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Seré nada / Serenade. 17. Nueva novela.

Leyendo Seré nada. Capítulo 17. ¿De qué trata Seré nada?: Seré nada o Serenade es la historia de tres personas con sordera que tratan de encontrar una mítica comunidad de sordos en el Gran Buenos Aires. Dan con una colonia silente pero, ¿son personas sordas?

17.

Silvina, impaciente, decidió subir a la terraza para encontrar a la estatua de Gema cerca del tanque.

Caminó hasta sobrepasarla, subió los peldaños del cuarto hasta lograr asomar la cabeza en la plataforma del tanque y miró la espalda rígida de Gema. Cerca de los pies descalzos de la mujer estaba su celular.

Silvina pensó que no debían querer ninguna distracción mientras hacían su meditación diaria. En silencio, se ayudó con los brazos y logró encaramarse al techo. Caminó hasta el hueco que había debajo del tanque del agua. Ahí estaba el celular de Gema.

Estaba por agacharse para tomarlo cuando sintió que la arrastraban hacia atrás. Se sobresaltó y se inclinó hacia delante por instinto. Cerca de caer al vacío, sintió que la retenían del brazo. Por miedo a que se arrojara o de que cayeran juntos, la mano que la había tomado la dejó por un momento.

Silvina se volvió y vio que era el hombre con la remera de Megadeth. Silvina iba a gritarle a Gema. El hombre se abalanzó sobre ella. Le tapó la boca con la mano.

Eran tan largos sus brazos que la tomaba con uno solo, con el otro hacía la señal de silencio.

Pensó que quería apoyarle el bulto, ese impresentable, y trató de clavarle el codo para que retrocediera, pero era inamovible. Era extraño el olor del hombre. Una transpiración agria que le hizo recordar a la de su padrastro. Le mordió la mano.

El hombre trastabilló con el último peldaño de la escalera. Cayeron desde tres metros de altura. Por suerte, ella dio contra el cuerpo del hombre.

En el piso se deshizo del metalero, rodando dos metros para hacer fuerzas con las manos y ponerse de pie. Desde ahí, inclinada, vio que Gema seguía impertérrita.

En cambio, el metalero se había torcido el pie, y por como respiraba por la nariz, parecía que alguna costilla estaba rota.

Silvina pensó que se podían haber matado. Bajó los escalones de la escalera lo más rápido que pudo, sintiendo una punzada de dolor en el hombro.

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada / Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

¿De qué trata Seré nada?

Seré nada es la historia de tres personas con sordera que tratan de encontrar una mítica comunidad de sordos en el Gran Buenos Aires. Dan con una colonia silente pero, ¿son personas sordas…?

Un poco sobre mí.

Soy escritor, guionista y director de cine. Estrené la película documental Mundo tributo como guionista y director, que fue emitida por Cine.ar y vista en varios festivales de cine, y tengo cinco proyectos de largometraje para cine también como guionista y director (algunos premiados internacionalmente y seleccionados como Gualicho y Las órdenes) y tres novelas más (Intransparente¡Suerte al zombi! y El nombre del pueblo) además del libro de cuentos de terror Los tendederos. Pueden encontrar la edición digital en .pdf de Los tendederos y mis tres novelas anteriores en este mismo blog. 

Seré nada / Serenade. 16. Nueva novela.

Leyendo Seré nada. Capítulo 16. ¿De qué trata Seré nada?: Seré nada o Serenade es la historia de tres personas con sordera que tratan de encontrar una mítica comunidad de sordos en el Gran Buenos Aires. Dan con una colonia silente pero, ¿son personas sordas?

16.

Ersatz se despertó más temprano, como si estuviera en alerta. La luz del sol se filtraba a través de la persiana, bamboleante, mecida por el movimiento de las ramas del árbol. Observó las partículas de polvo que flotaban cerca de la ventana francesa. Pensó en que debía haber sido Gema la que mantenía limpios los pisos, las alfombras, las superficies de los muebles y los adornos de la casa, de otra manera todo debería haberlo encontrado con una capa de espeso polvo.

Se levantó, entró al baño y recordó que debía ir a llenar el balde de agua primero. Al cruzar el comedor le llegó un olor desagradable que venía de la cocina. Se acercó y vio la hinchada bolsa de residuos.

Mientras bajaba hacia el fondo, pensaba que tal vez Manuel pudiera arreglar el motor del tanque.

Volvió al baño, lo usó y al salir Silvina lo estaba esperando, arrugando la nariz, con la bolsa de residuos a sus pies.

Manuel los miraba desde su habitación, medio dormido, sentado a los pies de la cama. Ersatz agarró la bolsa. Silvina bajó adelante para correr el viejo sillón de la puerta.

Ya afuera, Manuel los alcanzó comiendo una manzana. El sol refulgía en la bolsa de residuos negra que Ersatz llevaba al hombro como en las oscuras y brillantes escaleras de la casa de Gema y en la chapa del portón de la fábrica.

—¡¿Tenés hambre?! —le preguntó Silvina.

—¿Vos no?

Silvina y Ersatz lo miraron como si estuviera loco mientras se alejaban calle abajo. El aire fresco les vino bien a los tres. El pollo había dejado un olor a carne putrefacta en toda la casa.

—¿Qué le darán de comer a esos bichos? —preguntó Ersatz.

Querían tirar sus residuos donde no les molestaran a los demás vecinos. Así que caminaron unas cuadras hacia el oeste para dejar caer la bolsa en un matorral.

A la vuelta, miraban hacia el sol cada tanto como si escondiera alguna respuesta. Alejados, a seis cuadras de la casa, constataron que en esa zona tampoco había cabezas en las terrazas apuntando al sol.

Mientras se iban acercando empezaron a aparecer en lo alto.

La mujer con el rodete en el mismo lugar y apuntando hacia la misma dirección que el día anterior. El de pelo largo entrecano con la remera colorida, estampada con un dibujo que decía Megadeth, haciendo lo mismo. Los gemelos en su techo. El del polar en la terraza del antiguo almacén. Notaron que faltaba la chica que habían visto antes al lado del metalero, como habían apodado al de remera roquera.

Al cruzar la esquina de la cuadra en la que estaba la casa de los padres de Ersatz miraron hacia la derecha para ver si Gema estaba de pie, erguida, sobre el auto. Pero no había nadie.

Cruzaron algunos gatos famélicos que se dirigían en dirección contraria a la de ellos, parecían haber olido ya la basura. También les pareció ver un carancho, y no estaban seguros si iba tras la basura o tras los gatos.

Hacia la izquierda, en el pastizal de la esquina, se veían mariposas lecheras rondando las flores de color violeta plateado de los cardos.

Antes de almorzar subieron a la terraza. Los tres vieron que los habitantes del barrio seguían en sus puestos con la cara apuntando al sol. No podían estar seguros, pero parecían tener, a diferencia de Gema el día anterior, los ojos abiertos, como si el sol no les molestara.

Ellos apenas podían mirar unos segundos hacia lo alto con ese sol tan fuerte. Se acercaron a la baranda de hierro de la terraza para ver si veían a Gema vagando por las calles o la podían distinguir entre los arbustos de algún fondo.

Estaban en eso cuando oyeron un gruñido. Silvina debía estar muy concentrada en encontrar a lo que buscaba ya que no se dio vuelta. En cambio, Ersatz lo hizo de inmediato y Manuel también. No podían creerlo.

En la terraza de la casa de Ersatz había una habitación pequeña en la que sus padres guardaban muebles viejos, una construcción con peldaños de hierro adosados que permitían subir al techo en el cual había cuatro columnas que sostenían al tanque de agua de cemento, enorme y cuadrado, que su abuelo había construido. A su vez, para llegar a la tapa del tanque había que subir por una pequeña escalera de metal. En el vértice de la plataforma que a la vez era techo de la habitación y sostén del tanque de agua, Gema estaba clavada de espaldas mirando al sol.

Manuel tiró de la remera de mangas largas de Silvina para que se volteara. Silvina se sobresaltó.

Los tres caminaron hasta sobrepasar a Gema y la observaron de frente. Tenía los ojos bien abiertos. Estaba incólume, adorando al sol como si fuera a desaparecer de un momento a otro.

La espalda erguida, su remera negra flotaba sobre su ombligo, donde tenía un dije con una piedra que brillaba como un diamante.

Siguieron la mirada de Gema para constatar que no había nada extraño en el horizonte.

Luego volvieron a mirarla, sorprendidos por el poder de concentración de la mujer. Estaba demasiado cerca del vacío. Si se mareaba, ni siquiera alcanzaría a manotear la escalerilla.

Notaron que Gema tenía un poco de barriga, como si estuviera en los primeros meses de un embarazo.

Silvina se despegó del grupo para mirar a los otros que estaban en las demás terrazas haciendo lo mismo que Gema. Seguían inmutables.

Para Silvina, era desesperante. ¿Por eso había alentado a sus amigos a viajar a una comunidad donde esperaba compartir la vida con nuevas personas, personas que deberían ser parecidos a ellos? ¿Qué era lo que hacían?

—No sé qué hace —murmuró Manuel.

Silvina se acercó otra vez al tanque.

—¡Gema! —le gritó.

Ni un músculo de la cara de la mujer se movió. El labio superior parecía pegado con cemento al inferior.

—¡Hola! —insistió Silvina.

Gema parpadeó y giró la cabeza lentamente para mirar a Silvina con un menosprecio que impidió que nadie dijera nada más. Su mirada imploraba que desaparecieran de su vista.

Estuvieron media hora esperando para ver si Gema cambiaba de posición. Aunque Manuel a los quince minutos se aburrió y bajó por las escaleras.

Lo encontraron en el comedor, arrellanado en el sofá mirando la televisión de tubos de 29 pulgadas que habían dejado los padres de Ersatz. Se las había arreglado para encontrar unos VHS y estaba mirando Brain Dead.

—Es la segunda película de Jackson esa, creo —le explicó Ersatz.

—¿No tenías alguna de Batman? ¿Superman?

—No vendían de esas en los videoclubs en quiebra.

—¿Todavía sigue ahí? —preguntó Manuel.

Ersatz asintió y se sentó a mirar la película con su amigo.

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada. Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

¿De qué trata Seré nada?

Seré nada es la historia de tres personas con sordera que tratan de encontrar una mítica comunidad de sordos en el Gran Buenos Aires. Dan con una colonia silente pero, ¿son personas sordas…?

Un poco sobre mí.

Soy escritor, guionista y director de cine. Estrené la película documental Mundo tributo como guionista y director, que fue emitida por Cine.ar y vista en varios festivales de cine, y tengo cinco proyectos de largometraje para cine también como guionista y director (algunos premiados internacionalmente y seleccionados como Gualicho y Las órdenes) y tres novelas más (Intransparente¡Suerte al zombi! y El nombre del pueblo) además del libro de cuentos de terror Los tendederos. Pueden encontrar la edición digital en .pdf de Los tendederos y mis tres novelas anteriores en este mismo blog. Para más información: https://adriangastonfares.com/acerca-de-mi/

Seré nada / Serenade. 15. Nueva novela.

Leyendo Seré nada. Capítulo 15. ¿De qué trata Seré nada?: Seré nada o Serenade es la historia de tres personas con sordera que tratan de encontrar una mítica comunidad de sordos en el Gran Buenos Aires. Dan con una colonia silente pero, ¿son personas sordas?

15.

Estaban en el comedor de la casa de Ersatz, devorando las frutas y verduras que habían recolectado. Por si aparecía alguien, como no podían cerrar la puerta, se habían sentado los tres enfrentando a la escalera principal de la casa.

De pronto, a sus espaldas, se abrió la puerta de la escalera trasera, la que estaba cerca de la mesa y daba al jardín. Silvina dejó caer la manzana que estaba comiendo.

El gemelo que asomó la cabeza tenía del cuello a un pollo pelado, con algunas plumas blancas todavía pegadas al cuerpo. Sin despegar los labios, entró y dejó el cadáver del animal en la mesa. Una mancha de sangre del pollo ensució los pedazos de rúcula esparcidos.

El joven bajó la cabeza, como una reverencia, y salió rápidamente. Ersatz estaba pensando dónde habrían conseguido una gallina blanca esas dos jirafas. Manuel y Silvina, que solían comer más verduras que carne y tomar suplementos de vitamina B12 por eso mismo, no eran estrictamente vegetarianos, así que miraron al pollo con una mezcla de asco y agradecimiento.

No tuvieron tiempo para comentar nada porque entró el otro gemelo, el de conjunto deportivo gris claro, y dejó a otro pollo más gordo que el anterior. Reverencia y salida, y luego los pasos que pudieron escuchar a través de los audífonos.

Ersatz se levantó, bajó corriendo la escalera trasera hacia al pasillo lateral de la casa, y vio que la puerta que daba a la calle estaba abierta. Arriba de la puerta había una reja que terminaba en la mitad de la pared medianera. Nunca pensó que alguien pudiera entrar por ahí, ni ellos al llegar, porque la puerta no se había abierto en veinte años y la reja era altísima. Silvina y Manuel lo habían seguido.

—La forzaron —dijo Ersatz.

—Los habrá mandado Gema —dijo Silvina.

—Después de todo se preocupan por nosotros… —agregó Manuel.

Al volver, encontraron encaramado en la mesa al perro grande con manchas negras, mordiendo un pollo. Les gruñó y desapareció con su trofeo por la escalera principal. Silvina no paraba de gritar. Sólo lo hizo cuando resonó un tiro. Los tres corrieron a la calle.

Gema bajaba una escopeta. La mujer tenía una expresión vacua. El perro estaba muerto en la mitad de la calle. Los gemelos estaban apostados en un costado de la puerta. El de conjunto gris claro tenía el pollo en sus manos y se los ofrecía con la misma cara inexpresiva, la única, conocida por ellos. Ersatz tomó el pollo e hizo una reverencia de agradecimiento. Sus amigos lo imitaron. Gema pareció apretar la boca. Luego se volteó con la escopeta en la mano, mientras los gemelos levantaban de las patas al perro muerto. Notaron que tenían los rostros y el cuello muy bronceados.

Después, subieron y probaron la cocina, pero no funcionaba. Tampoco la vieja heladera. La correa del motor del tanque estaba rota así que, ahora que se les había acabado el agua que trajeron, cada tanto hacían viajes a la canilla del fondo para llenar las botellas. El agua corriente salía fresca y no tenía gusto a cloro.

Por la tarde, juntaron algunas ramas y encontraron algunos carbones en una bolsa en el hueco debajo de la parrilla.

Manuel primero limpió la parrilla, que tenía hojas mezcladas con esqueletos de lagartijas, y luego encendió el fuego. Vieron una rata correr por el cantero. Debía estar acostumbrada a andar a sus anchas.

Ersatz ocultó el caparazón vacío de la tortuga. No aguantaba verlo. Dedujo que sus padres no la habían encontrado al abandonar la casa. La falta de césped por la copa desmesurada del olivo. Y la falta de agua…

En ese otoño, a pesar de la humedad siempre creciente, hacía bastante que no llovía. Cuando lo había hecho, por lo menos en la ciudad, duraba un minuto y luego el sol brillaba más fuerte que nunca.

Llegó la noche y el fuego iluminaba las hojas más bajas del olivo. Los dos pollos estaban asándose sobre la parrilla. Silvina bajó para mostrarles lo que había dibujado en su anotador.

Era una imitación de los símbolos del celular de Gema. El sol seguido de una raya larga que suplantaba a las palabras que no vieron y de esas tres líneas retorcidas una encima de la otra que Manuel había dicho que parecían alambres. Debajo del último símbolo decía: agua.

—¿Alguna comunidad sorda que use símbolos así? —preguntó Manuel—. Hace un rato me fijé y no dice nada en Internet.

—La verdad que no sé —dijo Silvina—. Pero como los lenguajes varían según las comunidades, no sería raro que usen uno propio.

—Pero si dijo… si puso que no era sorda —comentó Ersatz.

—Por ahí no lo quiere decir. Por ahí lee los labios…, como nosotros también —dijo Silvina.

—Puede que ella no sea sorda y los demás sí —dijo Manuel.

Ersatz movió la cabeza. Luego miró hacia los pies de Manuel.

—Correte de ahí… Estás justo arriba del pozo ciego. Nunca le tuve confianza a la tapa esa.

Manuel se desplazó con parsimonia hacia un costado, no dándole mucha importancia a la advertencia de su amigo, que prendió la linterna e iluminó la tapa circular de cemento. Silvina se acercó y se agachó para observarla. El cemento estaba un poco resquebrajado.

—No está tan mal —dijo Silvina.

—Costumbres que a uno le quedan… —comentó Ersatz, mirando ya el fuego.

En silencio, comieron sentados en la tierra, debajo del olivo, mientras cada tanto arrojaban ramas a la parrilla para mantener el fuego.

Todo iría ganando coherencia de ahora en más, pensaba Silvina, que cuando terminó su segunda pata de pollo, se sintió llena y satisfecha. No le gustaba que Manuel y Ersatz desconfiaran de Gema. Era como si desconfiaran también de ella.

De repente, con la grasa de la piel del pollo en la comisura de sus labios, se levantó y abrazó a Manuel.

—Riquísimo.

Luego le palmeó los hombros a Ersatz. Se volvió a sentar.

Los tres se quedaron unos minutos en silencio, con los codos sobre las rodillas, oyendo el crepitar de las ramas en el fuego. La luz potente del alumbrado público llegaba hasta el fondo desde el pasillo lateral.

—A guardar lo que sobró —dijo Manuel y se levantó con la bandeja metálica en la mano.

Ersatz también se levantó y caminó hacia el cantero bañado de blanco.

—Voy a dar una vuelta —dijo.

—Está loco este —dijo Manuel.

Silvina siguió a Ersatz por el pasillo hasta la luz cegadora.

Salieron a la calle y comenzaron a caminar por la vereda, tratando de no exponerse demasiado.

Al cruzar Marco Avellaneda, el nivel de la calle Catamarca descendía un poco.

—Cuando llovía eso era una pileta —comentó Ersatz.

Guio a Silvina por las calles, pasaron por lo de la profesora de inglés de cuando era chico Ersatz, un garaje con las puertas cerradas ahora, siguieron hasta la iglesia ortodoxa rusa, llegaron a la avenida y volvieron tomando otra vez Marco Avellaneda.

En diez cuadras no vieron a nadie. Todo estaba tapiado y cerrado en esa zona también. No había personas en los techos ni en las calles. Ni cerca de la casa de Ersatz, ni lejos.

Cuando volvieron, Manuel no sólo había guardado las sobras en bolsas de plástico; también había arreglado la conexión eléctrica. Esa noche tuvieron luz en el comedor.

Pusieron una de las sillas para que trabara la manija de la puerta que daba al fondo. Y en la puerta principal cruzaron un sillón despatarrado para evitar las visitas sorpresas.

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada / Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

¿De qué trata Seré nada?

Seré nada es la historia de tres personas con sordera que tratan de encontrar una mítica comunidad de sordos en el Gran Buenos Aires. Dan con una colonia silente pero, ¿son personas sordas…?

Un poco sobre mí.

Soy escritor, guionista y director de cine. Estrené la película documental Mundo tributo como guionista y director, que fue emitida por Cine.ar y vista en varios festivales de cine, y tengo cinco proyectos de largometraje para cine también como guionista y director (algunos premiados internacionalmente y seleccionados como Gualicho y Las órdenes) y tres novelas más (Intransparente, ¡Suerte al zombi! y El nombre del pueblo) además del libro de cuentos de terror Los tendederos.

Seré nada / Serenade. 14. Nueva novela.

Leyendo Seré nada. Pueden escuchar la lectura del Capítulo 14.

14.

Gema estaba en el descanso de la escalera pintada de color negro de la casa de enfrente. Silvina le hablaba, mirando hacia arriba. Luego se inclinó para recoger un papel que la mujer había dejado caer. Giró y se acercó a los dos. Les dio el nuevo mensaje de Gema. Pudieron descubrir la escritura temblorosa que habían visto en la hoja con la que se presentó, parecía la de un niño.

No preocuparse. Decía.

—Le pregunté dónde podíamos comprar algo para comer —contó Silvina.

Los tres subieron a la terraza y observaron desde arriba para ver si había árboles frutales a la vista. Descubrieron unos limoneros en lo que parecía ser el fondo de una casa vecina. En otra casa, un naranjo. Más allá, un manzano.

Ersatz comentó que la dueña de la casa del manzano solía regalarle también quinotos a su madre con la que ella hacía una rica mermelada. Silvina frunció los labios y dijo que prefería las manzanas. Por lo que sabía Ersatz, la casa estaba abandonada desde antes de que se fueran sus padres. Silvina propuso que cuanto antes fueran a recoger los frutos.

La casa quedaba en la misma cuadra, cerca de la esquina más alejada. Caminaron rápido y mirando hacia todos lados hasta que Ersatz los detuvo en una fachada con cerámicas blancas y negras. En donde debería haber estado el timbre había un hueco con cables finos enrollados. Manuel golpeó la puerta de chapa blanca. No hubo respuesta. Ersatz negó con la cabeza. Intentaron mirar por la ventana rectangular de vidrio esmerilado verde que tenía la puerta, pero se veía todo borroso. El agujero de la cerradura estaba a la vista. Faltaba la manija metálica. Manuel empujó la puerta. No se abrió. Sobre sus cabezas, vieron una fila de vidrios de botellas partidas, cementadas de punta a punta en el bordillo de la fachada.

Ersatz no pudo evitar recordar que había entrado a recoger los frutos más altos con Felipe, uno de sus amigos. Antes de que Ramoncito lo hiciera desaparecer de la tierra.

Silvina y Manuel retrocedieron unos pasos para observar las casas vecinas. Tal vez podrían colarse por las medianeras. Ersatz sintió que la piel del cuello se le erizaba. ¿Qué pasaría en el barrio? ¿Una muda pelada que dijo no ser sorda? ¿Personas erguidas en los techos?

Silvina movía la cabeza. Manuel se acercó y revoleó una patada a la puerta. Nada. Ersatz se quedó mirando a su amigo.

—Yo no pienso entrar —dijo.

¿Por qué le pasaba en la vida cosas raras? ¿No era raro estar otra vez ahí en la puerta de la vieja esa? Nunca sabía si las cosas que le ocurrían eran para reír o para llorar.

Cuando en el chat, meses atrás, habían discutido sobre ese tema, los tres convinieron en que las cosas raras que le pasaban a Ersatz tenían que ver con la sordera. No era el único. A los otros dos también, por ejemplo, se les acercaban personas que habían sido rechazadas por la sociedad para buscar refugio en una comprensión que sabían que iban a obtener con ellos. Tenían como un imán para eso. Silvina decía que era la energía, pero Ersatz no creía en eso. No creía, pero sabía por experiencia que cuando las cosas se ponen feas uno cree en cualquier cosa.

En la penúltima epidemia, la de gripe —no la del parásito—, recordaba haber chateado en una aplicación de citas con una chica que estaba eufórica porque una antena había captado una señal que, supuestamente, confirmaba la existencia de un universo paralelo al nuestro. Él también se había puesto contento. Pero nunca se comprobó. Todavía la noticia era falsa, no habían podido encontrar nada real fuera de algunas fórmulas matemáticas.

¿Por qué las personas ansiaban un mundo paralelo? ¿Qué había sido de este que, por lo menos, parecía realmente existir? Un golpe sordo lo alejó de sus pensamientos.

Manuel había vuelto a golpear con el hombro la chapa de la puerta. No cedía. Silvina le comentó a Ersatz que los nuevos dueños podrían ser sordos y por eso no los habían escuchado llamar. Ersatz los arengó diciendo que iban a necesitar alimentarse. Manuel retrocedió hasta el pórtico de la casa anterior, se encaramó a la reja y de ahí pasó a la medianera que no tenía pedazos de botellas de vidrio. Luego dio un salto.

