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Seré nada. Capítulo 42. Nueva novela.

Capítulo 42. Leyendo Seré nada. ¿De qué trata Seré nada? Un grupo de amigos con hipoacusia viajan al Sur del conurbano bonaerense en busca de una mítica colonia sorda, pero dan con unas personas extrañas que parecen tener un peculiar trastorno alimenticio. Y parece que los acechan otras personas con otros tipos de trastornos, incluso más peligrosos…

42.

Las luces del alumbrado público se encendieron.

Las puertas de tres casas se abrieron casi a la vez sobre la avenida. Una reja de garaje se corrió. Resonaron los neumáticos de varios coches y algunas motocicletas raspando el cemento. Repicaron cascos de caballos. Una docena de bicicletas doblaron en la esquina del colegio.

En la puerta, dos de las motocicletas estacionadas tenían calcomanías de corcheas. Entre los signos musicales estaba escrito con firuletes Juremos con gloria morir.

Los pañuelos de color celeste y blanco que estaban atados en los espejos retrovisores de los coches y en los manubrios de las bicicletas también tenían escrita la misma estrofa del himno nacional.

La avenida no estaba deshabitada como habían creído Manuel, Silvina y Ersatz.

Detrás de las rejas, detrás de los cristales de las ventanas pintados en los negocios, detrás de los portones grafiteados, vivían algunos que habían vuelto a su lugar de origen en vez de apuntar para el norte.

Al volver, recordaron su costumbre de encerrarse completamente por si acaso, de abandonar los balcones en los que habían mirado las estrellas allá por los ochenta del siglo pasado, de niños o adolescentes, y al conocer que el barrio finalmente había cumplido con su promesa de entregarles algo más que violencia, indiferencia, muertes y falsa comunidad, se habían asombrado al principio.

En realidad, eran los descendientes de los que esperaban en las puertas que cayera el sol, eran los descendientes de los que iban a comprar el pan sin celular, de los que dejaban jugar a los niños, ellos mismos, hasta tarde en las calles, de los que hacían largas las tardes para no perderse la procesión callejera que les daba algo de variedad en lo rutinario.

Los descendientes, en la oscuridad de sus casas lóbregas y largas, de las habitaciones sumadas a otras habitaciones, ya no se miraban fijamente al espejo. Tenían pavor de encontrar algo inesperado en sus rostros.

Ya no podían ni siquiera sentirse diferentes, como sus progenitores lo habían hecho, de los de las villas cercanas, porque ya no estaban. Diamante era un rejunte de pasillos vacíos. Fiorito era un pantano con una isla: la casa natal de Maradona.

Ya no se tiraban la basura los unos a los otros porque no vivían encimados. Los perros ya no rompían las bolsas porque casi no había perros.

No había mascotas. Lo más parecido eran los geckos y lagartijas a los que a veces perdonaban la vida y otras aplastaban con sus zapatos o con un martillo especialmente preparado para la ocasión que sacaban del cajón de herramientas. Y si no se la pasaban con esas raquetas eléctricas matando insectos voladores.

Tenían que encontrar algo que los distrajera de arañar las paredes con las manos y cuando se enteraron de que del colegio se habían escapado una horda de seres deformes, que habían nacido de la unión entre monjas y curas degenerados de un infame convento, sintieron que lo habían encontrado.

Para ellos, siguiendo los fuegos artificiales de las fiestas de fin de año, los serenados se habían deslizado por las calles embarradas hasta el colegio privado de la zona, irrumpiendo y haciendo morir de sonrisas y placer a las monjas, a sus monjas. Se había apagado para siempre el fuego que calentaba las ollas populares organizadas por el colegio y la llama se mantenía en sus estómagos, una mezcla de hambre y resentimiento.

Y los serenados, esos seres con la boca cerrada a los que espiaban de vez en cuando, erguidos pacientemente en las terrazas los días de sol, justo lo contrario que hacían ellos que habían olvidado para qué servían las terrazas, los serenados, esos humanoides bronceados de los que se mantenían alejados, eran el único chivo expiatorio que podían encontrar para culparlos de la pérdida de sus ilusiones.

