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La pasión vestida de situación.

En su ensayo A Gossip on Romance (Memories and portraits), el gran escritor Robert Louis Stevenson nos comparte su reto: la parte plástica de la literatura, lo más difícil de lograr, es encarnar en un acto del personaje una emoción. Fácil, y necesario creo, es tomar el concepto desde un punto de vista cinematográfico y tratar de analizar cuáles son los films que cumplen esta indispensable propuesta. Digo indispensable, ya que uno comprueba que las películas que más valen la pena (las que, luego de llevarlo de la mano, dejan al espectador frente al precipicio de la catarsis, dirían los griegos, pero yo mejor diría que producen un, perdón el inglés, rush of blood to the headuna oleada de sangre a la cabeza) son aquellas que en algún momento condensan la historia en una imagen o acto. Stevenson dice en su ensayo:

“This, then, is the plastic part of literature: to embody caracter, thought, or emotion in some act or attitude that shall be striking to the mind’s eye. This is the highest and hardest thing to do in words (…)”

El creador de El extraño caso del Doctor Jekyll y el señor Hyde da el ejemplo de Robinson Crusoe y el hallazgo de las huellas en la isla.

Como práctica vamos a agregar algunos ejemplos más:

Aquiles llevando el cuerpo de Héctor a Príamo, Pilatos lavándose las manos, la institutriz que encuentra a Miles mirando la torre a mitad de la noche en Otra vuelta de Tuerca (James es un genio con las imágenes, basta recordar lo bien que lo siguió la cineasta Jane Campion en A portrait of a woman), el pescador que arrastra a tierra los restos del animal gigante que mató en El viejo y el mar, el príncipe Mychkin, en el piso, otra vez idiota (El Idiota), el “preferiría no hacerlo” de Bartleby (Bartleby, el escribiente) y todo el barco en Benito Cereno. Un libro que resplandece en un sótano de San Telmo (El Aleph, de Jorge Luis Borges)

Sabrán qué molesto puede llegar a ser explicar la razón de estas imágenes o la parte que juegan en el todo; esperando que identifiquen las demás me ahorro el sufrimiento y clarifico uno de los ejemplos; en general, lo que causa catarsis en la “escena” mencionada de El Idiota (la novela de Dostoyevski) es la súbita comprensión de que su trato con la sociedad lo perjudicó. Lo hizo volver a su estado inicial. Si desapareciera todo el cine y toda la literatura, uno podría tomar El Idiota (si el mundo sigue siendo el mismo, claro, y se ve que desde que nuestro gran amigo ruso la escribió nada cambió) y tener una respuesta de por qué es necesaria la narrativa.

Pasemos a las películas. La más obvia: en El ciudadano, el trineo con la inscripción Rosebud quemándose en la hoguera es la imagen a la que se refiere Stevenson en su ensayo; “la pasión vestida de situación”. La pasión significa el elemento de contenido de una obra, el tema llevado a la perfección y a su clímax en una imagen.

La madre enternecida frente al bebé (que nunca vemos) en El bebé de Rosemary es otro ejemplo. En Psicosis, la casa gótica es el elemento alrededor del cual ronda todo el misterio y desesperación de la cinta. La computadora muriendo en 2001, Odisea del Espacio y el astronauta anciano frente al objeto del espacio que une las secuencias, son temas interesantes llevados a imágenes-síntesis, como el encuentro de una oreja entre los yuyos en Terciopelo azul.

Estropearemos esta última imagen, explicándola; como sugiere Stevenson, Lynch encarna en la situación de la oreja un carácter; de ahí en más, sabemos que el protagonista es curioso y ama los misterios, que es suficientemente valeroso como para enredarse en uno (no se limita a mirar a la oreja, sino que la levanta). Por otro lado, un pueblo donde se encuentra una oreja es mucho más macabro que uno donde tropezamos con un cuerpo; ni hablar de la persona que anda cortando orejas por ahí. De esta forma, una imagen nos describe el carácter del protagonista y su entorno.

En El Exorcista, la imagen del cura frente al ídolo africano que concluye la introducción es quizá demasiado simple como para tener en cuenta, pero anticipa y completa el tema del film; la dilatada lucha entre un cura y un demonio (la posesión de Megan es la estrategia del demonio para volver a encontrarse con el padre Merrin).

En El Banquete de Boda, Ang Lee termina esta comedia dramática con la imagen de un padre levantando las manos, en cámara lenta, para que lo revisen al pasar la aduana; ¿cómo trasladar en palabras la manera simple y a la vez maravillosa con que la imagen completa el film? Antes, vimos que el padre descubre que su hijo es homosexual y sabemos que, junto con la madre, que también levanta las manos, estuvo esperando toda la vida la estampita de casamiento con la chica de sus sueños (de ellos para su hijo).

Por último, permítanme señalar el final de Dioses y Monstruos (gran película del siempre fiable Bill Condon); si bien la película utiliza de manera exagerada el flash-back, la idea de unidad que enlaza la trama desequilibra cualquier crítica; cómo no sentirse gratificado ante la imagen final del protagonista bajo la lluvia imitando a Frankestein (recordamos que en el film nos sugirieron la inquietante relación padre-criatura entre James Whale y su jardinero). No es raro que Condon sea uno de los creadores de The Greatest Showman, donde hay una escena en la que una persona con “discapacidad” entrega una manzana a un niño hambriento. Un niño hambriento que se convertirá en un empresario circense (está basada en la vida del artista P. T Barnum) y le dará lugar en su espectáculo a personas con capacidades diferentes.

No hay duda de que las películas más interesantes, como los mejores libros (Stevenson creía que ninguna floritura de estilo podía reemplazar una buena historia, una idea bien desarrollada), tienen una o varias de estas imágenes poseídas (de la trama, del personaje, etc.), “significativas para el ojo de la mente”, como dice el escritor que unió a los piratas y a los loros.

Comprobamos, en esta enumeración, que la ubicación de las mismas en la trama suele ser el desenlace, aunque no siempre es así, y en algunos casos cierran la introducción.

Luca Guadagnino es una especie de genio tutelar en esto último y yo diría que lo lleva a cabo a la perfección en el final de las películas de él que más me gustan: Io sonno il amore (I´m love), Call me by your name y la remake de Darío Argento (Suspiria).

En ninguno de esos tres títulos falla la transmisión de emoción, ese a rush of blood to the head. Se van a la cabeza.

Lo mismo ocurre con muchas de las películas de Martin Scorsese (el catolicismo está lleno de imágenes), de Sergio Leone (puede hacer que el simple acto de cerrar una puerta de un rancho en Once upon a time in the West, C´era una volta il West, sea algo increíble) y, cuándo no, su gran alumno Quentin Tarantino (escena del tendido de la mesa en Django: Unchained)

Para finalizar, diré que me parece bastante maravilloso que un conjunto de frases (una novela de ficción, un libro) o una sucesión de imágenes (un largometraje de ficción) puedan generar esa oleada de sangre a la cabeza, algo tan físico, y a la vez tan mágico, que especialmente en estos tiempos convulsos (hablo de los tapabocas y el 2021) nos puede hacer recordar que todavía somos seres humanos. Es un motivo enorme para seguir leyendo libros y mirando cine.

