Kong 21

Querido Adrián,

Estuve repasando la cinta que nombraste. La proyecté en mi oficina durante una tarde lluviosa. El futuro no es así. Acá hay mucho verde, ya te lo dije, parece más una selva. Lo que sobran son animales, No-seres y plantas. Los androides son tercermundistas. La inteligencia artificial es todavía demasiado artificial. La siesta de los androides no pasó de las letras impresas y de los números proyectados.

Aquí casi no se puede caminar de tantas aves que hay. Cuando la gata de la vecina las atrapa, desparraman sangre y maíz por todos lados. Sangre mezclada con granos de maíz. Puaj. Las redime de un zarpazo.

Por otro lado, te informo que la carne de No-ser no se puede comer, presenta algunas alteraciones en su ADN que pueden ser peligrosas. Así que, más allá de que yo estaría en desacuerdo con que los No-seres, en sus manifestaciones más asimilables, como animales, sirvieran de alimento, los humanos se siguen alimentando de lo mismo. Por suerte, no proliferó el proyecto de ley que quería fomentar el consumo de animales carnívoros. La hipocresía sigue siendo moneda corriente. Hasta hubo criaderos de leones, tigres, y zorros. Pero los defensores de los animales lograron liberarlos y desalentar a sus impulsores.

Vos que decís de llorar. Y bueno, nuestros tiempos se entrelazan. Tal vez te imagines cómo son las cosas. Hay muchos libros. Hay libros que cuentan leyendas. Hay seres que sólo aparecen en esos libros. O mejor dicho, que solo aparecían en esos libros hasta que Riviera lanzó sus impresoras biogenéticas.

Pensá un poco.

Mirá.

Un ruta en la noche. Quices, liebres, mulitas que se cruzan. Búhos blancos en los alambrados. Un conductor, un joven, cabeceando. Su novia tratando de mantenerlo despierto. Vuelven de una fiesta de la costa bonaerense. Los autos tienen piloto automático, sí.  Pero algunos prefieren los cambios manuales. Son más las actitudes vintage que lo remanente.

En la mitad de la ruta aparece una mujer con un bebé. El conductor no llega a frenar. La embiste. Descarrilan. Bajan del auto, desesperados y magullados. Un niño acostado sobre una rama como si su lánguida mano fuera un arborescencia más lo observa todo. Los jóvenes no entienden nada, creen que están en un videojuego realista, pero no, ellos no juegan.

La mujer sigue de pie en el medio de la ruta. Se acercan. El volátil cabello largo, negro, cuerpo pulposo apenas acariciado por un vestido camisón. Del que se desprende para quedar desnuda. El bebé está pegado a su cuerpo. La mano de la mujer está hundida en el estómago del crío, desde donde maneja sus manos, su boca, sus ojos, su cabeza completa.

La novia del conductor congelada, porque ya se dio cuenta que es un No-ser inusual. Pero el conductor queda petrificado por la belleza de esa mujer virginal. La perfección de los pechos, la piel casi iridiscente, los ojos dulces. Hipnotizado, alarga la mano como para tocarla.

Ahí es donde la sonrisa benévola de la mujer se transmuta en una mueca violenta desencajada. El brazo con el bebé se extiende y el niño, provisto de afilados dientes, muerde al conductor en el antebrazo.

El muñeco del que dio testimonio la joven no era tan muñeco sino que era la vía de alimentación del No-ser.

Me llaman a la noche, mientras tomaba un Campari con pomelo con las espuelas de mis botas clavadas en mi escritorio. Sí, estaba pensando en el pasado, ese vicio que me pedís que no tenga, pero es difícil no tenerlo, difícil no someterse a estos trucos de la mente cuando uno está solo y espera…

Espera otro caso. Algo en que ocuparse para olvidar.

Así que me llaman. Y viajo hacia la zona. La mujer estaba con los policías, desconsolada. El cuerpo del hombre en la morgue. Atraparon al chico del árbol. Le pedí que me guiara hasta su casa.

Los padres son unos terratenientes que viven al costado de la ruta, en una casa que antes era conocida como Villa Catalina, cruzando unas moreras. Se desesperan al saber lo que hizo su hijo con un libro viejo, carcomido por las ratas, enpulguecido en un galpón. Divisó el dibujo de una leyenda, el de la Llorona, leyó la letra chica, entró al cuarto en que el padre tiene la Impresora Riviera y, bueno, ya sabés los resultados.

El No-ser anda suelto por ahí. Por ahora no pude encontrarlo. Pero el padre del niño se quebró en la indagatoria.

Confesó que tuvo relaciones con la cosa impresa. Que el vástago había creado al No-ser más hermoso y mortífero que podía existir.

Bastante inimaginable, lo de las relaciones, porque los No-seres a veces no tienen todos los órganos que deberían tener. Pero en el galpón también encontré unas cuantas revistas pornográficas viejas.

Ese maldito niño.

Vos decís, el que no llora no mama, pero supongo que ese bebé pegado a su madre que creó el niño no necesita llorar ni mamar.

Así es como se transforman las frases hechas en mi tiempo.

Confisqué a la Impresora. El padre y el niño quedaron detenidos.

Mientras manejaba besé repetidas veces mi petaca. Por lo menos es una petaca antigua, gastada, que no muerde.

Llegué a mi apartamento en la costa. Tuve que hacer el trabajo solo porque Juan Carlos, el inspector de Riviera de la zona, estaba de vacaciones, si no hubiera salido una partida de póker en su chalet.

Me senté y miré el lugar donde Taka dormía. Una especie de cubículo redondo con un agujero de entrada, como el que algunos usan para los perros. Pero más grande. Le gustaba dormir ahí, por los colores. Refleja los tres colores primarios, como sus rosas preferidas.

Escribí lo siguiente en un anotador. Tengamos en cuenta que como su nombre indica, Taka era, y supongo que lo seguirá siendo, un No-ser de rasgos orientales, de costumbres japonesas bien impuestas por sus criadores.

Tracé una letra en japonés, lo primero que se me ocurrió, y sentí esa relajación de escribir a mano en hiragana.

こんにちは, Taka-chan.

 

Seguí en castellano:

 

Un día, cuando te alejaste de mí, fui a la Embajada de Japón, a conocerla, pero más que nada para ver si te encontraba ahí. De hecho fui dos veces. Y no te encontré, pero encontré un libro antiguo: La escopeta de caza,  de un tal Inoue. En esta novela, la profesora reparte papeles con casilleros a las alumnas para que marquen con una X qué va a ser lo más importante en sus vidas. Si amar o ser amadas. Todas ponen ser amadas y una sola amar. Y eso me hizo pensar en bruto lo que el texto sugiere con sutileza, que bueno, lo más importante y lo más difícil, es amar no tanto ser amado o querido, sino saber querer, como dicen, sin pedir nada a cambio.

Al darme cuenta de lo que estaba haciendo, la frase del final del párrafo que parece extraída de las viejas redes sociales, hice un bollo con el papel y lo quemé hasta que el calor me hizo soltarlo.

Todas las cosas pueden volar si uno tiene con qué.

Así que en la playa también hice saltar por los aires a la Impresora Riviera del niño.

Todo brilla. Es mejor usar lentes de contactos oscuras para proteger la vista.

Vos habrás perdido gran parte de tu audición, pero yo estoy obnubilado de tanto ver y las imágenes se me difuminan un poco. Pronto le pediré a la obra social de Riviera unos implantes oculares. Hay unos argentinos, muy buenos.

Este país ya no es lo que era antes.

O sí, ha vuelto al derroche de principios del siglo XX. Pero sin tantos riesgos como los que implicó la adicción a la demanda del mercado europeo en las décadas de 1980 a 1930. Ahora exportamos lo que soñamos. Y al mundo le gusta. Y piden más, pero no de lo mismo y no hay problema. Podemos reciclar todas las metáforas gracias a un par de científicos. E inventar nuevas, que reptan, se arrastran, vuelan o caminan.

Por algo teníamos tantos psicólogos en tu época. No fue en vano.

Nuestra aguja hilvanada de identidad estratégica acarició el exotismo alternativo atrayente pero farolero para hundirse en el refinamiento conocedor y la conciencia responsable de los mercados globales.

Y cuando son irresponsables, aquí estamos en Riviera. Aprendimos de nuestros propios errores, pero antes del de los demás.

La llanura y los valles abundan. Es un lugar ideal para la inspiración que nos permite crear No-seres útiles y no tanto. Tenemos de todo. Por algo somos la primer potencia. También es la razón de que seres de otros universos nos hayan contactado. En tu tiempo, creían que Norteamérica, creían que China, que Rusia o Alemania. Pero no.

Aquí golpearon la puerta primero.

Y preguntaron por la mano de Dios.

Hasta la próxima,

Von Kong

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Kong 20

Querido Von Kong,

No sonó ningún teléfono. Mejor, porque me hubiera asustado.

La que siempre llamaba es mi tía abuela, que ya no está, se fue. Lo sentiste y me viste en ese lugar donde nadie quiere estar.

Al principio me resultó fácil de asimilar pero a la vez es raro, uno debería considerar su edad avanzada, pero es una voz menos en la familia, quizás la más potente que teníamos, nosotros que somos tan pocos, y voy a extrañar para siempre ese dialecto italiano ¿calabrés?

Ya no lo volveré a escuchar.

El timbre de mi teléfono, al que ella llamaba casi todos los días, se cambió solo. Ahora son unas campanadas de una iglesia. O mejor dicho, un teléfono antiguo. No me queda claro.

Fui al cementerio de Avellaneda a despedir sus restos. Esas cosas que parecen medio ilusorias y que son ficciones viejas de madera y cemento.

Ayer, se puede decir que otra vez estuve en el mismo lugar. 

Leo me invitó a un screening en un cine de la película en la que trabajó como supervisor de edición. No era otra que El origen de la tristeza, basada en la novela homónima de Pablo Ramos. Había leído la novela así que más o menos sabía lo que me esperaba. El narrador solía merodear el cementerio de Avellaneda con sus amigos.

La película me sorprendió. Pude ver el cementerio desde arriba. Era mi paseo de fin de semana de chico. Mis padres me llevaban de Lanús a la cripta familiar. Después íbamos a una plaza cercana a jugar con mi hermana. 

Las imágenes de Avellaneda son únicas, muy bellas. Nunca vi algo así  en cine del conurbano. No sabía que había un viñedo escondido por ahí, en la parte más salvaje del partido. La voz en off (Voice Over) de Ramos gana potencia hacia el final de la película.

Antes de que la pasaran, Ramos tomó un mantel del lugar, se lo puso encima y empezó a dar bendiciones a todos, como si fuera un acólito de la cinematografía que viniera a bendecir a los técnicos.

Así que ver el cementerio en pantalla grande, grabado desde un drone, me gustó. Quién diría.

Estoy más viejo, Kong, es un poco desconcertante. Hasta hace unos años yo nunca lloraba pero me he vuelto una persona más sensible, supongo que serán los años.

Me decís que no volviste a ver a Taka. Pero que un ejército de gastrópodos atacó Riviera con gases alucinógenos. Mencionás a tu ex compañera así que supongo que seguís pensando en ella.

Todo cuesta mucho en este presente, y vivimos muchas tensiones con Leo por el tema de la película.

Nunca entendí a mi país, que será el tuyo en el futuro. Y tengo la terrorífica sensación de que el país se lleva puesto a varios. De que, más allá de partidos políticos y otras yerbas, es Argentina, y los argentinos, los que de alguna manera somos peligrosos para nosotros mismos y el prójimo. Hay, y hubo, gente muy buena con un corazón enorme. Pero este país, que insufla aires de grandeza que luego no pueden ser satisfechos, donde más bien soplan vientos que te pueden apagar el fuego para el asado, también hace que a las personas les salgan garras.

De cualquier modo, culpar al país tal vez sea fácil, y no ver nuestros descuidos y nuestras ambiciones, no tanto. Y después de todo, estoy seguro que hay otros países que matan más rápido y sin tantas vueltas. La Argentina es medio perversa, tiene otras maneras de hacerlo, por algo es un país triste, y quizás la tristeza es lo que nos define.

Creo que Argentina vende, y trató de vender todo este tiempo desde que yo vine al mundo, algo que no es. Nos ilusiona como un padre que cuenta historias de unas batallas inexistentes que nunca luchó.

Por algo siempre empiezan a contar las historias con el padre en las biografías. El padre es el modelo al que después copian las instituciones.

Leyendo una de Balzac, la cronista dice que su padre era capaz de tronchar a una perdiz, al plato y a la mesa a la vez, y que tal vez esa brutalidad influyó sobre el joven escritor. Un ejemplo, nomás.

Pero sigamos derrapando sobre Argentina. Ahí está el problema. No tanto de que seamos un país triste, esas cosas se pueden cambiar, sino que somos un país de cuenteros. Anotarse en esas ficciones, como anotarse en la vida, conlleva unos cuantos desastres.

Hay cosas que me resuenan.

Está bastante mal que yo tenga que seguir con los mismos audífonos de hace siete años. Mi fonoaudióloga, Magalí, pidió la renovación hace casi cuatro años porque mi pérdida de audición demandaba la máxima potencia de los mismos. La tecnología avanzó. Mi obra social no aceptó pagarme las prótesis, anduve dando miles de vueltas y todavía no los pude conseguir. Los nuevos se conectan por Bluetooth al celular y por Wifi entre ellos, así que se regulan según el ambiente de manera automática. Los dolores de estómago que me agarraban al principio, cuando los médicos se dieron cuenta de que las puntas de mis audífonos no eran las adecuadas, y las cambiaron por unas nuevas, que tapan mejor mis canales auditivos, eran terribles. Con el tiempo me adapté, pero el otro día que vi Blade Runner 2049 estuve un rato largo más sordo de un oído. La música es demasiado potente en esa película. Creo que cada vez que estoy en entornos ruidosos, como debe pasarle a cualquiera, sufro pequeños traumas acústicos.

Tal vez el futuro cercano que pinta esa película no sea una predicción acertada. Lo vintage, digo, vos sabrás. Como pude comprobar en las filas para pagar los servicios, muchos leen a una tal Marie Kondo, así que es muy probable que la gente termine tirando todas sus pertenencias, con eso los teclados antiguos, que aparecen bastante en la película, y abandonen la idea de reciclar.

Sigo con lo mío. Lo más espectacular de tener audífonos no fue escuchar mejor a los demás. No. Lo mejor fue empezar a escuchar bien mi voz por primera vez en mi vida. Todo cambia con eso, uno se vuelve más seguro, porque si no hablaba demasiado bajo para los demás y para mí. Además siempre noté que los demás no se dirigían a mí en situaciones grupales antes, y ahora sí. Los signos más notables del paso del tiempo que tengo son unas arrugas en mi frente. Sé que es por apretar el entrecejo para tratar de escuchar.

No sé dónde terminará esta historia de mi pérdida de audición.

Chabrol dice que Buñuel exageraba la suya para acentuar su originalidad. No es mi caso, Kong (y tampoco creo que haya sido el de Buñuel, la verdad)

Tuve que ponerme muy firme con el mundo para explicar mi hipoacusia, lo que significa para mí y las cosas que me pasan. Pero primero tuve que ponerme firme conmigo mismo, enfrentarme.