No había muchos familiares a los que torturar.

Los políticos tradicionales, de uno u otro bando, se las habían tomado. Algunos habían regalado sus partidos, pero nadie los quería.

Que Evelyn y Osvaldo descubrieran los cuerpos sonrientes de quienes los serenados se habían alimentado tuvo dos consecuencias.

Por un lado, hizo que la noticia de los deformes sangrientos se desperdigara por otros barrios del sur de Buenos Aires y desde Temperley a Cañuelas había cuadras de dos o tres personas que vivían en sus antiguas casas y se habían enterado de la existencia de algo raro en Lanús. Por otro lado, sirvió para que Osvaldo se convirtiera en una figura política con una causa justa.

Así que, con una cadena de favores que cruzó medio Buenos Aires, fueron aportando dinero, las señoras y señores del sur del conurbano, a la causa de hacerles un favor a los nuevos dioses, a los demonios del colegio, como los llamaban, para volverlos más parecidos a ellos.

Hasta la misma Riannon en vida, embanderada de la libertad de las personas sordas, que en realidad se había instalado con su comunidad en Uribelarrea, y no en Lanús como creían Silvina, Ersatz y Manuel, había aportado dinero para la causa de Osvaldo.

Más allá de las diferencias de edades, altura, anchura, color y género de las personas que fueron recibidas con las puertas abiertas principales del colegio, las que subieron las escaleras y desfilaron por el salón para ir reuniéndose alrededor del escenario tenían algo en común.

Llevaban escarapelas blancas y celestes prendidas de sus mochilas, de sus trajes, de sus sombreros, y todas, también, en sus bolsillos, o detrás de las mangas largas de sus prendas, cintas rojas.

Vitoreaban a Osvaldo que ya estaba con sus bigotes atizados, franqueado por Evelyn, los dos vestidos de blanco esclerótica y ambos ojerosos, para que diera la orden de descorrer cuanto antes el pesado telón del escenario y les dejara entrever, como aquella vez, a sus temores encarnados y maniatados.

Detrás de la multitud esperaban unos tablones con manteles, cubiertos de platos con salamines, quesos, fiambres, panes, y otros dones de la tierra con los que pensaban festejar lo que fuera que apareciera, cualquier cosa, algo diferente: lo nuevo, lo que les iba a salvar el año quizás.

Osvaldo no tenía mucho que decir, simplemente iba a mostrar y ellos necesitaban ver.

Detrás del micrófono, luego de Evelyn y Osvaldo, había incluso un abanderado con un escolta.

El adolescente asiático era el escolta y el tipo de barba sostenía la bandera con los mismos colores de la izada en el patio exterior.

El segundo escolta iba a ser Lungo que no había vuelto a aparecer.

Aunque la multitud miraba de reojo al chico asiático, Evelyn y Osvaldo pensaron dar un mensaje de diversidad con lo que tenían a mano.

La señora mayor, recuperada parcialmente de la experiencia psicodélica que le había provocado la mordida de Fanny, estaba encorvada cerca de la escalera y tenía un plato con un pedazo de queso duro y unos dados de salamín recién cortado.

El micrófono andaba perfecto. En el escenario, Osvaldo se quitó el sombrero de copa blanco, lo arrojó al público, para entretenerlos mientras tanto, dio las gracias al gentío y le preguntó a Evelyn si quería decir unas palabras. Evelyn movió la cabeza y levantó las palmas de las manos hacia Osvaldo, invitándolo a proseguir.

—Tengan un poco de paciencia que nuestro ilustre y diminuto héroe está terminando su delicado trabajo. Me alegra que compartan con nosotros este momento tan esperado. Unión, integración e inclusión, ¡viva!

—¡VIVA! —repitieron los de abajo.

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada / Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

Seré nada. Capítulo 37. Nueva novela.

Leyendo Seré nada. Capítulo 37.

37.