Por Adrián Gastón Fares

PD: El destello en la cabeza (a rush of blood to the head) y cómo obtenerlo bien podría ser la trama de un relato, un gran relato que tal vez ya fue escrito millones de veces, en torno a un secreto. Ese secreto no se compara con el amor, ni con el enamoramiento, ni con el acto sexual, ni con el ágape, ni con ninguna otra sensación. Es obra del ser humano. El resultado final, esa flor, pariente del vértigo, tiene un pétalo de miedo, uno de cariño o amor, otro de sorpresa, otro de bronca, otro de calma. Y ahí se levanta en pura rebelión. Tiene todos los colores y a la vez ninguno. Todos los sonidos, pero no suena. Pero transforma. Parece un producto puramente humano (el miedo de un animal no sabemos cómo es; tal vez los animales tengan rushes of blood to their heads todo el tiempo) Bien podría ser un resultado de la meditación, sobre un tema, tanto para el artista como para la audiencia, bien podría ser esa transmutación de algo en otra cosa tan glosada, bien podría ser un modo de trascender por un momento, o un mero sucedáneo de un acto primitivo olvidado. Puede ser una transmisión de pensamiento entre los creadores y su público. Es lo contrario al entumecimiento (por ejemplo, cuando se duerme algún miembro del cuerpo) Es algo que es innombrable porque si pudiera describirse se anularía.

Nota: En nuestras librerías no será fácil encontrar los ensayos de R. L. Stevenson; los interesados pueden dirigirse al sitio www.gutenberg.net, la mejor librería virtual gratuita (en inglés; en realidad hay libros en español también y en otros idiomas) de la web. Estos libros son un poco incómodos; por lo menos no tienen pulgas.

Hay otros escritores que son muy buenos en esto de la subida a la cabeza como Salinger, Saul Bellow, Shirley Jackson, Clarice Lispector, Margaret Atwood, Thomas Bernhard y la lista sigue y sigue.

La pasión vestida de situación es un artículo revisitado que escribí en 2001, llamado Stevenson y las imágenes. En esa época yo escribía críticas de cine en un portal llamado Cineismo (era muy bravo como crítico de cine) y también escribía en dos portales de la recién nacida (por lo menos para mí) Internet, uno se llamaba Desenchufate y el otro era un sitio que se llamaba Fotogramas. Hoy estuve buscando entre mis papeles el artículo sobre Brian De Palma pero por ahora no apareció.

La pandemia que nos parió.

Nadie quiere leer nada sobre el COVID-19 o eso parece. Nadie quiere leer nada sobre las pandemias.

Pero la historia suele repetirse cuando no se investiga qué pasó antes.

Es necesario indagar en otros libros.

Uno de ellos es El Jinete pálido: 1918 la epidemia que cambió el mundo. La periodista Laura Spinney cuenta muchas cosas. Y lo hace bien. Leí el libro el año pasado y lo que más me quedó en la memoria es que la mal llamada gripe española fue seguida por una época de relajación moral y de debilidad mental (una generación perdida). Esperemos que eso no se repita. Pero para que no pase la cultura debe levantarse. El espíritu humano renovarse.

El jinete pálido: 1918, la epidemia que cambió al mundo.

Por otro lado, rastreé en YouTube el funeral de la actriz ucraniana Vera Kholodnaya que murió a consecuencia del virus en 1919. Una multitud la despidió (al final del artículo copio el link al video y otro a un cortometraje llamado The Last Tango en el que ella actúa) Es un poco elegíaco ver todo eso.

Vera Kholodnaya contrajo la gripe en Odesa, cuenta Spinney, donde también se celebraban las famosas bodas negras. La burguesía casaba a dos “discapacitados” o indigentes para lograr que la gripe retrocediera. La boda se realizaba en un cementerio. Luego el cortejo partía rumbo a la ciudad para organizar una gran comilona (donde todos se contagiaban, claro, aunque no lo sabían)

Otro libro interesante sobre pandemia, esta vez por un dato científico, es Pandemia de Sonia Shah.

Libro Pandemia de Sonia Shah

Tiene un capítulo dedicado a explicar cómo las pandemias han creado al ser humano. O por lo menos predestinado a elegir la reproducción como modo de supervivencia. La ciencia explica que los organismos más simples que antecedieron a la vida humana elegían la clonación como modo de reproducción. El problema era que al tener el 100 por cien de los genes, lo clonado sobrevivía lo suficiente hasta que un virus se acostumbraba a atacar ese 100 por ciento de genes. Al no haber variación, era más fácil que una pandemia como la que vivímos ahora acabara con toda una especie. En cambio, en la reproducción hay un 50 por ciento de genes de cada progenitor por lo que hace más difícil a la bacterias y los virus amoldarse para romper las defensas. Esa metáfora de que el ser humano ha inventado la muerte al crear el lenguaje y por lo tanto crear el tiempo puede no ser sólo una metáfora (Él conoce la muerte a fondo; el hombre creó la muerte, leemos en un poema de Yeats) Tal vez el ser humano eligió la muerte al elegir la reproducción (porque los organismos simples clonados vivían mucho más)

Como si fuera una película de terror de David Cronenberg nos explican en el libro que el cuerpo humano o el ser humano es una especie de colmena de bacterias y que sin los microbios no seríamos lo que somos. Aparentemente, desde que nos arrastramos de afuera del agua nos hemos cubierto de bichos que conviven más o menos pacíficamente con nosotros hasta que ocurre algo como lo que ocurrió el año pasado en Wuhan.

El tercer libro.

El filósofo francés Bernard Henri-Lévy está horrorizado porque la pandemia ha parado el mundo, o su mundo, y lo explica en Este virus que nos vuelve locos. Parece que no hubiera leído el libro de Laura Spinney sobre lo que ocurrió en 1918 por relajar todas las medidas de cautela. Lévy, por lo menos, hace hincapié en que la cultura va con el bienestar del ser humano (algo de lo que sí estoy bastante convencido)

Este virus que nos vuelve locos, Bernard-Henri Lévy

No sabemos qué nos deparará el futuro que ya viene.

Ayer mirando la película Downhill en la que los protagonistas saludan con besos a una pareja que acaban de conocer me asombré. Me di cuenta que es probable que eso no vuelva a ocurrir por mucho tiempo. Es más, toda la película me pareció llena de cosas que ya no volverán a ocurrir. Menos mal que estaba Will Ferrell. Siempre es mejor cualquier Will Ferrell que ningún Will Ferrell.

En mi novela recién editada Seré nada (2021), imaginé un futuro distópico donde se da otra pandemia, la de un parásito que provoca una fiebre que hace que la personas regalen sus propiedades (una epidemia que es atacada por la sociedad con más convicción que la anterior) Funciona como una metáfora de la epidemia que creo que todos vamos a transitar: la de los límites de la cordura un poco desdibujados, una locura que ya se puede palpar en algunas conversaciones entre las personas (esa debilidad de la que hablaba Laura Spinney post gripe española)

¿Cómo hacerle frente a esto? Con voluntad, creando sentido donde no lo hay, tratando de encontrar una nueva épica, una nueva historia con una trama que nos guste tanto que no se pueda dejar (la cultura otra vez, tan necesaria)

Para finalizar con el tema pandémico, lo mejor es que tratemos de entender que ser humano no se nace, se hace, y que tratemos de mejorar lo que es ser un Ser humano.

Porque tal vez las cosas no vengan porque sí.

Y si vienen porque sí, es mejor, y más sano, encontrar un motivo que nos permita seguir adelante. Tal vez debamos visitar a Yeats cuando dice (creo que sobre la madurez):

Nunca tuve imaginación
más viva, fabulosa y pasional
que ahora, ni sentidos
que más esperan lo imposible,
no, ni aun en la infancia, cuando con caña y mosca
o el humilde gusano trepaba la ladera del Ben Bulben
con todo un día eterno de verano a mis pies.

(La Torre y otros poemas, Yeats)

El lenguaje, compañero de la magia, es inmune al virus. Seamos amigos del lenguaje, que después de todo, es el inventor del tiempo y de la muerte.

Convirtámonos en ese ser que decían (o decíamos) que íbamos a ser.

Porque el mundo lo necesita.

Por Adrián Gastón Fares.

PD: El filósofo Gabriel Markus en su libro Por qué el mundo no existe dice que el mundo no existe pero sí todo lo demás… (por ejemplo, los duendes de los que habla Yeats en el libro de relatos Mitologías, traducido al español por Javier Marías) Entonces, hay que ir por todo lo demás.

