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Seré nada nueva novela de terror y suspenso de Adrián Gastón Fares

Seré nada. Capítulo 23 y PDF.

23.

Ersatz abrió los ojos en su habitación. No había soñado y le agradeció a su mente o a lo que fuera que creara los sueños porque a veces lo perseguían durante todo el día. Sabía que podía quitarse al despertar la manta que lo cubría, pero la de las pesadillas era muy difícil sacársela de encima.

Se dio vuelta para mirar hacia la persiana, de donde entraba una luz tenue, lo que aseguraba otro día nublado. Se había quitado los audífonos antes de acostarse, así que no sabía si seguía lloviendo. Mientras se preguntaba por el clima notó que había una forma que estaba a su lado, casi pegada a él, pero sin tocarlo. La frente prominente, los ojos concentrados en el cielo raso, la boca impertérrita.

Gema. Acostada boca arriba.

Ersatz siguió la mirada de Gema. La poca claridad que entraba había cargado las estrellas fluorescentes. La boca de conejo dibujada en el techo parecía más cercana. El brillo desvaído de las pegatinas se intensificó. La galaxia entera empezó a girar. Ersatz pestañeó y se pasó una mano por los ojos. Las estrellas volvieron a ser una cara quieta.

Una cara quieta, pero con una boca abierta que gritaba en silencio.

Ersatz giró la cabeza y miró los labios cerrados de la mujer que tenía al lado.

Se levantó de golpe y se quedó sentado en la cama observándola. Estiró la mano hacia la mesa de noche y se colocó los audífonos. Ahí estaba, ese gruñido que había oído en el tanque de agua y también en la habitación de Roger. La mujer y la chica producían el mismo, agresivo, sonido.

Notó que el pecho de Gema se inflaba como si tratara de hacer fuerza para lograr movilizar algo de su cuerpo y le fuera imposible.

Era su boca.

Trataba de abrirla, pero no había caso, las comisuras de los labios seguían pegadas. Parecía una anciana sin dientes por un momento. En otro momento una niña. Sus labios no se separaban. Sólo se movían juntos de lugar en su rostro.

Mientras tenía la mirada clavada en el techo, de su garganta salía ese gruñido soterrado, como si el aire pasara con dificultad por la glotis.

Gema movía la piel de su rostro y producía ese gruñido que cuando arrugaba la nariz parecía a veces un quejido y otras un jadeo.

Ersatz vio que un cartílago o hueso se desplazaba hacia afuera de uno de los orificios nasales de Gema.

Parecía ser un colmillo.

La mujer tenía los talones torcidos y el empeine sobresalía cada vez más del pie de la cama. Era como si tomara impulso con los pies.

Entonces, sobresalió el segundo colmillo del otro orificio de la nariz. Algo brillaba en las afiladas puntas de color marfil, un líquido pegajoso. Al instante, los colmillos desaparecieron tan rápido como habían aparecido. La nariz y la boca volvieron a estar en su lugar. Los pies de Gema se replegaron y su barriga se hundió.

Ersatz no tenía ganas de moverse. Pero se levantó en calzoncillos y se dirigió al baño.

Estaba mareado. En el camino, vio, o creyó ver, las caras borrosas de Silvina y Manuel.

Abrió la puerta del baño. El resplandor de las cerámicas rosadas, iluminadas por el haz de luz que entraba por la claraboya, le hizo cerrar los ojos.

Los abrió lo más que pudo y se miró al espejo.

Tenía la marca de un colmillo clavada en el cuello. Era un rasguño como de un gato del que había caído algo de sangre. Pero la herida parecía superficial. Se sacó la remera.

Observó su pecho y su espalda en el botiquín de tres espejos del lavabo y no encontró otras heridas.

Silvina estaba esperando afuera del baño, tapándose con una mano el cuello. Ersatz vio que la herida de ella chorreaba sangre.

Silvina se desplomó con las manos en el mármol del lavamanos, con el pelo caído sobre la frente y luego juntó fuerzas para erguirse y mirarse al espejo. Su herida era un pequeño cráter.

—No duele —murmuró.

La cara de Silvina se difuminó por un momento y luego volvió a estar en el foco de la mirada de Ersatz. Vio que su amiga giraba la cabeza. Vio otra herida como la suya.

—Fue la mujer del rodete, estaba en mi cama… —dijo Silvina—, Dios mío—. Miró hacia el pasillo—. ¡Manuel!

Fueron hasta el dormitorio de Manuel y abrieron la puerta. Los gemelos estaban encaramados en la cama, con las bocas, o mejor dicho las narices, pegadas a las muñecas de su amigo. En las entrepiernas de los pantalones deportivos tenían manchas oscuras, como si se hubieran orinado.

