Kong 17

Querido Adrián (¿o debo llamarte Gastón como te dicen algunos extranjeros?)

Jamás he vendido una Impresora Riviera. Sí tuve un romance ocasional con una vendedora cuando recién había sido incorporado a la empresa.

Nos suelen sacar las impresoras de la mano, como diría un vendedor, así que la publicidad que hacemos es mínima. Los No-seres son tan útiles para los humanos que la gente sólo piensa en traerlos al mundo.

Toman agua, ya que son organismos como cualquier otro, y toleran mejor el cloro que nosotros. Claro que depende del No-ser.

He llegado a ver un No-ser creado por un panadero que era un brioche. Al panadero le encantaba que el pancito respirara, su parte superior se elevaba y bajaba. Lo usaba para decorar la vidriera de su panadería francesa. Como supondrás este organismo ni tomaba agua ni comía, sólo se cargaba o alimentaba con los rayos solares.

Así que a algunos les gusta crear estos organismos simples que a mí me tienen sin cuidado.

Más allá de eso, un pan que respira es algo hermoso.

Por lo demás, el gorila que lleva mi apellido me estuvo espiando. Conoce todos los lugares que frecuento gracias a Taka. La intención de este grupo está clara: quieren liberar a los No-seres que tenemos presos en la zona de seguridad de la empresa. Aclaro que los No-seres no estaban organizados antes y hace pocos años que algunos se unieron para defender unos derechos que nunca tuvieron y declararnos la guerra.

El otro día apareció en la reserva ecológica una almeja gigante. Me encomendaron el caso junto al inspector Paulo. Es más robusto que yo, tiene mi edad pero parece mayor. Es confortable tener un compañero. Desde que Taka se pasó al otro bando, al que en realidad siempre había pertenecido, hacía mi trabajo más bien solo.

Sobre el río, detrás de la almeja gigante, flotaba una lancha. En el vehículo el gorila hacía retumbar su pecho con los golpes secos de sus puños peludos. A su lado estaba Taka. La encontré más bella aún. Parece haber mejorado su postura y su vestimenta. Pude ver que llevaba un vestido con el cuello redondo, de color azul.

Detrás del gorila y Taka estaba un hombre de traje negro con la cara muy larga, desproporcionada con el resto del cuerpo. No se trataba de un enano, si no de un No-ser de un metro setenta, pero repito, su cara angulosa y puntiaguda llegaba hasta la mitad de su torso. La melena larga y negra. Me habían hablado de este No-ser que era probable que fuera el cerebro de los insurgentes y la actual pareja de Taka. Así que me entristecí. Pero enseguida dominé la tristeza y recordé las cosas que tenía que recordar sobre Taka.

Ella apareció por primera vez entre los senderos de una plantación de flores un día en que los rayos solares fueron tan potentes que arruinaron toda la cosecha de ese año. La encontraron riendo sin ningún motivo en el campo.

Pero no quiero desviarme de mi narración. La lancha se alejó a toda marcha. Pensé que tal vez era la última vez que vería a Taka, aunque a ciencia cierta no lo podía saber. Antes de perderla de vista, Taka se desabrochó su abrigo y en la remera que tenía debajo figuraba una inscripción en hiragana. Pude leer Itsumade. El significado de esto no me quedó claro, ya que no sé bien japonés. Sí entendí que el gorila que la acompañaba era un guardaespaldas. El semi animal contrastaba con la pequeñez de Taka. ¿Qué me estaría queriendo decir Taka? No era un buen momento para pensarlo.

La denuncia de la almeja gigante en la reserva la hizo un cuidador. El hombre no paraba de reír. El No-ser emitía un gas de tonalidad azulada que se estaba extendiendo por la costa. Las valvas de la almeja estaban casi cerradas, pero de su separación sobresalían dos tentáculos. Uno de ellos, el sifón exhalante (las almejas tienen uno inhalante también) expelía el colorido gas.

Convenimos con Paulo en que no podíamos llevarnos en la camioneta a semejante monstruosidad. De hecho, el No-ser que había dejado el hombre de cara larga y sus secuaces tenía un tamaño de tres camionetas apiladas una encima de otra.

Bajamos de la camioneta con guantes y máscaras antigás.

Lo primero que pensé fue ¿cuántas paellas podrían hacerse con semejante bicho? Me dieron ganas de reírme, pero me di cuenta que el gas de alguna manera se me estaba colando en la máscara y era la razón de la alegría estúpida que me dominaba. El cuidador no paraba de largar carcajadas señalando la almeja y se había orinado en sus pantalones.

Entonces, mientras veía la línea oscura que dejaba la lancha en el río y la espalda peluda y enorme del gorila que se alejaba en ella con Taka y el otro No-ser, me di vuelta para mirar hacia donde se dirigía el gas. Se iba expandiendo por la costa pero también flotaba sobre las malezas a mis espaldas.

Había varios árboles. Alrededor de uno de estos, una higuera, el gas se había instalado. Caminé con Paulo hasta el árbol. Los frutos eran nada menos que caras. Las caras, de facciones orientales, parecían pequeños dioses budistas y no paraban de reír.

Taka me había contado una historia parecida. A Taka le gustaba contar historias, es una de las cosas que extraño de ella. Ese árbol tenía que ser su creación.

Si estábamos en la historia que yo pensaba entonces había una manera de recoger esos frutos.  Les pregunté, con voz gangosa a través de la máscara, qué pensaban hacer el fin de semana. Sin parar de reír, las caras-frutos se miraron unas a otras.

Una debía estar más madura que las otras ya que se envalentonó y respondió lo siguiente: Reírnos.

Ni bien la cara-fruto terminó de decir esto cayó al suelo. Paula la recogió y la metió en una bolsa de arpillera grande con la R de Riviera tejida en color rojo que tenemos para estos casos. No debíamos dejar rastros de ese árbol del demonio que podría contagiar la risa insoportable a los humanos.

¿Eran sólo unas caras risueñas o tenían un mísero nombre?, les espeté para molestarlas un poco. Contestaron todas juntas nombres inteligibles y se desprendieron y cayeron al suelo como paltas maduras.

Recogimos todas las caras-frutos del suelo, que ya no reían y las dejamos en la camioneta.

La almeja, con sus estrías azuladas, sus valvas entrecerradas y sus tentáculos casi hundidos en la arenilla era intransportable para nosotros. Seguía despidiendo ese gas que lo nublaba todo y que había convertido al cuidador en una especie de bebé incapaz de controlar sus esfínteres. Nos volvimos a acercar, pero a la mitad del camino el No-ser separó sus valvas y expulsó a un segundo ser de cara larga.

Bañado en una especie de plasma rosado el nuevo No-ser se incorporó, se deshizo de la baba que lo recubría, cortó un asqueroso cordón umbilical que lo unía al molusco, y empuñó una ametralladora que sacó de su traje en un santiamén, con la que nos apuntó y disparó.

La niebla le jugó una mala pasada porque la ráfaga de disparos fue a parar al árbol de las caras, ya sin esos molestos frutos por suerte, que se derrumbó a nuestras espaldas y que para colmo se prendió fuego.

El custodio de la reserva fue alcanzado por la ráfaga de disparos y dejó de reír y de orinarse en los pantalones. Cayó muerto.

Nos dio tiempo para sacar nuestros pistolas con dardos tranquilizantes para No-seres y disparamos. El No-ser de cara larga, que era una especie de gemelo del de la lancha, quedó tendido en el suelo frente al molusco gigante.

