Archivo de la etiqueta: misterio

Ciencia ficción y terror en Argentina. Una introducción a Seré nada.

Ebook cover Seré nada, una historia suburbana de terror. Y ciencia ficción, deberíamos agregar.

Seré nada, una historia suburbana de terror ( y ciencia ficción ) es una novela cuya acción transcurre en Lanús, en el conurbano bonaerense. Es una distopia. Luego de dos epidemias, el sur del Gran Buenos Aires queda casi abandonado. Y gracias a una concentración política en el norte de Argentina hasta en la ciudad de Buenos Aires no hay mucho para hacer. Así que tres amigos con sordera o hipoacusia, usuarios de audífonos como el que escribe, o sea yo, deciden partir en busca de una supuesta comunidad de personas sordas de la que habla un difuso blog (como este).

Parten a pie y caminan hacia el sur. Tras cruzar el puente, un vagabundo les grita “la piedra rechazada será la piedra angular”, parafraseando a un pasaje de los evangelios… Y como todos los que buscan encuentran, Ersatz, Silvina y Manuel dan con un mundo suburbano dónde hay seres a los que no les quedó otra que adaptarse.

Es una novela sobre la adaptación y hay personajes, como en la realidad, que les encanta hacer sufrir a las personas diferentes y, como en la realidad, tal vez tengan que aprender por las malas.

Me gusta pensar que Seré nada, una historia suburbana de terror, no es una novela fantástica. La veo más como una mezcla de ciencia ficción, aventuras, comedia social y terror con personajes que podrían existir.

Busquen un poco de sol para estar a tono con el culto a Helios y aspiren hondo por la nariz como Gema. Ojalá encuentren su propia novela en las páginas de Seré nada.

Para eso, espero que antes hallen el susodicho libro en el laberinto que es este blog, a esta altura, donde hace varios años un escritor llamado Adrián Fares escondió muchos monstruos para regocijarse (y asustarse también) al encontrarlos.

Adrián Gastón Fares

Capítulo de El nombre del pueblo. Un misterio o intriga que pueden encontrar en el blog o en el buscador preferido.

Juan caminaba hacia la playa pensando en el consejo de Mario. Si quería seguir siendo candidato debía solucionar un asunto.

—Sabés que no pienso ir —dijo Miguel y miró la arena.

—Los muchachos quieren saludarte —intentó convencerlo Juan.

Miguel tenía un vago recuerdo de los muchachos.

—Estoy bien acá.

Era un hombre encorvado, de mirada turbia, pelo oscuro enmarañado, que vestía casi siempre un chaleco marrón apolillado y un pantalón gris gastado. Juan se lo quedó mirando como si ya no tuviera cura. Él era lo contrario de Miguel. Pintón, de complexión mediana tirando a robusta, parecido a su padre antes de que la hernia lo obligara a dejar la pesca. A las mujeres les gustaban sus ojos achinados, que casi desaparecían al sonreír. Nada tenía que ver el traje a medida que llevaba con su aire viril. Era, más que otra cosa, y muchos lo admiraban, un hombre que se hacía respetar con pocas palabras. Pero con Miguel las palabras no le alcanzaban.

—Te voy a ser franco. La gente se está riendo. Dice que somos una familia de locos, que vos saliste estúpido y seguís el camino de mamá.

—De vos no dicen nada así que no te preocupes.

Juan miraba el mar, por un momento pensó que sería bueno arrastrar a su hermano hasta el agua y sumergirlo unos minutos.

—Están buscando algo y cuando encuentren… —el suspiro fue largo—. Pero si pensaras un poco más. ¿Qué bien te hace sentarte acá durante horas? —Vio que las puntas de sus zapatos estaban cubiertas de arena húmeda.

Miguel continuaba con la mirada clavada en el mar.

—Vos sabés que no puedo ser un político creíble con una familia enferma. En los discursos me miran esperando que empiece a cacarear. ¿Por qué me hacés esto?

Juan señaló a una pareja que paseaba por la playa.

—Mira cómo te miran, sos la risa del pueblo. Hasta de Obel vienen a verte.

—Mandales saludos de mi parte a tus amigos.

Juan suspiró largo.

Siempre suspiraba demasiado, tanto que era obvio que era simulado y no un fastidio natural del mundo, que después de todo no lo trataba tan mal. Tenía un buen coche y una linda mujer. Y hubo un tiempo en que deseó las dos cosas y en ese orden le fueron concedidas.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo, novela. Autor: Adrián Gastón Fares.

Si usan Instagram pueden seguir este blog en el nuevo espacio @el_sabanion

Un instagram para El sabañon.

No hay ñ en Instagram así que lo llamaremos El_sabanion.

Larga vida a la ñ!

Espero que estén bien!

PDF de Seré nada, una historia suburbana de terror. Ciencia ficción, misterio y terror en la zona sur de Buenos Aires.

Seré nada, una historia suburbana de terror. 200 páginas. 2021.

Seré nada trata de un grupo de amigos, Silvina, Manuel y Ersatz, que emprenden un viaje en busca de una leyenda urbana; una colonia de personas con sordera profunda, fundada por la controversial maestra Riannon Coveland en el sur del conurbano bonaerense.

Libro en PDF:

Adrián Gastón Fares

Les recuerdo que grabé con mi propia voz la lectura de la novela y que si buscan en el menú de este blog, novelas, índice pueden descargar o escuchar los audios.

PD: en Google Play Books pueden descargar la versión ePub de mí última novela también.

Una historia suburbana de terror. Seré nada. Capítulo 21. Pueden leerla completa en Google Play Libros o en el menú de este blog.

Volvieron, Silvina con los hombros bajos, Ersatz apurando el paso por si cruzaban alguno de los nuevos vecinos.

Por suerte, el aroma que había en la casa les despertó el apetito.

Manuel había terminado de hacer la pizza en la parrilla, el horno no servía, se apagaba, y como había mucha humedad y hacía calor, comieron en silencio debajo del olivo.

Al terminar la cena le contaron lo que habían averiguado a Manuel que hasta ese momento pensaba que no habían encontrado a Roger.

—Lo que habrá hecho ese Roger para que lo echaran de un colegio… —comentó Manuel—. ¡¿Problemas con autoridades escolares…?! Fue un sueño la colonia de sordos. Esto es un asentamiento de delincuentes —aseguró.

Ersatz asintió y dijo:

—Silvina es capaz de llevarle un pedazo de pizza al rayado ese antes de aceptarlo.

Silvina rompió a llorar y subió corriendo a su dormitorio, donde empezó a armarse la mochila casi mecánicamente para no pensar.

Manuel miró a Ersatz con recelo por intensificar el dolor que podía haberle causado a Silvina con su comentario tajante. Le dio la espalda y terminó de apagar el fuego.

Pusieron más muebles delante de las entradas y se aseguraron de que fuera difícil entrar a la casa. Mucho más no podían hacer.

Manuel y Ersatz también hicieron sus mochilas y dejaron todo preparado para partir otra vez hacia sus departamentos en la ciudad al día siguiente.

Cada uno se encerró en su dormitorio.

Ersatz apagó la luz y se quedó mirando la galaxia de las estrellas en el techo. ¿Qué era? ¿Un mapa? Le pareció una espiral como la de los caracoles.

Mientras miraba resonó el primer trueno.

Imposible, hacía meses que no llovía, pensó. Luego del segundo trueno la lluvia empezó a caer a raudales. La puerta se abrió. Silvina, asustada, se acostó a su lado.

Miraban el cielo raso cuando resonó el tercer trueno.

Silvina se pegó más a Ersatz.

—Hay una cara en el techo —dijo Silvina.

Entonces Ersatz también la vio.

Desde que habían llegado, había estado todo el tiempo arriba suyo, gritándole con el silencio de las formas que la casa había sido intervenida como el resto del barrio. Nada era igual a lo conocido.

En el techo había un rostro, brillante, verdoso, de bordes indefinidos, formado con algunas estrellas menores, y con las mayores remarcando una boca abierta. La falsa luna era la nariz de la que parecían salir unos dientes de conejo formados por más pegatinas luminosas. Las espirales formadas por estrellas eran los ojos dementes de esa cara.

Llamaron a Manuel, que se quedó mirando el techo cruzado de brazos sin abrir la boca para no molestar más a Silvina.

Durmieron los tres juntos, sin quitarse los audífonos, escuchando la lluvia que no paraba de caer.

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada. Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

¿De qué trata Seré nada?

Seré nada es la historia de tres personas con sordera que tratan de encontrar una mítica comunidad de sordos en el Gran Buenos Aires. Dan con una colonia silente pero, ¿son personas sordas…?

Un poco sobre el autor.

Adrián Gastón Fares es escritor, guionista y director de cine. Estrenó la película documental Mundo tributo como guionista, productor y director, que fue emitida por Cine.ar y vista en varios festivales de cine. Desarrolló cinco proyectos de largometraje para cine también como guionista y director (algunos premiados y seleccionados como Gualicho y Las órdenes), Mr. time. Escribió tres novelas anteriores a Seré nada, una historia suburbana de terror (Intransparente¡Suerte al zombi! El nombre del pueblo).

Fotografía Flores A. G. F

Nuestros. Relato.

Despuntaba el atardecer sobre las antenas de las terrazas esa tarde agobiante de verano en una ciudad pueblo de Buenos Aires y Beatriz le pegó un grito a Josefa.

Que tuviera cuidado porque un día lo iba a pisar al Rubio. El Rubio siguió, como si nada, pasando la máquina de cortar el césped por su jardín delantero. Los tres sabían que Josefa era un peligro manejando, que sus pies apenas arañaban los pedales de su coche, pero el Rubio tenía reflejos perfectos y una vista de lince. Estaba preparado, como todos en esa ciudad pueblo.

Josefa, de unos ocho años, era un poco mayor que Beatriz. Pero Beatriz le había enseñado cómo limpiar el baño rápido para que ocupara el tiempo en otras tareas más entretenidas. También le había enseñado a educar a Rodó.

Rodó, con una lustrosa calva y unos cuarenta y cinco años se la pasaba girando discos en la bandeja de su casa. Beatriz logró que Josefa lo retara de una manera tan efectiva que Rodó terminó escondiendo todos sus discos en el sótano. Sólo los ponía cuando Josefa no estaba.

Pero estaba casi siempre así que Rodo no podía poner sus discos. Se la pasaba sentado frente a la pantalla, jugando, miraba un encadenado de series de televisión hasta que le dolían los muslos de tanto estar sentado y tenía que cambiar de posición y tirarse en el suelo, girar la cabeza y mirar desde ahí. Beatriz tampoco veía con buenos ojos que Josefa le dejara ver las maratones de series a Rodó. Pero tanto no podía meterse. Rodó era suyo, no de ella.

Así que ese día, que era como otro día cualquiera en esa ciudad pueblo, después de pegarle el grito, la pelirroja Beatriz hizo que Josefa detuviera el coche, le preguntó a dónde se dirigía, al centro comercial dijo Josefa, y aprovechó para pedirle que tuviera la mano más dura con Rodó, que suspendiera las series, porque si seguía así iba a engordar como un chancho. Y se lo iban a comer como si fuera uno, contestó, despreocupada, Josefa, copiando vayamos a saber qué clásico.

Beatriz se quedó con las manos cruzadas mientras el coche se alejaba y el Rubio, que medía un poco más de un metro de estatura, seguía cortando el césped medio molesto. Se había hecho encima.

Beatriz, cruzada de brazos, negaba con la cabeza. El pantalón del Rubio era un enchastre. Justo estaba agachado, sin doblar las rodillas, porque la ruidosa máquina se le había trabado con el césped de alto tránsito.

–Rubio, por favor,  ¿qué va a pensar Grise si te ve?

–Sería bueno que pienses en Martín ¿Acaso Grise es tuya?

–Martín siempre se portó bien, me costó alejarlo de la moto al principio.

–A Grise no le molesta que a veces haga cosas como esta. Me entiende.

–Pero tu Grise tiene como unos cincuenta, cinco años más que Martín y que Rodó.

El Rubio asintió con la cabeza y siguió cortando el césped con el pantalón color verde manchado. Beatriz esperó que su perro, un Labrador, volviera de hacer lo mismo que había hecho Rodó, pero en el suelo como debía hacerlo, y caminó hasta su casa lentamente, satisfecha. Antes de meterse en la casa, se subió a la banqueta de madera y se asomó a la hendija del buzón de cartas para ver si había alguna y si tenía que llamar a Martín para que se las alcanzara.

Notó que había telarañas en un vértice de la galería externa de la casa, así que debería llamar a Martín, otra no quedaba. El Rubio ya se había metido adentro. Seguramente estaba apurado.

Mientras tanto volvía del almacén Josefa. Se metió en su casa como si estuviera también apurada.

Como era costumbre a esa hora de un viernes, el Rubio cruzó con un vaso enorme de plástico lleno de pochoclos, un vaso casi más grande que él, a lo de Josefa y los dos se encerraron en la pieza. Decían que veían clásicos. Beatriz no sabía qué pensar.

En cambio, si sabía ordenarle a Martín que limpiara las telarañas con un plumero. Su voz se imponía sin ningún esfuerzo.

Martín sacó la cabeza de su casa, miró a un lado y otro, había un perro callejero panzudo, una lagartija cuyo tamaño era alarmante, pero que fue aplastada al instante por un auto que pasó como una luz, pero nada ni nadie más así que podía salir. Beatriz debía estar mirando esos videos para pintarse las uñas en su teléfono mientras pensaba que él era tan serio, tan obsesivo como ella limpiando, y celaba a Josefa y al Rubio. Pero él sólo quería juntarse con sus amigos.

A la vez que Martín salía, Rodó pasaba su pierna por arriba del marco de la ventana, tropezaba y caía en la vereda. Y enfrente,  Grise abría con cuidado la puerta de la casa de dos pisos en la que vivía con el Rubio. Con el dedo índice cruzando su boca Grise les pedía a Martín y a Rodó que no hicieran bochinche. Los dos ya se estaban riendo de la situación. Siempre se reían. Eran impacientes, pensó Grise.

Y bajó descalza los escalones de su casa para salir a la vereda.

Se saludaron y caminaron los tres, con los hombros bajos, como si estuvieran cansados desde antes, hasta la plaza.

El pelo blanco de Grise parecía más blanco, brillaba a esa hora donde casi reflejaba los rayos débiles del sol.

Las calles de cemento de la florida plaza convergían en el círculo con la estatua ecuestre del fundador del pueblo.  Personificaba a Don Prudencio, con capa y espada. La estatua del enorme caballo contrastaba con el tal Prudencio. Ninguno de los tres entendía cómo había logrado domarlo, ni conquistar nada, midiendo mucho menos que la mitad de ellos, y con una pelota de trapo del tamaño de un tomate en el regazo.  La cabeza redonda y la sonrisa de niño complacido de Prudencio era tal que hasta ellos podían deducir que mucho no le había costado ninguna batalla. Martín le preguntó a Rodó por Grise.

No estaba.

Rodó protestó:

–¡Grise! No esperaste que empezara a contar.

–Yo ni me escondí –dijo Martín–. No vale.

Los dos se miraron, sorprendidos por un instante, para luego concentrarse en lo que tenían cerca.

Los piernas, largas y pálidas, de Grise –que debía estar sentada en el suelo, sobre su falda–, sobresalían del entreverado pero pequeño matorral.

El juego recién había comenzado.

Y tenían la noche por delante.

por Adrián Gastón Fares

PD: Nuestros forma parte de la antología provisoria de los cuentos de terror y ciencia ficción de este blog llamada Los tendederos. Recuerden que pueden leer, si no lo hicieron, mi última novela, Seré nada (2021, 200 páginas) buscándola en este mismo blog o en Google Play.

Seré nada, una historia suburbana de terror. Mi nueva novela, 2021. Link a muestra en Google Play Books. Y enlace de descarga libre.

Si quieren acercarse a los personajes de Seré nada, una historia suburbana de terror, mi última novela pueden hacerlo manteniendo una distancia prudente. Ya saben que los que callan mucho, algo esconden. Y que los días de lluvia es mejor salir corriendo. A no ser que quieran experimentar algo nuevo…

#nuevanovela #aventuras #conurbano #granbuenosaires #terror #misterio #fantasy #discapacidadauditiva #identidades #2021

Comparto el enlace a Google Play Books (Seré nada, 200 páginas, 2021) donde pueden leer una muestra y si quieren adquirir la novela en este caso (la verdad es que no encontré la manera de subirla gratis a Google Play, por eso hay que pagar) A cambio me parece que para algunas personas será más fácil leerla así:

Google Play Books:

https://play.google.com/store/books/details?id=jE0aEAAAQBAJ

El modo tradicional que es buscar los Epub y Mobi en Google Drive (así como PDF) en el inicio de este blog adriangastonfares.com sigue vigente.

Agrego un nuevo enlace directo, gratis, en Anonfiles para que puedan descargar mi nueva novela, abrirla y leerla en la aplicación Aldiko Classic en el teléfono celular, por ejemplo, o en lectores de libros electrónicos como Kindle (convertir en Calibre o enviárselos por email, ya sabrán), otros como Kobo, o disfrutarla en la PC con Adobe Digital Editions o FBreader. Aquí copio el enlace de descarga directa:

https://anonfiles.com/Fboffdvau5/Sere_nada_-_Adrian_Gaston_Fares_epub

Disfruten el fin de semana.