La pequeña puerta se abrió. Evelyn caminó rápido, encorvada y guardándose un manojo de llaves en el bolsillo del delantal, hasta el pupitre donde estaba Silvina, que suspiró por la nariz al verla otra vez.

Prefería escuchar a los diminutivos del enano que aguantarse a esa mujer. Con esa cara que parecía pisar una piedra en cada paso que daba, y la risa fácil, frecuente. Ahí estaba otra vez, agachada frente a ella, con esa melena lisa y corta cayendo simétricamente a los costados de la nariz redondeada en la punta.

—Vamos —le dijo—. Vos seguí con lo tuyo, Algodoncito.

El enano, con la sierra en una mano, estaba palpando con la otra el filo de una cuchilla. Asintió y empotró la cuchilla en la sierra.

 —Esperá un poco con esta que todavía no llegó nadie, seguí con los otros que la quiero bien fresca.

 —Fresquita… —Algodoncito sacudió la cabeza, como si no estuviera de acuerdo con lo que proponía Evelyn.

 —Vamos, te dije. ¡Dios mío! ¿Vas a seguir haciéndote la estúpida?

Silvina se levantó del pupitre apretando el labio inferior contra el superior hasta que se le formaron unas arrugas en el mentón. Le digirió una mirada provocadora a Evelyn, que levantó el puño en señal de amenaza.

—¡Vamos! —le gritó.

Lungo custodiaba, agachado, desde la puerta. Cruzó una mirada con Evelyn y entró, agachándose más, para ir directo hacia Silvina y tomarla de la mano. Silvina sintió esa manota áspera, como repleta de costras, y aunque Lungo la empujaba, sintió ternura por la mascota de la médica, más cuando trató de articular algo que pareció ser:

Silvi… Vamo.

Antes de que la baba se le volviera a caer a Lungo, Silvina miró por encima del hombro y lo último que vio de ese inframundo del escenario fue al enano que había descubierto a uno de los gemelos y volvía a intercambiar cuchillas en sus manos, parecía obsesionado con cuál elegir para la sierra.

Evelyn cerró la puerta con un candado y dejó encerrado a Algodoncito con Gema y el resto de los serenados.

Salieron a la luz pálida del patio grande desde el foso del escenario. Mientras Silvina desfilaba adelante de Lungo y Evelyn, la siguieron con miradas desconfiadas el barbudo y el adolescente asiático.

La vieja de la escoba estaba en el suelo con las piernas alargadas frente a ella, la espalda inclinada y las manos apoyadas a los lados, mirando sorprendida a las palomas que revoloteaban en lo alto, entre las vigas de hierro.

—Ves, quedó tonta como vos. Decí que creemos que no contagian.

Ahora, el chico asiático parecía estar tocándose algo por dentro del pantalón de gimnasia que usaba y tenía el labio inferior un poco descendido, como si lo estuviera disfrutando. Evelyn lo notó, pero no le prestó importancia.

Silvina opuso resistencia a los tirones que le daba Lungo que, como un caballo al que ella guiara en vez de lo contrario, se detuvo.

El rayo de sol que entraba por un agujero en el comienzo de la cúpula de chapa le daba en el cuello y Silvina cerró los ojos para disfrutarlo.

Lungo dio dos pasos hacia atrás al ver que Silvina se quedaba ahí y le soltó la mano. Debía tener prohibido que lo tocara el sol sin permiso. 

El de barba se acercó, por si acaso.

El hombre rechoncho estaba comiéndose un sándwich con el corto cuello estirado al máximo hacia adelante para no mancharse el pantalón de vestir blanco que llevaba a juego con el saco.

En la fila de asientos encadenados en la que estaba sentado el rechoncho, había un sombrero de copa, también blanco, con una cinta celeste al lado de un mate con bombilla y una bolsa de azúcar abierta.

—Podés seguir caminando, por favor —le ordenó el barbudo mientras se atizaba la barba para dejarla, por un momento, triangular.

Silvina miró hacia el chico asiático que movía los antebrazos y parecía seguir disfrutando de su presencia, ahora tenía las dos sospechosas manos hundidas en sus pantalones deportivos.