Nos comunicamos con nuestros jefes para que enviaran un vehículo que pudiera remolcar a la almeja hasta el hangar donde guardamos los especímenes más grandes. Mientras tanto, el No-ser de cara larga despertó, se llevó algo a la boca y luego de succionarlo comenzó a convulsionar. Tratamos de interrogarlo pero murió en nuestros brazos.

Lo empaquetamos para trasladarlo a la morgue de Impresoras Riviera. La autopsia de los No-seres es un proceso delicado que sólo tres científicos argentinos especializados en estos organismos pueden realizar. Suele ocurrir que un No-ser muerto se levanta como un zombi y debe ser neutralizado.

A veces proyectan su verdadero ser, podemos decir, que no era otro que el que estaba oculto en el No-ser que lo contenía, así que un nuevo cuerpo se despega del No-ser muerto y ensaya un sucedáneo de viaje astral para escabullirse de la camilla.

Por lo general, en estos casos quedan flotando en un vértice de la habitación y hay que capturarlos.

Bueno, la almeja gigante, que cesó de expeler ese gas inmundo, está en nuestra área 51, como me gusta llamar al lugar donde sólo los inspectores de alto rango como yo pueden acceder.

Tengo otro caso ya mismo. Sólo te adelanto que una otaku (o amante de la cultura japonesa, como sabrás), creó un No-ser que es un fantasma nipón, de cuello largo, varios metros, que termina en una cabeza humana horripilante, pelada y con los dientes ennegrecidos.  Y que la cabeza, siguiendo estos cuentos, se mete en la casa de cualquier vecino para robarles el oxígeno y comerse a sus mascotas.

Allí iremos con Paulo, porque el deber nos llama.

Estaremos en contacto, Adrián.

Von Kong.

Kong 16

¿Qué tal, Kong?

¿Cuando empezaste fuiste vendedor de las impresoras biogenéticas Riviera?¿Vendías las impresoras que ahora confiscas a los que las usan para crear No-seres ilegales?

¿Te parece bien, Kong? Digo, perseguir No-seres. ¿Son tan mortíferas y peligrosas las creaciones de la mente humana?

Otra pregunta: Los No-seres. ¿Suelen crear No-seres? ¿O sea usar las Impresoras Riviera para crear otros entes como ellos?

Bueno, el otro día, siguiendo un plan mecánico que vaya saber qué significa para mi inconsciente, atendí el llamado de un desconocido. Si bien ahora formalmente no necesito trabajo porque tengo bastante, la curiosidad fue más fuerte.

Juan –voy a conservar su identidad intacta– me dijo que no podía revelarme de qué se trataba el trabajo ni la remuneración. Me preguntó si me interesaba el dinero o el crecimiento entre otras preguntas existenciales como si prefería trabajar freelance, en relación de dependencia y si part-time o full-time.

Ante mis respuestas, me citó en un conocido hotel internacional.

Después, pensé que es peligroso ir a una entrevista de ese tipo. Ni siquiera conocía el nombre de la empresa empleadora. No me había pedido el CV ni había sabido decirme bien de dónde me había sacado. Me podrían quitar los órganos o algo así y nadie se enteraría. O me sacarían en una caja de cartón para venderme como esclavo.

A las once de la mañana me estaba tomando un café en el restaurante del hotel, buena presencia me dijo Juan, así que me puse la campera nueva, que en realidad es un buzo pero cumple las funciones que yo requiero de estos abrigos, que es que sirva a la vez para tapar el cuello, porque odio usar bufanda. Abrí un libro de Ramón Menéndez Pidal, un estudio literario sobre El condenado por desconfiado.

Hago un aparte. En esta obra, se pondera la intención de un ladrón por sobre la virtud de un sabio ambicioso y egoísta. Pidal explica que la historia tiene las raíces hundidas en la literatura oriental.

Ahora que te mandó este mensaje mis cavilaciones giran alrededor de este tema. Ya lo había pensado. Te cuento que no practico tai chi sino yoga. Se ve que hay ligeras desviaciones entre la información que te mando y la que te llega. Yoga.

La otra vez en la practica pensé. ¿Cuál es la diferencia entre un ser humano que toma sol en una reposera y otro que medita?

Te diré, Kong, que pienso que no hay ninguna diferencia. La única es la intención. La mujer o el hombre que toma sol sólo piensa en cómo su piel se verá beneficiada por el tinte anaranjado que la teñirá para hacerla más bella y saludable –no sé en la tuya, pero en mi época la palidez no es recomendable, más bien se relaciona con los zombis, las poseídos, vampiras y vampiros, y otros seres aún inexistentes en esta dimensión, o por lo menos eso creo–. El que medita tiene por fin terminar con el apego a lo terrenal que genera su ego y así unir su espíritu a la totalidad. Por lo menos eso es lo que voy entendiendo de la meditación.

La intención. El savasana tiene que ver más con la relajación, pero es lo mismo. Intención. Me gusta esta palabra que empieza con i y termina con n.

Sigamos con el tema central de esta misiva. Tuve que cerrar el libro de Pidal.

Juan me vino a buscar a la recepción del hotel y me guió a su oficina. Me ofreció un chocolate caliente que rechacé y nos sentamos a escrutarnos con los ojos y los oídos.

Preguntó cuál era mi trabajo preferido. Hablamos de cine, de escribir, de los extras, porque él había sido extra de cine, y se había desempeñado en otras tareas relacionadas con el espectáculo como la seguridad.

Sí, Juan había sido guardaespaldas de un empresario de la música que traía estrellas de rock internacionales para que tocaran frente a las masas argentinas enardecidas. Me aseguró que su trabajo, que tenía que ver con la seguridad de las estrellas, era, valga la redundancia, seguro. El aspirante a delincuente debía pasar varios puestos en un estadio hasta donde estaba Juan despreocupado para detenerlo. En las calles era más fácil porque nadie sabía que, por ejemplo, Axl Rose, iba en tal coche y así los posibles atentados se atenuaban.

Estos trabajos, si bien placenteros, como el de extra, y redituables, como el de seguridad, que incluso contaba con la ventaja de ver los shows gratis y de cerca, no servían para el objetivo económico y la realización personal de Juan.

¿Por qué?

Existía otra manera para él de llegar al éxito, de disponer de mucho dinero y que el dinero generara tiempo libre para ocuparse, en sus propias palabras, de tu abuela moribunda, por ejemplo, porque en un trabajo en relación de dependencia, eso era imposible: a tu jefe le importaba tres pepinos tu abuela (aclaro que en mi presente los tres pepinos salen bastante caros, con lo que un jefe podría encontrar esta comparación poco favorable; en el tuyo, Kong, tal vez no existan o hayan evolucionado y tengan otro nombre)

Hago otra digresión para acotar que me pareció un golpe bajo de manipulador lo de la abuela moribunda. En la parte estaba el todo, ese pequeño desliz, podía anticiparme lo que me esperaba y si hubiera usado mi instinto como un animal me hubiera levantado en ese mismo momento.

Ok. Juan manoteó su bolso y extrajo dos libros. Los dos eran del mismo autor hawaiano de origen japonés, cuyo nombre no recuerdo, pero cuyas obras exhibidas por mi anfitrión sí, especialmente una, que ya había visto en algunas residencias: Padre rico, padre pobre (o al revés, lo mismo da)

En una hoja, Juan trazó una línea recta vertical y puso de un lado la letra E y la A, y del otro la D y la I. La E.

La E, explicó, era de Empleado. El empleado tiene una ganancia fija, honorarios pactados, no tiene libertad y en suma representa a la evolución de la esclavitud. La A es de Autónomo, freelancer digamos, en ese caso para Juan no tenía seguridad económica, estabas atado por una demanda de trabajo oscilatoria y así serían tus ingresos.

