.

El hedor era insufrible.

Hasta los caballos se habían escapado.

La fachada del colegio estaba en penumbras. La camioneta había derribado los palos de luz de esa vereda.

Más lejos, los postes que seguían de pie iluminaban con sus lámparas amarillentas a las personas que se alejaban del colegio con la ayuda de sus pies o de sus vehículos.

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada. Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

Suerte al zombi. 44. El libro.

44. EL LIBRO

Cristóforo escribió sobre Luis Marte[1]:

Había empezado la contienda un dios —pueden ustedes agregarle mayúscula si quieren— loco, senil y depravado, al haberlo despertado de la muerte con el objeto de que un alma humana pudiera habitar un cuerpo en descomposición, experimentando el fin de su obra maestra. No sólo la creación (nunca existió nadie que la recordara; tal vez éste fuera su próximo plan: enloquecer a un humano con el imposible recuerdo de la concepción), sino también el derrumbe del ser humano conforma la totalidad de su obra.

Todos sabemos que hay escritores que por no cambiar una palabra escriben diez páginas. Nuestro dios por no desechar el esfuerzo de la creación y muerte del ser humano le ha inventado una vida. Refunfuñando. Planificó así instancias superiores pero no inferiores, construyó un cielo y un infierno que permanecen vacíos hasta el día de hoy.

Aquí sabemos que la eficacia del señor Garrafa para construir mausoleos —otras son las consideraciones estéticas que podamos tener sobre nuestros aposentos— se hace evidente en su lento derrumbe; si éstos duraran para siempre no tendríamos manera de calificar. El obsesionado dios, cansado de los fríos juicios objetivos sobre el final de su obra, ha desencadenado los subjetivos. Por ésta razón, el dios había premeditado el despertar de algunas personas en sus lechos de muerte para que comprendan la belleza de lo que ha sido y así deleitarnos con la visión de nuestra organizada desorganización. Nos hemos tenido el mismo privilegio. Nuestros ojos se cerraron y se abrieron en días distintos pero cuando ya nos hubieron paseado en nuestra entrada triunfal por el cuartucho de los sepultureros de Mundo Viejo. Pertenecemos a otro estrato social de la inexistencia, pero por lo menos no hemos sido mancillados por estos dos pánfilos como le tocó en suerte a Luis Marte.

Aunque algunos hemos visto cómo la súbdita carne resbalaba por nuestros huesos. Y todo esto de manera metódica (no tengo ganas de describir los pormenores del hecho, ni creo que haga falta ya que todos ustedes los conocen); impulsándonos a convertirnos en valientes avestruces husmeando debajo de sus propias pisadas, verificando que bajo tierra no haya un silencioso mecanismo de relojería sacándonos la lengua. O enterrado en el medio del sol. O en una mosca.

¿Y si afuera de Mundo viejo, del cementerio, los humanos han encontrado la inmortalidad, si viven para siempre, muertos de risa cuando piensan en los antiguos cementerios? ¿No estaría mal eso? ¿No sería injusto con nosotros que no pudimos disfrutar de los mismos avances científicos, por irnos antes, o lo que fuere que les ha permitido a ellos seguir en esa comunidad mientras nosotros aquí estamos?

Oliendo el pasto mojado o sintiendo la tierra apisada por la lluvia. Aunque sea un placer para algunos, entre los que me encuentro.

Deberíamos salir a las calles, andar por ahí, peregrinar hasta otros cementerios para levantar a los demás, avivarlos, aunque todos los muertos vivientes seamos diferentes, y no exista un único muerto viviente, la lucha es digna y nuestro peso conjunto debería derribar el cuadrilátero de cemento que nos contiene.

Incluso si nos levantamos, nos unimos, empujamos todos juntos, y caminamos destartalados, erráticos, no menos de cómo lo hacen los vivos por estos pasillos de mala muerte, tal vez nos miren con otros ojos (o nos presten los suyos) y así hagan hasta arte, creaciones cinematográficas o literarias inclusivas, donde nos representen de otra manera a la habitual. Sólo el recuerdo, cansa, aburre. ¿Quién sabe? Tal vez en el mundo de los vivos ya existen estas creaciones que nos alegrarían el alma y harían crujir de alegría nuestros huesos.

Es necesario que nos empoderemos. Basta de depender de que otros decidan dónde tenemos que descansar, qué flores nos gustan, qué fotografías encajar en los portarretratos, y más que nada, cuál ha sido la verdad de nuestra vida.

Claro que para eso necesitaremos energía. ¡Ideas nuevas! No se me ocurre de dónde podemos sacar esas energías más que estirando nuestras intenciones en línea recta hacia la cabeza de los que están vivos, acercando nuestras bocas, nuestros ojos y nuestros oídos a los de ellos. Es una posibilidad.

De cualquier manera, no hay que contentarse con la pronoia de un muerto más de Mundo Viejo, la realidad es siempre distinta y todos aquí percibimos las cosas y tenemos losas, tumbas y mausoléos, así como ataúdes y también, porqué no, virtudes distintas.

Mejor que usemos la fuerza y la bronca de la certeza que nos une, ¿no?

Y lo único cierto es que no estamos ni aquí; estamos muertos.

por Adrián Gastón Fares.

[1] El manuscrito, aunque casi ilegible, séptico, e inexistente, ha sido descifrado y transcrito.