Extras:

Si rebuscan en YouTube pueden encontrar el cortometraje de los funerales multitudinarios de Vera Kholodnaya, la actriz ucraniana de la que habla Laura Spinney en su libro. Menos morboso es verla con vida, actuando en este curioso cortometraje mudo, musicalizado con un tango, llamado The Last Tango.

Si escribes terror, pide perdón.

Hace tiempo que quiero escribir un poco sobre un tema. Y es la conflictiva relación entre el psicoanálisis y el género de terror.

Si, oh querido lector eres psicóloga, psicóloga, o psiquiatra, no te sientas mal por lo que vas a leer a continuación. Hay profesionales de la salud que son buenos. No quiero armar lío con esto ni hacer sentir mal a nadie como Freud hizo sentir mal a Richard Matheson.

Y de eso se tratan estas escuetas líneas. ¿Por qué un escritor como Matheson tenía que pedir perdón como escritor de terror? Incluso pasarse a escribir cosas más espirituales. La pregunta anterior léanla con el tono de George en Seinfeld al preguntar algo en la cafetería.

Mi hipótesis es que el psicoanálisis casi destruye al terror en la mitad del siglo XX.

Admito que es una hipótesis floja y que no voy a comprobar para nada en la exposición que hago ahora. Pero es un pensamiento, una idea, que cada tanto vuelve a mí (las veces que a Tarantino le preguntan ¿por qué tanta sangre? y tiene que detener la entrevista…)

En la introducción de 1989 de Nacido de hombre y mujer y otros relatos espeluznantes, un libro de cuentos de su autoría, Matheson dice:

No pretendo que esta introducción a mis cuentos escogidos sea una especie de confesión que deje mi alma al desnudo ni un sesudo análisis psicológico de mi personalidad.

Y entonces Matheson suspende el inicio de sus cuentos por unas cuantas hojas con una serie de explicaciones de por qué se le ocurrieron unos relatos de terror. Sigue y dice:

Con la imprescindible ayuda de un psiquiatra competente podría repasar los cuentos de esta colección y entresacar de cada uno el motivo subyacente que me impulsó a escribirlo y lo que revela de mi personalidad de aquel momento.

Y luego:

Desde el punto de vista de la psiquiatría, la paranoia es un trastorno mental que se caracteriza por delirios sistemáticos y por la proyección de conflictos internos en una supuesta hostilidad por parte de los demás. Es una descripción esquemática y precisa del grueso de mi trabajo en estos cuentos.

Y explica luego en un tono más o menos amedrentado cómo fue escribiendo cuentos de terror para expresar la hostilidad que el “mundo real” generaba en el hijo de una familia de inmigrantes. Analiza hasta su matrimonio, y ve todos sus cuentos a través del prisma del psicoanálisis o peor aún del Manual de Trastornos de los psiquiatras. El DSM, que en realidad fue construido, según tengo entendido, copiando el aporte de un psicólogo de la conducta, Robert Hare, que investigó la psicopatía (personas con un trastorno de la personalidad que antes eran llamados simplemente “malas personas”; está claro que todos no son Hannibal Lecter)

Matheson termina diciendo que él es Don Paranoias (un escritor donde la paranoia es muy escasa, comparada con otros autores de ciencia ficción que parecían verdaderamente locos, en el sentido más superficial de la palabra)

Parece como que Matheson antes de dar el paso a escribir algo más espiritual, o constructivo si quieren, según debía ser su punto de vista en esa época, como es Más alla de los sueños (1978), que luego fue llevada al cine, como la mayor parte de lo que escribió, se critica a sí mismo por escribir cuentos de terror y expresa que no deben creer mucho en él, ni esperar mucho de su última novela, porque después de todo, sigue siendo un paranoico, Don Paranoias. Así termina su Introducción de 1989 al libro de cuentos citado.

Leí las novelas de Richard Matheson, y algunos de sus cuentos, y me parecen más o menos construcciones de la imaginación, más o menos las mismas que dieron nacimiento a la psicología y al psicoanálisis y no a la inversa. Me parece que El hombre menguante, una novela de terror y ciencia ficción, ilumina a la “discapacidad”, por ejemplo (especialmente en la escena con la mujer pequeña del circo) de una manera que ningún psicólogo ha podido hacerlo. Por otro lado, el aporte de Matheson como guionista es notorio, no hay más que mirar su versión de La caída de la casa Usher (guionada por él para Roger Corman) para apreciar cómo le da resonancia a una historia difícil de adaptar al cine.

El prurito de Matheson con el terror no parece compartido por uno de sus acólitos más famosos, Stephen King, que supera tranquilamente las preguntas de por qué escribe terror y hace chistes con el tema y dice, por ejemplo, a la prensa (creando un microcuento excelente, de paso):

Yo tengo el corazón de un niño pequeño. Está en un frasco de vidrio sobre mi escritorio.

Pero es un chiste y un psicólogo levantará la mano para opinar alguna cosa, supongo.

Sigamos, mejor con:

El ente (1982), esa película basada en un libro de Frank de Felitta. La vi de chico y no recuerdo lo censurada que estaría (tiene desnudos y escenas eróticas) pero la película no da ningún miedo (creo que a Scorsese le gusta mucho porque conceptualmente está más que bien). Lo que da miedo, y no parece ser un chiste, es como tratan los médicos (creo que son psicólogos o psiquiatras) a la protagonista. Hacen algo que es echarle la culpa a ella del problema. Y explican que no puede ser que un fantasma violento la esté atacando, según ellos, claro, ella está inventando todo, incluso los abusos que sufrió de chica por un ex novio y por su padre.

Esta actitud es la que critica Alice Miller (una psicóloga especializada en el maltrato) en su libro El cuerpo nunca miente. Allí Miller acusa a Freud de haber predestinado a Virginia Woolf. Dice que su suicidio fue una consecuencia de que el arribo del psicoanálisis la hizo sentir culpable por los abusos que sufrió de chica en vez de hacer que pudiera enfrentarlos (según Miller los abusos que sufrió Woolf no fueron aceptados por su psicoanalista que los hizo pasar por deseos inconscientes de ella) Más o menos como lo que ocurre en El ente, con los seres que realmente dan más miedo que el fantasma violento al que no aceptan: los profesionales que intentan ayudarla.

Ahora bien, se hace tan insoportable el tema del psicoanálisis leyéndolo todo, interpretándolo todo, como si no hubiera otro marco de referencia, especialmente para el arte, que un crítico termina en 2021 una crítica a una serie con las siguientes palabras (Crítica publicada en La nación de La maldición de Bly Manor).

Los primeros episodios se mueven a un ritmo letárgico y abusan del recurso de la aparición del espectro en el espejo, tras la protagonista, junto con un golpe en la banda sonora. Importa menos el horror que la escenificación del deseo de los protagonistas, eso que el psicoanálisis también llama el fantasma.

Estudié Cine en la Universidad de Buenos Aires así que valoro a veces un poco la lectura psicoanalítica (de hecho escribí un corto sobre el tema del “fantasma” en Lacan, que se llama La venta; un trabajo para la facultad y ¡me saqué un diez y todo!) pero no deja de sorprenderme como un proceso tan misterioso como la producción de arte puede ser reducida tan miserablemente a una fórmula interpretativa.

En lo demás hay que decir que la crítica es bastante justa con la serie.

Cansa tanta lectura psicoanalítica, poco creativa, de todo, y es hora de que los que hicieron mal con un discurso dominante que parece haber subyugado a medio mundo durante tantos años reflexionen un poco.

Me parece que es hora que los que pidan perdón son algunos psicólogos y psicólogas.