A este primer grupo corresponden  el 95 por ciento de la población mundial. Al siguiente, el 5 por ciento restante.

Del otro lado de la línea, que era, calculo que no casualmente, finita, la D significaba Dueño y la I, Inversor. Si sos Dueño, tenés más tiempo libre y tal vez te acerques a la otra categoría, la de Inversor. Acá se crea un círculo virtuoso donde el dueño invierte, en otra franquicias por ejemplo, ve crecer su patrimonio, por ende su tiempo libre y su libertad. Chau, esclavitud. No serás más un simple asalariado.

Lo más preciado para Juan eran las vacaciones, mientras los empleados trabajan los dueños están en Playa del Carmen tomanado una caipi porque tienen más dinero y más tiempo.

Bien, la D y la I, generan ganancias residuales, acá estaba el punto clave, que permiten que puedas, por ejemplo, transferirle dinero y la empresa a tu hijo, que se beneficiará de tu esfuerzo mientras vos estás en el limbo. Como verás, Juan había sacado mucho provecho del libro.

Ahora bien, como hay que tener mucho dinero para llegar a ser dueño de una empresa y más para invertir, con la variable incertidumbre (por ejemplo, si ponés una pizzería puede quebrar) la solución perfecta para Juan era la Interdependencia.

Era lo que él me ofrecía.

Hay tres cosas que son imprescindibles para la gente en mi presente. Juan las enumeró de taquito: el agua, el aire y la basura (espero que entiendas, porque me salió escribirlo así, me refiero al acto de juntar basura o poder tirar los desechos que uno genera sin muchas vueltas para que uno no perezca bajo una montaña de mugre o le agarre la peste)

En ese preciso instante, Juan le pidió a su secretaria que le trajera dos vasos de agua. Me invitó gentilmente a olerlos y probarlos. Uno de los vasos tenía olor a cloro, el otro a nada. El primero tenía gusto a cloro, el otro a agua mineral.

Juan tenía preparado un frasquito con una solución química. Le echó una gota a los dos vasos transparentes.

El que tenía olor a cloro se convirtió en una especie de cloaca pequeña, agua amarronada, y el contenido del otro siguió límpido como si nada.

La diferencia estaba clara.

No me llevaría más de dos horas por familia ofrecerles la preciada compra a cada una de sus purificadores de agua, con eso sería interdependiente, me quedaría con un porcentaje de la venta, no debería preocuparme más por el financiamiento de mis películas y proyectos de cine y hasta podía seguir ganando dinero sin hacer nada, con su plan de ganancias residuales (que las aguas sucias también se llamen aguas residuales es algo que esta empresa jamás advirtió), siempre y cuando convirtiera a otras personas en vendedores lo maravilloso era que yo me quedaría con un porcentaje de sus ventas.

Y yo que había pensado que en el hotel me esperaría el productor más conocido de cine de la argentina, para hacerme una oferta que no podría rechazar. O aunque fuera, otro productor que buscara un script-doctor para su proyecto.

Pero no, se trataba de los más simple del mundo. El agua y cómo podías venderla aunque por ahora sigue fluyendo libre por todos lados –o casi todos, dicen que su desaparición es inminente y con ella la de nuestra especie, Kong. Aunque si me llegan tus mensajes por algo será.

Esa red de beneficios acuíferos crecería tanto como mis ingresos y esfuerzos por mantenerla y acrecentarla. Cuando yo ya fuera polvo o un montón de huesos sería transferible a mis descendientes, que gozarían el beneficio hasta que fueran polvo o un montón de huesos y lo cedieran a los siguientes. Era un círculo de ganancia infinita.

Le contesté a Juan que se parecía un poco al tema de los derechos de autor, pero aclaré que ciertamente el agua era más consumida que los libros, la escritura y otras derivaciones del acto creativo a los que me dedico.

Hacía dos horas que estaba escuchando a Juan, a la hora y media comencé a demostrar mis primeros síntomas de hastío y cansancio, así que le dije que por favor se apurara porque tenía otra reunión inminente.

A las dos horas, ante repetidos esfuerzos ineficaces para que mi cara conservara la forma inicial, le comuniqué que no tenía tiempo para ese tipo de trabajo.

De todo se aprende.

Juan había derrochado dos horas de su vida en una entrevista por no ir directo al grano. Si yo hubiera sabido de entrada de qué se trataba directamente, Kong, no hubiera ido. El muchacho inescrupuloso se la había jugado.

Su oratoria era bastante buena, sabía sostener el suspenso, dosificar la información, pero cometía un error que tenía que ver con la intención, el tema central, Juan bien podía haber estado hablando dos horas de vender ladrillos y era lo mismo.

Otro defecto de su discurso era la extensión. En los tiempos que transcurren, nadie puede estar dos horas escuchando una propuesta. Ese tiempo parecía funcionar alquímicamente, en otras personas se ve, para transmutar la conciencia del oyente y hacerlo permisible a la oferta de Juan.

Cambiar lleva tiempo y esas dos horas podían cambiar a una persona, hacerlo arrojarse a los prometedores brazos, tal vez nada hostiles y realmente redituables, como prometía Juan, de la interdependencia.

Otro traspié es la política de la empresa. Juan me aseguró que se ahorraban millones en publicidad y esos millones iban directamente a los empleados. Pero yo no conocía el nombre de la empresa, ni su logo, ni mucho menos que con sus aparatos te ayudaban a purificar el agua que tomabas día a día y en la que invertías buena parte de tu dinero.

Hace tres años, yo tomaba agua de la canilla a borbotones mientras fumaba cigarrillos armados y cada tanto terminaba vomitando. Al parecer, el cloro y la nicotina se llevan bien y atentan contra el organismo humano, Kong.

Algo de razón tenía Juan y su servicio sería útil para muchos.

Quería saber, inefable Kong, cómo ofrecen ustedes sus impresoras biogenéticas, cómo entrenan a sus vendedores y cuáles son sus ganancias, si hacen o no publicidad, qué mantenimiento requieren y cuánto sale, y si, quién sabe, no es justo uno de los inversores de tu empresa algún descendiente de la promisoria empresa del agua. Tal vez la ganancia residual produjo tanto tiempo libre que uno de sus vendedores aprovechó el ocio para construir un aparato capaz de generar No-seres, creaciones maleables y casi instantáneas por la imaginación de un humano y el intermedio de su impresora en su garaje, entiendo que la mayoría de las veces inofensivas pero otras letales. Depende, creo yo, otra vez de esta palabrita: intención. ¿Es así?

Más preguntas: ¿los no seres toleran el cloro?

Entiendo que tu trabajo de INSPECTOR, está relacionado con el control de las creaciones, como el caso del hombre-cucha que me contás en la última telemisiva, o como queramos llamarle a esta comunicación espontánea que se da entre nosotros.

Tal vez no sepas nada de ventas.

Por ahora me abstendré de leer esos libros del hawaiano, como el otro del queso y del ratón, y seguiré con Don Ramón (me refiero a Menéndez Pidal).

Me despido por el momento porque tengo bastante trabajo, querido amigo.

Hasta pronto,

Adrián

Kong 15

 

El futuro no existe. Sólo eso te puedo decir.

Pero volvamos a lo terrenal. Reconozco, Adrián, que debe ser difícil no escuchar bien.

Ayer me llegó un mensaje tuyo, estabas reunido con gente, cada uno decía qué cosas cotidianas lo hacía feliz, era una propuesta de una instructora de tai chi. ¿Era tai chi? La verdad que esa información no me llegó bien.