Silvina gritó.

Los gemelos giraron sus cabezas hacia ellos. Tenían colmillos afilados que salían de sus narices. Pero, a diferencia de Gema, pensó Ersatz, parecían no estar haciendo tanto esfuerzo para mantenerlos ahí.

Uno de los gemelos, el de conjunto gris claro, estaba aletargado, la pera y la boca diminuta no parecían pesarle en la cara estirada, pero tenía uno de los orificios de la nariz tapado por una burbuja de sangre que se inflaba y desinflaba.

Manuel parecía estar en trance, tenía los ojos achinados, jadeaba, y respiraba regularmente con satisfacción.

Ersatz se acercó al gemelo de gris claro y le pegó una patada en la cabeza que lo tiró al suelo. El gemelo de ropa oscura gruñó y se estiró hasta que se aferró de la pierna de Ersatz, que logró liberarse. Retrocedió.

Enseguida, las imágenes se multiplicaron, no sólo los rostros deformes de los gemelos, sino también la mirada extasiada de Manuel. ¿Dónde estaba Silvina?

Ersatz trastabilló. Desde el suelo, oyó lo que decía Manuel:

—Déjenlos.

Logró ver a Silvina, que se tambaleaba. Su amiga trabó los ojos, los puso en blanco y se desmoronó sobre la cama.

Ersatz apoyó los codos y trató de levantarse para ayudarla. No podía. Las piernas no pesaban nada. ¿Cómo podía moverlas? Además, el suelo parecía muy cómodo

De pronto, sintió que el sueño que lo iba a vencer era de lo más placentero.

El claroscuro del dormitorio desapareció para convertirse en una difusa penumbra gris en la que estallaron pimpollos de rosas de color negro azabache. Adentro de la flor, los pétalos menores eran de un violeta plateado, luego anaranjado brillante, luego rojo profundo.

Ersatz intentaba ver a sus amigos a través de las flores, pero era imposible. Percibió un olor dulce. Después ácido. Según los pétalos iban cambiando de color el aroma también variaba.

Oyó voces agudas desconocidas y murmullos que cantaban una serena y tierna canción.

La melodía lo envolvió junto con la oleada de colores, olores, aromas, que ahora no podía diferenciar.

Ersatz desplazó los codos y, poco a poco, ya no percibió nada. Como sus amigos, se hundió en una suave oscuridad.

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada. Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

DESCARGAR NOVELA COMPLETA SERÉ NADA PDF https://elsabanon.files.wordpress.com/2021/02/sere-nada-adrian-gaston-fares.pdf

Lanzamiento de edición digital de Seré nada. PDF para descargar. Novela de terror y género fantástico.

Terminar una novela es como despertarse de un sueño (o de una pesadilla)

Mientras me desperezo, voy a escribir algunas palabras sobre Seré nada y sobre el tema y la intención de la novela. Ahí vamos:

Sobre Seré nada (Novela, 2021, 200 páginas)

Con Seré nada, traté de incursionar nuevamente, luego de Gualicho y Mr. Time, en la ficción de terror.

Quería volver a la novela (la última en invención fue Intransparente). Quería que fuera de terror, y quería que fuera ficción oscura (o fantasía oscura). No sé si hubiera podido escribirla sin antes ensayar los cuentos de Los tendederos.

Tengan en cuenta que mis proyectos de cine de terror fantástico lamentablemente aún no pudieron ser filmados. Por lo que tenía muchas ganas de inventar algo nuevo y de poder compartirlo. Y en cierto modo, de poner lo que aprendí estos últimos años en este arte de invocar historias.

Por otro lado, me venían diciendo hace tiempo que escriba algo sobre la sordera y creo que en torno a ese tema fui construyendo Seré nada.

La intención era que los protagonistas tuvieran hipoacusia pero que la historia no fuera sólo las circunstancias de las personas con sordera. También traté de darle cierta épica a la sordera. El tema es la adaptación, pero también la identidad, hay que decirlo, y la “discapacidad”.

Otra intención fue rescatar lo mejor y lo peor del Sur del conurbano bonaerense. Había olvidado la torre de Interama hasta que el año pasado subí a la terraza a estirarme, digamos, y la vi. Había olvidado que todavía hay caballos.

No considero Seré nada una novela de vampiros. Admito que traté (como en mis proyectos de cine) de crear nuevos monstruos.