O que por lo menos sean sinceros cuando no pueden comprender algo, y que no usen el cajón de herramientas oxidadas, sino el corazón.

PD: Y la inteligencia creativa.

PD 2: Y lean los cuentos del gran Richard Matheson y más que nada sus novelas. Don Paranoias era un genio.

por Adrián Gastón Fares.

Escena de The entity (El ente) dirigida por Sidney J. Furie.

Seré nada. Capítulo 34. Nueva novela.

Seré nada. Capítulo 34. ¿Una mítica comunidad sorda? Nuevos monstruos. ¿Vampiros? Extrañas identidades. Todo eso y mucho más. Acción, terror, misterio, aventura y drama en Seré nada.

34.

Silvina abrió los ojos y vio todo negro. Pensó que se había quedado ciega. Lo que faltaba, se dijo. Descubrió lo que estaba mirando. Era una pizarra. No tenía nada escrito. Giró su cuerpo y vio varios pupitres amontonados en un vértice del aula en la que estaba. Los pies le colgaban del escritorio.

Otra vez en ese sueño donde volvía a la secundaria, pensó. ¿Dónde estaba el chico que le gustaba? Tendría que volver a verlo para después despertarse aletargada.

Cuando había terminado el encierro de la primera epidemia había quedado por días así, aletargada, sin fuerzas, durmiendo de más, soñando mucho que volvía a ser una adolescente.

Parpadeó y se quedó dormida por un tiempo más. Luego volvió a abrir los ojos. Lo negro. El pizarrón.

Descendió del escritorio. Caminó dando vueltas por la habitación. Se acercó a una de las ventanas. Las persianas estaban bajas. Había una lámpara colgando que la dejó reflejarse en los cristales. Vio las marcas alrededor de su boca y se dio cuenta de que en los sueños de volver al colegio no estaba. En esos se sentía adulta y se veía adolescente. Ahora, estaba en la pesadilla real en la que se había desmayado porque una médica loca le había dado una pastilla.

Caminó hasta la puerta e intentó abrirla, pero no pudo. Pensó que era la pastilla que la había debilitado, pero después de dar unas vueltas alrededor del escritorio y volver a intentarlo, se dio cuenta de que estaba cerrada con llave. Buscó el celular en su bolsillo. Se lo habían quitado. Luego recordó que ni eso, se lo había olvidado cuando salió disparada del dormitorio en la casa de Ersatz.

Se sentó en el suelo y empezó a sollozar. Se llevó las manos a las orejas. No se acordaba que no tenía las prótesis auditivas. No podía escuchar nada del otro lado de la puerta.

¿Dónde estaría Er? Qué le habría pasado. Era culpa de ella. Otra culpa más que debía arrastrar como la muerte de Manuel.

Se vio entrando al café donde se reunía con Manuel y Ersatz, un día de invierno. El sol bañaba la mesa donde la esperaban sus dos amigos. Extrañaba eso. ¿Por qué siempre buscar algo nuevo, algo más?

Siempre insatisfecha. Armando líos. Por eso la había abandonado su madre. Lejos de la loca, la rara, la problemática. La que una vez se chifló en un cumpleaños de su hermanito y revoleó el ventilador. La que no aguantaba los berrinches de la criatura.

El sollozo que salía de su pecho se convirtió en un llanto. No debía hacer mucho esfuerzo para recordar que si no dejaba de llorar estaría en problemas. A veces no podía parar.

Las imágenes aparecían y golpeaban en su retina, aunque apretara los párpados. Su madre poniéndose linda para salir y ella sentada en el sillón al lado de su hermano menor. La noche de pantalla con dibujos y hastío.

Saber que su padre estaba enterrado, no muy lejos. Esa palabra horrible, melanoma.

La fotografía de su padre con dos trofeos, las truchas que había pescado en el sur.

Se vio antes, mirando un partido de fútbol y su madre señalando que el de cámara con teleobjetivo era su padre. Se vio después, su madre prohibiéndole que tomara sol en un balcón. ¿Querés terminar como tu padre?

Se vio saliendo a la calle para no volver más de la casa de uno de sus exnovios, el que solía controlarle todos los movimientos, al que ella había enamorado primero porque él no quería saber nada. Nunca había sentido culpa de dejar a ese tipo rayado. Pero ahora sí.

¿Para qué lo había seducido? Sabía que no escuchaba, como ella. Que había tenido encima de padre a un policía intransigente que lo reprendía por todo.

Sabía que ese exnovio había sentido amor por primera vez en la vida cuando ella lo abrazaba por las noches o le contaba historias por debajo de las sábanas como si fuera un niño. Ella había creado toda esa belleza para quitársela en cuanto él la amara de verdad. Y se había ido con la frente alta.

Y después el mundo se había ablandado, las cosas habían cambiado, había amigas que le hablaban de responsabilidad emocional.

Responsable ya había sido cuando tenía que cuidar a su hermano, hacerle la comida, llevarlo al baño, mientras su madre se divertía con los amigos de su padre y después volvía medio borracha.

Se vio tirándose un día de semana en el suelo del sótano de un edificio. Estirándose. Transpirando. Saludando a la luna, al sol, bajando la cabeza entre las dos palmas abiertas, como entregándolo todo, para que el universo, Dios o lo que hubiera la perdonara, para que pudiera olvidar, para que el kundalini se despertara de una buena vez.

Se vio escuchando a gente que decía que ella había quedado sorda por no superar la muerte de su padre. Bajando la cabeza también ante esas palabras.

Se vio sola en una habitación de un edificio, pensando en caminar lentamente hacia el balcón para dejarse caer para siempre. En una mano tenía la carta documento que le había enviado su madre para sacarla de su propiedad.

Se vio peleando con abogados, esperando dos horas en un sillón hasta que la atendieran, como si los exámenes nunca terminaran. Pero tenían que terminar.

Debía respirar hondo. Abombar la panza al aspirar, distenderla al exhalar. Así se fue tranquilizando, con la frente en el piso y las manos cerca de la puerta cerrada.

Buscó su imagen, la imagen a la que siempre iba y que era sagrada y que la había descubierto meditando muchos años. Era una montaña escarchada en la cima. Flotando, subió hasta que pudo ver la nieve de cerca.

Y entonces pudo volver, bajar lentamente hasta ver el valle verde y luego el pie de la montaña, y dejar que otras imágenes llegaran y pasaran.

Leía en su dormitorio con toda la tarde solitaria por delante, creyéndose que era distinta porque tenía dos aparatos en el oído. Era diferente ella como las heroínas de medias raídas que dibujaba. No tenía ningún poder, el único poder era que los otros eran iguales y ella no.

¿Por qué era que su madre le alejaba y le acercaba el palito de helado cuando era chica? ¿Para qué la hacía sufrir así?

Que se fueran todos al carajo. Su madre. Su padre que había abandonado el tratamiento médico, y nunca pensó que estaba crucificando a una familia. Sus tíos paternos desaparecieron, incluso le pidieron dinero a su madre.

Su hermano que ahora era un abogado exitoso en Misiones y que se había aferrado de sus hombros mientras ella se miraba en el espejo en el baño y pensaba qué era lo que le gustaba hacer en el mundo para no terminar como su madre en los coches de cualquiera y aceptar incluso que le pagaran el alquiler unos tipos que desaparecían en cuanto ella, Silvina, había empezado a respetarlos.

Su madre había dado con ese viejo degenerado con dinero. El viejo hasta le gustaba llevarla en su coche al colegio para mirar al saludarla por la ventanilla las polleras de las otras chicas.

Había tenido que construirse una identidad, ella sola, para luchar mejor, para sobrevivir, para aguantar que le dijeran que hablaba mal en la adolescencia, donde formaba parte del grupo de chicas con olor a sangre y transpiración porque sabían que estaban tan afuera de todo que no se bañaban todos los días como las otras, las lindas, las fulgurantes, las de pelo rubio brillante, las de risas fáciles, las que salían con los mecánicos tatuados, las que salían con los que tenían merca.