Más allá de estas cavilaciones más o menos desafortunadas, estoy todos los días trabajando en la película por la que ganamos el premio, nos toca hacer un nuevo afiche, entre otras cosas, para presentar en un mercado. Y también estoy escribiendo otro guion.

Dicen que el que no llora no mamá. Así que lloremos un poco, Kong.

Te saluda desde este vertiginoso presente,

Adrián

 

Kong 19

Querido Adrián,

Estoy persiguiendo a un piscicultor. El tema es que no cría goldfish, carpas ni nada de eso si no que se dedica a los peces abisales. Creó unos cuantos monstruos ciegos que lanzó a una piscina de un barrio cerrado. Los animales redujeron a los bañeros a unos jirones de carne.

Es un joven cuya novia se enamoró de un profesor de física. Cuando lo abandonó, el chico enloqueció y comenzó a usar su Impresora Riviera para crear No-seres ilegales. Su intención era largarlos en el momento en que el profesor se zambullera en la piscina. Pero no fue el caso. Como suele suceder, sufrieron otras personas que nada tenían que ver con el asunto.

Por ahora esto me mantiene ocupado. No he vuelto a enfrentarme con Taka y al hombre de cara larga.

No sé qué estarán tramando porque el otro día en el hangar de Riviera se llenó de caracoles que secretaban una baba de color púrpura. Como leí bastante a Patricia Highsmith, sé que ella criaba caracoles, eran sus mascotas, y que hasta se desplazaba con ellos en sus viajes.

Pusimos una cuantas hojas de lechuga hidropónica para lograr que los caracoles se arracimaran. No pudimos evitar pisar algunos y el gas de color violeta que expulsaban nos hizo entrar en una especie de letargo plagado de visiones.

Te vi sentado en un café con tu socio, muy tensionados, y trabajando en la película (¡felicitaciones!)

Te vi también en el cementerio de Avellaneda, entrando en la cripta donde están los restos de tus familiares y despidiendo a tu tía abuela.

Antes, en el velatorio, tomaste de una bolsa unos caramelos ácidos, uno de naranja y otro de limón. Sé que previste todo lo que ibas a ver ahí pero un detalle se te pasó por alto…

Acompaño tu desconcierto. Todavía no podés creer que esa persona con la que creciste entre bastidores, bordados, máquinas de coser, en esa casa chorizo de Lanús que visitabas, ya no forme parte de este mundo. Vas a extrañar escuchar ese dialecto italiano, tal vez llamado genovés o calabrés, de Villapiana, Calabria, porque ya no quedan italianos que lo hablen en tu familia.

Por más que pueda escribir desde el futuro te aseguro que no entiendo nada sobre la muerte.

Sé que pensás que el tiempo no existe, pero que tiene que ser algo palpable. Yo me preguntó, ¿para qué trabajar? ¿Qué sentido tiene perseguir estos seres si en un futuro no muy lejano yo y los que los crearon seremos roca?

Vos te debés preguntar ¿Para qué escribir? Y encima cosas fantásticas en tu caso.

Sé que estás cavilando mucho.

¿Cómo creamos en nuestra imaginación un zombi si tras la muerte el cuerpo está duro como una roca y frío?

En mi caso, ese último contacto con los seres queridos, cuando sé que ya son una roca, me da paz. Pero hay tanto misterio en la vida que la muerte no puede abarcar. Y después de todo, son palabras, pensamientos, a los que hemos llegado tras observar, con el método inductivo, ciertos ciclos. ¿Pero dónde está lo real? ¿Dónde el factor que lleva al cambio? El que persiguen tanto los científicos.

La lagartija grande que viste en el vértice del cielo raso de la habitación de tu tía  abuela cuando ella ya había decidido que no quería vivir más, que los noventa y un años eran suficientes, y se lanzó a una huelga de hambre que la llevó a la anorexia, como una adolescente, te hizo pensar que siempre hay algo más que la muerte, por lo menos para la imaginación. ¿Por qué ese bicho, sin temer a nadie, decidió apostarse en ese lugar?

En dos horas voy a hacer sonar tu teléfono.

No vas a escuchar ninguna palabra mía, me gustaría pero es imposible, ni como una vez que llamé, sólo la canción Sultans of Swing de Dire Straits.

Vas a escuchar una estática, el ruido de fondo del universo.

Te saluda con fervor, desde un futuro donde todo es casi posible, y donde los caracoles exudan secreción púrpura, para el deleite de Patricia Highsmith, tu amigo.

Von Kong.

PD: Te dejo un koan. ¿Estás seguro que las estrellas no fuman?

Los artistas

Nos quedamos con la sala de exposiciones. No la íbamos a cerrar. Nos arreglamos con los chicos para armar una cooperativa.

Se debe aguzar la vista para ver la muestra. Cuando no funciona el generador todo queda en penumbras. La guerra civil se llevó muchas cosas. Entre ellas la luz.

Lo último que se presentó en el museo es la exposición coreana. El cristo rojo, enorme, cuelga de unos alambres en la entrada, las paredes están llenas de cuadros con dibujos tipo manga y en el centro hay un toro blanco con un cuerno rosado de unicornio.

Una mujer entra con su hijo y lo corre hasta el toro, donde el nene se pone a tocarle las bolas. Me acerco.

–Eso no se hace.

Y miro a la madre con reprobación. Los salvajes son capaces de cualquier cosa. Habla mucho de ellos que se animen a entrar al salón de exposiciones. No pudimos conservar la fachada. Omar, el albañil, hizo lo que pudo, lo que no es mucho ni poco, pero sigue repleta de pintadas, y quemada. Algunos piensan que el centro de exposiciones está cerrado, que nunca volvió a  abrir. Pero aquí estamos.

Estefanía está en la otra punta, con el pelo teñido de azul. Mira su celular, no le gusta que vengan chicos. Levanto el comunicador.

–Hermosa, este pendejo es un peligro.

Roberto, asomado desde la abertura del primer piso, me mira y gira la cabeza, así que María ya le habrá avisado. El niño no está abajo, se habrá ido corriendo por las escaleras arriba. Que no se detenga ante la puerta cerrada con doble cerrojo. Tampoco me agrada que ande toqueteando las esculturas de papel y las de tela. Hay unas cuantas arriba.

–Que no se acerque a la puerta– le digo a Roberto.

Pero todo bien, el nene ya se aburrió, está bajando las escaleras para reencontrarse con su madre y salir afuera donde un hombre la espera. Parece un pordiosero, pero debe ser su pareja. Nosotros que ponemos tanto empeño en que nuestra ropa de trabajo esté limpia. Mi camisa del día anterior y los pantalones negros están colgando en el patiecito. Estefanía a veces me ayuda a lavar la ropa. Pero sabe que me gusta lavar en soledad sus bombachas caladas.

Es la hora de cierre así que nos vamos al bar. Lleno de camioneros dormidos en los bancos. En la barra, unas adolescentes se embadurnan la cara con una crema que el dueño del local le exprime desde un pene de plástico enorme repleto de vodka. Luego el dueño toma la cabeza de un gordito que está sentado a la barra y la agita como si fuera una coctelera. Listo, ya las fotos fueron tomadas. El gordito se da vuelta y le mete la lengua hasta la garganta a una de las chicas con la cara llena de crema. Con Estefanía y Roberto nos pedimos whisky y lo tomamos a la antigua, sin mucha floritura. Es mejor estar borracho en el bar porque si entran los encapuchados y sus ametralladoras es el fin.

No entiendo como estas viejas terminaron juntando armas en su casa y salieron a matar a la gente. Hace dos semanas vi como un encapuchado mataba a un chico que tocaba la guitarra en la calle. Al sacarse la capucha era un de estas viejas pintarrajeadas. Debía tener unos setenta años.

Borrachos, volvemos al centro de exposiciones. Entramos por la puerta trasera, como siempre a esta hora, y subimos por las escaleras hasta el primer piso. Abrimos el doble cerrojo, subimos por la escalerita hasta la puerta antigua de madera. Estefanía manotea el picaporte y la abre.

La mujer palpa un maniquí con pies de rana, que los curadores habían desechado en una de las últimas muestras. El que decía Segunda Mención Escultura. Como Estefi ayer le arrancó los ojos, la mujer ni sabe lo que hace. Nos sentamos en las tres sillas para ver el espectáculo.

La mujer se cae, se levanta, mete la cabeza en una de las axilas del maniquí, se orina, no puede gritar porque Roberto le hizo tragar un pañuelo de tela lleno de mocos y le precintó la boca con cinta de embalaje.

Los ojos de Estefanía brillan porque la mujer trata de tomar la mano del maniquí. Como si fuera un hombre que pudiera dar un paso hacia la puerta para sacarla de ese lugar. Pero es demasiado tarde. Pronto va a estar en la bañera.

La bañera formaba parte de una instalación de Nuevo Arte Ecuatoriano. Encantaba a los visitantes porque cuando se acercaban, en vez de encontrar un patito de juguete flotando, descubrían unos peces abisales horripilantes. La artista no se la pudo llevar, la desecharon. Cuando todo estalló, me la quise llevar a mi casa pero Omar, Roberto y Estefanía no me dejaron. La subimos al cuartito.

Estefanía está atenta porque la mujer va a meter las manos en cualquier momento en la bañera. Lo hace y empieza a salir humo. La soda cáustica que Roberto usa para hacer desaparecer los cuerpos le está quemando la mano. Trata de gritar pero no puede. Estefanía saca una pistola y la remata. Roberto la tira en la bañera. Va a calcinarse lentamente y Estefanía va a usar sus dientes, sus cartílagos, lo que reste, para las creaciones que va acumulando en el cuarto.

Ella casi siempre atrapa chicas, se acerca mientras miran al toro con el cuerno y las duerme con un pañuelo embebido en no sé qué sustancia. Yo soy más directo y cuando una chica me hace acordar a una compañera de colegio, las que me gustaban y me cargaban, directamente uso la pistola con dardo tranquilizante. Después se la entrego a Estefanía para que la intervenga a gusto. Nuestra forma de arte es colaborativa, pero Estefanía no lo quiere aceptar. Roberto por ejemplo se encarga de conseguir a chicos barbudos, y de pelo largo, de esos que seguro matarían los encapuchados, las viejas.

El trabajo era tan aburrido antes de la guerra, estábamos toda la tarde ahí, resguardando las obras de los visitantes.

Estefanía, que dice que ahí me empecé a volver loco, ni tenía el pelo azul entonces, porque estaba prohibido. Pero después del quilombo las cosas cambiaron. Mantuvimos el lugar, se nos ocurrió cobrar una entrada, para eso está Omar, el albañil; hay muchos que todavía quieren ver la última exposición de Buenos Aires. Creo que la mayoría son fanáticos del manga y esas cosas.

Nos quedamos dormidos en la alfombra con la cabeza de tigre. Nos gusta dormir ahí. Estefanía está cerca, su pecho se infla y desinfla como un fuelle nuevo, Roberto ronca como siempre y a mí me viene el sueño.

Al otro día me levanto y hablo con Estefanía. Le digo que pronto su colección de arte va a superar a la coreana que está abierta al público. Que elijamos bien a la última víctima.

Pero ella dice que no son víctimas. Que son maniquíes. Que perdí la cabeza cuando las viejas mataron a mi familia. Para ella tengo paranoia y me invento esas historias de crímenes. Me deja claro que ella no es una asesina, es una artista. Me agradece por cuidar de sus creaciones.

Le digo que no nos olvidemos de poner el candado, que no quiero que cualquiera que entre a la sala se meta a ver el cuarto donde ella está creando maravillas. Pero para ella la puerta no tiene candado, en la bañera sólo derrite plástico para reciclarlo y mezcla pintura. Me dice que yo nunca maté nadie. Que no siga diciendo pavadas.

Roberto me trae un vaso con la medicación. Me la hacen tomar. Les digo que esas pastillas también formaban parte de una muestra, que son un placebo, unas pastillas de mentira que no tienen nada. Pero ellos dicen que si no fuera por los medicamentos tal vez ya hubiera cometido una locura, como los encapuchados.

–¿Querés convertirte en un encapuchado?–corean.

Ya saben la respuesta. Tomo la medicación. Y de premio Estefanía me deja lavar su bombacha calada.

Mientras lavo, sé que Omar está en la boletería, con esos folletos raídos, para cobrar la entrada que nos permite seguir yendo a ese bar de mala muerte y recargar cada tanto el generador.

 

por Adrián Gastón Fares

Kong 18

Estimado Kong,

No te puedo creer lo del gorila y el tipo de cara larga. Y Taka con ellos, encima.

Tus aventuras no tienen punto en común con las mías. Aunque mis aventuras creativas son gestas con principio, desarrollo y desenlace no tiene sentido que te las cuente si vos andás con No-seres de aquí para allá.

Recibí mensajes cifrados de una comunidad oculta en el Amazonas. Viví coincidencias de todo tipo. Una vez me crucé con una bruja. Otra tuve una precognición. Bah, un sueño precognitivo. No le hice caso al sueño, porque no sabía que eso iba a ocurrir el mismo día y bueno, no se dio lo que se tenía que haber dado. Algo amoroso. ¿Qué es el amor? Baby, don´t hurt me, don´t hurt me, no more. Perdón por este exabrupto.

En Elortis, una de mis novelas, esbocé una teoría del color, una especie de tesis, donde sostenía que los mantos de color púrpura tenían el poder que simbolizaban, como puede leerse en tantas narraciones antiguas, porque estaban teñidos con la secreción hiperbranquial de un caracol de mar. El gastrópodo marino Murex brandaris. Eso está en la segunda parte de la novela. Me pregunto si alguien la habrá leído. No me preocupé por buscarle editor.

Rastreé en los textos jónicos las huellas de este tinte. Pensé que por ser alucinógeno favorecía la clarividencia. En realidad, no me tomé en serio el tema, si no que se lo endilgué al personaje de la novela, una especie de novela romántica cómica.

Pero me fascinan los colores. Como estoy ansioso por filmar me propuse hacer un ejercicio con tus mensajes. Vamos a hacer una pequeña propuesta estética, como si tu historia fuera una película. Feature, como le dicen los de arriba.

Acá le decimos película o largometraje, pero existen los largometrajes de ficción y los documentales. En cambio los de arriba dicen Feature y con eso se refieren a una película de ficción. Es más simple… A ver, vamos.

Imagino tu futuro como verde, amarillo y violeta. Los exteriores tirando a verde como esa película de Alfonso Cuarón (Children of men o Niños del hombre). Te veo en planos contrapicados, para acentuar tu trabajo de control sobre los No-seres, pero también en picados para aplastarte contra el piso como en el momento de esa caída moral que tuviste en el hospital de día.

Con Taka te imagino con teleobjetivos al principio para que estés pegado a ella, como el dúo que eran. Después, mientras se fueron distanciando, un gran angular sería lo adecuado para que los dos se pierdan un poco en el plano.

La composición sería desbalanceada en tu crisis, en ese período oscuro en el que fumabas en la terraza repleta de plantas exóticas en el hospital de día, para hacerse más balanceada en el presente –como en las primeras aventuras que me contaste, tus primeros mensajes–.