Stephen King dice que es lo más difícil y lo que vale la pena (en Danza macabra o Danse macabre, un ensayo que escribió sobre cine y sobre novelas de terror)

A la vez, los monstruos de Seré nada son humanos, tanto los más simpáticos como los más desagradables (que son más humanos todavía)

La historia del caso de bullying está basada, tristemente, en un caso real que tomé de las noticias.

Veo influencias de películas en Seré nada, creo que ni hace falta que diga cuáles son.

Y está esa ternura que me señalaron que tengo y de la que no reniego. Y también soy un poco visceral o espero haberlo sido.

Sé que recordé al escribir a Shirley Jackson (por La lotería) Por otro lado, leí mucho el año pasado a Richard Matheson (yo creo que El hombre menguante es la mejor novela sobre personas con discapacidad, y sin dudas una de las mejores novelas de terror y fantasía)

En los vericuetos de escribir en tercera persona, me ayudó Matheson y ningún otro. Fue una búsqueda y releí toda la ficción de terror (y la de no terror) que pude antes de ponerme con Seré nada. Esto último no quiere decir nada, pero al menos me dio un poco de seguridad al escribir.

Escribir es invocar imágenes, como el cine, incluso de los mejores poemas lo que quedan son imágenes. 

Pero a diferencia del cine, cuando escribo literatura, sin olvidarme que sin imágenes no hay nada, trato de apoyarme en algo que obligue a usar ese lenguaje (por ejemplo, la historia de los serenados está interpretada y escrita por Roger, Gema se comunica escribiendo; en Intransparente toda la novela es la re interpretación de la protagonista de una conversación por mensaje de texto)

Espero que disfruten de esta aventura, que se conmuevan un poco como yo al escribirla.

Claro que una vez que la terminen pueden opinar lo que gusten y, si les gustó, también compartirla para que otros la descubran.

Los monstruos se van a enojar si no. 

Adrián Gastón Fares.

Aquí el link a la novela:

Seré nada. 46. Nueva novela.

Leyendo Seré nada. Capítulo 46.
En Seré nada, tres amigos con sordera parten hacia el Sur del Conurbano bonaerense en busca de una mítica comunidad de personas sordas. En cambio, encuentran un barrio de personas silentes, pero ¿qué secreto sus bocas cerradas impiden revelar? Cuanto más tiempo tarden en descubrirlo, más difícil será escapar.

46.

Entre tanto alboroto, no todos los del colegio escaparon a sus casas.

Algunos decidieron que lo mejor que podían hacer era ofrendarse a esos dioses que recién habían descubierto. Particularmente, los que habían sido lastimados por ellos.

Gema y Lungo ya se habían saciado. Atrás quedó el hambre y la bronca.

Se sentían fuertes y cuando los nuevos acólitos, entre los que se encontraba el adolescente asiático, se acercaron mareados y rendidos, con las manos en alto, dejaron que los siguieran.

Cuando vieron la torre espacial de Interama, con las luces rojas y blancas parpadeando en la noche, los sobrevivientes del colegio creyeron que los serenados la habían usado de torre de control para descender desde el cielo. Mientras caminaban pensaban que iban a ser guiados a una nave espacial extraterrestre.

Se sintieron perdidos cuando en la calle Marco Avellaneda, en vez de seguir el largo camino hasta el antiguo parque de diversiones, los supuestos extraterrestres para algunos, para otros dioses, doblaron y entraron en una casa alta.

por Adrián Gastón Fares.

¡Sólo falta el 47!

Seré nada / Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

Adrián Gastón Fares creció en Lanús, Buenos Aires. Egresado de Diseño de Imagen y Sonido de la Universidad de Buenos Aires. Autor de las novelas IntransparenteEl nombre del puebloSuerte al zombi y el libro de cuentos de terror Los tendederos. Seré nada es su cuarta novela. En literatura fue seleccionado en el Centro Cultural Rojas por su relato El sabañón que, hace 14 años, inauguró este blog. Mr. TimeGualichoLas órdenes son algunos de sus proyectos cinematográficos premiados y seleccionados, así como el documental musical Mundo tributo, también estrenado en televisión y en festivales de cine. Por otro lado, Adrián tiene pérdida de audición. El diagnóstico tardío de su hipoacusia y el descubrimiento de las prótesis auditivas que la aliviaron fue un proceso difícil. Afortunadamente, no le quitó las ganas de crear y pensar mundos posibles e imposibles a través de las palabras y las imágenes.

Seré nada. Capítulo 42. Nueva novela.

Capítulo 42. Leyendo Seré nada. ¿De qué trata Seré nada? Un grupo de amigos con hipoacusia viajan al Sur del conurbano bonaerense en busca de una mítica colonia sorda, pero dan con unas personas extrañas que parecen tener un peculiar trastorno alimenticio. Y parece que los acechan otras personas con otros tipos de trastornos, incluso más peligrosos…

42.

