Las hermanas

Les dejo este cuento corto que fue el primero que publiqué en este blog. Quería elegir el que más me gustaba de la lista de Índice del blog que tengo actualizada en orden cronológico, porque muchos de ustedes no habrán leído esas entradas. Pero dejo esa tarea de selección para más adelante.

Les deseo un feliz 2018! Adrián.

Las Hermanas

Mientras cortaba el pasto en el fondo de una casita, cuando vivía y trabajaba en Adrogué, me empecé a acordar de Luciana, la chica que creía en cosas raras. En el fondo de ese chalet casi muerto, un esqueleto de casa con un esqueleto de habitante, que era esa viejita encorvada y con olor a arroz con leche, también me acordé de Cecilia, una chica que más de una vez me había desnudado en su dormitorio. Esas cosas me pasaban un poco porque yo hacía changas de jardinería en ese tiempo, era un tipo que sabía mantener los fondos y jardines bien, cortaba y podaba, y después, si tenía suerte, agasajaba de alguna manera a la dueña de casa.

Ese verano todos mis clientes se habían ido a la costa, a vaya saber qué costas, y peor todavía, se me habían llevado a las esposas y a las hijas. Me quedaron dos o tres, entre ellos la viejita con olor a arroz con leche. Ahí estaba cuando me acordé de esas dos chicas y conocí a las Hermanas.

La transpiración me nublaba la vista. El verde oscuro a mis pies me dio unas ganas inaguantables de tener cerca a una chica, de bajarla despacito hasta el pasto. Creo que me vi entre las piernas de una que se me hacía la difícil por esos tiempos; la poseía con la pollerita de tenis puesta y eso me calentó tanto que tuve que parar de cortar el pasto. Ahí pude sentir cómo tres miradas arañaban mi cuerpo desde una cercanía que yo no podía descifrar. Sentía sobre mi piel una caricia suave, que me impedía pasar la bordeadora como se debía.

Me saqué la remera y la tiré al piso, seguro que con lo sudada que estaba no me la volvería a poner, y mientras me pasaba la mano por la frente, mientras me enjugaba la mano en la frente mejor dicho, vi la mano de una de las Hermanas sobre la parecita de atrás que daba a otro terreno. En realidad, me pareció ver una mano fina y huesuda; sí escuché unos gemidos, como el de las crías de ratas.

Mi remera quedó al lado del montoncito de pasto, y cuando la quise agarrar se voló, como soplada por un viento fuerte, repentino, hacia la pared. Cuando la fui a buscar, los gemiditos recrudecieron y la remera se me escapó otra vez de las manos, ahora el viento la elevó en el aire hasta las macetas sobre la parecita y entonces fue sustraída por un aliento que parecía venir del otro lado. Enseguida vi dos manos color dulce de leche, apergaminadas, que se aferraban a los ladrillos para subir el resto, lo que hubiera abajo, y me di cuenta que esa cosa no tenía sangre o que la sangre no circulaba, sino que estaba como enterrada, encapsulada bajo la piel. Admito que la curiosidad sexual me impidió correr. La primera Hermana, la que usaba su mano para violarme, la que alguna vez creí que terminaría castrándome con sus tirones fuertes, apareció de un salto (después me di cuenta que no fue un salto sino que la otra, la que usaba la lengua, la había ayudado con sus manos) y quedó agazapada, como una gárgola, sobre la pared. Esa mezcla de gato enfermo y mujer (“¿hijas mogólicas de quién?”, me preguntaba) olía mi remera. Vestía un camisón rosa, al igual que las otras dos, que aparecieron al instante.

Pronto se me abalanzó, después la otra, y al rato la tercera, que al principio miraba con cierta timidez (era más alta que las demás, la última en saltar y en irse; sabía usar bien las manos y la lengua), y quedé tirado en un costado de ese fondo, sintiendo manos, lenguas, pies, labios (extrañamente suaves), sobre mí, hasta que, debo admitirlo, terminé desmayado, fresco y cansado como nunca. Esos demonios me violaron reiteradas veces. Sin embargo, no tuve contacto carnal con ellas; me guardaban para una mujer, una chica, una presencia que descubrí espiando por el paredón.

Seguido volví al fondo de la vieja, que hacía que no se daba cuenta que yo hacía que cortaba el pasto o podaba alguna planta, y no tardaba en verme rodeado por los tres demonios que formaban un innecesario triángulo de cacería.

Un día, al doblar la esquina, vi una ambulancia estacionada en la casa y debí aplazar el encuentro con las Hermanas. Al otro día llegué temprano con la máquina, la reja estaba entreabierta y avancé hasta la puerta. Un cartelito invitaba al velorio de la vieja. Como yo, previsor, me había hecho una copia de la llave de la casa, porque no podía perder mi infierno así porque sí, no podía perder mi paraíso así porque sí, me fijé que nadie espiara enfrente, abrí y me metí. Vi el paragüero lleno de revistas, las mariposas en la heladera, las tacitas colgadas –parecieron temblar cuando pasó el tren–, llegué a la puerta que da al fondo, la abrí, empujé el mosquitero, estuve un rato parado. Nada. Me tiré en el pasto. Miraba el cielo nublado, mejor dicho miraba la nube, porque era grande y con matices de oscuridad, lo único que se veía en el cielo de ese fondo. De vez en cuando ojeaba la pared o giraba la cabeza. Pero nada.

Volví a la casa, se me dio por revisar, buscar si había algo valioso que a la vieja le hubiera gustado darme, entré en el baño, pasé por los dormitorios; uno casi vacío, con algunos juguetes estropeados (un león con bigotes larguísimos, un monigote rojo con orejas largas), el otro con una cama con un crucifijo grande encima; me tiré en la cama, después abrí la mesita de luz, encontré dibujos. Yo aparecía en el medio de una confusión de cuerpos flacos, de tres cuerpos.

Me levanté, abrí una puerta que daba a un pasillo oscuro y lo seguí hasta otra puerta que resultó estar entreabierta. Entré en una habitación, había una cocina con una ventana que daba a un fondo chiquito y cuadrado. El fondo del otro terreno, el lugar por donde aparecían las Hermanas. Me imaginé a la vieja espiándome por arriba o por algún agujero de la pared. Dibujando con dedos temblorosos. Soñando.

Otras veces volví a la casa; desde que murió la vieja jamás encontré a las Hermanas.

Adrián Gastón Fares

Anuncios

El aguante

Fin de año. El calor era agobiante. ¿Dónde estaba la que le gustaba?

 ¿Y la otra?

Mejor sostener la mirada en el horizonte de cemento del patio. La bandera le pesaba demasiado. ¿Cuánto más podía aguantar?

Si se le caía quedaría como un payaso ante todos. Con la que le gustaba. Y con la otra también. Con todos.

El gel con el que había domesticado sus rulos le ardía en la cabeza. El dolor en las vértebras de la espalda se aguzaba. Cerca, una compañera sostenía la bandera papal sin señales de agitación. ¿Quién era?

¿Qué pensarían sus compañeros de él? No se había propuesto estar ahí. Hubiera preferido estar abajo con todos los demás, esas cabezas de alfiler que lo miraban o no lo miraban y que estaban tan perdidos en un mundo alterno como él. Un mundo alterno que era un reflejo de ése donde estaba con la bandera y que no lograba comprender, el mundo alterno, decimos, no lo lograba comprender, porque era más oscuro que ese mundo donde todos eran compañeros y estaban en un acto en un colegio siguiendo un protocolo.

La bandera ¿Qué significaba? Algo importante. Alguien hablaba cerca de él en el escenario, una compañera que leía una carta, con una monja al lado.

Debía ser cumplir órdenes, lo que significaba para él era cumplirlas estar con la bandera ahí para que su mamá y su papá estuvieran contentos. Pero eso no alcanzaba porque tenía que dar inglés en el verano. Tenía que terminar la novela de Maugham.

Las monjas estarían fijándose que las polleritas de las chicas acariciaran las rodillas, que los chicos no tuvieran el pelo rozando la espalda, que no hubiera tatuajes ni aros ni nada que atentara contra los símbolos que ellas habían impuesto. Y él era otro símbolo, eso podía entenderlo.

Los guerreros se identificaban y unían sus fuerzas con símbolos, con estandartes, con banderas como la que él llevaba, había leído en un libro de estrategia asiático. Y había otra cosa.

La directora del colegio era una hermana exorcista. No sabía de qué orden, ni nada. Solo el atuendo negro que arrastraba. Pero sí sabía, y lo sabían todos, que la monja era, y esto no era una película de los sábados ni un cuento barato de esos libros ilustrados de la Obelisco, una monja exorcista. De ahí que hacía poco los hubiera llevado a una escuela en las afueras de Buenos Aires donde un cura les había hablado de los casos de posesión que él había estudiado, de ahí que increíblemente pusieran el casete de Xuxa en reversa para convencer a los alumnos que la animadora infantil rubia lo que hacía en sus canciones no era cantarle a los niños sino invocar al demonio. Los padres se habían quejado de esta excursión al mundo de los exorcistas porque los chicos volvieron un poco asustados.

Pero así era el mundo, tenía la bandera, en un colegio presidido por una monja exorcista, se había equivocado porque estaba estudiando para perito mercantil y él odiaba la contabilidad, pero en el fondo no había opción; no había elegido nada, lo único que quería era seguir con sus amigos de primaria. Que las cosas siguieran igual. Pero, ¿dónde estaban sus amigos? No los veía entre el tumulto de alumnos de todas las divisiones. Las filas eran perfectas pero se confundían de tan pegadas que estaban.

Y la bandera de alguna manera le hablaba, le susurraba promesas del país, quizás también de personas que ya habían sacrificado su vida a ella, no podía escuchar lo que leía la chica en la carta pero sí ese murmullo de los muertos que habían poseído la bandera y que a través de la tela transmitían sus historias. ¿Cuántos había matado el país? ¿Cuántos habían sufrido esos matices que copiaban los del cielo? ¿No estaba pesando más la tela? ¿No era ese brillo entre la línea celeste y blanca sangre?

Era sangre, pero sería que se le había reventado un grano de la cara o el cuello. Y ahora era peor. Estaba delante de todos con el grano sangrante ¿No era mejor lanzarle la bandera a la monja y clavársela en el pecho? ¿No estaría ella misma poseída? Tal vez fuera un vampiro y el asta que él sostenía era la mejor salida en estos casos. Aunque, ¿no se estaba haciendo la señal de la cruz la monja exorcista?

Espiaba de costado a la que sostenía la otra bandera. A sus escoltas no las veía.

¿La chica no lo estaba mirando? ¿Qué le estaría pasando a su cara? Los pelos de la nariz le habían crecido de repente. Otra cosa no podía ser porque le picaban. Tenía ganas de arrancarse uno pero no podía moverse. Estaba prohibido.

No tenía fuerzas, apenas podía sostener esta sábana gigante, y no podía quedar mal. ¿Qué sería de él si no aprovechaba esta oportunidad de sostener la bandera como se debía? ¿Qué pensarían los demás? ¿No se estaban riendo? Una profesora lo señalaba, creyó que se había dado cuenta de que no toleraba más el peso de esta tela sangrante. Las reglas eran claras. El abanderado no podía desplazarse.

El asta sólo podía apoyarse en el hombro cuando el abanderado se desplazara.

La tela sobre los hombros, como si tuviera la cabellera larga temida por las monjas, le daba calor. Esa tela celeste y blanca que reflejaba las luces que venían del techo de zinc agujereado, con nidos de palomas y de sueños suyos y de sus amigos.

Cuando el peso y el dolor era más insoportable y no había manera de seguir sosteniendo la bandera sintió que se iba a desmayar. Pero eso no pasó.

En cambio, sintió cómo el calor retrocedía para él, pero a la vez avanzaba como una ola contra los que estaban abajo. Las caras y los cuerpos ardían.

Enseguida el fuego peló todo. Sólo quedaron las calaveras y los esqueletos de las chicas y los chicos que lo estaban mirando. Las calaveras se cayeron de los troncos, y luego los esqueletos enteros se desmoronaron. El fuego seguía ardiendo y consumía a las monjas, a las maestras, al techo, al Cristo colgado más atrás, a la cabina de música de dónde provenía el himno. Todo se desmoronaba y él seguía ahí soportando a la bandera.

Entonces tuvo una revelación.

El asta de la bandera podía apoyarse en el suelo, es más, debía apoyarse en el suelo, nadie se lo había advertido, pero al ver cómo la sostenía la abanderada papal lo notó. Él simplemente había aguantado todo el peso, con la punta inferior del asta apuntando hacia el patio. Era un idiota.

Y había algo más. Algo clave. Se dio cuenta que estaba haciendo un esfuerzo extra. No tenía que ver con el peso de la bandera, no tenía que ver con su equivocación de no apoyar el asta en el suelo, no tenía que ver con estar expuesto ahí arriba, no tenía que ver con el crecimiento, con el paso de la pubertad a la adolescencia. Había algo, enteramente suyo que tenía que comprender.

 

Adrián Gastón Fares.

Los tendederos

Las luces de la casa se apagaron. Los cortinados se corrieron. La señora se vistió de negro. Maca, la señorita, también. Los rayos de sol a veces nos recordaban que había vida afuera y delataban el polvo que yo no podía sacar de la casa, ese polvo que entraba por más que lo barriera una y mil veces, como si proviniera de los huesos triturados de nuestros soldados o de la tierra removida por las bombas. El polvo que se posaba con insistencia en los muebles y que anticipaba el regaño de la señora. Con Maca a mis espaldas, llamándome por un nombre inventado, María, porque el mío Alejandrina nunca me agradó, yo movía las cortinas, tapaba toda la luz, para que la casa quedara en la penumbra que el señor ya nunca vería.

Cubrí mi cabello con un pañuelo oscuro de tela barata. La señora con un sombrero adornado con una pluma negra.  Ella tenía el cabello hermoso, pero desde que había comenzado la guerra no pudo mantener su estilo de vida. Tal vez ése sea el verdadero motivo de la ropa negra, la razón del duelo. Las cosas que se pierden pero que se podrían volver a conseguir, no como la muerte que es irreversible sino como la buena vida, son las que más duelen. Lo sé porque yo conocía a un muchacho que podría hacerme madre, pero desapareció mucho antes que el señor.

La señora no podía comprar la indumentaria que vio en el catálogo de la tienda de Luto. Lo arrojó a un costado para que yo lo desechara. Para el velatorio le teñí las manos con cera negra para zapatos. Todavía no se le fueron las manchas.

Estuve un día limpiando el armario del señor. Trajes, camisas con mangas y cuellos amarillentos. La señora ordenó lavar algunos para donarlos. El señor tenía su armario cerrado bajo llave y no permitía que lo abriera. Dejaba las ropas que necesitaban lavarse sobre su cama. Pero yo sabía dónde escondía la llave así que le pedí permiso a la señora para abrirlo.

Encontré la indumentaria habitual del señor, pero también vestidos. Sabía que el señor había tenido otra hija de un matrimonio anterior, pero no me imaginaba lo hermosa que había sido. En el fondo del armario, tras la ropa, encontré un dibujo a mano alzada de la señorita. Tal vez sea injusto decirlo pero era más hermosa que Maca. O como una Maca adolescente, embellecida, en la flor de la edad. En el dibujo no hay signos de la pulmonía que se la llevaría.

La señora no se sorprendió cuando le dije que había ropa de una mujer. Ordenó que la donara a la dueña del orfanato de niñas de enfrente.  Así lo hice. Quería deshacerme primero de los vestidos del armario, así que dejé el lavado de la ropa del señor para después. La patrona del orfanato la recibió con un susurro de agradecimiento.

Al otro día, colgué la ropa lavada del señor. Maca me miraba con esas avellanas negras que tiene de ojos. No entiende qué le pasó a su padre. Quería saber si el viaje duraría más que los otros. Le contesté que sería el más largo de todos. Después encontró un pájaro muerto y me lo trajo como si fuera un perro. Me clavó la mirada. Fue a enterrarlo. Anocheció y bajé por la ropa, con los truenos en los oídos y ese olor a tierra mojada que traía el viento. El aire corría rápido. Las copas de los árboles se bamboleaban. Las ropas se mecían. El saco del señor mucho. Demasiado.

Entreví que en el orfanato la empleada había lavado los vestidos donados. Estaban colgados en el tendedero y me llamaba la atención el rosado, tal vez porque todo lo demás era gris. Además era el más lindo. Resonó un trueno.

Me metí en la triple fila de cuerdas del tendedero de la casa de la señora. Entonces noté un cambio llamativo.

El saco del señor se había movido dos metros del lugar donde lo había colgado. Como si se hubiera deslizado por la cuerda. Me pareció raro pero no imposible. Tenía que acomodarme el pañuelo a cada rato porque el viento se lo quería llevar. En la vereda de enfrente los vestidos, algunos pertenecientes a las niñas del orfanato, se balanceaban, ladeaban y contorneaban, como si recordaran las fiestas de antes.

Di vuelta la cabeza y algo oscuro, como un abejorro grande, me sobrepasó.

El saco del señor ya no estaba dónde lo había colgado, ni en la misma cuerda. Se había pasado de la primera a la tercera cuerda del tendedero.

Me acerqué para ponerle otro broche pensando que había sido el viento. El saco voló otra vez, me tuve que correr, y volvió donde lo había colgado. La segunda cuerda está un poco más alta así que tampoco era imposible… Pero los vestidos del tendedero de enfrente se bamboleaban con un frenesí que no parecía ser consecuencia del viento que soplaba cada vez más fuerte.

Entonces el saco del señor volvió a volar. Se poso en la segunda cuerda, luego pasó a la tercera y desde ahí, como impulsado por el estallido de otro trueno, cruzó la calle. Quedó colgando en la primera cuerda del tendedero del orfanato, cerca de los vestidos de las niñas.

El tendedero de enfrente tiene dos cuerdas. Vi como el vestido rosado se desprendía y volaba de una cuerda a la otra, como el del señor, aproximándose a la cercana a la calle. Luego volvió a su lugar en la hilera primera y el saco del señor voló hasta ubicarse a su lado.

El vestido ahí flotó, como empujado, otra vez hacia la cuerda primera, como tratando de escaparse del saco del señor. Una ráfaga de viento llevó el saco del señor hasta que se posicionó al lado del vestido. Los otros vestidos donados volaron de cuerda en cuerda, como si el tendedero fuera un gallinero alborotado por un gallo en celo. Confundidos, volvieron a alinearse al lado del saco del señor. Pero se deslizaban hacia los palos donde estaban atadas las cuerdas, como si el terreno se hubiera inclinado para un lado y luego para el otro. El vestido rosado seguía al lado del saco del señor. Creo que imaginé que las mangas del saco se estiraban para tocarlo.

Algo me acarició el brazo. Me di vuelta. A mi lado, la mejor corbata del señor era tirada de la punta por la mano del viento, por lo menos eso supuse. Tensa, como forrada en alambre que la convertía en una flecha pronta a lanzarse.

La corbata salió disparada justo que una motocicleta pasaba por la calle. Habrá quedado prendida de la cara del motociclista porque el vehículo derrapó y quedó tirado en el suelo. Por instinto me di vuelta.

Vi a Maca observando todo desde la ventana de su dormitorio en el primer piso de la casa. La cortina de su habitación también se movía, como si el viento se hubiera metido. Ella la sujetaba fuerte, me pareció que si no la cortina estaría volando por la habitación o se hubiera cerrado sola para impedir que la niña mirara.

El motociclista llevaba a una mujer detrás que había salido despedida por el impacto contra el suelo. Me acerqué a los cuerpos tendidos. Tenía que avisar a la señora para que llamara a la ambulancia. Observé los ojos clavados en el cielo de las víctimas. Comenzó a llover. Algo, un pensamiento intruso, me llevó hasta el orfanato, hasta las cuerdas del tendedero.