Tu historia es literalmente brillante, así que usaríamos en iluminación un ratio no tan contrastado, tirando a lo luminoso, más que a las sombras que están adentro tuyo y de los No-seres.

¿El nivel de saturación? Medio. Aunque tu futuro lo veo un poco saturado para ser sincero.

La música serían acordes simples en sintetizadores. Aunque varios violines juntos no vendrían mal. Fa menor. Mi menor. La menor. Sol? Tu historia se está desarrollando y no puedo hacer una propuesta estética completa ahora, Kong, mis disculpas anticipadas por este texto dislocado.

Grabaríamos con una Alexa y la resolución sería 5k por lo menos. El formato sería anamórfico y la relación de aspecto 2.35. 1.  Hay muchas cosas para mostrar, Buenos Aires no es la misma, hay más verde, drones y No-seres que vuelan calculo, así que hay que aprovechar al máximo la pantalla.

Calculo que en tu futuro ya los píxeles habrán sido reemplazados por algo más homogéneo. Supongo que en tu época las pantallas son de grafeno, volátiles, transparentes y flexibles, así que no habrá manera de diferenciar una pantalla de lo que no lo es. Ese punto de giro, como les gusta decir a los guionistas, de la princesa Leia apareciendo en un holograma para lanzar a Luke a la acción en tu futuro está en todos lados.

Para mí que en el tiempo en que me escribís andan por ahí tratando de ver qué es real y que no. Calculo que habrá algún control, reglas: por ejemplo ponerle alguna marca para que el peatón pueda diferenciar entre lo que es una publicidad de una ama de casa en la calle limpiando el piso con un producto especial y una vecina real manguereando el piso. Pero las amas de casa y los amos de casa habrán sido reemplazados por No-seres para el bien de las mujeres y los hombres. Así que mis opiniones tal vez sean erróneas. Por lo menos en cuanto se refiere al contenido de las publicidades.

Y aquí una pregunta. ¿Hay niñeras No-seres? ¿Los padres del futuro dejan a sus vástagos en manos de las impresiones de Riviera?

Ahora bien, ¿cuál sería el plano emblemático? Creo que primero falta la toma de establecimiento para mostrar tu barrio, que bien puede ser Constitución, una Constitución de neón y vegetación profusa, como un suburbio, porque en tu futuro, a pesar de las predicciones, me parece que hay menos gente y quizá los edificios que no se usan fueron derribados para construir espacios verdes. Ese entonces sería el plano de establecimiento.

¿Y el emblemático? Prosigamos.

Tal vez, vos, el Inspector Von Kong, tomando un helado fluorescente, con esa ambientación de hotel subtropical, onda Cuba, que es rara en Buenos Aires, pero que sí existe en Colombia. El último es un país con lugares más alegres que el nuestro. Supongo que Buenos Aires en el futuro será más subtropical y con suerte tendremos el clima de Antioquia. Y esos hoteles con piletas templadas no me vendrían nada mal. Recuerdos del año pasado, en fin.

¿Pero esa sería la toma emblemática? No sé. Tal vez vos frente al hombre-cucha. Taka en la costa frente a los No-seres que eran unas sirenas no me convence. Creo que la mejor sería vos con la impresora vieja, la que incautaste al hermano del niño en la historia del hombre-cucha, una impresora grande, de las primeras de Riviera.

¡Y un No-ser realmente espantoso y amenazante a tus espaldas!

Para esto es clave el vestuario, y te imagino con un saco campera con las solapas del cuello levantadas, alto, imponente, como si a la vez fueras un No-ser y por eso te hayas enganchado tanto con Taka. Perdón, querido Kong, si repito un nombre que tal vez te molesta a estas alturas.

O vos frente al río, con esa almeja gigante, y el inspector Paulo a tu lado. Las fuerzas se han alineado, los enemigos también, tu historia se fue conformando de alguna manera a través de estos mensajes. La plasticidad que inyecta el tiempo al espacio es la misma en el futuro que en mi presente. Las cosas cambian, las personas también. ¿O es el espacio el que cambia y por esa transformación inherente a la cosa en sí existe el tiempo?

No me olvido de uno de los mensajes que me mandaste donde relatás la casa de un empresario de cine, un tipo que creó a unos caballitos diminutos que corren por la alfombra. De las imágenes que me mandaste esa quizá sea la que más me gusta.

Usaríamos OTS, planos Over-the-shoulder dirían en el norte, para enfatizar la relación entre Von Kong y los No-seres. Dependiendo del No-ser que enfrentes y siguiendo la regla de Hitchcock, que dice que el objeto debe ser tan grande en el plano como su importancia en la historia, te daría más o menos espacio en la pantalla en relación a tus contrincantes.

Los planos los diré en inglés porque así los aprendí. Un médium-close-up para mostrar tus reacciones frente a los No-seres.

Close-up sólo, a diferencia del Rey Arturo de Guy Ritchie, donde se usan mal, para mostrar tu sobrecogimiento ante los No-seres que tenés que inspeccionar y catalogar. El típico del asombro. Aunque tal vez esté mal porque a estas alturas ya no te asombren.

Medium-shot para mostrar tu relación con tu entorno, con tu oficina que está repleta de viejas impresoras Riviera obsoletas, de partes de No-seres en frascos de mermelada como esos recuerdos de extraterrestres (dejemos esta frase por qué no) que venden en el Uritorco.

Plano americano para mostrar tu relación con otros. Si bien esto no es un western, y el plano americano surgió de este género, tu enfrentamiento con No-seres amerita alguno de estos planos.

Planos generales (Long-shots, volvamos al inglés) para tomas emblemáticas de la ciudad y de vos como un estandarte, casi un héroe, enfrentándote a las creaciones desquiciadas de ciudadanos poco ilustres pero inspirados. En tu futuro las viejitas ya no hilan amigurumi, o esos muñecos de lana, entrelazan moléculas para parir No-seres, crean monstruos más o menos legales o no, según como se comporten o cómo han sido pensados.

Para el sistema de imágenes usaremos distintos lentes, eso que te decía de la distancia focal, para afianzar esta unión con Taka al principio y resaltar cómo te vas quedando solo, como salís del pozo con tu voluntad, y vas apartándote, sin querer, y agrandándote en el plano Kong.

Ves como una propuesta estética puede ser también una especie de libro de autoayuda. La estructura consabida de un guión, esos libros que te dicen cómo contar una historia, donde poner el punto de giro, cómo las subtramas se relacionan con el tema, y con la historia principal, son más aplicables a la psicología que a la creación de una obra audiovisual.

Me imagino que en tu futuro ya no usarán lentes, filmarán todo con un gran angular y después irán recortando de la imagen lo que más les gusta. O ya las películas serán hechas en una computadora con actores en 3D. O directamente pensadas y trasladas a un soporte que se amolde a los pensamientos del director. Qué glorioso. Pero qué solitario también. Gran parte del trabajo de hacer una película es seleccionar a la gente con la que vas a trabajar. Si en el futuro ese paso no existe, ¿qué seleccionarán? ¿El horario del día en que grabar las ensoñaciones que serán los filmes? Tal vez exista el anti-doping para directores. Y estos elijan la comida adecuada para que sus creaciones sean exitosas (un buen chocolate negro por ejemplo podría afianzar la trama) Pero también usarán drogas de todo tipo para crearlas y bueno, no todas serán legales, ni todo estará permitido. La ficción será alocada o un enigma. Ya no habrá distinción entre el consiente y el subconsciente. Stop. Me fui por las ramas.

Pero Kong no es una película, son estas cartas, estos mensajes, y más que nada me alegra saber que en tu futuro estás persiguiendo criaturas, que saliste del agujero donde vos mismo te habías metido por un apego excesivo.

Y vuelvo al principio, para Elortis busqué en fuentes jónicas, pero cada vez que leía un libro occidental lo contrastaba con otro oriental más antiguo y me daban ganas de llorar. Si mal no recuerdo para muchos académicos la historia de la mente comienza en el siglo XI antes de Cristo. Pero no, ya antes había cosas maravillosas.

Los textos taoístas, lo sin forma, el simple y complejo yin y yang, llevarían toda una vida y algo más para estudiarlos.

Y sin embargo, occidente se la cree un poco, es así.

Me están quedando pocas pilas en los audífonos. La grabación, una chica española, me dice Batería Baja.

La seguimos,

Adrián

Deslizate en el fuego

Parecía un decorado. El receptáculo blanco, con forma de molusco, que contenía a su antepasado, con trazos grises en los contornos, podía ser un dibujo en la pared. Pero no, era macizo y real. Dentro de ese hangar, en ese edificio magnánimo, descansaba un ser que había sido necesario para que él lo estuviera observando en ese instante. Sin ese ser, Oliverio nunca hubiera sido. El pensamiento lo mareó un poco. El lugar daba para ponerse a cavilar porque no había mucho que mirar. Salvo la pantalla, pero no quería que absorbiera su atención.

La habitación donde tenían a su antepasado era única. Estaba separada de la que contenía al resto de los receptáculos porque la familia de Oliverio había acumulado mucho dinero desde que el primer inmigrante italiano pisó el suelo del país, varios siglos atrás, allá por el 1900.

A Oliverio no le gustaban los números ni pensar en ellos. Con cierto desdén, aunque con un interés que no supo disimular ante el empleado de la empresa, confirmó que según el cronómetro del receptáculo faltaban tres días para que volvieran a la vida a su antepasado.

La ley exigía que un descendiente estuviera presente en el momento de la reanimación. El resto de su familia no quería hacerse cargo. Su padre, de vacaciones, tampoco hubiera existido sin la cosa que ahora flotaba en la máquina.

A Bautista lo habían criogenizado a los noventa años. El viejo se había empecinado. Al despertar su condena habría terminado. Pronto estaría libre. Lo había calculado.

Cómo odiaba los números, pensaba Oliverio. Esos números que eran tan vitales para el miembro de su estirpe.

El molusco no permitía ver las facciones de Bautista Segundo. El ser inspiraba y expiraba a través de dos tentáculos. Oliverio tenía grabada en su mente una fotografía del que estaba adentro de la caja. El ex jefe de la policía estaba en un zoológico y alzaba en sus brazos a un niño ¿Quién era ese otro antepasado?

Le daba igual a Oliverio. En la pantalla ubicada en el plexo solar del molusco podía ver las imágenes que proyectaba el ser que estaba adentro. Bautista estaba recordando como una mujer lo afeitaba frente a un espejo. Tenía que reconocer que las facciones de Bautista eran más afiladas que las suyas, su mentón más firme. Gracias a esa succión de recuerdos que demandaba la pantalla, la mente del congelado se mantenía activa. De otra manera, los recuerdos podían perderse y el que resucitara sería un ser sin pasado, con la memoria de un bebé.

La memoria era importante. El pasado. Lo que a Oliverio lo atraía de la situación era su trasfondo maléfico. Una búsqueda rápida de datos había dado como resultado lo que sus padres no quisieron nunca reconocer.

Bautista Segundo no había dudado en torturar a los que lideraban organizaciones religiosas cuando la revolución así lo había pedido. Su antepasado había mandado a asesinar a miembros de todas las religiones.

Oliverio no sabía mucho de historia pero la consigna había sido clara: exterminar las religiones organizadas. Se habían vuelto un peligro para el mundo. Su antepasado tenía un prontuario notable, incluso había practicado los últimos exorcismos, que eran una parodia de los reales, que terminaban en violaciones, estupros y asesinatos. Había sido una de las caras visibles del exterminio. La secularización había terminado con todas las creencias. Sólo algunos esperaban sin esperanza la aparición de vida extraterrestre.

Los gendarmes y la ciencia habían arrasado con todo. Era por la ciencia que Bautista estaba en ese cajón mágico y que no era una piedra, un puñado de polvo, o con suerte un par de huesos en una urna de un cementerio.

Dejó el edificio de la empresa, se subió a su motocicleta y volvió a su casa. Era la segunda vez que veía el receptáculo. En la primera había notado que otra persona lo miraba desde el otro lado de la pared de vidrio. El chico desapareció rápido.

Oliverio aceleraba mientras pensaba que la velocidad hacía que se olvidara de los números mejor. En una pisada podía pasar de 200 a 300 kilómetros por hora. Era imposible contar ese cambio en un período de tiempo tan corto. Eso lo alegraba y despreocupaba.

Pronto otra motocicleta lo alcanzó. Se le pegó y trató de desestabilizarlo para que chocara contra un camión. Oliverio traspaso el camión y aceleró, pero la motocicleta volvió a alcanzarlo con el objetivo claro de hacerlo despistar. Su motocicleta se ladeó hacia la derecha pero logró estabilizarla y esta vez alcanzó al otro motoquero. Le tiró su moto encima. A diferencia de él, su perseguidor tenía un casco, es lo que llego a ver mientras la motocicleta se metía entre las malezas a la vera de la ruta y el conductor salía expelido.

Oliverio detuvo su motocicleta y caminó hasta el tipo de casco. La motocicleta del desconocido se había arruinado pero el traje de grafeno que llevaba el motoquero lo había salvado. Oliverio buscó en su bolsillo el cuchillo y lo esgrimió contra el desconocido.

Él no se hacía problema, no llevaba casco ni nada. No le preocupaba estrellarse. El motoquero caído se quitó el caso. Oliverio reconoció al mismo chico que lo estaba espiado en la empresa.

El chico escupió y le dijo a Oliverio que no iba a permitir que despertara a ese monstruo asesino.

Oliverio, que no estaba seguro de si quería conocer o no a su antepasado, ante este exabrupto que lo ponía entre dos aguas, sintió que su vida tenía una razón y contestó.

–Es el derecho de Bautista volver. Él lo pidió. Pagó por eso.

–Pagó con la plata que le sacó a los que mató, Oliverio. Te conozco. Conozco a tu familia.

–Si seguís hablando así–contestó con seguridad Oliverio–­. Voy a clavarte esto en el ojo. Y te voy a meter ese casco caro en el culo.

El chico se levantó y le sostuvo la mirada mientras se limpiaba el traje que llevaba.

–Dale, hacélo.

–¿Quién sos?–. Le preguntó Oliverio.

–No tenemos la misma sangre. Pero vengo de la familia de la hermana de tu antepasado. Bautista mató a mis precursores, unos pastores evangelistas, y entregó al bebé que tenían a su hermana.

A Oliverio le importaba poco y nada el asunto. Lo que agregó el desconocido que afirmaba ser su familiar lo hizo reaccionar.

–No voy a permitir que levanten a ese viejo.

–Bueno–dijo Oliverio–. Eso se verá en tres días.

Se subió a su motocicleta y abandonó al extraño.

La satisfacción por haber encontrado un oponente apasionado, alguien que tal vez creyera con firmeza en algo, lo hacía pisar el acelerador a fondo.

Volvió a su apartamento, un piso ubicado en la esquina de la Avenida Santa Fe y la calle Talcahuano. Durmió un día entero. Al despertar contactó a su padre. Desde una playa y con la nuca sobre los duros pechos de una joven su padre le encomendó, con la promesa de retribuirle con dinero, el resguardo de la vuelta a la vida de Bautista.