Silvina y Ersatz esperaron, atentos por si aparecía alguien doblando en la esquina cercana o, del otro lado, bajando los escalones de la casa donde parecía vivir Gema.

Manuel abrió la ventana de vidrio esmerilado verde que tenía la puerta de la casa.

—Es una selva —dijo.

Ersatz sabía que ese terreno tenía cañas de azúcar y que era el más agreste de toda la manzana.

—No hay casa —agregó Manuel.

—Creo que la mujer se la había vendido a unos bolivianos. —Ersatz se dio vuelta para mirar a Silvina—. Si es así tenemos suerte, la querían de terreno, porque tenían una verdulería.

—Hay muchos tomates—. Manuel volvió a perderse detrás de la ventanita.

Silvina suspiró. Una buena noticia, por lo menos. Seguía preocupada y avergonzada pero la perspectiva de una huerta orgánica la había animado. Ersatz tenía clavada la mirada en la casa de Gema.

—¡Vamos! —pidió Manuel.

Por la ventana de la puerta les pasaron las bolsas. Mientras esperaban, se adelantaron hacia la esquina para ver si podían descubrir alguna persona nueva en las terrazas de la siguiente cuadra. Nada.

Ersatz no pudo dejar de apreciar el tener a Silvina al lado. ¿Cuántas chicas había traído a conocer a su familia y al barrio? Tres, por lo menos. Todas se habían perdido en la vorágine de la vida y jamás las había vuelvo a ver. Silvina tenía esa particularidad de hacerlo sentir tranquilo. No estaba nervioso como cuando visitaba el barrio con las otras. Debía ser porque eran sólo amigos, pensó.

Manuel los llamó, desde la medianera les arrojó las bolsas anudadas y repletas. Luego descendió hasta la reja y pegó un salto. Apenas estuvo abajo, abrió una de las bolsas como si fuera un tesoro y les mostró que estaba llena de tomates comunes, cherrys, manzanas y varios manojos de rúcula.

Estaban por la mitad de la cuadra cuando aparecieron en la esquina los dos hombres con conjuntos deportivos que habían visto la noche anterior en uno de los techos. Altos, esmirriados como los otros. Pelo crespo, corto y negro. En sus rostros ovalados, de ojos grandes, no se podía leer ninguna emoción. Eran iguales, gemelos. Lo único que los diferenciaba era el color de la ropa, gris claro en uno y negra en el otro.  Las zapatillas de los dos alguna vez habían sido blancas.

—Hola —dijo Silvina.

Manuel saludó con la mano. Ersatz los miró de lleno.

Los gemelos no contestaron. Siguieron caminando y los dejaron atrás, como si ninguno de los tres existiera.

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada / Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

Seré nada / Serenade. 12. Nueva novela.

Leyendo Seré Nada. Capítulo 12.

12.

El sol se colaba por las persianas. Aunque Ersatz pensó en seguir durmiendo, debía levantarse. Se colocó las prótesis auditivas en los oídos, salió del dormitorio y cruzó el pasillo.

Encontró a Silvina preparando un desayuno con las frutas y el café instantáneo que había traído. Manuel simulaba leer una hoja de un diario como si fuera su padre. Habían levantado la persiana.

Ninguno de los tres usaba los audífonos al despertar en la soledad de sus casas, no tenía sentido, pero esa mañana, como estaban juntos, se los habían colocado y parecían estar más distendidos y comunicativos.

—Vamos que llegamos tarde al colegio, Er —dijo Manuel.

—¡Cómo dormiste! Por ahora no hay señales de tu vecina —dijo Silvina.

—Son las pastillas —contestó, Ersatz—. El problema es que muchas no me quedan, voy a tener que partirlas.

—Tengo algunas parecidas —dijo Silvina y agregó—: No hay ningún negocio abierto. El almacén está cerrado.

—¿Qué esperabas? —comentó Ersatz, medio dormido todavía.

Bebió el café y comió la mitad de una manzana, mientras los rayos de sol atravesaban las hojas del olivo. Luego, salieron los tres juntos rumbo al oeste. En la terraza sobre el almacén, que como había dicho Silvina estaba cerrado y tenía las persianas oxidadas y bajas resaltaba contra el cielo límpido la figura de un espantapájaros negro.

Eso pensaron, pero al cruzar la calle y estar en la vereda del negocio, quedó claro que era un hombre con un polar negro. Les daba la espalda y estaba en una posición bastante erguida para estar apoyado contra una pared. Tenía el pelo oscuro corto, rapado en los costados de la cabeza y en la nuca. El sol hacía brillar algo en una de sus orejas. Parecía ser un aro plateado, en vez de un audífono. Su cara estaba apuntando directamente al sol.

—¡Señor! ¡Hola! ¡Señor! —gritó Silvina.

El hombre siguió erguido sin girar la cabeza ni inmutarse en lo más mínimo. Manuel codeó a Silvina. Ersatz creyó que eso quería decir que el hombre era una persona sorda, más sordo que ellos, y que por lo tanto era una señal de que estaban en Serenade.

—Ya habrá tiempo para hacer sociales. —Ersatz hizo una seña para que siguieran caminando.

Los tres pasaron por la casa de la abuela de Ersatz, que no se tomó el tiempo esta vez de explicar que esa había sido la casa de su abuela. No tenía ganas de hacerlo. Por esa puerta había salido miles de veces para subirse al colectivo escolar.

Llegaron a la esquina, donde estaba el quiosco de la bruja. Era una mujer que antaño abría una ventanita cuando él iba a comprar caramelos y tenía las uñas largas, el pelo largo, arácnido, y la cara afilada. La ventanita seguía estando, cerrada, detrás de unos tupidos helechos. Ersatz tampoco dijo nada, pero los hizo doblar a la izquierda y cruzar para ver si seguía abierto el supermercado chino.

En la esquina opuesta al quiosco, vieron unos escalones entre unos matorrales que subían hasta un altar. La estatua de Gauchito Gil apenas se veía entre los arbustos.

La entrada del supermercado era una pared ahora. El cartel estaba apoyado contra el cemento. La garita de seguridad tenía los cristales sucios. Manuel se asomó para mirar y movió la cabeza. Ersatz comentó que en la penúltima epidemia los chinos les tomaban la temperatura a los clientes antes de dejarlos pasar. No sabía dónde iban a comprar alimentos, pero no dijo nada para no impacientar a sus amigos, que parecían más esperanzados que él.

Hicieron cuatro cuadras hacia la avenida San Martín, la misma por la que habían llegado, y no se cruzaron con nadie. Sólo un gato de pelaje amarillento y grasoso se deslizó ante ellos para esconderse. Más casas y coches abandonados en las veredas, cortando el paso. Caminaron una cuadra por la avenida desierta y volvieron por la calle que desembocaba en la esquina de la casa que ocupaban.

Casi al final del camino de vuelta, escucharon a unas cotorras que parecían haber descendido sobre un plátano y levantaron las cabezas. Debía ser cerca del mediodía. El sol brillaba fuerte. Tanto que no dejaba mirar al cielo con los ojos abiertos. Pero al girar las cabezas, entre los manchones rojizos que les produjo el sol, vieron otras de mujeres y hombres con los cuerpos erguidos en las terrazas. Los rostros apuntaban hacia el mismo lugar. Las manchas rojizas desaparecieron y pudieron ver mejor.

En una terraza había un hombre con pelo largo entrecano y una remera negra con una inscripción colorida acompañado de una adolescente con una campera de cuero. Dos hombres con conjuntos deportivos con la misma complexión física, compartían un techo. La mujer de rodete y vestido oscuro despuntaba en el techo en que la habían visto la noche anterior. Todos eran muy altos, extremadamente delgados, casi raquíticos. Más allá, sobre el almacén, les daba la espalda el hombre de polar oscuro que habían visto al principio de la caminata. Notaron que era casi tan alto como los demás. Con la vista cansada, bajaron las cabezas.

En la esquina de donde estaban parando, había una mujer con la cabeza rapada que estaba haciendo lo mismo que el resto de las personas avistadas, pero en este caso sobre el techo de un descolorido coche abandonado. Vestía de negro, calzas y remera, parecía no tener frío y cuando rodearon el coche para verla de frente, descubrieron que tenía los ojos cerrados y las palmas de las manos expuestas, como los otros, hacia el sol.

Los tres buscaron con la mirada detrás de las orejas de la mujer alguna prótesis auditiva, audífono, implante o lo que fuera. Nada.

Silvina, que había dado por sentado que la mujer era sorda, dijo que era Tadasana, la postura de la montaña, que ella intercalaba en sus clases de yoga.

Todos notaron que la mujer, como los demás en lo alto, salvo la adolescente, parecían ser de la misma edad. La misma que la de ellos o un poco más jóvenes.

—Perdón que la moleste —dijo Silvina.

La mujer ni se inmutó.

—Señora —agregó—, estamos buscando un lugar para comprar comida. ¿Podría ayudarnos?

Ersatz creyó ver que las líneas de las comisuras de los labios de la mujer se alargaban.

Sea como fuera, reaccionó, entreabrió los ojos, sin despegar los labios y estiró el brazo con los dedos de la mano abiertos como pidiendo que no la distraigan.

—¿Sabe si estamos en Serenade? —insistió Silvina.

La mujer levantó más la mano y siguió erguida sin contestar la pregunta de Silvina.

Esperaron, pero no hubo caso. Ella y los demás seguían en lo mismo, imperturbables.

Volvieron a la casa. Subieron con los hombros caídos y comieron más frutas. Evitaban mirarse a los ojos para no profundizar el sentimiento de incertidumbre con preguntas, cuando, de repente, detrás de Silvina, apareció en el descanso de la escalera la mujer rapada.

Silvina se dio vuelta rápidamente porque vio la cara sorprendida de los otros dos.

Tenía un papel que decía: Hola Gema.

Luego lo dio vuelta para mostrarles lo que había escrito en el anverso:

Serenade Es.

por Adrián Gastón Fares.

Seré Nada / Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

Seré nada / Serenade. 11. Nueva novela.

Leyendo Seré Nada. Capítulo 11.

11.

La otra cosa inexplicable, además de ese altar pagano que parecían conformar la mandíbula pintada de negro del tiburón y la oscurecida Virgen debajo, sobre la tapa de una estufa empotrada a la pared, era que todos los adornos estaban limpios, libres del polvo que solía acumularse en las casas abandonadas. Sólo la alfombra del amplio vestíbulo tenía una mancha color bordó, seguramente una quemadura del sol, que entraría por alguna persiana rota de día. Las persianas estaban totalmente bajas por lo que la oscuridad sin las linternas era total.

Silvina enfocó a la Virgen con su linterna. La estatua era de un negro terroso, natural, como si la piedra en la que la hierática virgen había sido tallada se hubiera ennegrecido hacía mucho tiempo. Pero negro al fin.

—Santos y Budas tenían. Vírgenes ninguna… —dijo Ersatz.

La luz del pasillo que daba al baño y a los dormitorios funcionaba. Las máscaras hindúes les dieron la bienvenida mientras Ersatz le decía a Silvina que ella ocuparía la habitación de sus padres. Tendría la cama más amplia y cómoda. Vieron que la cubría colchas raídas pero que parecían limpias. A Manuel le ofreció la suya, convertida por la familia en una especie de desván que todavía tenía sillas y escritorios viejos. Él dormiría en la habitación de su hermana, donde ella había pegado unas estrellas fotoluminiscentes que de noche formaban una constelación de estrellas verdosas, un sistema solar único, según recordaba.

Dejaron las mochilas y se encaminaron hacia el comedor con las linternas. Ersatz probó una llave en la puerta que daba al descanso de la escalera trasera. La puerta se abrió, crujiendo. Por esta escalera se descendía al jardín y se subía a la terraza.

Detrás de las rejas de la escalera observaron el jardín. El olivo estaba en su lugar, había crecido muchísimo y estaba casi pegado a la ventana. Apuntaron las linternas hacia abajo. Casi no había césped, las hojas amarillas del olivo habían tapado todo. En los canteros la planta de la moneda parecía un tótem muy alto y los helechos y las palmeras pequeñas habían dominado lo demás.

Los haces de luz de la linterna de los tres barrían el fondo. Manuel iluminó lo que parecía ser la oquedad del caparazón de una tortuga. Ersatz pensó que sus padres no podían haber abandonado a Tila, aunque no lo sabía. Si era su mascota, desde la última vez que la había visto había tenido tiempo para crecer mucho y para un día quedar boca arriba para siempre.

Subieron a la terraza para observar el barrio desde arriba. A lo lejos se distinguían cuadras iluminadas por lámparas viejas, amarillentas, diferentes a la fría que los iluminaba.

Todo parecía desierto y silencioso. En los otros techos y terrazas, sólo se veían antenas antiguas de televisión digital, aparatos de aire acondicionado y tanques de agua. Ersatz notó que una parrilla con la chimenea vencida contra una medianera más baja sobresalía y parecía el capirote de un enano. Los tanques, en cambio, eran pulgares hinchados de gigantes. Pensó que en su infancia en ese barrio había sido vital tener algo de imaginación.

La terraza donde estaban ellos era algo más alta, pero en las demás se podía pasar de una a otra sólo dando un salto. En general, sólo un pasillo delgado las separaba.

Cuando llegaron al enrejado que daba a la calle vieron en una de las terrazas de la manzana de enfrente a una mujer cerca de un tanque de un tono azulado. Como estaba varios metros por encima de los faroles de la calle, no llegaban a verle la cara. Se veía que tenía el pelo atado, formando un rodete y que tenía un vestido oscuro que el viento arremolinaba. Parecía tener un balde en la mano. Manuel comentó que debía estar juntando agua de alguna canilla que debía tener el tanque.

Silvina lo tomó del brazo a Ersatz y se apretó contra él. Entendió que su amiga pensaba que podría ser la mítica Riannon, la fundadora de Serenade.

Manuel preguntó cómo les decían a los pobladores de Serenade y Silvina respondió que no sabía, que tal vez les decían serenados. Ersatz, precavido, les recordó que podía ser una vecina que se hubiera quedado en el barrio solo para ir a la contra del resto de los vecinos. Le hicieron señas con las manos a la mujer, pero ahora estaba agachada al lado del balde. Luego se giró y desapareció como si hubiera caído en un agujero en la terraza. ¿Se había escondido de ellos?

Giraron hacia el norte y miraron a ver si veían a otras personas. Las luces de la Torre Interama seguían titilando de manera intermitente, tres rojas y una blanca en la punta. Entonces, el cielo les robó la atención.

Más allá de la línea rosada hundida en el horizonte donde estaba perdido el sol, las estrellas y la luna, menguante, ya podían verse.

Hacía tanto tiempo que no veían algo así, que se quedaron sin aliento, mirándose de reojo entre ellos.

Luego convinieron en que era hora de descansar para levantarse temprano al otro día y tratar por lo menos de hablar con esa mujer.

Bajaron las escaleras, entraron, cerraron la puerta y cada uno se fue a sus nuevos aposentos. Estaban cansados por el viaje a pie, pero el sueño no llegaba fácilmente.

Silvina pensaba en cenas al aire libre con otros sordos entre parras y vasos de vino. Manuel se veía corriendo con jóvenes sordos por las calles silenciosas. Ersatz no podía conectar con sus sentimientos, era un resabio de lo duro y desapegado que se había convertido con el tiempo.

Había llorado demasiado, incluso en esa casa, enrollado en el suelo del garaje cuando se había juntado el diagnóstico tardío de sordera y la partida a otro país de una novia de ese entonces. Fue demasiado para él, y nunca volvió a ser el mismo, lo había acumulado en su alma y según su punto de vista, había trascendido esa realidad enfrentando a sus padres y a sí mismo. Sentía como si el feto lloroso del garaje fuera él, pero a la vez no fuera él. Y eso era lo mejor que podía pasarle, se dijo. Aunque siempre pensaba en qué significaba ese creciente desapego. Recordó que no había tomado la pastilla.

Encendió la luz, rebuscó en su mochila, y se tragó el sedante. Frente a la cama había un estante con pequeñas muñecas y castillos de cerámica. Una torre estaba caída. La levantó. Luego apagó la luz y volvió a tirarse en la cama.

De pronto, el universo cobró vida en la oscuridad. Las estrellas de su hermana se habían cargado de energía. Ersatz contempló el techo, pero había algo que no cuajaba.

La luna parecía estar más alejada, como si la hubieran usado para marcar un planeta más grande y distante, y ya no ocupara el lugar de un satélite. Las estrellas formaban espirales. La cosmografía parecía haber cambiado desde el lejano feriado en que había dormido en esa cama.

En un momento se mareó, tuvo que dejar de mirar las estrellas. Se dio vuelta en la cama y se quedó dormido.

por Adrián Gastón Fares.

Seré Nada / Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

Seré nada / Serenade. 10. Nueva novela.

Leyendo Seré nada. Capítulo 10. Resumen: El grupo logra entrar a la que fuera la casa de los padres de Ersatz. Notan que un particular adorno está pintado de negro azabache. Y a los pies de una inesperada estatua descubren una ofrenda.

10.

Ersatz introdujo la llave en la cerradura y la giró dos veces. La puerta no se abría. Silvina probó y comentó que estaba trabada. La puerta se había hinchado… Manuel los apartó y la abrió con un golpe de hombro. Ersatz lo miró con reproche, pero no quería retar a su amigo en un momento tan importante como la llegada a su antigua casa.

Sabía que adentro debía actuar con más frialdad. Que no debía dejar que los recuerdos duros lo alcanzaran. Ya había pasado por ahí en la penúltima epidemia, antes de que todos se fueran. Ya había tenido tiempo para repasar su vida mucho antes, las otras veces que había vuelto a la casa de sus padres. Como en ese feriado donde había enfrentado al fantasma del otro adolescente que había sido, ese que no sabía que tenía sordera e iba a un secundario con chicos que no sabían que podían escuchar normalmente. Era otra manera de pensarlo, se dijo.

Para él estaban frente a una casa a la que había vuelto ahora por esas cosas raras que tenía la vida. Estaba con sus dos mejores amigos, personas en las que se veía reflejado y con las que se entendía casi sin hablar.

Palpó la rugosa pared en la oscuridad. Prendió el interruptor de la luz. Ante ellos se iluminó la larga y empinada escalera que llevaba a la planta alta. Ersatz les dijo que subieran mientras extraía su linterna de la mochila y se metía por una puerta al costado, dejando la luz cálida recién encendida para hacer una pausa en la penumbra. Esa planta, más allá del garaje donde su madre enseñaba música, había quedado sin construir. Buscó con el haz de luz al piano hasta que recordó que sus padres lo habían regalado. Por suerte, había sido mucho antes del Tyson21, si no tal vez los hubieran diagnosticado.

Encontró cucarachas muertas dispersas. Se detuvo a mirar a uno de los insectos muertos que, en su eternidad boca arriba, parecía sonreír.

Sin el lustre de correoso bronce que hace que una cucaracha parezca un bicho pegajoso, el que le erizaba la piel a Ersatz que las detestaba, la cucaracha era un insecto amigable, que parecía haber muerto feliz, con sus ojos sobresalientes y su estómago hundido y blanco. Ersatz no sabía si la costra blancuzca era por la putrefacción o si eran rastros del veneno que la había matado…

Silvina y Manuel lo estaban esperado arriba. Las luces del vestíbulo y del comedor no encendían. Manuel alumbró todos los adornos que habían dejado los padres de Ersatz, unos leones chinos, un sol azteca, jarrones y platos cerámicos en la pared. Todos, incluso Ersatz, se sobresaltaron cuando iluminaron a la dentadura del tiburón que estaba colgada en la pared del comedor, al lado de la ventana que daba al fondo.

Ersatz los tranquilizó explicándoles que sus padres habían traído ese pequeño adorno de su viaje de luna de miel en Punta del Diablo… pero también les dijo que no se explicaba la intervención que le habían hecho.

El cartílago de la mandíbula del tiburón antes había sido de un color blanco amarillento. Ahora estaba pintado de negro azabache y los dientes replegados no parecían pertenecer a una criatura muerta de este planeta. Debajo del esqueleto del escualo, había otra cosa oscura. Una Virgen de unos veinte centímetros. A sus pies tenía un colchón de pétalos de rosas enanas, parecidas a las que habían visto en el vivero.

por Adrián Gastón Fares.

Seré Nada. Serenade / Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

Seré Nada. Capítulo 8. Nueva Novela.

Seré Nada. Leyendo el Capítulo 8. Resumen: Ersatz, Silvina y Manuel llegan a la avenida San Martín, en Lanús y aunque el barrio parece deshabitado encuentran una esperanza, un indicio de la supuesta colonia Serenade, en una peluquería. Toman el camino hacia la casa donde Ersatz creció.

8.

Más allá de la primera corchea, lo que conocía de antaño Ersatz estaba clausurado, las puertas tapiadas y los cristales de las ventanas rotos. Las casas de fiestas tenían fachadas pintadas de un tono negro hollín y parecían más velatorios que otra cosa. Un colectivo de la línea 20 estaba recubierto de musgo y óxido en partes iguales. Los árboles quebrados y los troncos con ramas secas caídos sobre techos de comercios. Ersatz recordó que hacía rato que no llovía por lo que se esperaba tiempo inestable.

Se sentaron en la parada del cartel de colectivo que había en la heladería Carlos and Charlie´s para comer los sándwiches que se habían preparado. El enrejado de la persiana estaba aserruchado. Ersatz se acercó a los tachos de helado, que estaban repletos de cucarachas muertas. Tuvo arcadas y sostuvo el vómito. Silvina lo alentó diciéndole que ya estaban cerca.

Los supermercados chinos daban algo de color amarillo o rojo a la avenida, aunque las puertas de chapa deslizantes estaban cerradas con candados. En esa zona había más casas de repuestos de autos por todos lados, con carteles blanqueados por el tiempo. También, más recientes, remiserías cerradas pero que conservaban el cartel de Tomo auto. Negocios de venta de membranas. Edificios con ladrillos a la vista y sin fachadas aún, signo del progreso urbanístico detenido.

Concesionarias con autos abandonados en la vereda. Fábricas con el portal de entrada de vehículos cerrado, y oficinas superiores con vidrios sucios. El verde de algunos árboles jóvenes se mezclaba con el color ocre de los viejos y secos.

La A de la Asociación de Amigos de la calle Coronal D´elía seguía tan herrumbrosa como siempre. El árbol que la acompañaba había perdido todas las hojas y la casa blanca con puerta celeste antigua de la esquina parecía una pulpería abandonada en el medio de la pampa.

En ese lugar había otra única corchea, esta vez era un grafiti sobre las pesadas persianas metálicas cerradas. Un cartel estaba tirado en el piso, doblado, Manuel lo dio vuelta con el pie. Vieron que decía Compostura de Calzado.

Del otro lado de la calle, había un camión largo cruzado en zigzag como una lombriz muerta y calcificada por el sol. Más edificios nuevos abandonados en la primera planta, algunos en los cimientos. Una pancarta de tela rafia blanca, deshilachada, dormía sobre uno de los palos de luz que la sostenía, como si fuera una bandera caída que les daba la bienvenida a Serenade. Pero se llegaba a leer English World: Curso de Inglés. Otra estación de servicio. Fue Silvina la que recordó que estaban cerca de la zona clave.

Ersatz les explicó que en la concesionaria que tenían enfrente, un edificio con algunos autos con chapas oxidadas detrás de rejas, había pasado una noche con su tío abuelo que era guardia de seguridad. A Ersatz le había dado mucho miedo los trofeos de cabezas de animales que estaban colgados adentro. Silvina, mirando su celular, comentó que estaban pisando el signo de la paz que se veía desde lo alto.

Debajo del cartel de chapa con el símbolo del sol que daba la bienvenida al Rotary Club Pompeo, observaron una veterinaria con peceras tan algosas que no pudieron discernir el contenido, otro pasacalle de English World enroscándose sólo en la calle por el viento, fruterías y verdulerías con los cajones de madera todavía apilados en la calle y algunas bolsas de cebollas negras.