Acaricié una de las mangas del saco del señor, ahora quieto, como si la lluvia hubiese amainado el viento o el ímpetu que hacía volar a ese pedazo de tela vieja.

Maca seguía mirando con su mano aferrando la cortina. Parecía más alta, casi una joven. Era como si sus facciones se hubieran vuelto más angulosas. Me recordaban a las de la señorita del cuadro.

Algunas de las niñas del orfanato también lo habían visto todo desde sus ventanas. Como si el ejército estuviera pasando por la puerta.

Volví a acercarme a los cuerpos sin vida. Entonces, el saco del señor me rozó la espalda y cruzó la calle para volver a la primera cuerda, la cercana a la casa de la señora, donde yo lo había colgado. Enfrente, los vestidos donados al orfanato también se apaciguaron y retornaron a sus lugares.

Todo quedó listo, alineado, sólo me quedaba avisar a la señora para que llamara a la ambulancia y vinieran a recoger los cuerpos. La lluvia lavaba la sangre, como si los muertos estuvieran preparándose para despertar del sueño eterno.  Los párpados de la mujer pestañearon. Me clavó la mirada por un segundo.

Me recordó a otras, a la de Maca, a la del cuadro, a la del señor, pero entonces las chicas del orfanato gritaron al unísono, ya estaban trastornadas, ver todo ese vuelo de ropa y el accidente las habría alterado, y el ojo de la mujer volvió a quedar fijo en el cielo, duro y opaco como las rocas que suelo encontrar en la playa.

Son las que puse en los bolsillos del saco del señor para mantenerlo quieto.

Jamás encontré la corbata del señor.

El saco cuelga ahora, junto a su sombrero, en el armario cerrado con llave y con un candado que yo agregué.

De vez en cuando, veo a una de las niñas del orfanato, tal vez la mayor, pasearse con el vestido rosado. Mira hacia nuestra casa. Debe pensar que nos debe algo.

por Adrián Gastón Fares

 

Reunión

Nada que no se haya contado, que no se haya visto ni escuchado. Después de todo, a ella la había conocido por la evolución de la técnica a través de la cual en el siglo pasado un mago precoz había anunciado un falso fin del mundo.

Entonces, ahora que tal vez me quede poco tiempo, me cuento esto a mí mismo, ni mago ni precoz.

Primero quedamos pocos. Luego menos. Y por último todos se esfumaron.

Creí que era el único sobreviviente. Las máquinas y yo. Hasta que vi conectada a mi ex novia. Aunque antes me había bloqueado. Y yo a ella.

Entre los dos nos menospreciamos y criticamos todo lo que pudimos. Llegué a empujarla y ella a escupirme en la cara. Sin embargo, el día que partió con sus cosas nos dimos un beso que es el único que recuerdo de esa larga, interrumpida e intensa relación.

El último beso, la última caricia en la espalda en la cama antes de la separación, con el tiempo siempre parece el principio ¿Qué decir de estos inicios que son finales?

Este ser que me había criticado tanto, limando mis virtudes, atizando mis defectos hasta hacerme arder en el fuego de mi propia locura, este ser que me había empujado al vacío, al que había maltratado, claro que sí, sin darme cuenta hasta que era muy tarde, y que me había abandonado mucho tiempo antes de que se fuera, silente y firme, este ser que se había pegado a mí como una garrapata, sofocándome como un hada que nada sabía de la vida pero sí del final de su propio cuento, que era tan capaz de ponerte el pie sonriendo, este ser peligroso, inteligente, este ser era el último resorte de la humanidad para mí, la única manera de escuchar una voz humana después de tantos meses de soledad. Y de ver a una mujer, de olerla y sentirla.

Cuando tuve eso claro, el instinto me empezó a jugar una mala pasada. Quería acercarme. Pero ni bien arrancaba el auto, mis pies no querían pisar el acelerador. Volvía y me daba la cabeza contra la pared de mi casa.

Pronto manejaba a las velocidades más altas por la ruta sin destino buscando un precipicio al que ofrendar mi auto caro y mis músculos trabajados.

Sopesaba las ramas de los árboles que yo mismo había plantado para colgarme. Me acercaba el cuchillo a la garganta como quien no lo va a retirar y piensa hundirlo. Mezclaba todo lo que encontraba en el botiquín con vodka y me lo tomaba para terminar vomitando. Merodeaba a los animales salvajes y hambrientos del zoológico abandonado para que me devoraran. Pero los pobres leones no tenían ni fuerzas y apenas se arrastraban. No había nadie para bajarme el pulgar en esa palestra. Nadie que pudiera apretar el gatillo más que mi mano renuente, nadie que pudiera empujarme más que el viento. Pero lejos, bastante lejos, estaba ella.

El día que recorrí el camino hasta su casa, me bajé en el puente. Intenté lanzarme al río. Volví a mi casa.

¿Y a ella qué le pasaría? ¿Querría verme?

Tiré el teléfono, rompí la computadora. Ya nada me unía con el mundo y menos con ella. Pero al otro día de despojarme de mis dispositivos lloraba como un nene. ¿Qué fantasma había creado? ¿Había dejado otra vez que ese demonio me poseyera?

De las posesiones hijas de la ficción el amor es la peor. No hay sacerdote que la ahuyente, no hay médium que lo materialice, no hay espíritus guías que lo acompañen para que deje este mundo, no hay ángeles que puedan salvarlo, ni enviado que se haya sacrificado por él, no hay crucifijos que lo ahuyenten, ni balas de plata que lo maten, no hay manera de taparse los oídos, tenemos ojos en la nuca para mirarlo siempre a la cara, no hay espaldas, el amor te juega y te demanda, en el límite está la ficción más grande creada por el hombre, porque la muerte, tal vez la segunda, pudre, pero el amor persiste. Es impalpable como el tiempo. Y se escapa para siempre. Uno lo busca con parsimonia y lo encuentra con locura.

Ese virus que no destruyó a la humanidad, pero que casi me destruye a mí. Y con eso me basta.

O me bastaba, porque empecé a pensar otra vez, esta con razón, que era la única mujer en el mundo, que el destino de la humanidad, o por lo menos de mi raza, estaba en encontrarla, en reproducirme, y había eliminado la única señal de humo que me mantenía atado a ella. La humanidad dependía de que nos uniéramos pero a mí me había importado un pepino.

Hoy caminé hasta el borde de la terraza, pensando en ella, con más ganas que nunca de tirarme de cabeza. Pero me detuve. En ese momento un auto se subió a la vereda.

Como un rayo salió y me clavó la mirada.

Acabamos de tomar un té. Ella está maquillada, tiene varios cortes en las muñecas y una marca en el cuello, como si algún trastorno de la personalidad la hubiera llevado a lacerarse y colgarse, pero intuí que era el mismo instinto que a mí había querido ahogarme, y que casi había logrado esparcir mis sesos por el suelo, todos mis recuerdos una mermelada grisácea frente a mi casa, y después las moscas y los gusanos, que por suerte eran sordos, como los leones, a estos opuestos que nos habían vuelto a juntar.

Ella unta el pan con mermelada.

Hace un rato hicimos temblar la casa con una pasión comprensible.

Su sonrisa es tan brillante como el cuchillo que empuña.

 

Por Adrián Gastón Fares

 

También pueden leer: Lo que algunos no quieren contar https://elsabanon.wordpress.com/2017/09/02/lo-que-algunos-no-quieren-contar/

Los artistas

Nos quedamos con la sala de exposiciones. No la íbamos a cerrar. Nos arreglamos con los chicos para armar una cooperativa.

Se debe aguzar la vista para ver la muestra. Cuando no funciona el generador todo queda en penumbras. La guerra civil se llevó muchas cosas. Entre ellas la luz.

Lo último que se presentó en el museo es la exposición coreana. El cristo rojo, enorme, cuelga de unos alambres en la entrada, las paredes están llenas de cuadros con dibujos tipo manga y en el centro hay un toro blanco con un cuerno rosado de unicornio.

Una mujer entra con su hijo y lo corre hasta el toro, donde el nene se pone a tocarle las bolas. Me acerco.

–Eso no se hace.

Y miro a la madre con reprobación. Los salvajes son capaces de cualquier cosa. Habla mucho de ellos que se animen a entrar al salón de exposiciones. No pudimos conservar la fachada. Omar, el albañil, hizo lo que pudo, lo que no es mucho ni poco, pero sigue repleta de pintadas, y quemada. Algunos piensan que el centro de exposiciones está cerrado, que nunca volvió a  abrir. Pero aquí estamos.

Estefanía está en la otra punta, con el pelo teñido de azul. Mira su celular, no le gusta que vengan chicos. Levanto el comunicador.

–Hermosa, este pendejo es un peligro.

Roberto, asomado desde la abertura del primer piso, me mira y gira la cabeza, así que María ya le habrá avisado. El niño no está abajo, se habrá ido corriendo por las escaleras arriba. Que no se detenga ante la puerta cerrada con doble cerrojo. Tampoco me agrada que ande toqueteando las esculturas de papel y las de tela. Hay unas cuantas arriba.

–Que no se acerque a la puerta– le digo a Roberto.

Pero todo bien, el nene ya se aburrió, está bajando las escaleras para reencontrarse con su madre y salir afuera donde un hombre la espera. Parece un pordiosero, pero debe ser su pareja. Nosotros que ponemos tanto empeño en que nuestra ropa de trabajo esté limpia. Mi camisa del día anterior y los pantalones negros están colgando en el patiecito. Estefanía a veces me ayuda a lavar la ropa. Pero sabe que me gusta lavar en soledad sus bombachas caladas.

Es la hora de cierre así que nos vamos al bar. Lleno de camioneros dormidos en los bancos. En la barra, unas adolescentes se embadurnan la cara con una crema que el dueño del local le exprime desde un pene de plástico enorme repleto de vodka. Luego el dueño toma la cabeza de un gordito que está sentado a la barra y la agita como si fuera una coctelera. Listo, ya las fotos fueron tomadas. El gordito se da vuelta y le mete la lengua hasta la garganta a una de las chicas con la cara llena de crema. Con Estefanía y Roberto nos pedimos whisky y lo tomamos a la antigua, sin mucha floritura. Es mejor estar borracho en el bar porque si entran los encapuchados y sus ametralladoras es el fin.

No entiendo como estas viejas terminaron juntando armas en su casa y salieron a matar a la gente. Hace dos semanas vi como un encapuchado mataba a un chico que tocaba la guitarra en la calle. Al sacarse la capucha era un de estas viejas pintarrajeadas. Debía tener unos setenta años.

Borrachos, volvemos al centro de exposiciones. Entramos por la puerta trasera, como siempre a esta hora, y subimos por las escaleras hasta el primer piso. Abrimos el doble cerrojo, subimos por la escalerita hasta la puerta antigua de madera. Estefanía manotea el picaporte y la abre.

La mujer palpa un maniquí con pies de rana, que los curadores habían desechado en una de las últimas muestras. El que decía Segunda Mención Escultura. Como Estefi ayer le arrancó los ojos, la mujer ni sabe lo que hace. Nos sentamos en las tres sillas para ver el espectáculo.

La mujer se cae, se levanta, mete la cabeza en una de las axilas del maniquí, se orina, no puede gritar porque Roberto le hizo tragar un pañuelo de tela lleno de mocos y le precintó la boca con cinta de embalaje.

Los ojos de Estefanía brillan porque la mujer trata de tomar la mano del maniquí. Como si fuera un hombre que pudiera dar un paso hacia la puerta para sacarla de ese lugar. Pero es demasiado tarde. Pronto va a estar en la bañera.

La bañera formaba parte de una instalación de Nuevo Arte Ecuatoriano. Encantaba a los visitantes porque cuando se acercaban, en vez de encontrar un patito de juguete flotando, descubrían unos peces abisales horripilantes. La artista no se la pudo llevar, la desecharon. Cuando todo estalló, me la quise llevar a mi casa pero Omar, Roberto y Estefanía no me dejaron. La subimos al cuartito.

Estefanía está atenta porque la mujer va a meter las manos en cualquier momento en la bañera. Lo hace y empieza a salir humo. La soda cáustica que Roberto usa para hacer desaparecer los cuerpos le está quemando la mano. Trata de gritar pero no puede. Estefanía saca una pistola y la remata. Roberto la tira en la bañera. Va a calcinarse lentamente y Estefanía va a usar sus dientes, sus cartílagos, lo que reste, para las creaciones que va acumulando en el cuarto.

Ella casi siempre atrapa chicas, se acerca mientras miran al toro con el cuerno y las duerme con un pañuelo embebido en no sé qué sustancia. Yo soy más directo y cuando una chica me hace acordar a una compañera de colegio, las que me gustaban y me cargaban, directamente uso la pistola con dardo tranquilizante. Después se la entrego a Estefanía para que la intervenga a gusto. Nuestra forma de arte es colaborativa, pero Estefanía no lo quiere aceptar. Roberto por ejemplo se encarga de conseguir a chicos barbudos, y de pelo largo, de esos que seguro matarían los encapuchados, las viejas.

El trabajo era tan aburrido antes de la guerra, estábamos toda la tarde ahí, resguardando las obras de los visitantes.

Estefanía, que dice que ahí me empecé a volver loco, ni tenía el pelo azul entonces, porque estaba prohibido. Pero después del quilombo las cosas cambiaron. Mantuvimos el lugar, se nos ocurrió cobrar una entrada, para eso está Omar, el albañil; hay muchos que todavía quieren ver la última exposición de Buenos Aires. Creo que la mayoría son fanáticos del manga y esas cosas.

Nos quedamos dormidos en la alfombra con la cabeza de tigre. Nos gusta dormir ahí. Estefanía está cerca, su pecho se infla y desinfla como un fuelle nuevo, Roberto ronca como siempre y a mí me viene el sueño.

Al otro día me levanto y hablo con Estefanía. Le digo que pronto su colección de arte va a superar a la coreana que está abierta al público. Que elijamos bien a la última víctima.

Pero ella dice que no son víctimas. Que son maniquíes. Que perdí la cabeza cuando las viejas mataron a mi familia. Para ella tengo paranoia y me invento esas historias de crímenes. Me deja claro que ella no es una asesina, es una artista. Me agradece por cuidar de sus creaciones.

Le digo que no nos olvidemos de poner el candado, que no quiero que cualquiera que entre a la sala se meta a ver el cuarto donde ella está creando maravillas. Pero para ella la puerta no tiene candado, en la bañera sólo derrite plástico para reciclarlo y mezcla pintura. Me dice que yo nunca maté nadie. Que no siga diciendo pavadas.

Roberto me trae un vaso con la medicación. Me la hacen tomar. Les digo que esas pastillas también formaban parte de una muestra, que son un placebo, unas pastillas de mentira que no tienen nada. Pero ellos dicen que si no fuera por los medicamentos tal vez ya hubiera cometido una locura, como los encapuchados.

–¿Querés convertirte en un encapuchado?–corean.

Ya saben la respuesta. Tomo la medicación. Y de premio Estefanía me deja lavar su bombacha calada.

Mientras lavo, sé que Omar está en la boletería, con esos folletos raídos, para cobrar la entrada que nos permite seguir yendo a ese bar de mala muerte y recargar cada tanto el generador.

 

por Adrián Gastón Fares

Lo que algunos no quieren contar

En la ciudad, todas las noches me sentaba con mi hija y mi mujer a la mesa del comedor. Por eso el bosque. Quise aislarme de todo, como tantos otros. Elegí un lugar de la Patagonia, apacible pero ventoso, entre los árboles. En el tejado de la cabaña había una veleta de metal, con la rosa de los vientos, coronada por un pez.

Había comprado el terreno, que venía con la cabaña y una plantación de arándanos. Todo por poca plata. Según la inmobiliaria, el dueño era un viejo, alcohólico. El dinero iría a los nietos. Me habían ocultado que se había ahorcado en uno de los árboles, el más alto. Pronto me lo contaron en el pueblo. Me daba lo mismo.

Dejé que los arándanos crecieran salvajes. Los juntaba en diciembre, en mi gorra, arrancando al fruto a lo bestia, sin el cuidado que hay que tener al cosecharlos, que en este caso sería hacerlos girar lentamente para desprenderlos del tallo, sin arruinar la capa de protección. Pero yo era como un duende entre los arbustos, los recogía a las corridas, y los comía en mi casa de merienda o a la noche ya congelados.

Enfrentaba el fin del día extasiado ante la contemplación de las aves, de los quises andinos, de las liebres que se cruzaban al atardecer como si el mundo estuviera a un minuto de acabarse y algo ominoso viniera a ocurrir, que nunca era más que la simple noche.

Pero un día fue más que eso. Coincidió con el aniversario de la muerte del viejo. O por lo menos, yo me creo eso.

Me levanté, abrí la puerta de la casa y salí. Caminé automáticamente y sorteé el gran pino sin darme cuenta que ese árbol siempre estuvo en línea recta a la ventana. No a la puerta. Llegué a la cascada pequeña y me senté a fumar, lloré dos o tres lágrimas, porque el lugar era tan bello y yo había sufrido tanto, que estar ahí significaba mucho para mí. Sabía que hay que llorar sí, pero hay que llorar poco porque si no uno no para. Y el agua que fluía entre las piedras me recordó eso.

Volví caminando sin mirar a los costados, como un autómata cansado porque llorar, aunque sea un poco, cansa. Aunque sabía que en ese lugar debía estar una de las ventanas, entré por la puerta y fui directo a tirarme en la cama. Al rato, subí al techo de la cabaña, saqué la veleta y la ubiqué cerca del pino. La punta señalaba el norte.

Tomé bastante vino. A la medianoche salí, miré las estrellas, para mí, acostumbrado a la ciudad, el paraíso estaba en el cielo. Ese cielo, las ramas mecidas por el viento. Me gustaba esa imagen pero el viento nunca me gustó. Me molestaba.

Bajé la cabeza porque tenía una necesidad imperiosa de orinar. Así que me fui hasta el pino y rocié el suelo. Pero al terminar, me di cuenta que el árbol no estaba ahí. Había meado en la maleza. En frente no tenía nada. Me volví y noté que la casa estaba en su posición inicial. Caminé hasta el pino y la veleta. Seguía señalando el norte.

Esa noche dormí profundo, sin pesadillas, y al otro día me propuse ir al pueblo a comprar provisiones. Abrí la puerta, caminé y di con el arroyo. Me di vuelta para mirar la cabaña y la puerta estaba ahí, donde debía haber estado la pared del dormitorio.

Enmendé el trayecto, salí por la entrada de mi terreno hacia el almacén del alemán. Compré pan, fiambre, café y cigarrillos. Retorné, rodeé el terreno y me metí adentro. La que rotaba era la casa y no el terreno, me dije, como si ya no me asombrara.

Salí a orinar esa noche, estaba bastante borracho otra vez, y me di cuenta que estaba salpicando la rueda de mi camioneta. La dejaba en el fondo, detrás del porche, así que la casa había rotado otra vez.

El cielo encandilaba. La luna hipnotizaba. Las ramas de los árboles murmuraban.

Volví a la casa y dormí hasta bien avanzado el día siguiente. Estaba triste porque quería tranquilidad, me había alejado del mundo por sus inconsistencias, sus coincidencias infundadas, y ahora esto, ¿qué quería decir?

A las seis de la tarde del otro día se me dio por dirigirme a lo del alemán. Salí y caminé derecho, di con un cementerio antiguo, el de los galeses. Otra vez la casa me había engañado. Debía estar apuntando al noroeste. No importaba, como un turista más, comí torta con té. Contemplé a una francesa hermosa. Intenté hablarle pero la chica me intimidaba. Me volví a la casa, ya me había olvidado del alemán y lo que quería comprarle.