Ya tenía dos incentivos. La estupidez del desconocido y el dinero de su padre.

Entrada la noche volvió a la empresa. Tenía que firmar el contrato donde certificaba que no demandaría a la empresa si la reanimación fallaba. Por otro lado, se sorprendió cuando la empleada del turno noche le explicó que se había puesto en marcha el rejuvenecimiento que había exigido Bautista.

Que no esperase ver salir a un anciano de la máquina. Si todo iba bien Bautista saldría con unos cuarenta años, que era lo que tenía, más o menos, cuando había cumplido con sus nefastas funciones.

Oliverio se sentó en una silla y se pasó la noche mirando los recuerdos de su ascendente.

Bautista levantaba a un niño. Corría por la costa bonaerense, debía ser Mar del Plata, donde ahora estaba la ruina que había sido la casa que el viejo tenía. En otra imágenes, Bautista, con la mirada acerada, enfrenta a una junta de jueces. Margarita O., una joven, declara que Bautista había matado a sus padres a sangre fría. Eran inocentes.  Sólo organizaban reuniones evangelistas. Su objetivo era mejorar el mundo, no destruirlo. No tenían nada que ver con los fanáticos religiosos que habían iniciado esa persecución despiadada. Bautista no contesta pero aclara que seguía órdenes.

Luego, ya viejo, está solo en una habitación, intenta salir, pero hay un policía en la puerta que lo detiene, vuelve sobre sus pasos, y se sienta apesadumbrado pero con la mirada altiva.

Oliverio buscó a la empleada y le preguntó si tenía criogenizado a un descendiente de Margarita O.

–Es una de las primeras junto con Bautista, Oli–. La empleada tenía el deber de llamarlo con su diminutivo, ser cariñosa, como en las tiendas de comida–. Ahora te voy a llevar a ver a la hija de Margarita O, está en la fosa común, si no te molesta entrar ahí claro, te llevo.

Filas de esos moluscos mecánicos se sucedían hasta casi el infinito. Oliverio se puso a ver la pantallita de la hija de Margarita. Sofía, se había llamado y se seguiría llamando.

El receptáculo, como el de su abuelo, había sido reforzado, modernizado y refaccionado a través de los siglos. No parecían simples heladeras como los primeros. Para apreciar el contraste sólo hacía falta mirar hacia el fondo.

Ahí estaban los receptáculos cuyos dueños no habían pagado lo suficiente para el mantenimiento. Eran unas cajas metálicas antiguas, tipo freezer comercial, medio oxidadas. Los ocupantes tal vez seguirían adentro hasta el fin de los tiempos. Oliverio había escuchado que algunos que salían de esas cajas vivían un día y morían. Un día para ver el futuro, qué locura.

Pero no sería el caso de Sofía, que estaba sumergida en un receptáculo actualizado y bien mantenido. Por lo que podía verse, siendo aún joven, y recién enterada de la criogenización de Bautista, la chica había desembolsado lo que había cobrado de indemnización su madre por el crimen de sus progenitores para asegurarse que dos días después de que volviera a la vida Bautista, ella también lo hiciera.

En las imágenes de Sofía se la veía junto a su madre de bebé succionando la teta en un calabozo. Luego con otra mujer, que vagamente le recordaba su padre a Oliverio, Sofía daba sus primeros pasos en la calle. Ya crecida, la hija de Margarita O., patina sobre hielo y es ovacionada por una multitud. No debía haberle costado el cambio, ese exilio en la máquina, pensó Oliverio.

Siguen imágenes de juicios. Sofía llora de alegría ante policías, de mirada preocupada, más jóvenes que Bautista. Esta vez, con esa mirada esperanzadora, estúpidamente triunfal, Oliverio la encontró parecida al motoquero que lo había perseguido.

Terminó teniendo sexo con la empleada en la cocina de la empresa. Sintió que se enamoraba. ¿Era eso? ¿Así nomás? ¿Cómo se atrevía hacerlo sentir de esa manera?

El amor era tan peligroso. Si bien las religiones habían desaparecido ante los avances vertiginosos de la ciencia, el amor seguía pujando y era la próxima cruzada de los humanos. Oliverio estaba de acuerdo en que era mejor la relación que su padre tenía con ese par de tetas de plástico que la que podía generar ese sentimiento pegajoso, irresponsable, que nacía en la panza y terminaba en los labios y que el común de los humanos llamaba amor.

¿Cómo era que una idea inventada por los humanos producía cambios químicos en el cuerpo? La creencia en la precognición de algunos retrógrados estaba basada en que era un instrumento para el amor. Las pruebas se habían sumado. Las coincidencias y los augurios debían ser atendidos. Lo único que había sido capaz de atentar contra la solidez del grafeno era lo que acababa de sentir cuando introducía parte de su carne en la carne de la empleada. Se olió la mano. Ese hedor…

Volvió a su casa, le temía más volver a encontrase con la empleada que enfrentar a ese chico que quería venganza. Desde el ventanal, observó la calle vacía y los vehículos que pasaban. Un par de zapatillas expuesto en una vidriera brillaba. Con lo que le pagaría su padre podía comprarse uno de esos y pagar las expensas a la vez. Era lo único que le importaba. Con un traje de grafeno y ese par de zapatillas podría esquiar sobre lava volcánica en las vacaciones. Deslizarse en el fuego. Eso era vivir. No quería atarse a nadie, ni siquiera a esa chica y mucho menos a ese ser que irrumpiría en su mundo en poco tiempo, con el que al fin y al cabo no tenía ninguna obligación más que asegurar su venida, porque lo único que le importaba era subir a esa montaña.

Sacaron uno a una las agarraderas que mantenían unidas las tapas del molusco dentro del cual flotaba Bautista.

Oliverio, como los dos técnicos presentes, llevaba barbijo y guardapolvos blancos. La resucitación ya estaba en marcha. La tapa comenzaba a levantarse. Salía humo. El olor era parecido al formol y lo prefería al otro que le había quedado pegado a sus manos.

Escuchó unos tiros y vio que entraba ese chico que lo había perseguido. Le disparó a los dos técnicos. Las paredes blancas se rayaron de grumos de sangre. Oliverio logró sacar su cuchillo y lo clavó en el cuello del chico que cayó redondo al piso. Mucho no le había servido el traje negro de grafeno al muy estúpido, pensó Oliverio. Fue lo último que pensó, porque desde el suelo el chico sacó otra pistola y le disparó un tiro que voló a Oliverio del mundo.

El día estaba nublado. El cielo arrastraba estrías blancuzcas. El edificio de la empresa, una masa gris con una puerta enorme, se recortaba contra el horizonte como si fuera el último refugio de la humanidad.

La puerta se abrió y salió caminando un hombre de unos cuarenta años con un portafolio negro. Con paso firme, marcial, dejó el predio y se adentró en la ciudad.

 

por Adrián Gastón Fares

 

 

Kong 17

Querido Adrián (¿o debo llamarte Gastón como te dicen algunos extranjeros?)

Jamás he vendido una Impresora Riviera. Sí tuve un romance ocasional con una vendedora cuando recién había sido incorporado a la empresa.

Nos suelen sacar las impresoras de la mano, como diría un vendedor, así que la publicidad que hacemos es mínima. Los No-seres son tan útiles para los humanos que la gente sólo piensa en traerlos al mundo.

Toman agua, ya que son organismos como cualquier otro, y toleran mejor el cloro que nosotros. Claro que depende del No-ser.

He llegado a ver un No-ser creado por un panadero que era un brioche. Al panadero le encantaba que el pancito respirara, su parte superior se elevaba y bajaba. Lo usaba para decorar la vidriera de su panadería francesa. Como supondrás este organismo ni tomaba agua ni comía, sólo se cargaba o alimentaba con los rayos solares.

Así que a algunos les gusta crear estos organismos simples que a mí me tienen sin cuidado.

Más allá de eso, un pan que respira es algo hermoso.

Por lo demás, el gorila que lleva mi apellido me estuvo espiando. Conoce todos los lugares que frecuento gracias a Taka. La intención de este grupo está clara: quieren liberar a los No-seres que tenemos presos en la zona de seguridad de la empresa. Aclaro que los No-seres no estaban organizados antes y hace pocos años que algunos se unieron para defender unos derechos que nunca tuvieron y declararnos la guerra.

El otro día apareció en la reserva ecológica una almeja gigante. Me encomendaron el caso junto al inspector Paulo. Es más robusto que yo, tiene mi edad pero parece mayor. Es confortable tener un compañero. Desde que Taka se pasó al otro bando, al que en realidad siempre había pertenecido, hacía mi trabajo más bien solo.

Sobre el río, detrás de la almeja gigante, flotaba una lancha. En el vehículo el gorila hacía retumbar su pecho con los golpes secos de sus puños peludos. A su lado estaba Taka. La encontré más bella aún. Parece haber mejorado su postura y su vestimenta. Pude ver que llevaba un vestido con el cuello redondo, de color azul.

Detrás del gorila y Taka estaba un hombre de traje negro con la cara muy larga, desproporcionada con el resto del cuerpo. No se trataba de un enano, si no de un No-ser de un metro setenta, pero repito, su cara angulosa y puntiaguda llegaba hasta la mitad de su torso. La melena larga y negra. Me habían hablado de este No-ser que era probable que fuera el cerebro de los insurgentes y la actual pareja de Taka. Así que me entristecí. Pero enseguida dominé la tristeza y recordé las cosas que tenía que recordar sobre Taka.

Ella apareció por primera vez entre los senderos de una plantación de flores un día en que los rayos solares fueron tan potentes que arruinaron toda la cosecha de ese año. La encontraron riendo sin ningún motivo en el campo.

Pero no quiero desviarme de mi narración. La lancha se alejó a toda marcha. Pensé que tal vez era la última vez que vería a Taka, aunque a ciencia cierta no lo podía saber. Antes de perderla de vista, Taka se desabrochó su abrigo y en la remera que tenía debajo figuraba una inscripción en hiragana. Pude leer Itsumade. El significado de esto no me quedó claro, ya que no sé bien japonés. Sí entendí que el gorila que la acompañaba era un guardaespaldas. El semi animal contrastaba con la pequeñez de Taka. ¿Qué me estaría queriendo decir Taka? No era un buen momento para pensarlo.

La denuncia de la almeja gigante en la reserva la hizo un cuidador. El hombre no paraba de reír. El No-ser emitía un gas de tonalidad azulada que se estaba extendiendo por la costa. Las valvas de la almeja estaban casi cerradas, pero de su separación sobresalían dos tentáculos. Uno de ellos, el sifón exhalante (las almejas tienen uno inhalante también) expelía el colorido gas.

Convenimos con Paulo en que no podíamos llevarnos en la camioneta a semejante monstruosidad. De hecho, el No-ser que había dejado el hombre de cara larga y sus secuaces tenía un tamaño de tres camionetas apiladas una encima de otra.

Bajamos de la camioneta con guantes y máscaras antigás.

Lo primero que pensé fue ¿cuántas paellas podrían hacerse con semejante bicho? Me dieron ganas de reírme, pero me di cuenta que el gas de alguna manera se me estaba colando en la máscara y era la razón de la alegría estúpida que me dominaba. El cuidador no paraba de largar carcajadas señalando la almeja y se había orinado en sus pantalones.

Entonces, mientras veía la línea oscura que dejaba la lancha en el río y la espalda peluda y enorme del gorila que se alejaba en ella con Taka y el otro No-ser, me di vuelta para mirar hacia donde se dirigía el gas. Se iba expandiendo por la costa pero también flotaba sobre las malezas a mis espaldas.

Había varios árboles. Alrededor de uno de estos, una higuera, el gas se había instalado. Caminé con Paulo hasta el árbol. Los frutos eran nada menos que caras. Las caras, de facciones orientales, parecían pequeños dioses budistas y no paraban de reír.

Taka me había contado una historia parecida. A Taka le gustaba contar historias, es una de las cosas que extraño de ella. Ese árbol tenía que ser su creación.

Si estábamos en la historia que yo pensaba entonces había una manera de recoger esos frutos.  Les pregunté, con voz gangosa a través de la máscara, qué pensaban hacer el fin de semana. Sin parar de reír, las caras-frutos se miraron unas a otras.

Una debía estar más madura que las otras ya que se envalentonó y respondió lo siguiente: Reírnos.

Ni bien la cara-fruto terminó de decir esto cayó al suelo. Paula la recogió y la metió en una bolsa de arpillera grande con la R de Riviera tejida en color rojo que tenemos para estos casos. No debíamos dejar rastros de ese árbol del demonio que podría contagiar la risa insoportable a los humanos.

¿Eran sólo unas caras risueñas o tenían un mísero nombre?, les espeté para molestarlas un poco. Contestaron todas juntas nombres inteligibles y se desprendieron y cayeron al suelo como paltas maduras.

Recogimos todas las caras-frutos del suelo, que ya no reían y las dejamos en la camioneta.

La almeja, con sus estrías azuladas, sus valvas entrecerradas y sus tentáculos casi hundidos en la arenilla era intransportable para nosotros. Seguía despidiendo ese gas que lo nublaba todo y que había convertido al cuidador en una especie de bebé incapaz de controlar sus esfínteres. Nos volvimos a acercar, pero a la mitad del camino el No-ser separó sus valvas y expulsó a un segundo ser de cara larga.

Bañado en una especie de plasma rosado el nuevo No-ser se incorporó, se deshizo de la baba que lo recubría, cortó un asqueroso cordón umbilical que lo unía al molusco, y empuñó una ametralladora que sacó de su traje en un santiamén, con la que nos apuntó y disparó.

La niebla le jugó una mala pasada porque la ráfaga de disparos fue a parar al árbol de las caras, ya sin esos molestos frutos por suerte, que se derrumbó a nuestras espaldas y que para colmo se prendió fuego.

El custodio de la reserva fue alcanzado por la ráfaga de disparos y dejó de reír y de orinarse en los pantalones. Cayó muerto.

Nos dio tiempo para sacar nuestros pistolas con dardos tranquilizantes para No-seres y disparamos. El No-ser de cara larga, que era una especie de gemelo del de la lancha, quedó tendido en el suelo frente al molusco gigante.

Nos comunicamos con nuestros jefes para que enviaran un vehículo que pudiera remolcar a la almeja hasta el hangar donde guardamos los especímenes más grandes. Mientras tanto, el No-ser de cara larga despertó, se llevó algo a la boca y luego de succionarlo comenzó a convulsionar. Tratamos de interrogarlo pero murió en nuestros brazos.

Lo empaquetamos para trasladarlo a la morgue de Impresoras Riviera. La autopsia de los No-seres es un proceso delicado que sólo tres científicos argentinos especializados en estos organismos pueden realizar. Suele ocurrir que un No-ser muerto se levanta como un zombi y debe ser neutralizado.

A veces proyectan su verdadero ser, podemos decir, que no era otro que el que estaba oculto en el No-ser que lo contenía, así que un nuevo cuerpo se despega del No-ser muerto y ensaya un sucedáneo de viaje astral para escabullirse de la camilla.

Por lo general, en estos casos quedan flotando en un vértice de la habitación y hay que capturarlos.