Bien, no pudiste escuchar qué era lo que hacía felices a los practicantes, no pudiste escuchar lo que hacía feliz a tu amigo, aunque tenés pensado preguntárselo.

Hoy llueve, aquí y en tu tiempo, y una chica te manda un mensaje que dice qué lindo día para escuchar la lluvia y estar tapada hasta las orejas con una frazada mirando series, pero vos no escuchás la lluvia, aunque podés verla.

No conozco una cura para los acúfenos (tinnitus o zumbidos auditivos, como se llamen), y en el futuro hay otros adelantos para la sordera y todo tipo de discapacidades, pero no me voy a poner a hablar de eso, ya los verás, por los menos algunos.

Sé que estás lleno de incertidumbres, pero de las buenas.

Diste un paso importante.

Por mi parte, he salido fortalecido de esta contienda conmigo mismo, de la inercia y de la mala praxis del doctor H., que me recetó unas pastillas que no eran adecuadas para mí. Debería denunciarlo y que le quiten la licencia. Una conocida hizo eso con una psicóloga que, después de una enfermedad que la hizo engordar, la trató con una terapia de choque y le dijo ¿ves el pedazo de bofe que sos? Mi conocida revoleó lo que había por la habitación, salió a la sala de espera y le dijo a los demás pacientes que salieran corriendo de ahí, que la doctora era un desastre.

Sigamos. Estuve sin sonreír mucho tiempo. Fui a una maestra espiritual y ése era su temor: ¿cuándo vas a recuperar la sonrisa?

Ahora estoy sonriendo, entrecierro los ojos, trato de abarcar la totalidad del mundo que me rodea, estiro la comisura de mis labios, imito la dicha. ¿Por qué la gente imita a otra gente? ¿Te pusiste a pensarlo, vos qué hiciste un documental sobre eso? ¿No será porque imitar transforma? Creo que somos más elásticos de lo que pensamos y que tal vez todo se remite a la forma.

Volvamos a mi trabajo. Tengo un caso para contarte. El otro día tuve un encuentro cercano del tercer tipo con un No-ser. Chiste malo, los encuentros cercanos con los No-seres son todos del tercer tipo.

En un suburbio, un niño estaba sufriendo porque veía un fantasma horrible en su casa. Hasta ahí pensábamos que era la imaginación del niño y no un caso para Impresoras Riviera.

Pero los vecinos también vieron a un ser alto con una cabeza deforme. El niño lo llamaba “el hombre cucha” Así que recibimos una denuncia de un vecino que ampliaba la de la familia del niño, y fui a la casa.

No teníamos registro de haberle vendido una de nuestras impresoras a ningún integrante de esa familia. Busqué el aparato en el garaje, el lugar más común donde alojan las impresoras Riviera los clientes, en la habitación del niño, pregunté a los padres, pero nada. Se me ocurrió entrar a la habitación del hermano mayor.

En el ropero, debajo de buzos, camisas y camperas, tenía escondida una de nuestras impresoras. La había comprado, usada, en el mercado negro. Era uno de nuestros primeros modelos, así que lo podía hacer con el aparato no era mucho. Pero era algo.

Tenía que saber qué era ese algo.

Le dije al niño que me dibujara al fantasma. Dibujo a un ser alto con una especie de cucha en la cabeza, que estaba rodeada de estrellas. Por eso me di cuenta que era alto. Le pregunté si tenía un perro. Me dijo que su mascota había muerto. Se puso a llorar. No aguanto ver a los niños llorar así que tenía que inventar algo, salir de esa habitación cuanto antes.

Así que fui al jardín de la casa. Era de noche, había niebla, y el interior de la cucha estaba oscuro. Me arrodillé, hasta tener la cabeza a la altura del agujero. Me corrió un escalofrío por la espalda porque intuí que había una presencia adentro de la oscuridad de esa cucha. El perro estaba enterrado cerca, había un poco de tierra removida, con algunos tréboles húmedos. Uno tenía cuatro hojas.

Nunca te conté pero de pequeño, en la casa de mis primos, vi al demonio. Estaba durmiendo y al abrir los ojos una silueta roja con cuernos estaba saliendo de la habitación. A veces me pregunto si no fui abusado, o algo así. Había una fiesta en la casa. Y uno tiende a mezclar todo en la imaginación. ¿Quién sería ese ser que entró a la habitación de los niños y que yo intuí como poderoso y diabólico?

Así que soy  miedoso. Y no me gusta que se mezcle a los No-seres con historias de fantasmas porque si bien sabemos que  los No-seres existen, y fueron creados por nuestras impresoras, no sabemos si hay vida más allá de esta, ni si otros seres pueblan universos paralelos o vienen de continentes perdidos en el tiempo, y son malignos, como quería Arthur Machen, o como fuera.

Volví sobre mis pasos para salir cuanto antes de ese jardín porque intuí que tal vez esa historia de fantasmas era real y no sabía qué presencia había dentro de la cucha. Antes posé la mano sobre la corteza del tronco del árbol de olivo, hacía tiempo que no veía uno, y creo que mi familia tiene un árbol, como todas, y el mío es el olivo, como la del niño.

Saludé a la familia, le dije al niño que no temiera, que no había nada de qué preocuparse. Era una cucha vacía y su problema era que extrañaba a su perro muerto. Se lo dije directamente, creo que a los niños hay que hablarle como si fueran adultos. A la madre le dije que la tirara si no pensaba tener otro perro. Agarré al hermano mayor y le dije que debía llevarme la impresora que tenía oculta en su ropero. Que por ahora no sería multado. Y le pasé un tarjeta de un vendedor por si quería comprar una legal.

La impresora era bastante pesada, porque las primeras eran así. La arrastré hasta la entrada con los pies. La cargué y la dejé en el baúl de mi auto. Volví a saludar a despedirme de la familia. El hermano mayor me clavaba la vista. El niño se puso a llorar y yo me rajé.

Fui a la casa del vecino que hizo la denuncia, le expliqué que si bien había confiscado una Impresora Riviera antigua, que no funcionaba (mentí, no la había probado), esa no podía ser la razón del ser extraño que merodeaba el barrio.

Por instinto me quedé en el auto. Me dormí. Entreabrí los ojos.

Una silueta gigante caminaba hacia la esquina. Debía tener unos dos metros. Me bajé del auto, corrí hasta el ser, y en esa esquina oscura de Lanús, cerca de donde sería el barrio donde creciste Adrián, donde todavía pasa el 520, le golpeé el hombro al gigante y se dio vuelta.

Ahora la cucha sobrepasaba mi cabeza. La oscuridad me impedía ver lo que había dentro de la cucha sostenida por esa ancha y plana espalda. Prendí mi linterna y apunté al agujero, que a la vez era la cabeza de ese ser.

Vi la facciones de un hombre con hocico y dientes de doberman. Bastante peludo, el No-ser tenía los ojos de color púrpura.

Le pregunté cómo lo habían llamado y cuál era su ocupación pero no obtuve ninguna respuesta.

Enseguida pensé que el hermano del niño lo había creado por celos. El No-ser me dio la espalda y siguió caminando. A veinte metros de la esquina se arrodilló y bajó la cucha a la altura del suelo. Evidentemente, podía controlar a gusto el tono muscular y el grosor de sus huesos. De repente, era una cucha ahí afuera, en la calle.

Al rato, un perro callejero vino corriendo y entró a la cucha. Era un hembra que estaba por parir, la panza abultada, los pezones rozando el suelo. Esperé que los cachorritos salieran, uno a uno, de su vientre. Busqué una caja, los metí con su madre, y la subí a mi auto.