Recién en el palo de luz cercano al antiguo puesto de diario, que tenía las revistas con las hojas quemadas por el sol, encontraron dos corcheas consecutivas. Silvina afirmó que faltaba una más. Ersatz contestó que si le habían errado él prefería que se quedaran en su antigua casa para continuar la búsqueda. No se iba a sentir seguro en otras. Cruzaron un estacionamiento en 25 de Mayo.

En Yerbal se enfrentaron con un comercio de muebles de algarrobo. Estacionado en la puerta había un camión de succión de aguas residuales que era el vehículo mejor conservado de los que habían visto; el azul del chasis casi brillaba.

Ersatz se volvió y reconoció a la peluquería París. No tenía rejas. El taburete en el que se había sentado tantas veces en la adolescencia estaba ocupado por un gato de pelaje oscuro y grasoso. No sabía si muerto o vivo. En las persianas bajas de los otros negocios había grafitis con nombres y corazones. Pero ya ningún nombre lograba entenderse.

Ersatz les dijo a Silvina que si ahí no estaba el corazón del asentamiento Serenade no iba a estar cerca de la casa de sus padres. Agregó que se encontraban cerca de la iglesia, y del colegio donde había estudiado.

Manuel corrió hasta la esquina siguiente y negaba con la cabeza desde ahí, ofuscado porque no había ningún ser humano además de ellos.

Ersatz entró a la peluquería, apartando esqueletos de ratas con la punta de sus zapatillas. El gato abrió los ojos, de un color verde esmeralda, dio un salto y escapó. Ersatz se sentó en el taburete donde antiguamente se miraba al espejo en silencio, esperando que el peluquero hiciera su trabajo. Ahora el espejo estaba partido, pero había algo más… Se sobresaltó y llamó a los otros con urgencia.

Fuera, Manuel y Silvina se acercaron corriendo para mirar desde detrás de Ersatz el espejo de la peluquería.

En la pared de color crema reflejada en el espejo, arriba del sillón largo de espera, huían las inclinadas figuras musicales. Las tres corcheas, que primero vieron al revés, estaban pintadas con descuido. ¿Y ahora?

El sol empezaba a caer. Ersatz los convenció de doblar en la esquina. El camino que había visto tomar al gato era el que más rápido los dejaría en su casa.

A lo lejos resaltaba en el cielo la torre espacial de Interama. Ersatz les explicó que la estructura, de color ceniciento, formaba parte de un parque de diversiones abandonado que en los ochenta había tenido las montañas rusas más altas de Latinoamérica.

por Adrián Gastón Fares.

Seré Nada / Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

Seré Nada. 7. Nueva novela.

Leyendo Seré Nada. Resumen Capítulo 7: Ersatz, Silvina y Manuel continúan caminando, entre las ruinas de un gran Buenos Aires aparentemente abandonado, hacia Lanús Oeste, el lugar en zona sur donde indican que puede hallarse Serenade.

7.

Hacía no mucho tiempo, una parte del supermercado Makro había explotado. Detrás de la valla vieron un rectángulo de pastos altos y más allá, en el estacionamiento, entre las chapas caídas del techo del supermercado, observaron cajas de alimentos, cajeros metálicos clavados en el cemento, pedazos de pantallas de televisores y latas doradas que todavía brillaban.

Doblaron en Freire y siguieron hasta cruzar el garaje de los Bomberos Voluntarios de Avellaneda, ya por Bernardino Rivadavia que luego se convirtió en Cabildo. Ahí, como si el cansancio atizara la voluntad del grupo, comenzaron a caminar más rápido. Además, no había seres humanos para detener las miradas.

Las dejaban caer en algunos palos de luz que tenían atados pañuelos rojos, manchados de hollín y agujereados, como si fueran altares de viejos accidentes. Nada de las corcheas, por ahora.

Los tres sabían que las corcheas se usaban en los sistemas de subtítulos cerrados para las personas sordas o con problemas de audición. También eran llamadas leyendas. Las leyendas aún no aparecían. Pero todavía no estaban en la zona señalada en el blog. Faltaba menos, les avisó Ersatz.

Ya ni sentían las mochilas en sus espaldas, algo parecía tomarlos de las entrañas y el andar del grupo, que formaba una V por la calle con Manuel por delante parecía uniforme y coordinado.

Con ritmo sostenido y la mirada cada vez más clavada en lo alto, como si anduvieran en trance, pronto estuvieron en el cruce de las avenidas Quindimil y José de San Martín. Esta última nacía angosta y se ampliaba en la línea del horizonte.

En esa esquina, el cartel del Banco Patagonia lucía tenebroso, los bordes de las letras blancas con el nombre estaban tan cagados por las palomas torcazas que parecían inscripciones de una mano gigante y temblorosa. Había un colectivo 179 volcado, sin ruedas. El semáforo tenía los vidrios de las luces partidos.

El vivero El Hormiguero estaba repleto de rosas enanas, como si alguien lo mantuviera a pesar de los pastos altos y descuidados de la vereda. Enfrente, en lo alto, sobre un camión de chasis amarillo con un contenedor de carga de pollos que emanaba un aroma rancio, observaron, desde una distancia prudente del vehículo, un cartel blanquecino que casi llegaba hasta la mitad de la calle. Tenía dibujado en el medio una corchea de color gris ceniza.

Oyeron el chirrido de unos gorriones proveniente de los rosales enanos y como si eso fuera otra señal, se volvieron y caminaron hacia el matorral del vivero, donde encontraron otra solitaria corchea pintada en la mohosa pared a una altura que superaba a un helecho gigante.

Silvina aseguró que habían encontrado el límite norte de la colonia Serenade. Y les recordó que una corchea significaba uno de los límites pero que el centro de la colonia debía estar marcado con dos, y luego tres seguidas, como si los colonos de Serenade hubieran remarcado la intensidad de la canción de su cercanía con la acumulación de estas figuras musicales. Ersatz pensó que, más allá de los pájaros, el silencio en el que se adentraban no parecía tener partituras.

Continuaron subiendo por la avenida. Las sombras de las casas llegaban hasta la mitad de la calle a esa hora de la tarde. Los cordones de las veredas estaban sepultados entre matorrales. Carnicerías, tapicerías, cada tanto algún chalet californiano fuera de tono entre tantos comercios. A veces debían evitar los cables de las líneas de luz, algunos estaban cortados y los más finos se bamboleaban por el viento.

Esperaban ver más signos, todos los que pudieran y no sólo corcheas.

Por favor; más signos que proyectaran la música que llevaban en las miradas esperanzadas, encendidas por la adrenalina del ejercicio de caminar, el acorde noble y repetido en los pasos, como si fuera una canción olvidada pero rescatada en versión para dormir niños, con esa estructura simple de coincidencias melódicas que casi podían escuchar.

Al principio, la habían escuchado pero los pensamientos de las personas en la ciudad la habían desvirtuado hasta marearlos y agotarlos incluso antes de tiempo. Ahora, la quietud que reinaba hacía que la canción resonara con más brillo y claridad.

Sabían que se estaban acercando a lo que fuera que los había removido de los gastados asientos de sus casas.

por Adrián Gastón Fares.

Seré Nada / Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

Seré Nada. 5. Nueva novela.

Leyendo Seré Nada, por Adrián Gastón Fares. Resumen Episodio 5: Se comenta el extraño blog creado por Joseph, quien cuenta de que una tal Riannon creó una controversial comunidad de sordos e hipoacúsicos en el sur del Gran Buenos Aires. Ilusionados, Manuel, Silvina y Ersatz no pueden dormir esa noche.

5.

El artículo del blog decía que cerca de Villa Caraza, donde Ersatz había crecido, donde Ramoncito había matado a sus compañeros de clase, existía una colonia de sordos e hipoacúsicos llamada Serenade. Había hasta fotografías de los símbolos que iban marcando la cercanía de la colonia. Corcheas pintadas en postes de luz. Eran tres fotografías consecutivas en las que en una aparecía una corchea pintada con un negro acrílico, en la segunda dos, una al lado de la otra, y en la tercera eran tres arracimadas.

El autor, que firmaba como Joseph, contaba que una mujer llamada Riannon había emigrado de Martha´s Vineyard, una de las primeras comunidades de no oyentes, para enseñar la lengua de señas americana por todo Latinoamérica.

Se decía que la habían despreciado y menospreciado en cada una de las ciudades en las que intentó lograr su objetivo, educar ella misma a las personas sordas que habían sido criadas en la tradición oralista y religiosa, y que, cansada de rebotar de un lugar a otro, eligió el sur de Argentina y luego el de Buenos Aires para afincarse con los alumnos, un séquito que había rescatado de la tiranía de la voz de Dios y de los normoyentes.

Y se decía, también, que su método era controvertido y estricto.

Joseph dejaba en claro que contaba lo que había escuchado de boca de terceros en su peregrinaje por el sur del Gran Buenos Aires que parecía haber tenido lugar durante la Tyson21.

Según algunas personas, Riannon había logrado mejorar la calidad de vida de las personas con sordera. El compañerismo en su colonia era tan grande que les cambiaba la vida para bien a quienes se acercaban a los espacios educativos que había formado, donde enseñaba una lengua de señas refinada, que hasta había ampliado la comprensión no sólo del mundo sino también del universo de quienes la aprendían y luego adoptaban.

La nota no era pródiga en fotografías además de esas corcheas que indicaban la ruta a la comunidad.

Silvina les envío otro enlace que llevaba a una nota cuyo texto repetía lo de la primera pero que aportaba dos fotografías más que les hicieron brillar los ojos al grupo disperso en la oscuridad de cada uno de sus departamentos.

Una era difusa. Un fogón con personas reunidas alrededor. En la otra se veía a mujer canosa, con la cara lavada por un rayo de sol, de pie, en el centro de un grupo de jóvenes con ropas coloridas que parecían estar danzando. En el pie de la foto decía: Un baile sin música.

Esa noche no pudieron dormir.

por Adrián Gastón Fares.

Seré Nada. 4. Nueva novela.

Serenade. Capítulo 4. Grupo de chat “La oreja” Resumen: Silvina les cuenta de Serenade, una supuesta comunidad de sordos. ubicada en Lanús, a sus amigos Manuel y Ersatz.

4.

Grupo de Chat La Oreja

Silvina

¿Escucharon hablar de Serenade?

Er

¿Qué?

Silvina

Serenade.

En un blog dice que es una colonia de personas… como nosotros.

Manuel

¿Superhéroes?

Er

Hipoacúsicos, sordos…

Silvina

Personas con sordera. Hay comunidades así. ¿Qué dije ayer? No me escuchan nunca.

Perdón.

Er

La del Próvolo era una colonia de sordos…

Me sale esa.

Silvina

Siempre escabroso.

Manuel

Los mellizos estudiaron en California, en una escuela de sordos.

Fremont.

Er

¿Los del subtitulado?

Manuel

Sí, los del foro.

Silvina

Esta que digo no es una escuela. Es una comunidad en Lanús. ¿No eras de ahí, Er?

Er

Sí.

Silvina

Dice más allá de las calles Carlos Tejedor y la Avenida San Martín. Busqué en Maps y parece un signo de la paz desde arriba, tiene sentido…

Er

¿Signo de la paz?

Lanús es. Pero ya no me acuerdo de esas calles.

Manuel

Esperen que se me va a escapar uno que se quiere llevar un queso.

Silvina

Dejalo, que se lo lleve, che…

Ahí les envíe el artículo por email…

Manuel

Claro, después me lo descuentan a mí.

Silvina

Creo que llegó un alumno.

Er

¿El japonés?

Silvina

Debe ser.

Er

¿Hace bien el saludo al sol?

Silvina

Perfecto.

Me cambiaron de tema… La colonia no puede estar lejos de tu antiguo barrio.

Er

¿Vos me querés hacer volver a Lanús? ¿Es un chiste?

Silvina

Habías dicho que la casa sigue ahí. No sabés ni si está tomada.

Er

No creo. Si no hay nadie por esa zona.

Te gusta cazar fantasmas, Silvina.

Te gusta la chatarra espacial…

Silvina

Claro… Y los viajes en el tiempo.

Manuel

Ya tengo el queso en mis manos.

Silvina

¿No les gustaría ir?

A ver, aunque sea.

Er

Mail recibido.

Manuel

Igual. Gracias, Silvina.

A la noche lo leo.

por Adrián Gastón Fares.

Seré Nada / Serenade. Capítulo 3. Novela.

Leyendo el Capítulo 3 de Seré Nada / Serenade, mi nueva novela! Pueden escucharlo ya mismo o bien leerlo en esta entrada.
Leyendo el Capítulo 3 de Serenade. Resumen Podcast: Manuel, Ersatz y Silvina se reúnen en un café, donde no entienden nada del discurso de Ysa en el televisor. Cada uno revela los hechos que los torturaron en la vida y sus debilidades. Ersatz confiesa que sufre de estrés postraumático porque un compañero suyo, en el colegio secundario, víctima de bullying, asesinó en plena clase a otros. Silvina les confiesa que está investigando sobre las comunidades de personas sordas. Les propone un viaje.

3.

Era sábado y como era costumbre esperaron que llegaran todos para ingresar juntos al café. Mientras llegaban las tazas y las medialunas, Manuel sacó un mazo de cartas de su mochila. Supergirls. La suerte dependía de la cantidad de superheroínas o supervillanas que tocaban. Todas las cartas tenían especificaciones físicas como altura, peso, fuerza, velocidad, pero la información más decisiva era el número de peleas ganadas. Si juntabas más chicas malas que buenas perdías. Silvina sugirió que prefería tirar las del Tarot.

Cuando se veían en persona, a diferencia de cuando chateaban, nunca hablaban del tema de que eran personas sordas, de que Silvina escuchaba menos que Ersatz, por eso gritaba un poco cuando hablaba y por eso su voz sonaba un poco desafinada, como si le tiraran de las cuerdas vocales y se cansaba rápido al escuchar, y de que Manuel tenía un resto de audición parecido al de Ersatz. Pero solían repetir estos datos en las conversaciones en línea como para no olvidar quienes eran.

En las mesas compartidas ya daban por sabido que los tres tenían sordera de moderada a severa, poslocutiva, no dominaban el lenguaje de señas ni lo habían aprendido, salvo Silvina que sabía, pero poco, y por sobretodo se arreglaban leyendo los labios y con los audífonos que usaban, marca Widex. Debían cuidarlos al extremo porque la Widex a la que iban a repararlos y calibrarlos en la calle Tucumán, como otras sedes de empresas, se había mudado al norte de la región.

Terminaron la partida de cartas de Supergirls. Como si tuviera que recuperar la madurez de golpe, Silvina, que había ganado, confesó, luego de clavar la mirada en una mujer que soplaba el chocolate caliente de su hijo antes de entregárselo, que su madre nunca habría hecho lo mismo. En cambio, tras una discusión, a los dieciséis años le había arrojado café caliente, casi hirviendo, para echarla de la casa.

Por eso se había preocupado toda la vida por la salud mental de las personas y como sabía que la psicología era un camino engañoso, porque su madre pertenecía al rubro, se había acercado a la meditación y al profesorado de yoga.

En ese momento, no tenía muchos alumnos y se la pasaba meditando sola en su departamento.

Manuel había vivido una relación enfermiza en su adolescencia con un cocinero que lo maltrataba, un empleado del delivery de pizzas de su padre. Luego había hecho un curso de vigilante de seguridad. No era un trabajo muy grato para él. En el mini mercado le preguntaban por qué vivía solo, por qué nunca lo esperaba una chica a la salida y como, en realidad, ya sabían la razón, los compañeros solían almorzar lejos de él.

Mientras se contaban los pesares los tres amigos lanzaban, cada uno a su turno, miradas lastimeras a las personas calladas de los grupos de otras mesas.

A Ersatz la soledad le hacía mal. No estaba seguro de que dejar ese trabajo vacío lo hubiera llenado. Confesó que en la oscuridad de su departamento algunas imágenes habían vuelto. Sufrió, o sufría, de estrés postraumático porque también había vivido algo terrible que nunca había contado.

En la época de la secundaria, un compañero, Ramoncito, se había levantado en la mitad de una clase para borrar de la tierra con una pistola a tres de sus amigos y a una monja. En el momento de disparar, Ramoncito había declarado a viva voz: No soy Pantriste. Lo había mirado a los ojos, Ramoncito, antes de quitarse la vida.

Estaban tan acostumbrados a que tomaran a la ligera temas que eran importantes para ellos, como el oír menos y el sentirse diferentes, que luego de las confesiones pasaron a otro tema como solían hacer las personas sin ninguna discapacidad que conocían cuando ellos exponían la condición que los unía.

Manuel, avergonzado, tiró el mazo de cartas en la boca abierta de su mochila. Ersatz comentó algo sobre una película y Silvina irguió la espalda en la silla, juntó las palmas en el aire y se estiró hacia atrás como si quisiera alejarse de la atmósfera que el grupo había creado.

Fue un segundo en el que las tres miradas se encontraron, justo cuando el brillo de cada una bajaba de intensidad. Luego aceitaron los engranajes por un momento trabados de la mecánica habitual de sus conversaciones en persona.

Silvina, que era delgada, castaña, pelo largo, rizado, solía animar a Ersatz a que hablara de sus relaciones amorosas. Ersatz no tenía nada que contar. No quería saber nada de eso. Y ella tampoco. Manuel era atlético, canoso, de la misma altura que Ersatz y tampoco estaba interesado en el sexo ni en las relaciones amorosas.

Sin embargo, entre ellos hacían bromas al respecto y se animaban unos a otros a cruzar la línea.

Silvina decía que Ersatz parecía un chico de veinte años, a pesar de que como ella y Manuel había traspasado los cuarenta, y que su mandíbula cuadrada y sus ojos azules derretirían a unas cuantas y Ersatz decía que los rulos y la elasticidad del cuerpo de Silvina atraerían a cualquier hombre. En cuanto a Manuel, convenían que podía elegir al hombre que quisiera por sus músculos y su bondad y los dos lo animaban a que tratara de conquistar a un compañero de trabajo.

Entonces, las razones de honrar la castidad variaban según el día. En ese, Ersatz ponderó el valor de no haber tenido descendencia en un mundo tan cambiante, Manuel agradeció el estar alejado de los vaivenes emocionales producidos por las relaciones amorosas y tener la libertad de irse al gimnasio cuando tuviera ganas, y Silvina, de paso, agregó que ella alababa la fuerza física y la concentración que la abstinencia sexual generaba.

En realidad, tenían ganas de que alguno de los tres ampliara, de la manera que fuera, el grupo. Nunca habían sabido lo que era formar parte de una comunidad. Pero a los tres les costaba abrirse, acercarse a otras personas.

Silvina se frustraba fácilmente, Manuel era vulnerable a las críticas, decía que, por la sordera parcial, su subjetividad no se había formado del todo. El punto débil de Ersatz era que no toleraba muy bien las tensiones.

Estaban ofuscados y molestos con las cartas que les había tocado en la vida. Al final de la misma cháchara de siempre, que los alejó de lo que habían confesado antes, Silvina propuso que hicieran un viaje juntos.

Manuel y Ersatz dejaron en claro que no querían saber nada del norte de Argentina, nada de RUNSA. La República Unida de Naciones de Suramérica, agregó Ersatz, estaba comandada por un gobierno que manejaba computadoras en el Amazonas y no Ysa, esa mujer que decían que había salido de un pueblo perdido en lo profundo en la selva.

Silvina rogó que no le tocaran a Ysa, aunque tenía sus dudas de que fuera realmente una sacerdotisa de un pueblo perdido del Amazonas y lo que parecía era que había bajado por la escalerilla del avión de una superpotencia mundial. Manuel pensaba que Ysa era hermosa y un símbolo intocable de la unión entre los pueblos, pero opinaba como Ersatz que en realidad era un títere de Norteamérica o de China, desde donde manejaban RUNSA, RUNCA, las Repúblicas Unidas de Centroamérica y todas las demás repúblicas unidas del mundo.

Entonces, la mujer que había soplado la bebida del niño elevó el dedo índice en señal de que se detuvieran.

En el televisor Ysa daba un discurso desde lo alto de una pirámide en ruinas. La mujer en la pantalla, con ojos achinados, nariz recta y pómulos tirantes, casi brillantes, resplandecía de belleza, irradiaba paz. Hablaba en el español neutro que siempre decía que le había costado aprender.

Ellos no entendían nada. Los subtítulos no aparecieron. Buscaron en los costados de la pantalla gigante a la intérprete de señas que, aunque no les serviría, tampoco estaba.

La multitud rodeaba a Ysa desde los escalones más cercanos de la pirámide, descendía y crecía hasta perderse en el llano.

—¿Dónde están los árboles? —murmuró Ersatz.

Silvina movió la cabeza. No convenía que los escucharan los de las otras mesas.

El sonido de los vítores, incluso de los cercanos, los que no provenían del televisor, disminuyó para ellos porque bajaron el volumen de las prótesis auditivas. Tanto ruido era molesto.

—Entendieron mal, nunca pensaría ir al norte —susurró Silvina remarcando las vocales con los labios para que pudieran entenderla. Se inclinó, sin dejar de mostrarles su rostro de frente—: Estoy investigando sobre las comunidades de sordos.

A Manuel y a Ersatz les cambió la cara. No sabían que existían esas comunidades.

Silvina les dejó en claro que ellos no sabían nada de cultura sorda. Las comunidades de sordos eran fundadas para mejorar la accesibilidad y para que las personas sordas vivieran como… sordas, no como querían los oyentes. En el mundo había varias, como la antigua de Martha´s Vineyard, la de Bengkala o la más reciente de Laurent City.

—Pero si no sabemos lenguaje de señas —les recordó Manuel.

—Yo, ni un poco —dijo Ersatz.

—En una comunidad así van a aprender —dijo Silvina.

—¿Y de qué vas a vivir ahí? Yo no puedo… —dijo Manuel.

—¿Dejar el gimnasio? —interrumpió Silvina.

Manuel clavó la mirada en la pantalla y trató de escuchar lo que decía Ysa. No había manera. Ersatz que estaba tratando de lograr lo mismo con el mismo resultado, dejó de mirar la pantalla y miró a Silvina levantando el mentón:

—Nunca pagué un gimnasio… Lo demás… —hizo repicar las uñas en la madera de la mesa—. Ya saben. Disponible.

Silvina, pensativa, le sostuvo la mirada.

por Adrián Gastón Fares.

Serenade/Seré Nada. Copyright Adrián Gastón Fares. Todos los derechos reservados.

Resumen del capítulo 3 de Serenade:

Manuel, Ersatz y Silvina se reúnen en un café, donde no entienden nada del discurso de Ysa en el televisor. Cada uno revela los hechos que los torturaron en la vida y sus debilidades. Ersatz confiesa que sufre de estrés postraumático porque un compañero suyo, en el colegio secundario, víctima de bullying, asesinó en plena clase a otros. Silvina les confiesa que está investigando sobre las comunidades de personas sordas. Les propone un viaje.

Seré Nada. Capítulo 2. Nueva Novela.

Leyendo el Capítulo 2 de Seré Nada / Serenade, mi nueva novela. Pueden escucharlo ya mismo o bien leerlo en esta entrada.
Podcast en Spotify donde iré a de a poco leyendo Seré nada / Serenade. Están disponibles Capítulo 1 y 2.

2.

En la ciudad de Buenos Aires no había mucho para hacer.

Ersatz trabajaba en una obra social. Llevaba encomiendas al correo, más que nada cajas de útiles para los niños de los beneficiarios. Recogía de la imprenta cajas con formularios con la carretilla de carga. Y, el colmo, pagaba las cuentas de los servicios básicos de sus superiores. Un lunes lo acusaron de no llevar unos sellos que debía duplicar… durante sus vacaciones. Recién llegado de unas vacaciones en que se las pasó escribiendo en su departamento, y con esa acusación injustificada, Ersatz decidió partir.