Si quieren disfrutarlo con la compañía de Ersatz, Silvina, Manuel, Algodoncito, Fanny, Gema, Lungo y los otros personajes de Seré nada, espero que se entretengan.

Adrián

Argumento:

En Seré nada, tres amigos con sordera parten hacia el Sur del Conurbano bonaerense en busca de una mítica comunidad de personas sordas. En cambio, encuentran un barrio de personas silentes, pero ¿qué secreto sus bocas cerradas impiden revelar?

PD: Portada de Seré nada, una historia suburbana de terror.

Portada Seré nada, una historia suburbana de terror. 2021. 200 páginas. Adrián Gastón Fares.

Intransparente. Capítulo 2, de la Tercera parte, y PDF.

Pero me siguió contando de Ponen, que había bajado hasta Manaos, y ahí se le metió en la cabeza que tenía que visitar a un músico argentino muy amigo que vivía en Mar del Plata, un metalero, aunque no le creyeran, les dijo, que había conocido en California; pero cuando llegó a la casa no lo encontró y aprovechó para investigar qué movidas musicales tenía la ciudad (Ponen metió la mano en el bolsito de hilo que llevaba y sacó un CD que le habían regalado en la radio, un compilado marplatense; Elortis repasó los nombres y recordaba algunos: Te Traje Flores, Azylum Zue, Delorian, B-sides, Glasé)

En Veracruz, a la que había visitado por su interés en los olmecas, le llamó la atención esas cabezas de labios apretados que habían desenterrado los arqueólogos (no se sabía bien qué representaban; podían ser enemigos), y después averiguó que los olmecas hacían sus propios viajes, porque en las excavaciones también encontraron sapos enterrados con los sacerdotes, que venían a ser sus chamanes; también había visto la foto de la escultura de un chamán agachado, con las rodillas dobladas, no se sabía si estaba por ovillarse o levantarse, algunos creían que estaba en proceso de transformación en algún animal (Elortis encontró una fotografía en Internet, dice que la hipótesis de concentración, de mente avizora y cuerpo agazapado, a medio camino entre dos actos reveladores, es la más plausible)

Pero lo cierto, subrayaba Ponen, es que encontraron sapos en las excavaciones olmecas, sapos del tipo Bufo Marinus, que hacían pensar que los sacerdotes creían transformarse en otros seres animales y sobrenaturales, por las alucinaciones provocadas por unas glándulas que estos bichos tienen detrás de los ojos, que segregan una sustancia lechosa con propiedades psicoactivas. Y Elortis me mandaba con un signo de exclamación, como si se hubiera acordado de algo que tenía olvidado desde que lo escuchó de boca de Ponen, que también había dicho que le gustaban esas esculturas olmecas de niños con cabezas infladas, y parece que las buscó en Internet porque se quedó callado un rato, o vaya a saber qué estaría haciendo, hace rato que yo había pensado que si estaba encerrado y no veía mujeres, se la debía pasar buscando pornografía o mirando las fotos de sus amigas virtuales, una vez me había confesado que tenía a una colombiana que le había hecho un strip-tease perfecto en la webcam al son de una ignota canción, que parecía reggaeton, que no sabía cuál era porque la chica le dijo que la pusiera para sincronizar sus movimientos con el ritmo, pero Elortis, de puro vago, no lo había hecho, lo que no le impidió disfrutar el baile de la chica.

También Ponen les había hablado de los hongos de piedra de otras culturas mesoamericanas, de fray Bernardino de Sahayún, de otras evidencias más distantes en tiempo y lugar, como las pinturas rojizas de Altamira y Lascaux, y, finalmente, mientras seguía revolviendo su mojito porque tomar no tomaba Ponen decía Elortis —ellos ya se habían terminado tres cada uno— les salió con que los llamados misterios eleusinos podrían deberse al cornezuelo, un parásito de la cebada, también hongo psilocíbico, precursor del LSD; y también estaba el Soma de los chamanes de Siberia, que aparentemente no era otro que la Amarita Muscaria, un hongo que según Ponen parecía una fuente de piedra de aguas rojas, pero cuyas visiones, aseguraba, eran menos nítidas que las de la ayahuasca. Los micólogos habían investigado bastante, decía, pero los datos no eran fáciles de encontrar.

Ya en Buenos Aires, Elortis había buscado información sobre el Claviceps purpurea (con razón pasaba tanto tiempo encerrado, cuando no era el pasado de su padre se ponía a revolver asuntos más raros, le dije) el supuesto eslabón perdido de los misterios eleusinos, y se encontró con Albert Hoffmann y el LSD, pero después mientras se preparaba un café descafeinado en la cocina, se acordó del pasaje de La Odisea que había leído Sabatini en voz alta para la grabación del libro audible, donde Nausícaa, la hija de Alcinoo, le da instrucciones a Odiseo para que se le ofrezca el camino de vuelta a su casa; antes que nada tiene que ver a su madre sentada junto al hogar hilando copos de lana teñidos con púrpura marina.

A ver, dice Elortis, y luego pega esta frase: Te mostraré la ciudad y te diré los nombres de sus gentes. Y sigue sin parar: era cuestión de cruzar rápidamente el megarón, esa sala enorme y fría, hasta encontrar a la madre de Nausícaa y había que mirarla, como embobado, hilar sus copos púrpureos cerca del trono donde su esposo se sentaba a beber vino como un dios inmortal. Ahí pasabas de largo el trono para agacharte y abrazar las rodillas de la madre de Nausícaa y si ella sonreía como en sueños quería decir que estabas preparado, podías volver a tu Itaca querida sin que te sintieras un extranjero después de tantas vueltas. La clave era abrazar con las manos las rodillas de esta reina sabia que hilaba estos copos purpúreos que eran de ese color porque habían sido teñidos por la secreción de la glándula hipobranquial de un caracol de mar carnívoro de tamaño medio, un gastrópodo marino llamado Murex brandaris, que segregaba esta sustancia cuando estaba asustado o se sentía amenazado. En el actual Líbano, antes Tiro, por eso se lo llamaba púrpura de Tiro, los minoicos habían empezado a extraer este tinte y parece que había que arrancar del mar a nueve mil pobres caracoles para obtener un gramo de tintura. Aparentemente por eso era tan preciado, y se empezó a relacionar al púrpura con el mando, y con la legitimidad del poder.

Ahora bien, gracias a Ponen, Elortis había leído que los olmecas también relacionaban al poder con la sabiduría, y la sabiduría la tenían los sacerdotes-chamanes que se rodeaban de los sapos bufo; por lo que podía ser que las túnicas, mantas para los lechos, la pelota del sabio Polibio, las olas y demás elementos púrpuras que aparecen en La Odisea y en los mitos griegos, todas relacionadas con el sueño, tuvieran que ver con las visiones que el tinte del caracol Murex producía al respirarlo o al rozar la piel; gracias a esas glándulas que, como las branquicefálicas del sapo bufo, expelen un líquido cuando la catarsis de la amenaza la activan. Por eso la sonrisa visionaria de la reina era necesaria para Odiseo.

Si hasta en un viaje anterior como el del vellocino de oro, parecía que en realidad —según Simónides, aclara Elortis— buscaban una primigenia piel de cordero granate teñida con la tintura del caracolcito. Claro que también Clitemenstra había distraído a Agamenón con una alfombra de tono escarlata antes de conducirlo al baño donde iba a ser presa fácil de Orestes. Y al lecho de Circe lo cubría una colcha rojiza.

Igual, lo importante en aquella época lejana, agregaba Elortis, era estar atento al olivo de anchas hojas en el puerto de Forcis; por ahí estaba la gruta, el templo, esa cueva de dos bocas, (¿porque nunca volvías a ser el mismo una vez que entrabas?, se preguntaba mi amigo) consagrada a las ninfas con los telares de piedras que usaban para tejer sus túnicas de extracto de caracol y también era necesario, más que nada, saber dónde se ubicaba tu cama, la que habías construido sobre los restos del olivo con las correas de piel de buey que brillaban de púrpura, porque si no tu esposa a la vuelta no sabría quién eras, claro, si olvidabas lo único que tenías que acordarte una vez que lo habías aprendido.

Ok, Elortis, a la cama, después me seguís contando; menos mal que yo escuchaba música mientras él me escribía estas locuras.

Autor, Adrián Gastón Fares.

PDF NOVELA COMPLETA INTRANSPARENTE: https://elsabanon.files.wordpress.com/2021/02/adrian-gaston-fares-intransparente.pdf

PORTADA_blog_ADRIAN_GASTON_FARES

Y todo termina que es un sueño.

Juan está sentado en los parlantes y descubre a la chica de pelo negro en la mitad de la pista. La chica lo mira fijo por un momento y luego cierra los ojos. Juan espera en vano que vuelva a abrirlos. La música, sintetizadores de los ochenta, parece lentificarse por unos segundos.

Juan piensa que es mejor bajarse y abordar a la chica. Eso o el infierno de qué hubiera ocurrido. Baja los pies. Ve que un tipo le ganó de mano. Ella rezonga ahora con los ojos bien abiertos y trata de soltarse del tipo.

Sentado en los parlantes, a Juan le cuesta cerrar los ojos. Asombrado comprueba que ya no puede parpadear. Levanta la vista y el haz de uno de los reflectores lo alcanza de lleno. Todo se vuelve negro.

Despierta en un banco de la plaza San Martín y sabe quién es pero no cómo llegó ahí. Le parece escuchar una versión lejana de Para Elisa. Busca un pañuelo y se lo lleva a los ojos. Le arden muchísimo. Sigue con los ojos congelados. Hasta el reflejo de la luna en un charco de agua lo marea. Cualquier haz de luz puede hacerle perder la conciencia.

Vuelve a su departamento, ubicado en el barrio de Retiro, y está toda la noche mirando el techo manchado por la humedad. Una mosca frota las patas en los bordes de la pantalla del velador. Amanece. Decide salir a buscar a la chica del boliche. Y como no sabe dónde empezar, se acerca a la ventana y mira fijo el sol. Su oscuridad empieza a llenarse de Para Elisa.

Despierta en la cama de una habitación fría. En algún lugar entre Temperley y Longchamps, le dice la chica albina y pelada (nota que es albina por las pestañas) que le aplica paños fríos en los ojos.

Juan aparta las sábanas y corre por los pasillos del caserón hasta dar con una puerta doble. Entra a un recinto donde un hombre lo espera de pie al lado de un ventanal. Se da vuelta y ve que dos patovicas están parados a sus espaldas, franqueando la puerta doble.

Escucha los llantos de la albina del otro lado de la puerta.

Un reloj de péndulo da la hora. Gerard, que parece ser el tipo que le ganó de mano en el boliche, le cuenta que es el dueño de una red de prostitución. Saca un arma con silenciador y la apunta hacia Juan, que gira la cabeza por instinto. El reflejo de un rayo de sol en el péndulo del reloj lo hunde en lo negro y en la música de Para Elisa.

Al volver en sí se limpia la baba. Un espejo lo deja verse de cuerpo entero. Al principio no se reconoce. Está agazapado como una gárgola sobre un mueble oscuro.

Se baja del imponente escritorio de caoba. Camina pateando pedazos de carne con retazos de ropa de los dos patovicas y de Gerard. Un brazo por acá, un dedo por allá, un torso, una oreja. Llega a la puerta doble que se abre y descubre del otro lado a la albina que esperaba sumisa, dispuesta a recibir un golpe de Gerard o vayamos a saber qué.

La albina lo toma de la mano y lo lleva por el pasillo hasta una habitación temática, llena de peluches rosados, donde la chica que lo miró en el boliche duerme apaciblemente con la mejilla apoyada sobre las manos con uñas pintadas de negro.

La chica se despierta. La albina sonríe. Abre un cajita de música de la que sale otra cajita de música de la que sale otra más y va abriendo todas las tapas hasta que infinitas bailarinas de cerámica giran al compás de Para Elisa que llena el caserón.

Entonces la chica de pelo negro toma a Juan de la mano y le dice que lo estuvo esperando. Y que deben huir. La albina asiente con la cabeza y ríe, ocultando sus desparejos dientes con una mano. Juan corre por los pasillos hacia la triunfal puerta de la calle, pero a mitad de camino se detiene y le pregunta a la chica por qué corren y ella le contesta porque así es más lindo.

Cuando llegan a la salida, la música cesa y la chica abre la puerta encegueciendo a Juan. La cierra de golpe dejándolo del lado de afuera. Un perro enorme, de pelo blanco, corre hacia Juan desde las rejas del jardín.

Juan no se desespera. Se vuelve, apoya la oreja en la madera de la puerta y oye el susurro de la chica que le pide perdón. La voz pastosa de la chica dice: todos mis sueños terminan igual.

por Adrián Gastón Fares.

PD: Parece que adaptaron este cuento, uno de los primeros que escribí, a guion para cortometraje. Esperemos que llegue a rodarse, entonces.

Lo que algunos no quieren contar. Cuento.

En la ciudad, todas las noches me sentaba con mi hija y mi mujer a la mesa del comedor. Por eso el bosque. Quise aislarme de todo, como tantos otros. Elegí un lugar de la Patagonia, apacible pero ventoso, entre los árboles. En el tejado de la cabaña había una veleta de metal, con la rosa de los vientos, coronada por un pez.

Había comprado el terreno, que venía con la cabaña y una plantación de arándanos. Todo por poca plata. Según la inmobiliaria, el dueño era un viejo, alcohólico. El dinero iría a los nietos. Me habían ocultado que se había ahorcado en uno de los árboles, el más alto. Pronto me lo contaron en el pueblo. Me daba lo mismo.

Dejé que los arándanos crecieran salvajes. Los juntaba en diciembre, en mi gorra, arrancando al fruto a lo bestia, sin el cuidado que hay que tener al cosecharlos, que en este caso sería hacerlos girar lentamente para desprenderlos del tallo, sin arruinar la capa de protección. Pero yo era como un duende entre los arbustos, los recogía a las corridas, y los comía en mi casa de merienda o a la noche ya congelados.

Enfrentaba el fin del día extasiado ante la contemplación de las aves, de los quises andinos, de las liebres que se cruzaban al atardecer como si el mundo estuviera a un minuto de acabarse y algo ominoso viniera a ocurrir, que nunca era más que la simple noche.

Pero un día fue más que eso. Coincidió con el aniversario de la muerte del viejo. O por lo menos, yo me creo eso.

Me levanté, abrí la puerta de la casa y salí. Caminé automáticamente y sorteé el gran pino sin darme cuenta que ese árbol siempre estuvo en línea recta a la ventana. No a la puerta. Llegué a la cascada pequeña y me senté a fumar, lloré dos o tres lágrimas, porque el lugar era tan bello y yo había sufrido tanto, que estar ahí significaba mucho para mí. Sabía que hay que llorar sí, pero hay que llorar poco porque si no uno no para. Y el agua que fluía entre las piedras me recordó eso.

Volví caminando sin mirar a los costados, como un autómata cansado porque llorar, aunque sea un poco, cansa. Aunque sabía que en ese lugar debía estar una de las ventanas, entré por la puerta y fui directo a tirarme en la cama. Al rato, subí al techo de la cabaña, saqué la veleta y la ubiqué cerca del pino. La punta señalaba el norte.

Tomé bastante vino. A la medianoche salí, miré las estrellas, para mí, acostumbrado a la ciudad, el paraíso estaba en el cielo. Ese cielo, las ramas mecidas por el viento. Me gustaba esa imagen pero el viento nunca me gustó. Me molestaba.

Bajé la cabeza porque tenía una necesidad imperiosa de orinar. Así que me fui hasta el pino y rocié el suelo. Pero al terminar, me di cuenta que el árbol no estaba ahí. Había meado en la maleza. En frente no tenía nada. Me volví y noté que la casa estaba en su posición inicial. Caminé hasta el pino y la veleta. Seguía señalando el norte.

Esa noche dormí profundo, sin pesadillas, y al otro día me propuse ir al pueblo a comprar provisiones. Abrí la puerta, caminé y di con el arroyo. Me di vuelta para mirar la cabaña y la puerta estaba ahí, donde debía haber estado la pared del dormitorio.

Enmendé el trayecto, salí por la entrada de mi terreno hacia el almacén del alemán. Compré pan, fiambre, café y cigarrillos. Retorné, rodeé el terreno y me metí adentro. La que rotaba era la casa y no el terreno, me dije, como si ya no me asombrara.

Salí a orinar esa noche, estaba bastante borracho otra vez, y me di cuenta que estaba salpicando la rueda de mi camioneta. La dejaba en el fondo, detrás del porche, así que la casa había rotado otra vez.

El cielo encandilaba. La luna hipnotizaba. Las ramas de los árboles murmuraban.

Volví a la casa y dormí hasta bien avanzado el día siguiente. Estaba triste porque quería tranquilidad, me había alejado del mundo por sus inconsistencias, sus coincidencias infundadas, y ahora esto, ¿qué quería decir?