Retorné a la esquina para buscar al No-ser. Le dije que debía llevarlo conmigo y caminó detrás de mí hasta el auto, donde se acurrucó en el asiento trasero como pudo, entre la caja con los cachorros y la perra.

Ahora está en el “área 51” de impresoras Riviera. Ya no le tengo miedo. Me acerco de noche y dentro de la cucha está la perra con sus cachorros.  Los perros salieron todos con párpados dobles, como los pájaros, y con ojos rojos.

El No-ser no volvió a desplegar sus piernas por ahora. Una suerte.

I´m back.

Von Kong.

 

Padrastro

 

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Ph: Paul Camponigro. Apple/Universe.

Irineo contaba diecinueve años, cinco días, seis horas y veintidós segundos en el momento de su secuestro. Este el número 2084 de los posteos que escribí sobre él en esta red.

Necesitamos ayuda.

A las 24:33 de hoy cinco hombres entraron a nuestra casa, formaron un semicírculo delante de la cama con mosquitero de Ireneo, que no podía creer lo que ocurría, y lo señalaron con armas paralizantes. El único que no apuntaba era el jefe del grupo, su padrastro, con quien no se habla desde hace años. No es un pequeño pedazo de piel cerca de las uñas, sino un familiar que ejerce de padre sin serlo biológicamente.

Trataron de desactivarme pero no hubo caso. Soy transparente y el lazo que tengo con Irineo es demasiado fuerte. Los humanos hablan de lazos de sangre, pero este es un lazo de tecnología, ya lo saben.

A Irineo lo encapucharon. No sabe dónde lo llevaron. Puedo afirmar que lo bajaron en la Plaza Alsina, en Avellaneda. Es una de las plazas más exóticas de la ciudad, con arbustos frutales y plantas subtropicales.

El jardinero guió a los captores, hombres de traje, al subsuelo donde guarda sus herramientas. Bajaron las escaleras y una puerta de grafeno, casi transparente pero capaz de resistir las presión de cinco millones de individuos que antes, claro, morirían aplastados, asfixiados, se abrió para dejarlos irrumpir en un pasillo largo, en el que abundan el negro y el blanco, diseño inspirado en el ying y yang, o shakti y shÂkta según el tantra. A lo largo del pasillo hay monitores que transmiten lo que ocurre en las inmediaciones del parque. También hay androides de limpieza.

Tengo tres ojos, uno gran angular, otro normal y un teleobjetivo. Usé el gran angular, casi un ojo de pez, para observar la perspectiva de barril sin fondo del lugar. El pasillo está repleto de puertas del mismo material que la de la entrada, detrás de esas puertas hay personas que monitorean los canales de televisión, internet, radios, cámaras hogareñas y drones de vigilancia.

Como sabrán, no soy un drone de vigilancia, soy un ángel guardian, un escolta de Irineo, así nos llaman, por suerte. Escoltas.

Los cinco hombres acompañaron a Irineo hasta una puerta al final del pasillo. Es de madera tallada, procedente de Tailandia. El llamador de mano es el caparazón de la tortuga marina que está adosada a la puerta. Uno de los oficiales lo tomó y golpeó el resto de la representación del cuerpo del extinto animal.

Un mayordomo con un moño color azul ligero impecable, con un reloj de aguja colgando del cuello, hizo pasar a Irineo, que fue empujado por uno de los hombres.

Ya adentro, ante la orden del padrastro, uno de los oficiales le quitó la capucha. Irineo se fregó los ojos en la semioscuridad del gran salón comedor, iluminado por lámparas Tiffany.

Nos encontramos en una recreación de una casa de estilo mestizo, comunión entre lo europeo y lo oriental. En el comedor se destacan las vitrinas con objetos orientales que parecen comprados en una feria de Pekín, cajas lacadas, cofres para guardar el arroz, una estatua de Mao con un ramillete de rosas, mesas de madera y mármol agrietado en las que se colocaron cajas antiguas que servían para llevar el correo en China.

En las paredes lucen dos cuadros monumentales con marcos de oro, El jardín de las delicias de el Bosco y el Perro enterrado en la arena de Goya. No son originales. La mesa redonda de madera natural del salón comedor está separada de la entrada por una consola con dos veladores altos intercalados con floreros transparentes con rosas frescas. Los cortinados son rosados, el techo ocre. La mesa está flanqueada por sillas Sofía y está iluminada tenuemente por una lámpara Raigón que cuelga del techo. Rodeada de candelabros Xi, con los cabos de las velas apagados.

En mi vuelo también pude captar objetos funerarios dorados y lacados, distribuidos en la habitación y una cítara de color verde, puñales de bronce oxidados pintados de azul y una botella isotérmica china de hierro esmaltado.

Sobre la chimenea cuelga el retrato del padrastro en su juventud. Alejado de la mesa hay un biombo de ébano, acompañado de un globo de seda con estructura de bambú que ilumina el retrato, colgado en la pared, de una mujer oriental, con facciones muy parecidas a las de la madre de Irineo, debo apuntar. Detrás del biombo hay una cama de opio china convertida en un futón.

Me acerqué a una de las consolas, en la que reposa una colección de brújulas antiguas.

Volví a Irineo cuando lo estaban empujando a la mesa que estaba presidida por una mujer mayor. Rodeaban a la mujer dos chicas, sentadas en las sillas Sofía.

Los secuestradores ordenaron ocupar la silla libre a Irineo. La mujer le preguntó nombre y edad. Le dijo que sabía lo que había soñado y que lo necesitaban. Irineo agregó que había soñado con unas de las chicas que estaban presentes. Nunca la había visto, aunque se parecía a la compañera que le gustaba en la escuela. Irineo no tiene vergüenza.

La mujer ordenó que todos cerraran los ojos y se tomaran de las manos. Así lo hicieron, Irineo bastante asombrado por la belleza de las dos chicas volvió a abrirlos. La mujer cerró los ojos y apretó fuerte las manos de las dos chicas, que a su vez apretaban las de Irineo. El padrastro desde cerca, de pie, con los ojos bien abiertos, observaba con visible impaciencia.

La mujer tomó una manzana del centro de mesa, una frutera de vidrio, y se la pasó a una de las chicas, que soltó la mano de Irineo para sostenerla en el aire, sin abrir los ojos.

–Barletta, manifiéstate  ante nosotros– dijo–. Necesitamos su presencia. Queremos hablarle porque entendemos que es mensajero de otras entidades. Por favor, mándenos una señal. Y si con usted está la madre de Irineo, tráigala que la queremos con nosotros, su esposo INSISTE en hablarle.

La manzana comenzó a ser comida a mordiscos pequeños por un ser invisible como yo, pero no es un ser de grafeno, claro, sino me hubiera dado cuenta.

La mujer abrió la boca y comenzó a escupir pedazos de manzana con la cáscara y las semillas.

Entonces en los semblantes de las chicas se dibujaron unas muecas como si sonrieran por dentro. Lo mismo ocurrió con los de Irineo y la mujer. Una de las chicas se levantó y danzó en el medio de la sala antigua, se tiro al piso, se estiró, se levantó, hizo un paso como de ballet. Luego se detuvo ante la consola de las brújulas y tomó uno de los artefactos para llevarlo a la mesa. Lo dejó en el centro.

La aguja de la brújula daba vueltas sin parar.

El padrastro de Irineo, en el límite de su impaciencia, no aguantó más y se abalanzó sobre la brújula. La tomo en su manos y la dejó caer al instante porque el instrumento estaba muy caliente.

Se acercó a la mujer y le propinó un cachetazo, que le hizo voltear la cabeza. Luego el padrastro se llevó la mano a la boca como dolorido.