Las luces del alumbrado público se encendieron.

Las puertas de tres casas se abrieron casi a la vez sobre la avenida. Una reja de garaje se corrió. Resonaron los neumáticos de varios coches y algunas motocicletas raspando el cemento. Repicaron cascos de caballos. Una docena de bicicletas doblaron en la esquina del colegio.

En la puerta, dos de las motocicletas estacionadas tenían calcomanías de corcheas. Entre los signos musicales estaba escrito con firuletes Juremos con gloria morir.

Los pañuelos de color celeste y blanco que estaban atados en los espejos retrovisores de los coches y en los manubrios de las bicicletas también tenían escrita la misma estrofa del himno nacional.

La avenida no estaba deshabitada como habían creído Manuel, Silvina y Ersatz.

Detrás de las rejas, detrás de los cristales de las ventanas pintados en los negocios, detrás de los portones grafiteados, vivían algunos que habían vuelto a su lugar de origen en vez de apuntar para el norte.

Al volver, recordaron su costumbre de encerrarse completamente por si acaso, de abandonar los balcones en los que habían mirado las estrellas allá por los ochenta del siglo pasado, de niños o adolescentes, y al conocer que el barrio finalmente había cumplido con su promesa de entregarles algo más que violencia, indiferencia, muertes y falsa comunidad, se habían asombrado al principio.

En realidad, eran los descendientes de los que esperaban en las puertas que cayera el sol, eran los descendientes de los que iban a comprar el pan sin celular, de los que dejaban jugar a los niños, ellos mismos, hasta tarde en las calles, de los que hacían largas las tardes para no perderse la procesión callejera que les daba algo de variedad en lo rutinario.

Los descendientes, en la oscuridad de sus casas lóbregas y largas, de las habitaciones sumadas a otras habitaciones, ya no se miraban fijamente al espejo. Tenían pavor de encontrar algo inesperado en sus rostros.

Ya no podían ni siquiera sentirse diferentes, como sus progenitores lo habían hecho, de los de las villas cercanas, porque ya no estaban. Diamante era un rejunte de pasillos vacíos. Fiorito era un pantano con una isla: la casa natal de Maradona.

Ya no se tiraban la basura los unos a los otros porque no vivían encimados. Los perros ya no rompían las bolsas porque casi no había perros.

No había mascotas. Lo más parecido eran los geckos y lagartijas a los que a veces perdonaban la vida y otras aplastaban con sus zapatos o con un martillo especialmente preparado para la ocasión que sacaban del cajón de herramientas. Y si no se la pasaban con esas raquetas eléctricas matando insectos voladores.

Tenían que encontrar algo que los distrajera de arañar las paredes con las manos y cuando se enteraron de que del colegio se habían escapado una horda de seres deformes, que habían nacido de la unión entre monjas y curas degenerados de un infame convento, sintieron que lo habían encontrado.

Para ellos, siguiendo los fuegos artificiales de las fiestas de fin de año, los serenados se habían deslizado por las calles embarradas hasta el colegio privado de la zona, irrumpiendo y haciendo morir de sonrisas y placer a las monjas, a sus monjas. Se había apagado para siempre el fuego que calentaba las ollas populares organizadas por el colegio y la llama se mantenía en sus estómagos, una mezcla de hambre y resentimiento.

Y los serenados, esos seres con la boca cerrada a los que espiaban de vez en cuando, erguidos pacientemente en las terrazas los días de sol, justo lo contrario que hacían ellos que habían olvidado para qué servían las terrazas, los serenados, esos humanoides bronceados de los que se mantenían alejados, eran el único chivo expiatorio que podían encontrar para culparlos de la pérdida de sus ilusiones.

No había muchos familiares a los que torturar.

Los políticos tradicionales, de uno u otro bando, se las habían tomado. Algunos habían regalado sus partidos, pero nadie los quería.

Que Evelyn y Osvaldo descubrieran los cuerpos sonrientes de quienes los serenados se habían alimentado tuvo dos consecuencias.

Por un lado, hizo que la noticia de los deformes sangrientos se desperdigara por otros barrios del sur de Buenos Aires y desde Temperley a Cañuelas había cuadras de dos o tres personas que vivían en sus antiguas casas y se habían enterado de la existencia de algo raro en Lanús. Por otro lado, sirvió para que Osvaldo se convirtiera en una figura política con una causa justa.