Entré a la casa. Subí un escalón para sentarme a la mesa del comedor ¿Un escalón? Alrededor de la mesa, el piso se estaba levantando, los bordes del círculo que se estaba formando eran como una rueda dentada.

Pensé que la casa estaba creando una sima, se estaba desenroscando, y que los árboles, mi camioneta, la plantación, serían chupadas por ese agujero que la cabaña estaba creando.

Al otro día salí, me cercioré que la puerta apuntaba donde me dirigía, era así, otra vez la puerta daba a la entrada del terreno, tal como lo compré, así que caminé derecho hasta el almacén del alemán.

Compré querosén, diarios, cerillas y volví lo más rápido que pude.  No tenía nada de valor en la casa. Mis documentos en el bolsillo. Rocié a la cabaña con querosén.

El fuego iluminó la plantación, se disparó una liebre entre los árboles, volaron los murciélagos y rajaron los quises que estaban escondidos entre los troncos cortados. Un resplandor dorado iluminaba la plantación, mi querido pino, el camino de entrada. La casa ardía. En las llamas vi proyectada la imagen de la chica francesa. Me había enamorado como un idiota.

Pero la cabaña giraba. Rápido. Lo hizo hasta desprenderse y dejar el comedor a la vista, la rueda dentada, con la mesa redonda y las sillas.

No me podía sentar en ese lugar. Me recordaba la compañía de mi hija y mi mujer. Pero no tenía otra, me dirigí a la plataforma, la cabeza plana del tornillo, que era lo único que había dejado el fuego, salté, y tuve el valor de correr una silla y apoyar el culo ahí.

Seguía rotando. Vi a la veleta, al árbol, a la plantación de arándanos, a la luna llena, al arroyo, vi la tierra, intuí que la casa me había propuesto todos los días un camino nuevo. Ahora mi musa era una extranjera, la chica francesa que había conocido por seguir el trayecto que la puerta de la casa me sugería. Sentado en el trono hogareño pero descubierto que la cabaña me ofrecía, mientras todo seguía girando, vi raíces, hormigueros, lombrices, bichos bolitas, rocas doradas y finalmente, una multitud de ojos azules brillantes comenzó a rodearme, mientras me sacudía la tierra de la cabeza.

Me agarré de las raíces, comencé a escalar, ya había hecho palestra en la ciudad, era rápido, vi como la plataforma con las sillas y las mesas se hundía, salí del agujero como un muerto viviente, nevaba y yo estaba de pie en la sima que había sido la cabaña, exultante y cansado.

En el escape, en la corrida, un cuerpo blando me golpeó el hombro, justo a la altura del pino. Supe que era el cadáver del viejo, el antiguo dueño. Escuché risas y seguí corriendo, hasta que dejé a las arándanos, la tranquera, el terreno, todo, atrás.

 

por Adrián Gastón Fares

Las aparecidas

En un día con neblina, que hacía que el edificio de IBM se difuminara de la mitad para abajo, como si flotara la parte superior en la ciudad, la primera de las chicas apareció en la parada del Metrobus: Cecilia O.

Lívida, con la bikini que tenía puesta cuando la mataron, mejor dicho, cuando el portero Romualdo intentó violarla y terminó dándole con un estuche de madera de vino hasta hundirle el cráneo. Así que su frente estaba hundida y el pelo ensangrentado. La parte de abajo de la bikini estaba corrida.

Sostener la mirada en ese espectáculo era difícil y sin embargo los que pasaban con el colectivo 152 por la zona no sólo la miraron, sino que le sacaron fotos y grabaron videos con sus celulares que luego subirían a las redes sociales.

La segunda aparición fue cerca, en una casona antigua que estaban tirando abajo en San Telmo. El obrero estaba en la planta superior y entró al dormitorio. Acostada en la cama estaba Margarita S.

Margarita tenía el vestido de novia puesto, estaba con los ojos blancos, la tez color dulce de leche, y tenía un disparo en el medio del pecho. Habló con voz gutural. Sus cuerdas vocales podridas reclamaron un té de la India. Se ve que pensó, por el color de la piel, que el obrero era su esclavo o su mayordomo, pero en realidad era Ricardito, que había crecido en Caraza, tenía tres hijos y tomaba el 20 todos los días para llegar a la obra en la que trabajaba.

Ricardito, que ya había visto en las redes la aparición de Cecilia O, le convidó un mate, que Margarita rechazó, y le dijo que le esperaba un choripán para el mediodía, que fuera a comer con los muchachos.

Margarita S. estaba encantada con la obra. Comió el choripán con voracidad. A los obreros no parecían molestarle el color pútrido de su piel ni el agujero que la chica llevaba en el pecho. El arquitecto tampoco se sorprendió.

Le mostró fotografías de cómo quedaría la casa en la que ella había vivido hacía más de un siglo y le pidió disculpas por intervenirla. Margarita se sintió triste porque ya no tendría su cama pero dijo que merodearía la franquicia de café que estaban construyendo. El arquitecto le aclaró que tal vez tendrían ahí un té parecido al que ella solía tomar. Agregó que el resultado no sería tan imponente como su casa de estilo francés.

Aquí hubo un problema. Porque Margarita entendió impotente. Sus oídos no funcionaban bien, las células ciliadas muertas, como debía ser. Dijo que su esposo era impotente. O eso le había parecido cuando intentaron tener relaciones en su noche de bodas. Le explicó al arquitecto que le tenía mucho miedo a los hombres de traje, como los que estaban pasando por la vereda de su antigua casa.

En su noche de bodas, tras no poder consumar el acto sexual, el que había sido su novio intentó desvirgarla con un porta velas que había en el dormitorio, y a pesar del tamaño, largo y filo del mismo, Margarita no había sangrado. Ante sus gritos, su esposo la golpeó y le desencajó un tiro en el pecho.

Sonreía, Margarita, mientras contaba su triste final sosteniendo con delicadeza, con el dedo meñique en alto y la falange que se trasparentaba, el choripán, cuya miga de pan era manchada con sus encías sangrantes.

En los alrededores de Nonthue, a unos cincuenta kilómetros de San Martín de los Andes, a la noche duermen a la vera del lago, con sus bolsas, los turistas que elijen la manera más linda de viajar. Antes de que uno de esos grupos pernoctara en la orilla del lago, el coordinador propuso un juego para integrarlos.

En la noche, todos se adentrarían al bosque, con una linterna por equipo de cuatro personas, y tratarían de dar en la oscuridad con el ayudante, escondido, que imitaría el grito de un animal para guiarlos. El grupo que primero lo encontrara sería el ganador, pero no deberían advertir a los otros, que seguirían buscando. El ayudante podría estar debajo del tronco de un árbol derribado o entre la vegetación del lugar.

Gilberto salió con el grupo, se perdió, porque él no llevaba la linterna, trastabilló con una rama y cayó al suelo. La luz de la luna rescataba algunas imágenes. El turista siguió el graznido que parecía llevarlo a encontrar al hombre escondido, pero en vez de dar con el ayudante del coordinador se topó con la tercera aparición.

Una adolescente estaba de espaldas, desnuda, con el cabello hasta la cintura, casi acariciando su trasero o culo, como gusten.

Gilberto, que estaba al tanto de las otras apariciones, controló el instinto animal de salir corriendo a los gritos, se tensó pero se armó de valor y caminó hasta la chica. Le puso la mano en el hombro, y como un rayo de luna parecía caer directamente en ese lugar, leyó lo que había escrito en el tronco.

Lo había escrito la chica con sus uñas largas. Decía: El hijo del gobernador. Alfonso y Eugenio. Soledad los cubrió, mintió a la policía.

La chica se dio vuelta, estaba llorando lágrimas de sangre que cayeron en el dorso de la mano de Gilberto, sus ojos estaban negros. En el suelo había tierra removida y una remera con la inscripción I Walk The Line.

Gilberto logró extraer la botella hundida entre las nalgas de Clara U. Había sido golpeada y enterrada viva. Ella le pidió que le prestara el celular.

Le mostró su Facebook repleto de mensajes de condolencias de sus amigos y de pedidos de justicia de sus familiares. Se la veía linda en las fotos y las últimas eran con un grupo de chicos y Soledad en la orilla de ese lago.

Después se sacó una foto con su celular y la posteó en Facebook e Instagram con la descripción: Soy un fantasma.

Los ojos negros y la piel descascarada, que dejaba ver algunos dientes de su maxilar superior, ayudaron a que la fotografía se viralizara. Gilberto la llevó, así como estaba, al campamento, donde justo estaban contando historias de fantasmas caseros, y esta aparecida del bosque fue bien recibida.

Se sentó junto al fuego, no quiso probar bocado del guiso que preparó el coordinador, y se fue a dormir a la bolsa con Gilberto, que tiritaba de frío y se abrazó a Clara durante la noche, aunque ella estaba más helada que el rocío que caía.

Al otro día, Clara no estaba y había dejado un mensaje. Te espero en mi árbol. Esta relación de Clara con Gilberto dio mucho que hablar.

En otros países hubo aparecidas y cuanto más desapariciones había más eran las mujeres que hacían dedo, sin un dedo, al costado de la ruta, merodeaban las tumbas de algún músico famoso, o eran avistadas en balcones, cárceles, en boliches, fiestas y hasta en los baúles de los autos.

Ahora bien, a los meses la primera que seguía con una bikini en el Metrobus, cerca del edificio de IBM, Cecilia O, fue ahorcada por un hombre de traje. La violó y la tiró en la reserva de Costanera Sur. Ahí volvió a aparecer con una marca en el cuello y la mirada más vacía que antes.

Lo mismo le pasó a las otras, salvo a la que salía con Gilberto, donde hubo una pequeña variación. Ella misma le pidió a Gilberto que la asesinara, porque sentía una enorme culpa por las demás, y necesitaba que él la matara una y otra vez.

Yo, que no soy popular porque aparecí en esta casa en el Tigre, donde un día recibí a un empresario que apenas conocía, también fui asesinada.

Lo presentaron como un suicidio. Pero no fue así.

 

por Adrián Gastón Fares

La edad de Roberto

Cuando lo conocí tenía cincuenta años. Después de las clases de yoga, en el vestuario, apenas intercambiábamos algunas palabras. Con la ausencia de un compañero de clase, esas palabras se convirtieron en charlas.

¿Dónde se había metido, Pablín?

Antes, Pablín era el único que hablaba, con sus apologías del yoga. Afirmaba que había que practicar las asanas sin falta todos los días. Que el Yoga le daba un poder único. Que sentía un fuerza descomunal. Y sostenía que para reforzar esa fuerza había que combinar la práctica con la abstinencia sexual. A mí eso me parecía demasiado. Así que cuando desapareció Pablín de las clases empezamos a teorizar sobre su destino. Nos hicimos más cercanos con Roberto. Tratábamos de responder a las preguntas que la desaparición de Pablín nos había despertado. ¿Se había ido a practicar a otro lado? ¿Se limitaba a llegar a samadhi en su casa? ¿Estaba desempleado y no podía pagar la cuota mensual? Un día dejamos de hablar de eso y nos empezamos a recomendar series y abordamos la cuestión de quiénes éramos antes de bajar un poco el ego y tratar de absorber la mente y los órganos en las clases. Yo soy periodista. Roberto refaccionaba muebles viejos, que encontraba en la calle a veces, o donde fuera y los vendía.

Un día la profesora de yoga lo felicitó a Roberto en plena clase y en viva voz. Quería saber qué acontecimiento doloroso en su vida lo había transformado. Desde la primera clase había avanzado tanto en presencia, en atención, en postura y fuerza física, que algo tremendo le tenía que haber pasado, ya que la profesora sabía que sólo el dolor fomenta e impulsa estos logros. La profesora tenía curiosidad pero no era una invitación a que Roberto lo explicara en clase, sino una descripción de lo que veía en él. Tal vez por eso, mi amigo nuevo se limitó a decir que llevaba tiempo. Nada más.

Como me encanta preguntar, cuando salimos de la clase le dije a Roberto, ¿qué es lo que viviste? ¿Qué es lo que la profesora de yoga percibió en vos? ¿Qué recuerdos usaste para fortalecerte?

Fuimos a tomar una cerveza y me contó su historia. Tenía, como dije cincuenta años pero veinte los había pasado encerrado.

Su padrastro, Carcamal, había enloquecido. Como Roberto no aceptaba seguir yendo a la iglesia evangelista a la que iba desde chico y como lo había encontrado fumando un día en el fondo de la casa, entre las aloe vera, armó un plan para adoctrinarlo.

Su madre había muerto, así que Roberto compartía la casa con Carcamal. La segunda vez que lo encontró fumando un cigarrillo armado, su padrastro le disparó con una pistola con dardos tranquilizantes para animales.

Roberto se levantó en el piso del galpón del fondo de su casa, con la Biblia en su pecho. La habitación estaba vacía. Sólo un retrete, una palangana amarilla con agua y algo de comida. Intentó salir pero Carcamal había reforzado la puerta con candados y el galpón, de cemento, no tenía ventanas.

Pasó veinte años ahí, alimentado por su padrastro, sin ver a ninguna otra persona. Tenía veinticinco años cuando Carcamal lo había encerrado.

A los cuarenta y cinco años estaba durmiendo en el piso cuando recibió los lengüetazos de un perro. Abrió los ojos y la policía lo rodeaba.

Los vecinos habían sentido el olor nauseabundo que salía de su casa. La policía acudió con un perro de pesquisas, Neruda, que primero corrió hasta el cuarto donde yacía el cadáver de su padrastro y luego al fondo, al galpón donde Roberto estaba encerrado. Al salir le dio las gracias al cerrajero, a los policías y acarició a Neruda. La policía ofreció regalarle al perro para que lo acompañara en su adaptación a la libertad, pero Roberto se negó, no sabía cómo cuidarlo.

En cambio, se anotó en un Profesorado en Letras, hizo algunos amigos, notó que el mundo había cambiado, se compró un celular inteligente, aprendió a usar Internet, quemó todas las Biblias de Carcamal, tiró la televisión antigua y comenzó a juntar muebles para arreglarlos. Lo hacía feliz trabajar con la madera, hacer aberturas, pintar tiracajones, crear manijas, puertas que pudieran abrirse. Todo esto podía entenderlo. Pero nunca me imaginé contra qué demonios internos luchaba.

Roberto se dio cuenta que su desarrollo emocional no era el mismo que el de otras personas de su edad que conocía. Siempre le daban mucho años menos, le decían que tenía un espíritu jovial, físicamente se había mantenido ya que en el galpón en vez de leer la Biblia hacía ejercicio.

Quería anotarse en un programa de ayuda a emprendedores jóvenes del gobierno. Pero uno de los requisitos era que la persona tuviera menos de treinta y dos años. Según la fecha de su nacimiento él no calificaba. Le gustaban las chicas jóvenes, que lo aceptaban, por su jovialidad y su aspecto, pero la sociedad no vería bien que un hombre de cincuenta saliera con una de veintiuno.

Entonces, un día, después de meditar, de leer a Gandhi y a Martin Luther King, decidió que tenía que pedirle algo a la sociedad. Me aclaró que era muy importante pedir antes que reclamar.

Así que fue a un centro comunal del gobierno. Se plantó frente al empleado y le pidió que le cambiara la edad de su DNI. Roberto sostuvo que tenía veinticinco años, había estado encerrado casi veinte, así que sus cincuenta no contaban.

No había conocido mujeres en ese tiempo. No tuvo acceso a ninguna lectura, a ninguna película, en resumen no podía hablar con nadie más que con sí mismo, no había tenido tareas exigentes a nivel físico ni mental, por lo tanto, y a pesar de tener el secundario completo y una carrera, la de administración de empresas, no había vivido esos años que la sociedad le había sumado.

Si quería entrar a ese plan de emprendedores del gobierno, con su empresa de muebles, con cincuenta años no podía. En las aplicaciones de salidas del celular, si ponía su edad sólo podía salir con mujeres separadas, divorciadas o con una historia afectiva copiosa, pero él no había tenido ninguna gracias a que Carcamal lo había mantenido encerrado con el espíritu santo.

Estaba en su derecho pedir este cambio de edad en los registros públicos y en su documento nacional de identidad.

El empleado se negó. Llamó al de seguridad, que lo acompañó hasta la puerta.

Y entonces, como no sabía qué hacer para obtener lo que deseaba, le escribió una carta al Gobierno. Tampoco obtuvo respuesta.

Como soy periodista, puedo afirmar que en Francia uno puede llamar al ministro de cultura y atiende, uno puede escribirle al director del festival de Cannes y al otro día tenés un email con la respuesta, pero en Argentina no responde nadie, ni siquiera yo que soy un periodista, respondo cuando me escriben por tal o cual cosa, no presto atención. En el fondo, sé cuál es la razón de estos desplantes argentinos pero me la guardo para mí.

Pero a Roberto sí le prestaba atención. Tenía algo que decir, algo único con su historia particular.

No obtuvo la respuesta del Gobierno, pero armó una campaña en las redes sociales, sumó seguidores, se armó un Change.org, y logró juntar firmas pero no todas las requeridas para llegar a algo en estas circunstancias.

Así que un día, se armó una carpa en el obelisco con un cartel que decía: Yo tengo 25. Tengo derecho a elegir mi edad. Y se puso a tocar en su guitarra una de las pocas canciones que sabía: Zamba para olvidar. Le gustaba la versión de Mercedes Sosa. La parte que decía: Cosas que ya no existen. Algunos le dejaban unos pesos en su gorra. Hasta que su barba creció, su pelo también y parecía, por fin, realmente un hombre de cincuenta años.

Una mujer qom, que estaba en una carpa cercana, se le acercó, le convidó mate, tereré, le habló de desnutrición, porque lo veía muy flaco y le parecía una locura porque en su comunidad morían chicos por eso, y le confesó que para ella él tenía veinticinco años, que lo veía en sus ojos, que reflejaban todavía las cuatro paredes del galpón en el que había estado encerrado pero que habían aprendido a brillar en la oscuridad. Y lo invitó a que se fuera con ellos, a que trabajara y los ayudara con sus cosechas y los protegiera, porque necesitaban protección, más que nada. Un empresario importante quería robarles sus tierras.

Roberto se fue al Impenetrable, al Chaco, trabajó, sembró y cosechó. En la aldea fue iniciado sexualmente por una chica joven, o mejor dicho se iniciaron.

Un atardecer se enfrentó con un motociclista que le apuntó con su pistola. Era un joven sicario contratado por terratenientes. Roberto le tomó la mano que sostenía el arma y lo hizo girar  en el aire. Luego tomó su pistola y le disparó en la cabeza.

Observó la vida de los qom, que lo tenían por una especie de héroe por lo que había hecho,  hasta que se aburrió y decidió volver a Buenos Aires. Se escapó de noche por la selva.

Al llegar a Buenos Aires quemó su DNI en el galpón donde su padrastro lo había mantenido encerrado, se afeitó, se miró al espejo un buen rato y se dio cuenta que tenía los años que él quería tener, veinticinco. Así que salió a caminar por las calles céntricas con veinticinco años por primera vez.

Encontró a un policía en Callao y Santa Fe y le pidió que lo detuviera, que él había matado a un persona en el Chaco, defendiendo a los qom.

El policía se negó, Roberto trató de sacarle el arma y obtuvo lo que deseaba. Lo encerraron en una celda por desacato.

Así, pensaba él, conservaría su edad, no llegaría a los veintiséis. Otra vez encerrado, el tiempo no contaba. Pero al otro día lo dejaron libre por falta de pruebas.

Se anotó a teatro y a yoga, y siguió refaccionando muebles, sin la ayuda del gobierno, ya que no le reconocieron la edad que él necesitaba tener para inscribirse como emprendedor.

En la actualidad, sigue luchando por su ideal de que le bajen los años y que esto se pueda aplicar para toda persona que haya vivido una situación parecida a la suya.

