Una lucecita que se va a ir apagando

Botella de vidrio pintada, “How wonderful life is while you´re in the world”, cuadrito donde estoy dibujada, escrachada, onda Picasso, anillo de oro de compromiso, pulsera de plata ennegrecida, entrada de cine de la película La Mexicana, CD de fotos digitales de cuando fuimos a Córdoba, cajita de madera tallada, regalo de su madre, par de aros con forma de delfín, ¡walkman!, un pétalo amarillo de rosa que saqué del libro de cuentos Octaedro, fotos y más fotos, de las primeras vacaciones solos, de la segunda cuando visitamos a sus padres, su hermana y yo, su padre y su madre abrazándome, dos peluches; un oso panda y Totoro, un reloj pulsera.

Pensé en quemar todo, pero ¿dónde hacerlo? Agarré la bolsa y la tiré al agujero de la basura. Cuando volví, Nando me miraba fijo, como esperando que lo perdonara, tal vez pensaba que era un gato y que no tenía la culpa, pero era un gato elegido por Tomás. Lo dejé en una de las paredes del cementerio y después di la vuelta, entré al cine, El Gran Pez, Capitán de Mar y Guerra, Las invasiones bárbaras, Escuela de Rock. El Gran Pez. Escalera mecánica.

Nos habíamos encontrado en el bar Celta, Sarmiento y Rodriguéz Peña si no me equivoco. Empezó a llorar apenas se sentó a la mesa y me miró a los ojos. Qué bronca.  Empecé a llorar también. Nos peleamos más o menos mil veces, y no exagero, yo daba un portazo y me iba directo a la parada de colectivo, él menos demostrativo porque era el que quería irse de verdad, cosa que siempre sospeché pero ahora confirmo, dejaba pasar un rato y me iba a buscar. Nunca nos habíamos sentado a llorar así. Dijo que me quería, y dejó una carta para mis padres, donde se disculpaba por no haber sabido apreciarme y decía que siempre los recordaría. A mí también, claro.

A la salida del cine, caminé veinticinco cuadras, una por cada año vivido, en una de las esquinas pensé que le permitiría a un colectivo pisarme y arrastrarme un buen trecho. Después me dije Ana, basta, el mundo no sabe nada de vos, hay cosas peores y volví a mi casa donde encontré un mensaje en el contestador. Era Tomás, que balbuceando, decía que lo perdonara, que lo entendiera, gracias por todo, lo voy a llevar conmigo…

Me acerqué a la repisa, al chanchito, y lo estrellé contra el piso. Después bajé, compré cigarrillos, fumaba y tosía. Junté la plata del piso, unos pesos ahorrados para sumarlos a los de Tomás y mudarnos algún día lejano un departamento más grande.

Apareció Valeria y dijo que saliéramos. En el boliche pensé ¿dónde están las demás? Una casada, otra en Brasil con el novio, otra embarazada. Un chico apareció, me sacó a bailar y cuando me quiso dar un beso le pedí que me llevara a una esquina oscura, porque me daba vergüenza. Con la excusa de ir a buscar otro tequila, me contuve, aparté sus manos de mis nalgas, me bajé un poco el vestido y lo dejé, encontré a mi amiga hablando con un tipo de, fácil, cuarenta años; pedí el shot.

Era feliz con él. Ya no creo que vuelva a ser feliz con otra persona. Había muchas cosas que me gustaban. Hacíamos viandas que comíamos en la plaza. Con las cabezas juntas mirábamos el cielo. Hablábamos. Él me contaba su vida, sus historias. Caminábamos y yo le besaba la mano. Me había llevado a Colombia, su familia cocinaba rico, tomábamos licuados frescos de todo tipo. La piel de su madre era hermosa. Su padre era tan atento conmigo.

“Es como una lucecita que se va a ir apagando. Cada vez más con el tiempo” dice el psicólogo.

Salí del boliche y le dije al taxista que apuntara para Recoleta. Las luces del coche hacían brillar los ojos de los gatos. Busqué en vano a Nando. Lo había perdido también. Por boluda. Valeria con el taxista vinieron a buscarme.

“Bueno, hoy lo dejamos acá”, dice.

Pareja

Pareja

Empezó a laburar de barman a los catorce años, en un barcito que tenía el padre. A los dieciséis conoció a Mariana, una mujer casada que iba a tomar tragos livianos cuando el marido salía con los amigos. Mariana sabía que el marido la engañaba y quería devolvérsela. La primera vez de Juanjo fue con esa mujer, en un hotel alojamiento.

Cuando el padre murió de un infarto, la madre vendió el bar y Juanjo tuvo que buscarse un laburo para pagarse los estudios y mantener la casa.  De pura suerte, cayó en el bar X. Le pagaban muy bien y el bar se llenaba de chicas lindas y fáciles. Se acostó con muchas que conoció ahí.

Una noche vio otra vez a Mariana. Juanjo pensó que era un encuentro casual, pero ella no perdió tiempo; le confesó que sabía que trabajaba en ese lugar porque lo había visto entrar una noche al volver del gimnasio y que estaba ahí porque se le había dado por contarle todo al marido con lujo de detalle y tenía miedo que fuera a buscarlo. Por eso había ido al bar. La mujer dijo que no aguantaba quedarse esa noche en su casa; que después de la confesión el marido se había ido muy tranquilo y eso era lo que más la asustaba.

Juanjo de vez en cuando le servía algo. A las tres de la mañana, un tipo de bigotes blancos y gorra con visera entró muy desenvuelto acompañado de una chica joven. El hombre miró a Mariana y pareció sorprendido, aunque no tanto. Mariana se quedó helada al ver a la pareja. Al rato, le pidió a Juanjo que le diera un beso.

Estuvo trabajando, y a cada rato atendía los pedidos de besos de Mariana. Claro que siempre veía cómo se besaba el tipo de gorra y la chica. Al mirarla bien notó que si tenía dieciocho era mucho.

A las tres de la mañana la parejita desapareció. Juanjo sirvió tragos livianos y convidó cigarrillos a Mariana hasta las cinco y media, hora en la que entró el hombre de gorra, lo saludó con una inclinación de cabeza, y se la llevó.

A.F