El taller de Perrone (texto de 1999, nota actual agregada)

El taller de Perrone

“No importa el formato en que filmen, lo que importa es que cuenten una historia”, dijo alguna vez Nicholas Ray.

En el estreno de las películas de Perrone uno se siente intruso. Los demás espectadores repasan anécdotas y gritan, cómplices, ¡Cuándo no!, tras el anuncio del retraso del director para la charla preliminar. Entre los presentes no se puede terminar de desconocer a alguno; los que actuaron y actuarán se saben inútiles ahora y esperan reconocerse en el film.

El pasado jueves (8 de junio) se estrenó en la muestra “Los cineastas y el siglo XXI” *, en el Cultural San Martín, su última película: La película del taller. El título nos remite a dos espacios de trabajo: el ficticio de la imprenta en la que trabaja Víctor, el protagonista; el real que el director coordinó este verano en Ituzaingó. Allí está su barrio y también las locaciones de todos sus films. Los alumnos del taller ayudaron a realizar la película y algunos actuaron. Perrone afirma en la charla que no existió guión; la trama se iba creando día a día según ocurrencias, circunstancias e imprevistos. Agrega que le interesa más la idea que la forma.

Cuatro semanas, fijadas ahora en cuarenta minutos, le bastaron para el desarrollo de estos caracteres: un empleado de una imprenta, separado y a cargo de su familia (un hijo menor atorrante y una hija mayor que aprendió a no necesitar ningún padre) y un amigo (dueño de la imprenta) que le anuncia que lo debe despedir porque el negocio está perdido. Según el punto de vista, la película puede no ser mucho más que eso o sí; también puede ser un mediometraje largo y rehuir la solemnidad de la palabra film. Eso importaría si el director afirmara su pertenencia a la industria y fuera menos lacónico e irreverente en todas sus declaraciones sobre las instituciones cinematográficas (pregúntenle qué piensa de las escuelas de cine). En este caso sabemos que estamos en presencia de un autor que encontró una forma de expresarse verdaderamente independiente para bien de un público contado pero leal. Lo descubrieron con Labios de churrasco, su debut, y lo siguieron en Graciadió y 5 p’al peso (ésta en 16mm; el soporte de las demás era video). No seas cruel, fueron unos pilotos televisivos nunca emitidos.

Corresponde notar que encontramos al autor Perrone en sus películas. En un director de películas que rondan 60’ agrada que todos sus filmes parezcan uno. En La película del taller otra vez las calles exhalan sordidez y tristeza; otra vez sigue al protagonista mientras avanza cabizbajo por su barrio. El travelling de acompañamiento a mano, de frente o espalda del personaje avanzando es una repetición frecuente del director. También el travelling atrás que abandona el escenario de la acción sin que haya concluido nada, que simula un final cuando no lo hay o, tal vez, lo propone.

El uso de un leit-motiv musical, una canción en particular, se repite en los travelling señalados y nos recuerda a Wong Kar-Wai. En cuanto a temática, sigue hablando de marginados y afines. Ésta vez agrega las máquinas –los engranajes de las sucesoras de los caracteres móviles–; siempre intrigantes y efectivas en la cinematografía (Los actores suelen quejarse al actuar junto a niños y animales: sería coherente que nombren también bicicletas, pistolas, grúas, autos y trenes) En los primeros planos de máquinas trabajando se palpa cine: una máquina (el cinematógrafo) revelándonos otra máquina desconcierta.[i]

Raúl Perrone es también caricaturista; sus personajes del cine están lejos de esa propuesta del dibujo. Sin embargo, su última película es un ejercicio, quién quiera entenderlo mejor lo hará viendo las otras.

Entretanto, La película del taller no se verá más que en alguna muestra, reunión especial o retrospectiva. Como la que se realizará en una de las sedes de una importante multinacional de cine (¿paradoja?) en la segunda mitad del año y que durará un mes y medio. Por esos meses habrá nueva película y tendremos la oportunidad de ver la obra completa de uno de los autores (e impulsores) de nuestro cine actual.

Adrián Fares


[i] Nota agregada lunes 03 de marzo de 2008: de la maquinaria también se favorece Petróleo Sangriento, película increíblemente sobrevalorada si pensamos el cine como un arte cuya narrativa debería haber evolucionado y no como figurines proyectados a la manera de principios del siglo XX, vistos a través de teorías cinematográficas; en fin, película de una intensidad estéril, redundante, como casi todas las demás, salvo Embriagado de Amor, quizás –aunque ya no estoy tan seguro–, de Paul Thomas Anderson.