Aunque el tiempo pase, dijo, él no va a bajar los brazos.

 

por Adrián Gastón Fares.

La zombiada

Estaba la puerta abierta y también le pareció inusual que no estuviera la empleada de limpieza para gritarle que no le dejara yerba en el lavabo, y comentarle  que había inventado otra forma para separar la yerba del resto de la basura. Era raro no recibir el pedido de colocar el bidón de agua en el dispenser para los dirigentes ni bien llegaba. Pensó que ese día en el trabajo iba a ser distinto.

Así que puso su pulgar en la máquina de fichar, recibió un “Gracias”, en español, de la grabación que la máquina contenía y se dirigió al segundo piso, a su oficina.

Golpeó pero nadie le abría.  Se quedó esperando en el pasillo. Eso era normal. En cambio, el olor penetrante, ácido, a vómito, no lo era. Provenía de su oficina. Esperó cinco minutos sin saber qué hacer. Golpeó otra vez la puerta, ya que no había timbre, y el empleado, Manuel, el único zombie que trabajaba en su piso, le abrió. Caminó hasta su computadora. A su lado estaban, sin ninguna separación, las de Pablo y Alfonso. Le pareció anormal que ninguno de los dos estuvieran. En la computadora de Alfonso se veía un polvo blanco cerca del teclado. Como si hubiera dejado caer hilariet, pero Gastón sabía que era cocaína. En la de Pablo, el mate, y la pantalla estaba clavada en una página web de Mobbing.

Pablo y Alfonso se odiaban y el primero sostenía que el segundo lo acosaba. Las mujeres habían sido trasladadas a otra oficina porque los hombres no querían almorzar con ellas ni escuchar sus chismorreos. Lo que más le había chocado a Gastón al entrar en ese trabajo era lo misóginos que eran sus compañeros. A él le gustaba estar rodeado de mujeres desde chico. Sin ellas, algo le faltaba. Y en vez de voces aflautadas tenía a Manuel, el zombie, y a los otros dos, eso hasta que llegaba Roberto, el superior, el analista de sistemas, una biblioteca itinerante que sabía de todo. Roberto le había recomendado a Gastón el libro Anatomía de la Crítica de Northrop Frye.

Gastón consultó con su ex profesora de la facultad de Letras, Isabel, quien le dijo que estaba pasado de moda Frye, que sus ideas habían sido superadas. Eso estaba leyendo en su email, pensando qué contestarle a la mujer porque a él le había llegado hondo el discurso del analista de sistemas sobre Northrop Frye para abordar la obra de Tolkien y comentar la serie de ciencia ficción que estaba mirando. Aunque Gastón nunca había leído a Tolkien. Pero la palabra inmersión le gustaba y se podía relacionar con la obra de Frye. Una palabra a veces lo define todo.

Eso pensaba Gastón, pero sus sentidos estaban alertas porque le picaba la nariz por el olor a vómito que provenía, sin dudas, del despacho de Roberto, cuya puerta estaba cerrada. Tenía que ver qué lo causaba, pero antes contestó un mensaje de su novia que decía que el bebé estaba bien, que le había vomitado el pelo y la blusa, algo común. Así que era el Día del Vómito para Gastón.

Manuel estaba durmiendo en su cubículo vidriado. Desde que los zombies habían evolucionado habían obtenido algunos derechos, uno de ellos era la inclusión social de los de conducta intachable a través del trabajo.

Manuel no contestaba cuando le abría la puerta, sólo bajaba la cabeza. Tampoco lo saludaba al llegar y al irse. A veces le preguntaba si no tenía la llave. Gastón le había dicho mil veces que no tenía llave y que dependía de él que le abriera, pero este tema parecía estar más allá de la comprensión del zombie, a quien le molestaba despegar el culo de la silla.

Gastón podía entenderlo. Los zombies comen el doble que un humano. Manuel no controlaba su esfínter y por lo tanto la cantidad de mierda que cagaba le producía hemorroides y otras complicaciones que convertían en obligatorio el uso de una silla especialmente acolchada.

Los zombies habían dejado de atacar a las personas al alcanzar la autoconciencia y luego se habían dado cuenta de que no les convenía ser perseguidos, reducidos y asesinados, así que su comportamiento había pasado de ser destructivo a casi altruista. Se adaptaban a cualquier tipo de trabajo. Se destacaban en los cargos administrativos porque su concentración para evitar sus desmadres era alta, pero también podían afrontar trabajos más precarios, de carga, por ejemplo, porque su fuerza era superior a la de un humano.

Lo único que Manuel compartía con Alfonso y Pablo era el gusto por ver en el móvil de este último imágenes truculentas. Un hombre trozado en dos por un tren, cuyas manos todavía se movían tratando de salir de las vías. Un ejemplo. Desmembramientos varios y miembros varios también, porque otras de las atracciones que ofrecía ese celular eran los videos de negros que bamboleaban sus genitales gigantes de aquí para allá o que los introducían en toda clase de agujeros pequeños, o que parecían pequeños por contraste.

Un día Pablo y Alfonso le pidieron a Manuel ver su pene, pero el zombie se había negado. Lograron su objetivo una tarde que Manuel fue a orinar y se metieron de golpe en el baño. Al parecer, no podían creer lo que habían visto.

Por lo demás, Manuel permanecía callado y sólo saludaba a Roberto, su superior. Eso pensaba Gastón, mientras leía la respuesta sobre Frye de su ex profesora y el olor que provenía del despacho cerrado se hizo tan penetrante que ya no pudo aguantarlo.

Vio que Manuel seguía sumido en su sueño. Controlar el instinto consumía gran parte de la energía del zombie y debía descansar más que un humano.

Entonces Gastón, le contestó a su novia que todo estaba bien, que por ahora no tenía trabajo, era una mañana tranquila, nadie lo llamaba y luego caminó hasta la oficina de su superior. Trató de abrir la puerta pero estaba cerrada, sin llave pero no podía abrirse de afuera. El olor nauseabundo provenía claramente de ahí.

Se dio vuelta para mirar a Manuel, que seguía con el mentón pegado al pecho. Por debajo de la puerta del despacho se escapaba un líquido color dulce de leche. Uno de los punteros del sindicato de Software en la que trabajaba le había enseñado a abrir la puerta con una tarjeta de plástico. Gastón no tenía tarjeta de crédito así que usó la de Starbucks.

Al abrir la puerta lo golpeó el frío que se escapaba del cubículo del servidor. Los cuerpos de Alfonso y Pablo estaban expuestos, partidos al medio, masticados, frente al escritorio. Roberto yacía en su silla, sin la tapa de los sesos, como un mono de banquete chino, el analista de sistema, dando órdenes, vaya a saber cuánto tiempo, a seres de otro mundo, si es que ese otro mundo existía.

El líquido que se había deslizado por debajo de la puerta provenía del cerebro de Roberto, ya que los otros dos cuerpos estaban medio resecos, los huesos a la vista, como si el atacante hubiera succionado hasta los tejidos.

Al darse vuelta, con sus manos congeladas que anunciaban un ataque de pánico, Gastón vio que Manuel ahora tenía la mirada clavada en él y notó lo que antes no había visto. A su lado, en su escritorio, como un melón recién cortado, el zombie tenía la tapa de los sesos de Roberto, medio masticada.

El zombie se levantó, rodeó su escritorio con parsimonia, sin perder los modales ni la postura erguida, y empezó a acercarse a Gastón tratando de ocultar sus uñas afiladas. Gastón corrió hacia la puerta con el objetivo de avisarle a las chicas que el zombie de su oficina había perdido el control. El hecho hacía presuponer que había contactado a otros zombies, los llamados marginados, que pronto estarían en el lugar para fortalecer la revuelta. Mientras Manuel se acercaba a él, Gastón logró salir de la oficina, cerró la puerta y subió a la oficina de las chicas.

Otra vez el olor agrio, nauseabundo, pero esta vez más fresco, más penetrante. Tras la puerta los cuerpos desmembrados de las que habían sido sus compañeras se apilaban. En un vértice de la oficina, ovillada, abrazando sus piernas, Lucía lloraba con la mirada perdida. La chica balbuceó que había más, que Manuel los había arengado, que su programa había fallado, y que nunca debieron incorporarlo a la empresa. Claro que Lucía era otra zombie y por eso se había salvado. Una zombie joven como Manuel, pero en otro estadio de evolución.

Gastón volvió a la entrada de la oficina para contener la puerta justo que las manos de Manuel la empujaban. Mientras tanto, vomitó el café que se había tomado por la mañana junto con la medialuna de manteca.

Esa oficina daba al patio del edificio. Al asomarse a la ventana, Gastón vio a varios zombies que dialogaban mientras se pasaban el mate y compartían pedazos de piel de un cuerpo humano. Reconoció a algunos que trabajaban en otras empresas ubicadas en el mismo edificio. Gastón no sabía qué hacer.

El celular de Lucía sonaba pero a ella le temblaban tanto las manos que no podía atender. Iba a caerse de la mesa si seguía vibrando, así que Gastón lo tomó y respondió la llamada. El marido de Lucía, Eduardo, era policía, uno de los  humanos que se habían enamorado de una zombie. Gastón le contó la situación a Edu, quien le dijo que se calmara, que buscara la pistola que Lucía tenía en el fondo de su bolso y siguiera las instrucciones.

Ya con el arma en sus manos y el móvil en altavoz, comenzó a describirle la situación a Edu. Zombies asesinos en el patio. Otro en el pasillo. No sabía cuántos más rebelados en el edificio.

Se animó a abrir la puerta de la oficina. El pasillo estaba vacío. El tubo fluorescente se encendía y apagaba. El cartel de prohibido fumar había sido masticado. Edu le dijo que disparara a cualquier punto. Gastón eligió el matafuegos. La explosión hizo que apareciera Manuel como una flecha con las fauces abiertas seguido de otros seis zombies más que trabajaban en el café de al lado. Edu le dijo que debía dispararle a los zombies en la zona del bajovientre, debajo del ombligo y arriba de los genitales, el hara de los hindúes pensó Gastón. Era la única forma de matarlos, aunque el folclore al respecto no lo especificaba.

Gastón pudo darle en ese punto a uno de los zombies, que cayó y exhaló su último suspiro, escupiendo un dedo humano a su vez. Los otros se abalanzaron sobre la puerta. Gastón llegó a cerrarla.

Lucía seguía temblando en un costado de la oficina. La novia de Gastón le informaba, a través de un audio que llegó a su celular, que debía llevar al bebé al médico.

Edu quería saber cuántos eran los que se habían rebelado y trató de calmarlo diciéndole que se dirigía hacia el lugar. La puerta ahora aguantaba la presión de varios cuerpos que empujaban para que cediera y Gastón no podía dejarla. Los zombies intercambiaban órdenes de mando para tratar de entrar a la oficina. Manuel los dirigía.

Era la hora del almuerzo. Las voces de los zombies eran claras. Uno decía que necesitaba abono para las plantas exóticas de su jardín y que se había cansado de usar los restos de café que Starbucks regalaba. El compost que tenía en una carretilla y que había realizado con restos de gatos muertos no era suficiente. Los demás felicitaron al zombie por su idea de incorporar humanos a la mezcla.

Gastón pensaba que esta situación se debía a que no había sabido cuidar sus pensamientos, que invocar a Frye y su teoría de la inmersión narrativa no había sido buena idea. La culpa no la tenían los zombies que habían perdido el control sino su superior que le había recomendado Anatomía de la Crítica y él lo había leído. Un verdadero desastre.

Por A. G. F.

 

Padre

Abuela, desde su sillón, al lado de la pantalla solar, todos los viernes nos cuenta una historia. En el piso un ovillo de lana violeta, al lado uno amarillo, los dos trepan hasta su panza, donde reposa un atrapasueños. Aunque decir panza para mi abuela no. Es muy flaca ella y la remera se pega a sus músculos.  El último viernes nos contó la historia de los Desmodus. Una compañera de la Policía se la había contado. La voz de mi abuela no es como la de las demás abuelas. Es un poco grave. Ella usa una peluca que la convierte en una mujer trigueña. Pero mi abuela no es una mujer. Ya cuando era policía no era una mujer pero le gustaba transformarse, como ella dice.

Nos dice, si yo pude hacerlo, convertirme en lo que yo quería, ustedes pueden lograr todo lo que se propongan. Solamente tienen que desearlo mucho. A veces dice su verdadero nombre, que no es Amalia, sino Alfonso, y lo remarca con la voz más grave, para asustarnos. Dice: Soy Alfonso y les voy a pegar. Pero mi abuela no es Alfonso. Aunque ese nombre figure en su partida de nacimiento.

La historia que nos contó hoy es la de una niña que espera a su padre, arañando la puerta, como un gato. Lo espera sentada en el piso frente a la puerta. Escucha los pasos desde que pisa el primer peldaño de la escalera porque tiene los sentidos muy desarrollados. Y cuando abre la puerta, la niña, que está con un camisón sucio, se hace a un lado. Ni bien el padre entra se franelea contra sus piernas. Y lo sigue hasta la mesita donde el padre deja su billetera, el reloj, el encendedor. Luego se saca los zapatos. Al hombre le gusta desprenderse de lo que trae de la calle. Así que queda en camisa y en pantalón negro. Según mi abuela, es un hombre muy flaco, pero es hermoso. Sus facciones están medio chupadas pero es porque se la pasa todo el día de aquí para allá cazando sus presas.

Ignora a su hija, que lo sigue por toda la casa. Aunque tiene facciones afiladas, sus mejillas están hinchadas. Al pasar por la pieza mi abuela dijo que ve a una mujer de piel color dulce de leche, con la cara chupada, los pelos pegados al cráneo que es más hueso que otra cosa. Las manos a los costados, fuera de la colcha, con las uñas largas como un bebé recién nacido. Yo no sabía que los bebés nacen con las uñas largas. Pero mi abuela dice que sí, que por eso les ponen esos guantecitos para que no se arañen.

La mujer está medio muerta pero el hombre no se inmuta. Primero va al baño y después entra al dormitorio, se sienta en la cama al lado de la mujer y la mira. Apenas respira. Tiene pelos en la nariz, aunque es joven. Acerca su cara a la de la mujer. De repente expulsa un poco de aire, la mujer, abre su boca. El hombre acerca la suya como para besarla y la mujer abre más grande. Entonces el hombre hace lo que dice mi abuela que es regurgitar. Escupe lo que tenía en su boca en la de la mujer. Sangre. La mujer absorbe hasta la última gota. El hombre se limpia la boca con un papel de cocina. La mujer inhala, su panza se hincha, mi abuela dice que para respirar bien la panza debe hincharse, y exhala, para respirar bien también la panza debe aplanarse al dejar salir el aire. Y entonces la mujer queda como una muerta otra vez. Mi hermana le preguntó si tenía cáncer pero la abuela me dijo que los Desmodus no padecen ese tipo de enfermedades.  ¿Qué son los Desmodus abuela?, le pregunté. Para eso vas a tener que esperar que esta historia termine de empezar, me dijo. ¿Termine de empezar? Sí, afirma ella. La mujer, antes de seguir durmiendo, le dice al hombre Gracias, papá. ¿Cómo es su voz abuela?, le preguntó mi hermanita. Su voz es como la de cualquier mujer, le contesta. Pero apenas puede hablar porque está débil, susurra, nena.

La niña mientras tanto estaba esperando en la puerta que su padre terminara de atender a la mujer, su hermana. Lo sigue hasta la mesa de la sala de estar. Le tira de la manga de la camisa. El padre la aparta, pero ella le clava las uñas en las piernas. Entonces el padre le agarra con brusquedad la mandíbula y la niña abre la boca. El padre deja caer la sangre en las fauces de la niña, que cierra los ojos como deleitándose y termina de rodillas, satisfecha.  Pero así y todo vuelve a tirarle de la camisa al padre, que le dice ¡Basta!, como si fuera un animal. La niña camina hasta la otra punta de la habitación, cerca de la puerta de entrada, donde tiene una carpita, se mete como si fuera un boyscout de departamento, la abrocha, y se ovilla para dormir. Y entonces golpean la puerta. El hombre ya había escuchado pasos, pero se queda mirando la puerta con su mirada acerada.

Es un policía que le da una patada a la puerta, la hace salir de sus goznes y entra con la pistola en alto. En la habitación no hay nadie. El policía observa todos los detalles lo más rápido que puede y después se dirige a la carpita, que está cerrada, claro. Va a encontrar a la nena, Abu, dijo mi hermana. Pero no, el policía desabrocha la carpita pero adentro no hay nada ni nadie.

Se mete en el dormitorio. Tampoco hay nadie. El colchón está como vencido por un peso liviano. El policía pasa la mano por las sábanas. Escucha como un gorjeo de pájaro procedente de otro lugar. Así que se levanta, entra al baño, vacío. Duda ante la puerta de otra habitación contigua, que está cerrada. El ruido proviene de ahí. Está cerrada con llave pero el policía pone una tarjeta y logra hacerla abrir, esta vez sin violentarla, como hacía ella dijo mi abuela.

En la habitación hay un cura que está amarrado con sogas a una silla, con la boca precintada. Ése era el ruido, provenía de la garganta taponada de ese hombre de camisa celeste abotonada hasta el cuello. Parece querer advertirle algo al policía porque mueve su cabeza con frenesí. El policía, asustado, se da vuelta, pero no hay nada ni nadie.

Entonces mira a un espejo que está a su derecha, en la pared del fondo de la habitación. Y ahí sí, está el hombre flaco del principio con la hija colgándole del cuello, con las piernas incrustadas en sus costillas, y la otra hija, la de la cama, a cuestas. Parecen una sola persona pero son tres, con los ojos llameantes, las fauces abiertas como serpientes que le pisan la cola, dijo mi abuela, la piel lívida, los colmillos manchados de sangre. Como si fuera un monstruo de tres cabezas. Y lo peor de todo, están muy cerca del policía.

Que mira hacia todos lados, pero no hay nada ni nadie. Quita la cinta de embalaje de la boca del cura. Y el hombre llega a decir: ¡Son invisibles, Desmodus!. Pero la cabeza del hombre comienza a ser comida como una manzana. El policía sale corriendo de la habitación y se dirige directo a la puerta de salida, logra llegar y va a traspasarla cuando cae redondo al piso. ¿Qué le pasó?, preguntó mi hermanita.

La cabeza, dijo mi abuela, está casi a cinco metros de él en el piso. Se la rebanaron ni bien salió de la habitación donde estaba el cura, pero el hombre siguió avanzando como una gallina descogotada. Y ahora que los sentidos del hombre están apagados, muertos, podemos ver otra cosa, dice mi abuela.

Arrodillada frente a él está la niña que le arranca de un mordisquito parte de una oreja, luego prueba la otra, y después le mastica la mejilla. Es una cabeza nada más, dijo mi abuela, así que el hombre ya no sufre. Aunque a los Desmodus eso los tiene sin cuidado.

¿Y cómo es la voz de la nena?, preguntó mi hermanita.

Mi abuela dice que la voz era como la de Alfonso. Y se convierte en Alfonso y nos habla con ese vozarrón que nos da un poco de miedo. Salimos corriendo.

Es la voz que le escuchamos una vez que se nos escapó Grateful, nuestro perrito, en la plaza, parecía que iba a cruzar la calle muy transitada por autos, y mi abuela lo llamó con un grito que lo detuvo casi en el cordón.

A. G. F.

Turnos

Fui hasta la casa de Alfonso, tenía una tarea bastante simple que realizar. Arrojé el pedazo de carne envenenada y Matilde, la ovejera alemana que era su guía porque Alfonso es ciego, lo engulló. Me quede mirando cómo la perra tenía convulsiones, se retorcía para terminar tiesa en el pasto cubierto de rocío de la mañana.