A las seis de la tarde del otro día se me dio por dirigirme a lo del alemán. Salí y caminé derecho, di con un cementerio antiguo, el de los galeses. Otra vez la casa me había engañado. Debía estar apuntando al noroeste. No importaba, como un turista más, comí torta con té. Contemplé a una francesa hermosa. Intenté hablarle pero la chica me intimidaba. Me volví a la casa, ya me había olvidado del alemán y lo que quería comprarle.

Entré a la casa. Subí un escalón para sentarme a la mesa del comedor ¿Un escalón? Alrededor de la mesa, el piso se estaba levantando, los bordes del círculo que se estaba formando eran como una rueda dentada.

Pensé que la casa estaba creando una sima, se estaba desenroscando, y que los árboles, mi camioneta, la plantación, serían chupadas por ese agujero que la cabaña estaba creando.

Al otro día salí, me cercioré que la puerta apuntaba donde me dirigía, era así, otra vez la puerta daba a la entrada del terreno, tal como lo compré, así que caminé derecho hasta el almacén del alemán.

Compré querosén, diarios, cerillas y volví lo más rápido que pude.  No tenía nada de valor en la casa. Mis documentos en el bolsillo. Rocié a la cabaña con querosén.

El fuego iluminó la plantación, se disparó una liebre entre los árboles, volaron los murciélagos y rajaron los quises que estaban escondidos entre los troncos cortados. Un resplandor dorado iluminaba la plantación, mi querido pino, el camino de entrada. La casa ardía. En las llamas vi proyectada la imagen de la chica francesa. Me había enamorado como un idiota.

Pero la cabaña giraba. Rápido. Lo hizo hasta desprenderse y dejar el comedor a la vista, la rueda dentada, con la mesa redonda y las sillas.

No me podía sentar en ese lugar. Me recordaba la compañía de mi hija y mi mujer. Pero no tenía otra, me dirigí a la plataforma, la cabeza plana del tornillo, que era lo único que había dejado el fuego, salté, y tuve el valor de correr una silla y apoyar el culo ahí.

Seguía rotando. Vi a la veleta, al árbol, a la plantación de arándanos, a la luna llena, al arroyo, vi la tierra, intuí que la casa me había propuesto todos los días un camino nuevo. Ahora mi musa era una extranjera, la chica francesa que había conocido por seguir el trayecto que la puerta de la casa me sugería. Sentado en el trono hogareño pero descubierto que la cabaña me ofrecía, mientras todo seguía girando, vi raíces, hormigueros, lombrices, bichos bolitas, rocas doradas y finalmente, una multitud de ojos azules brillantes comenzó a rodearme, mientras me sacudía la tierra de la cabeza.

Me agarré de las raíces, comencé a escalar, ya había hecho palestra en la ciudad, era rápido, vi como la plataforma con las sillas y las mesas se hundía, salí del agujero como un muerto viviente, nevaba y yo estaba de pie en la sima que había sido la cabaña, exultante y cansado.

En el escape, en la corrida, un cuerpo blando me golpeó el hombro, justo a la altura del pino. Supe que era el cadáver del viejo, el antiguo dueño. Escuché risas y seguí corriendo, hasta que dejé a las arándanos, la tranquera, el terreno, todo, atrás.

por Adrián Gastón Fares.

Lo que algunos no quieren contar forma parte de los cuentos seleccionados para Los tendederos.

Edición digital de cuentos de terror y ciencia ficción del blog. Link para lectores de libros electrónicos (EPUB)

La edición digital para libro electrónico (formato .EPUB) de Los tendederos es la selección de algunos de los cuentos de terror, misterio y ciencia ficción que escribí en este blog.

Título original: Los tendederos. Cuentos. Número de páginas. 338.

Link gratuito en Google Drive en formato EPUB: Los tendederos EPUB gratis

Este libro de cuentos de Adrián Gastón Fares está fomentado por el terror, la ciencia ficción y lo extraño. Explora los dos lados de la moneda de los vínculos familiares y amorosos desde la literatura fantástica. Estos relatos han sido ponderados como escalofriantes, diabólicos, surrealistas, pánicos, siniestros, espeluznantes. Los neófitos encontrarán nuevas experiencias para exorcizar sus miedos más profundos, para arrumarlos; también, disfrutarlos. Los seres y las tramas que pueblan este libro viven en las aguas profundas de un terror todavía más hondo, ese que tiene que ver con lo que somos, con lo que hemos sido y lo que podríamos llegar a ser. Lo cotidiano visto a través de una nueva lente perturbadora, futuros sospechados y sentidos, tramas policiales, el desamor, supersticiones rurales, familias peligrosas, edificios abandonados, fantasmas, nuevos monstruos, todo esto y más puede encontrarse en estos cuentos poblados de imágenes únicas y sorprendentes.

Contiene los siguientes relatos, en este orden:

Las hermanas
Los tendederos
Reunión
La edad de Roberto
Un contrato conmigo mismo
Lo que algunos no quieren contar
Buenos días, Sr. Presidente
El Perchero ausente
Padre
El aguante
Las aparecidas
Las mil grullas
Todo termina que es un sueño
La casa de Orlando
Te espero en el techo
Los Endos
El reloj
Un posible fin del mundo
Bajo la manta
La casa nueva
Los cara cambiante
El vendedor de tiempo
Los dominantes
El cuento original
El hombre sin cara
La casa del temor
No es humo
Nuestros
Puntos negros
El Buscavidas
A la caza
Los encantados
Las cartas negras
Padrastro
Delcy y Nancy

Pueden encontrar la versión en PDF también en la página de inicio de este blog.

Felices carnavales.

Audio Los tendederos, cuento de terror.

Los tendederos, por Adrián Gastón Fares.

Los tendederos, cuento, audio para escucharlo.

Las luces de la casa se apagaron. Los cortinados se corrieron. La señora se vistió de negro. Maca, la señorita, también. Los rayos de sol a veces nos recordaban que había vida afuera y delataban el polvo que yo no podía sacar de la casa, ese polvo que entraba por más que lo barriera una y mil veces, como si proviniera de los huesos triturados de nuestros soldados o de la tierra removida por las bombas. El polvo que se posaba con insistencia en los muebles y que anticipaba el regaño de la señora. Con Maca a mis espaldas, llamándome por un nombre inventado, María, porque el mío Alejandrina nunca me agradó, yo movía las cortinas, tapaba toda la luz, para que la casa quedara en la penumbra que el señor ya nunca vería.

Cubrí mi cabello con un pañuelo oscuro de tela barata. La señora con un sombrero adornado con una pluma negra.  Ella tenía el cabello hermoso, pero desde que había comenzado la guerra no pudo mantener su estilo de vida. Tal vez ése sea el verdadero motivo de la ropa negra, la razón del duelo. Las cosas que se pierden pero que se podrían volver a conseguir, no como la muerte que es irreversible sino como la buena vida, son las que más duelen. Lo sé porque yo conocí a un muchacho que pudo haberme hecho madre, pero desapareció mucho antes que el señor.

La señora no podía comprar la indumentaria que vio en el catálogo de la tienda de luto. Lo arrojó a un costado para que yo lo desechara. Para el velatorio le teñí las manos con cera negra para zapatos. Todavía no se le fueron las manchas.

Estuve un día limpiando el armario del señor. Trajes, camisas con mangas y cuellos amarillentos. La señora ordenó lavar algunos para donarlos. El señor tenía su armario cerrado bajo llave y no permitía que lo abriera. Dejaba las ropas que necesitaban lavarse sobre su cama. Pero yo sabía dónde escondía la llave así que le pedí permiso a la señora para abrirlo.

Encontré la indumentaria habitual del señor, pero también vestidos. Sabía que el señor había tenido otra hija de un matrimonio anterior, pero no me imaginaba lo hermosa que había sido. En el fondo del armario, tras la ropa, encontré un dibujo a mano alzada de la señorita. Tal vez sea injusto decirlo pero era más hermosa que Maca. O como una Maca adolescente, embellecida, en la flor de la edad. En el dibujo no hay signos de la pulmonía que se la llevaría.

La señora no se sorprendió cuando le dije que había ropa de una mujer. Ordenó que la donara a la dueña del orfanato de niñas de enfrente.  Así lo hice. Quería deshacerme primero de los vestidos del armario, así que dejé el lavado de la ropa del señor para después. La patrona del orfanato la recibió con un susurro de agradecimiento.

Al otro día, colgué la ropa lavada del señor. Maca me miraba con esas avellanas negras que tiene de ojos. No entiende qué le pasó a su padre. Quería saber si el viaje duraría más que los otros. Le contesté que sería el más largo de todos. Después encontró un pájaro muerto y me lo trajo como si fuera un perro. Me clavó la mirada. Fue a enterrarlo.

Anocheció y bajé por la ropa, con los truenos en los oídos y ese olor a tierra mojada que traía el viento. El aire corría rápido. Las copas de los árboles se bamboleaban. Las ropas se mecían. El saco del señor mucho. Demasiado.

Entreví que en el orfanato la empleada había lavado los vestidos donados. Estaban colgados en el tendedero y me llamaba la atención el rosado, tal vez porque todo lo demás era gris. Además era el más lindo. Resonó un trueno.

Me metí en la triple fila de cuerdas del tendedero de la casa de la señora. Entonces noté un cambio llamativo.

El saco del señor se había movido dos metros del lugar donde lo había colgado. Como si se hubiera deslizado por la cuerda. Me pareció raro pero no imposible. Tenía que acomodarme el pañuelo a cada rato porque el viento se lo quería llevar. En la vereda de enfrente los vestidos, algunos pertenecientes a las niñas del orfanato, se balanceaban, ladeaban y contorneaban, como si recordaran las fiestas de antes.

Di vuelta la cabeza y algo oscuro, como un abejorro grande, me sobrepasó.

El saco del señor ya no estaba dónde lo había colgado, ni en la misma cuerda. Se había pasado de la primera a la tercera cuerda del tendedero. Me acerqué para ponerle otro broche pensando que había sido el viento.

El saco voló otra vez, me tuve que correr, y volvió donde lo había colgado. La segunda cuerda está un poco más alta así que tampoco era imposible… Pero los vestidos del tendedero de enfrente se bamboleaban con un frenesí que no parecía ser consecuencia del viento que soplaba cada vez más fuerte.

Entonces el saco del señor volvió a volar. Se poso en la segunda cuerda, luego pasó a la tercera y desde ahí, como impulsado por el estallido de otro trueno, cruzó la calle. Quedó colgando en la primera cuerda del tendedero del orfanato, cerca de los vestidos de las niñas.

El tendedero de enfrente tiene dos cuerdas. Vi como el vestido rosado se desprendía y volaba de una cuerda a la otra, como el del señor, aproximándose a la cercana a la calle. Luego volvió a su lugar en la hilera primera y el saco del señor voló hasta ubicarse a su lado.

De repente, el vestido flotó otra vez hacia la cuerda primera como tratando de escaparse del saco del señor. Una ráfaga de viento llevó el saco del señor hasta que se posicionó al lado del vestido. Los otros vestidos donados volaron de cuerda en cuerda, como si el tendedero fuera un gallinero alborotado por un gallo en celo. Confundidos, volvieron a alinearse al lado del saco del señor. Pero se deslizaban hacia los palos donde estaban atadas las cuerdas, como si el terreno se hubiera inclinado para un lado y luego para el otro. El vestido rosado seguía al lado del saco del señor.

Creo que imaginé que las mangas del saco se estiraban para tocarlo. Algo me acarició el brazo. Me di vuelta.

A mi lado, la mejor corbata del señor era tirada de la punta por la mano del viento, por lo menos eso supuse. Tensa. Como si la tela envolviera un alambre que la convertía en una flecha pronta a lanzarse.

La corbata salió disparada justo que una motocicleta pasaba por la calle. Habrá quedado prendida de la cara del motociclista porque el vehículo derrapó y quedó tirado en el suelo. Por instinto, me di vuelta.

Vi a Maca observando todo desde la ventana de su dormitorio en el primer piso de la casa. La cortina de su habitación también se movía, como si el viento se hubiera metido. Ella la sujetaba fuerte, me pareció que si no la cortina estaría volando por la habitación o se hubiera cerrado sola para impedir que la niña mirara.

El motociclista llevaba a una mujer detrás que había salido despedida por el impacto contra el suelo. Me acerqué a los cuerpos tendidos. Tenía que avisar a la señora para que llamara a la ambulancia.

Observé los ojos clavados en el cielo de las víctimas. Comenzó a llover. Algo, un pensamiento intruso, me llevó hasta el orfanato, hasta las cuerdas del tendedero.

Acaricié una de las mangas del saco del señor, ahora quieto, como si la lluvia hubiese amainado el viento o el ímpetu que hacía volar a ese pedazo de tela vieja.

Maca seguía mirando con una mano aferrada a la cortina. Parecía más alta, casi una joven. Era como si sus facciones se hubieran vuelto más angulosas. Me recordaban a las de la señorita del cuadro.

Algunas de las niñas del orfanato también lo habían visto todo desde sus ventanas. Como si el ejército estuviera pasando por la puerta.

Volví a acercarme a los cuerpos sin vida. Entonces, el saco del señor me rozó la espalda y cruzó la calle para volver a la primera cuerda, la cercana a la casa de la señora, donde yo lo había colgado. Enfrente, los vestidos donados al orfanato también se apaciguaron y retornaron a sus lugares.

Todo quedó listo, alineado, sólo me quedaba avisar a la señora para que llamara a la ambulancia y vinieran a recoger los cuerpos. La lluvia lavaba la sangre. Los párpados de la mujer pestañearon. Me clavó la mirada por un segundo.

Me recordó a otras, a la de Maca, a la del cuadro, a la del señor, pero entonces las chicas del orfanato gritaron al unísono, ya estaban trastornadas, ver todo ese vuelo de ropa y el accidente las había alterado, y el ojo de la mujer volvió a quedar fijo en el cielo, duro y opaco como las rocas que suelo encontrar en la playa.

Son las que puse en los bolsillos del saco del señor para mantenerlo quieto.

Jamás encontré la corbata del señor. El saco cuelga ahora, junto a su sombrero, en el armario cerrado con llave y con un candado que yo agregué.

De vez en cuando veo a una de las niñas del orfanato, tal vez la mayor, pasearse con el vestido rosado. Mira hacia nuestra casa.

Pensará que nos debe algo.

por Adrián Gastón Fares.