Guardó su termo en una bolsa con el resto de las cosas para el mate, borró toda la información que había en su computadora —también llenaba plantillas de datos y había filmado algunos eventos culturales—, metió los cuentos que había escrito en el pendrive que siempre llevaba en su mochila, saludó al único compañero que respetaba y desapareció.

Le quedaban algunos alumnos online de escritura de guiones con los que podría arañar la suma total del pago del alquiler. De última, se habían devaluado las propiedades y era fácil cambiar de casa. Pero estaba cómodo ahí. Sabía dónde estaban los negocios con los mejores precios. Llevaba tiempo descubrir un barrio nuevo. Lo único que no le gustaba de su departamento de un ambiente era que nunca daba el sol. No le parecía sano.

Haciendo trámites recibía los rayos de sol necesarios para diferenciar el día de la noche sin proponérselo. Ahora que no tenía excusa para salir lo hacía igual inventándose alguna compra urgente en negocios lejanos en los que al llegar se limitaba a mirar la vidriera para cerciorarse de que su producto elegido todavía siguiera disponible. Por lo general, la tristeza era real las pocas veces que otro producto reemplazaba al elegido o sólo quedaba el espacio vacío entre los otros.

Si eran unos auriculares inalámbricos nuevos, cuyas revisiones positivas venía siguiendo en Internet, desandaba los pasos con los hombros caídos hacia el edificio donde vivía.

En un día así, descargaba su frustración en conversaciones sobre temas aleatorios con los dos hipoacúsicos como él que conocía, como la duración de las baterías de los audífonos de cada uno, las películas que se estrenaban en los cines de Lavalle —que habían vuelto a abrir porque los evangelistas que los llenaban también desaparecieron de la ciudad—, y sobre la búsqueda eterna de encontrar o reproducir el zumbido que escuchaban, él de manera continua, pero Silvina y Manuel intermitente. Las palabras cuando tocaban este tema eran acompañadas de enlaces a YouTube con grabaciones de frecuencias extrañas. Y de elucubraciones por lo menos sospechosas, como que el zumbido, el pitido, el tinnitus, era en realidad alguna señal proveniente de los primeros satélites lanzados, que seguían dando vueltas en nuestro sistema solar o de alguna nave, propiedad de la humanidad o no, que andaba rondando el espacio interestelar.

En esas ocasiones, en el grupo de chat La Oreja, los mensajes iban y venían. Eso fogueaba la amistad que habían iniciado en un foro virtual y luego ampliado en algunos espacios más reales como antiguos cafés. Ese día notaron la incertidumbre de Ersatz y convinieron en reunirse el fin de semana.

por Adrián Gastón Fares.

Serenade/Seré Nada. Copyright Adrián Gastón Fares. Todos los derechos reservados.

Seré Nada, la nueva novela tiene como protagonistas a hipoacúsicos en una historia de terror, ciencia ficción y drama y algo más.

Seré nada. 1. Nueva novela.

Empiezo a publicar mi nueva novela. Serenade o Seré Nada en mi sitio adriangastonfares.com
Mi intención es poblar un poco la narrativa de ficción oscura fantástica con personas con sordera o hipoacusicas y que la trama no sea la sordera nada más. Creo que vale la pena que la lean. #serenade #serenada #novela #blog #terror #cienciaficcion  #diversidad #libros

Como me conozco, sé que voy a publicar un capítulo por día sin detenerme. Y como son 200 páginas terminaremos en Enero 2021. Si el mundo sigue en pie. A. G. F.

Leyendo el Prólogo y Capítulo 1 de Seré Nada o Serenade, mi nueva novela. Pueden escucharla ya mismo o bien leerla en esta entrada.
Podcast en Spotify donde iré leyendo Seré nada / Serenade. Están disponibles episodios (capítulos) 1 y 2.

Seré Nada.

Prólogo.

El sol era una mancha anaranjada rodeada de nubes plomizas que parecían superpuestas, creando una sensación de profundidad y distancia que a Ersatz lo tranquilizaba mientras vigilaba a los nuevos vecinos. En los techos, escaleras y terrazas, los veía, erguidos, sus cabezas apuntando al noroeste. A lo lejos, el único pino del barrio arañaba el cielo con sus temblorosos dedos.

Todavía no había llovido.

Ersatz se preguntaba si todo seguiría igual después de la tormenta.

1.

Lo que hacía el bicho en la cabeza era, por lo menos, revolucionario.

La enfermedad no tenía síntomas. Sólo consecuencias. Pero con el microscopio se veían los quistes de los primeros que fueron llevados de las orejas por sus familiares a los hospitales.

¿Regalar negocios y propiedades? ¿Quemar el dinero que tanto esfuerzo había costado ganar? ¿Airear secretos familiares?

Esta vez, el boca en boca fue más veloz que Internet. Las familias se marcharon o se desarmaron.

Las víctimas desaparecieron. No había manera de encontrarlas ni identificarlas. Algunos decían que las habían secuestrado difusas células políticas formadas en la oscuridad de las encrucijadas de los barrios más conservadores de Buenos Aires. Otros sostenían que nunca existieron porque el gobierno argentino había inventado la epidemia para redistribuir la población, repartir terrenos, y cumplir con un plan de traslado de la Capital al norte del territorio.

La teoría de la conspiración algo de lógica tenía. Pero hubo focos en varios países del mundo así que era imposible que la enfermedad fuera orquestada por un único gobierno.

Para colmo, apenas desaparecieron los casos, o mejor dicho las personas enfermas, desde el corazón del Amazonas peruano, había surgido Ysa, una aborigen de ojos claros. En lo profundo de la selva, rodeada de un séquito de hiladoras, pronunció una conferencia, transmitida por Internet, donde reafirmaba su profesión, chamana, y su intención de reunir a los latinoamericanos. Ysa aportó más de lo que parece a que los habitantes se establecieran cada vez más cerca del límite norte del país.

La capital siguió siendo la Capital, pero quedó bastante vacía. El resto de Buenos Aires se despobló. Y los barrios del sur más.

El primer caso de Tyson21 había surgido en Adrogué.

En 2023, los de capital ni se preguntaban qué había más allá del puente Alsina. Para el resto del país la zona sur de Gran Buenos Aires era un mal recuerdo.

por Adrián Gastón Fares.

Serenade/Seré Nada. Copyright Adrián Gastón Fares. Todos los derechos reservados.

Ilustración boceto de Sebastián Cabrol para Gualicho

Los tendederos. Relato.

Las luces de la casa se apagaron. Los cortinados se corrieron. La señora se vistió de negro. Maca, la señorita, también. Los rayos de sol a veces nos recordaban que había vida afuera y delataban el polvo que yo no podía sacar de la casa, ese polvo que entraba por más que lo barriera una y mil veces, como si proviniera de los huesos triturados de nuestros soldados o de la tierra removida por las bombas. El polvo que se posaba con insistencia en los muebles y que anticipaba el regaño de la señora. Con Maca a mis espaldas, llamándome por un nombre inventado, María, porque el mío Alejandrina nunca me agradó, yo movía las cortinas, tapaba toda la luz, para que la casa quedara en la penumbra que el señor ya nunca vería.

Cubrí mi cabello con un pañuelo oscuro de tela barata. La señora con un sombrero adornado con una pluma negra.  Ella tenía el cabello hermoso, pero desde que había comenzado la guerra no pudo mantener su estilo de vida. Tal vez ése sea el verdadero motivo de la ropa negra, la razón del duelo. Las cosas que se pierden pero que se podrían volver a conseguir, no como la muerte que es irreversible sino como la buena vida, son las que más duelen. Lo sé porque yo conocí a un muchacho que pudo haberme hecho madre, pero desapareció mucho antes que el señor.

La señora no podía comprar la indumentaria que vio en el catálogo de la tienda de luto. Lo arrojó a un costado para que yo lo desechara. Para el velatorio le teñí las manos con cera negra para zapatos. Todavía no se le fueron las manchas.

Estuve un día limpiando el armario del señor. Trajes, camisas con mangas y cuellos amarillentos. La señora ordenó lavar algunos para donarlos. El señor tenía su armario cerrado bajo llave y no permitía que lo abriera. Dejaba las ropas que necesitaban lavarse sobre su cama. Pero yo sabía dónde escondía la llave así que le pedí permiso a la señora para abrirlo.

Encontré la indumentaria habitual del señor, pero también vestidos. Sabía que el señor había tenido otra hija de un matrimonio anterior, pero no me imaginaba lo hermosa que había sido. En el fondo del armario, tras la ropa, encontré un dibujo a mano alzada de la señorita. Tal vez sea injusto decirlo pero era más hermosa que Maca. O como una Maca adolescente, embellecida, en la flor de la edad. En el dibujo no hay signos de la pulmonía que se la llevaría.

La señora no se sorprendió cuando le dije que había ropa de una mujer. Ordenó que la donara a la dueña del orfanato de niñas de enfrente.  Así lo hice. Quería deshacerme primero de los vestidos del armario, así que dejé el lavado de la ropa del señor para después. La patrona del orfanato la recibió con un susurro de agradecimiento.

Al otro día, colgué la ropa lavada del señor. Maca me miraba con esas avellanas negras que tiene de ojos. No entiende qué le pasó a su padre. Quería saber si el viaje duraría más que los otros. Le contesté que sería el más largo de todos. Después encontró un pájaro muerto y me lo trajo como si fuera un perro. Me clavó la mirada. Fue a enterrarlo.

Anocheció y bajé por la ropa, con los truenos en los oídos y ese olor a tierra mojada que traía el viento. El aire corría rápido. Las copas de los árboles se bamboleaban. Las ropas se mecían. El saco del señor mucho. Demasiado.

Entreví que en el orfanato la empleada había lavado los vestidos donados. Estaban colgados en el tendedero y me llamaba la atención el rosado, tal vez porque todo lo demás era gris. Además era el más lindo. Resonó un trueno.

Me metí en la triple fila de cuerdas del tendedero de la casa de la señora. Entonces noté un cambio llamativo.

El saco del señor se había movido dos metros del lugar donde lo había colgado. Como si se hubiera deslizado por la cuerda. Me pareció raro pero no imposible. Tenía que acomodarme el pañuelo a cada rato porque el viento se lo quería llevar. En la vereda de enfrente los vestidos, algunos pertenecientes a las niñas del orfanato, se balanceaban, ladeaban y contorneaban, como si recordaran las fiestas de antes.

Di vuelta la cabeza y algo oscuro, como un abejorro grande, me sobrepasó.

El saco del señor ya no estaba dónde lo había colgado, ni en la misma cuerda. Se había pasado de la primera a la tercera cuerda del tendedero. Me acerqué para ponerle otro broche pensando que había sido el viento.

El saco voló otra vez, me tuve que correr, y volvió donde lo había colgado. La segunda cuerda está un poco más alta así que tampoco era imposible… Pero los vestidos del tendedero de enfrente se bamboleaban con un frenesí que no parecía ser consecuencia del viento que soplaba cada vez más fuerte.

Entonces el saco del señor volvió a volar. Se poso en la segunda cuerda, luego pasó a la tercera y desde ahí, como impulsado por el estallido de otro trueno, cruzó la calle. Quedó colgando en la primera cuerda del tendedero del orfanato, cerca de los vestidos de las niñas.

El tendedero de enfrente tiene dos cuerdas. Vi como el vestido rosado se desprendía y volaba de una cuerda a la otra, como el del señor, aproximándose a la cercana a la calle. Luego volvió a su lugar en la hilera primera y el saco del señor voló hasta ubicarse a su lado.

De repente, el vestido flotó otra vez hacia la cuerda primera como tratando de escaparse del saco del señor. Una ráfaga de viento llevó el saco del señor hasta que se posicionó al lado del vestido. Los otros vestidos donados volaron de cuerda en cuerda, como si el tendedero fuera un gallinero alborotado por un gallo en celo. Confundidos, volvieron a alinearse al lado del saco del señor. Pero se deslizaban hacia los palos donde estaban atadas las cuerdas, como si el terreno se hubiera inclinado para un lado y luego para el otro. El vestido rosado seguía al lado del saco del señor.

Creo que imaginé que las mangas del saco se estiraban para tocarlo. Algo me acarició el brazo. Me di vuelta.

A mi lado, la mejor corbata del señor era tirada de la punta por la mano del viento, por lo menos eso supuse. Tensa. Como si la tela envolviera un alambre que la convertía en una flecha pronta a lanzarse.

La corbata salió disparada justo que una motocicleta pasaba por la calle. Habrá quedado prendida de la cara del motociclista porque el vehículo derrapó y quedó tirado en el suelo. Por instinto, me di vuelta.

Vi a Maca observando todo desde la ventana de su dormitorio en el primer piso de la casa. La cortina de su habitación también se movía, como si el viento se hubiera metido. Ella la sujetaba fuerte, me pareció que si no la cortina estaría volando por la habitación o se hubiera cerrado sola para impedir que la niña mirara.

El motociclista llevaba a una mujer detrás que había salido despedida por el impacto contra el suelo. Me acerqué a los cuerpos tendidos. Tenía que avisar a la señora para que llamara a la ambulancia.

Observé los ojos clavados en el cielo de las víctimas. Comenzó a llover. Algo, un pensamiento intruso, me llevó hasta el orfanato, hasta las cuerdas del tendedero.

Acaricié una de las mangas del saco del señor, ahora quieto, como si la lluvia hubiese amainado el viento o el ímpetu que hacía volar a ese pedazo de tela vieja.

Maca seguía mirando con una mano aferrada a la cortina. Parecía más alta, casi una joven. Era como si sus facciones se hubieran vuelto más angulosas. Me recordaban a las de la señorita del cuadro.

Algunas de las niñas del orfanato también lo habían visto todo desde sus ventanas. Como si el ejército estuviera pasando por la puerta.

Volví a acercarme a los cuerpos sin vida. Entonces, el saco del señor me rozó la espalda y cruzó la calle para volver a la primera cuerda, la cercana a la casa de la señora, donde yo lo había colgado. Enfrente, los vestidos donados al orfanato también se apaciguaron y retornaron a sus lugares.

Todo quedó listo, alineado, sólo me quedaba avisar a la señora para que llamara a la ambulancia y vinieran a recoger los cuerpos. La lluvia lavaba la sangre. Los párpados de la mujer pestañearon. Me clavó la mirada por un segundo.

Me recordó a otras, a la de Maca, a la del cuadro, a la del señor, pero entonces las chicas del orfanato gritaron al unísono, ya estaban trastornadas, ver todo ese vuelo de ropa y el accidente las había alterado, y el ojo de la mujer volvió a quedar fijo en el cielo, duro y opaco como las rocas que suelo encontrar en la playa.

Son las que puse en los bolsillos del saco del señor para mantenerlo quieto.

Jamás encontré la corbata del señor. El saco cuelga ahora, junto a su sombrero, en el armario cerrado con llave y con un candado que yo agregué.

De vez en cuando veo a una de las niñas del orfanato, tal vez la mayor, pasearse con el vestido rosado. Mira hacia nuestra casa. Debe pensar que nos debe algo.

por Adrián Gastón Fares.

PD:

En la página de Inicio pueden encontrar el link al PDF de mi antología homónima de cuentos de terror y ciencia ficción.

O, con más libertad, pueden leer este y otros cuentos del blog en el Índice de cuentos de este blog:

https://adriangastonfares.com/cuentos/

La vastedad de esta noche.

Los estrenos de cine escasean y parece que las productoras se están guardando las películas para más adelante. Lo que es razonable: ¿cuánto dinero puede pagar una plataforma para adquirir un título? Bond 25 tiene un costo de 250 millones de dólares. ¿Cómo recuperar ese dinero si no es vendiendo pochoclos, bebidas y entradas de cine?

Por suerte hay otras películas que por su costo, o incluso estrategia de marketing ya pensada, pueden lanzarse.

¿Quién piensa en el cine sin recuperación de costos? ¿Sin estrategias de marketing? Hasta los directores más reacios terminan enviando sus películas a festivales. Hay que moverla, es así.

El director de The Vast of Night (2019), al que no nombraré porque eligió con humildad que su nombre no figure en los títulos de su película, decidió sacarla del cajón y enviarla a Slamdance, el festival de cine. Según lo que leí, la produjo, escribió y dirigió aparentemente sólo para tener la posibilidad de hacer la siguiente.

Pero con esta sola ya logra tirarnos de la vista, como si tuviéramos unas manos ahí en vez de ojos, por dónde él quiere, con una seguridad que al principio es aplastante.

The Vast of Night, con su título ampuloso, resonante y cierto, porque la noche es vasta, es larga (la noche: la película es gratamente corta), donde se pueden escribir cosas como estas y hacer millones de cosas más, hasta descubrir una nave extraterrestre volando encima de tu casa, si estás de suerte y se es insistente, fue adquirida por Amazon Video, donde podemos verla.

Una película más difícil de rastrear es Driveways (2019, aparentemente aún no hay título en nuestro idioma) Bien actuada, bien escrita, bien filmada, la película de Andrew Ahn, sobre una amistad entre un niño, Lucas Jaye, y un señor entrado en años (Brian Dennehy en su última actuación) nos expone, con medida pausa, la irremediabilidad de las diferencias entre los seres humanos y las impensables (y a veces olvidadas) amistades que generan estas tiernas marginalidades.

Pero tenemos que seguir hablando de dinero. Das 5 Bloods (5 sangres, de Spike Lee) fue estrenada en Netflix y tuvo un costo de 45 millones de dólares. Lo que simplemente quiere decir que una de 45 millones puede estrenarse online pero una de 250 millones, no. Tiene lógica. Hay que esperar para ver a Bond.

5 sangres, es buenísima, qué más decir, siempre Spike Lee fue un excelente director de cine y lo sigue siendo. Recuerden que no soy un crítico de cine y que solamente hablo, o trato de hablar, de las películas que me van gustando, como si esta fuera la libreta de películas ya vistas que solía llevar cuando era chico (de niño no sabía cuánto salía producir una película, cabe destacar)

La película de Spike Lee tiene la música del gran Terence Blanchard. A Blanchard también lo encontré haciendo la música jazzera de una serie estrenada hace poco, que chusmeé porque me gustan las historias sucias de detectives: Perry Mason.

Por último, voy a nombrar una miniserie documental cuyo primer capítulo tiene una buena narración, muy acorde a lo que cuenta:

I´ll be gone in the dark (2020) es un documental sobre la escritora (y bloguera) Michelle McNamara. Y sobre su asesino (no me refiero al que terminó con ella, no se apresuren, sino al que ella siguió a toda costa)

McNamara escribía en su blog sobre asesinos seriales e investigó con obsesión (siempre digo que sin obsesión no tendríamos luz de noche, por ejemplo) a uno de los más abocados y menos conocidos representantes de este temible gremio: the Golden State Killer. No diré mucho más: está disponible el primer episodio en HBO. En español el libro de la escritora, póstumo, se llama: El asesino sin rostro. Estas obsesiones sanas como inventar la luz eléctrica o seguir los rastros de un asesino son las que nos hacen humanos…

Algo más, me quedaba por ver en estas noches de cine pos-escritura una película de Wong Kar-wai: The Grandmaster (2013)

La película es sobre el maestro de Kung Fu (Kung Fu, el arte marcial, viene de Kong Fu Tsu, o sea de Confucio; Octavio Paz tiene la culpa de este paréntesis), Yip Man (Ip Man) maestro de maestros de las artes marciales, uno de sus discípulos fue Bruce Lee.

La película es hermosa. Kar-wai eleva dimensiones en el cine que a veces nos olvidamos de percibir fuera de las pantallas (capas de imágenes, esas texturas… como ya lo había hecho en In the Mood for Love)

Recuerden que el arte de elegir una buena película o un buen libro es el más difícil de todos. Lo es para cada persona. Es azaroso, imprevisible, y es tan grato que si lo logramos, se parece a la aventura de crearlas o escribirlos.

Y lo que descubrimos en esos sueños compartidos que son las películas, y que también son los libros, es difícil de transmitir con palabras. Mueve a la sangre como la luna afecta a las mareas.

Adrián Gastón Fares

Escritor, Productor de cine, Director de cine

(PD: Aguante los pedazo-de-actores Will Ferrell, Rachel McAdams y Eurovisión: La historia de Fire Saga. Ya no dudo de que existen los duendes)

Novela completa: Intransparente. Índice por partes.

Aquí les dejo el índice online de mi novela Intransparente. Escribirla fue una aventura muy particular, espero que algo de ese viaje se transmita en su lectura.

Para todos los índices pueden visitar el Menú superior de la página. También pueden consultar la sección Acerca de mí. De esta manera comienza Intransparente:

El día que lo conocí hacía casi dos meses que me había peleado con mi novio y no estaba de buen humor. Una vez que nos presentamos, de dónde sos, qué estudias, y después de avisar que me triplicaba en edad, y también en mal humor ese día, me confesó que, a pesar de todo, su vida había sido radiante hasta los cuarenta y que me encontró de casualidad, mezclando las letras del hotel de Mar del Plata en que lo habían metido durante la gira de presentación de su libro. Por un momento pensé en eliminarlo al instante, chau Ortiz, yo no hablo con gente que no conozco, menos con los que, cuando están aburridos y tristes, se entregan a inocentes juegos de azar, como vos dijiste, y no estoy segura qué hubiera ganado con eso. Era más pendeja que ahora y la vida para mí era un aburrimiento constante, todavía no había entrado en la época de las revelaciones diarias, ésa donde te lleva el peso del aburrimiento que te atan en las piernas o que te atás en las piernas hasta que vas cayendo y te das cuenta que, sumergida, hay una ciudad que es reflejo de la superior…

Primera Parte

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

 

Segunda Parte

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

 

Tercera Parte

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

 

Autor: Adrián Gastón Fares.

Todos los derechos reservados. Copyright: Intransparente, Autor: Adrián Gastón Fares. Ilustración de Portada: Gabriel Quiroga.

Novela completa: El nombre del pueblo. Índice por partes.

Aquí les dejo el índice online de mi novela El nombre del pueblo. Espero que la disfruten.

Para todos los índices visiten la parte superior de la página (El Menú: esas tres rayitas arriba de este post despliegan el contenido del sitio) y/o también revisen la sección Acerca de mí.

PRIMERA PARTE. PUEBLO.

Primera Parte. El nombre del pueblo. El pueblo. 1

Primera Parte. El nombre del pueblo. El pueblo. 2

Primera Parte. El nombre del pueblo. El pueblo. 3

Primera Parte. El nombre del pueblo. El pueblo. 4

Primera Parte. El nombre del pueblo. El pueblo. 5

Primera Parte. El nombre del pueblo. El pueblo. 6

Primera Parte. El nombre del pueblo. El pueblo. 7

Primera Parte. El nombre del pueblo. El pueblo. 8

Primera Parte. El nombre del pueblo. El pueblo. 9

Primera Parte. El nombre del pueblo. El pueblo. 10

Primera Parte. El nombre del pueblo. El pueblo. 11

Primera Parte. El nombre del pueblo. El pueblo. 12

Primera Parte. El nombre del pueblo. El pueblo. 13

Primera Parte. El nombre del pueblo. El pueblo. 14

SEGUNDA PARTE. EL NOMBRE.

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 1

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 2

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 3

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 4

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 5

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 6

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 7

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 8

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 9

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 10

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 11

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 12

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 13

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 14

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 15

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 16

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 17

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 18

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 19

Segunda Parte. El nombre del pueblo. El nombre. 20

TERCERA PARTE. EL CANSANCIO DE LAS BALLENAS.

Tercera Parte. El nombre del pueblo. El cansancio de las ballenas. 1

Tercera Parte. El nombre del pueblo. El cansancio de las ballenas. 2

Tercera Parte. El nombre del pueblo. El cansancio de las ballenas. 3

Tercera Parte. El nombre del pueblo. El cansancio de las ballenas. 4

Tercera Parte. El nombre del pueblo. El cansancio de las ballenas. 5

Tercera Parte. El nombre del pueblo. El cansancio de las ballenas. 6

Tercera Parte. El nombre del pueblo. El cansancio de las ballenas. 7

Tercera Parte. El nombre del pueblo. El cansancio de las ballenas. 8

Fin. El nombre del pueblo. Autor: Adrián Gastón Fares.

