Los compositores norteamericanos de música de cine

Una relación (muy arbitraria) de los que me parecen más interesantes como autores de scores (las orquestaciones originales escritas para un film):

Hemingway escribió (Death in the afternoon) que para él era moral todo lo que hacía que se sintiese bien e inmoral todo lo que hacía que se sintiese mal; advierto, entonces, que adapté este criterio a la estética y toda expresión cinematográfica que me guste es buen ejemplo de este arte y no así la que no cumpla con este requisito. Baudrillard (en Ilusión y desilusión estética) critica a los Coen alegando que el estilo recargado de éstos impide ilusionarnos; yo creo que es así en muchos casos<!–[if !supportFootnotes]–>[i]<!–[endif]–> (déjenme aclarar un ejemplo de una película que nada tiene que ver con los Coen; en The Beach —Danny Boyle—, Leonardo Di Caprio se tira al suelo, escondiéndose tras unos pastizales, ante el peligro de hombres armados; la cámara avanza en un travelling hasta los ojos desesperados del actor; Baudrillard tiene razón en que es innecesaria esta técnica ya que en cierta forma desprecia la imaginación del espectador; debe haber infinitos ejemplos como este en el cine de género mundial actual) Sin embargo, algunas películas de los Coen (con exageraciones como la del personaje de John Torturro jugando al bowling en The Big Lewoski) no dejan de gustarme.

Lo mismo con los autores musicales que nombraré a continuación. Algunos remarcan las escenas con una orquestación furiosa, otros sutilmente nos entornan la puerta “para dejarnos ver el prado donde relincha el unicornio” (Cortázar) y esa visión, sabemos, nos dejará satisfecho por un tiempo.

En primer lugar, no podemos dejar de nombrar a Bernard Herrmann (1911-1975) como precursor de todos los demás. Herrmann musicalizaba los radioteatros de Orson Welles; así es como más tarde hace la música de “El Ciudadano”. El arreglo de violines de la famosa escena de Psicosis es de Herrmann; con Hitchcock también hizo el score de Vértigo, entre otros. Luego trabajaría con Truffaut (La Mariee Etait En Noir), De Palma (Hermanas, Obsesión) y Scorsese (Taxi Driver; Cabo de miedo—en esta remake la música de Herrmann está reorquestalizada por Elmer Bernstein). Herrmann es simple y efectivo, usa melodías fácilmente reconocibles, secas, que estallan en fragmentos repetidos con regularidad; no nos aturde románticamente con frases que confunden.

Angelo Badalamenti transita esa senda, sus melodías son sospechosas, incongruentes, deliberadamente extrañadas; nacen muertas o no terminan de nacer. Por algo es el compositor preferido de David Lynch (Blue Velvet, Wild at Heart, Twin Peaks, Lost Highway). Colaboró con Norman Mailer (el escritor dirigió la adaptación homónima de su libro Though Guys Don’t Dance) y Jean Pierre Jeunet (La ciudad de los niños perdidos) entre otros.

Carter Burwell es el compositor de los films de los hermanos Coen. En Barton Fink el score se confunde y se arma con los efectos sonoros; lo que se escucha es poco; hay insinuación, hay ilusión. Menos minimalista pero igual de emocionante es el score de Miller’s Crossing (Un paseo con la muerte). Uno de sus trabajos sin los Coen es el debut cinematográfico del videasta Spike Jonze, Being John Malkovich (¿Quieres ser John Malkovich?) De los que todavía transitan este mundo, Burwell es el más cautivante.

Hay uno que no necesita tanta presentación; es una caja de música maravillosa, alocada, que toca canciones a la vez dulces y terribles, tan alegres como tristonas, tan misteriosas como cínicas. Tim Burton debe estar muy agradecido a Danny Elfman. Sus melodías acompañan al pálido joven con las manos atrofiadas y al esqueleto que intenta ser Papá Noel. Ya que estamos con Burton, digamos que Howard Shore hizo el hermoso score de Ed Wood. Sumado al metálico y frío que compuso para Cronenberg (Crash) nos deja una certeza: talento.

Hans Zimmer es más estridente; trabajó en El Rey León, entre otras. En True Romance (Escape Salvaje) compuso un score inocente que contrasta con la violencia del film; una de las melodías es una canción de navidad, con reminiscencias de Bach (el Jesu, joy of man’s desiring). Hace unos años la composición de Zimmer sonaba, apenas modificada, en un comercial. Alguna vez hablamos de Mike Figgis; como compositor y supervisor musical hace un trabajo excelente en Leaving Las Vegas (Adiós a Las Vegas) y en One Nigth Stand (Pasión De Una Noche).

Tengan en cuenta a Cliff Martinez; compone para el prolífico Steven Soderbergh. Sobrio trabajo en Kafka y música crepuscular en The Limey (Vengar la Sangre).

También sería conveniente que sumemos al reconocido John Williams (en especial, el score de Atrápame si puedes).

Como musicalizadores, especies de disc-jockeys de sus films, no olvidaremos a Woody Allen ni a Tarantino<!–[if !supportFootnotes]–>[ii]<!–[endif]–>. Y como rareza nombramos a Dario Argento componiendo la música de la secuela de La Noche de los Muertos Vivos, Dawn Of The Dead.