Los tendederos. #relatoscortos Las luces de la casa se apagaron. Los cortinados se corrieron. La señora se vistió de negro. Maca, la señorita, también. Los rayos de sol a veces nos recordaban que había vida afuera y delataban el polvo que yo no podía sacar de la casa, ese polvo que entraba por más que lo barriera una y mil veces, como si proviniera de los huesos triturados de nuestros soldados o de la tierra removida por las bombas. El polvo que se posaba con insistencia en los muebles y que anticipaba el regaño de la señora. Con Maca a mis espaldas, llamándome por un nombre inventado, María, porque el mío Alejandrina nunca me agradó, yo movía las cortinas, tapaba toda la luz, para que la casa quedara en la penumbra que el señor ya nunca vería.
Cubrí mi cabello con un pañuelo oscuro de tela barata. La señora con un sombrero adornado con una pluma negra. Ella tenía el cabello hermoso, pero desde que había comenzado la guerra no pudo mantener su estilo de vida. Tal vez ése sea el verdadero motivo de la ropa negra, la razón del duelo. Las cosas que se pierden pero que se podrían volver a conseguir, no como la muerte que es irreversible sino como la buena vida, son las que más duelen. Lo sé porque yo conocí a un muchacho que pudo haberme hecho madre, pero desapareció mucho antes que el señor.
La señora no podía comprar la indumentaria que vio en el catálogo de la tienda de luto. Lo arrojó a un costado para que yo lo desechara. Para el velatorio le teñí las manos con cera negra para zapatos. Todavía no se le fueron las manchas.
Estuve un día limpiando el armario del señor. Trajes, camisas con mangas y cuellos amarillentos. La señora ordenó lavar algunos para donarlos. El señor tenía su armario cerrado bajo llave y no permitía que lo abriera. Dejaba las ropas que necesitaban lavarse sobre su cama. Pero yo sabía dónde escondía la llave así que le pedí permiso a la señora para abrirlo.
Encontré la indumentaria habitual del señor, pero también vestidos. Sabía que el señor había tenido otra hija de un matrimonio anterior, pero no me imaginaba lo hermosa que había sido. En el fondo del armario, tras la ropa, encontré un dibujo a mano alzada de la señorita. Tal vez sea injusto decirlo pero era más hermosa que Maca. O como una Maca adolescente, embellecida, en la flor de la edad. En el dibujo no hay signos de la pulmonía que se la llevaría.
La señora no se sorprendió cuando le dije que había ropa de una mujer. Ordenó que la donara a la dueña del orfanato de niñas de enfrente. Así lo hice. Quería deshacerme primero de los vestidos del armario, así que dejé el lavado de la ropa del señor para después. La patrona del orfanato la recibió con un susurro de agradecimiento.
Al otro día, colgué la ropa lavada del señor. Maca me miraba con esas avellanas negras que tiene de ojos. No entiende qué le pasó a su padre. Quería saber si el viaje duraría más que los otros. Le contesté que sería el más largo de todos. Después encontró un pájaro muerto y me lo trajo como si fuera un perro. Me clavó la mirada. Fue a enterrarlo.
Anocheció y bajé por la ropa, con los truenos en los oídos y ese olor a tierra mojada que traía el viento. El aire corría rápido. Las copas de los árboles se bamboleaban. Las ropas se mecían. El saco del señor mucho. Demasiado.
Entreví que en el orfanato la empleada había lavado los vestidos donados. Estaban colgados en el tendedero y me llamaba la atención el rosado, tal vez porque todo lo demás era gris. Además era el más lindo. Resonó un trueno.
Me metí en la triple fila de cuerdas del tendedero de la casa de la señora. Entonces noté un cambio llamativo.
El saco del señor se había movido dos metros del lugar donde lo había colgado. Como si se hubiera deslizado por la cuerda. Me pareció raro pero no imposible. Tenía que acomodarme el pañuelo a cada rato porque el viento se lo quería llevar. En la vereda de enfrente los vestidos, algunos pertenecientes a las niñas del orfanato, se balanceaban, ladeaban y contorneaban, como si recordaran las fiestas de antes.
Di vuelta la cabeza y algo oscuro, como un abejorro grande, me sobrepasó.
El saco del señor ya no estaba dónde lo había colgado, ni en la misma cuerda. Se había pasado de la primera a la tercera cuerda del tendedero. Me acerqué para ponerle otro broche pensando que había sido el viento.
El saco voló otra vez, me tuve que correr, y volvió donde lo había colgado. La segunda cuerda está un poco más alta así que tampoco era imposible… Pero los vestidos del tendedero de enfrente se bamboleaban con un frenesí que no parecía ser consecuencia del viento que soplaba cada vez más fuerte.
Entonces el saco del señor volvió a volar. Se poso en la segunda cuerda, luego pasó a la tercera y desde ahí, como impulsado por el estallido de otro trueno, cruzó la calle. Quedó colgando en la primera cuerda del tendedero del orfanato, cerca de los vestidos de las niñas.
El tendedero de enfrente tiene dos cuerdas. Vi como el vestido rosado se desprendía y volaba de una cuerda a la otra, como el del señor, aproximándose a la cercana a la calle. Luego volvió a su lugar en la hilera primera y el saco del señor voló hasta ubicarse a su lado.
De repente, el vestido flotó otra vez hacia la cuerda primera como tratando de escaparse del saco del señor. Una ráfaga de viento llevó el saco del señor hasta que se posicionó al lado del vestido. Los otros vestidos donados volaron de cuerda en cuerda, como si el tendedero fuera un gallinero alborotado por un gallo en celo. Confundidos, volvieron a alinearse al lado del saco del señor. Pero se deslizaban hacia los palos donde estaban atadas las cuerdas, como si el terreno se hubiera inclinado para un lado y luego para el otro. El vestido rosado seguía al lado del saco del señor.
Creo que imaginé que las mangas del saco se estiraban para tocarlo. Algo me acarició el brazo. Me di vuelta.
A mi lado, la mejor corbata del señor era tirada de la punta por la mano del viento, por lo menos eso supuse. Tensa. Como si la tela envolviera un alambre que la convertía en una flecha pronta a lanzarse.
La corbata salió disparada justo que una motocicleta pasaba por la calle. Habrá quedado prendida de la cara del motociclista porque el vehículo derrapó y quedó tirado en el suelo. Por instinto, me di vuelta.
Vi a Maca observando todo desde la ventana de su dormitorio en el primer piso de la casa. La cortina de su habitación también se movía, como si el viento se hubiera metido. Ella la sujetaba fuerte, me pareció que si no la cortina estaría volando por la habitación o se hubiera cerrado sola para impedir que la niña mirara.
El motociclista llevaba a una mujer detrás que había salido despedida por el impacto contra el suelo. Me acerqué a los cuerpos tendidos. Tenía que avisar a la señora para que llamara a la ambulancia.
Observé los ojos clavados en el cielo de las víctimas. Comenzó a llover. Algo, un pensamiento intruso, me llevó hasta el orfanato, hasta las cuerdas del tendedero.
Acaricié una de las mangas del saco del señor, ahora quieto, como si la lluvia hubiese amainado el viento o el ímpetu que hacía volar a ese pedazo de tela vieja.
Maca seguía mirando con una mano aferrada a la cortina. Parecía más alta, casi una joven. Era como si sus facciones se hubieran vuelto más angulosas. Me recordaban a las de la señorita del cuadro.
Algunas de las niñas del orfanato también lo habían visto todo desde sus ventanas. Como si el ejército estuviera pasando por la puerta.
Volví a acercarme a los cuerpos sin vida. Entonces, el saco del señor me rozó la espalda y cruzó la calle para volver a la primera cuerda, la cercana a la casa de la señora, donde yo lo había colgado. Enfrente, los vestidos donados al orfanato también se apaciguaron y retornaron a sus lugares.
Todo quedó listo, alineado, sólo me quedaba avisar a la señora para que llamara a la ambulancia y vinieran a recoger los cuerpos. La lluvia lavaba la sangre. Los párpados de la mujer pestañearon. Me clavó la mirada por un segundo.
Me recordó a otras, a la de Maca, a la del cuadro, a la del señor, pero entonces las chicas del orfanato gritaron al unísono, ya estaban trastornadas, ver todo ese vuelo de ropa y el accidente las había alterado, y el ojo de la mujer volvió a quedar fijo en el cielo, duro y opaco como las rocas que suelo encontrar en la playa.
Son las que puse en los bolsillos del saco del señor para mantenerlo quieto.
Jamás encontré la corbata del señor. El saco cuelga ahora, junto a su sombrero, en el armario cerrado con llave y con un candado que yo agregué.
De vez en cuando veo a una de las niñas del orfanato, tal vez la mayor, pasearse con el vestido rosado. Mira hacia nuestra casa.
Pensará que nos debe algo.
por Adrián Gastón Fares #blog #literatura adriangastonfares.com #terror #cuentos #lostendederos #horrorfiction #horrorfictionwriter #escritor #writer #writerscommunity #shortstory #supernatural #mystery #woman #fantasmas #oculto #ghosts #adriangastonfares

La vastedad de esta noche.

Los estrenos de cine escasean y parece que las productoras se están guardando las películas para más adelante. Lo que es razonable: ¿cuánto dinero puede pagar una plataforma para adquirir un título? Bond 25 tiene un costo de 250 millones de dólares. ¿Cómo recuperar ese dinero si no es vendiendo pochoclos, bebidas y entradas de cine?

Por suerte hay otras películas que por su costo, o incluso estrategia de marketing ya pensada, pueden lanzarse.

¿Quién piensa en el cine sin recuperación de costos? ¿Sin estrategias de marketing? Hasta los directores más reacios terminan enviando sus películas a festivales. Hay que moverla, es así.

El director de The Vast of Night (2019), al que no nombraré porque eligió con humildad que su nombre no figure en los títulos de su película, decidió sacarla del cajón y enviarla a Slamdance, el festival de cine. Según lo que leí, la produjo, escribió y dirigió aparentemente sólo para tener la posibilidad de hacer la siguiente.

Pero con esta sola ya logra tirarnos de la vista, como si tuviéramos unas manos ahí en vez de ojos, por dónde él quiere, con una seguridad que al principio es aplastante.

The Vast of Night, con su título ampuloso, resonante y cierto, porque la noche es vasta, es larga (la noche: la película es gratamente corta), donde se pueden escribir cosas como estas y hacer millones de cosas más, hasta descubrir una nave extraterrestre volando encima de tu casa, si estás de suerte y se es insistente, fue adquirida por Amazon Video, donde podemos verla.

Una película más difícil de rastrear es Driveways (2019, aparentemente aún no hay título en nuestro idioma) Bien actuada, bien escrita, bien filmada, la película de Andrew Ahn, sobre una amistad entre un niño, Lucas Jaye, y un señor entrado en años (Brian Dennehy en su última actuación) nos expone, con medida pausa, la irremediabilidad de las diferencias entre los seres humanos y las impensables (y a veces olvidadas) amistades que generan estas tiernas marginalidades.

Pero tenemos que seguir hablando de dinero. Das 5 Bloods (5 sangres, de Spike Lee) fue estrenada en Netflix y tuvo un costo de 45 millones de dólares. Lo que simplemente quiere decir que una de 45 millones puede estrenarse online pero una de 250 millones, no. Tiene lógica. Hay que esperar para ver a Bond.

5 sangres, es buenísima, qué más decir, siempre Spike Lee fue un excelente director de cine y lo sigue siendo. Recuerden que no soy un crítico de cine y que solamente hablo, o trato de hablar, de las películas que me van gustando, como si esta fuera la libreta de películas ya vistas que solía llevar cuando era chico (de niño no sabía cuánto salía producir una película, cabe destacar)

La película de Spike Lee tiene la música del gran Terence Blanchard. A Blanchard también lo encontré haciendo la música jazzera de una serie estrenada hace poco, que chusmeé porque me gustan las historias sucias de detectives: Perry Mason.

Por último, voy a nombrar una miniserie documental cuyo primer capítulo tiene una buena narración, muy acorde a lo que cuenta:

I´ll be gone in the dark (2020) es un documental sobre la escritora (y bloguera) Michelle McNamara. Y sobre su asesino (no me refiero al que terminó con ella, no se apresuren, sino al que ella siguió a toda costa)

McNamara escribía en su blog sobre asesinos seriales e investigó con obsesión (siempre digo que sin obsesión no tendríamos luz de noche, por ejemplo) a uno de los más abocados y menos conocidos representantes de este temible gremio: the Golden State Killer. No diré mucho más: está disponible el primer episodio en HBO. En español el libro de la escritora, póstumo, se llama: El asesino sin rostro. Estas obsesiones sanas como inventar la luz eléctrica o seguir los rastros de un asesino son las que nos hacen humanos…

Algo más, me quedaba por ver en estas noches de cine pos-escritura una película de Wong Kar-wai: The Grandmaster (2013)

La película es sobre el maestro de Kung Fu (Kung Fu, el arte marcial, viene de Kong Fu Tsu, o sea de Confucio; Octavio Paz tiene la culpa de este paréntesis), Yip Man (Ip Man) maestro de maestros de las artes marciales, uno de sus discípulos fue Bruce Lee.

La película es hermosa. Kar-wai eleva dimensiones en el cine que a veces nos olvidamos de percibir fuera de las pantallas (capas de imágenes, esas texturas… como ya lo había hecho en In the Mood for Love)

Recuerden que el arte de elegir una buena película o un buen libro es el más difícil de todos. Lo es para cada persona. Es azaroso, imprevisible, y es tan grato que si lo logramos, se parece a la aventura de crearlas o escribirlos.

Y lo que descubrimos en esos sueños compartidos que son las películas, y que también son los libros, es difícil de transmitir con palabras. Mueve a la sangre como la luna afecta a las mareas.

Adrián Gastón Fares

Escritor, Productor de cine, Director de cine

(PD: Aguante los pedazo-de-actores Will Ferrell, Rachel McAdams y Eurovisión: La historia de Fire Saga. Ya no dudo de que existen los duendes)

El nombre del pueblo. El nombre. 17.

Luciana se sentó a mi lado en el recreo. Estaba preocupada por mis ojeras. Me mantuve callado. Sin embargo, ella siguió junto a mí. Las compañeras la molestaron por eso. Dice que no importa, ya que su madre puede echarlas cuando quiera. ¡Qué tonta que es!

En las clases, muchos de los chicos permanecen callados y noto en las miradas de algunos cierto brillo que me hace pensar que entienden algo. Sin embargo, otros me ponen el cesto de basura abajo del pizarrón, en el medio, para que al desplazarme escribiendo me lo lleve por delante. Siempre lo hago. No puedo evitarlo.

Pero Luciana realmente se hace querer. Hoy a la tarde gritó cuando iba a llevarme el cesto por delante.

Volvía a casa cuando escuché un motor (un sonido grave, de los que suelo oír más) a mis espaldas y me alcanzó el coche de mi hermano. Sacó la cabeza por la ventanilla y me citó mañana a las tres de la tarde en el restaurante. Dijo que allí me encontraría con alguien. Lo seguí con la mirada cuando doblaba en la esquina y sospeché que estaba preocupado por otro asunto. Decidí pasar una vez más por la casa de la mujer parecida a mi prima. Caminé lo más rápido que pude y al doblar la esquina tuve que esconderme. Ahí estaban los dos. La mujer, de pie en la vereda, escuchaba lo que mi hermano le decía desde la ventanilla de su coche.

Me asomé. Confirmé las sospechas: ella lloraba mientras mi hermano le hablaba. La escuché gritar. El coche de mi hermano arrancó hundiendo los neumáticos en el asfalto.

Al asomarme otra vez la vi parada junto a la reja de su casa. Desconsolada, se llevaba un pañuelo a los ojos. Decidí volver por donde había llegado.

Creo que mi hermano quiere aprovecharse de esta mujer. Tal vez tiene un amorío y ella pretende más. De cualquier modo, el parecido con Malva, mi prima, es notable.

Mañana debo encontrarme con quien sea en el restaurante.

Y como un fantasma no respeta ninguna cita, me parece que mi hermano reclutó algún viejo vagabundo para que me explique cómo llegó a sus manos ese medallón. Si es así, aprovecharé para fingir que tiene razón.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El nombre. 15.

En el recreo comía una manzana refugiado de la lluvia en la glorieta del jardín de la escuela cuando Luciana se acercó. Me contó lo que decía de mí su madre y quiso saber por qué había vivido de esa manera siendo un hombre culto. Le contesté que no tuve opción, que no se elegía vivir de una u otra manera sino que algo pasaba y entonces había que atenerse a eso. Mi respuesta la puso muy triste. Me dijo que el mundo así no servía y que uno tenía que superarse. Agregó que si ella alguna vez se enamoraba de un fantasma –me di cuenta que repetía las palabras de su madre–, entonces lucharía para que ese amor se esfumara. Yo no estaba muy locuaz ni alegre, y después de unos minutos de silencio, ella se alejó dejándome solo y deseando su compañía.

Fue un día difícil, mis presentimientos eran fundados; mi sensibilidad es peligrosa y mi falta de subjetividad por no haber tenido audífonos (tratamiento, claro hasta ahora acepté cosas que no debería haber aceptado porque cualquier persona que me traducía algo valía mucho) es evidente.

Al volver traté de evitar las calles transitadas del centro y corté camino por el barrio residencial. Por ahí vi a un hombre arreglando uno de los faroles del alumbrado.

Atardecía y las luces estaban todavía apagadas –no se prenden hasta las siete–. Me llamó la atención que arriesgase su vida tocando cables bajo la lluvia. Noté que el extraño llevaba unas antiparras y de vez en cuando me miraba. Estoy seguro que no estaba trabajando en esas luces, sino que era una excusa que le permitía tener una atalaya donde quisiera a fin de seguir mis movimientos y, quizá, los del asesino.

A pesar de que Falcón no me dijo nada al respecto, sospecho que ese hombre es el asesino de Obel. ¡Qué otra persona andaría bajo la lluvia arreglando faroles! Alquien que ya no le importa la muerte. Alquien que busca más allá de su propia muerte algo que nunca encontró en la vida.

por Adrián Gastón Fares.

 

El nombre del pueblo. El nombre. 14.

Escribo por primera vez de mañana, nunca lo hago, pero tuve un sueño. En él estaba mi madre.

Otra vez niño subía ansioso el médano de la playa. Era de noche. Se oía el estrépito de las olas rompiendo en la Lengua, pero en vano intentaba llegar a la cima del médano; a unos metros siempre resbalaba y caía dando muchas vueltas. Una de las caídas fue más prolongada y supe que sería la última. Al levantarme estaba mirando el sendero que llevaba a mi casa, por el que siempre me acercaba a aquellos médanos. Al darme vuelta los vi más grandes en el sueño, casi montañas que franqueaban el acceso a la playa. Entonces una sombra pasó cerca de mí y me asusté. La seguí con la vista. Era una mujer. El vestido verde claro reflejaba la luz de la luna, el pelo oscuro y enrulado acariciaba los pálidos hombros. Reconocí a Malva, que esta vez había llegado al pueblo y se dirigía a mi casa. Pensé en el sueño que tal vez estuviera reviviendo el pasado. Sin embargo, yo era un niño; estaba en el pasado.

Entonces un relámpago dividió el cielo en dos y pensé que si era ese día Castillo rondaba la playa. Corrí hasta los médanos y al llegar a la cima caí sobre mis rodillas. Allí estaba el hombre, su cuerpo creciendo mientras subía los médanos del lado del mar. Yo hincaba las rodillas en la arena y lloraba.

Rápidamente me di vuelta y descendí, mejor dicho resbalé, hasta Malva, que seguía alejándose del médano sin escuchar mis gritos. Cuando la alcancé puse mis manos en sus hombros. Se volteó.

Aquella no era Malva. El pelo ahora se había vuelto claro, los rulos habían desaparecido, y aunque conservaba su vestido verde, el rostro inundado en lágrimas que me miraba era el de mi madre. Grité que Castillo la mataría a ella también, que había llegado el bergantín. Mi madre escondió la cara en sus manos. Al darme vuelta vi que Castillo nos alcanzaba. El puñal de doble filo chorreaba sangre. Ahora nosotros alimentaríamos su venganza. Entonces desperté.