Y no le gustaban en esa época los tímidos, los que eran como ella, pero no lo eran, porque ella no era tímida, era extrovertida, no era antisocial, le gustaba estar con gente, pero los sonidos no le llegaban a sus oídos como debía y en cuanto el ruido de la habitación se hacía insoportable, que era el momento donde todos se divertían, ella tenía que salir, alejarse, encerrarse en el baño, o bajar las escaleras oscuras de ese colegio ilustre al que la habían mandado a sufrir porque su madre pensaba que era más inteligente de lo que era y encima había querido que se integrara, que a pesar de que hablaba mal, fuera, vaya la redundancia, oralizada por profesores gritones y maestras solteronas y mandonas, a las que les gustaba mostrar el culo a sus alumnos y pensaban después en cómo se debían masturbar en la casa pensando en ellas, como le había contado una vez una amiga maestra que tenía, a la que hacía años no soportaba escucharla más.

Y el remanso de empezar a frecuentar a otras personas que tenían dobles dificultades como ella, que no eran visiblemente sordas, que no eran claramente sordas, que habían tenido que levantarse solas para encontrar su propia verdad en un mundo que les decía que no siempre.

Intentar hacer algo era el problema, como cuando en la casa de su abuela intentaba cambiar un mueble de lugar y la mujer le hacía un escándalo.

No, no debías intentar hacer algo cuando descubrías que los que te rodeaban tan solo por respirar te iban a señalar y mandar a encerrarte al cuarto a estudiar.

Apareció ante ella el pie de la montaña otra vez. Alguien, una mujer joven a la que no podía ver del todo, estaba jugando con un perro lanudo.  Tenía que hacer algo, pegar un grito para que la ayudara.  Intentó hacerlo, pero era tarde. La mujer ya no estaba. Abrió los ojos.

Tenía que lanzarse contra la puerta para ver si podía escapar del colegio donde la habían encerrado esos patrioteros.

Se abrió la puerta de golpe y dio contra la pared.

Por suerte, las imágenes la habían llevado a sentarse en el escritorio en el que la habían dejado sus secuestradores. La médica entró, seguida de Lungo.

Cerró los ojos y vio la cima de la montaña, su montaña, esta vez bañada por el sol. Fue apretando cada uno de los músculos de su cuerpo, empezando por sus pies. Dejó caer la cabeza hacia adelante mientras sentía que los dientes chasqueaban dentro de su mandíbula.

—¿Qué le pasa a la nena ahora? ¿Mejor? ¿Enojada?

Evelyn la tomó del mentón para levantarle la cabeza. No lo logró. Intentó haciendo palanca con su codo y resopló cuando vio que no podía.

Silvina empezó a levantar su cabeza. Puso los ojos en blanco, como si estuviera en trance.

—¿Preocupada por tu noviecito? Ya va a aparecer.

Atrás estaba el tipo rechoncho, apoyado en el marco de la puerta como si no aguantara su propio peso.

—Dios mío, esta chica parece poseída —dijo.

Silvina empezó a gruñir, logró imitar ese gemido que quería escapar de la garganta de Gema cada vez que debía alimentarse.

—Está mal del pechito —dijo Evelyn, río y se tapó la boca. Cuando se la destapó ya estaba seria—. A ver si me la pueden curar, Osval.

—Mirá que Algodoncito no es como Evelyn, eh… Tiene otros métodos —dijo Osval.

Lungo estiró el costado de la boca derecho y el izquierdo cayó hacia la prominente nuez de la garganta. No le salían bien las sonrisas maléficas, se dijo Silvina.

A continuación, Lungo la empujó. Ella se bajó del escritorio para seguirlo. Los otros ya habían salido al pasillo gris.

por Adrián Gastón Fares

PD.

Novedades.

Seré nada sigue, ya lo saben. Ya falta poco o por lo menos falta mucho menos.

Hoy además del capítulo 34 de mi nueva novela les comparto la nota que me hicieron ayer en la Radio 1110 por el tema de cine y mi película fantástica, de terror y drama, llamada Gualicho. Pueden difundirla ya que el objetivo es que los que deben tomar decisiones en el Instituto de Cine y Artes Audiovisuales Argentino, el INCAA (su presidente y vicepresidente para ser preciso) intercedan y arreglen lo que me ha ocurrido con el premio. Y pronto pueda reanudar el rodaje de mi película.

Por otro lado, creo que sirve para entender también un poco la dinámica del cine institucional en Argentina y evitar problemas o saber cómo enfrentarlos. Lo clave es que los directores y los guionistas no tenemos presencia en el Instituto de Cine.

Por eso tuve que dar tantas vueltas para que me dejaran ver el expediente de mi propio proyecto. Esto último debe sí o sí cambiar. O no habrá nuevos directores de cine, no habrá nuevos guionistas.

En Argentina los que desarrollamos un proyecto lo hacemos sin dinero y lo hacemos desde cero, invirtiendo horas y horas y trabajando desde la A la Z. El destino de un director de cine no puede depender de un sólo productor. El destino de un proyecto no puede depender de una sola persona, tampoco.

Fin del tema.

Ya se viene el capítulo 35 de Seré nada. A. G. F.

Sobre una película de Godard (Histoire(s) du cinéma)

El cine que fue hecho para pensar. El cine son imágenes que piensan por sí mismas. Manet precursor del cine. Las chicas de Manet. Godard que mediante la sensación causada por las imágenes y las palabras nos hace sentir lo que va adivinando.

El cine tiene muchas historias pero las de Godard tienen que ser las menos espuria de todas. Terrible cuando explica que Inglaterra nunca tuvo cine. Italia es el país del cine, Rosellini, Antonioni, Fellini, Visconti como antes Virgilio, Dante, Leopardi y Leonardo. No es casual. Francia. La Nueva Ola es sobre las obras, no sobre los autores. Hitchcock es el gran creador de formas del siglo XX.

Los franceses son los grandes profesores del cine. Los italianos y Hitchcock los grandes maestros.

Antes, en los dos primero capítulos (que en realidad son 4, divividos en a y b) Godard nos hace entender que el cine es simple y algo más.

No es arte ni técnica, es misterio.

¿Para qué complicar las cosas? ¿Qué es lo que nos hace seres humanos? Tiempo, muerte. Cine.

Hace dos años fui a la casa de mi tía abuela. Encontramos fotos que guardaba mi tío Francisco, fallecido cuatro años atrás (ahora mientras respoteo esto mi tía abuela también se fue hace un tiempo). Ah, familia de la infancia que ya no estás.

Fotos amarillentas de mi tía abuela que le recordaban cómo era el país dónde había nacido, cómo eran las personas y los lugares. Entre esas fotos, había una que me impresionó. Un hombre, de mediana edad, cadavérico, amortajado en una cajón, rodeado de personas. La aparté.

Mi tía abuela, con rápida gracia, me arrancó la foto de las manos, dijo algo en dialecto italiano, y la fue partiendo en pedacitos. Me la quedé mirando como si estuviera soplando el humo del revolver que había disparado.

El Cine es Muerte Eterna (revolución posible contra la Muerte) pero también Nacimiento Eterno (muerte eterna):

Cuando era chico lo hinchaba a mi papá hasta que volvía a buscar en un viejo armario, desenrollaba una tela blanca, la colgaba, y nos proyectaba, a mi hermana y a mí, fotos de cuando éramos todavía más chicos y de sus discretos viajes. Con un aparatito, extensión del proyector, especie de linterna, explicaba algunas cuestiones de las fotos. Éste es tal. Aquél otro era el que una vez. Ahí pasó esto o lo otro.

Godard:

Los jóvenes deben elegir un camino, ya es imposible ver todo el cine, tendríamos que pasarnos veinte o treinta años frente a una pantalla.