Evelyn aspiró y tomó impulso. Se adelantó para agarrar de la muñeca a Silvina y arrastrarla con toda su fuerza hasta el patio. Dejó a Lungo mirándola con un ojo entre los pelos caídos de la frente desde la jamba de la puerta, y volvió para cerrarla.

Silvina miró el bordillo de la pared que estaba cerca del mástil y bajó la cabeza, mientras pensaba qué hacer para alcanzarlo.

Evelyn no la dejó cavilar, en dos segundos estaba enfrente de ella. Silvina tenía el pelo dividido en dos matas grasosas y aunque su espalda continuaba erguida el cuello estaba arqueado.

—Tomá el solcito nomás en vez de la sopa. Que mucho no vas a durar tratando de imitar metabolismos que no tenés… Además, estamos justo en el afelio, ese chino pajero que viste ahí es astrónomo, aunque no lo creas. Es el momento oportuno porque hoy la Tierra va a estar más lejos del Sol que nunca en su órbita hasta el año que viene, si es que existe el año que viene, ¿no? —soltó esa risa de corto aliento irritante y agregó—: Pero eso enseñamos ALLÁ. —Se volteó para señalar al colegio—, y no ACÁ. Y allá están nuestros compañeros, acá estás vos… ¿Y sabés qué? Los pingos se ven en la cancha…  A ver cuánto tiempo sobrevivís. Después de todo a Don-Genio-de-la-Antropología no le fue tan bien… —Esta vez se tapó la boca para reírse. La sobrepasó a Silvina, caminó hasta la puerta y la abrió—: Vía.

Silvina giró la cabeza para mirar hacia el costado de la puerta, donde Evelyn señalaba con el brazo estirado hacia la calle, mientras repetía el pedido de que saliera cuanto antes.

Silvina avanzó con una cara de loca más fingida que real. Dio un paso afuera y siguió caminando lentamente, bajo la luz del día, hacia la mitad de la calle, como si estuviera buscando en el pavimento los tornillos que parecían faltar en su cabeza.

¿Qué se trae entre manos?, se preguntaba mientras resonó el portazo que dio Evelyn.

Silvina empezó a caminar por el medio de la calle hacia la casa de los padres de Ersatz. Con el rabillo del ojo vio que una de las persianas del colegio estaba subida y que el adolescente asiático la miraba por la ventana.

En cuanto dejó atrás el colegio, levantó la cabeza y apuró los pasos. Esperaba no perderse.

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada. Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares. 2021.

Dondequiera. Fin de temporada de escritura 2020.

Con la invocación o poema o conjunto de frases Dondequiera empezaba el 30 de Marzo la temporada de escritura de este 2020 que ya venía raro, cuarentenoso y extrañado.

Un guión de largometraje de ficción, género terror y thriller psicológico fue lo primero que terminé.

Luego, seguí con una novela que me llevó bastante más tiempo y que también es hermana de Señor tiempo (Mr. Time) y de Gualicho en cierta forma.

Todavía me guardo los títulos de ambos proyectos.

Entretanto, con Bombay Films intentamos y estrenamos dos cortometrajes vía zoom en los que disfruté la cercanía virtual de trabajar con actores: Boda Negra, Anzur, se suman a otros cortometrajes en los que participe en otros años con diferentes grupos de personas, como Entre nosotros, Motorhome, Cine Sordo, Inextinguible y otras ansiedades parecidas. Y ya escribimos uno nuevo que está por producirse.

Ahora pienso qué sigue. ¿Es el camino ceremonioso de Gualicho? ¿O el del nuevo guion que terminé este año? ¿Serán otros anteriores como Las órdenes? ¿La serie La sociedad de los parientes asesinos? ¿La venta? ¿Señor tiempo?

¿O directamente dejaré el cine porque cuesta tanto y el camino ha sido tortuoso ?

¿Y que haré con esta última novela con una historia que me mueve desde lo personal y lo ficticio?

No lo sé.