Si me teoría de los sueños no falla, y sé que no, mis pensamientos de este día estarán filtrados por esta pesadilla. Mientras me aseaba –ya salgo para el colegio– no pude evitar acordarme cómo habían encontrado el cuerpo de mi madre en la playa, hinchado y con los ojos comidos por los peces. Un amigo me lo contó cuando tenía dieciséis años, siete años después de la muerte de mi madre, y jamás lo pude olvidar. Si tuviese que hacer lo que ella hizo me aseguraría que mi cuerpo jamás fuese devuelto a las playas de este mundo. Si alguien entonces me ve, así, sin ojos y panzudo, seré recordado.

Hoy no será un día fácil. Por la noche viene Daniela y tendré que escuchar sus pavadas. Ella hace que Amanda resulte entrañable.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El nombre. 12.

 

Son las cuatro de la tarde. Releí el diario y encontré la última nota. El que golpeaba era Ernesto, el oficial. Venía a informarme que no volveré a ver a Lorena. La asesinaron como a Martita. Hoy sí que me arrepiento de haber profanado esa sepultura.

Soy el culpable de todos los sufrimientos. Sé que nunca quise dañar a nadie, pero importa tan poco ahora.

¿Qué perro es el que aulla tras mi puerta? ¿Qué poder desperté en los muertos? ¿Cómo es que Castillo vuelve a transitar este pueblo?

El pobre Kaufman está preso. Falcón lo indagó. Como seguía borracho dijo muchas pavadas. Yo soy, quizá, el único que puede salvarlo: sé quién es el verdadero culpable. Me refugié a escribir, tras haber pasado las pericias de Falcón que, por cierto, fue bastante amable conmigo y en ningún momento insinuó que yo fuese un sospechoso. El comisario dijo que me contaría los pormenores.

Ahora Cartasa, la fría prisión de Obel, espera el juicio a Kaufman: allí, en pocas horas, y debido al encono que nos tienen los pobladores de ese pueblo, matarán a ese prisionero del pueblo sin nombre. Ellos no temen lo que la historia pueda reclamarle.

¿Cómo temer los reproches de un pueblo que jamás será recordado, que se perderá, como yo y todos lo que aquí hemos nacido, en la noche de las noches, aunque siga existiendo para siempre? Porque, si yo no me equivoco, el resto del mundo nos ignora.

Nadie sabe quiénes somos ni dónde vivimos ni cuáles son nuestras costumbres, ni –y cómo iban a saberlo si nosotros mismos lo ignoramos– quiénes pisaron por primera vez estas tierras y con qué intenciones. Nuestros ancestros quizá fueron unos tontos.

Pero hoy es tan grande mi tristeza, que llegué a experimentar en mí mismo el final de una historia antigua. La leí una vez, apoyado en el tronco de un sauce, y mis pensamientos fueron sorprendidos por lo que ese relato sugería. Una de las peripecias del personaje de esta novela, escrita por uno de nuestros primeros escritores –que, ¡ay!, no firmaban sus libros– y ambientada en una imaginaria ciudad, era el paso por un terreno baldío del que no había salida. El chico iba allí a juntar ranas con sus amigos y cuando intentaron volver a sus casas para merendar descubrieron que los yuyos se habían convertido en inmensas matas y cuando se acercaron, un tigre salió a enfrentarlos.

En ese momento, ellos advertían que el tigre no era más que un hombre disfrazado. Sin embargo, los matorrales seguían alzándose, infranqueables, y los amigos no encontraban la salida. El protagonista, recuerdo que su nombre era Luisito, entonces se adelantaba y enfrentaba al tigre con esta pregunta.

“¿Por qué se escondé, señor, bajo esa manta?”

Ya que los chicos se habían dado cuenta que el artificio del tigre no era más que una sábana oscura donde habían pintado las fauces de ese animal. Un ventarrón, entonces, volaba la manta y surgía un tigre de verdad, que rugía como un trueno y tenía garras que arañaban y desplazaban el aire, despeinando el flequillo de los chicos. El felino, antes de devorar a los tres niños y ser luego muerto por Luisito –lo atragantó con un fruto de esa imposible selva–, repuso: “Nunca debieron preguntarlo”

Hoy recordé la historia, y con ella, la que a mí me sugirió. En ésta, el tigre seguía siendo hombre y los chicos vagaban muchos años en el terreno baldío devenido selva, preguntándose cuál era el error de esa magia, en qué se había equivocado ese dios que bien sabía convertir los yuyos en gigantescos árboles pero que les había mandado un tigre tan patético. En mi historia, el hombre que pretendía ser tigre seguía rondando a los chicos y trababa de asustarlos sin efecto alguno hasta que, ya anciano, fallecía.

Los chicos –lamento que Luisito jamás pueda convertirse en héroe; en el libro lograba salir del terreno baldío, abandonaba la ciudad y tras innumerables desventuras fundaba un pueblo–, no duraban mucho más; morían de tristeza y soledad porque no sabían qué hacer en la selva, y porque no habían sido comidos por el defectuoso tigre.

Soy el hombre que debió ser tigre, viejo y triste, perdido para siempre; pero si levantan la manta, descubrirán que también soy los chicos. Y que toda mi vida fue el resultado de un error.

por Adrián Gastón Fares.

El nombre del pueblo. El nombre. 7.

En cuanto al trabajo estoy de parabienes, la tormenta persiste y la escasez de peces, debido a las olas bestiales que cruzan el mar, hizo crecer la demanda de gansos. Kaufman no vaciló en visitarme.

Con una bolsa cubrí a los gansos y a mi cabeza, y enfrenté las calles. Durante toda la mañana vendí cinco gansos y llegado el mediodía decidí probar en el barrio de los ricachones.

Iba por estas calles soportando el peso de la vara sobre mi hombros y otro, mucho peor, sobre mi conciencia.

La figura de Martita no me abandonaba, supuse que yo había sido el causante de su muerte al no llegar antes para verla. Ahora, mientras escribo, estoy convencido de que no tengo la culpa y que el asesino ya debía tener todo planeado. Por lo menos, es lo que me explicó Falcón cuando terminé mi ronda con los gansos.

Pero me estoy adelantando. Si pretendo sacar algo limpio de este diario leyéndolo algún día no debo adelantarme. Tampoco si quiero ordenar mis pensamientos. No estaría mal volver a la caminata.

Iba por la vereda de la calle treinta y tres, la que está brotada de durazneros y olivos, cuando un coche se detuvo. Era, lamentablemente, mi hermano, que me saludó agitando la mano y señaló la vara con los gansos. Me preguntó, con ironía, qué andaba haciendo. Contesté que se podía ver. “No creo que vayas a ganar mucho con eso”, auguró con una sonrisa. “¿Por qué no te venís a tomar un café con los muchachos?” Me negué y cada uno siguió su camino.

No sé en qué anda mi hermano, pero lo vi pasar varias veces. Iba muy serio al volante y cruzaba velozmente las esquinas con el afán de que no lo descubriese. Más tarde pasé por su casa, y Alma me saludó desde el jardín agitando la cabeza bajo el paraguas. Su frente, que solía alzarse con un dejo de altivez, estaba arrugada y baja. La mujer parecía no decidirse a salir de su casa.

Pero lo raro de este día fue haber visto a esa chica.

En la calle treinta y siete doblé y enfilé la setenta. Por ahí iba cuando vi parar a uno de esos taxis rojos y blancos de Obel. Me detuve en seco al ver las piernas que se asomaron al abrirse la puerta trasera. Las medias eran blancas y brillaban en esa cuadra gris, más gris que nunca en estos oscuros días. Al bajarse del taxi pude ver cumplida la promesa de sus piernas y el cuerpo se elevó como impulsado por el viento suave que mecía las ramas de los olivos.

Mientras la chica se acercaba para abrir la reja que daba al jardín de su casa pude observarla mejor. El pelo rubio no evitó que me recordara a la Malva de la fotografía encontrada en el cementerio. Apreté los pasos para ver más. A veinte metros estaría, cuando ella cruzó la reja.

Fue en ese momento que escuché el motor de un coche y vi al de mi hermano cruzar la esquina. Esta vez iba muy lento y al principio pareció no temer que lo viese. Sin embargo, súbitamente aceleró y desapareció.

Hay algo que tengo que tener claro: esa chica no puede ser Malva. Ella rondaría los cuarenta y la que vi no tiene más que veinticinco. Hay otra razón muy importante por la que no puede ser ella y es que está muerta. Si no logro convencerme debe ser porque los peores temores de mi hermano sobre mi salud mental son fundados. De todas maneras, sé que lo que vi fue una persona y no un juego de mi imaginación. Los hechos circunstanciales, el taxímetro de Obel y el viento que la despeinaba, me aseguran que no fue un truco de mi mente.

Pero entonces, tal vez sea peor. ¿Quién es esa mujer que se parece tanto a Malva? ¿Qué anda haciendo mi hermano dando vueltas por esas calles sin razón aparente? Más allá de estas dudas, sé que es nefasto porque esa chica está más lejos de mí que Malva muerta. Ninguna mujer querrá conocer a un vendedor de gansos.

Once vendí. A la vuelta me encontré con Lorena, una de las hijas de don Trefe. Juan y yo jugábamos con uno de sus hermanos cuando ella era muy chica. Entonces buscábamos tesoros que previamente escondíamos y simulábamos alegría al encontrarlos. A Lorena le decían “ruda macho”. Hoy pude comprobar que los años no les caen mal a todas las personas y algunas mejoran hasta lo increíble. Lorena sonríe apretando sus labios y extendiéndolos, aunque no sé si esto es realmente una sonrisa o una mueca que hizo cuando dije algunas pavadas. Tiene ojos negros.

Es extraño, pero empiezan a cruzarse mujeres en mi vida. Antes estaba tan solo y de repente me encuentro desvelado en las noches con los recuerdos de nombres y caras.

La chica me confesó que estaba muy contenta de que me alejara de la playa y de que me decidiera de una vez a tener una vida propia. Me contó que se había peleado con su novio y afirmó que despreciaba a los hombres. Traté de explicarle que no todos somos iguales y ella sonreía cuando sentí que me tiraban de los pantalones.

Al asqueroso pequinés de Amanda no le alcanzaban los dientes para morderme los cordones de mis zapatos. La patada que le di lo lanzó por el aire. Amanda venía con una bolsa repleta de verduras y se disculpó con una inclinación de cabeza. Parecía muy enojada.

Dejé a Lorena y caminé hasta la comisaría.

Falcón me preguntó si quería defenderme “con esa cosa”, refiriéndose a la vara. Le expliqué lo de los gansos y me dijo que ya sabía y me preguntó qué quería. Repuse que enterarme de las nuevas. Dijo que no había ninguna noticia importante más allá de que pensaba que el asesino era del pueblo. Me prometió que investigarían el caso y me acompañó hacia la puerta.

Antes de irme me preguntó, guiñando el ojo, si ya sabía a quién iba a votar para las elecciones. Sonrió cuando repuse que ni siquiera lo había pensado.

Estoy muy cansado, y no menos confundido. Espero que mañana a la noche mi lápiz corra más firme por estas hojas.

por Adrián Gastón Fares.

PD: Hoy (ayer) rodeé el cementerio de Recoleta, un guitarrista cantaba Aleluya (Hallelujah), de Leonard Cohen, pegado a la pared del cementerio, di una vuelta, caminé un poco más, y una violonchelista tocaba Aleluya de Leonard Cohen, más pegada a esa pared que guarda lo que no se puede guardar. Más tarde, salí otra vez, caminé por Corrientes y una vocalista cantaba Aleluya, de Leonard Cohen. La cuarta, la quinta, la menor cae y la mayor aparece… dice. El mundo, a veces, es difuminante, imitativo. Estas cosas van más para la entropía y una novela de Thomas Pynchon que para la realidad. Pero parece que la realidad imita al arte a esta altura de los años y los siglos. Y por eso hacemos cosas. (Y también por eso no las hacemos, un poco de amor es necesario, empatía -palabra que repiten y yo también-, reconocer, dejarse ir, hemos perdido el camino a lo irreal que es lo que nos hizo seres humanos)

 

 

Mr. Time Fotografía Adrián Gastón Fares Escuela en Buenos Aires

Llegar a Mr. Time

En una de las últimas elecciones de este país fui a votar a un colegio como suele pasar. En mi mente ya estaba el germen de Mr. Time (Señor Tiempo) una historia más clásica que Gualicho, pero tan motivadora para mí, y original, como el guión que ganó el premio Blood Window Ópera Prima Largometraje de Ficción Género Fanstástico 2017 del Instituto de Cine Argentino (INCAA)

Mientras esperaba en la fila del colegio, que queda a la vuelta de mi departamento, comencé a fijarme en los cuadros con fotografías antiguas. Esta es la que más me llamó la atención. Así que saqué mi teléfono y tomé la foto.

Mr. Time Fotografía Adrián Gastón Fares Escuela en Buenos Aires

Mr. Time Fotografía Adrián Gastón Fares Escuela en Buenos Aires

Esta fotografía tal vez sea más acorde a la secuela o precuela de Mr. Time que a lo que quedó finalmente escrito.Poster-Mister-Time-by-Adrian-Gaston-Fares-New-685x1024.jpg

Esto es sólo el afiche de producción de Mr. Time. Faltan muchos personajes ahí que ya agregaremos si vuelvo a colaborar con Santiago Caruso.

Las ganas de escribirla como novela rondan seguido. Hacer esa adaptación que me han sugerido. Ya veremos.

¡Feliz semana de brujas!

¡Saludos!

Adrián Gastón Fares

PD: Ayer me llegó esta noticia de WordPress. Doce años que estoy escribiendo y llevando adelante este blog, sitio, como quieran llamarlo.

12 años en WordPress Adrian Gaston Fares El sabañon.jpg

 

No es humo. Cuento.

Hubo un tiempo en que mirábamos la forma de las nubes y un día no pudimos entender cómo lo hacíamos. Eran nubes. Y sabemos que las nubes tienen muchas formas. Buscamos las palabras adecuadas para nombrarlas. Pero son nubes, deshilachadas, apretadas, compactas, estiradas, manchadas. Inasibles. Nubes que pasan.

En cambio, nos habíamos aferrado al alcohol, cuando nos reuníamos a las cinco de la tarde a comer un queso duro con un vino tinto y la reunión seguía hasta altas horas de la noche y terminaba en algún boliche donde nos agarraba el bajón.

Las personas buscan lugares para acomodar sus ilusiones. A veces puede ser el gimnasio —llegué a sentirme mal por faltar un día—, la comida, el café, los amores, y la meditación. Son vicios. Según como se vea, el alcohol y apagar la luz a la misma hora todas las noches son vicios que tienen consecuencias, beneficios y desventajas, y que sirven para sermonear a los demás. Lo que algunos llaman obsesión, otros lo hacen pasar por amor. Lo que algunos creen que es delirio, otros lo catalogan como obra de arte. Sin una mujer o un hombre obsesionado el mundo estaría vacío. El vicio y la obsesión van de la mano, y si bien aprendimos que podíamos vivir sin mirar las nubes para encontrarle formas, estoy bien seguro que no podemos vivir sin nuestros quehaceres, sin nuestras obsesiones, sin nuestros vicios, sanos o malsanos, dignificantes o nefastos, menores o mayores, agradables o asquerosos.

Martín tenía uno de los vicios que fueron importados de este lugar en el mapa, el Nuevo Mundo. Fue considerado un remedio, un anestésico, curador de todos los males, un relajante, una panacea para la amistad y el pensamiento, y luego denostado por los médicos del siglo veinte y los muertos que no pueden hablar. El tabaco.

No se la agarró con el tabaco de chico.

Un día, estábamos pasando las vacaciones en Miramar y mi hermano se había dejado un atado de cigarrillos arriba de la heladera. Estábamos medio borrachos. Martín, que tendría unos veintitrés años, tomó el paquete, sacó un cigarrillo y lo prendió. No tosió ni nada. Lo fumó. Su primer cigarrillo. Su primera humareda. Algunos asan carne y maíz, otros fuman o hacen las dos cosas. Era para demostrar la hombría, la rebeldía de la mujer, lo que fuera que nunca se hubiera imaginado el cura que llevó el tabaco a Europa y los médicos que por más de cien años dijeron que era un remedio.

El caso es que con el tiempo, con las vueltas jodidas de la vida, Martín se volvió bastante adicto al remedio indígena-colombino, el tabaco. Hasta hace un año los armaba, compraba papel, filtros y tabaco suelto, natural, orgánico, y con una maquinita hacía sus propios cigarrillos que fumaba casi uno tras otro. Yamila, que no fumaba, lo odiaba por eso. Pero también lo quería. Y no fue el cigarrillo por lo que lo dejó. Martín había renunciado a su trabajo, y otra vez estaba intentando convertirse en un periodista deportivo. Había estudiado eso y en vez de relatar partidos, lo que hacía era pasarse las tardes sentado en una oficina oscura, sin baño (estaban en el pasillo) ni comedor. Sin el verde de la cancha, decía.

Al principio Yamila aplaudió la iniciativa de Martín, pero cuando vio que las cenas en restoranes escaseaban, que Martín ya no podía pagar en el supermercado como antes y que contestaba con evasivas sobre el futuro, aunque quería construir una casa, quería tener una familia, como me decía él a mi también, bueno, ella dijo que se iba a llevar lo suyo y que se iba. Acto seguido, lo dejó.