Tuve que esperar una semana hasta que su mensaje me llegó. Estaba destruido por la muerte de su perra, necesitaba verme cuanto antes. Pero unos días después la novia le había conseguido otro perro entrenado y la tristeza de Alfonso se disolvió tan rápido que decidió suspender su turno.

Así que tuve que preparar otra estrategia. No podía volver al hospital, el sueldo era malo, los pacientes demasiado agresivos, y los demás empleados desagradables. Estuve revisando mis anotadores, aunque están llenos de dibujos y prescripciones de medicamentos más que perfiles de personas. Por suerte, mi memoria es bastante buena. De paso, me tragué un par de ansiolíticos que me había dejado el visitador médico en su última visita. Eso y el vodka me mantienen en forma.

El caso de Marina era más complicado de abordar que el de Alfonso. Para recuperarla tenía que golpear su talón de Aquiles. ¿Cuál era? Su ex novio. Así que busqué en las redes sociales al muchacho, lo encontré en una relativa al trabajo, copié su información completa y tuve que pagarle unos pesos a un diseñador gráfico para que montara una fotografía de Diego, así se llama, con una rubia hermosa en la playa. Luego agregué a Marina al perfil falso y le mandé un mensaje haciéndome pasar por Diego y dejándole en claro que haberla dejado fue la mejor decisión que tomé en la vida.

En esta ocasión, la suerte me ayudó. A las pocas horas recibí el llamado de Marina. Estaba desesperada porque venía sospechando que su actual pareja la engañaba y además ¡había aparecido su ex para recordarle lo terrible que ella era! Me apresuré a darle un turno, advirtiéndole que había ajustado mis honorarios a la inflación. Le bajé el fármaco que toma para que volviera a recurrir a mí en corto plazo. Pero con una paciente no puedo costear los tratamientos para la enfermedad progresiva de mi esposa, así que tuve que pensar otra vez. Pastillas. Vodka.

Tomás es un chico con trastorno bipolar, mi tratamiento lo contuvo, pudo independizarse de su familia y hasta lo que yo sabía llevaba una existencia feliz, completa, que había hecho que dejara de visitarme. En este caso, simplemente tuve que escribir una carta a su actual trabajo. Afirmé que Tomás era peligroso para la institución, que no había querido ser tratado por enfermedad, y que si no tomaban medidas urgentes, el impredecible Tomás sería una amenaza para ellos. Llamaron a su madre, que me contactó a mí, y Tomás volvió a atenderse conmigo.

Como verán, poco a poco, voy recuperando pacientes.

A. G. F.

Carreras políticas

No se lo esperaba.  Martín se restregaba los ojos rojos frente al monitor. Era casi mediodía. La tarde del día anterior había terminado un trabajo para Canadá, hackeó una tienda de ropa virtual y después había estado jugando hasta las cinco de la mañana.  Warcraft, Gods and Devils, un shooter en primera persona que simulaba que eras un agente anti terrorista, el viejo Swat que amaba, otro juego en el que dirigías una panadería de proyección internacional. Los resultados habían sido buenos, sabía que había superado a sus oponentes sin hacer trampas, pero no había reparado por cuánto los había vencido.

Y ahora estaba frente a la pantalla azul que decía Buenos días, Presidente No tenía ganas de cambiarse, no tenía fuerzas para enfrentar lo que sabía que tenía que enfrentar, pero se alegró de haber ganado algo. Bajó el volumen porque estaba sonando el himno nacional y sus oídos eran sensibles.

Nunca había ganado nada. Lo único que había obtenido había sido un paquete que alguien se olvidó al bajar de un colectivo. Era la última vez que había salido de su casa, hacía más de un mes. La chica se había olvidado el regalo de su sobrina y Martín, que pensó que sería algo de valor, un gadget o alguna prenda que le serviría, tomó la bolsa de cartón, luego de mirar dubitativo al chófer. Al bajar se dio cuenta que era un regalo para un niño y en su casa vio que dentro de la bolsa había una caja, y adentro de la caja unos zapatos para una niña. Eran blancos, de cuero sintético, con detalles dorados que brillaban, y Martín los miró sin saber qué hacer. Al otro día contactaría a la dueña a través de su cuenta bancaria y se los devolvería. No quería que ninguna niña se quedara sin su regalo de cumpleaños, ya que la caja tenía un moño. ¿Qué iba a hacer él con unos zapatos de niña?

Pero ahora tenía que volver a salir. Global Voices Entertainment lo había decidido. Era imposible seguir jugando. Su computadora estaba bloqueada. No había manera de encontrar ningún tutorial que le explicara cómo hacer desistir a la máquina de su saludo. En el celular lo mismo. Ni siquiera llamada de emergencia. Se repetía el escudo nacional y la frase tenía una única variación: decía Bienvenido. Bienvenido, señor Presidente. Todos los dispositivos estaban inutilizados por el mismo saludo.

El software que medía la capacidad de una persona había decidido que Martín era el hombre más inteligente de su país, de ahí que ese mensaje titilara, increíblemente, frente a su pantalla. De ahí que su sistema estuviera en suspensión hasta que no ocupara la computadora que realmente le pertenecía de ahora en más, la que estaba ubicada en el Congreso. Miró a su perro. No se permitían mascotas en el Gobierno así que tenía que hacer algo con el animal. Grateful, así se llamaba el perro, ya se había dado cuenta que no vería a su dueño por mucho tiempo, quizá nunca más. Lloriqueaba.

Fue a su habitación se caló la mejor ropa que tenía, camisa blanca, un saco, pantalones de vestir, zapatos negros. En la mochila, ya que no tenía portafolio ni valija, tiró unos libros, la pasta dental, el cepillo de dientes, un gel para el cabello, un repelente, un protector solar, un peine, una brocha y la máquina de afeitar. Su barba estaba bien crecida y eso no sería bien visto, pero lo único que podía hacer era lavarse la cara.

No sabía cuánto tiempo le llevaría llegar al Congreso, si es que llegaba. Podía estar días atrincherado si lo emboscaban. Como presidente, podía portar un arma así que adentro de la mochila ubicó una pistola, que era lo único que tenía para defensa personal.  Había pertenecido a su padre, que ahora estaba en una residencia para mayores. Se la había olvidado como tantas otras cosas.

Aupó al perro y golpeó en la casa de su vecina. La mujer no le hizo preguntas, hasta que no llegara al Congreso, no podía saber qué jerarquía tenía él ahora. Le explicó que tenía que visitar a su padre por unos días. Aceptó a Grateful y una suma de dinero para su cuidado. El perro lo observó mientras se metía en su coche y arrancaba. Adiós, Grateful, le dijo. Y la mujer de repente miró al perro como si entendiera que algo trascendente había ocurrido.

Hizo dos cuadras sin problemas. En la tercera, al doblar en la avenida, la camioneta negra empezó a pasar a otros coches para tratar de alcanzarlo. Martín pasó un semáforo en rojo. Miró por el retrovisor. La camioneta había desaparecido. Estaba cruzando una calle, a unas ocho cuadras del Congreso, cuando la camioneta le dio de lleno. Los airbags se inflaron. Su coche rodó por la calle hasta una panadería. Quedo atrapado en el coche y le costó salir, pero pudo hacerlo y se escondió dentro de la panadería que estaba cerrada. Debía ser domingo, claro.

Los disparos lo interceptaron antes de que pudiera saltar por arriba del mostrador. Pero ninguno dio en el blanco. Miró por arriba de su trinchera, cubierta de galletas y panes, y descubrió que dos agentes de Opium Researchers le apuntaban desde la puerta abierta. No se imaginaron que podía estar armado, ya que entraron sin ningún cuidado a la tienda. Aprovechó para sacar su pistola, levantarse y disparar dos veces seguidas. Los simuladores habían mejorado su puntería. Mató a los dos agentes de Opium. Pero no podía esperar a que llegaran los demás. Así que salió corriendo de la panadería y enfiló la calle hacia el Congreso. Las personas se detenían ahora porque se habían dado cuenta de lo que estaba ocurriendo. Un nuevo mandatario. ¿Lograría hacerlo?

Corría por la calle, y le disparaba a cualquiera que se interpusiera en su camino. Un vagabundo se cruzó con un palo. Martín no sabía cuál era su intención pero lo abatió sin ningún reparo. Un agente de Opium, detrás de un árbol disparó con tanta puntería que le dio en su pierna. Estaba por subir las escaleras del Congreso y llegar a su objetivo. Pero rodó por el suelo y se hizo el muerto. Cuando el agente de Opium se acercó para rematarlo, Martín incorporó la mitad superior de su cuerpo y le asestó un disparo certero en el pecho al agente que lo dejó fuera de juego. Así que, rengueando, subió las escaleras.

Todavía no podía creer el cómputo y el resultado; lo habían elegido entre millones. A pesar de que Global Voices dirigía al país, tenían que tener el mejor representante posible. Buenos días, señor Presidente ¿Cómo sería su vida si lograba traspasar la puerta del Congreso? ¿Quién sería la primera dama? No se sabía mucho. Tal vez una vieja decrépita. Pero se esforzó en verla como lo que tal vez fuera, una princesa atrapada en ese palacio.

Los de Opium no podían dispararle una vez que había pisado las escaleras, así que dos agentes observaban cómo subía, manchando a su paso de sangre los escalones gastados. Notó que no había excrementos de palomas. Claro, hacía rato que las habían exterminado.

La puerta estaba entreabierta como si lo estuvieran esperando. Así que sería el nuevo mandatario del país, qué lástima que no se le había ocurrido contárselo a su padre, que de todas manera lo olvidaría al instante. Qué lastima que no se lo había dicho a la vecina. A su ex esposa. Debería haberle dejado un mensaje que trasmitiera su nuevo estatus. Pero ya era tarde. Grateful lo sabía. Con eso le bastaba. No tenía amigos así que no podía contarle a ninguna otra persona. A los que le hubiera gustado contarles habían muerto, la mayoría detrás de su teclado después de una extenuante orgía de juegos. Ya no podían enterarse de la noticia.

La puerta entreabierta dejaba ver lo bien iluminado que estaba el Congreso. Tal vez pudiera derogar alguna ley y pedir que le dejaran traerse a Grateful. Pero, ¿cuánta sangre estaba perdiendo?

Miró por encima de su cabeza y vio que los de Opium esperaban abajo con sus pistolas en alto. Si no lo dejaban entrar, y todo era un error, podían abatirlo ni bien descendiera el último escalón. Pero ahora estaba arriba. Iba a ser presidente. ¿Qué eran esas formas oscuras su lado? Sólo las había visto de lejos, hacía mucho tiempo.

Estaba  unos diez pasos de la puerta cuando el mayordomo salió. Lo único que llegó a ver fue ese moño ridículo en el traje. Inmediatamente, el ex chófer del último presidente elegido por el antiguo sistema de voto universal, secreto y obligatorio, y ahora cuidador del Palacio del Congreso, salió con un arma de proporciones amenazantes.

Un estruendo y comenzó a sentir la quemazón. Su cuerpo se iba solidificando de las pies a la cabeza. Sus miembros inferiores ya estaban grises, y no podía moverse, un paso más hubiera significado partirse en pedazos. Mientras la rigidez se apoderaba de sus miembros superiores y los latidos de su corazón bajaban hasta hacerse imperceptibles, llegó a observar las formas.

El entumecimiento llegó a su cabeza y el último atisbo que tuvo del lugar donde estaba fue el del destino de los demás que habían sido elegidos como él. Estaban a su lado, más o menos ordenados en hilera, en diferentes poses dinámicas que recordaban su intención de traspasar la puerta del Congreso. Petrificados. Estatuas de futuros mandatarios, elegidos por Global Voices y neutralizados por el mayordomo del Congreso. ¿Existiría alguna relación entre los dos?

Lo último que escuchó, antes de convertirse en una estatua más, en un objeto de exhibición, fue Adiós, señor Presidente. La voz de un niño.  Debía haber empuñado y soltado el globo que llegó hasta él, rodeó su cabeza de piedra, y siguió ascendiendo.

Adrián Gastón Fares

Madrastra

 

Sí, patalea mucho, Fran.

¿Marta? Está bien. Bueno, no tan bien. Está en la habitación, meditando hace varios días. Tengo miedo de que se convierta en Leona justo ahora. No aguanta que papá esté internado.  El otro día me dijo que trate de abortarlo.  Está claro que cuando una conciencia llega a la familia otra debe partir. Estoy preocupada, creo que no quiere que lo tenga. Así va a conservar a papá. Eso es lo que pensaba. Después entró en sadhana, justo después que te fuiste. Le expliqué que papá está bien. Pero el miedo es más potente. Ella dice que no tiene miedo, que son hechos.

Esperá, sí, me tiembla la voz. Marta está levitando. Si sube un escalón en su jerarquía estoy lista. No estoy acostumbrada a ver a alguien flotar en posición de loto. Estoy muy nerviosa. Ahora apareció en la puerta. Sus ojos están azules. Es una Leona, Fran, estamos listas. Necesito tu ayuda. Viene hacia mí. No sé si voy a poder sostener mi prana para seguir comunicándome con vos. Venite. Venite cuanto antes. Se convirtió en una Leona, me mira con las fauces abiertas. Tiene colmillos, los lóbulos de las orejas le cuelgan, la piel color dulce de leche pegada a las mejillas. Estamos listas. Ahí viene.

Me está pegando, Fran. Si alguien llega, el otro se va, dice. Ese niño no puede nacer, dice. Ahora puede dominarnos. Pienso en los chicos, en los alumnos, la mayoría tiene problemas de atención, están por debajo de los Leones y de las Zorras como yo. Son Abejas, pero tienen mucho potencial. Chicos, no voy a poder leerles el cuento que tenía pensado para que trabajen en sus casas.

Me está arañando con sus uñas azules. Le crecieron. Es una Leona. Estamos listas. Dice que estar en Vilcabamba, beber agua de un río, la ayudó con la transformación. Pero a papá le hizo mal. Demasiado para él, ya está grande.

Sangro, Fran. Logró reducirme en el piso, metió la mano debajo de mi vestido. Me siento toda babosa. El vestido se está manchando de rojo. Rebusca con la mano. Me lo está sacando. Puedo escuchar como llora. Está llorando. Sí. Me lo sacó, Fran. Lo tiene en la mano. Cortó el cordón umbilical con sus uñas. Me desmayo. Se está alejando, camina hacia la puerta mi madrastra con el bebé envuelto en la manta incaica del sillón.

Hay que tirarlo a la basura, dice. Por papá, por tú papá, dice. No debe vivir. El va a dejar la clínica ni bien este ser nuevo desaparezca. No hay lugar para todos. Repite, si uno viene el otro se va. Tu papá no se va  a ir.

Se lo lleva, Fran. Se lleva a nuestro hijo. Es puro como nosotras dos. Con lo que nos costó. Estás lejos. ¡Necesito que vengas urgente. Fran! No puedo escucharte. Mi prana está bajo. No me puedo concentrar. La escuchó a ella, es un ser andrógino ahora, ya la vejez lo había hecho, la había convertido en un ser andrógino, pero ahora se le nota mucho más. Es una Leona y puede decidir sobre nuestras vidas. Está en su derecho, dice. Ella manda. Va a salir, se va a llevar al bebé. Llora. Qué lindo, qué terrible escucharlo llorar.

Me levanté y caminé hasta la puerta para detenerla. Pero me di contra un campo de energía. Lo creó ella, claro. Una pared invisible. No sé si me estás escuchando, Fran o estás en modo contestador. Casi no te escucho. ¿Va a quedar grabado todo esto? Quería decirte que te quiero. Fue un error separarnos justo cuando Marta daba señales de ascender un peldaño sobre nosotras. No puedo pasar. Está abriendo la puerta.

Están los nenes, mis alumnos. Todos con los ojos azules. Sabía que tenían mucho potencial. Se ve que me escucharon, Fran. No la dejan salir, son seis. Apenas caben en el pasillo. Pero están contrarrestando el poder de Marta.

Me caigo, la pared de energía se desintegró. Gracias a ellos. Estoy en el suelo, sangrando. Sin fuerzas. Marta salió volando. Ellos lo lograron. Está aprisionada contra la pared. Tiene la lengua afuera, es larga, es afilada. Quiere atacar pero no puede. Los nenes me están rodeando. Pero Marta se está por escapar. Es un hija de puta, tiene mucho poder ahora. Los nenes me rodean. Escucho sus mentes. Maestra. Maestra me dicen. Lo lograron. No tenían déficit de atención. Nuestro bebé está en el suelo, arropado. Los nenes lo hicieron.

Marta ya no está contra la pared, Fran. Desapareció. Veo las caras de los nenes, todavía tienen los ojos azules, tal vez pasaron de Abejas a Leones sin escalas. Es único. Pero están… están congelados ahora. No pueden moverse. Escucho que sus mentes repiten la palabra Maestra, Maestra. Hicimos lo que pudimos, dice la nena.

Marta está suelta. Dios mío, cae desde el techo, como una rata o un vampiro. Escupió sangre. Los nenes pétreos, bañados en sangre.

La tengo enfrente, con los ojos bien abiertos, la lengua larga, abre la boca cada vez más. Se los va a tragar, uno a uno a los nenes y después…

Mis alumnos serán su cena, nuestro bebé el postre. Todo sea por papá, yo no puedo hacer nada, Fran.

Si uno llega, el otro parte, trasmite Marta.

 

Por Adrián Gastón Fares

Los adultos no piden ayuda.

 

Estaba muy pesado en la ciudad. Juan Roberto eligió sentarse en el medio de los últimos asientos del colectivo para que los rayos del sol no le dieran de lleno. Además le gustaba ese lugar. Se sentía guarecido.

Tenía veintitantos, iba con un pantalón corto, una remera y llevaba una mochila arriba de los muslos. El colectivo de la línea 102 que había tomado en Constitución estaba casi vacío, a excepción de una chica que viajaba de pie adelante, un hombre y una señora sentados junto al chófer en los asientos que miraban hacia atrás. A su lado, a un asiento de distancia, había un  setentón vestido con pantalón de trabajo y camisa.

Cuando se acercaban a la calle Corrientes el hombre le pidió que le abriera la ventanilla. Juan Roberto se estiró un poco, hizo fuerza y logró que la ventanilla, que estaba atascada, se abriera.  Los pocos pelos del viejo se arremolinaron.

–Gracias, muy amable.

–De nada.

El viejo lo miró fijo.

–¿Te puedo hacer una pregunta?

–Sí.

–Sos del interior, ¿no?

–No.

–Ah, porque la gente del interior suele ser más amable. Como vos. Los porteños nada que ver.

–¿Sí? Yo crecí en Lanús. No soy porteño.

–Queda poca gente amable.

Juan Roberto asintió, aunque no sabía si quedaba poca gente amable.

–Estás bronceado.

–Volví de vacaciones.

El viejo saltó la respuesta de Glande.

–Conozco muchos chicos del interior.

–¿Si?

El viejo extravió su mirada.

–Tengo una amiga. Es una señora mayor, de mucha plata. Le presento gente.

–¿Eh?

–Le presentó amigos. Cada tanto. Te convendría ¿Dónde vivís?

–Cerca.

–Es de por acá. Ella te paga la comida. Comés de maravilla. No te pide mucho. Hasta te puede pagar otras cosas.

–¿Sí?

–Sí, paga. Te puede pagar el alquiler. Un hotel. Es muy culta. Buena compañía. Todos salen beneficiados.

Glande cavilaba. El viejo lo observaba como si fuera un insecto fácil de atrapar.

–¿No te gustaría que te la presente?

–No. Por ahora no.

– Igual, yo ando siempre por acá.

–Ya me toca bajarme.

–Seguro te vuelvo a cruzar. Y te voy a hacer la misma pregunta.

La mirada del viejo brillaba.

–Pensalo. Te convendría.