Es momento de cerrar la temporada de escritura del 2020 y de comenzar a transitar las tardes soleadas y calurosas del Gran Buenos Aires con otras historias.

Hay unos ensayos que me gustaría escribir. Tal vez lo haga.

Y hay personajes que necesitan ser sacados a pasear, necesitan esa imperceptible energía de la rueda del mouse ajeno, del dedo que acaricia una pantalla para hacer desaparecer un grupo de párrafos y que aparezca otro, la señal de la punta de la hoja doblada por misteriosos dedos que les regalan ese símbolo en sus celulosos cielos.

Cierro está temporada de escritura y de trabajo 2020 con el deseo de que mis libros encuentren a sus lectores y mis películas (son guiones todavía, claro; la única realizada ha sido Mundo tributo) susurren a las cámaras que las van a grabar las palabras que no se oyen y que movilizan ejércitos de sonidos e imágenes.

Es la literatura y es el cine lo que me gusta.

Es donde encuentro todo lo que perdí.

Es donde enfrento al mundo y donde me calzo guantes para colgarme de vigas de palabras, pasar el pescuezo y mirar la luna sobre el pasillo de las baldosas que aprendieron a soñar.

El pasillo está plateado y repetimos el mantra que de poema no tiene nada:

Dondequiera que sople

leve viento.

Donde líneas y círculos

seduzcan y enciendan los motores

de la ola roja

que llevamos dentro.

(con estas palabras iniciamos esta temporada de escritura, de trabajo, y de disfrute en lo imposible y en lo posible)

En Marzo, decía:

Lxs invito a arreglar cosas, a escribir, a sudar, a mirar más y sentir más, sin dejar de reflexionar en lo que fuimos y en lo que seremos. Después de todo, seremos igual o lo que tenga que ser, será igual.

Seguimos.

Adrián Gastón Fares

Los tendederos. Cuentos (enlace)

¿Cómo están?

Pueden descargar Los tendederos mi colección de cuentos desde aquí.

Los tendederos Libro de Cuentos Epub

Está subido a MEGA así que lo descargarán sin problemas.  Es una selección de cuentos que encontrarán en este blog.

Valoro las opiniones si leen mi antología. Pueden leerla cargando el archivo en cualquier libro electrónico o directamente en la PC con el Adobe Digital Editions o cualquier programa que lea epub.

De paso, otra cosa. En un café me encontré al artista Norberto Lorenzo. Sin que lo sepas, Norberto te está dibujando. Luego entrega su obra. Dibuja a todos porque lo hace feliz dibujar. Hablamos de cine, libros y teatro, así que les dejó el dibujo que él hizo.

 

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Mr. Time Fotografía Adrián Gastón Fares Escuela en Buenos Aires

Llegar a Mr. Time

En una de las últimas elecciones de este país fui a votar a un colegio como suele pasar. En mi mente ya estaba el germen de Mr. Time (Señor Tiempo) una historia más clásica que Gualicho, pero tan motivadora para mí, y original, como el guión que ganó el premio Blood Window Ópera Prima Largometraje de Ficción Género Fanstástico 2017 del Instituto de Cine Argentino (INCAA)

Mientras esperaba en la fila del colegio, que queda a la vuelta de mi departamento, comencé a fijarme en los cuadros con fotografías antiguas. Esta es la que más me llamó la atención. Así que saqué mi teléfono y tomé la foto.

Mr. Time Fotografía Adrián Gastón Fares Escuela en Buenos Aires

Mr. Time Fotografía Adrián Gastón Fares Escuela en Buenos Aires

Esta fotografía tal vez sea más acorde a la secuela o precuela de Mr. Time que a lo que quedó finalmente escrito.Poster-Mister-Time-by-Adrian-Gaston-Fares-New-685x1024.jpg

Esto es sólo el afiche de producción de Mr. Time. Faltan muchos personajes ahí que ya agregaremos si vuelvo a colaborar con Santiago Caruso.

Las ganas de escribirla como novela rondan seguido. Hacer esa adaptación que me han sugerido. Ya veremos.