Después de que ella se llevara las cosas fui a visitarlo. Lo encontré sentado al borde de la cama. No estaba muy triste. Estaba preocupado y más que nada derrumbado, resentido, de la manera más ingenua, como era él, como un nene, porque esa mujer lo había dejado. No daba resultados, ella le había dicho. No lo podía creer.

Le dije que lo tome como más le venga, pero que no se pusiera triste y mal como con la anterior. Martín había estado mucho tiempo melancólico y deprimido antes. La culpa casi lo destroza. En un hombre que no está demente la culpa mata. Los locos malos, como les digo yo a los psicópatas, no sienten culpa, y si la sienten, es una buena imitación.

Para Martín en la relación anterior, no con Yamila sino con la otra, como decíamos, todo lo había hecho mal. En la ruptura amorosa es común que empecemos a revisar nuestro pasado para descubrir dónde fallamos. Él había errado en todo. O por lo menos en muchas cosas que los demás le habían hecho ver que era así, en especial su exnovia. Eso casi lo mata.

Pero salió adelante, se buscó otro trabajo, consiguió otra novia sin muchas vueltas. Venían a mi casa a tomar cerveza. Mi gata se sentía bastante cómoda con Yamila. En cambio, el que estaba incómodo era Martín, porque en el fondo debía saber que Yamila no lo quería como a mi gata. O peor aún, que Yamila no podía querer, como yo le dije una vez.

Soy psicoanalista, mi padre es psicoanalista también. Mi familia atesora muchos libros, más que la de Martín que fue el que se puso a escribir de verdad cuando se dio cuenta que nunca iba a ser un gran jugador de fútbol. No le daba la cabeza para eso, decía, con una sonrisa.

Me asombró no oler el olor rancio del tabaco ni en su apartamento, ni en su ropa, no verlo con un cigarrillo en la mano. En cambio, tenía un cacharro metalizado sobre la mesa de luz. Brillaba. Yo ya los conocía porque mis compañeros en el hospital salen afuera a recibir los pedidos de líquidos que hacen, de resistencias, alambres, y muchas otras cosas para mantenerse entretenidos. Cigarrillo electrónico.

Lo agarró como si fuera una botella, pegó una calada honda, expulsó el humo (el vapor me corrigió él enseguida) y su habitación quedó grisácea. No le sentí olor, pero me picaba la nariz. Soy bastante sensible, veo poco, huelo mucho.

Ese día terminamos con unas cuantas cervezas encima. Al final del día, noté opaca la mirada de Martín. Era por el humo del cigarrillo electrónico, pero también porque se había dado cuenta que ahora tendría que estar solo. Y a conocer mujeres en esa aplicación de mierda. Prefería la soledad, dijo. Y así lo dejé.

Hubo varios problemas en el hospital esa semana. Un compañero se deprimió porque perdió sus ahorros, otro empleado fue también abandonado por su esposa, mi amiga Marita era maltratada verbalmente por su esposo alcohólico, al que igual amaba hasta la muerte, según ella, y puedo afirmarlo porque nunca accedió a salir conmigo y por eso terminamos siendo amigos.

El fin de semana llevé un vino a lo de Martín, que festejaba su cumpleaños número treinta y ocho, y hablamos toda la noche, hasta que por el vapor del cigarrillo electrónico apenas nos veíamos. El aparato parecía un arma. Ahora parece un presagio. Pero en ese momento pensé, lo sostiene como si fuera un arma, con el atomizador —Martín me enseño todo sobre el vapeo— sobresaliendo del Mod que quedaba apretujado como si fuera una naranja de las que a mí me gustan exprimir a medianoche.

Cuando estábamos bastante borrachos, Martín aseguró que veía cosas raras.  Yo le contesté que no veía mucho por el humo que me estaba tirando. Un poco para embromarlo. Y se quedó mirando el vapor espeso —glicerina y propilenglicol, y un aroma a canela mezclado con algo dulzón— y me contestó que no era joda. Que veía fantasmas. Que había estado toda la semana perfeccionando la manera de verlos.

Giré la cabeza para mirar al vapor que daba vueltas gracias al aire que entraba por la persiana baja. Comprobé que no veía ningún fantasma sino espirales de humo que en un momento estaban juntas y luego se separaban para fundirse con el resto del universo —una polilla que dormía en el techo del comedor de Martín.

Martín me dijo que no los veía (¿qué cosa?, pregunté yo; a ellos respondió) porque faltaba más humo, más vapor. El líquido que estaba usando tenía poca glicerina vegetal por lo tanto era menos denso y además debía comprarse un atomizador más potente y un Mod que permitiera vapear con temperatura o por lo menos que le diera más margen de wattage. Me pidió que no lo dejara solo. Pero que tratara de volver pronto.

El miércoles que siguió a ese fin de semana fui a lo de Martín, después de aguantar a Marita llorando porque su marido parece que encima de maltratarla andaba con otra, y de que no aceptara caer en mis brazos como compensación a su infortunio. Quería hablarle de Marita a Martín. Pero no me dejó. Me dijo que los había avistado otra vez como si se tratara de marcianos. Usó esa palabra y me explicó que era porque tenía que estar relajado, tenía que hacer una gran vaporada, la más grande que pudiera, con las resistencias adecuadas. Y empezó a hablar de ohmeaje, de las resistencias que armaba, mientras desenroscaba unos alambras que tenía en la pieza, entre los libros, como si un alambre llevara al universo de Bernhard y el otro conectara con el de Salgari. Tenía un enjambre sin avispas construido por nichrome ochenta veinte, chromalfe, y acero inoxidable. En algunos extremos de los alambres colgaba una etiqueta que describía sus milímetros y qué tipo de alambres eran.

A ellos los había descubierto probando el atomizador de su equipo de vapeo con una resistencia de cero coma veinticinco ohms. Como no entendí porque estaba al tanto de ese mundo pero no era un experto, me explicó que según las vueltas que daba a su alambre la resistencia era más alta o baja y que había tratado de armar la más baja posible para hacer más vapor y que ellos aparecieran. Lo más cercano a cero que aguantara. Los extremos se tocan, la nada y la materia, lo visible y lo que creemos inexistente pero que está ahí existiendo, proclamó como si me estuviera enseñando.

A esa altura, confundido como estaba yo con Marita y el sermón sobre vapeo de Martín, que había terminado en lo metafísico, como entienden lo metafísico mis colegas, digo, tenía ganas de rajarme de su casa cuanto antes. Para colmo, Martín pegó una humareda que me dejó rápidamente atrás y con la vista clavada a mis espaldas afirmó que ahí estaban. Cuando me di vuelta, ya era tarde, ellos habían desaparecido. Lo saqué de la casa. Fuimos a la cervecería.

Le pedí que me contará todo lo que veía. Le dije una mentira, que yo creía en fantasmas, que los había visto de niño y que por eso me había dedicado al psicoanálisis. Él me contestó que pensó que era porque mi tío se había suicidado, pero lo negué. Eran los fantasmas. La amistad se construye viviendo aventuras y no con información. Empezó a sonar Wigwan y me creí más vivo de lo que soy. Quería oírlo todo, le dije. Martín me dijo que no quería contarlo pero que lo iba a contar. Que la gente se pensaba que había que leer ese poema Sí…  de Kipling y ser estoico pero que eso se debía a que no habían leído a todo Kipling, que no habían leído Algo de mi mismo, y como Kipling criticaba a medio a mundo ahí y era terrible, bien terrible. Los poemas son nada más que poemas, y un buen partido es un buen partido, zanjó uniendo al país y a los charlatanes del mundo.

Al segundo día de estar encerrado en su casa, sin encontrar el camino para convertirse en periodista deportivo, ningún amigo de la facultad lo pudo ayudar a que encontrara su trabajo soñado, ni él tampoco, admitió, porque no le habían contestado ningún email de los doscientos que había enviado, tranquilo, comenzó a usar su aparato de hacer vapor. Fumaba —vapeaba me corregiría él— y se iba relajando. Había empezado con nicotina, pero se había pasado a cero miligramos, para que las nubes fueran más espesas y para sentir más el sabor de la cereza de uno de los líquidos que decía que lo inspiraba para que ellos aparecieran, para verlos.

Le pregunté qué eran. Me contestó que eran lo que yo había visto de chico. Dos fantasmas. Quise saber de quienes. Y me dijo que no sabía, que en otros apartamentos de su edificio había muerto gente, pero que en el suyo, según el portero, nadie. Le dije que tal vez habían muerto antes de que entrara a trabajar el portero actual. Contestó que podía ser.

Le pedí que me describiera a sus fantasmas, como si estuviera en mi consultorio en el peor de mis días. Abrió la boca y se quedó con la boca abierta. Trató de abrirla más pero no pudo.

Eso. Veía una boca. Como la del disco de The Wall, me decía, pero con dientes afilados y ojos serpiente. La vio cuando expelió el humo en el baño y se quedó mirándose al espejo. Estaba ahí. A sus espaldas. Esa boca enorme que quería engullirlo dijo y que salió volando por la ventana del baño. Suspiré, ya medio borracho pero entretenido más que preocupado por la historia que se había armado Martín. Lo dije, algunos se entretienen pegando estampillas, armando pulseras con semillas, coleccionado imanes que pegan en las heladeras, y Martín se había evadido con la ayuda de esos alambres que decoraban su potente biblioteca y con los líquidos que calentaban esas resistencias armadas por él mismo. Quise saber qué más tenía para contarme.

Afirmó que eran dos.

Que paseaban por su casa. Que se movían en el suelo, sobre el parquet a veces, como si estuvieran frotándose el uno al otro, que salían al balcón a mirar las flores ahora marchitas en el cantero de plástico abandonado cuando él también lo hacía, que parecían flotar sobre las cenas que él se preparaba como admirándolas, que querían tomar su vino; eran dos. Intenté que los describiera. Y me dijo que la mujer tenía pelo corto y que el hombre era parecido a él, de la misma estatura y con ese tipo de barba puntiaguda que él había tenido y ya no tenía.

En ese momento se me acabó la paciencia y le dije que se callara la boca, que lo que estaba viendo era a Yamila. Me dijo que Yamila no tenía pelo corto. Y para qué, porque dijo que tal vez no veía el pelo de la mujer porque le faltaba vapor.

La mujer era alta y tenía las manos largas. Parecía más esos extraterrestres que vemos en las películas me dijo. Recordé que ET no era alto. Él no quiso oír y sólo contestó que el hombre tenía una sonrisa que le molestaba muchísimo. Y la mujer solía abrir la boca para gritar. Que debía ser la mujer lo que vio atrás suyo frente al lavabo a través del espejo.

Esa noche terminé en su casa entre abultadas nubes amarillentas de vapor. En un momento creía ver una forma en espiral que parecía una rosa y una mano que la sostenía, pero no era más que mi imaginación. Martín dejó en claro que conmigo no querían aparecer. Me fui a mi casa. Al rato me llamó para pedirme permiso para pasar la noche. Acepté su propuesta pero con la condición de que sólo tirara humo en el balcón.

Vapeó por todos lados, no vio ningún fantasma, ni yo tampoco. Y se levantó a las cinco de la mañana a los gritos. Me acerqué al sillón en el que dormía y me dijo que lo que había visto en su apartamento era tremendo. Que al abrir la bañera había observado a dos formas compuestas de vapor que se abrazaban, que se convertían en una y que una forma más pequeña, de un metro, parecía salir de los dos con la mano tendida como para que él la despegara de las otras dos formas oscuras.

El vapor en la cantidad justa los hacía sobresalir. Siempre habían estado ahí para él. La glicerina resaltaba sus contornos, los acariciaba, los llenaba, en fin, los formaba en sus desplazamientos porque eran aire y eran pasado o futuro, no sabía qué eran pero estaban ahí en el presente gracias a esa resistencia y al algodón orgánico que los desnudaba como si fueran el primer hombre y la primera mujer.

Volví al hospital, a aguantar a los pacientes con los dedos amarillos que me daban ganas de comprarles a todos esos vapeadores del demonio, y a mí mismo. Tenía ganas de tomarme un vodka con Marita que amaba más que nunca a su marido. El hijo de puta estaba intentando dejar la bebida. Me había afectado un poco el estado de mi amigo, tenía miedo de que volviera a caer en la anomia de la separación amorosa anterior, será por eso que les puse a los pacientes una película donde el protagonista se termina suicidando. Por suerte, mis superiores la habían aprobado, y la familia de los pacientes en general venía poco y nada, así que no pasó nada. Dos pacientes me cancelaron esa semana. Así que no tenía mucho que hacer después del trabajo más pesado. Le avisé a Martín que iba para su casa con un vino tinto, que él preparara una picada.

La puerta estaba entreabierta y me costó encontrarlo al principio. El vapor llenaba todo el comedor. Me pareció entrever a dos personas que se elevaban desde el suelo al techo como si estuvieran saltando, pero con más gracia, con un movimiento de saludar al sol o como quiera que llamara la profesora de yoga que venía al hospital a esa postura. Era el humo, el vapor.

Entre la grisácea y densa nube con destellos cálidos de luz estaba mi amigo con su vapeador en la mano, exhalando el humo, con la boca abierta como la del espectro que él había visto en ese apartamento, en el baño.  Las dos formas, una que parecía un Martín más joven y otra que parecía otra forma conocida por mí pero olvidada, flotaban por arriba de su cabeza con una sonrisa que se iba estirando en aherrojadas nubes que se deshicieron en el techo. Ahí me di cuenta que no era el cigarrillo electrónico lo que tenía en la mano.

Era una pistola. El aire grisáceo se tiñó de rojo. Las partículas de sangre volaron a través de su boca abierta para estrellarse en el vidrio de la ventana balcón a su espalda. Martín siguió de pie, sin entender nada, como si la sorpresa lo superara.

Y es que el disparo había traspasado su boca pero no lo había matado. No había exterminado su delirio, ni sus penas, ni su dolor que escondía mejor que esas historias alucinantes. Lo llevé como pude a una clínica.

Cuando me ayudó a sacarlo, el portero nocturno, al que le brillaban los ojos,  me confesó que nunca pensó que Martín iba a terminar así, que había visto tantas cosas. En sus ojos se reflejaba una impotencia más alta que el edificio en el que pasaba sus noches. Por mi amigo. Y por los otros.

No era para tanto.

Martín se repuso y se mudó a una provincia de este país generoso, como dicen algunos, para dedicarse a escribir libros de divulgación sobre el deporte de las culturas aborígenes y otros, más legibles, sobre las formas exhaladas que él sólo puede ver.

por Adrián Gastón Fares

Señor Nada

Extraído de mi novela, El nombre del pueblo. (La ilustración es un boceto de Sebastian Cabrol)

La leí una vez, apoyado en el tronco de un sauce, y mis pensamientos fueron sorprendidos por lo que ese relato sugería. Una de las peripecias del personaje de esta novela, escrita por uno de nuestros primeros escritores –que, ¡ay!, no firmaban sus libros– y ambientada en una imaginaria ciudad, era el paso por un terreno baldío del que no había salida. El chico iba allí a juntar ranas con sus amigos y cuando intentaron volver a sus casas para merendar descubrieron que los yuyos se habían convertido en inmensas matas y cuando se acercaron, un tigre salió a enfrentarlos.

En ese momento, ellos advertían que el tigre no era más que un hombre disfrazado. Sin embargo, los yuyos seguían alzándose, infranqueables, y los amigos no encontraban la salida. El protagonista, recuerdo que su nombre era Luisito, entonces se adelantaba y enfrentaba al tigre con esta pregunta. “¿Por qué se escondé, señor, bajo esa manta?” Ya que los chicos se habían dado cuenta que el artificio del tigre no era más que una sábana oscura donde habían pintado las fauces de ese animal. Un ventarrón, entonces, volaba la manta y surgía un tigre de verdad, que rugía como un trueno y tenía garras que arañaban y desplazaban el aire, despeinando el flequillo de los chicos. El felino, antes de devorar a los tres niños y ser luego muerto por Luisito –lo atragantó con un fruto de esa imposible selva–, repuso: “Nunca debieron preguntarlo”

Hoy recordé la historia, y con ella, la que a mí me sugirió. En ésta, el tigre seguía siendo hombre y los chicos vagaban muchos años en el terreno baldío devenido selva, preguntándose cuál era el error de esa magia, en qué se había equivocado ese dios que bien sabía convertir los yuyos en gigantescos árboles pero que les había mandado un tigre tan patético. En mi historia, el hombre que pretendía ser tigre seguía rondando a los chicos y trababa de asustarlos sin efecto alguno hasta que, ya anciano, fallecía. Los chicos –lamento que Luisito jamás pueda convertirse en héroe; en el libro lograba salir del terreno baldío, abandonaba la ciudad y tras innumerables desventuras fundaba un pueblo–, no duraban mucho más; morían de tristeza y soledad porque no sabían qué hacer en la selva, y porque no habían sido comidos por el defectuoso tigre.

Soy el hombre que debió ser tigre, viejo y triste, perdido para siempre; pero si levantan la manta, descubrirán que también soy esos chicos.