Así que, con una cadena de favores que cruzó medio Buenos Aires, fueron aportando dinero, las señoras y señores del sur del conurbano, a la causa de hacerles un favor a los nuevos dioses, a los demonios del colegio, como los llamaban, para volverlos más parecidos a ellos.

Hasta la misma Riannon en vida, embanderada de la libertad de las personas sordas, que en realidad se había instalado con su comunidad en Uribelarrea, y no en Lanús como creían Silvina, Ersatz y Manuel, había aportado dinero para la causa de Osvaldo.

Más allá de las diferencias de edades, altura, anchura, color y género de las personas que fueron recibidas con las puertas abiertas principales del colegio, las que subieron las escaleras y desfilaron por el salón para ir reuniéndose alrededor del escenario tenían algo en común.

Llevaban escarapelas blancas y celestes prendidas de sus mochilas, de sus trajes, de sus sombreros, y todas, también, en sus bolsillos, o detrás de las mangas largas de sus prendas, cintas rojas.

Vitoreaban a Osvaldo que ya estaba con sus bigotes atizados, franqueado por Evelyn, los dos vestidos de blanco esclerótica y ambos ojerosos, para que diera la orden de descorrer cuanto antes el pesado telón del escenario y les dejara entrever, como aquella vez, a sus temores encarnados y maniatados.

Detrás de la multitud esperaban unos tablones con manteles, cubiertos de platos con salamines, quesos, fiambres, panes, y otros dones de la tierra con los que pensaban festejar lo que fuera que apareciera, cualquier cosa, algo diferente: lo nuevo, lo que les iba a salvar el año quizás.

Osvaldo no tenía mucho que decir, simplemente iba a mostrar y ellos necesitaban ver.

Detrás del micrófono, luego de Evelyn y Osvaldo, había incluso un abanderado con un escolta.

El adolescente asiático era el escolta y el tipo de barba sostenía la bandera con los mismos colores de la izada en el patio exterior.

El segundo escolta iba a ser Lungo que no había vuelto a aparecer.

Aunque la multitud miraba de reojo al chico asiático, Evelyn y Osvaldo pensaron dar un mensaje de diversidad con lo que tenían a mano.

La señora mayor, recuperada parcialmente de la experiencia psicodélica que le había provocado la mordida de Fanny, estaba encorvada cerca de la escalera y tenía un plato con un pedazo de queso duro y unos dados de salamín recién cortado.

El micrófono andaba perfecto. En el escenario, Osvaldo se quitó el sombrero de copa blanco, lo arrojó al público, para entretenerlos mientras tanto, dio las gracias al gentío y le preguntó a Evelyn si quería decir unas palabras. Evelyn movió la cabeza y levantó las palmas de las manos hacia Osvaldo, invitándolo a proseguir.

—Tengan un poco de paciencia que nuestro ilustre y diminuto héroe está terminando su delicado trabajo. Me alegra que compartan con nosotros este momento tan esperado. Unión, integración e inclusión, ¡viva!

—¡VIVA! —repitieron los de abajo.

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada / Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.

Seré nada. Capítulo 37. Nueva novela.

Leyendo Seré nada. Capítulo 37.

37.

La pequeña puerta se abrió. Evelyn caminó rápido, encorvada y guardándose un manojo de llaves en el bolsillo del delantal, hasta el pupitre donde estaba Silvina, que suspiró por la nariz al verla otra vez.

Prefería escuchar a los diminutivos del enano que aguantarse a esa mujer. Con esa cara que parecía pisar una piedra en cada paso que daba, y la risa fácil, frecuente. Ahí estaba otra vez, agachada frente a ella, con esa melena lisa y corta cayendo simétricamente a los costados de la nariz redondeada en la punta.

—Vamos —le dijo—. Vos seguí con lo tuyo, Algodoncito.

El enano, con la sierra en una mano, estaba palpando con la otra el filo de una cuchilla. Asintió y empotró la cuchilla en la sierra.

 —Esperá un poco con esta que todavía no llegó nadie, seguí con los otros que la quiero bien fresca.

 —Fresquita… —Algodoncito sacudió la cabeza, como si no estuviera de acuerdo con lo que proponía Evelyn.

 —Vamos, te dije. ¡Dios mío! ¿Vas a seguir haciéndote la estúpida?

Silvina se levantó del pupitre apretando el labio inferior contra el superior hasta que se le formaron unas arrugas en el mentón. Le digirió una mirada provocadora a Evelyn, que levantó el puño en señal de amenaza.

—¡Vamos! —le gritó.