Todos los derechos reservados. Copyright: El nombre del pueblo, Autor: Adrián Gastón Fares. Ilustración de Portada: Sebastián Cabrol.

El nombre del pueblo. El cansancio de las ballenas. 4.

Todo empezó la noche que mi hermano se encontró con el pescador en el restaurante. Nosotros estábamos en un bar cercano, esperando que don Isidoro termine de hacer su trabajo para que nos cuente la reacción de Miguel.

Cuando entendí que éste creía de verdad que Castillo estaba en el pueblo, y que era un viejo que había empeñado un medallón, caminé por la playa tratando de encontrar a ese hombre. Como no me fue posible, le pregunté a don Isidoro si había visto a un vagabundo. Ahí me contó la historia del viejo que vivía en el faro. Se me ocurrió, entonces, citar al pescador con mi hermano en el restaurante y que lo convenciera de visitarlo. Así sabría que aquel hombre era un pobre vagabundo. Esto coincidió con la muerte violenta de Amanda, pensé que mi hermano todavía no se había convencido de la identidad del asesino.

Don Isidoro estaba, como siempre necesitado de dinero y volvió al bar muy contento, pidió ginebra y nos contó que había impresionado a mi hermano y que sin ninguna duda iría a ver quién era el zaparrastroso del faro. Luego contó los billetes que le habíamos dado y se fue. El Ruso tenía una cita en el restaurante y dejó el bar.

Me quedé solo, pensando en nada, revolviendo un café que no quería tomar. El bar estaba muy concurrido, ya que a esa hora servían chocolate y el frío y la lluvia propiciaban su consumo. Tanto que, apartando mi café, me pedí uno dispuesto a no ver nada más que a la barra derretirse lentamente.

Cerca de mi mesa, un nene reía mientras su madre le pasaba una servilleta por la boca. Esa risa hizo que se me pasara el mal humor que tenía. Si bien un chico que llora puede hacernos caer en la más acerba desesperación, uno que ríe nos hace felices. Imaginaba a mi esposa sonriendo con un bebé en brazos y pensé lo feliz que toda la gente sería si las cosas ocurriesen como esperaban. Poco a poco, algo se fue esparciendo en mi memoria como el chocolate en la leche. Y el recuerdo era tan oscuro y extraño, que las imágenes acudían a mi mente poco iluminadas y vaporosas, y no podía ordenarlas porque casi no podía ver lo que eran.

Sin embargo, ahí estaba mi madre. De pie, frente al espejo del baño, alisaba con un cepillo las ondas de su pelo. Y había alguien frente a ella, un chico casi tan bajito como yo en la época del recuerdo. Estaba parado delante de la puerta del baño y alzaba la cabeza mirando cómo mi madre se peinaba. La cabellera rubia se movía y brillaba. Miguel estaba quieto y abstraído en aquello que observaba. Yo bajaba la vista y seguía leyendo el libro de estudios sobre la mesa de la cocina, la levantaba de nuevo y Miguel seguía ahí. En algún momento mi madre se daba vuelta súbitamente y le hacía una morisqueta a mi hermano, que reía y salía corriendo a su pieza. Entonces, mientras seguía alisando su pelo, yo escuchaba la risa clara de la mujer.

Tan enfrascado estaba en mi recuerdo que no me di cuenta que miraba fijamente al nene que estaba con la madre. El mocoso me mostraba la lengua muy enojado. En ese momento recordé que aquella noche tenía una fiesta en lo de Mario y lo mejor era que fuese a prepararme.

Más tarde discutí con mi esposa porque ella no quería ir a la fiesta. Una amiga le había contado un rumor sobre mí, que mi mujer ya había confirmado hacía tiempo, y estaba muy enojada. La dejé sola y llamé al Ruso para que pasara a buscarme con su coche. Ahí conocí a la mujer con la que el Ruso se había citado en el restaurante. Iba en el asiento del acompañante y cada tanto se daba vuelta y me sonreía. No era muy linda, pero su cabellera oscura y ondulada me atraía.

¡Cómo se besaban esos dos! Por un momento temí que fuéramos a chocar. Me sentía solo y tonto, estaba contento de que mi mujer no hubiese venido, pero me veía explicándoles a todos que estaba descompuesta y les mandaba saludos.

No podía evitar mirarle el pelo a aquella chica. Había algo que me perturbaba: era como saber lo que otros no saben y, por cortesía, callarse. Era no animarse a mirar por segunda vez a alguien que parece conocido, y sin embargo, quedarse para siempre con la duda.

La fiesta estaba muy alegre. Habíamos llegado un poco tarde y ya todos bailaban. La orquesta tocaba milongas y ni bien entré me ofrecieron whisky. Mientras hablaba con los invitados tomaba como nunca. Tanto que noté que varias veces Mario me miraba fijamente. Después de la comida sirvieron champán y no pude negarme. Pronto bailaba con una morena. Había muchos invitados bailando junto a mí. A un costado, la mujer de Mario intentaba convencer a su marido de que se sumara al grupo.

Mientras bailaba con la morena, yo no podía sacar los ojos de la novia del Ruso. Todo ese pelo hamacándose sobre sus hombros. Y entonces fue como si los que bailaban en esa habitación cayeran encima de mí. Recuerdo haber apoyado la mejilla en la de la morena. Cerré los ojos… (continuará)

Por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El cansancio de las ballenas. 3.

Pero mi hermano no estaba para nada curado. De alguna forma, que debía haber previsto, Miguel empeoró. Alucinaba por las calles y su mirada estaba más perdida que cuando la distraía mirando entrechocar las olas. Empezó a sospechar relaciones entre las cosas, algunas increíbles.

El meteorólogo me había prevenido de las tormentas que se acercaban. Ésa fue la causa del adelanto en la aparición de la embarcación. Debíamos aprovechar rápidamente la marea baja.

Ese año llovió todo el otoño y el invierno. Hacía un mes que mi hermano había desaparecido cuando las tormentas amainaron. Él no pudo evitar relacionar la inclemencia del tiempo con la profanación de aquella fosa.

El escritor del diario exageró la venganza de Castillo. Cuando asesinaron a Martita, mi hermano empezó a pensar que la advertencia de la estela era real: no sólo se había descompuesto el tiempo para siempre, sino que habíamos despertado a un asesino insatisfecho de su venganza. Si era una joven cercana a él la que moría: ¿Quién otro que el temerario Castillo iba a tener razones para castigarlo tan severamente? ¿Qué otra persona había jurado eterna venganza ante la infortunada muerte de su hija?

Y el joven escritor inventó en el diario una compañía para Castillo: aquel perrito cimarrón que aullaba siempre y que rara vez se lo veía. La casualidad quiso que Amanda tuviera a ese molesto pequinés y que, cuando ella merodeaba por las noches la casa de mi hermano para espiar si estaba acompañado, éste oyera el lastimero ladrido que el animal profería y lo confundiese con el del ficticio cimarrón de Castillo.

Les decía que nunca había imaginado el retorno de Ingrid.

El matrimonio se desmoronó en la primera semana, el novio se enteró de unos rumores sobre mi relación con la joven y hubo una pelea. Ingrid volvió al pueblo y me reprochó haberle arruinado su vida. Estaba enamorada de mí. Yo no podía arriesgar mi reputación y abandonar a mi esposa. Además, le tenía lástima a la pobre, siempre sensible porque no me había dado ningún hijo.

Miguel volvía de vender sus gansos cuando descubrió a Ingrid. Quedó, obviamente, desconcertado. Ella bajó de uno de esos taxis de Obel y yo iba a acercarme cuando vi a mi hermano. Cuando, días después, finalmente la dejé, el azar jugó otra vez y Miguel vio cómo la mujer lloraba en la vereda. No hay más que decir sobre este traspié tan doloroso en mi vida. Jamás la volví a ver.

Transcurrió un año de la desaparición de mi hermano cuando un día lluvioso pasé por aquella casa y vi al viejo regando las flores bajo su paraguas. Ignoro qué fue de Ingrid, si vivió en Obel o en algún otro pueblo.

Hasta acá llegan las explicaciones de la confusión de mi hermano por las consecuencias de mi engaño. Lo que les voy a contar a continuación es lo que muy pocos saben. Cómo descubrí la terrible verdad. Qué hechos sirvieron para que deduzca la verdadera identidad de Malva.

Y éste es, quizá, el giro más trágico de esta historia.

por Adrián Gastón Fares. (continuará)

Reunión. Cuento.

Reunión.

Nada que no se haya contado, que no se haya visto ni escuchado. Después de todo, a ella la había conocido por la evolución de la técnica a través de la cual en el siglo pasado un mago precoz había anunciado un falso fin del mundo.

Entonces, ahora que tal vez me quede poco tiempo, me cuento esto a mí mismo, ni mago ni precoz.

Primero quedamos pocos. Luego menos. Y por último todos se esfumaron.

Creí que era el único sobreviviente. Que ayudó la l-lisina, que había tomado para aumentar las defensas en un período de estrés. Pero ese suplemento dietario no resultó con mis perros. Ni con los familiares y conocidos que la tomaban. Así que quedamos las máquinas y yo.

Hasta que vi conectada a mi ex novia. Aunque antes me había bloqueado. Y yo a ella.

Entre los dos nos menospreciamos y criticamos todo lo que pudimos. Llegué a empujarla y ella a escupirme en la cara. Sin embargo, el día que partió con sus cosas nos dimos un beso que es el único que recuerdo de esa larga, interrumpida e intensa relación.

El último beso, la última caricia en la espalda en la cama antes de la separación, con el tiempo siempre parece el principio ¿Qué decir de estos inicios que son finales?

Este ser que me había criticado tanto, limando mis virtudes, atizando mis defectos hasta hacerme arder en el fuego de mi propia locura, este ser que me había empujado al vacío, al que había maltratado, claro que sí, sin darme cuenta hasta que era muy tarde, y que me había abandonado mucho tiempo antes de que se fuera, silente y firme, este ser que se había pegado a mí como una garrapata, sofocándome como un hada que nada sabía de la vida pero sí del final de su propio cuento, que era tan capaz de ponerte el pie sonriendo, este ser peligroso, inteligente, este ser era el último resorte de la humanidad para mí, la única manera de escuchar una voz humana después de tantos meses de soledad. Y de ver a una mujer, de olerla y sentirla.

Cuando tuve eso claro, el instinto me empezó a jugar una mala pasada. Quería acercarme. Pero ni bien arrancaba el auto, mis pies no querían pisar el acelerador. Volvía y me daba la cabeza contra la pared de mi casa.

Pronto manejaba a las velocidades más altas por la ruta sin destino buscando un precipicio al que ofrendar mi auto caro y mis músculos trabajados.

Sopesaba las ramas de los árboles que yo mismo había plantado para colgarme. Me acercaba el cuchillo a la garganta como quien no lo va a retirar y piensa hundirlo. Mezclaba todo lo que encontraba en el botiquín con vodka y me lo tomaba para terminar vomitando. Merodeaba a los animales salvajes y hambrientos del zoológico abandonado para que me devoraran. Pero los pobres leones no tenían ni fuerzas y apenas se arrastraban. No había nadie para bajarme el pulgar en esa palestra. Nadie que pudiera apretar el gatillo más que mi mano renuente, nadie que pudiera empujarme más que el viento. Pero lejos, bastante lejos, estaba ella.

El día que recorrí el camino hasta su casa, me bajé en el puente. Intenté lanzarme al río. Volví a mi casa.

¿Y a ella qué le pasaría? ¿Querría verme?

Tiré el teléfono, rompí la computadora. Ya nada me unía con el mundo y menos con ella. Pero al otro día de despojarme de mis dispositivos lloraba como un nene. ¿Qué fantasma había creado? ¿Había dejado otra vez que ese demonio me poseyera?

De las posesiones hijas de la ficción el amor es la peor. No hay sacerdote que la ahuyente, no hay médium que lo materialice, no hay espíritus guías que lo acompañen para que deje este mundo, no hay ángeles que puedan salvarlo, ni enviado que se haya sacrificado por él, no hay crucifijos que lo ahuyenten, ni balas de plata que lo maten, no hay manera de taparse los oídos, tenemos ojos en la nuca para mirarlo siempre a la cara, no hay espaldas, el amor te juega y te demanda, en el límite está la ficción más grande creada por el hombre, porque la muerte, tal vez la segunda, pudre, pero el amor persiste. Es impalpable como el tiempo. Y se escapa para siempre. Uno lo busca con parsimonia y lo encuentra con locura.

Ese virus que no destruyó a la humanidad, pero que casi me destruye a mí. Y con eso me basta.

O me bastaba, porque empecé a pensar otra vez, esta con razón, que era la única mujer en el mundo, que el destino de la humanidad, o por lo menos de mi raza, estaba en encontrarla, en reproducirme, y había eliminado la única señal de humo que me mantenía atado a ella. La humanidad dependía de que nos uniéramos pero a mí me había importado un pepino.

Hoy caminé hasta el borde de la terraza, pensando en ella, con más ganas que nunca de tirarme de cabeza. Pero me detuve. En ese momento un auto se subió a la vereda.

Como un rayo salió y me clavó la mirada.

Acabamos de tomar un té. Ella está maquillada, tiene varios cortes en las muñecas y una marca en el cuello, como si algún trastorno de la personalidad la hubiera llevado a lacerarse y colgarse, pero intuí que era el mismo instinto que a mí había querido ahogarme, y que casi había logrado esparcir mis sesos por el suelo, todos mis recuerdos una mermelada grisácea frente a mi casa, y después las moscas y los gusanos, que por suerte eran sordos, como los leones, a estos opuestos que nos habían vuelto a juntar.

Ella unta el pan con mermelada.

Hace un rato hicimos temblar la casa con una pasión comprensible.

Su sonrisa es tan brillante como el cuchillo que empuña.

Por Adrián Gastón Fares

PD: Agrego que vuelvo a publicar Reunión ahora por razones de tema y contenido. Fue escrito en 2018, si mal no recuerdo.

Este 2020 no debería detenernos sino todo lo contrario. Aunque tal vez sea también momento de pausa y reflexión, de unirse en la distancia y en la nuevas formas de acercamiento humano. Tocando el acordeón en el balcón o aprendiendo nuevas tareas u oficios. O, como escribió una persona en un Facebook, de retirarse a un campo como en el Decamerón, o a un baldío, a contarnos cuentos.

También pueden leer: Lo que algunos no quieren contar https://elsabanon.wordpress.com/2017/09/02/lo-que-algunos-no-quieren-contar/

Este cuento fue incluido dentro de mi colección de cuentos de terror y ciencia ficción llamada Los tendederos.

El nombre del pueblo. El cansancio de las ballenas. 2.

Un hombre que deseaba llevar sobre sus hombros la administración de un pueblo no podía tener una mancha que peligrara la elección de los pobladores. Si yo quería que el partido confiase en mí, debía internar a mi hermano en el manicomio de Obel o sacarlo de la playa. De otra forma, me vería obligado a renunciar a la candidatura.

Reflexioné, y llegué a la conclusión de que mi hermano estaba realmente afectado. Sus problemas auditivos, incluido el persistente zumbido bilateral, habían creado un marco ideal para su introversión. Fui a verlo todas las tardes y no hubo caso: el hombre quería estar con su medallón mirando el mar. Muchas tardes me dijo que no era una locura, simplemente le gustaba meditar allí. Yo creía que un hombre de su edad no podía perder el tiempo de esa manera y me preocupaba su futuro. No tenía esposa, ni novia ni muchos conocidos. Era un solitario que necesitaba nada más que un sueño. Pero yo sabía de la tristeza de los que llegan a la vejez solos –ahora lo sé mejor– y, además, siempre soñé con tener un hermano mayor de verdad, maduro, con el que poder discutir mis asuntos y celebrar mis éxitos. Mi egoísmo fue, y es, la razón de mis tristezas.

Como vi que no había ninguna posibilidad de alejar a mi hermano de la playa, y Mario comenzaba a planear la deposición de mi candidatura, ideé un plan. Necesitaba la ayuda de algunas personas conocidas y de otras no tanto. Pero, ¿quién le iba a negar una mano a un posible gobernador?

Disponer de los restos del barco fue fácil. No se necesitaban más que algunas maderas y un aprendiz de carpintería. Para copiar los unicornios en el estuche, no hizo falta más que mi dibujo y las manos hábiles de un orfebre local. Consulté a un meteorólogo para que me informe sobre las mareas y dispuse todo para que los pescadores coloquen el barco donde fuera visto por mi hermano.

Al descubrirlo, comenzaron a tejerse en la mente de Miguel los enigmas y coincidencias que lo martirizan en su diario. Ya que si bien no fue difícil disponer del barco, si lo fue un poco armar la fosa de Malva y conseguir la fotografía que allí enterramos.

El Ruso conocía al anciano que cuidaba el cementerio y sabía que con poco dinero estaba arreglado el asunto. Había una estela que muy poca gente conocía pero que siempre estuvo allí. No tenía nombre, tan sólo una maldición. Allí mandamos a Eleuterio, el sepulturero, con las falanges que él mismo nos consiguió.

Encargamos el diario de Malva a un escritor recién llegado de Obel, un joven desesperanzado que no tenía otra alegría en la vida que llenar papeles, y por muy poco dinero, conseguimos un diario antiguo bastante verosímil. Allí se insinuaba la ubicación de la tumba mediante unas palabras de Castillo. Nosotros sabíamos que mi hermano solía leer en el cementerio y estábamos seguros de que encontraría el sitio señalado.

La fotografía fue lo más complicado. Jamás olvidaré las consecuencias de esa estratagema.

Allí fue donde conocí a Ingrid. Buscábamos a una chica que tuviera que dejar el pueblo y que se pareciera a la joven del retrato borroso del medallón que mi madre había entregado a mi hermano. Un domingo caminaba por unas de las calles cercanas a mi residencia cuando me crucé con una chica que por ahí paseaba.

Ingrid, de pelo rubio lacio, era más hermosa que la Malva del retrato pero sus ojos oscuros tenían ese aire triste que confería a aquella mujer gran parte de su belleza. La saludé y ella respondió que era un honor hablar conmigo. Seguimos caminando y hablando. Cuando nos separamos ya me había confesado que no estaba segura de sus sentimientos por su novio, un joven adinerado que vivía en Obel. No obstante, y debido a la locura de su padre –¿recuerdan aquel señor que Miguel encontró regando flores bajo la lluvia– quería abandonar lo más pronto posible su hogar y comenzar una vida nueva.

Me pareció la más adecuada para ser la doble de Malva y a la semana no sólo éramos cómplices, sino amantes.

Tuve en mi vida dos amores importantes. Es terrible que reconozca que ninguno de ellos fue mi esposa. La sonrisa de Ingrid es la que todavía sorprende mis sueños.

Mi esposa ya había descubierto el asunto. Ingrid estaba celosa y me quería sólo para ella, pero lo que pretendía era imposible de enfrentar para un político. Pronto me alegré de que su casamiento fuera inminente. Le conté lo que necesitaba de ella –una fotografía simple, en la que posaría con una peluca oscura y un vestido pasado de moda– y la convencí asegurándole que el futuro de mi hermano y el mío estaban en sus manos.

Cierto atardecer, mi caminata por las calles me llevó a las puertas de una casa abandonada. La atmósfera decadente del lugar cosquilleaba mi memoria, pero terminé por convencerme de que jamás la había visto. La puerta de la entrada estaba entornada y no pude evitar espiar. Así llegué al primer piso y descubrí la inmensa lámpara que colgaba del techo. Decidí que ese lugar era el ideal para recrear una mansión española.

Días después, estaba en el lugar con Ingrid y un fotógrafo. Necesitábamos esa fotografía para que mi hermano no dudase en ningún momento que el cuerpo encontrado era el de Malva. La única solución que entreví fue la de colocarla en la fosa y hacerla resaltar en el diario de mi supuesta prima. El escritor agregó en el discurso de la chica alusiones a una fotografía muy querida, que extrañamente había desaparecido. Y cuidamos de que en nuestra toma se viera en el anular de Ingrid un anillo de oro con un diamante falso incrustado, que luego pasamos a una de las falanges que enterramos. De ahí en más, estábamos seguros que todo iba a funcionar. Pero nunca, dios mío, imaginamos las complicaciones que el azar nos depararía.

¡Qué sorpresa cuando me enteré que la casa abandonada era de los Gutiérrez! Al leer el diario de mi hermano aparecieron ante mí los traviesos hermanos, siempre odiados por mi madre porque maltrataban a Miguel, no así por mi padre que veía en ellos una compañía noble para sus humildes hijos.

Yo era muy chico en la época que jugábamos con los Gutiérrez y no recordaba ni aquella mansión ni sus habitantes. De ahí la confusión de Miguel al ver la fotografía, la tulipa adornada de cristales que descendían casi hasta el piso se veía reflejada en el espejo de la vitrina y esto despertó en él la sospecha, sólo confirmada al encontrar la casa en sus caminatas. Entonces pensó en dos mansiones iguales en dos pueblos alejados y esta fantasía no hizo más que empeorar su confusión.

Otro paso fue arreglar a Falcón. Esto no fue difícil porque sabíamos que el comisario no desperdiciaba ninguna oportunidad de ganar dinero y aceptaba este tipo de donaciones. Con las condiciones de que mantuviera en secreto el plan y atendiera con disimulo a mi hermano tras el hallazgo del barco, le prometimos una buena suma de dinero.

No pudimos prever el interés de Martita por mi hermano. La casualidad quiso que fuera asesinada cuando iba a decirle algo importante a mi hermano. Estoy seguro que su intención era revelarle mi plan.

Una de las equivocaciones fue la de buscarle trabajo a Miguel. Me enteré por el Ruso que Kaufman necesitaba alguien que vendiese sus gansos. Pensé que las caminatas distraerían a mi hermano, alejándolo de la circunspecta soledad en la que lo sumiría el hallazgo de la embarcación.

Recuerden que yo tenía la esperanza de que el casamiento mantuviera a Ingrid lejos del pueblo y de esta manera nos libráramos de que mi hermano se la cruzara algún día. Pero ustedes serán, mis queridos amigos, más inteligentes que este viejo y ya habrán recordado que los refranes son tan repudiados por nuestros intelectuales como verdaderos: muchas cosas fallaron, y no fue el menor desliz la vuelta al pueblo de esa mujer.

El casamiento tuvo lugar en Obel, el pueblo del novio, un día antes de que mi hermano viera los restos del bergantín en la playa. Ingrid jamás volvería a su casa, ya que los padres del muchacho odiaban que se casara con una joven del pueblo sin nombre –recuerden que este pueblo todavía no había sido bautizado– y dábamos por sentado que la pareja evitaría nuestras inmediaciones.

Por otro lado, el padre de Ingrid la había maltratado cuando era chica y ella decía que el hombre merecía la soledad que le esperaba.

¿Hará falta agregar que no me fue muy grato estar en este pueblo, preparándome para engañar a mi hermano, mientras Ingrid se casaba en Obel? Sin embargo, seguí dirigiendo los preparativos y al otro día todo salió como esperábamos.

¡Qué felicidad cuando me acerqué a la playa ese atardecer y no vi a mi hermano sentado en la arena!

Creí que lo había curado y que podría empezar a vivir una vida normal. Sin embargo, mi sonrisa se extendía por el apoyo incondicional que de ahí en adelante iba a tener de Mario.

Mi imagen estaba asegurada ante el pueblo.

Nadie, ni siquiera Schlieman, podría aventajarme en las elecciones. Sin el miedo de que un posible fracaso se debiera a mi pasado, yo estaba seguro de mí mismo…

Por Adrián Gastón Fares. (continuará)

El nombre del pueblo. El cansancio de las ballenas. 1.