Bueno, la almeja gigante, que cesó de expeler ese gas inmundo, está en nuestra área 51, como me gusta llamar al lugar donde sólo los inspectores de alto rango como yo pueden acceder.

Tengo otro caso ya mismo. Sólo te adelanto que una otaku (o amante de la cultura japonesa, como sabrás), creó un No-ser que es un fantasma nipón, de cuello largo, varios metros, que termina en una cabeza humana horripilante, pelada y con los dientes ennegrecidos.  Y que la cabeza, siguiendo estos cuentos, se mete en la casa de cualquier vecino para robarles el oxígeno y comerse a sus mascotas.

Allí iremos con Paulo, porque el deber nos llama.

Estaremos en contacto, Adrián.

Von Kong.

Kong 16

¿Qué tal, Kong?

¿Cuando empezaste fuiste vendedor de las impresoras biogenéticas Riviera?¿Vendías las impresoras que ahora confiscas a los que las usan para crear No-seres ilegales?

¿Te parece bien, Kong? Digo, perseguir No-seres. ¿Son tan mortíferas y peligrosas las creaciones de la mente humana?

Otra pregunta: Los No-seres. ¿Suelen crear No-seres? ¿O sea usar las Impresoras Riviera para crear otros entes como ellos?

Bueno, el otro día, siguiendo un plan mecánico que vaya saber qué significa para mi inconsciente, atendí el llamado de un desconocido. Si bien ahora formalmente no necesito trabajo porque tengo bastante, la curiosidad fue más fuerte.

Juan –voy a conservar su identidad intacta– me dijo que no podía revelarme de qué se trataba el trabajo ni la remuneración. Me preguntó si me interesaba el dinero o el crecimiento entre otras preguntas existenciales como si prefería trabajar freelance, en relación de dependencia y si part-time o full-time.

Ante mis respuestas, me citó en un conocido hotel internacional.

Después, pensé que es peligroso ir a una entrevista de ese tipo. Ni siquiera conocía el nombre de la empresa empleadora. No me había pedido el CV ni había sabido decirme bien de dónde me había sacado. Me podrían quitar los órganos o algo así y nadie se enteraría. O me sacarían en una caja de cartón para venderme como esclavo.

A las once de la mañana me estaba tomando un café en el restaurante del hotel, buena presencia me dijo Juan, así que me puse la campera nueva, que en realidad es un buzo pero cumple las funciones que yo requiero de estos abrigos, que es que sirva a la vez para tapar el cuello, porque odio usar bufanda. Abrí un libro de Ramón Menéndez Pidal, un estudio literario sobre El condenado por desconfiado.

Hago un aparte. En esta obra, se pondera la intención de un ladrón por sobre la virtud de un sabio ambicioso y egoísta. Pidal explica que la historia tiene las raíces hundidas en la literatura oriental.

Ahora que te mandó este mensaje mis cavilaciones giran alrededor de este tema. Ya lo había pensado. Te cuento que no practico tai chi sino yoga. Se ve que hay ligeras desviaciones entre la información que te mando y la que te llega. Yoga.

La otra vez en la practica pensé. ¿Cuál es la diferencia entre un ser humano que toma sol en una reposera y otro que medita?

Te diré, Kong, que pienso que no hay ninguna diferencia. La única es la intención. La mujer o el hombre que toma sol sólo piensa en cómo su piel se verá beneficiada por el tinte anaranjado que la teñirá para hacerla más bella y saludable –no sé en la tuya, pero en mi época la palidez no es recomendable, más bien se relaciona con los zombis, las poseídos, vampiras y vampiros, y otros seres aún inexistentes en esta dimensión, o por lo menos eso creo–. El que medita tiene por fin terminar con el apego a lo terrenal que genera su ego y así unir su espíritu a la totalidad. Por lo menos eso es lo que voy entendiendo de la meditación.

La intención. El savasana tiene que ver más con la relajación, pero es lo mismo. Intención. Me gusta esta palabra que empieza con i y termina con n.

Sigamos con el tema central de esta misiva. Tuve que cerrar el libro de Pidal.

Juan me vino a buscar a la recepción del hotel y me guió a su oficina. Me ofreció un chocolate caliente que rechacé y nos sentamos a escrutarnos con los ojos y los oídos.

Preguntó cuál era mi trabajo preferido. Hablamos de cine, de escribir, de los extras, porque él había sido extra de cine, y se había desempeñado en otras tareas relacionadas con el espectáculo como la seguridad.

Sí, Juan había sido guardaespaldas de un empresario de la música que traía estrellas de rock internacionales para que tocaran frente a las masas argentinas enardecidas. Me aseguró que su trabajo, que tenía que ver con la seguridad de las estrellas, era, valga la redundancia, seguro. El aspirante a delincuente debía pasar varios puestos en un estadio hasta donde estaba Juan despreocupado para detenerlo. En las calles era más fácil porque nadie sabía que, por ejemplo, Axl Rose, iba en tal coche y así los posibles atentados se atenuaban.

Estos trabajos, si bien placenteros, como el de extra, y redituables, como el de seguridad, que incluso contaba con la ventaja de ver los shows gratis y de cerca, no servían para el objetivo económico y la realización personal de Juan.

¿Por qué?

Existía otra manera para él de llegar al éxito, de disponer de mucho dinero y que el dinero generara tiempo libre para ocuparse, en sus propias palabras, de tu abuela moribunda, por ejemplo, porque en un trabajo en relación de dependencia, eso era imposible: a tu jefe le importaba tres pepinos tu abuela (aclaro que en mi presente los tres pepinos salen bastante caros, con lo que un jefe podría encontrar esta comparación poco favorable; en el tuyo, Kong, tal vez no existan o hayan evolucionado y tengan otro nombre)

Hago otra digresión para acotar que me pareció un golpe bajo de manipulador lo de la abuela moribunda. En la parte estaba el todo, ese pequeño desliz, podía anticiparme lo que me esperaba y si hubiera usado mi instinto como un animal me hubiera levantado en ese mismo momento.

Ok. Juan manoteó su bolso y extrajo dos libros. Los dos eran del mismo autor hawaiano de origen japonés, cuyo nombre no recuerdo, pero cuyas obras exhibidas por mi anfitrión sí, especialmente una, que ya había visto en algunas residencias: Padre rico, padre pobre (o al revés, lo mismo da)

En una hoja, Juan trazó una línea recta vertical y puso de un lado la letra E y la A, y del otro la D y la I. La E.

La E, explicó, era de Empleado. El empleado tiene una ganancia fija, honorarios pactados, no tiene libertad y en suma representa a la evolución de la esclavitud. La A es de Autónomo, freelancer digamos, en ese caso para Juan no tenía seguridad económica, estabas atado por una demanda de trabajo oscilatoria y así serían tus ingresos.

A este primer grupo corresponden  el 95 por ciento de la población mundial. Al siguiente, el 5 por ciento restante.

Del otro lado de la línea, que era, calculo que no casualmente, finita, la D significaba Dueño y la I, Inversor. Si sos Dueño, tenés más tiempo libre y tal vez te acerques a la otra categoría, la de Inversor. Acá se crea un círculo virtuoso donde el dueño invierte, en otra franquicias por ejemplo, ve crecer su patrimonio, por ende su tiempo libre y su libertad. Chau, esclavitud. No serás más un simple asalariado.

Lo más preciado para Juan eran las vacaciones, mientras los empleados trabajan los dueños están en Playa del Carmen tomanado una caipi porque tienen más dinero y más tiempo.

Bien, la D y la I, generan ganancias residuales, acá estaba el punto clave, que permiten que puedas, por ejemplo, transferirle dinero y la empresa a tu hijo, que se beneficiará de tu esfuerzo mientras vos estás en el limbo. Como verás, Juan había sacado mucho provecho del libro.

Ahora bien, como hay que tener mucho dinero para llegar a ser dueño de una empresa y más para invertir, con la variable incertidumbre (por ejemplo, si ponés una pizzería puede quebrar) la solución perfecta para Juan era la Interdependencia.

Era lo que él me ofrecía.

Hay tres cosas que son imprescindibles para la gente en mi presente. Juan las enumeró de taquito: el agua, el aire y la basura (espero que entiendas, porque me salió escribirlo así, me refiero al acto de juntar basura o poder tirar los desechos que uno genera sin muchas vueltas para que uno no perezca bajo una montaña de mugre o le agarre la peste)

En ese preciso instante, Juan le pidió a su secretaria que le trajera dos vasos de agua. Me invitó gentilmente a olerlos y probarlos. Uno de los vasos tenía olor a cloro, el otro a nada. El primero tenía gusto a cloro, el otro a agua mineral.

Juan tenía preparado un frasquito con una solución química. Le echó una gota a los dos vasos transparentes.

El que tenía olor a cloro se convirtió en una especie de cloaca pequeña, agua amarronada, y el contenido del otro siguió límpido como si nada.

La diferencia estaba clara.

No me llevaría más de dos horas por familia ofrecerles la preciada compra a cada una de sus purificadores de agua, con eso sería interdependiente, me quedaría con un porcentaje de la venta, no debería preocuparme más por el financiamiento de mis películas y proyectos de cine y hasta podía seguir ganando dinero sin hacer nada, con su plan de ganancias residuales (que las aguas sucias también se llamen aguas residuales es algo que esta empresa jamás advirtió), siempre y cuando convirtiera a otras personas en vendedores lo maravilloso era que yo me quedaría con un porcentaje de sus ventas.

Y yo que había pensado que en el hotel me esperaría el productor más conocido de cine de la argentina, para hacerme una oferta que no podría rechazar. O aunque fuera, otro productor que buscara un script-doctor para su proyecto.

Pero no, se trataba de los más simple del mundo. El agua y cómo podías venderla aunque por ahora sigue fluyendo libre por todos lados –o casi todos, dicen que su desaparición es inminente y con ella la de nuestra especie, Kong. Aunque si me llegan tus mensajes por algo será.

Esa red de beneficios acuíferos crecería tanto como mis ingresos y esfuerzos por mantenerla y acrecentarla. Cuando yo ya fuera polvo o un montón de huesos sería transferible a mis descendientes, que gozarían el beneficio hasta que fueran polvo o un montón de huesos y lo cedieran a los siguientes. Era un círculo de ganancia infinita.

Le contesté a Juan que se parecía un poco al tema de los derechos de autor, pero aclaré que ciertamente el agua era más consumida que los libros, la escritura y otras derivaciones del acto creativo a los que me dedico.

Hacía dos horas que estaba escuchando a Juan, a la hora y media comencé a demostrar mis primeros síntomas de hastío y cansancio, así que le dije que por favor se apurara porque tenía otra reunión inminente.

A las dos horas, ante repetidos esfuerzos ineficaces para que mi cara conservara la forma inicial, le comuniqué que no tenía tiempo para ese tipo de trabajo.

De todo se aprende.

Juan había derrochado dos horas de su vida en una entrevista por no ir directo al grano. Si yo hubiera sabido de entrada de qué se trataba directamente, Kong, no hubiera ido. El muchacho inescrupuloso se la había jugado.

Su oratoria era bastante buena, sabía sostener el suspenso, dosificar la información, pero cometía un error que tenía que ver con la intención, el tema central, Juan bien podía haber estado hablando dos horas de vender ladrillos y era lo mismo.

Otro defecto de su discurso era la extensión. En los tiempos que transcurren, nadie puede estar dos horas escuchando una propuesta. Ese tiempo parecía funcionar alquímicamente, en otras personas se ve, para transmutar la conciencia del oyente y hacerlo permisible a la oferta de Juan.

Cambiar lleva tiempo y esas dos horas podían cambiar a una persona, hacerlo arrojarse a los prometedores brazos, tal vez nada hostiles y realmente redituables, como prometía Juan, de la interdependencia.

Otro traspié es la política de la empresa. Juan me aseguró que se ahorraban millones en publicidad y esos millones iban directamente a los empleados. Pero yo no conocía el nombre de la empresa, ni su logo, ni mucho menos que con sus aparatos te ayudaban a purificar el agua que tomabas día a día y en la que invertías buena parte de tu dinero.

Hace tres años, yo tomaba agua de la canilla a borbotones mientras fumaba cigarrillos armados y cada tanto terminaba vomitando. Al parecer, el cloro y la nicotina se llevan bien y atentan contra el organismo humano, Kong.

Algo de razón tenía Juan y su servicio sería útil para muchos.

Quería saber, inefable Kong, cómo ofrecen ustedes sus impresoras biogenéticas, cómo entrenan a sus vendedores y cuáles son sus ganancias, si hacen o no publicidad, qué mantenimiento requieren y cuánto sale, y si, quién sabe, no es justo uno de los inversores de tu empresa algún descendiente de la promisoria empresa del agua. Tal vez la ganancia residual produjo tanto tiempo libre que uno de sus vendedores aprovechó el ocio para construir un aparato capaz de generar No-seres, creaciones maleables y casi instantáneas por la imaginación de un humano y el intermedio de su impresora en su garaje, entiendo que la mayoría de las veces inofensivas pero otras letales. Depende, creo yo, otra vez de esta palabrita: intención. ¿Es así?

Más preguntas: ¿los no seres toleran el cloro?

Entiendo que tu trabajo de INSPECTOR, está relacionado con el control de las creaciones, como el caso del hombre-cucha que me contás en la última telemisiva, o como queramos llamarle a esta comunicación espontánea que se da entre nosotros.

Tal vez no sepas nada de ventas.

Por ahora me abstendré de leer esos libros del hawaiano, como el otro del queso y del ratón, y seguiré con Don Ramón (me refiero a Menéndez Pidal).

Me despido por el momento porque tengo bastante trabajo, querido amigo.

Hasta pronto,

Adrián

Kong 15

 

El futuro no existe. Sólo eso te puedo decir.

Pero volvamos a lo terrenal. Reconozco, Adrián, que debe ser difícil no escuchar bien.

Ayer me llegó un mensaje tuyo, estabas reunido con gente, cada uno decía qué cosas cotidianas lo hacía feliz, era una propuesta de una instructora de tai chi. ¿Era tai chi? La verdad que esa información no me llegó bien.

Bien, no pudiste escuchar qué era lo que hacía felices a los practicantes, no pudiste escuchar lo que hacía feliz a tu amigo, aunque tenés pensado preguntárselo.

Hoy llueve, aquí y en tu tiempo, y una chica te manda un mensaje que dice qué lindo día para escuchar la lluvia y estar tapada hasta las orejas con una frazada mirando series, pero vos no escuchás la lluvia, aunque podés verla.

No conozco una cura para los acúfenos (tinnitus o zumbidos auditivos, como se llamen), y en el futuro hay otros adelantos para la sordera y todo tipo de discapacidades, pero no me voy a poner a hablar de eso, ya los verás, por los menos algunos.

Sé que estás lleno de incertidumbres, pero de las buenas.

Diste un paso importante.