Adrián Fares

<!–[if !supportEndnotes]–>

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<!–[if !supportFootnotes]–>[i]<!–[endif]–> Nota 2008: A Godard tampoco le gustan los hermanos Coen. Puedo defender Barton Fink, The Man who wasn’t there, The Big Lebowsky y Miller´s Crossing. Los Coen, como Wes Anderson, solamente funcionan bien cuando exageran, cuando hacen con ganas lo que Jean Baudrillard –que también nombraba a Ang Lee, si no me equivoco- detesta. Deberíamos leer todo lo que este sociólogo y filósofo escribió. El resto del cine actual (películas de terror –el género que, por alguna razón, más huérfano quedó de buenos artistas–, suspenso, acción, incluso películas que no pertenecen a ningún género, independientes, etc.) destroza la ilusión (ejemplos: las subjetivas frenéticas de 28 Days Later, de Juan Carlos Fresnadillo, producciones como El orfanato, la insoportable nueva versión de Hairspray, algunas películas de Tony Scott, y en especial, la de su hermano Ridley –como el final de Gladiador). Es importante distinguir cuando estos recursos se usan para crear algo nuevo y cuando se usan mal. ¿Significan lo mismo los travellings en Mean Streets de Scorsese que el travelling de Wes Anderson en Hotel Chevalier y que el de Danny Boyle en The Beach? En la seminal Mean Streets, Harvey Keitel es un joven mafioso en ciernes y el travelling rolinga es un hallazgo visual para acompañar su forma de caminar decidida (antes Orson Welles, Nicholas Ray, David Lean, hacían maravillas con los límites de la ilusión). En la película mala The Beach, el travelling enfatiza un peligro hasta eliminarlo, alimentando una trama sosa. En Mean Streets y en Hotel Chevalier, el travelling es la trama. Las mejores películas actuales no crean una historia mientras cifran una trama secreta; mejor dicho, las dos historias (la principal y la secreta) se condensan en dos o tres secuencias –me viene a la mente lo que recuerdo de Cache, de Michael Haneke, por ejemplo o Last Days, de Gus Van Sant- que tienen la suficiente fuerza para significar algo en la ficciones frágiles en las que vivimos. Así también, el cine refleja más el espíritu del cuento, que el de la novela, tal vez porque sigue alejándose de esos pretextos (si no vean lo sosas que son las dos películas basadas en novelas, favorecidas por el Oscar: There will be blood y No country for old man)

<!–[if !supportFootnotes]–>[ii]<!–[endif]–> Ahora, agregamos a Wes Anderson como musicalizador, la banda de sonido que el trompetista Terence Blanchard hizo para Mo´ Better Blues, de Spike Lee y la de Neil Young para Dead Man, de Jim Jarmush.

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Dylan

Viajo sentado en el último de los asientos únicos. La chica, de unos veinte años calculo, termina una frase: “Igual es hermoso.” “¿Cómo?”, le pregunta el chico. “Igual Dylan es hermoso.” Sigo mascando chicle y mirando las calles. Bajo del colectivo y camino atrás de un grupo por una avenida. Todos cruzan y me quedo con el doble de Pappo esperando que cambie el semáforo. Le pregunto si la cancha de Vélez será para donde van todos. Él tampoco sabe. Después me cuenta que va a platea alta y que ya sacó para Rod Stewart. Viene a ver a Dylan porque le gusta el blues. “Qué lo disfrutes”, nos separamos, y yo me ubico en mi lugar en la cola.

El campo está dividido en dos por una valla. Busco algún lugar en los costados, pero apenas puedo ver el escenario. Abandono la búsqueda de lugar mejor en las inmediaciones y me ubico justo en el medio del estadio, atrás de la estructura que armaron para las cámaras y las pantallas.

Empieza el recital y me cuesta concentrarme. Es imposible no sentirse enajenado, ahí mirando a Dylan y a su banda en una pantalla cuya imagen se deforma levemente cuando sopla el viento. De cualquier modo, y por momentos, ese vaivén hipnótico refuerza el absurdo y la belleza de estar parado tan lejos del escenario. Tengo ganas de darme vuelta, darles la espalda a los músicos, y ponerme a charlar con alguien, como si estuviera en una feria de barrio en la que justo toca un tipo de sombrero. La pareja de al lado baila rock and roll en una canción. El chico de adelante grita en falsete que quiere rock (o rock and roll, no me acuerdo) cuando termina la hermosa Spirit on the water. Otro se mueve como si estuviera escuchando a Moby. Hay más jóvenes que viejos. Muchos extranjeros.

Dylan te hace perder en las canciones, recién después del segundo o tercer estribillo te das cuenta qué tema está tocando. Así y todo, disfruto mucho Nettie More -¿por qué acompañan con las palmas las pausas de esa canción tan triste?-, Masters of wars, Spirit on the water, Things have change, Honest with me, entre otras. Cuando toca All along the watchtower, cae un telón gigante. De algún modo, eso me hace perder, aunque sea un poco, la noción de tiempo y espacio. El escenario es un barco. Dylan es el holandés errante o, tal vez, el más elemental Cartaphilus. Soy otra vez un espectador primigenio. Acá en argentina no se subió ninguna chica al escenario para abrazarlo. Seguirá su camino.

Me ubico en una cola interminable de colectivo cerca de la puerta del estadio. Un italiano me cuenta que mataron a un hincha de Vélez. Pregunta si me gustó el show. Digo que sí. No me cree.  Él lo vio en Italia (en realidad, no sé si era italiano, pero se notaba por la pronunciación que venía de afuera) y me asegura que hoy tuvimos suerte, porque cuando Dylan quiere ser malo es malo de verdad. Digo, no sé por qué, que Dylan es distinto a León Gieco, como si a alguien se le pudiera ocurrir que fueran iguales o que fueran la misma persona. Pero lo que quería decir es que uno va directo al grano y el otro no. Estuve dos horas en la parada.  Después subí al 99 con el italiano, que dicho sea de paso vive hace tiempo en Buenos Aires.  Cada tanto me hablaba, pero sumado al motor del colectivo, el zumbido subjetivo que tengo no me dejaba prestarle atención. Sabía mucho de música, incluso datos precisos de las producciones de discos de Neil Young.

A. F.

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