Lungo custodiaba, agachado, desde la puerta. Cruzó una mirada con Evelyn y entró, agachándose más, para ir directo hacia Silvina y tomarla de la mano. Silvina sintió esa manota áspera, como repleta de costras, y aunque Lungo la empujaba, sintió ternura por la mascota de la médica, más cuando trató de articular algo que pareció ser:

Silvi… Vamo.

Antes de que la baba se le volviera a caer a Lungo, Silvina miró por encima del hombro y lo último que vio de ese inframundo del escenario fue al enano que había descubierto a uno de los gemelos y volvía a intercambiar cuchillas en sus manos, parecía obsesionado con cuál elegir para la sierra.

Evelyn cerró la puerta con un candado y dejó encerrado a Algodoncito con Gema y el resto de los serenados.

Salieron a la luz pálida del patio grande desde el foso del escenario. Mientras Silvina desfilaba adelante de Lungo y Evelyn, la siguieron con miradas desconfiadas el barbudo y el adolescente asiático.

La vieja de la escoba estaba en el suelo con las piernas alargadas frente a ella, la espalda inclinada y las manos apoyadas a los lados, mirando sorprendida a las palomas que revoloteaban en lo alto, entre las vigas de hierro.

—Ves, quedó tonta como vos. Decí que creemos que no contagian.

Ahora, el chico asiático parecía estar tocándose algo por dentro del pantalón de gimnasia que usaba y tenía el labio inferior un poco descendido, como si lo estuviera disfrutando. Evelyn lo notó, pero no le prestó importancia.

Silvina opuso resistencia a los tirones que le daba Lungo que, como un caballo al que ella guiara en vez de lo contrario, se detuvo.

El rayo de sol que entraba por un agujero en el comienzo de la cúpula de chapa le daba en el cuello y Silvina cerró los ojos para disfrutarlo.

Lungo dio dos pasos hacia atrás al ver que Silvina se quedaba ahí y le soltó la mano. Debía tener prohibido que lo tocara el sol sin permiso. 

El de barba se acercó, por si acaso.

El hombre rechoncho estaba comiéndose un sándwich con el corto cuello estirado al máximo hacia adelante para no mancharse el pantalón de vestir blanco que llevaba a juego con el saco.

En la fila de asientos encadenados en la que estaba sentado el rechoncho, había un sombrero de copa, también blanco, con una cinta celeste al lado de un mate con bombilla y una bolsa de azúcar abierta.

—Podés seguir caminando, por favor —le ordenó el barbudo mientras se atizaba la barba para dejarla, por un momento, triangular.

Silvina miró hacia el chico asiático que movía los antebrazos y parecía seguir disfrutando de su presencia, ahora tenía las dos sospechosas manos hundidas en sus pantalones deportivos.

Evelyn aspiró y tomó impulso. Se adelantó para agarrar de la muñeca a Silvina y arrastrarla con toda su fuerza hasta el patio. Dejó a Lungo mirándola con un ojo entre los pelos caídos de la frente desde la jamba de la puerta, y volvió para cerrarla.

Silvina miró el bordillo de la pared que estaba cerca del mástil y bajó la cabeza, mientras pensaba qué hacer para alcanzarlo.

Evelyn no la dejó cavilar, en dos segundos estaba enfrente de ella. Silvina tenía el pelo dividido en dos matas grasosas y aunque su espalda continuaba erguida el cuello estaba arqueado.

—Tomá el solcito nomás en vez de la sopa. Que mucho no vas a durar tratando de imitar metabolismos que no tenés… Además, estamos justo en el afelio, ese chino pajero que viste ahí es astrónomo, aunque no lo creas. Es el momento oportuno porque hoy la Tierra va a estar más lejos del Sol que nunca en su órbita hasta el año que viene, si es que existe el año que viene, ¿no? —soltó esa risa de corto aliento irritante y agregó—: Pero eso enseñamos ALLÁ. —Se volteó para señalar al colegio—, y no ACÁ. Y allá están nuestros compañeros, acá estás vos… ¿Y sabés qué? Los pingos se ven en la cancha…  A ver cuánto tiempo sobrevivís. Después de todo a Don-Genio-de-la-Antropología no le fue tan bien… —Esta vez se tapó la boca para reírse. La sobrepasó a Silvina, caminó hasta la puerta y la abrió—: Vía.

Silvina giró la cabeza para mirar hacia el costado de la puerta, donde Evelyn señalaba con el brazo estirado hacia la calle, mientras repetía el pedido de que saliera cuanto antes.

Silvina avanzó con una cara de loca más fingida que real. Dio un paso afuera y siguió caminando lentamente, bajo la luz del día, hacia la mitad de la calle, como si estuviera buscando en el pavimento los tornillos que parecían faltar en su cabeza.