La chica que había vuelto a danzar en el centro de la habitación cayó al piso, como si la fuerza que la poseyera la olvidara, o como a mí cuando se me está por acabar la batería y debo buscar una fuente de energía natural. Todos abrieron los ojos.

–¿Dónde está Amalia?–dijo el padrastro de Irineo–. Sabe muy bien lo que estoy esperando.

–No es Amalia–contestó la mujer–. Le dije que es imposible contactar a su esposa.

–¿Y qué es lo que atrapó en su redecita, señora?–preguntó el padrastro.

–Son ellos, señor, siempre los mismos. Son… Bien… Son… De afuera.

–No me está diciendo nada nuevo–zanjó el padrastro.

–Necesitamos seguir en contactos con ellos, tal vez sean el único camino a la madre de este chico, su querida. Desde el primer día quieren decirnos algo. Necesito que usted nos traiga a otra joven para canalizar la energía. ¿Cómo puede ser que le interese más Amalia que hacer contacto con seres de otro planeta? Estamos en una dependencia del gobierno.

–Quiero que utilice sus poderes para que me traiga a Amalia, señora-dijo el padrastro. Y sus ojos se enturbiaron.

–Pero para eso no me llamaron, señor. No es el plan de sus superiores. Los científicos me dijeron…

–Los científicos están paralizados, señora– confesó el padre, señalando con la cabeza a los hombres de traje–. Ya no están a cargo de nada.

El hombre retrocedió hasta la puerta de entrada acompañado por sus secuaces. Antes de que saliera, la mujer gritó:

–Necesitamos más manzanas. Rojas, cuantas más lindas, mejor.

El padrastro asintió.

Sigo con Irineo. Estamos encerrados en esta casa mestiza en un hangar soterrado.

No soy un drone, soy un ángel de la guardia, como me llaman, por suerte. No tengo sentido del olfato. Pero tengo palabra. Esto huele mal.

Compartan, por favor.

Por Adrián Gastón Fares

Carreras políticas

No se lo esperaba.  Martín se restregaba los ojos rojos frente al monitor. Era casi mediodía. La tarde del día anterior había terminado un trabajo para Canadá, hackeó una tienda de ropa virtual y después había estado jugando hasta las cinco de la mañana.  Warcraft, Gods and Devils, un shooter en primera persona que simulaba que eras un agente anti terrorista, el viejo Swat que amaba, otro juego en el que dirigías una panadería de proyección internacional. Los resultados habían sido buenos, sabía que había superado a sus oponentes sin hacer trampas, pero no había reparado por cuánto los había vencido.

Y ahora estaba frente a la pantalla azul que decía Buenos días, Presidente No tenía ganas de cambiarse, no tenía fuerzas para enfrentar lo que sabía que tenía que enfrentar, pero se alegró de haber ganado algo. Bajó el volumen porque estaba sonando el himno nacional y sus oídos eran sensibles.

Nunca había ganado nada. Lo único que había obtenido había sido un paquete que alguien se olvidó al bajar de un colectivo. Era la última vez que había salido de su casa, hacía más de un mes. La chica se había olvidado el regalo de su sobrina y Martín, que pensó que sería algo de valor, un gadget o alguna prenda que le serviría, tomó la bolsa de cartón, luego de mirar dubitativo al chófer. Al bajar se dio cuenta que era un regalo para un niño y en su casa vio que dentro de la bolsa había una caja, y adentro de la caja unos zapatos para una niña. Eran blancos, de cuero sintético, con detalles dorados que brillaban, y Martín los miró sin saber qué hacer. Al otro día contactaría a la dueña a través de su cuenta bancaria y se los devolvería. No quería que ninguna niña se quedara sin su regalo de cumpleaños, ya que la caja tenía un moño. ¿Qué iba a hacer él con unos zapatos de niña?

Pero ahora tenía que volver a salir. Global Voices Entertainment lo había decidido. Era imposible seguir jugando. Su computadora estaba bloqueada. No había manera de encontrar ningún tutorial que le explicara cómo hacer desistir a la máquina de su saludo. En el celular lo mismo. Ni siquiera llamada de emergencia. Se repetía el escudo nacional y la frase tenía una única variación: decía Bienvenido. Bienvenido, señor Presidente. Todos los dispositivos estaban inutilizados por el mismo saludo.

El software que medía la capacidad de una persona había decidido que Martín era el hombre más inteligente de su país, de ahí que ese mensaje titilara, increíblemente, frente a su pantalla. De ahí que su sistema estuviera en suspensión hasta que no ocupara la computadora que realmente le pertenecía de ahora en más, la que estaba ubicada en el Congreso. Miró a su perro. No se permitían mascotas en el Gobierno así que tenía que hacer algo con el animal. Grateful, así se llamaba el perro, ya se había dado cuenta que no vería a su dueño por mucho tiempo, quizá nunca más. Lloriqueaba.

Fue a su habitación se caló la mejor ropa que tenía, camisa blanca, un saco, pantalones de vestir, zapatos negros. En la mochila, ya que no tenía portafolio ni valija, tiró unos libros, la pasta dental, el cepillo de dientes, un gel para el cabello, un repelente, un protector solar, un peine, una brocha y la máquina de afeitar. Su barba estaba bien crecida y eso no sería bien visto, pero lo único que podía hacer era lavarse la cara.

No sabía cuánto tiempo le llevaría llegar al Congreso, si es que llegaba. Podía estar días atrincherado si lo emboscaban. Como presidente, podía portar un arma así que adentro de la mochila ubicó una pistola, que era lo único que tenía para defensa personal.  Había pertenecido a su padre, que ahora estaba en una residencia para mayores. Se la había olvidado como tantas otras cosas.

Aupó al perro y golpeó en la casa de su vecina. La mujer no le hizo preguntas, hasta que no llegara al Congreso, no podía saber qué jerarquía tenía él ahora. Le explicó que tenía que visitar a su padre por unos días. Aceptó a Grateful y una suma de dinero para su cuidado. El perro lo observó mientras se metía en su coche y arrancaba. Adiós, Grateful, le dijo. Y la mujer de repente miró al perro como si entendiera que algo trascendente había ocurrido.

Hizo dos cuadras sin problemas. En la tercera, al doblar en la avenida, la camioneta negra empezó a pasar a otros coches para tratar de alcanzarlo. Martín pasó un semáforo en rojo. Miró por el retrovisor. La camioneta había desaparecido. Estaba cruzando una calle, a unas ocho cuadras del Congreso, cuando la camioneta le dio de lleno. Los airbags se inflaron. Su coche rodó por la calle hasta una panadería. Quedo atrapado en el coche y le costó salir, pero pudo hacerlo y se escondió dentro de la panadería que estaba cerrada. Debía ser domingo, claro.

Los disparos lo interceptaron antes de que pudiera saltar por arriba del mostrador. Pero ninguno dio en el blanco. Miró por arriba de su trinchera, cubierta de galletas y panes, y descubrió que dos agentes de Opium Researchers le apuntaban desde la puerta abierta. No se imaginaron que podía estar armado, ya que entraron sin ningún cuidado a la tienda. Aprovechó para sacar su pistola, levantarse y disparar dos veces seguidas. Los simuladores habían mejorado su puntería. Mató a los dos agentes de Opium. Pero no podía esperar a que llegaran los demás. Así que salió corriendo de la panadería y enfiló la calle hacia el Congreso. Las personas se detenían ahora porque se habían dado cuenta de lo que estaba ocurriendo. Un nuevo mandatario. ¿Lograría hacerlo?