¡Feliz semana de brujas!

¡Saludos!

Adrián Gastón Fares

PD: Ayer me llegó esta noticia de WordPress. Doce años que estoy escribiendo y llevando adelante este blog, sitio, como quieran llamarlo.

12 años en WordPress Adrian Gaston Fares El sabañon.jpg

 

El joven pálido. El baile del zombi.

El joven pálido 9 ilustración Adrian Gaston Fares

Ahora que por uso y costumbre
la oscuridad ganó terreno,
algunos días siente
el soplo del paraíso.
La bondad que le gustaría
repartir
incluso a los enemigos,
que no son tales;
les desea el bien a todos
por igual.

En la calle donde pasa por vivo,
trata de recordar su misión:
que alguna vez dejó la tumba caliente
para una difusa tarea,
pero ya su fervor se enfría:
demasiados reveses:
un atentado a la
coherencia.

Y ni siquiera puede expresar
que se siente atravesado por
un amor quieto,
de esos que sólo lleva el viento de pueblo en pueblo
de ciudad en ciudad,
cuando ve a un perro que se acerca
y lo lame.

Él fue hecho para el tránsito pesado
del árbol a la mesa:
para juntar las aceitunas negras caídas del olivo.
Ella para extraer con su garganta dorada el agua de la fuente.

Él fue hecho para los pastos altos y la escondida.
Ella para posar su mirada en él
y despojarlo.
“Oh, dulce ladrona,
tus ancestros te entrenaron para mirar”

La noche anterior bailoteó en un boliche,
hizo el baile del zombi,
del que ya nos ocuparemos.

De cualquier manera.

Get ready for this.

Oh, dulce ladrona.
Tus ancestros te entrenaron para mirar.

Y, mientras piensa, la acción del día es:

Disculpe, Joven pálido.
Por favor, córrase de este cantero y déjeme regar las plantas
esta mañana de sol.

“Disculpe, Joven pálido”,
dice el portero,
“estoy de acuerdo con los cartoneros
que dicen que estás equivocado
que sos un embuste
que te crees muerto pero estás más vivo que
esta mariposa”,
dice mientras agarra una mariposa blanca
que estaba posada en el ficus
y se la engulle sin ningún problema:
“Tiene nutrientes”

Otra vez el vaivén.
¿Él vio mal o el portero se comió una mariposa blanca?
Si se comió una mariposa blanca:
él puede ser el Jovén Pálido y estar realmente muerto.
Si se comió una mariposa blanca:
el Portero puede ser algo más o algo menos que un portero.
Si se comió una mariposa blanca,
lechera,
ella puede estar esperándolo en algún lugar.

La vida es simple.
No es vida.
Es imaginación.

por Adrián Gastón Fares

 

 

De hoteles baratos

Usually, that’s the way it goes, but every once in awhile, it goes the other way too

Sube la escalera del hotel en que se hospeda. El Resplandor. Barton Fink. Pero no estamos en una película, es la vida de Gastón. En ese hotel los empapelados no se despegan de las paredes. Ni si quiera hay empapelado. Sí otras cosas que llaman su atención. Una vitrina de cristal repleta de muñecos de cerámica. Bailarinas de ballet, una pareja de ancianos con cestos repletos de verduras y un fauno con flauta adornan el camino que recorre el huésped hacia su aposento. También cuadros de mujeres desnudas y en un rincón una representación de Cupido y Psique. En buen lugar vine a caer, pensaba Gastón.

Antes de las películas nombradas, Spielberg y Robert Zemeckis evidentemente fueron una influencia a su imaginario. También esas comedias románticas como Quisiera ser grande o Tootsie. Goonies. E. T. Kathleen Kennedy debería aparecerse en sus sueños y decirle: vengo a producirte una película. Ajustaría las cuentas con sus ilusiones.

En sus inicios había intentado imitar a Tom Cruise. Le hicieron notar un parecido físico, para algunos lejano, para otros cercano. Sentado en su pupitre rotaba una lapicera entre sus dedos como Maverick.

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