Por mi parte, he salido fortalecido de esta contienda conmigo mismo, de la inercia y de la mala praxis del doctor H., que me recetó unas pastillas que no eran adecuadas para mí. Debería denunciarlo y que le quiten la licencia. Una conocida hizo eso con una psicóloga que, después de una enfermedad que la hizo engordar, la trató con una terapia de choque y le dijo ¿ves el pedazo de bofe que sos? Mi conocida revoleó lo que había por la habitación, salió a la sala de espera y le dijo a los demás pacientes que salieran corriendo de ahí, que la doctora era un desastre.

Sigamos. Estuve sin sonreír mucho tiempo. Fui a una maestra espiritual y ése era su temor: ¿cuándo vas a recuperar la sonrisa?

Ahora estoy sonriendo, entrecierro los ojos, trato de abarcar la totalidad del mundo que me rodea, estiro la comisura de mis labios, imito la dicha. ¿Por qué la gente imita a otra gente? ¿Te pusiste a pensarlo, vos qué hiciste un documental sobre eso? ¿No será porque imitar transforma? Creo que somos más elásticos de lo que pensamos y que tal vez todo se remite a la forma.

Volvamos a mi trabajo. Tengo un caso para contarte. El otro día tuve un encuentro cercano del tercer tipo con un No-ser. Chiste malo, los encuentros cercanos con los No-seres son todos del tercer tipo.

En un suburbio, un niño estaba sufriendo porque veía un fantasma horrible en su casa. Hasta ahí pensábamos que era la imaginación del niño y no un caso para Impresoras Riviera.

Pero los vecinos también vieron a un ser alto con una cabeza deforme. El niño lo llamaba “el hombre cucha” Así que recibimos una denuncia de un vecino que ampliaba la de la familia del niño, y fui a la casa.

No teníamos registro de haberle vendido una de nuestras impresoras a ningún integrante de esa familia. Busqué el aparato en el garaje, el lugar más común donde alojan las impresoras Riviera los clientes, en la habitación del niño, pregunté a los padres, pero nada. Se me ocurrió entrar a la habitación del hermano mayor.

En el ropero, debajo de buzos, camisas y camperas, tenía escondida una de nuestras impresoras. La había comprado, usada, en el mercado negro. Era uno de nuestros primeros modelos, así que lo podía hacer con el aparato no era mucho. Pero era algo.

Tenía que saber qué era ese algo.

Le dije al niño que me dibujara al fantasma. Dibujo a un ser alto con una especie de cucha en la cabeza, que estaba rodeada de estrellas. Por eso me di cuenta que era alto. Le pregunté si tenía un perro. Me dijo que su mascota había muerto. Se puso a llorar. No aguanto ver a los niños llorar así que tenía que inventar algo, salir de esa habitación cuanto antes.

Así que fui al jardín de la casa. Era de noche, había niebla, y el interior de la cucha estaba oscuro. Me arrodillé, hasta tener la cabeza a la altura del agujero. Me corrió un escalofrío por la espalda porque intuí que había una presencia adentro de la oscuridad de esa cucha. El perro estaba enterrado cerca, había un poco de tierra removida, con algunos tréboles húmedos. Uno tenía cuatro hojas.

Nunca te conté pero de pequeño, en la casa de mis primos, vi al demonio. Estaba durmiendo y al abrir los ojos una silueta roja con cuernos estaba saliendo de la habitación. A veces me pregunto si no fui abusado, o algo así. Había una fiesta en la casa. Y uno tiende a mezclar todo en la imaginación. ¿Quién sería ese ser que entró a la habitación de los niños y que yo intuí como poderoso y diabólico?

Así que soy  miedoso. Y no me gusta que se mezcle a los No-seres con historias de fantasmas porque si bien sabemos que  los No-seres existen, y fueron creados por nuestras impresoras, no sabemos si hay vida más allá de esta, ni si otros seres pueblan universos paralelos o vienen de continentes perdidos en el tiempo, y son malignos, como quería Arthur Machen, o como fuera.

Volví sobre mis pasos para salir cuanto antes de ese jardín porque intuí que tal vez esa historia de fantasmas era real y no sabía qué presencia había dentro de la cucha. Antes posé la mano sobre la corteza del tronco del árbol de olivo, hacía tiempo que no veía uno, y creo que mi familia tiene un árbol, como todas, y el mío es el olivo, como la del niño.

Saludé a la familia, le dije al niño que no temiera, que no había nada de qué preocuparse. Era una cucha vacía y su problema era que extrañaba a su perro muerto. Se lo dije directamente, creo que a los niños hay que hablarle como si fueran adultos. A la madre le dije que la tirara si no pensaba tener otro perro. Agarré al hermano mayor y le dije que debía llevarme la impresora que tenía oculta en su ropero. Que por ahora no sería multado. Y le pasé un tarjeta de un vendedor por si quería comprar una legal.

La impresora era bastante pesada, porque las primeras eran así. La arrastré hasta la entrada con los pies. La cargué y la dejé en el baúl de mi auto. Volví a saludar a despedirme de la familia. El hermano mayor me clavaba la vista. El niño se puso a llorar y yo me rajé.

Fui a la casa del vecino que hizo la denuncia, le expliqué que si bien había confiscado una Impresora Riviera antigua, que no funcionaba (mentí, no la había probado), esa no podía ser la razón del ser extraño que merodeaba el barrio.

Por instinto me quedé en el auto. Me dormí. Entreabrí los ojos.

Una silueta gigante caminaba hacia la esquina. Debía tener unos dos metros. Me bajé del auto, corrí hasta el ser, y en esa esquina oscura de Lanús, cerca de donde sería el barrio donde creciste Adrián, donde todavía pasa el 520, le golpeé el hombro al gigante y se dio vuelta.

Ahora la cucha sobrepasaba mi cabeza. La oscuridad me impedía ver lo que había dentro de la cucha sostenida por esa ancha y plana espalda. Prendí mi linterna y apunté al agujero, que a la vez era la cabeza de ese ser.

Vi la facciones de un hombre con hocico y dientes de doberman. Bastante peludo, el No-ser tenía los ojos de color púrpura.

Le pregunté cómo lo habían llamado y cuál era su ocupación pero no obtuve ninguna respuesta.

Enseguida pensé que el hermano del niño lo había creado por celos. El No-ser me dio la espalda y siguió caminando. A veinte metros de la esquina se arrodilló y bajó la cucha a la altura del suelo. Evidentemente, podía controlar a gusto el tono muscular y el grosor de sus huesos. De repente, era una cucha ahí afuera, en la calle.

Al rato, un perro callejero vino corriendo y entró a la cucha. Era un hembra que estaba por parir, la panza abultada, los pezones rozando el suelo. Esperé que los cachorritos salieran, uno a uno, de su vientre. Busqué una caja, los metí con su madre, y la subí a mi auto.

Retorné a la esquina para buscar al No-ser. Le dije que debía llevarlo conmigo y caminó detrás de mí hasta el auto, donde se acurrucó en el asiento trasero como pudo, entre la caja con los cachorros y la perra.

Ahora está en el “área 51” de impresoras Riviera. Ya no le tengo miedo. Me acerco de noche y dentro de la cucha está la perra con sus cachorros.  Los perros salieron todos con párpados dobles, como los pájaros, y con ojos rojos.

El No-ser no volvió a desplegar sus piernas por ahora. Una suerte.

I´m back.

Von Kong.

 

Padrastro

 

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Ph: Paul Camponigro. Apple/Universe.

Irineo contaba diecinueve años, cinco días, seis horas y veintidós segundos en el momento de su secuestro. Este el número 2084 de los posteos que escribí sobre él en esta red.

Necesitamos ayuda.

A las 24:33 de hoy cinco hombres entraron a nuestra casa, formaron un semicírculo delante de la cama con mosquitero de Ireneo, que no podía creer lo que ocurría, y lo señalaron con armas paralizantes. El único que no apuntaba era el jefe del grupo, su padrastro, con quien no se habla desde hace años. No es un pequeño pedazo de piel cerca de las uñas, sino un familiar que ejerce de padre sin serlo biológicamente.

Trataron de desactivarme pero no hubo caso. Soy transparente y el lazo que tengo con Irineo es demasiado fuerte. Los humanos hablan de lazos de sangre, pero este es un lazo de tecnología, ya lo saben.

A Irineo lo encapucharon. No sabe dónde lo llevaron. Puedo afirmar que lo bajaron en la Plaza Alsina, en Avellaneda. Es una de las plazas más exóticas de la ciudad, con arbustos frutales y plantas subtropicales.

El jardinero guió a los captores, hombres de traje, al subsuelo donde guarda sus herramientas. Bajaron las escaleras y una puerta de grafeno, casi transparente pero capaz de resistir las presión de cinco millones de individuos que antes, claro, morirían aplastados, asfixiados, se abrió para dejarlos irrumpir en un pasillo largo, en el que abundan el negro y el blanco, diseño inspirado en el ying y yang, o shakti y shÂkta según el tantra. A lo largo del pasillo hay monitores que transmiten lo que ocurre en las inmediaciones del parque. También hay androides de limpieza.

Tengo tres ojos, uno gran angular, otro normal y un teleobjetivo. Usé el gran angular, casi un ojo de pez, para observar la perspectiva de barril sin fondo del lugar. El pasillo está repleto de puertas del mismo material que la de la entrada, detrás de esas puertas hay personas que monitorean los canales de televisión, internet, radios, cámaras hogareñas y drones de vigilancia.

Como sabrán, no soy un drone de vigilancia, soy un ángel guardian, un escolta de Irineo, así nos llaman, por suerte. Escoltas.

Los cinco hombres acompañaron a Irineo hasta una puerta al final del pasillo. Es de madera tallada, procedente de Tailandia. El llamador de mano es el caparazón de la tortuga marina que está adosada a la puerta. Uno de los oficiales lo tomó y golpeó el resto de la representación del cuerpo del extinto animal.

Un mayordomo con un moño color azul ligero impecable, con un reloj de aguja colgando del cuello, hizo pasar a Irineo, que fue empujado por uno de los hombres.

Ya adentro, ante la orden del padrastro, uno de los oficiales le quitó la capucha. Irineo se fregó los ojos en la semioscuridad del gran salón comedor, iluminado por lámparas Tiffany.

Nos encontramos en una recreación de una casa de estilo mestizo, comunión entre lo europeo y lo oriental. En el comedor se destacan las vitrinas con objetos orientales que parecen comprados en una feria de Pekín, cajas lacadas, cofres para guardar el arroz, una estatua de Mao con un ramillete de rosas, mesas de madera y mármol agrietado en las que se colocaron cajas antiguas que servían para llevar el correo en China.

En las paredes lucen dos cuadros monumentales con marcos de oro, El jardín de las delicias de el Bosco y el Perro enterrado en la arena de Goya. No son originales. La mesa redonda de madera natural del salón comedor está separada de la entrada por una consola con dos veladores altos intercalados con floreros transparentes con rosas frescas. Los cortinados son rosados, el techo ocre. La mesa está flanqueada por sillas Sofía y está iluminada tenuemente por una lámpara Raigón que cuelga del techo. Rodeada de candelabros Xi, con los cabos de las velas apagados.

En mi vuelo también pude captar objetos funerarios dorados y lacados, distribuidos en la habitación y una cítara de color verde, puñales de bronce oxidados pintados de azul y una botella isotérmica china de hierro esmaltado.

Sobre la chimenea cuelga el retrato del padrastro en su juventud. Alejado de la mesa hay un biombo de ébano, acompañado de un globo de seda con estructura de bambú que ilumina el retrato, colgado en la pared, de una mujer oriental, con facciones muy parecidas a las de la madre de Irineo, debo apuntar. Detrás del biombo hay una cama de opio china convertida en un futón.

Me acerqué a una de las consolas, en la que reposa una colección de brújulas antiguas.

Volví a Irineo cuando lo estaban empujando a la mesa que estaba presidida por una mujer mayor. Rodeaban a la mujer dos chicas, sentadas en las sillas Sofía.

Los secuestradores ordenaron ocupar la silla libre a Irineo. La mujer le preguntó nombre y edad. Le dijo que sabía lo que había soñado y que lo necesitaban. Irineo agregó que había soñado con unas de las chicas que estaban presentes. Nunca la había visto, aunque se parecía a la compañera que le gustaba en la escuela. Irineo no tiene vergüenza.

La mujer ordenó que todos cerraran los ojos y se tomaran de las manos. Así lo hicieron, Irineo bastante asombrado por la belleza de las dos chicas volvió a abrirlos. La mujer cerró los ojos y apretó fuerte las manos de las dos chicas, que a su vez apretaban las de Irineo. El padrastro desde cerca, de pie, con los ojos bien abiertos, observaba con visible impaciencia.

La mujer tomó una manzana del centro de mesa, una frutera de vidrio, y se la pasó a una de las chicas, que soltó la mano de Irineo para sostenerla en el aire, sin abrir los ojos.

–Barletta, manifiéstate  ante nosotros– dijo–. Necesitamos su presencia. Queremos hablarle porque entendemos que es mensajero de otras entidades. Por favor, mándenos una señal. Y si con usted está la madre de Irineo, tráigala que la queremos con nosotros, su esposo INSISTE en hablarle.

La manzana comenzó a ser comida a mordiscos pequeños por un ser invisible como yo, pero no es un ser de grafeno, claro, sino me hubiera dado cuenta.

La mujer abrió la boca y comenzó a escupir pedazos de manzana con la cáscara y las semillas.

Entonces en los semblantes de las chicas se dibujaron unas muecas como si sonrieran por dentro. Lo mismo ocurrió con los de Irineo y la mujer. Una de las chicas se levantó y danzó en el medio de la sala antigua, se tiro al piso, se estiró, se levantó, hizo un paso como de ballet. Luego se detuvo ante la consola de las brújulas y tomó uno de los artefactos para llevarlo a la mesa. Lo dejó en el centro.

La aguja de la brújula daba vueltas sin parar.

El padrastro de Irineo, en el límite de su impaciencia, no aguantó más y se abalanzó sobre la brújula. La tomo en su manos y la dejó caer al instante porque el instrumento estaba muy caliente.

Se acercó a la mujer y le propinó un cachetazo, que le hizo voltear la cabeza. Luego el padrastro se llevó la mano a la boca como dolorido.

La chica que había vuelto a danzar en el centro de la habitación cayó al piso, como si la fuerza que la poseyera la olvidara, o como a mí cuando se me está por acabar la batería y debo buscar una fuente de energía natural. Todos abrieron los ojos.

–¿Dónde está Amalia?–dijo el padrastro de Irineo–. Sabe muy bien lo que estoy esperando.

–No es Amalia–contestó la mujer–. Le dije que es imposible contactar a su esposa.

–¿Y qué es lo que atrapó en su redecita, señora?–preguntó el padrastro.

–Son ellos, señor, siempre los mismos. Son… Bien… Son… De afuera.

–No me está diciendo nada nuevo–zanjó el padrastro.

–Necesitamos seguir en contactos con ellos, tal vez sean el único camino a la madre de este chico, su querida. Desde el primer día quieren decirnos algo. Necesito que usted nos traiga a otra joven para canalizar la energía. ¿Cómo puede ser que le interese más Amalia que hacer contacto con seres de otro planeta? Estamos en una dependencia del gobierno.

–Quiero que utilice sus poderes para que me traiga a Amalia, señora-dijo el padrastro. Y sus ojos se enturbiaron.