Corría por la calle, y le disparaba a cualquiera que se interpusiera en su camino. Un vagabundo se cruzó con un palo. Martín no sabía cuál era su intención pero lo abatió sin ningún reparo. Un agente de Opium, detrás de un árbol disparó con tanta puntería que le dio en su pierna. Estaba por subir las escaleras del Congreso y llegar a su objetivo. Pero rodó por el suelo y se hizo el muerto. Cuando el agente de Opium se acercó para rematarlo, Martín incorporó la mitad superior de su cuerpo y le asestó un disparo certero en el pecho al agente que lo dejó fuera de juego. Así que, rengueando, subió las escaleras.

Todavía no podía creer el cómputo y el resultado; lo habían elegido entre millones. A pesar de que Global Voices dirigía al país, tenían que tener el mejor representante posible. Buenos días, señor Presidente ¿Cómo sería su vida si lograba traspasar la puerta del Congreso? ¿Quién sería la primera dama? No se sabía mucho. Tal vez una vieja decrépita. Pero se esforzó en verla como lo que tal vez fuera, una princesa atrapada en ese palacio.

Los de Opium no podían dispararle una vez que había pisado las escaleras, así que dos agentes observaban cómo subía, manchando a su paso de sangre los escalones gastados. Notó que no había excrementos de palomas. Claro, hacía rato que las habían exterminado.

La puerta estaba entreabierta como si lo estuvieran esperando. Así que sería el nuevo mandatario del país, qué lástima que no se le había ocurrido contárselo a su padre, que de todas manera lo olvidaría al instante. Qué lastima que no se lo había dicho a la vecina. A su ex esposa. Debería haberle dejado un mensaje que trasmitiera su nuevo estatus. Pero ya era tarde. Grateful lo sabía. Con eso le bastaba. No tenía amigos así que no podía contarle a ninguna otra persona. A los que le hubiera gustado contarles habían muerto, la mayoría detrás de su teclado después de una extenuante orgía de juegos. Ya no podían enterarse de la noticia.

La puerta entreabierta dejaba ver lo bien iluminado que estaba el Congreso. Tal vez pudiera derogar alguna ley y pedir que le dejaran traerse a Grateful. Pero, ¿cuánta sangre estaba perdiendo?

Miró por encima de su cabeza y vio que los de Opium esperaban abajo con sus pistolas en alto. Si no lo dejaban entrar, y todo era un error, podían abatirlo ni bien descendiera el último escalón. Pero ahora estaba arriba. Iba a ser presidente. ¿Qué eran esas formas oscuras su lado? Sólo las había visto de lejos, hacía mucho tiempo.

Estaba  unos diez pasos de la puerta cuando el mayordomo salió. Lo único que llegó a ver fue ese moño ridículo en el traje. Inmediatamente, el ex chófer del último presidente elegido por el antiguo sistema de voto universal, secreto y obligatorio, y ahora cuidador del Palacio del Congreso, salió con un arma de proporciones amenazantes.

Un estruendo y comenzó a sentir la quemazón. Su cuerpo se iba solidificando de las pies a la cabeza. Sus miembros inferiores ya estaban grises, y no podía moverse, un paso más hubiera significado partirse en pedazos. Mientras la rigidez se apoderaba de sus miembros superiores y los latidos de su corazón bajaban hasta hacerse imperceptibles, llegó a observar las formas.

El entumecimiento llegó a su cabeza y el último atisbo que tuvo del lugar donde estaba fue el del destino de los demás que habían sido elegidos como él. Estaban a su lado, más o menos ordenados en hilera, en diferentes poses dinámicas que recordaban su intención de traspasar la puerta del Congreso. Petrificados. Estatuas de futuros mandatarios, elegidos por Global Voices y neutralizados por el mayordomo del Congreso. ¿Existiría alguna relación entre los dos?

Lo último que escuchó, antes de convertirse en una estatua más, en un objeto de exhibición, fue Adiós, señor Presidente. La voz de un niño.  Debía haber empuñado y soltado el globo que llegó hasta él, rodeó su cabeza de piedra, y siguió ascendiendo.

Adrián Gastón Fares

Madrastra

 

Sí, patalea mucho, Fran.

¿Marta? Está bien. Bueno, no tan bien. Está en la habitación, meditando hace varios días. Tengo miedo de que se convierta en Leona justo ahora. No aguanta que papá esté internado.  El otro día me dijo que trate de abortarlo.  Está claro que cuando una conciencia llega a la familia otra debe partir. Estoy preocupada, creo que no quiere que lo tenga. Así va a conservar a papá. Eso es lo que pensaba. Después entró en sadhana, justo después que te fuiste. Le expliqué que papá está bien. Pero el miedo es más potente. Ella dice que no tiene miedo, que son hechos.

Esperá, sí, me tiembla la voz. Marta está levitando. Si sube un escalón en su jerarquía estoy lista. No estoy acostumbrada a ver a alguien flotar en posición de loto. Estoy muy nerviosa. Ahora apareció en la puerta. Sus ojos están azules. Es una Leona, Fran, estamos listas. Necesito tu ayuda. Viene hacia mí. No sé si voy a poder sostener mi prana para seguir comunicándome con vos. Venite. Venite cuanto antes. Se convirtió en una Leona, me mira con las fauces abiertas. Tiene colmillos, los lóbulos de las orejas le cuelgan, la piel color dulce de leche pegada a las mejillas. Estamos listas. Ahí viene.

Me está pegando, Fran. Si alguien llega, el otro se va, dice. Ese niño no puede nacer, dice. Ahora puede dominarnos. Pienso en los chicos, en los alumnos, la mayoría tiene problemas de atención, están por debajo de los Leones y de las Zorras como yo. Son Abejas, pero tienen mucho potencial. Chicos, no voy a poder leerles el cuento que tenía pensado para que trabajen en sus casas.

Me está arañando con sus uñas azules. Le crecieron. Es una Leona. Estamos listas. Dice que estar en Vilcabamba, beber agua de un río, la ayudó con la transformación. Pero a papá le hizo mal. Demasiado para él, ya está grande.

Sangro, Fran. Logró reducirme en el piso, metió la mano debajo de mi vestido. Me siento toda babosa. El vestido se está manchando de rojo. Rebusca con la mano. Me lo está sacando. Puedo escuchar como llora. Está llorando. Sí. Me lo sacó, Fran. Lo tiene en la mano. Cortó el cordón umbilical con sus uñas. Me desmayo. Se está alejando, camina hacia la puerta mi madrastra con el bebé envuelto en la manta incaica del sillón.

Hay que tirarlo a la basura, dice. Por papá, por tú papá, dice. No debe vivir. El va a dejar la clínica ni bien este ser nuevo desaparezca. No hay lugar para todos. Repite, si uno viene el otro se va. Tu papá no se va  a ir.

Se lo lleva, Fran. Se lleva a nuestro hijo. Es puro como nosotras dos. Con lo que nos costó. Estás lejos. ¡Necesito que vengas urgente. Fran! No puedo escucharte. Mi prana está bajo. No me puedo concentrar. La escuchó a ella, es un ser andrógino ahora, ya la vejez lo había hecho, la había convertido en un ser andrógino, pero ahora se le nota mucho más. Es una Leona y puede decidir sobre nuestras vidas. Está en su derecho, dice. Ella manda. Va a salir, se va a llevar al bebé. Llora. Qué lindo, qué terrible escucharlo llorar.

Me levanté y caminé hasta la puerta para detenerla. Pero me di contra un campo de energía. Lo creó ella, claro. Una pared invisible. No sé si me estás escuchando, Fran o estás en modo contestador. Casi no te escucho. ¿Va a quedar grabado todo esto? Quería decirte que te quiero. Fue un error separarnos justo cuando Marta daba señales de ascender un peldaño sobre nosotras. No puedo pasar. Está abriendo la puerta.