Sirvan estos párrafos para honrar el terrible destino de mi hermano. La única esperanza de redención de mi parte reside en la redacción de estas notas en mis pocos momentos de ocio, donde confesaré mi culpa en la desaparición de Miguel y revelaré las desgracias que lo llevaron a tomar esa terrible decisión.

Los diarios dicen que hago prosperar al pueblo. Yo sólo sé que no fui un buen hermano. Sin embargo, tuve mis razones para hacer lo que hice y la vida las burló y se llevó a un hombre alucinado, pero de bien, dejándome a mí el sabor acre de la culpa. Estoy seguro de no ser un criminal. Pero en las noches mi conciencia zozobra como en el peor de los mares y mi vigilia no tiene fin. Recemos todos nosotros, pobladores de este triste pueblo, por el alma de Miguel.

Revolviendo los enseres de mi hermano, uno de mis hombres encontró un diario donde cuenta los hechos que atormentaron los últimos días de su vida. Es mi deber explicarlos, porque a primera vista pueden esquivar la compresión del hombre más sagaz del pueblo, pero todo tiene una explicación.

Son treinta los años que pasaron –reelecto una y otra vez por la honestidad que me caracteriza– desde que asumí la gobernanta de este pueblo. Veo ahora mis fuerzas aplacarse. Mi fin será tan terrible y común como justo. Déjenme entonces olvidarme de la enfermedad que me acosa. Les contaré todo. Y dejaré un testamento para que no bien yo abandone este hermoso mundo –ya que los caminos de este pueblo volverán a ser transitados si la muerte es algo más que nada–, el diario de mi hermano y estas notas que ahora me propongo escribir se den a conocer y sean aprovechadas por mis lectores según les convenga.

Mi labor será la de recordar y créanme que, habiendo estos asuntos arruinado el sueño de muchas de mis noches, no me será grato; al menos no tendré que esforzarme demasiado.

Todo empezó con la candidatura.

Los hombres del partido político confiaban en mí, pero Mario Cardone, el presidente, el hombre más callado que conocí en mi vida pero también el más pérfido, decía que mi imagen no era la adecuada. Que yo tenía un pasado difícil y que, despiertas las imaginaciones por la obsesión de mi hermano con la playa, todos señalaban el precario estado mental de mi familia. El suicidio de mi madre era recordado en el pueblo.

Cuando yo tenía cinco años, ella empezó a reñir diariamente con mi padre. Cualquier nimiedad bastaba para que se enojara. Se peleaban y mi madre salía a caminar. Me contaron que llegaba hasta la playa y que allí se quedaba de pie, mirando la nada. Luego volvía a mi casa y lo mismo al día siguiente. Dos años después, mi madre le habló a Miguel, luego a mí, de una prima lejana y nos mandó a esperar en la playa a la embarcación en la que la chica escapaba de una venganza. Obedecí porque me pareció divertido. Nunca imaginé el efecto que estas tardes tendrían en el ánimo de mi hermano.

Poco a poco empezó a volverse triste. Él tenía dos años más que yo y leí muchas novelas, tantas como mi padre le traía de la feria. Las mujeres ya habían empezado a gustarle, pero las idealizaba y, como todavía era un mocoso, estaba lejos de acercárseles. Siempre me comentaba que era desdichado porque no tenía ninguna amiga. Era verdad, jugábamos mucho, pero siempre con los mismos pibes: el Rulo, Albertito, los Gutiérrez. Nunca una chica. El decía que los personajes de sus novelas tenían amigas con las que compartir sus aventuras.

Entonces, a la manera del afamado hidalgo de la literatura, mi hermano trastocó la realidad a gusto. Empujado por la imaginación de mi madre y las largas esperas en la playa, se enamoró de una mujer que no conocía y que apenas había visto en una desvaída fotografía. Malva era la posibilidad de conocer a una extraña de otras tierras, pero nada más que eso para mí. Para mi hermano lo era todo.

Cierto atardecer, mis padres discutieron y mi madre abandonó la casa para no volver jamás. El cuerpo fue encontrado varios días después. Estaba muy golpeado, lo que hacía suponer que había caído del extremo de la Lengua y que dio contra las rocas antes de que el mar lo paseara por sus fondos.

Al empezar este relato dije que Cardone, el presidente del partido, necesitaba que yo limpiase el nombre de mi familia.

Otro día volvió a hablarme del suicidio de mi madre y del problema de mi hermano. La dilatada espera en la playa era su verdadera preocupación…

por Adrián Gastón Fares.

Intransparente. Tercera Parte. Capítulo 1.

1.

Una semana sin hablar, y a la otra me salió con el rollo de Mar del Plata. Nunca me lo había contado del todo. Sentía la falta de Sabatini, sin lugar a dudas. Estaba demasiado encerrado, recordando. Salía a comprar cosas que no necesitaba para intercambiar algunas palabras con los empleados del supermercado, que como eran chinos no pasaban del chau, muchas gracias, amigo eso le alcanzaba, y a la vuelta podía encerrarse otra vez porque se sentía renovado. Igual, la mayor parte del tiempo, salvo cuando escribía en su cuaderno, leía o hacía ejercicio —se había comprado un sillón de pesas para evitar el gimnasio—, no se sentía cómodo en su departamento.

Cuando sonaba el teléfono lo atendía frente al espejo del baño o en los lugares cercanos a la pared de la medianera; si no tenía la sensación que los vecinos escuchaban lo que hablaba. Iba y venía con el teléfono mientras hablaba con el padre de Jorguito, que era el único que lo llamaba. Ahora estaba más de su lado que del de Miranda, su amigo era muy machista y descubrir que su ex lo engañaba con el tío Oscar, al que conocía por los relatos que su esposa le contaba, no le había causado gracia. Así son los hombres.

Claramente, Elortis tampoco era un santo…

El que desconfió siempre de Miranda era Sabatini; en la costa le había dado a entender que ella no le caía bien. Eso lo había hecho apreciar más la intuición de su amigo, y empezó a recordar los detalles del viaje a Mar del Plata. Aunque parezca mentira, Elortis no conocía esta ciudad cuando lo invitaron al programa de Mirtha Legrand. También pensaba que el programa no existía más; si hasta lo miraba su abuela mientras de chico él esperaba los dibujitos.

Pero llegó el llamado de la producción y tuvieron que decidir si viajaban o no al almuerzo de la señora. Lo pensaron bien y, aunque aterrados, aceptaron porque convendría para promocionar el libro. Pero días después, Sabatini le informó vía e-mail que no estaba seguro de ir al almuerzo de la diva y tampoco de participar de la charla literaria en Villa Victoria. En el próximo e-mail, sin explicaciones, le confirmaba que no iría. Elortis le pidió a Miranda que lo acompañara, en ese momento estaban separados, pero se veían, claro; y todo estaba arreglado hasta que a último momento Sabatini volvió a prenderse en el viaje. A Miranda no le cayó muy bien la noticia, porque le hubiera gustado acompañarlo en ese momento importante, y de paso, seguirle los pasos para evitar que conociera a otra mujer. Al final, los ex socios pasarían en la ciudad veraniega cuatro días, darían entrevistas en algunas radios, el segundo día estarían en el almuerzo de Mirtha Legrand y el cuarto día darían una charla sobre el proceso de escritura de Los árboles transparentes en Villa Victoria.

Aunque estaban distanciados, y los dos tenían pensamientos poco claros sobre el otro que le daban un aire difuso a la amistad, desde que salieron de Retiro hasta que bajaron en la terminal estuvieron charlando, contándose historias de sus respectivos amigos y recordando algunas anécdotas de la escritura del libro. No estaban muy nerviosos por lo de la entrevista en el programa. Elortis no estaba seguro de poder masticar bien en la tevé —me aclara que después del programa tuvo algunos problemas digestivos.

Bajaron distendidos del bus y haciéndose bromas mutuamente, como si empezara una aventura, y Elortis caminó descalzo por las calles de Mar del Plata, el aire fresco en los pies lo amigó al instante con la ciudad; pocos días tan claros en su memoria como aquel día.

Observaron la estatua de Florentino Ameghino y después se sentaron frente a la playa, a desayunar unos tragos del licor de anís casero que Sabatini tenía en la mochila, mientras veían a unos skaters rondar la estatua ecuestre de San Martín.

Tomaron la habitación compartida del hotel de cuatro estrellas, ubicado a una cuadra de la playa, y se pusieron a mirar videos viejos de los ochenta en el televisor; se quedaron dormidos y fueron despertados por la llamada de una periodista cordobesa que los esperaba para entrevistarlos en el comedor del hotel.

Ya abajo hicieron una simulación del almuerzo televisivo con la periodista de La Voz del Interior, que mientras no paraba de comer, les preguntó muchas cosas, sobre todo sobre la ladrona compulsiva. En ese momento los llamaron de la Rock and Pop marplatense porque querían entrevistarlos a la tarde en la emisora. Era final de temporada y, aunque a la mañana había sol, al mediodía se largó a llover. Por suerte, la chica de la Rock and Pop que los llamó quedó en pasarlos a buscar. Cuando llegaron,  la chica, una flacucha con flequillo, se desentendió de ellos y los dejó parados en la recepción del piso en que estaba la radio, avisándoles antes que irían después de la tanda.

Ahí parado con ellos, entre cuadros de rockeros y tapas de discos, estaba un tipo que se presento como Alexander. Saldría al aire después de ellos y lo entrevistarían durante el resto de la emisión. Apenas entraron, intercambió algunas palabras con Sabatini en castellano correcto, aunque por la pronunciación se notaba que era extranjero.

Era un productor de discos estadounidense que estaba de casualidad en Mar del Plata; en la radio se habían enterado, y lo invitaron a ese programa.

Alexander había producido a varias bandas de rock independientes del oeste norteamericano. Conocía poco rock argentino. Nombró a  Sumo, Soda Stereo y Los Fabulosos Cadillacs. El productor que lo había traído, un rubio que estaba por ahí dando vueltas abriendo y cerrando la tapita de un celular, entusiasmado, les explicó que Alexander Ponen había descubierto a Nirvana antes que nadie.

Por mí, Elortis, todo bien porque de Nirvana no sé nada; Augustiniano era fanático pero esa música ruidosa y negativa no la soporto. Elortis me comentó que la cultura oriental había entrado de forma masiva en la occidental a través de la distorsión repetitiva del grunge y el rock alternativo, por eso le pareció interesante la figura de Ponen, venido de la costa oeste norteamericana.

Una vez le dije a Elortis que el rock te llevaba a hacer locuras, para escandalizarlo. A él le gustaban muchas bandas de las ruidosas y oscuras, escuchaba todo tipo de música. El rock cuando era bueno lo hacía entrar en trance. Que no le criticaran a Genesis, a los Rolling Stones, a Jimi Hendrix más que nada, oh padre Hendrix, decía Elortis, que por otro lado Alexander Ponen reconocía como guía espiritual de la música que él había producido. Ponen insinuó que estaba solo esa noche, no sabía qué hacer, y a Elortis se le ocurrió invitarlo a que fuera a cenar con ellos.

Después, en la entrevista radial estuvieron algo nerviosos. Elortis rara vez contestaba lo que le preguntaban. Sabatini empezaba bien, para terminar incoherente y empantanado. Cuando salieron, aliviados del peso de hablar frente al micrófono, Ponen estaba de pie todavía —no tenían sillones en la recepción—, aunque con los ojos cerrados: parecía dormido, o en trance.  No los saludó, pero ya habían intercambiado sus teléfonos. Pero esa noche estaban cansados del viaje y nerviosos, y pasaron la salida para el día después de la entrevista en lo de Mirtha Legrand.

Era una mesa heterogénea con gente de diversas profesiones que habían escrito libros más o menos exitosos. Al lado de Elortis sentaron a un morocha muy linda, una modelo conocida que Elortis no recordaba cómo se llamaba, después estaba un periodista deportivo, un cura, un humorista y un crítico de cine. A Elortis lo ponían nerviosos las sirvientas que iban y venían en las pausas. La vieja las trataba muy bien, todo lo contrario a lo que había visto una vez en la televisión. A esta gente le gusta exagerar en cámara, decía Elortis. Sin embargo, le tenía miedo a la diva de los almuerzos; ¿y si algún televidente le enviaba una pregunta relacionada con su vida privada y la anfitriona lo obligaba a responderla? Pero anduvo todo bien.

Con Sabatini la hicieron reír muchas veces a Mirtha, y la modelo hasta lo codeó a Elortis mientras se reía de los chistes más picantes del humorista. ¿Cómo era que no se le había ocurrido pedirle el mail?, me decía Elortis. Esas oportunidades no se pierden, después uno termina hablando con una pendeja todas las noches. Qué gracioso, Elortis.

¿Por qué dejaba todo para después en su vida? Si no siempre sabía adónde iba… Romualdo le hubiera dicho que no se dejaban pasar oportunidades como esas. Sabatini también quedó como loco con la modelo, y decía que se había fijado en él.

Lindo tipo de hombre Sabatini, por lo que pude ver en Internet, y según Elortis tenía un encanto particular. Él había notado que algunas mujeres se dedicaban a perseguir a su amigo. Elortis era más inseguro en esas cosas y como Sabatini era el mayor, respetaba sus iniciativas; por eso parecía todavía más indeciso cuando estaba con él. Igual, después del champán cada invitado se fue por su lado, y a la modelo no la volvieron a ver.

El que llamó por la noche fue Alexander Ponen; lo citaron en el hotel, y después tomaron un taxi hasta un bar donde les habían dicho que hacían mojitos, aunque a Ponen no lo convencía mucho tomar alcohol. De cualquier manera, enseguida los tres se pusieron muy locuaces. Sabatini le dejó en claro al norteamericano lo mucho que habían disfrutado escribiendo el libro a dos manos y que sólo empezaron a tener roces por el tema económico.

Elortis confesó que sin el entusiasmo y el empuje de Sabatini, Los árboles transparentes no existiría. Estaban emocionados y, mientras hablaban, chocaban cada tanto las copas verdosas. Al norteamericano le gustó esa súbita efusión de sincera amistad. Él también se había separado de sus socios en la discográfica, cada uno había tomado su camino, incluso uno se había quedado con algunas de las bandas que él había seleccionado y las manejaba muy bien decía, pero a él no le interesaba esa variante del trabajo de oficina; él buscaba en el arte lo novedoso, lo incierto, lo eminente, lo trascendental —algunos adjetivos los decía en inglés pero se manejaba bien con el español, decía Elortis—, por eso le gustaba  viajar y conocer otras culturas.

En realidad, se había desilusionado de la industria de la música, viendo como los músicos más talentosos se censuraban y etiquetaban a sí mismos para vender; finalmente, decidió renunciar a la exitosa discográfica que había fundado. Ahora había abandonado la tarea de promocionar bandas de rock. La mitad del año la pasaba con su mujer y su nena de dos años en una comunidad ecológica en la isla de San Juan.

También le encantaba Sudamérica y ahora se sentía más conectado que nunca con nosotros gracias a un chaman del Amazonas Peruano, que lo había terminado de introducir en el mundo de la ayahuasca. Lo asombró que a dos horas de Iquitos estuviera lleno de chicos con remeras Nike y que en los negocios pasaran hip-hop. Pero en Yushintaita, el campamento donde lo esperaba el chamán don Sebastián, te olvidabas de todo.

Ya había probado la ayahuasca en su país pero hacía rato que tenía ganas de experimentar en su lugar de origen. Don Sebastián era un hombre con una personalidad magnética, un curador, un mago. Cada tanto, Sabatini, entusiasmado, golpeaba por debajo de la mesa la rodilla de Elortis con la suya, como avisándole que habían encontrado un gran personaje.

Para don Sebastián, primero había que liberarse de las toxinas acumuladas en nuestro cuerpo; así que antes que nada los futuros iniciados pasaban por un proceso de reflexión y purificación que duraba cinco días. Si no las toxinas podían arruinar el viaje. En el segundo día unos ayudantes les pasaban por el cuerpo una mezcla llamada huito, que en realidad es la mezcla de la fruta de ese árbol con arcilla; la usaban también para teñirse los pelos, por eso no veías nativos canosos en la selva, y también como repelente de mosquitos. El huito, que según Ponen te dejaba de color azulado, servía para matar a los ácaros y otros parásitos externos que vivían en la piel.

Ahí Sabatini había dicho que era como un spa selvático. Ponen no le prestó atención a la interrupción y agregó que el proceso debía acompañarse con una dieta saludable, vegetariana y rica en fibras. Y que, aunque les pareciera mentira, los chamanes llevaban una dieta mucho más rigurosa de yuca y arroz. Elortis había pensado en las yucas pinchudas que su padre tenía en el fondo de la casa de la costa y se le revolvió el estómago. Más cuando recordó a los bichitos de un anaranjado fluorescente que atacaban las flores blancas en algunas temporadas. Había que tener espíritu para sacarle el jugo a un vegetal tan desagradable, sin lugar a dudas los chamanes escondían alguna  verdad, no andaban tomando vino y repartiendo circulitos de harina como los curas; primero se tragaban unos cuantos pedazos de yucas antes de pedirte que te ensuciaras con el huito. Se parecían más a los curas medievales que se quedaban jorobados y ciegos leyendo.

Elortis quiso saber cómo era físicamente don Sebastián. Ponen le contó que era un morocho arrugado con anteojos, túnica blanca y bigote oscuro; imposible deducir cuántos años tenía. El problema, pensaba Elortis, es que un tipo así a él le hubiera parecido un cómico; estas contradicciones son insalvables. Lo que sí hubiera hecho con gusto era comer mucha fruta —Elortis se la pasaba comiendo frutas, parece, más que nada uvas, kinotos, mandarinas y bananas.

Después de eso, Ponen contó que don Sebastián les hacía tragar una leche caliente, la savia del árbol Ojé, un látex blanquecino que depuraba la sangre y los intestinos. Los nativos usaban este líquido para curar la uta, la enfermedad de la selva. Los frutos son un buen mnemónico, estimulan la memoria, decía Elortis, que ya en Buenos Aires trató, sin éxito, de conseguir Ojé en gotitas en la dietética china. Ponen les aclaró que todo esto evitaba que te encontraran las chirinkas, unas moscas verdes que según los nativos vivían en los cuerpos de los muertos, y les gustaba enturbiar las visiones de los vivos. Pero ese líquido viscoso más que nada atraía a los parásitos internos, que después eran evacuados hasta que el intestino quedaba completamente limpio. Mientras tanto, don Sebastián les hacía tomar litros de agua caliente. Cuando terminaba este proceso, el chamán analizaba con un microscopio los excrementos, y separaba a los parásitos para mostrárselos a los principiantes. Sabatini estaba cada vez más interesado en el tema, ya había dejado de golpearlo con su rodilla a Elortis.

Las sesiones había que hacerlas en la noche para apreciar mejor las visiones. El chaman los llevaba a un templo con bancos enfrentados y los hacía sentar, aunque era mejor ponerse de pie una vez que comenzaba la sesión, sabía que algunos no lo lograban. Entonces se ponía a cantar los ícaros, ya que don Sebastián decía que era un terapista musical antes que nada, y con esas canciones llenas de amor y compasión lograba el efecto catártico necesario para que la ayahuasca prendiera en la conciencia. Ponen decía que lo más importante de todo era la preparación —el proceso de purificación— y el contexto; era preferible que la sesión se hiciera de noche y en la naturaleza. Lo demás dependía de eso porque lo que para él hacía la ayahuasca era conectarte con el entorno.

Por eso era necesario estar en un lugar natural como ese campamento en la selva, con aire puro, nada de smog, aunque los ayudantes de Don Sebastián purificaban el aire con humo de tabaco, y sin electricidad, porque usarían la energía de las presencias de la selva y la que ellos mismos generaban, y cualquier otro tipo de energía distinta podría interferir. La dieta sana y la música delicada hacían que la información fluyera sin ninguna traba y, si se respetaban las reglas, el flujo de visiones nítidas comenzaba a llegar.

Los cánticos, que también eran para comunicarse verbalmente con los espíritus de la selva, se intensificaban, y Don Sebastián empezaba a repartir la comunión. Entonces, silencio, y al rato se apagaban las velas, y una música suave empezaba a hacer que te subiera la pócima a la cabeza.

Ponen había visto la imagen, muy nítida, de una fábrica con personas moviendo pesados mecanismos; mientras recorría la fábrica, no precisó si volando o caminando, apreciaba el empeño y la fuerza con que los hombres agotados accionaban las máquinas, y sintió una compasión profunda por cada una de esas personas. Después encontró a los capataces, y también a los jefes sentados en sus gruesos sillones de cuero, y siguió a una secretaria por un pasillo angosto que desembocó en una inmensa sala repleta de impecables colchones con sus respectivos almohadones. ¡Una fábrica de colchones!, todavía se asombraba Ponen.

Entonces esa hermosa secretaria de los cincuenta, se fijó bien que nadie la siguiera —aunque Ponen estaba detrás de ella, no estaba realmente ahí— , y atravesó la sala, haciendo retumbar sus tacos, por uno de los pasillos que formaban las filas de colchones, hasta el final, donde se tiró a dormir en uno. Ponen se acercó, vio que dormía plácidamente, e intentó hacer lo mismo en otro colchón; pero en cuanto hundió la cabeza en la almohada suave, notó que una pluma se escapaba de la costura, y al tirar de ésta descubrió que en realidad era una pluma bastante grande verde, como la de un papagayo. Entonces se levantó, y empezó a sacudir la almohada hasta que su colchón se llenó de plumas verdes, rojas y azuladas, y pensaba qué hermoso sería que los tipos del taller también vieran esa lluvia de plumas coloridas, y también intentaba que la secretaria despertara y lo viera darle belleza a ese lugar gris, pero entonces apareció un tipo fornido en la punta de la sala y enfiló directo hasta la cama que ocupaba la secretaria para despertarla con un beso, y acostarse con ella, y Ponen se desconectó de esas imágenes, que, sin embargo, recordaba con alegría.

En esta sesión se vio inundado por una sensación de amor verdadero, calidez y aceptación. Sabía que otras personas habían tenido experiencias negativas; un amigo suyo sintió que lo tiraban escaleras abajo en la oscuridad como al padre Merrin de El Exorcista, pero era porque se le había ocurrido probar la ayahuasca en el garage de su casa a las tres de la tarde;  había que tener en cuenta el entorno porque existía algo llamado campo morfogenético.

Ponen ya les explicaría de qué se trataba. Yo no sabía adónde me quería llevar Elortis con todo este cuento. Augustiniano tenía amigos que habían probado hongos en un viaje en subte en España, y tuvieron la sensación de que el recorrido era vertical en vez de horizontal.

A mí no me interesan esas cosas, Elortis.

En esa época le daba, y todavía le sigo dando, a la música y al fernet-cola para alcanzar algunos estados alterados, de intachable felicidad.

por Adrián Gastón Fares.

Intransparente. Capítulo 6, final de la Segunda Parte.

6.

Al otro día, mi amigo del cursor y las palabras estaba deshauciado.

No era su padre ahora el sospechoso, no era su padre el abatido. No era su padre el que había caído. Tampoco él.

Era Martín, su hijo. Esta vez no corrían tan rápidas las palabras que se iban formando en el mensajero.

Salvo cuando copiaba y pegaba.

Martín, nunca me lo había dicho, se estaba quedando ciego (ni cuando habló de Andrés el ciego que tenían empleado en la empresa de audiolibros aceptó que su hijo, al que me quería enganchar, había perdido la mayor parte de su vista) Antes de ir al Amazonas, y ahora cerraba más todo, tuvo que sacar el certificado de discapacidad, y aceptar unos tratamientos en los que le pinchaban los globos oculares. Momentáneamente, y acompañado por esa empresa más parecida a la que siempre quizo realizar su abuelo, y también sintiéndose enamorado de una chica (la que quedó en el Amazonas con el cuasi chamán, Fernando, me dijo Elortis) su hijo se sintió más seguro y olvidó un poco esa problemática.