–Pero para eso no me llamaron, señor. No es el plan de sus superiores. Los científicos me dijeron…

–Los científicos están paralizados, señora– confesó el padre, señalando con la cabeza a los hombres de traje–. Ya no están a cargo de nada.

El hombre retrocedió hasta la puerta de entrada acompañado por sus secuaces. Antes de que saliera, la mujer gritó:

–Necesitamos más manzanas. Rojas, cuantas más lindas, mejor.

El padrastro asintió.

Sigo con Irineo. Estamos encerrados en esta casa mestiza en un hangar soterrado.

No soy un drone, soy un ángel de la guardia, como me llaman, por suerte. No tengo sentido del olfato. Pero tengo palabra. Esto huele mal.

Compartan, por favor.

Por Adrián Gastón Fares

Carreras políticas

No se lo esperaba.  Martín se restregaba los ojos rojos frente al monitor. Era casi mediodía. La tarde del día anterior había terminado un trabajo para Canadá, hackeó una tienda de ropa virtual y después había estado jugando hasta las cinco de la mañana.  Warcraft, Gods and Devils, un shooter en primera persona que simulaba que eras un agente anti terrorista, el viejo Swat que amaba, otro juego en el que dirigías una panadería de proyección internacional. Los resultados habían sido buenos, sabía que había superado a sus oponentes sin hacer trampas, pero no había reparado por cuánto los había vencido.

Y ahora estaba frente a la pantalla azul que decía Buenos días, Presidente No tenía ganas de cambiarse, no tenía fuerzas para enfrentar lo que sabía que tenía que enfrentar, pero se alegró de haber ganado algo. Bajó el volumen porque estaba sonando el himno nacional y sus oídos eran sensibles.

Nunca había ganado nada. Lo único que había obtenido había sido un paquete que alguien se olvidó al bajar de un colectivo. Era la última vez que había salido de su casa, hacía más de un mes. La chica se había olvidado el regalo de su sobrina y Martín, que pensó que sería algo de valor, un gadget o alguna prenda que le serviría, tomó la bolsa de cartón, luego de mirar dubitativo al chófer. Al bajar se dio cuenta que era un regalo para un niño y en su casa vio que dentro de la bolsa había una caja, y adentro de la caja unos zapatos para una niña. Eran blancos, de cuero sintético, con detalles dorados que brillaban, y Martín los miró sin saber qué hacer. Al otro día contactaría a la dueña a través de su cuenta bancaria y se los devolvería. No quería que ninguna niña se quedara sin su regalo de cumpleaños, ya que la caja tenía un moño. ¿Qué iba a hacer él con unos zapatos de niña?

Pero ahora tenía que volver a salir. Global Voices Entertainment lo había decidido. Era imposible seguir jugando. Su computadora estaba bloqueada. No había manera de encontrar ningún tutorial que le explicara cómo hacer desistir a la máquina de su saludo. En el celular lo mismo. Ni siquiera llamada de emergencia. Se repetía el escudo nacional y la frase tenía una única variación: decía Bienvenido. Bienvenido, señor Presidente. Todos los dispositivos estaban inutilizados por el mismo saludo.

El software que medía la capacidad de una persona había decidido que Martín era el hombre más inteligente de su país, de ahí que ese mensaje titilara, increíblemente, frente a su pantalla. De ahí que su sistema estuviera en suspensión hasta que no ocupara la computadora que realmente le pertenecía de ahora en más, la que estaba ubicada en el Congreso. Miró a su perro. No se permitían mascotas en el Gobierno así que tenía que hacer algo con el animal. Grateful, así se llamaba el perro, ya se había dado cuenta que no vería a su dueño por mucho tiempo, quizá nunca más. Lloriqueaba.

Fue a su habitación se caló la mejor ropa que tenía, camisa blanca, un saco, pantalones de vestir, zapatos negros. En la mochila, ya que no tenía portafolio ni valija, tiró unos libros, la pasta dental, el cepillo de dientes, un gel para el cabello, un repelente, un protector solar, un peine, una brocha y la máquina de afeitar. Su barba estaba bien crecida y eso no sería bien visto, pero lo único que podía hacer era lavarse la cara.

No sabía cuánto tiempo le llevaría llegar al Congreso, si es que llegaba. Podía estar días atrincherado si lo emboscaban. Como presidente, podía portar un arma así que adentro de la mochila ubicó una pistola, que era lo único que tenía para defensa personal.  Había pertenecido a su padre, que ahora estaba en una residencia para mayores. Se la había olvidado como tantas otras cosas.

Aupó al perro y golpeó en la casa de su vecina. La mujer no le hizo preguntas, hasta que no llegara al Congreso, no podía saber qué jerarquía tenía él ahora. Le explicó que tenía que visitar a su padre por unos días. Aceptó a Grateful y una suma de dinero para su cuidado. El perro lo observó mientras se metía en su coche y arrancaba. Adiós, Grateful, le dijo. Y la mujer de repente miró al perro como si entendiera que algo trascendente había ocurrido.

Hizo dos cuadras sin problemas. En la tercera, al doblar en la avenida, la camioneta negra empezó a pasar a otros coches para tratar de alcanzarlo. Martín pasó un semáforo en rojo. Miró por el retrovisor. La camioneta había desaparecido. Estaba cruzando una calle, a unas ocho cuadras del Congreso, cuando la camioneta le dio de lleno. Los airbags se inflaron. Su coche rodó por la calle hasta una panadería. Quedo atrapado en el coche y le costó salir, pero pudo hacerlo y se escondió dentro de la panadería que estaba cerrada. Debía ser domingo, claro.

Los disparos lo interceptaron antes de que pudiera saltar por arriba del mostrador. Pero ninguno dio en el blanco. Miró por arriba de su trinchera, cubierta de galletas y panes, y descubrió que dos agentes de Opium Researchers le apuntaban desde la puerta abierta. No se imaginaron que podía estar armado, ya que entraron sin ningún cuidado a la tienda. Aprovechó para sacar su pistola, levantarse y disparar dos veces seguidas. Los simuladores habían mejorado su puntería. Mató a los dos agentes de Opium. Pero no podía esperar a que llegaran los demás. Así que salió corriendo de la panadería y enfiló la calle hacia el Congreso. Las personas se detenían ahora porque se habían dado cuenta de lo que estaba ocurriendo. Un nuevo mandatario. ¿Lograría hacerlo?

Corría por la calle, y le disparaba a cualquiera que se interpusiera en su camino. Un vagabundo se cruzó con un palo. Martín no sabía cuál era su intención pero lo abatió sin ningún reparo. Un agente de Opium, detrás de un árbol disparó con tanta puntería que le dio en su pierna. Estaba por subir las escaleras del Congreso y llegar a su objetivo. Pero rodó por el suelo y se hizo el muerto. Cuando el agente de Opium se acercó para rematarlo, Martín incorporó la mitad superior de su cuerpo y le asestó un disparo certero en el pecho al agente que lo dejó fuera de juego. Así que, rengueando, subió las escaleras.

Todavía no podía creer el cómputo y el resultado; lo habían elegido entre millones. A pesar de que Global Voices dirigía al país, tenían que tener el mejor representante posible. Buenos días, señor Presidente ¿Cómo sería su vida si lograba traspasar la puerta del Congreso? ¿Quién sería la primera dama? No se sabía mucho. Tal vez una vieja decrépita. Pero se esforzó en verla como lo que tal vez fuera, una princesa atrapada en ese palacio.

Los de Opium no podían dispararle una vez que había pisado las escaleras, así que dos agentes observaban cómo subía, manchando a su paso de sangre los escalones gastados. Notó que no había excrementos de palomas. Claro, hacía rato que las habían exterminado.

La puerta estaba entreabierta como si lo estuvieran esperando. Así que sería el nuevo mandatario del país, qué lástima que no se le había ocurrido contárselo a su padre, que de todas manera lo olvidaría al instante. Qué lastima que no se lo había dicho a la vecina. A su ex esposa. Debería haberle dejado un mensaje que trasmitiera su nuevo estatus. Pero ya era tarde. Grateful lo sabía. Con eso le bastaba. No tenía amigos así que no podía contarle a ninguna otra persona. A los que le hubiera gustado contarles habían muerto, la mayoría detrás de su teclado después de una extenuante orgía de juegos. Ya no podían enterarse de la noticia.

La puerta entreabierta dejaba ver lo bien iluminado que estaba el Congreso. Tal vez pudiera derogar alguna ley y pedir que le dejaran traerse a Grateful. Pero, ¿cuánta sangre estaba perdiendo?

Miró por encima de su cabeza y vio que los de Opium esperaban abajo con sus pistolas en alto. Si no lo dejaban entrar, y todo era un error, podían abatirlo ni bien descendiera el último escalón. Pero ahora estaba arriba. Iba a ser presidente. ¿Qué eran esas formas oscuras su lado? Sólo las había visto de lejos, hacía mucho tiempo.

Estaba  unos diez pasos de la puerta cuando el mayordomo salió. Lo único que llegó a ver fue ese moño ridículo en el traje. Inmediatamente, el ex chófer del último presidente elegido por el antiguo sistema de voto universal, secreto y obligatorio, y ahora cuidador del Palacio del Congreso, salió con un arma de proporciones amenazantes.

Un estruendo y comenzó a sentir la quemazón. Su cuerpo se iba solidificando de las pies a la cabeza. Sus miembros inferiores ya estaban grises, y no podía moverse, un paso más hubiera significado partirse en pedazos. Mientras la rigidez se apoderaba de sus miembros superiores y los latidos de su corazón bajaban hasta hacerse imperceptibles, llegó a observar las formas.

El entumecimiento llegó a su cabeza y el último atisbo que tuvo del lugar donde estaba fue el del destino de los demás que habían sido elegidos como él. Estaban a su lado, más o menos ordenados en hilera, en diferentes poses dinámicas que recordaban su intención de traspasar la puerta del Congreso. Petrificados. Estatuas de futuros mandatarios, elegidos por Global Voices y neutralizados por el mayordomo del Congreso. ¿Existiría alguna relación entre los dos?

Lo último que escuchó, antes de convertirse en una estatua más, en un objeto de exhibición, fue Adiós, señor Presidente. La voz de un niño.  Debía haber empuñado y soltado el globo que llegó hasta él, rodeó su cabeza de piedra, y siguió ascendiendo.

Adrián Gastón Fares

Madrastra

 

Sí, patalea mucho, Fran.

¿Marta? Está bien. Bueno, no tan bien. Está en la habitación, meditando hace varios días. Tengo miedo de que se convierta en Leona justo ahora. No aguanta que papá esté internado.  El otro día me dijo que trate de abortarlo.  Está claro que cuando una conciencia llega a la familia otra debe partir. Estoy preocupada, creo que no quiere que lo tenga. Así va a conservar a papá. Eso es lo que pensaba. Después entró en sadhana, justo después que te fuiste. Le expliqué que papá está bien. Pero el miedo es más potente. Ella dice que no tiene miedo, que son hechos.

Esperá, sí, me tiembla la voz. Marta está levitando. Si sube un escalón en su jerarquía estoy lista. No estoy acostumbrada a ver a alguien flotar en posición de loto. Estoy muy nerviosa. Ahora apareció en la puerta. Sus ojos están azules. Es una Leona, Fran, estamos listas. Necesito tu ayuda. Viene hacia mí. No sé si voy a poder sostener mi prana para seguir comunicándome con vos. Venite. Venite cuanto antes. Se convirtió en una Leona, me mira con las fauces abiertas. Tiene colmillos, los lóbulos de las orejas le cuelgan, la piel color dulce de leche pegada a las mejillas. Estamos listas. Ahí viene.

Me está pegando, Fran. Si alguien llega, el otro se va, dice. Ese niño no puede nacer, dice. Ahora puede dominarnos. Pienso en los chicos, en los alumnos, la mayoría tiene problemas de atención, están por debajo de los Leones y de las Zorras como yo. Son Abejas, pero tienen mucho potencial. Chicos, no voy a poder leerles el cuento que tenía pensado para que trabajen en sus casas.

Me está arañando con sus uñas azules. Le crecieron. Es una Leona. Estamos listas. Dice que estar en Vilcabamba, beber agua de un río, la ayudó con la transformación. Pero a papá le hizo mal. Demasiado para él, ya está grande.

Sangro, Fran. Logró reducirme en el piso, metió la mano debajo de mi vestido. Me siento toda babosa. El vestido se está manchando de rojo. Rebusca con la mano. Me lo está sacando. Puedo escuchar como llora. Está llorando. Sí. Me lo sacó, Fran. Lo tiene en la mano. Cortó el cordón umbilical con sus uñas. Me desmayo. Se está alejando, camina hacia la puerta mi madrastra con el bebé envuelto en la manta incaica del sillón.

Hay que tirarlo a la basura, dice. Por papá, por tú papá, dice. No debe vivir. El va a dejar la clínica ni bien este ser nuevo desaparezca. No hay lugar para todos. Repite, si uno viene el otro se va. Tu papá no se va  a ir.

Se lo lleva, Fran. Se lleva a nuestro hijo. Es puro como nosotras dos. Con lo que nos costó. Estás lejos. ¡Necesito que vengas urgente. Fran! No puedo escucharte. Mi prana está bajo. No me puedo concentrar. La escuchó a ella, es un ser andrógino ahora, ya la vejez lo había hecho, la había convertido en un ser andrógino, pero ahora se le nota mucho más. Es una Leona y puede decidir sobre nuestras vidas. Está en su derecho, dice. Ella manda. Va a salir, se va a llevar al bebé. Llora. Qué lindo, qué terrible escucharlo llorar.

Me levanté y caminé hasta la puerta para detenerla. Pero me di contra un campo de energía. Lo creó ella, claro. Una pared invisible. No sé si me estás escuchando, Fran o estás en modo contestador. Casi no te escucho. ¿Va a quedar grabado todo esto? Quería decirte que te quiero. Fue un error separarnos justo cuando Marta daba señales de ascender un peldaño sobre nosotras. No puedo pasar. Está abriendo la puerta.

Están los nenes, mis alumnos. Todos con los ojos azules. Sabía que tenían mucho potencial. Se ve que me escucharon, Fran. No la dejan salir, son seis. Apenas caben en el pasillo. Pero están contrarrestando el poder de Marta.

Me caigo, la pared de energía se desintegró. Gracias a ellos. Estoy en el suelo, sangrando. Sin fuerzas. Marta salió volando. Ellos lo lograron. Está aprisionada contra la pared. Tiene la lengua afuera, es larga, es afilada. Quiere atacar pero no puede. Los nenes me están rodeando. Pero Marta se está por escapar. Es un hija de puta, tiene mucho poder ahora. Los nenes me rodean. Escucho sus mentes. Maestra. Maestra me dicen. Lo lograron. No tenían déficit de atención. Nuestro bebé está en el suelo, arropado. Los nenes lo hicieron.

Marta ya no está contra la pared, Fran. Desapareció. Veo las caras de los nenes, todavía tienen los ojos azules, tal vez pasaron de Abejas a Leones sin escalas. Es único. Pero están… están congelados ahora. No pueden moverse. Escucho que sus mentes repiten la palabra Maestra, Maestra. Hicimos lo que pudimos, dice la nena.