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Historias cruzadas

Expiación, deseo y pecado (Atonement):

No leí la novela de McEwan, pero el final de la película me parece un error. Hubiera estado bien si el guionista dejaba sutiles rastros que nos permitieran ir adivinando con cierta seguridad el desenlace. Los rasgos no están o son demasiado sutiles. El plano secuencia demasiado plano secuencia. Ya todos sabemos que algunas historias de amor viven en la imaginación. Qué aporta ese plano final al entendimiento humano sobre las pasiones. ¿Para qué escribió Chéjov? ¿Para qué filmó Bergman? Los temas y su desarrollo deberían abordar de lleno algunos asuntos, jugar alguna pulseada con la realidad y con las personas. Lo demás es entretenimiento para descansar al llegar del trabajo.

Igual que:

La joven vida de Juno (Juno)

La película está llena de estereotipos y tópicos transitados. Al principio rescato las ganas de convertir a la misma Juno en algo más que una adolescente tipo (las ganas de cargar en las espaldas de Juno algo más que su propia historia). Hace un tiempo pensé que el cine estilo hollywood podía seguir siendo interesante con las nuevas comedias. Ahora una comedia como ésta llega al Oscar (lo que podría ser una buena noticia, si no fuera el tipo de película que te pasan en la secundaria) ¡La madre suplente! ¡El esposo! La misma Juno es tan segura en su idiotez que da miedo. Me quedo con la otra -Supercool- donde también actuaba ese flaquito desgarbado y también me quedo con Knocked up) En el cine el humor satírico trabaja para que todo siga siendo como es. Cuando usan bien el humor los yanquis son iconoclastas, crueles, corrosivos, de Mark Twain a Philip Roth, la sátira yanqui es certera y está del lado de los personajes patéticos. En cambio, en el cine y en algunas series, se trata de personajes graciosos, que dicen o hacen (como en los Simpsons) muchas cosas ocurrentes y divertidas (más o menos lo que hacemos cuando estamos con amigos en una casa o en un bar, supongo que un poco gracias a estas películas y a esas series) Cabe aclarar que Jason Reitman es canadiense (hijo de Ivan Reitman, el director de Cazafantasmas) pero estudió y se formó en California.

Para no perder más tiempo con las novedades:

No vi Petróleo Sangriento pero esperemos que no sea una historia de vidas cruzadas porque:

Las historias de vidas cruzadas son redundantes (me pasé como cinco años tratando de encontrar Boogie Nights. Mejor hubiera sido no encontrarla) Desconfío de las historias corales en el cine (evitar Paul Haggis; y recordar la primera parte de Amores perros). Correctas para pasar el cepillo a pelo.

Sí me pareció una buena película Embriagado de amor.

Una suerte afín corren las historias cruzadas en los libros. No me parece interesante Manhattan Transfer y luché bastante con Vértice, de Gustavo Ferreyra. Aunque rescato las mañas de este escritor que hacen que sea más feliz leer esta novela. La mejor novela de Saer tiene que ser una historia coral (Cicatrices), hay dos personajes inolvidables, pero ¿de qué trata esta novela? ¿No pierde fuerza el tema con la multiplicación de protagonistas?

Lo mismo Short cuts de Robert Alman-Carver, también con personajes inolvidables.

Las formas vacías o las formas que se miran en el espejo de las formas son innecesarias. Lo peor de estas historias es que ejercen una intensidad desbocada, estéril. Los ejemplos lejanos. ¿No es mucho mejor El idiota que Los hermanos Karamasov?. Los ejemplos cercanos son más prácticos. Suburbia, dirigida por Richard Linklater y basada en el guión de la obra de Eric Bogosian, es mucho menos intensa que Magnolia y mucho más contundente. De a poco nos revela que en realidad el único protagonista es Jeff (Giovanni Ribisi) Suburbia, entre otras cosas, apunta a la influencia que tiene la ficción en las aspiraciones de las personas (en verdad, tema bastante universal)

También me quedo con Little Children, de Todd Field, aunque de entrada es más la historia de los amantes que del resto de los personajes (ese personaje que se queda mirando el partido en vez de escaparse con su amante: ¿no es la continuación del Jeff de Giovanni Ribisi? Ahora lo tiene todo, pero siempre hay algo que falta, porque desde el principio hubo algo que faltaba). La que también me gustó mucho es Nine Souls -excepción a la regla: es una historia coral algo alejada del realismo, que reanuda el tema del destino de unos presos que logran escapar de una prisión- del japonés Toshiaki Toyoda.

Adrián Fares