Era la parada de Juan Roberto.

Se levantó rápido.  Saltó del colectivo.

 

A. G. F.

Kong 11.

Hola Kong,

¿Así que anduviste persiguiendo a un enano que escupía por las orejas? Ajá.

Yo te transfiero estos pensamientos desde la cola de un supermercado. Hay un pareja con un nene delante de mí. Me acordé de tu carta porque el nene le dijo a la cajera que se saque los aros, que eran demasiado grandes para sus orejas y que se las iban a romper. La cajera se ríe. El padre le pregunta a la madre si llevan media ananá. La madre le dice al nene: “¿estás seguro que vas a probarla?” “Mamá, sí”, dice el nene. El padre le dice a la madre que si el nene la quiere, la llevan. En fin. Mientras viajo al futuro.

En mi presente existe un científico llamado Craig Venter que es un apologista de la impresión 3D de genomas y llama a estas impresoras teletransportadores biológicos. ¿Realmente llegamos a que un ser humano pueda inventar cualquier bicho que se le ocurra? No me jodas, Kong.

Después de que publiqué el relato titulado Hacer llover, donde me acerco a la figura del ingeniero Baigorri, un vecino de Villa Luro que decía que podía hacer llover con su máquina en 1940, comenzaron a llegarme email de gente interesada en el tema. No recuerdo si te lo conté, pero fui contactado por una persona que decía estar en España y afirmaba que la máquina de Baigorri se encontraba olvidada en un garaje, cuya ubicación él conocía. Me invitaba a viajar para salvarla de su destrucción. Creo que esa persona me agregó al Messenger, y chateó conmigo un poco, hasta que pensé que, claro, era una broma que me estaban haciendo. Luego fui contactado por un estudiante de cine que quería filmar una película sobre Baigorri, por un escritor que estaba trabajando en su libro y por otra persona, el rainmaker uruguayo Nelson Guizzo, que me ha dejado comentarios al respecto. También un periodista cordobés me invitó un café para preguntarme todo lo que sabía sobre Baigorri.

Sé algunas cosas de Baigorri, simplemente porque con el grupo de facultad con el que filmamos un cortometraje sobre su historia viajé a Villa Luro y tuvimos acceso a la casa que el inventor habitaba. También entrevistamos a una viejita, cuya casa era una especie de centro cultural y parecía estar ubicada en otro universo. Y es la sensación que tengo de tus cartas, que provienen de otro universo, uno paralelo, que no pueden ser reales, pero a la vez lo son, porque existen y, de alguna manera, me llegan.

Hacer llover no debe ser tan distinto a filmar una película o terminar una novela. Crear No-seres: ¿a qué se parecerá?

En tu tiempo la bio-impresora que vaticina en la actualidad Venter, o más bien prueba, es una realidad y ya estoy imaginando apuestas por peleas de No-seres. Entiendo por tus cartas que existen tratados de ética al respecto. ¿Es una forma de arte también?

Aristóteles decía que el arte imita la vida, Platón recomendaba que el arte no copiara la realidad, porque estaría copiando la copia de una idea, algo fútil. El arte debía ser sublime entonces y llegar a La Idea.

El arte de imprimir vida parece más cercano a la idea del arte de Platón que a otra cosa. A higher truth como dice Chris Cornell (¿lo conocés?) en su canción. Tal vez la diégesis sea el camino.

Todo esto viene a cuento de que descubrí que antes de detective, fuiste pintor y músico, y que en algún lugar guardás los lienzos que mojabas con tu pincel, copiando esta vez sí, a los No-seres que perseguías y encontrabas en lugares ocultos como cierto rancho en Córdoba, donde te imaginé acechando las creaciones de un impresor de No-seres para hacer los dibujos que terminaban en tus cuadros.

Y sé que el primer No-ser que viste en tu vida fue en Adrogué, en un geriátrico con muchas plantas, donde fuiste a visitar a tu abuela. Y resulta que tu abuela estaba sonriendo sola, mirando la nada y te acercaste a ella y lo que tenía enfrente, volando, era un hada translúcida que tu abuelo había creado antes de morir. Y el hada no tenía aspecto de hada, sino que poseía dos dientes filosos para succionar el néctar de las flores y así sobrevivir. Y sus ojos eran como los de una serpiente o un gato negro. Tu padre logró atraparla, guardarla en una jaula y la alimentaba todas las noches con miel, hasta que tu abuela murió y la depresión fue tan fuerte que tu padre abandonó el hada y una noche la encontraste tirada en la jaula, muerta.

Sé que pasaste un momento difícil, que perdiste a Taka y que luchaste contra la soledad y la desesperación. Supongo que estaba escrito que Taka se alejara… Pasa, Kong. Pero cuando decimos que algo está escrito: ¿dónde está escrito? ¿qué lenguaje usa el destino?

Me causa gracia esto porque, en general, ¡sos vos el que me escribe en este tono!

Pero ahora la práctica de la esgrima te ayudó a salir adelante. La meditación, gracias a la cual podemos comunicarnos, siempre da frutos.

Hay algo que no me estás contando, Kong. Me gustaría saberlo. Tal vez es sólo mi imaginación.

No quería dejar esta carta sin decirte que yo estoy bien, que estoy comprando muchos libros, que no quiere decir que los lea a todos, rescatándolos de no se qué fin, escribiendo, tratando de ponerme a filmar cuanto antes. Trabajando duro y parejo en todo, en la Obra Social, pero también en los proyectos que tenemos en Corso.

Bueno, tengo que mostrarle a la cajera que mi bolso no contiene ningún producto del supermercado. Te dejo con esta pregunta.

¿La gente sigue yendo al cine en tu tiempo? ¿Las librerías de saldo siguen existiendo en Buenos Aires?

 

Un abrazo grande, querido amigo.

Adrián Gastón Fares

 

Una lucecita que se va a ir apagando

Botella de vidrio pintada, “How wonderful life is while you´re in the world”, cuadrito donde estoy dibujada, escrachada, onda Picasso, anillo de oro de compromiso, pulsera de plata ennegrecida, entrada de cine de la película La Mexicana, CD de fotos digitales de cuando fuimos a Córdoba, cajita de madera tallada, regalo de su madre, par de aros con forma de delfín, ¡walkman!, un pétalo amarillo de rosa que saqué del libro de cuentos Octaedro, fotos y más fotos, de las primeras vacaciones solos, de la segunda cuando visitamos a sus padres, su hermana y yo, su padre y su madre abrazándome, dos peluches; un oso panda y Totoro, un reloj pulsera.

Pensé en quemar todo, pero ¿dónde hacerlo? Agarré la bolsa y la tiré al agujero de la basura. Cuando volví, Nando me miraba fijo, como esperando que lo perdonara, tal vez pensaba que era un gato y que no tenía la culpa, pero era un gato elegido por Tomás. Lo dejé en una de las paredes del cementerio y después di la vuelta, entré al cine, El Gran Pez, Capitán de Mar y Guerra, Las invasiones bárbaras, Escuela de Rock. El Gran Pez. Escalera mecánica.

Nos habíamos encontrado en el bar Celta, Sarmiento y Rodriguéz Peña si no me equivoco. Empezó a llorar apenas se sentó a la mesa y me miró a los ojos. Qué bronca.  Empecé a llorar también. Nos peleamos más o menos mil veces, y no exagero, yo daba un portazo y me iba directo a la parada de colectivo, él menos demostrativo porque era el que quería irse de verdad, cosa que siempre sospeché pero ahora confirmo, dejaba pasar un rato y me iba a buscar. Nunca nos habíamos sentado a llorar así. Dijo que me quería, y dejó una carta para mis padres, donde se disculpaba por no haber sabido apreciarme y decía que siempre los recordaría. A mí también, claro.

A la salida del cine, caminé veinticinco cuadras, una por cada año vivido, en una de las esquinas pensé que le permitiría a un colectivo pisarme y arrastrarme un buen trecho. Después me dije Ana, basta, el mundo no sabe nada de vos, hay cosas peores y volví a mi casa donde encontré un mensaje en el contestador. Era Tomás, que balbuceando, decía que lo perdonara, que lo entendiera, gracias por todo, lo voy a llevar conmigo…

Me acerqué a la repisa, al chanchito, y lo estrellé contra el piso. Después bajé, compré cigarrillos, fumaba y tosía. Junté la plata del piso, unos pesos ahorrados para sumarlos a los de Tomás y mudarnos algún día lejano un departamento más grande.

Apareció Valeria y dijo que saliéramos. En el boliche pensé ¿dónde están las demás? Una casada, otra en Brasil con el novio, otra embarazada. Un chico apareció, me sacó a bailar y cuando me quiso dar un beso le pedí que me llevara a una esquina oscura, porque me daba vergüenza. Con la excusa de ir a buscar otro tequila, me contuve, aparté sus manos de mis nalgas, me bajé un poco el vestido y lo dejé, encontré a mi amiga hablando con un tipo de, fácil, cuarenta años; pedí el shot.

Era feliz con él. Ya no creo que vuelva a ser feliz con otra persona. Había muchas cosas que me gustaban. Hacíamos viandas que comíamos en la plaza. Con las cabezas juntas mirábamos el cielo. Hablábamos. Él me contaba su vida, sus historias. Caminábamos y yo le besaba la mano. Me había llevado a Colombia, su familia cocinaba rico, tomábamos licuados frescos de todo tipo. La piel de su madre era hermosa. Su padre era tan atento conmigo.

“Es como una lucecita que se va a ir apagando. Cada vez más con el tiempo” dice el psicólogo.

Salí del boliche y le dije al taxista que apuntara para Recoleta. Las luces del coche hacían brillar los ojos de los gatos. Busqué en vano a Nando. Lo había perdido también. Por boluda. Valeria con el taxista vinieron a buscarme.

“Bueno, hoy lo dejamos acá”, dice.

Ciempiés

18  de febrero de 1999        

Mi nombre es Ramiro Flores. ¿Que cuántos años tengo? Diez. Así es, diez, señor. Los últimos dos años los pasé volando, cruzando los cielos a mucha velocidad… viajando, señor. Como ahora.

Me acerco al vidrio y miro afuera. Está oscuro y veo mi cara. No soy tan lindo como mamá decía.

Me duele el estómago. Lo que tengo adentro, lo que me pusieron, me debe estar apretando las tripas. Tengo que pensar en otra cosa. Miro al hombre de sombrero, a Durán. Está dormido. Parece atragantarse y su nuez baja y sube.

¿Dónde estará mamá?

No soy un chico estúpido. Me iba bien en el colegio. ¿Por qué mamá dejó que me lleven estos hombres? Dicen que si no me hubieran operado, ahora estaría muerto. Los ojos les brillan. Yo sé que me están mintiendo. ¿Por cuánto tiempo?

¿Por cuánto tiempo tengo que llevar esta cicatriz? Levanto mi remera y miro al ciempiés, así es como le dicen los otros chicos. Es horrible y parece cortarme en dos, justo encima del ombligo. Es la séptima vez que los doctores me abren. No soy tonto. Sé que no estoy enfermo. Sé que el hombre de sombrero, Duran se hace llamar, no es un buen hombre. No sólo por sus ojos y el maquillaje que usa y lo que dijo Jorgito; a veces habla mientras duerme y dice cosas.

Una azafata se acerca y me trae un vaso de agua. “Gracias, señora”. “Señorita”, contesta la chica y sonríe ¡Qué linda que es! Duran dice que siempre señor-señora, no quiere a negritos maleducados.

Está al lado mío, moviendo la boca mientas duerme. Babea un poco. “El viento sopla y corro.”, susurra, “Si llegamos bien, Susana, entrego todo y me pago la deuda… si no me agarran nos vamos lejos… bien lejos… eso cuando termine de correr y te repito, Susana, siempre y cuando no me agarren, Susana…” ¿Quién será esa Susana? ¿Por qué lugares correrá Duran en sus sueños? Nunca entiendo lo que dice. Ni cuando me habla despierto.

Duran sigue babeando. Respira hondo, y los agujeros de su nariz parecen querer aspirarme. Nunca había visto unos tan peludos. Tiene un moco gigante ahí, que parece querer desprenderse. Si lo hace va a caer sobre mí.

Un día tuve ganas de escapar. Me asusté por lo que Jorgito me había contado. Fue cerca de la última Navidad.

           

20 de diciembre de 1998

Veo las luces de un arbolito desde la ventana del Hogar. Se apagan y prenden. Imagino que caen copos de nieve, como en la película que están mirando los demás. Escucho algo. Doy vuelta la cabeza. Nadie ahí, todos siguen frente al televisor. Sigo mirando la calle nevada. Me asusto y giro la cabeza otra vez.

Jorgito está sentado en mi cama. Sus ojos se abren grandes y le cuesta respirar. Lo miro y se me pega más. Dice que vio cómo uno de los ciempiés se abría.

Se agarra la cabeza y me cuenta que Duran, Hernancito y él bajaron del avión y pasaron por los inspectores. Como siempre. Pero esta vez había otros señores. Dice que los tipos se acercaron a Hernancito porque había vomitado mucho en el viaje y alguien les había avisado. Lo empezaron a tocar y vieron el ciempiés.

Jorgito se pone colorado, se tira al piso y empieza a retorcerse. Me dice que así era cómo lo tenían a Hernancito cuando entró Duran, el hombre de sombrero, y disparó. Jorgito me apunta con los dedos e imita los disparos con la boca, escupiendo saliva. Vuelve a tirarse al piso y desde ahí cuenta que Duran mató a los dos señores y le gritó a él que corriera. Yo no creo lo que dice Jorgito. Sabemos que es un mentiroso.

Y sigue hablando y moviéndose. Duran se acercó a Hernancito, lo levantó y empezó a arrastrarlo hacia la salida del aeropuerto. Hernancito gritaba y Jorgito dice que él supo que debía correr con Duran. Ahora se vuelve a sentar en mi cama. Habla bajito.

Me susurra que subieron a un auto amarillo. Jorgito se pega a mi oído y dice que Hernancito gritaba mucho que el estómago le picaba, que el ciempiés se movía. “¿Nunca sentiste al ciempiés moverse?”, me pregunta Jorgito. Y yo le digo que sí, que en los vuelos se le da por caminar. Jorgito huele mal, muy mal. Su aliento me da ganas de salir corriendo.

Me toca, pidiéndome que le dé bolilla. Duran le decía a Hernancito que se callara la boca, que le iba a romper el culo a patadas si no se callaba. Que dejara de patalear. Que por su culpa se habían tenido que escapar.

Jorgito huele mal, muy mal.

Me dice que escuche bien y sigue hablando.

Duran le dijo una vez más a Hernancito que se calle. Metió la mano en la guantera y empezó a putear porque se habían olvidado de dejarle las jeringas. Arrancó a toda velocidad  y como Hernancito gritaba más fuerte, tanto que era insoportable, se desvió y metió el auto en una estación de servicio.

Agarró a Hernancito de los pelos y lo sacó del auto. Jorgito se quedó solo ahí, sin saber qué hacer, y vio cómo Duran entraba en los baños con Hernancito. Después bajó del auto y los siguió. No le creo.

Me susurra que se acercó a la puerta del baño y espió por la cerradura. Duran le estaba mojando la cabeza a Hernancito y miraba para todos lados. Jorgito se toca la nariz y dice que casi se la rompen cuando un tipo abrió la puerta para salir. Dice que no sabe cómo no vio al tipo acercarse a la puerta. El hombre le pidió perdón y Jorgito se acercó otra vez a la cerradura. Los ojos de Jorgito se agrandan más. Habla rápido; vio al hombre de sombrero que le levantaba la remera a Hernancito, que lloraba y se llevaba la mano al ciempiés. Me dice que sintió miedo, mucho miedo, pero siguió mirando: el hombre de sombrero, Duran, escupió el ciempiés de Hernancito, tomó distancia y le dio una patada en la panza. Jorgito me mira como si estuviera chupando un limón. Dice que el ciempiés se abrió y que todo lo que había en la panza de Hernancito cayó al piso. ¿Sería verdad todo eso?

“Me tenés que creer”, dice Jorgito y cuenta que cayeron cosas raras de la panza de Hernancito. Se pregunta qué le habrá pasado a Hernancito, porque él después de ver eso se fue corriendo al auto. Suspira, y comenta que seguro que está muerto.

Me mira a los ojos. Dice que cuando Duran entró al auto llevaba dos bolsitas transparentes, que estaban mojadas con un líquido asqueroso. Duran las secaba con su camisa. Jorgito vio los ojos de Duran y dice que estaban desorbitados, ojos como nunca antes había visto.

Termina de hablar, me da un empujón y se va. Va a ver la película con los demás chicos. Yo trato de imaginar la nieve en la calle. No puedo.

19 de febrero de 1999

De Buenos Aires a Panamá, de Panamá a Bogotá y a la vuelta lo mismo. Otra vez frente a los inspectores del aeropuerto. Me miran y les devuelvo la mirada mientras revisan el portafolio de Duran y mi mochila. Siempre preguntan lo mismo. ¿Cómo te llamas, niño? ¿Cuántos años tienes?

Vomité sólo una vez en el viaje. Duran me sonríe, dice que soy un buen negrito. Se agacha y me besa en la mejilla. Su saliva pegajosa me molesta y la limpio con mi mano.

No me acuerdo mucho de los otros viajes. De Bogotá conozco sólo el aeropuerto, la sonrisa de los inspectores, las calles y el Hogar donde a veces, cuando nos quedamos más tiempo, me llevan. Duran se acerca a un auto rosa. ¿De dónde sacan tantos autos de diferentes colores? Uno diferente en cada viaje.

Tengo miedo. Otra vez me va a pinchar con esa aguja. En cuanto suba al auto. El pinchazo duele mucho. Después no me acuerdo nada.

Cuando despierto tengo siempre el ciempiés vendado y me pica la panza. Casi siempre al otro día me sacan las vendas y vuelvo a la Argentina con Duran.

No me acuerdo mucho de Bogotá, digo, nomás algunas calles que pasan rápido mientras miro por la ventanilla y la casa azulada cercana al aeropuerto donde nos meten enseguida. Hay mucha gente.

Veo por la ventanilla del auto rosa al avión que despega. Miro de reojo a Duran. Mete la mano en la guantera y saca la jeringa. Empiezo a llorar, aunque ya sé todo y ahora no tengo tanto miedo como antes. Pego un solo grito. Duran me agarra el brazo y me pincha. Echa todo el líquido.

Siento el cuello pesado y a la vez elástico. Empiezo a mirar por la ventanilla.

¡Qué calor! ¡Cuánta gente! ¡Qué cielo oscuro! Me duermo, señor.  Me llamo Ramiro Flores, señor. Hace dos que viajo.

Diez, señor.

No te demores

 

“Es ella. Es ella”, no dejaban de repetir en el restaurante. Una nena dejó el asiento junto a su madre y se acercó a la figura con el rodete de trenzas que le coronaba la cabeza. “¿Me podés hacer un dibujito?”, le preguntó. Y la mujer asintió, tomó una servilleta y con un lápiz que sacó de un bolsillo de su vestido azul dibujó a la nena con el cuerpo infestado de tornillos y una aureola de estrellas en la cabeza. Lo firmó y se lo entregó. Los clientes la miraban con la boca abierta. La mujer no hablaba ni tomaba el café. La pelusa negra arriba de sus labios llamaba la atención, su atuendo azul estampado con flores rojas llamaba la atención.