Marta está suelta. Dios mío, cae desde el techo, como una rata o un vampiro. Escupió sangre. Los nenes pétreos, bañados en sangre.

La tengo enfrente, con los ojos bien abiertos, la lengua larga, abre la boca cada vez más. Se los va a tragar, uno a uno a los nenes y después…

Mis alumnos serán su cena, nuestro bebé el postre. Todo sea por papá, yo no puedo hacer nada, Fran.

Si uno llega, el otro parte, trasmite Marta.

 

Por Adrián Gastón Fares

Kong 11.

Hola Kong,

¿Así que anduviste persiguiendo a un enano que escupía por las orejas? Ajá.

Yo te transfiero estos pensamientos desde la cola de un supermercado. Hay un pareja con un nene delante de mí. Me acordé de tu carta porque el nene le dijo a la cajera que se saque los aros, que eran demasiado grandes para sus orejas y que se las iban a romper. La cajera se ríe. El padre le pregunta a la madre si llevan media ananá. La madre le dice al nene: “¿estás seguro que vas a probarla?” “Mamá, sí”, dice el nene. El padre le dice a la madre que si el nene la quiere, la llevan. En fin. Mientras viajo al futuro.

En mi presente existe un científico llamado Craig Venter que es un apologista de la impresión 3D de genomas y llama a estas impresoras teletransportadores biológicos. ¿Realmente llegamos a que un ser humano pueda inventar cualquier bicho que se le ocurra? No me jodas, Kong.

Después de que publiqué el relato titulado Hacer llover, donde me acerco a la figura del ingeniero Baigorri, un vecino de Villa Luro que decía que podía hacer llover con su máquina en 1940, comenzaron a llegarme email de gente interesada en el tema. No recuerdo si te lo conté, pero fui contactado por una persona que decía estar en España y afirmaba que la máquina de Baigorri se encontraba olvidada en un garaje, cuya ubicación él conocía. Me invitaba a viajar para salvarla de su destrucción. Creo que esa persona me agregó al Messenger, y chateó conmigo un poco, hasta que pensé que, claro, era una broma que me estaban haciendo. Luego fui contactado por un estudiante de cine que quería filmar una película sobre Baigorri, por un escritor que estaba trabajando en su libro y por otra persona, el rainmaker uruguayo Nelson Guizzo, que me ha dejado comentarios al respecto. También un periodista cordobés me invitó un café para preguntarme todo lo que sabía sobre Baigorri.

Sé algunas cosas de Baigorri, simplemente porque con el grupo de facultad con el que filmamos un cortometraje sobre su historia viajé a Villa Luro y tuvimos acceso a la casa que el inventor habitaba. También entrevistamos a una viejita, cuya casa era una especie de centro cultural y parecía estar ubicada en otro universo. Y es la sensación que tengo de tus cartas, que provienen de otro universo, uno paralelo, que no pueden ser reales, pero a la vez lo son, porque existen y, de alguna manera, me llegan.

Hacer llover no debe ser tan distinto a filmar una película o terminar una novela. Crear No-seres: ¿a qué se parecerá?

En tu tiempo la bio-impresora que vaticina en la actualidad Venter, o más bien prueba, es una realidad y ya estoy imaginando apuestas por peleas de No-seres. Entiendo por tus cartas que existen tratados de ética al respecto. ¿Es una forma de arte también?

Aristóteles decía que el arte imita la vida, Platón recomendaba que el arte no copiara la realidad, porque estaría copiando la copia de una idea, algo fútil. El arte debía ser sublime entonces y llegar a La Idea.

El arte de imprimir vida parece más cercano a la idea del arte de Platón que a otra cosa. A higher truth como dice Chris Cornell (¿lo conocés?) en su canción. Tal vez la diégesis sea el camino.

Todo esto viene a cuento de que descubrí que antes de detective, fuiste pintor y músico, y que en algún lugar guardás los lienzos que mojabas con tu pincel, copiando esta vez sí, a los No-seres que perseguías y encontrabas en lugares ocultos como cierto rancho en Córdoba, donde te imaginé acechando las creaciones de un impresor de No-seres para hacer los dibujos que terminaban en tus cuadros.

Y sé que el primer No-ser que viste en tu vida fue en Adrogué, en un geriátrico con muchas plantas, donde fuiste a visitar a tu abuela. Y resulta que tu abuela estaba sonriendo sola, mirando la nada y te acercaste a ella y lo que tenía enfrente, volando, era un hada translúcida que tu abuelo había creado antes de morir. Y el hada no tenía aspecto de hada, sino que poseía dos dientes filosos para succionar el néctar de las flores y así sobrevivir. Y sus ojos eran como los de una serpiente o un gato negro. Tu padre logró atraparla, guardarla en una jaula y la alimentaba todas las noches con miel, hasta que tu abuela murió y la depresión fue tan fuerte que tu padre abandonó el hada y una noche la encontraste tirada en la jaula, muerta.

Sé que pasaste un momento difícil, que perdiste a Taka y que luchaste contra la soledad y la desesperación. Supongo que estaba escrito que Taka se alejara… Pasa, Kong. Pero cuando decimos que algo está escrito: ¿dónde está escrito? ¿qué lenguaje usa el destino?

Me causa gracia esto porque, en general, ¡sos vos el que me escribe en este tono!

Pero ahora la práctica de la esgrima te ayudó a salir adelante. La meditación, gracias a la cual podemos comunicarnos, siempre da frutos.

Hay algo que no me estás contando, Kong. Me gustaría saberlo. Tal vez es sólo mi imaginación.

No quería dejar esta carta sin decirte que yo estoy bien, que estoy comprando muchos libros, que no quiere decir que los lea a todos, rescatándolos de no se qué fin, escribiendo, tratando de ponerme a filmar cuanto antes. Trabajando duro y parejo en todo, en la Obra Social, pero también en los proyectos que tenemos en Corso.

Bueno, tengo que mostrarle a la cajera que mi bolso no contiene ningún producto del supermercado. Te dejo con esta pregunta.

¿La gente sigue yendo al cine en tu tiempo? ¿Las librerías de saldo siguen existiendo en Buenos Aires?

 

Un abrazo grande, querido amigo.

Adrián Gastón Fares

 

No te demores

 

“Es ella. Es ella”, no dejaban de repetir en el restaurante. Una nena dejó el asiento junto a su madre y se acercó a la figura con el rodete de trenzas que le coronaba la cabeza. “¿Me podés hacer un dibujito?”, le preguntó. Y la mujer asintió, tomó una servilleta y con un lápiz que sacó de un bolsillo de su vestido azul dibujó a la nena con el cuerpo infestado de tornillos y una aureola de estrellas en la cabeza. Lo firmó y se lo entregó. Los clientes la miraban con la boca abierta. La mujer no hablaba ni tomaba el café. La pelusa negra arriba de sus labios llamaba la atención, su atuendo azul estampado con flores rojas llamaba la atención.

Escribió en una servilleta, la lamió y se la estampó en la frente. Decía “Nos vamos”. Se paró y salió del lugar, los que estaban adentro la siguieron.  Caminó hasta un hombre de mediana estatura, entrecano, con un mostacho de morsa y el hombre la miró y dijo “el ego es una falacia, reconozcan la falacia: experimenten el cosmos”. Desafió con su mirada al grupo que había seguido a la mujer. “Es él, es él”, repitieron los jóvenes después de consultar el celular. Le sacaban fotos. La mujer del rodete, el vestido floreado y la pelusa arriba de los labios miraba con reverencia al hombre que tenía al lado, luego tomó su mano y la besó. El hombre dijo: “dejen de luchar contra los monstruos porque el abismo también los mira, el abismo los convertirá en monstruos” La madre con su hija se escapó del grupo que rodeaba al hombre con mostacho. Caminó rápidamente hacia su coche. Abrió la puerta, entró, y con respiración jadeante, intentó arrancar. El sistema automático del coche no andaba. La madre miró a la nena, que estaba embobada con el dibujo. Desde los asientos traseros una figura interpuso la cabeza entre las dos. A la mujer se le saltó un grito. La misma mujer, con el rodete y la sombra en los labios, era como una película de terror. “A la nave”, dijo.

La madre abrió la puerta del coche, agarró a la nena del brazo y salió corriendo por el estacionamiento. La gente seguía rodeando a la mujer con rodete y el hombre con mostacho que decían al unísono: “A la nave”. La otra mujer, idéntica a la que seguía con el hombre, salía del coche y avanzaba hacia la multitud.

La madre llegó a la parada de colectivo en esa avenida amplia. Ahora la mujer enfilaba hacia ellas, las había visto y venía directo, a paso lento pero seguro. También venía el colectivo. La madre alargó el brazo, desesperada y el colectivo se detuvo. Se abrieron las puertas, hizo subir primero a la nena y cuando iba a subir ella, vio que el colectivero era el hombre con mostacho de morsa.  “Los que bailan son tomados por locos por los que no pueden escuchar la música”

–No es Nietszche–le gritó la madre. – Es una frase falsa. Usted no e…

–Vamos a la nave– interrumpió el chófer.

–¿A qué nave?– preguntó la madre.

En el fondo del colectivo había otra mujer con rodete, vestido floreado y pelusa arriba de los labios, rodeada de varias personas, sentadas a sus pies.

–¡A LA NAVE!– repitió la mujer –. Donde no puedan amar, no se demoren.

–Es ella, mamá. Es ella, es la mujer del Face– dijo la nena.

–No, no es ella.

Caminó con su hija de la mano hasta la mujer que estaba sentada en el medio de los asientos traseros. Una chica que estaba sentada en el piso del colectivo la miró y le dijo “En honor a ella le puse el nombre a mi gatita” Otro chico agregó “Vamos a la nave, nada malo”

La madre no podía creer lo que escuchaba. Un joven lampiño que estaba sentado detrás del chofer miró por encima de sus hombros y dijo:

–El paraíso está cerca, a la vuelta de la esquina.

La madre negaba con la cabeza.

–Esta no es Frida, gente. No se dan cuenta, los están llevando al matadero.

El chofer soltó el volante, se atuzó el bigote y dijo:

–No me molesta que me haya mentido, pero ya no puedo confiar en usted.

La madre lo miró con asco.

–Y usted no es ÉL. ¿Qué son? ¿Qué quieren de nosotros?

La mujer con rodete soltó la mano de la joven y dijo:

–Nos vamos.

Miró a la joven y agregó:

–Aquellos que critican a los demás revelan sus propias carencias.

La madre se ofuscó, apretó la mano de su hija, que en la mano libre tenía el dibujito hecho por otra de esas mujeres con rodete y vestido floreado, y se plantó en seco:

–¡Esa frase no es de ella!

El hombre con mostacho de morsa abrió la puerta trasera del colectivo, la mujer con rodete se levantó y le clavó una mirada acerada, enmarcada por sus cejas espesas, a la madre y preguntó.

–¿Se bajan? ¿O vienen con nosotros a la nave?

La madre repasó todo el colectivo. Observó a la chica con mirada enternecida, al muchacho lampiño entusiasta, a los otros jóvenes exultantes que rodeaban a la mujer, chicos con barba tupida, bien delineada, y chicas con trenzas sueltas o enramadas en la cabeza, todos con destellos alegres en los ojos, y finalmente a su hija.

–Es ella, mamá. Tenemos que ir.

–Sí, es ella, hermosa–le contestó, mientras le acariciaba la frente.

Las puertas del colectivo se cerraron.

 

 

A. F.

 

Lemuria, o el fin del viaje

Lemuria, o el fin del viaje

Avanzamos por la costa de Manakara, donde las elevaciones se abrieron para ofrecernos el océano, que está ahí frente a nosotros, como una exhalación del pasado ya. En el borde de la escollera, a dos pasos del agua, esperamos que el mar se abra también, pero nada ocurre (el tiempo se detiene otra vez y nos reconocemos; sabíamos que estábamos perdidos, pero no tanto); es posible que mañana al levantarnos en la oscura roca, nos vean desde el cielo mientras se alejen y se pregunten qué hacemos acá, como nosotros nos preguntaremos por ellos, más que nada por todos esos nenes que abrirán sus ojos en otro mundo, que no sabrán que huyeron.

A las miradas escrutadoras (¿habrá alguna?; ignoramos si desde los cohetes la tierra se verá) les contaremos que seguimos al lémur y que el animalito nos paseó por vastas regiones que hasta el momento creíamos inexistentes, no por imposibles sino porque jamás las habíamos soñado en nuestra cómoda seguridad. El lémur nos mira con sus brillantes ojos, retrocede y se rasca la cabeza, mientras su cola anillada serpentea a ras del suelo.

Y nos dormimos, mirando al animalito que nos recuerda que no hay otra, que los últimos cohetes ya salen y los pobres e ingenuos quedamos afuera, qué le vamos a hacer; esta destrucción será el principio de otra evolución, la nueva selección nos apartó de los demás y nos dejó sobre esta roca fría, donde nuestras pisadas son lavadas sin asco por el agua constante, en latigazos helados que nos dejan tiritando frente al lémur.

En el sueño recordamos nuestro tránsito, las vueltas que nos llevaron por rocas y más rocas, como si éstas fueran un símbolo secreto que huyó del azar para encontrarnos a nosotros y dejarnos pensativos y confundidos frente al itinerario del lémur; el estrecho desfiladero que nos reveló Petra (el lémur husmeó con énfasis y desechó muchas grietas), el recinto del Gran Zimbabue, donde el animalito pareció por un momento encontrar lo que buscaba en la torre cónica. Recordamos nuestro suspiro y el escepticismo que nos había noqueado ya antes de que el lémur saliera de la torre y se alejara de nosotros para desandar el camino.

En el sueño visitamos las alcantarillas de Mohenjo-Daro, donde encontramos al lémur con ese aire de seguridad en la búsqueda que a todos nos faltaba. Decidimos seguirlo. Mucho tiempo después, y también en el sueño, cruzábamos en una barcaza el Canal de Mozambique, porque el lémur se encaprichó con la embarcación.

Despertamos con el ruido de las primeras explosiones; los ojos del animalito desesperan. Los cohetes nos abandonan, los niños amanecerán mañana en un nuevo hogar. Miramos al lémur, reconociendo el fin de nuestro recorrido; otra explosión (otro cohete sale al espacio, las explosiones hacen que quieran abandonar el planeta lo antes posible) y el animal corre hasta la punta de la lengua de tierra que nos sostiene y da tres alocados saltos; nosotros lo tomamos más tranquilos, ni el sueño nos repuso del escape y estamos muy cansados.

El lémur vuelve, da otro salto y reconoce una grieta, una separación en la roca tan insignificante que apenas pasaría su cuerpito. Nos acercamos y, vencidos, rodeamos al animal, mientras otra explosión hace que más cohetes se lancen al espacio. Mientras escuchamos el final de todo, la cola del lémur se tensa en un espasmo de alegría y lo perdemos en la grieta, donde se mete dichoso de encontrar la roca sumergida, el continente que siempre supimos que buscaba, pero que está vedado justo para nosotros.

Adrián Fares