De alguna forma, nuestros institutos de educación (incluso, la familia) nos llevan a no entender o a entender mal. Primero nos hacen creer que estamos necesitados de todo, después que no necesitamos nada, luego que somos muy pobres y que estamos necesitados de más cosas.

La educación que nos lleva a la guerra, a las broncas, al delito, a la estupidez, a las avivadas. Después de ser educados (jardín, primaria, secundaria -tal vez, alguno tenga suerte en la secundaria con algún profesor o en la universidad) para no entender, para que no entendamos, de que nos den las herramientas pero que las alejen de nuestras Manos (al dejarnos en claro cuántas cosas imposibles hay, cuántas categorías y cuántas jerarquías a las que no solamente hay que apuntar, sino, especialmente, rehuir)

Tal vez por eso Godard tenga tan presente las Manos en sus historias del cine: como elemento para buscar, investigar, pensar, tienen como tarea reinventarnos, dejar que nos reinventen y reinventar a los demás. Ver las historias del cine de Godard es como que te las vayan desatando. Algunas obras tienen esa práctica virtud.

por Adrián Gastón Fares

El agradecimiento

Hace cuatro años, en las notas de mi Facebook escribí esto.

Era un mundo nuevo para mí. Lleno de expectativas y de un dolor tan profundo que me transformó. Ya venía transformándome desde antes y faltaba un pizca de fatalidad para que todo cuadre y yo me entienda.

Aprecio no escuchar bien, aprecio lo que pude aprender del mundo a los golpes, sin estar preparado. Hubiera sido distinto si lo estaba. He cometido mis errores, ya lo sé.

Pero también me gusta que la ciencia avance y que los chicos de hoy estén más acompañados. Entiendo que es parcial, que algunos están acompañados y otros en bolas como estuve yo, o peor aún.

A veces un vengador, como el de mi poema anterior, resurge y quiere ayudar al niño que alguna vez fui. Yo le hablo y trato de convencerlo, de que esa lucha no conviene. De que las cosas del pasado, pasado son y tienen que quedar así.

Un día un “profesional” me dijo que el mundo era injusto. Yo le pagaba para que me dijera eso. Me hizo ruido, porque siempre pienso que hacer que el mundo sea menos injusto es nuestra tarea.

Así que no acepten que nadie les diga que el mundo es injusto sin hacer nada para remediarlo.

Creo que hay cosas por cambiar. Cosas por luchar.

Y algunos están cómodos y dicen esas cosas u otras desde una situación de consenso social que realmente no tiene nada que ver con la realidad.

Entonces la lucha es contra el consenso social, contra los que hacen los que los demás les dicen sin pensarlo, contra los que compran verdades que no son tales porque les son cómodas a sus sistemas de pensamiento.

Y para todos ellos va esto. Tal vez sea el mejor de mis escritos.

Pero a la vez ya he cambiado. Lo puedo leer como una película vieja, como un programa de ruta, para no perderme y saber de dónde vengo.

Saludos

Adrián

PD: Este jueves 27 de septiembre de 2018, luego de 4 años de que la fonoaudiologa que cito abajo los recetara, de que diera por terminado mi tratamiento por no tener rango de frecuencia para cubrirlo con los que usaba, de una lucha incomprensible con la Obra Social, con una Superintendencia de Salud que no soluciona las cosas a tiempo, de que me pasearan por medio mundo para evitar dármelos, finalmente me otorgan los audífonos con la potencia correcta para mi perdida auditiva. Ahora sí, al pasado:

Agradecimiento

Quiero agradecer al equipo del CIAC, a Vicente Curcio, y a Magalí Legari, especialmente. Yo tenía veintiocho por ciento de audición y por errores de los médicos que me atendieron hasta este año, e incomprensión de mi grupo familiar para enfrentar y tratar mi problema, viví casi toda la vida leyendo los labios de las personas y haciendo un gran esfuerzo por entender lo que ocurría a mi alrededor. Tengo el oído duro por no ser tratado desde nacimiento donde surgió el problema, lo que me produjo, a la larga, acúfenos e hiperacusia.

En 2011 volví a insistir en la búsqueda de solución a mi problema, que ya había empezado a los diecinueve años, y me otorgaron el certificado de discapacidad (CUD), me incrustaron unos audífonos cuyas puntas no cumplían la función que debían cumplir –ahora sé que debían tapar el conducto auditivo para que funcionaran: lo que era lógico dado el parte médico–, otra vez no le explicaron a mi entorno correctamente la gravedad de mi problema, y estuve dos años más escuchando un 10 por ciento de lo que podía escuchar.

Desde 2011 volví a vivir todo tipo de incomprensiones donde mi entorno disminuía mi problema a lo que más les convenía, y me exigían, sin ser tratado,  enfrentar y realizar tareas imposibles sin prótesis adecuadas, que conducían, como es de prever, al maltrato. Todo esto tuvo consecuencias negativas en mi vida personal, y perdí la felicidad que había logrado con sobreesfuerzo continuo y adaptación social.

Ahora, gracias al equipo del CIAC pasé a escuchar un 70 por ciento con audífonos sin leer los labios, lo que me permite, por primera vez en mi vida, entender grupos de personas, escucharme a mí mismo con claridad, y también comprender diálogos en la pantalla sin subtítulos. Cambian muchas cosas. Se parece bastante a empezar de nuevo; pero no nos apuremos.

Espero que este cambio también me permita volver a ejercer la profesión por la que luché toda la vida, y que la sensación de injusticia e incomprensión, por todo lo que viví en este último tiempo, algún día se diluya, y permanezca la de agradecimiento.

 A los que, por alguna razón, no me entendieron, me lastimaron y no me acompañaron, quedan estas palabras:

Que traten de comprender a los que somos diferentes, y reconozcan el esfuerzo que hicimos por adaptarnos a un medio hostil, diseñado y pensado por personas que no les interesa lo que necesitamos. Que traten de hacerlo sin disminuirnos, sin exigencias incomprensivas y maltratos psicológicos. Estamos en el 2014 donde ya se lograron muchos derechos para las personas que estamos en situación de desventaja.

Estoy seguro que un trabajo interdisciplinario entre médicos de distintas especialidades me hubiera ahorrado muchísimos sufrimientos innecesarios en estos últimos años, en este último tiempo particularmente, para explicarles a mi entorno lo que era y es vivir así.  Por ejemplo ahora todos deben saber que poder escuchar palabras, frases y diálogos sin mirar a las bocas de la personas que los producen, poder darme cuenta que está lloviendo, o con esfuerzo que suena un timbre de intensidad baja en el trabajo para abrir a la persona que lo toca y tratar de entender lo que reproduce un portero mecánico nivelado para el que escucha normal, o constatar que tengo vecinos cuyas voces llegan de los pisos inferiores o superiores, no implica que desaparezcan por arte de magia los zumbidos bilaterales constantes ni la hiperacusia, ni dejar instantáneamente de hacer un gran esfuerzo por aislar sonidos molestos –como el que produce los aparatos de aire acondicionado– para comprender lo que es importante.

A los que por alguna razón están en una situación parecida, no se callen, enfrenten las agresiones explicando con ejemplos lo que es vivir así, e investiguen su problema a fondo, porque la sociedad en su conjunto no está preparada para entender estas situaciones hasta que no se plantean lo más claro posible, por decirlo de alguna manera. No saben que tu proceso de adaptación es muy diferente al común. Te van a hacer sentir culpable, diciéndote con sorna cosas irresponsables, como que de ahora en más, cuando estuviste adaptándote toda tu vida a un problema y recién casi en la cuarentena te dieron en la tecla, cambies y te adaptes a sus ideales –sólo un ejemplo.