Escribió en una servilleta, la lamió y se la estampó en la frente. Decía “Nos vamos”. Se paró y salió del lugar, los que estaban adentro la siguieron.  Caminó hasta un hombre de mediana estatura, entrecano, con un mostacho de morsa y el hombre la miró y dijo “el ego es una falacia, reconozcan la falacia: experimenten el cosmos”. Desafió con su mirada al grupo que había seguido a la mujer. “Es él, es él”, repitieron los jóvenes después de consultar el celular. Le sacaban fotos. La mujer del rodete, el vestido floreado y la pelusa arriba de los labios miraba con reverencia al hombre que tenía al lado, luego tomó su mano y la besó. El hombre dijo: “dejen de luchar contra los monstruos porque el abismo también los mira, el abismo los convertirá en monstruos” La madre con su hija se escapó del grupo que rodeaba al hombre con mostacho. Caminó rápidamente hacia su coche. Abrió la puerta, entró, y con respiración jadeante, intentó arrancar. El sistema automático del coche no andaba. La madre miró a la nena, que estaba embobada con el dibujo. Desde los asientos traseros una figura interpuso la cabeza entre las dos. A la mujer se le saltó un grito. La misma mujer, con el rodete y la sombra en los labios, era como una película de terror. “A la nave”, dijo.

La madre abrió la puerta del coche, agarró a la nena del brazo y salió corriendo por el estacionamiento. La gente seguía rodeando a la mujer con rodete y el hombre con mostacho que decían al unísono: “A la nave”. La otra mujer, idéntica a la que seguía con el hombre, salía del coche y avanzaba hacia la multitud.

La madre llegó a la parada de colectivo en esa avenida amplia. Ahora la mujer enfilaba hacia ellas, las había visto y venía directo, a paso lento pero seguro. También venía el colectivo. La madre alargó el brazo, desesperada y el colectivo se detuvo. Se abrieron las puertas, hizo subir primero a la nena y cuando iba a subir ella, vio que el colectivero era el hombre con mostacho de morsa.  “Los que bailan son tomados por locos por los que no pueden escuchar la música”

–No es Nietszche–le gritó la madre. – Es una frase falsa. Usted no e…

–Vamos a la nave– interrumpió el chófer.

–¿A qué nave?– preguntó la madre.

En el fondo del colectivo había otra mujer con rodete, vestido floreado y pelusa arriba de los labios, rodeada de varias personas, sentadas a sus pies.

–¡A LA NAVE!– repitió la mujer –. Donde no puedan amar, no se demoren.

–Es ella, mamá. Es ella, es la mujer del Face– dijo la nena.

–No, no es ella.

Caminó con su hija de la mano hasta la mujer que estaba sentada en el medio de los asientos traseros. Una chica que estaba sentada en el piso del colectivo la miró y le dijo “En honor a ella le puse el nombre a mi gatita” Otro chico agregó “Vamos a la nave, nada malo”

La madre no podía creer lo que escuchaba. Un joven lampiño que estaba sentado detrás del chofer miró por encima de sus hombros y dijo:

–El paraíso está cerca, a la vuelta de la esquina.

La madre negaba con la cabeza.

–Esta no es Frida, gente. No se dan cuenta, los están llevando al matadero.

El chofer soltó el volante, se atuzó el bigote y dijo:

–No me molesta que me haya mentido, pero ya no puedo confiar en usted.

La madre lo miró con asco.

–Y usted no es ÉL. ¿Qué son? ¿Qué quieren de nosotros?

La mujer con rodete soltó la mano de la joven y dijo:

–Nos vamos.

Miró a la joven y agregó:

–Aquellos que critican a los demás revelan sus propias carencias.

La madre se ofuscó, apretó la mano de su hija, que en la mano libre tenía el dibujito hecho por otra de esas mujeres con rodete y vestido floreado, y se plantó en seco:

–¡Esa frase no es de ella!

El hombre con mostacho de morsa abrió la puerta trasera del colectivo, la mujer con rodete se levantó y le clavó una mirada acerada, enmarcada por sus cejas espesas, a la madre y preguntó.

–¿Se bajan? ¿O vienen con nosotros a la nave?

La madre repasó todo el colectivo. Observó a la chica con mirada enternecida, al muchacho lampiño entusiasta, a los otros jóvenes exultantes que rodeaban a la mujer, chicos con barba tupida, bien delineada, y chicas con trenzas sueltas o enramadas en la cabeza, todos con destellos alegres en los ojos, y finalmente a su hija.

–Es ella, mamá. Tenemos que ir.

–Sí, es ella, hermosa–le contestó, mientras le acariciaba la frente.

Las puertas del colectivo se cerraron.

 

 

A. F.

 

La más buena.

Son muchas las conversaciones que oigo. La mayoría no las escucho porque el ruido de la música está alto y significa un esfuerzo para mí concentrarme en una en particular. En general estoy cruzado de brazos y miro el culo lindo de María al darse vuelta para buscar los vasos y servir la cerveza tirada. Por lo general, no tengo que arrastrar a nadie hasta la puerta. Por lo general: a veces dos imbéciles se empujan sin querer y empiezan una pelea de borrachos y ahí me tengo que despegar de mi lugar. También lo dejo para ayudar a levantar las sillas a las doce, es el horario en que dejan de servir comida los de la cocina y el bar se convierte en una pista de baile. Era un poco después de las doce cuando el grupo de tres chicas se detuvo cerca de mí para tomar sus tragos. Dos chicos estaban pidiendo pintas en la barra. Pude apreciar otra vez el culo de María. Los dos chicos se pararon cerca de las chicas, como centinelas, aunque había más lugar atrás. Uno de los pibes era alto, atlético, el otro bajo y atlético también. En cuanto a las chicas, dos eran morochas de la misma altura y la tercera era castaña, de ojos claros, cara afilada. Parecía no tener tetas. Las morochas, más que nada una, tenía un escote bien relleno. Estaba tranquilo, relajado, me suelo tomar dos miligramos de clonazepam para aguantar más tiempo sin fumar.  Mientras un cliente esperaba, yo miraba el culo de María, en general miro el culo de María muchas veces por noche. El pibe alto se acercó a las chicas.

—Son todas muy lindas —dijo—. Pero: ¿cuál será la más buena?

Todas sonrieron menos la castaña, que miraba el piso. Las morochas señalaron a su amiga y dijeron al unísono “Ella”. El pibe se acercó a la chica que estaba apoyada en la pared.

—¿En serio?

—No soy buena.

—¿Qué estudias?

—¿Qué te importa?

—Dale, ¿contame que estudias?

—Veterinaria.

—¡Qué bueno! Yo tengo una gata.

—¿Y cómo se llama?

—Berta.

—¿Cómo? —. La chica levantó la voz.

—Berta—. El chico habló más alto. Tosió. Tomó un trago de la cerveza.

—Qué nombre.

—Sí, es una siamesa.

—Son lindas las siamesas. Hay siamesas siamesas con poco pelo y siamesas thai.

—Son todas de Tailandia.

—Sí, son todas.

Las amigas hablaban, entre sonrisas y miradas rápidas dirigidas al pibe.

—¿Cómo te llamás?

—Guadalupe.

—Lindo nombre.

—¿Y vos?

—Guillermo… ¿Y, es verdad?

—¿Qué cosa es verdad?

—¿Qué sos buena persona?

—No soy buena te dije —dijo Guadalupe mirando el piso.

—Pareces buena —dijo Guillermo.

—No tengo ganas de seguir.

—¿No tenés ganas de seguir…?

—Hablando.

—¿Por qué, qué te pasa? —preguntó Guillermo.

—Me separé hace poco. Estoy triste.

—Yo también me separé hace poco.

Guadalupe levantó la mirada.

—Y también estoy triste —agregó Guillermo.

—No se nota.

—¿Querés un poco? —. Guillermo le ofreció su vaso a Guadalupe. Ella asintió y tomó dos sorbos de cerveza. Miré el culo de María, mi trabajo estaba lleno ya a esas horas.

–Qué te parece si salimos de acá —dijo Guadalupe—. No aguanto más el reggaetón.

–Yo tampoco —. Guillermo miró a su amigo—. Dale, vamos.

Guillermo se acercó a su amigo. Intercambiaron algunas palabras. El amigo se acercó a las otras dos chicas. Se puso a hablar con ellas mientras los tres miraban a Guillermo y a la supuesta chica buena que enfilaban para la salida.

—Buena onda tu amigo —dijo una de las morochas.

—Sí, es muy simpático.

—Y eligió a Guada, que es muy particular.

—¿Por qué es particular?

—¿Guada? Es particular. Es… distinta.

—Tu amigo se habrá dado cuenta—dijo la otra chica.

—¿Cuenta de qué? ¿Distinta cómo?

Las chicas se rieron.

—Entonces si no te dijo nada no se dio cuenta —dijo una.

—¿De qué se tenía que dar cuenta? —preguntó el pibe.

Las chicas intercambiaron miradas cómplices.

—… De nada…

—¿Quieren un poco de cerveza? —dijo el pibe y le pasó el vaso a la que estaba más cerca.

El pibe se rió fuerte.

—¿No es una chica?

—No —dijo la chica que recibía el vaso de la otra.

–Yo no me di cuenta, tampoco. Parece una chica.

–Pero no es —dijo la otra.

—Es… ¿un traba?

Las dos chicas se miraron y sonrieron. Las dos estaban vestidas de negro y tenían tatuajes en las muñecas. No sé qué dibujo tenían, porque los vi de refilón mientras tomaban sus sorbos de cerveza.

—No —dijo una, la más tetona.

—¿Y qué es entonces? —preguntó el pibe.

–No es un traba, sólo eso.

El pibe miró hacia la puerta de salida.

—Y si no es un traba y tampoco es una chica… ¡¿qué es?!

—No te podemos decir.

—Como no me van a poder decir. No jodan… ¿QUÉ ES?

—No te podemos decir, pensamos que tu amigo se dio cuenta —repitió la otra.

El pibe las miró a las dos. Asintió y tomó otro sorbo de cerveza. Las dos chicas hablaban entre ellas. El pibe abrió la boca para decir algo.

—Perdón—dijo la tetona.

Las chicas se fueron para el fondo del boliche. El pibe me clavó la mirada. Yo hice como que no lo veía. Me fue fácil porque María otra vez se volteaba para ir a buscar un vaso.

 

A. F.

 

El perchero

Abrió la puerta de su oficina, fue a buscar la llave para fichar en el aparato electrónico del piso inferior, apoyó su pulgar, gracias dijo con acento español la voz de una mujer, subió otra vez y encendió las luces. Se encaminó hacia la esquina de la habitación donde estaba el perchero, al lado de un fichero, pero no estaba. Recorrió la oficina buscándolo, ella que tenía puesto una chaqueta de piel sintética con relleno de plumas. Con la chaqueta doblada en su brazo, examinó todos los rincones sin encontrar al perchero negro. Ofuscada, decidió llamar al capataz, instalado en la oficina de la vuelta. Lo odiaba. La respuesta del hombre fue tajante, no sabía ni le interesaba saber qué había sido del perchero. Que preguntara a las empleadas de limpieza. Volvió a bajar por las escaleras al piso inferior, encontró a la peruana, Carmen, y le preguntó. No tenía idea del destino del objeto. A primera hora, era la única persona en ese piso. Con paso rápido, cada vez más enojada, se dirigió a las escaleras y bajó al subsuelo, lleno de oficinas vacías, cuyo usufructo todavía era incierto. En oscuras, recorrió el largo pasillo hacia el final. La puerta que da la calle, de dos hojas, protegida por la persiana metálica. En ninguna de las oficinas divididas por paneles de madera estaba lo que buscaba. Ya frente a la puerta de salida, con la poca luz que entraba de la calle en ese día lluvioso, se preguntó qué hacía en ese lugar.

Llevaba trabajando ocho años en el área de prestaciones médicas. Respondía emails y declaraciones juradas de gente desesperada porque la obra social no cubría un tratamiento de fertilización, tratamiento dentales complicados o medicación para enfermedades poco frecuentes. No tenía novio, hacía cuatro años se había separado y apenas había conocido a tres hombres. Para ella fue imposible engancharse con dos. El que más le gustaba tenía un hijo y su separación, más las disputas legales con su esposa, lo había llevado a una profunda depresión. El tipo perdió el interés enseguida. Se seguían mandando mensajes pero no se habían encontrado nunca más.

En esa penumbra, observó la puerta y se acordó. Ahí, en la vereda, en ese edificio, había muerto un hombre. Estaba guareciéndose de la lluvia torrencial. La marquesina del edificio se vino abajo, con una losa, el aire acondicionado y todo, y nada. Desapareció bajo veinte toneladas de cemento. El edificio había sido clausurado por un tiempo. Después de las inspecciones y certificaciones, volvió a contener a sus empleados. Se imaginó al tipo ahí, esperando que la lluvia pare. Con la chaqueta en sus brazos, sintió un escalofrío que le recorría la piel y un malestar en el estómago. Detrás de ella, la oscuridad se espesó, arribó una corriente de aire helada que le acarició brazos y hombros a través del vestido. Se dio vuelta y enfrentó el pasillo grisáceo. Esa mañana, había despertado de un sueño en que levitaba. Cada tanto volaba en los sueños, frente a sus padres.

Volvió sobre sus pasos y subió la escalera, un poco acalorada y con la respiración jadeante, hay que dejar de fumar. Entró a su oficina y acomodó su chaqueta a lo largo y ancho de uno de los escritorios vacíos. Se sentó en una silla incómoda y sacudió el mouse. La computadora le pidió su clave. Rellenó el campo.

Adrián Fares

Los edificios

Años encerrado en una habitación de paredes ocres. A mediodía, un rayo de sol entraba por un agujero hasta asentarse en una esquina. Desde el principio, habían llegado personas, toleró a algunas, quiso a otras, venían a entregarle un mensaje, a instruirlo para las pruebas: eran las pruebas, hablaban con él, se hacían tolerar o querer, ya lo dijimos, y desaparecían. Por su situación habían pasado muchos, como los vecinos que vivían en los otros recintos y ahora trabajaban para los magos. Lo recibían, para aconsejarlo a veces, darle un talismán otras, o para castigarlo, cuando retornaba de las pruebas y era que había fallado.

Mete el dedo índice en el rayo de sol y dispersa las partículas de polvo. Pasos leves en el pasillo. Un trío de mujeres se asoma. Debe seguirlas. Significa que su estancia ha concluido. Las sigue por el pasillo hasta la luz cegadora. Fuera de la pirámide su iniciación es condecorada por la ovación de sus amigos.  Abajo, una mujer de espaldas con el pelo revuelto por el viento del río. Las tres mujeres lo animan a descender por las rocas.

por Adrián Fares

 

Versión

La doncella vive en la torre. Cada tanto recibe a sus amigas y amigos. Sólo a algunos de estos últimos deja peinar su larga cabellera.

El príncipe cabalga hacia la torre. A través de la ventana, ve cómo uno de los amigos de la doncella, un musculoso mancebo, comienza por peinar sus cabellos y termina aplicándole unos masajes relajantes, a los que la doncella se entrega, aparentemente, sin culpa.

Su madrastra, una mujer que lee muchos tratados vacíos, de las más diversas índoles, se lo habría recomendado.

El príncipe, que no sabe bien qué fuerza oscura lo arrastró hacia la torre, tal vez la misma que mantiene prisionera a la doncella, baja la colina espoleando con fuerza a su caballo.

Así empezaron las guerras.

A. F.

 

El fantasma acomodado

El hueco de la escalera (lleno de herramientas y revistas viejas) está habitado. Cuando todos se van, cuando las cerraduras crujen, salgo y recorro la casa.

El problema es que hay otro fantasma en el chalet de al lado. Es el de un hombre que supo ser viejo y rechoncho (todos saben que en nosotros la apariencia es lo único que importa) Ignora la ley; deja el chalet y deambula por el pueblo raptando chicos. Ahora lo veo en el jardín, jugando con el perro y riendo hasta que el perro se enoja y lo quiere morder. Para los mortales sería un perro ladrando al aire.

Como no puedo ver mi reflejo en el espejo, lo primero que hago cuando se van es correr hacia el armario y abrir la caja de fotografías; al fin mi recuerdo, la foto en la que sonrío con el vestido azul hasta las rodillas y el regalo de navidad en el regazo. Cuando mis padres miran las fotos, Rodrigo pregunta en vano, una y otra vez, quién es la chica que ahí aparece. Entonces, tiendo a creer que lloro en el hueco de la escalera y siento bronca por esas personas que no quieren reconocer que alguna vez tuvieron una hija. Ya ni me siento un fantasma decente, desde que ellos pretenden que no existí.

Escucho un grito agudo. Sé que es la desesperación de la chica que tiene encerrada Mario el fantasma de al lado. Los padres también la olvidaron; en este pueblo (que ni siquiera es un pueblo común ahora; todas las personas que quieren visitar a la que fue mi familia deben tener una autorización de un vigilante que está parado en la entrada del pueblo y que llama por teléfono a la casa para anunciar las visitas) las personas no quieren recordar.

Golpean la puerta. Debe ser Mario, que huele a los demás fantasmas como los gatos a las ratas. Corro por el pasillo, bajo la escalera (el armario con las fotos está en el primer piso) y llego al hueco; cierro la puertita y me hago un ovillo contra las revistas.

“¡Mariaaaaaa!”

Se piensa que todos somos como él, que lo único que queremos es molestar a la gente. Sé que ya entró, que se acerca lentamente a la puerta que me esconde y la abrirá en cualquier momento.

Aguanto el grito (nunca un fantasma debe gritar, estos gritos son los que hacen que los perros aúllen en la noche y que las personas se lleven la mano al pecho y caigan de repente al piso -le dio un ataque, dicen-). No debo gritar. No debo gritar (La puerta se abre un poco y) No debo gritar (y veo una mano grande, demasiado grande y arrugada, tan arrugada que parece sin huesos, que parece sin huesos más todavía porque le falta las uñas; y sé que Mario se come las uñas, por la ventana siempre lo veo comérselas en la calle mientras mira con avidez a algún chico; es lo único que hace, comerse las uñas todo el tiempo porque odia que le crezcan una y otra vez; y así la mano que avanza en el hueco de la escalera hacia mí está baboseada y) ¡No debo gritar! Pero la mano avanza y grito.

El eco de una risa. La mano desaparece. Era lo que quería, que gritase para que a mí me cobren las muertes. Voy a tener que ser más tiempo fantasma; él se divierte con los sufrimientos de los chicos que secuestra (para que no mueran del susto esconde la cabeza en una bolsa de arpillera) pero solamente está mal para Alberto que matemos a las personas con gritos o apariciones (Alberto ocupa el mismo puesto que el vigilante del country -como todos llaman al pueblo- pero en el cielo; el problema es que Mario, cuando vivía, le hizo un favor y ahora Alberto es incapaz de juzgar a Mario por sus salidas). Cada muerte son cien años más en la casa.

Ahora espero la visita. Todo fantasma que hace un daño físico a una persona “espera la visita”. Ya no estaré sola en este barrio; otra persona ocupará algún otro hueco en alguna otra casa.

Esa persona ahora, como siempre que pasa esto, estará saliendo por última vez de la casa para visitar a quien lo dejó fantasma. Yo salgo del hueco y miro la puerta de la calle una y otra vez. Espero que golpeen antes de que llegue la familia, de otra forma no sé cómo voy a hacer para darle las indicaciones y despedirlo al pobre que le haya tocado.

Me acerco a la ventana. Pasa una ambulancia. Otras personas. Un chico viene caminando, debe tener ocho años, tiene la mirada perdida y mira varias veces hacia atrás.

Golpean (¿cómo es que saben dónde tienen que golpear?) ¿Qué hago? Si abro la puerta y es una persona, el susto la mata. Doy dos pasos hacia la cocina para buscar una bolsa y esconder la cara pero desisto. Avanzo y abro la puerta.