Ahora bien, en los últimos días su hijo se arrancó de la cercanía de los fuegos mapuches, en la bella Nonthue, para ser internado por su propia decisión en una clínica mental cercana, en San Martín de los Andes. No quería que lo visitara le había escrito. Simplemente no había tolerado lo que ocurrió.

¿Qué era, Elortis, por favor? Contá las cosas más rápido. El tiempo se nos acaba, le hice notar.

Resultó que la chica del Amazonas, Bonita (se llamaba Vonisol, pero bueno le decían Voni o Bonita) le había escrito un email a su hijo Martín. Parece ser que se había cansado del viejo de la selva. En realidad ya venía escribiéndole desde antes. Martín había quedado shockeado por esa separación tan singular y no se animaba a escribirle, aunque había tratado de que supiera de ese shock a través de terceros. Pero ella le había escrito un e-mail, dos meses luego de que se separaran.  Figuraba lo siguiente de esta manera:

Hola Martino (ella le decía Martino a su hijo, cariñosamente, parece) Te pido perdón, nunca fue mi intención lastimarte. Como vos bien dijiste, tuvimos dificultad en la comunicación, la percepción y la comprensión y eso acarreó que no pudimos protegernos. Fallamos como pareja pero no significa que no nos divertimos y pasado bien (copia textual, decía Elortis) el tiempo que estuvimos juntos. Yo no estoy enojada con vos, sino al contrario, te aprecio por todo lo que compartiste conmigo. Espero que estés mejor y te deseo todo lo mejor. (Te escribo con una flor en la mano, no sé qué variedad es, Fernando tampoco lo sabe)

Este e-mail amable y dentro de todo esperanzador, medio mal escrito, pero se entiende, son e-mails de finalizar una relación, de algo que termina y deja estelas, decía Elortis, no representaba una amenaza para Martín. Parece ser que pasado el tiempo, Martín se había empecinado a hacerle saber por terceros a Bonita que había actuado mal engañándolo con el viejo chamán. También le dijo que él nunca había creído que enterrar un cuerno de vaca en la humus terroso podría fortalecer la fertilidad del suelo y que estaba en total desacuerdo con esta cuestión con el viejo Fernando. Agregó que creer en eso no hablaba bien de la salud mental del viejo. Se lo contó a una amiga en común que tenían que llegó hasta la selva y entregó el mensaje, no sabe cuán bien decía Martín, dice Elortis.

Ahora, tanto tiempo después, le había llegado otro email, pero acá Elortis dice que hay que diferenciar e-mail de carta por extensión, en esta carta felicitándolo porque había seguido adelante con sus viajes por selvas y bosques. Pero la carta cambiaba de tema abruptamente para expresar lo siguiente.

Aprovecho esta ocasión para aclararte que no quise seguir viajando con vos, porque siempre sentí que no nos entendemos. Y esa incomunicación, más teniendo en cuenta que estábamos en la selva, un lugar donde la comunicación debería fluir mejor, me generó un desgaste mental y físico. Sos una persona muy complicada de tratar; sos obsesivo, autoritario, pero lo peor es cuando te ponés violento porque no podés controlar la situación (como cuando te dije que Fernando era una buena persona, que nunca haría daño a nadie)

Al principio de la relación, en Buenos Aires, pensé que era cuestión de adaptación, porque yo estaba estudiando y trabajando, y eso te irritaba porque para vos era poco el tiempo que le podía dedicar a la relación. Los sábados trabajaba todo el día y me parecía lógico que de vez en cuando estabas malhumorado. Yo estaba agradecida que aun así me tenías paciencia y que querías estar conmigo.

Las cosas fueron avanzando, y yo, decidí viajar con vos, porque insistías que te hubiera gustado cumplir los sueños de tu abuelo, Baldomero. Muchas discusiones tuvimos en nuestro camino final al hogar de Fernando y siempre la única manera de tranquilizarte era hacerlo a tu manera. Eso me hizo sentir que no me comprendías y que no querías compartir las cosas con una persona porque siempre tenía que ser como vos decís y hacerse como vos lo hacés. Mi rol en tu vida no era más que una muñeca de trapo ya que no podía NI opinar de qué caminos íbamos a tomar para llegar a nuestro destino, ni hablar de nuestro destino como pareja.

Aun así, estaba al lado tuyo porque te quería, porque sabía que esta relación era muy compleja por tu problema de ceguera. Durante todo ese tiempo tuve que tener mucha paciencia para comprenderte y entender que sos una persona egoísta, poco observador de la realidad, obsesivo y astuto solamente para lo que te conviene, es (sic, dice Elortis) porque está relacionado a estas cuestiones sin resolver.

Pero Martín (Bonita dejaba de hablar con el sobrenombre que le había puesto, mala señal, dijo Elortis) el gran problema por la (sic) me alejé de vos no es por tu visión reducida, ni siquiera por si tenés o no un trabajo fijo y estable (siempre me hacías notar la diferencia de poder entre Fernando y vos; Fernando siempre pudo subsistir curando almas y plantando manzanas con el dinero de su padre, antes; eso es lo que aprecié en el momento decisivo) Creo que sabés bien cuál es el problema y no lo querés aceptar. Porque enfrentar problemas requiere mucha valentía y fuerza de uno mismo, y en general, es más cómodo estar metido en tus problemas que salir de ellas (sic, aclara otra vez, Elortis).

Yo tuve la paciencia, hasta traté de ayudarte a aliviar de alguna forma tus problemas (¿te acordás cuando te dije que vayas a un psicólogo de la escuela del gran Rudolf Steiner o que tengo el corazón puesto en la biodinámica?; bueno, no quisiste aceptar eso)

Pero fue mi error. Vos nunca quisiste salir de ese espacio cómodo. Aunque insistiera en aprender de lo que a mí me gustaba.

Y cuándo te enfrentaba en la selva diciéndote eso, que no querías alejarte de tu espacio cómodo, aunque estuvieramos en un lugar tan grande, o que quería pasar la noche con Fernando, te molestaba mucho, porque sabías que significaba que no podías controlar más la situación conmigo.

Entonces, tu última opción fue controlarme a través de la violencia física. La primera vez que me agarraste del cuello, aunque no veías bien y tal vez quisiste agarrarme la boca para que dejara de gritarte, como dijiste, fue controlarme a través de la violencia física. La primera vez que me agarraste del cuello pensé que esa situación iba a ser la única. Un momento de descontrol y nada más.  Pero resultó que se repitió tres veces (si es que no hubo muchas más)

Cuando pasó la segunda o la tercera ya no quise estar más con vos, pero como sabía que estabas en una situación vulnerable pensé en aguantar de decírtelo hasta que llegáramos a otro destino en nuestro viaje. Que no te sacaras de quicio por cualquier cosa. Quería que se terminara esa pesadilla en la selva.

La situación se fue al carajo, creo que me quisiste matar una vez que me agarraste el cuello mientras te gritaba que eras un inútil y que no podía ser que no vieras lo que yo era y tampoco lo que era Fernando y sus seguidoras. Su hermosa alma.

El día que yo te clavé las uñas y el otro que vos me doblaste la mano me perdiste completamente porque dejé de confiar en vos. La situación se fue al carajo y decidí aceptar algo que venía creciendo en mí mucho tiempo. El ser libre con los demás. Abrazar la biodinámica de Fernando, gran discípulo de Steiner (incluso en las cartas astrales que armaba él me advertía sobre lo que pasaría)

Repito, necesitás ayuda de un profesional. Yo no creo en este momento poder darte la ayuda que tal vez necesites. Por eso espero que sigas yendo al médico (en realidad no te vendría mal tomar antisicóticos; tal vez seas como el de Una mente brillante, como ya te dije una vez, sabés que me gusta Rusell Crowe). Seguir manteniendo esa posición de que el causante de estos problemas y la separación era el estrés de la selva y tu ceguera incipiente que no te dejaba ver, es ignorar la verdadera causa e ignorar todo lo que sufrí este tiempo.

Separarme de vos y de todo lo que estábamos haciendo juntos, fue muy difícil, pero lo que aprendí y viví con vos, siempre va a estar conmigo. Por eso, a pesar de todo lo que pasó, siempre voy a estar agradecida por abrirme tus puertas y por el viaje que emprendimos sin saber cómo iba a terminar.

Te deseo lo mejor con mucha fuerza.

Elortis estaba casi tan devastado como su hijo. Martín no pudo procesar como la carta lo había llevado, con esa narración tan fría, a hacerlo sentir la peor persona del mundo, un nefasto, un violento por naturaleza que había intentado tomarla del cuello mientras ella, contaba Martín, le gritaba que él no sabía cómo plantar una batata en la plantación que habían improvisado con el viejo Fernando o una de los naranjos que él creaba.

Era la misma manera que tenía de tratarlo Baldomero a él, agregó Elortis. Igualito.

Para Martín, que confesó que seguía amando a esta chica hasta que llegó la carta, porque añoraba el verde que se iba volviendo oscuro ante sus ojos, los loros amazónicos y todo lo demás colorido que había visto y cada vez menos veía, y que ya iba a terapia, la carta lo había afectado muchísimo.

Mucho tiempo después me enteré que Martín, que nunca había sido violento en su vida, según refrendaba su padre en las últimas conversaciones, terminaría suicidándose colgándose de un árbol, oscuro, opaco, helado, en San Martín de los Andes. En las declaraciones a los medios, Elortis admitió que su hijo le pedía la eutanasia desde Neuquén. Que él había tenido que explicarle que en este país no existía y que recién se estaba empezando a tratar el tema. No estamos en Holanda, Martín. Y que no podía contrariar la decisión de su hijo de no poder sobrellevar la ceguera más el contexto o entorno duro que había tenido. Lo sentía mucho por la madre de su hijo, Miranda, declaraba, que todavía no caía en lo que había ocurrido.

La carta la había enviado su compañera de la selva, recalcó Elortis en la charla en que me copió lo que le copiaba desesperadamente su hijo. No era una persona cualquiera para Martín. Después de todo, él era psicólogo, y le parecía que el e-mail que, por lo menos, era raro. Y había sido enviado por Bonita desde Nueva York.

Ese día, aunque nunca hubiera previsto el final de Martín, fui yo la que humedeció la almohada, pensando en mi amigo y en su lastimado hijo. Y en la mitad de la noche, mientras mi madre dormía, me deslicé descalza por el parquet del living, con una remera y un short, para salir al pasillo de mi edificio y recorrerlo hasta el ascensor.

Iba a ir a buscar a ese hombre porque estaba segura que podía ser capaz de evitar algo inmitente. Incluso bajé así en el ascensor, dispuesta a preguntarle la dirección exacta cuando alcanzara la calle, pero algo me detuvo.

En la mitad de mi caminata, noté que estaba casi desnuda, que el short era mi ropa interior y no short, que la remera era transparente y se me notaba todo. Me vi en el espejo grande del hall del edificio. De cuerpo entero, alta, morocha y flaca como era. Mi cuerpo. Mi cara.

Inmediatamente, giré y corrí hacia arriba por las escaleras para aminorar la velocidad y sigilosamente volver a mi cuarto mientras un viento repentino abría las hojas de una de las ventanas. Y ahí volví a correr hasta encerrarme en mi cuarto. Donde me ovillé al lado de la puerta. Luego, me tranquilicé y pude arrastrarme a la cama.

Cuando quité las sábanas, salió volando una damisela, o caballito del diablo, azulado, iridiscente. Seguramente el viento y la tormenta que se acercaba lo habían perdido en la oscuridad. Me tapé la cara con la sábana ligera, mientras, sudada, lo veía alejarse, a través de la tela, desenfocado y brillante como si fuera una luciérnaga, volando hacia el cielo raso. Al otro día, no pude encontrarlo.

Pero esa noche soñé que el insecto era mucho más grande, con el cuerpo esponjoso y de color púrpura, y que volaba desde la ciudad hasta el bosque de árboles y que el resplandor que generaba entre las cortezas y las hojas hacía que, por vez primera, algunos de los árboles transparentes, incluso los más lejanos, se descubrieran, se comunicaran, a través de una intuición y un alfabeto que nadie más podía entender.

por Adrián Gastón Fares.

 

 

Adrián Gastón Fares autor de Suerte al Zombi convertido en Zombie

Suerte al zombi. Primer capítulo + Índice novela completa.

1. LOS HOMBRES DE TRAJE

Cuando Luis Marte despegó los ojos ese día estaba en un ataúd, en una cochería de Avellaneda. Lo primero que vio fue el techo color celeste del lugar; lo primero que escuchó, el murmullo de un grupo de personas que hablaban a un ritmo sostenido; y lo primero que sintió, créanlo, fue alegría.

La risa brotaba de su interior y arremetía contra las paredes de la sala produciendo un estimulante eco. Luis notó que esa risa había estado creciendo dentro de él en los últimos minutos y que había sido el cosquilleo la causa del despertar; ahora su intensidad concentró todas las miradas en el ataúd; todavía acostado en el cajón, no pudo aguantar más la alegría que llevaba adentro y la expulsó con una serie de carcajadas. Entonces, la chica y los dos hombres de traje que estaban en la sala, todavía helados, sorprendidos, vieron cómo una mano se levantaba en la mitad del féretro y asía el borde.

Se aferró del borde del féretro y logró levantar la mitad superior de su cuerpo. No podía parar de reírse y cuando sus ojos se encontraron con los de la chica, en ese instante, se quedó prendido de los rizos castaños que reflejaban la luz del sol que entraba por la ventana. La chica se desmayó.

Ver cómo la cara de Violeta, su ex compañera de secundario, se transformaba, le resultó gracioso a Luis. Otra carcajada surgió y el joven se encontró con la mirada amenazante del más alto de los hombres de traje. Entendió y logró mantener su sonrisa por un momento, hasta que recordó que esos eran los que dos días atrás le habían disparado (¿o era un sueño?). El bajo lo miraba con profundo desdén; el alto lo contemplaba serio pero satisfecho y afirmaba con la cabeza.

Luis vio a sus antiguos compañeros de secundaria mirando más allá de la puerta y eso bastó para que su sonrisa se disipara. Su tío dio dos pasos dentro de la habitación.

El más alto de los hombres de traje se acercó, empujó al tío de Luis afuera y cerró la puerta de la sala de una patada. Caminó hasta donde estaba el bajo, y los dos miraron hacia Luis.

Éste vio a su abuela, que seguía durmiendo, y se volvió hacia los hombres de traje, que dudaron sólo un instante; desabrocharon el saco y llevaron las manos a la cintura donde encontraron lo que buscaban.

Luis trató de moverse para bajar del ataúd. Los hombres de traje ya tenían las dos armas apuntándole directamente a la cabeza.

Se golpeó fuerte la pierna. De repente, y aunque no la sentía, la pudo mover y se tiró del ataúd hacia el lado de la pared. Resonaron los disparos unos centímetros arriba de su cabeza. Desde el piso, vio cómo su abuela despertaba; al ver a los dos hombres disparando y a su nieto muerto moviéndose, cayó desmayada.

El ataúd seguía sobre los caballetes y Luis lo empujó con las dos manos. El alto retrocedió y gritó al recibir el peso del ataúd en sus pies. El otro disparó y la bala pasó cerca de la cabeza del velado.

Luis se levantó y a su derecha vio la ventana que daba a la calle. Quiso correr y algo lo sostuvo. Fue como si lo amarraran invisibles hilos provenientes del ataúd. Una bala silbó cerca de su oreja izquierda y empezó a sentir cómo su cuerpo se llenaba de fuerza en vez de dolor. Corrió y se tiró sobre el vidrio, mientras las balas pasaban a su lado. Tuvo suerte. El golpe hizo que la ventana se rompiera.

La vereda estaba al mismo nivel de la sala. Luis, asombrado de no sentir dolor con el golpe, se levantó rápidamente y empezó a correr. Las coronas que sus amigos le habían comprado estaban puestas en la vereda, apoyadas en la fachada de la cochería; se llevó una por delante y la derribó. Estuvo a punto de caer, tocó el piso con sus manos y siguió corriendo. Miró atrás y vio a los dos hombres que lo perseguían saltar la corona tirada. Al volver la cabeza vio que en la esquina un colectivo se había detenido para dejar subir a un viejo. El colectivero esperaba que el semáforo se pusiera verde. Luis aprovechó para lanzarse hacia el colectivo y saltar al interior. El  chófer pisó el acelerador. Miraba cómo los hombres de traje guardaban sus armas, cuando el colectivero le preguntó adónde iba.

 

por Adrián Gastón Fares

Suerte al Zombi, por Adrián Gastón Fares. Novela.

Índice de capítulos siguientes:

2. Colectivo.

3. Calles Céntricas.

4. La última lágrima.

5. ¡¿Decente?!

6. El baile del zombi.

7.  Pasame un trago.

8. Contra el piso.

9. La abuela y los policías.

10. Daimón.

11. La cortó porque no le gustó.

12. La revolución blanca.

13. Jorge, Leonardo y Juan VS. Olga y Chula.

14. El justiciero.

15. Parado en el medio de la calle.

16. Algo mejor.

17. La fuga de los zombis.

18. Velados.

19. El mundo tendría que ser como este lugar.

20. ¡Suerte al zombi!

21. Tenemos trabajo hoy.

22. Tártaro.

23. Florida – Plaza San Martín.

24. Está bien.

25. Los muertos no fuman.

26. La chica que buscás.

27. Atardecer.

28. Pueblo chico, casa grande.

29. Carroñeros.

30. Párrafos muertos.

31. En el cementerio de Mundo Viejo.

32. Nos vamos, Luis.

33. Conversación.

34. Luis Marte.

35. Fernanda Goya.

36. Luis y Fernanda.

37. El Deformado.

38. El mundo dando vueltas.

39. Garrafa y López versus Luis Marte.

40. La verdadera fiesta.

41. El montículo prominente.

42. Atajala. 

43. Y la cabeza giró en el aire.

44. El libro.

45. Eduardo y la calavera.

46. La calavera rodante.

47. Fin.

Novela. Autor: Adrián Gastón Fares.

 

Suerte al zombi. Índice. Novela completa.

Me informan que hoy hace trece años que publiqué en WordPress por vez primera.

Entonces, qué día mejor para compartir el índice de Suerte al Zombi, la primera novela que escribí en cuadernos y reescribí aquí hasta hace unos días. Ya se terminó. Es una novela de terror, en cierta forma lo es, es de zombis o zombies, en cierta forma también, es dramática, también, es cómica, también para mí. No la puedo encapsular.

También pueden buscarla en las pestañas del índice, donde están Kong, El sabañón, los cuentos de Los tendederos y en Acerca de pueden encontrar la novela que le sigue El nombre del pueblo e Intransparente.

Fotografía de Adrián Gastón Fares, Octubre 2019

Fotografía de Adrián Gastón Fares, Octubre 2019

Suerte al Zombi, por Adrián Gastón Fares. Novela.

Índice.

1. Los hombres de traje.

2. Colectivo.

3. Calles Céntricas.

4. La última lágrima.

5. ¡¿Decente?!

6. El baile del zombi.

7.  Pasame un trago.

8. Contra el piso.

9. La abuela y los policías.

10. Daimón.

11. La cortó porque no le gustó.

12. La revolución blanca.

13. Jorge, Leonardo y Juan VS. Olga y Chula.

14. El justiciero.

15. Parado en el medio de la calle.

16. Algo mejor.

17. La fuga de los zombis.

18. Velados.

19. El mundo tendría que ser como este lugar.

20. ¡Suerte al zombi!

21. Tenemos trabajo hoy.

22. Tártaro.

23. Florida – Plaza San Martín.

24. Está bien.

25. Los muertos no fuman.

26. La chica que buscás.

27. Atardecer.

28. Pueblo chico, casa grande.

29. Carroñeros.

30. Párrafos muertos.

31. En el cementerio de Mundo Viejo.

32. Nos vamos, Luis.

33. Conversación.

34. Luis Marte.

35. Fernanda Goya.

36. Luis y Fernanda.

37. El Deformado.

38. El mundo dando vueltas.

39. Garrafa y López versus Luis Marte.

40. La verdadera fiesta.

41. El montículo prominente.

42. Atajala. 

43. Y la cabeza giró en el aire.

44. El libro.

45. Eduardo y la calavera.

46. La calavera rodante.

47. Fin.

Novela. Autor: Adrián Gastón Fares.

Los tendederos, tercera parte de la reseña de Javier Burdalo de Los tendederos.

Aquí pueden leer en el blog de Javier Burdalo la tercera parte de la reseña de mi libro de cuentos Los tendederos, Adrián Gastón Fares (2019)

Reseña de Los tendederos

Sigue la reseña escrita por Javier Burdalo:

Aún están a tiempo de conseguir y degustar LOS TENDEDEROS, libro de relatos mínimos en su extensión pero grandes en sus propuestas, de Adrián Gastón (pronto pasarán por procesos editoriales y posiblemente salgan del circuito de lo gratis aquí).

Ciencia ficción, surrealismo, paranoias, asesinatos, orientalismo… Todo un universo original y curioso para el disfrute del lector. Sí, es ficción, no entren en pánico, ¿o sí? Porque por sus resquicios se escapan notas irónico-críticas a la frialdad de este nuestro siglo.

Una breve reseña de los relatos del 19 al 28:

LA EDAD DE ROBERTO (Page 80): no se sabe que es más terrorífico, si lo que no se cuenta –ese encierro al estilo La Habitación (LAbrahmson,2015)- o lo que se narra, esa lucha despiadada contra una sociedad conformista y, lo peor, conformada, que no entiende de historiales personales y que hace pasar a todo ser viviente por los esquemas estándares de la uniformidad. A tener en cuenta, la literatura, Neruda y otros valores, que salvan a nuestro protagonista de la locura total.

DESLIZATE EN EL FUEGO (Page 85): los misterios de la criogenización, donde todo lo que se despierta puede ser maligno, sirven para contar como, nosotros, los que recibiremos a los congelados, nos comportamos a veces más estúpidamente que los que dejan experimentar con sus vidas. Miedos infinitos al futuro, no asunción del papel liberalizador del pasado, y cierta ironía capitalista y pop impregnan el relato.

PADRE (Page 92): tanto la abuelita narradora, como los personajes del cuento que la anciana cuenta, dan pavor! Porque no sabemos nunca qué son, quienes son, qué pretenden… Y como contraste: ternura, porque la narración tiene el sabor añejo de los cuentos de toda la vida, con las abuelitas de siempre. ¡Cuidado! AGastón nunca dice todo a la primera, y en la sorpresa esta el riesgo del relato.

EL AGUANTE (Page 96): una monja exorcista y un púber ¿? Dejemos el misterio para el lector, porque aquí la bandera no es un trapo, el asta no es una sujeción de una bandera, y la perfección que se pretende mostrar al público presente, en este acto institucional o académico, es la metáfora perfecta de un estado político, si se me permite, demoníaco.

LAS APARECIDAS (Page 100): qué pasaría si los asesinados volvieran a la vida? A esta nuestra vida, presente de redes sociales y virilización de todo y todos, para clamar a veces venganza y a veces consuelo? Finísimo humor negro también en estas páginas de apariciones y vendettas.

LAS MIL GRULLAS (Page 104): es, quizás, con su orientalismo, el relato más dulce de todos hasta el momento. Pero no se dejen engañar: la bomba de Hiroshima y sus consecuencias silenciadas, la familia y sus rencillas por cuestiones monetarias, la mentira en las relaciones de adultos… hacen que los miedos sigan acompañándonos sí o sí, como a los protagonistas en cualquiera de sus actos.

TODO TERMINA QUE ES UN SUEÑO (Page 108): y así es, el autor no miente, pero: ¿Quién sueña? ¿Qué se sueña? ¿Cuándo? Son las cuestiones más importantes de este particular After Hours (MScorsese,1985) donde la lujuria, el sueño húmedo y los bajos ambientes se mezclan poéticamente por un lado y terroríficamente por otro (la mirada y el dolor vuelven a tener protagonismo).