¿Qué se trae entre manos?, se preguntaba mientras resonó el portazo que dio Evelyn.

Silvina empezó a caminar por el medio de la calle hacia la casa de los padres de Ersatz. Con el rabillo del ojo vio que una de las persianas del colegio estaba subida y que el adolescente asiático la miraba por la ventana.

En cuanto dejó atrás el colegio, levantó la cabeza y apuró los pasos. Esperaba no perderse.

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada. Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares. 2021.

Seré nada / Serenade. 26. Nueva novela.

Leyendo Seré nada. Capítulo 26. Terror. Misterio. Drama. ¿De qué va Seré nada? Seré nada es la historia de tres personas con sordera que tratan de encontrar una mítica comunidad de sordos en el Gran Buenos Aires. Dan con una colonia silente pero, ¿son personas sordas…?

26.

Ersatz caminaba por el medio de la calle entre la llovizna. No sabía cómo llevar la escopeta. Primero la apuntaba hacia abajo, después la sostenía con las palmas de las manos a la altura del abdomen como si fuera una ofrenda que iba a entregar a la iglesia del barrio. Recordó que una ofrenda parecida era la que había usado Ramoncito. No le gustaban las armas, pero había visto el cuerpo sin vida de Manuel.

Mientras evitaba hundir sus zapatillas de montaña en los charcos de agua pensó que los hombres que habían matado a Manuel, los eugenistas, como había escrito Gema, debían haberlos visto llegar.

Estarían cerca ya que no habían usado vehículos y no parecían ser el tipo de personas que les faltaran.

Si estaban ahí eran fanáticos. Decían que las pocas personas que se habían quedado en los antiguos barrios eran gente brava que habían preferido enfrentar la supuesta locura del parásito para defender el lugar donde sus abuelos o padres habían vivido. Incluso rescatar lo que se decía que habían regalado o abandonado.

También decían que no aceptaban la conjunción de su país con otros latinoamericanos. Discriminaban a los bolivianos, peruanos, a los paraguayos. ¿Qué iban a hacer con unos chupasangres deformes? Eliminarlos, depurar su raza, se dijo Ersatz.

Eso significaba eugenesia, recordó con desagrado.

Y apretó un poco la escopeta porque había conocido a muchas personas que se parecían al que había visto disparar sobre Manuel.

No usaban armas de fuego, sus herramientas eran el acoso psicológico, las palabras denigrantes, las metáforas hirientes.

Salió de sus pensamientos cuando alguien lo llevó por delante en una esquina. La escopeta voló y el cañón se hundió en el barro. El alumbrado público tenía luces amarillentas, de las antiguas, en esa cuadra. Ersatz cayó al piso y observó la sombra de destellos dorados que se inclinaba hacia él.

Era Silvina.

Ersatz trató de levantarse. Ella lo ayudó. Él se largó a llorar.

Silvina lo abrazó fuerte y también se largó a llorar. Se apretó más a él cuando repasaba en su mente la imagen de la última mirada que le había dirigido Manuel. Lo había hecho por ella, lo sabía.

—Es mi culpa —dijo Silvina.

—No es tu culpa. Es culpa de esos descerebrados. —Ersatz se separó de Silvina para agacharse.

—Mejor dejá esa escopeta antes de que hagas alguna cagada. No sabés usarla.

—No es mucha ciencia. Mi tío abuelo me enseñó a limpiarlas.

—Qué cosas lindas te enseñaba tu tío abuelo.

Silvina se restregó los ojos y retrocedió unos pasos, perdida.

—Fue la loca esa…

—¿Qué…? Parecía una médica. Gema dijo que son eugenistas.

—Son unos hijos de puta. —Silvina se llevaba la mano a una de sus orejas—. Perdí un audífono.

—Te lo robaron. Ya vi.

Ersatz se llevó las manos a las orejas y comprobó que sus audífonos estuvieran ahí.

—Er, yo no hablaba de la ladrona de audífonos. Decía por la chica de ojos claros. Creo que ella les avisó.

—¿Por qué se fueron? No los podía encontrar.

—Intentamos despertarte, pero no pudimos. Fuimos de Roger. Está… —Silvina negó con la cabeza, como si no aceptara invocar la palabra otra vez en su mente.

—Ya sé. Mejor volvamos.

Miraron hacia las luces rojas de la torre de Interama que brillaban a través de la neblina. Empezaron a caminar en esa dirección. Silvina sostenía la mirada en lo alto como si en vez de volver a la casa estuviera dispuesta a caminar la gran distancia que los separaba del antiguo parque de diversiones.