Es el chico. Pobre. Mira para un lado y otro. Le digo que sé lo que le pasó, que me disculpe pero que el grito me salió de adentro y era la primera vez que me pasaba. Lo hago pasar, le sirvo un té (hace que lo toma y parece más tranquilo). Me cuenta que le dicen Edu, que ya le explicó Alberto lo que le pasó. Tiene lástima por mí; cien años en esta casa va a ser aburrido. Le empiezo a explicar algunas cosas, pero dice que Alberto ya le dijo todo. Que el vigilante le contó que era amigo de su padre y que para él corrían otras reglas.

Le cuento de Mario y dice que hay que hacer algo, que él puede salir como Mario a la calle y que tratará de hacerlo gritar diez veces en una semana (mucho le explicó Alberto a Edu; sabe que el fantasma que grita diez veces en siete días va directo al infierno, por más que tuviera conocidos en el cielo).

Pregunto por las consecuencias de su plan; en el pueblo habrá diez fantasmas más. Se preocupa. Mi solución lo tranquiliza; de noche, cuando la gente duerme profundamente, el grito no dañará a nadie (menos los perros, todos creen que es una pesadilla). El plan nos alegra. Pensamos en la forma de ponerlo en práctica.

¡El bip-bip de la alarma del coche!

Corremos hasta el hueco de la escalera y cerramos la puertita. La familia entra. Edu me susurra que cuando se acuesten va a visitar al fantasma de al lado para tratar de sacarle el primer grito de los diez.

A. F

El guardaespaldas de Yrigoyen

 

 

Se sabe que en el terreno de la casa donde creció Glande, había vivido un tal Barrachetti, antes policía y guardaespaldas de Yrigoyen. El ex guardaespaldas tenía joyas y armas enterradas en algún lugar del lote. El abuelo italiano de Glande, que había trabajado como un bestia toda su vida de albañil (recién ahora Glande se da cuenta que sus abuelos compartían algo, el gusto por la construcción, aunque uno era albañil y el otro maestro de obra), terminó comprándole al hombre una parte del terreno para levantar una casa donde viviría su hija y su yerno. El viejo Barrachetti enfermó y murió. Nunca se supo qué fue de sus joyas.

Un día que los padres de Glande se fueron a la costa y lo dejaron cuidando la casa, sonó el timbre dos veces. Bajó a abrir la puerta y se encontró a un hombre de larga barba blanca y bigote amarillento. Edad muy difícil de precisar. El tipo le dijo si podía darle un poco de agua, con eso se conformaba. Glande le trajo un vaso y una vez saciada la sed del extraño, cerró la puerta y volvió a la computadora. Metió un casete y después de las líneas de colores apareció un juego de matar zombis.

A la noche se hizo revuelto de arvejas, tratando de incorporar los consejos que le había dado su abuela Delfina sin ningún éxito, no la pegaba con la mezcla, pero igual quedaba comestible. Sus primeros pasos en la cocina. De noche tenía miedo en la casa grande. De chico jugaba a las escondidas con sus amigas, su hermana y su madre. Cuando la descubría con el haz de la linterna, su madre ponía los ojos blancos. Glande se pegaba cada susto. La infancia de Glande parece no haber transcurrido en Lanús, sino en algún lugar cálido y mágico. Eso habrá sido hasta los ocho años, más o menos cuando Maradona metió el famoso gol y su abuelo se murió, Glande se sintió expulsado del habitual paraíso. De a poco sus amigos y amigas se mudaron del barrio. Todo cambió, aunque tal vez la felicidad siguió mucho tiempo más y Glande no se acuerda. Esa manía de anclar algunos momentos de la vida no tiene mucho sentido.

Resulta que el hombre volvió a aparecer al día siguiente y le preguntó si tenía alguna maquinita de afeitar para prestarle. Glande decidió que no servía hacer lo que hacía siempre ahora que no estaban sus padres para controlarlo. Dejó al hombre en la puerta, entró, dobló la punta de la página del libro que estaba leyendo y volvió a buscar al hombre. Lo hizo pasar y lo acompañó al baño, donde le dio su propia máquina de afeitar y una tijera. El hombre no le agradeció, usó la tijera para cortar la punta de la barba y después dirigió la hoja reluciente a su mejilla, como si todo ya estuviera pactado de antemano y lo que Glande hacía en ese momento fuera algo que debía haber hecho hace mucho tiempo. Luego fueron a sentarse en el sillón frente al ventanal del primer piso que da al jardín de la casa. Los dos se quedaron en silencio, disfrutando del sol de la tarde.

La madre de Glande le contó que el ex guardaespaldas vivía en una casa prefabricada, en la punta del terreno, al que ninguno de los chicos del barrio se acercaba demasiado porque en seguida salía a través de la ligustrina su escopeta. Varias veces el abuelo de Glande lo había denunciado a la policía sin que lograran cambiarle la costumbre.

Al atardecer, el hombre se levantó, se dirigió a la puerta de la casa, la abrió y fue dejando pasar a otros seis que llevaban cada uno una bolsa de plástico negro y una pala. Él se quedó mirando desde arriba, de pie frente a la ventana. Los hombres se distribuyeron por el terreno, cerca del olivo, y empezaron a cavar. Glande se concentró tanto en distinguir las siluetas oscurecidas, que cavaban y cavaban, que se quedó dormido de pie. Soñó que él también era una de las siluetas que cavaba. Se despertó en el sillón y era todavía de noche aunque cantaba un gallo. La casa estaba vacía.

Bajó la escalera hasta el jardín y vio que en un solo lugar la tierra estaba removida en vez de los seis que esperaba. Un círculo sin césped pero nivelado. Salió a la calle a buscar al hombre. Encontró a una perra abandonada. La hizo pasar, ya tenía la coartada para la tierra removida.

Se levantó al otro día y salió al jardín. La perra estaba sobre dos patas, guardiana, cerca del círculo donde habían escavado la noche anterior. Glande no le dio importancia, entró a su casa, se puso a hacer ejercicio con pesas, después se acordó de almorzar, después intentó tocar la guitarra, después retomó su lectura, desdoblando la punta de la hoja que había doblado el día anterior, después bajó al jardín. Se estaba haciendo de noche. La perra estaba esparciendo la tierra removida. Glande se acercó lentamente, dispuesto a apartarla con el pie, cuando vio que de la tierra removida surgía la cara afeitada del hombre que lo había visitado el día anterior. Estaba con los ojos abiertos, sin pupilas, solamente lo blanco. Glande estaba pensando si alguno de sus compañeros había traicionado al hombre y lo había asesinado para repartirse lo que hubieran encontrado, cuando el hombre abrió la boca para respirar y le dijo ¿Qué pasa? Ah, Roberto, gracias por ayudarme. Te voy a explicar. De ahora en más, cada vez que quiera decirte algo, la perra ésta, no sé qué nombre le habrás puesto, se va a acercar, me va a destapar, y te voy a hablar.  Glande: Justo la agarré de la calle para que mis viejos no protestaran por el agujero. El hombre pestañeó. No le prestó atención a lo que Glande decía. Lo habían enterrado parado y miraba hacia la copa del árbol.

-Sabés que a través de la tierra puedo ver las estrellas… Igual lo que te diga cada vez que esta perra se acerque y me destape, no te lo vas a acordar. A veces vas a sentir que tenés la certeza de algo y eso va a ser porque el hombre enterrado al lado del árbol te lo dijo, a través de la tierra negra, a través del pastito que pueda crecer.

El hombre alejó con la lengua una hormiga que le molestaba en la mejilla y empezó a hablarle de uno de los soldados de Napoleón. Glande no se acuerda más. Solamente a la perra echando otra vez la tierra sobre la cara del hombre. Con el tiempo, no hizo falta que la perra se acercara a destapar al hombre enterrado para que pudiera hablarle.

A. F.

Share on Facebook

Like this on Facebook

Lentes de contacto, 1999

 

No sabía por qué se le había dado por usar lentes de contacto. Antes en el colectivo enfocaba la vista en el borde de los anteojos. Después se los bajaba un poco y el mundo se borroneaba. Así se iba…

Desde ese día en adelante, y si pasaba la prueba (increíblemente estaba nervioso aunque el asunto era una pavada), usaría lentes de contacto. Buscaba desentenderse un poco del aire de intelectual afectado y del peso constante en su mal proporcionada nariz.

Sí sabía que esa era una mala decisión, Glande digo, un objeto extraño en el cuerpo, él que apenas se aguantaba a sí mismo, y sin embargo, apretaba el paso al bajar del colectivo que lo dejó en una calle por Banfield. Estaba llena de árboles sombríos con ramas largas cuyas hojas barrían el adoquinado. Pero, dejemos que nuestro querido Glande nos cuente lo que le pasa al avanzar entre los árboles y pararse frente a la lustrosa óptica:

“Me atiende un tipo moreno, bajito y con anteojos sobre ojos achinados (¿por qué no usa él esas prótesis que me va a vender?). Parece simpático. Al costado del mostrador hay unos asientos adelante de un espejo que cubre toda la pared. “Receta”, dice mientras me señala uno de los asientos. Revisa la receta, revuelve unas cajas sobre una repisa y saca unos estuches de plástico. Mete un dedo y lo alza con una fina baba pegada. Auténticos lentes de contacto descartables. “Ni se notan”, dice y agrega que debo tener paciencia con el asunto. Paso número uno; abrir grande los ojos; dos, mirar fijo adelante; tres, nunca pestañar. El último era el más importante. Se acerca y me dice que abra grande. Traté de hacerlo, pero el tipo clava sus dedos en mis ojos. Listo. “Pestañea ahora…, así…, muy bien”. Me echa unas gotitas. “Seguí pestañando”. “Ahora el otro”. Se acerca y hunde su dedo en mi ojo izquierdo. Se me caen los mocos y el tipo me alcanza un pañuelo. Me deja un rato solo y vuelve. Se sienta y me dice cabeceando complaciente: “Acordate que es un objeto extraño en tu ojo”. Mientras tanto mis lagrimales no dejan de chorrear y siento como si tuviera espinitas clavadas en los ojos; miro con cariño a mis anteojos sobre la mesita.

Me pregunta cómo los siento. Le digo la verdad. Dice que tenga paciencia. Empezamos con el tablero de letras luminoso. Veía todo borroso, el ojo debía haber quedado estropeado. “Por ahí el lente se llevó una pestaña”. Yo no contesto, sonrío un poco por mi idea de remplazar mis anteojos por esta degeneración técnica. El tipo se me queda mirando fijo y sonríe. Veo toda borroneada su sonrisa y también cómo deja la habitación. Escucho una risa histérica, rara, algo así como la de una mujer en un hombre. Tirito. Vuelve sonriendo, pasándose su mano por la boca, parece que evita que se le caiga la baba. Cierro los ojos y me los froto. El ardor se va, sí, así está mejor. Vuelvo a abrirlos. Otra vez ese sufrimiento, acompañado de otro mayor; tener que ver esa sonrisa desmesurada. El hombre se acerca, me agarra del brazo. Yo avanzo, casi ciego. El hombre se para al lado de la puerta.

“Ahora vamos a hacer una prueba; tomate diez minutos, conocé el barrio, fijáte si te adaptas; eso sí, no des muchas vueltas, no sea cosa que te pierdas.”

Voy a contestarle, pero el ojo arde tanto y tengo la boca tan llena de saliva que prefiero callarme; iba a salir un gangoseo lastimoso.

Camino, camino y camino, siempre a paso rápido por calles arboladas. Así pasan dos minutos. Me doy cuenta que debo volver; como en todo, tiendo a los extremos, si camino lo hago mucho y si no estoy parado.

Decido dejar de dar vueltas y me detengo en una esquina. Descubro la puerta de una casa de velatorios. Hay poca gente ahí, algunas mujeres y una nena que me mira fijo. Los lentes de contacto hacen que la nena parezca sacada de una pintura impresionista; se acerca y la miro. Se pone a llorar, tan destrozados debían estar mis ojos. Me desentiendo de la nena y miro hacia la puerta. Quedan cinco minutos. ¿Por qué no?

En el fondo una cortina púrpura casi logra ocultar la pared comida por la humedad. El cajón está solo, perpendicular a la cortina. Nunca vi un cajón tan hermoso, de madera negra y fino trabajo de orfebrería en las manijas. Mis lentes sí que están sirviendo, ya los ojos no arden tanto.

Es tan lindo el ataúd que no puedo evitar avanzar, deleitarme con esa flor de madera. Ya puedo ver las facciones que me esperan; son las de una hermosa mujer, de pelo negro rizado y largo y cachetes afilados

Lentamente una mano se posa en mi espalda. Ahí hay un pibe como yo, no tan pibe, ojos totalmente rojos, perdidos; una mirada triste y vidriosa. Sonríe. Mira el ataúd. Dice:

-Pobre Nora, no aguantó más.

Se acerca a la muerta y me señala el cuello. Una línea recta rosada indicaba lo que había pasado.

-¡Qué valiente!- Es lo único que se me ocurre al descubrir el brillo en la mirada del pibe no tan pibe.

Dejo a Nora y al pibe y salgo para volver a la óptica; los lentes habían vuelto a arder y quería que me los sacaran cuanto antes.

Estoy en la puerta; el negocio está cerrado y mi amigo el contactólogo no sale. Cinco minutos más en la puerta son suficientes. Golpeo en proporción a mi ardor. Nada.

El del velorio pasa (huele mal, muy mal, era él en el velorio y no la muerta) y me sonríe. Me quedo mirando cómo se aleja, su silueta fina y el traje negro, su andar rápido, atolondrado;  todo eso captados por mis lentes muy bien. ¡Las babosas funcionan re bien! ¡Qué suerte! ¡Una cosa menos para hacer!

Veo cómo el pibe se aleja. Sus ropas están deshilachadas, estropeadas y de un color ocre lavado, como si las hubiera usado por mucho tiempo y el sol las hubiera quemado. Toco el timbre otra vez… Nada. Alguien me está tirando de la camisa. ¡A ver!

La nena del velorio es la que tira de la camisa, y al cansarse me pellizca el culo. Ahora me mira seria ahí parada.

-¿Qué querés?

-Nadie va a salir.

-¿Y vos cómo sabes?

Y yo siguiéndole el juego a una pibita. Sabe porque el tipo siempre hace lo mismo. Voy a preguntarle si es familiar del contactólogo pero veo que mira hacia la esquina y sus ojos están turbios, sus párpados temblando ante su posible llanto.

Le sigo la mirada y descubro a un tipo parado en una esquina, apoyado contra un paredón blanco. Debe mediar los treinta y viste tan mal como el pibe. Miro a la nena y veo que su vestido azul está tan lavado que parece el cielo. Descubro uñas sucias y dientes amarillos.

Ahora veo. Ahora me doy cuenta.

Vuelvo a tocar el timbre. Miro el interior silencioso y espero que aparezca la figura bajita. Nada. El lente empieza a volver a arder, aunque veo perfecto, tal vez demasiado, pero arde mucho. Siento como si tuviera un avión atrás de cada párpado o una ballena nadando en mis lagrimales. Es desesperante. Vuelvo a tocar. Desespero. ¡Por Dios! ¡Cómo no había visto el cartelito que dice cerrado! Veo mis ojos en el reflejo del vidrio de la puerta, los nervios rojos, chillando por respirar libres de esa basura pegajosa. Trato de sacarme los lentes; imposible, están adosados a mis globos oculares, tanto que si no fuera por el ardor diría que no tengo nada.

Miro a un costado y descubro a la nena; está parada a dos casas de distancia y me mira con una sonrisa triste. Hace seña con la mano para que me acerque. Camino hasta ella y me agarra de la mano. Siento su palma suave y me dejo llevar. Andamos por varias cuadras. Veo pasar a varios adolescentes meditabundos; algunos miran el piso, otros el cielo con fijeza, como si quisieran desentrañar alguna historia en las nubes. Me doy cuenta que veo perfecto. La nena me lleva de la mano y veo tan bien, hasta diría que demasiado. Ahora doy pasos demasiado cortos y no llego al piso. Andar inseguro… Bajo mejor las escaleras de un boliche estando en pedo que así, es raro. ¿Veo bien o veo peor que antes? Miro a la nena y su cara está demasiado cerca, quiero tocarla y no está ahí. De repente la veo como al principio, cerca de mis caderas, en el lugar que su altura la dejaba. Insiste en llevarme con una sonrisa triste no sé adónde.

Ahora pasa una chica, es hermosa, su cara resplandece de tan linda que es. Saluda a la nena. ¡Pero tiene los ojos enrojecidos! Son dos bolitas rojas, surcadas por riachos blanquecinos. ¡Qué lo parió! “La próxima soy yo”, le dice a la nena mientras revuelve una bolsita y saca un veneno para ratas. Después sonríe, la loca.

A ver si encima piensan que me quiero aprovechar de la nena. Lo que me faltaba. La nena me muestra la entrada a la cochería y entra corriendo. La sigo. Qué oscuridad. Ahora hasta veía perfectamente la oscuridad, recortada más adelante por la lámpara que iluminaba el cajón. La nena me hace seña de que me acerque. ¿Estará loca también…? Bien no está… Veo cómo acaricia los entrelazados dedos finos. Camina hasta la cabecera del ataúd y acerca su mano a los párpados de la muerta. Doy un paso mecánico, para tratar de impedir que se acerque más. Ahí están los ojos abiertos de la chica mirándome sin verme.

-Mirá-dice la nena y comienza a tocar la córnea.

Algo comienza a moverse. Veo la babosa adherida contra el ojo. La nena hace dos movimientos y la saca. Después hace lo mismo con el lente de contacto del otro ojo.

Yo miro sin entender, pero fascinado; otra vez estoy viendo demasiado y llego a discernir la humedad de los lentes sobre los dedos de la nena, que está hablando, susurrando algo. Le digo que no entendí:

-Que solamente cuando están acá se los podemos sacar. Oscar no salió porque él pone los lentes pero nunca se pueden sacar. Ni siquiera los míos. Pero yo me la banco.

Vi que los ojos de la nena brillaban.

-¿Quién te dijo eso?

-Dicen que cuando sea más grande no los voy a aguantar.

Alguien avanza en la oscuridad.

-¿Otro, María?

El pibe sonríe. Lleva una bolsa transparente, que tiene algunas cositas brillantes en el fondo. La abre. La nena avanza hasta la bolsa y deja caer los lentes adentro. Los dos se van.

Camino hasta la óptica y golpeo varias veces. Nada. Entonces me canso y busco la parada del colectivo. La vista me fluctúa; veo a un árbol como gigante y a mi lado y después lejos. Miro al piso y voy a dar un paso. Casi me caigo. Me quedé corto con la pisada y no alcancé el pavimento. Suerte que alcanzo la parada.

Ahora estoy desconsolado porque caí al piso. Me levanto, mientras veo que desde la esquina me miran unos cuantos. Ahí está la nena, el pibe no tan pibe con la bolsita, el tipo que estaba apoyado en una esquina y la chica que me había cruzado cuando iba con la nena. Todos me miran seriamente. Las miradas así impacientan a cualquiera.

Todos desvaídos. Olvidados. Dirijo una última mirada a la óptica. Nada. Sólo existen estas personas que se congregan para mirarme, nadie más.

Deje mis pensamientos coherentes al escuchar el ruido de un motor, era el colectivo y desesperé por llegar a la parada. Sin embargo, sigo acá; levanté la mano cuando estuvo cerca pero no fue más que un truco de mis lentes que me devolvieron el aumento real recién cuando el colectivero señalaba que la parada estaba más atrás.

La gente sigue mirándome. ¡Si por lo menos se rieran…!

Espero al próximo colectivo. Las caras no se ven muy agradables. ¡Que se vayan! “

***

Desenlace:

Glande perdió tantos colectivos como pasaron y encontró imposible el regreso a su casa. Diez años después sigue paseando por el barrio al que llegó cierto día. De vez en cuando, visita el velatorio y ayuda a María, la nenita, a juntar los lentes.

A. F.

Share on Facebook

Like this on Facebook