Adrián Gaston Fares

PD: Hace poco me escribieron para decirme que El nombre del pueblo atrapa y no suelta.

Los tendederos. Cuento.

Vamos con Los tendederos. Para este Viernes 13. 

Ahora que estoy retocando el guión de Gualicho para el rodaje que se avecina (Shooting Script podríamos llamar a lo que estoy haciendo, aunque ya tenía hecho el guión técnico antes del literario; así es como nacen mis películas) recuerdo la atmósfera de este cuento con resonancias de un tema que comparte con mi largometraje: la familia (y sus desviaciones)

Estoy sorprendido con lo que intuyo que será Gualicho y muy ansioso por ponerme a trabajar luego en la dirección de Mr. Time, otra película que desarrollé desde cero y escribí cuya historia es: tre-men-da.

Tremendo viene del latín y significa lo que es digno de suscitar temblores. No solamente el miedo los suscita sino también embarcarse en una aventura, paladear el misterio. Son algunos ejemplos.

Gualicho y Mr. Time me emocionan, como esta historia corta, pensada para otro lenguaje, como es el literario, que se llama:

Los tendederos

Las luces de la casa se apagaron. Los cortinados se corrieron. La señora se vistió de negro. Maca, la señorita, también. Los rayos de sol a veces nos recordaban que había vida afuera y delataban el polvo que yo no podía sacar de la casa, ese polvo que entraba por más que lo barriera una y mil veces, como si proviniera de los huesos triturados de nuestros soldados o de la tierra removida por las bombas. El polvo que se posaba con insistencia en los muebles y que anticipaba el regaño de la señora. Con Maca a mis espaldas, llamándome por un nombre inventado, María, porque el mío Alejandrina nunca me agradó, yo movía las cortinas, tapaba toda la luz, para que la casa quedara en la penumbra que el señor ya nunca vería.

Sigue leyendo

Todo termina que es un sueño. Cuento.

 

Juan estaba sentado en los parlantes y había terminado el trago cuando vio a la chica parada en la mitad de la pista. Tenía puesto un vestido blanco con rombos negros. Creyó haberla visto antes. Él la miró fijo y ella le devolvió la mirada.

Había perdido a sus amigos. El boliche tenía varias pistas. Los perdió porque al entrar estaban todos borrachos y empezaron a sacar cualquier gato que se les cruzara. Cuando se quisieron acordar estaban cada uno en una punta distinta del boliche, y si bien los demás se encontrarían más tarde, Juan no los vería nunca más.

Pensó que sería mejor bajarse y abordarla, si no sabía el tipo de infierno que le esperaba. Vio que un tipo le había ganado de mano. Ella rezongaba y el tipo le daba unas palmadas en el culo.

Sentado otra vez en el parlante, habló con una morocha que se le había sentado al lado. Le costaba cerrar los ojos y asombrado comprobó que no podía parpadear. Levantó la vista y el haz de uno de los reflectores lo alcanzó de lleno. Todo se volvió negro.

Despertó en un banco de la plaza San Martín y supo quién era pero no qué había hecho. Le pareció haber estado escuchando, en sueños, una versión de cajita de música de Para Elisa. Buscó un pañuelo y se lo llevó a los ojos. Le ardían muchísimo. Vio que tenía las manos llenas de sangre. Pensó que le sangraba la nariz. De pronto, entendió que había hecho algo muy malo, aunque no sabía qué era. Seguía con los ojos congelados y hasta el reflejo de la luna en un charco de agua lo mareaba. Parecía que el funcionamiento del nervio óptico había sido afectado de alguna forma. El diafragma ya no regulaba la luz. Cualquier reverbero podía hacerle perder la conciencia. Entonces era como tomar mucho whisky. Juan era otro. Algo le había hecho la mirada fija de la chica.

Volvió a su departamento y estuvo toda la noche mirando el techo manchado por la humedad. Una mosca frotaba sus patas en los bordes de la pantalla del velador. Eso evitó que se volviera loco.

Sigue leyendo

La madrastra

 

Bocetos de Sebastián Asato para Mr. Time.

Diseño de personajes. Bocetos Mr. Time, de Adrián Gastón Fares. Ilustración de Sebastián Asato.

 

Sí, patalea mucho, Fran.

¿Marta? Está bien. Bueno, no tan bien. Está en la habitación, meditando hace varios días. Tengo miedo de que se convierta en Leona justo ahora. No aguanta que papá esté internado.  El otro día me dijo que trate de abortarlo.  Está claro que cuando una conciencia llega a la familia otra debe partir. Estoy preocupada, creo que no quiere que lo tenga. Así va a conservar a papá. Eso es lo que pensaba. Después entró en sadhana, justo después que te fuiste. Le expliqué que papá está bien. Pero el miedo es más potente. Ella dice que no tiene miedo, que son hechos.

Esperá, sí, me tiembla la voz. Marta está levitando. Si sube un escalón en su jerarquía estoy lista. No estoy acostumbrada a ver a alguien flotar en posición de loto. Estoy muy nerviosa. Ahora apareció en la puerta. Sus ojos están azules. Es una Leona, Fran, estamos listas. Necesito tu ayuda. Viene hacia mí. No sé si voy a poder sostener mi prana para seguir comunicándome con vos. Venite. Venite cuanto antes. Se convirtió en una Leona, me mira con las fauces abiertas. Tiene colmillos, los lóbulos de las orejas le cuelgan, la piel color dulce de leche pegada a las mejillas. Estamos listas. Ahí viene.

Me está pegando, Fran. Si alguien llega, el otro se va, dice. Ese niño no puede nacer, dice. Ahora puede dominarnos. Pienso en los chicos, en los alumnos, la mayoría tiene problemas de atención, están por debajo de los Leones y de las Zorras como yo. Son Abejas, pero tienen mucho potencial. Chicos, no voy a poder leerles el cuento que tenía pensado para que trabajen en sus casas.

Me está arañando con sus uñas azules. Le crecieron. Es una Leona. Estamos listas. Dice que estar en Vilcabamba, beber agua de un río, la ayudó con la transformación. Pero a papá le hizo mal. Demasiado para él, ya está grande.

Sangro, Fran. Logró reducirme en el piso, metió la mano debajo de mi vestido. Me siento toda babosa. El vestido se está manchando de rojo. Rebusca con la mano. Me lo está sacando. Puedo escuchar como llora. Está llorando. Sí. Me lo sacó, Fran. Lo tiene en la mano. Cortó el cordón umbilical con sus uñas. Me desmayo. Se está alejando, camina hacia la puerta mi madrastra con el bebé envuelto en la manta incaica del sillón.

Hay que tirarlo a la basura, dice. Por papá, por tú papá, dice. No debe vivir. El va a dejar la clínica ni bien este ser nuevo desaparezca. No hay lugar para todos. Repite, si uno viene el otro se va. Tu papá no se va  a ir.

Se lo lleva, Fran. Se lleva a nuestro hijo. Es puro como nosotras dos. Con lo que nos costó. Estás lejos. ¡Necesito que vengas urgente. Fran! No puedo escucharte. Mi pranaestá bajo. No me puedo concentrar. La escuchó a ella, es un ser andrógino ahora, ya la vejez lo había hecho, la había convertido en un ser andrógino, pero ahora se le nota mucho más. Es una Leona y puede decidir sobre nuestras vidas. Está en su derecho, dice. Ella manda. Va a salir, se va a llevar al bebé. Llora. Qué lindo, qué terrible escucharlo llorar.

Me levanté y caminé hasta la puerta para detenerla. Pero me di contra un campo de energía. Lo creó ella, claro. Una pared invisible. No sé si me estás escuchando, Fran o estás en modo contestador. Casi no te escucho. ¿Va a quedar grabado todo esto? Quería decirte que te quiero. Fue un error separarnos justo cuando Marta daba señales de ascender un peldaño sobre nosotras. No puedo pasar. Está abriendo la puerta.

Están los nenes, mis alumnos. Todos con los ojos azules. Sabía que tenían mucho potencial. Se ve que me escucharon, Fran. No la dejan salir, son seis. Apenas caben en el pasillo. Pero están contrarrestando el poder de Marta.

Me caigo, la pared de energía se desintegró. Gracias a ellos. Estoy en el suelo, sangrando. Sin fuerzas. Marta salió volando. Ellos lo lograron. Está aprisionada contra la pared. Tiene la lengua afuera, es larga, es afilada. Quiere atacar pero no puede. Los nenes me están rodeando. Pero Marta se está por escapar. Es un hija de puta, tiene mucho poder ahora. Los nenes me rodean. Escucho sus mentes. Maestra. Maestra me dicen. Lo lograron. No tenían déficit de atención. Nuestro bebé está en el suelo, arropado. Los nenes lo hicieron.

Marta ya no está contra la pared, Fran. Desapareció. Veo las caras de los nenes, todavía tienen los ojos azules, tal vez pasaron de Abejas a Leones sin escalas. Es único. Pero están… están congelados ahora. No pueden moverse. Escucho que sus mentes repiten la palabra Maestra, Maestra. Hicimos lo que pudimos, dice la nena.

Marta está suelta. Dios mío, cae desde el techo, como una rata o un vampiro. Escupió sangre. Los nenes pétreos, bañados en sangre.

La tengo enfrente, con los ojos bien abiertos, la lengua larga, abre la boca cada vez más. Se los va a tragar, uno a uno a los nenes y después…

Mis alumnos serán su cena, nuestro bebé el postre. Todo sea por papá, yo no puedo hacer nada, Fran.

Si uno llega, el otro parte, trasmite Marta.

 

Por Adrián Gastón Fares

El perchero ausente

Llueve en Buenos Aires y me acordé de El Perchero Ausente, un cuento corto que pocos conocen. Por otro lado, el cuento que le sigue, Los artistas, ocurre en el contexto de un mundo devastado.

EL PERCHERO AUSENTE

Abrió la puerta de su oficina, fue a buscar la llave para fichar en el aparato electrónico del piso inferior, apoyó su pulgar, gracias dijo con acento español la voz de una mujer, subió otra vez y encendió las luces. Se encaminó hacia la esquina de la habitación donde estaba el perchero, al lado de un fichero, pero no estaba. Recorrió la oficina buscándolo, ella que tenía puesto una chaqueta de piel sintética con relleno de plumas. Con la chaqueta doblada en su brazo, examinó todos los rincones sin encontrar al perchero negro. Ofuscada, decidió llamar al capataz, instalado en la oficina de la vuelta. Lo odiaba. La respuesta del hombre fue tajante, no sabía ni le interesaba saber qué había sido del perchero. Que preguntara a las empleadas de limpieza. Volvió a bajar por las escaleras al piso inferior, encontró a la peruana, Carmen, y le preguntó. No tenía idea del destino del objeto. A primera hora, era la única persona en ese piso. Con paso rápido, cada vez más enojada, se dirigió a las escaleras y bajó al subsuelo, lleno de oficinas vacías, cuyo usufructo todavía era incierto. En oscuras, recorrió el largo pasillo hacia el final. La puerta que da la calle, de dos hojas, protegida por la persiana metálica. En ninguna de las oficinas divididas por paneles de madera estaba lo que buscaba. Ya frente a la puerta de salida, con la poca luz que entraba de la calle en ese día lluvioso, se preguntó qué hacía en ese lugar.

Llevaba trabajando ocho años en el área de prestaciones médicas. Respondía emails y declaraciones juradas de gente desesperada porque la obra social no cubría un tratamiento de fertilización, tratamiento dentales complicados o medicación para enfermedades poco frecuentes. No tenía novio, hacía cuatro años se había separado y apenas había conocido a tres hombres. Para ella fue imposible engancharse con dos. El que más le gustaba tenía un hijo y su separación, más las disputas legales con su esposa, lo había llevado a una profunda depresión. El tipo perdió el interés enseguida. Se seguían mandando mensajes pero no se habían encontrado nunca más.

En esa penumbra, observó la puerta y se acordó. Ahí, en la vereda, en ese edificio, había muerto un hombre. Estaba guareciéndose de la lluvia torrencial. La marquesina del edificio se vino abajo, con una losa, el aire acondicionado y todo, y nada. Desapareció bajo veinte toneladas de cemento. El edificio había sido clausurado por un tiempo. Después de las inspecciones y certificaciones, volvió a contener a sus empleados. Se imaginó al tipo ahí, esperando que la lluvia pare. Con la chaqueta en sus brazos, sintió un escalofrío que le recorría la piel y un malestar en el estómago. Detrás de ella, la oscuridad se espesó, arribó una corriente de aire helada que le acarició brazos y hombros a través del vestido. Se dio vuelta y enfrentó el pasillo grisáceo. Esa mañana, había despertado de un sueño en que levitaba. Cada tanto volaba en los sueños, frente a sus padres.

Volvió sobre sus pasos y subió la escalera, un poco acalorada y con la respiración jadeante, hay que dejar de fumar. Entró a su oficina y acomodó su chaqueta a lo largo y ancho de uno de los escritorios vacíos. Se sentó en una silla incómoda y sacudió el mouse. La computadora le pidió su clave. Rellenó el campo.

por Adrián Gastón Fares

LOS ARTISTAS

Nos quedamos con la sala de exposiciones. No la íbamos a cerrar. Nos arreglamos con los chicos para armar una cooperativa.

Se debe aguzar la vista para ver la muestra. Cuando no funciona el generador todo queda en penumbras. La guerra civil se llevó muchas cosas. Entre ellas la luz.

Lo último que se presentó en el museo es la exposición coreana. El cristo rojo, enorme, cuelga de unos alambres en la entrada, las paredes están llenas de cuadros con dibujos tipo manga y en el centro hay un toro blanco con un cuerno rosado de unicornio.

Una mujer entra con su hijo y lo corre hasta el toro, donde el nene se pone a tocarle las bolas. Me acerco.

–Eso no se hace.

Sigue leyendo

Scouting Walichu Fotografía de Adrian G Fares

Las aparecidas / Índice de Cuentos

 

Este es un cuento corto que escribí de una sentada una mañana en una café de San Telmo con vista a la plaza. Luego, lo reescribí y trabajé para publicarlo aquí.

Entre la preproducción de Gualicho (la fotografía la tomé en el scouting de Walichu, una… cabaña del terror perdida en una arboleda cercana a la locación) y el trabajo para el universo de Mr. Time, más el seguimiento de mis otros trabajos audiovisuales y narrativos, se me hace difícil mantener el ritmo de un cuento por semana.

De cualquier modo, sigo escribiendo y llenando cuadernos.

Por otro lado, estuve -y sigo- buscando el diseño adecuado para este refugio que he construido a través del tiempo, que ha pasado de tener el nombre de un relato largo (El Sabañón, seleccionado en una Clínica de Obra del Centro Cultural Rojas de la Universidad de Buenos Aires) para llevar el que me han sugerido mi madre y mi padre al nacer.

Si quieren leer todos mis cuentos publicados en este sitio, que no contiene sólo cuentos, los invito a repasar al Índice.

Están en orden cronológico.

Sigamos entonces para dejar que vuelvan las aparecidas….

 

Las aparecidas

En un día con neblina, que hacía que el edificio de IBM se difuminara de la mitad para abajo, como si flotara la parte superior en la ciudad, la primera de las chicas apareció en la parada del Metrobus: Cecilia O.

Lívida, con la bikini que tenía puesta cuando la mataron, mejor dicho, cuando el portero Romualdo intentó violarla y terminó dándole con un estuche de madera de vino hasta hundirle el cráneo. Así que su frente estaba hundida y el pelo ensangrentado. La parte de abajo de la bikini estaba corrida.

Sostener la mirada en ese espectáculo era difícil y sin embargo los que pasaban con el colectivo 152 por la zona no sólo la miraron, sino que le sacaron fotos y grabaron videos con sus celulares que luego subirían a las redes sociales.

La segunda aparición fue cerca, en una casona antigua que estaban tirando abajo en San Telmo. El obrero estaba en la planta superior y entró al dormitorio. Acostada en la cama estaba Margarita S.

Margarita tenía el vestido de novia puesto, estaba con los ojos blancos, la tez color dulce de leche, y tenía un disparo en el medio del pecho. Habló con voz gutural. Sus cuerdas vocales podridas reclamaron un té de la India. Se ve que pensó, por el color de la piel, que el obrero era su esclavo o su mayordomo, pero en realidad era Ricardito, que había crecido en Caraza, tenía tres hijos y tomaba el 20 todos los días para llegar a la obra en la que trabajaba.

Ricardito, que ya había visto en las redes la aparición de Cecilia O, le convidó un mate, que Margarita rechazó, y le dijo que le esperaba un choripán para el mediodía, que fuera a comer con los muchachos.

Margarita S. estaba encantada con la obra. Comió el choripán con voracidad. A los obreros no parecían molestarle el color pútrido de su piel ni el agujero que la chica llevaba en el pecho. El arquitecto tampoco se sorprendió.

Le mostró fotografías de cómo quedaría la casa en la que ella había vivido hacía más de un siglo y le pidió disculpas por intervenirla. Margarita se sintió triste porque ya no tendría su cama pero dijo que merodearía la franquicia de café que estaban construyendo. El arquitecto le aclaró que tal vez tendrían ahí un té parecido al que ella solía tomar. Agregó que el resultado no sería tan imponente como su casa de estilo francés.