Están los nenes, mis alumnos. Todos con los ojos azules. Sabía que tenían mucho potencial. Se ve que me escucharon, Fran. No la dejan salir, son seis. Apenas caben en el pasillo. Pero están contrarrestando el poder de Marta.

Me caigo, la pared de energía se desintegró. Gracias a ellos. Estoy en el suelo, sangrando. Sin fuerzas. Marta salió volando. Ellos lo lograron. Está aprisionada contra la pared. Tiene la lengua afuera, es larga, es afilada. Quiere atacar pero no puede. Los nenes me están rodeando. Pero Marta se está por escapar. Es un hija de puta, tiene mucho poder ahora. Los nenes me rodean. Escucho sus mentes. Maestra. Maestra me dicen. Lo lograron. No tenían déficit de atención. Nuestro bebé está en el suelo, arropado. Los nenes lo hicieron.

Marta ya no está contra la pared, Fran. Desapareció. Veo las caras de los nenes, todavía tienen los ojos azules, tal vez pasaron de Abejas a Leones sin escalas. Es único. Pero están… están congelados ahora. No pueden moverse. Escucho que sus mentes repiten la palabra Maestra, Maestra. Hicimos lo que pudimos, dice la nena.

Marta está suelta. Dios mío, cae desde el techo, como una rata o un vampiro. Escupió sangre. Los nenes pétreos, bañados en sangre.

La tengo enfrente, con los ojos bien abiertos, la lengua larga, abre la boca cada vez más. Se los va a tragar, uno a uno a los nenes y después…

Mis alumnos serán su cena, nuestro bebé el postre. Todo sea por papá, yo no puedo hacer nada, Fran.

Si uno llega, el otro parte, trasmite Marta.

 

Por Adrián Gastón Fares

Kong 11.

Hola Kong,

¿Así que anduviste persiguiendo a un enano que escupía por las orejas? Ajá.

Yo te transfiero estos pensamientos desde la cola de un supermercado. Hay un pareja con un nene delante de mí. Me acordé de tu carta porque el nene le dijo a la cajera que se saque los aros, que eran demasiado grandes para sus orejas y que se las iban a romper. La cajera se ríe. El padre le pregunta a la madre si llevan media ananá. La madre le dice al nene: “¿estás seguro que vas a probarla?” “Mamá, sí”, dice el nene. El padre le dice a la madre que si el nene la quiere, la llevan. En fin. Mientras viajo al futuro.

En mi presente existe un científico llamado Craig Venter que es un apologista de la impresión 3D de genomas y llama a estas impresoras teletransportadores biológicos. ¿Realmente llegamos a que un ser humano pueda inventar cualquier bicho que se le ocurra? No me jodas, Kong.

Después de que publiqué el relato titulado Hacer llover, donde me acerco a la figura del ingeniero Baigorri, un vecino de Villa Luro que decía que podía hacer llover con su máquina en 1940, comenzaron a llegarme email de gente interesada en el tema. No recuerdo si te lo conté, pero fui contactado por una persona que decía estar en España y afirmaba que la máquina de Baigorri se encontraba olvidada en un garaje, cuya ubicación él conocía. Me invitaba a viajar para salvarla de su destrucción. Creo que esa persona me agregó al Messenger, y chateó conmigo un poco, hasta que pensé que, claro, era una broma que me estaban haciendo. Luego fui contactado por un estudiante de cine que quería filmar una película sobre Baigorri, por un escritor que estaba trabajando en su libro y por otra persona, el rainmaker uruguayo Nelson Guizzo, que me ha dejado comentarios al respecto. También un periodista cordobés me invitó un café para preguntarme todo lo que sabía sobre Baigorri.

Sé algunas cosas de Baigorri, simplemente porque con el grupo de facultad con el que filmamos un cortometraje sobre su historia viajé a Villa Luro y tuvimos acceso a la casa que el inventor habitaba. También entrevistamos a una viejita, cuya casa era una especie de centro cultural y parecía estar ubicada en otro universo. Y es la sensación que tengo de tus cartas, que provienen de otro universo, uno paralelo, que no pueden ser reales, pero a la vez lo son, porque existen y, de alguna manera, me llegan.

Hacer llover no debe ser tan distinto a filmar una película o terminar una novela. Crear No-seres: ¿a qué se parecerá?

En tu tiempo la bio-impresora que vaticina en la actualidad Venter, o más bien prueba, es una realidad y ya estoy imaginando apuestas por peleas de No-seres. Entiendo por tus cartas que existen tratados de ética al respecto. ¿Es una forma de arte también?

Aristóteles decía que el arte imita la vida, Platón recomendaba que el arte no copiara la realidad, porque estaría copiando la copia de una idea, algo fútil. El arte debía ser sublime entonces y llegar a La Idea.

El arte de imprimir vida parece más cercano a la idea del arte de Platón que a otra cosa. A higher truth como dice Chris Cornell (¿lo conocés?) en su canción. Tal vez la diégesis sea el camino.

Todo esto viene a cuento de que descubrí que antes de detective, fuiste pintor y músico, y que en algún lugar guardás los lienzos que mojabas con tu pincel, copiando esta vez sí, a los No-seres que perseguías y encontrabas en lugares ocultos como cierto rancho en Córdoba, donde te imaginé acechando las creaciones de un impresor de No-seres para hacer los dibujos que terminaban en tus cuadros.

Y sé que el primer No-ser que viste en tu vida fue en Adrogué, en un geriátrico con muchas plantas, donde fuiste a visitar a tu abuela. Y resulta que tu abuela estaba sonriendo sola, mirando la nada y te acercaste a ella y lo que tenía enfrente, volando, era un hada translúcida que tu abuelo había creado antes de morir. Y el hada no tenía aspecto de hada, sino que poseía dos dientes filosos para succionar el néctar de las flores y así sobrevivir. Y sus ojos eran como los de una serpiente o un gato negro. Tu padre logró atraparla, guardarla en una jaula y la alimentaba todas las noches con miel, hasta que tu abuela murió y la depresión fue tan fuerte que tu padre abandonó el hada y una noche la encontraste tirada en la jaula, muerta.

Sé que pasaste un momento difícil, que perdiste a Taka y que luchaste contra la soledad y la desesperación. Supongo que estaba escrito que Taka se alejara… Pasa, Kong. Pero cuando decimos que algo está escrito: ¿dónde está escrito? ¿qué lenguaje usa el destino?

Me causa gracia esto porque, en general, ¡sos vos el que me escribe en este tono!

Pero ahora la práctica de la esgrima te ayudó a salir adelante. La meditación, gracias a la cual podemos comunicarnos, siempre da frutos.

Hay algo que no me estás contando, Kong. Me gustaría saberlo. Tal vez es sólo mi imaginación.

No quería dejar esta carta sin decirte que yo estoy bien, que estoy comprando muchos libros, que no quiere decir que los lea a todos, rescatándolos de no se qué fin, escribiendo, tratando de ponerme a filmar cuanto antes. Trabajando duro y parejo en todo, en la Obra Social, pero también en los proyectos que tenemos en Corso.

Bueno, tengo que mostrarle a la cajera que mi bolso no contiene ningún producto del supermercado. Te dejo con esta pregunta.

¿La gente sigue yendo al cine en tu tiempo? ¿Las librerías de saldo siguen existiendo en Buenos Aires?

 

Un abrazo grande, querido amigo.

Adrián Gastón Fares