Yo venía investigando y asumiendo mi problema auditivo desde hace muchos años, corroborado por junta médica en el 2011, y debido a estas incomprensiones con consecuencias desafortunadas en mi vida personal me vi obligado a buscar otras explicaciones innecesarias, menos científicas, y tal vez perjudiciales ahora para mí, que me hicieron perder más tiempo y dinero. Tuve que adaptarme psicológicamente a no escuchar bien desde pequeño y a estar en entornos cada vez más difíciles de manejar.

Creo que la medicina, en todas sus ramas, debe ser más humana y acompañar como se debe a los pacientes más allá de los diagnósticos. Es nuestra obligación hacer un mundo donde vivir no sea para nosotros una lucha continua para explicar quiénes somos y de esta manera poder encontrar nuestra identidad. Así habrá espacio y tiempo para construir un futuro mejor para todos.

Gracias por leerme.

Adrián Fares

22 de Noviembre de 2014

Samoa Mon Amour

Comparto este ensayo que escribí hace muchos años.

The Master of Ballantrae (El Señor de Ballantrae) es una novela cuya intensidad no puede olvidarse.

El texto se aproxima al cine desde Stevenson.

Pero aprovecho para nombrar algunas obras literarias que no olvidaré jamás por la revelación, el gozo o la enseñanza que me dieron.

Corrección, de Thomas Bernhard

Nemesis, de Agatha Christie

El Idiota, de Fiodor Dostoyevski

Los muertos, de James Joyce

Crónicas Marcianas, de Ray Bradbury

The Stand, de Stephen King

Maleficio, de… Richard Bachman

Borges, Adolfo Bioy Casares (Diarios, Edición Completa)

Hay más claro.

Hay más.

Pero por ahora quiero que presten atención y descubran que Robert Luois Stevenson hubiera sido un gran cineasta.

Stevenson y las imágenes (2001)

“This, then, is the plastic part of literature: to embody caracter, thought, or emotion in some act or attitude that shall be striking to the mind’s eye. This is the highest and hardest thing to do in words (…)”

En su ensayo A Gossip on Romance (Memories and portraits), Stevenson nos comparte su reto: la parte plástica de la literatura, lo más difícil de lograr, es encarnar en un acto del personaje una emoción. Fácil, y necesario creo, es tomar el concepto desde un punto de vista cinematográfico y tratar de analizar cuáles son los films que cumplen esta indispensable propuesta. Digo indispensable, ya que uno comprueba que los únicos films que valen la pena (los que, luego de llevarlo de la mano, dejan al espectador frente al precipicio de la catarsis) son aquellos que en algún momento condensan la historia en una imagen o acto. Stevenson da el ejemplo literario, entre otros, de Crusoe siguiendo las pisadas. Me gustaría agregar éstos: Aquiles llevando el cuerpo de Héctor a Príamo, Pilatos lavándose las manos, la institutriz que encuentra a Miles mirando la torre a mitad de la noche en Otra vuelta de Tuerca, el pescador que arrastra a tierra los restos del animal gigante que mató en El viejo y el mar, el príncipe Mychkin, en el piso, otra vez idiota (El Idiota), el “preferiría no hacerlo” de Bartleby (Bartleby, el escribiente) y todo el barco en Benito Cereno. En Rayuela, Horacio buscando al azar a la Maga por las calles de París. Los ejemplos rebalsarían la hoja.

Sabrán qué molesto puede llegar a ser explicar la razón de estas imágenes o la parte que juegan en el todo; esperando que identifiquen las demás me ahorro el sufrimiento y clarifico uno de los ejemplos; en general, lo que causa catarsis en la “escena” mencionada de El Idiota es la súbita comprensión de que su trato con la sociedad lo perjudicó.

Pasemos a las películas. La más obvia: en El ciudadano, el trineo con la inscripción Rosebud quemándose en la hoguera es la imagen a la que se refiere Stevenson en su ensayo; “la pasión vestida de situación”. La pasión significa el elemento de contenido de una obra, el tema llevado a la perfección y a su clímax en una imagen.

La madre enternecida frente al bebé (que nunca vemos) en El bebé de Rosemary es otro ejemplo. En Psicosis, la casa gótica es el elemento alrededor del cual ronda todo el misterio y desesperación de la cinta. La computadora muriendo en 2001, Odisea del Espacio y el astronauta anciano frente al objeto del espacio que une las secuencias, son temas interesantes llevados a imágenes-síntesis, como el encuentro de una oreja entre los yuyos en Terciopelo azul. Estropearemos esta última imagen, explicándola; como sugiere Stevenson, Lynch encarna en la situación de la oreja un carácter; de ahí en más, sabemos que el protagonista es curioso y ama los misterios, que es suficientemente valeroso como para enredarse en uno (no se limita a mirar a la oreja, sino que la levanta). Por otro lado, un pueblo donde se encuentra una oreja es mucho más macabro que uno donde tropezamos con un cuerpo; ni hablar de la persona que anda cortando orejas por ahí. De esta forma, una imagen nos describe el carácter del protagonista y su entorno.

En El Exorcista, la imagen del cura frente al ídolo africano que concluye la introducción es quizá demasiado simple y maniqueísta como para tener en cuenta, pero anticipa y completa el tema del film; la dilatada lucha entre un cura y un demonio (la posesión de Megan es la estrategia del demonio para volver a encontrarse con el padre Merrin).

En El Banquete de Boda, Ang Lee termina esta comedia dramática con la imagen del padre del homosexual levantando las manos, en cámara lenta, para que lo revisen al pasar la aduana; ¿cómo trasladar en palabras la manera simple y a la vez maravillosa con que la imagen completa el film?

Por último, permítanme señalar el final de Dioses y Monstruos; si bien la película utiliza de manera exagerada el flash-back, la idea de unidad que enlaza la trama desequilibra cualquier crítica; cómo no sentirse gratificado ante la imagen final del protagonista bajo la lluvia imitando a Frankestein (recordamos que en el film nos sugirieron la inquietante relación padre-criatura entre James Whale y su jardinero).

No hay duda de que las películas más interesantes, como los mejores libros (Stevenson creía que ninguna floritura de estilo podía reemplazar una buena historia, una idea bien desarrollada), tienen una o varias de estas imágenes poseídas (de la trama, del personaje, etc.), “significativas para el ojo de la mente”. Comprobamos, en esta insignificante enumeración, que la ubicación de las mismas en la trama suele ser el desenlace, aunque no siempre es así, y en algunos casos cierran la introducción. También que no abundan los ejemplos; esto puede ser resultado de la dificultad: encarnar un complejo carácter o un pensamiento en una situación o un acto simple no es nada fácil. Y si seguimos con la metáfora de la posesión, y la trasladamos a medias, convenientemente, a la creación; sabemos que el demonio no elige a cualquiera.

Por Adrián Gastón Fares

Nota: En nuestras librerías no será fácil encontrar los ensayos de R. L. Stevenson; los interesados pueden dirigirse al sitio http://www.gutenberg.net, la mejor librería virtual gratuita (en inglés) de la web. Estos libros son un poco incómodos; por lo menos no tienen pulgas.

Artículo en la Revista de Cine L’ Ecran Fantastique sobre mis dos próximas películas.

L ecran fantastique.jpg

Link:

https://ecranfantastique.fr/view_post.php?id=34640

Ilustración para Gualicho de Diego Simone. Al final, el afiche creado con el ilustrador Sebastián Cabrol.

GualichoBocetopor Diego Simone_baja(1).jpg

Le Ecran Fantastique Nota Gualicho y Mr. Time.jpg

Link:
https://ecranfantastique.fr/view_post.php?id=34640

Dice la nota en la revista de cine francesa L´ Ecran Fantastique:

Dos películas de un director Argentino, autor de la inmortalidad y del tiempo.

Dos películas de terror argentinas en preparación: Gualicho y Mr. Time.