—La chica esa estaba atrás de la puerta —dijo Silvina mientras avanzaban—, y no la vimos. Tenía el celular en la mano y la jeringa en la otra. Se me tiró encima… ¿Estoy hablando bien? ¿Se escucha? ¿Alto o bajo?

—Estás hablando bien —le aseguró Ersatz, que cada tanto giraba la cabeza y miraba sobre sus hombros.

—Salió corriendo con el celular en la mano y la seguimos hasta la vuelta —siguió Silvina—. La perdimos. Y cuando volvíamos a buscarte aparecieron esos tipos con la de delantal.

Ya estaban por la misma altura de la calle donde Manuel había sido abatido.

—¿No habrá quedado por acá tu audífono?

—Creo que se lo guardó.

—¿Seguro? Por ahí cuando salió corriendo… —dijo Ersatz mirando de refilón a los cuerpos abandonados en la calle.

—No quiero saber nada —gritó Silvina mientras miraba para el otro lado. —Puedo sobrevivir con uno solo.

—¿Sabés lo que te va a costar conseguir otro?

—Lo sé.

Ya habían superado el lugar donde estaban diseminados los cuerpos. No había indicios de Gema ni de los demás serenados.

Silvina se detuvo en seco y volvió sobre sus pasos. Ersatz la siguió.

Rodearon a los cuerpos, que estaban desnudos, y tratando de no mirar a Manuel se agacharon para observar el cemento en el lugar donde ella había estado arrodillada. Silvina prendió la linterna de su celular, aunque por la luz potente no hacía falta. No encontraban nada.

La llovizna caía sobre la sangre. Silvina susurró una maldición incomprensible y se alejó. Ersatz juntó fuerzas y miró los cuerpos.

Los ojos de Manuel miraban fijos a la llovizna que caía.

Ersatz se acercó y le cerró los párpados. Luego se agachó, le quitó los audífonos de las orejas y abrió el compartimiento de la batería de cada uno. Cuando iba a guardarse las baterías y los audífonos se dio cuenta que todo eso tenía que quedar con su amigo. De cualquier modo, Silvina no iba a aceptarlos. Los dejó en la mano izquierda de Manuel y le cerró el puño para que los apretara.

Vio que además del disparo en el pecho que tenía el cadáver de Manuel, no había indicios de que lo hubieran lastimado en otros lugares. Los serenados se habían alimentado del daño que hicieron las armas a los cuerpos. Las manchas de sangre tenían forma de manos, y de caras que se habían pegado al cuerpo para succionar.

Era mucha sangre y Ersatz estuvo a punto de resbalar y caerse cuando intentó rebuscar en los pantalones de Manuel que estaban a un costado. El celular no aparecía. No importaba.

Se alejó rápido y alcanzó a Silvina, que seguía caminando, y decía, con su celular en alto:

—Rastreé el audífono.

En la pantalla estaba el mapa de la zona. El audífono derecho de Silvina estaba en el colegio secundario en el que había estudiado Ersatz. Lo que faltaba, fue lo primero que pensó.

—Me alegra que esos dos no puedan disfrutar del beneficio de haber sido devorados —dijo Silvina.

—¿Qué veneno será el de esos colmillos? ¿Radiación? —preguntó Ersatz.

—¿Plasma solar…? No sé, pero es lo más maravilloso que sentí en mi vida —afirmó Silvina.

Estaban doblando en la esquina de la casa de los padres de Ersatz. No había señales de los serenados por ningún lugar. Llegaron a la casa, subieron la escalera y encontraron una cacerola caliente con un guiso con pollo y papas.

Estaban congelados por la llovizna así que lo primero que hicieron fue comer para calentarse el estómago.

A Silvina le dolía la cabeza por el estrés que había acumulado.

Ersatz tenía retortijones, siempre era el estómago donde sentía las últimas consecuencias de los nervios.

Cenar no había sido lo mejor.

Estaban agotados y confundidos, pero no tanto como para no saber qué era lo que realmente necesitaban.

Salieron de la casa, cruzaron la calle hacia la escalera metálica negra mientras las luces del alumbrado público se apagaban. Esperaban encontrar a Gema. Más arriba, la luz del amanecer pintaba de dorado la alta pared de ladrillos de la fábrica.

Silvina empujó la puerta. Ersatz miró por encima de ella.

Se sobresaltaron. El pequeño cuarto estaba lleno de sombras de cabezas gigantes.

por Adrián Gastón Fares.

Seré nada. Serenade. Todos los derechos reservados. Adrián Gastón Fares.