Aquí hubo un problema. Porque Margarita entendió impotente. Sus oídos no funcionaban bien, las células ciliadas muertas, como debía ser. Dijo que su esposo era impotente. O eso le había parecido cuando intentaron tener relaciones en su noche de bodas. Le explicó al arquitecto que le tenía mucho miedo a los hombres de traje, como los que estaban pasando por la vereda de su antigua casa.

En su noche de bodas, tras no poder consumar el acto sexual, el que había sido su novio intentó desvirgarla con un porta velas que había en el dormitorio, y a pesar del tamaño, largo y filo del mismo, Margarita no había sangrado. Ante sus gritos, su esposo la golpeó y le desencajó un tiro en el pecho.

Sonreía, Margarita, mientras contaba su triste final sosteniendo con delicadeza, con el dedo meñique en alto y la falange que se trasparentaba, el choripán, cuya miga de pan era manchada con sus encías sangrantes.

En los alrededores de Nonthue, a unos cincuenta kilómetros de San Martín de los Andes, a la noche duermen a la vera del lago, con sus bolsas, los turistas que elijen la manera más linda de viajar. Antes de que uno de esos grupos pernoctara en la orilla del lago, el coordinador propuso un juego para integrarlos.

En la noche, todos se adentrarían al bosque, con una linterna por equipo de cuatro personas, y tratarían de dar en la oscuridad con el ayudante, escondido, que imitaría el grito de un animal para guiarlos. El grupo que primero lo encontrara sería el ganador, pero no deberían advertir a los otros, que seguirían buscando. El ayudante podría estar debajo del tronco de un árbol derribado o entre la vegetación del lugar.

Gilberto salió con el grupo, se perdió, porque él no llevaba la linterna, trastabilló con una rama y cayó al suelo. La luz de la luna rescataba algunas imágenes. El turista siguió el graznido que parecía llevarlo a encontrar al hombre escondido, pero en vez de dar con el ayudante del coordinador se topó con la tercera aparición.

Una adolescente estaba de espaldas, desnuda, con el cabello hasta la cintura, casi acariciando su trasero o culo, como gusten.

Gilberto, que estaba al tanto de las otras apariciones, controló el instinto animal de salir corriendo a los gritos, se tensó pero se armó de valor y caminó hasta la chica. Le puso la mano en el hombro, y como un rayo de luna parecía caer directamente en ese lugar, leyó lo que había escrito en el tronco.

Lo había escrito la chica con sus uñas largas. Decía: El hijo del gobernador. Alfonso y Eugenio. Soledad los cubrió, mintió a la policía.

La chica se dio vuelta, estaba llorando lágrimas de sangre que cayeron en el dorso de la mano de Gilberto, sus ojos estaban negros. En el suelo había tierra removida y una remera con la inscripción I Walk The Line.

Gilberto logró extraer la botella hundida entre las nalgas de Clara U. Había sido golpeada y enterrada viva. Ella le pidió que le prestara el celular.

Le mostró su Facebook repleto de mensajes de condolencias de sus amigos y de pedidos de justicia de sus familiares. Se la veía linda en las fotos y las últimas eran con un grupo de chicos y Soledad en la orilla de ese lago.

Después se sacó una foto con su celular y la posteó en Facebook e Instagram con la descripción: Soy un fantasma.

Los ojos negros y la piel descascarada, que dejaba ver algunos dientes de su maxilar superior, ayudaron a que la fotografía se viralizara. Gilberto la llevó, así como estaba, al campamento, donde justo estaban contando historias de fantasmas caseros, y esta aparecida del bosque fue bien recibida.

Se sentó junto al fuego, no quiso probar bocado del guiso que preparó el coordinador, y se fue a dormir a la bolsa con Gilberto, que tiritaba de frío y se abrazó a Clara durante la noche, aunque ella estaba más helada que el rocío que caía.

Al otro día, Clara no estaba y había dejado un mensaje. Te espero en mi árbol. Esta relación de Clara con Gilberto dio mucho que hablar.

En otros países hubo aparecidas y cuanto más desapariciones había más eran las mujeres que hacían dedo, sin un dedo, al costado de la ruta, merodeaban las tumbas de algún músico famoso, o eran avistadas en balcones, cárceles, en boliches, fiestas y hasta en los baúles de los autos.

Ahora bien, a los meses la primera que seguía con una bikini en el Metrobus, cerca del edificio de IBM, Cecilia O, fue ahorcada por un hombre de traje. La violó y la tiró en la reserva de Costanera Sur. Ahí volvió a aparecer con una marca en el cuello y la mirada más vacía que antes.

Lo mismo le pasó a las otras, salvo a la que salía con Gilberto, donde hubo una pequeña variación. Ella misma le pidió a Gilberto que la asesinara, porque sentía una enorme culpa por las demás, y necesitaba que él la matara una y otra vez.

Yo, que no soy popular porque aparecí en esta casa en el Tigre, donde un día recibí a un empresario que apenas conocía, también fui asesinada.

Lo presentaron como un suicidio. Pero no fue así.

 

por Adrián Gastón Fares

Artículo en la Revista de Cine L’ Ecran Fantastique sobre mis dos próximas películas.

L ecran fantastique.jpg

Link:

https://ecranfantastique.fr/view_post.php?id=34640

Ilustración para Gualicho de Diego Simone. Al final, el afiche creado con el ilustrador Sebastián Cabrol.

GualichoBocetopor Diego Simone_baja(1).jpg

Le Ecran Fantastique Nota Gualicho y Mr. Time.jpg

Link:
https://ecranfantastique.fr/view_post.php?id=34640

Dice la nota en la revista de cine francesa L´ Ecran Fantastique:

Dos películas de un director Argentino, autor de la inmortalidad y del tiempo.

Dos películas de terror argentinas en preparación: Gualicho y Mr. Time.

El cineasta argentino Adrián Gastón Fares prepara dos películas de género, Gualicho y Mr. Time. La primera presenta al Gualicho, un espíritu malvado temido por los grupos indígenas, Mapuches y Tehuelches, del sur de la Argentina y de Chile…

English:

Two films by an Argentine director, autour about immortality and time.

“Two Argentine horror films in preparation: Gualicho and Mr. Time.

Argentine filmmaker Adrián Gastón Fares prepares two genre films, Gualicho and Mr. Time. The first one presents the Gualicho, an evil spirit feared by the indigenous groups, Mapuches and Tehuelches, from the south of Argentina and Chile …” And then delves into Mr. Time.

Aquí el texto completo en francés:

Deux films d’un réalisateur argentin autour de l’immortalité et du temps.

Deux films d’horreur argentins en préparation : WALICHU et Mr. TIME….

Le cinéaste argentin Gaston Adrián Fares prépare deux films de genre, “Walichu “et “Mr. Time”. Le premier met en scène le Gualicho, esprit mauvais redouté des groupes indigènes, les Mapuches et Tehuelches, dans le sud de l’Argentine et du Chili. Nico Onetti, réalisateur, scénariste et producteur de “What the Watters Left Behind”, en est le producteur exécutif. Dans une maison de campagne, une famille découvre que soudainement, la mort n’existe pas. Les poules ne meurent pas, ni les gens. Lorsque de l’un des frères décède, les autres commencent donc à se tuer mutuellement. Pour eux, c’est un jeu qu’ils pratiquent en cachette de leurs parents. Quand le dénommé Edward se perd sur la route, il trouve dadite ferme habitée par Maria et ses trois jeunes frères et sœurs. Ensemble, ils vont lui montrer qu’il n’y a pas de frontière entre la vie et la mort, et que cette dernière peut être un jeu vicieux. Dans le second opus, situé dans les années 90, le héros et ses amis vont découvrir ce qui se passe dans leur école hantée en suivant Ismael, le fantôme d’un petit garçon dont le corps est entièrement formé par une armée de papillons. Ismael les guidera à travers le labyrinthe du temps que cette école est devenue. Ils trouveront bientôt qu’il n’y a pas d’échappatoire des mains d’une entité connue sous le nom de Mr. Temps. Cette entité à l’apparence monstrueuse peut contrôler le temps selon sa propre volonté. Mais il faut se méfier : l’on peut y perdre un doigt car, dans cette histoire, les mains du temps sont réelles.

ecran-fantastique--hors-serie--stephenking--2017.jpgPoster-Walichu-by-Adrian-Gaston-Fares-New-1-720x1024.jpg

Padrastro

 

53697d2e591b7cf1f403a62504b00bf5

Ph: Paul Camponigro. Apple/Universe.

Irineo contaba diecinueve años, cinco días, seis horas y veintidós segundos en el momento de su secuestro. Este el número 2084 de los posteos que escribí sobre él en esta red.

Necesitamos ayuda.

A las 24:33 de hoy cinco hombres entraron a nuestra casa, formaron un semicírculo delante de la cama con mosquitero de Ireneo, que no podía creer lo que ocurría, y lo señalaron con armas paralizantes. El único que no apuntaba era el jefe del grupo, su padrastro, con quien no se habla desde hace años. No es un pequeño pedazo de piel cerca de las uñas, sino un familiar que ejerce de padre sin serlo biológicamente.

Trataron de desactivarme pero no hubo caso. Soy transparente y el lazo que tengo con Irineo es demasiado fuerte. Los humanos hablan de lazos de sangre, pero este es un lazo de tecnología, ya lo saben.

A Irineo lo encapucharon. No sabe dónde lo llevaron. Puedo afirmar que lo bajaron en la Plaza Alsina, en Avellaneda. Es una de las plazas más exóticas de la ciudad, con arbustos frutales y plantas subtropicales.

El jardinero guió a los captores, hombres de traje, al subsuelo donde guarda sus herramientas. Bajaron las escaleras y una puerta de grafeno, casi transparente pero capaz de resistir las presión de cinco millones de individuos que antes, claro, morirían aplastados, asfixiados, se abrió para dejarlos irrumpir en un pasillo largo, en el que abundan el negro y el blanco, diseño inspirado en el ying y yang, o shakti y shÂkta según el tantra. A lo largo del pasillo hay monitores que transmiten lo que ocurre en las inmediaciones del parque. También hay androides de limpieza.

Tengo tres ojos, uno gran angular, otro normal y un teleobjetivo. Usé el gran angular, casi un ojo de pez, para observar la perspectiva de barril sin fondo del lugar. El pasillo está repleto de puertas del mismo material que la de la entrada, detrás de esas puertas hay personas que monitorean los canales de televisión, internet, radios, cámaras hogareñas y drones de vigilancia.

Como sabrán, no soy un drone de vigilancia, soy un ángel guardian, un escolta de Irineo, así nos llaman, por suerte. Escoltas.

Los cinco hombres acompañaron a Irineo hasta una puerta al final del pasillo. Es de madera tallada, procedente de Tailandia. El llamador de mano es el caparazón de la tortuga marina que está adosada a la puerta. Uno de los oficiales lo tomó y golpeó el resto de la representación del cuerpo del extinto animal.

Un mayordomo con un moño color azul ligero impecable, con un reloj de aguja colgando del cuello, hizo pasar a Irineo, que fue empujado por uno de los hombres.

Ya adentro, ante la orden del padrastro, uno de los oficiales le quitó la capucha. Irineo se fregó los ojos en la semioscuridad del gran salón comedor, iluminado por lámparas Tiffany.

Nos encontramos en una recreación de una casa de estilo mestizo, comunión entre lo europeo y lo oriental. En el comedor se destacan las vitrinas con objetos orientales que parecen comprados en una feria de Pekín, cajas lacadas, cofres para guardar el arroz, una estatua de Mao con un ramillete de rosas, mesas de madera y mármol agrietado en las que se colocaron cajas antiguas que servían para llevar el correo en China.

En las paredes lucen dos cuadros monumentales con marcos de oro, El jardín de las delicias de el Bosco y el Perro enterrado en la arena de Goya. No son originales. La mesa redonda de madera natural del salón comedor está separada de la entrada por una consola con dos veladores altos intercalados con floreros transparentes con rosas frescas. Los cortinados son rosados, el techo ocre. La mesa está flanqueada por sillas Sofía y está iluminada tenuemente por una lámpara Raigón que cuelga del techo. Rodeada de candelabros Xi, con los cabos de las velas apagados.

En mi vuelo también pude captar objetos funerarios dorados y lacados, distribuidos en la habitación y una cítara de color verde, puñales de bronce oxidados pintados de azul y una botella isotérmica china de hierro esmaltado.

Sobre la chimenea cuelga el retrato del padrastro en su juventud. Alejado de la mesa hay un biombo de ébano, acompañado de un globo de seda con estructura de bambú que ilumina el retrato, colgado en la pared, de una mujer oriental, con facciones muy parecidas a las de la madre de Irineo, debo apuntar. Detrás del biombo hay una cama de opio china convertida en un futón.

Me acerqué a una de las consolas, en la que reposa una colección de brújulas antiguas.

Volví a Irineo cuando lo estaban empujando a la mesa que estaba presidida por una mujer mayor. Rodeaban a la mujer dos chicas, sentadas en las sillas Sofía.

Los secuestradores ordenaron ocupar la silla libre a Irineo. La mujer le preguntó nombre y edad. Le dijo que sabía lo que había soñado y que lo necesitaban. Irineo agregó que había soñado con unas de las chicas que estaban presentes. Nunca la había visto, aunque se parecía a la compañera que le gustaba en la escuela. Irineo no tiene vergüenza.

La mujer ordenó que todos cerraran los ojos y se tomaran de las manos. Así lo hicieron, Irineo bastante asombrado por la belleza de las dos chicas volvió a abrirlos. La mujer cerró los ojos y apretó fuerte las manos de las dos chicas, que a su vez apretaban las de Irineo. El padrastro desde cerca, de pie, con los ojos bien abiertos, observaba con visible impaciencia.

La mujer tomó una manzana del centro de mesa, una frutera de vidrio, y se la pasó a una de las chicas, que soltó la mano de Irineo para sostenerla en el aire, sin abrir los ojos.

–Barletta, manifiéstate  ante nosotros– dijo–. Necesitamos su presencia. Queremos hablarle porque entendemos que es mensajero de otras entidades. Por favor, mándenos una señal. Y si con usted está la madre de Irineo, tráigala que la queremos con nosotros, su esposo INSISTE en hablarle.

La manzana comenzó a ser comida a mordiscos pequeños por un ser invisible como yo, pero no es un ser de grafeno, claro, sino me hubiera dado cuenta.

La mujer abrió la boca y comenzó a escupir pedazos de manzana con la cáscara y las semillas.

Entonces en los semblantes de las chicas se dibujaron unas muecas como si sonrieran por dentro. Lo mismo ocurrió con los de Irineo y la mujer. Una de las chicas se levantó y danzó en el medio de la sala antigua, se tiro al piso, se estiró, se levantó, hizo un paso como de ballet. Luego se detuvo ante la consola de las brújulas y tomó uno de los artefactos para llevarlo a la mesa. Lo dejó en el centro.

La aguja de la brújula daba vueltas sin parar.

El padrastro de Irineo, en el límite de su impaciencia, no aguantó más y se abalanzó sobre la brújula. La tomo en su manos y la dejó caer al instante porque el instrumento estaba muy caliente.

Se acercó a la mujer y le propinó un cachetazo, que le hizo voltear la cabeza. Luego el padrastro se llevó la mano a la boca como dolorido.

La chica que había vuelto a danzar en el centro de la habitación cayó al piso, como si la fuerza que la poseyera la olvidara, o como a mí cuando se me está por acabar la batería y debo buscar una fuente de energía natural. Todos abrieron los ojos.

–¿Dónde está Amalia?–dijo el padrastro de Irineo–. Sabe muy bien lo que estoy esperando.

–No es Amalia–contestó la mujer–. Le dije que es imposible contactar a su esposa.

–¿Y qué es lo que atrapó en su redecita, señora?–preguntó el padrastro.

–Son ellos, señor, siempre los mismos. Son… Bien… Son… De afuera.

–No me está diciendo nada nuevo–zanjó el padrastro.

–Necesitamos seguir en contactos con ellos, tal vez sean el único camino a la madre de este chico, su querida. Desde el primer día quieren decirnos algo. Necesito que usted nos traiga a otra joven para canalizar la energía. ¿Cómo puede ser que le interese más Amalia que hacer contacto con seres de otro planeta? Estamos en una dependencia del gobierno.

–Quiero que utilice sus poderes para que me traiga a Amalia, señora-dijo el padrastro. Y sus ojos se enturbiaron.

–Pero para eso no me llamaron, señor. No es el plan de sus superiores. Los científicos me dijeron…

–Los científicos están paralizados, señora– confesó el padre, señalando con la cabeza a los hombres de traje–. Ya no están a cargo de nada.

El hombre retrocedió hasta la puerta de entrada acompañado por sus secuaces. Antes de que saliera, la mujer gritó:

–Necesitamos más manzanas. Rojas, cuantas más lindas, mejor.

El padrastro asintió.

Sigo con Irineo. Estamos encerrados en esta casa mestiza en un hangar soterrado.

No soy un drone, soy un ángel de la guardia, como me llaman, por suerte. No tengo sentido del olfato. Pero tengo palabra. Esto huele mal.

Compartan, por favor.

Por Adrián Gastón Fares