LA CASA DE ORLANDO (Page 111): entre surrealismo, al estilo de Giorgio de Chirico, en cuanto a la escenografía, un pequeño homenaje a Dorian Gray (a huir de DGray para ser más exactos) y los avatares que la soledad trae consigo. Todo dentro de un estilo tan minimalista que es quizá lo que perturba: la escasez de elementos y como estos son tan dañinamente significativos (un enano, un espejo, un beso…).

TE ESPERO EN EL TECHO (Page 113): mini relato, de la sorpresa angustiante a las respuestas de una sociedad de consumo más perversa si cabe. Todo en una sola página.

LOS ENDOS (Page 114): podría funcionar como una brillante secuencia de inicio de serie tv o saga literaria. En un mundo donde “la conciencia finalmente había evolucionado”. Acción, futurismo, distopía, y esas notas de cotidianidad y de “aquí no pasa nada” propias del estilo de Adrián Gastón.

Continuará…

por Javier Burdalo

PD: Aquí pueden conocer la obra y el trabajo de guionista y escritor de Javier, en su propio sitio web:

https://burdalo-guiones.eu/acerca-de/

La maldición del Gualicho

Gualicho Nuevo Afiche de Producción

Gualicho Nuevo Afiche de Producción

Algo sobre mi largometraje.

Una película fantástica única. Una nueva experiencia. Un aporte al imaginario Argentino y Latinoamericano que cualquier ciudadano del mundo pueda apreciar.

La maldición del Gualicho (Gualicho) nunca deja atrás al entretenimiento y fue pensada como si cada escena fuera un fin en sí misma.

por Adrián Gastón Fares.

 

Los tendederos. Cuentos (enlace)

¿Cómo están?

Pueden descargar Los tendederos mi colección de cuentos desde aquí.

Los tendederos Libro de Cuentos Epub

Está subido a MEGA así que lo descargarán sin problemas.  Es una selección de cuentos que encontrarán en este blog.

Valoro las opiniones si leen mi antología. Pueden leerla cargando el archivo en cualquier libro electrónico o directamente en la PC con el Adobe Digital Editions o cualquier programa que lea epub.

De paso, otra cosa. En un café me encontré al artista Norberto Lorenzo. Sin que lo sepas, Norberto te está dibujando. Luego entrega su obra. Dibuja a todos porque lo hace feliz dibujar. Hablamos de cine, libros y teatro, así que les dejó el dibujo que él hizo.

 

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Los tendederos recolección de relatos de Adrián Gastón Fares

Los tendederos. Libro de cuentos.

Estuve trabajando en una selección de mis relatos para formar un libro. Son 47 relatos si no conté mal (unas 250 páginas parecen ser). Dejé fuera algunos que eran crónicas, los que me pareció que no pegaban y los de Glande. No fue fácil.
Encontrarán más que nada los relatos de terror y algunos de terror-ciencia ficción, con alguna expeción.
Un libro de cuentos que también fue construido junto a ustedes en cada lectura, devolución o en los simples me gusta. En cierto momento hubo una unidad temática en los cuentos, creo que eso se nota más al principio de la recopilación y al final.
Me encargué de diseñar una especie de portada:

Los tendederos recolección de relatos de Adrián Gastón Fares

Los tendederos recolección de relatos de Adrián Gastón Fares

Encontrarán dentro del libro esta descripción:
Este libro de cuentos de Adrián Gastón Fares está fomentado por el terror, la ciencia ficción y lo extraño. Explora los dos lados de la moneda de los vínculos familiares y amorosos desde la literatura fantástica. Estos relatos han sido ponderados como escalofriantes, diabólicos, surrealistas, pánicos, siniestros, espeluznantes. Los neófitos encontrarán nuevas experiencias para exorcizar sus miedos más profundos, para arrumarlos; también, disfrutarlos. Los seres y las tramas que pueblan este libro viven en las aguas profundas de un terror todavía más hondo, ese que tiene que ver con lo que somos, con lo que hemos sido y lo que podríamos llegar a ser. Lo cotidiano visto a través de una nueva lente perturbadora, futuros sospechados y sentidos, tramas policiales, el desamor, supersticiones rurales, familias peligrosas, edificios abandonados, fantasmas, nuevos monstruos, todo esto y más puede encontrarse en estos cuentos poblados de imágenes únicas y sorprendentes.
Les dejo el enlace al PDF por si quieren leerlo. Creo que puede ser más comodo leer mis cuentos de esta manera

Los tendederos – Adrian Gaston Fares

Pronto subiré también el archivo del libro digital que ya está listo para leerlo en Epub, Azw3 y en Mobi, que ya están listos también.

Saludos

Adrián Gastón Fares

 

Lo poco que queda de nosotros. VI.

Cruzaron Santiago del Estero y dieron con la puerta de Avenida de Mayo del edificio que quería encontrar la niña calva. El Barolo, que había sabido ser el edificio más alto de la ciudad, hasta que construyeron el Kavanagh, con toda su testarudez y su magnanimidad de edificio simbólico de Buenos Aires, se elevaba impertérrito, como si no le importara mucho más de la ciudad que tenía a sus pies.

Dentro, se separaron en el hall y miraron hacia la colmena del vientre del edificio. La niña calva se acercó al puesto de venta de memorabilia y miró su reflejo en el cristal del escaparate. Por su lado, el hombre de bata observó los dragones que se alzaban sobre su cabeza, recordaba que una visita guiada con su novia le habían dicho que era un macho y una hembra.

La niña calva giró su cuerpo y señaló con el mentón una de las escaleras. Subieron. Los descansos parecían estar tan vacíos como el resto del edificio. La letra mata, el espíritu vivifica, decía una inscripción en latín. Las jaulas de los ascensores eran intimidantes, como si fueran jaulas de verdad y albergaran dentro el puño invisible de la sociedad, un fantasma que era demasiado grande para capturar con la mirada humana.

Mientras subía las escaleras, a veces dándose vuelta para mirar el ciempiés pardo que tenía de cicatriz en la cabeza la niña calva, recordaba también que aquel edificio era una representación arquitectónica de la Divina Comedia. No sabía si estaba en el Purgatorio o en el Infierno, el Paraíso no podía ser y seguro estaba más arriba, en ese faro desde el que había mirado gran parte de la ciudad en esa visita anterior. La visita había sido poco antes de la lesión que lo había alejado de las canchas y de la vida. La niña calva iba recordando, a su vez, que su padre le había dicho que los arquitectos de Buenos Aires habían terminado la mayoría mal. La secretaria, que estaba presente en ese momento, le había retrucado que nadie terminaba bien en Buenos Aires. Y su padre le había contestado que terminar bien o mal era una interpretación. Había ocurrido en un pasado donde su padre tenía una mano apoyada en la madera oscura del escritorio de su oficina, al que la niña calva estaba guiando al hombre de bata a través del vientre de ese edificio vetusto. En ese pasado la niña calva era más niña y le había preguntado al padre si por eso su hermano estaba como estaba. La secretaria se había adelantado para responder que el hijo del Señor Cleoco, Shots, estaba bien cuidado. Y su padre, ligeramente molesto, había agregado que Shots iba a recibir todos los cuidados necesarios para que su discapacidad no fuera una molestia. Para la niña calva la discapacidad de Shots, su hermano, no era una molestia, era algo en lo que no podía pensar mucho. Por eso el padre y la secretaria cambiaron de tema. La niña calva por la noche dormía con una linterna debajo de la almohada por si su hermano se le daba por aparecerse de noche con su cara de luna llena repleta de cráteres y esa boca enorme, amarillenta, tan sucia y maloliente como podía ser la boca de alguien que hacía lo que hacía su hermano. Temblaba al recordar, y pasaba de largo por la habitación cada vez que debía levantarse para ir al baño en la noche. Iba al baño con tapones en el oído para no escuchar el ruido que hacía su hermano mientras comía lo que comía en el dormitorio de él. Shots. ¿Qué era Shots, su hermano?

Dejaron el último escalón de un tramo de la escalera y a la niña calva le dio vuelta el corazón en el pecho. Señaló lo que estaba observando al hombre de bata. La silueta de una  mujer mirando hacia el interior de una oficina detrás de una puerta de cristal. El hombre de bata apretó con fuerza la pistola y avanzó. La mujer seguía mirando hacia un costado. Debía estar muerta como los de afuera porque parecía estar petrificada. La niña calva, con un escalofrío que le recorrió la espalda de las raíces de la pelusa invisible que tenía por cabello, se acercó a observar a la joven capturada detrás del cristal.

No había moscas volando alrededor. No parecía estar pudriéndose, su tez era bien firme y su peinado eterno. Se parecía a la mujer de hierro del edificio que estaba enfrente del árbol gigante. Y había una razón, se dio cuenta la niña calva, la mujer que estaban mirando era una estatua ubicada encima de una biblioteca en la recepción de una de las oficinas del Barolo.

En la escalera, en el ala opuesta, había un hombre acompañado de una mujer diminuta. El hombre era gordo, enorme, macizo. Los cuatro se miraron y los dos extraños siguieron subiendo como si quisieran que fueran tras ellos.

¿Es él?

¿Quién?, preguntó la niña calva.

Tu papá.

No, mi papá es flaco.

Delgado, querrás decir.

Es flaco.

Más vale que se apuren dijo el eco de una voz grave que venía desde arriba. Sólo podía salir del pecho del hombre macizo. ¿Y quién sería la mujer diminuta? Ni el hombre de bata, ni la niña calva sabían quiénes eran. Sin embargo, los dos creían haberlos visto antes.

Siguieron subiendo y la niña calva se detuve frente a una oficina que decía Estudio de Abogacía Cleoco. La puerta estaba entreabierta. La recepción estaba vacía. La secretaria de su padre no estaba. El escritorio de ella estaba vacío. La niña calva, que se había adelantado al hombre de bata miró hacia el costado, donde estaba la oficina de su padre en ese pasillo en T, y se dirigió allí. El hombre de bata la perdió de vista. Apretó con más fuerza la pistola y avanzó por el pasillo, dobló donde había perdido de vista a la niña calva y cruzó la puerta de otra oficina con la puerta entreabierta.

Lo recibió un escritorio de madera cara, lustrosa, con arabescos y pisapapeles que parecían ser una copia de los dragones macho y hembra que había en la entrada del edificio. Eran dorados y brillaban, al costado había también el pequeño busto de prócer. La oficina estaba bañada en la luz amarillenta que entraba por la persiana americana color crema de la ventana que estaba detrás del escritorio. Una silla giratoria apuntaba a la persiana. Se veía el pelo negro engominado de un hombre que daba la espalda. La cabeza reposaba en el apoyacabezas de la silla. El hombre de bata no podía ver la frente, por lo tanto no sabía si ese hombre, que no era el gordo que había visto abajo, estaba vivo o muerto. Pensó que debía ser el padre de la niña. Tosió, esperando que la silla giratoria se moviera. Pero nada. ¿Dónde estaba la niña calva?, se preguntó el hombre de bata.

En eso pensaba cuando la niña calva apareció como un rayo desde su costado y dando un chillido salvaje le quitó la pistola.

por Adrián Gastón Fares

 

Recreando el cuento de terror

Los padres de Glande se fueron unos días a la costa y en la casa había quedado su abuela materna, quien le estaba contando que los golpes a la puerta, por los que antes tuvieron que cortar la conversación, eran de Jorge, el vecino de enfrente.

Glande se había mudado a vivir al centro. Jorge, unos veinte años mayor que Glande, fue durante mucho tiempo el único interlocutor que Glande había tenido para hablar de música y de películas.

Compartieron un recital de Ritchie Blackmore y a veces se encontraban en Lavalle y se metían en algún cine, cuando Jorge terminaba su recorrido con el taxi y Glande no tenía que ir al conservatorio.

De vuelta a Lanús, no hablaban mucho más que de música y de la película que habían visto, ya que Glande no sabía qué más hablar con un taxista y Jorge no sabía qué contarle a un chico que se la pasaba casi todo el día encerrado tocando la guitarra. Ahora el vecino, cuya esposa estaba con las hijas en la costa mientras él cumplía con su trabajo, aparentó estar interesado en la salud de la abuela de Glande pero en realidad lo que quería era preguntarle si lo dejaba quedarse a dormir en el sillón. Finalmente, recapacitó y volvió a cruzarse a su casa.

Está habitada por un fantasma desde hace años. La historia, que no ventilaremos completamente, tiene como protagonista a un profesor de biología. Antes de seguir dejaremos en claro que Lanus Oeste también es visitada por seres de otro planeta, por lo que parece ser un pueblo de una de esas series norteamericanas más que el lugar aburrido que siempre fue.

En el fondo de un chalet californiano una mujer recibe mensajes de extraterrestres hasta el día de hoy, muchos años después del llamado de la abuela de Glande, tantos que ya ni Glande puede atender los llamados de su abuela porque ya pasó a mejor vida.

Pero hay que volver atrás, olvidar la muerte, los ovnis, las noches y los días que pasaron desde el llamado de la abuela de Glande. Volver atrás en un pestañeo o como si el vecino de Glande pusiera marcha atrás a toda velocidad en su taxi para hacer desaparecer a los templos evangelistas que suplantaron a los cines como el Ocean y tal vez, de yapa, plantarlo a Glande de nuevo contra el paredón dando su primer beso, un beso seco a una hermosa venezolana. O arrimarlo a esa reunión en la casa de un amigo en que había pensado que la chica más bella de su curso estaba enamorada de él. Y que su vida sería como una de esas diapositivas de luna de miel que pasaban sus padres los sábados. No hay árbol que de frutos tan dulces como algunas tardes de la pubertad; no hay oleo 25 que refresque los sentidos como haber pensado que la vida sería buena, que el amor se encontraba en un bajar de párpados, casi como lavar las ropas en una comunidad en esas películas postapocalípticas al lado de la chica con la que cambiarás el futuro.

Pero estábamos contando una noche de las noches más comunes y no trascendentales en que el taxista temía al fantasma del profesor de biología.

Entonces diremos que el profesor de biología murió al ser fulminado por un rayo cuando orientaba la antena de televisión.

El resultado fue tan nefasto que de alguna manera el espíritu de este hombre, que vivía con los que compraron la casa tenía un dominio total sobre todas las telas y ropajes de la casa. Cosas de la energía.

Así, podía hacer flotar las cortinas de las ventanas y simular que había una forma femenina detrás.

Podía dar vuelta el moño de una escarapela, deshacer el nudo de las corbatas, hacer levitar un pantalón, arremolinar las sábanas de las habitaciones.

Un día, los vecinos de Glande entraron a un cuarto que tenían vacío y descubrieron donde estaban las zapatillas de gamuza, las toallas, los repasadores, las medias, los manteles que faltaban, todo eso estaba amontonado formando un bulto como una serpiente cuya cara estaba conformada por un traje raído del ex profesor y por dos ovillos de lana que simulaban ojos asomados a los bolsillos. Era como un amigurumi gigante. Pero los amigurumi no se lanzan sobre los que abren las puertas como pasó ese día. Tuvieron que cerrar esa habitación para siempre.

En un asado nocturno, el padre de Glande le preguntó a Jorge, alzando la voz en un intento de superar el volumen del televisor, si había presenciado alguna aparición. El vecino respondió que, además del anélido gigante de tela, había visto algo impresionante, que no se atrevía a contar. Otra vez, la hija mayor de Jorge estaba sentada en su cama y sintió una fuerza que le arrancó la almohada y la arrojó por los aires. Y el fantasma tiraba la cadena del baño como si todavía lo usara.

Glande no sabe cómo reaccionar ante estas historias. Él no cree en los fantasmas, pero mientras trata de dormirse se tapa la cara con las manos. Se debe a que repetidas veces el tema había rondado su infancia. Por ejemplo, uno de sus familiares había visto el fantasma de su abuelo en la casa de Mar de Ajó, merodeando el fondo. Y una ex novia de Glande sintió a una persona detrás para darse vuelta y no encontrar a nadie.

El día anterior al de la muerte de su abuela paterna, Glande tenía un año y estaba en la cuna, cuando sus padres escucharon un grito salvaje, indescriptible. Por como su madre cuenta el suceso, el grito venía de la pieza de Glande, que siempre se sintió un poco culpable y suele preguntarse qué habrá visto para gritar así. Eso lo aterra. Pero más que sus padres creyeran que ese grito inhumano provenía de él.

Un recuerdo elemental, está enlazado con otro, pero Glande no puede discernir qué hecho sucedió primero. Sus padres estaban mirando una película. Era de una mujer que se convertía en algo, que su madre identifica como una araña. Glande tuvo un ataque de pánico y estuvo gritando hasta que lo sacaron de la habitación donde estaba el televisor. Hasta el día de hoy, cuando pasan películas clásicas de terror en el cable, Glande teme dar con la escena de la transformación de la mujer araña (que por lo que sabe Glande en la actualidad también podría ser una mujer abeja)

El otro recuerdo, mucho más nítido, es el de estar durmiendo en brazos de su madre, cerca del pasillo oscuro que da a los dormitorios de la casa, en la época en que sus padres vivían arriba y alquilaban la planta baja (ocupada por evangelistas que celebraban reuniones hasta tarde; ahora Glande cree que esos cónclaves eran las reuniones secretas en las que planeaban destruir a los cines de la calle Lavalle), y sentir una presencia inclasificable que se acerca a observarlo desde la oscuridad.

Glade puede reconstruir en su mente el miedo que esa presencia le provocó, que de alguna forma relaciona con el concepto de la mujer araña (o abeja)

Con el paso del tiempo, en la imaginación de Glande, esta mujer empezó a convertirse en la personificación del miedo, pero también de la añoranza y el amor, no sólo hacia su madre y el hogar en que se sentía protegido en su infancia, sino hacia las mujeres en general. De algún modo, esa forma femenina parda e indescriptible que lo perseguía en su niñez, reaparece en los momentos que Glande cree cruciales en su vida, pero ahora personificando a un cálido temor indescifrable, que tiene significados esquivos tal vez porque están aferrados a los procesos de cambio en su vida. Sin embargo, él no quiere tocar a fondo el tema. Dice, citando el pasaje de una entrevista a Robert Graves, que no está dispuesto a tentar su suerte.

Pero, después de cortar con su abuela, a Glande se le ocurre que el fantasma del ex profesor de biología que vivió enfrente de su casa pudo ser la presencia que se le había acercado cuando estaba en los brazos de su madre, quizás para saludarlo y darle la bienvenida al barrio. Quizá convertido en una mujer. En la Gran Ovilladora, un mito oriental.

Aunque también podían ser otros, teniendo en cuenta el destino incierto de los integrantes de su familia que vivieron y murieron antes que él.

Y para recrear, terminar con el cuento de terror esta también aquel hombre que visitaba el trabajo de su padre que le había hecho una carta natal. Su padre decía que las uñas del hombre eran largas, duras, casi espiraladas en sus bordes por la longitud, esas uñas que habían señalado o inventado su futuro, ese futuro donde también había una llamada de su abuela, de esas que no aparecen en las cartas natales.

Si Glande hubiera sabido que su abuela no viviría mucho más habría vuelto esa noche a Lanús para enfrentar al fantasma del profesor y tal vez escuchar el mensaje de los extraterrestres.

por Adrian Gastón Fares

21 de Marzo 2019

 

 

Gualicho Storyboard

Este es el #storyboard de Gualicho / Walichu. Lo hice durante 6 meses. Toda la película en un software #3d #peliculas #cineargentino #incaa En la locación, tomamos las medidas y lo volcanos al #story. También agregue distancia focal según la cámara y composición del plano, angulaciones. #cine #audiovisuales #cultura #largometraje #bloodwindow #premio

Intransparente. Novela. Extracto.

 

Ya en Buenos Aires, había buscado información sobre el Claviceps purpurea (con razón pasaba tanto tiempo encerrado, cuando no era el pasado de su padre se ponía a revolver asuntos más raros, le dije) el supuesto eslabón perdido de los misterios eleusinos, y se encontró con Albert Hoffmann y el LSD, pero después mientras se preparaba un café descafeinado en la cocina, se acordó del pasaje de la Odisea que había leído Sabatini en voz alta para la grabación del libro audible, donde Nausícaa, la hija de Alcinoo, le da instrucciones a Odiseo para que se le ofrezca el camino de vuelta a su casa; antes que nada tiene que ver a su madre sentada junto al hogar hilando copos de lana teñidos con púrpura marina. A ver, dice Elortis, y luego pega esta frase: Te mostraré la ciudad y te diré los nombres de sus gentes. Y sigue sin parar: era cuestión de cruzar rápidamente el megarón, esa sala enorme y fría, hasta encontrar a la madre de Nausícaa y había que mirarla, como embobado, hilar sus copos púrpureos cerca del trono donde su esposo se sentaba a beber vino como un dios inmortal. Ahí pasabas de largo el trono para agacharte y abrazar las rodillas de la madre de Nausícaa y si ella sonreía como en sueños quería decir que estabas preparado, podías volver a tu Ítaca querida sin que te sintieras un extranjero después de tantas vueltas. La clave era abrazar con las manos las rodillas de esta reina sabia que hilaba estos copos purpúreos que eran de ese color porque habían sido teñidos por la secreción de la glándula hipobranquial de un caracol de mar carnívoro de tamaño medio, un gastrópodo marino llamado Murex brandaris, que segregaba esta sustancia cuando estaba asustado o se sentía amenazado. En el actual Líbano, antes Tiro, por eso se lo llamaba púrpura de Tiro, los minoicos habían empezado a extraer este tinte y parece que había que arrancar del mar a nueve mil pobres caracoles para obtener un gramo de tintura. Aparentemente por eso era tan preciado, y se empezó a relacionar al púrpura con el mando, y con la legitimidad del poder. Ahora bien, gracias a Ponen, Elortis había leído que los olmecas también relacionaban al poder con la sabiduría, y la sabiduría la tenían los sacerdotes-chamanes que se rodeaban de los sapos bufo; por lo que podía ser que las túnicas, mantas para los lechos, la pelota del sabio Polibio, las olas y demás elementos púrpuras que aparecen en la Odisea y en los mitos griegos, todas relacionadas con el sueño, tuvieran que ver con las visiones que el tinte del caracol Murex producía al respirarlo o al rozar la piel; gracias a esas glándulas que, como las braquiocefálicas del sapo bufo, expelen un líquido cuando la catarsis de la amenaza la activan. Por eso la sonrisa visionaria de la reina era necesaria para Odiseo. Si hasta en un viaje anterior como el del vellocino de oro, parecía que en realidad —según Simónides, aclara Elortis— buscaban una primigenia piel de cordero granate teñida con la tintura del caracolcito. Claro que también Clitemenstra había distraído a Agamenón con una alfombra de tono escarlata antes de conducirlo al baño donde iba a ser presa fácil de Orestes. Y al lecho de Circe lo cubría una colcha rojiza. Igual, lo importante en aquella época lejana, agregaba Elortis, era estar atento al olivo de anchas hojas en el puerto de Forcis; por ahí estaba la gruta, el templo, esa cueva de dos bocas, (¿porque nunca volvías a ser el mismo una vez que entrabas?, se preguntaba mi amigo) consagrada a las ninfas con los telares de piedras que usaban para tejer sus túnicas de extracto de caracol y también era necesario, más que nada, saber dónde se ubicaba tu cama, la que habías construido sobre los restos del olivo con las correas de piel de buey que brillaban de púrpura, porque si no tu esposa a la vuelta no sabría quién eras, claro, si olvidabas lo único que tenías que acordarte una vez que lo habías aprendido. Ok, Elortis, a la cama, después me seguís contando; menos mal que yo escuchaba música mientras él me escribía estas locuras.

Por Adrián Gastón Fares

Novela Intransparente

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