El cineasta argentino Adrián Gastón Fares prepara dos películas de género, Gualicho y Mr. Time. La primera presenta al Gualicho, un espíritu malvado temido por los grupos indígenas, Mapuches y Tehuelches, del sur de la Argentina y de Chile…

English:

Two films by an Argentine director, autour about immortality and time.

“Two Argentine horror films in preparation: Gualicho and Mr. Time.

Argentine filmmaker Adrián Gastón Fares prepares two genre films, Gualicho and Mr. Time. The first one presents the Gualicho, an evil spirit feared by the indigenous groups, Mapuches and Tehuelches, from the south of Argentina and Chile …” And then delves into Mr. Time.

Aquí el texto completo en francés:

Deux films d’un réalisateur argentin autour de l’immortalité et du temps.

Deux films d’horreur argentins en préparation : WALICHU et Mr. TIME….

Le cinéaste argentin Gaston Adrián Fares prépare deux films de genre, “Walichu “et “Mr. Time”. Le premier met en scène le Gualicho, esprit mauvais redouté des groupes indigènes, les Mapuches et Tehuelches, dans le sud de l’Argentine et du Chili. Nico Onetti, réalisateur, scénariste et producteur de “What the Watters Left Behind”, en est le producteur exécutif. Dans une maison de campagne, une famille découvre que soudainement, la mort n’existe pas. Les poules ne meurent pas, ni les gens. Lorsque de l’un des frères décède, les autres commencent donc à se tuer mutuellement. Pour eux, c’est un jeu qu’ils pratiquent en cachette de leurs parents. Quand le dénommé Edward se perd sur la route, il trouve dadite ferme habitée par Maria et ses trois jeunes frères et sœurs. Ensemble, ils vont lui montrer qu’il n’y a pas de frontière entre la vie et la mort, et que cette dernière peut être un jeu vicieux. Dans le second opus, situé dans les années 90, le héros et ses amis vont découvrir ce qui se passe dans leur école hantée en suivant Ismael, le fantôme d’un petit garçon dont le corps est entièrement formé par une armée de papillons. Ismael les guidera à travers le labyrinthe du temps que cette école est devenue. Ils trouveront bientôt qu’il n’y a pas d’échappatoire des mains d’une entité connue sous le nom de Mr. Temps. Cette entité à l’apparence monstrueuse peut contrôler le temps selon sa propre volonté. Mais il faut se méfier : l’on peut y perdre un doigt car, dans cette histoire, les mains du temps sont réelles.

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Stevenson y las imágenes

Stevenson y las imágenes (2001)

“This, then, is the plastic part of literature: to embody caracter, thought, or emotion in some act or attitude that shall be striking to the mind’s eye. This is the highest and hardest thing to do in words (…)”

En su ensayo A Gossip on Romance (Memories and portraits), Stevenson nos comparte su reto: la parte plástica de la literatura, lo más difícil de lograr, es encarnar en un acto una emoción. Fácil, y necesario creo, es tomar el concepto desde un punto de vista cinematográfico y tratar de analizar cuáles son los films que cumplen esta indispensable propuesta. Digo indispensable, ya que uno comprueba que los únicos films que valen la pena (los que, luego de llevarlo de la mano, dejan al espectador frente al precipicio de la catarsis) son aquellos que en algún momento condensan la historia en una imagen o acto. Stevenson da el ejemplo literario, entre otros, de Crusoe siguiendo las pisadas. Me gustaría agregar éstos: Aquiles llevando el cuerpo de Héctor a Príamo, Pilatos lavándose las manos, la institutriz que encuentra a Miles mirando la torre a mitad de la noche en Otra vuelta de Tuerca, el pescador que arrastra a tierra los restos del animal gigante que mató en El viejo y el mar, el príncipe Mychkin, en el piso, otra vez idiota (El Idiota), el “preferiría no hacerlo” de Bartleby (Bartleby, el escribiente) y todo el barco en Benito Cereno. En Rayuela, Horacio buscando al azar a la Maga por las calles de París. Los ejemplos rebalsarían la hoja.

Sabrán qué molesto puede llegar a ser explicar la razón de estas imágenes o la parte que juegan en el todo; esperando que identifiquen las demás me ahorro el sufrimiento y clarifico uno de los ejemplos; en general, lo que causa catarsis en la “escena” mencionada de El Idiota es la súbita comprensión de que su trato con la sociedad lo perjudicó.

Pasemos a las películas. La más obvia: en El ciudadano, el trineo con la inscripción Rosebud quemándose en la hoguera es la imagen a la que se refiere Stevenson en su ensayo; “la pasión vestida de situación”. La pasión significa el elemento de contenido de una obra, el tema llevado a la perfección y a su clímax en una imagen.

La madre enternecida frente al bebé (que nunca vemos) en El bebé de Rosemary es otro ejemplo. En Psicosis, la casa gótica es el elemento alrededor del cual ronda todo el misterio y desesperación de la cinta. La computadora muriendo en 2001, Odisea del Espacio y el astronauta anciano frente al objeto del espacio que une las secuencias, son temas interesantes llevados a imágenes-síntesis, como el encuentro de una oreja entre los yuyos en Terciopelo azul. Estropearemos esta última imagen, explicándola; como sugiere Stevenson, Lynch encarna en la situación de la oreja un carácter; de ahí en más, sabemos que el protagonista es curioso y ama los misterios, que es suficientemente valeroso como para enredarse en uno (no se limita a mirar a la oreja, sino que la levanta). Por otro lado, un pueblo donde se encuentra una oreja es mucho más macabro que uno donde tropezamos con un cuerpo; ni hablar de la persona que anda cortando orejas por ahí. De esta forma, una imagen nos describe el carácter del protagonista y su entorno.

En El Exorcista, la imagen del cura frente al ídolo africano que concluye la introducción es quizá demasiado simple y maniqueísta como para tener en cuenta, pero anticipa y completa el tema del film; la dilatada lucha entre un cura y un demonio (la posesión de Megan es la estrategia del demonio para volver a encontrarse con el padre Merrin).

En El Banquete de Boda, Ang Lee termina esta comedia dramática con la imagen del padre del homosexual levantando las manos, en cámara lenta, para que lo revisen al pasar la aduana; ¿cómo trasladar en palabras la manera simple y a la vez maravillosa con que la imagen completa el film?

Por último, permítanme señalar el final de Dioses y Monstruos; si bien la película utiliza de manera exagerada el flash-back, la idea de unidad que enlaza la trama desequilibra cualquier crítica; cómo no sentirse gratificado ante la imagen final del protagonista bajo la lluvia imitando a Frankestein (recordamos que en el film nos sugirieron la inquietante relación padre-criatura entre James Whale y su jardinero).

No hay duda de que las películas más interesantes, como los mejores libros (Stevenson creía que ninguna floritura de estilo podía reemplazar una buena historia, una idea bien desarrollada), tienen una o varias de estas imágenes poseídas (de la trama, del personaje, etc.), “significativas para el ojo de la mente”. Comprobamos, en esta insignificante enumeración, que la ubicación de las mismas en la trama suele ser el desenlace, aunque no siempre es así, y en algunos casos cierran la introducción. También que no abundan los ejemplos; esto puede ser resultado de la dificultad: encarnar un complejo carácter o un pensamiento en una situación o un acto simple no es nada fácil. Y si seguimos con la metáfora de la posesión, y la trasladamos a medias, convenientemente, a la creación; sabemos que el demonio no elige a cualquiera.

Por Adrián Gastón Fares

Nota: En nuestras librerías no será fácil encontrar los ensayos de R. L. Stevenson; los interesados pueden dirigirse al sitio http://www.gutenberg.net, la mejor librería virtual gratuita (en inglés) de la web. Estos libros son un poco incómodos; por lo menos no tienen pulgas.

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